Draco preparaba ya su partida ultimando detalles. Holanda sería su nuevo destino y estaba satisfecho por ello, nadie le haría cambiar de opinión, nadie que no fuera Hermione pero eso se veía ya muy distante.
La castaña de Gryffindor avanzaba a pasos agigantados con los respectivos preparativos para su enlace con Pucey. Las invitaciones ya habían sido enviadas al por mayor y el vestido acababa de ser confeccionado por una de las modistas más renombradas de todo el mundo mágico.
Tanto ella como Adrián se dejaban arrastrar por el remordimiento, pero ante la presencia de cada uno fingían una amor que no existía, que era una verdadera farsa, una completa mentira.
En el trabajo ella y Draco trataban de evitarse lo más posible y si tenían algo que discutir en común las visitas eran tan breves como eran posibles, la chica se aseguraba de estar acompañada por algún compañero, no había más encuentros a solas o roces furtivos. Hermione se encargaba de poner distancia de por medio para no verse tentada a caer irremediablemente entre los brazos del de ojos de mercurio.
Él por su parte, luchaba contra sí mismo para no correr a la persona que la acompañaba, sea quien fuera y tomarla ahí mismo convenciéndola que ella le pertenecía por completo, que era él y no Pucey el definitivo dueño de su corazón, de su vida.
Los días se acumulaban y cada vez estaba más cerca el día de la ceremonia, el día en que dejaría de ser Hermione Granger para dar paso a la señora Pucey con todo lo que eso acarreaba: una nueva casa, un nuevo estatus social, nuevas amistades y círculo social, una nueva vida al lado de un hombre al que no amaba y para el que su corazón se cerraba cada día más.
-Todo estará bien -se repetía a sí misma constantemente para animarse a dar semejante paso.
-Tengo que hacerla feliz, ella se lo merece -concluía el pelinegro todos los días cuando amparado por una máscara de alegría, decidía al lado de la ojimiel el menú para el banquete o los arreglos florales.
A simple vista parecían la pareja perfecta, siempre tomados de las manos, siempre sonrientes, pero ambos con un gran dolor a cuestas cumpliendo con lo pactado. Casi nada faltaba ya, solamente qu llegara el gran momento.
En el Ministerio de Magia todos estaban enterados ya de la inminente boda y constantemente recibían felicitaciones por parte de sus compañeros por ese motivo. Hermione y Adrían las agradecían sinceramente pero eso significaba engañarse una vez más.
Draco Malfoy terminaba los pendientes en su despacho con un paso en Holanda, pero tenía que entregar todo en orden antes de marcharse. Él también estaba enterado de la unión de Hermione con Adrian y hacía grandes esfuerzos por mantenerse al margen, hacer oídos sordos a los comentarios de felicidad que abundaban a su alrededor para la amiga de Harry Potter y su prometido.
Le dolía profundamente enfrentarse a eso, pero salía diariamente a dar la cara y a toparse con su dura realidad como era de esperarse de un Malfoy. Sería por poco tiempo, su deber ya estaba listo en otra parte lo bastante lejos de ella para dejar de pensarla, de desearla, de amarla. Tenía todas sus esperanzas cifradas en el nuevo cambio que se abría en su vida. Era el adiós para Hermione Granger, ella lo había querido así.
De repente sentía la imperiosa necesidad de comunicarse con ella, buscarla en su casa, en el Ministerio, en donde fuera y llevarla con él a la fuerza para obligarla a desistir de su absurda idea de llegar al altar con el de ojos azabache, pero desistía pronto de ello, no ganaba nada con hacerlo, la castaña no iba a faltar a su deber.
-¿Por qué, Granger? -se preguntaba sin obtener respuesta, las cosas eran como eran y había que aceptarlas así.
Se arrepentía una y otra vez de aquella vez en que él se había negado rotundamente a reconocer abiertamente sus sentimientos y aunque había intentado resarcir su error, la castaña no había sabido perdonarlo.
El día temido y esperado llegó como plazo de verdugo para todos. Ese día sábado por la mañana era alegre, con un sol rebosante en el cielo, pero negras nubes se cernían en el destino de Draco y Hermione, una tormenta se avecinaba para ellos, los que no estaban dispuestos a enfrentar a todo y a todos por su amor.
