¡Al fin! He llegado con el capítulo en el día prometido: 1 de agosto. Qué decirles: GRACIAS POR SUS REVIEWS UNA VEZ MÁS, SON LAS Y LOS MEJORES. Ya casi llegamos a los 5000 reviews y no lo puedo creer. He trabajado largamente en este capítulo y espero que sea de su agrado. Como ya lo dije en el capítulo anterior, este chapter irá sobre la cuarta prueba. Pensé en un principio agregar desarrollo de otras parejas, pero la extensión del capítulo no me permitió hacerlo (más de 100 páginas). Total terminé armándolo todo centrado en la cuarta prueba y en la relación de Rose y Scorpius. Sé que extrañarán las otras parejas: Lucy/Alex, Megara/Albus, Lily/Lorcan, Roxanne/Lysander (sé que justamente de esta última no he escrito desde hace algún tiempo, pero créanme, ya volverán a aparecer muy pronto). Pero la cuarta prueba requirió de toda mi atención y su desarrollo es esencial, ya que ocurren cosas muy, pero muy importantes en ella. Ya lo verán. Se podría decir que este capítulo será pura y netamente centrado en la competencia, algunos misterios de la historia y Rose y Scorpius.
Les tengo grandes sorpresas: cuando terminen de leer el capítulo —es esencial que sea DESPUÉS de leerlo, porque sino se spoilearán— entren al blog www . rojoynegrofanfic . blogspot . com (sin espacios). Encontrarán nuevos videos hechos por fans y, lo más importante, DOS VIDEOS HECHOS POR FABIANA: uno sobre la cuarta prueba (todo lo que ocurre en este capítulo) y otro sobre algo en específico que ocurre al final del capítulo que sé que generará mucho debate.
Bien, paro con las palabrerías que seguro querrán leer ya el capítulo. Espero que les guste. Esperaré sus reviews y estaré pendiente de sus opiniones para ir mejorando la historia. Muchas gracias por esperar y por leerme. No sé cuándo subiré el próximo capítulo así que diré que dentro de dos meses, que es más o menos lo que ya saben que usualmente me toma escribir. Cualquier contratiempo me encargaré de avisarles por aquí, en los reviews, y en el grupo de facebook "Por los que amamos Rojo & Negro".
LOVE AND ROCKETS!
Capítulo XXXV
La cuarta prueba
"No light, no light in your bright blue eyes
I never knew daylight could be so violent
A revelation in the light of day
You can't choose what stays and what fades away"
Florence and the machine/ No light, No light.
1.-
Scorpius escuchó los latidos acelerados de su propio corazón y abrió los ojos. Estaba sentado en el centro de un mueble y frente a él estaba la misma pared extensa con el mismo cuadro en donde aparecía pintado un bosque consumiéndose bajo las llamas poderosas de un incendio. "Es un sueño", pensó, "Es el mismo sueño".
Pronto sintió la tibieza de la mano de Rose sobre su hombro. Sí, era el mismo sueño de siempre.
Rose, con su cabello suelto, con su uniforme de Gryffindor, se sentó sobre él con las piernas abiertas, de frente, mirándolo a los ojos. Esta vez Scorpius resistió la tentación de deslizar sus dedos por los muslos abiertos de la pelirroja. Quiso que el sueño cambiara, que algo fuera distinto; quería comprender lo que se escondía tras esa metáfora onírica. Pero a espaldas de Rose las llamas salieron del cuadro y empezaron a comerse la pared entera. Scorpius clavó sus ojos grises en los de la pelirroja: eran azules, grandes, y en el centro de su pupila se dibujaba un cúmulo de ceniza. El fuego atrás de Rose crecía creando un halo de llamas alrededor de su cabello.
Scorpius tragó saliva.
—¿Quién eres?— le preguntó a la Rose que descansaba sobre su regazo.
Rose cerró los ojos y respiró el humo del fuego como si se tratara del aroma de un eucalipto.
—Mi nombre es Rojo.
Cuando Scorpius despertó lo hizo sentándose sobre la cama y respirando agitadamente. Su cuerpo entero sudaba y descubrió, avergonzado, que sus manos temblaban ligeramente.
Las palabras de Ásban parecían haber calado hondo en su subconsciente.
El fuego, el bendito fuego. ¿Por qué Rose no podía levantar una que otra llama sin que Ásban creyera que era un peligro? Rose no era la reencarnación de Morgana, sólo tenían los mismos poderes. ¿Por qué hacía Ásban todo un apocalipsis alrededor de ello?
Scorpius suspiró y caminó hacia la ducha. Mientras el agua fría cayó sobre su espalda, hombros, torso y piernas, la adrenalina empezó a llenarlo por completo. Había llegado el día: la cuarta prueba tendría lugar en breve y Scorpius no podía esperar por ella. Deseaba tanto competir, probarse a sí mismo, ganar…Por Merlín: cuánto deseaba ganar. Rose lo había derrotado en dos pruebas de tres. Si no ganaba la cuarta prueba sería la burla de Hogwarts y decepcionaría a su casa.
Pero, sobre todo, se decepcionaría a sí mismo.
Era cierto que Rose era una rival difícil de vencer, que tenía todas las cualidades, pero Scorpius aún notaba que ella no había conseguido la seguridad necesaria para ganar la competencia. Rose aún era como un animal asustado de sus propias garras —uno listo, rápido y astuto, pero asustado—. Su potencial era eso: sólo potencial. Rose era como una oruga esperando a transformarse en una mariposa. Y Scorpius tenía claro que la competencia no iba a esperarla.
Debía ganar la cuarta prueba. Estaba seguro de que podía hacerlo.
La pregunta seguía siendo: ¿sería capaz de separar sus sentimientos hacia Rose de la competencia? La última vez perdió la tercera prueba por concentrarse únicamente en salvarla de un ataque del dragón que ella logró domar. ¿Qué era lo que debía hacer? ¿Olvidar que la quería mientras competían? ¿Tratarla durante la prueba como una oponente? ¿Podría hacer eso?
Scorpius salió de la ducha y se vistió rápidamente. Cuando salió de su habitación notó que al fondo del pasillo la puerta de una habitación estaba abierta. La voz de Rose le llegó clara al igual que la risa de Ginger, Fiodor y Gania.
El slytherin caminó y se detuvo en el marco de la puerta. Aarón estaba sentado sobre la cama y charlaba con Rose, Ginger, Gania y Fiodor. Parecía recuperado del golpe que había recibido en el accidente.
—Hola, Scorpius.— dijo el castaño sonriéndole como de costumbre.
—Hola.— dijo el rubio con extrema parquedad.
—Aarón está bien, Scorpius, no tienes que seguir preocupado por él.— le dijo Ginger con humor. —Se nota en cada poro de tu piel la angustia que corroe tu alma debido a condición.
Aarón miró a Rose e hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta.
—Deberían bajar los dos.— les dijo. —Earlena, Rizieri y Ásban deben estar esperándolos.
—Y nosotros deberíamos ir a desayunar.— dijo Ginger a Gania y a Fiodor. —Aún me parece extraño que hayas sido el único lastimado de todos nosotros.— le dijo a Aarón.— Es como si el único lugar inseguro del vehículo hubiera sido el del piloto.
El castaño se mantuvo inexpresivo y miró hacia la ventana.
—Sí.— le dijo. —Es extraño.
Rose miró a Aarón con atención.
—Creí que todo el vehículo había sido protegido con magia para que fuera seguro.— dijo la pelirroja.
El castaño clavó sus ojos oscuros en ella.
—Sí, así es. Pero es evidente que alguien hizo algo con el sitio del conductor.— se limitó a decirle. Luego miró a Scorpius. —Ya le deseé suerte a Rose en la prueba, así que ahora te la deseo a ti: suerte.
Scorpius esbozó una media sonrisa árida.
—Como si no supiéramos que prefieres que gane Rose.— le dijo.
Aarón sonrió.
—No tienes idea de lo que es ser políticamente correcto, ¿verdad?— le dijo. —Sí, quiero que gane Rose, pero no es educado tenerte en frente y no desearte suerte en la próxima prueba. Fue sólo una cortesía.
Scorpius se encogió de hombros.
—No me gustan los protocolos.— le dijo. —Prefiero que digas lo que piensas.
Aarón lo miró a los ojos.
—Créeme: no te gustaría que te dijera lo que pienso.
Ginger bufó y entornó los ojos.
—Dos hombres lanzándose indirectas, qué aburrido. Prefiero la lucha libre. —dijo la morena— Debes aburrirte un mundo con estos dos, Rose. Te compadezco. Si algún día te cansas de los hombres estaré disponible para ti siempre.
Rose sonrió.
—Lo tendré en cuenta.— le dijo.
Gania y Fiodor se dirigieron a la puerta.
—Bajemos. Tienen que desayunar algo antes de la gran prueba.— dijo el moreno. —Especialmente tú, Rose. Necesitas un café. No debiste quedarte toda la noche cuidando a Aarón.
Los ojos metálicos de Scorpius se clavaron en Rose y la vieron sonrojarse, incómoda, y llevarse un rizo detrás la oreja. La gryffindoriana evitó la mirada del rubio, pero pudo sentirla perforándola desde el marco de la puerta como un taladro. Scorpius no despegó sus ojos grises de ella y no pronunció palabra alguna. Por la expresión aguda de su rostro estaba claro que la información no le había sentado nada bien.
Ginger rompió con el silencio:
—Lo siento, Aarón, pero tendremos que dejarte.— le dijo. —Haremos que te traigan algo de comer.
Aarón entornó los ojos.
—Ya estoy bien. Puedo bajar y acompañarlos.
—De ninguna manera vas a dejar la cama.— le dijo Ginger. —Debes reposar y recuperarte.
Ginger, Fiodor y Gania salieron de la habitación en fila india. Scorpius no se movió del marco de la puerta y Rose supo que no lo haría hasta que ella no decidiera salir también. Con incomodidad por la atenta mirada de Scorpius, la pelirroja le esbozó una tenue sonrisa a Aarón.
—Nos vemos cuando regrese.— le dijo.
Aarón sonrió y Scorpius notó, con desagrado, que algo parecía brillar en las pupilas del castaño cuando posaba sus ojos negros en Rose.
—Nos vemos.— le dijo.
Rose respiró hondo y se dirigió hacia la puerta.
Cuando cruzó el umbral pudo sentir la mirada de Scorpius atravesarla de lado a lado.
La gryffindoriana se apresuró a caminar por el pasillo y sintió los pasos del slytherin siguiéndola muy de cerca. Mientras bajaban las escaleras escuchó la voz del rubio dirigiéndose a ella:
—Así que pasaste toda la noche cuidando a Gozenbagh.— le soltó en un tono de reproche disfrazado. —Cuánto sacrificio. Creí que este tipo de cosas sólo las hacías conmigo, pero ahora veo que eres algo así como una filántropa.
Rose no se detuvo.
—¿Tienes algo que reclamarme?— le preguntó. —¿O tengo que recordarte que no somos novios y que puedo hacer lo que quiera con mis amigos?
—Un amigo al que besaste en mis narices, déjame recordarte.— le dijo. —¿O es así como te llevas con todos tus amigos?
Al bajar el último escalón Rose dio media vuelta y encaró a Scorpius, quien aún estaba a tres escalones de distancia.
—En primer lugar yo no sabía que estabas escondido en una esquina espiándome como un psicópata, así que no besé a Aarón en tus narices, cosa que tú no puedes decir con respecto a Cassandra Welkins.— le dijo elevando ligeramente el mentón. —En segundo lugar, yo no besé a Aarón, él me besó a mí, que es muy diferente. Y en tercer lugar te recomiendo que dejes el sarcasmo a un lado porque no he dormido bien y no estoy de humor.
Scorpius bajó dos escalones, quedando de pie en el tercero, a una distancia mínima de Rose, quien ahora debía elevar considerablemente la mirada para verlo a los ojos.
—¿Dejar el sarcasmo?— dijo el rubio esbozando una media sonrisa. —Rose, ¿quieres matarme? Es mi única arma contra el hecho de que hayas pasado la noche cuidando a un tipo que parece estar enamorado de ti.— la sonrisa del rostro de Scorpius desapareció lentamente. —¿Tienes idea de lo que eso me está haciendo por dentro?
Rose tragó saliva. Los ojos grises del rubio parecían succionarla a un abismo sin fondo. ¿Cómo podía mirarla de esa manera? Su corazón empezó a latir desenfrenado dentro de su pecho.
No quiso decirlo porque no tenía que justificarse, pero su boca habló antes de que ella pudiera hacer nada por controlarla:
—Aarón es mi amigo. El único que tengo.— le dijo. —Nada más. No hay nada más entre nosotros.
Scorpius bajó el tono de su voz.
—No soporto que se te acerque. No soporto que nadie lo haga.— dijo él inclinándose hacia ella. —Podría matarlos a todos.
Rose frunció el ceño.
—¿Matarlos a todos?— preguntó, confusa. —¿Quién más aparte de Aarón…?
—Embers. No creas que he olvidado al muy cretino.— dijo el rubio. —¿O crees que sólo le rompí la cara para detenerlo cuando intentaba besarte a la fuerza? Si mi intención hubiera sido sólo la de pararlo me habría bastado con empujarlo lejos de ti.
Rose sonrió sin poder evitarlo y, cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se aclaró la garganta y adoptó nuevamente un semblante serio. No, no podía dejarse llevar por las tácticas de Scorpius. No podía caer en su juego. No podía olvidar lo que era importante ahora: la prueba, entenderse a sí misma, a sus poderes. Tampoco podía permitirse olvidar tan fácilmente lo que Scorpius había hecho. Aunque pudiera entender sus razones, lo confundido que estaba, aún así fueron sus sentimientos los que fueron lastimados en el proceso. ¿Qué clase de tonta sin autoestima regresaría con alguien que le había hecho todo lo que Scorpius le había hecho?
"No eres una tonta sin autoestima. No eres una tonta sin autoestima. No eres una tonta sin autoestima", se repitió Rose mentalmente mientras cerraba los ojos.
Scorpius la miró, divertido.
—¿Estás rezando?— le preguntó.
Rose abrió los ojos y lo miró, sonrojada.
—Rezar…¿a quién?— le preguntó.
El rubio se encogió de hombros.
—No sé, a alguna deidad muggle. Tus abuelos son muggles, ¿no es así?— le preguntó.
Rose bufó.
—No estoy rezando.— se limitó a decirle.
Scorpius bajó el último escalón cortando toda distancia con Rose y tomándola por sorpresa. La pelirroja intentó retroceder, pero el slytherin la agarró por la cintura, pegándola contra su cuerpo, y ella sintió cómo todas sus defensas cayeron al suelo. De repente, lo único que podía respirar era el cálido aliento de Scorpius. Sus narices se rozaban y la respiración de ambos se había vuelto agitada. "Al menos no soy la única", pensó Rose, mareada por las sensaciones que la llenaban de pies a cabeza.
Scorpius la apretó más contra sí y ella soltó un ligero suspiro.
—¿Cuánto tiempo más vas a torturarme?— le preguntó él en un susurro.
Rose cerró los ojos, estremecida, y sintió los labios de Scorpius rozar los suyos lenta y seductoramente, como si estuviera tentándola a dejarse llevar. Su cuerpo tembló y Rose se obligó a recobrar la cordura. Con un solo impulso se soltó de Scorpius y retrocedió tanto que se golpeó de espaldas contra la pared.
La pelirroja, intentando recuperar el aliento, clavó sus ojos azules en los del slytherin. Scorpius, por su parte, permaneció quieto en su sitio, agitado también y evidentemente afectado por la reciente cercanía con ella, devolviéndole una mirada intensa y devoradora. Rose podía sentir cómo cada parte de su cuerpo le gritaba en reproche por haberse separado de Scorpius. También podía ver que el rubio estaba poniendo todo de sí para controlarse y no romper la distancia entre ambos.
Rose se llevó los dedos de su mano derecha a sus labios y los acarició como si no pudiera creer que estuvieran allí todavía, sobreviviendo al calor que los de Scorpius habían impreso en ellos.
El slytherin intentó normalizar su propia respiración y se prohibió a sí mismo cortar la distancia que Rose había delimitado entre los dos. No debía forzarla. No era el momento ni el lugar de convencerla de que lo perdonara, tampoco. Debía controlar sus impulsos y sus deseos. Había sido estúpido tomarla de esa forma, rozar sus labios contra los de ella; ahora todo su cuerpo le pedía más. Deseaba besarla, tocarla, escucharla gemir como siempre lo hacía cuando él intensificaba sus caricias. La sola idea y la imposibilidad de satisfacerla lo llenaban de frustración.
—No puedes volver a hacer eso.— dijo Rose con suavidad pero con firmeza. —No puedes.
La tensión del momento fue cortada de raíz con la aparición repentina de Earlena.
—Chicos, estamos muy tarde ya.— les dijo sin notar lo que había interrumpido. —No hay tiempo para que desayunen. Síganme al jardín: la prueba debe comenzar ahora.
Rose y Scorpius intercambiaron miradas. La de ella fue nerviosa, la de él entusiasta.
Agua y aceite.
Mientras caminaban con Earlena hacia el jardín, Rose no dejó de pensar en la conversación que había tenido Ásban con Scorpius la noche pasada. Se habían quedado solos en el salón. Era evidente que el mago quería decirle algo que ella no podía escuchar. Estaba claro que Ásban no confiaba en Rose, pero a la gryffindoriana le disgustaba el secretismo que parecía existir entre el mago y Scorpius. ¿Qué podría haberle dicho?
Cuando llegaron al jardín se reencontraron con Rizieri y Ásban. Rose y Scorpius saludaron a los magos. Ásban, como era usual en él, apenas posó su mirada en Rose. Esta vez ella no se lo tomó a pecho.
—Listos o no, es hora.— dijo Rizieri mientras los guiaba por el enorme jardín hacia el fondo.
Detrás de unos arbustos frondosos Rose y Scorpius descubrieron, impactados, un enorme laberinto hecho de árboles. Las ramas se entrecruzaban unas con otras y los troncos se entrelazaban formando un espacio de fantasía. Scorpius sonrió. Rose se obligó a cerrar la boca. Nunca antes habían visto algo parecido a aquello.
—La prueba empezará en cuanto entren al laberinto.— dijo Rizieri. —Aunque la prueba, en realidad, no tendrá lugar allí.
Scorpius lo miró inquisitivamente.
—¿En el interior hay un traslador?— preguntó el slytherin.
Rizieri negó con la cabeza.
—No.— respondió. —Me temo que es más complicado que eso.
Earlena sonrió y tomó la palabra:
—Deben entrar en el laberinto y llegar al centro. En ese centro encontrarán al gran Sabio. Él los llevará a Piedras Caídas, un peñasco-puerto en donde salen barcos hacia la Isla de las Piedras.— Earlena hizo una pequeña pausa. —Deben escuchar muy atentamente a lo que el Sabio les diga. Él es el único que sabe en qué consiste la prueba y el único que puede ayudarlos a pasarla.
—¿Entendieron?— preguntó Rizieri.
Rose y Scorpius asintieron.
—Como ya lo saben, no está permitido el uso de varitas.— dijo Earlena. —Si las tienen con ustedes es el momento de entregarlas.
Tanto Rose como Scorpius negaron con la cabeza. Estaban acostumbrados a que en las pruebas las varitas estuviesen prohibidas. Era curioso que así lo fuera, dado que era un legítimo instrumento mágico de defensa. Aún así, de cierta forma, comprendían que eso ayudaba a que sus habilidades se desarrollaran a gran velocidad.
—Colóquense en sus lugares.— dijo Rizieri. —En cuanto Earlena dispare la luz roja al cielo ustedes deberán internarse en el laberinto.
Rose y Scorpius se ubicaron a la entrada del frondoso laberinto. Ambos, sin mirarse, con sus corazones latiendo a mil, aguardaron la señal. Rose se humedeció los labios. Había bebido la poción que la ayudaría a tener ciertas agilidades animalescas, pero eso no supliría su incapacidad de convertirse en una animaga. La única salida a aquel embrollo sería poder invocar a Eros, pero no había conseguido desarrollar esa habilidad.
Tragó saliva e intentó controlar sus nervios e inseguridades. Era una prueba. Sólo una prueba. Si perdía eso no significaba el fin.
Entonces, ¿por qué estaba tan aterrada?
Rose se miró las manos: temblaban. Se apresuró a ocultarlas rápidamente antes de que Scorpius pudiera notarlo. A su lado el slytherin irradiaba entusiasmo, seguridad y confianza en sí mismo. Era un verdadero rival y un verdadero competidor. Scorpius había nacido para competir, para probarse a sí mismo y vencer. Desde allí podía ver su perfil vigoroso, excitado, como si deseara de una vez lanzarse a las nuevas aventuras que traería consigo la cuarta prueba.
Con esa expresión en su rostro no parecía posible que Scorpius se hubiera sentido nervioso jamás, mucho menos atemorizado. Eso hizo que Rose se sintiera disminuida. ¿Por qué tenía que ser tan temerosa? ¿Por qué siempre permitía que los nervios tomaran lo mejor de ella? ¿Por qué?
Una voz en su cabeza le dio la respuesta: "Porque eres justamente lo que más temes: fuego".
Y entonces la luz roja pintó el cielo de sangre.
Scorpius fue el primer en salir mientras que Rose se quedó paralizada en la entrada del laberinto. Su corazón latía como un tambor y una pequeña capa de sudor empezaba a cubrir su piel blanca.
La voz de Rizieri, alentándola, la sacó de su momento de pánico:
—¡Adelante, Rose!— gritó el mago. —¡Alcánzalo!
Fue como si esas palabras fueran todo lo que necesitaba para continuar. Confianza. La confianza de alguien puesta en ella y en sus capacidades.
Rose entró corriendo al laberinto.
Adentro Scorpius corría velozmente girando siempre a la izquierda —su padre le había enseñado que esa era la forma de encontrar el centro de un laberinto—. No sentía a Rose a sus espaldas, pero no tenía tiempo para pensar en ella: por lo que sabía bien podía estar adelantándosele, aunque si no estaba en su camino eso quería decir que estaba tomando la ruta más larga.
Debía separar sus sentimientos de la competencia. Tenía que hacerlo.
Si no lo conseguía entonces jamás resolvería sus problemas con Rose. Si no lo conseguía la competencia siempre sería un obstáculo entre ambos. Tenía que demostrarle a ella y a sí mismo que podían estar juntos y, a la vez, competir.
Mientras corría, de repente, sintió una brisa intensa y un olor perfectamente reconocible cruzarlo a gran velocidad.
Y entonces vio a Rose adelantándosele, pero no fue eso lo que le sorprendió, sino que, a medida que lo fue dejando atrás, Scorpius se dio cuenta de que ella estaba corriendo mucho más rápido que él.
Más rápido que cualquiera que hubiera conocido jamás.
"Es imposible", pensó.
Sin pensarlo dos veces se transformó en lobo y aceleró. Rose no era rápida corriendo. Algo no estaba funcionando de forma natural en ella. ¿Podría, acaso, haber bebido alguna poción que incrementara sus habilidades físicas?
¿No sería eso hacer trampa?
Scorpius aceleró y el olor de Rose fue intensificándose, anunciándole que estaba cada vez más cerca de ella. No tardó demasiado en interceptarla y cuando Rose posó sus ojos azules en él, se detuvo bruscamente, impactada. Scorpius no volvió a transformarse, no quiso hacerlo. Le gustaba haberla alcanzado así, siendo un lobo. Ahora sus ojos azules estaban clavados en los de él y sabía que ella, a pesar de todo, lo reconocía.
—¿Scorpius?— soltó Rose, impresionada.
La pelirroja no necesitó que el lobo que tenía en frente le respondiera. Esos ojos grises seguían siendo los mismos de siempre, los mismos que podría dibujar una y otra vez, de memoria, sin miedo a equivocarse.
Scorpius era un animago y su animal era el lobo.
Rose tragó saliva. Los ojos grises que tenía en frente la miraban con cierto reproche y enfado. Era como si pudiera leerlos, como si interpretarlos le resultara natural.
—No soy una animaga.— le dijo. —Tuve que igualar las condiciones de esta prueba lo mejor que pude. Bebí una poción…
Scorpius gruñó amenazadoramente y Rose retrocedió de forma instintiva. Lo miró sorprendida.
—¿Estás enfadado por…?
Scorpius se lanzó sobre ella pero Rose dio un salto en el aire y logró esquivarlo con gran agilidad.
Los dos se enfrentaron esta vez en distintas posiciones.
Un silencio amenazador se levantó entre ellos. Sus miradas estaban unidas, pero no como lo habían estado unos minutos antes: ahora se miraban como dos contrincantes, como dos rivales que debían vencer al otro.
Pocos segundos después Rose inició nuevamente la carrera. Scorpius la siguió corriendo a una velocidad inverosímil.
Rose podía sentir su corazón al borde de estallar. Si bien ahora era mucho más rápida, su cansancio corporal parecía ser el mismo. Pero con Scorpius pisándole los talones la idea de detenerse a descansar estaba completamente descartada. Tenía que forzarse a seguir.
Scorpius y Rose se detuvieron bruscamente cuando, para su sorpresa, se encontraron en el centro del laberinto. Allí un anciano de cabello y barba largas y blancas los esperaba con una bola de cristal justo frente a él. El color blanco de su vestimenta parecía irradiar luz. Su semblante era sereno.
Rose cayó al suelo de rodillas, temblando e intentando normalizar su respiración. Se había excedido: había llevado a su cuerpo al límite. Scorpius se transformó y la miró sin romper la distancia entre ambos.
—Respira por la nariz.— le dijo, todavía algo resentido. —Y bota el aire por la boca.
Rose le hizo caso. Sus piernas y brazos temblaban. El sabio la miró y esbozó una media sonrisa.
—Podrías haberte matado, chica.— le dijo. —No puedes correr e ignorar a tu cuerpo. Cuando tu cuerpo te dice basta, es basta.
Rose, ya mucho más en control de sí, se puso de pie, todavía respirando de forma agitada y se encontró con la mirada circunspecta de Scorpius.
—No me mires como si hubiera hecho trampa.— le reclamó Rose. —Tú eres un animago. Yo no. Tienes una clara ventaja sobre mí en esta prueba y yo sólo quise intentar igualarla.
—Si soy un animago y tú no, si tengo una ventaja y tú no, es porque así son las cosas. De haber ocurrido a la inversa yo lo habría aceptado y me las habría ingeniado para sortear las dificultades sin usar nada externo a mis propias capacidades.— le dijo Scorpius. —Pero claro: tú no eres como yo.
Rose entornó los ojos.
—Lo que hice no está prohibido por nadie.— dijo la pelirroja. —Si quieres puedes contárselo a Earlena, Rizieri y Ásban, especialmente a este último, ya que son tan amigos. No he roto ninguna regla.
—¿Amigos?— preguntó Scorpius, confundido. —Da igual. Lo que quiero saber ahora es por qué no pudiste convertirte en una animaga. ¿Cuál es tu animal?
Rose se cruzó de brazos.
—¿Qué fue lo que te dijo Ásban ayer por la noche?— le preguntó. —Si no puedes responderme yo tampoco podré. Quid pro quo.
El Sabio bufó, llamando la atención de Rose y de Scorpius, quienes lo miraron e interrumpieron su discusión.
—Es muy interesante verlos discutir pero me temo que están perdiendo tiempo valioso de la cuarta prueba.— les dijo.
Rose y Scorpius intercambiaron miradas y guardaron silencio. El Sabio tenía razón: no era el momento de ponerse a discutir. Tenían que continuar con la prueba y eso era lo único que debía importarles.
—Sabemos que debemos ir a Piedras Caídas y desde allí llegar a la Isla de las Piedras.— dijo Scorpius. —Pero no tenemos idea de cómo hacerlo ni sabemos cuál es nuestra misión.
El Sabio sonrió.
—Eres entusiasta, joven lobo.— le dijo. —Cuando toquen esta esfera serán transportados a Piedras Caídas. Desde allí deberán embarcarse en algún navío que los lleve a la Isla de las Piedras. Cuando lleguen a su destino deberán encontrar el castillo gris y enfentarse a una de las pruebas de Jim Sangre, el mago de las ilusiones. Quien consiga vencer la prueba de Jim Sangre ganará la cuarta prueba. Claro que es muy probable que ni siquiera consigan llegar al castillo gris. Se trata de un viaje bastante….pedregoso.
Rose tragó saliva.
—Entonces….¿debemos tocar la esfera ahora?— le preguntó.
—Espera, niña.— le dijo el Sabio. —Aún tengo algunas recomendaciones para ustedes: necesitarán ayuda para avanzar por la Isla de las Piedras, así que deben encontrar la forma de establecer alianzas con los nativos. Son los únicos que saben conducirse por el terreno de la isla. Además de esto, cada uno de ustedes tendrá una regla que debe seguir al pie de la letra y, si la rompen, actuará en detrimento de ustedes en la prueba.
Scorpius elevó una ceja.
—¿Una regla?— le preguntó. —¿Cuál regla?
El Sabio sonrió mostrando unos dientes roídos y viejos.
—Una regla impuesta por mí.— le dijo de buen humor. —Claro que la regla del uno no deberá ser escuchada por el otro, así que, joven lobo, acércate.
Scorpius dudó unos instantes, pero acabó por ceder y acercarse al anciano. Este lo incitó a que se acercara aún más. Entonces, cuando la distancia entre los dos fue mínima, el Sabio se inclinó hacia el oído del slytherin y susurró:
—Durante la travesía, joven lobo, deberás, al menos una vez, salvarle la vida a alguien.
Scorpius escuchó con atención y luego se distanció del anciano, confundido. ¿Salvarle la vida a alguien? ¿Qué clase de regla era esa?
—Ahora tú, rizos de fuego.— le dijo el Sabio.
Rose se llevó un rizo detrás de la oreja y caminó tímidamente hacia el anciano. Una vez que estuvo cerca el Sabio se inclinó hacia el oído de la gryffindoriana y susurró:
—Durante la travesía, rizos de fuego, deberás callar, enmudecer, mientras el sol esté iluminando los cielos. Sólo con la luna podrás romper el silencio.
Rose se alejó del Sabio con el ceño fruncido. ¿Cómo se suponía que podría formar alianzas con nativos de la isla o con cualquiera si no podía hablarles? ¿Qué clase de regla era aquella?
El sabio sonrió y aplaudió.
—Ahora sí, jovenzuelos: toquen la esfera.
Rose y Scorpius intercambiaron miradas ansiosas y se acercaron a la esfera cuyo interior comenzó a ennegrecerse.
—¡Ahora!— exclamó el Sabio.
Rose y Scorpius tocaron la esfera a la vez y una luz blanca, intensa, los cegó. La pelirroja sintió el vértigo en la boca de su estómago y no pudo evitar gritar cuando, al abrir los ojos, se vio en lo que parecía una tormenta de luces blancas y amarillas que la lanzaban hacia abajo.
Cuando abrió los ojos se dio cuenta de que estaba tirada boca arriba en un suelo frío y marmóleo. Se puso de pie rápidamente, con la adrenalina golpeándole en el pecho, y miró a su alrededor sin encontrar rastro alguno de Scorpius. Parecía estar en un pórtico grande y con columnas sólidas. La luz del sol la hizo cubrirse momentáneamente los ojos con el brazo. Poco a poco se obligó a ver lo que tenía adelante: un jardín con esculturas hechas en arbustos.
Al fondo del jardín pudo ver, en otra entrada distinta, la figura de Scorpius emergiendo de un túnel. Nada de aquello parecía ser Piedras Caídas.
En realidad no parecían estar en Piedras Caídas.
Rose avanzó dejando el pórtico y atravesando el jardín. Scorpius también lo atravesaba, dirigiéndose hacia ella y, a la vez, observando todo a su alrededor con confusión.
—Este no es el lugar correcto.— dijo Scorpius cuando se encontraron.
Rose estuvo a punto de responderle, pero entonces recordó la regla impuesta por el Sabio y calló. No podía hablar, al menos mientras el sol estuviera en lo alto. Guardó silencio.
—No entiendo lo que está pasando.— dijo el rubio inspeccionando a su alrededor.
Cuando Scorpius tocó una de las esculturas todo lo que los rodeaba desapareció bruscamente y se vieron en un peñasco amenazador y gris. Los dos observaron todo con atención: metros más allá se veía un muelle y un puerto en donde largas embarcaciones parecían haber desembocado. Algunas empezaban a marcharse, otras aún permanecían quietas en el puerto.
Scorpius sonrió.
—Era una ilusión.— dijo el rubio. —Esto sí es Piedras Caídas.
Rose asintió sin emitir un solo sonido. Scorpius la miró con curiosidad.
—¿Por qué estás tan silenciosa?— le preguntó. —¿Es por lo que discutimos? No creo que debas tomártelo tan en serio.
Rose negó con la cabeza y luego se encogió de hombros. Como la expresión de Scorpius sólo se volvió más confusa e intrigada, la pelirroja comenzó el camino hacia el puerto rápidamente.
El rubio suspiró y la siguió.
—¿Vas a castigarme con la ley del hielo o algo por el estilo?— le preguntó mientras avanzaban sobre las piedras asimétricas. — Porque no creí que esas cosas fueran muy acordes con tu personalidad.
Rose se volteó un poco y le dedicó una mirada ácida.
—Está bien: lo siento.— dijo el rubio sin detener la marcha. —Siento haberme enfadado por lo de la poción. Simplemente….siempre me sorprendes.
Rose se volteó y le despeinó el cabello de forma juguetona, esperando que eso le hiciera entender que no estaba molesta con él en lo absoluto. No podía hablar. No podía sacarlo de su error y tampoco había tiempo para ello.
Scorpius la miró aún con mayor confusión.
—¿Acabas de despeinarme?— le preguntó, aturdido. —¿Qué te ocurre?
Rose entornó los ojos y siguió su camino cuesta abajo. "Estúpida regla", pensó la pelirroja mientras se acercaban más al puerto. ¿Qué le habría dicho el Sabio a Scorpius? ¿Cuál sería su regla personal?
El puerto estaba atestado por marineros gordos, grandes, larguiruchos, delgados, fuertes, pequeños, todos con un intenso olor a agua ardiente, sol y mar en la piel. Las olas golpeaban el peñasco y luego explotaban en miles de gotas y la espuma humedecía las enormes rocas del lugar. Todos parecían inmersos en una actividad incansable: llevaban y traían cajas que metían en los barcos, cuerdas, grandes cofres o cosas por el estilo. Rose jamás había visto a verdaderos piratas fuera de los libros, pero algunos de los marineros que atiborraban el muelle se acercaban mucho a la imagen que tenía de ellos.
