Madre mía, por favor un aplauso para Erinia Aelia y para The Midgardian, porque sus comentarios elaboradísimos han igualado las extensiones de mis capítulos xDD
En serio, gracias a las dos por tan detallada crítica, os agradezco que os hayáis tomado tanto tiempo y esfuerzo en mostrarme vuestras opiniones.
Erinia Aelia: bueno, ya te comenté por privado punto por punto a tu análisis. De veras siento que el capítulo te decepcionara en varios aspectos, y por supuesto no me sentó mal tu crítica. ^^ Sólo espero que éste sea de tu agrado y te quite el mal sabor que te dejó el otro. Sé que eres anti-canciones ñoñas xD pero te agradecería que escucharas la que he reclutado para este capítulo, pues creo que el momento lo merece.
The Midgardian: Sé que buscáis más detalles erótico-festivos en la pareja xD pero ya comenté que no quería subir el rated de la historia, además me resulta laborioso hacer un lemon con el que quede satisfecha, no es mi estilo y me cuesta narrarlo xD.
En realidad no es que la actitud de Iriel haya cambiado porque se ha acostado con él y acaté todo lo que dice por ser "su dueño", sino porque ahora él es el rey y ella insistió en que no quería tener nada que ver con asuntos de estado. Por eso ella se calla al principio, lo que pasa es que luego le toca tantísimo las narices xD que se rebela.
Al principio sí que pretendía que el arma la hubiera hecho él mismo, y que tuviera "desapariciones" frecuentes sin que nadie supiera a dónde iba, pero luego preferí que sus ratos de ausencia se fueran centrando en esa obsesión que iba creciendo poco a poco en su mente. En realidad él si que ha colaborado en su elaboración, pero la ha construido con ayuda.
A veces pienso que con Thranduil me cebo un poco... pero es que es tán fácil dibujarle como antagonista de Thorin XD que creo que me paso de cabroncete.
Te digo lo mismo que a Erinia, lo de Moria no es "ahora". xD Es un plan de futuro... piensa que los enanos viven muuuchos años, simplemente ha pensado que sus sobrinos podrían ocupar ese puesto, pero no ahora mismo, que bastante tiene con levantar Érebor.
Madre mía xD pero por qué todas os habéis obsesionado con la de idea de que Iriel está preñada? Me parece que a alguien le suena el reloj biológico...
Pobre chica xD dejazla en paz, que se ha desmayado una vez.
linnetask: Si, en estos momentos lidiar con Thorin es realmente complicado, yo tampoco tendría muy claro si mandarlo a la mierda o intentar arreglar las cosas... Bueno, no te voy a negar que el capítulo que viene a continuación será un poco duro para Iriel...
azahara19: bienvenida! creo que es el 1º mensaje que me dejas, gracias! bueno XD no es mi intención que muráis de desesperación, he intentado actualizar lo más rápido posible.
Y ahora os comento una cosilla sobre el capítulo.
Casi al final del mismo he introducido una canción en un momento importante de la historia (ey xD hacía mucho que no metía ninguna). Me gustaría que hicierais el esfuerzo de escucharla con el vídeo que he preparado, para ambientar mejor el momento y meteros en situación. Elegí esta melodía porque siempre que la escucho algo se me remueve por dentro, espero que a alguno de vosotros os suceda lo mismo.
En esta ocasión no sólo me he inventado la letra para adaptarla al momento, sino que he sido tan sumamente freak que la he adaptado para que encajen los tiempos xDD por si a alguien le apetece cantarla o algo (sorry xD deformación de ex-actriz de musicales, no he podido evitarlo. Eso si, aviso que los acentos no son perfectos y alguna frase encaja un poco con calzador xD pero para haberla hecho en una mañana, oye no me quejo jajaja)
https: vimeo ,com /99573518
Espero que os gusten. Os advierto que a esta historia le quedan ya dos telediarios, así que no os quedéis con las ganas de comentar :P dejadme vuestra opinión!
*~~~~* CAPÍTULO 36: TRAICIÓN *~~~~*
Tras una noche de lágrimas y remordimientos, Iriel decidió ser congruente con la decisión tomada. Había traicionado al Rey Bajo la Montaña y por ende al hombre al que amaba pero con la convicción de alcanzar así un desenlace pacífico para la disputa que habían iniciado sin sentido. Sin embargo, el verdadero problema radicaba en lo que vendría después. Si quería que aquel plan realmente funcionara, y su intervención quedara encubierta, tenía que planear con minucia lo que iba a hacer a continuación. Debía tener la mente fría, actuar sin levantar sospechas, pues si descubrían que había sido ella… mejor no pensar en lo que le sucedería.
Se dio una ducha fría para apagar sus emociones. El agua borró el rastro de las lágrimas que surcaban su rostro y le ayudó a trazar un plan. Lo primero sería ir a visitar al enano, antes de que los elfos y los hombres concertaran una reunión con él. Lo primero era arreglar sus diferencias, dejándola a ella al margen de la trifulca.
Se dirigió al ostentoso armario de su dormitorio. No se sentía con suficiente humor como para emperifollarse con fastuosos vestidos, así que eligió algo más discreto. Se cubrió con una suave camisa de lino de color ocre que dejaba sus hombros al descubierto y un ceñido corpiño negro que resaltaba sus atributos. Eligió un pantalón pardo y unas botas hasta las espinillas, y amarrando su nueva arma en el cinturón, salió en dirección a la habitación de Thorin.
Llamó tímidamente a la puerta y esperó a que el enano respondiera. Tragó saliva y apaciguó su corazón para dar comienzo a la farsa. Thorin no se hizo esperar. Abrió la puerta con rudeza, pero al ver a la chica su rostro se suavizó, Iriel le devolvió una sonrisa cortés y le pidió permiso para entrar.
- Anoche no parecía el mejor momento para conversar, el orgullo y la rabia me habrían hecho decir cosas que no pensaba realmente. – Dijo cruzándose de brazos y guardando cierta distancia. Tras su discusión del día anterior habría sido raro mostrarse excesivamente afectuosa, perdonarle demasiado rápido podía levantaba sospechas. – Pero el tiempo enfría las emociones y sosiega los pensamientos.
Thorin asintió.
- No quise decir que tu opinión no importara para nada, pero se trataba de una reunión privada y tú dejaste claro que no querías involucrarte en materia de gobierno.
En eso tenía razón y odió tener que admitirlo. Ella había dejado muy claro que no quería saber nada de sus obligaciones como monarca y ahora se arrepentía de haberlo hecho. Manifestando un gesto de fastidio tuvo que darle la razón. El enano la encontró arrebatadoramente encantadora.
- No volveré a interrumpirte en tus reuniones, sólo espero que mi opinión sea escuchada y tenida en cuenta, al menos, cuando nos encontremos a solas.
El enano asintió e Iriel dio media vuelta dispuesta a salir de allí. No tuvo tiempo de llegar a la puerta, pues fue rodeada sin permiso por los brazos del enano, sintiendo el corazón del guerrero latiendo en su espalda. Por un momento sintió sus defensas quebrarse por culpa de aquel cálido abrazo. El enano le susurró al oído, acariciándola con sus labios.
- Quédate un poco más.
Sintió arder sus mejillas mientras sus manos acariciaban su cuerpo. Casi sin aliento respondió.
- Si me lo pides así…
Sintió cómo el guerrero sonreía junto a su oído. Sus manos rodearon su cintura hasta toparse con el obsequio que él mismo le había entregado. Aprovechó la ocasión para deshacerse de aquel abrazo que estaba minando su resistencia.
- No sé cómo agradecértelo, es un regalo muy valioso.
El enano tomó el arma de su cinturón y extendió la vara para mostrar su verdadera envergadura.
- Quebraste la tuya al intentar protegerme, era lo menos que podía hacer. – Examinó el trabajo y señaló algunas piezas y ornamentaciones. – Yo mismo hice algunas de estas piezas. Habría preferido dedicarme a ella por completo, pero sabes bien que mis obligaciones no me han permitido apenas descanso.
Aun con todas sus preocupaciones, el enano había invertido parte de su limitado tiempo en preparar para ella aquel presente tan especial. Iriel sintió que su corazón golpeaba su pecho. Acarició la mano del guerrero que portaba la vara y se perdió entre sus labios. Un golpe seco interrumpió a los amantes. Dwalin estaba llamando a la puerta.
