La muerte de Omar trastocó todos mis planes de principio a fin. Db había hecho bien su parte del trato. La investigación había concluido con la misma versión oficial de los hechos que yo le había dado y todo se había cerrado. Como solía ocurrir en el Sereitei. Como yo tantas y tantas veces había criticado.

De todas formas, no era el alcance "político-mediático" lo que me preocupaba de aquello, si no las consecuencias que pudiera llegar a tener para Kara cuando se enterase. Porque no era lo mismo herir a un hombre que matarlo. Por eso me había desplazado hasta allí, hasta el Cuartel de la Decimotercera División, para valorar con Ela cómo llevar todo el asunto.

Pero me había salido mal la jugada. Los Capitanes estaban reunidos en una asamblea ordinaria del Consejo y ni ella ni Mizu se encontraban en el Cuartel. Y tampoco sabía cuánto iban a tardar, pues Aiolos no pudo darme todos los detalles. Al parecer, tenían programada alguna clase de expedición para después de reunirse con el resto de mandatarios y no podía revelarme nada más.

Así, con la cabeza cargada de preocupación, encaminé mis pasos de vuelta a mi hábitat natural, la Academia. Era sábado, y eso revertiría en un día de calma, silencio y descanso, el clima perfecto para reflexionar en todo lo que me venía encima, o para dar un paseo por el bosque con Eylinn, o para coger un libro de los muchos que tenía pendientes y devorarlo, para entrenar un rato… Pero no. Aquel sábado no.

Se avecinaba tormenta, y así lo anunciaba el ambiente. Omar Salah, uno de los alumnos que, por su "carisma", era más conocido dentro de la institución educativa, y mucho más desde el accidente que había tenido practicando Kidou, había fallecido. Y los alumnos estaban, alterados. Pero no sólo ellos.

– Te dije que se te estaba yendo de las manos…

Con esa frase me recibió Xelloss en la puerta de mi apartamento. Se le veía mucho más calmado que la noche anterior, pero aún así tenía cara de estar muy enfadado. O peor, decepcionado. Db, algo menos afectado, estaba a su lado con el ceño fruncido en señal de pesar y preocupación. No hacía falta que ninguno de los dos dijera nada.

– Pasad dentro – les indiqué, abriendo la puerta y dejándoles la entrada libre hacia la sala de estar.

Soporté el chaparrón como pude sin tratar de excusarme en ningún momento. Tenía la razón en todo lo que me achacaba y no había motivos que lo justificaran. Yo le había ocultado información al Teniente de la Cuarta División; yo había insistido en mantener a Omar en la enfermería de la Academia, con menos medios de los que tenían en el Hospital de su Cuartel; yo había mentido, y le había obligado a mentir a él y a Db. En ese sentido, no había disculpa que valiera. En ese sentido, era yo casi tan culpable de la muerte de Salah como Kara.

Fue mi viejo amigo el que, viendo mi silencio, salió un poco en mi defensa, consiguiendo calmar a su homólogo en el rango, que no renunció a marcharse sin antes expresar una vez más su decepción y su propósito de que nunca más se repetiría algo como aquello. Por dentro, sentía como si estuviese perdiendo a un buen amigo. Quizás no a uno tan cercano como Db, que parecía que se había tomado todo con más filosofía, o como Bone o Eliaz, pero sí a un gran compañero que, a fin de cuentas, siempre me había apoyado.

¿Y podía culparle? Había abusado de su confianza hasta límites totalmente insospechados e impropios de mí. Lo había embarcado a él y a su ayudante, a Db, a mi madre… en una pantomima que, de lejos, ya se veía que no iba a acabar bien. ¿De qué me extrañaba, entonces, si Xelloss se enfadaba conmigo? Tenía todo su derecho a hacerlo.

Durante toda la conversación sólo había podido articular un "Lo siento" que, por escueto y solitario, quizás no había sido capaz de reflejar toda la carga de emoción y de verdad con que había pretendido impregnar aquellas dos palabras. Y ahora, en la soledad y la penumbra de mi habitación, comenzaban a venir lamentos y explicaciones que bien hubieran servido unos minutos antes.