Scorpius detuvo a un marinero pequeño y gordo que cargaba con una caja prácticamente de su tamaño.
—¿Qué barcos se dirigen a la Isla de las Piedras?— le preguntó directamente.
El marinero rió a carcajadas y escupió en el suelo una baba espesa que asqueó a Rose, aunque intentó ocultarlo.
—¡Sólo un barco va hacia la Isla de las Piedras!— exclamó. —¡El mío!
Scorpius lo miró con resolución.
—Nosotros necesitamos ir en tu barco.— le dijo. —Necesitamos llegar a la isla.
El marinero volvió a reír, pero, para alivio de Rose, esta vez no escupió.
—Yo sólo soy un tripulante más, chico.— dijo el marinero. —El barco en el que voy es uno comerciante. Nos encargamos de llevar y traer cosas. Si quieres puedes acompañarme y hablar con el capitán. Aunque dudo que vaya a permitirles poner un solo pie a bordo.
—Tal vez puedas interceder por nosotros.— dijo Scorpius astutamente.
—¡Já!— soltó el marinero. —¿Y por qué haría eso?
Scorpius le arrebató la caja con facilidad y la cargó sobre su hombro derecho.
—Porque puedo serte de ayuda, ya sabes, cargando cosas.— le dijo. —Nadie tiene por qué saberlo.
El marinero lo miró con sorna.
—Crees que porque eres alto, rubio y guapo todos deberían darte todo lo que quieres, ¿no es así, muchacho?— le dijo el marinero. —Llevo cargando cajas el doble de mi tamaño toda mi vida. ¿Crees que necesito que un niño de ciudad venga a hacerlo por mí?
El marinero propinó una zancadilla a Scorpius, quien soltó la caja para sostenerse la pierna y quejarse del dolor. El hombrecillo agarró la caja en el aire con algo de dificultad, pero salvándola de estrellarse contra el suelo.
—Sígueme y te presentaré al capitán. — le dijo el marinero. —Pero sólo lo haré por esta chica que ha sido lo suficientemente inteligente como para callarse la boca cuando no tiene ni idea de con quién está tratando.
Scorpius miró a Rose con suspicacia y ella le sonrió de forma autosuficiente. En silencio siguieron al marinero hacia un barco bastante grande, pero viejo y sucio, del que entraban y salían cajas sin parar. Un hombre de mediana estatura y de barba negra y encrespada comandaba el caos. A Scorpius y a Rose no les cupo duda de que se trataba del capitán.
El pequeño marinero siguió de largo sin despedirse.
—Supongo que estamos solos en esto.— dijo Scorpius dedicándole una mirada despectiva al marinero mientras se alejaba y desaparecía de vista.
Rose escuchó al que parecía ser el capitán gritarle a algunos de sus subordinados que agilizaran la entrada de cajas. Scorpius vio esta actitud con desagrado, bufó y caminó hacia él. Rose lo siguió.
El capitán los miró de arriba abajo como se mira a un par de insectos exóticos.
—Déjenme adivinar: extranjeros.— les dijo. —No les hará bien pasearse por este lugar con esa pinta.
—¿Qué pinta?— preguntó Scorpius de malhumor.
—La de niñatos de ciudad.— dijo el capitán. —Parecen bebés que acaban de salir del vientre materno y, ¿saben lo que hacemos aquí con los bebés?
Rose negó con la cabeza. Scorpius sólo entornó los ojos, aburrido.
—Les hacemos un corte en la nuca y esperamos.— continuó mostrándoles una cicatriz desagradable que tenía en la nuca. —Los que sobreviven a la pérdida de sangre y a las posibles infecciones se quedan. Los cadáveres los echamos al mar.
Rose tragó saliva pero Scorpius no pareció ni inmutarse. El capitán clavó sus ojos en ella con desagrado.
—¿Tu amiga es muda o qué?— le preguntó a Scorpius.
El slytherin miró a Rose con hastío.
—Digamos que sí.— le dijo. —Necesitamos ir en tu barco a la Isla de las Piedras. Haremos lo que sea necesario. Podemos limpiar, cocinar….
—Pueden venir, si es que pueden.— dijo el capitán de forma confusa y mostrándoles la rampa que los llevaría hacia el navío. —La pregunta es, ¿pueden?
—¿Es alguna clase de acertijo?— preguntó Scorpius.
El capitán soltó una risa corta pero que a Rose le pareció repugnante.
—No me gustan los acertijos y por eso no los hago.— les dijo. —Lo que he dicho es tal y como es: podrán venir si pueden venir. Es así de sencillo.
El capitán tomó bruscamente a Scorpius por la mandíbula y él trató de soltarse, pero un cuchillo en el cuello lo detuvo. El capitán clavó sus ojos en los grises del slytherin. Rose contuvo la respiración.
Pocos segundos después el capitán sonrió.
—Así que un lobo.— le dijo y luego se dirigió a sus subordinados. —Suban a este.
El capitán soltó a Scorpius pero la libertad no le duró demasiado tiempo. Dos hombres el doble de su tamaño lo agarraron por ambos lados y lo arrastraron a cubierta. Rose fue automáticamente sujeta por el capitán, quien repitió el mismo proceso que había realizado con Scorpius.
Cuando los ojos azules de la gryffindoriana se unieron con los del capitán, éste dejó de sonreír.
La soltó y escupió en el suelo.
—¡Tú no eres una animaga!— exclamó. —¿Y pretendes llegar a la Isla de las Piedras, niña ilusa?
Scorpius, ya en cubierta pero sujetado por dos marineros, intentó soltarse sin obtener resultados.
—¡Sí es una animaga!— gritó Scorpius en un intento vano por arreglar la situación. —¡Tu visión es deficiente!
El capitán lo miró ofendido.
—¡Mi visión sigue siendo tan buena como siempre, lobo!— le gritó y luego señaló a Rose. —¡Esa niña no es una animaga, no está bendecida por los animales, no es una de nosotros y no podrá jamás llegar a la Isla de las Piedras!
Rose elevó el mentón en un gesto de desafío, pero mantuvo su silencio firme como un muro. El capitán se burló de ella.
—Date media vuelta y regresa con los tuyos, jovencita.— le dijo. —El mar que rodea la Isla de las Piedras no es como cualquier otro: sólo permite que los que estamos bendecidos con el poder podamos cruzarlo. He visto más de una vez a hombres y mujeres sin el poder siendo tragados por el mar cuando intentaron llegar a la isla. No permitiré que hundas mi barco.
Scorpius miró a los marineros que lo sujetaban y a todos los que empezaban a subir a cubierta. ¿Eran todos animagos? Y si era así, ¿estarían registrados en el Ministerio de Magia? Scorpius lo dudaba. Debían ser animagos ilegales. Las cosas en tierras mágicas que estaban fuera de la jurisdicción del Ministerio y de la Orden funcionaban de otra manera. Ellos vivían y hacían todo a su modo. Aquello debía ser lo más parecido a la libertad, "si es que tal cosa existe", pensó él.
—Déjala subir y haré lo que sea.— dijo Scorpius sin pensarlo demasiado.
—¿Ah sí?— dijo el capitán. —¿Podrás comprarme un barco nuevo y devolvernos la vida a todos? ¡Porque es eso lo que necesitaré si llevo a esta mocosa!
Rose se apartó cuando el capitán se dirigió hacia la rampa y subió a bordo. Desde abajo lo miró con profundo desamparo.
—Olvídalo, niña— le dijo. —Nadie en este puerto va a arriesgarse a que el mar se trage toda su flota sólo por una cara bonita. — luego miró a Scorpius. —En cambio tú sí que pareces olvidar que estás en una competencia y que ella es tu rival sólo porque tiene una cara bonita. ¿Es así como piensas ganar?
Scorpius frunció el ceño.
—¿Cómo sabes quiénes somos?— preguntó, enfadado.
El capitán rió.
—Todos saben que la Orden está incompleta y que dos chicos compiten para gobernarnos a todos, ¿no es así?— le dijo con sarcasmo. —Así es como siempre ha funcionado el mundo mágico: señoritos y señoritas guiando a los salvajes, que somos nosotros, y poniéndonos el cinturón. De Avalon nos han llegado grandes historias de Negro y Rojo. Pero te imaginé mucho más competitivo. ¡Alégrate de que ella se quedará atrás!
El capitán volvió a mirar a Rose con sorna y ella, desde la tierra, escupió al suelo imitando el gesto de denostación que había visto en los marineros.
—¡La mocosa tiene agallas!— soltó el capitán divertido. —Lo siento, pequeña, pero eso no te hará poner un solo pie en mi barco.— se dirigió a su tripulación. —¡Prepárense para zarpar!
"Oh no…se irán sin mí", pensó Rose, angustiada. Pero ya no había nada que hacer. Apenas pudo ver a Scorpius, a quien empujaron hacia adentro y ya no logró volver a identificar. El muy tonto había intentado luchar hasta el final, pero no tenía posibilidades con aquellos enormes marineros. Había sido, al menos, lo suficientemente inteligente como para no transformarse en lobo: si los otros eran animagos también, como parecía estar claro que eran, podrían haberlo tomado como un desafío y podrían haberse transformado también. Y, ¿qué podía hacer un lobo contra otros dos animales que, además, podían ser más fuertes que él?
El barco zarpó del puerto y Rose lo vio alejarse mientras las olas continuaban estrellándose contra las rocas del peñasco. Su pasaje a la Isla de las Piedras estaba perdido. Ese era el único barco. El único cuyo destino era el mismo que el suyo.
Desesperada, ahogada en su propio silencio, Rose dirigió la mirada hacia los otros barcos del puerto. Algunos tenían la exacta apariencia de los piratas que había visto en varios libros de historia.
Algunos, sin duda, eran piratas.
Rose respiró profundo mientras que una idea empezó a cobrar vida, peligrosamente, dentro de ella.
"Piratas", pensó, "Los piratas invaden, aman el oro, la plata, todo lo que tenga valor. Son maleables. Les encantan los trueques. Son persuadibles, no se guían por tantas reglas como los comerciantes."
Rose sonrió levemente.
La poca honestidad, lealtad y corrección de los piratas era su última esperanza.
¿Quién lo diría?
2.-
Yo, Rojo
Rose caminó por entre las grandes piedras mientras las olas explotaban a su alrededor y los barcos continuaban zarpando y alejándose del puerto. Observó a cada uno de los piratas que la cruzaban, intentando dilucidar a quién debía acercársele. Era imposible saber quién era el capitán de qué barco. No todos tenían el aspecto de subordinados piratas viajeros. Varios aparentaban una mejor posición. "Tal vez a ellos debo acercarme", pensó Rose. Y empezó a buscar a quién lanzar el anzuelo.
Entonces se fijó en un joven de cabello negro espeso, como el de Albus, que manipulaba un pequeño catalejo de pie en una zona solitaria frente al mar. Su vestimenta era como la de cualquier pirata, pero más elegante. Rose pensó que quizás podría tratarse de un capitán, aunque le sorprendía que un capitán fuera tan joven. Dudó un poco antes de acercarse, pero finalmente lo hizo atraída por el garfio que reemplazaba la mano izquiera del pirata.
Recordó una historia muggle llamada Peter Pan y a un personaje cuyo nombre era Capitán Garfio.
Los muggles: siempre acercándose, sin quererlo, a la realidad.
"¿Cómo habrá perdido la mano?", pensó la pelirroja mientras se aproximaba. Relentizó la marcha cuando estuvo a unos pocos metros del pirata.
Sus ojos eran verdes, como los de Albus. Una voz sorprendentemente parecida a la de Lorcan y Lysander Scamander, pero con un tono mucho más petulante, la hizo detenerse en seco.
—Apuesto a que, quien quiera que seas, quieres saber cómo perdí la mano.— dijo el joven pirata guardando su catalejo. —Eso o no tienes idea de cómo acercarte a alguien sin hacerte notar.
Rose guardó silencio. Había olvidado su pequeño problema: no podía hablar. ¿Cómo iba a conseguir que la llevaran a la isla si no podía dialogar con nadie? Rose bufó y entornó los ojos. El pirata sonrió, divertido.
Tendría que ingeniárselas para comunicarse.
—Eres de pocas palabras, ¿no es así?— le dijo él. —Mejor. Odio a las chicas que hablan demasiado. Especialmente cuando no tienen nada que decir.
Rose le dedicó una mirada ácida y suspiró.
El joven pirata se cruzó de brazos.
—Vamos, tienes que tener una lengua por allí.— le dijo. —Todas las chicas de ciudad que he conocido han tenido lenguas. Y son muy ágiles con ellas, debo decir.
Rose lo miró con sorpresa y se sonrojó intensamente, negando con la cabeza. Luego se sostuvo la garganta e hizo un gesto con su mano que cortó el aire por la mitad.
—Auch.— dijo el pirata. —Bueno, al menos no eres retrasada, que era lo que estaba empezando a temer. Sabes hacer gestos. Aunque debo decir que empiezo a aburrirme.
"Genial," pensó Rose, "Me he acercado a un Scorpius II".
Rose desvió su mirada, involuntariamente, hacia el garfio. El pirata sonrió.
—¿Sabes cómo perdí la mano?— le preguntó, entretenido. — Fue culpa de un cocodrilo gigante. Me la arrancó de un solo mordisco.
Rose se puso pálida. El pirata rió.
—No, eso es mentira.— le dijo. —En realidad fue mi padre. Me la quitó porque intenté matarlo. La sociedad pirata es muy patriarcal.
Rose frunció el entrecejo, disgustada, y el pirata sólo rió más.
—Está bien, está bien, te diré la verdad.— le dijo. —Aposté mi mano en una apuesta y perdí. Tuve que cortarla yo mismo en frente de otros piratas. La tengo colgada en mi camarote. Cuando quieras te invito a verla.
Rose retrocedió, aterrada. El pirata sonrió ampliamente.
—Ahora he vuelto a divertirme.— le dijo. —Qué lástima que seas muda. Eres bastante atractiva, pero no me gustan las chicas que no tienen nada interesante que decir. Claro que podría ser que tú tuvieras algo interesante que decir, pero eso no lo podremos saber nunca, ¿cierto?
Un hombre larguirucho se acercó al pirata y miró a Rose con desconfianza.
—Leo, tenemos que irnos.— le dijo. —¿Quién es esa? ¡Y ya quítate eso!
Leo entornó los ojos y se quitó el garfio, lanzándolo al mar. Rose observó con sorpresa que su mano izquierda seguía allí, perfectamente sana.
El moreno elevó ambas manos en el aire y las sacudió.
—Todavía no me han cortado nada. Es una suerte, ¿no?— le dijo. —En fin, mucho gusto quien quiera que seas, como sea que te llames, y hasta la vista.
Leo se volteó para seguir a su compañero. Rose corrió hacia él para agarrarlo por el brazo y detenerlo. El moreno la miró, sorprendido, y algo brilló en sus ojos. La determinación de Rose, quien lo sujetaba con firmeza y con una resolución inigualable, lo desconcertó por unos segundos. Luego volvió a sonreír.
¿Quieres que te lleve a algún sitio?— le preguntó, y Rose se sorprendió de cómo pudo entenderla de forma tan exacta.
Rose asintió enérgicamente. Buscó con la mirada la embarcación a la que el amigo larguirucho del joven pirata se había dirigido y la señaló para luego señalarse a sí misma.
—Quieres ir en mi barco a alguna parte.— interpretó Leo.
Rose asintió y buscó una piedra en el suelo para tomarla entre sus manos y mostrársela.
Los ojos verdes de Leo brillaron como luciérnagas.
—Quieres ir a la Isla de las Piedras.— murmuró.
Rose asintió vehementemente.
"¡Por fin!", pensó, aliviada.
Leo estalló en una carcajada que la hizo tensarse de pies a cabeza.
—¿Y dices que yo seré esa persona que te lleve a una isla a la que no me interesa ir, desviándome de mi destino final, sólo porque me lo pide una chica muda con cabeza de tomate?
Rose tomó aire, furiosa, y lanzó la piedra al suelo. "¡Esto es frustrante!", pensó, "Esto me pasa por acercarme a un pirata que no tiene más de 20 años con los ojos y el cabello de Albus, la voz de los gemelos Scamander y la presunción de Scorpius Malfoy".
—Mi nombre es Leo Drake: soy un pirata, no un santo.— le dijo. —No voy por allí salvando a damiselas en peligro, o lo que sea que tú seas. ¿Qué podrías ofrecerme a cambio de llevarte a una isla a la que no me interesa ir?
Rose suspiró y se rascó la cabeza, preocupada. Rápidamente hizo mímicas de barrer el suelo y limpiar que Leo entendió mientras se sobaba la barbilla con su mano derecha.
—No me interesa, ya hay muchos que hacen esas labores en mi barco.— le dijo.— Lo siento pero no me convences. Además, no eres una animaga, lo puedo ver en tu cara. No podría llevarte sin correr el riesgo de que mi barco y toda mi tripulación se convirtieran en la cena de monstruos marinos.
Rose lo miró, suplicante, pero Leo la evadió y emprendió su camino hacia el barco.
—Lo siento, pelirroja.— le dijo. —Pero no veo en qué pueda beneficiarme contigo.
La gryffindoriana, derrotada, lo vio alejarse y subirse a su barco mientras las velas se izaban y levantaban el ancla. Poco a poco el barco empezó a moverse del puerto y Rose tuvo una revelación: si no tomaba ese barco no tendría más oportunidades de llegar a la Isla de las Piedras.
No: definitivamente no podía aceptar un no como respuesta.
Velozmente Rose se precipitó hacia la punta de muelle y se lanzó al agua. Leo Drake la vio hacerlo desde cubierta, impresionado, y luego la vio emerger y nadar contra las olas hacia el barco.
—Está loca.— dijo el moreno, sonriendo, y luego se dirigió a su tripulación. —¡Lánzenle una cuerda!
Dos piratas se apresuraron a lanzar una cuerda que Rose agarró en cuanto alcanzó al barco, que apenas se había distanciado unos metros del muelle.
Los piratas halaron, subiéndola a bordo.
Una vez arriba Rose cayó, exhausta y empapada, sobre la madera, a los pies de Leo Drake.
—Estás desquiciada, ¿lo sabes. cabeza de tomate?.— le dijo el moreno y suspiró. — Tienes suerte de que al menos me diviertes. Podrás quedarte y te llevaremos lo más cerca que podamos de la Isla, pero en cuanto el mar se ponga hostil te lanzaremos por la borda sin contemplaciones, ¿entendido?
Rose asintió aún tirada en el suelo.
—Por supuesto te quiero limpiando y ayudando a todos en las tareas importantes.— le dijo Leo. —Eres muda, pero tienes manos: úsalas.
Leo dio media vuelta y caminó hacia el timón mientras Rose se ponía de pie con dificultad.
—Vamos a hacer un cambio de dirección.— dijo el moreno a los que lo rodeaban y tomó el timón entre sus manos. Se volteó ligeramente hacia Rose y le sonrió. —Bienvenida a bordo.
3.-
Yo, Negro
—¡Encadénenlo!— les ordenó a los marineros.
Scorpius luchó por soltarse aunque supo que era inútil hacerlo. Los dos hombres lo encadenaron contra un mástil, justo al lado de una chica de cabello castaño y labios gruesos.
—¿Soy un prisionero?— soltó Scorpius, enfadado, peleando contra las cadenas que lo inmovilizaban.
El capitán rió mostrando su monstruosa dentadura.
—Puedes llamarme Alcón, Lobo.— le dijo. —Aquí todos nos llamanos por nuestros respectivos animales. ¿O prefieres que te llame Negro?
Todos los marineros rieron y Scorpius clavó sus ojos grises, rabiosos, en Alcón.
—No pensé que le tendrías miedo a un chico de 17 años.— le dijo el slytherin.
Alcón soltó una carcajada.
—¿Miedo?— le dijo. —¡Son ustedes, Rojo y Negro, quienes deberían tener miedo cuando viajan a nuestras tierras! ¡No saben nada, no conocen nada! ¿Creías que te permitiríamos caminar libremente por nuestro barco? No te conocemos, Negro. No sabemos quién eres ni qué tan fuerte o débil eres. Cuando tomemos la ruta de las sirenas nos agradecerás haberte encadenado a ese mástil.
Alcón dio media vuelta y se alejó junto a sus compañeros. Scorpius bufó y pegó la cabeza al mástil. ¿Seguiría Rose en Piedras Caídas? Ningún otro barco iría a la Isla de las Piedras, y nadie la llevaría debido a su condición de no-animaga. No había posibilidad alguna de que pudiera viajar hasta allá. ¿Habría ganado ya la cuarta prueba, así, tan fácilmente, al perder a su contrincante?
Scorpius miró a su izquierda, a la chica de cabello castaño atada junto a él.
—Supongo que tú tampoco corriste mucha suerte con ellos.— le dijo.
La chica sonrió tímidamente.
—No, supongo que no.— le respondió. —Me llamo Anuk. Fui tomada como rehén en la Isla de las Piedras.
Scorpius la miró con curiosidad.
—¿Eres nativa?— le preguntó.
Anuk asintió.
—Vivo en la isla.— lo miró detenidamente, inspeccionándolo. —Sé quién eres.
Scorpius levantó una ceja.
—Ya lo dijo Alcón: soy Negro.— le dijo.
Anuk sonrió.
—Pero yo sé muy bien quién es Negro y él no.— le dijo. — En las tierras salvajes corren los rumores sobre ti. Desde Avalon a todo el mundo mágico, incluso el de la periferia, llegan las noticias sobre Negro y Rojo. Todos en la Isla de las Piedras queremos que ganes.
Scorpius la miró desconcertado.
—¿Por qué quieren que gane yo?— le preguntó. —No me conocen.
Anuk suspiró.
—No se trata de conocerte o no, se trata de lo que todos sabemos. De lo que tú y ella son por dentro.— dijo la castaña. —Rojo es fuego y el fuego doblega a la piedra, la carboniza. Negro es la tierra en donde nacen todas las piedras. Si Rojo gana, nosotros estaremos perdidos.
Scorpius guardó silencio y, sin quererlo, recordó las palabras de Ásban: "Si Rose se une a la Orden, si es ella quien gana y no tú, me temo que todo lo que nos ha tomado años construir, todo por lo que Merlín luchó, estará destinado a ser consumido por el fuego".
¿Por qué todos parecían insistir en que Rose era un peligro inminente? Suspiró y pegó la cabeza al mástil.
¿Qué era lo que otros veían que a él se le estaba escapando?
4.-
Yo, Rojo
Rose estrelló un trapo empapado contra el suelo de la cubierta y empezó a restregar con fuerza. El agua en el balde que reposaba a su derecha había comenzado a ennegrecerse y ella estaba allí, a cuatro patas, limpiando la madera humedecida. ¿Cómo era posible que un lugar estuviera tan sucio? Suspiró. Su brazos le dolían por la fuerza que ejercía contra la madera. Los marineros a su alrededor se burlaban de ella.
Leo Drake también lo hacía.
—Apuesto que nunca has limpiado nada con tus manos, cabeza de tomate.— le dijo, divertido.
Rose levantó la cabeza y lo miró con enfado mientras seguía restregando el suelo. ¿Cómo podía ser tan engreído e irritante?
La pelirroja estrelló con fuerza el trapo contra el balde y accidentalmente se salpicó a sí misma agua sucia. Todos rieron a carcajadas, menos Leo Drake; él sólo sonreía con los brazos cruzados, entretenido.
—Tienes que disculpar a mi tripulación.— le dijo el moreno. —Pero no es común ver a una chica de ciudad por aquí y, ciertamente, no es común verla restregar nuestra cubierta con tanto ímpetu. Nos estás entreteniendo bastante.
"Pues qué bien por ustedes", pensó Rose, molesta, mientras seguía limpiando.
Leo caminó hacia Rose y se puso en cuclillas frente a ella, mirándola a los ojos.
—Sabemos quién eres.— le dijo. —Rojo.
Rose relajó el ceño y lo miró con curiosidad. El moreno sonrió.
—Si yo fuera tú, no pondría un solo pie en la Isla de las Piedras.— le dijo Leo. —Nadie te quiere allí. Cada uno de los nativos en esa isla estarían felices de cortarte la cabeza y clavarla en una estaca.
La pelirroja frunció el ceño otra vez, angustiada. Leo continuó:
—Eres fuego. El fuego no es bienvenido en una isla cuyo símbolo es la piedra.— le dijo. —Negro, en cambio, es tierra. Las piedras surgen de la tierra. Ellos quieren que sea él quien gane la competencia, ¿entiendes?
Rose miró a Leo, confundida. ¿Por qué le estaba diciendo todo aquello? ¿Acaso la estaba advirtiendo de algo? ¿Y a él por qué debía importarle lo que le ocurriera a ella en esa isla?
Una vez más fue como si Leo pudiera leerle la mente y, mientras se ponía nuevamente de pie, le dijo:
—No creas que me preocupa lo que le pueda pasar a tu cabeza de tomate. Simplemente creí que necesitabas saberlo.
Y se alejó de ella.
5.-
Scorpius cerró los ojos. El sol pegaba fuerte contra su rostro y podía sentir cómo empezaba a quemarle la piel. A su lado Anuk permanecía en silencio. Llevaban ya varias horas allí, atados, y el rubio sentía perfectamente cómo sus articulaciones se adormecían por la falta de movimiento y la fuerza de las cadenas.
Suspiró. ¿Sería Anuk, quizás, la vida que debía salvar?
Scorpius se prometió a sí mismo liberarse y liberarla en cuanto tocaran tierra firme.
—Anuk,— le dijo él con suavidad. —¿Qué crees que harán con nosotros cuando lleguemos a la isla?
La castaña pegó la cabeza contra el mástil, abatida por el sol.
—Son comerciantes. Les importa ganar dinero y nada más.— le dijo. —Intentarán cambiarnos por algo que les sea valioso.
—¿A los nativos?— preguntó Scorpius.
—Sólo hay una comunidad organizada en la isla: la nuestra, la de los espinelas.— dijo Anuk. —Nos llaman así por la piedra preciosa que tiene el mismo nombre y que existe en las inmediaciones de nuestra aldea. Todos los demás son hostiles.
Scorpius la miró con curiosidad.
—¿Hostiles?— le preguntó.
—Sí. No son nativos de la isla y son violentos y agresivos. Caníbales, algunos.— dijo Anuk. —Son extranjeros que de una y otra forma llegaron a las costas de la isla.
Scorpius meditó durante algunos segundos en silencio.
—Si nos ofrecen a los espinelas, ¿qué crees que harán conmigo?— le preguntó el rubio.
Anuk le sonrió levemente.
—Te protejerán, tal vez.— dijo ella. —Nosotros queremos que tú ganes.
Scorpius tragó saliva.
—¿Y si nos entregan a los hostiles?
El rostro de Anuk se tornó pálido.
—No creo que quieras que te responda.— se limitó a decirle.
6.-
La tarde empezó a caer sobre el barco y Rose fue llevada por unos marineros hacia la cocina. La pelirroja se sentía aliviada: dentro de poco anochecería y podría volver a hablar. Quizás entonces podría enfrentarse a Leo Drake en igualdad de condiciones.
—Cocinamos lo que se pueda.— dijo uno de los marineros (todos los que estaban encargados de la cocina eran menores de quince años) —Pero la organización es un desastre.
Rose suspiró. La cocina en sí misma era un desastre. Debían terminar la cena antes de que cayera el sol, de modo que era preciso apresurarse. La pelirroja tomó un cuchillo y, en una tabla de madera y con gran dificultad, empezó a tallar el menú, teniendo en cuenta que prácticamente lo único que tenían a su disposición eran pescados y mariscos.
—¿Vamos a hacer eso?— preguntó uno de los marineros viendo el menú de Rose. —Parece complicado.
Rose negó con la cabeza. Ella no era un genio cocinando ni mucho menos. En realidad la cocina se le daba bastante mal, pero había aprendido algunas recetas de su abuelo, quien sí era un genio en la cocina, y estaba dispuesta a organizar ese desastre de menú.
Quisiera o no reconocerlo, Leo Drake le estaba haciendo un favor. Y a ella le habían enseñado a retribuir los favores otorgados. De modo que si tenía que encargarse de la limpieza y de ayudar en la cocina, lo haría realizando estas labores lo mejor posible.
Cuando la cena estuvo lista Rose miró con gran orgullo los platos y aplaudió. Su plan consistía en ganarse de alguna forma a la tripulación, porque si no lo conseguía terminarían lanzándola por la borda en cuanto estuvieran peligrosamente cerca de la Isla de las Piedras. Estaba segura de que nadie allí arriesgaría su vida por ella y estaba claro que el mar no iba a dejarla pasar.
Aún no había planificado, sin embargo, qué hacer con respecto al mar reaccionando ante su condición de no-animaga.
"Tengo que darle vueltas a eso", pensó Rose.
Justo antes de salir con los demás a colocar los platos en las mesas pudo ver cómo el sol desaparecía en el horizonte.
—¡Por fin!— soltó, aliviada, y los marineros que la habían ayudado en la cocina se sobresaltaron.
—¿Puedes hablar?— le preguntó uno, boquiabierto.
Rose asintió.
—Pero sólo por las noches.— dijo la pelirroja. —Sé que suena extraño, pero es así. — los marineros no dijeron nada y sólo continuaron mirándola con las mandíbulas caídas. —Hay que servir las mesas, ¡vamos!
Rose tomó dos platos y se sintió algo humillada cuando vio a los otros tomar hasta tres platos por cada brazo con verdadera facilidad.
Suspiró.
"Ni siquiera voy a intenarlo", pensó, "¿A quién estoy engañando?"
Pero de cualquier forma tomó dos platos más e intentó equilibrarlos en sus antebrazos. "Vamos, Rose, tienes que poder con esto o no mereces llamarte Weasley Granger", se dijo para animarse, pero cuando salió de la cocina a la zona en donde varias mesas se llenaban con piratas hambrientos y escuchó el bullicio del lugar se desconcentró. Los cuatro platos que cargaba consigo se cayeron y el ruido silenció a todos.
—Maldición.— murmuró Rose, y se agachó para recoger el desastre, pero se resbaló con un trozo de pescado y cayó de rodillas al suelo.
Los piratas estallaron en carcajadas mientras que los marineros de la cocina continuaron sirviendo los platos sobre las mesas.
—¿Qué es esto?— preguntó Leo Drake en una de las mesas mirando su plato de comida.
—Rape al limón, Capitán.— dijo uno de los marineros, temeroso.
Leo Drake levantó una ceja.
—¿Rape al qué?— le preguntó.
Rose, quien ya se había puesto de pie nuevamente y había escuchado todo, intervino.
—Rape al limón.— le dijo irritada. —Eso significa: rape con limón. No es tan difícil de entender.
Leo la miró boquiabierto y luego rió y aplaudió mientras caminaba hacia ella, sorprendido.
—¡Hablas!— dijo, divertido. —¡Eres una caja de sorpresas, cabeza de tomate!
Rose entornó los ojos.
—Pues tú eres un cabeza de….— la pelirroja guardó silencio, frustrada por no encontrar una metáfora apropiada que no fuera agradable. Leo tenía el cabello de Albus. ¿Cómo pensar en una metáfora negativa? —Da lo mismo.
Leo clavó sus ojos verdes, juguetones, en los de ella.
—¿Eres algo así como una criatura que recupera sus facultades por la noche?— le preguntó. —¿O sólo estabas fingiendo ser muda?
Rose parpadeó varias veces. ¿Cómo era que Leo lograba, siempre, entender lo que estaba ocurriendo sin necesidad de que nadie se lo explicara? ¿Era aquella una cualidad pirata?
—Lo primero.— respondió Rose. —Y ahora que puedo hablar tengo que decirte que eres un pesado.
—Ya.— dijo Leo, sonriendo. —¿Qué tan pesado?
Rose bufó.
—Muy pesado.— le dijo. —E irritante.
Leo asintió.
—Sí, es lo que me hace encantador.— le dijo manteniendo su sonrisa. —Deberías intentar ser más como yo y no estar todo el tiempo preocupada. Empiezas a tener una línea en el centro de tu ceño. Como una anciana.
El moreno intentó tocarle el entrecejo a Rose pero ella lo esquivó, molesta.
—Eres realmente irritante.— le dijo. —Como un mosquito.
—Aún así me debes mucho, cabeza de tomate.— le dijo él. —Porque sin mí no podrías llegar a la Isla de las Piedras. Tal y como yo lo veo soy tu caballero andante. Y eso que no suelo ser un caballero andante, créeme.
Rose bufó y entornó los ojos otra vez.
—Lo sé. Es por eso que me esfuerzo en limpiarlo todo y hacer una comida agradable para la tripulación.— dijo la pelirroja. —A cambio de eso sólo recibo burlas y una pregunta de "¿Rape al qué?"
Los piratas se rieron al oír como Rose imitaba la voz de Leo. El moreno se lo tomó de buen humor.
—Cabeza de tomate, parece que voy a tener que recordarte ciertas cosas.— dijo Leo. —Somos piratas. No nos gustan los platos sofisticados. Comemos cosas simples. Comemos siempre lo mismo. Y comemos mucho. Así que no te esfuerces tanto en lucirte gastronómicamente porque, a decir verdad, no nos importa.
Rose se cruzó de brazos.
—Sólo pensé que un cambio sería agradable.— le dijo decepcionada.
Leo mantuvo su sonrisa y pellizcó, en un gesto de hermano mayor, la mejilla de Rose.
—¡Auch!— soltó ella.
—Nos comeremos tu comida de cualquier forma, cabeza de tomate. Así que alégrate. — le guiñó un ojo. —Sonríe un poco. Tu voz es agradable. Siéntate con nosotros y haznos compañía.
Rose vio, con sorpresa, cómo los piratas empezaban a hacer sitio en la mesa del Capitán. Tragó saliva. "¿Lo he conseguido?", se preguntó, "¿Me han aceptado?".
Inesperadamente, cuando miró otra vez a Leo y a su sonrisa y mirada juguetona, no sintió irritación alguna, sino algo fraternal que la hizo sobrecogerse durante unos breves segundos.
Leo Drake, debía que admitirlo, tenía rasgos, pequeños detalles conjuntos, de personas a quienes ella amaba.
7.-
Cuando la luna se levantó en el cielo Scorpius notó cómo todos los marineros comenzaron a inquietarse. La marcha del barco se había relentizado y algo en el ambiente puso al rubio en inmediata alerta.
—Nos estamos acercando a la zona de las sirenas.— dijo Anuk, de repente. —Es por eso que están nerviosos.
