Hello
I've waited here for you
Everlong
Tonight I throw myself in two
Out of the red
Out of her head she sang
Come down and waste away with me
Down with me
Slow, how you wanted it to be
I'm over my head
Out of her head she sang
And I wonder
When I sing along with you
If everything could ever feel this real forever
If anything could ever be this good again
The only thing I'll ever ask of you
You've got to promise not to stop when I say when
She sang
Breathe out
So I can breathe you in
Hold you in
And now
I know you've always been
Out of your head
Out of my head I sang
And I wonder
When I sing along with you
If everything could ever feel this real forever
If anything could ever be this good again
The only thing I'll ever ask of you
You've got to promise not to stop when I say when
She sang
Dos lágrimas descienden en silencio por el rostro de Lauren mientras mantiene su mirada en los ojos de Bo. Conoce esa expresión, sabe perfectamente que va a relatar la súcubo, porque aún tiene el recuerdo latente de aquel reencuentro, pero ni tristeza ni la nostalgia que se crean con los años, pueden borrar la emoción que ambas vivieron aquella noche cuando todo volvió a empezar.
Bo hurga en su bolsillo hasta dar con su zippo. Observa detenidamente ese abrir y cerrar, convencida que fue ese sonido lo que guió a Lauren hasta ella. Quizás por eso cada año, abre y cierra ese mechero porque ya no sabes que más puede hacer para que Lauren vuelva a su lado. Extrae un cigarrillo de la pitillera que posaba al lado de las cartas y lo enciende con esa llama que produce una lumbre ámbar al quemar lentamente el tabaco. Volutas de humo se alzan perezosamente de la punta de su cigarrillo, velando por un instante su mirada, pero dispersa esa nube azul con el aliento gris que sale de su boca. Fuma con ese abandono que reina en su presente desde hace mas de tres siglos, pero continúa evocando sus recuerdos para jamás olvidar la felicidad que sintió al lado del amor de su vida.
Recuerdo que después de los atentados —dice Bo lanzando sus palabras al silencio—, el mundo fae intentó aparentar una extraña normalidad, cuando el pánico seguió recorriendo las ciudades sin la mínima clemencia. Esos seis días fueron los más solitarios que había vivido en mucho tiempo. Nacho se dedicó a buscar a Evony con la ayuda de Vex y Dyson. Ishwari también hizo lo mismo, incumpliendo su promesa de mantenerme informada sobre el estado de Aife. Mi padre tampoco acudió a mis sueños, dejándome cargada de preguntas que sólo él podía responder. Amaia se marchó a España para convencer a su padre de sus pocas ganas de competir por el puesto de Ash. Trick estaba agobiado por la presión que los ancianos ejercían para convencerlo de aceptar ser el rey hasta que el nuevo Ash estuviera preparado para tomar el poder. Kenzi se mantuvo al lado de Hale casi todo el tiempo, exceptuando las dos horas que iba clases de magia impartidas por Trick y las tardes que teníamos ensayo. Así que mi única compañía fue mi fiel amigo Brain que no se separó de mí ni un minuto. Pero lo más espantoso de aquellos días, fue esperar alguna noticia tuya, sintiendo como mis ilusiones volvían a desvanecerse entre mis manos, al imaginarme que estabas herida o algo peor que no me atreví ni a pensar.
Para no perder la cordura me impusé una rutina diaria, convencida que esa situación se alargaría más de lo que nadie podía imaginar. Todas las mañanas me levantaba temprano para llevarle el desayuno a Kenzi y poder hablar con ella mientras comía. Cada vez que entré el hospital de las luces sentí tu presencia, pero no encontré ni la más mínima pista que me confirmara de que tú estabas allí. No quise preguntarle a Kenzi si se había enterado de alguna pista sobre tu paradero, para no alterarla más de lo que esa realidad la tenía sometida.
Después de desayunar con ella, iba a pedir una audiencia para hablar con Ishwari, pero ella desapareció con mi madre. Una mañana intenté colarme en su despacho para buscar el diario de Hale y no único que encontré fue el desplante de dos guardaespaldas que me echaron a la calle. Di por perdida mi búsqueda de respuestas porque todo el mundo parecía estar en mi contra, pero al final no todo estaba perdido y cuando acepté que serias tú quién me encontraría, entendí los consejos de mi padre.
Cuando volvía a mi casa, me encerraba en el sótano a componer canciones para usarla en los conciertos. Cada una hablaba de nosotras, de mis errores y de mis deseos por volver a estar contigo. Aprendí a tocar el piano practicando con unas partituras que eran de la abuela de Kenzi. Nuevamente, gracias al talento que tú despertaste en mi interior pude demostrar esa destreza que fluyó por mis dedos al pensar en tu sonrisa.
En menos de cinco días escribí las letras de ocho canciones con sus respectivas partituras. Brain fue el primer oyente de aquellas creaciones que les parecieron las más encantadoras y tristes que había escuchado. La música se convirtió en el desahogo de todas mis emociones, desde las más alegres hasta las más desgarradoras, pero todas tienen en común mi amor por ti.
Por la mañana del sexto día, me levanté cumpliendo mi rutina a rajatabla. Salí a buscarle el desayuno a Kenzi en una pastelería rusa llamada: 1917 Blínnaya, que según ella, hacían los Blinis más parecidos a los de su abuela. La cultura rusa es tan diversa como su gastronomía y gracias a mi amiga descubrí una gama exquisita de sabores típicos de ese país, incluyendo el vodka.
Compré diferentes Blinis con rellenos que iban desde el pollo hasta el caviar rojo para que Kenzi pudiera elegir cual le gustaba más. Llegamos al complejo de las luces y cuando aparqué el coche creí ver el tuyo entrando en el sótano, pero supe que eso era imposible. Subí a la habitación de Hale sintiendo tu presencia con mucha más fuerza que los días anteriores, y creí que mis instintos me estaban engañando. Brain se quedó hablando con los siete guardaespaldas que custodiaban la puerta de Hale. La seguridad se incrementó porque al día siguiente fueron las pruebas para elegir al nuevo Ash. Entré en la habitación y a Kenzi se le iluminó el rostro al ver la bolsa de Blinis.
—¿Me has comprado los de caviar rojo? —me preguntó, arrebatando la bolsa de mis manos.
Ella comenzó a rebuscar dentro de la bolsa.
—Te he comprado de casi todos los sabores posibles —contesté caminado hacia la cama de Hale.
—Dios, te adoro —replicó comiendo un Blini y no supe si me lo dijo a mí o a su comida.
Observé detenidamente el rostro de Hale, que parecía dormir, sin la más mínima preocupación.
—¿Algún cambio? —inquirí, rozando el brazo de mi amigo.
—No, pero estoy segura que han cambiado de médicos porque todo está mucho más organizado —contestó Kenzi después de tragar un enorme bocado de su Blini.
Arrastré un sillón para sentarme al lado de Hale.
—Kenz, los primeros días fueron un caos y ahora todo esta más controlado —dije mirando como engullía todo lo que tenía en sus manos—. Además, es el Ash quién está en esa cama.
—El Ash hasta mañana —rebatió—. Es increíble que sean incapaces de esperar a ver si Hale despierta.
—La sensación de caos sería peor si no hay un jefe quién dirija toda esta situación —repliqué.
—¿Y qué pasará cuando Hale despierte? —me preguntó mirando al Ash.
—No lo sé, pero Trick está luchando para que Hale siga siendo el Ash cuando salga del coma.
—Pues Vex tiene todas sus apuestas en Val —dijo acomodando la almohada de Hale.
—¿Has hablado con Vex? —inquirí, molesta.
—Me llamó ayer, ¿por qué?
Me levanté del sillón y comencé a caminar para calmar la ira que se desató en mi cuerpo.
—Mi padre me dijo que Vex fue a buscar a Lauren. ¡Dios le voy a cortar la cabeza, al Morrigan de las narices! —espeté apretando los puños.
—Eh, tranquila —dijo Kenzi posándose a mi lado—. Vex me volverá a llamar y le preguntaré por Lauren, pero no te agobies.
—Cómo no me voy a agobiar —repliqué alzando la voz—. Se suponía que Lauren estaría aquí hace seis días y no hay ninguna noticia de ella. Me estoy volviendo loca, Kenz.
—Tranquila, seguro está con sus epidemias y pronto volvera.
—Nacho, Vex y Dyson no contestan a mis llamadas —objeté frustrada—. Trick está con sus asuntos y no sabe nada. Ishwari desapareció con mi madre y no sé dónde están. Mi padre no acude a mis sueños y me dejó con más dudas que antes. Y ninguno tiene la dignidad de hablar conmigo y no puedo seguir así.
Kenzi me cogió por los hombros haciendo que la mirara a los ojos.
—Mañana son las pruebas para elegir al nuevo Ash y Vex tiene que estar aquí. La unión de los faes sigue vigente, así que nuestro amigo tiene que hacer acto de presencia en la ceremonia de coronación.
—Kenzi, ¿y si Lauren no quiere verme? —pregunté con las lágrimas asomándose por mis ojos.
—La Ash habló con ella y desmintió todo lo que le dijo Tamsin, ¿cierto? Pues ahora te queda esperar una noche más. Seguro mañana estarás a su lado, haciendo cochinadas.
Me tiré en el sillón con las manos en la cara.
—Mañana se cumple un año desde la última vez que la vi y no sé como he soportado todos estos meses.
Kenzi se sentó a mi lado sobre el brazo del sillón, acariciando mi cabeza.
—Porque eres una mujer valiente que has luchado hasta el final por la persona que amas. Hace un año cometiste un error, pero eso forma parte del pasado y ahora estás a un día de tu futuro. Nunca me he sentido más orgullosas de ti, después de todo lo que has hecho por ser feliz.
—¿Y si todo ha sido en vano? —inquirí, subiendo la mirada.
—Durante este año has descubierto tu pasado, a tu padre, a tu madre y al fin sabes que Lauren es lo que realmente quieres en tu vida. ¿Crees qué eso ha sido en vano?
—No, pero...
—No quiero oír un pero más —cortó mis palabras—. No te rindas cuando estas tan cerca de lograr lo que quieres, Bo.