¿Y todo por qué? Volvía otra vez a las mismas cuestiones que me habían dejado "enmimismado" la tarde anterior tras mi conversación con Kara y que no había sido capaz de resolver cuando me interrumpió Bone. Mi… "complejo de Mesías", como muy acertadamente lo había llamado mi compañero de las gafas, me había llevado a cometer toda aquella cadena de errores. ¿Y por qué? ¿Por ella? No…

No exactamente. No exactamente, porque toda la fachada y la pantomima y el velo que había procurado mantener sobre el incidente no sólo había buscado ayudarla, sino que, si lo pensaba bien, el motivo principal era demostrarle a Ela y al mundo, a mí sobre todo, que yo podía ayudar a Kara mejor que cualquier otro. Que era mi misión.

¿Y la había ayudado de veras? ¿En serio? ¿Desde cuándo encubrir las implicaciones de los actos de alguien para que no tuviera la oportunidad o la necesidad de asumirlos hasta sus últimas consecuencias era ayudar a alguien, y menos a alguien como Kara? Pero, por otra parte, ¿debía haber dejado que la situación rompiera por todos lados?

Quizás mi misión no fuera mentirle al mundo sobre ella, sino estar a su lado y ayudarla de verdad. Demostrarle cuánto la quería y cuánto quería ampararla aunque ella hubiese metido la pata hasta el fondo. Aliviar un poco las consecuencias, sí, pero no borrarlas, ni echarle la culpa a otro. Posiblemente, socorrerla no significaba evitar que cayese al abismo, sino enseñarle a salir de él y acompañarla en el camino.

"El dolor es un largo viaje del que nunca volvemos como salimos". "Soy débil y, por eso, soy fuerte". "Tienes que darte cuenta de que tu vida es un regalo que no mereces"… ¿Cómo cojones iba yo a decirle esas consignas y pretender que me creyese y las llevase a su vida cuando con mis acciones le estaba diciendo prácticamente todo lo contrario? ¿Cómo iba a sacarla adelante y enseñarla a caminar "sin bastón" cuando más bien lo que hacía era llevarla a caballito? ¿Cómo pretendía que progresase cuando, realmente, la estaba entrampando?

Maldije en alto mientras me levantaba impetuosamente del asiento. Tenía que actuar, corregir mis errores y convertirme de una vez por todas en una verdadera ayuda y no en un obstáculo. Había sido yo quien se había metido en un laberinto y la había llevado conmigo… Ahora debía ayudarle a salir. Debía hacerlo cuanto antes. Mi mano, la que duras penas la había estado sujetando para no caer en aquel pozo, se había resbalado.

Puede que, en el fondo de aquel pozo, mis palabras hubiesen dejado caer un colchón que hiciera que su caída fuera más llevadera. ¿Pero iba a dejarla allí abajo? ¿En serio? Había sido yo el que no la había sacado, el que se había conformado con echarle aquel colchón y sujetarla con mi mano al brocal. Ahora debía dejarme de historias y ayudarla a salir de verdad. Era mi responsabilidad.

Mientras caminaba hacia el dormitorio de las chicas de primero, con la cabeza gacha, enfrascado en mis pensamientos y abstraído del mundo interior, me paré. La voz de Balmung, cual Pepito Grillo, había resonado en mi interior con un interrogante claro, directo, tumbativo.

– ¿En serio? – había dicho. – ¿Es tu responsabilidad? ¿No estabas diciendo no sé qué de un complejo de Mesías? – siguió. – ¿De contar con los demás y no cargar sobre ti el peso del mundo? ¿Es "tu" responsabilidad? ¿Sí? ¿Seguro?

La pregunta me desarmó por completo. El sentido común que había mostrado el monje al poner voz a mi conciencia era aplastante. ¿Seguía buscándome a mí al hacer esto que estaba a punto de hacer? Tras minutos físicamente quieto en el medio y medio del patio principal de la Academia, pero sometido a los azotes de un tremendo huracán emocional, de pros y contras, de argumentos… dentro de mi cabeza llegué a una conclusión.