- Thorin, un mensajero nos ha entregado esto. – Dijo portando un pergamino arrugado.
El enano lo leyó sin mostrar ninguna reacción, sólo al final dejó entrever una sonrisa satisfactoria.
- Nuestra resistencia comienza a impacientarles, sospecho que ya no están tan seguros de su superioridad. Tal vez ha llegado a sus oídos que los ejércitos de las Colinas de Hierro están en camino.
Iriel le miró fingiendo no entender, tras su reciente reconciliación, Thorin creyó que hubiese sido grosero ocultarle la información en ese momento.
- Sus líderes solicitan una reunión con nosotros para negociar un acuerdo. Afirman que su oferta será de nuestro agrado. – Y dicho esto miró al enano de puños de hierro – Dwalin, tú vendrás conmigo.
Iriel les dejó a solas y fue en busca de Bilbo. Encontró al mediano bajo las sábanas, intentando controlar su miedo y ansiedad. La chica le obligó a salir de la cama y le dio una severa charla acerca de controlar su comportamiento. La culpa se delataba en sus ojos, así no podía presentarse frente a los enanos. Aunque en el fondo tampoco podía culparle, también ella estaba muerta de miedo por las consecuencias de su osada intervención, sólo que sabía ocultarlo mejor. Le acompañó a las cocinas para prepararle una infusión de hierbas con propiedades ansiolíticas, explicando a quienes les preguntaron que el hobbit se encontraba indispuesto. Con el estómago lleno los nervios de Bilbo se templaron un poco.
El resto de los enanos fueron apareciendo paulatinamente para tomar su desayuno, que ya se había hecho escaso aquellos días. El tamaño de las raciones y sus estómagos hambrientos protagonizaron la tertulia.
- Apenas quedan provisiones para tres o cuatro días. – Dijo Glóin preocupado.
- A este paso moriremos de hambre – declaró Ori desanimado.
- ¿Y no hay ningún modo de escapar para conseguir provisiones? – preguntó Bofur y acto seguido chasqueó los dedos indicando que había tenido una brillante idea. - ¿Y si usamos la entrada secreta? Podríamos salir y entrar sin ser vistos.
El resto asintió satisfecho por la idea de su compañero, pero el entusiasmo duró poco.
- ¿Crees que no lo hemos intentado ya? – Replicó Kíli – Investigamos esa salida hace días con cautela, pero hay centinelas apostados en todos los rincones de la montaña. No son muchos, pero suficientes para dar la voz de alarma sobre nuestras intenciones.
- La puerta secreta está descartada. No hay forma de salir de la montaña sin que ellos lo sepan. – Concluyó Fíli con hastío.
La conversación prosiguió con quejas en voz alta sin aportar soluciones. Iriel y Bilbo prefirieron no intervenir y asentir en silencio cuando alguna de sus miradas se cruzaba con la de sus compañeros. Mientras Bilbo parecía haberse calmado, Iriel sintió como un angustioso nudo empezaba a despertar en su estómago, uno que crecía más y más al pensar en la conversación que estaba teniendo lugar a las afueras de la fortaleza de piedra. Intentó pensar en cualquier cosa para calmarse, pero no lo consiguió.
Thorin y Dwalin se habían reunido en una tienda de campaña que los hombres habían acondicionado como neutral. Ambos bandos portaban bandera blanca para el acuerdo. El recinto era simple, compuesto tan sólo por unos tablones que hacían las veces de mesa y cuatro asientos. Thorin se preguntó para quién sería el cuarto puesto, pues había dado por hecho que Bardo era el único al mando allí. Sus dudas se disiparon al ver entrar al elfo y no pudo evitar iniciar la conversación de forma satírica.
- Qué sorpresa encontraros aquí, Rey Thranduil. – Dijo haciendo una reverencia con la cabeza cargada de hipocresía– No creí que el Rey del Bosque Negro fuera a participar personalmente en este tipo de asuntos. Os imaginaba recostado en vuestro trono sobre los confortables salones de vuestro palacio, tal y como os dejé.
"¿Tal y como os dejé? Condenado naugrim ¡Encerrado en mis propias mazmorras querrás decir!" quiso recriminar el elfo con rabia, pero se mordió la lengua para que ni Bardo ni nadie conociera la deshonra que había sufrido, y con falsa cordialidad, ocultando sus emociones bajo su terso y frío rostro, respondió.
- Me he visto en la necesidad de socorrer a estos pobres aldeanos que han sufrido tan injusta pérdida. De igual modo, después de tantos años sin relaciones, no quería perder la ocasión de encontrarme cara a cara con el afamado Thorin Escudo de Roble, ahora convertido en el nuevo Rey Bajo la Montaña.
Thorin frunció el ceño. Ver a Thranduil tan relajado después de su anterior encuentro y la forma en la que se habían despedido sólo podía significar que el elfo había encontrado una forma de devolverle con creces su agravio. Negociar con él era moverse en un terreno de aguas movedizas, debía ser precavido.
Bardo, cansado de fórmulas de cortesía cargadas de segundas intenciones, decidió iniciar el asunto para el que habían sido convocados.
- Sé que nuestras negociaciones anteriores no resultaron beneficiosas para ninguno de los dos bandos, por ello espero que esta ocasión difiera de las anteriores.
Los enanos asintieron, aunque con desconfianza.
- Nos gustaría arreglar nuestras diferencias sin emplear la violencia. Ya hemos sufrido suficientes bajas, no queremos engrosar la lista. La guerra es un modo de deshacer con los dientes un nudo que no se ha podido deshacer con la lengua.
- Dialoguemos entonces. – Promulgó el enano con los nervios templados.
- Nuestra ciudad se halla en ruinas y nuestros hermanos se arrastran entre los escombros víctimas del hambre y la enfermedad. Necesitamos con urgencia el oro que os reclamamos, mas hemos decidido intercambiarlo por algo que pueda interesaros.
El enano arqueó una ceja.
- ¿Y qué podríais aportarnos que no tengamos ya? ¿Un ejército? – Dijo mirando a Thranduil. – Antaño confié el auxilio de mi pueblo a manos de los elfos y vi cómo me fallaron en el momento oportuno. No gracias, no cometeré los mismos errores que mi abuelo, no contaré con soldados que no pertenezcan a mi raza.
- No son soldados lo que pensábamos ofreceros. – Dijo el arquero sacando el cofre que portaba y depositándolo sobre la mesa. – Sino algo mucho más valioso.
Los enanos miraron con desconfianza aquel cofre de madera, pues por muy extraordinario que fuera lo que contuviera, nada de ese tamaño podría intercambiarse por lo que los hombres demandaban. El arquero tragó saliva y abrió con delicadeza el contenido del cofre, haciendo que su brillo nacarado cegara a quienes se encontraban a su alrededor. La visión de aquella gema ancestral nubló completamente la cordura del enano, pues al verla instintivamente se levantó de la silla y quedó petrificado, como si su brillo le absorbiera el aliento. Con los ojos en blanco y su mente disociada, sintió como su brazo se movía lentamente sin permiso, extendiéndose hacia el brillo que emanaba el objeto de su obsesión. El arquero interpretó aquel acercamiento como peligroso y volvió a cerrar la tapa del cofre, haciendo desaparecer aquel embrujo que los había absorbido a todos. El enano salió de su ensimismamiento y su juicio volvió a pertenecerle. Tardó unos segundos en responder y entonces la cólera se adueñó de su voz.
- ¿De dónde la habéis sacado?
El elfo abrió la boca para responder, pero Bardo se adelantó.
- Nuestros rastreadores la hallaron mientras buscaban supervivientes.
- Esa piedra pertenece a mi pueblo. Es el legado de mi abuelo. – Dijo Thorin mordiendo cada palabra mientras intentaba controlar su temperamento.
- ¡Devolvédnosla ahora mismo! – Proclamó Dwalin – Esa reliquia no os pertenece.
Por si el ambiente no se hubiera caldeado lo suficiente, Thranduil decidió intervenir para añadir más leña al fuego.