Limpié mis lágrimas y me di cuenta que fue su amistad lo que me ayudó a sobrevivir.
—No sabes lo vacía que sería mi vida sin ti —dije con una sonrisa triste.
—Claro que lo sé y por eso estoy a tu lado —repuso, pellizcando mis mejillas.
Busqué en el bolsillo trasero de mis pantalones lo que me dio el dueño del local donde actuamos aquella noche.
—Llegó esto ayer por la tarde —le di la publicidad de nuestro concierto—. Hoy tenemos ensayo a las cinco y el concierto es a las nueve. ¿Vas a venir?
—Por supuesto —dijo detallando aquel trozo de papel—. Además, tengo que salir de este sitio antes que me infecte de algún virus raro. ¡Que chula quedó la publicidad!
—¿A qué hora terminan tus clases con Trick? —inquirí incorporándome del sillón
—A las dos, ¿por qué?
—He compuesto una canción y quiero ensayarla contigo —murmuré.
—¿Has compuesto sin mí? —preguntó, indignada.
—Lo siento, Kenz, pero necesitaba mantener la cabeza ocupada —contesté, revelando una sonrisa plagada de vergüenza.
—Vale —resopló, tirando su mirada al techo—. A las dos y media estoy en casa.
—Gracias por ser siempre tú —la abracé.
—Espero que dentro de veinte años sigas pensado lo mismo.
—Y dentro de cien —le di un beso sonoro en la mejilla—. Te veo luego.
Salí por la puerta, sintiéndome destrozada al darme cuenta que Kenzi algún día iba a morir. Las lágrimas volvieron a agolparse en mis ojos, pero agité la cabeza, intentando pensar en el presente y no en el futuro. Antes que el ascensor abriera sus puertas, mi móvil comenzó a sonar. Era Amaia que había llegado de España y estaba esperándome en mi casa. En el momento que entré en el ascensor sentí tu presencia con tanta fuerza que me robó la respiración. Traté de impedir que las puertas se cerrarán, pero no pude detenerlas. Me doblé en dos sujetándome el pecho, sin poder respirar. Me apoyé contra la pared, buscando con mis dedos el botón para subir a comprobar sí eras tú, pero no quise sufrir una nueva desilusión, así que desistí. Caminé con dificultad hacia mi coche y cuando me metí dentro de él, me eché a llorar con desesperación.
Brian entró en el coche y fue él quién condujo. Todo el trayecto mi guardaespaldas me fue relatando historias sobre la música clásica, pero sé que él lo hizo para animarme. Tardamos más de media hora en llegar al portal de mi casa. En el rellano estaba Amaia que avanzó hacia mí cuando vio la palidez en mi rostro. Entre Brain y ella me ayudaron a entrar por la puerta.
—Bo, ¿estás bien? —inquirió Amaia, preocupada.
—Sí, sólo estoy un poco cansada —respondí sentándome en el sofá.
—¿Cuándo fue la última vez que te alimentaste? —me preguntó mientras inspeccionaba mis pupilas.
—Hace seis días —contesté apartándome de ella.
—¿Desde el atentado? —inquirió, asombrada y molesta—. ¿Has usado las inyecciones?
—No he tenido la necesidad.
Amaia buscó en su maletín una inyección y sin dejar que reaccionara me clavó la aguja en el brazo.
—Esto te ayudará, pero no es suficiente —dijo, con una típica expresión de intranquilidad—. Succiona mi chi.
Nos miramos en silencio y ella se aventuró a buscar mis labios. Sentí sus manos en mi rostro, pero en el último instante, me retiré hacia atrás y bajé la mirada.
—Amaia, no quiero hacerte daño —dije sujetando sus manos.
—Verte sufrir me hace daño —volvió a intentar besarme.
—No —repliqué, poniéndome en pie—. Ahora subiré a dormir un par de horas y luego estaré como nueva.
—¿Por qué quieres sufrir de esta manera? —ella sujetó mi brazo—. ¿Es por Lauren?
—Me voy a la cama —dije tratando de emprender mi camino.
—No puedes alimentarte sólo de ella —tiró de mi brazo para que la mirara.
Mis ojos se tornaron en azul al percibir su aroma, pero luché contra mi naturaleza y logré vencerla.
—Hablamos luego —volví a separarme de ella.
—Bo, déjame ayudarte por última vez.
—Lo siento —dije zafándome de su tacto—. Sé que las súcubos no podemos ser fieles y que debo alimentarme, pero sólo quiero hacerlo con Lauren. Necesito luchar contra mi naturaleza porque sólo quiero estar con ella.
Su gesto se convirtió en una mueca de dolor y supe que la había herido con mis palabras.
—Te entiendo —repuso con la voz rota.
—Amaia...
—Aquí tienes seis inyecciones y llámame si me necesitas —cortó mis palabras.
Dejó las inyecciones sobre la mesilla de centro y recogió todas sus cosas.
—Brain, ¿puedes llevarla a su casa? —le dije a mi guardaespaldas que se había quedadó inmóvil en una silla de la cocina.
—No hace falta, cogeré un taxi —replicó Amaia, cogiendo el pomo de la puerta.
—Gracias.
—Cuídate, Bo —dijo, casi temblando.
Amaia salió por la puerta con los ojos rebosando lágrimas y con el corazón hecho pedazos, por mi decisión. Subí a mi habitación, llené la bañera mientras escogía la ropa que usaría en el concierto. Preparé todo lo que necesitaba para evadir mi realidad durante unos minutos. Busqué en la música de mi iPhone el álbum: Searching For The Sugar Man. El efecto de la inyección sació mi apetito, pero sabía que debía alimentarme porque las inyecciones sólo eran un placebo temporal.
Me sumergí en esa agua caliente, cubierta de espuma con aroma a lavanda, apartando de mi mente ese absurdo espejismo de haberte sentido tan cerca de mí. Relajé todo mi cuerpo seducida por la voz de Sixto Rodríguez y canté cada una de sus canciones con los ojos cerrados, recordando tu rostro.
Now these thoughts are haunting me
Of how complete I used to be
And in these times that we're apart
I'll hear this song that breaks my heart
And think of you
And I think of you...
Salí de la bañera convencida que mi vida era una canción vacía que no servía de nada si tú no la escuchabas junto a mí. Pensé cuánto más tenía que luchar para volver a tu lado, pero la respuesta llego esa misma noche.
Cuando bajé al salón vi a Kenzi comiendo con Brain en la cocina, mostrándole lo que le había enseñado Trick. Encendió una vela con el poder de su pensamiento y con un conjuro que salió de su boca. Nos quedamos impresionados con los progresos que había hecho Kenzi en unos pocos días de clases con mi abuelo. Me aproximé a ellos para comer algo y ultimar los detalles del concierto que dimos aquella noche.
Bajamos al sótano a ensayar la canción que había compuesto para ti. Me senté en el piano y comencé con las primeras notas, que había escrito en aquella partitura para enseñarle a Kenzi cuál era el ritmo de esa melodía cargada de esperanza y tristeza. Ella se quedó perpleja cuando le dije que aprendí a tocar el piano en cinco días, pero lo que la dejó boquiabierta fue el momento cuando toqué la batería. Le expliqué que era una especie de Vals con un compás de 3/4 que iba aumentado el ritmo hasta el final de la segunda estrofa. La letra la reservé con la ilusión de poder revelarla en el último bis del concierto, deseando que mi canción fuera escuchada por ti y así fue. Una hora después llegaron Nate, Robert y Angus para ensayar el nuevo repertorio que había creado durante esos días.
La tarde fue entre melodías, risas y la emoción que nos invadía las horas previas a un concierto. Antes de cargar los instrumentos en la Minivan, volví a mi habitación para cambiarme de ropa. Cogí el reloj de mi abuela Yaretzi, la pulsera de mi madre y la última Perseida, sin imaginarme como esos objetos me ayudarían a romper la maldición. Fui hasta mi coche para guardarla en un espacio ocultó, que sólo yo conocía, entre la guantera y el salpicadero.
Nate condujo la minivan hasta el Moby Dick que era el bar más grande del campus. Por motivos que no llegué a entender cogí mi coche para ir a ese concierto, porque algo dentro de mi interior me aclamaba llevarlo aquella noche. Llegamos al bar a las ocho para hacer la prueba de luces, afinar los instrumentos y comprobar que los micrófonos estaban bien conectados a los pinganillos que separan la voz de la música. Contraté a los dos técnicos de sonido que nos habían ayudado en los conciertos anteriores. Chema, el dueño del local, nos pagó una suma exagerada de dinero por nuestros servicios, excusándose en la fama que nuestro grupo consiguió entre los estudiantes de la universidad, que abarrotaban cada uno de nuestros conciertos, pero mi parte se la di a Kenzi para que lo dividiera entre los chicos. La fortuna de mi padre cada mes aumenta más y nunca he tenido la preocupación por ganar más dinero.
A las nueve en punto comenzó nuestro concierto, que fue el más melacolico de todos. Las diez canciones fueron bien recibidas por el público que cantaban los estribillos sin saberlos muy bien. El ambiente derramó una magia que contagió a todos los asistentes de ese lugar. Nosotros nos sentimos como peces en el agua, entregándonos a la música, interpretando las canciones a la perfección. Casi al final del concierto volvió a asecharme esa sensación que me producía tu presencia. Después de la última canción te busqué entre la gente, pero confundí tu aura con las luces y tuve la certeza que, aunque no estuvieras en ese lugar, esa última canción volaría hasta ti.
El ruido de los aplausos se mezclaron con la emoción al momento que las luces se encendieron. Me senté frente al teclado a dejarme el corazón con aquella súplica en forma de melodía. Kenzi se posó en la batería a esperar mi señal para comenzar el último bis. Acerqué el micrófono para dedicarte la canción que había compuesto pensando en ti. Alcé la mirada hacia esos rostros sonrientes y fije mis ojos en un tenue brillo azul, imaginando que tú estabas alli.
—Esta canción se llama Lauren y esta dedicada a la persona más especial de mi vida.
