Notas de la autora:
Hola~ Esta vez no llego tan, taaaaan tarde, ¿han visto? (?) Bueno, cortesía de Semana Santa y sus aún más santas vacaciones. Espero que la gran mayoría tenga festivos en este tiempo... (ya que yo vivo en el mundo de la Gominola y no estoy muy enterada del dato).
Gracias a todas las personas anónimas por leer el fic, al resto por las alerts/favs y a Suiseki, MarianUchiha, Ley-83, Antotis, Tsukii, juliana-ch, Crimrela, Lyldane y a Ximena D por los preciados reviews. Ya saben que esta historia sigue por y para ustedes.
¡Un saludo!
Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Kishimoto Masashi. La envidia me corroe (?)
El valor del silencio
por Shizenai
Capítulo XXXIV – La última oportunidad
Durante sus sueños, el repiquetear de la lluvia había sido tan atroz que resultaba molesto, pero la melodía que acompañaba las imágenes del exterior parecía muy distinta ahora. Un lazo multicolor surcaba el cielo hasta las montañas como un puente pincelado con purpurina, a medio kilómetro de distancia se oían las palas del molino crujiendo más que de costumbre por el repentino caudal del río, aunque el único goteo que caía ya del cielo eran las diminutas perlas cristalinas que resbalaban de las hojas de los árboles hasta perderse en los charcos embarrados de los senderos.
Itachi se estremeció ante la agradable sensación de las sábanas de algodón deslizándose por la piel inusitadamente sensible de su pecho cuando se arrebujó contra la almohada para hundir medio rostro. En aquella ocasión, un aguijonazo repentino pareció hincarse en ciertos músculos de los que requería uso, y de pronto, tuvo claro que debía reanudar sus entrenamientos físicos lo antes posible si no quería acabar perdiendo parte de su resistencia.
Se tomó un momento para aspirar el invasivo aroma sobre esa porción de la cama que todavía encontraba caliente. No estaba acostumbrado a apegarse a nada mientras dormía, pero tanteó inconscientemente con las manos añorando alguna cosa que aferrar entre sus brazos.
Irremediablemente, Uchiha Itachi notó la caricia invisible de un pensamiento recorriéndole y erizándole la piel, y alzó al instante un párpado que le pasó tanto como un yunque. Recordó enseguida y... recordó muy bien.
Sabía que una aguja venenosa le escocería en el corazón cuando se diese la vuelta, pero no se se sorprendió realmente cuando no encontró a la chica allí. Encajó las mandíbulas para recordarse que debía tener mucha, mucha paciencia, y soltó una bocanada de aire con cansancio antes de pasarse los largos dedos por los mechones azabache que le caían desordenados por la frente.
Algo inesperado se removió al lado de sus pies y un matiz exageradamente dulce en el ambiente frío de su habitación lo obligó a abandonar presuroso aquellos pensamientos desoladores. Giró lentamente la cabeza para escudriñar por encima de su hombro, y entonces, la encontró allí.
Por unos segundos, su corazón pareció detenerse, notó el corte repentino de su respiración y sintió el cuerpo débil y perceptivo a la mera visión hipnótica de su larga espalda desnuda sentada al borde de la cama. Tenía las sedosas hebras de pelo rosado ocultando las marcas purpureas del cuello que, Itachi sabía que no habían estado allí un día antes. Bajo sus brazos sostenía la oscura gabardina de Akatsuki con la que pretendía disimular parte de su desnudez, aunque el mero recorte de su silueta era por sí solo más que excitante.
Sakura se llevó una cucharada de espeso chocolate dulce a la boca, se rozó con el dorso de un dedo el borde carnoso de su labio inferior en donde sintió que la sustancia se derramaba, e Itachi nunca advirtió un mordisco de hambre en el estómago tan feroz como hasta entonces. Se escurrió silencioso entre la superficie abultada del colchón de plumas y, cuando quiso atrapar con los labios la siguiente cucharada que iba en dirección a la húmeda boca de la chica, ésta apartó hábilmente la cuchara para soltar una maliciosa risita.
—No, no. Tu desayuno es ése de ahí —le respondió.
Pero, sólo una taza de cristal vacía con los restos de un chocolate caliente lo aguardó sobre la bandeja cuando guió la mirada hacia la mesita. El Uchiha compuso una mueca de fingida perplejidad y ella enterró la mirada sobre su segunda taza de desayuno mientras alargaba una sonrisa traviesa.
—Bueno, lo cierto es que lo había sido, pero de eso hace mucho tiempo. No tenía planeado vengarme de ti por no traerme el desayuno a la cama o algo parecido, como por supuesto cualquier chica decente esperaría. Pero extrañamente, hoy desperté con mucho... apetito.