- Cierto es que la Piedra del Arca fue extraída de la montaña por vuestros mineros y adornó el trono de Thrór durante décadas. Pero perdisteis su posesión hace tiempo y ahora el destino la ha traído hasta nuestras manos. El Corazón de la Montaña es nuestro ahora.
Bardo le miró con gesto recriminatorio, no le estaba ayudando precisamente a contener los ánimos. Volvió a tomar la palabra intentando reconducir la conversación a los derroteros que le interesaban.
- Sabemos lo importante que es para vosotros, por eso accederemos a entregárosla si aceptáis nuestras condiciones.
- ¿Qué condiciones?
- Entregadnos el oro acordado para reconstruir nuestra ciudad y entregar a sus habitantes una cantidad que les haga olvidar su desgracia y empezar de nuevo.
- ¿Eso es todo? – Preguntó el enano temiendo que con la piedra en su poder, sus requisitos se hubieran incrementado.
- También deseamos firmar un acuerdo de paz. No levantaremos nuestras armas contra vuestro pueblo y vosotros no nos provocaréis ningún daño. Érebor y Esgaroth se respetarán la una a la otra, procurando no interferir entre ellas.
Thorin sopesó el acuerdo. Era cierto que sin la ayuda de las Colinas de Hierro se encontraban en desventaja para luchar, pero seguía resistiéndose a entregar su tesoro para solventar un agravio que no había causado. Al ver que el enano dudaba, Bardo volvió a abrir el cofre para mostrar la pieza del intercambio. Su visión hizo que los músculos del enano se tensaran. Intentó controlar el rechinar de sus dientes y sus puños ante la visión de su debilidad. Odiaba la idea de tener que pagar por recuperar algo que le pertenecía, pero también sabía lo mucho que necesitaba tenerla bajo su mando. Intentó ordenar sus pensamientos, pero la visión de la Piedra del Arca interfería en todos ellos, haciendo que su brillo le absorbiera como una droga. Dwalin se percató de la mella que la gema ejercía en el cuerpo de su compañero y quiso solventarlo por las malas.
- No tenéis derecho a negociar con un tesoro que nos pertenece. ¡Ladrones! ¡Devolvédnoslo ahora mismo si no queréis probar mi acero!
Thorin frenó el impulsivo brazo de su compañero. Dwalin le miró sin entender. El rey aplacó sus violentas intenciones con la mirada, ordenándole que no interviniera. El enano hizo caso a su regente y volvió a tomar asiento. A pesar de que sus conflictos internos seguían en disputa la gema había corrompido su mente. El rey había tomado ya su decisión.
- ¿Retiraréis a vuestros hombres y elfos de nuestros muros? ¿Prometéis no demandar nada más?
- Tenéis mi palabra.
Contra su voluntad, el enano tuvo que ceder en su orgullo mientras sentía que ardía por dentro. Levantó su brazo hacia el arquero, dispuesto a estrechar su mano con él y cerrar aquel acuerdo. Pero antes de que las manos de ambos líderes tomaran contacto, el elfo no pudo evitar intervenir, pues se estaba mordiendo la lengua desde hacía rato.
- Puesto que vamos a firmar una alianza duradera no me gustaría iniciar nuestra relación con mentiras. Se nos instó a deciros que habíamos encontrado la piedra entre los escombros – sonrió de forma pérfida – pero si quieres conocer la verdadera procedencia de esta reliquia, será mejor que se lo preguntéis a la mujer que se pasea a su antojo por vuestras dependencias, pues esto ha sido un presente muy generoso por su parte.
- ¿Qué? – Gruñó el enano y apartó su mano.
Bardó fulminó al elfo con una mirada de odio. Acababa de romper su palabra por su culpa. No dijo nada por miedo a inculparla aún más.
- ¿Injurias contra nuestros propios compañeros? Los elfos sois despreciables – reprochó el fornido enano apretando su puño de hierro y masculló insultos en su lengua nativa.
- ¿Crees que voy a caer en tus mentiras para volverme contra mi Compañía, Thranduil? Sólo sabes manipular a tu antojo.
- Esa mujer ha conseguido engañaros bien. Yo también creí en su inocencia cuando la interrogué bajo mis muros, pero esa mirada angelical esconde una mente retorcida.
- Sé bien cuál es el motivo de vuestro desprecio hacia ella por lo que nada de lo que digáis tiene valor para mí. – El enano sonrió maliciosamente. – Por tu reacción en el Bosque Negro debo suponer que es la primera mujer que rechaza vuestros favores.
Bardo entendió en aquel momento la violenta reacción de su amiga al ver al elfo. Rió para sus adentros a pesar de la tensión. La próxima vez que volvieran a encontrarse necesitaría algo más que una noche de cervezas para ponerse al día de todas las aventuras que su amiga de la infancia había protagonizado.
- Tal vez fuera porque ya había conseguido los favores de otro rey.
- ¿Cómo te atreves?
- La gente de su calaña tiende a arrimarse al mejor postor. Se encargan de forjar una buena coartada con sus benefactores para actuar en su beneficio sin levantar sospechas. Apuesto a que se encargó bien de cubrir su pista para que nada os hiciera sospechar que la Piedra del Arca se hallaba bajo su mando.
"La Piedra del Arca fue destruida durante el caos del incendio".
Las palabras de Iriel resonaron en su cabeza. ¿Una coartada? No, no podía ser una mentira para encubrirse. Iriel no tenía motivos para hacer eso. Ya había desconfiado una vez de ella y se había arrepentido de haberla juzgado sin plantearse otras alternativas. Thranduil le estaba confundiendo más de lo que ya estaba. Decidió zanjar aquellas injurias.
- Si vuelves a pronunciar otra difamación contra mis compañeros te atravesaré la garganta con el filo de mi espada.
El elfo no se amedrentó por las amenazas, al contrario, provocar al enano para sacarlo de sus casillas le divirtió aún más.
- ¿Tan cegado estáis por esa mujer? De acuerdo, si no me creéis tal vez prefiráis una prueba más tangible. – Y acto seguido mostró su as bajo la manga: la daga con la que la chica le había atacado nada más verle.
- ¿Qué haces? – Gritó el arquero intentando coger aquella prueba incriminatoria, pero el enano fue más rápido. De no haber sido por la reacción de Bardo, Thorin no le habría prestado demasiada atención, pero vio algo en los ojos de aquel hombre que le hizo dudar. Vio el miedo y la culpa delatarse en su mirada.
Examinó la daga con detenimiento. Thorin le había visto usarla en demasiadas ocasiones durante la aventura como para no reconocerla. No tenía dudas, aquella daga le pertenecía.
Volvió a mirar al arquero con una mirada severa, intentando hallar la verdad escondida bajo esos ojos. Bardó tragó saliva y sintió una gota resbalando por su espalda. Algo en la mirada del enano le intimidaba, como si no pudiera ocultar sus secretos. No pudo resistir aquellos ojos y terminó desviando la mirada a un lado, lo que le dio la victoria al enano y confirmó sus sospechas.
De pronto aquella reunión disfrazada de acuerdo empezó a convertirse en un complot en su cabeza. Demasiadas piezas confusas. Se sintió engañado y manipulado por sus rivales y el acuerdo que había estado a punto de aceptar se desmoronó en su interior.
El enano se levantó de golpe y tras fulminar con la mirada a los presentes, se dirigió a la salida con paso firme. Dwalin le siguió sin rechistar.
- ¡Thorin! ¡Espera! ¿Qué vas a…?
- No pactaré nada hasta que no solvente todos estos malentendidos. No hay acuerdo. – Y desapareció a grandes zancadas llevando la daga en la mano.
Tras la marcha de los enanos, Bardo estalló frente al elfo.
- ¿Pero qué has hecho? ¡Prometimos no desvelar su procedencia!
- No es asunto nuestro, esa chica sabía dónde se estaba metiendo al entregarla.
Bardo no pudo frenar su rabia y zarandeó al elfo agarrándole por el cuello de su túnica. Su amiga se encontraba en peligro por su culpa. El rey elfo le miró con desprecio ante su osadía.
- ¿Muerdes la mano que te da de comer? No te conviene hacer eso. Puedo retirar a mis elfos con una sola orden. Los enanos no te entregarán nada y los habitantes de la Ciudad del Lago perderán el auxilio de los míos.