Miré a Kenzi que me ofreció la más amplia de sus sonrisas, porque supo el secreto que guardaba esa letra. Pose mis manos sobre el teclado, haciendo acopio de mis sentimientos y me dejé llevar por ellos. Mis ojos estaban clavados en la imagen borrosa de un rostro, que tenía dibujada una sonrisa tan melancólica como mi canción.
Los aplausos me extrajeron de ese trance que invadió a mi corazón. Kenzi avanzó hacia mí, sujetando mi mano con fuerza, y en ese momento vi la silueta de una mujer corriendo hacia la puerta. Nate, Robert y Angus subieron al escenario para recibir esa ovación que tanto nos merecíamos. Caminamos hacia la parte de atrás del escenario, despidiendo aquella ilusión de felicidad que sólo dura unos instantes y te da la sensación de haber hecho lo correcto.
En la puerta trasera estaban dos productores que nos quisieron fichar para una compañía discográfica, pero yo no tenía ánimos de hablar con nadie. Dejé a Kenzi para que convencieran a esos dos hombres de que no queríamos ningún tipo de contrato, porque nosotros solo creábamos música por diversión. Un año y medio después Angus y Nate firmaron con esa discográfica y les regalé los derechos de mis canciones, menos las que compuse para ti.
Me abroché chaqueta hasta el cuello, comprobé si tenía mi paquete de tabaco y salí a la calle para fumar en soledad. Me senté en un escalón cerca de la puerta, percibiendo ese viento frío impregnado de otoño. Comencé a abrir y cerrar el mechero, buscando el ritmo de los latidos de tu corazón. Saqué un cigarrillo del paquete, con la mirada perdida en la llama del mechero que se apagó por culpa de una ráfaga de aire que barrió las calles. Un trueno anunció la eminente llegada de la lluvia, esparciendo el aroma de la humedad y la soledad.
—¿Sabes qué fumar mata? —tu voz la reconocí al instante.
Mi corazón se detuvo al igual que mi respiración. Cerré los ojos, temiendo que si los abría tú desaparecerías como tantas veces lo hiciste en mis sueños. Me puse en pie con dirección del sonido de tu voz. Las lágrimas aclamaban salir de mis ojos y al abrirlos recorrieron mis mejillas, cuando mi mirada se posó en la que tantos meses deseé contemplar una vez más.
—Hola, Bo —me dijiste con la voz temblando.
El mechero y el cigarrillo cayeron al suelo, pero el ruido no perturbó ese momento que muchas veces creí que nunca llegaría. Las gotas de lluvia se mezclaron con nuestras lágrimas. No me atreví ni a moverme por miedo a romper ese sueño cargado de felicidad.
—¿Eres tú? —susurré.
Caminaste unos pasos hacia mí, sin apartar tus ojos de los míos y posaste tu mano en mi mejilla. Ladeé mi rostro contra tu mano, percibiendo ese tacto que tanto eché de menos, pero antes de cerrar los ojos pude ver una llama azul flotando sobre tu corazón y creí que era una alucinación producida por el brillo de tu aura.
—He vuelto, Bo.
No pude resistirme a envolverte en brazos, descargando todas mis emociones en ese abrazo que necesité durante tanto tiempo. Me aferré a tu cuerpo como si el mundo fuera a desaparecer si me separaba de ti y cuando tus manos acariciaron mi cabello, sentí que iba a morir en ese instante.
Después de todo ese sufrimiento, de luchar por encontrarte fuiste tú quién me encontró a mí y supe que mi padre tenía razón. La lluvia empapó nuestros cuerpos, pero nada evitó que disfrutáramos del calor que desprendía nuestro abrazo. Cuando percibí el ritmo acelerado de tu corazón contra el mío, desató ese llanto que se me había acumulado durante todos esos meses.
—Lo siento, Bo —murmuraste con un hilo de voz—. Jamás quise que sufrieras por mi y me duele ver que he destrozado tu vida con mi ausencia. He sido capaz de entender que este luchar por estar juntas, sólo nos ha ocasionado sufrimiento porque nos negamos ver que no estamos destinadas a vivir juntas. A veces deseo que nunca nos hubiéramos conocido.
Te miré como se mira la vida cuando se escapa en unas cuantas palabras. Me di cuenta que había pasado dos minutos caminando sobre nubes y se me cayó el mundo a los pies, pero no me rendí después de tanto luchar por ti. Supe que si no tenía el coraje para decirte lo que significas para mí, jamás podría recuperar tu corazón.
—Pues yo confío plenamente en la casualidad de haberte conocido —te dije con la voz entrecortada—, porque tú eres el amor de mis días, de mis momentos y de mi vida. Te he amado desde el día que te conocí, pero tenía tanto miedo que tomé decisiones que te alejaron de mí. Pero ahora que estás aquí, no pienso silenciar este amor que me haces sentir. Gracias a ti, a lo que he aprendido de ti, veo con los mismos ojos un mundo diferente y mi vida ha cambiado porque tú le das sentido.
Tomé tus manos, esperando que mis palabras sugieran efecto y entendieras que todo lo que decía procedía de lo más profundo de mi corazón. Tus ojos se llevaron de lágrimas, que no tardaron en emprender su caída por tu rostro, mezclándose con las gotas de lluvia que cubría tu cara.
—Lauren, de no ser por ti, jamás sabría lo que es el amor, ni de lo que soy capaz de sentir, luchar o vivir. Gracias por ser la persona que me enseñó a amar de verdad, aunque pienses que estamos destinadas a no ser y jamás he intentado olvidarte y sí lo hiciera, no lo conseguirás porque sin ti mi amor no sirve de nada. Y necesito decirte algo más y quiero que lo escuches, aunque sea por última vez... Yo te amo, Lauren Lewis.
Me miraste sin pestañas, con los labios temblando al igual que mi corazón. Bajé la mirada cuando sentí que todo aquello podía ser el final. El ruido de la lluvia se intensificó a mi alrededor y durante unos segundo fijé mi mirada en tus zapatos, rogando que no me dejaras sola.
—Me besas ahora mismo o me pongo a gritar —dijiste, apretando con fuerza mis manos.
Me pareció la más extraña y romántica contestación que jamás pensé escuchar, pero en ese instante me quedé desarmada.
—¿Qué? —inquirí alzando mi mirada hasta la tuya.
Cuando supe que lo decías en serio, sujeté la parte de atrás de tu cuello, acercando tus labios a los míos, silenciando ese grito con un beso que me robó el corazón o quizás lo devolvió a la vida. Tus manos se posaron en mis caderas aferrando tu cuerpo contra el mío. Nuestras bocas encontraron la sincronización que habíamos anhelado desde que nos separamos. El roce de tus caricias recorriendo mis caderas desató mi pasión y deseo por ti. Sentí que estaba en el paraíso al percibir el aroma a vainilla de tu cabello mientras nuestros labios se buscaban con desesperación.
Antes de perder el equilibrio apoyé tu espalda contra la pared y mis manos siguieron su camino por cada pliegue de tu torso humedecido por la lluvia. Mis labios se deslizaron hasta tu cuello y tus manos subieron por mi espalda hasta mi cabello. Colocaste tu pierna entre las mías entrelazando nuestros cuerpos, buscando mis labios con la misma pasión que siempre te entregabas a mí. Me giraste y fue mi espalda la que quedó contra la pared. Tu aliento en mi cuello bajó lentamente hasta mi pecho. Sujeté tu rostro con mis manos y nos quedamos mirando nuestros ojos con una sonrisa. Me besaste hasta que robaste la respiración por completo.
Te separaste de mí, tendiendo tu mano para que la tomara. El brillo de tus ojos me dio la confianza para seguirte al fin del mundo si eso querías. Nuestros dedos se entrelazaron antes de echar a correr por las calles encharcadas y bajo esa lluvia que cayó con vehemencia sobre nosotras. Mis ojos estaban puesto en tu mano que tiró de mí hacia lo que creí que sería la gloria y no me equivoqué. Por un momento pensé que si soltaba tu mano, echarías a correr, dejándome como hiciste un año atrás.
Abriste la puerta de tu coche y con la mirada me pediste que te acompañara. Me senté en el asiento de copiloto, esperando que me explicarás a dónde iríamos, pero tu respuesta fue un juego de miradas que derritieron mi corazón. No tardaste en encender el coche para tomar rumbo a este sitio especial que aquella noche compartiste sólo conmigo. Tomaste mi mano con delicadeza, soltándola cuando tenías que cambiar de marcha, pero enseguida volváis a cogerla, alargando ese gesto que me dio una completa seguridad.
Tus ojos estaban fijos en la carretera con esa sonrisa que sólo revelabas para mí. Las gotas de lluvia poco a poco se fueron secando en nuestros rostros mientras el silencio se instauró entre nosotras, pero no puedo decir que fuera incómodo porque al estar contigo hasta el silencio era música para mis oídos. Intercalé mi mirada entre nuestras manos unidas y tu rostro, memorizando cada uno de tus gestos. La tormenta arremetía contra el parabrisas derramando sus gotas sin compasión. Lentamente, me invadió la certeza que todo era posible y me pareció que hasta aquella lluvia y aquel viento hostil olían a grandes esperanzas.
Mi móvil comenzó a sonar, rebusqué en los bolsillos de mi chaqueta y vi en la pantalla el número de Kenzi. Colgué la llamada sin contestar, pero fue inútil porque Kenzi no se dio por vencida.
—Contesta, que Kenzi debe estar preocupada y dile que estás conmigo —dijiste sin mirarme.
No quise llevarte la contraria, ni iniciar la primera discusión después de un año separadas. Hiciste un amago de soltar mi mano, pero lo impedí apretándola con firmeza.
—Kenzi, ahora no puedo hablar —contesté.
—¿Dónde huevos te has metido? —me preguntó, alterada—. Hale acaba de despertar y me voy en tu coche al hospital de las luces.
Maldije mi mala suerte. Supuse que tú querrías ver a Hale y que nuestra conversación quedaría aplazada para otro momento.
—Estoy con Lauren —contesté, mirándote.
—¡Dios mío de mi vida! —gritó—. ¿En serio?