La gente comenzaba a llegar hasta la Mansión Pucey, engalanada con ostentación para dar cabida a los miles de invitados que la madre de Adrián había tenido a bien reunir para tan importante ocasión. Hermione no era de su total agrado pero esa era la decisión de su único hijo, por lo que muy a su pesar colaboraba con todo lo necesario.
Poco a poco los amigos en común del Ministerio se daban cita, admirando por lo bajo la belleza de cada detalle, escogido personalmente por Laura Pucey, madre el novio para la boda. Soberbias enredaderas de fragantes flores se enroscaban caprichosas entre los pilares de marfil de la imponente casa.
Innumerables filas de mesas dispuestas para el banquete tenían lugar en el amplio espacio destinado para ella. Un suave perfume embargaba el ambiente, el sueño dorado de toda novia, excepto la que se casaría ese día.
Gente iba y venía ocupada en atender a los elegantes invitados, gente se alcurnia en su mayoría. Blaise Zabini y Theodore Nott no podían faltar.
-A Pansy no le agradaban demasiado las bodas - indicó Theodore con un dejo de melancolía.
La auror pelinegra aún mantenía su huella de amor en él, aunque poco a poco se resignaba a no verla más, a ella, a la única que se había abierto paso hacia su corazón hasta el momento.
-Ya sabes como era ella, pero sé que en fondo se alegraba por ver a las personas unidas por amor -repuso el moreno.
-Lo curioso es -espetó el castaño- que pensé que Granger sentía algo por Draco...
-...Y se casa hoy con Adrian -completó el jugador de Quiddittch que había vuelto únicamente por la ceremonia de ese día.
No era el gran amigo de Pucey pero algo invisible los unía por los acontecimientos acaecidos y él no quiso negarse a asistir. Ambos sabían que Draco no estaba invitado.
-Es extraño, pero cierto -puntualizó Theo.
-Quizá sólo lo imaginamos nosotros.
-No, Blaise, Pansy alguna vez me comentó que entre ella y Draco sucedían cosas extrañas, acercamientos, miradas, roces, cosas propias de los enamorados.
-El Dragón quizá quería jugar con ella un rato.
-Si así fuera no la habría protegido como lo hizo aquella ocasión afuera de San Mungo.
-Tienes razón, ni habría permanecido apostado en su habitación hasta verla restablecida.
-Entró inmediatamente a verla cuando ella recuperó el conocimiento.
-Y llegó tomado de su mano cuando fue el enfrentamiento con Carrow y él estaba prisionero.
-Draco la amó según veo.
-Las cosas no son siempre como queremos y algo les ha de haber fallado. Desde ese día él no es el mismo; intenta esconderlo pero quien lo conoce bien lo nota.
-Tienes toda la razón, Theo, pero nosotros no podemos hacer nada al respecto, es problema de ellos dos solamente y no debemos intervenir.
-Y no lo haremos, sólo me intrigaba un poco la actitud de ambos. Son adultos y deciden que es lo mejor que pueden hacer con sus vidas.
Blaise Zabini asintió lentamente. En el ambiente, efectivamente se respiraba un dejo de tristeza a pesar de la supuesta alegría por el enlace. Harry Potter y Ginny Weasley charlaban en compañía de la radiante Luna que cumplía tres meses de embarazo y de su pelirrojo esposo, quien se veía orgulloso de su próxima descendencia.
-Espero que Hermione sea muy feliz con Adrian -inició Ginny, los rostros de los demas parecían desear lo mimo, pero algo les decía que las cosas no iban a ser así.
-Yo también -secundó Ron mirando a Harry, quien parecía adivinar sus intenciones de impedir una boda que no tenía sentido.
-Ella ha tomado ésta decisión y aunque se me hace un tanto apresurada debemos apoyarla -sentenció el jefe de aurores.
Harry Potter seguía sin entender todavía el porqué de repente una relación incipiente que se adivinaba entre su amiga y Draco se había esfumado tan abrupta e intempestivamente sin más, sin indicio de por medio. Luna habló entonces.