Sakura reconoció que la sinceridad brillaba por su ausencia, pero tampoco mentía del todo. Cuando amaneció soñolienta e inmersa en la burbuja de ingravidez que le hacía encontrar su cuerpo ligeramente irreconocible, el hambre la devoró por los cuatro costados. No había sido exagerada con su inusual ataque de gula, y desde luego, jamás habría acudido a las cocinas ataviada con una simple gabardina que le arrastraba por los talones si no hubiese experimentado tamaña necesidad. Aquella no había sido su primera ni su segunda taza de chocolate, y probablemente, no habría sido la última si hubiese tenido la certeza de que nadie la regañaría si se llevaba alguna más. Cierta remordimiento hacia el muchacho le hizo sentir calor en las mejillas, pero lo olvidó de pronto.
Las musculosas piernas del moreno la rodearon para atraerla hacia un abrazo que le hizo crujir las costillas. Por un momento, Sakura percibió el corazón del Uchiha golpeando violentamente contra su espalda, pero enseguida se dio cuenta de que se trataban de sus propios latidos. Una mano se enterró en su corta melena para tirar suave aunque firmemente de ella y exponerla con más facilidad. Itachi cumplió con lo que decían sus ojos y le atrapó los labios en un beso que la dejó demasiado indefensa como para oponerse.
Tan pronto como los labios de la chica se abrieron para él, Itachi saboreó cada pequeña ondulación empalagosa que el chocolate había dejado al derretirse en el paladar de su boca. Aún sentía un poco de recelo al verse privado del desayuno que, en el fondo, ella misma había preparado para él con tanto afecto, pero degustar aquel hermoso detalle directamente de sus labios había sido una experiencia mil veces mejor.
La liberó cuando los dedos de Sakura tiraron impacientemente de sus largos cabellos para reclamar una obligación tan indispensable como era respirar. Y, también porque no podía seguir arriesgándose a alimentar el súbito calor entre sus muslos. La chica lo miró con los ojos abiertos como platos y el rostro fuertemente encendido.
—Nunca, pero nunca, nunca, nunca —le advirtió— juegues con mi comida.
Ella asintió obedientemente a lo que le pedía y él entornó los ojos.
—Era una broma.
—Ah... —sonrió, todavía avergonzada.
—Pero no vuelvas a dejar la cama antes que yo. Jamás, pase lo que pase. —Con el dedo pulgar le cruzó horizontalmente una mejilla—. Y esto te lo estoy diciendo de verdad.
A Sakura le costó un esfuerzo brutal no apartarle la mirada de los ojos mientras le estaba hablando. Itachi lo percibía. Era lo que menos deseaba en el mundo, pero se apartó de ella para dejarle su propio espacio, encaminó sus pasos hacia el cuarto de aseo que, por fortuna, no disponía de ninguna bañera móvil que pudiera despertar en él ciertos anhelos, y salió a su encuentro un par de minutos más tarde, consciente de que el pantalón morado que ahora le cubría la mitad del cuerpo la hacía sentirse a ella más relajada.
—Si hay algo que te esté preocupando, puedes decírmelo. Sé que no es fácil —«la primera, la segunda y hasta puede que la quinta vez» había estado a punto de añadir. Pero no quería exponerse a ser malinterpretado. Desde luego, no había sido ni su primera ni su quinta vez, pero lo que había vivido estando a su lado, no lo había sentido por nadie. Y eso le hacía creer que tenía ciertos derechos sobre la reciente experiencia—. Si no me dices lo que te incomoda no voy a poder...
—Me había ido —interrumpió repentinamente.
Un gesto muy parecido a la culpa hizo que ella buscara algo con lo que entretenerse en los dedos entrelazados de sus manos, y él se arrodilló frente a ella con la tenue esperanza de volver a recuperar la atención de sus ojos. No lo consiguió, y tuvo que posarle una mano en la rodilla para que alzara la vista de nuevo.
—No he estado todo el tiempo aquí contigo. La verdad es que la mayor parte lo he pasado dando vueltas en mi habitación.
—¿Por qué?
—Pues porque estabas aquí cuando abrí los ojos.
Itachi no entendió nada. Aquella no era precisamente la idea de despertar que podría haber imaginado que quería ella, y por supuesto, no era el modo que habría deseado él. Se esforzó en tratar de comprenderla y entonces vio el brillo amenazando con precipitarse por una de sus orbes jades.
—Es que... una parte de mí esperaba que no estuvieses aquí cuando despertara, pero estabas aquí, y eso hace que todo sea tan real y tan... No me arrepiento de nada de lo que ha pasado, pero nada me preparó para todo lo que sentí justo después y no es —suspiró, como si cada palabra fuese un gran esfuerzo— sencillo acostumbrarse a estos sentimientos tan... fuertes, porque... Nunca he aspirado a ser tan feliz como lo soy justo ahora mismo y no sé si puedo soportar que esta felicidad se me rompa... más adelante... sin que yo pueda... y... Lo sé, es una tontería. No tenía que haberlo dicho.