Scorpius dirigió la mirada hacia delante: un marinero había empezado a tocar con gran ímpetu una campana. Los marineros corrieron todos bajo cubierta y desaparecieron cerrando la escotilla. Scorpius y Anuk se quedaron solos.
El corazón del slytherin adoptó un ritmo acelerado.
—¿Contigo también funcionan los cantos de las sirenas?— preguntó Scorpius.
Anuk, quien permanecía pegada al mastil, con los ojos bien abiertos, aterrada, negó con la cabeza.
—No. Ellas sólo están interesadas en hombres.— dijo la castaña. —Pero eso no evita que sean agresivas conmigo.
Anuk estiró su pierna y Scorpius vio una horrible mordida aún sin cicatrizar del todo. Tragó saliva.
—No te preocupes.— le dijo el rubio. —No dejaré que te hagan daño otra vez.
Anuk lo miró carcomida por el miedo.
—No eres de aquí y no entiendes nada.— le dijo. —Agradezco tu amabilidad, pero en cuanto escuches sus cantos dejarás de ser tú. Lo único que nos salvará de convertirnos en su cena serán estas cadenas. Pídele a tus dioses que éstas sean lo suficientemente fuertes.
Scorpius quiso replicar, pero una melodía sin igual, lejana, casi inaudible, lo paralizó por completo. Poco a poco unas voces femeninas, armoniosas, entonaron simultáneamente una canción que obligó a Scorpius a cerrar los ojos. Toda su piel se erizó, conmovida, y sintió inmensas ganas de llorar.
Nunca antes había escuchado algo tan exquisito. Tan maravilloso.
Anuk cerró los ojos también cuando vio varias manos húmedas y venosas impulsarse hacia dentro del barco y arrastrarse por la cubierta. A su lado, Scorpius había vuelto a abrir los ojos, pero ya estaba embrujado por la melodía de las sirenas. Él no veía monstruos peligrosos, sino hermosas criaturas con una voz capaz de conmoverlo hasta lo más hondo.
Una sirena llegó hasta los talones del slytherin y, oliéndolo, subió por sus piernas y apoyó su mano humedecida en el pecho del rubio. Scorpius no se movió y se dejó acariciar sintiendo cómo lo embargaba un enorme placer.
Otra sirena lo haló por los talones, intentando arrastrarlo hacia fuera del barco, pero las cadenas se lo impidieron. Aún así insistió y tiró de Scorpius. Él no puso resistencia; era como si quisiera irse con esas voces e hundirse en el mar para siempre. Era curioso pero la idea de morir ahogado escuchando aquella melodía le parecía, en esos momentos, enormemente placentera. Lo deseaba: deseaba irse con ellas.
Entonces escuchó un ligero grito y miró a su izquierda.
Anuk lloraba, aterrada, mientras tres sirenas le mostraban sus dientes pequeños y triangulares, como los de una sierra, de forma amenazadora.
Scorpius recordó brevemente en dónde estaba, quién era y lo mucho que deseaba vivir.
Aprovechó ese momento de lucidez para transformarse.
Las sirenas se deslizaron, asustadas, unos metros más allá cuando frente a ellas apareció un lobo gris. Scorpius se deshizo de las cadenas con facilidad y les gruñó amenazadoramente, mostrándoles sus colmillos grandes y afilados. Su canto ya no tenía ningún efecto en él; no ahora que era un animal.
Anuk vio con perplejidad cómo las sirenas retrocedían ante la figura imponente del lobo que les gruñía y avanzaba lenta y amenazadoramente hacia ellas. Poco a poco fueron saltando al agua hasta que desaparecieron.
Anuk, todavía temblando, vio al lobo girarse hacia ella con una expresión mansa y tierna, como la de un cachorro.
—¡Rápido!— le dijo. —¡Debes ponerte las cadenas otra vez o ellos lo sabrán!
El lobo avanzó hacia las cadenas y se colocó, como mejor pudo, tras ellas. Luego se transformó.
—¡Auch!— soltó el rubio. Las cadenas habían vuelto a quedar ajustadas, pero en una posición mucho más incómoda que la anterior.
Anuk lo miró con absoluta admiración.
—Debes ser el primer chico que conozco que logra romper el hechizo del canto de una sirena.— le dijo, sorprendida.
Scorpius suspiró y pegó la cabeza contra el mástil.
—En realidad, fue gracias a ti.— le dijo. —Si no hubieses estado a mi lado, quizás no habría logrado reaccionar en lo absoluto.
Anuk lo miró con profundo interés.
—No eres un chico normal. Lo sabes, ¿verdad?— le dijo.
Scorpius le devolvió la mirada.
—Soy un chico normal.— le dijo el rubio. —En circunstancias extraordinarias.
8.-
—¿Y si nos cuentas una historia?— preguntó Leo, apartando su plato vacío.
Rose se cruzó de brazos.
—No soy un bufón.— le respondió.
Leo rió.
—En realidad, por si no te habías dado cuenta, es exactamente lo que has sido desde que te permití viajar con nosotros.— dijo el moreno. —Y un muy buen bufón, debo admitir.
Rose suspiró y entornó los ojos. "Merlín: dame paciencia", pensó.
Un pirata que lamía su plato ya vacío la miró con entusiasmo.
—Han llegado rumores de Avalon. Dicen que te comiste un caballo de fuego.— le dijo.
—No me comí un caballo de fuego.— dijo Rose, alterada. No le gustaba recordar aquel hecho en Avalon, la forma en la que sacrificaron a ese pobre animal. Aún no lograba entender cómo había podido dejarse llevar. —Comí su corazón.
El pirata rió.
—¡Lo sabía! Todos lo saben.— le dijo, entusiasmado. —Dicen que eres sangre de fuego, domadora de dragones…que puedes volver al mundo un puñado de cenizas.
Rose se levantó de la mesa, incómoda.
—No quiero hacer del mundo un puñado de cenizas.— dijo la pelirroja. Estaba cansada de escuchar cómo todos se referían a ella como un peligro inminente. Estaba harta de verse reflejada en un espejo que distorsionaba su imagen.
Leo la miró a los ojos.
—Nadie dice que eso es lo que quieras hacer, Rojo. — le dijo. —La gente no habla de tus deseos, sino de lo que puedes hacer. Tienes el poder de convertirlo todo en cenizas y eso es lo que les importa. ¿Puedes, en verdad, hacer eso, cabeza de tomate?
Rose negó con la cabeza.
—Tener sangre de fuego no implica que puedas crear fuego por doquier de forma ilimitada.— dijo la pelirroja. —No soy poderosa, como todos dicen. No puedo destruir nada. Apenas puedo mantener unas cuantas llamas ardiendo durante un par de minutos.— tragó saliva. —No soy domadora de dragones. Ni siquiera sé invocar a Eros.
—¿Así nombraste al hébrido negro que domaste en Avalon?— preguntó Leo. —Interesante.
Rose entornó los ojos.
—No lo domé.— dijo la pelirroja. —O tal vez sí, no lo sé. En todo caso no puedo invocarlo y no tengo idea de cómo funciona la supuesta conexión que tengo con él.
Leo sonrió.
—Con ella, querrás decir.— dijo el moreno. —He ido a Avalon y sé lo suficiente de dragones como para saber que ese hébrido negro es una hembra.
Rose lo miró estupefacta y se sentó nuevamente, apoyando ambas manos sobre la mesa.
—¿Estás seguro de que es una dragona?— le preguntó.
Leo asintió.
—Podría apostar mi mano derecha y no la perdería.— le dijo mirándola a los ojos. —Es una hembra.
Rose guardó silencio. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta? En realidad poco sabía de dragones y eso era un error. ¿Por qué no se había puesto a estudiarlo todo sobre ellos cuando tuvo tiempo para hacerlo? Una carta a su tío Charlie habría bastado para tener toda la información necesaria. Con todo lo que le había ocurrido últimamente había descuidado ese aspecto.
Ahora que lo pensaba: ni siquiera los mismos miembros de la Orden sabían que se trataba de una hembra. Cuando hablaron del dragón después de la tercera prueba, todos se refirieron a él como un macho.
¿Cómo podían haber estado todos tan equivocados?
—Cabeza de tomate.— dijo Leo, chascando los dedos frente a su cara. —¿Sigues aquí?
Rose se encontró nuevamente con los ojos de Leo y asintió.
—Sí, sólo me quedé pensando en Eros, es todo.— le dijo ella.
Leo se cruzó de brazos.
—Tal vez si supieras invocar a Eros eso te salvaría de que el mar cerca de la Isla de las Piedras te tragara.— dijo el moreno. —Podrías invocarla cuando te lancemos por la borda, por ejemplo, y te llevaría volando hasta la Isla.
Rose frunció el ceño. Debía haber una forma de que no la lanzaran por la borda en cuanto estuvieran cerca de la Isla de las Piedras. Invocar a Eros le resultaba simplemente imposible, así que no había nada más que decir al respecto. Su única esperanza descansaba en lograr que los piratas no se atrevieran a lanzarla despiadadamente al mar.
Pero, ¿cómo lograría hacerlo?
Rose miró a Leo, sonriente.
—Qué tal si apostamos algo.— le dijo ella. —Si yo gano, ni tú ni nadie podrá lanzarme por la borda.
Leo sonrió ampliamente.
—Y si yo gano podré lanzarte por la borda cuando me plazca y, además, dormirás en mi camarote proporcionándome entretenimiento.
Rose se sonrojó intensamente y lo miró como si él le hubiese dicho algo ofensivo. Leo se apresuró a corregirse.
—No esa clase de entretenimiento, cabeza de tomate.— le dijo, sonriendo. —No necesito ganar una apuesta para meter a alguien en mi cama. Contigo, lo siento, no me apetece.
—Pues a mí tampoco me apetece.— dijo Rose a la defensiva y poniéndose de pie. —Entonces está todo dicho: batámonos a duelo.
Leo se levantó de la mesa también.
—De acuerdo. — le dijo. —¿Qué tipo de duelo sugieres?
Rose sonrió y se encogió de hombros.
—Un duelo de espadas, por ejemplo.
Pasaron varios segundos de total silencio hasta que los piratas, incluido Leo Drake, estallaron en risas burlonas que enfadaron a Rose. Ella era buena con la espada. Arthur Weasley le había enseñado a manipularla perfectamente. Era un amante de los objetos muggles. Aunque, ahora que lo pensaba, aquellos piratas eran magos y a pesar de ello usaban espadas. Probablemente se trataba de uno de los tantos objetos que traspasaban las fronteras entre los magos y los muggles.
—Disculpa que te lo diga de esta manera,— dijo Leo, aún riendo. —Pero no hay forma de que me ganes en un duelo de espadas. Olvídalo. Hasta me sentiría culpable poniéndote en una situación así.
Rose levantó ligeramente el mentón.
—¿Tienes miedo a que te gane una chica?— le preguntó, desafiante.
Leo rió.
—Para nada, créeme.— le dijo. —¿Quieres pelear contra mí? De acuerdo, pero primero deberás vencer a uno de los míos. ¡Yorg, a pelear!
Un pirata gordo y barbudo se levantó y desenvainó su espada. Leo le quitó una espada a un pirata que estaba a su lado y se la lanzó a Rose. La pelirroja la atajó por el mango de forma perfecta.
—¡Y no te olvides del gorro!— le dijo Leo, lanzándole un gorro de pirata y burlándose de ella.
Rose, lejos de enfadarse, se puso el sombrero de pirata y probó su espada en el aire. Un sonido corto y puro le anunció que la hoja estaba afilada.
—De acuerdo, Drake.— dijo Rose mientras se colocaba a la defensiva, por entre las mesas, y medía con la mirada al pirata al que debía vencer. —Pero después de vencerlo a él tendrás que pelear conmigo.
Leo hizo una pequeña y fingida reverencia.
—Como usted quiera, su majestad.
El pirata fue el primero en asestar el golpe. Rose lo esquivó de forma grácil; afortunadamente era pequeña y ligera, lo que le permitía moverse con mayor agilidad. Debía aferrarse a sus ventajas corporales. Era la única forma de vencer a ese pirata.
Sin embargo, en cuanto fue avanzando la pelea Rose notó que el pirata con el que luchaba no tenía destreza alguna con la espada y más bien parecía temeroso al siguiente ataque que ella daría. Bastaron unos cuantos minutos para que Rose lo atrapara y le hiciera soltar la espada en un gesto de rendición.
Los piratas, incluido Leo, aplaudieron.
—Vaya, vaya.— dijo el moreno. —Así que sabes manejar una espada. Estoy impresionado.
Rose lo miró con reproche.
—Mu pusiste a pelear con alguien sin experiencia.— le dijo. —¿Crees que no me he dado cuenta?
Leo sonrió ampliamente.
—Aún así tardaste minutos en vencerlo. Eso dice mucho de tu técnica.— le dijo.
Rose bufó.
—En todo caso he ganado mi derecho a pelear contigo.— dijo la pelirroja, levantando otra vez su espada. —Recuerda nuestro acuerdo.
Leo sonrió y desenvainó su espada.
—Lo recuerdo perfectamente.— le dijo clavando sus ojos verdes en ella. —Ahora escucha: tardaré exactamente dos segundos en vencerte.
Y así fue: Rose no lo vio venir. Leo hizo un movimiento tan veloz y contundente que, al golpear la espada de la pelirroja, ella no pudo soportar la fuerza del choque y la espada se soltó de sus manos para caer al suelo en un ruido seco.
Rose lo miró, anonadada, y conteniendo la respiración mientras él la apuntaba con su espada.
—Sabes manejar una espada, cabeza de tomate.— le dijo. —Pero eso no es suficiente para derrotarme.
Rose tragó saliva.
Su oportunidad para no ser lanzada por la borda había desaparecido.
9.-
Pocos minutos después de que Scorpius hubiera espantado a las sirenas, los marineres salieron de sus esconditas, ajenos a lo que verdaderamente había ocurrido, y volvieron a sus puestos, vigilantes. La noche era espesa y apenas se vislumbraba el horizonte. Scorpius y Anuk se mantuvieron en silencio. Ninguno de los marineros pareció darse cuenta de la extraña posición que tenían las cadenas del rubio.
Una vez que nadie estuvo lo suficientemente cerca como para escucharlos, Scorpius rompió el silencio:
—Aún no me has contado cómo te secuestraron.— le dijo.
La castaña suspiró.
—Estaba pescando en la orilla, sola.— le dijo ella. —Usualmente lo hacemos en grupo, pero fui una tonta y quise hacerlo por mi cuenta. Me gusta pescar. Me gusta el mar y la soledad.— bajó la mirada. —Quería mejorar mi técnica y que mis compañeros se sintieran orgullosos de mí. Mientras pescaba vi un barco acercándose y me escondí, pero no abandoné el lugar. Quise ver cómo eran los extranjeros.— sonrió con tristeza. —Luego me descubrieron y me llevaron con ellos. Desde eso hace ya un mes.
Scorpius guardó silencio. Anuk lo observó con detenimiento. Ya no parecía el mismo chico que había sido encadenado junto a ella hacía unas horas. El sol y el calor habían dorado ligeramente su piel y su cabello rubio, antes impoluto, ahora estaba desordenado y sucio. Sus ojos grises, sin embargo, parecían dos lagunas transparentes y mágicas. Esta vez fue ella la que inició nuevamente la conversación:
—¿Estás ahora en una de las pruebas para convertirte en un miembro de la Orden?— le preguntó.
—Sí.— respondió el rubio. —El tiempo de las pruebas es el único en el que me alejo de Hogwarts.
Anuk pareció confundida.
—¿Qué es Hogwarts?— le preguntó.
Scorpius la miró a los ojos.
—Es un colegio. Un lugar en donde te educan.— le dijo. —Es un colegio de magia y hechicería.
Anuk continuó mirándolo confundida.
—¿Allá, en su mundo mágico, necesitan que les enseñen en un colegio cómo usar su magia?— le preguntó. —Aquí, en nuestro mundo mágico, lo aprendemos sobre la marcha, solos. Nadie puede hablarte de tu propia magia interior. Sólo tú puedes descubrir eso.
Scorpius meditó las palabras de Anuk.
—Sí, supongo que las cosas en el lugar de donde vengo son diferentes.— le dijo.
Anuk asintió.
—Sabemos muy poco de ustedes y ustedes saben muy poco de nosotros.— dijo ella. —Y sin embargo, es desde allá, de ese lugar al que no conozco, que nos pretenden liderar. Sólo conocemos a un miembro de la Orden: Earlena, la mujer del cabello azul.
Scorpius sonrió.
—La última vez que la vi ya no lo tenía de ese color.— le dijo.
Anuk suspiró.
—Qué lástima. Me gusta el azul.— le dijo. —Earlena, la bruja, consiguió que nuestra isla fuera zona protegida y que nadie nos molestara en nuestro aislamiento voluntario. Gracias a ella ya no intentan sacarnos de allí.
—¿Por qué intentarían sacarlos de su isla?— preguntó el rubio.
—Algunos hombres extranjeros quieren las piedras preciosas que se encuentran en nuestra isla. Quieren hacer minas de extracción. Destruirlo todo.— dijo ella. —Earlena se encargó de que eso fuera imposible. Ella dijo que nosotros también somos parte de la comunidad mágica y que tenemos derechos que deben ser respetados.
Scorpius guardó silencio. Le parecía increíble lo poco que le habían hablado en Hogwarts de estas comunidades mágicas que vivían fuera de las metrópolis, casi de la misma manera que hacía más de mil años. ¿Por qué dos mundos unidos por la magia conocían tan poco el uno del otro?
El slytherin se prometió a sí mismo investigar sobre las islas mágicas en aislamiento voluntario en cuanto regresara a Hogwarts.
10.-
Después de limpiar las mesas y los platos Rose fue guiada por un pirata hacia el camarote de Leo. Cuando la puerta se abrió y ella entró vio al moreno sin camisa, jugando con un nuevo garfio, esta vez mucho más grande que con el que jugaba en Piedras Caídas. El pirata que la había llevado hasta allí cerró la puerta tras de ella y los dejó solos.
Rose se llevó un rizo detrás de la oreja y se mantuvo en un silencio sepulcral.
Un pequeño mono corrió hacia ella y le saltó encima. La pelirroja gritó y se pegó contra la pared mientras el mono la escalaba y llegaba hasta su cabeza, en donde se sentó cómodamente.
—Por Merlín.— suspiró Rose, atemorizada.
Leo rió.
—Es solo un pequeño mono.— le dijo. —No me digas que le tienes miedo.
Rose miró hacia arriba, pero no logró ver al mono. Aún así seguía sintiéndolo sobre su cabeza y jugando con sus rizos.
—Me gustan los animales.— dijo ella como si estuviera, en realidad, recordándoselo a sí misma.
Leo la miró sonriente.
—Pues entonces es una fortuna, porque a Mito le gustas.
¿Quién llamaría a su mono "Mito"?, pensó Rose, pero no dijo nada. El mono saltó de su cabeza hacia el suelo y corrió hacia los brazos de Leo.
—No lo culpes.— dijo Leo. —Debio haber encontrado curiosa tu cabeza de tomate.
—No tengo una cabeza de tomate.— dijo Rose, refunfuñando. —Sólo una cabeza. Roja.
—Con mucho pelo.— le dijo Leo.
—Sí.
—Y muy desordenado.
—¡Tú también lo tendrías si tuvieras rizos!— le dijo Rose.
—Pero no los tengo.— dijo Leo pasándose la mano por el cabello negro, brillante y de apariencia sedosa.
Rose cerró los ojos y respiró hondo. "Paciencia. Ten paciencia", se dijo a sí misma. Leo, además de tener características de Albus, los gemelos Scamander y Scorpius, también tenía la capacidad que tenía Hugo de llevarla hasta el límite.
—¿En dónde voy a dormir?— preguntó ella abriendo los ojos nuevamente.
—En el catré, conmigo.— le dijo el moreno, sonriéndole. —O en el suelo, si te parece demasiado incómodo el catré y mi compañía.
Rose se sonrojó intensamente y lo miró con nerviosismo. Leo rió.
—Era una broma, cabeza de tomate.— le dijo. —No tengo la menor intención de propasarme contigo. Yo dormiré en el sillón y tú en mi catré. Creí que preferirías dormir aquí y no en los camarotes de la tripulación, con otros cien piratas malolientes y lujuriosos.
Rose se humedeció los labios.
—Creí que estaba aquí para entretenerte, no porque quisieras tener un gesto amable hacia mí.— le dijo. —Aunque no entiendo para qué me necesitas como bufón cuando tienes a un mono para entretenerte.
Leo frunció el ceño.
—Mito no es un bufón.— le dijo. —Es mi amigo.
Mito se subió al hombro de Leo y le dio un ligero beso en la cabeza al moreno. Rose encontró aquel gesto sumamente tierno, pero lo ocultó.
—Ah, entonces el entretenimiento soy yo.— dijo Rose.
—Exactamente.— dijo Leo.
—Aún así…gracias por permitirme dormir aquí y no…con los demás.— dijo Rose con dificultad. Leo la había irritado durante todo el día y le costaba agradecerle el gesto que había tenido ahora hacia ella.
Leo le sonrió.
—Por nada, siéntate.— le dijo.
Rose caminó hacia el sillón rojo y se sentó en él. Leo paseaba por el lugar con su mono a cuestas.
—¿Es cierto que tú y Negro están batiéndose a duelo en una competencia por ser miembros de la Orden de Merlín?— le preguntó el moreno repentinamente.
Rose, perpleja, asintió.
—Sí.— le dijo. —¿Por qué me lo preguntas?
—Aquí no hay periódicos ni nada por el estilo. Nos enteramos de las cosas de otro modo.— le dijo Leo. —Las noticias llegan por el aire, en forma de rumores, pero los rumores nunca son más que eso, rumores. Ahora tengo la oportunidad de preguntarte a ti, personalmente, por ello. —le sonrió. —¿Crees que tienes las agallas y la fuerza para ser la que ocupe tan alto lugar en la jerarquía mágica?
Rose dudó por unos segundos, pero no dejó de mirar a Leo ni por un instante.
—No lo sé.— dijo ella con honestidad. —Lo estoy averiguando.
Leo clavó sus ojos verdes en ella.
—A mí me pareces una niña insegura y temerosa.— le dijo. —No creo que estés preparada para algo así.
Rose lo miró con algo de irritación.
—¿Y qué sabes tú lo que se requiere para ser un miembro de la Orden?
Leo rió.
—Sé más que tú, evidentemente.— le dijo el moreno. —Para ser un miembro de la Orden es necesario ser un líder nato, además de un mago eficiente. Hasta hace unos pocos años las islas mágicas estaban en guerra unas con otras. La Isla de las Piedras decía que Avalon le pertenecía. Avalon decía lo contrario y que la Isla de la Arena tenía de rehenes a varios de los suyos. La Isla de la Arena decía lo mismo de Avalon y, además, argumentaba que parte de la Isla de las Piedras le pertenecía, y así sucesivamente.— miró a Rose a los ojos. —Por esa guerra murieron muchos magos y brujas, y muchos otros fueron secuestrados y desaparecidos del mapa. La paz fue instaurada entre las islas por un decreto de respeto limístrofe que impusieron los miembros de la Orden, pero para lograr que hubiera un acuerdo entre todas las partes del conflicto tuvieron que meterse en las islas, dejar sus varitas a un lado, puesto que no son permitidas aquí, y convencer a más de una docena de comunidades y tribus mágicas que ardían por tomar venganza que lo mejor era establecer una tregua. La pregunta es, ¿crees que podrías ser esa clase de líder? ¿Crees que podrías liderar masas y acabar con una guerra?
Rose calló y bajó la mirada. ¿Cómo se suponía que iba a saberlo? Apenas estaba empezando a tener confianza en sus habilidades y, ciertamente, el don de hablar en público no era lo suyo. Quería convertirse en lo que debía ser, pero, ¿cómo? ¿Era realmente ella una líder? ¡Apenas podía manejar a los de su propia casa! Siempre había visto a Scorpius con esas cualidades. Tal vez era él quien merecía ganar la competencia y no ella.
Y, una vez más, fue como si Leo le leyera la mente:
—Si no te crees capaz de ser lo que un miembro de la Orden debe ser, es mejor que aceptes que Negro gane. Esto es mucho más que una competencia. Se trata de la paz del mundo mágico.
Rose habló de repente, como si algo por dentro le hubiese forzado a escupir las palabras:
—No creo ser mejor que nadie.— dijo la pelirroja. —Y puede ser que sea una niña insegura y asustada.— miró a Leo a los ojos. —Pero hay algo dentro de mí que no me permite abandonar esta competencia. Hay algo dentro de mí que me exige continuar, que me dice que este es mi lugar, aunque todos opinen lo contrario. Aunque yo misma opine lo contrario.
Leo la miró de una forma extraña que Rose no logró descifrar. Tampoco quiso interrogarlo sobre ello. Prefirió que ese momento de silencio se deslizara entre ellos de una forma acuática, húmeda y fluida.
Pocos segundos después, Leo suspiró:
—Creo que debemos dormir.— le dijo. —Devuélveme mi sillón.
11.-
Scorpius y Anuk recibieron un baño de agua helada y despertaron. Habían dormido algunas horas y el sol estaba comenzando a salir. Los marineros se rieron de ellos, temblando por el agua fría que había caído sobre sus cuerpos. El rubio los miró con rabia.
—¡Cuidado en cómo nos miras, lobo!—exclamó uno de los marineros. —Eres nuestro ahora y podemos hacer contigo cosas peores que lanzarte un poco de agua.
Scorpius ignoró al marinero y miró a Anuk, quien estaba a su lado temblando.
—¿Estás bien?— le preguntó.
Anuk asintió.
—Sí.— dijo la castaña. —El sol nos calentará en seguida.
Y tuvo razón: pocos minutos después el sol se levantó en todo lo alto del cielo y sus rayos cayeron sobre ambos con gran intensidad. A lo lejos se divisaba una isla pedregosa.
Scorpius contuvo la respiración.
—¿Ya llegamos?— le preguntó a Anuk.
La castaña se limitó a asentir. Un par de marineros se acercaron a ellos y los desencadenaron del mástil, pero les ataron las manos con gruesas cuerdas que lastimaron al instante las muñecas de Scorpius. El slytherin vio cómo poco a poco iban acercándose a un cúmulo de piedras y rocas. A la distancia la isla tenía una apariencia agresiva, como si fuera el hocico de una enorme bestia dispuesta a devorarlos a todos.
—Es mi hogar…— murmuró por lo bajo Anuk con los ojos húmedos, pero Scorpius pudo escucharla.
Cuando el barco llegó a las inmediaciones de la isla todos los marineros se subieron a pequeños botes —en uno metieron a Scorpius y a Anuk, custodiados por un gordo y maloliente marinero tuerto— y remaron hasta la orilla. Scorpius jamás había visto algo igual: en la orilla no había arena sino puras rocas blancas y grises acumulándose. Le costó caminar mientras lo empujaban: las piedras bajo sus pies eran como canicas dispuestas a hacerle perder el equilibrio. Anuk, por el contrario, parecía una trapecista: caminaba en puntas y no tropezaba jamás. Frente a ellos estaba la inmensidad de la isla, pero Scorpius no veía más que piedras y rocas gigantes. Ni un solo árbol, ni un solo vestigio de vegetación apareció frente a él mientras los marineros los guiaban hacia el interior de la isla. Lo único que sus ojos veían por doquier eran caminos laberínticos hechos de piedra. Caminar por los rincones de la isla era como pasear entre los colmillos de un monstruo gigante. Scorpius no podía entender cómo había personas que pudieran vivir en un lugar así, tan imponente, tan amenazador, tan seco y árido. Entonces vio a Anuk y notó cómo sus ojos brillaban por primera vez desde que la conoció.
Anuk estaba en casa.
—Nos están llevando hacia mi campamentto.— dijo la castaña al rubio. —Nos están llevando hacia los espinelas.
—¿Crees que paguen por nosotros?— le preguntó.
—Sin duda alguna.— dijo Anuk.
Scorpius la miró a los ojos.
—¿Crees que los tuyos me dejarán libre?— le preguntó. —Tengo que llegar hasta el castillo gris y presentarme a Jim Sangre.
Anuk se puso pálida y lo miró como si estuviera diciendo una verdadera locura.
—¿Jim Sangre?— repitió, espantada. Los marineros los empujaban constantemente para que aceleraran el paso. —Debes estar loco. Él es un hombre peligroso, es el mago de las ilusiones, nadie se atreve a acercarse a su castillo. Pocos son los que han entrado y vuelto a salir de allí.
Scorpius recibió las palabras de Anuk con indiferencia.
—Tengo que ir a su castillo.— dijo el slytherin. —Es parte de la prueba. Es la razón por la que estoy aquí.
Anuk suspiró, angustiada, y luego asintió con la cabeza.
—Haré todo lo posible porque los míos te dejen libre.— dijo la castaña. —Y si eso sucede, yo iré contigo. Te llevaré hasta las puertas del castillo.
—No tienes que hacerlo.— le dijo Scorpius. —Puedo llegar por mi cuenta.
Anuk le dedicó una sonrisa.
—No, no puedes.— le dijo la castaña. —Llegar hasta allí no es sencillo. Sólo los nativos podríamos hacerlo, y no todos. Necesitas mi ayuda. Acéptala y deja de ser tan orgulloso y heroico. Hasta los héroes necesitan que alguien les eche una mano de vez en cuando.
Scorpius le sonrió y recibió un nuevo empujón. No había vuelto a pensar en Rose desde que emprendió el camino hacia la isla, pero en ese momento sus pensamientos volvieron hacia ella y se preguntó si seguiría atrapada en Piedras Caídas.
Un ligero nudo se le formó en la garganta.
"No es así como quiero ganar esta prueba", pensó.
Y siguió caminando.
12.-
Rose despertó en el catre de Leo y vio los rayos del sol penetrando por la única ventana del camarote. Mito permanecía sentado a su lado, mirándola, y esta vez Rose lo acarició con ternura. Estaba sola.
Se puso de pie y se colocó los zapatos. Caminó hasta la puerta y salió.
El sol la cegó por unos instantes.
Afuera los piratas continuaban con sus labores diarias tranquilamente. Leo, quien estaba ubicado cerca del timón, la miró sonriente.
—Hasta que por fin decidiste despertar, cabeza de tomate.— le dijo.
Rose entornó los ojos y bufó, pero no le dijo nada. El sol estaba otra vez en el cielo y no podía darse el lujo de pronunciar una sola palabra. Leo parecía disfrutar de esa situación y avanzó hacia ella.
—Creo que todavía no me decido: no sé si eres más divertida muda o cuando hablas como una cotorra.— le dijo el moreno.
"No hablo como una cotorra", pensó Rose.
Leo pasó su mano por encima de la cabeza de Rose, despeinándola. Varios rizos se escaparon del lazo y cayeron a los lados de su rostro. Ella lo miró enfadada.
Leo sonrió.
—Tendrías que verte cuando te enfadas.— le dijo el moreno. —Eres todo un espectáculo.
Rose cerró los ojos y respiró hondo. Sí: Leo la alteraba de la misma forma que Hugo.
Leo la tomó de la mano.
—Ven.— le dijo.
Rose se dejó llevar hasta el borde del barco y luego se detuvo bruscamente, soltándose de Leo.
El moreno la miró sonriente.
—¿Crees que te voy a lanzar por la borda?— le preguntó, entretenido. —Tranquila, no lo voy a hacer. Aún.
Rose lo miró con excepticismo y se acercó lentamente hacia donde él estaba. Y entonces lo vio: el mar intenso, azul, profundo, siendo cortado por el barco mientras éste avanzaba.
—Creí que te gustaría verlo.— le dijo el moreno y luego le señaló el horizonte. —También creí que te gustaría ver eso.
Rose levantó la mirada y vio, impactada, la silueta de la Isla de las Piedras. Desde lejos parecían miles y millones de rocas juntas formando el esqueleto de un dinosaurio o de algún otro fósil. La gryffindoriana contuvo la respiración. Jamás había visto algo tan tétrico y bello a la vez.
—Algo gótica, ¿no crees?— le dijo Leo.
Rose sonrió. Ya faltaba poco.
Entonces una nueva angustia empezó a invadirla por dentro: en cualquier momento empezarían a cruzar el mar de las inmediaciones de la isla, ese mar que, según lo que todos le han dicho, la rechazaría por no ser una animaga. Leo y su tripulación la lanzarían por la borda si eso ocurría. Permitirían que el mar se la tragara viva antes que dejar que su barco se hundiera. Rose no los culpaba, después de todo, apenas la conocían. Tenía que buscar una solución si no quería convertirse en alimento para monstruos marinos.
—Probablemente hemos tardado más en llegar que el barco en donde fue tu amigo, Negro.— dijo Leo. —Nosotros no tomamos la ruta de las sirenas. Preferimos mantenernos alejados de esas alimañas.
Rose lo miró inquisitivamente. ¿Cómo sabía él que Scorpius había zarpado en otro barco? ¿Lo había visto, quizás, en Piedras Caídas? Y si era así, entonces Leo ya los había visto en el muelle antes de que ella se le acercara.
Fue entonces cuando una nube cubrió parcialmente el sol y el día se ensombrecío. Rose miró con pánico el mar y notó que este se había oscurecido tenuemente y que había comenzado a agitarse. Extrañamente no corría ni una sola ráfaga de brisa.
—¡Capitán!— gritó uno de los piratas al timón. —¡El mar!
Rose miró hacia estribor y vio, sobrecogida, cómo un pequeño remolino en el agua se iba transformando en uno gigantesco que empezaba a chuparlos hacia adentro.
—¡Todos, izen las velas!— gritó Leo mientras corría hacia el timón. Rose se quedó allí en donde estaba, pálida, temblando, esperando a que la lanzaran por la borda en cualquier momento.
Uno de los piratas que izaban las velas tomó la palabra:
—¡Hay que deshacernos de ella, capitán!— gritó.
Leo, sin perder la sonrisa de su rostro, agarró el timón con ambas manos.
—¿No me digan que le temen a un remolino?— soltó mientras manipulaba el timón. —¡Vencer al mar siempre es una gran aventura!— miró a su tripulación —¡Rojo se queda aquí, con nosotros! ¡Y al que se atreva a tocarla lo lanzaré yo mismo a la boca del remolino!
Rose no dio crédito a lo que escuchó, pero pronto reaccionó y ayudó a los demás con las cuerdas empujándolas hacia abajo para que las velas estuvieran bien tensadas. El mar había enfuerecido y salpicaba gotas sobre ellos como si fuera lluvia. Rose empezó a temblar. A su alrededor cientos de piratas intentaban luchar contra el océano y ella era la causa del problema. Sus ojos azules se clavaron en el enorme remolino que, pese a toda la lucha de Leo en el timón, los succionaba irremediablemente.