Bardo apretó los dientes y acabó soltándole de mala gana. Thranduil se arregló las vestiduras con indiferencia.
- Thorin será un enano, pero no es estúpido, lo habría averiguado tarde o temprano. Esa información no cambia nada, seguimos teniendo en nuestro poder aquello que más ansía. ¿Viste su mirada al contemplar la Piedra del Arca? No puede escapar de su influjo, es igual que su abuelo. Esta piedra acabará absorbiendo todos sus pensamientos. Acudirá a nosotros tarde o temprano, necesita el Corazón de la Montaña para reinar.
Los enanos entraron de nuevo en la fortaleza de piedra. Caminaban en silencio. El enojo de Thorin escapaba por todos los poros de su piel, y el enano de puños de hierro también se sentía ultrajado. No podían creer que su venerado tesoro hubiera acabado en manos de los hombres y que encima tuvieran la osadía de usarlo como intercambio. Ladrones, mentirosos, bandidos, carroñeros. A cada paso Thorin sentía crecer su odio hacia los habitantes de Ciudad del Lago que tan amablemente les habían acogido. Hipócritas, oportunistas, usureros. Su ayuda sólo había sido fachada para lanzarse a ellos como buitres en el momento oportuno.
Un resplandor cegó su juicio. La Piedra se convirtió en un pensamiento parásito que no conseguía evadir. Necesitaba obtenerla cuanto antes, pero primero debía aclarar todas las premisas que le confundían. No creía que Iriel hubiera ocultado la gema, ni mucho menos la hubiera entregado a sus enemigos, pero la mirada inquieta de Bardo y la presencia de la daga en manos de Thranduil eran detalles que le inquietaban en demasía.
Así pues, el enano se presentó en los aposentos de Iriel dispuesto a aclarar aquel malentendido, pero la chica no se encontraba allí. Iba a dar media vuelta cuando Dwalin se percató de un detalle importante. Había restos de barro en el alféizar de la ventana.
Thorin se aproximó a comprobarlo. No era muy llamativo, pero se podían ver restos de tierra en el centro y una marca en el lateral, dejada probablemente por una cuerda amarrada. Examinó las cortinas, la cuerda que las recogía estaba deshilachada. No había duda, alguien la había usado para salir y entrar en la fortaleza.
Dwalin abrió todos los arcones y armarios, y al fondo de uno de ellos encontró una capa. Los bajos de la tela tenían restos de tierra y hierba. Había sido usada recientemente.
El cuerpo de Thorin quedó congelado, intentando procesar lo que sus sentidos y su razonamiento le evidenciaban a gritos. Sintió como si un clavo ardiendo se hubiera clavado en sus entrañas. Se sintió mareado. De pronto, le costaba respirar.
Se apoyó en la pared y cubrió su frente y sus ojos con su diestra. Dwalin intentó aliviar la confusión de su compañero y la suya propia, pues todavía no entendía cómo había ocurrido aquel giro de los acontecimientos.
- Tal vez haya una explicación que se nos escapa.
- Todo está muy claro Dwalin… otra cosa es que no queramos verlo.
Ambos permanecieron en silencio durante un rato mientras intentaban comprender la situación. Apoyado contra la pared, al rey enano le pareció cargar un gran peso en su pecho, uno hace tiempo olvidado. Intentando hilar las piezas de aquel rompecabezas, manifestó sus primeros pensamientos en voz alta.
- Ella llegó a la montaña mientras nosotros éramos prisioneros de las artes de Smaug, pudo haberla encontrado en la Sala del Tesoro y haberla guardado en secreto desde entonces. Ella fue la que aseguró haber visto cómo la piedra se destruía lejos de aquí. – Suspiró - Mentiras para proteger su coartada.
- ¿Pero tú la crees capaz de algo así?
- Dwalin, yo ya no creo nada. – Dijo sin brillo en su mirada - Demasiadas veces he sido traicionado por quienes me juraron lealtad.
De nuevo silencio. Dwalin odiaba ver sufrir a su compañero, prefería pasar a la acción en lugar de retorcerse en su penuria.
- ¿Y qué propones ahora?
Thorin recordó el brillo de la gema en manos de Bardo y la sonrisa maliciosa de Thranduil. El dolor dejó paso y la cólera volvió a apoderarse de él.
- Dile a tu hermano que mande un comunicado urgente a las Colinas de Hierro. Necesitamos que mi primo Dáin venga a socorrernos de inmediato, me da igual los enanos de los que disponga. – Dwalin asintió. – Después, explica al resto de mi Compañía lo que ha sucedido. – Dwalin le miró preocupado por lo que venía a continuación. – Mientras, yo me encargaré de ella.
Los enanos salieron de las cocinas una vez terminados su desayuno y su tertulia. Iriel caminaba junto a Bilbo, temerosa de lo que estuviera ocurriendo en las afueras de la fortaleza, todavía pensando en la reacción apropiada que debía interpretar cuando se topara con el enano. Fíli y Kíli iban a retomar sus puestos de vigilancia cuando vieron aparecer la silueta de su tío junto a Dwalin. Los rostros de ambos no denotaban emociones, Iriel no supo si aquello era buena o mala señal. Bofur había difundido la noticia de que los enanos habían sido convocados a una reunión formal con sus adversarios, por lo que todos corrieron hacia ellos preguntando lo que había sucedido. Iriel decidió acercarse también a preguntar, pues es lo que habría hecho en otra ocasión. Dwalin miró de reojo a su compañero, que tomó la palabra.
- Los hombres han reconsiderado sus amenazas a causa de nuestra resistencia, pues temen perderlo todo si continúan actuando por las malas. Están dispuestos a pactar un acuerdo, pero las condiciones todavía no son definitivas.
Los enanos recibieron las buenas noticias con júbilo y Bilbo e Iriel sintieron aliviarse el peso de su pecho. Pero el enano sólo estaba sopesando las reacciones de todos. Acto seguido miró al mediano y se acercó a él, Bilbo dio un respingo.
– Reconozco que he sido injusto contigo en las últimas semanas, no debí obligarte a salir a las puertas del valle con los peligros que nos acechaban.
Era la primera vez que hablaban tras la negativa de Bilbo a salir en busca de la Piedra del Arca. El mediano sintió un nudo en la garganta, el Rey Bajo la Montaña prosiguió.
- Por ello me gustaría recompensarte con un presente. Sé que al igual que Gandalf sabrás apreciar el sabor y el aroma de mi hierba más selecta. – Había visto a Bilbo fumar varias veces durante su aventura - Dirígete al pasillo meridional de la zona de las fraguas. Una vez allí toma las escaleras y sube hasta la Sala de Botánica. Allí, en uno de los estantes encontrarás una vasija azulada con runas enanas. Puedes quedarte con su contenido.
Bilbo quedó extrañado por el presente, pero asintió agradecido, con los nervios que había pasado creyó que fumar con su pipa le relajaría un poco. Lo que el mediano no sabía es que aquello en realidad era una excusa para mantenerle alejado del grupo. Thorin estaba seguro de que se pondría de parte de la chica cuando se desvelara su traición y prefirió mantenerle al margen hasta que el asunto estuviera zanjado. La dirección que le había indicado era una de las zonas más intrincadas de Érebor, era fácil perderse si no se conocía bien el camino, y aunque llegara hasta su objetivo, la Sala de Botánica tenía una cuantiosa cantidad de frascos y recipientes, tardaría mucho tiempo en encontrar el que le había ofertado.
- Los demás volved a vuestras tareas, no debemos relajarnos hasta que el acuerdo esté pactado.
El Rey Bajo la Montaña se alejó de sus compañeros, no sin antes dedicar una mirada a Iriel, instándole a que le acompañara. La chica obedeció con el corazón palpitante, sabía que lo que venía a continuación iba a ser crucial para mantener su tapadera. Se armó de valor por dentro para no cometer ningún error. Una vez a su lado, el enano le dedicó una mirada sutil a Dwalin, dándole permiso para contar la verdad a sus compañeros.
Thorin e Iriel caminaron hasta una sala circular. El Rey Bajo la Montaña tomó asiento junto a la mesa, pero Iriel prefirió permanecer de pie.