Aparté el teléfono de mi oído para que sus gritos no perforaran el tímpano.
—Sí, Kenz —respondí dejado salir un suspiro—. Estoy con Lauren.
—Bo, ten cuidado con la maldición y protege a Lauren —me aconsejó en un tono bajo y serio, pero lo cambió a un grito agudo—. ¡Dios estoy feliz!
—Yo también estoy feliz —repuse con una sonrisa abierta y sincera.
—Dile a Lauren, que estoy muy orgullosa de ella y que al miedo hay que enfrentarlo, batuquearlo y vencerlo. ¿Ok? —dijo con una certeza aplastante.
—Se lo diré —contesté—. Llámame si pasa algo con Hale.
—No te preocupes por él —dijo en tono calmado—. Bo, al fin tienes por lo que tanto has luchado y te has ganado esa segunda oportunidad. ¡Aprovéchala! Y no se te ocurra volver si Lauren no viene contigo, ¿ok?
—No pienso ir a ningún sitio si Lauren no viene conmigo —dije acariciando con mi pulgar haciendo círculos sobre tu mano—. Hablamos luego.
—Dios, este día es el mejor de mi vida —dijo, exultada—. Llámame cuando Lauren te diga que sí.
—¿Qué? —inquirí, confundida.
—Tú llámame, que quiero ser la primera en saberlo.
Supe que Kenzi estaba usando su encanto misterioso y me di cuenta que ella había hablado contigo.
—Ok, pero no tengo ni idea de lo que me has dicho.
—Lo entenderás si escuchas a tu corazón —concluyó pausadamente.
Antes que pudiera preguntarle algo más, colgó la llamada. Miré el teléfono durante unos segundos, pensado qué quería decirme Kenzi con aquellas palabras.
—Hale ha despertado y entenderé si quieres ir a comprobar su estado.
—Él está bien atendido y mi trabajo ya está hecho —repusiste en un tono tan frío como la noche.
Apartaste tu mano de la mía para girar el volante, pero no volviste a dármela. Un sudor frío apareció súbitamente en mi frente, al ver como tu sonrisa se desvaneció. Tus palabras me devolvieron a la realidad y pensé que estaba despertando de un sueño perfecto y de la manera más cruel. Algo parecía carcomerte por dentro, en ese silencio que pedía a gritos ser perturbado. Te miraba a mi lado, pero sentí que tú ya no estabas allí.
Las luces del coche iluminaron el porche de una cabaña que daba la impresión de estar abandonada. Aparcaste a unos metros de la puerta y saliste sin ni siquiera mirarme. Me quedé paralizada, muerta de miedo, mientras observé como rodeabas el coche. La lluvia siguió cayendo sin cesar, tiñendo todo el horizonte con un manto blanco de agua. Abriste mi puerta, tendiéndome de nuevo tu mano, pero en tus ojos no quedaba ni una pizca de ese brillo esperanzador. Un relámpago vistió de luz por un instante todo mi alrededor, pero oscureció mis ilusiones. Tomé tu mano aferrándome a ella para no sucumbir ante el miedo de perderte otra vez. Caminamos bajo la lluvia arrastrando el corazón hasta la puerta. Nuevamente, soltaste mi mano para sacar las llaves de tu chaqueta. Empujaste la puerta y entraste encendiendo las luces del salón, que tardaron varios segundos en ofrecer su esplendor. Me quedé en el umbral, sin mover ni un solo músculo, con la mirada puesta en como tu silueta se alejaba por el pasillo. Las gotas de agua se escurrieron por mi cuerpo, encharcando el suelo bajo mis pies. Un temblor se apoderó de mis manos, contagiando a mis rodillas y no pude precisar si fue por el frío o por el miedo.
Te detuviste a medio camino al no escuchar la puerta cerrase. Avanzaste unos pasos hasta quedar a unos centímetros de distancia. Nuestras miradas se fijaron, esperando quién se atrevería a hablar primero. Me envolviste con tus brazos y sentí tu calor en mi cuerpo.
—Estás temblando —susurraste acariciando mi espalda —. Ven, te daré ropa seca para que te cambies mientras enciendo la chimenea.
Me sonreíste, guiándome en la penumbra del pasillo hasta la puerta del baño. Cuando la abriste, atrapé tu mano y te miré como si el mundo se fuera a acabar en un minuto.
—No me dejes —supliqué.
—Voy a buscarte algo ropa seca y no tardaré nada —dijiste, acariciando mi rostro.
Asentí, soltando un suspiro que me salió del alma. Estaba aterrada al pensar que en cualquier momento te podía perder para siempre. Cerraste la puerta dejándome en la más absoluta soledad. La maldición estaba presente en mi cabeza, advirtiéndome que si daba un paso en falso ella reclamaría tu muerte. Necesitaba ser sincera contigo para optar a cualquier oportunidad de recuperar nuestras relación, pero no estaba preparada para correr el riesgo de verte morir en mis brazos. Mis piernas cedieron, me llevé las manos a mi boca, intentado ahogar las lágrimas que me produjo la simple idea de perderte.
Me acurruqué en el suelo hundiendo mi cara entre las rodillas, sollozando en silencio. Tocaste la puerta, pero no pude contestar. Entraste al baño y alcé la mirada un instante para después sumergirme en el más profundo llanto. Te sentaste a mi lado, dejando que mi cabeza reposara en tu pecho. Te abracé con la poca fuerza que tenía, intentando convencerme que nada podría separarme de ti, ni siquiera la muerte. Permanecimos en esa posición durante unos minutos hasta que el frío hizo temblar a mi cuerpo.
Te separaste de mí, mirándome con los ojos llenos de lágrimas y la respiración entrecortada, por culpa del llanto que se contagió del mío. Limpiaste mis lágrimas con tus dedos, besando mis labios casi sin tocarlos. Me quitaste las botas, colocándolas al lado de la bañera. Desabrochaste mi chaqueta, retirándola sin dejar de mirarme. Alzaste mi camiseta, dejando mi torso solo con el sujetador. Tu mirada se posó en el collar de las luces que colgaba de mi cuello. Lo rozaste con la yema de tu dedo índice y observaste por primera vez el anillo de Mary que brilló intensamente al contacto de la luz sobre el diamante. Me ayudaste a ponerme en pie sin apartar tu mirada en la mía mientras bajabas la cremallera de mi pantalón que descendió lentamente hasta el suelo.
Cogiste una toalla y me arropaste con ella. Me sentí desnuda no sólo de cuerpo, sino también de alma. Nos abrazamos unos minutos, escuchando los sonidos de tu corazón. Le rogué a dios que ese momento durara toda la eternidad porque no podía sentirme más feliz y completa.
—Vístete, que encenderé la chimenea para que entres en calor —me dijiste frotando mis brazos de arriba a bajo.
—Lauren, necesito decirte tantas cosas que no sé por dónde empezar.
—Tranquila, Bo, tenemos todo el tiempo del mundo y no pienso marcharme sin decir todo lo que siento.
—Te he echado tanto de menos que no puedo creer que estés ante mi —dije antes de llorar—. Dime que esto no es un sueño, ni que cuando salgas por esa puerta despertaré, porque no hay nada más cruel que sentirte a mi lado y saber que todo ha sido un espejismo.
—Esto no es un sueño, ni voy a desaparecer como si fuera un espejismo en el desierto. Estoy aquí para reparar el dolor que te he causado. Vístete y hablaremos de todo, pero necesito que seas sincera conmigo, aunque sea por última vez.
—¿Por qué me das tanto miedo? —musité muy despacio.
Apretaste la sonrisa y te vi la mirada triste, cansada.
—Porque nos acostumbramos a él, pero hoy lo desterraremos de nuestras vidas... Juntas.
Besé tus manos antes que salieras por la puerta. Me vestí con la ropa que me diste, me sequé el cabello con la toalla y miré mi reflejo en el espejo, analizando todo lo que iba a decirte, pero entendí que si quería recuperarte debía hablar con el corazón.
Cuando entré en el salón te vi arrodillada frente el hogar y empezaste a disponer varios trozos de periódicos entre la leña. Extrajiste un fósforo y prendiste aquellos troncos, conjurando rápidamente las llamas azules que se alzaron enérgicamente hacia la boca de la chimenea, desprendiendo un calor que no llegué a sentir. Tus manos agitaban la leña con un atizador, demostrando una habilidad y experiencia que me hizo pensar que aquella no era la primera vez que encendías una chimenea.
El salón está decorado con un toque británico muy parecido al que había en la casa de tus padres. En las paredes cuelgan varios cuadros pintados por Emilia y el suelo de madera esta cubierto por una alfombra que se extiende bajo el sofá hasta la chimenea. La cocina comparte parte del salón y todavía se puede oler el aroma a madera.
Aquella fue la primera vez que me trajiste a esta cabaña, que protegí con un hechizo durante la nueva guerra y se mantuvo en pie como todavía se mantiene mi amor por ti. En este lugar puedo dejarme llevar por los recuerdos de un pasado lleno de dichas que duraron muy poco, pero fui infinitamente feliz gracias a ti. Quizás por eso acudo cada año a este sitio que encierra una magia especial o quizás porque tú me llenaste de alegría sentada en este sofá hace más de tres siglos atrás. Aquí puedo sentirte a mi lado y necesito tanto volver a sentirte, Lauren, tanto que no puedo ni respirar, ni vivir, ni luchar más.
Recuerdo que tu mirada buscó la admiración en mi rostro, pero más que admiración lo que desprendió mis ojos fue el amor que siento por ti. El temblor en mis manos no ayudaron a mis nervios, que se habían disparados desde que te vi ante a mí con esa llama azul flotando en tu pecho. Rocé la pulsera de mi madre, invocando la protección de mi abuela para que estuviera a mi lado. Te levantaste y me guiaste hasta una manta que habías colocando frente al fuego que olía a lavanda.
—Siéntate aquí para que entres en calor —me dijiste—. Voy buscarte una copa de vino y el fuego te ayudará a no coger una pulmonía.