Y entonces Rose supo lo que tenía que hacer.
Leo vio cómo la pelirroja corrió hacia la borda y se puso de pie al filo del barco, cerrando los ojos.
—¡No lo hagas!— gritó el moreno. —¡Alguien deténgala!
Rose podía sentir su corazón latiendo a mil dentro de su pecho. No podía condenar a todos en el barco de esa manera. Si alguien debía perecer en el viaje, esa persona era ella. Ella que no había sido capaz de transformarse en una animaga, ella que no había aprendido a invocar a Eros. Ella y solo ella debía asumir las consecuencias, no Leo ni su tripulación.
—¡Baja de ahí, Rojo!— continuó gritándole Leo.
Rose sintió todo su cuerpo temblar espasmódicamente. Su sangre se convirtió en un manantial de fuego. Podía sentirse a sí misma ardiendo por dentro, en una hoguera invisible. Visualizó a Eros y deseó, con todo su corazón, que ella estuviera allí.
Entonces de su boca salieron unas palabras ininteligibles:
—Jazio melktyryo xetz as, dovah.— pronunció, primero en voz baja, y luego, ya sin poder controlar su cuerpo, quien parecía actuar por cuenta propia, las gritó a todo pulmón: —¡Jazio melktyryo xetz as, dovah! JAZIO MELKYTYRYO XETZ AS, DOVAH.
Un ruido animal, parecido a un rugido pero mucho más agudo, detuvo a toda la tripulación. Todos elevaron la mirada al cielo, que empezaba a despejarse nuevamente, para ver a un enorme hébrido negro agitando sus alas en dirección hacia el barco. Rose, temblorosa, se sostuvo la garganta: las palabras aún le ardían en la punta de la lengua.
Eros descendió bruscamente y nadó casi sobre el mar, rugiendo, y Rose saltó del barco sobre su lomo. Juntas subieron nuevamente hacia el cielo y Leo las miró, boquiabierto, antes de reír a carcajadas y gritar:
—¡Eres lo que los rumores dicen! ¡Rojo: sangre de fuego y domadora de dragones!
Pronto el resto de la tripulación empezó a cantar al unísono:
—¡ROJO! ¡ROJO! ¡ROJO! ¡ROJO! ¡ROJO!
Rose surcaba el aire aferrada el lomo de Eros, quien daba vueltas alrededor del barco, volando y dando vueltas. Era una enorme bestia negra, imponente y juguetona, que inspiraba respeto. En el lomo de Eros, Rose no pudo evitar abrazarla con todas sus fuerzas. La conexión entre las dos criaturas nunca había sido tan intensa. Eros había respondido a su llamado. Eros era suya y Rose era de ella. Se pertenecían, ahora y para siempre.
El remolino, para entonces, había desaparecido y el mar era nuevamente de un azul brillante y pacífico.
—Yankur.— le murmuró Rose a Eros, y la dragona bajó a la altura del barco volando a su lado.
Leo corrió hacia la borda y aplaudió. Asombrado, vio a la dragona volar en picado y hundirse en el mar con Rose. Pocos segundos después ambas emergieron del agua. Rose en el lomo de la bestia.
—¿¡Cómo hiciste eso?!— le gritó Leo a Rose.
Rose quiso responderle, pero entonces recordó que debía guardar silencio. "Ya he roto la regla de todos modos", reflexionó ella. Las palabras que había pronunciado para la invocación, aunque no tenía idea de dónde habían salido ni qué significaban, las había dicho en voz alta. Sin quererlo había roto ya la regla del Sabio. ¿Habría perdido ya la prueba sin quererlo?
—¡No lo sé!— le gritó Rose, resignada. Ya no tenía caso mantener silencio si la regla estaba rota.
Leo le sonrió.
—¡Hablas tamérico!— le gritó. —¡La lengua de los dragones y de las criaturas de fuego!
Rose, aún montada en Eros, pensó en las palabras que había pronunciado. ¿Se podía hablar un idioma que no se conocía? Rose no se sentía capaz de repetir lo que había dicho antes y, sin embargo, le bastaba estar cerca de Eros como para hablar en una lengua desconocida y extraña. ¿Esa lengua se llamaba tamérico? Recordó lo que su tío Harry le había contado alguna vez hacía muchos años: que él descubrió que hablaba pársel de forma inesperada en Hogwarts, cuando era un niño, y que nunca supo cómo o de dónde salía en él ese conocimiento.
"La lengua de los dragones y de las criaturas de fuego", se repitió mentalmente, confundida.
Mientras Eros continuaba dando vueltas alrededor del barco, Rose le gritó a Leo:
—¡Gracias por todo! ¡Ahora tengo que irme!— le dijo. —¡Gracias, eres un pesado, pero gracias! ¡Nunca olvidaré lo que hiciste por mí!
Leo elevó aún más la voz. Esta vez su semblante no era burlón sino más bien serio.
—¡Ten cuidado, cabeza de tomate!— le gritó. —¡Abre bien los ojos y no confíes en nadie!
Después de escuchar esas palabras Rose le dedicó una sonrisa.
Junto a Eros, Rose se dirigió volando hacia la Isla de las Piedras.
13.-
Scorpius y Anuk fueron empujados contra las piedras. Los marineros decidieron detenerse durante unos segundos y descansar. El clima era árido y el sol pegaba sobre ellos con fuerza.
Dos marineros borrachos tomaron a Anuk mirándola de forma lasciva.
—¿Qué tal si nos divertimos contigo antes de devolverte?— le dijeron mientras la tocaban
Anuk empezó a llorar.
—¡Déjenla en paz!— gritó Scorpius, poniéndose de pie bruscamente. —¿Acaso no son lo suficientemente hombres como para conseguir que una chica quiera estar con ustedes voluntariamente?
Uno de los marineros lo miró con enfado.
—No te metas en donde no te llaman, lobo, o te cortaré las orejas.— le dijo mientras sacaba una navaja.
El otro marinero continuó tocando a Anuk e intentó despojarla de su ropa. Scorpius tensó todo su cuerpo y sintió cómo la rabia tomaba posesión de cada centímetro de sí. No podía permitir que abusaran de Anuk. Simplemente no podía dejar que lo hicieran.
Entonces se transformó y sus cuerdas se soltaron. Anuk gritó cuando Scorpius, en forma de lobo, se lanzó sobre uno de los marineros y le mordió la oreja, arrancándosela y dejándola caer al suelo. Los otros marineros se transformaron también y todo lo que siguió fue puro caos: Anuk corrió en una dirección y se transformó en un cuervo. Scorpius corrió tras de ella mientras que una manada de animales de distinto tipo los perseguían.
La cacería duró unos cuantos minutos. Estaba claro que Anuk sabía por dónde iba y llevó a Scorpius hasta una cascada. Se transformó en humana justo antes de atravesarla.
—¡Sígueme y no dejes que te vean!— le gritó y cruzó al interior.
Scorpius aceleró e hizo lo mismo. En el interior vio a Anuk atravesando un túnel secreto. El slytherin se transformó.
—¿Estás segura de que no nos seguirán por aquí?— le preguntó.
Anuk negó con la cabeza.
—Este túnel sólo puede ser usado por espinelas. Si lo intentaran, mi gente les cortaría las cabezas.— dijo la castaña. —No son tan tontos como para desafiarnos de ese modo.
Scorpius dudó y se mantuvo en su sitio.
—Tal vez deba separame de ti ahora.— le dijo a Anuk. —No puedes asegurarme que los tuyos vayan a dejarme avanzar hacia donde tengo que ir. Y no puedo perder el tiempo.
Anuk lo miró, casi suplicante, y dio dos pasos hacia él.
—Si no vienes conmigo jamás llegarás al castillo gris.— le dijo. —Tendrás que arriesgarte a venir a mi aldea. No tienes otra opción.
Scorpius miró directo a los ojos de Anuk. Eran oscuros, profundos, como el mar. Sabía que podía confiar en ellos porque una luz tibia centelleaba en sus profundidades. Una luz que sólo podía significar buenas intenciones.
El Sabio ya se lo había dicho: tendría que buscar alianzas si pensaba superar la cuarta prueba.
Tendría que ponerse en las manos de Anuk.
—Está bien. Iré contigo.— le dijo y caminó hacia el interior del túnel.
Anuk, antes de darse la vuelta y guiarlo, le sonrió.
Era la primera vez que lo hacía con honestidad.
14.-
Rose y Eros aterrizaron en la orilla de la isla. Las piedras incomodaron a la pelirroja cuando bajó del lomo de su dragona. Ahora le quedaba claro que Eros era una hembra. No entendía cómo no se había dado cuenta antes. "Tal vez eso impidió que pudiera invocarla de forma correcta los días antes de la prueba", pensó. Acarició la piel dura y reluciente de Eros y ella se dejó acariciar, mansa como una dulce y tierna mascota. Mientras Rose observaba detenidamente la isla, Eros se apresuró colocarse en donde llegaban las olas y chapotear en la orilla, humedeciendo su piel negra y escamosa. Parecía cansada. Rose no sabía qué tan lejos estaba Avalon de allí, pero un viaje repentino y a gran velocidad debía haber cansado a Eros.
Suspiró. Para adentrarse en la isla necesitaba despedirse de su dragona. Jamás podría transitar por las rocas con un hébrido negro a cuestas. Si quería pasar desapercibida y contar con la oportunidad de esconderse debía regresar a Eros a Avalon.
"Pero, ¿cómo?" se preguntó a sí misma.
Había hablado en tamérico en aquel momento de extrema presión y sin darse cuenta de ello. Ahora no se sentía capaz de decir nada en ese idioma que no tenía idea de conocer. ¿Cómo hacer que Eros regresara? Rose se acercó a su dragona y la acarició nuevamente.
—Eros, ¿puedes entenderme?— le dijo. —Necesito que regreses a Avalon, en donde estarás segura.
Pero Eros no pareció entender nada de lo que Rose le dijo. Era inútil. Tenía que aprender a controlar sus conocimientos de tamérico. Sin ello jamás podría comunicarse cuando quisiera y cómo quisiera con Eros. Rose suspiró nuevamente y abrazó a la dragona.
—Tendré que dejarte aquí, pero volveré.— le dijo. —Si no me entienes, al menos siente lo que te digo…
Cuando Rose dejó de abrazarla Eros continuó chapoteando en la orilla, contenta. La pelirroja sintió un nudo en la boca del estómago mientras se alejaba de ella y se internaba en la isla. Hubiera no querido dejar a Eros. Tal vez lo correcto era no hacerlo.
"No seas tonta, Rose. Eros es una dragona. Estará bien sola. Lo ha estado todos estos años en Avalon", pensó, tranquilizándose a sí misma.
Y sin embargo no podía dejar de sentirse como una madre que deja abandonada a su pequeña hija en la orilla de una isla pedregosa.
"No es un bebé, es una dragona", se repitió mentalmente.
No tenía sentido preocuparse. Eros pasaba todo el tiempo sola en Avalon. Nadie había logrado lastimarla, ni siquiera acercarse a ella. Eros era sólo mansa y agradable con ella, no con los demás. La llamaban "la bestia" por algo.
El camino era árido y gris. El interior de la isla parecía un laberinto de piedra con caminos sinuosos y torcidos. Ni una sola planta se podía abrir paso entre tanta dureza. Rose avanzó cautelosamente. El Sabio tenía razón: sin alianzas, sin alguien que conociera bien la isla, jamás lograría ubicarse. Las rocas formaban paredes a su alrededor y al frente sólo veía más caminos oscuros. Si Leo Drake tenía razón y todos en aquella isla estaban a favor de Scorpius, lo mejor era pasar desapercibida. Aunque se arriesgara a no encontrar las alianzas que necesitaba. Leo ya se lo había dicho: "No confíes en nadie".
Fue entonces cuando algo saltó frente a Rose y la pegó contra el muro de piedra. Rose intentó gritar, pero la chica que la tenía aprisionada había puesto un cuchillo en su garganta y le tapó la boca con su mano. Rose la miró a unos centímetros: era una chica de tez morena y cabello largo. La pelirroja empezó a respirar de forma agitada.
—Guarda silencio.— le dijo la chica casi susurrándoselo.
Rose le hizo caso. Unos sonidos guturales la petrificaron al instante. Aquel ruido no podía ser humano, y eso la hizo tensarse más contra el muro de piedras. La morena levantó la vista hacia el cielo y Rose la imitó. Sobre sus cabezas cruzó un hombre cubierto por un sobretodo plateado que le cubría el rostro volando sobre una criatura espeluznante. Una vez que hubo desaparecido. La morena soltó a Rose.
—¿Pudiste ver al threstral?— le preguntó ella a la pelirroja.
Rose tragó saliva.
—Sí.— le respondió, todavía atemorizada.
La chica le sonrió cínicamente.
—Así que has visto la muerte.— le dijo.
La pelirroja tragó saliva.
—Mi lechuza explotó frente a mí en mil pedazos.— le dijo.
—Ya.— comentó la morena. —Entonces no has perdido nada verdaderamente importante.
Rose endureció la mirada.
—Cycill era importante.— le dijo.
La morena guardó su cuchillo entre su ropa.
—Mi nombre es Namia.— le dijo, presentándose. — Estoy aquí para ayudarte.
Rose frunció el ceño.
—No entiendo.— le dijo la pelirroja, escéptica.
—La tribu en la que estuviste en Avalon me envió para guiarte.— le dijo Namia. —Nadie en esta isla va a ayudarte, y además, el hombre que viste montado en ese threstral no quiere ser tu amigo precisamente.
Rose tragó saliva.
—¿Quién es él?— le preguntó.
Namia se encogió de hombros.
—No lo sabemos.— dijo la morena.—Estuvo en Avalon hace unos días. Quiso que le diéramos información sobre ti. Evidentemente no es un nativo de ninguna isla, más bien parece ser un hombre de tu mundo, de la ciudad. Creo que pretende lastimarte.— hizo una pausa. —Estamos casi a la mitad de la competencia. Hay muchos que quieren quitarte del camino, Rojo. Por suerte, hay quienes te apoyamos. Así que aquí estoy. Sin mí la Isla de las Piedras sería tu peor pesadilla.
Rose sintió algo de temor instalándose en el centro de su pecho.
—¿Estás segura de que el hombre en el threstral quiere lastimarme?— le preguntó.
Namia esbozó una media sonrisa.
—Cuando estuvo con nosotros nos preguntó cuál creíamos que era tu mayor debilidad.— le dijo la morena. —Le dijimos que ninguna. Que la sangre de fuego y domadora de dragones no tiene debilidades. Él nos dijo: "Todos tenemos una debilidad, y yo encontraré la suya".
Rose guardó silencio y bajó la mirada. Ese sobretodo plateado…No era la primera vez que lo veía. Cerró los ojos y recordó el ataque que recibió en Hogsmeade, cuando Scorpius la protegió y Aarón corrió tras un hombre de túnica plateada.
Y entonces la sangre se le congeló.
15.-
Cuando Scorpius salió del túnel junto a Anuk la luz intensa del sol lo forzó a cerrar los ojos y a ponerse el antebrazo frente al rostro. Poco a poco fue vislumbrando siluetas borrosas de hombres y mujeres que detenían sus labores y se ponían de pie, mirándolos como dos animales extraños.
Anuk soltó un ligero sollozo y corrió a los brazos de una mujer morena que la apretó contra su regazo.
—¡Mamá! ¡Cuánto te he extrañado, Mamá!— exclamó Anuk pegada al cuerpo de su madre.
Scorpius, ya mucho más habituado a la luz, observó a los espinelas que lo miraban con recelo: los hombres eran altos y fornidos, las mujeres de apariencia firme y ágil. Eran muy distintos a los de la tribu que él había conodido en Avalon. Mientras que éstos últimos tenían una apariencia frágil, pacífica y de vida tranquila y sedentaria, los espinelas eran fornidos y de piel tostada por el sol, de facciones recias y miradas felinas. Eran, estaba claro, cazadores, sobrevivientes en aquella isla dura y amenazadora. Transmitían una sensación de fortaleza y de unidad que Scorpius encontró, por su intensidad, amenazante.
"Estas personas podrían matarme sin pestañear y luego continuarían con sus labores diarias como si nada hubiera ocurrido", se dijo Scorpius, comprendiendo de repente cuál era el tipo de gente que lo rodeaba: luchadores precavidos capaces de eliminar a sus enemigos con la misma frialdad con la que se aplasta una cucaracha.
Un hombre alto de piel morena y ojos grandes y pétreos dio un paso delante de su gente.
—¿Quién es este chico, Anuk?— le preguntó.
La castaña se separó de su madre, aún llorosa, y se secó las lágrimas.
—Es Negro, Ozu.— le dijo ella. —Los comerciantes me secuestraron y luego lo secuestraron a él, pero escapamos. Negro salvó mi vida.
Ozu, el hombre de los ojos duros, sonrió de una forma que hizo a Scorpius ponerse interiormente en guardia.
—Así que eres Negro.— dijo el moreno. —¿Cuántos años tienes, chico?
Scorpius contestó con una voz sólida:
—Diecisiete.— le dijo.
—Pero tus ojos y tu cuerpo son los de un hombre.— le dijo, examinándolo. —Un hombre joven, pero un hombre.
Scorpius guardó silencio. Podía sentir cientos de miradas clavadas en él. Trató de imaginar su aspecto actual: estaba empapado por haber cruzado la cascada, quemado por el sol, su ropa estaba sucia y su cabello debía dar la apariencia de una pasta dorada. Podía sentir la suciedad en su rostro, también, aunque era incapaz de verse para corroborarlo. Sin duda parecía lo que era: un fugitivo.
—Debo admitir que cuando me hablaron de Negro imaginé a alguien distinto.— dijo Ozu. —Imaginé a un guerrero hijo de la tierra; no a un lobo de cabellos dorados como el sol y ojos de relámpago. Pareces más hijo del cielo que de la tierra, Negro.
Varios espinelas rieron ante el tono burlón de Ozu. Scorpius se mantuvo impertérrito.
—Necesito llegar al castillo de Jim Sangre.— dijo el slytherin con sequedad y cierta rudeza que se veía compelido a utilizar. —Es por eso que estoy aquí.
Ozu rió.
—Creí que estabas aquí porque escapaste con Anuk de tus secuestradores y no tenías otro lugar a donde ir.— le dijo. —Esta es una isla dura con los extranjeros y está sembrada con sus cadáveres.
Scorpius endureció su mirada.
—Tengo que ir al castillo de Jim Sangre.— le repitió.
Ozu borró la sonrisa de su rostro.
—Llévenlo al hoyo.— les dijo a dos hombres a sus espaldas.
Scorpius retrocedió y estuvo a punto de transformarse cuando una cuerda, rauda y veloz, se enrolló alrededor de su cuello y apretó, cortándole la respiración. Uno de los hombres de Ozu tiró de la cuerda y arrastró a Scorpius por la tierra como si se tratara de un animal a punto de ser sacrificado. Scorpius intentó soltarse de la cuerda, pero cuando acabó a los pies de los hombres de Ozu éstos le prodigaron patadas que lo inmovilizaron y casi le hicieron perder el conocimiento.
—No intentes transformarte, lobo.— le dijo Ozu, sonriente. —O mis hombres tirarán de la cuerda en tu cuello hasta que tu cabeza ruede sobre las piedras.
Lo último que Scorpius sintió fue cómo lo arrastraban y lo dejaban caer en un hoyo de varios metros de profundidad. Arriba la luz era intensa.
Poco antes de perder el conocimiento, escuchó las palabras de Ozu al borde del hoyo, mirándolo desde arriba como a un insecto.
—Queremos apoyarte, Negro.— le dijo. —Pero tendrás que demostrarnos primero que mereces nuestra ayuda en esta competencia. Tendrás que demostrarnos que eres alguien por quien vale la pena luchar.
Y luego todo fue oscuridad.
16.-
El sol empezó a ocultarse y Rose y Namia decidieron acampar en una pequeña gruta que encontraron en el camino. El calor del día se esfumó durante la noche y el frío comenzó a calar en sus huesos. Rose logró mantener, a pesar de no poseer ninguna rama o leño, una llama considerable que las calentó durante unos minutos antes de extinguirse. Dentro de la gruta apenas podían verse la una a la otra, pero permanecieron juntas, y eso les dio una falsa sensación de seguridad.
—Aún no puedes mantener el fuego por mucho tiempo, ¿no es así?— le preguntó la morena.
Rose negó con la cabeza, pero luego se dio cuenta de que su interlocutora no podía verla.
—No, no puedo.— le respondió. —Es muy difícil. Es como mantener la respiración bajo el agua. En cuanto el aire empieza a acabarse es necesario salir a la superficie.
Namia carraspeó.
—Tienes que aprender a controlar tu poder.— le dijo. —Es importante que lo hagas pronto o Negro te tomará la delantera en la competencia.
Rose guardó silencio durante unos breves minutos.
—Ese hombre en el threstral…— comenzó la pelirroja. —Uno igual a él, con la misma túnica plateada, me atacó hace poco, muy lejos de aquí, en una situación completamente distinta.
Namia suspiró.
—Esta competencia no es un juego, Rojo.— le dijo ella. —Hay intereses involucrados. Hay quienes darán su vida porque ganes, y quieres darán su vida por verte perecer. Y debo ser franca contigo: tus enemigos son mucho más fuertes y mucho más numerosos que los de Negro.
Rose se mordió el labio.
—¿Por qué?— se atrevió a preguntarle.
Namia pareció exasperarse.
—¿Cómo que por qué?— le dijo en la oscuridad. —Eres Rojo: eres la sangre de fuego, la domadora de dragones, hija de héroes. Eres la promesa de una hechicera poderosa como ninguna otra: y donde hay poder hay quienes tiemblan poseídos por el temor de ser aplastados. — hizo una pausa y tomó a Rose de la mano. —Debes despertar el poder en ti, Rojo. Porque hay muchos que quieren apagarlo para siempre y no descansarán hasta que dejes de ser una amenaza.
Rose se soltó de Namia.
—No soy poderosa.— dijo la gryffindoriana. —No soy lo que creen que soy.
—Eres lo que dictan las profecías de Morgana le Fay.— dijo Namia.
—¡No soy Morgana!— soltó Rose, cansada y confundida.
—¡Por supuesto que no lo eres!— dijo Namia levantando la voz. —Tu destino es muy distinto al de ella. Tú eres otra, pero eres lo que ella dijo que serías. Eres lo que hemos estado esperando durante siglos. ¿Qué no lo entiendes? Tu destino es mucho más grande de lo que imaginas. El tuyo y el de Negro.
Rose hundió la cabeza entre sus rodillas.
—No entiendo nada de lo que dices.— le dijo. —En tu tribu, cuando estuve en Avalon, me sometieron a un entrenamiento tortuoso…
—Y gracias a él has superado parte de tu miedo al fuego.— le dijo ella. —Que no es otra cosa que tu miedo a ti misma. Yo te vi llegar, aterrada por el fuego que te consumió viva, y te vi salir pudiendo encenderte como una llama humana de pies a cabeza.
Rose calló durante varios minutos. Namia no quiso romper el silencio.
—¿Cómo llegaremos al castillo de Jim Sangre?— preguntó la pelirroja cambiando de tema, en voz muy baja.
Namia suspiró.
—No voy a mentirte: será difícil— le dijo la morena. —Incluso para los nativos de la isla es difícil encontrar el castillo gris, así que para mí, que soy una extranjera, lo será aún más. Sin embargo, sé que está en el centro de la isla. Y sé que esta isla es como un laberinto. De modo que tengo una idea más o menos clara de hacia a dónde avanzar.
17.-
Scorpius abrió los ojos cuando un cúmulo de agua helada cayó sobre su cuerpo. Nuevas cuerdas se enrroscaron alrededor de sus muñecas y de un solo impulso lo levantaron y sacaron fuera del hoyo.
Afuera Scorpius cayó de rodillas sobre la tierra. Ozu y sus hombres lo rodearon.
—¡Negro es de los nuestros, Ozu!— escuchó la voz de Anuk a la distancia. —¡Por favor, déjalo libre!
—No te metas en donde no te han llamado, Anuk.— dijo Ozu y luego clavó sus ojos en Scorpius. —Dinos, Negro, ¿por qué razón deberíamos apoyarte a ti y no a Rojo?
El slytherin notó que todo era oscuridad: la noche ya había caído sobre la isla. Aun mareado y con el frío calando en sus huesos, logró responder:
—Esta es una isla de tierra, no de fuego.— dijo el rubio débilmente, pero con firmeza.
—Nosotros no nos guiamos por afinidades, sino por interés.— dijo Ozu. —Alinearnos en el lado equivocado podría significarnos muchas complicaciones en el futuro. Podría significar el fin de la paz entre las comunidades, tribus e islas.
Scorpius lo miró a los ojos.
—Yo soy tierra y la tierra es lo único que une a todas las comunidades, tribus e islas.— le dijo. —El amor por la tierra, por su tierra; una tierra que es sagrada, que es hogar, que es magia. En mi sangre está el poder de fortalecer estos lazos, no de crear divisiones.
—¿Crees que Rojo creará divisiones?— le preguntó Ozu.
Scorpius negó con la cabeza.
—Yo no puedo hablar por ella.— le dijo. —No creo que ninguno de los dos tengamos esa intención. Ella es inteligente, valiente y generosa.
Ozu rió.
—No deberías estar hablando bien de tu contrincante.— le dijo.
Scorpius esbozó una media sonrisa.
—Me has hecho una pregunta y yo he respondido.— le dijo el rubio. —Para ganar esta competencia no necesito mentir sobre la naturaleza de mi rival.
—¿Sabes lo que la profecía dice de tu rival?— le preguntó Ozu. —Dice que traerá la guerra a nuestra paz, la muerte a nuestra vida.
—Si eso es cierto, ¿entonces por qué dudan tanto en posicionarse a mi favor?— les preguntó Scorpius.
Ozu se inclinó hacia él.
—Porque si Rojo es más fuerte, aunque signifique el fin de la paz, aunque signifique fuego y destrucción, para nosotros será mejor estar de su lado.
Scorpius negó con la cabeza.
—La profecía no dice que ella será guerra y destrucción— dijo el rubio. —Esos son rumores. Yo soy el más fuerte de la competencia. Ella ni siquiera ha conseguido transformarse en una animaga. No está en la isla.
Ozu le sonrió de la misma manera en la que se le sonríe a un niño ignorante.
—Rojo está en la isla desde hace más de 8 horas.— le dijo. —Llegó sobre el lomo de un dragón, lobo. Si quieres nuestro apoyo tendrás que superar pronto esa imagen de poder, porque nosotros, los espinelas, no apoyamos causas perdidas.
Y con esto Scorpius fue nuevamente lanzado al hoyo.
18.-
A primera hora de la mañana Rose y Namia abandonaron la gruta e iniciaron nuevamente su camino. Namia había sido explícita en la necesidad de rodear la zona de los espinelas sin que ellos notaran su presencia. "Cruzar su área sería un suicidio", le dijo a la pelirroja. Aunque el camino rodeando aquella aldea era mucho más largo que cruzándola por la mitad, era mejor no arriesgarse.
—¿Los espinelas son muy violentos?— preguntó Rose.
—Con sus enemigos, sí.— dijo la morena. —La pregunta es, ¿qué crees que seremos para ellos si nos encuentran?
Rose guardó silencio. Había empezado a entender que en muchos sitios no era bien recibida. Era extraño, pero esa sensación de constante rechazo que recibía de algunos grupos y de Ásban la hacían sentirse más insegura que nunca. Empezaba a dudar de sí misma. Todos querían que ganara Scorpius. Tal vez tenían razón en desearlo y ella era incapaz de verlo.
—Tenemos que tener mucho cuidado de no dejarnos ver por los espinelas ni por el hombre del threstral.— dijo Namia. —Escondernos es nuestra mejor arma, no enfrentarlos.
De repente se escuchó, a poca distancia, un rugido que Rose reconoció al instante. Era parecido a un rugido, pero mucho más grave y melancólido. "Eros", pensó, y luego sintió una angustia poderosa en el centro de su pecho embargándola de pies a cabeza. Tembló y cayó al suelo. Namia se arodilló a su lado, preocupada.
—¡Rojo! ¡Rojo, responde! ¿Estás bien?— la zarandeó la morena.
Rose, conteniendo el aire, clavó sus ojos azules, ahora vidriosos, en su compañera de viaje.
—Dovah.— pronunció la pelirroja.
Y entonces se puso de pie como poseída por una repentina fuerza telúrica y corrió.
—¡Rojo, detente!— gritó Namia, quien se apresuró a correr tras ella.
Rose apenas sentía el aire entrando en sus pulmones. Sus piernas saltaban piedras mientras corría a gran velocidad por caminos sinuosos que se iban ensanchando. Sabía exactamente a dónde ir, pero sentía muy dentro de ella que era tarde. Su corazón latía a mil dentro de su pecho. Todos sus músculos se tensaban alrededor de sus huesos y el terror la embargaba a medida que iba acercándose a un peñasco de la isla.
Rose, espantada, se detuvo cuando se vio a sí misma, una pelirroja de ojos azules con una capa plateada atravesando el pecho de Eros con una espada. Todo lo que siguió a eso fue como si hubiera tenido lugar en cámara lenta: los ojos de la Rose falsa se clavaron en los de la Rose verdadera. Se miraron como en un horrible espejo. Eros lanzó un quejido que se fue extinguiendo y cayó, agonizante, contra las piedras. Rose gritó, aunque no supo qué cosa, hasta lastimarse la garganta.
La Rose falsa se fue transformando lentamente en el hombre del threstral. Por primera vez Rose pudo ver sus facciones: largas, puntiagudas y una sonrisa sardónica en su rostro mientras se trepaba nuevamente en su threstral. Si la gryffindoriana hubiera tenido una varita en su mano habría lanzado algún hechizo mortal a aquel hombre, pero sólo corrió hacia él, gritando, de forma infructuosa; cuando ella llegó al peñasco, el hombre ya se había elevado en su threstral y volado lejos de allí hasta desaparecer.
Podría haberla matado. La había tenido en frente, pero ni siquiera había intentado lastimarla. ¿Para qué, cuando ya había asesinado a Eros?
La pelirroja cayó de rodillas junto a su dragona agonizante. La enorme bestia se dejó acariciar por una sollozante y temblorosa Rose que sólo lograba pronunciar repetidamente "No, no, no, no, no, por favor no" como una demente. La gryffindoriana puso ambas manos en la herida sangrante de la dragona, intentando cortar la hemorragia sin ningún resultado. Pronto se vio en un lago de sangre, empapada con el rojo fluido vital de Eros. Los ojos púrpura de la criatura miraron a Rose con ternura mientras la vida se le iba escapando. Ella, temblando, sintiendo cómo todo se rompía en su interior, le sostuvo la mirada a su dragona con dolor, como si creyera que así Eros no se iría, como si pensara que si sus miradas continuaban encontrándose entonces, sólo entonces, la muerte no se atrevería a llevársela. Pero cuando la luz en los ojos de Eros se apagó, Rose supo que la muerte no sabía de afectos, que la muerte no era generosa ni piadosa, y cayó, casi desfallecida, destrozada, sobre el enorme cadáver de su dragona.
Namia, quien había presenciado todo, se acercó con expresión dolida a Rose. La pelirroja estaba inconsolable. Las lágrimas rodaban sin fin por sus mejillas y todo su cuerpo experimentaba espasmos de tristeza mientras yacía sobre la enorme criatura muerta. Namia jamás había visto una escena tan desgarradora como aquella en toda su vida. Rose no parecía siquiera reparar en su presencia, no parecía ver nada a su alrededor, sólo su propio dolor y el cuerpo inerte de Eros.
Namia se atrevió a tomarla por la muñeca.
—Rojo, no sabes cuánto lo siento…— murmuró la morena, afectada. —Pero tenemos que irnos. Ese hombre usó una poción multijugos para transformarse en ti y engañar a Eros. Jamás habría podido aproximarse a tu dragona de otro modo. Eros creyó que eras tú y le dejó acercarse. Y entonces….— Namia hizo una pausa. Rose continuaba llorando y temblando como una niña. —Rose….Los hombres de las capas plateadas quieren lastimarte y son peligrosos. Si nos quedamos aquí…
Rose se soltó bruscamente de Namia y aferró sus brazos al cuerpo sin vida de Eros. Namia jamás había visto tanto dolor en la expresión de alguien y se sintió profundamente conmovida. Los labios de la pelirroja temblaban y la morena tuvo que inclinarse para entender lo que murmuraba: "No, no, no, por favor no".
Namia se humedeció los labios.
—Rojo, tenemos que irnos. Por favor, tenemos que irnos.— le dijo suplicante. —Eros habría dado su vida por protegerte. No puedes exponerte así.
Rose la miró a los ojos por primera vez desde lo sucedido. Namia retrocedió dos pasos: los ojos azules de Rose eran una tormenta.
—Dijiste que venían por mí.— le dijo con una voz lúgubre, quebrada, herida. —Dijiste que querían lastimarme a mí, no a Eros.
—¡Y es así!— exclamó Namia. —¿Qué no lo ves? ¡Tu dragona te hacía difícil de vencer! ¡Tenían que quitarla de en medio!
—Ese hombre pudo haberme lastimado hace unos minutos…— murmuró Rose, aún temblando y dejando caer sus lágrimas sobre Eros. —Pero no lo hizo.
Namia la miró con compasión.
—Claro que lo hizo.— le dijo. —Mírate. Hay muchas formas de herir y de lastimar a alguien. Lo que quieren es que pierdas la competencia y con esto han conseguido debilitarte.— Namia se arrodilló junto a Eros y Rose. —Sentiste que tu dragona estaba en peligro y hablaste en tamérico. Dijiste "dovah", que significa dragón. Eres una domadora de dragones nata, una sangre de fuego, una Dovahkiin. Eros fue tuya al morir. Su alma y la tuya se han fusionado ahora para siempre. Vive en ti, pero con otra forma. —le acarició la cabeza con ternura. —Dovahkiin es el nombre de aquellos que poseen el alma de un dragón muerto. Ahora eres sangre de fuego y corazón de dragón.
Rose cerró los ojos y continuó, bañada en sangre, aferrada al cuerpo de Eros que ya había empezado a perder toda su tibieza.
—Quiero morir.— murmuró la pelirroja ahogada en un llanto incontrolable. —Es mi culpa que esté muerta. Es mi culpa. Soy yo quien debería haber muerto. Quiero morir. Quiero morir. Quiero morir.