- Supongo que querrás conocer los detalles de la reunión. – Iriel asintió. – Bardo y Thranduil se reunieron conmigo para pactar un acuerdo, aunque sospecho que su cambio de opinión pueda deberse a rumores esparcidos sobre los ejércitos de las Colinas de Hierro.
- Pero ese ejército ni siquiera está en camino.
- Sí, esa es nuestra desgracia, y espero que esa información no llegue a sus oídos, porque entonces estaremos en desventaja. Nuestras fuerzas son escasas y las provisiones escasean, este conflicto debe terminar lo antes posible.
- ¿Y en qué consistía el acuerdo? – preguntó impaciente la chica, intentando decidir el grado de asombro que mostraría al descubrir la existencia de la Piedra del Arca.
- Proponían intercambiar el oro por algo que no poseo y prevén que necesito. – Iriel escuchó expectante. – Soldados para un ejército.
Aquella respuesta descolocó a la chica, que no pudo evitar mostrar una expresión de desconcierto. ¿Un ejército? ¿Y qué diantres estaban haciendo entonces con la Piedra del Arca? ¿Habría sido una maniobra de acercamiento para desvelarla después?
- Parece extrañarte la propuesta.
Iriel fue consciente de su error e intentó solventarlo.
- Es que me resulta extraño que convoquen un ejército para forzarte a sus exigencias para que luego te ofrezcan esos mismos hombres a tu servicio. Además, si yo fuera reina… no confiaría mi seguridad en guerreros que cambian de bando con tanta laxitud.
- La mayoría de los ejércitos cuentan con soldados que obedecen a quien paga sus servicios. Pero tienes razón, yo tampoco confiaría la seguridad de mi pueblo a mercenarios. El honor y la lealtad son más valiosos para mí que la destreza con la espada.
La respuesta de Iriel le pareció coherente. Quedó en silencio observando sus ojos cristalinos, aquellos ojos en los que podía perderse fácilmente. La chica le devolvió la mirada con una sonrisa. De pronto sus acusaciones empezaron a tambalearse. ¿Era posible que aquella sonrisa guardara una doble identidad cargada de retorcidas intenciones? ¿Tan estúpido era como para ser engañado por una mujer durante tanto tiempo? Sus sospechas y las pruebas que había encontrado en su habitación volvieron a ser confusas. ¿Tenía suficientes motivos para desconfiar de alguien que había arriesgado tanto por él? ¿A pesar de que todas las pruebas apuntaban a ella? ¿Era la mujer que amaba un lobo con piel de oveja o sus enemigos lo habían manipulado todo para hacerle creer eso? Sintió que la cabeza le daba vueltas. Iriel se acercó y se sentó en el borde de la mesa, con las piernas colgando junto a él.
- Me alegro de que podáis llegar a un acuerdo sin iniciar una guerra. – Y acariciando la vara metálica que portaba en su cinturón añadió con voz risueña. – Tenía miedo de tener que usar este presente demasiado rápido.
El enano rememoró la visita de su noche anterior.
- Hubiera preferido entregártelo en persona.
- Si me lo hubieras ofrecido ayer probablemente te lo habría arrojado a la cabeza. – Dijo riéndose – En su lugar esperé tras la puerta hasta que dejé de oír tus pisadas y salí a recogerlo.
Aquella última frase taladró el corazón del enano.
- ¿Qué? – Preguntó de nuevo, Iriel respondió con la misma sonrisa.
- Escuché que depositabas algo en el suelo, por ello esperé a que te fueras para recogerlo.
El enano sintió en ese momento que su confianza se desmoronaba. La noche anterior, tras la primera negativa para dialogar, regresó a la habitación de la chica para intentarlo por segunda vez, pero al descubrir que el paquete seguía junto a la puerta, desistió en su empeño. Thorin sabía que Iriel había tardado en recoger el paquete. Si aquella sonrisa podía mentir en algo tan simple que sabía cierto, ¿cómo podía estar seguro de que no lo hiciera en todo lo demás?
Algo cambió en el interior del enano. Todas las esperanzas de que aquella conspiración fuera falsa se disiparon movidas por un sentimiento oscuro. Se sintió abandonado. Traicionado. Otra vez alguien en quien confiaba le había fallado hasta el extremo. ¿Tras tantos años no había aprendido la lección? Maldijo el día en que le abrió su corazón a la chica y le permitió entrar en su interior, pues aquellas heridas eran más profundas y dolorosas que las de cualquier espada, más difíciles de sanar. Su enamoramiento quedó encerrado tras las llamas de cólera. Su rostro se ensombreció.
- ¿Eso ocurrió antes o después de que les entregaras la Piedra del Arca?
- ¿Qué dices? – Esta vez la chica no tuvo que fingir sorpresa. Aquella acusación repentina la pilló desprevenida. Sintió que el miedo le helaba el corazón. Bajó de la mesa y quedó frente a él. Su voz y su mirada habían cambiado.
- Bardo me ofreció la Piedra del Arca para pactar la alianza. La gema que tú les entregaste.
- No tengo ni idea de lo que estás hablando. ¿Por qué iba yo a…?
- Existen muchos motivos que podrían beneficiarte. Una parte del tesoro, privilegios con otros pueblos, salvoconductos para moverte a tu antojo. Con la gema en tu poder podías pedir lo que quisieras. Además, siempre estuviste en contra de que Bardo y su gente sufrieran ningún daño.
- Bardo es mi amigo desde que me alcanza la memoria y la gente de Esgaroth cuidó de mí cuando me hallaba moribunda. ¡Por supuesto que no quiero hacerles daño!
- Y te encargaste bien de tapar tus insidiosas intenciones. Apuesto a que el trato era mantener tu intervención en secreto, pero Thranduil desveló tu culpa.
- ¡¿Cómo?! – la mención al elfo le crispó los nervios. Sabía que había sido un error que él estuviera presente en el intercambio - ¿Y qué es lo que te ha contado ese estúpido y engreído elfo con lengua de serpiente? ¿Vas a creer en sus palabras antes que en las mías? ¿Tú? ¿Precisamente tú?
Thorin le dedicó una mirada sombría cargada de resentimiento. Iriel dio un paso atrás, pero entonces recobró su coraje y volvió a hacerle frente para defenderse.
- Nunca he tenido esa piedra en mi poder, ¿si la hubiera tenido no crees que te la habría dado? Ya te lo dije, yo misma vi cómo esa gema se…
- … "convertía en cenizas bajo las llamas de Smaug". Sí, te has encargado muy bien de hacerme creer esa patraña.
Entonces sacó la daga que llevaba escondida y la depositó sobre la mesa, ante los ojos de Iriel.
- Olvidaste esto en su campamento.
El cuerpo de Iriel se tensó al verla. ¿Cómo había sido tan estúpida de olvidar ese detalle? Controló sus nervios y respondió sin delatarse.
- Esa daga no es mía.
- Había olvidado lo bien que puedes mentir.
Aquella alusión a su conversación con él cuando fue raptada Smaug fue un golpe bajo. Iriel no pudo contener la rabia ante aquel insulto y levantó su mano para abofetear el rostro del enano, mas su muñeca fue detenida por la robusta mano del guerrero, que la apretó con fuerza mientras la miraba con desprecio. La fortaleza que la chica había intentado mantener cedió ante aquella mirada de odio y sus labios temblaron sin encontrar una respuesta con la que defenderse. Aprovechando el bloqueo de su muñeca, el enano la empujó con rabia, arrojándola al suelo.
Iriel cayó hacia atrás haciendo que su melena cubriera su rostro. Desde el suelo, a través de sus cabellos, vio cómo el guerrero tomaba la daga y por un instante temió por su vida. El peligro infundió adrenalina en su organismo y le hizo levantarse con premura para huir de allí. Salió corriendo de la habitación buscando auxilio, pero al doblar el pasillo todos los enanos aparecieron cerrándose el paso.
Todos la miraban con sorpresa y decepción. Podía ver en sus ojos que algunos se resistían a creer lo que les habían contado, pero otros la acusaban sin indulgencia. Su papel de inocente había fracasado estrepitosamente. Viéndose rodeada, decidió hacerles frente. Escuchó los pasos del guerrero aproximarse a su espalda y se giró dispuesta a enfrentarlo.
