Francia vuelve a la casa de la perdición tratando de calmarse y de arreglarse un poco el pelo y la cara en el coche. Lleva horas llorando y es un desastre de mocos y ojos hinchados. Así que se baja del coche, nervioso y tembloroso y empieza la búsqueda de Inglaterra en la casa, pensando que está allí.

España y Prusia entran con él gritando y seguramente se entera TODA la casa. Pero... después de buscar en todos los lugares normales y en todos los armarios... Inglaterra no está. De hecho, Roma es quien encuentra a Francia, que está a estas alturas completamente desesperado.

—Mi vida, ¿qué pasa?

—Todo, todo. TODO pasa... —solloza echándose a los brazos de su padre. Él levanta las cejas y lo abraza—. ¿Has visto a Angleterre?

—No, pero me parece que estaba por aquí antes.

—Pero no está papa, necesito encontrarlo.

—Ah... ¿a lo mejor se ha ido a su casa?

—O con Amerique...

—Bueno, eso no es muy importante porque él estaba por ahí con Egipto.

—C-Con... ¿no está en casa? —le mira a los ojos. El romano niega y Francia se relaja un poquito, limpiándose lo ojos—. Necesito encontrarlo...

—¿Qué ha pasado? No estará huyendo aun por eso de que os moríais...

Non, papa... dejó de quererme.

—Qué va a haber dejado de quererte, mi vida, eso es imposible.

Non, non... es que no lo has visto. Algo pasa, no sé qué es... pero no le importó ni me quiere y... de hecho me pidió el divorcio. Papa… necesito encontrarle. De verdad. Más que ninguna otra cosa en el mundo en este momento.

—Espera, espera, ¿qué? —deja de sonreír.

El galo le mira a los ojos y traga saliva. Se quita el anillo de la mano derecha, que es el de Inglaterra y se lo pone en la palma de la mano, estirándola hacia su padre para que lo mire.

—Ni siquiera me lo dio a mí... se lo dio a Autriche... porque Suisse también le pidió el divorcio pero ahora ya se arregló él y... papa necesito encontrarlo.

Roma levanta las cejas y parpadea, mirándolo.

—Necesito acostarme con él —agrega el rubio desesperadamente.

—Vamos, le buscaremos.

Francia le toma de la mano como si fuera un niño pequeño y se la aprieta. Roma deja LITERALMENTE cualquier cosa que hiciera a medias y tira de él hacia fuera, alarmado con la vulnerabilidad del gesto. Creo que sólo un segundo más tarde el rubio le abraza un poquito sintiéndose mejor.

Cuando llega a la cocina, Roma interrumpe a Galia y Britania, Galia le dice que Inglaterra se ha ido, así que tira de Francia directo al garaje a por el coche.

—Me llevé tu coche hace rato... está estacionado enfrente —confiesa Francia.

—Vamos por él entonces. ¿Tiene gasolina?

Francia parpadea con esa pregunta mirando a su padre...

—Ehm… caminaba hasta hace unos minutos.

—¿Quién conducía?

—Yo... —sí, increíble.

—Nos llevaremos el de Britania entonces —pim pam.

—¿A dónde vamos a ir...? No sé dónde está... nunca sé dónde está cuando hace esto —saca su teléfono... y es que sabe que da igual, si habitualmente no le contesta, ahora menos lo hará.

—A todos lados.

Suisse me dijo que él... ya no estaba enfermo. Pero estaban enamorados y a Angleterre no... no le importaba nada.

—Bueno, enamorar a un británico es fácil, ya lo sabes.

Non, no lo es cuando uno no le importa en lo absoluto. No me deja tocarle, ni reacciona, ni se sonroja... me ha dicho cosas horribles.

—Pero ahora vas con tu padre.

—Probablemente tú consigas tirártelo antes que yo... es que, no le has visto, de verdad. Ni... ni siquiera me odia —se hace pequeñito en el coche de Britania, recargándose en la puerta.

Roma le mira de reojo y acelera sin responder, con el corazón encogido.

—Él... me había prometido que haría todo lo que Britania dijera. También me dijo que me diría luego si se acostaría conmigo o no, pero... peleó con Suisse. A decir verdad, ya el hecho de que, con que... eventualmente consiga acostarme con él y recupere yo a mi marido, me basta.

—Le encontraremos —asiente determinado a eso, frunciendo el ceño.


¡No olvides agradecer a Josita su beteo y edición!