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Capitulo 34

Candy sabía que Dios había hecho el mundo en seis días, así se lo habían enseñado desde niña. Pero estaba convencida de que a las Highlands escocesas les había dedicado un tiempo especial. Solo había que contemplar el verde de sus prados, salpicados de rocas que parecían cortadas a cuchilladas, sus innumerables lagos y las montañas eternamente coronadas de nieve, recortándose contra un cielo de un azul como no había visto jamás.

Sin embargo, ahora los días le parecían más oscuros y más grises, y no tenía nada que ver con el clima. De hecho, ese día lucía un sol que caldeaba el ambiente de forma agradable, aunque ni siquiera fuese capaz de apreciarlo. Desde su conversación con Albert, se le hacía difícil disfrutar de las pequeñas cosas que tanto la habían enamorado de aquella tierra. Sabía que esa sensación sería pasajera, y que acabaría por desaparecer. Al menos confiaba en ello.

Acudía a los entrenamientos, aunque ya sin el mismo ímpetu, y se mostraba taciturna la mayor parte del tiempo. Por las tardes entrenaba con el arco, y los evidentes progresos de Jimmy, Alec y los demás tampoco la satisfacían por completo. Evitaba a Wallis, temerosa de que ella pudiera asomarse al abismo de su pecho. Y evitaba aún más a Albert, que había tomado la costumbre de cenar en el salón con Anthony y que regresaba cuando ella ya se había acostado. Su vida era una sucesión de jornadas carentes por completo de ilusión y de esperanza, y esa sensación se estaba convirtiendo en una segunda piel que no sabía si algún día lograría quitarse de encima.

Tampoco Albert era ya capaz de disfrutar de los pequeños placeres de su vida, y solo la presencia de Anthony, siempre curioso y alborotado, lo mantenía lo bastante cuerdo. No entendía por qué el rechazo de Candy le molestaba tanto, por qué no tenerla a su lado y no sentirla junto a su pecho le hacía sentirse tan huérfano. Es cierto que el sexo con ella había sido total y absolutamente maravilloso, y lo echaba mucho de menos. Pero no era solo eso, lo sabía. En realidad, echaba de menos tantas cosas que no era capaz ni de enumerarlas.

—¿Me estás escuchando, muchacho? —La voz de Callum lo sacó de sus pensamientos.

—No. Lo siento, amigo.

—Los chicos quieren salir de caza.

—¿Otra vez?

—Albert, me refiero a los que no te acompañaron.

—Ah, claro.

—Los otros muchachos no paran de presumir, y se está creando cierta rivalidad entre ellos que no me gusta.

—Lo tendré en cuenta.

—El banquete fue un éxito.

—Sí, es cierto.

—Podríamos repetirlo.

Albert no se sentía con ánimos para más fiestas y pensó en alguna buena excusa que ofrecerle a Callum.

—Tampoco todos tus guerreros pudieron acompañarte —añadió el hombre.

También eso era verdad. De hecho, algunos de ellos ya le habían hecho saber que estarían encantados de hacer una escapadita.

Albert guardó silencio. Tal vez, después de todo, le viniera bien alejarse un poco.

—¿Cuántos chicos?

—Nueve, y el joven Rob.

—No, él no viene.

—¿Por qué? Creo que ya está preparado para un poco de aventura.

—He dicho que él no viene.

Callum le miró con el ceño fruncido y Albert se vio en la obligación de ofrecerle una explicación.

—Si le pasa algo al muchacho, el laird nos colgará del árbol más alto.

—Si van todos menos él, le convertirás en el objeto de todas las burlas.

—Prefiero que se rían de él a que lloren sobre su tumba.

—¿No crees que exageras un poco, Albert? Ya sabes que los chicos apenas intervienen en la cacería.

—Lo suficiente como para resultar heridos.

—De acuerdo, de acuerdo. Como tú quieras.

Callum pareció aceptar al fin sus deseos y lo dejó a solas de nuevo. Albert sabía que no era justo con Candy, pero la sola posibilidad de que se pusiera en peligro le ponía las tripas del revés. Esperaba que ella también lo entendiera así.