Namia, esta vez, sólo se limitó a acariciarla con los ojos húmedos. La imagen era devastadora: Rose sobre el cadáver de su dragón, sollozando sobre la criatura como una niña, vertiendo lágrimas sobre la propia muerte.
Su cabello rojo se confundía con la sangre.
19.-
Scorpuis, desde las profundidades del hoyo en donde lo habían tirado, pudo sentir los rayos del sol y el calor como si estuviera dentro de un horno. Casi sofocado se había quitado la camisa y la había arrojado a un lado con la intención de refrescarse, pero fue inútil. Durante la noche había pasado un frío intolerable y ahora casi anhelaba volver a tirtitar contra la tierra. La Isla de las Piedras tenía climas extremos en un mismo día. Scorpius no tenía idea de cómo los espinelas se habían acostumbrado a vivir así, a la interperie.
Suspiró. Estaba atrapado. Ozu le había dicho lo que necesitaba hacer si quería que lo sacaran de allí: demostrar sus poderes. Los espinelas sólo lo apoyarían si él daba muestras de tener el talento suficiente como para ganar aquella competencia. Eran gente astuta y no perdían el tiempo con juegos.
Scorpius miró la tierra a su alrededor. Ya en Avalon había sido enterrado en un túnel de tierra sin salida y había conseguido manipular la tierra a su favor para que lo expulsara. No sabía bien si podría volver a hacerlo, pero valía la pena intentarlo.
Entonces Rose vino a su mente. Durante algunas horas de la mañana había sentido una angustia y un dolor punzantes en el centro de su pecho. Sabía que habían provenido de la pelirroja y estaba convencido de que algo le había ocurrido. Sin embargo, el sentimiento duró poco, como si se desvaneciera en la distancia por una interferencia. Cada vez se sentían con más interrupciones, como si hubiera una barrera entre los dos que insistía en apartarlos. Si Ozu tenía razón y Rose había llegado a la isla en el lomo de Eros, entonces ella había conseguido invocar a su dragón. Scorpius no podía siquiera imaginar cómo lo había hecho. Debía admitir que estaba sorprendido y en un estado de casi incredulidad respecto a la noticia. Aunque lo cierto era que Rose siempre lo sorprendía con habilidades y aptitudes que jamás creyó que alguien como ella podría tener escondidas bajo la manga. Ella era lo más parecido a una caja de sorpresas que jamás había conocido, todo lo contrario a lo que imaginó al principio, cuando creyó que era una aburrida sabelotodo, mimada y presuntuosa hija de héroes. Su imprevisibilidad era una de las razones por las que se había enamorado de ella.
De repente se dio cuenta de que, a pesar de todo lo que había pasado entre ellos, a pesar de todo lo que ya le había confesado, aún no le había dicho nunca que la amaba.
No había pronunciado las palabras. No las había dejado escapar de su boca.
Sí, estaba enamorado de Rose Weasley, de eso ya no le cabía la menor duda, pero, ¿estaba preparado para decírselo? Ella sabía bien que él la quería, eso había quedado claro entre los dos. Ambos sabían lo que sentían el uno por el otro. Aún así, él jamás le había dicho que estaba enamorado. No había usado la palabra amor en ninguna de sus conjugaciones, en ninguno de sus derivados. Y ahora que pensaba en ello le era sencillo reconocer el por qué: no tenía idea de cómo decírselo. Era frustrante no saber cómo poner en palabras sus propios sentimientos sin que sonaran vacuos, desgastados, sacados de un lugar común o de un manido cliché.
Lo cierto era que tenía miedo de exponer sus sentimientos frente a Rose en una bandeja de plata, como nunca lo había hecho con nadie, y que ella los destrozara. No creía que la pelirroja quisiera lastimarlo a propósito, pero podía llegar a hacerlo con sólo rechazarlo. Cada vez que él se acercaba a ella y Rose retrocedía y lo evadía era como una puñalada en el costado, especialmente cuando estaba el imbécil de Gozenbagh con su barbilla ligeramente partida metiéndose en donde no debía, convirtiéndose en el mejor amigo de Rose, sonriendo por doquier y encantando a todos con su buena educación.
Scorpius jamás había tenido tantos sentimientos encontrados hacia alguien en toda su vida. Por un lado Aarón le parecía un tipo inteligente y sagaz, casi podía verse siendo su amigo en otras circunstancias; ciertamente era valiente ya que se había criado solo y había trabajado más duro que nadie para ser un profesional a los servicios de la Orden con tan solo 21 años, en una ocasión les había salvado la vida a Rose y a él y, debía admitirlo, siempre estaba dispuesto a ayudar y a hacer a un lado los problemas personales —cuando Scorpius lo golpeó en el gran comedor Aarón mintió para defenderlo y evitar una sanción grave—. A pesar de saber que Aarón Gozenbagh era todo eso, sin embargo, estaba claro que se trataba de un sujeto con heridas abiertas y supurantes por lo que les había ocurrido a sus padres, sus intenciones no estaban del todo claras y parecía ser un maestro de la mentira y de las máscaras. Había dos cosas de las que Scorpius estaba completamente seguro respecto al castaño: que tenía sentimientos verdaderos y latentes hacia Rose —probablemente sentimientos no esperados, no planificados e involuntarios— y que estaba ocultando algo. A pesar de todo lo que ya habían descubierto de él, el slytherin estaba convencido de que Aarón aún ocultaba algo con bastante celo, algo que quizás no quería que Rose supiera.
La voz de Anuk lo hizo levantar la mirada hacia arriba del hoyo.
—Hey, Negro— le dijo la castaña. —Siento no poder ayudarte. Ozu insiste en esto y yo…
Scorpius le sonrió. Con el sol iluminándola desde arriba Anuk parecía una niña.
—No te preocupes.— le dijo. —No es tu culpa. Ya encontraré la forma de convencer a los tuyos de que me apoyen.
—Mi gente quiere apoyarte, Negro.— le dijo la castaña. —Si no lo quisieran ya estarías muerto. Sólo necesitan una demostración de tus poderes.
Scorpius asintió.
—Creo que sé lo que debo hacer, pero no sé si me saldrá como espero.— le dijo el rubio. —En todo caso, tengo que arriesgarme.
Anuk suspiró.
—No tiene que ser nada maravilloso.— le dijo. —Ozu sólo quiere que le demuestres que eres de tierra, que en verdad eres de los nuestros.
Scorpius aún recordaba cómo había conseguido manipular la tierra en Avalon para encontrar la salida de aquel túnel en el que el padre de Hyorin lo había encerrado. Había tenido primero que estar en peligro de muerte, en una situación crítica en la que había empezado a acabársele el oxígeno, antes de encontrar la conexión que necesitaba tener con la tierra para manipularla. Tal vez si reproducía esas mismas condiciones lograría darle a Ozu una prueba inolvidable.
O tal vez moriría en el intento.
20.-
Desde lejos el cuerpo de Eros bajo las brasas parecía una enorme fogata. Rose pasó horas observándola, manteniendo el fuego vivo mucho más tiempo de lo que jamás había conseguido. Namia permaneció a su lado. Le había costado aceptar la decisión de Rose de quemar el cuerpo del hébrido negro puesto que temía que el humo llamara la atención de espinelas, hostiles o que el mismo hombre del threstral regresara. Sin embargo Rose se mantuvo firme. "Una criatura de fuego merece un funeral de fuego", fue todo lo que pudo pronunciar la voz debilitada y herida de la pelirroja. Primero pasaron largas horas allí, junto al cadáver de Eros, hasta que Rose vertió todas las lágrimas que su cuerpo le permitió verter. Namia la vio, entonces, despegarse del cuerpo de la dragona como si se estuviera arrancando alguna parte vital de su cuerpo. No se secó las lágrimas. No se limpió la sangre. Sólo dijo: "Una criatura de fuego merece un funeral de fuego".
Y Namia no se atrevió a contradecirla.
Rose encendió a Eros lentamente, como si quisiera que las llamas la acariciaran mientras comenzaban a danzar sobre sus escamas negras. Poco a poco Eros se convirtió en una bola de fuego. Namia tuvo que tomar distancia pues las llamas eran intensas y amenazaban con quemarla a unos metros, pero Rose se quedó cerca, y aunque las llamas de repente intensificaban su fuerza y la alcanzaban, la pelirroja no sufrió daño alguno.
Era, después de todo, su propio fuego.
Así ardió Eros durante horas y la tarde fue silencio interrumpido por el crepitar de las llamas sobre el cuerpo de una dragona. Namia no quiso acercarse a Rose sino hasta que la hoguera fúnebre fue amainando. Sólo cuando las llamas fueron extinguiéndose dejando un cúmulo de cenizas, caminó hacia la pelirroja y se colocó a su lado.
—En verdad lo siento mucho.— dijo Namia, conmovida.
Rose ya no lloraba, pero su mirada parecía la de un pájaro herido.
—Zu Dovahkiin zeim Eros.— dijo ella con naturalidad, pero Namia no pudo comprender nada (apenas conocía un par de palabras en tamérico) — Zeim ek zahrahmiik. Faal brendon zu unt yah.
—Rojo…yo…— intentó decir Namia, pero Rose, sin mirarla, le tradujo:
—Soy Dovahkiin a través Eros.— dijo la pelirroja. — A través de su sacrificio. Y ahora tengo que buscar al espectro.
Namia frunció el ceño.
—¿Qué espectro?— le preguntó.
—El hombre del threstral.— le dijo. — Viing dinok do Eros dreh gastak: La muerte de Eros debe ser vengada.
Namia la miró a los ojos.
—Si vamos tras el hombre de capa plateada perderemos tiempo. Tu meta es encontrar el castillo gris.
Rose la miró como si Namia fuera incapaz de comprender nada.
—Hay cosas más importantes que una prueba.— dijo la pelirroja, dolida. —Eros es más importante para mí que esta prueba.
—Rojo, ese hombre es peligroso.— le dijo.
—Zu alun bahlok, funet.— dijo Rose, e inmediatamente tradujo: —Yo también soy peligrosa, dicen.
Namia suspiró.
—De acuerdo.— le dijo. —Mi deber aquí es guiarte y permanecer a tu lado para ayudarte. Si quieres perseguir al hombre del threstral, es eso lo que haremos.— hizo una pausa. —Pero, ¿puedo saber qué piensas hacer cuando lo encuentres?
Rose se mantuvo quieta, con los ojos fijos en las cenizas de Eros.
—Tengo un plan.— le dijo.
Namia vio a Rose encaminarse hacia las cenizas del hébrido negro e inclinarse frente a ellas. Con las manos aún manchadas de sangre, la gryffindoriana apartó las cenizas como si quisiera desenterrar algo escondido debajo de ellas. Namia la vio hurgar con delicadeza y, de repente, extraer una piedra grande y azul que la morena reconoció de inmediato:
—El corazón de Eros…— murmuró Namia, impresionada. —¡El fuego lo ha convertido en una piedra!
Rose, con el corazón de Eros entre sus manos como si se tratara de un objeto precioso e irremplazable, dejó que una nueva lágrima corriera por sus mejillas:
—Dovahgolz.— murmuró y tradujo para Namia: —La piedra del dragón.
21.-
—Hmmm— dijo Anuk con timidez. —Ozu.
Ozu, quien afilaba un cuchillo largo y grueso, la miró por encima del hombro.
—¿Qué quieres?— le preguntó. —Si vienes a interceder por…
—No vengo a interceder por Negro.— dijo Anuk con sencillez. —Creo que Negro está listo para hacernos a todos una demostración. Me lo dijo. Pero necesita ayuda.
Ozu miró a Anuk sorprendido.
—¿Qué clase de ayuda?— preguntó el moreno.
Anuk negó con la cabeza.
—No lo sé.— le respondió. —Quiere hablar contigo.
Ozu miró su cuchillo y bufó. Se lo guardó cerca de la cadera poco después de ponerse de pie. Ante los ojos de muchos interesados y curiosos caminó hasta el hoyo en donde estaba abandonado Scorpius.
Ozu se colocó al pie del agujero.
—Anuk dice que estás listo para hacernos una demostración, Negro.— le dijo. —Espero que sea cierto, porque tu tiempo está empezando a agotarse al igual que mi paciencia.
Scorpius se puso de pie y clavó sus ojos grises en un Ozu que brillaba por la luz del sol.
—Estoy listo.— le dijo el slytherin. —Pero voy a necesitar que tus hombres hagan algo por mí primero.
Ozu esbozó una media sonrisa de incredulidad.
—Parece ser que aún no comprendes que no estás en posición de pedirnos nada, lobo.— le dijo.
Scorpius no cortó el contacto visual.
—Si no accedes a mi petición no podré darles lo que quieren.— dijo el rubio. —Sin lo que pienso pedirles será imposible hacerles una demostración de mis poderes. Créeme: valdrá la pena.
Ozu se cruzó de brazos y guardó silencio durante algunos segundos.
—De acuerdo, lobo.— le dijo. —¿Qué es lo que quieres?
Scorpius esbozó una media sonrisa que sorprendió a Ozu, especialmente después de escuchar su petición:
—Necesito que me entierren vivo.
22.-
El sonido gutural del threstral acercándose le anunció a Rose que había hecho lo correcto. Durante horas había recorrido junto a Namia las áreas más descubiertas y desprovistas de escondites como un ratón buscando al gato. Hubo momentos en los que creyó que el hombre de capa plateada no aparecería, que una vez cometido su crimen, y con él alcanzado su objetivo de debilitarla dentro de la competencia, habría abandonado la isla. Pero se obligó a continuar porque sentía muy dentro de ella que el asesinato de Eros había sido sólo la continuación de numerosos ataques que seguirían teniendo lugar con el fin de atemorizarla. Primero había sido Cycill, luego el incidente en Hogsmeade y ahora Eros. Rose sabía que aquella pesadilla estaba muy lejos de terminar.
"No se detendrán hasta que abandone la competencia", pensó Rose, y fue entonces cuando escuchó al threstral.
Rose levantó la mirada y en el cielo vio al jinete de capa plateada descendiendo amenazadoramente hacia donde ella y Namia se encontraban.
Rose no lo pensó dos veces: cuando el threstral estuvo lo suficientemente cerca del suelo la pelirroja elevó un muro de llamas intensas que alcanzaron a la criatura —desde la muerte de Eros el fuego de Rose había cobrado mayor potencia—. El threstral chilló y el jinete se desestabilizó cayendo sobre la tierra pedregosa.
En menos de dos segundos una bola de fuego cayó cerca de él y formó un círculo a su alrededor, encerrándolo en una prisión de ardientes llamas.
Mientras Namia espantaba al threstral con su cuchillo —no era necesaria la precaución puesto que la criatura no parecía tentada a acercarse al círculo de fuego—, Rose se acercó al círculo que empezaba a asfixiar al asesino de Eros y lo miró con los ojos húmedos.
—¿Quién te envió?— le preguntó con firmeza. —¿Quién los envió a todos, al que mató a Cycill, al que me atacó en Hogsmeade, a ti?
El jinete rió sardónicamente.
—No voy a darte ninguna información, niña.— le dijo. —No obtendrás nada de mí.
Rose mantuvo su expresión apagada.
—Obtendré todo de ti.— le dijo la pelirroja. —Sólo que aún no lo sabes.
Rose intensificó las llamas y el hombre gritó y tosió con fuerza.
—¿Quién los envió?— repitió la pelirroja sin un tono definido. —¿Por qué me siguen? ¿Por qué quieren sacarme de la competencia? ¿Bajo las órdenes de quién operan?
El hombre volvió a reír, aunque su cuerpo entero temblaba por el terror que le producían las llamas.
—Estás perdida, niña.— le dijo. —No vas a ganar esta competencia. Como yo hay muchos otros. Yo de ti me retiraría voluntariamente antes de que salgas realmente herida de todo esto.
Rose se mantuvo firme como una estatua.
—Ya estoy herida.— le dijo, y clavó sus ojos azules en uno de los pies del hombre.
Pronto el pie del jinete se vio envuelto en fuego.
Los gritos del asesino de Eros se extendieron por el lugar, gritos desgarradores de dolor que desaparecieron en cuanto Rose extinguió la llama. El pie casi carbonizado del jinete permaneció inmóvil, pero el resto de su cuerpo temblaba y se encogía.
Rose repitió su interrogatorio:
—¿Quién te envió?— le preguntó.
El hombre, ahogado en dolor, alcanzó a sonreírle antes de despedirse:
—Adiós, hija de las llamas.
Y después de dos cortos espasmos dejó de respirar.
Namia corrió hacia Rose mientras que el círculo de fuego desaparecía.
—Yo no lo maté.— dijo la pelirroja angustiada.
—No fuiste tú.— dijo Namia acercándose al cadáver. —Fue él mismo.
Rose vio cómo la morena extraía de los labios entreabiertos del jinete una pequeña cápsula rota. Temblando por el miedo y la frustración, la pelirroja se dejó caer al suelo de rodillas, y se permitió llorar otra vez.
—Se envenenó.— dijo Namia examinando la cápsula. —Están mejor organizados de lo que pensé. — miró a Rose, quien había vuelto a derrumbarse. —Rojo: tienes que ser valiente y mantenerte en pie. Ahora más que nunca.
Rose respiró hondo y se secó las lágrimas.
—Creí que podría extraerle la información que necesitaba.— dijo en voz baja. —Pero sigo igual que al principio: no sé quién está detrás de esto y mientras eso siga siendo así voy a seguir perdiendo cosas importantes en mi vida.
—Quieren que tengas miedo de continuar.— dijo Namia.
—Y lo están consiguiendo.— dijo Rose, aún de rodillas.
La morena la miró con dureza.
—Rojo: levántate.— le dijo en un tono tan resoluto que Rose tuvo que mirarla a los ojos. —No tienes derecho a tener miedo y no tienes derecho a derrumbarte. Si lo haces, habrás traicionado a Eros, a tus poderes, y a todos los que estamos apoyándote contra viento y marea. Si abandonas la competencia el verdadero asesino de Eros, el mismo que ha enviado a los hombres de capa plateada tras de ti, habrá ganado. Y eso no puedes permitirlo.
Rose tragó saliva y cerró los ojos. "Eros, Eros, ¡oh, por Merlín, es mi culpa que haya muerto!", pensó. Y con la fuerza que le dio su sentimiento de culpa y su propio dolor, se puso nuevamente de pie.
—Tienes razón.— dijo con suavidad la pelirroja. —No tengo derecho a nada. Ni siquiera tengo derecho a claudicar. Hubo un tiempo en el que pude haberme retirado. Ese tiempo no volverá.
Namia la miró con ternura.
—Todavía eres una niña que no alcanza a comprender su destino, pero que se ve arrastrada por él.— le dijo. —Llegará el día, Rojo, en el que te dejes llevar por la corriente. Y entonces entenderás.
Rose bajó la mirada al suelo. En el bolsillo de su pantalón el corazón de Eros le acarició la piel como un cálido aliento.
23.-
Al principio, cuando la tierra apenas le llegaba a las pantorrillas, Scorpius no estaba nervioso. De pie podía ver cómo la luz entraba por la boca del hoyo y cómo varios brazos empujaban con palas cúmulos de tierra que a veces le caían sobre la cabeza. El slytherin recibió esa tierra como si fuera un manto acariciándole el cuerpo y la respiró hondo, permitiendo que el olor a humedad, hierbas y vida le entrara en los pulmones.
Sólo cuando la tierra le inmovilizó la mitad del cuerpo, enterrándolo de la cintura para abajo, Scorpius empezó a ponerse nervioso. Era curioso: sentía sus piernas pero no podía moverlas porque la tierra las abrazaba con firmeza. Así, sin poder moverse, imaginó estar muerto de cintura para abajo y supo que aquello no era un juego, que lo estaban enterrando y que pronto no podía moverse en lo absoluto, que tendría que hacer que la tierra lo escupiera porque él mismo, por su propia cuenta, no podía alcanzar el exterior.
Cuando la tierra le llegó a la barbilla Scorpius tuvo miedo.
Cerró los ojos mientras los espinelas continuaban enterrándolo. Dentro de pocos segundos su nariz estaría bajo tierra y tendría que luchar por su vida. Si no conseguía manipular la tierra, moriría. Se la estaba jugando a todo o nada. Así, con los ojos cerrados, vio la imagen nítida de Rose sonriéndole. Sus ojos azules estaban más puros que nunca y sus rizos rojos eran el mismo desastre inflamado de siempre. Vivir tenía sentido si era para volver a hundirse en ese cabello caótico de aroma salvaje. Y con sólo ese pensamiento Scorpius supo que deseaba vivir como nunca lo había deseado antes. La monotonía de toda su juventud, el aburrimiento en el que se había visto la mayor parte de su vida subsumido, había desaparecido desde que Rose había entrado en su vida.
Amar a alguien, quizás, provocaba a su vez un amor renovado hacia la vida misma. Scorpius no lo sabía. Lo único que tenía claro era que por primera vez tenía miedo del riesgo que estaba tomando, tenía miedo de morir, pero no por la muerte en sí misma, no porque estuviera asustado ante la probabilidad del dolor ni de lo que pudiera pasarle, sino porque morir significaba no volver a estar con Rose. La posibilidad de que eso sucediera lo hacía sentirse asfixiado.
Y fue precisamente eso lo que sintió cuando la tierra cubrió abruptamente toda su nariz. Tuvo tiempo para agarrar aire y llenar sus pulmones. En cuestión de segundos la luz desapareció y su cabeza estuvo completamente bajo tierra. Trató de concentrarse. Ya había estado en Avalon en una situación similar, aunque no del todo parecida: nunca antes había estado sepultado, sin posibilidad alguna de respirar, inmovilizado por la densidad de la tierra. Tenía que confiar en sus instintos. Tenía que permitir que la tierra se conectara con su cuerpo como había ocurrido en Avalon.
Debía entregarse a su propia magia.
Afuera Anuk miraba, angustada, cómo el hoyo había desaparecido y sólo quedaba la planicie de una tierra recién removida. Aterrada ante la posibilidad de que todo aquello saliera mal miró a Ozu: el moreno tenía sus ojos clavados en la tierra, fijos, atentos, expectantes. Los demás espinelas parecían, por el contrario, aburridos.
—¿Cuánto tiempo puede una persona aguantar sin respirar?— preguntó Anuk a Ozu.
El moreno ni siquiera se dignó a mirarla.
—No lo sé.— le dijo. —Supongo que depende de cada persona. Esperaremos un minuto más y si no ocurre nada sacaremos el cadáver del chico.
Anuk miró con los ojos húmedos a su líder.
—¡No puedes hacer eso!— exclamó. —¡No puedes dejar que muera!
Ozu la miró enfadado.
—Niña tonta.— le dijo. —¿Te salva la vida un extranjero de cabellos de oro y ojos de plata y te enamoras de él? Jamás serás la clase de chica que salga con lobos de ciudad.
Anuk negó con la cabeza.
—No es amor, no entiendes nada.— le dijo algo ruborizada. —No tienes idea de lo que es la lealtad.
—¡Anuk, pídele disculpas a Ozu!— exclamó la mamá de la castaña. —¡No puedes hablarle así a tu líder!
Ozu clavó sus ojos oscuros en Anuk.
—Veo que ser secuestrada te volvió insolente.— le dijo el moreno. —Sé más de lealtad que tú y ese chico juntos. Soy el líder de un pueblo entero al que le he dedicado mi vida. Sé de lealtad y de sacrificios. Sé de responsabilidad. Sé de honor. Sé de tradición. Pero sobre todo sé de lealtad, y así como sé en donde la tengo puesta sé en donde no tengo que ponerla. Y no arriesgaré a nuestra gente a apoyar a un primerizo sin antes estar seguro de sus capacidades.
—¡Pero…!
Anuk no terminó de hablar. Bajo sus pies y los de todos los espinelas la tierra empezó a temblar. En los rostros de todos se vio reflejado el espanto cuando el temblor se asemejó a un terremoto: el rugido de la tierra. Ozu, desconcertado, clavó los ojos en la tierra recientemente removida, justo en donde hacía unos minutos había un agujero. La tierra justo en ese sector palpitaba y se levantaba ligeramente, como si se tratara de un pecho respirando, enviando descargas por todo el suelo del sector.
—¡Por Merlín!— exclamó una espinela cuando vio, impactada, cómo varias rocas que rodeaban la aldea comenzaron a resquebrajarse y a partirse en dos.
—¿¡Qué diablos…?!— comenzó Ozu, pero no terminó. Sus ojos vieron cómo la tierra removida se levantó en una pequeña montaña y poco a poco fue cayendo, descubriendo el cuerpo de Scorpius, quien permanecía con los brazos abiertos y los ojos cerrados, absolutamente concentrado mientras su cuerpo entero temblaba igual que la tierra misma.
Anuk, aunque asustada por el continuo movimiento del suelo, sonrió aliviada al ver a Scorpius. En los antebrazos del rubio se empezaron a dibujar unas raíces negras. Cuando el slytherin abrió los ojos la castaña se sobrecogió: el gris había desaparecido y en su lugar sólo había negro.
Ozu, boquiabierto, vio cómo Scorpius se inclinó en el suelo y clavó sus dedos en la tierra. Ante las miradas de asombro de los espinelas creció, justo al lado de los dedos anclados de Scorpius, un árbol. Primero fue pequeño, pero lentamente el tronco fue ensanchándose y las hojas reverdecieron. Docenas de ramas fueron abriendo el árbol hacia el cielo. Anuk comenzó a llorar sin darse cuenta: nunca había visto algo tan hermoso en toda su vida. Los espinelas no habían visto un árbol jamás. Nativos que habían viajado a otras islas les habían contado cómo eran los bosques y sus plantas, pero hacía mucho que perdieron la esperanza de conocer algo como aquello en su propia isla. Tal vez por eso cuando el árbol creció lo suficiente y Scorpius sacó sus dedos de la tierra y todo dejó de temblar, los espinelas guardaron silencio y miraron, conmovidos, la manifestación de vida y de esperanza que había crecido justo en el medio de su aldea.
Ozu, casi sin voz, dijo:
—Hace más de un siglo que no se ha visto vegetación alguna en esta isla.— luego miró a Scorpius, quien temblaba, agotado, junto al árbol, y le sonrió. —Está bien, Negro. Lo has demostrado todo. Los espinelas estaremos, de ahora en adelante, contigo hasta el final.
El sol brillaba en lo más alto y Scorpius se permitió cobijarse bajo la sombra de su propia creación.
24.-
Después de enterrar el cuerpo del hombre de capa plateada —Rose había insistido en hacerlo: "todos merecen respeto al morir, incluso los asesinos", le había dicho a Namia— las dos chicas habían retomado el camino que creían correcto hacia el castillo gris. La tarde era calurosa y asfixiante, pero no se detuvieron ni un minuto a descansar. La sangre de Eros se había secado encima de Rose y Namia notó que la pelirroja la llevaba encima como un traje de luto. Había tenido más de una oportunidad de limpiársela el pequeños lagos o estanques que habían encontrado en el camino, pero la gryffindoriana apenas se había acercado al agua. Namia tuvo la impresión de que si le hubiera sugerido que se limpiara la sangre de encima, Rose lo habría tomado como una ofensa.
"Ya lo hará cuando se sienta preparada para ello", pensó la morena.
Mientras avanzaban, Rose volvió a sacar el tema del jinete del threstral.
—El hombre que me atacó en Hogsmeade también se suicidó.— le dijo a la morena con la voz aún afectada por todo lo sucedido. —¿Por qué harían algo así?
Namia suspiró.
—Para evitar decir la verdad en caso de que los torturen.— dijo la morena. —Ya te dije que estos hombres están muy bien preparados. Son profesionales. Quien esté detrás de ellos es una persona con influencias.
—La versión oficial es que esos hombres trabajan para Exus.— dijo Rose. —La versión oficial dice que mataron al cuarto miembro de la Orden, Gothias, y que ahora intentan atemorizarme para que abandone la competencia y así continuar con su labor de desestabilizar a la Orden.— la pelirroja tragó saliva. —Pero la versión oficial es una mentira.
—Lo sabemos.— dijo Namia. —Todos lo sabemos.
Rose miró a su compañera.
—Gothias se suicidó porque me entregó algo y se arrepintió de hacerlo. — dijo la pelirroja. —Porque creyó que había cometido un gravísimo error. Exus no estuvo detrás de su muerte. Y por eso me cuesta creer que estén detrás de estos hombres de capa plateada.
Namia se encogió de hombros.
—No sabemos mucho sobre Exus. Salvo que sus miembros se alojaron un tiempo, hace muchos años, en Avalon.
Rose miró a Namia con verdadera sorpresa.
—¿Los miembros de Exus, los ex convictos, estuvieron en Avalon?— preguntó, incrédula.
Namia asintió.
—Estuvieron escondiéndose en una zona muy peligrosa de la isla, donde habitan las bestias, en las profundidades.— dijo la morena. —No teníamos trato con ellos. Eran tres hombres pálidos y lúgubres.
Rose guardó silencio durante unos segundos. Su rostro se pintó de tristeza.
—Yo…— comenzó la gryffindoriana. — Yo torturé a ese hombre, al jinete del threstral, ¿no es cierto?
Namia miró a Rose con perplejidad.
—Rojo: tú no tienes la culpa de la muerte de Eros y ciertamente no tienes la culpa de que ese hombre se haya suicidado.
Rose se humedeció los labios secos, confundida y apesadumbrada.
—Quemé su pie.— murmuró avergonzada. —Lo hice sufrir con la intención de que me dijera la verdad. Él se mató para no tener que decírmela. Para que el dolor que yo estaba inflingiéndole no lo hiciera decírmela.
Namia detuvo su andar y enfrentó a Rose, mirándola a los ojos.
—Eres muy inocente, muy pura, Rojo, así que lo que voy a decirte quizás no vaya a sonarte reconfortante, pero creo que es necesario que te vayas acostumbrando a la cruda realidad.— le dijo la morena. —Ese hombre al que le quemaste el pie era el mismo que tomó tu identidad y mató sin piedad a una criatura a la que amabas. El mismo hombre que bajó con su threstral hacia ti dispuesto a lastimarte de una nueva manera. Sí, quemaste su pie y el desgraciado se suicidó, pero eso no te hace una torturadora. El mundo está mejor sin él.
Rose la miró con los ojos húmedos.
—¡Pero yo lo torturé!— exclamó, atormentada. —¡Yo le hice daño!
Namia endureció su expresión.
—Nunca le has hecho daño a nadie, ¿no es así?— le preguntó la morena y Rose negó con la cabeza. —Apuesto que de donde vienes te enseñan que es preferible amputarse una mano antes que herir a otro.— dio un paso hacia la pelirroja, cortando la distancia. —Ese altruismo es el que hace que personas con tu educación mueran en islas como estas. Escúchame bien, Rojo: ese hombre al que enterramos te hizo daño a ti primero mucho antes de que tú se lo hicieras. El daño que le inflingiste no puede compararse con lo que él te hizo y con lo que le hizo a Eros. No hiciste nada incorrecto. Los criminales son otros, no tú. Tú eres sólo una víctima que se dejó llevar por el momento.
Rose bajó la mirada y se miró las manos. Aún tenían rastros de la sangre de Eros.
—A veces…— comenzó la pelirroja. —A veces tengo miedo de las cosas que hago. A veces tengo miedo de ser lo que todos dicen que soy.
Namia le acarició la mejilla derecha con afecto.
—Todos tenemos algo de luz y algo de oscuridad dentro de nosotros, Rojo.— le dijo la morena. —Creo que tienes miedo de descubrir que no eres sólo luz, pero la única forma de conocerte a ti misma es hundiéndote en tu propia oscuridad, conociéndola, y luego emergiendo de vuelta a la luz para mantenerte en ella con más firmeza que nunca. Lo importante no es qué tan negra sea tu oscuridad, sino qué tanto control tienes sobre ella. Lo importante, Rojo, es que escojas la luz. —Namia le sonrió. —No dejes que otros te digan quién eres. Nadie sabe tanto de ti y de lo que hay en tu interior como tú misma. Atrévete a mirarte por dentro. Quizás te sorprendas.
Un ruido claro y preciso proveniente de las inmediaciones las obligó a callar y a ponerse en guardia. Rose miró a su alrededor con temor: por doquier sólo habían rocas.
Un nuevo ruido a sus espaldas las hizo voltearse rápidamente. Un sombra emergió de una roca gigante.
Namia se puso enfrente de Rose, protegiéndola, y la pelirroja clavó sus ojos azules en la silueta de un pirata que reconocía a la perfección.
—¿Qué haces tú aquí?— soltó Rose, sorprendida.
Leo Drake le sonrió.
—Sí, yo también te extrañé, cabeza de tomate.— la miró de arriba abajo. —Estás echa un desastre, ¿te lo habían dicho? —la inspeccionó con mayor detalle. —Por todos los mares, ¿es eso sangre?
Namia miró a Rose.
—¿Lo conoces?— le preguntó.
Rose se encogió de hombros.
—Sí.— le respondió. —Aunque no lo parezca, somos amigos.
—Amigos íntimos.— dijo Leo, sonriente y extendiéndole la mano a Namia. —Mucho gusto. Soy Leo Drake.
—Namia.— dijo la morena no con demasiado interés.
Rose se acercó a Leo.
—¿Qué estás haciendo aquí?— le volvió a preguntar.
El moreno se rascó la cabeza.
—Creí que necesitarías ayuda y decidí postergar mi viaje.— dijo Leo con despreocupación. —Vi a tu dragona volar hacia el interior de la isla, sin ti. Un hombre extraño en un threstral la siguió.
Rose bajó la mirada y su rostro volvió a teñirse de tristeza. Namia entornó los ojos y se dirigió a Leo:
—Ese hombre del threstral mató a Eros.— le explicó.
—Oh.— dijo el moreno. —Así que de ahí viene la sangre.
Rose le dedicó una mirada de reproche y Leo se aclaró la garganta, incómodo.
—Lo siento, cabeza de tomate,— le dijo el pirata, no demasiado acostumbrado a darle el pésame a nadie. —Traté de advertírtelo. Por eso estoy aquí. Porque supe que mis advertencias no serían suficientes para hacerte entender el peligro que corres en esta isla.
Namia se puso entre Rose y él.
—Rojo ya tiene quien la proteja, así que puedes irte por donde viniste.— le dijo.
Leo levantó una ceja.
—Pero tú eres una chica.— le dijo. —No veo cómo puedas proteger a cabeza de tomate siendo tan pequeña.
Namia miró con ojos furiosos a Leo.
—¡Pues tú no eres muy fornido que digamos!— le soltó y luego miró a Rose. —¿Es así de irritante siempre?
Rose asintió.