Bilbo caminaba siguiendo las instrucciones del enano, pero pronto se dio cuenta de que se había perdido. Un tanto malhumorado, decidió dar media vuelta y repetir la ruta junto a su compañera, pues sabía que si se lo pedía a cualquiera de los enanos se burlarían de él. Así, sin saberlo, anduvo sobre sus pasos rumbo a los salones principales, donde su compañera se encontraba acorralada.
- Me acusas de un crimen sin dar lugar a que me justifique.
- No lo niegas entonces.
- Es cierto que entregué la Piedra del Arca a los hombres – escuchó un coro de exclamaciones procedentes de los enanos – pero lo hice con la intención de ayudaros.
Thorin rió con sarcasmo.
- ¿Y de qué modo podría ayudarnos tal gesto? – Su sonrisa se borró y su rostro volvió a mostrar severidad - ¡Le entregaste al enemigo nuestras cabezas en bandeja de plata!
- ¡No! ¡Sólo les entregué una forma de pactar contigo! Planeabas acabar con todos ellos mediante ofensivas letales ¡La Piedra era lo único que podía detenerte de iniciar una guerra!
- ¿Y qué hay de malo en ello?
- ¿No habéis peleado ya suficientes batallas? ¿Por qué iniciar una nueva? ¿Por un puñado de oro? ¿Antepones tus tesoros a la vida de los tuyos? ¿Por qué demonios no les ofreces lo que te piden?
- ¡No es lo que piden, es su forma de ordenármelo! Si Érebor cede a su chantaje cualquiera vendrá a vapulearnos.
- Ese es tu problema, Thorin. Ves demonios en todas partes.
- La vida no me ha demostrado lo contrario.
Iriel bufó exasperada.
- Obstinada terquedad… tu cabeza es más dura que la piedra de tu palacio. ¿Cuándo te darás cuenta de que la Tierra Media no está en tu contra?
- Resulta irónico escucharlo de quien acaba de traicionarme.
- No lo he hecho para traicionarte. Sólo intento abrirte los ojos. Si sigues por este camino acabarás perdiéndote a ti mismo.
- No necesito que nadie me abra los ojos. Sé perfectamente lo que veo.
- Has cambiado Thorin. No eres el mismo que inició este viaje con la intención de devolverle a su pueblo lo que había perdido. Algo te ha corrompido – Iriel miró alrededor – Es el oro, la corona, estos muros. Su poder y su responsabilidad te han cegado. Te han convertido en un rey déspota y codicioso.
Escuchar aquellas acusaciones colmó su paciencia y perdió el control. Se acercó a Iriel a tanta velocidad que la chica no lo vio venir. La sujetó por el cuello y la empotró contra la pared.
- ¿Quién eres tú para juzgar mi comportamiento? Me eduqué entre reyes, aprendí de sus aciertos y sus errores. No tienes ni idea de mis responsabilidades ni mis circunstancias. He pasado por situaciones que ni imaginas. He visto morir a mi gente mientras no podía hacer nada por impedirlo. ¡No voy a permitir que nada me haga fracasar de nuevo y lo único que necesitaba para hacerlo es lo que tú te has atrevido a arrebatarme!
La mano del enano oprimía la garganta de la chica lo suficiente para causarle dolor sin cortar su respiración. El desprecio con el que la miró congeló su cuerpo y apenas pudo resistirse al aprisionamiento.
En ese momento unos pasos agitados se escucharon al otro lado del pasillo. Era Bilbo.
- ¡Suéltala! Ella no tiene la culpa de lo que ha pasado. – Dijo intentando ayudarla. Iriel le miró abatida. No había nada que pudieran hacer para arreglar aquella situación. Intentó advertirle que no se delatara, pero ningún sonido salió de su boca. – Fui yo quien escondió la piedra durante todo este tiempo.
El enano le miró sorprendido y su mano se aflojó un poco.
– Lo hice porque temía que la demente enfermedad que todos afirman que la rodea, acabara por volverte loco. Pero veo que su influencia te ha corrompido de todos modos.
De nuevo aquella alusión a la enfermiza maldición que pesaba sobre la gema. Thorin se negaba a creer que su influjo le hiciera acabar como su abuelo. De hecho, aquello le ofendió como el peor de los insultos y la rabia unida al descubrimiento de una nueva traición le hizo volver a apretar la mano. Iriel sintió que no podía respirar.
- Tho…rin… no pued… resp… - exhaló con los labios azulados.
Thorin la soltó y la chica cayó de rodillas, mientras tosía intentando recuperar el aliento. Casi sin habla se giró hacia Bilbo y pronunció su súplica.
"Vete"
Dadas las circunstancias, con Thorin enajenado, los enanos enfilados dispuestos a cumplir sus órdenes y su compañera en el suelo, poco podía hacer. Sacó el anillo de su bolsillo y se ocultó con él. Escuchó a Thorin rugir de rabia mientras escapaba a toda velocidad. Tal vez pudiera refugiarse entre las huestes de los hombres y acudir al auxilio de su compañera con ellos. Bilbo desapareció tan rápido como pudo, mientras rezaba al cielo porque nada le ocurriera a compañera.
- ¡Encontrad al mediano! ¡No dejéis que escape! – Escuchó Iriel mientras continuaba de rodillas luchando por respirar. La tos incesante hizo que la cabeza le diera vueltas y de nuevo aquella sensación de mareo se apoderó de su cuerpo. - ¡Encerradla en la prisión más profunda! – Fue lo último que escuchó en la lejanía mientras su visión se apagaba.
Despertó en un lúgubre y húmedo rincón. Le dolía la cabeza y tenía el estómago revuelto. Al incorporarse notó una resistencia a sus movimientos. Sus manos se hallaban encadenadas por unos fuertes grilletes de hierro. Instintivamente echó mano a su cinturón. Por supuesto los enanos la habían desarmado al encerrarla. Maldijo su desgracia y su torpeza por no haber sido capaz de huir de aquella encerrona, había supraestimado sus dotes de engaño y por ello no había ideado una huida a tiempo. Una sospecha se despertó en su mente. Se levantó deprisa para mirar a través de los barrotes. No vio a Bilbo en las celdas cercanas. Supuso que el mediano había logrado escapar y se alegró mostrando una sonrisa apagada.
¿Cuánto tiempo había pasado inconsciente? En aquel rincón no había modo de ubicar si era de día o de noche. De pronto se percató de que en uno de los rincones había una bandeja. Se acercó para beber de la jarra, pero desechó el trozo de pan, pues no tenía apetito. Apoyada contra los barrotes volvió a cerrar los ojos para escapar de aquella desoladora visión. Y así volvió a quedar dormida, perdiendo por completo la noción del tiempo.
Tras su detención, Thorin se encerró en sus aposentos al margen de cualquier consuelo o mirada lastimera procedente de sus compañeros. Allí golpeó las paredes e hizo añicos el espejo de su cómoda, haciéndose un corte en la mano que ni siquiera le dolió. Allí gritó de frustración y agonía. Allí maldijo a Aulë y a Melkor. Allí derramó lágrimas de rabia y dolor. Y allí pasó la noche en vela, atacado por sus viejos demonios que habían encontrado unos nuevos para torturarle.
A la mañana siguiente Balin se acercó para hablar con su atormentado rey. Quiso ofrecer consuelo a su espíritu, pero como de costumbre el enano no pronunció palabra acerca de lo que pensaba o sentía. Empezó portando buenas noticias.
- Hemos recibido respuesta de las Colinas de Hierro. Han convocado a sus guerreros de inmediato. Dáin en persona liderará la marcha.
Thorin asintió complacido. Balin aprovechó para tratar el tema más delicado.
- Thorin… sé que no quieres hablar de esto pero… es algo que no deberías esquivar.
El enano permaneció en silencio.
- Sabiendo lo doloroso que ha sido para todos nosotros, no quiero ni imaginarme lo terrible que debe de ser para ti, pero…
- Balin, ve al grano. – Contestó con brusquedad.
- Sabes cuál es el castigo para los traidores.
Thorin desvió la mirada.
- Sabes que hay leyes que no puedes cambiar, leyes que tu abuelo tuvo que cumplir, leyes que vienen de antaño.
Claro que lo sabía. Y por ello no había sido capaz de dormir en toda la noche, y probablemente tampoco lo conseguiría en las venideras.