-Hermione comete un gran error hoy y todos los sabemos aunque nos neguemos a aceptarlo. Ella ama a Draco
Dijo sin esperar más, estaba harta de las apariencias y estaba dispuesta a abrirle los ojos a la castaña antes que sea demasiado tarde.
-¡Luna! -se escandalizó el pelirrojo- ¿Cómo afirmas tal cosa?, Hermione nunca nos ha insinuado nada siquiera, no podemos suponer cosas de la nada.
-¿Sabes algo al respecto? -interrogó la inquieta Ginny, quien como mujer intuía que algo andaba mal en la relación de la castaña con Adrian.
-Lo sé todo porque ella misma me lo ha dicho el día en que Malfoy salió de su habitación en San Mungo.
-Explícate, por favor -increpó el de gafas sin entender media palabra.
Sabía que la rubia no estaba muy errada, finalmente él también había visto llorar a la ojimiel desconsolada por el Sectumsempra del que el rubio fue víctima tiempo atrás y por Adrian no había manifestado más que preocupación pero de amigos.
-Hermione está enamorada de Draco desde hace tiempo, al principio él la rechazó, pero cuando recapacitó ella no quiso saber más de él cerrando su corazón para cumplir con el compromiso de Pucey, pero sabe bien que no le ama y que es sólo porque su palabra está de por medio. No sé lo que sienta Adrian, pero era más que innegable que era atraído por Daphne Grrengrass, el amor no se puede esconder.
Las tres personas que escucharon lo que Luna Weasley tenía que decir corroboraron sus sospechas de tal modo que no quedó duda alguna al respecto.
-¡Tenemos que hablar con ella!, No sé, ¡Hacer algo!, que no cometa una locura que lamentará todos los días a partir de hoy.
Harry y Ron estaban confundidos sobre si actuar o no, la pelirroja esposa del salvador mágico se desesperó al ver la incertidumbre de su marido.
-¡Harry! -exclamó dispuesta a materializar su idea a costa de lo que fuera.
-Ginny, no sé si debamos…-repuso el aludido, pero la Weasley lo interrumpió.
-¡Pues permanece con Ronald aquí entonces, porque Luna y yo nos encargaremos de todo! -concluyó tomando la mano de la rubia quien la seguía en su intento de abrirle los ojos a la castaña que estaba por unirse equivocadamente a un ser que no amaba.
Hermione estaba en una de las numerosas habitaciones de la casa de Adrian Pucey en compañía de su madre para terminar su arreglo.
El vestido era de fino raso pero muy sencillo y enmarcaba de buena forma su figura, que no era espectacular pero sí armoniosa. Toda novia se ve hermosa y radiante pero ella a pesar del esmerado arreglo no podía evitar un semblante triste y eso impedía que brillara como debía ser en ese día tan especial según todos.
La señora Granger le ayudaba con los últimos toques, presentía que algo no estaba bien con su hija, pero se lo había cuestionado ya un par de veces con la misma escueta respuesta de la ojimiel.
-No pasa nada mamá, es la emoción, creo yo -mentía la novia a sabiendas que sí, algo le pasaba: Draco Malfoy.
Finalmente le pidió a su madre estar sola instantes antes de salir a convertirse en la Señora Pucey y la dama consintió en ello. Hermione se vio acompañada de su soledad y se miró detenidamente al espejo enmarcado en oro que se levantaba ante ella.
-Creo que esto es todo -se dijo melancólicamente y una lágrima traicionera surcó su rostro al pensar en el rubio que la tenía más que enamorada.
-Draco…-sollozó tristemente al pensar que estaba a un paso de abandonarlo todo y separarse definitivamente de él, de su probable futuro.
Se escucharon unos suaves toques en la puerta y ella trató de recomponer su semblante para recibir a quien llegaba. Eran Ginny y Luna quienes no tardaron demasiado en llegar a la lujosa habitación, pues en unos cortos minutos más se llevaría a cabo la ceremonia.
Ahhh!, ya sé que vamos de mal en peor pero paciencia, paciencia
Besos a todos