—Siempre.— le dijo.
Todo parecía indicar que Namia y Leo se hundirían en una disputa por quién estaba más capacitado para guiar a Rose dentro de la isla cuando un nuevo ruido, esta vez del otro lado de donde se encontraban, volvió a silenciarlos.
Antes de que Rose pudiera ver o decir algo, Leo la tomó entre sus brazos y le tapó la boca con su mano para que no gritara mientras se escondía con ella tras una roca.
En cuestión de segundos al menos ocho espinelas rodearon a Namia y la asieron con cuerdas.
—¿Con quién hablabas, extranjera?— le preguntaron mientras echaban una mirada por los alrededores.
—Sola.— mintió Namia. —Estaba pensando en voz alta.
—Mientes.— le dijo uno de los espinelas. —Escuchamos una voz masculina.
Rose intentó soltarse de Leo, gritar, hacer algo para regresar con Namia y ayudarla, pero no lo consiguió: Leo la tenía muy bien sujeta. Pensó en enceder fuego y forzarlo a soltarla, pero entonces comprendió que si lo hacía lo estaría condenando a él también a caer en las manos de los espinelas y, además, lo estaría hiriendo. Y después de todo lo que Leo había hecho por ella no se sentía capaz de traicionarlo de ese modo.
—Olvídalo, Tewy.— le dijo uno de los espinelas a su compañero. —Si había alguien más con ella, ya se ha ido.
—Hay que llevarla con Ozu.— dijo uno de los hombres. —Él sabrá qué hacer.
Rose escuchó cómo los hombres se llevaban a Namia y cerró los ojos, aferrada a los brazos de Leo, mientras el silencio lentamente se fue restaurando.
Sólo cuando no hubo ni rastros de la presencia de los espinelas Leo se atrevió a soltarla.
La pelirroja lo miró alterada.
—Tenemos que ir por ella.— dijo mientras daba vueltas de un sitio a otro. —La van a llevar a la aldea de los espinelas. Tienes que decirme cómo llegar. O da lo mismo. Los seguiremos. No deben estar muy lejos de nosotros.
—Detente.— le dijo Leo con una seriedad inusual en él. —Olvídate de ella. No hay forma de que podamos rescatarla. La han atrapado, es muy tarde.
Rose lo miró con incredulidad.
—¡No voy a dejarla, Leo!— exclamó ella. —Ella vino hasta aquí por mí, para ayudarme. No voy a abandonarla. No soy esa clase de persona.
—No me interesa discutir qué clase de persona eres o no, cabeza de tomate.— le dijo Leo. —Yo también estoy aquí en esta isla del diablo sólo por ti, recuérdalo. No es algo que hago muy amenudo: romper mis planes y venir en busca de una irresponsable e ingenua niña pecosa de ciudad para salvarla.
—Yo no te pedí que vinieras.— le dijo la pelirroja y luego suspiró. —Leo, te agradezco toda la ayuda que me has prestado, en verdad lo hago. Pero entiende que no puedo abandonar a Namia. No puedo hacerlo.
Leo la miró con incredulidad.
—¿Vas a arriesgar tu vida, tu posición en la competencia, la prueba entera sólo para salvar a una chica que apenas conoces?— le preguntó.
Rose levantó ligeramente el mentón.
—Tú también has venido aquí, arriesgando tu vida por una chica a la que apenas conoces.— le dijo ella. —Lo mismo que hago ahora por Namia lo haría por ti.
Leo bajó la mirada y Rose lo vio, por primera vez, como un niño. Se acercó a él y le puso una mano en el hombro con delicadeza.
—No tienes que venir conmigo.— le dijo Rose. —Regresa a tu barco, con los tuyos. Ya has hecho demasiado por mí. No voy a pedirte que me acompañes, pero iré por Namia de cualquier forma.
La pelirroja se puso de puntitas y besó fraternalmente la mejilla de Leo. Él se tensó de pies a cabeza y abrió los ojos al máximo, sorprendido.
—Ha sido fantástico haberte conocido, Leo Drake.— le dijo mientras le daba la espalda y se encaminaba tras los pasos de los espinelas.
Leo bufó y cerró los ojos con fuerza, maldiciéndose a sí mismo, durante varios segundos. Luego estalló:
—¡Espera, cabeza de tomate!— le gritó, corriendo hacia ella.
Rose se volteó y lo miró unírsele.
—Si quieres que sigamos a los espinelas al menos tendremos que hacerlo de la forma correcta, o notarán que los estamos siguiendo.— le dijo y luego murmuró por lo bajo. —Sé que me arrepentiré de esto.
Rose le sonrió con gratitud y decidió seguirlo en silencio.
La isla nunca le había parecido tan similar a una trampa.
25.-
—Necesito llegar al castillo gris.— dijo Scorpius.
Ozu sonrió.
—Ya veo.— se limitó a decirle.
Después de la demostración del slytherin los espinelas habían empezado a tratarlo diferente. Ozu mismo lo había invitado a comer con él en una de las tiendas. Luego de haber saciado su sed, Scorpius devoró lo que parecía ser una corvina sin apenas pronunciar una sola palabra. Sin embargo, en cuanto acabó de comer, retomó el tema que le interesaba.
—Anuk se ofreció a llevarme.— dijo el rubio.
—Anuk no puede hacer nada sin mi consentimiento.— dijo Ozu.
Scorpius clavó sus ojos grises en el líder de los espinelas.
—Hice lo que me pediste.— le dijo.
—Y quisiera saber cómo lo hiciste.— le dijo el moreno. —¿Te diste cuenta de que tus antebrazos se pintaron con raíces negras?
Scorpius, instintivamente, se miró los antebrazos: parecían normales.
—No.— respondió el slytherin. —No me di cuenta de eso.
—Bueno.— le dijo Ozu. —Cuando estabas haciendo lo que hiciste se dibujaron raíces negras en tus antebrazos. Lo que quiero saber, por curiosidad, es cómo hiciste temblar la tierra y cómo hiciste crecer ese árbol.
Scorpius cerró los ojos un breve instante y suspiró.
—No lo sé.— le dije. —Sólo me concentré en los latidos de la tierra.
—Esta tierra sólo produce piedras. Es árida.— dijo Ozu.
Scorpius lo miró a los ojos.
—No importa en qué condiciones sea: donde haya tierra siempre habrá posibilidades de vida.— le dijo.
Ozu esbozó una media sonrisa.
—Tu poder, lobo, es el de dar vida.— le dijo. —El de hacer crecer cosas. ¿Tienes idea de lo opuestos que son tú y Rojo? Su poder es el fuego. El fuego destruye todo a su paso. El fuego ama arder y consumir.
—El fuego también es gentil: ahuyenta a las bestias, nos protege del frío, nos cobija.— dijo Scorpius, defendiendo a Rose con firmeza. —El fuego también da vida y, sobre todo, la protege.
Ozu miró a Scorpius con curiosidad.
—Me pregunto por qué defiendes tanto a tu contrincante, Negro.— le dijo el moreno. —¿Estás seguro de que ella haría lo mismo por ti?
Scorpius levantó ligeramente el mentón.
—Completamente seguro.— le respondió.
Ozu sonrió.
—Te diré una cosa, Negro.— le dijo íntimamente. —Admiro tu lealtad, y no dudo que Rojo sepa también ser leal, pero no lo será contigo. Mi experiencia me ha enseñado que las criaturas de fuego sólo saben ser leales con los de su misma especie. Los dragones, los caballos de fuego, las aves fénix, todas las criaturas de fuego con las que he tenido contacto me han demostrado su verdadera naturaleza: indomables, agresivas, independientes, inescrupulosas a la hora de matar. Sólo las he visto doblegarse ante otros seres de fuego y sólo las he visto sacrificarse por otro de los suyos. Puedes decirme todo lo que quieras de Rojo, pero conozco su naturaleza y está muy lejos de ser gentil.
Anuk irrumpió dentro de la tienda repentinamente.
—Ozu…— dijo, agitada. —Han traido a una rehén extranjera. Te necesitan afuera.
Ozu miró brevemente a Scorpius y salió de la tienda. El rubio se apresuró a seguirlo.
Afuera un grupo de espinelas rodeaban a una chica morena con ropa hecha de piel de animal. Scorpius reconoció ese material: Rose se había reencontrado con él vestida de una forma similar en Avalon. ¿Podría pertenecer, acaso, esa chica a la tribu de Avalon en la que estuvo Rose?
Namia tiraba de las cuerdas en un intento vano por liberarse, pero era inútil. Los espinelas eran grandes y fornidos y sostenían las cuerdas son pericia.
Ozu se colocó frente a ella.
—Eres de Avalon, ¿no es así?— le preguntó el moreno.
Namia lo miró desafiante.
—¿Por qué tndría que responderte?— le preguntó.
Ozu la miró con desdén.
—No necesito que me respondas.— dijo el moreno. —Sé muy bien que eres de Avalon. Sé de qué tribu provienes. Tu gente adora el fuego. Puedo deducir perfectamente que te enviaron para ayudar a Rojo. Supongo que puedes transformarte en un animal, quizás eres la única en tu tribu que puede hacerlo y por eso te encargaron esta misión. —Ozu se inclinó hacia ella y la tomó por la barbilla, forzándola a mirarlo a los ojos. El líder de los espinelas sonrió. —¿Una liebre?— rió —Siendo tan temeraria como pareces ser cualquiera creería que tendrías un animal más respetable, niña.
Namia le escupió y Ozu recibió su saliva en el centro de su rostro. Los espinelas contuvieron la respiración mientras miraban a su líder limpiarse con una mano e incorporarse como un gigante frente a Namia.
—Llévenla al círculo para que conozca al nundu.— dijo Ozu.
Scorpius no necesitó que nadie le explicara de lo que Ozu estaba hablando. La clase de Cuidado de Criaturas Mágicas era una de sus favoritas y recordaba muy bien lo que Hagrid les había dicho de los nundus: "Son bestias originarias de África. Tienen la apariencia de un gran leopardo y son consideradas como los seres más peligrosos del mundo junto con los dragones. Su aliento es mortífero, puede acabar con poblaciones enteras. Nunca ha sido domado por menos de 100 magos altamente preparados." ¿Cómo era posible que los espinelas tuvieran un nundu en su poder? ¿Y cómo habían conseguido capturarlo? Sea como fuera, si pensaban lanzar a esa chica a las garras de una bestia semejante era seguro que la estaban condenando a muerte.
Los espinelas tiraron de las cuerdas de Namia y la forzaron a levantarse. En el rostro de la morena se reflejaba un terror indescriptible que ella intentaba ocultar sin resultados.
—Te daremos una lanza y un pañuelo para que cubras tu nariz y no respires el aliento de la bestia.— le dijo Ozu. —Si logras matar al nundu te dejaremos libre. Si no lo consigues…
—Nadie ha matado nunca a un nundu.— dijo Namia, temblando, pero mirándolo a los ojos con valentía. —¿Por qué no somos sinceros y llamamos a todo esto por su nombre?: un asesinato.
—¿No es eso lo que hicieron los de tu tribu con tres de nosotros hace un par de años?— le preguntó Ozu. —¿O es el asesinato de extranjeros es exclusivo derecho de la gente de Avalon?— miró a los espinelas que sostenían las cuerdas. —Llévenla al círculo.
Fue en ese instante cuando Scorpius levantó la mirada y vio a Rose emerger detrás de un cúmulo de rocas, cubierta por sangre seca, con su cabello rojo sucio, enredado y pobremente agarrado en el mismo lazo azul de siempre. Verla así lo hizo tener conciencia de cómo debía verse él mismo: cubierto por tierra y sudor. ¿Era esa sangre seca de la pelirroja o de alguien más? ¿Estaba herida? La miró como si quisiera entrar en ella, y fue entonces cuando notó que había algo triste en su semblante y en su mirada. Rose, en ese poco tiempo en el que se habían separado, le pareció ligeramente distinta. Su expresión, sin embargo, era serena. Sus ojos azules se mostraban seguros. Scorpius vio a un chico salir de entre las piedras y colocarse al lado de Rose. Tenía el cabello negro y los ojos verdes, como Albus Potter, pero sus facciones eran distintas. Tenía la apariencia de un pirata.
Ozu y el resto de los espinelas miraron a los recién llegados en silencio, entre sorprendidos y confundidos. Namia clavó sus ojos oscuros en Rose.
—¡Rojo, no debiste venir!— le gritó.
Rose ni siquiera la miró.
—¿Quién es el líder?— preguntó con una voz suave, pero firme.
Ozu dio un paso adelante observándola con recelo.
—Así que tú eres Rojo.— le dijo el moreno. —Supongo que has venido por tu guía turística.
Namia bufó y miró a Leo.
—¿Por qué diablos la dejaste venir?— le soltó a la distancia.
El pirata entornó los ojos.
—¿Crees que no intenté disuadirla?— le dijo. —¡Es obstinada!
Rose, con sus ojos azules fijos en Ozu, habló:
—Suéltala y déjanos ir.— dijo la pelirroja. —Por favor, no buscamos nada de ustedes y ustedes no necesitan nada de nosotros. Sólo queremos seguir nuestro camino en paz.
Ozu sonrió.
—¿Dónde está tu dragón?— le preguntó, curioso.
El rostro de Rose se ensombreció, pero mantuvo su entereza.
—Era una dragona.— lo corrigió. —Murió.
Scorpius frunció el ceño y bajó la mirada. ¿Eros había muerto? ¿Era esa muerte la que, al compartir los sentimientos de Rose, le había causado aquella angustia tan apremiante durante la mañana? ¿Era la sangre que cubría a la pelirroja la de la dragona? Apenas podía creer lo que estaba escuchando y sintió una profunda compasión por Rose. ¿Cómo demonios había muerto un enorme hébrido negro?
Ozu asintió.
—Supongo que la sangre que cubre tu cuerpo es la de tu dragona.— le dijo. —¿Qué le ocurrió?
Rose tragó saliva.
—La asesinaron.— se limitó a responder.
—¿Y qué le ocurrió al asesino?— preguntó Ozu.
Rose no titubeó al responder:
—Está muerto.— le dijo.
Ozu volvió a asentir, esta vez con lentitud, como si estuviera analizando la situación.
—Estás rodeada de muerte, Rojo.— le dijo. —Eres justo lo que imaginé que serías.
Rose pareció no darle importancia a lo que Ozu dijo de ella.
—Déjanos ir.— le pidió otra vez. —Por favor.
—Tu amiga va a ir al círculo y enfrentará al nundu.— le dijo Ozu. —No voy a retirar mi palabra sólo porque tú, una niña que ni siquiera es una animaga, me pide que lo haga.
Leo se inclinó hacia el oído de Rose.
—No sé si te has dado cuenta, pero estamos en una situación bastante complicada.— le dijo en voz baja. —Creo que deberíamos salir corriendo de aquí mientras aún podamos hacerlo.
Rose ignoró las palabras de Leo y dio dos pasos hacia delante, enfrentando a Ozu.
—Bien.— le dijo. —Hagamos una apuesta, entonces.
Ozu rió y la miró, interesado.
—¿Qué clase de apuesta?— le preguntó.
Rose tomó aire.
—Libera a Namia y hazme a mí tu prisionera.— le dijo la pelirroja. —Yo me enfrentaré al nundu, y si gano, nos dejarás ir a los tres.
—¿Y si pierdes?— le preguntó.
—Si pierdo puedes hacer con Leo y Namia lo que quieras.— le dijo. —Y yo serviré de banquete para el nundu.
Leo se llevó una mano a la frente.
—Estamos perdidos.— dijo el pirata en voz alta.
Ozu sonrió mostrando todos sus dientes.
—Trato hecho.
En ese preciso momento Scorpius se abrió paso entre los espinelas. Rose clavó sus ojos azules en él por primera vez, sorprendida de verlo allí, y murmuró su nombre tan bajo que nadie pudo oirlo. El slytherin tenía el torso desnudo y manchado por lo que parecía ser sudor y tierra. Rose notó que tenía algunos hematomas a la altura de sus costillas. Parecía haber sido golpeado.
—Tomaré su lugar.— dijo Scorpius mirando a Ozu con absoluta resolución. —Iré al círculo y la apuesta se mantendrá en pie. Si gano, los dejarás en libertad al igual que hiciste conmigo.
Rose miró a Scorpius con incredulidad.
—No te metas en esto.— le dijo severamente. —Es mí asunto, mí problema. Puedo solucionarlo sola.
Scorpius la miró con irritación.
—¿Sola?— le dijo. —Evidentemente estás delirando si crees que podrás contra un nundu tú sola. Estoy tratando de arreglar la situación.
—¿Y tú podrás contra un nundu solo?— le preguntó, enfadada.
—No lo sé.— admitió Scorpius. —En todo caso no voy a permitir que hagas lo que pretendes hacer.
Leo miró a Rose con impaciencia.
—Yo creo que deberías dejar que tu amigo se sacrifique por ti, si eso es lo que él quiere.— le dijo el moreno.
Namia, a unos metros, miró a Leo con displicencia.
—Eres todo un superviviente, ¿no es así?— le dijo. —Apuesto a que jamás has hecho nada en tu vida que no sea por tu propio interés.
Leo la miró con hastío.
—Eres tonta, ¿verdad?— le soltó. —¿Qué crees que estoy haciendo ahora, eh? ¿Qué clase de interés personal puedo sacarle a venir a rescatarte, conejo?
Namia apretó los dientes.
—¡Mi animal es una libre, no un conejo!— le gritó.
Ozu, cruzado de brazos, se dirigió a Scorpius.
—Lo siento, Negro. Pero la apuesta es entre Rojo y yo.— le dijo el líder espinela. —No puedes tomar su lugar. Tú ya pasaste tu prueba. — miró a Rose. —Ella pretende no sólo que la dejemos ir, sino que dejemos ir también a sus dos amigos. Le costará caro obtener esos regalos.
Rose levantó ligeramente su mentón.
—Seré yo la que se enfrente al nundu.— le dijo a Ozu y luego clavó sus ojos en Scorpius. —No lo quiero a él interfiriendo.
Ozu sonrió.
—Así será, Rojo.— le dijo y se dirigió a dos de los espinelas. —Llévenla al círculo y prepárenlo todo. Hoy el nundu tendrá qué cenar.
El cuerpo de Scorpius se tensó por completo. No, no podía permitir que eso ocurriera; no podía permitir que Rose se enfrentara a tan temible criatura. Si querían lanzarla a esa fosa primero tendrían que pasar por encima de su cadáver.
Leo Drake dio dos pasos hacia Ozu.
—Cabeza de tomate es sólo una niña.— le dijo al líder espinela. —Si necesitas a un luchador que venza al nundu, me ofrezco. Sólo dame una espada y…
—Será Rojo quien luche contra el nundu.— dijo Ozu con dureza. —Ella y sólo ella.
Dos espinelas guiaron a Rose hacia el lugar de la batalla y, justo cuando Scorpius se disponía a intervenir, otros dos espinelas lo agarraron por ambos brazos, inmovilizándolo.
—Lo siento, Negro.— le dijo Ozu. —Pero no te dejaremos intervenir.
Scorpius intentó soltarse pero fue inútil. Otro espinela tomó a Leo atándolo por las muñecas.
—No hay necesidad de ejercer la violencia.— dijo el pirata. —¡Auch! Si aprietas la cuerda de esa forma la sangre no llegará a mis manos.— el espinela lo empujó. —De acuerdo, de acuerdo, puedo caminar por mi cuenta sin necesidad de que me empujes, ¿lo sabías?
Los espinelas llevaron a Scorpius, Leo y Namia hacia el lugar en donde se realizaría el enfrentamiento. Scorpius comprendió por qué lo llamaban el círculo: era una enorme depresión en la tierra de las dimensiones de un coliseo. La piedra lisa que cubría las paredes de ese lugar parecía imposible de escalar, de modo que quienes estuvieran arriba estaban totalmente fuera de alcance de lo que pudiera haber allá abajo. Scorpius divisó una puerta de piedra por la que seguramente saldría el nundu. Parecía abrirse por un mecanismo de cuerdas empujadas desde arriba.
Con desesperación vio cómo los espinelas bajaban a Rose con una cuerda. La pelirroja descendía al círculo con una expresión serena y controlada. Sin embargo, Scorpius podía sentirla: cuando estaban cerca el uno del otro era más fácil discernir entre sus propias sensaciones y las de ella. Él sabía que estaba nerviosa, y tenía toda la razón en estarlo. Hagrid había sido muy específico en la naturaleza de los nundos: difícilmente son cazados y sólo una centena de magos preparados ha conseguido dormar a uno de su especie. Se trata de una criatura extremadamente violenta y extremadamente fuerte. Scorpius no podía creer que estuvieran lanzándola allí adentro sin nada con qué defenderse.
—Si sigues intentando librarte de nosotros, Negro, tendremos que golpearte otra vez.— le dijo uno de los espinelas que lo sujetaba. —Deja que tu amiga se defienda sola.
Scorpius midió sus posibilidades y éstas se le mostraron nulas. No podría soltarse de los dos espinelas que lo sujetaban. Si se transformaba en lobo tampoco conseguiría escapar porque lo habían atado nuevamente con las cuerdas y tanto su cuello como sus brazos y piernas estaban inmovilizadas. Volver a hacer temblar la tierra como lo había hecho hacía unas horas era imposible, no creía tener ya las fuerzas suficientes como para hacerlo. Su energía se había debilitado. No había nada que pudiera hacer.
Y al darse cuenta de esa realidad, Scorpius sintió cómo una angustia profunda empezaba a roer su pecho.
Ya en el círculo Rose desató la cuerda que tenía amarrada alrededor de la cadera y se soltó. Los espinelas tiraron de la cuerda hacia arriba, dejándola sin posibilidad alguna de subir. Desde aquella distancia Ozu le lanzó un pañuelo de tela rugosa y una lanza.
—Para que te defiendas, Rojo.— le dijo sonriente.
Rose se inclinó y recogió los objetos del suelo. Con serenidad se ató el pañuelo de modo que le cubriera la mitad del rostro: desde la nariz hasta la barbilla. Recordaba las clases de Hagrid. Tenía muy claro lo mortífero que podía ser respirar el aliento de un nundu desde cerca. Dudaba que aquel pañuelo lograra contener toda la toxicidad en el aire alrededor de una criatura así, pero contendría la respiración si era necesario. Por alguna extraña razón sentía que estaba haciendo lo que tenía que hacer. No podía permitir que Namia estuviera allí, en su lugar. Ella había viajado a la Isla de las Piedras para ayudarla. De no ser por ella, Rose habría sido capturada mucho antes por los espinelas y, de cualquier manera, estaría allí, en ese círculo. Cuando escuchó, escondida con Leo detrás de las piedras, que iban a lanzar a Namia a las garras de un nundu, supo que no podría permitirlo jamás.
Antes prefería morir.
Tal vez todo tenía que ver con la muerte de Eros. Desde que aquello había ocurrido Rose se había sentido sumida en una profunda depresión. Sentía que era ella la que debía haber muerto, no su dragona. Los hombres de capas plateadas que la perseguían querían asustarla a ella, querían que ella abandonara la competencia; aquello no tenía nada que ver con Eros, sino con el objetivo de sacarla del camino. Eros había sido una víctima colateral. "Jamás debí dejarla sola", pensó Rose, conteniendo las lágrimas, "Si hubiera sabido cómo usar mis poderes habría podido hablar tamérico cuando quisiera y habría podido decirle a Eros que regresara a Avalon". Rose sintió un dolor intenso tomando posesión de ella. Todo era su culpa: por su ineptitud, por su incapacidad de controlar sus propios poderes, por su desconocimiento de sus capacidades naturales, Eros había muerto. Y Rose no había podido defenderla.
La pelirroja respiró hondo y cerró los ojos por unos breves segundos. Al fondo, del otro lado del círculo, la puerta de piedra empezó a levantarse. Rose tuvo que sesgar la mirada para divisar la puerta descubriendo lo que parecía ser un túnel oscuro. El sol de la tarde empezaba a caer, pero aún era lo suficientemente fuerte como para crear hondas de calor sobre el suelo que hacían que la imagen a unos metros temblara y se distorsionara. Rose entendió que no tenía miedo porque había una parte de ella que deseaba castigarse por lo ocurrido con Eros, y eso la asustó. Por primera vez desde que había llegado a la aldea de los espinelas sintió miedo, pero no del nundu, ni de Ozu, ni de los cientos de espinelas que la miraban desde arriba del círculo esperando que muriera, sino de ella misma: ella que, muy dentro de sí, había empezado a odiarse desde la muerte de Eros y quería lastimarse a sí misma.
No tener miedo, de pronto, hizo a Rose tener miedo.
A su mente acudieron las palabras de Namia: "Eres una domadora de dragones nata, una sangre de fuego, una Dovahkiin. Eros fue tuya al morir. Su alma y la tuya se han fusionado ahora para siempre. Vive en ti, pero con otra forma. Dovahkiin es el nombre de aquellos que poseen el alma de un dragón muerto. Ahora eres sangre de fuego y corazón de dragón."
—Corazón de dragón.— murmuró Rose, de repente, y sintió el calor del corazón de Eros, esa piedra azul que había extraído de entre sus cenizas, en su bolsillo.
Todos aquellos que poseían el alma de un dragón muerto eran llamados Dovahkiin. Rose, por primera vez desde la muerte de Eros, sintió una tibieza única recorrerla de pies a cabeza. Estaba en su sangre, en sus vértebras, en cada uno de sus órganos y sentidos. En sus oídos pudo escuchar, como un espejismo auditivo, el rugido de su dragona. De repente, Rose comprendió.
La pelirroja se miró, temblando, a sí misma, extendiendo sus brazos hacia delante. Todo su cuerpo estaba bañado en la sangre de Eros, y así mismo estaba ella por dentro. Su exterior se había convertido, de cierta forma, en la metáfora de lo que ocurría en su interior. ¿Por qué no se había lavado la sangre de su dragona muerta? ¿Por qué había continuado su camino así, manchada, oliendo a sangre de dragón?
Rose levantó la mirada y, a la distancia, pudo ver unos ojos grandes y brillantes, fieros, que emergían de la oscuridad del túnel. Un gruñido tétrico silenció a todos los espinelas y le erizó la piel a la gryffindoriana. Lo que salió de ese túnel, tanto Rose como Scorpius, lo recordarían de por vida: el nundu tenía la fisionomía de un leopardo, pero el tamaño de un pony. De entre sus enormes colmillos manchados de sangre —quizás había comido hacía poco— salía un humo verdoso. Sus garras, como enormes cuchillos, se clavaban en la tierra a cada paso que daba, y sus músculos estaban tan marcados que lo harían parecer mucho más grande de lo que era. Tenía su mirada violenta clavada en Rose y gruñía salvajemente, anunciando un presagio de muerte.
Leo Drake palideció.
—Sácala de allí.— le dijo a Ozu casi sin aliento. —Yo daré un mejor espectáculo para tu gente. Sólo dame una espada y…
—Sé muy bien quién eres, Leo Drake.— le dijo el líder de los espinelas. —Pero no es a ti a quien quiero allí abajo, sino a ella.
Scorpius volvió a luchar contra las cuerdas que lo sujetaban y los espinelas lo golpearon, haciendo que un hilo de sangre corriera por la comisura derecha de sus labios.
—Quédate quieto, Negro.— le dijo Ozu. —Será mejor que tengas tus ojos fijos en tu contrincante. Tal vez hoy mismo la competencia por el puesto en la Orden de Merlín llegue a su final.
Scorpius clavó sus ojos grises, casi conteniendo la respiración, en Rose. La pelirroja miraba al nundu y ninguno de los dos habían acortado la distancia entre ellos. El nundu la miraba amenazadoramente, pero por alguna razón aún no se lanzaba sobre ella. Y Rose permanecía quieta, como una estatua, con sus ojos azules fijos en su adversario.
Dentro del círculo Rose, aun con la bestia a varios metros de distancia gruñéndole y mirándola como si quisiera romperla en dos y convertirla en un saco de huesos y carne, sonrió levemente, pero nadie pudo verlo porque el pañuelo cubría sus labios. Todo, de repente, encajaba. Ahora, por fin, comprendía las palabras de Namia, comprendía la sangre seca de Eros sobre su cuerpo y comprendía el corazón de piedra azul que guardaba en su bolsillo. No se trataba de algo que pudiera explicar, simplemente lo había entendido, y ese entendimiento era en sí mismo inexplicable e inabordable. La ausencia de miedo, ahora sabía, no se debía sólo a su necesidad de autocastigarse, no se debía sólo a su depresión ni a su deseo de morir.
No tenía miedo porque en el fondo sabía que no estaba sola, que jamás volvería a estar sola.
Y fue entonces cuando, frente a las miradas atónitas de los espinelas, de Namia, Leo y Scorpius, Rose comenzó una caminata veloz y firme directo hacia el nundu.
—¿Qué demonios está haciendo?— murmuró Leo, casi sin voz.
—¡Detente, Rojo! ¡No lo hagas! ¡No!— gritó Namia antes de que la abofetearan con la intención de silenciarla.
Leo miró con disgusto al espinela que golpeó a la morena.
—¿Te gusta pegarle a las mujeres, cobarde?— le dijo notablemente enfadado. —¿O es que sólo puedes luchar contra chicas atadas de pies y manos?
El espinela descargó un golpe a puño cerrado en la cara de Leo y él recibió el golpe en silencio. Una gota se sangre escurrió por su nariz y sonrió.
—Vamos. Sigue golpeándome.— le dijo, alentándolo. —Si eso te hace sentir fuerte y valiente. Pero deja a conejo en paz.
Namia miró a Leo con irritación.
—No soy un conejo.— le dijo.
—Lo que tú digas, conejo.— dijo Leo.
Rose, en el círculo, había llegado ya a la mitad del camino y podía ver al nundu en su sitio, rugiéndole, mirándola mientras ella se acercaba, quieto en su lugar, como esperando a que su presa llegara hacia él para atacarla. Mientras avanzaba a paso rápido y seguro, la pelirroja se quitó el pañuelo y tiró la lanza al suelo, deshaciéndose de las únicas armas que poseía para protegerse de la bestia.
—Está loca.— murmuró Ozu.
Scorpius apenas podía respirar. Sentía todo su cuerpo tenso como una piedra y su corazón latiéndole frenéticamente. ¿En qué estaba pensando Rose? Quería detenerla, quería parar de una vez por todas ese momento angustiante. Y mientras ella iba acortando rápidamente, paso a paso, el espacio que la distanciaba del nundu, Scorpius se sentía aún más desesperado.
Cuando sólo quedaron dos metros entre Rose y la bestia, algo extraño sucedió: la pelirroja levantó su mano en dirección al nundu, sin dejar de caminar hacia el enorme animal, y la bestia, rugiendo más fuerte que nunca, retrocedió un paso. Rose continuó acercándose, con la mano extendida hacia la bestia, con la palma abierta, como si le pidiera que se detuviera, y sólo paró su caminata cuando estuvo tan cerca del nundo que el aliento fétido del animal calentó sus pantorrillas. Rose contuvo la respiración y la bestia, ante la mano extendida de la pelirroja, rugiendo salvajemente, se fue encogiendo como un animal amenazado. Rose se mantuvo firme mientras la bestia gruñía y le mostraba sus colmillos, pero a la vez iba bajando su cabeza hasta el suelo, sometiéndose.
—No puede ser.— murmuró Ozu, descolocado.
Scorpius no podía creer lo que estaba viendo. Rose ni siquiera había encendido una llama, ni un poco de fuego para asustar a la criatura, sólo tenía extendida su mano hacia el nundu y lo miraba directamente a los ojos, pero eso parecía ser suficiente como para intimidarlo. ¿Cómo podía ser posible? ¿Cómo podía Rose estar amedrentando a una criatura indomable y terriblemente peligrosa con sólo una de sus pequeñas manos extendida en el aire?
El nundu seguía rugiendo y inclinándose hacia el suelo, como si temiera y a la vez odiara la mano que estaba extendida hacia él. Sus ojos rabiosos, grandes, redondos y brillantes estaban clavados en los de Rose. Ella apenas pestañeaba.
Cuando el nundu pegó la cabeza a la tierra sus rugidos se silenciaron y sus colmillos dejaron de estar a la vista. Durante algunos segundos pareció un enorme gato, dócil, apunto de tomar una siesta, pero pronto se irguió en sus cuatro patas y, rodeando a Rose, se colocó detrás de ella y, mirando hacia arriba, a los espinelas, comenzó nuevamente sus rugidos fieros, esta vez dirigidos a la gente que se acumulaba arriba del círculo.
—No.— negó Ozu. —No puede ser.
—Ella lo hizo…— murmuró Anuk, sorprendida. —¡Domó al nundu!
Scorpius escuchó a Anuk y luego dirigió sus ojos grises hacia Rose, quien se volteaba lentamente mientras el nundu iba rodeándola y rugiendo a los espinelas que, desde arriba, observaban la escena absolutamente desconcertados y temerosos. El nundu parecía no reparar en Rose, o quizás sí; quizás sabía muy bien que ella estaba allí y ahora le rugía a los que estaban arriba del círculo, defendiéndola de ellos, porque sabía que el verdadero enemigo eran los espinelas.
Desde abajo, rodeada por el enorme nundu, Rose levantó la mirada hacia Ozu.
—Gané.— le dijo, resoluta. —Ahora cumple con tu palabra y déjanos ir.
Ozu, impávido, la miró con verdadero rechazo.
—Yo siempre cumplo con mi palabra, Rojo.— le dijo. —Pero primero tendrás que decirme cómo lo hiciste.
Rose elevó ligeramente su mentón en el aire.
—Me llamo Rojo: soy sangre de fuego, domadora de dragones y de bestias y Dovahkiin desde hace 12 horas.— le dijo Rose con entereza. —Dentro de mí vive el alma de mi dragona muerta y estoy bañada con su sangre. Sólo existe un animal capaz de intimidar a un nundu: un dragón.
Ozu tembló ligeramente de ira.
—Hueles a dragón muerto.— dijo, furioso. —Es así como lo has conseguido.
Rose se mantuvo firme.
—Huelo a dragón vivo.— le dijo la pelirroja. —Eros vive en mí. Ella es mía y yo soy suya. Para siempre.
Leo Drake miró a Ozu.
—Bueno, ya que todo está arreglado, creo que es hora de sacarla de allí, ¿no crees?— le dijo.
Ozu hizo un gesto con su mano derecha y un espinela tiró la cuerda hacia el círculo. Rose emprendió el camino hacia la cuerda. El nundu continuó rugiendo ferozmente a los espinelas.