Itachi tuvo que sujetarle una muñeca para que volviera a sentarse cuando la ninja médico hizo ademán de marcharse. Sentía su propia mano fría y sudorosa por el mal momento que pensaba que la chica iba a darle si sus inquietudes iban algo ligadas a ciertos arrepentimientos, y sin embargo, estaba convencido de que el corazón se le estaba derritiendo como plomo fundido debajo del pecho ahora que sabía la verdad.
Se irguió sobre sus rodillas y extendió una mano para tomarle la barbilla entre el dedo índice y el pulgar. Ella se resistió en un primer momento, pero sumergirse en las lagunas oscuras de sus ojos la dotó de cierta tranquilidad.
—Sakura, eres...
—Tonta. Sí, lo sé, y lo lamento.
—Y es bueno que lo sepas. Desgraciadamente, siento cierta ternura hacia esta tonta condenadamente adorable, y creo que estoy bastante seguro de que no puedo vivir sin ella, así que no permitiré que nada malo ocurra, tienes que confiar en mí. De todo lo que verdaderamente me ha importado, eres lo único que me queda. Y, no voy a perderte a ti también.
Algo palpitó dentro con una fuerza despampanante. Sin duda, era lo más bonito que Sakura había sentido nunca y lo más preciado que podría tener jamás. Le había dado su palabra, sabía que la cumpliría.
Se inclinó enseguida para abrazarlo, y la engorrosa gabardina que aún se sostenía alrededor de su pecho, estuvo a punto de deshacerse. Él la apartó lentamente apretándole los hombros.
—¿Sigues queriendo volver a casa? —le preguntó, apoyando la frente en la suya—. ¿Dijiste aquello porque lo querías de verdad, o fue producto de otra cosa...?
El mero recuerdo hizo que Sakura sintiera un vuelco en el corazón. No había estado segura de si había reunido el valor suficiente para decirle aquello o si, por el contrario, formaba parte de un vago sueño. A él le bastó mirarla un segundo para conocer sus pensamientos.
—Empaca todo lo que quieras llevarte. Nos vamos ahora.
Sakura le apretó las manos y le dio un beso en la frente antes de encaminarse de un salto hacia la puerta.
«A casa... A casa...» Ya no pudo pensar en otra cosa, aunque, sí en alguien más.
::x::x::x::
Yuri lanzó una mirada furiosa a la casona y observó el danzante tentáculo de humo mientras se erguía estrepitoso por las ventanas de las cocinas.
«Ese imbécil otra vez» pensó al cerciorarse de que cualquiera que fuese la delicia que pretendía preparar Kenta aquel día, había pasado a mejor vida tras otro más de sus tantos despistes. Pensó en decírselo rápidamente a su madre. Alguien con más sentido común lo habría puesto de patitas en la calle en su segundo o tercer desastre consecutivo de la jornada, pero alguien enamorado hasta las trancas, sin duda, no lo haría.
Se limitó a limpiarse la arena húmeda sobre el delantal y dejar el cuidado de las verduras para más tarde. Tenía que comprobar si aún podía hacer algo con el almuerzo que el cocinero había chafado para, como mínimo, los próximos dos almuerzos, o al menos, asegurarse de que el negocio de su madre no saldría en llamas.
Era tarde cuando Yuri se había incorporado aquella mañana. Durante sus labores, había notado la tranquilidad posterior a la larga celebración de la noche precedente, aunque la lluvia hubiese arruinado el encuentro en el último momento. Sólo le importó la ausencia inaudita de una sola persona en toda la larga lista de huéspedes y, por raro que pareciera, aquella ausencia la reconfortaba, aun si fuese a favor de ese pinchazo de culpabilidad que sentía en el estómago por no haber movido un dedo por ella.
No esperó ver esa alegría truncada tan pronto. Lamentablemente, cuando abrió las puertas abatibles de la cocina y apartó la nube de humo que había difícil respirar en el sitio, reconoció la inconfundible melena de fantasía de la chica cerezo, y aquel inesperado encuentro la lleno de rabia y angustia por partes iguales.
—¿Por qué sigues aquí? —gruñó con el ceño fruncido.
La aludida dio un respingo al percatarse de su presencia. Llevaba un trapo pegado a la boca que trataba de controlar un ataque de tos. Yuri se acercó de inmediato para apagar los tres fuegos que tenía encendidos, y seguidamente, abrir de par en par el resto de los ventanales.
Todo parecía indicar que la ninja trataba de contestarle, aunque no le fue posible hasta al menos su quinto intento.
—¿De qué estás hablando? —Luego, hizo una pasa y tosió nuevamente.
—Creo que te dije con bastante claridad que no quería volver a verte por aquí. —Se esforzó por sonar distante, pero la delataba su tono inconfundiblemente preocupado.
Pasó medio minuto antes de que Sakura pudiera ejecutar mayor gesto que mirarla abstraídamente. Por supuesto, recordaba haber mantenido una conversación parecida con Yuri, y no habría llegado a angustiarla tanto si no fuera porque la había atribuido al transcurso de sus sueños. Esos que habían decidido asaltarla aquella mañana de vez en cuando, a menudo, con una intensidad tan pasmosa que parecía difícil distinguirlos de la realidad.