Aquella era una pregunta que no sería capaz de responder enseguida… y quizás nunca fuera capaz de hacerlo así, en un primer momento, a priori. Por otra parte, tenía que hacer algo, la pelota estaba de alguna forma en mi tejado y no podía cruzarme de brazos, así que reemprendí mi marcha nuevamente.

– ¿Podéis dejarnos solos? – le dije a sus amigos, que formaban un corrillo en la habitación de Kara. – Necesito hablar con ella.

– Yo me quedo aquí con Kara – sentenció Hana.

– No – intervino Kaiden, mirándola no a ella, sino a su compañera más pequeña y luego a mí. – Vámonos. Hasta ahora todo ha ido bien, ¿no? – razonó. – Venga – tiró de la manga del uniforme de su amiga.

Renuentemente, la chica de larga melena castaña abandonó la habitación tras su compañero. Lo mismo hicieron Kage, que salió bufando, y Melange, quien antes de salir argumentó que debía reunirse con el profesor Wolf por el Grupo Especial de Prácticas aunque en realidad lo único que pretendía era evitar que aquello luciese como una claudicación. Al fin nos quedamos solos y Kara extendió las manos para volver al monasterio.

– ¿Seguro? – dudé.

Ella asintió con una extraña firmeza después de pensarlo por un segundo. Tenía la mirada temblorosa, los ojos vidriosos y empañados en lágrimas y unos regueros negros en sus mejillas que eran resto de un llanto reciente. Sin embargo, mostraba una seguridad inesperada. Por mi parte, yo había pretendido que aquella conversación la mantuviéramos en el mundo real, pegados a las consecuencias de nuestros actos, y no en un paisaje ficticio. Pero me dejé convencer.

Quizás a mí también me venía mejor hacerlo así. Quizás en un entorno más seguro, más íntimo, más privado, podría explicarle mejor todo lo que pasaba por mi cabeza. Quizás era lo mejor para que ella encontrara el aliento que le faltaba. ¿Pero cuán bueno era escapar? ¿Cuán real sería aquel aliento? ¿Cuánta fuerza tendría mi confesión cuando tenía que refugiarme de la realidad para hacerla?

– No quería que lo escucharan los demás – alegó, sentada junto a mí en un banco de la iglesia del monasterio. – Seguro que están al otro lado de la puerta, escuchando… – sonrió desconsolada, tirando de los mocos.

– Lo hacen porque te quieren – traté de confortarla. – Porque se preocupan por ti…

– ¡¿Pero por qué tienen que hacerlo?!

– Porque son tus amigos – sonreí. – Son tu regalo.

– Ya… Pero… Perdón, Rido-sensei – sollozó. – Yo…

– Hey, hey – la abracé, atrayéndola hacia mi pecho para reanimarla. – No llores, Kara. Además, –añadí después de dejarla llorar por un momento – eres tú la que me tienes que perdonar a mí, una vez más.

Aquella frase cortó de raíz su llanto y levantó la mirada de mi uniforme, ahora empapado de lágrimas y mocos, sin comprender. ¿Perdonarme ella a mí? ¿Por qué? ¿No debería ser más bien lo contrario? ¿No debía ser yo el que la perdonase a ella? Al fin y al cabo, ella era la que había matado a Omar, pero… Le puse la mano en la cabeza y corté el hilo de pensamientos y dudas que tan claramente podía leer en sus ojos. Y le sonreí. Quise tranquilizarla y no sé si llegué a conseguirlo. Porque uno no puede dar lo que no tiene. Y en ese momento, yo no tenía nada de tranquilidad.

Pero al verla, en mi interior supe que podía confiarle aquel remordimiento profundo de mi alma. Y vertí sobre ella todos los sentimientos, los que me habían venido azotando. Le expliqué por qué era yo el que necesitaba su perdón y no al revés. Le expliqué por qué le había fallado y por qué tenía la sensación de haberle mentido. Le expliqué, en fin, que yo también era humano, débil, falible… y no aquella construcción ideal que ella parecía haberse construido en su cabeza. Y apenas tuve que decir mucho… Bastó que unas pocas gotillas de agua salada brotasen de mis lacrimales.