El calor de la hoguera me devolvió a la vida mientras contemplaba las llamas en silencio, hechizada por todo lo que estaba viviendo, pero tenía tanto miedo que no pude dejar de llorar. Te sentaste a mi lado con la botella de vino junto con dos copas y en tu otra mano traías unas cartas. Dejaste todo frente a nosotras para servirme esa bebida que necesitaba tanto como tus besos.
—Lauren, ¿en dónde estamos y por qué? —inquirí dando un sorbo a mi copa.
—Esta cabaña la compré dos meses después de unirme a las luces. Este lugar se convirtió en mi refugio y aquí siempre me he sentido feliz y en libertad. Cuando tenía la más mínima oportunidad, venía para sentir que mi vida servía de algo. Y tú eres la única persona que he traído a esta pequeña parte de mi mundo.
Sonreíste con cierta tristeza y evitaste mi mirada.
—¿Por qué nunca me dijiste que existía este lugar? —inquirí a media voz.
Te encogiste de hombros y subiste la mirada como si quisieras atrapar las palabras que se escapaban.
—Cuando te conocí sólo volví a esta cabaña para escribir una carta y después no tuve la necesidad de venir aquí porque tú me haces feliz. No necesite sentirme libre dentro de estas paredes porque tú me haces sentir en la más completa libertad.
Nos miramos un largo rato en silencio. Tragué saliva y me atreví a coger tu mano.
—Gracias, Lauren —se me ensanchó el corazón—. Por decir que te hago feliz, hablando en presente y no en pasado.
Suspiraste con cierto alivio, pero aún tu mirada seguía apagada.
—Quería enseñarte este lugar, darte una sorpresa y compartir esto contigo —giraste la cabeza admirando tu alrededor—. Y me preguntaba si te gustaría que este sitio se convirtiera en nuestro secreto.
Dejaste la frase colgada, como si temieses completarla o quizás porque no sabías lo que querías.
—Me encantaría que nuestra vida se convirtiera en un profundo secreto, Lauren.
Te sumiste en uno de tus típicos silencios que con el tiempo me acostumbraría a ellos, con la voz perdida y la mirada extraviada.
—Como soy una persona que se dedica a la ciencia —dijiste al fin—, pienso que nada sucede por casualidad. Que en el fondo las cosas tienen un plan secreto, aunque no seamos capaces de entenderlas, pero siempre hay una explicación para todo.
—Aunque suene a cliché barato, creo que todas las respuestas que ansiamos encontrar están en el amor. No hay fuerza más poderosa para arrancar al mundo de cuajo que el amor. Nada es capaz de inspirar las obras más maravillosas que el amor y sin él todos estamos perdidos, buscando respuestas que no llegarán si no te enamoras de verdad y si no te dejas la vida por encontrar a la persona que le da sentido a tu mundo. Yo soy muy afortunada porque encontré a la persona que me hace ser mejor. Tú me haces ser mejor persona, Lauren.
Suspiraste, perdiendo tu mirada en aquellas dos cartas. Contemplé el chispear del fuego, convencida que te estaba perdiendo otra vez. Cogiste uno de los sobres, que estaban sellados con un lacre rojo y me lo tendiste.
—En esta carta le pido al Ash que me envíe de vuelta a donde estaba, el mismo día que despierte Hale a ser posible y quiero dejar esta ciudad para siempre —proclamaste tan decidida que me enfriaste el corazón.
Enfrenté tu mirada penetrante, casi temblando. Sentí que estaba entrando en una pesadilla y no supe cómo podría salir de allí contigo a mi lado.
—¿Por qué me cuentas esto? —inquirí con miedo.
—Porque necesito que me digas si debo enviarla —contestaste mirándome a lo ojos.
—Lauren, yo no puedo decirte que es lo que tienes que hacer. Sólo me gustaría saber; ¿Por qué quieres irte?
Negaste con la cabeza y te levantaste de mi lado. Apoyaste tu espalda contra la pared, huyendo de mis ojos.
—He tardado en comprender que este no es mi mundo y quizás tú no eres para mí —dijeste alzando la mirada—. No puedo verte sin sentir que mi universo se desmorona, con cada una de tus sonrisas. No puedo seguir aquí sabiendo que no soy suficiente.
Me levanté y me posé a tu lado, arrebatandote el sobre de tu mano.
—Tú eres todo lo que quiero en mi vida —te dije en un tono serio—, y no puedo obligarte a estar a mi lado si eso te hace sufrir. Pero necesito que me digas que te vas porque eso es lo que realmente quieres y no que huyes de mí.
—Yo soy una humana y jamás seré suficiente —dijiste a media voz.
—Quiero que entiendas, de una vez por todas, que tú eres más que suficiente —te dije mostrándote la carta—. Estoy enamorada de ti y si te quedas te prometo que no habrá ningún lugar en el mundo que sea más seguro que aquí, conmigo.
Me posé frente a ti con la mirada aún más fija en tus ojos. Entregué el sobre a las llamas y volví a tu lado. Mi mano torpemente buscó la tuya, pero antes que pudiera tocarte te alejaste de mí.
—Los ancianos no permitirán que estemos juntas —dijiste dándome la espalda—. Ellos necesitan proteger a la especie y no dejarán que tú des el ejemplo de ser feliz con una humana.
Avancé hasta ti, asiéndote del brazo para que nuestros rostros se encontraran. Me lanzaste una mirada que me quemó.
—Escúchame, Lauren —dije a milímetros de tu labios—. Nadie me va a decir a quién debo amar, ni como debo hacerlo. Por ti soy capaz de iniciar una maldita guerra con tal de protegerte. Tú eres lo único que me hace respirar y perder el aliento a la vez. Y me importa una mierda lo que piensen los demás y mucho menos los malditos ancianos que no saben lo que es perder la cabeza por amor. Esto es entre tú y yo. Nadie más, nena.
—Te matarán por mi culpa y no puedo permitirlo —dijiste desviando tu mirada al fuego de la chimenea.
—Nada me ocurrirá si tú estás a mi lado.
Contemplamos la carta quebrándose y le entregué la otra a las llamas para que se quemaran con ellas nuestros miedos. Las páginas se evaporaron en volutas de humo azul. Te abracé y sentí tu aliento en mi garganta.
—Me acosté con Tamsin —musitaste.
Sentí que el corazón se me rompió en mil pedazos. Me separé de ti, dando un paso hacia atrás. Tu confesión me dolió como pocas cosas en mi vida.
—¿Qué? —inquirí, a punto de llorar.
—No te lo digo para hacerte daño, simplemente quiero ser sincera contigo. Me acosté con ella y no me arrepiento de haberlo hecho. Necesitaba sentir algo que no fuera el dolor que me consumía.
Mis ojos se tornaron en azul al sentí los celos galopar por mis venas. Comencé a caminar de un lado a otro, preguntándome cuánta culpa tenía yo en tu decisión.
—No soy quien para reprocharte nada, aunque la imagen de ella tocando tu cuerpo me hace querer arrancarle la cabeza, pero necesito que me contestes: ¿La quieres? —pregunté con la mirada perdida en el suelo de madera.
Te sumiste en un largo silencio y cuando busqué tu rostro en la penumbra lo encontré cortado de lagrimas. Sin pensarlo intenté abrazarte, pero tú no quisiste y esquivaste mi mirada.
—Bo...
—No, Lauren —tomé tu barbilla—. Quiero que me mires a los ojos y me digas que la quieres.
—Soy suficiente para ella y si me doy una oportunidad podré ser feliz a su lado —apartaste mi mano y volviste a huir de mí.
—Lauren, me iré por esa puerta, saldré de tu vida y no volveré a molestarte, pero antes de hacerlo necesito saber si todavía sientes algo por mí. ¿Tú me amas?
Me miraste más abatida que nunca, con una expresión de pánico, intuyendo las heridas que tus palabras, y también como tu silencio, estaban tallado en mi interior.
—¿Por qué me preguntas algo que ya sabes? —me preguntaste.
Alzaste la mirada y me brindaste aquella sonrisa tibia, lejana, como si no entendieras lo que sentía por ti o si apenas te importara.
—Porque necesito oírlo de tus labios —dije acercandome a ti—. Necesito que me des una razón para seguir luchando. La vida esta llena de segundas oportunidades y estoy dispuesta a hacer lo que sea por ganarme el derecho de dormir a tu lado. Nada tiene sentido si no arriesgo todo lo que soy por ti.
—Yo te amo, Bo —me respondiste, casi gritando—. Pero no hay segundas oportunidades, expecto para el arrepentimiento. A mí no me importa que me maten, pero no puedo permitir que te hagan daño.
Tomé tu rostro entre mis manos y te obligué a mirarme. Me pregunté cómo era posible sentir a alguien tan lejos y, sin embargo, poder detallar cada gesto de su cara.
—Lucharemos juntas, seremos felices juntas y viviremos como queramos... Juntas.
—Tú eres una súcubo y necesitas alimentarte —objetaste de manera firme y tajante.
Te sentaste frente al fuego con las piernas encogidas y con la barbilla reposando en tus rodillas. Me senté a tu lado y volví a abrazarte.
—Buscaremos alguna alternativa, Lauren —murmuré, besando tu cabeza.
—No puedes vivir sólo con las inyecciones y lamentablemente yo no soy suficiente —repusiste con los ojos inundados de lágrimas—. ¿No entiendes que yo no puedo compartirte con nadie? ¿Qué se me desgarra el alma cuando te veo en brazos de otros?
La frustración ardió en tu voz y supe cual era la solución, aunque me dejara la vida para cumplirlo.
—Mi madre logró sobrevivir sin alimentarse de mi padre, siéndole fiel y yo estoy dispuesta a repetirlo por ti. Sólo quiero hacer el amor contigo, deseo que seas tú quién duerma en mi cama y buscaremos la solución a todo esto, pero necesito que confíes en mí.
—¿Tu madre? —me preguntaste, confundida.
—Aife es mi madre y Aidan Lloyd es mi padre.
—¿Tú eres la hija de mi amigo Aidan? —te levantaste de un salto—. ¡Dios mío!
Te llevaste las manos a la cabeza completamente impresionada. Sujeté tus hombros e intenté que volvieras a mirarme.