Los dedos de Sakura temblaron cuando se los llevó inconscientemente al cuello. No, no podía ser algo más que una sencilla coincidencia. Si aquel fragmento junto a Yuri la noche anterior justo antes de abandonar la plaza de la ciudad resultaba ser cierto, nada impediría que el resto de sus evocaciones fueran parte de la realidad. Y entonces, cuando ella logró apretar sus manos alrededor de la garganta de Sasuke...
—Eh, ¿me estás oyendo?
Sakura chasqueó la lengua cuando la punzante vocecita de la niña agujereó su reconstrucción mental.
—Yuri, por lo que más quieras, cálmate. Si me gritas sin parar no voy a entenderte nada. De todos modos, ¿cómo te atreves? —Sakura se acomodó la mano en la cintura en un gesto demasiado infantil para el tema que estaban tratando—. Yo debería estar enfadada. Me dejaste sola anoche.
—¿No entiendes que nadie se habría dado cuenta si te hubieses marchado ayer? Si ese bastardo hubiese querido encontrar pistas de tu paradero no habría conseguido ninguna, porque no había un alma que estuviera fuera de la plaza. Sakura, debiste volver a casa. Era tu única oportunidad.
—Me iré hoy, y lo haré con ese bastardo —respondió sin pensarlo. Después, se dio cuenta de que también necesitaba respirar unos segundos antes de continuar—. Yuri, las cosas no son tan obvias como tú piensas. Hay una razón por la que puedo confiar en él y por eso te pido que tú lo hagas en mí. Sé que intentas hacer lo mejor por mí, pero no quiero que te preocupes innecesariamente. Yo estaré bien... mientras esté a su lado.
Intercambió con ella una mirada apremiante, pero nada pareció cambiar su rostro de espanto. La rubia parecía dispuesta a rebatirle aquella locura de confiar en su propio captor, pero un pensamiento espontáneo volvió a surcarle la cabeza y se mostró tan retraída y apenada como un niño pequeño haciendo berrinche porque acaba de romper el jarrón preferido de su madre. Luego, estuvo a punto de confesarle aquello que la provocaba tantos remordimientos, pero algo mucho más desagradable la obligó a fruncir la nariz.
—¿A qué rayos huele?
—Se me ha quemado. Lo siento, te compraré una nueva... —musitó, con las mejillas del mismo color que la cazuela rota—. Tengo las cabeza en las nubes, sólo estaba...
—¿Es un anticonceptivo?
—¡Yuri!
Comenzó a tratar de explicarle que se equivocaba en lo que a todas luces fue un gran acierto, sin embargo, las palabras se le amontonaron en la boca y sólo consiguió que su ataque de tos regresara de nuevo.
—Ya, claro... Y Kenta sólo es el cocinero de mi madre. Esto ya lo he vivido antes —se quejó la niña, torciendo los labios y acercándose un pequeño taburete para trepar a las repisas más altas—. Toma, miel. Espero que no sepa como huele.
Sakura se quedó unos segundos mirando el mohín gracioso de la niña y su mano extendida consecutivamente, antes de tomar el pequeño frasco. Fue una situación de lo más incómoda. Sakura se figuraba que se echaría a reír cuando lo recordara más tarde. Ahora, estaba demasiado perturbada, demasiado avergonzada y demasiado apurada como para acordarse de cómo se hacía para tan siquiera sonreír.
La rubia compuso su más desafiante pose de rebeldía y caminó con un forzado aire de indiferencia hacia la puerta. Su figura se perdió entre los balanceos de un ala y otra, aunque reapareció un minuto después con esa entrañable expresión de ángel que Sakura tanto apreciaba.
—Vuelve a casa, Sakura —le dijo retorciéndose nerviosamente los dados—. Todavía soy una niña, pero hay razones que incluso yo entiendo.
El remordimiento que bañó sus palabras provocó que Sakura sintiera unas ganas enormes de estrecharla, pero, no se movió. Esbozó una sonrisa agradecida y vio a la niña marcharse sonrojada.
Ella también la echaría de menos...
::x::x::x::
El sol doraba ya las puntas nevadas de las montanas bajo un cielo manchado de borrones grisáceos, el viento silbaba entre los cristales desajustados de la ventana de su habitación y un frasco de barro estallaba en el suelo por un despiste cuando Itachi se paró verdaderamente a pensar en lo que estaba haciendo.
Antes de que el riesgo a precipitarse llegara a quebrar la promesa que ya le había hecho a ella, una gota carmesí escapó de la yema de su dedo cuando se agachó a recoger los pedazos rotos, recordándole la magnitud del juramento que había hecho y con el que únicamente comenzaría un nuevo inicio para la chica. No podía devolver a la Haruno Sakura que había partido en misión de Konoha hace algún tiempo, porque..., ella jamás regresaría. Sí lo haría una mujer mejor, una ninja más curtida y puede que con el corazón algo más magullado por las penosas experiencias que había padecido, pero también alguien de la que había llegado a enorgullecerse con cada paso dado.