—Suéltenlo.— ordenó Ozu a los espinelas que aún sujetaban a Scorpius. —Y a ellos también.— dijo mirando a Leo y a Namia. —Que se vayan cuando les apetezca.
Ozu se alejó del círculo, enfadado, y Scorpius recuperó la movilidad de sus extremidades. Vio, aún impactado por lo sucedido, cómo Rose se ataba la cuerda a la cadera con parsimonia y serenidad mientras el nundu seguía rugiendo, amenazante, a los espinelas lejos de su alcance. Lo que ella había hecho no lo podían hacer ni siquiera cincuenta magos juntos. Si era cierto lo que Rose había dicho, si era una Dovahkiin —había leído esa palabra y su significado en un libro de dragones hacía varios años atrás—, Rose tenía en su poder un tipo de magia inigualable y extraña. Existían muy pocos Dovahkiins conocidos en la historia de la magia. Ninguno de ellos era una mujer. Ninguno de ellos había tenido menos de cuarenta años cuando consiguió serlo.
Cuando empezaron a subir a Rose, Scorpius la vio cerrar los ojos.
Una lágrima cayó por una de sus mejillas.
26.-
Rojo y Negro
La noche cayó y Anuk, Scorpius, Rose, Leo y Namia abandonaron la aldea de los espinelas. Ozu le ofreció a Scorpius la posibilidad de pasar la noche allí y continuar su camino al día siguiente, pero el slytherin no quiso quedarse porque Rose y sus dos amigos insistieron en partir lo más pronto posible. Quizás tenían miedo de que Ozu se arrepintiera de haberlos dejado en libertad. No lo tenía del todo claro. De cualquier modo la cuarta prueba aún no había terminado y no podía permitir que Rose se le adelantara.
Caminaron durante un par de horas hasta que la oscuridad de la noche se volvió demasiado densa como para continuar. Anuk los guió a una gruta bastante profunda y segura y decidieron pasar allí la noche.
Mientras Leo y Namia se enfrascaban en una pelea absurda sobre quién debía quedarse despierto para vigilar y Anuk intentaba calmarlos, Scorpius aprovechó para seguir a Rose, quien se adentró hasta una pequeña cascada que caía dentro de la gruta. No habían tenido tiempo de hablar; desde que abandonaron la aldea de los espinelas el grupo no se había separado y resultaba algo incómodo charlar enfrente de Anuk, Leo y Namia.
Scorpius vio a Rose sacarse los zapatos y entrar en el agua —que apenas le llegaba a los tobillos— para luego caminar hasta la pequeña cascada que lanzaba un chorro contra las piedras. La pelirroja extendió los brazos y se introdujo con ropa, limpiándose la sangre de Eros. El slytherin la miró en silencio mientras se acercaba al agua también. Aprovechó para dejar que otro chorro le cayera encima y lo limpiara de todo el sudor y la tierra que había quedado en su piel y en su cabello. Debajo de cientos de gonas de agua era imposible saber si Rose lloraba o no. En todo caso Scorpius estuvo seguro de que no lo estaba haciendo. Desde que conocía a Rose la había visto llorar sólo tres veces: la primera cuando le robó violentamente su primer beso, la segunda cuando, estúpidamente, le dijo que no quería saber nada de ella y la tercera cuando su lechuza Cycill había muerto. Rose no era una chica que llorara amenudo, mucho menos por cualquier cosa. Normalmente contenía sus lágrimas. La había visto con la mirada húmeda en cientos de ocasiones, pero en cada una de ellas Rose no había permitido que ni una sola lágrima resbalara por sus pómulos. La gryffindoriana era una chica que guardaba sus emociones y las digería en solitario. Y eso a Scorpius, por primera vez, le pareció terriblemente triste. Quería ayudarla, quería que ella compartiera con él el peso de lo que sentía, pero ahí estaba otra vez esa barrera entre los dos, esa barrera que impedía que se sintieran con verdadera pureza el uno al otro.
El rubio salió del agua y se sentó en una roca. Miró en silencio, durante algunos minutos, a Rose restregándose bajo el agua, intentando quitar la sangre de su ropa.
—No va a salir tan fácilmente.— le dijo el rubio.
Rose lo miró aún debajo del agua.
—Lo sé.— le dijo.
La pelirroja caminó fuera de la cascada y se sentó en otra roca a unos metros de distancia de Scorpius. Su cabello rojo era una masa oscura cayéndole por los hombros. El lazo azul ahora estaba atado a su muñeca.
—Siento lo que le ocurrió a Eros.— le dijo el rubio con una voz cálida y gentil que hizo a Rose estremecerse.
La pelirroja esbozó una sonrisa lánguida.
—Gracias por decirlo.— le dijo. —Yo también lo siento. —respiró hondo y suspiró. —Pero ahora sé que porque la domé, porque nos conectamos de una forma única y especial, ella no murió como otros dragones. Namia ya me lo había explicado antes pero sólo lo entendí cuando los espinelas me bajaron al círculo. Me sentí diferente. Sentí que ya no era más sólo yo misma, sino ella también. — Rose lo miró a los ojos. —Eros está dentro de mí.
Scorpius la miró como si fuera la primera vez que la veía realmente. Se sintió entre conmovido y admirado por las palabras de la gryffindoriana. En efecto, ahora era una Dovahkiin: poseía el alma de su dragona muerta, una magia poderosa, pero a Rose eso no parecía importarle. Hablaba de su nueva condición como si se tratara de algo espiritual. Le importaba más el simple hecho de tener a Eros viva en su interior que el de haberse convertido en una bruja con una nueva habilidad.
Y eso enterneció a Scorpius en lo más hondo.
—Perdona que saque el tema ahora, pero necesito saberlo.— le dijo el rubio, cambiando de tema. —¿Cómo murió el hombre que atacó a Eros?
El rostro de Rose se ensombreció.
—Lo atrapé y se suicidó.— le dijo ella. —Igual que lo hizo el de Hogsmeade.
Scorpius le dedicó una mirada confusa.
—¿Lo atrapaste?— le preguntó, descolocado. —¿Fuiste tras de él?
Rose asintió.
—En realidad dejé que él viniera tras de mí.— le dijo. —No podía dejarlo ir después de la muerte de Eros.
Scorpius se puso de pie.
—Pudiste haber salido lastimada, Rose.— le dijo, molesto. —No puedo creer que te expusieras de ese modo.
Rose se puso de pie también.
—Ya estoy lastimada.— le dijo la pelirroja al slytherin. —Tú no tienes la menor idea de cómo me sentí entonces.
Un nuevo silencio se instauró entre los dos. La barrera que los separaba nunca fue tan palpable como en esos segundos de silencio. Scorpius pudo ver el dolor en los ojos de Rose, un dolor sosegado, pero dolor al fin y al cabo. La pelirroja bajó la mirada y sonrió débilmente.
—Sé que te preocupas por mí.— le dijo la gryffindoriana. —Disculpa por haberte respondido así.
Scorpius clavó sus ojos grises en ella.
—No tienes que fingir que estás bien, Rose.— le dijo el rubio. —No tienes que hacerlo. No conmigo.
Rose respiró hondo.
—Estoy muy cansada.— le dijo, cambiando de tema. —Creo que debemos dormir. Mañana nos espera un día largo.
Scorpius estuvo a punto de decir algo, pero los pasos de Leo y Namia, quienes se aproximaban discutiendo, lo hicieron callar.
—¿Alguien puede convencer a esta loca de que soy yo quien debe vigilar la gruta?— dijo el moreno. —Cabeza de tomate, explícale qué tan bueno soy con la espada.
Rose suspiró y miró a Namia.
—Es muy bueno con la espada.— le dijo.
—¿Cabeza de tomate?— preguntó Scorpius.
Leo miró al rubio.
—Cierto, todavía no tengo un apodo para ti, Negro.— le dijo el moreno. —Supongo que lo solucionaré con el tiempo.
Scorpius clavó sus ojos grises en Rose.
—¿Quién es él?— le preguntó en un tono seco. Se había abstenido a hacer la pregunta durante demasiado tiempo y ahora parecía el momento apropiado para soltarla.
—Leo Drake.— dijo Rose. —Me trajo a la isla y volvió para ayudarme.
Leo miró a Scorpius con una sonrisa en los labios.
—¿Estás celoso?— le preguntó. —No te preocupes, veo a cabeza de tomate como una hermana pequeña.
Scorpius esbozó una media sonrisa.
—No estoy celoso. — le dijo y luego miró a la gryffindoriana. —Francamente tengo suficiente con Gozenbagh, no hagas más grande la lista, ¿quieres?
Rose entornó los ojos y Namia aprovechó el momento para intervenir:
—Será mejor que Rojo tome la decisión.— dijo la morena. —Que ella escoja quién vigilará la gruta.
Todos miraron a Rose y ella suspiró.
—Nadie vigilará la gruta.— les dijo. —Todos necesitamos dormir. Anuk ya nos dijo que este lugar era seguro y ella es una nativa. Conoce esta isla mejor que nadie.
Leo bostezó y dio media vuelta.
—De acuerdo, problema solucionado.— dijo el moreno. —A dormir.
Namia bufó.
Todos se encaminaron hacia el área más llana de la gruta para acostarse y descansar antes de que saliera el sol. Mientras se acomodaban Rose notó que el torso desnudo de Scorpius ya no mostraba ninguna marca de los hematomas que le había visto en la aldea de los espinelas.
—Qué extraño.— comentó la pelirroja. —Creí haber visto moretones a la altura de tus costillas cuando estábamos en la aldea de los espinelas.
Scorpius se inspeccionó a sí mismo y notó, con algo de sorpresa, que las marcas de las patadas recibidas habían, en efecto, desaparecido.
27.-
Rojo y Negro
Al amanecer Scorpius, Rose, Anuk, Leo y Namia retomaron el camino. La caminata fue larga y pesada desde el primer momento; cruzaron laberintos de piedras y caminos sinuosos que sólo Anuk parecía conocer a profundidad. Durante todo el trayecto Scorpius y Rose caminaron uno cerca del otro, pero no iniciaron conversación alguna. Era como si allí, en la cuarta prueba, no pudieran ser, al fin y al cabo, más que rivales. Cada vez que se miraban esa realidad estaba latente en sus rostros: la realidad de que sólo uno de ellos podría ganar esa prueba.
Rose avanzaba casi como una autómata. Su mente estaba muy lejos del camino y de aquellos que la rodeaban. No podía dejar de pensar en todo lo que había ocurrido, en la muerte de Eros, en cómo no dejaría de ser perseguida hasta el final, hasta que se rindiera. Namia tenía razón cuando le dijo que si abandonaba la competencia le daría a los que estaban detrás la muerte de Eros justamente lo que querían, pero también era cierto que si continuaba más seres que ella amaba morirían. Quien había enviado a esos hombres de capa plateada para atacarla no se detendría hasta conseguir lo que buscaba. Rose no tenía miedo por su propia seguridad. Tenía miedo por la de sus seres queridos.
Habían matado a Cycill, luego a Eros. ¿Con quién más continuarían su sucia batalla por sacarla de la competencia?
"Tal vez lo que debo hacer es renunciar", pensó la pelirroja, dolida, "Tal vez debo hacerlo para no seguir arriesgando a nadie más".
Pero había algo dentro de ella que rugía: Eros. Desde siempre, incluso desde antes de convertirse en una Dovahkiin, Rose había sentido algo en su interior que la impulsaba a continuar en la competencia. Ya se lo había dicho a Leo en su camarote: había algo dentro de ella que ardía, algo que la hacía no renunciar a pesar de todos sus temores e inseguridades.
Y Rose creía en sus instintos.
Al caer la tarde Anuk se detuvo frente a la entrada de un enorme castillo gris. Rose y Scorpius supieron de inmediato que habían llegado al hogar de Jim Sangre. El castillo era alto y de piedra gris, con altos picos y salientes. Parecía una especie de volcán dormido que amenazaba con erupcionar en cualquier instante.
—Sólo podemos acompañarlos hasta aquí. — dijo Anuk. —Jim Sangre recibirá a Rojo y a Negro, no a otros. Si entramos, podemos no salir jamás.
Namia entornó los ojos.
—No voy a abandonar a Rojo.— le dijo a la castaña. —Voy a acompalarla hasta el final.
—Eres una extranjera, no tienes idea de lo que le ocurre a la gente que entra al castillo.— le dijo Anuk. —Jim Sangre es un misántropo y un troglodita.
—No me importa.— dijo Namia. —Sé muy bien quién es Jim Sangre, pero tengo una misión que pienso cumplir.
Rose tomó a Namia de las manos y la morena se calló, sorprendida por el gesto de la gryffindoriana.
—Namia, gracias por haberme ayudado. Sin ti no habría podido llegar hasta aquí.— le dijo la pelirroja. —Pero no puedes entrar. De aquí en adelante seré yo quien me defienda. Tenemos que despedirnos aquí.
Namia bajó la mirada y su rostro se pintó de tristeza. Rose besó las manos de la morena. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas.
—Estuviste conmigo en uno de los momentos más tristes de mi vida.— le dijo a Namia. —Gracias: gracias por haber sido mi amiga en momentos tan duros.
Namia dejó que dos lágrimas corrieran por sus púmulos, pero se las secó rápidamente, avergonzada y, a la vez, conmovida.
—Nos volveremos a ver, Rojo.— le dijo. —Y en Avalon siempre serás bienvenida. Lo sabes.
Rose le sonrió e inesperadamente envolvió a Namia entre sus brazos, abrazándola con fuerza. La morena respondió el abrazo con ternura.
Anuk miró a Scorpius con una sonrisa tímida.
—Supongo que aquí nos despedimos, entonces.— le dijo el rubio.
La castaña asintió comedidamente.
—Sí.— dijo Anuk. —Gracias por todo, Negro. — suspiró y sus mejillas se encendieron levemente. —Gracias por haberme salvado de las sirenas y por…bueno, no haber permitido que los marineros abusaran de mí.
Scorpius la miró con intensidad.
—Cuidate, cuervo.— le dijo esbozando una sonrisa.
Anuk también sonrió.
—Cuidate también, lobo.
Rose avanzó hacia Leo, quien parecía mucho más serio de lo normal e inquieto. Lo abrazó, sin más, y el pirata se mantuvo petrificado por la sorpresa durante varios segundos. Sus ojos verdes temblaron. Cuando Rose se separó de él le acarició la mejilla derecha y el moreno cerró los ojos y tragó saliva.
—Me alegra haberte conocido, Leo Drake.— le dijo. —No sé si nos volveremos a ver, pero quiero que sepas que nunca, nunca, voy a olvidarte. Y que siempre serás mi amigo.— Rose sonrió. —Un irritante amigo, de esos que son capaces de enloquecerte.
Leo tomó la mano de Rose, la misma que lo acariciaba, y se la llevó a los labios. La besó profundamente, con los ojos cerrados, como si se tratara de un objeto entrañable.
—Soy yo quien se alegra de haberte conocido, Rojo.— le dijo el moreno, por primera vez haciendo a un lado su personalidad burlona y cínica y adoptando una tesitura seria. —Desde que te vi invocar al hébrido negro y volar en su lomo supe que eras más de lo que cualquiera podría ver con sólo mirarte. Eres todo y más de lo que prometen las profecías, de lo que cuentan los rumores. Confía en ti, cabeza de tomate. Eres tú quien va a ganar esta competencia, lo sé. — hizo una pausa y miró con cierto temor el castillo a sus espaldas. —Cuidate allí adentro, Rojo. No confíes en el mago.
Scorpius, incómodo por la cercanía de Leo con Rose, tomó a la pelirroja de la mano y la haló en dirección hacia el castillo.
Leo asió la otra muñeca de Rose con fuerza, impidiendo que Scorpius pudiera alejarla más.
—No confíes en el mago.— le repitió Leo. —Prométeme que no lo harás.
Rose, confundida, miró a Leo con afecto.
—¿Te ocurre algo?— le preguntó.
Scorpius tiró de Rose y Leo la soltó.
—Adiós.— le dijo el slytherin al pirata.
Leo tragó saliva y fue incapaz de decir nada más mientras veía a Rose y a Scorpius adentrarse a las inmediaciones del castillo.
Mientras avanzaban, Rose suspiró.
—Ya puedes soltar mi muñeca, gracias.— le dijo la pelirroja.
Scorpius, quien no se había dado cuenta de que aún la sujetaba, la soltó.
—Ese Leo Drake es muy extraño.— le dijo el rubio sin amainar el paso.
Rose se encogió de hombros.
—Se parece a mi hermano.— dijo ella. —Por eso conectamos tan rápido.
—En realidad se parece a tu primo Albus.— dijo Scorpius.
—Físicamente, sí, en el cabello y en los ojos.— dijo la pelirroja. —Pero su personalidad tiene algo de Hugo.
Scorpius esbozó una media sonrisa.
—Sí, noté que es sobreprotector.— le dijo. —También noté que te admira. Creo que tus dos acompañantes se han convertido en dos leales seguidores.
Rose miró a Scorpius y negó con la cabeza.
—Yo no tengo admiradores, eso es más bien cosa tuya.— le dijo la pelirroja. —Toda la población femenina de Hogwarts, por ejemplo.
—¿Estás celosa?— le preguntó Scorpius.
—¡Já!— soltó Rose, riendo. —Nunca.
Los dos se detuvieron justo frente a la puerta del castillo. La miraron durante algunos segundos. Era llana y mucho más larga que ancha. Scorpius fue el primero en empujarla y un chirrido agudo forzó a Rose a taparse los oídos.
—Entremos.— le dijo el rubio notablemente interesado y atraido por el interior del castillo.
Rose asintió y se llevó un rizo atrás de la oreja.
Por dentro todo era oscuro y de piedra. Scorpius pasó las yemas de sus dedos por las paredes y notó que todo estaba cubierto de polvo. La luz apenas conseguía penetrar por los cristales sucios y, aunque afuera hacía un intenso calor, allí adentro corría una extraña brisa gélida que los hizo sentirse en invierno.
A fondo de esa tétrica sala pendía una escalera torcida. Rose se aproximó a ella y vio que era extensa. Los escalones eran irregulares, hechos de piedra maciza. Scorpius empezó a subirla con precaución pero con firmeza. La pelirroja se apresuró a seguirlo, aunque no podía dejar de sentirse extraña en ese lugar.
Tenía la inexplicable sensación de haberse metido en la boca del lobo.
Al finalizar el tramo de las escaleras se vieron frente a un extenso pasillo que luego se dividía en otros cuatro extensos pasillos alineados, todos con muchas puertas.
Una voz oscura y rugosa resonó por las paredes de forma clara y contundente:
—Bienvenidos, Rojo y Negro.
Rose y Scorpius buscaron a su alrededor, mirando por todas partes, intentando encontrar el lugar preciso desde donde provenía aquella voz, pero fue inútil: la voz no provenía de ninguna parte en específico, sino de todos los rincones.
— Sigan en línea recta hasta la puerta al final del pasillo.— dijo la voz. —Estará abierta.
Rose y Scorpius intercambiaron miradas y, después de confirmar en la mirada del otro que estaban listos para seguir, avanzaron por el pasillo tal y como la voz se los había ordenado.
Scorpius fue el primero en entrar por la puerta indicada. El lugar era, como todo el castillo, de piedra. Estaba iluminado y en el centro permanecía una especie de mesa circular vacía, pero con inscripciones extrañas en sus bordes. Rose observó el lugar en silencio y no pudo evitar un estremecimiento. No sabía por qué, cada vez que pestañeaba, imágenes extrañas aparecían tras sus párpados: calabozos con niños y niñas espinelas, hombres y mujeres, sangre…
Rose se llevó una mano a la cabeza. ¿Acaso estaba enloqueciendo?
Mientras Scorpius subía por una escalerilla dentro de la misma estancia que llevaba a un piso pequeño flotante y visible desde abajo, Rose escuchó unos pasos acercándosele por detrás y, ahogando un grito, se dio la vuelta bruscamente.
—¡Leo!— exclamó la pelirroja, asustada. —¿Qué haces aquí?
El moreno parecía intranquilo y miraba por doquier como si quisiera asegurarse de que no había nadie más allí adentro.
—Pensé en irme.— le dijo. —Debí irme. Pero no podía dejarte aquí, cabeza de tomate. No podía hacerlo después de….
La voz que los había guiado hasta allá sonó nuevamente, esta vez dentro de la habitación:
—Bienvenido, Leo Drake.
Rose y Leo se voltearon para ver, al fondo de la sala, a un hombre alto, de piel verdosa y cuarteada, cubierto por un sobretodo negro.
El moreno empujó a Rose y se colocó frente a ella mientras desenvainaba la espada.
Jim Sangre le sonrió mostrando unos dientes amarillentos y roídos.
—Viniste por tu oro, supongo.— le dijo y sacó de su bolsillo una pequeña bolsa que lanzó sobre la mesa de piedra. —Gracias por tus servicios.
Leo ni siquiera miró la bolsa.
—Ya no lo necesito.— le dijo. —No sé para qué la quieres, pero no voy a dejar que le hagas daño. Primero muerto.
Jim Sangre rió produciendo un sonido gutural que sólo consiguió poner más nerviosa a Rose.
—Entiendo, entiendo.— dijo el mago. —La chica es atractiva, debo admitir, pero jamás pensé que llegaría el día en el que un pirata como tú rechazaría cincuenta monedas de oro por un trabajo que ya realizó. Después de todo, ella está aquí porque tú la trajiste. ¿No te parece que es muy tarde para arrepentirte?
Rose miró a Leo, confundida.
—¿De qué está hablando?— le preguntó.
Leo clavó sus ojos verdes en Rose con profundo pesar.
—Él me ofreció oro para traerte desde Piedras Caídas hasta la isla.— le confesó, avergonzado. —Yo no te conocía, sólo sabía que eras Rojo y poco me importaba lo que Sangre pretendiera hacer contigo. Las cosas cambiaron en el transcurso del viaje. Y ahora me importa.
—Pero…— murmuró Rose, aturdida. —Pero…¡si tú ni siquiera querías llevarme en primer lugar! Tuve que nadar hasta tu barco y…
—Te hice creer que no quería llevarte.— le dijo Leo. —Me coloqué en la zona alta del peñasco para que me vieras y te dirigieras a mí por tu propia voluntad. Luego fingí que no me interesaba llevarte porque, claro, sería sospechoso si me ofreciera a hacerlo, ¿no crees?— hizo una pausa y suspiró. —Sabía que ibas a nadar hasta el barco. Sabía que no dejarías pasar tu única oportunidad.
Jim Sangre miró la espada extendida de Leo.
—Creo que será mejor que bajes eso.— le dijo. —Puedo derrotarte con los ojos cerrados en una lucha de espadas, así que te recomiendo que te marches. Ya tengo lo que buscaba: conocer a Rojo.
Leo mantuvo su espada a la defensiva.
—Sé muy bien lo que haces con chicas como ella.— le dijo el moreno. —No voy a permitir que le hagas daño. Ya te lo he dicho: no quiero tu oro.
Jim Sangre sonrió.
—Te equivocas, Drake.— le dijo el mago. —No hay chicas como ella. Rojo es Rojo. No hay dos. No la traje aquí para dañarla, sólo quería conocerla y quizás probar un poco de su sangre.
Leo levantó aún más su espada y Jim Sangre aplaudió, riendo, mientras sacaba la suya, desenvainándola lenta y peligrosamente.
—Muy bien, Leo Drake.— le dijo el mago. —Que sea como tú quieras.
Rose gritó cuando las dos espadas chocaron con fiereza por primera vez, pero todo lo que siguió fue tan rápido que apenas consiguió tomar aire. Jim y Leo se movían como dos bailarines de la muerte; el primero atacando siempre y el segundo defendiéndose, pero incapaz de tomar la delantera. La rapidez de la muñeca de Jim era única. Rose jamás había visto a alguien poner en práctica esos movimientos.
Desde arriba Scorpius se asomó por el ruido y vio la escena. Rápidamente se precipitó hacia abajo.
De un solo golpe la espada de Leo resbaló por el suelo lejos de su alcance. Jim colocó la punta de la suya en la garganta del moreno.
—Eres muy tonto, Leo Drake.— le dijo.
Jim estuvo a punto de dar su estocada final cuando la voz enérgica de Rose lo detuvo en seco:
—Si lo matas, yo te mataré a ti.— le dijo la pelirroja sosteniendo con firmeza la espada de Leo y amenazándo a Jim a menos de dos metros de distancia.
El mago sonrió.
—No hay nadie mejor con la espada que yo, Rojo.— le dijo el mago. —No creo que puedas asustarme con esa amenaza.
Rose se mantuvo seria.
—No te estoy amenazando con esta espada.— le dijo la pelirroja. —Te estoy amenazando con fuego.
De repente, ante los ojos perplejos de Jim Sangre, la hoja de la espada que Rose sostenía se incendió como una antorcha flameante. Las llamas se reflejaron en las pupilas del mago como si se tratara del mismo infierno. Jim retrocedió, soltanto a Leo, a una esquina del salón, cubriéndose con su sobretodo negro.
—Tu castillo es bastante oscuro. Vives en las tinieblas. Siempre entre el frío de estas paredes.— dijo Rose empuñando la espada de fuego. —A personas como tú no les gusta el fuego.
Jim, a una distancia prudencial, sonrió.
—Me gusta el fuego.— le dijo. —Me gusta como todo aquello a lo que le temo. Es por eso que insistí en que llegaras a la isla, Rojo. Sólo hay un tipo de sangre como la tuya. Quiero probar en mis labios el sabor de la sangre de fuego.
Leo se incorporó.
—Este hombre está demente.— dijo en voz alta.
Rose miró a Jim a los ojos.
—Te dejaré probar mi sangre, pero deberás prometerme algo antes.— dijo ella. —Nos dejarás ir a los tres en cuanto terminemos la prueba. Quiero tu palabra.
Leo miró a Rose con incredulidad.
—¿Estás loca? ¡La palabra de este hombre no vale nada!— le soltó.
Scorpius, quien permanecía cerca de Rose, guardó silencio durante algunos segundos, luego miró a la pelirroja.
—¿Estás segura de lo que estás haciendo?— le preguntó.
Rose, quien había empezado a palidecer por el enorme esfuerzo que le significaba mantener la espada flameando, asintió. La repentina fuerza que había adquirido su fuego tras la muerte de Eros había desaparecido y todo había vuelto a la normalidad.
—Sé lo que estoy haciendo.— le dijo ella a Scorpius. —Por favor, confía en mí.
Jim mantuvo su desagradable sonrisa.
—Te doy mi palabra de que, si me dejas probar tu sangre, te permitiré a ti y a tus dos amigos marcharse.— dijo el mago. —Después de todo si no lo hago la Orden vendría por mí, y eso no me gustaría ni un poco.
Rose permitió que la espada se apagara y se la entregó a Leo.
—Genial. Ahora ni siquiera puedo guardarla porque está ardiendo.— murmuró el moreno.
Rose lo miró brevemente.
—Deberías estar feliz porque salvé tu vida, zopenco.— le dijo la pelirroja.
Leo la miró con incredulidad.
—¿Zopenco?— preguntó. —¿Me acabas de llamar zopenco?
Rose le sonrió.
—Es tu nuevo apodo.— le dijo. —No eres el único con ingenio aquí, ¿sabes?
Scorpius tuvo que disimular una sonrisa involuntaria mientras que Jim Sangre volvía a aproximarse a ellos.
—Bien.— dijo el mago. —Reclamo un trago de tu sangre, Rojo.
Scorpius subió nuevamente las escaleras y desde arriba le lanzó a Leo una copa. El pirata la agarró con torpeza.
—¡Hey!— le gritó. —¿Pretendes matarme?
Scorpius, mientras bajaba las escaleras de vuelta al salón, se encogió de hombros.
—Matarte no es mala idea, después de todo, eres algo molesto.— le dijo el rubio.
Rose entornó los ojos.
—Dame la copa.— le pidió a Leo.
El moreno se la entregó y, sin poder preveerlo, Rose abrazó la hoja de la espada del pirata con su mano izquierda y la deslizó, abriéndose la palma y sangrando profusamente.
—¡Por todos los mares e islas mágicas!— soltó Leo, disgustado al ver su espada manchada de sangre. —¿En verdad tenías que hacer eso?
Scorpius vio cómo Rose puso su mano encima de la copa y dejó que su sangre cayera dentro de ella. Jim vio la escena relamiéndose los labios. El slytherin avanzó hacia la pelirroja y la alejó de la copa cuando creyó que ya era suficiente. Tomó la mano ensangretada de Rose entre las suyas y apretó. Ella gimió levemente.
El rubio miró a Leo.
—¿Tienes un trozo de tela?— le preguntó. —Hay que parar la hemorragia.
El moreno se revisó a sí mismo infructuosamente y, luego de verificar que no tenía nada más que su propia ropa, arrancó un pedazo de tela de la parte baja de su pantalón y se la entregó a Scorpius. Hábilmente el slytherin envolvió la mano de Rose haciendo una especie de torniquete.
La pelirroja se veía pálida y débil. Scorpius la tomó de la barbilla y la forzó a mirarlo a los ojos.
—¿Hace cuánto que no has comido algo?— le preguntó.
Rose murmuró con los labios secos:
—No lo recuerdo.— dijo la pelirroja, recuperándose. —Ciertamente no he comido nada desde que empezó la prueba.
Leo observó cómo Jim tomaba la copa con manos temblorosas y se la llevaba a los labios. Durante varios segundos pareció degustar de un exquisito manjar y, cuando abrió los ojos, los clavó en Rose como dos anzuelos, pero ella no pudo verlo porque estaba discutiendo con Scorpius sobre lo estúpido que era reclamarle por no haber comido como si hubiera sido su elección.
—Si hubiera tenido comida a la mano habría comido, Scorpius.— le dijo la pelirroja. —No he decidido matarme de hambre de forma voluntaria.
—Estamos rodeados por mar.— la regañó el rubio. —¿Qué tan difícil puede ser pescar un pez para una Dovahkiin que doma nundus? Es ridículo.
—Ridícula es esta conversación— le dijo Rose, ofendida. —¿Se puede saber desde cuándo eres la reencarnación de mi hermano y mi padre juntos?
Scorpius la miró con desagrado.
—Primero muerto antes que ser la reencarnación de tu hermano.— le dijo el rubio. —Tienes una familia bastante desquiciada, ¿lo sabías?
Las mejillas de Rose se sonrosaron por la irritación.
—¡Mi familia no está desquiciada!— le dijo, levantando la voz. —Es sólo que somos demasiados y normalmente tenemos que compartir espacios muy pequeños y eso nos provoca un poco de neurosis.
Scorpius se cruzó de brazos y la miró victorioso.
—Entonces admites que en tu familia existe un problema y que sus miembros son inestables y neuróticos.— dijo el rubio.
Rose abrió la boca como si quisiera decir algo, pero luego la cerró. Bufó con fuerza.
—¡Pues tu papá no es tan guapo como crees!— le dijo la pelirroja, pero se arrepintió de inmediato. "¿Es eso lo único que se te puede ocurrir, Rose?", se dijo a sí misma, avergonzada.
Scorpius sonrió y se acercó a ella peligrosamente. Ella se sonrojó esta vez con mayor intensidad.
—¿Y yo?— le preguntó, divertido. —¿Soy tan guapo como papá?
—¡Guarda tu distancia!— le dijo Rose, nerviosa, empujándolo en el pecho con su mano cortada. —¡Auch!
Jim miró a Leo mientras dejaba la copa sobre la mesa.
—¿Son novios o algo por el estilo?— le preguntó.
Rose y Scorpius, quienes habían escuchado la pregunta, miraron a Jim y espondieron al unísono:
—No.
Los dos intercambiaron miradas y Scorpius completó:
—Todavía.— le dijo al mago.
Jim sonrió nuevamente y Leo miró hacia otro lado, encontrando desagradable los dientes que el mago mostraba sin complejos.
—He obtenido lo que buscaba.— dijo Jim Sangre, y miró a Rose. —En verdad eres una sangre de fuego. No eres una impostora ni una farsante. Tenía que comprobarlo.
Rose tragó saliva.
—Ahora tenemos que pasar una de tus pruebas, ¿no es así?— le preguntó ella, cambiando de tema.
Jim asintió.
—Negro, entrarás primero.— le dijo el mago. —Debes salir al pasillo y tomar cualquier puerta que quieras. Detrás de ella encontrarás la prueba que debes superar.
Scorpius lo miró con escepticismo.
—¿Sólo eso?— le preguntó. —¿Así de sencillo?
Jim volvió a sonreír desagradablemente.
—No es sencillo, Negro.— le dijo. —Soy el mago de las ilusiones. Enfrentarte a una de mis ilusiones será una de las cosas más difíciles que tengas que hacer en tu vida. Para superarla tendrás que luchar contra tus miedos y tus debilidades. El único que hará que pierdas o ganes esta prueba, serás tú mismo.
Scorpius suspiró con hastío.
—De acuerdo.— le dijo al mago. —Acabemos con esto.
El slytherin salió de la habitación y, desde afuera, se pudo escuchar claramente cómo abría una puerta y la cerraba tras de sí.
Jim se dirigió hacia Rose y Leo se colocó al lado de la pelirroja inmediatamente, haciendo notar su presencia como su fiel protector.
Al mago no pareció importarle y apenas reparó en la presencia del moreno.
—A ti voy a darte dos opciones, Rojo.— le dijo a Rose, mirándola a los ojos. —Puedes tomar una puerta del pasillo, igual que Negro, y enfrentarte a la ilusión que deberás superar para pasar esta prueba o, puedes, por el contrario, tomar esta puerta.— Jim señaló una puerta larga y blanca que se encontraba al fondo del salón. —Que es la puerta de las revelaciones.
Rose frunció el ceño y lo miró confundida.
—¿La puerta de las revelaciones?— le preguntó. —No entiendo. Creí que tenía que superar una de tus pruebas…
—Te lo explicaré claramente.— le dijo Jim. —Si decides entrar por la puerta de las revelaciones habrás dejado que Negro gane esta prueba, puesto que él será el único en enfrentarse a la prueba en sí.— hizo una ligera pausa. —Pero si entras por la puerta de las revelaciones tendrás justo lo que muchos anhelan más que nada en el mundo: una revelación.
Leo miró a Rose.
—No lo escuches, está tratando de jugar contigo.— le dijo, y luego miró al mago. —Te lo advierto: si le haces daño yo…
—No intento engañarte, Rojo.— le dijo el mago. —No ganaría nada con eso. Ya te he dicho que si no regresas los de la Orden vendrán por mí. Y no me interesa tenerlos aquí.
Rose le dedicó una mirada de escepticismo.