En cuanto volvió a casa esa noche, supo que no era el caso. Le esperaba sentada a la mesa, con la espalda tan tiesa como si la tuviera clavada al respaldo de la silla. Albert le echó un rápido vistazo y comprobó que estaba enfadada, muy enfadada. Por fortuna, esperó a que llevara a un dormido Anthony a su cama antes de enfrentarse a él.

—¿Por qué, Albert?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué van a ir todos menos yo?

—¿De verdad me lo preguntas?

—¿Es que no te das cuenta de lo extraño que resulta eso?

—No veo por qué.

—Todos los muchachos van a acompañarte. La mayoría lo hicieron la primera vez y ahora irá el resto. Todos menos yo.

—Tú eres una mujer.

Candy se levantó de un salto y golpeó la mesa.

—¡No me puedo creer que hayas dicho eso! —le gritó.

—¿Es mentira, acaso? —respondió en el mismo tono que ella.

—¡Por supuesto que no! Pero soy tan buena como algunos de ellos, y con el arco mucho más.

—No puedo arriesgarme a que te ocurra nada.

—¿Y puedes arriesgarte con los demás?

—Los demás no son...

—¿No son qué? —insistió ella.

—Los demás no son la nieta del laird —contestó al fin, aunque en su interior la respuesta había sido muy distinta: «porque los demás no son tú».

—Albert, si no me permites ir, todos pensarán que ocurre algo extraño conmigo.

—Es que ocurre algo extraño contigo, creo que no necesito recordártelo.

—¿Esto es porque no acepté... tu propuesta de matrimonio?—preguntó ella, en un tono comedido.

—¿Qué? —Albert se acercó tanto a ella que Candy no tuvo tiempo ni de reaccionar. Sus ojos lanzaban peligrosos destellos que a ella le congelaron el aliento—. ¿Cómo te atreves a sugerir tal cosa? ¿Cómo te atreves siquiera a pensarlo?

—Yo... —comenzó ella a disculparse.

—¿Quieres venir? ¡Pues adelante! —le gritó con tanta furia que ella se dejó caer sobre la silla—. Y jamás, jamás, vuelvas a insinuar algo semejante —le siseó.

—Lo siento, Albert...

—¡Buenas noches, Candy!

Albert se dio media vuelta y se alejó a grandes zancadas, maldiciendo en voz baja con palabras que ella no logró entender.

Candy había logrado una pequeña victoria, una victoria que ahora le sabía a hiel.

Dos días más tarde, un pequeño grupo de no más de treinta miembros abandonaba de nuevo la fortaleza. Dos días en los que Albert y Candy apenas se habían dirigido la palabra. Albert continuaba muy enfadado, o al menos lo había estado hasta un rato antes de salir. Esa mañana, a solas en su habitación, mientras se colocaba el tartán, el broche con el que lo sujetaba se había caído al suelo, bajo la cama. Tuvo que ponerse de rodillas para buscarlo. Lo encontró, por supuesto, pero en el proceso halló algo que no esperaba: un hatillo con uno de sus viejos tartanes que, en circunstancias normales, debía estar dentro de su arcón.

Sacó el envoltorio y lo abrió. Dentro había varias prendas de ropa, suyas y de Anthony, un trozo de queso envuelto en un paño y un perro tallado en madera que él mismo había hecho para su hijo un par de años atrás. Extrañado, llamó a Anthony, que se encontraba en la estancia contigua.

—¿Qué pasa, papá?

—¿Puedes explicarme qué es esto? —Señaló el bulto abierto, con todo su contenido esparcido sobre la cama.

—¡Papá! —exclamó el niño, que corrió a recoger las prendas y el resto de objetos y preparó de nuevo el hatillo, con una habilidad que no pudo dejar de sorprenderle.

—¿Y bien?

—No es nada, papá.

—Por nada no se esconden cosas bajo la cama, Anthony.

Con el paquete entre los brazos, el niño bajó la vista y comenzó a mover el pie izquierdo en pequeños círculos, como hacía siempre que sabía que se había metido en algún lío.