Y entonces, de alguna forma, el magnífico retablo barroco plagado de santos que teníamos delante y que separaba la nave principal donde estábamos del coro del antiguo monasterio, cobró una nueva vida, un nuevo brillo. Y ya no eran santos, figuras impersonales y anónimas que apenas decían mucho. Eran Nalya, Yonas, Kyo, mi abuelo, mis padres… y todo cobraba un sentido mucho más… cercano.

Pero había sido una ilusión. Así lo interpreté en aquel momento, porque, cuando me froté los ojos apartando las lágrimas para poder ver mejor lo que pasaba, todo estaba en su estado original. Simbólico, callado… esotérico. Sólo abierto para aquel que estuviera preparado para conocer y velado a los ojos del no iniciado. Exquisitamente escondido detrás del telón de lo aparente, deslizado únicamente lo justo para atraer la mirada del observador más cuidadoso y, aún así, dejarlo en la ignorancia.

– Mi… abuelo – hablé al fin. – Mi abuelo me preguntó una vez por qué me peleaba con los árboles… De hecho, fue la primera vez que me habló.

Suspendí la frase y me quedé pensando. ¿A dónde quería llegar? Mi plan cuidadosamente trabajado se había venido abajo. ¿Para qué seguir dándole vueltas? Tal y como lo había planteado originalmente no tenía ya mucho sentido y apenas serviría hablarle de mi abuelo.

Pero eso era sólo la apariencia. Me quedé pensando mirando fijamente al conjunto de imágenes en cómo salir de aquel atolladero y me di cuenta. Mi abuelo no era sólo Akano Kumaru, el héroe maltratado por los suyos y que había dado la vida injustamente. Ni era sólo Hiruma Kunishi, el maestro que me había hecho un hombre. Ni era sólo el lejano soñador Kumhard Åska que un día había abandonado su tierra en busca de nuevos horizontes, en busca de un sueño que nunca sabría si existía de verdad y que había inspirado a algún otro joven de Midgaard, a Eylinn, a hacer lo mismo.

Mi abuelo no era sólo Hiruma Kunishi, Akano Kumaru o Kumhard Åska. Mi abuelo era ellos tres. Sin ruptura ni distinción entre ellos. Sin que pudiera separarse el uno del otro. Y el ejemplo de esos tres hombres que en realidad eran uno, de ese hombre que en realidad eran tres… Ese ejemplo era mucho mayor, mucho más rico que cualquiera que yo pudiera dar. Y ese era, de algún modo, el sentido de aquella visión o alucinación que acababa de tener.

– "¿Por qué te peleas con los árboles?" – repetí, recostándome en el banco y emitiendo un sonido seco, casi sordo, que se quedaba a medio camino entre la queja y la risa. – No lo había entendido. Ni entonces… ni durante mucho tiempo –confesé. – ¿Sabes por qué lo hacía? Yo creí que estaba entrenando, haciéndome fuerte para ir a buscar a Yonas… – le dije. – Mentira. Mentira cochina. Estaba matando mi sentimiento de culpa, mi… rabia, mi impotencia – enumeré con énfasis y rapidez. – Creí que estaba haciendo lo correcto y sólo estaba hundiéndome más.

Me detuve un momento, dejando que el eco de mi voz se apagara entre las paredes de granito del Templo, dejando que las palabras se apostasen tranquilas en el entendimiento de Kara. No había prisa. Allí dentro no corría el tiempo… Había que dejar que el silencio también hiciese su labor, que cribase mis palabras, que separase la paja del grano… Y que lo que trataba de decirle no fuera ya un montón de sentencias atropelladas, sino algo con sentido.

– Supongo que eso fue un poco lo que le había pasado a Yonas – retomé. – Yo… había ido a la muerte por ir a ayudarle, por su torpeza… Yo no había tenido que estar allí. Él hubiera muerto y… en paz – imaginé, narrando con voz sombría. – Debió creer que yo había muerto por él y que por eso él me debía la vida. Y seguro que fue eso lo que le movió a… Bueno, o que viste ayer – me ahorré. – Pero no… Al final se rompió, se resquebrajó como uno de esos terrones que en cuanto los tocas se convierten en polvo…. Porque el que construye su vida sobre el sentimiento de culpa la pierde – sentencié.