No podía decir lo mismo de sí mismo. Cada día era más consciente de que había fallado a su hermano menor, traicionado a su familia y a su clan, y si además llegaba a desligarse de Akatsuki por muy honorables que fuesen las razones para hacerlo, acabaría faltando también a la misión encomendaba por Konoha; la Aldea era lo único que se había prometido proteger aunque pesara sobre él la maldición de haber derramado con su espada a su propia sangre, de haber sesgado algunas vidas inocentes para proteger el secreto de su cometido y de, finalmente, haberse convertido en todo aquello que aborrecía. Lo peor era sentir que no podía arrepentirse de nada de aquello.
Puede que Sakura no fuera realmente consciente de que Uchiha Itachi no tenía un hogar al que regresar, como ella solía mencionarlo. Las únicos brazos que se abrirían para él en su regreso a la Aldea serían las cadavéricas articulaciones del Dios de la Muerte. Y, jamás se opondría a esa gélida entrega que se había ganado tan merecidamente.
Al fin y al cabo, él no era ningún cobarde. Había puesto su vida al servicio del País del Fuego y, fueran cuales fueren los designios de sus acciones, se encargaría de que su último aliento fuese entregado para defenderlo, sin importar que allá donde el sol alcanzara fuese llamado siempre "Itachi el Renegado". ¿Por qué no acabar su cometido devolviendo con vida a la excepcional alumna de la Hokage? Aun si ese gesto implicara también que él mismo debía anudarse la soga al cuello.
Haciendo desechado el peso que conllevaba la sublime gabardina negra de nubes, se acomodó una gruesa túnica de color canela y ajustó los cierres de la bolsa de cuero con las escasas pertenencias que apenas creía conveniente llevar consigo. Sabía que el equipaje de Sakura triplicaría sus dimensiones, y aunque no quería negarle nada, tampoco estaba dispuesto a que un exceso de trastos llegaran a retrasar su retorno a la Villa.
La evocación de la sonrisa de la joven ante la idea de volver de nuevo a sus orígenes como si apenas fuese un imposible que había descartado hace mucho tiempo, lo hizo recargarse de todo el coraje que necesitaba para cerciorarse completamente de que había tomado la única y mejor decisión.
Le llegó el escozor molesto de la punta de su dedo índice, y lo lamió lánguidamente mientras daba un repaso monótono a su alrededor en pos de destruir cualquier rastro que delatase su permanencia allí, y... sin embargo, cuando su mirada oscura atravesó accidentalmente las vidrieras de las ventanas, Itachi tuvo claro que cualquier tentativa por tratar de escapar de la realidad, llegaba demasiado tarde.
Incrédulo hacia la visión que le entregaban sus propios sentidos, se acercó a la ventana para contemplar con una mejor perspectiva la insólita situación de fuera. Una mota de sangre marcó sus huellas dactilares en el cristal cuando apretó una mano, y luego, tuvo la tentación de hacerlo pedazos bajo sus puños.
Yuri se alzó a lo lejos a un lado del arroyo, e Itachi tuvo la sensación de que jamás había sentido tantísimo miedo.
::x::x::x::
Todavía no había anochecido, pero quizás no quedaba demasiado. La hija de la mesera sabía que en los inesperados periodos de tormenta los días parecían acortarse con una ligereza que no excusaba de ningún modo el descuidar el resto de obligaciones. Yuri hincó las rodillas en el borde del riachuelo percibiendo el frío del barro amoldándose en torno a ellas. El molino de agua aún quedaba lejos de su alcance, pero era peligroso desatender los primeros brotes de hongos venenosos que podían contaminar las aguas en cuestión de horas.
Era cierto que el transitar del riachuelo era sólo usado para las tareas de los molinos, por lo que el agua potable que abastecía la casona era directamente extraída de un pozo independiente, pero también era el lugar de donde se tomaba lo esencial para el regadío de los cultivos, de modo que resultaba igualmente indispensable proteger las cosechas de la contagiosa sustancia que segregaban ciertas variantes de setas y que podía resultar mortales si se camuflaban en las corrientes de agua dulce.
Acomodó la enorme cesta de mimbre a su lado y comenzó a llenarla de cadáveres de hongos y malas hierbas que fue arrancando hábilmente con la ayuda de una pala y un pequeño rastrillo de mano. La paciencia era una virtud que no poseía especialmente, pero tornó en algo más fuerte que la rabia cuando sus cortes dejaron de ser tan limpios para convertirse en puñaladas que prácticamente desgarraban la tierra mojada y oscura.