«A ver qué es lo que ha hecho ahora», se dijo Albert, y se prometió ser indulgente con él. Se había dado cuenta de que los últimos días también estaba triste, como si la situación entre él y Candy lo afectara. Su hijo era lo más importante del mundo, y hacerle daño, aunque fuese de forma involuntaria, lo mataría.

—Es solo por si acaso, papá.

—¿Por si acaso qué?

—Por si acaso tenemos que irnos, así de repente.

—Pero ¿qué dices? No vamos a ir a ningún sitio, Anthony.

—Bueno, papá, si el laird se enfada mucho, mucho con Rob, y la echa de aquí, tendremos que irnos con ella, ¿no?

—¿Irnos con ella?

—No podemos dejar que se vaya sola. ¿Adónde va a ir? ¿Qué sería de ella sin nosotros?

Albert miró a su hijo, que parecía haberse emocionado al pronunciar aquellas frases, y él sintió también un nudo en la garganta. Solo unas semanas atrás, la perspectiva de tener que dejar aquellas tierras casi le había causado una apoplejía. Jamás había estado tan orgulloso de Anthony como en ese momento.

—Somos highlanders, papá, los Elegidos de Dios —continuó el pequeño—. Y los Andrew «no dejamos a nadie atrás», nunca.

Albert asintió al reconocer el lema del clan, incapaz de

encontrar la voz. Atrajo a su hijo hacia su pecho y le abrazó, y lo mantuvo allí todo el rato que pudo, hasta que notó que Anthony empezaba a removerse. Le permitió separarse un poco y le revolvió el pelo.

—Sabes que te quiero, ¿verdad, hijo? —le dijo con la garganta hecha un erial.

Anthony asintió y le dio un beso en la mejilla, algo que no sucedía desde hacía más de un año, desde que su hijo le dijo que ya era demasiado mayor para hacerlo. Y ese beso fue el bálsamo que curó su mal humor, que rompió su enfado y lo convirtió en polvo. Anthony se merecía a Candy, se merecía a alguien que le quisiera y le cuidara tanto como ella lo hacía.

Pero él también se la merecía. Y Albert Andrew jamás abandonaba una pelea.

Candy se sentía feliz de poder salir con los guerreros, especialmente porque Neall no se había unido a ellos. Se sentía como uno más, como si formara parte de aquel grupo por derecho propio. Sería una buena historia que contarle a su abuelo y, el día de mañana, tal vez a sus propios nietos. Imaginarse ya anciana, sentada junto al fuego y rodeada de los hijos de sus hijos, le provocaba una inmensa ternura y, al mismo tiempo, una honda tristeza. El anciano que se sentaba frente a ella y la miraba aún con amor, tenía los ojos celestes más hermosos que había visto nunca, y una larga y suave cabellera blanca.

Ese mismo hombre, varias décadas más joven, cabalgaba ahora al frente del grupo, ajeno por completo a las tribulaciones de su corazón. Ella sabía que continuaba furioso, había sido más que evidente durante los dos últimos días. Pero esa mañana, antes de subir a los caballos, se había acercado a ella, y en su mirada ya no existía aquella tormenta que había temido y evitado en las últimas horas.

—Prométeme que tendrás cuidado, ¿de acuerdo? —le había susurrado él, acariciando suavemente su mano bajo el tartán.

Candy se había quedado muda y, durante un segundo, había incluso olvidado dónde se encontraban, porque a punto estuvo de ponerse de puntillas y de besar aquellos labios cuya forma se conocía de memoria. Y de aceptar a continuación su propuesta de matrimonio. Era posible que él no la quisiera, todavía. Pero tenía todo el tiempo del mundo para mostrarle que ella era lo mejor que le podía haber pasado en la vida.

Amaba a ese hombre por encima de todas las cosas, y estaba dispuesta a luchar por él. Candy Andrew jamás abandonaba una pelea.