- Lo sé Balin, lo sé.
- ¿Entonces?
- Haré lo que tenga que hacer. – Cerró los ojos con gesto cansado - Por favor, ahora déjame solo.
Iriel permaneció encerrada en las mazmorras durante tres días, prisionera de aquel profundo agujero que ni la luz del sol ni de la luna lograban alcanzar. Mataba el tiempo perdida entre sus recuerdos, rememorando viejas andanzas, disputas sin importancia entre mercaderes y bandidos, peleas en las que se había alzado victoriosa ante la desconfianza de muchos. Recordaba su niñez en la ciudad de los hombres, sus infantiles travesuras junto a Bardo, su huida de casa en busca de lo que ansiaba su corazón, los problemas en los que se había visto envuelta a causa de sus osadas decisiones. Recordó la cascada tras la que solía ocultarse, el frescor del valle, el sonido de los pájaros tras cada jornada, la sensación de libertad que la invadía cuando observaba el horizonte, preguntándose por el mundo que la rodeaba.
Leal a su corazón, Iriel no se arrepentía de ninguna de las decisiones que había tomado a lo largo de su vida y que la habían llevado a ser quien era. No se arrepentía de haber aceptado la temeraria propuesta de aquel mago gris que la había obligado a disfrazarse como un guerrero. No se arrepentía de haber acompañado a esos trece enanos en su camino, ni de haber arriesgado su vida por ellos en tantas ocasiones contra tan dispares enemigos. No se arrepentía de haberse cruzado con el rey enano, de haber indagado en la verdad que ocultaba bajo su fachada inquebrantable ni de haberse enamorado de aquellos ojos azules. Evitó pensar en Thorin, pues su doloroso recuerdo le quemaba las entrañas.
Innumerables decisiones son tomadas a lo largo de una vida, erróneas o no, cada una de ellas conduce a un camino único e insospechado. El mago gris fue quien le inculcó tan valiosa lección en sus primeros encuentros a través de sus sabias palabras:
"Sólo merece la pena arrepentirse de las decisiones no tomadas, de los caminos no elegidos, alejándonos de aquellos que el miedo evita que afrontemos. No hay decisión correcta o errada, cada pieza conforma nuestro destino."
Por eso Iriel no se arrepentía de haber entregado la Piedra del Arca a Bardo, a pesar de que aquella decisión la había encerrado tras unos barrotes de hierro. En su interior seguía pensando que había sido lo correcto.
Cerró los ojos y se dejó llevar por el reconfortante sentimiento de estar en paz consigo misma, pues era lo único que le quedaba. Silbó una canción que había aprendido siendo niña, y con el arrullo de su propio sonido terminó quedándose dormida.
El sonido de una piedra al chocar contra el suelo la despertó de su sueño. Se había resbalado de la mano de Fíli mientras jugueteaba con ella para matar el tiempo. Iriel pudo ver los dorados cabellos del enano al fondo de las mazmorras. El mayor de los príncipes era el encargado de hacer guardia durante ese turno. Los enanos la vigilaban en la distancia, tal vez por temor a que el mediano apareciera para rescatarla, o tal vez para asegurarse de que no hacía ninguna tontería. Poco importaba. Con o sin ellos, Iriel se sentía completamente sola.
Ninguno de los enanos que la habían custodiado los días previos le habían dirigido la palabra en ningún momento, ni siquiera la habían mirado. Tanto mejor, pues ella tampoco habría sabido qué responderles. Prefería no saber lo que pensaban de ella en aquel momento, no quería tener que justificarse ante nadie.
Pero el sobrino del rey, al percatarse del despertar de la chica, se atrevió a preguntar lo que torturaba a su corazón.
- Iriel, ¿por qué lo hiciste en realidad?
- Da igual las veces que lo explique, ¿verdad? No creeréis ni una de mis palabras.
- Yo sí.
La tristeza y la sinceridad en la voz del enano la sobresaltaron. Se había preparado para ser odiada por sus compañeros, pero aquel pesar en su tono y sus ojos vulneró su coraza y no tuvo más remedio que contestar con franqueza.
- Fue tal y como os expliqué. Lo hice para detener esta locura. No había forma de que aquella disputa acabara bien para ninguno de los dos bandos. No quería enterraros a ninguno por culpa de un puñado de oro.
- Pudiste decírnoslo…
- ¿Habríais desobedecido a vuestro tío por mis palabras? – Se echó a reír. Sabía que sus sobrinos le admiraban a la par que le temían, no se habrían enfrentado a él de aquella forma. Antes de que el enano contestara la chica prosiguió. – No había modo alguno de que nos escuchara, el odio y la tensión de la situación cegaron su razón. Pensé que la Piedra del Arca sería lo único que le haría contemplar una tregua, ceder en su obstinación. Parece que mi plan no funcionó tan bien como creía. – Concluyó mostrando sus grilletes.
- Pídele que te libere. Dile que te arrepientes de lo que hiciste, si se lo explicas acabará perdonándote.
- Pero no lo hago Fíli, no me arrepiento de lo que hice. – La seguridad de la chica sorprendió al enano.
- Pero eso no importa…
- No voy a traicionarme a mí misma. Seré consecuente con la decisión que tomé. Si este es el precio de intentar salvaros la vida, lo aceptaré con orgullo.
- ¿Pero no quieres volver a su lado, que todo vuelva a ser como era?
- La brecha que se ha abierto entre nosotros es insalvable – dijo Iriel con resignación, el brillo de sus ojos se apagó conforme hablaba – Nunca volverá a confiar en mí.
- Pero no puede terminar de este modo… no después de todo lo que hemos pasado, tienes que decirle que…
- Ya basta Fíli.
La profunda voz del enano irrumpió la escena. El Rey Bajo la Montaña había llegado con sigilo hasta las mazmorras. Aquella irrupción sobresaltó a ambos, pero afectó más a la chica, que sintió su cuerpo tensarse al descubrir su presencia.
No le había visto desde el momento en que la sujetó del cuello para después ordenar su encierro. Su último recuerdo eran aquellos ojos que habían perdido el brillo que la había enamorado, cegados ahora por un odio tan profundo que recordarlo le revolvía el estómago. Sintió que su cuerpo comenzaba a temblar y se concentró con todas sus fuerzas en contener esta sensación, lo que menos deseaba era que el enano viera la reacción que le provocaba, lo débil e insignificante que se sentía bajo su presencia.
El enano rubio sintió un escalofrío en la espalda. Sabía lo que venía a continuación.
- Os advertí a todos que no conversarais durante la vigilancia.
El enano se armó de valor y decidió mantenerle la mirada, demostrándole que no se arrepentía de su desobediencia. Thorin decidió pasar por alto la ofensa, no le apetecía enfrentarse también a su propia familia.
- Déjanos a solas.
El rostro de Fíli se iluminó, creyendo posible una inminente reconciliación, pero el severo gesto de su tío le hizo ver que la conversación privada no llevaba tales intenciones.
El enano se acercó a la celda. Ya que las cosas no podían ir peor, Iriel inició la conversación con sátira.
- Me sorprende ver a Su Majestad por aquí, le creía demasiado ocupado planeando su batalla.
- Ni siquiera mis mazmorras han mellado tu insolencia.
- Me has encerrado aquí por intentar negociar un final pacífico para tu conflicto, no debería sorprenderte mi desagrado ni mi mal comportamiento.
- Deberías agradecer que al menos te brinde comida y bebida, tal y como están nuestras circunstancias.
Iriel sabía que apenas tenían provisiones para ellos. Tal vez Thorin había bajado hasta las mazmorras para intentar suavizar el agravio. Creyó que hablarle a la defensiva sólo empeoraría las cosas. El enano tenía mal temperamento. Tal vez encerrarla en una prisión al conocer lo que había hecho hubiera sido excesivo, pero el enano acostumbraba a tomar decisiones bruscas. Quizá fuera el momento de intentar arreglar las cosas entre ellos. Por ello su voz se suavizó.
- ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo hemos permitido que la situación se nos fuera de las manos?
El enano permaneció en silencio y desvió la mirada.
- ¿Por qué desde que viniste a Érebor te siento tan lejano, como si en realidad estuvieras a millas de distancia de este lugar?
De nuevo la ignoró. Iriel perdió la paciencia.
