Buenas noches, a todas y a todos, tratando de reinsertarme en la senda de la responsabilidad y actualizando de manera religiosa como cada noche, después de cenar, nos encontramos ante otro nuevo capítulo. Aquí entre nos, no pensé que esta parte de la historia, fuese a ser tan larga, en términos de episodios, pero no ha habido forma de hacerlo con otra intención. Por suerte, a medida que uno va progresando con su proyecto las ideas aparecen y esta vez no ha sido la excepción.

Capítulo bastante ambiguo, o al menos eso pretendo. Espero que les guste.

Dos cuadras, tres cuadras, quince cuadras; Jill perdió la noción del tiempo después de que su conciencia, en una clara declaración de confusión y miedo le gritó a todo pulmón que se alejara de Chris lo más que podía si este pretendía adentrarse en los pantanosos pasillos del instituto. Pero a veces, incluso la consciencia, como pieza metafórica de raciocinio, puede llegar a equivocarse.

Por eso y solo por eso, Jill había surcado calles y calles, tropezando más de una vez, espantando a más de un gato y a varios perros por el camino, ajena gracias a la resonancia de sus lágrimas a los tortuosos sonidos del ambiente que la rodeaba. Una urbe de oscuridad, que hasta hace tan solo unas horas, era un paradigma de prosperidad y progreso. Bueno, quizás por eso insistieron tanto en proclamar a un mapache como su alcalde.

¿Podía Warren ser culpado por estos acontecimientos? Posiblemente. Pero hasta ella misma tenía que admitir que esto era en extremo raro. Pocas veces un atentado de tal magnitud, si es que puede llamársele de esa forma, tiene lugar en un tranquilo poblado de los Estados Unidos, mientras la gente disfruta de un concierto. Y no de cualquiera, sino de Metallica, con todas las de la ley.

-Pero también debes admitir que era el momento propicio para un ataque – La psique de Jill era una compañera de lo más ambigua. No sabía decir si por momentos estaba de su lado, o en su contra. Pero eso poco importaba. Aquí lo verdaderamente fundamental era rescatar a su novio y a sus amigos.

Lo que más le aterraba era aquella voz. Jamás en su vida le había tocado hablar con alguien con un timbre como ese. Sus palabras se deslizaban por la garganta de un cerdo grande, áspero y ronco; que le hablaba con semejante nivel de guturalidad, que le invitaba a Jill a pesar en muchas cosas. La principal de ellas, uno de esos maníacos a quienes les encanta picar en trocitos a sus víctimas con cuchillos de carnicero. No creía que fuese algo tan improbable. Después de ver Evil Dead, pocas cosas, podían entrar en la categoría de lo inverosímil.

No ponía en duda que Chris estuviese con esa persona. Después de todo, había llamado desde su celular, y su novio no había intentado comunicarse con ella en todo el tiempo que esta se había dado a la fuga. Ahora mismo, deseaba con todo el corazón, no haberlo hecho.

-Las calles estaban más desoladas de lo habitual… - Pensó en un momento de poca espontaneidad, donde sus pensamientos la consumieron por completo, impidiéndole pensar en cualquier otra cosa. Redujo el paso, sin tomar en cuenta que esos segundos que en realidad no podía darse el lujo de perder, podían ser vitales para Chris.

Pero la calle era el cuadro bucólico de un pueblo fantasma. Si algo detestaba Jill, era ese maldito sentimiento de soledad, que la atisbó por más de un costado cuando en determinado momento de su vida, creyó que Chris Redfield jamás se fijaría en ella, y por lo tanto no sería capaz de recuperarse, lo que la conduciría a pasar el resto de sus días sola y en compañía de muchos gatos.

-Bueno, eso por lo menos ya parece ser un problema del pasado – Dijo para sí misma, ignorando la posibilidad de que las paredes pudieran tener oídos – Pero podría volver, si no te das prisa.