—¿Entonces por qué me ofreces una opción que a Scorpius no le diste?— le preguntó.
Jim Sangre rió cortamente.
—Porque tú eres diferente, niña.— le dijo. —Tú necesitas lo que te estoy ofreciendo, Negro no. Él lo tiene todo claro. Lo puedo ver en sus ojos. En cambio tú dudas sobre tu futuro en esta competencia. Dudas sobre lo que debes hacer, sobre cuales deben ser tus siguientes pasos. —Jim dio un paso hacia Rose acercándose demasiado, pero ella no retrocedió, sólo contuvo la respiración. —La puerta de las revelaciones te mostrará lo que te aguarda. Claro que no lo hará de forma literal: la verdad sólo se muestra escondida bajo metáforas y formas oníricas que tendrás que interpretar por tu cuenta. Aún así es una oportunidad única la que te ofrezco.
—Y a cambio debo dejar que Scorpius gane.— dijo la pelirroja bajando la mirada al suelo como si reflexionara la propuesta.
—Él no sabrá que tú no hiciste la prueba con él.— le dijo Jim Sangre. —Además, aún así tendrá que superar la ilusión. Si no lo hace, aún tendrás tiempo de hacer la prueba y ganar.
Rose guardó silencio. No podía evitar sentir curiosidad por lo que aquella pruerta podría mostrarle. Después de todo lo ocurrido, de la muerte de Cycill, del ataque en Hogsmeade, de la muerte de Eros, ¿cómo no iba a querer tener una revelación, algo que le mostrara, a través de tanta niebla, lo que en verdad estaba ocurriendo?
Leo, sorprendido por la actitud meditativa de Rose, la tomó por los hombros y la hizo mirarlo.
—No puedes rendirte así de fácil.— le dijo. —¿Vas a dejar que Negro te gane así, sin más, sin ni siquiera luchar?
Rose clavó sus ojos azules en el moreno.
—Ya rompí una de las reglas que debía mantener hasta el final: no hablar durante el día.— le dijo a Leo. —Dudo que entrar por la puerta de las ilusiones me haga ganadora de esta prueba.
—¿Entonces te vas a rendir?— le preguntó Leo, enfadado. —¡No puedo creerlo!
Rose lo miró con severidad.
—No estoy rindiéndome.— le dijo con firmeza. —¿Qué no entiendes que estoy haciendo todo lo que puedo para no rendirme? ¡Tú no sabes lo que fue quemar a Eros! Si sigo en esta competencia tendré que afrontar más ataques y más pérdidas. Necesito saber si vale la pena. Necesito saber si debo seguir o no.
Leo negó con la cabeza.
—Debes seguir adelante porque eres sangre de fuego, Dovahkiin, domadora de dragones y de bestias, ¿qué no es suficiente?— le dijo, frustrado. —¡Naciste para esto! Cabeza de tomate, nunca he conocido en mi vida a alguien como tú. Nunca he visto tanto poder en una bruja sin varita en mano. ¿Es que no ves que estás destinada a ser grande? Namia y yo lo hemos visto, pero además también hemos visto que eres valiente y leal. Si otros ven lo que nosotros pronto estarán apoyándote. Puedes tener el mundo a tus pies…
Los ojos de Rose se humedecieron.
—No es suficiente.— le dijo al moreno mirándolo a los ojos. —Necesito algo que me ayude a entender todo lo que está pasando a mi alrededor y que no puedo desentrañar. Por favor, entiéndeme: el poder que tengo, ese que desconozco y que no puedo controlar, no significa nada para mí si no puedo proteger a los seres que amo.
Leo se llevó una mano a la frente y suspiró, apretándose la sien. Después de varios segundos de silencio volvió a mirarla, resignado.
—Estaré aquí esperándote.— dijo el moreno, finalmente. —No voy a dejarte sola con este vampiro.
Jim le sonrió tétricamente a Leo y él sólo lo ignoró.
Rose respiró hondo y se llevó un rizo atrás de la oreja.
—Aquí voy.— dijo casi para sí misma.
La pelirroja avanzó hacia la puerta blanca y, resoluta, envolvió el pomo frío con su mano derecha.
Cuando entró la puerta inmediatamente se cerró de un portazo tras de ella.
Yo, Negro
Cuando la puerta se cerró a sus espaldas Scorpius no vio más que una negrura densa e infinita. Durante varios segundos no se atrevió a moverse y esperó a que algo ocurriera, algo que lo obligara a caminar. Tenía claro que la ilusión podría comenzar en cualquier momento y creía estar listo para cualquier cosa. Sin embargo, jamás habría podido prepararse para lo que apareció repentinamente frente a él.
Una luz se encendió y sólo iluminó, en un círculo, a su padre, Draco Malfoy, encadenado contra una columna de mármol. En el suelo junto a él, pero fuera de su alcance, estaba una varita. Scorpius, descolocado, se acercó lentamente hacia su padre y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, notó que aunque, en efecto, se trataba de Draco Malfoy, parecía mucho más joven de lo que era en la vida real. Scorpius lo observó con verdadera atención: sus ojos grises se encontraron con los ojos grises de su progenitor y supo, no sin antes sentir cierto escalofrío recorriéndole la columna vertebral, que el que estaba frente a él, encadenado, era Draco Malfoy a sus 17 años.
Era su padre, pero con la misma edad que tenía él en ese preciso instante.
Draco miró a Scorpius con desdén.
—¿Quién eres?— le preguntó.
Scorpius continuó mirándolo como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
—No lo creerías si te lo dijera.— le respondió.
Draco tiró de sus cadenas, pero éstas no le permitieron moverse más que unos milímetros. Clavó sus ojos metálicos en Scorpius con ira contenida.
—Cuando mis padres sepan que me tienes aquí, secuestrado, te pasará lo mismo que esa asquerosa sangre sucia.
Una nueva luz se encendió metros más allá y Scorpius vio, con un nudo en la garganta, el cadáver de la que parecía ser una Hermione Granger de 17 años. Sus rasgos faciales le parecieron más parecidos a los de Rose que nunca. Sangre espesa corría por el suelo. En su antebrazo, pequeño y de apariencia frágil, alguien había tallado "sangre sucia" con algún elemento puntiagudo. Entonces su mirada se volvió a la varita que estaba a unos pocos centímetros.
La punta estaba manchada de rojo.
Cuando volvió a clavar sus mirada, entre espantada y dolida, en la de su padre, lo que encontró fue una sonrisa cínica y demencial. Draco sudaba y el cabello rubio se le pegaba en la frente. Scorpius sintió repulsión al verse así, tan similar a su padre: los dos tenían ojos grises, los dos medían lo mismo y sus cabellos era rubio platinado. Sin embargo, no podía reconocerse en los ojos grises de ese chico que parecía disfrutar con la muerte de otro ser humano.
—¿Tú la mataste?— preguntó Scorpius temblando por la indignación.
Draco mantuvo su sonrisa sardónica desfigurándole el rostro.
—Mi tía lo hizo.— le dijo. —El mundo es un lugar mejor cuando ratas como Hermione Granger son aplastadas.
Scorpius lanzó un golpe tan certero sobre el rostro de Draco que lo hizo sangrar profusamente por la nariz.
—¡Cállate!— le gritó Scorpius, alterado, y luego se llevó ambas manos a la cabeza. —Nada de esto es real. Esto no es real, es sólo una ilusión.
Draco lo miró furioso.
—¡Tus abuelos van a matarte!— le gritó mirándolo con desprecio. —¿Enamorarte de la hija de una sangre sucia? ¿Crees que Rose Weasley Granger podría jamás entrar en nuestra familia? ¡Mírate! ¡Eres un Malfoy y los Malfoy somos mortífagos!
Scorpius miró su antebrazo y, con espanto, vio la marca tenebrosa moviéndose sobre su piel como una serpiente.
Draco le sonrió.
—Esto es lo que debió haber pasado.— dijo el rubio. —¡Mi tía debió haber asesinado a esa asquerosa impura y así Rose Weasley Granger jamás habría existido! — rió mientras gotas de sangre corrían de su nariz hasta su barbilla y caían por su cuello, manchándole la camisa. —Scorpius Hyperion: eres un Malfoy. Sabes perfectamente que no puedes escapar de esa marca. Que en el fondo, muy en el fondo, eres exactamente igual que yo y que tus abuelos y que tía Bellatrix.
Scorpius negó con la cabeza, afectado.
—Tú no eres mi padre.— dijo con debilidad. —No eres mi padre…
—Puedes decir todo lo que quieras, pero soy tu padre.— le dijo Draco. —A tu edad estaba cazando sangre sucias, y aunque la guerra la perdimos, nada va a cambiar el hecho de que soy y siempre seré un mortífago. — sonrió. —Nada va a cambiar el hecho de que mi tía torturó a Hermione Granger. Y nada va a cambiar el hecho de que yo hubiera querido que esa asquerosa rata muriera al igual que Weasley y Potter. ¡Habría dado todo por matarlos con mis propias manos! — rió. —¿Crees que la familia de Rose Weasley Granger va a aceptarte siendo lo que eres? ¿Qué crees que sentirá el pobretón de Ronald Weasley cuando te vea, tan parecido a mí, tomando la mano de su hija?
—Cállate…— murmuró Scorpius.
—¿Y crees que alguien quiere que ganes esta competencia?— le soltó Draco malévolamente. —¿Crees de verdad que la gente quiere al hijo de un mortífago al frente de la Orden de Merlín? ¡No me hagas reír! No importa lo que hagas para limpiar tu imagen: tu apellido siempre te precederá. Eres mi hijo.
Scorpius miró la varita tirada en el suelo y se inclinó para recogerla. Draco lo vio incorporarse con la misma sonrisa cínica de siempre pintada en sus labios manchados de sangre.
—¿Vas a soltarme o vas a matarme?— le preguntó el rubio. —No tienes las agallas para asesinar a tu propio padre.
Scorpius apuntó a Draco con la varita. Sus ojos grises estaban llenos de lágrimas.
—Yo conozco a mi padre.— le dijo a Draco. —Él nunca fue como tú; él era un chico asustado que seguía, sin saber muy bien por qué, lo que sus padres le habían enseñado toda su vida. Fue un adolescente que cuando llegó la guerra tuvo miedo de morir en manos de Voldemort, y aún así no fue capaz de matar a Albus Dumbledore, ni de delatar a Harry Potter cuando pudo hacerlo. — Scorpius pegó la punta de la varita en el pecho de Draco. —Mi padre jamás habría disfrutado de la muerte de Hermione Granger ni de la de ninguno de sus amigos. Él estaba asustado y equivocado, como todos podemos estarlo alguna vez en nuestras vidas. Por eso, entiéndelo de una vez: tú no eres mi padre, eres una ilusión. Y por eso, porque ni siquiera eres un ser humano de carne y hueso, voy a matarte.
Draco palideció.
—No soy una ilusión.— le dijo mirándolo a los ojos. —Soy un fantasma de tu mente. Existo en ti.
Scorpius esbozó una media sonrisa muy similar a la que Draco había estado mostrando durante esos minutos.
—Quizás ya es tiempo de que dejes de existir en mí, entonces.— le dijo. —Avada Kedavra.
Y todo se desvaneció como un espejismo.
Yo, Rojo
Rose tembló en la oscuridad. Nada era visible en aquella negrura impenetrable. Tanteó como una ciega durante algunos segundos, asustada sin saber por qué, con un sabor amargo en los labios. Entonces sintió en su mano derecha un objeto y gritó. De repente había aparecido algo en su mano y no pudo acertar a reaccionar de otra manera. Su respiración se volvió agitada e intentó calmarse. Debía recordar que aquella habitación era toda producto de una ilusión. Era normal que aparecieran cosas. Tenía que aceptar lo que viniera como si fuera producto de un sueño. El mismo Jim Sangre se lo había dicho:
"La verdad sólo se muestra escondida bajo metáforas y formas oníricas."
Estaba claro que lo que vería se parecería a un sueño.
O quizás a una pesadilla.
Rose, con las manos temblorosas, logró aplastar un botón del objeto que tenía en su mano. Una luz blanca salió, de pronto, de lo que parecía ser una linterna. Había visto ese objeto en varias ocasiones en casa de sus abuelos Granger. Con ayuda de la linterna Rose pudo divisar las dimensiones de la habitación y sus objetos.
El lugar estaba lleno de camas vacías y destrozadas ubicadas en fila, como si se tratara de una enfermería o de un sanatorio. Sin poder dejar de temblar, Rose dejó que la luz de su linterna se paseara por las paredes: todas tenían frases escritas con pintura roja, o quizás con sangre, Rose no quiso comprobar de qué sustancia se trataba. Intentó descifrar lo que estaba escrito, pero aparecía en un idioma desconocido para ella.
Un rayo tronó iluminando los cristales de una ventana al fondo de la estancia. Rose caminó hasta allí, trémula de pies a cabeza, incapaz de eliminar esa sensación de horror que la embargaba sin motivo alguno. A través de la ventana no podía verse más que una intensa lluvia y una oscuridad profunda. Un nuevo relámpago estalló y, con la luz, pudo verse reflejada en el cristal por unos microsegundos que le bastaron para soltar un pequeño quejido y llevarse las manos a la cara.
Su rostro, todo su rostro, estaba marcado con cruces negras.
Rose retrocedió, aterrada, y sintió cómo algo le caía encima del hombro. Puso sus dedos en aquella sustancia espesa y roja, y esta vez no le cupo duda de que se trataba de sangre. Lentamente levantó la linterna y la mirada hacia el techo.
Lo que encontró la hizo llevarse la mano a la boca para no gritar.
Cientos de calaveras sangrantes emergían del tejado moviendose como si fueran almas en pena. Rose retrocedió, despavorida, tapándose la boca mientras que su corazón latía a mil dentro de su pecho, hasta que se chocó contra una mesita. La pelirroja, al borde de los nervios, se volteó y vio, colocadas boca abajo, docenas de fotografías en donde aparecía ella de vacaciones en casa de sus abuelos Granger. Era ella en todas las edades, en el jardín, en la sala, en la cocina de los Granger. Las fotos empezaron a derretirse y a formar una sustancia negra que corrió por la mesa transformándose en sangre.
Las calaveras sangrantes del techo empezaron a gemir.
Rose, aterrorizada y sollozando, entendió lo que decían: "Ayúdanos".
—¡Quiero salir de aquí! ¡Sácame de aquí!— gritó Rose, llorando y tapándose los oídos, pues los gemidos y los gritos de "Ayúdanos" se habían vuelto ensordecedores.
Junto a una de las camas una sombra apareció. Poco a poco la sombra se convirtió en un hombre encapuchado, pero no era como los que la habían atacado: este hombre no usaba una capa gris, sino una de un color que Rose no alcanzaba a identificar por la oscuridad. Trató de apuntarlo con la linterna, pero su cuerpo entero temblaba espasmódicamente y no conseguía apuntar a nada certero.
"Tengo que salir de aquí, tengo que salir", se dijo a sí misma y corrió hacia la puerta.
Cuando la abrió no pudo evitar caer, frente a las miradas de sorpresa de Leo y Jim, al suelo desfallecida.
27.-
La traición
Rose recuperó el conocimiento sobre el sofá de la mansión Gozenbagh. Durante varios segundos no logró abrir los ojos, sólo sentir cómo el estómago se le revolvía. Aún tenía grabadas las imágenes de lo ocurrido tras la puerta de las revelaciones. No pudo evitar soltar otro gemido y estremecerse. Cuando por fin consiguió abrir los párpados vio una ronda de cabezas —Scorpius, Gania, Fiodor, Rizieri y Earlena— mirándola con preocupación. La pelirroja se sentó al instante y los demás se alejaron, dejándole espacio para respirar.
—¿Estás bien, querida?— le preguntó Earlena.
Rose se llevó una mano a la cabeza. Le dolía. ¿Podría haberse golpeado al caer desmayada al suelo? ¿Cómo había llegado hasta allí? Lo último que recordaba era estar en el castillo de Jim Sangre. ¿Qué había ocurrido después de que consiguió escapar de aquella terrible habitación? Rose miró su ropa en busca de alguna confirmación de que todo lo que le había ocurrido en la Isla de las Piedras había sido real. Encontró, con gran decepción, las marcas de la sangre de Eros en su ropa, aquellas que no había logrado quitar.
—Toma, necesitas beber agua.— le dijo Gana ofreciéndole un vaso.
—Gracias.— murmuró Rose con debilidad, y luego levantó la mirada para clavarla en Scorpius, quien la observaba en silencio pero muy atentamente. Ella se aclaró la garganta y preguntó: —¿Cómo llegué aquí?
Rizieri le sonrió.
—Scorpius te encontró inconsciente cuando terminó la prueba.— le dijo el mago. —Te llevó consigo hasta el traslador que le dejamos a Jim Sangre y te trajo de vuelta hasta aquí.— hizo una pausa. —Bueno, ya debes saber que él ganó la cuarta prueba.
Rose miró a Scorpius brevemente y asintió.
—Sí, lo esperaba.— dijo la pelirroja. —Felicidades. Te lo merecías.
Scorpius, quien permanecía cruzado de brazos —tenía puesta, ahora, una camisa—, la miró a los ojos.
—Cualquiera de los dos lo merecía.— le dijo con simpleza. —Leo me pidió que te dijera que llevaría a Namia de regreso a Avalon. Creo que no quería que te preocuparas más por ella.
Rose asintió y guardó silencio. Intentó no cerrar los ojos: cada vez que lo hacía las imágenes terribles que había visto en la habitación de las revelaciones aparecían con viveza. Se dio cuenta, avergonzada, de que sus manos temblaban y de que todos lo habían notado.
—¿Seguro que estás bien?— preguntó Earlena, preocupada.
Gania se acercó a Rose y se sentó junto a ella, quitándole el vaso de agua y poniéndolo sobre una mesita que estaba junto al sofá. Le puso una mano sobre la frente.
—No parece tener fiebre.— dijo en voz alta. —Pero tiene un aspecto bastante terrible.
Scorpius intervino.
—No ha comido nada desde que entró a la prueba. — informó a todos. —Y dudo que haya bebido el agua necesaria tampoco.
Rose miró al slytherin con cierto reproche.
—¿Tienes que hacerme quedar como una suicida?— le preguntó, débilmente. —Si no comí o bebí la suficiente agua fue porque estaba muy ocupada intentando salvar mi vida de otros peligros más inminentes.
Scorpius la miró con severidad.
—¿No dijiste que era como tu hermano y tu padre juntos?— le preguntó. —Pues bien: hasta que nuestra situación se estabilice es exactamente lo que seré de ahora en adelante, así que acostúmbrate.
Fiodor miró a Gania, confundido.
—¿Hasta que su situación se estabilice?— preguntó. —Creo que no estoy entendiendo muy bien todo esto.
Rizieri miró a Rose con el ceño fruncido mientras se acariciaba la barbilla.
—Será mejor que subas y descanses.— le dijo. —Haré que te lleven algo de comer.
—Yo la llevaré.— dijo Scorpius mientras caminaba hacia la pelirroja.
Mientras el rubio avanzaba hacia ella, Rose notó que la camisa que el slytherin llevaba puesta no estaba del todo abotonada (seguramente se la había puesto de forma apresurada al llegar), y no pudo evitar sonrojarse intensamente y estirar su brazo hacia él en señal de que parara.
—No es necesario, puedo caminar sola. —le dijo, y luego agregó con ironía: —Hermanito.
Scorpius la miró con algo de perplejidad. ¿Estaba burlándose de él? O tal vez lo estaba retando nuevamente a seguir con esa especie de cacería en la que estaba seguro de que ganaría. Rose no podría resistírsele para siempre. Ella tenía sentimientos hacia él. Si tenía que usar todas sus armas para hacer que Rose volviera a estar a su lado, las usaría sin ningún tipo de escrúpulos.
El slytherin le sonrió a la pelirroja y ella se estremeció. "¿Quieres jugar, Rose? Muy bien, juguemos", pensó Scorpius.
Te llevaré a tu habitación.— le dijo victorioso y claramente divertido ante la expresión de consternación de la gryfindoriana. —Y cuidaré de ti como el mejor de los hermanos. Toda la noche si es necesario.
Earlena aplaudió, sonriente.
—¡Cómo me encanta lo bien que se llevan!— dijo la bruja. —Este es el verdadero espíritu de la competencia: que todos nos unamos en un lazo de fraternidad.
Scorpius miró a Earlena con una sonrisa en los labios.
—Rose y yo comos muy fraternales.— le dijo a la bruja. —Hemos alcanzado un nivel de intimidad que, estoy seguro, ella no ha alcanzado ni siquiera con su hermano Hugo.
Rizieri sonrió.
—Es bueno escuchar eso.— dijo el mago. —Normalmente en este tipo de competencias es común que los involucrados se distancien y tomen precauciones el uno con el otro. Es agradable saber que son lo suficientemente maduros como para sobrellevarlo de esta manera.
Scorpius se sentó al lado de Rose, quien no sólo estaba sonrojada sino también con la boca semiabierta, y le pasó un brazo por encima de los hombros, pegándola amistosamente contra él.
—Sí, somos como hermanos.— dijo el slytherin. —Ya lo ha dicho ella. Solemos llamarnos "hermana" o "hermano" todo el tiempo. ¿No es verdad, hermanita?
Rose entornó los ojos y suspiró, resignada.
—Sí.— dijo la gryffindoriana. —Es exactamente como él dice.— con cautela se acercó a la oreja del rubio. —Te mataré.— le susuró.
Scorpius también se acercó a la oreja de la pelirroja.
—Me gustaría verte intentarlo.— le susurró como respuesta, rozando sus labios contra el lóbulo de su oreja sin que nadie se percatara de ello. —Tal vez sólo con la muerte podremos terminar con esta relación incestuosa.
Rose lo miró con incredulidad.
—¡Eres demasiado!— le soltó.
El slytherin rió por lo bajo, divertido por la situación, pero entonces todos en la sala dirigieron su mirada hacia la entrada: Ásban había aparecido y los observaba a todos en silencio. Inesperadamente sus ojos se depositaron en Rose. La pelirroja le devolvió la mirada y la garganta se le secó como un desierto. Lo que vio le erizó la piel de la espalda: Ásban llevaba puesto el sobretodo azul de la Orden y, por alguna extraña razón, a la gryffindoriana se le vino a la mente la silueta tenebrosa que había visto en la habitación de las revelaciones, aquella con un sobretodo de un color que le resultó imposible de identificar.
—Creo que la señorita Weasley, y por qué no, todos, deberían venir al comedor.— dijo el mago. —Hay algo que creo que deberían saber.
Earlena y Rizieri intercambiaron miradas curiosas y Rose notó que Scorpius, interesado por lo que estaba ocurriendo, la soltó y se puso de pie. Sus ojos grises la miraron después de ver que Ásban había desaparecido.
—Vamos.— le dijo. —¿No quieres saber de qué se trata?
Rose se humedeció los labios y bajó la mirada. No, no quería saber de qué se trataba. Era como si en el fondo supiera que algo desagradable estaba apunto de pasar y no pudiera hacer nada para evitarlo.
Fue, quizás, en ese momento cuando pensó por primera vez en la ausencia de alguien.
—¿En dónde está Aarón?— preguntó ella en voz alta.
Gania y Fiodor, quienes ya habían empezado a caminar hacia el comedor, se limitaron a encogerse de hombros.
Scorpius endureció su mirada.
—Después podrás ir a verlo, si te place.— le dijo con acidez. —Pero ahora tenemos que ir al comedor. Así que lamentablemente tendrás que esperar.
Rose tragó saliva e intentó ponerse de pie, pero sus piernas temblaron. Scorpius la tomó por su brazo derecho y la ayudó a estabilizarse.
—Te llevaré.— le dijo todavía disgustado. —Apóyate en mí.
Rose permitió que Scorpius la ayudara a caminar. Conforme iban saliendo de la sala el corazón de la pelirroja fue incrementando la velocidad de sus latidos. Notó que sus manos habían empezado a sudar y que se sentía sofocada. ¿Por qué tenía tanto miedo de avanzar hacia el comedor? ¿Por qué le tenía tanto pavor a Ásban?
"No seas ridícula", pensó ella "Respira hondo y aguanta".
Cuando Rose y Scorpius llegaron al comedor no pudieron evitar detenerse abruptamente. Earlena, Rizieri y Ásban estaban de pie y, a unos metros, Aarón permanecía atado a una silla, con una expresión de total y absoluto desconsuelo.
Fiodor y Gania, en una esquina de la estancia, quisieron soltar a Aarón, pero Ásban los detuvo con un gesto de su mano. Rizieri miró a Ásban con enfado.
—¿Qué se supone que haces?— dijo el mago. —¡Suelta al chico, por Merlín!
Earlena bufó, indignada.
—No puedes tratar así al hijo de Gothias dentro de su propia casa.— le dijo al mago. —¿Qué crees que estás haciendo?
Ásban, con una expresión seria e imperturbable, sacó de su sobretodo azul unos papeles y los dejó caer sobre la mesa.
—Encontré esto en el estudio de Aarón.— dijo el mago. —Creo que los datos se explican por sí mismos. Señorita Weasley, quizás le interese verlos.
Rizieri tomó los papeles y empezó a inspeccionarlos.
—¿Qué es eso?— preguntó Earlena. —¿Qué dicen los papeles, Rizieri?
Rizieri había palidecido.
—Son los planos para armar una granada mágica con gas.— dijo el mago.
Ásban asintió.
—La misma granada mágica que metieron en la lechuza de la señorita Weasley.— dijo el mago clavando sus ojos en Rose. —Esa que estuvo destinada a dañarla.
Rose sintió cómo su corazón se detenía y el aire de sus pulmones se evaporaba. Con los ojos llorosos miró a Aarón, quien en la silla luchaba por soltarse.
—Yo no quería lastimarla. — murmuró, afectado, mirando a Ásban con verdadero odio. —Quería protegerla de ti.
Earlena se llevó una mano a la boca.
—Aarón, no me digas que tú….— soltó la bruja. —¡Por Merlín! ¿Qué has hecho?!
—Llevo siguiendo los pasos de Aarón desde la muerte de su padre.— dijo Ásban. —Cuando descubrió que Gothias se suicidó, y supo cuál era la razón por la que lo había hecho, la investigación de Morgana le Fay, se obsesionó con la idea de que yo fui el culpable del suicidio de su padre, de la muerte de su madre, de todo lo malo que le ha pasado en la vida.
Aarón clavó sus ojos como dagas en él.
—Eso es porque lo eres.— le dijo temblando de rabia. —Algún día todos sabrán quién eres en realidad y entonces…
—Me temo que está en un estado de absoluto delirio.— dijo Ásban a sus compañeros. —Evidentemente se trata de un chico perturbado psicológicamente que ha llegado demasiado lejos.
—¿Por qué habría querido lastimar a Rose Weasley?— preguntó Earlena, preocupada. —No tiene ningún sentido.
—Lo tiene.— respondió Ásban. —Quería culparme a mí de ello. Probablemente planeaba crear pruebas falsas y llevarme a Azkaban. Ya que no podía inculparme de la muerte de sus padres intentó arruinarme de otro modo. —el mago suspiró y meneó la cabeza, disgustado. — He sido afortunado por haberme mantenido alerta. Sabía que algo andaba mal con él. Sabía que había entrado a Hogwarts por algo más que sólo mantenerse ocupado.
Aarón luchó nuevamente contra las cuerdas. Su rostro, marcado por la frustración y la ira contenida, se transformó cuando sus ojos oscuros se chocaron contra los de Rose. Sólo entonces se detuvo: dejó de luchar contra las cuerdas y la miró como un cachorro herido, pero no asustado; como un cachorro cansado de pelear contra grandes mastines.
La pelirroja respiró hondo y, tensa de pies a cabeza, caminó con renovadas fuerzas hacia donde estaba el castaño. Aarón la miró con lágrimas en los ojos. Su cabello estaba desordenado y su camisa blanca arrugada por las cuerdas. Rose lo miró con inexpresividad, pero sus ojos eran el horizonte del océano: planos, turbios y húmedos.
Ligeramente temblorosa y sonrojada por la indignación, Rose le sostuvo la mirada.
—¿Mataste a Cycill?— le preguntó con sequedad. Su voz cayó sobre el castaño como un látigo.
Aarón no cortó el contacto visual y, dolido, no logró decir más que:
—Lo siento, Rose.— murmuró. —No sabía qué más hacer para…
El castaño no pudo terminar la frase porque la gryffindoriana descargó una bofetada tan sólida contra su rostro que él se vio forzado a girar la cabeza al lado opuesto.
Scorpius miró, entre aturdido y conmovido por las emociones tan intensas que le llegaban de Rose, cómo la pelirroja enrojecía mientras gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.
—Creí que eras mi amigo.— le dijo, temblando, con una voz apagada, casi inaudible. —Me traicionaste.— Rose hizo una pausa. —Eras tú de quien debía cuidarme desde un principio.
Aarón volvió a mirarla, esta vez con más fortaleza en sus ojos y en sus facciones.
—No es de mí de quien debes cuidarte.— le dijo con firmeza. —No ahora, ni nunca.— la miró desesperado. — Rose: no tuve otra salida. Tenía que hacer que Mcgonagal se tomara en serio la tarea de reforzar tu seguridad. Para hacerlo tenía que provocar un ataque. Uno en el que no salieras gravemente herida, pero que causara los suficientes estragos como para que Mcgonagal me permitiera mudarte a una sala común más segura.
—Mataste a Cycill— repitió Rose, como si no lo hubiera escuchado, mientras las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas. —¿Pensabas usarme para acusar a Ásban? ¿Fuiste tú quien envió a los hombres de las capas plateadas? ¿Tú hiciste que mataran a Eros?
Aarón frunció el ceño, confundido.
—¿Qué?— le dijo. —¿Eros está muerto?
—Ella está muerta.— dijo Rose con frialdad mientras las lágrimas continuaban fluyendo por sus ojos. —Igual que Cycill. — lo miró con dolor. —Creí que eras mi amigo y ahora puedo ver detrás de aquello que antes no me dejaba verte: y veo sólo odio y venganza. No fui más que un instrumento. Me traicionaste.
Aarón negó con la cabeza.
—No puedes creerle.— le dijo, refiriéndose a Ásban. —Rose, no puedes caer en su trampa. Es cierto que lo odio, es cierto que busco venganza, que busco justicia. Es cierto que mis métodos son todos aquellos que tú reprobarías: por eso no me atreví a decírtelo. Pero no es verdad que te traicioné. No es verdad que no signifiques nada para mí…
—Por Merlín…— volvió a murmurar Earlena apoyándose en la mesa. —Esto no puede estar pasando.
Rizieri se dejó caer sentado en una silla. Después de varios segundos de estupefacción, miró a Fiodor y a Gania.
—Saquen a la señorita Weasley de aquí.— les ordenó. —Ya es suficiente.
Los dos hermanos, apenados, tomaron a Rose y la guiaron fuera del comedor. La pelirroja se dejó llevar como un objeto inanimado y Scorpius la vio salir: los ojos de Rose eran espejos rotos mientras cruzaba el umbral hacia fuera del comedor. Supo que el golpe había sido grande para ella. Rose había depositado su confianza en Aarón y él la había traicionado. Scorpius lo odiaba más que nunca por ello. No podía creer que hubiese sido capaz de herir a Rose de ese modo. El slytherin clavó sus ojos en el castaño como dos estacas. Aarón tenía la cabeza caída y su cabello le cubría el rostro como un manto. Tal y como lo sospechó desde el principio, el hijo de Gothias era un farsante, un sujeto egoísta para el que sólo existía la venganza de un crimen imaginario. ¿De dónde pudo haber sacado la idea absurda de que Ásban había matado a sus padres? El castaño debía estar, en efecto, desiquilibrado.
—Aarón debe ser dado de baja en su trabajo de proteger a los campeones.— dijo Rizieri. —Es lo primero que debemos hacer.
—No podemos entregarlo a las autoridades.— dijo Earlena. —No podemos hacer eso. Por la memoria de Gothias tenemos que guardar todo esto en secreto.
Ásban miró a la bruja con severidad.
—Aarón no es un niño al que debamos proteger.— le dijo. —Ya es un hombre y lo que ha hecho es grave: atacó a un campeón de la competencia de Merlín. No podemos hacer como si nada hubiera ocurrido.
—No, en definitiva no podemos.— dijo Rizieri. —Pero Earlena tiene razón: tampoco podemos hacerle eso a Gothias. No podemos entregar a Aarón como a un criminal. Si es cierto que está afectado psicológicamente, y es normal dado los sucesos terribles que han ocurrido en su vida, yo me haré cargo de él. Estará detenido en mi casa. Tengo una celda. Me responsabilizaré por él de ahora en adelante.
Scorpius se mantuvo como una estatua a varios metros de Aarón, justo frente a él, observándolo con rencor y desprecio. No sabe cuánto tiempo estuvo así, mirando al castaño cabizbajo que, atado a la silla, parecía un animal herido. Sólo se dio cuenta de que había estado quieto, escuchándolo y viéndolo todo, cuando Earlena le pidió que se hiciera a un lado y Ásban y Rizieri avanzaron hacia la salida del comedor con Aarón, aún atado, sujeto entre ambos. Para alcanzar la salida tuvieron que pasar junto a Scorpius, y fue entonces cuando ocurrió algo totalmente inesperado: Aarón volvió a forcejear y se soltó de Rizieri y de Ásban. Corrió hasta chocarse contra Scorpius y pegó su boca en el oído del slytherin:
—No la dejes sola, Malfoy.— le dijo en un tono lúgubre. —No te atrevas a dejarla sola.
Eso fue todo lo que Aarón alcanzó a decirle antes de que Rizieri y Ásban volvieran a tomarlo por los brazos y lo arrastraran hacia la salida.
Scorpius, casi sin aire, lo vio luchar hasta el final mientras era forzado a salir del comedor.
—¡Quédate con ella, Malfoy!— le gritó. —¡No dejes que se quede sola! ¡Él lo aprovechará! ¡Él aprovechará mi ausencia!
Poco a poco los gritos de Aarón fueron desvaneciéndose al igual que su figura. Y después no quedó nada, sólo la repentina sensación de que algo no cuadraba del todo bien. Aarón, el acusado de estar desequilibrado, le pareció a Scorpius, curiosamente, más lúcido que nunca, más honesto y sincero que nunca. Era como si, aunque el rompecabezas hubiera sido completado, las piezas no formaran la imagen correcta. Esa sensación dentro de Scorpius se volvió un presentimiento angustioso de algo que el slytherin no consiguió dilucidar.
Scorpius miró al suelo.
¿Cuál era la imagen correcta?