Rodrick no había querido acompañarles en esta ocasión, y Albert le entendía. No estaba dispuesto a dejar sola a Rhona ni siquiera una noche, ahora que ella había aceptado al fin los sentimientos que albergaba por él. Albert se alegraba por su amigo, y también le envidiaba, por qué no decirlo. Envidiaba la fuerza de su corazón y que hubiera alguien dispuesto a compartir también el suyo, alguien que le amara por encima de todo. Como él amaba a Candy.

Tiró de las riendas y el grupo entero se detuvo, aunque él no fue consciente de ello. Con los ojos muy abiertos, miraba sin ver los campos de brezo que se extendían en todas direcciones, salpicados de formaciones rocosas y de pequeños grupos de árboles.

¿Amaba a Candy? Cerró los ojos un momento y la vio, la vio a la luz de aquella antorcha, encerrada entre sus brazos, la vio con las manos heridas la primera vez que la obligó a acarrear piedras, la vio riéndose el día que a él, embelesado con ella, se le cayó la espada, la vio con la cara llena de sangre aquella noche aciaga en que casi la había perdido... El pecho se le contrajo y se le expandió, y algo le cerró la garganta, una mano invisible hecha del viento de otoño que le robó el aliento y la voz. Sí, la amaba, la amaba como solo se puede amar una vez en la vida, y ese descubrimiento pareció llenarle de luz. Soltó una risa que rompió la mañana y que hizo que todos sus hombres se le quedaran mirando, algo alarmados, como si su jefe se hubiese vuelto loco de repente.

Se volvió sobre su silla y contempló sus rostros extrañados mientras buscaba el de Candy entre aquel grupo que, de repente, le parecía una multitud. Y la vio, al final, charlando y sonriéndole al joven Jimmy. A punto estuvo de volver grupas e ir a buscarla, para llevarla a algún lugar apartado y convencerla para que ella también le amase a él. Los gestos contrariados de sus hombres, sin embargo, le hicieron reaccionar a tiempo. Aquel no era el momento, se dijo.

Recuperó su posición normal y retomaron la marcha, aunque ninguno pudo explicarse, ni entonces ni nunca, cuál había sido el motivo por el que se habían detenido.

Acamparon cuando la tarde ya finalizaba, junto a la linde del bosque, cerca de un arroyo de aguas frías y rápidas. Albert se sentía ansioso, y apenas atendía al jolgorio general. Guerreros curtidos y principiantes comenzaron a recoger leña para encender los fuegos. Un rato después vio cómo Candy se metía en el bosque disimuladamente. Supuso que precisaba hacer sus necesidades en la intimidad y le dio algo de tiempo antes de ir en su busca.

Se adentró en la espesura, con el corazón latiéndole en las orejas con una fuerza atronadora. Si no conseguía calmarse, temía que fuese a escapársele por algún agujero de su cuerpo. Entonces la vio alisarse las ropas en un pequeño claro, sobre el que incidía la luz de una luna redonda y magnífica que se comía medio cielo.

Pisó una rama a propósito para alertarla de su presencia. Ella alzó la vista y echó la mano a la empuñadura de su espada, que sobresalía detrás de su hombro derecho. Había sido rápida, muy rápida de hecho, y eso le hizo amarla aún un poco más, si es que era posible.

—Me has asustado —le dijo ella.

—Lo siento, no era mi intención.

—¿Vienes a asegurarte de que no hago algo que pueda ponerte en ridículo? —La voz de Candy sonó áspera, y Albert sintió como si un látigo lacerara sus entrañas.

—No, en realidad no. —Procuró que su voz sonara suave y cálida, y con ella como armadura recorrió la escasa distancia que los separaba.

—¿Qué sucede entonces? —susurró, y a Albert le pareció el sonido más dulce de su vida.

—Solo venía a ver qué tal estabas.

Ella carraspeó, con la mirada prendida a la suya.

—Bien.

—Llevas todo el día cabalgando, y no estás acostumbrada. ¿Qué tal tu montura?

—Una yegua bastante tranquila, no he tenido ningún problema. ¿Qué tal la tuya?

—¿La mía? —preguntó él, con una sonrisa.

—Oh, es cierto. Brave es como una prolongación de ti mismo. Lo había olvidado.