—Sí, Lauren. Después que te fuiste tuve que hacer un juramento de sangre y el apellido de mi padre apareció en la cinta.
—¿Ignatius?
—Nacho es mi tío y Ignatius es mi abuelo.
—Bo, no me lo puedo creer —repusiste, atónita—. Tu padre fue quién me ayudó a convertirme en médico y fue mi ejemplo a seguir. Él se convirtió en mi mejor amigo, en mi mentor y no hay un día que no me acuerde de sus ojos brillando como estrellas.
—Lo sé, Lauren —afirmé mirando a mi alrededor—. ¿Dónde está mi chaqueta?
—En mi habitación. ¿Qué vas a hacer? —inquiriste, confundida.
—Quiero que veas algo.
Fui tu habitación y en el bolsillo de mi chaqueta estaba mi móvil. Busqué la foto de mi padre contigo en el jardín de mis abuelos. Volví corriendo al salón para demostrarte que te decía la verdad.
—¿Reconoces está fotografía? —te pregunté tendido mi teléfono.
Observaste la foto con las lágrimas recorriendo tu rostro. Tus ojos estaban fijos en mi padre y te mordiste los labios para contener el llanto.
—Claro que la recuerdo —respondiste, limpiando tus lágrimas—. Fue en mi cumpl...
—En tu duodécimo cumpleaños —te interrumpí—, que celebraste en el jardín de mis abuelos y mi padre te regaló tu primer libro de medicina.
—¿Cómo lo sabes? —inquiriste devolviéndome el teléfono—. ¿Cómo conseguiste esta foto?
—Sé que es difícil que lo entiendas, pero te juro que estoy diciendo la verdad —dije mientras me sentaba sobre la manta—. Mi padre aparece en mis sueños y es él quién te protege.
—¿Desde cuándo sueñas con Aidan? —me preguntaste arrodillándote a mi lado.
—La noche cuando Nacho me confesó la verdadera identidad de mi padre y desde ese día él aparece en mis sueños.
—¿Puedes hablar con él? —tomaste mi mano, delicadamente.
—Sí, nena, mi padre está muy orgulloso de ti y te quiere con una profunda devoción —contesté con una sonrisa.
—No puedo creer que esté enamorada de su hija —repusiste mirando nuestras manos unidas.
—Y su hija está locamente enamorada de ti —elevé tu rostro.
Me ofreciste esa sonrisa que me hizo soñar en un futuro feliz, con los labios temblando y esas arrugas diminutas que se forman en la comisura de tus ojos cuando sonríes con ganas.
—Te amo, Bo —musitaste.
—¿Puedes repetirlo una vez más? —inquirí con el corazón deshaciéndose de alegría.
—Te amo, Bo —respondiste con una sonrisa de bandera—. Siempre te he amado y siempre lo haré. Aunque esté muerta de miedo, pero hay que enfrentarlo, batuquearlo y ven...
—Vencerlo —te interrumpí—. Sabias palabras de nuestra amiga.
Tus ojos se posaron en mi pecho y fui capaz de leer las dudas que pasaron por tu cabeza.
—¿Por qué tienes el collar de las luces? —preguntes rozando el anillo y el símbolo de las luces.
—Necesitaba tener algo tuyo siempre conmigo —atrapé tu mano y en tus ojos vi mi reflejo.
Me invadió el deseo casi doloroso de besarte y con unas ansias que jamás había sentido ni cuando mi naturaleza arremetía contra mí.
—Pues ahora me tienes y haré lo que haga falta para protegerte —dijiste inclinándote hacia mí.
Me besaste apasionadamente, acariciando mi rostro con tus manos. Tu lengua rozó mis labios para luego invadir por completo mi boca y me fundí en ese placer que emergió dentro de mí. Rompí ese beso para sentarte sobre mi regazo. Tus piernas rodearon mi cintura mientras mis manos se aferraron a tu espalda. Mis labios se posaron en tu pecho subiendo lentamente, dejando besos, hacia tu cuello. Aparté tu camiseta para poder besarte en los hombros. Tus dedos se enredaron en la parte de atrás de mi cabeza, sujetándome por el cabello. Escuché un leve gemido cuando mis labios se posaron entre tus pechos. Sentí como tus manos bajaron por mi espalda hasta el borde de mi camiseta que me quitaste en un solo movimiento. Nos quedamos mirándonos unos segundos e hice exactamente lo mismo con tu camisa. Mis dedos se deslizaron por la suavidad de tu piel. Te desabroché el sujetador y lo dejé caer al suelo. Admiré tu torso desnudo sintiendo el tibio tacto de tu mano descendiendo por mi vientre hasta la comisura de mis pantalones. Aproximaste tu boca a la mía y mordiste levemente mi labio inferior. Mi respiración comenzó a agitarse al sentir el placer que tus dedos me producían al moverse sobre mi sexo. Jadeé contra tus labios, alargando la sensación de éxtasis que me estabas haciendo sentir. Mis manos se posaron en tus caderas, empujando tu cuerpo contra el mío, produciendo un suave balanceo de tus caderas contra mi pelvis. El aroma de tu piel fue tan embriagador que me sentí en el lugar más perfecto del mundo. Tu aliento recorrió mis mejillas hasta llegar a mi oído.
—Creo que en mi cama estaremos más cómodas —musitaste.
Te mordiste el labio inferior, mirándome a los ojos y tus caricias en mi rostro me produjo un hormigueo en todo mi cuerpo. Cuando nos pusimos en pie, aproveché para bajar tus pantalones junto con todo lo demás, dejándote desnuda ante mí y ascendí propagando mi aliento en el recorrido hasta tu boca.
—Ahora sí estaremos cómodas —dije dándote un beso intenso.
Rozaste mi brazo hasta que tus dedos se entrelazaron con los míos y tiraste de mi mano guiándome a tu habitación. Me abrazaste, tendiéndome sobre la cama. Despojaste mis pantalones llevándote mi ropa interior y dejaste caer tu cuerpo sobre mío, separando mis piernas con tu rodilla. Arañé levemente tu espalda mientras tus labios desprendían su calor sobre mi cuello. Tu sexo se fue acercando poco a poco al mío y nuestros movimientos comenzaron a ser más rápidos hasta que ambas encontramos el placer a la vez.
—¿Estás segura qué no eres una súcubo? —te pregunté sin aliento—. Porque has dominado toda la situación sin darme ni la más mínima tregua.
—Cállate y bésame —replicaste en un tono grave y seductor.
Hice lo que me pediste y cuando recuperé las fuerzas te di la vuelta quedando sobre ti. Tus manos rápidamente desabrocharon mi sujetador, quitándome la última pieza de ropa que tenía puesta y deslizaste tus dedos por mi piel hasta llegar a mis pechos, masajeándolos con destreza hasta que sentí como el deseo trepaba por mi vientre. Mi boca buscó la tuya, pero después de un interminable beso, fui bajando por tu cuello esparciendo besos sobre tu abdomen hasta llegar al sitio donde tus gemidos entrecortados me rogaron que posara mis labios. Arqueaste la espalda al sentir los movimientos de mi lengua, soltando tus gemidos cada vez más audibles. Mis dedos se abrieron camino en la parte interior de tu pierna hasta que acabaron dentro de ti. El movimiento de tus caderas acompañó al de mi mano. Observé como tus párpados se cerraban, acelerando mis embestidas y de pronto tu cuerpo entero se estremeció, contrayendo los músculos de tu sexo alrededor de mis dedos. Me acosté a tu lado mirando el brillo de tu rostro, completamente satisfecha por volver a sentirte en mi piel.
La habitación se inundo de gemidos, respiraciones entrecortadas y de ese sonido exquisito cuando se te escapa la risa y crees que nadie puede oírte. Suspiré convencida que había llegado al paraíso y que ningún momento de mi vida podía ser más perfecto que ese preciso instante. Con las yemas de tus dedos palpaste cada parte de mi rostro como si quisieras leer algún gesto oculto en mis ojos. Tu mano bajó por mi cuello y rozaste el anillo y el colgante de las luces. Sé que a tu cabeza llegaron miles de preguntas, pero tenías tanto miedo que las silenciaste besando una vez más mis labios.
—¿Alguna vez te has sentido tan feliz qué ya nada merece la pena? —inquirí observando el brillo de tus ojos.
—¿Por qué me preguntas eso? —inquiriste, confundida.
—Odio que me contestes con una pregunta, pero hoy te lo perdono todo —comenté, besando tu cuello.
—Dime, ¿por qué me preguntas algo así? —volviste a preguntarme, separando tu cuello de mis labios.
Suspiré, buscando las palabras que me ayudarán a describir lo que sentía. Apoyé mi codo sobre la almohada mientras reposé la cabeza sobre la palma de mi mano, mirándote con una sonrisa y con los dedos de mi otra mano aparté un ínfimo mechón de tu cabello que caía sobre tus ojos.
—Porque hoy, ahora, en este mismo momento, no puedo ser mas feliz y lo que siento es tan intenso que me duele. Nada en el mundo se puede comparar con lo que tú me haces sentir cuando me miras y me robas el aliento cuando desvela esa sonrisa que sólo me la das a mí.
Vi como se te iluminó la sonrisa y me miraste haciéndome saber que tú sentías exactamente lo mismo.
—¿Sabes qué ha sido lo mejor de esta noche? —suspiraste en mis labios—. Que me has dado la oportunidad de enamorarme otra vez de ti.
Tomaste mi mano, acariciando la palma en silencio, como si quisieras leerme las líneas del futuro. Deseé tocarte y sentir tu pulso ardiente bajo la piel. Nuestras miradas se encontraron y tuve la certeza que tú sabías lo que estaba pensando.
—Lauren, no quiero estar más lejos de ti de lo que estoy ahora —te besé.
—Tengo miedo...
—Nunca volveré a hacerte daño —corté tus palabras—. Lo único especial que hay en mí eres tú. La única razón por la que me he mantenido con vida es porque tú existe y mi mayor anhelo es hacerte tan feliz como lo soy yo a tu lado.
—No sé que decir —repusiste conteniendo la emoción.