Jill soltó un bufido de sorpresa. Pero no por la voz que acometía contra ella, como si se tratara de un balón de fútbol que pega contra tu cabeza en el momento menos indicado. Si, por el ruido metálico poco habitual en el callejón de la vereda opuesta. Un recoveco tan oscuro y penumbroso, que parecía la entrada a la nada.

Permaneció de pie, contemplándolo durante un buen rato, y sus pies se vieron tentados a aproximarse. Quizás uno o dos pasos dio, sin darse cuenta, antes de espabilar, nuevamente y gracias a su psique que volvía a hacer gala de su aparentemente habitual bipolaridad.

Decidió dejar el asunto de lado y seguir su recorrido hacia el instituto. Sabía que esa pausa, era más por un sentimiento de profundo miedo, por llegar tarde y encontrar a Chris colgado de un gancho de carne, que por cualquier otra cosa. Pero ya nada de eso importaría, si lograba verlo con vida, al menos una última vez.

Trató de despejar ese pensamiento de su mente. Al menos por ahora, debía tener esperanza.

-Bueno, aquí estamos…

La espectral estructura del colegio de Racoon City, era más intimidante de lo que ella creía recordar, desde el primer día que la observó, a la tierna edad de seis años, y asida de la mano de su madre, cuyos dedos apretó con más fuerza que nunca ese día. No recordaba haber visto un lugar que reflejara tanto respeto en su vida. Y eso en parte, se debía a que ya había estado muy acostumbrada al jardín de niños y esas cosas.

Entrar en un lugar, con tantas personas desconocidas caminando de un lado a otro y tener que llamar a ese espacio "Segundo hogar", a la vez que lo compartía con varios niños a los que no sabía si llegaría a agradar; era algo que no le agradaba en lo absoluto. Y es normal. Teniendo seis años era normal.

Luego vio a Chris, a su hermana Claire, a Leon, a Barry, a Rebecca y al sujeto más apático de la historia: Albert Wesker. Los niños que conocía desde que tenía uso de razón. Su sola presencia le hizo sopesar que aquello ya no podía ser tan malo. Quizás, ella si podía formar parte de alguno de los engranajes de ese inmenso reloj.

Pero en aquella ocasión estaba acompañada por gente que la quería y la apreciaba, inclusive Wesker, quién era su declarado enemigo mortal, no negaba que sentía un profundo respeto por esa singular pandilla, pero hasta ahí. Ahora estaba sola. A tan solo unos meses de decirle adiós a los horarios fijos, los citatorios a mamá y papá y las libertades condicionales. Poner un pie en aquel recinto (Quizás el último) que le había regalado tantas penas y alegrías. Dar un paso al frente e ir reviviendo las memorias de sus mejores días, mientras recorría lentamente los fantasmagóricos pasillos, que le darían nuevamente la bienvenida con risotadas y cánticos de niños, a medida que fuese agregando pasos a su contador, y disminuyendo la distancia con Chris y sus captores. Todo eso hasta llegar hasta el gimnasio – No sabía porque, pero tenía una profunda corazonada con ese lugar – Lugar que, al estar delante de sus puertas dobles, desgastadas y desvencijadas por el forcejeo de los antisociales, le recordaría aquel último momento de felicidad, o al menos, el que más sonrisas le había regalado todas las noches, antes de apoyar su cabeza contra la colcha de la cama.

-El beso de Chris durante el baile de otoño.

Esperaba que el lugar donde decidió darle una patada a todas sus cadenas, no se transformase de nueva cuenta en una celda para sus convicciones y temores, y así, con esa premisa, dio un paso al frente y abrió las puertas del instituto. Dejando de ser Jill la niña, Jill la adolescente, Jill la sobreprotegida. Ahora era Jill, la mujer.

Como lo esperaba. Pasillos mudos, que solo se avivarían con el eco de sus pies contra el mármol del piso, o de alguna puerta mal cerrada, o algún libro mal colocado en una estantería.

-Al menos las puertas están cerradas – Dijo con una voz tenue, aunque no sabía muy bien porque, pero no quería ser escuchada.