Yuri se detuvo a sí misma exhalando un gemido de impotencia antes de limpiarse la frente con una mano sucia. Se recostó sobre la hierba húmeda para devolver su respiración a la normalidad, y tal vez tranquilizarse de su inaudito arrebato, hundiendo con cierta amargura la mirada en el amplio y grisáceo cielo.
Si había aprendido algo durante su corta travesía por la vida, es que el amor estupidizaba al más sabio, volvía demente al ser más cuerdo del mundo, y no hacía distinciones entre hombres y mujeres. Ya era suficientemente extraño soportar el romance de su recatada madre con Kenta, el cocinero, no se había esperado un comportamiento tan ilógico de alguien como Sakura, la amiga de la infancia que nunca había disfrutado realmente y a la que perdería a manos de un asesino manipulador.
«Hay una razón por la que puedo confiar en él...» le había dicho la chica y, Yuri no lo ponía en duda. Estaba enamorada. El alto muchacho que la acompañaba no había hecho realmente algo para ganarse tan fervientemente su desprecio, era su bien conocida gabardina de nubes rojas la que detestaba más que cualquier otra cosa.
Sakura no podía hablar en serio cuando le pedía un voto de confianza para una persona que había osado ponérsela. Entre otras cosas, era la misma vestimenta que recordaba haber visto manchada con la sangre de su padre, cuando tiempo atrás, un miembro de la organización lo acribillara ante sus ojos de niña. La nube roja se había grabado con dolor y saña en su corazón, y desgraciadamente, también en su memoria. Se había extendido por su cuerpo como la ponzoña para arrebatarle la inocencia que ya no extrañaba, por lo que, aun si se lo pidiera Dios en persona, Yuri jamás confiaría en nadie que luciera orgulloso el emblema terrorífico de Akatsuki.
El coraje se apoderaba de ella cuando se veía incapaz de arrebatarle a Sakura de los ojos la venda que le impedía ver el engaño. Y de pronto, Yuri volvió a recordar que no contar toda la verdad que sabía no estaba tan lejos de convertirla en una mentirosa.
Si Haruno supiera que sus amigos habían ido en su busca, quizás las cosas cambiarían...
—¿Estás dormida?
Yuri se percató de que había cerrado los ojos inconscientemente.
Las formas elegantes y estilizadas de un rostro varonil la observaban detenidamente desde su altura. Si no hubiese vuelto a abrir los pálidos labios, la joven habría creído que se trataba de una simple estatua.
—¿Dónde estamos? —preguntó esta vez el chico, con un hilo de voz tan suave como susurros.
«Nubes rojas» reconoció la rubia en su ropa. Se incorporó del suelo tan rápidamente que estuvo a punto de volver a caer. Los bajos de su enfangada falda se le enredaron alrededor de los tobillos, y aprovechó la escasa oportunidad de deshacerlos para vislumbrar además al resto de sus acompañantes. Al lado del joven del cabello de fuego, estaba la mujer más hermosa que Yuri había visto en su vida. Detrás de ella había otro chico, mucho más joven, pero a él sí que lo conocía.
—Mucho me temo que nos hemos extraviado del camino. Te estaría muy agradecido si nos indicaras la ruta más corta hacia cierta casona.
La voz del Akatsuki le retumbó en los tímpanos, irreal. Pronto comprendió que el nombrado agradecimiento consistía en realidad en permitirle continuar con vida, y Yuri encontró cerradas todas las puertas de su supervivencia en cuanto una soberana temeridad le acudió a la mente.
—La casona puede verse desde aquí. Sólo está un poco camuflada por la niebla —aclaró al recién llegado, señalando a lo lejos con un dedo—. Yo misma os acompañaré y atenderé si necesitáis un descanso. Mi madre es la propietaria.
La atractiva muchacha la apuñaló con una mirada silenciosa, en una mueca mismamente escalofriante. Era como si pudiera introducirse en su psique para anticiparse a su trampa. Yuri nunca supo de dónde sacó el valor para hacerlo, pero se agachó para recoger su bota de agua antes de sumergirla bajo la superficie serpenteante del riachuelo.
—Supongo que el trayecto ha sido largo. No hay pueblos cercanos al nuestro. Estaréis sedientos.
Aunque Yuri estaba segura de que lo merecía, le tembló la mano cuando le extendió la bota al muchacho. Las ondas de sus ojos la enfocaron sin esbozar parpadeo alguno, y cuando creyó que había quedado tan petrificado como la escultura de mármol que parecía, atisbó en sus labios un inapreciable ademán de sonrisa cínica.
Ya estaba rozando sus gélidos dedos cuando una intrusión repentina la golpeó en las manos haciendo que perdiera el objeto. Yuri miró con los ojos desencajados su única oportunidad de hacer algo por vengarse de su padre cuando el agua venenosa de la bota se vació lastimosamente por el terreno. Tardó un largo minuto en voltear hacia el ya familiar huésped Uchiha.