—No digas nada, sólo déjame dormir contigo —te abracé.
Me besaste, iniciando ese juego sutil de caricias, gemidos e hicimos el amor durante varias horas hasta quedamos agotadas. Tú fuiste quién se quedó dormida primero mientras yo no quise cerrar los ojos porque si aquello era un sueño, yo no quería despertar jamás. Contemplé el vaivén de tu respiración, dándome la confianza que podía vivir el resto de mis días perdiéndome en el calor de tu cuerpo. Luché por mantenerme despierta, pero el sueño se posó en mis pestañas y mirando tus labios pude descansar por primera vez en un año.
"La voz de mi padre resonó en mis oídos. Abrí los ojos con parsimonia, dejando entrar una luz brillante que cegó mis retinas. El aroma a jazmín flotaba en el ambiente y reconocí el lugar donde me encontraba. Era la misma laguna donde mi padre me mostró mi supuesto futuro la noche de mi cumpleaños.
Vislumbré a lo lejos la silueta de dos personas sentadas en un trocó bajo el amparo de un sauce llorón, con los pies sumergidos en el agua del lago. Avancé hacia ellos, rebosando felicidad en cada paso. Deseaba contarle a mi padre lo que había vivido contigo y pedirle ayuda para romper la maldición. Cuando me posé a su lado, vi a una mujer sentada dándome la espalda. Mi padre sonreía con el mismo brillo en los ojos que tiene Nacho.
Tardé en creer lo que estaba viendo cuando esa mujer se dio la vuelta, fijando su mirada en la mía y el brillo que irradiaba su cuerpo fue exacto al que me salvó el día que volví de Asgard. Mi abuela dio un paso hacia mí, envolviéndome en sus brazos y acarició mi cabeza como lo hizo aquella noche. Respondí a su abrazo dejándome llevar por la tranquilidad que inspiraba su aura. Me di cuenta que los había invocado, rogando que me ayudarán a liberar tu alma, pero el pánico se apoderó de mí, cuando te busqué alrededor y pensé que te había vuelto a perder.
—¿Dónde está Lauren? —les pregunté intercambiado mi mirada en cada uno de sus rostros.
—Ella está durmiendo a tu lado —dijo mi abuela.
Sumergió su dedo en el agua, haciendo círculos en la superficie. Al principio sólo fue un esplendor, pero luego la imagen de nosotras acostadas en la cama apareció sobre el agua. Mis ojos se llenaron de lágrimas de felicidad, admirando la tranquilidad que desprendían nuestros rostros.
—Bo, estamos aquí para explicarte muchas cosas —dijo mi padre.
—Lauren ha vuelto a mi lado y necesito saber cómo romper la maldición —dije angustiada.
Mi abuela cogió mi brazo y me guió por la orilla del lago, caminando lentamente.
—Tenemos que comentarte varios asuntos importantes para que comprendas lo que tienes que hacer.
—Soy toda oídos —repliqué, ansiosa.
—¿Qué sabes de la leyenda celta de las almas gemelas? —me preguntó mi padre.
—Nada —respondí, simplemente.
—Los celtas creían —comenzó a explicarme mi abuela—, que si dos seres se aman profundamente es debido a la división de un alma única. La leyenda dice que al momento de separarse las almas sienten un inmenso dolor porque ellas nacieron para estar juntas y aprender a amarse. Sin embargo, esa pena no es en vano ya que ese dolor les enseñan a superar las dificultades a lo largo de sus historias en la tierra. Cada alma emprende su camino por separado y depende de su valentía para absorber las enseñanza que, más tarde o más temprano, el destino pone a prueba. Cuánto más aprenda, experimente y crezca, más cerca está de encontrar a su otra mitad. Y hay un momento donde las almas se encuentran para demostrar lo que han aprendido y ganan el derecho de vivir de nuevo juntas por el resto de la eternidad.
—Me parece una leyenda muy interesante, pero no sé qué me estas diciendo —repliqué sin entender las palabras de mi abuela—. Y por lo que más quieras, no me digas que Tamsin es el alma gemela de Lauren.
—No, Bo —dijo mi padre—. Tú eres la otra parte del alma de Lauren.
Me detuve al escuchar lo que él me había dicho y tiré de su brazo.
—Perdona, ¿me lo puedes repetir? —pregunté, atónita.
—Hay muchos eventos que Odín, ni los dioses de Asgard saben —respondió mi padre—. Cuando estalló la guerra de los celtas, todo el universo se sumió en el caos y el portal que se abrió entre los mundos, no solo fue entre los celtas y los Æsir, sino con todos los demás. El dios celta fraguó una amistad con todos los principales dioses de cada mitología y ellos son conscientes de la maldición. En el momento que los celtas crearon al alma, no sólo Odín envió a su valquiria para protegerla. Los demás dioses aportaron lo mejor de cada uno para cuidar a Lauren y Zeus se basó en la leyenda de las almas gemelas para deshacer la maldición.
—Cuando fui asesinada mi alma viajó a todos los mundos para que los dioses eligieran en que reino debía encontrar la paz —añadió mi abuela—. Zeus me encomendó la misión de depositar el alma de los celtas en las niñas recién nacidas y en esta vida elegí la hija de Emilia y Niel para que tu padre la guiara hasta ti.
—No entiendo, el alma de Lauren fue creada al principio de los tiempos. Mi alma es Fae y no se puede reencarnar. ¿Cómo puedo estar ligada a ella? —pregunté sintiéndome perdida.
—En el mismo instante que murió el cuerpo que contenía el alma de los celtas, tú naciste y allí se formó el vínculo que Zeus conjuró para romper la maldición. Los poderes que estas experimentando no te los traspasó Lauren cuando te salvó del pergamino, sólo los despertó.
Tomé aire por mi boca y lo dejé salir tratando de relajarme.
—¿Cómo sé que todo esto es cierto? —pregunté, escéptica—. Porque los mismos dioses no tienen ni la más mínima idea de lo que ocurre.
—¿Cuándo te encontraste con Lauren, después de haber aprendido a sufrir por su ausencia, no viste nada extraño? —inquirió mi padre.
En ese momento recordé la llama azul que flotaba sobre tu pecho y que creí confundir con el brillo de tu aura.
—Sí, pero eso no demuestra nada —contesté, recelosa.
—Existe una manera muy sutil de descubrir a tu alma gemela —adujo mi abuela—. A los ojos del alma noble, del que sabe ver a través de los ojos del amor, vislumbra una llama azul sobre el corazón de su otra mitad. Y solo podrás ver esa llama en tu alma gemela y sólo la encontrarás una vez hayas aprendido.
—Eso fue lo que vi en el pecho de Lauren —dije en voz baja—. Dios, ¿soy su alma gemela?
—Sí, mi niña —respondió mi padre—. Lauren es tu otra mitad y ella también puede ver la llama azul en tu corazón.
—¿Qué tengo que hacer para romper la maldición? —pregunté.
—Tú tienes todas las herramientas para romperla —dijo mi abuela acariciando el anillo de Mary—. Y lo más importante, es que posees un amor capaz de vencer todos los obstáculos.
—Cuando te despiertes, escucha a tu corazón que él hablará por ti —añadió mi padre—. Deja que te guié hasta lo que deseas. Dile la verdad a Lauren, pero antes busca a Trick para que te proporcione un lugar seguro.
—Debes tener todos los objetos que te han dado durante tu aprendizaje y confía en ti, mi pequeña —adujo mi abuela.
—¿Estaréis conmigo?
—Bo, cariño —contestó mi abuela con la mirada triste—. Nuestras almas descansaran en paz cuando rompas la maldición.
—Todos los seres de este universo tenemos una misión que cumplir, incluso después de la muerte. Mi deber era guiar a Lauren hasta ti y el de Isabeau era proporcionar un cuerpo para el alma. Lo común en nuestras misiones son tú y Lauren.
—Pero te veré en mis sueños, ¿cierto? —le dije a mi padre sin poder contener las lágrimas.
—No —contestó quebrándose su voz—. Mi alma descasará en paz y desapareceré para siempre.
Me abrazó con fuerza y como tantas veces, descargué mi llanto contra su pecho. Fue una situación sumamente injusta, porque al fin podía disfrutar con mi padre la dicha de tenerte a mi lado, pero el destino juega sus cartas como le conviene.
—Papá, un año no ha sido suficiente —repliqué sin voz—. No puedes dejarme ahora.
—Nuestra existencia esta ligada a tus recuerdos y permaneceremos enteramente en tu corazón —adujo mi abuela, posando su mano en mi hombro.
—Existimos porque alguien piensa en nosotros —dijo con firmeza mi padre—. Pase lo que pase, jamás debes olvidar a Lauren, porque si lo haces, su esencia desaparecerá para siempre.
—¿Por qué querría olvidar a Lauren? —pregunté, desorientada y asustada.
—Necesito que me des tu palabra de que jamás la olvidaras —contestó mi padre.
—Lo juro —afirmé—. Yo no puedo dejar de pensar en ella y si lo hiciera no lo conseguiría.
—Te quiero, Bo —me besó en la frente.
—No puedo creer que jamás vuelva a verte —mi voz se apagó.
—Mis ojos brillaran en alguien muy especial —aquellas fueron las últimas palabras de mi padre.
Después de ese sueño jamas le volví a ver, pero sé que cuando llegue mi hora, él estará conmigo otra vez.
—Cuida a tu madre y déjala ir cuando llegue la hora —me abrazó mi abuela—. Dile que estoy orgullosa de ella y que siempre estuvo en mi corazón.
—Lo haré. Te quiero, abuela.
—Es la hora de que cumplas con tu deber y cambies el destino de Lauren —me besó en la frente.
Ambos se miraron y comenzaron a caminar hacia el origen de la luz. Sus siluetas se fueron alejando para siempre, encontrando aquella paz que tanto se merecían. Cerré los ojos y deseé volver a tu lado".
El frío que recorrió mi espalda me despertó. Con los ojos aún cerrados busqué tu cuerpo en el lado izquierdo de la cama, pero no encontré nada. El corazón me dio un vuelco al pensar que me habías abandonado y me incorporé de un salto con la sensación de pánico golpeando en mi pecho con cada latido.
