El conde de Huntly un protestante de corazón no soportaba ver que nuevamente el español estuviera metiendo las narices en los asuntos de Escocia, pero ¿Qué más podía esperarse de esos malditos católicos?Empezando por la reina Estuardo si bien en un principio como todos creyó en ella, cayó preso gracias al uso que aquella Jezabel le daba a sus palabras y a su belleza, pensó que sí que Dios está vez iba a estar de su lado. Sin embargo ver cómo los españoles sacaban la tajada más grande aprovechándose de una Escocia dividida en una guerra civil gracias a que otra mujer reclamaba el trono para sí fue lo que provocó que el encanto. Que aquella bellísima muchacha puso sobre él y otro puñado de tontos cayera definitivamente.
Ahora que la reina niña prestaba nuevamente oídos a la serpiente de su hermano creyó que ya era más que conveniente ir buscando a los Hamilton que más que ninguna otra cosa ansiaban el cese del poder del catolicismo sobre los escoceses, era por eso que esa mañana fría de octubre estaban marchando cerca del puerto de Aberdeen acompañados de un pequeño ejército unos tres mil rebeldes. Hombres que fueron juntándose en el camino y otros más que la misma Elizabeth Burson prestó para la contienda. En el bando contrario estaba James Estuardo liderando la mezcla de hombres católicos que lideraba bajo el estandarte de su hermana. Los cañones estaban colocados y también tenían ya las estrategias de batalla listas pues un puñado de quinientos caballeros aguardaba en el camino para unirse a la refriega, para atacar al enemigo por detrás.
A pesar de que el ejército enemigo triplica el número de los rebeldes, los traidores sienten la confianza de que van a ganar. Saben que no hacen más que luchar porque el catolicismo deje de tener tanto peso tanto en Escocia como en Europa en todas partes del territorio europeo ya están logrando el cometido: la reina Burson está casada con el rey de francia y este ha dado libertad de culto a los franceses, en Holanda los protestantes cada vez le producen más dolores de cabeza a Felipe y hasta en el mismo corazón de los principados alemanes están levantándose poco a poco para derrocar esa religión corrupta.
Hamilton sabía como hacer para que el ánimo de sus hombres no disminuyera cuando vieron la cantidad de hombres con los que contaba la reina María, solo tuvo que recordarles que más de la mitad del ejército de los católicos se componía por hombres del rey Felipe para que les volviera el valor a la sangre y se lanzaran batalla adentro; en medio de gritos y golpes de escudo.
El impacto contra el ejército rival fue el esperado la colina les hizo ganar velocidad y antes de que los otros tuvieran tiempo de ensartar las espadas muchos cayeron debido al atropello.
Huntly iba a la izquierda de un pequeño ejército apenas conformado por unos doscientos lanceros, cien piqueros y cuatrocientos caballeros su misión era hacer estallar las minas de pólvora alrededor del ejército católico parece repentino pero el sol se ocultó entre las montañas al mismo tiempo una intensa bruma comenzó a ascender por el camino hasta llegar al campo de batalla convertida en una intensa nube que cubría todo en su totalidad. Los hombres de la reina estuardo golpeaban, rebanaban cabezas, soltaban las armas asustados por el repentino cambio de clima estaban seguros de que eso era obra de satanás y esa servidora que tenía.
Pero apenas lograban dar los primeros pasos en un afán de sentirse seguros fuera del campo de batalla se topaban con las minas que ellos mismos habían escondido.
Finalmente se sembró el desconcierto entre las huestes de la reina María, no podía verse nada y varios soldados estaban tocándose entre sí.
—¡Victoria para la reina Elizabeth!—gritó Huntley desde su trinchera al ver que las tropas que dejaron en el camino comenzaban a descender justo por la retaguardia de los españoles.
Y a James Estuardo no le quedó más remedio que dejar a buena parte de sus hombres batallar solos, él tenía que encontrar la manera de informar a su hermana lo sucedido.
(...)
Elizabeth había cerrado la ventana apenas se hubo cerciorado de que la bruma que levantó con el aliento estaba suficientemente grande como para cubrir la vista, de algo le sirvieron los hechizos que encontró en el diario de su abuela. Una bruja de origen celta, a ella no le quedaba más remedio que sentarse y esperar las noticias aunque estas fueran a tardar más de lo deseado María pudo haberle ganado la batalla en el mar pero ella tenía que emplear todos sus medios para ganarle la batalla en tierra.
Lady Agnes Gordon se acercó a ella con la pequeña princesa heredera en brazos la niña berreaba reclamando con ansias los brazos, así como las atenciones de su madre solamente para ella. Hacía unas semanas un artista flamenco se presentó en su corte para hacer un retrato de la reina y la princesa, la pintura era lenta pero iba tomando forma poco a poco. Elizabeth se descubrió el pecho derecho y Catalina comenzó a mamar con desesperación.
—¿Hay noticias del rey mi señora?
Ojalá Agnes no hubiese preguntado tal cosa hacía tres meses que Francisco estaba en Francia la sola idea de imaginar que Lola podría calentarle el lecho, como ya era costumbre de la Fleming le hacía reventar de rabia.
—Tiene cosas importantes que hacer. Es el rey de los franceses debe atender Francia.
Gordon se retorció las manos, estaba allí en parte para hacer de dama de compañía de Elizabeth Burson pero también tenía la tarea de hacer que la reina se desencantara del francés.
—Espero que su majestad no me lo tome a mal pero, ¿No debería estar aquí, en Escocia?
Elizabeth por su parte mantenía la mirada perdida en el horizonte sabía que de un momento a otro. Las buenas noticias sobre Corrichie iban a llegar.