Volví a callarme, pero esta vez no por un motivo de carácter "pedagógico". ¿Era esa la verdad de Yonas? ¿Tan fuerte y, a la vez, tan patética? Pero no sé de qué me sorprendía. Yo mismo era así y, además, eso no rebajaba en nada lo mucho que mi hermano había hecho por mí. Fueran cuales fueran las intenciones o sus motivaciones más profundas, Yonas me había rescatado del abismo, aunque yo fuera demasiado torpe para dejarme salvar y, como le había explicado ayer a Kara, me hubiera vuelto a hundir.

O quizá, simplemente, fuera todo mucho más sencillo que eso. A lo mejor, simplemente, Yonas había dado por terminada su labor. A lo mejor él había juzgado mal y no se había derrumbado: O podía ser que la culpa fuera tal que lo hubiera roto por dentro. Pero, ¿cómo le explicaba yo a eso a Kara? ¿Con aquellas mismas palabras?

– O quizá no –probé suerte. – En esta vida nada es blanco o negro y nunca sabremos de verdad lo que hay en el corazón de las personas. En lo más íntimo de su corazón – maticé. – ¿Cómo voy a juzgar a Yonas si yo mismo caí en esa espiral de culpa? Y a lo mejor lo estoy juzgando así porque yo lo viví así – argüí. – Puede ser que él pensara que ya estaba, que era el momento de dejarme caminar solo y de dejarme descubrir mi camino… Pero yo caí. Caí y me dejé llevar por el torrente de la culpa – lamenté. – Y me convertí en un terrón seco como el que te decía antes… Y entonces llegó un hombre, un viejo al que apenas conocía de vista y me dijo: "¿Por qué te peleas con los árboles?"

Me levanté y caminé hasta el altar. Me apoyé sobre él, bajé la cabeza, respiré hondo y me froté la nuca con la mano derecha. Busqué en el retablo una pista para seguir y me volví sin encontrarla hacia Kara, pero la hallé, esta vez, colgando de la luz teñida de color que se filtraba a través de los cristales tintados del gran óculo de la fachada que tanto habían llamado la atención de Balmung unos días atrás.

– Me dijo: "¿Por qué te peleas con los árboles?" – repetí una vez más, de forma casi mecánica – pero realmente me estaba diciendo: "Párate. Piensa. No te dejes llevar. Para el carro". Y yo le hice caso, pero no porque entendiera lo que quería expresar – apunté. – Lo hice caso porque… ¡Oye! – exclamé. – ¡Me estaba ayudando a buscar a Yonas! Pero no. Estaba equivocado una vez más – meneé la cabeza. – No me estaba ayudando a buscar a Yonas, me estaba ayudando a encontrarme a mí – corregí. –Me estaba ayudando a construirme… Me estaba enseñando a ayudarme.

Esa era la clave, lo que había diferenciado a Hiruma Kunishi de Yonas. Mi hermano me lo había dado todo hecho. Me había dado un nombre, una familia… me había puesto una casa y me había dicho: "Vive en ella". El maestro no. Cuando todo el mundo se me derrumbaba encima, cuando aquella casa que me había dado Yonas se venía abajo, el me sacó de debajo de la lluvia de piedras, me acogió, me arropó, me dio un techo para vivir… pero siempre con una premisa clara, aunque nunca explicitada. Aquello era temporal. Era "para mientras tanto", para ir tirando. Lo suyo no era construirme un nuevo estado donde habitar, sino irme llenando de herramientas para que lo hiciera.

– Y lo hizo sin relumbrón alguno – volví a hablar en alto, completando tanto la última frase que le había dicho a Kara como la última del hilo de mis pensamientos. – Mi abuelo era Hiruma Kunishi, un hombre normal, humilde… pero un maestro sabio. Y era Akano Kumaru. El gran Akano Kumaru – insistí. – El mayor hombre que probablemente haya pisado este mundo – aclamé, con conciencia de no estar exagerando lo más mínimo. – Podía habérmelo dicho, podía haber hecho gala de… su honor y su gloria y de los ultrajes que había padecido y de… – suspiré, callándome y cerrando los ojos. – Sólo supe que Hiruma Kunishi y Akano Kumaru eran la misma persona pocas horas antes de que murieran.