—Vaya, largo tiempo sin vernos. Me alegra saber que continuas vivo —oyó decir al pelinaranja. La niña no tenía formaba de saber si estaba usando el sarcasmo o si era un reproche encubierto.
—¿Has hecho lo que te pedimos?
—Saluda primero, Konan —insistió el pálido integrante, sin conseguir ningún efecto en ella.
—¿Dónde está el encargo?
—No ha podido ser.
—Desapareces inexcusablemente por semanas, y después de todo, ¿afirmas tan tranquilo que no ha podido ser? Esto es imperdonable. Pain, no permitas que...
—No es culpa nuestra. Ha sido cosa suya —explicó, señalando con un movimiento de cabeza al cadavérico muchacho—. Esto no iba a salir bien desde el principio. Los grupos estaban mal estructurados. Sabes que te lo advertí antes de comenzar con esta pantomima.
Pese a la tensión, Yuri se percató de que Pain ni siquiera parecía contener el aliento. Entendía que el chico Uchiha era un hombre de nervios imperturbables, pero incluso cuando llegó a moverse hacía él, sintió que algo en su interior lo intranquilizaba.
—Quieres decir que no sólo no has conseguido aprovechar la oportunidad única de atrapar inadvertido al Hachibi, sino que además has dejado escapar al valioso instrumento que resultaba tu hermano —dijo Pain, dejando bastante claro que no era una pregunta—. Tienes suerte de que te aprecie. Algo.
El Uchiha aguantó la crudeza de su mirada. La esbelta muchacha se adelantó feroz para proseguir con sus reproches, pero el ninja llamado Pain se le adelantó otra vez, con una calma pasmosa en comparación a su furiosa compañera.
—¿Dónde está la chica?
—Dentro —respondió Itachi, y ni siquiera lo dudó.
Violentamente, Yuri sintió que la sangre le abandonaba el rostro en el acto. Algo de sus intenciones debió reflejarse cuando se movió casi sin saberlo, porque el chico al que ya conocía se abalanzó rápido a detenerla. Una de sus callosas manos le presionó la boca, pero enseguida le mordió un dedo y Suigetsu soltó un grito agudo antes de volver a sujetarle ambos brazos.
—¿Qué...? No serás capaz... —tartamudeó incrédula—. No... ¡No!
—Daos prisa —insistió Itachi.
—¡No puedes hacer esto!
Por un momento, Yuri creyó que la mirada oscura del Uchiha no se había cruzado accidentalmente con la suya, pero estaba demasiado enervada ante la posibilidad de que Sakura hubiese estado tan engañada como creía, como para prestarle atención.
—Cállate —le impuso el Uchiha en un afán bastante evidente por que sus compañeros se alejaran cuanto antes.
—¡Tú, bastardo!
Notó la fuerza de Suigetsu tratando de contenerla, pero todo fue inútil.
—¡Ella confía en ti! Ella cree que tú vas a... —volvió a gritarle al Uchiha—. ¡Ella en verdad te qui-...!
Las palabras se ahogaron en la sangre que sintió llenándole la boca.
El golpe apenas había sido un movimiento descontrolado con el dorso de la mano, pero había conseguido arrojarla al suelo. Escupió entre una espesa nube de sangre algún diente roto, e Itachi miró con perplejidad la mano temblorosa con la que le había destrozado la hermosa sonrisa de ángel para siempre.
—He dicho que te calles —insistió el Uchiha, sacudiéndose la mano—. Vamos.
La extraña mirada que Itachi intercambió con la niña, hizo que Suigetsu presintiera que algo iba desorbitadamente mal. Se acuclilló junto a la muchacha para tenderle un pañuelo blanco que, enseguida dejó de serlo cuando lo pasó por los chorreantes labios rojos de la rubia.
Por un tiempo, le pudo la compasión. Una parte de él habría deseado no inmiscuirse en cuales fueran los asuntos de Itachi y su organización, para quedarse simplemente consolando a la chica mientras le pedía que no intentara ponerse de pie para evitar marearse; pero otra, le hizo querer ser de alguna forma cómplice de la inquietud del Uchiha, y lo peor del asunto es que que ni siquiera entendía por qué. Aunque, en el fondo, se figuraba que tenía que ver con cierta chica pelirrosa...
—No os molestéis. Yo iré —propuso Suigetsu después de chasquear la lengua—. Ya he estado aquí. Me sé perfectamente el camino, y en el lugar ya me conocen.
La duda hizo que el espadachín hubiese estado a punto de arrepentirse de lo que había dicho, cuando vio la recelosa mirada cruzada entre el líder y Konan. Y, aunque imperceptiblemente, todo pareció compensado al alivio que notó inmediatamente en el chico de pelo largo.
Aquello fue definitivamente mucho peor de lo que pensaba. Cuando Suigetsu volvió a pisar la posada que había abandonado no hace tanto tiempo, tuvo la sensación de sentirse por primera vez superior a los tan valorados Uchiha. Las maletas en la entrada de la habitación de la chica sólo podían significar una sola cosa, y ni siquiera a él se le habría pasado por la cabeza la estupidez de pretender escapar de las garras de Alatsuki con la mísera esperanza de victoria.