—Estás metiendo las narices donde no debes Agnes, que tu familia se conforme con que casaré a mi hija con tu hermano. De lo demás. ya me encargaré yo.
Agnes sabía que podría esperar una respuesta de ese tipo, pero no se incomodó sabía que se lo había ganado a pulso.
—Ruego a nuestra majestad que disculpe mi atrevimiento, ¿Quiere que la deje a solas con la niña?
—Se lo agradecere mucho lady Gordon, puede retirarse.
Apenas vio que lady Gordon se alejaba un suspiro se le escapó echaba a Francis terriblemente de menos era una mujer joven y enamorada, no toleraba la idea de que otra entretuviera a su esposo mientras se encontraba lejos. Quería ser todo reina, esposa, madre, amante. Pero lastimosamente no podía serlo mientras Francis estuviera en Francia con Lola y ella en Escocia con Catalina la hija de ambos.
Debía procrear más hijos, últimamente bombardear a Francis con cartas dignas de una mujer desesperada por volver a ver a su esposo pero por lo que podía ver o estaba hasta el cuello de problemas o simplemente se estaba tomando más tiempo del esperado antes de volver definitivamente a ella en un intérvalo de tres meses. Elizabeth ya conocía la rutina: ella celebraría un banquete en su honor la noche de su llegada, bailarían, cenarían y platicarían con sus comensales después pasarían a retirarse a su alcoba matrimonial. Y allí dentro sucedería lo que ya ansiaba.
(...)
Semanas después de haberse enterado de la desastroza derrota de su ejército en Corrichie el carruaje de la reina María se detuvo en en una fonda que se encontraba justo en el límite de la frontera norte de Escocia con Inglaterra. Reconoció la rosa Tudor en el carruaje de Isabel. Bien su prima llegaba a la cita.
Lord Morton y su medio hermano eran sus acompañantes para ese momento la reina ya presentaba una barriga enorme de unos seis meses de embarazo. Al descender del carruaje una oleada de aire helado le golpeó el rostro provocando que se le erizaran los vellos de la piel.
Los pormenores de la batalla de Corrichie le llenaron de espanto más lo que le relató su hermano durante los últimos minutos, el tema de la metida del sol y la bruma eran cosas que la dejaban sin sueño por las noches pues la reina María estaba segura de que aquello tenía un significado.
—Señora.—lord Morton se acercó a ella poniendo la mano izquierda sobre su hombro derecho.—¿Está lista para entrar?
María asintió, tras la reina caminaron sus acompañantes en efecto Elizabeth estaba dentro de la taberna con dos damas de compañía cada una cargando a sus gemelos...Y con Sebastian a su lado. En ese momento sintió envidia ella también estaba casada pero su esposo distaba mucho de ser como Bash.
—Prima querida—el saludo de su prima fue jovial y radiante.—¿Así que es cierto, estás preñada?
A María no le había gustado la manera en que Isabel mencionó lo de su embarazo.
—Así es, tengo seis meses apenas.
—Bien, es bueno saber eso pero seamos francas ¿Para que me has hecho venir hasta aquí? No creo que sea para conocer a tus adversarios al trono de mi padre.
—He venido para proponerte un trato.
Isabel arqueó una ceja le invitó a tomar asiento en una de las mesas que se encontraban vacías.
—Soy toda oídos claro siempre y cuando el trato sea aceptable.
—Si mi hijo es varón, quisiera que se casara con tu hija así uniremos nuestras casas.
Isabel le miró primeramente con sus profundos ojos azules para luego echarse a reír, sabía exactamente que eso era lo que pediría pero no contaba con que Isabel no era tan estúpida para creer en ella. El tiempo le enseñó a no sobrevalorar más de lo debido a María Estuardo; allí se postraba ante ella desesperada por tener a su prima inglesa de su lado, quería que sentirse respaldada por Inglaterra y qué mejor manera que comprometieron en matrimonio a los hijos de ambas.
—Me he enterado de tu reciente victoria también de tu derrota.
—Me han derrotado varias veces.—para calmarse María se frotaba el vientre por encima de la capa.—pero siempre encuentro la manera de volver a reclamar lo que es mío soy reina de Escocia por nacimiento, así como también de Inglaterra.
Isabel esbozó una sonrisa estaba tranquila, pues tenía plena conciencia de que María era reina de Escocia e Inglaterra en sus sueños porque en la vida real no era reina ni de la mitad de su país.
—Queridisima prima, me sorprende que aún tengas la valentía de llamarte reina aún con los acontecimientos sucedidos con anterioridad.
—Para ser reina no hace falta una corona, solo hace falta saber que eso has sido desde que estabas en el vientre de tu madre. ¿Que dices? ¿Aceptas la propuesta?
—Tengo un príncipe, él es mi heredero natural.
—Todos sabemos que los hombres Tudor no pueden durar mucho.
Había dado en el clavo, pero Isabel no dejó que las palabras picantes de su bella prima la sacaran de quicio.
—Mi padre Enrique VIII fue un Tudor y gobernó mucho tiempo. Si lo dices por mi medio hermano Eduardo, siempre supimos que era débil de salud. Escucha esto de una buena vez; toda esa belleza, toda esa capacidad de intriga que tienes, todos tus dones son, fueron y serán siempre tu perdición prima. Tu horrenda capacidad para atraer hombres a tu órbita. Te hará caer definitivamente. Y yo no tendré que mancharme las manos con tu sangre.
María para entonces ya estaba también con los nervios enervados. Católicos en Inglaterra que usaran su nombre para urgar intrigas ya no tenía porque Isabel se encargó de callarles la boca con su boda con Sebastian.
—Ten presente esto, estás ayudando a que maten a tu sangre, estás siendo cómplice de un crimen injusto pero sobre todo estás conspirando para que maten a una reina ungida.