—¡Lauren! —grité.
Abrí ojos y te vi avanzar hacia mí con una expresión de preocupación dibujada en tu rostro. Me abrazaste, calmando el temblor que sumergió a mi cuerpo.
—Nena, estoy aquí —musitaste.
Nos quedamos unos minutos abrazadas en el más completo silencio. Había sobrevivido a la noche y me había despertado a tu lado, pensé.
—Lauren, necesito hablar contigo —dije con el corazón en la boca.
—Ok, pero ahora voy a hacer el desayuno y después quiero que me expliques cómo lograste mi libertad —acariciaste mi rostro.
—¿Cuánto tiempo llevas despierta?
—Hace una hora —me besaste tenuemente en los labios—. Tu ropa está seca y te la he dejado encima de la silla.
Me sentí tan feliz que no pude dejar de sonreír, aunque estaba asustada hasta la médula.
—En diez minutos estoy contigo y te ayudo con el desayuno. ¿Ok? —te besé.
—¿También aprendiste a cocinar? —inquiriste, intrigada.
—No, pero sé como tostar el pan —toqué con la yema de mi dedo la punta de tu nariz.
—En el baño tienes todo lo que necesitas —dijiste, tratando de incorporarte de la cama.
—No creo que en el baño este lo que necesito —empujé tu cuerpo hacia el mío—, a menos que tú entre allí y te duches conmigo.
Te besé apasionadamente. Bajé por tu cuello mientras mis manos se escabulleron sobre tus pechos.
—Bo, no quieres salir de la cama, ¿cierto? —dijiste acariciando mis labios.
—Mentiría si te digo que sí —conteste besándote varias veces—, pero confieso me muero de hambre.
—Venga, te espero en diez minutos.
Dejé que te levantarás de mi lado, pero sujeté tu mano y la besé. Observé como saliste de la habitación, con esa sonrisa que sólo utilizabas para mí. Al recordar las últimas palabras de mi padre, supe que debía rogarte que te casaras conmigo. Desabroché el collar para extraer el anillo que me dio Mary. Una certeza me golpeó de súbito y la alegria se amontonó en mi pecho al ver el brillo de ese anillo.
Me vestí corriendo, fui al baño a lavarme la cara y los dientes. Mis manos comenzaron a temblar de los nervios que sentí en ese momento. En unos minutos estaría arrodillada ante ti, pidiéndote que me dejarás ser feliz a tu lado. No sabía que me responderías o si saldrías corriendo por aquella puerta, pero necesitaba hacer lo que mi corazón aclamaba a gritos.
Encerré el anillo en mi puño, invoqué el valor que se escapaba por mis poros y salí de la habitación a cambiar nuestro destino. El aroma del café recién hecho me dio la bienvenida a la cocina. Me acerqué a tu espalda, posando todo mi cuerpo contra el tuyo y te bese en el cuello.
—Esto huele tan bien como tú —rocé con la punta de mi nariz tu hombro desnudo.
Te diste la vuelta y me ceñiste a tus brazos.
—Espero que tengas apetito porque he cocinado para un ejército —me diste un beso rápido.
—No me hables de apetitos que no respondo —volví a asaltar tu cuello con mis besos.
—Por cierto, Kenzi te ha llamado dieciocho veces —dijiste zafándote sutilmente de mis brazos—. Y no te preocupes por Hale, he llamado al hospital y todo esta perfectamente.
Con una mano coloqué los platos del desayuno sobre la mesa, porque no quería soltar el anillo. Medité como debía revelarte la verdad, y por primera vez no sentí miedo.
—Lauren, necesito decirte algo y te pido que confíes en mí —dije con suma seriedad.
—Claro, pero ¿estás bien? —inquiriste, preocupada.
—Mejor que en toda mi vida —contesté con mi mejor sonrisa.
Nos sentamos en el sofá, mirándonos con unas sonrisas nerviosas. Apreté tanto mi puño que sentí como el anillo se incrustaba en la palma de mi mano. Bajé la mirada y respiré lo más profundo que pude.
—Lauren, hay muchas cosas que necesito hablar contigo y me mata no ser todo lo sincera que debería, pero confía en mí, por favor.
—Me estás asustando —replicaste, arqueando las cejas.
—¿Confías en mí? —alcé los ojos hasta ese color avellana que poseen los tuyos.
—Aunque no me conoces, quiero que sepas que confío en ti —pasaste tiernamente tu mano sobre mi mejilla.
—Te conozco mucho más de lo que tú piensas.
—No me conoces, Bo —negaste con la cabeza—. No sabes absolutamente nada de mí.
—Sé que tu color favorito es el Russian Red. Te encanta la comida Hindú, especialmente el pollo Korma. Escuchas el jazz de Miles Davis cuando necesitas concéntrate en lo que estas haciendo y El Cascanueces de Tchaikovsky para relajarte. Adoras a los Beatles y tu canción favorita es Here Comes The Sun, aunque te molesta que esa maravillosa composición fuera obra de George Harrison y no de John Lennon. Tu primer libro fue El Principito, pero él que te cautivo profundamente fue Cien Años de Soledad de García Márquez. Has leído las bibliografías enteras de Oscar Wilde y Paul Auster. Te gusta ir al cine a ver películas en versión original y comer palomitas en la oscuridad. Prefieres el vino a la cerveza, incluso en verano. Naciste en esta cuidad, pero tus padres te llevaron a Edimburgo cuando tenías seis años y creciste corriendo en el jardín de mis abuelos y leyendo los libros de medicina de mi padre. De niña tenías un perro llamado Fujur y le pusiste ese nombre por el dragón blanco de La Historia Interminable.
»Tu nombre completo es Lauren Elizabeth Lewis Gold —continué—. Lauren por tu abuela paterna y Elizabeth por tu abuela materna. Has heredado de tu madre la dedicación, la manera de querer y la sonrisa. Mientras tu padre te dejó el legado de sus ojos, la profesionalidad y la inteligencia. Y un dato más; cuando tenías diez años te caíste de un columpio, rompiéndote la muñeca izquierda y todavía te duele los días que hace mucho frío. Pero ¿sabes qué es lo mejor? Que me muero por descubrir todo lo que tienes guardado en tu interior y escribir juntas nuestro futuro.
—¿Cómo sabes todo eso? —inquiriste, perpleja.
Dudé unos segundos, rasgando las palabras que me daban miedo pronunciar.
—Porque me lo dijo tu madre —musité, escondiendo el rostro entre mis manos.
—¿Conoces a mis padres? —inquiriste en un tono frío y te levantaste del sofá—. ¿Cómo has podido hacer eso?
—Fui a Edimburgo a buscar alguna pista sobre tu paradero, y lo que encontré fue a dos personas extraordinarias que llenan mi vida con su simple presencia. Lamento haber profanado tu pasado, pero no me arrepiento de haber conocido a tus padres.
Descubrí mi cara al momento de referirme a tus padres. Quise que vieras en mis ojos lo importante que ellos se habían convertido para mí y que no te mentía.
—¿Leíste la carta? —inquiriste, con los ojos brillando de rabia.
—Mutwa no se la entregó a tus padres y fui a devolverles lo que les correspondía. Emilia me dejó leerla, porque tú escribiste sobre mí. No entendí por qué lo hiciste, y cuando la leí supe que habías modificado el año, pero conservaste la fecha de nuestra primera cita en el Dal. ¿Por qué escribiste sobre mí sino querías que conociera a tus padres?
—Porque estoy enamorada de ti —dijiste dándome la espalda—. Hay personas que escriben diarios, blog o cualquier otra cosa, pero yo desde pequeña aprendí a plasmar mis sentimientos en las cartas y se las daba a mis padres para que ellos no se preocuparan. Y escribí sobre ti porque tú me haces feliz.
Te diste la vuelta con el rostro empapado de lágrimas. Avancé hasta ti y te besé como jamás lo había hecho. Y supe que ese era el momento que había esperado toda mi vida.
—Yo también estoy enamorada de ti, Lauren —te dije con mi mano en tu rostro—. Estoy convencida que hoy el mundo es menos malo porque tú existes. Soy la persona más afortunada porque pude encontrarte y pienso luchar todos los días de mi vida para verte sonreír. Deseo hacerte tan feliz como lo soy yo cuando te miro y me asalta la certeza que no podré vivir sin ti. Anhelo que seas tú la última persona que vean mis ojos antes de dormir y que tu calor me despierte cada mañana. Quiero vivir una vida normal, en una casa con vallas blancas y niños corriendo por el jardín, pero sólo podré vivir de la manera que yo elija si tú estas a mi lado... Lauren, ¿quieres vivir una vida normal conmigo?
Tendí mi puño con la palma hacia arriba y lentamente fui desvelando el anillo que reposaba en el centro de mi mano. Lo tomé con mis dedos pulgar y índice para mirarlo antes de entregártelo. Me arrodillé frente a ti, sin poder contener las lágrimas más felices de mi existencia.
—Bo, ¿qué estás haciendo? —me preguntaste llevándote las manos tu pecho.
Te deslizaste hasta quedar arrodillada ante mí. Ambas comenzamos a llorar por la emoción. Mi mano izquierda sujetó con fuerza la tuya y respiré antes de pedirte que pasáramos el resto de nuestras vidas juntas.
—Lauren Elizabeth Lewis Gold... ¿Quieres casarte conmigo? —hice la pregunta más importante de mi vida, mirándote a los ojos.
Notas: Me gustaría comentarles que en los capítulos narrados por Bo, introduciré unos cuantos párrafos para dar coherencia al hilo narrativo y no penséis que quiero escribir dos veces lo mismo, pero deseo poder plasmar correctamente los dos puntos de vistas.
Tenía la intención de publicar este capítulo antes que la serie mostrara el reencuentro Doccubus, pero me fue imposible terminar a tiempo los dos de Lauren. También debo confesar que me resultó muy difícil describir la escena sexual, sin rozar la obscenidad y espero que no os haya desagradado.
Muchas gracias por vuestros comentarios y por continuar leyendo este relato.
"Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma"
Julio Cortázar.