Aquél era un error de Itachi que Sakura pagaría caro. Suigetsu lo intuía, y algo en la precipitación con la que la chica empacaba las cosa cuando la observó por la ranura ligeramente entreabierta de la puerta, hizo que se le estremeciera el corazón.
Se estaba ablandando.
Necesitaba volver a sus raíces. Algún buen baño de sangre en cualquier batalla lo sanaría de su esporádica humanidad.
—Hey, ¿qué haces? —dijo con una sonrisa resplandeciente.
Suigetsu irrumpió en su habitación como si ya hubiese saludado a la chica hace cinco minutos, y ella no pudo evitar el respingo por la impresión de verlo pararse a su lado tan natural como si no llevara una sarta de días desaparecido. Luego, lo ignoró y pareció concentrarse en doblar un amasijo de prendas.
—No tengo tiempo —le dijo en el mismo tono con el que lo habría mandado al infierno—. Te lo pido por favor, déjame en paz.
Una idea desagradable le pasó por la cabeza, y Suigetsu vio cómo se detenía inmediatamente para clavarle los ojos con una expresión aterrorizada. Pareció recapacitar.
—Espera un momento... ¿Le ha pasado algo a Sasuke?
—No tengo ni idea de dónde está Sasuke. Me abandonó —y, se sorprendió de no haber tenido que fingir su resentimiento.
—Entonces, lárgate.
—Qué fría... —Suigetsu entornó los ojos—. Sakura, no te molestes. No vas a ir a ninguna parte.
Las manos de la chica se detuvieron bruscamente. Volvió a reanudar su tarea enseguida, pero ya resultaba imposible. Sus dedos parecía agarrotados, y Suigetsu suponía que Sakura era lo suficientemente audaz para figurarse que algo grave estaba sucediendo fuera de lo planeado. Aún así, cometió la estupidez de consolarse negándolo.
—Márchate, Suigetsu. Me importas demasiado poco para que puedas lograr chafar mi día. Sal de aquí y haré como si no te hubiera visto.
Suigetsu suspiró con cansancio. Luego, se acercó a la ventana y entreabrió un par de tiras de la persiana para mirar al exterior.
—Escúchame bien, Sakura. Supongo que esto no entraba en tus planes, pero Akatsuki está aquí. Tu príncipe cuervo acaba de salvarle la vida a la hija de la mesera. También le ha hecho perder un par de muelas sanas, pero eso no importa mucho ahora. —Resopló—. Por algún motivo, ella creía que podía envenenar a Pain con agua concentrada en un pellejo. ¡Tiene gracia! —prosiguió, soltando una risita nerviosa—. ¿No lo pillas? ¿Cómo iba a matar a Pain? Ese cuerpo suyo ya está muerto. Claro que la pobre niña no sabía que se estaba cavando su tumba...
Otra odiosa punzada de clemencia volvió a inquietar al espadachín cuando rememoró el rostro lleno de pánico de la chica platinada.
—En fin, lo que quiero decir es que si no quieres echar a perder todo eso, sería mejor que colaborases. ¿Me entiendes? No tiene ningún caso resistirse.
Esperó un grito, un llanto desconsolado, una súplica... Ni siquiera algo parecido a un insulto escapó de sus labios cuando él volvió a apartar la mirada de la ventana para mirarla a los ojos. Realmente no la conocía.
—¿Por qué haces esto? —Sakura se abrazó a sí misma, como si un repentino baño de agua fría le hubiese caído del techo. Su voz parecía tan débil como el brillo apagado de sus ojos—. ¿Por qué me ayudas?
El muchacho escogió la mentira. Más lógica de lo que resultaba la pura verdad.
—No te ayudo. Sólo hago lo que Sasuke querría. Y, por lo que sé, no le haría ninguna gracia que te marcharas.
Sakura asintió débilmente antes de resignarse. El ninja admiró la fortaleza de no derrumbarse cuando hasta escasos minutos había estado tan convencida de su libertad.
Quince. Sólo fueron quince minutos los que transcurrieron antes de que abandonara la casona en compañía de la chica, y tan sólo quince minutos fue el tiempo suficiente para que Itachi fuera incapaz de reconocerla.
Un corte desgarrado le cruzaba la cara de la frente hasta la mandíbula. Una capa brillante y oscura se le pegaba al cuerpo como una segunda piel; en los brazos, en el rostro, por las piernas...
Era la carne revertida. Rojiza. Dolorosa.
Su sangre.
.
.
.
CONTINUARÁ...
¿Zas, en toda la boca? (?)
Lo sé, no doy paz, pero no importa. Espero que la siguiente actu llegue tan rápida como abril. Pórtense bien y tenga buen día.
¡Hasta pronto!
Shizenai