Las lágrimas volvieron a empañar mis mejillas. Eran lágrimas de dolor, sí, pero de un dolor agradecido, el llanto de alguien que había descubierto que había sido objeto de un amor inmerecido, de unos cuidados que no se había ganado. Y sin haber dado nada a cambio. Nunca. Ni antes ni después. Porque eso había hecho aquel hombre.

– Fácilmente me lo podía haber contado todo y haberme dicho: "Ahora vete tú y limpia mi nombre, nuestro apellido" – expresé. –Y a los ojos de los hombres, de cualquiera, aquello habría sido más que justo. Me había demostrado que él no podía haber sido nunca un traidor ni un asesino, porque él… no sé como describirlo – me encogí de hombros. – Porque él… irradiaba paz, sabiduría, bondad. Como si le fuese consustancial – traté de explicarme. – Supongo que lo tengo idealizado… pero eso nos pasa a todos, ¿verdad? – sonreí.

¿Qué diferencia había entre la imagen que yo tenía de mi abuelo y la realidad?

¿Importaba acaso?

– Ojalá pudiera volver atrás en el tiempo y comprobarlo, y agradecérselo y conocerle mejor – deseé. – Pero lo único que puedo hacer es volver a mis recuerdos una y otra y otra vez… y ya ves – reí. – Acabo dándole vueltas a lo mismo todo el rato.

Sí que importaba para respetar la verdad histórica, pero no para lo que yo intentaba expresar ahora. No se trataba de la experiencia de mi abuelo a lo largo de todos los momentos concretos de su vida, ni de transmitir exactamente un mensaje que él me había legado, porque no existía tal mensaje, sino que se trataba de compartir con Kara mi experiencia con él. Claro que importaba la base histórica. Sin esa base histórica, mi experiencia no habría tenido sentido. Sin un fundamento más o menos verídico, la vivencia con mi maestro hubiera sido un sinsentido y un engaño. Y se hubiera notado. No habría sido tan "auténtica". Sin ella, como mínimo, yo estaría hablando ahora mismo de otra cosa.

A lo mejor ni siquiera estaba.

– Y aunque yo tardase en darme cuenta, aunque yo no lo entendiese para nada y me armase mis películas propias, – seguí – él estaba ahí, incansable. Toda ocasión era buena – observé. – Daba igual que yo lo comprendiera entonces o que yo lo comprendiera un siglo más tarde. Ya llegaría el momento – asentí. – Sí. Si hubiera que describir a mi abuelo de alguna forma… habría que decir que era un hombre paciente. Cosas de la edad… – supuse. – Será que el tiempo va relativizándose cada vez más y más y más con el paso de los años.

Regresé junto a ella y volví a sentarme de nuevo en el banco, a su lado. Kara llevaba un buen rato sin hablar, pero estaba bastante claro que toda su atención estaba puesta sobre mí. Pero también llevábamos mucho tiempo hablando, así que decidí que era mejor dar ya la puntilla a aquella conversación y dejarla ir a meditar. Sobre todo teniendo en cuenta que no le había dado el espacio suficiente para que entendiera lo que le había dicho la tarde anterior.

– Supongo que lo que mejor puedes aprender hoy es precisamente eso – medité. – Si nuestra vida es un regalo… Si en cualquier momento… Hay que vivir el presente, con ilusión, pero no así "a lo loco" – maticé. – Vivirlo con todo su sentido y sin renunciar a vivir abiertos a un mañana que nunca sabremos que llegará. Como mi abuelo, que abandonó su tierra por un sueño, pero que también aprendió a relativizar sus sueños, sus aspiraciones… a colocar cada cosa en el sitio que le corresponde. Si esos sueños se cumplen – añadí –bienvenidos sean. Si no se cumplen… – sonreí – pues ya llegarán. No hay que alarmarse. No hay que tener prisas. A lo mejor es que no tienen que cumplirse – me encogí de hombros. – Lo más importante es que no nos obcequemos y que no andemos con… aspavientos ni con exageraciones. Hay que dar a las cosas su justa medida.