- ¡Si no quieres contestar al menos mírame cuando te hablo! – Thorin la penetró con la mirada. Iriel dio un paso atrás, arrepintiéndose de haberle pedido tal cosa. Enfrentar aquellos ojos que la miraban sin clemencia era más difícil que caminar junto a un abismo con los ojos vendados. Así se sentía, caminando de puntillas junto a un abismo que ansiaba verla caer.
- No eres tú. – Exclamó al ver aquellos ojos carentes de sentimientos.
- Claro que soy yo.
- No, no eres el Thorin que conocí, el Thorin que conocí está muy lejos, enterrado en algún lugar profundo, sobrepasado por sus circunstancias y sus demonios.
- No digas tonterías.
- No son tonterías, pero tú te niegas a verlo – Sintió que las palabras le quemaban la garganta - ¿Dónde está aquel líder nato que inició una misión sin retorno para devolverle a su gente lo que era suyo? ¿El guerrero que sobreponía el interés de su pueblo sobre su propia felicidad? ¿Dónde está el enano que se arrojó sin dudarlo al borde de un precipicio para salvar a un mediano al que acababa de conocer? ¿El que peleó con trasgos y orcos aun cuando apenas le quedaban fuerzas para moverse? ¿El que venció a sus propias pesadillas en una fortaleza regentada por un hechicero que jugaba con la muerte? ¿El que, bajo el influjo de la noche en la morada de los elfos, robó algo más que un beso? ¿El que, tras haber recuperado su hogar y haberse librado de su demonio, decidió enfrentarse a un dragón con las manos desnudas para rescatar a su dama? – Iriel gritó su impotencia – ¡Maldita sea! ¿Dónde está el enano que me robó el corazón?
Thorin intentó evocar en vano aquellos recuerdos. Era incapaz de sentirse como en aquel entonces. Algo le había apagado. Algo le había consumido. Ya no podía volver atrás. Su corazón se hallaba cegado por el dolor y la obsesión de no fracasar de nuevo, nada más cabía en su interior.
- ¿Es que ya no queda nada de eso? ¿La corona te ha convertido en un tirano cegado por el poder? Te entregué mi cuerpo y mi corazón, ¿acaso nada de eso importa ya?
Thorin desvió la mirada y apretó los puños. Claro que importaba, por eso su juicio y su corazón se hallaban en absoluto conflicto. Su determinación y su deber estaban siendo frenados por sus sentimientos, y el dolor de la traición nublaba su entendimiento. Ni una daga clavada en su pecho podía compararse con el profundo vacío que le había dejado aquel delito. Finalmente confesó la verdadera razón por la que pasaba las horas y las noches en vela, el motivo que le había empujado a bajar él mismo a las mazmorras a pesar de que nada le dolía más que verla.
- Tu pecado es mayor del que sospechas. No sólo cometiste alta traición contra mi pueblo, sino directamente contra el rey. Las leyes de Érebor son estrictas en este tipo de crímenes. El castigo para los traidores – hizo una pausa – es la muerte.
Un escalofrío helado recorrió el cuerpo de Iriel. Instintivamente se llevó la mano al cuello, imaginando el frío contacto del acero caer sobre su cabeza en el patíbulo. Sintió que se mareaba y su cuerpo volvió a temblar de nuevo. Su garganta quedó seca y su voz se congeló. Nunca hubiera imaginado que su actuación podría conllevar tan magna consecuencia.
En ese momento se percató de que Thorin portaba su espada en el cinturón. Acto seguido el enano buscó la llave de la celda y la introdujo en la cerradura. Iriel temió lo peor.
Thorin abrió la celda y se introdujo en ella. Su mano fue a buscar la empuñadura de su espada y la desenvainó con lentitud mientras se acercaba a ella. Iriel comenzó a retroceder hasta el fondo de la celda mientras su corazón latía desbocado y la sangre se agolpaba en su garganta. Cerró los ojos cuando vio al guerrero levantar la espada. Ahogó un grito al ver inminente su final, pero lo único que siguió fue el sonido de las cadenas.
Cuando volvió a abrir los ojos vio que sus cadenas habían sido cortadas. El enano se encontraba de nuevo fuera de la celda, de espaldas a ella. Entonces comprendió lo que el enano había hecho en realidad.
No la había perdonado y posiblemente nunca lo haría, pero a cambio le concedía un privilegio más valioso. La libertad.
Allí, junto a los barrotes de la puerta medio abierta, el enano se despidió para siempre.
- Vete y no vuelvas nunca. Si alguna vez regresas no seré tan benevolente.
Iriel sabía que si dejaba atrás aquella montaña jamás volvería a verle. Su recuerdo y su vacío la perseguirían durante el resto de su vida. Viviría una libertad atormentada, añorando su cuerpo y su mirada en cada ocaso, ni la inmensidad del mundo que la rodeaba podía competir contra eso.
A pesar del peligro que corría, de saber que estaba tentando a la suerte, la chica se dejó llevar por su corazón y permitió que su cuerpo se moviera a su voluntad. Sus brazos rodearon el cuerpo del guerrero y su cabeza quedó apoyada en su espalda, haciendo verdaderos esfuerzos por contener las lágrimas mientras sentía su pecho ardiendo dolorosamente.
El cuerpo del guerrero no se movió pero le ordenó retirarse con voz fría.
- Suéltame.
Iriel negó con la cabeza mientras las lágrimas emergían tímidas y silenciosas. Decidió arriesgarlo todo por última vez, ahondar en los sentimientos del enano con una súplica nacida de lo más profundo de su ser. Su alma deseaba alcanzar a su otra mitad y lo hizo utilizando el único lenguaje que conocía, el que era capaz de conmover al corazón más imperturbable. Una melodía suave emergió de los labios de Iriel, dictando sus sentimientos en clave de sol, pues la música llega a rincones que las palabras no alcanzan.
Mi corazón, no puede ser el mismo,
Si tú no estás, no puedo respirar.
Este dolor, no cesa en tu ausencia
Mis lágrimas no dejan de brotar.
El cuerpo del guerrero se tensó. Aquella era la voz que lo había hipnotizado por primera en el valle de Imladris, la que había vencido a su razón y le había arrastrado hasta sus deseos más ocultos.
Una estrella escucha mis plegarias,
a ella le recé por tu perdón,
y que el dolor que ambos provocamos
se entierre por siempre en el ayer.
Aquella tierna pero agónica melodía amenazó con vulnerar su decisión. El enano sentía su órgano vital golpeando su pecho con violencia, recriminándole no envolverla en ese instante entre sus brazos. Mas apretó los puños para no hacerlo, mientras se convencía de lo infranqueable de sus diferencias, de la gravedad de su traición. Ya le había concedido demasiado perdonándole la vida y permitiéndole escapar mediante una falsa huida. Ya había vulnerado suficientes leyes por ella, no podía hacer más.
No podía perdonarla. Ni aunque en realidad la amara con todo su corazón.
Sin pronunciar palabra, Thorin apartó los brazos que le envolvían y comenzó a caminar hacia la salida de las mazmorras, dejándola atrás. Aquel gesto dejó a la chica hundida en la posición en la que se encontraba. Le había abierto su corazón para nada. El enano la había rechazado por completo.
Sintió que el dolor crecía hasta hacerse insoportable. Las lágrimas bañaron su rostro sin control. Sintió la necesidad de gritar para librarse de su tormento. Pero algo muy distinto a un alarido emergió de su garganta. Una fuerza pasional se liberó en su voz, rasgando el aire con una melodía aún más profunda.
Escúchame y recuerda quién eres
vuelve a ser aquel a quien amé
recupera tu vida y tu destino,
demuéstrame lo que hay en tu interior.
La intensidad de aquel sonido le hizo detenerse. Sintió que algo se removía en lo más profundo de su ser.
Déjame ser la brisa que te empuja
La vaina de tu espada y tu valor
Yo lucharé contra tus demonios
Déjame estar, de nuevo, junto a ti
Iriel sintió que las fuerzas la abandonaban. Había derrochado todo su aliento en aquella confesión. Concluyó su ruego con la suavidad de un manantial de agua pura, haciendo pedazos la voluntad del enano.
Déjame estar, de nuevo, junto a ti.