—A ti nunca se te olvida nada, Candy. —Se acercó un poquito más.

—Solo si estás tan cerca como ahora.

Candy alzó un poco la cabeza para observar a aquel hombre magnífico bañado de luna y sintió que el corazón se le paraba, que ya no era capaz de dar ni un latido más. Cuando él alzó una de sus manos y rozó su mejilla con los nudillos, volvió a ponerse en marcha, a un ritmo encabritado que la aturdió. La otra mano de Albert la tomó por la cintura, para anclarla al suelo y a su piel, y la acercó tanto a él que Candy creyó que hasta ahí había llegado su existencia.

Albert se inclinó ligeramente y acarició con sus labios la boca de Candy, apenas un roce que consiguió que todo su cuerpo se erizase de deseo. Profundizó el beso un poco más, mientras maldecía las vendas que aprisionaban aquellos senos que no lograba sentir pegados a él. Su mano bajó hasta la cadera de Candy, y rodeó una nalga con la mano, atrayéndola, mientras ella gemía y se deshacía bajo sus labios.

Las palabras que pensaba decirle se le fueron muriendo a medida que la besaba, sin ser consciente de nada más que de aquel cuerpo que estrechaba entre sus brazos y que temblaba de excitación. Supo que las recuperaría más tarde, y que esa noche le diría que era la dueña de su alma y que, si ella no podía amarle de igual modo, él se conformaría y la amaría por los dos.

Sin embargo, las intenciones de Albery se vieron frustradas cuando les llegaron las voces de varios de sus hombres, que también se habían internado en la espesura. Se separaron como si de repente sus pieles quemaran, y los dos tuvieron la misma idea. Se inclinaron hacia el suelo y recogieron algunas pequeñas ramas, como si hubieran ido en busca de leña. Así fue como los encontraron dos de los guerreros más jóvenes, Iain y Stear, que ya llevaban un buen haz de ellas entre los brazos.

Los muchachos se mostraron un tanto intimidados ante la presencia de Albert y él supo que su charla con Candy tendría que esperar, porque los chicos decidieron no separarse de ellos.

Comprendió que resultaba demasiado arriesgado estar tan cerca de ella en el exterior, cualquiera podría verles. Que lo vieran besando a un hombre podría significar su perdición, al menos hasta que se descubriera el secreto. Por otro lado, aunque se había enamorado, aún conservaba su sentido del honor, o al menos le gustaba pensar que así era. Jamás haría nada que pudiera herir a su laird, al menos nada que pudiera evitar. Lo de Candy no habría podido esquivarlo ni a lomos de un millón de caballos como Brave. Esperaba que Malcolm Andrew también lo entendiera así.

Le lanzó una rápida mirada a Candy, cuyas mejillas aún permanecían sonrosadas, y le dedicó un guiño cómplice. Ella sonrió apenas, bajó de nuevo la cabeza y simuló estar concentrada en la búsqueda de leña. Los cuatro salieron del bosque unos minutos más tarde. Albert frustrado y feliz. Candy con la misma frustración, y una asombrosa dosis de sorpresa.

De hecho, ella apenas pudo pegar ojo en toda la noche. ¿Qué se había propuesto aquel hombre? ¿Seducirla en mitad del bosque y hacerla suya bajo los árboles? ¿Y por qué ella no se había mostrado más firme y le había rechazado? «Porque es el dueño de tu corazón —se dijo—. Y al corazón no se le puede negar lo que le pertenece.»

La mañana siguiente, sin embargo, les tenía reservados unos planes muy distintos a los que Albert había previsto. No habían terminado de recoger los enseres del desayuno, bajo las primeras luces del alba, cuando un par de guerreros aparecieron a todo galope. Formaban parte de las patrullas que recorrían las fronteras, y no traían buenas noticias. Un grupo del clan Rossen andaba por el territorio, cazando en los bosques que pertenecían a los Andrew y armando alboroto en las granjas de la zona.

Los guerreros gritaron alborozados, deseosos de entrar en acción.

Albert y Candy cruzaron una breve mirada, cargada de extraños presagios.

CONTINUARA