-Recuerda, aquí hay personas malas, y tienen a Chris. No vayas a darles más ideas de las necesarias.

Ese comentario fue suficiente para amainarla. Siguió el camino por el pasillo, trazando mentalmente la ruta a seguir más rápida y esperanzadoramente más segura, hasta el gimnasio.

-Primer pasillo, vuelta a la izquierda, segundo pasillo, vuelta a la derecha, pasar por el vestíbulo, abrir las puertas dobles y derecho todo el trayecto hasta llegar al gimnasio.

La oscuridad no sería un problema. Era un trayecto que se conocía de memoria y que realizaba religiosamente cada martes por la mañana, y que en más de una ocasión la había salvado de una reprimenda de Krauser. Ahora tenía que hacer gala de ese sentido de la orientación tan acertado como una brújula, que a veces se jactaba de tener para consigo misma, y guiarse por los corredores de su segunda casa.

Con los brazos bien pegados a la cadera, fue dando pasos muy despacio. Uno por delante de otro. Para disminuir su propia tensión, tomó el borde su extensa franela metalera, cuidadosamente escogida para acoger la llegada de Metallica a la ciudad, y comenzó a hacer pliegues redondeados con ella. Con suerte, si todo salía bien esa noche, de lo único que tendría que preocuparse al volver a casa, sería de planchar aquella franela.

Sus pies no estaban separados más de diez centímetros y el repique de las hebillas de sus botas, eran la única melodía que adornaba los tristes pasillos.

Sin embargo, Jill no contaba con un sonido más, un sonido extra. De esos que ruegas no escuchar, cada vez que te toca salir de la comodidad de tu cuarto a buscar un vaso de agua o para ir al baño, a altas horas de la noche.

Jill escuchó el sonido de una puerta abrirse.

Los goznes chirreaban y se tomaban su tiempo para hacerlo. No era una apertura violenta, de esas que provocan terror de impacto, no… La puerta se abría muy lentamente, girando sobre el eje de las tuercas que la mantenían sujeta al umbral, con una parsimonia tal, que parecía planeado.

Sin darse cuenta, pero con toda la intención subconsciente de hacerlo. Jill, aceleró el paso de manera notoria. Buscando escapar lo más pronto posible del desfiladero auditivo que suponía ir escuchando la puerta abrirse, hasta el inminente impacto del pomo contra la pared contigua.

Se retó a si misma a no llorar, a no hacer arcadas, y mucho menos a correr. Su calma, sería su mejor amiga en esa situación.

Divisó su entorno. Ya estaba en el segundo pasillo, había recorrido un cuarto del tramo que comprendía desde la entrada principal del instituto, hasta el gimnasio y ya solo faltaba un muy corto trayecto, de no más de tres minutos a pie. Cinco, si se tomaba su tiempo.

-Pero quizás Chris no tenga tanto tiempo, ¡Date prisa!

Bueno… Tendría que violar la última promesa que se había hecho y acelerar el paso. Un trote moderado, sería suficiente para llegar en dos minutos o menos al gimnasio.

Aceleró el paso y cuando el cruce que conectaba al pasillo con el vestíbulo se hizo visible para sus grisáceos ojos, una melodía comenzó a sonar.

-Buenas noches, señoras y señores, niños y adolescentes de la audiencia. En la noche de hoy, tenemos otro éxito de la década de los ochenta, con…

-¿Con qué? – Se cuestionó Jill. Lo que más le impacientaba y atemorizaba al mismo tiempo, era el sonido blanco tan característico que todos hemos escuchado y visto alguna vez, cuando nuestro televisor no capta señal o nuestra radio, no está en sintonía con ninguna antena.

Ese era el sonido que bañaba los derroteros del instituto de Racoon City. Sonido blanco, interferencia. Gris y grotesca interferencia.

Para colmo, parecía que quién maquinaba la sala de máquinas audiovisuales del colegio, le iba subiendo el volumen a parlantes con una delicadeza planeada, pues cada vez se escuchaba más fuerte.

Y entre esa confusión mental, y el continuo crecimiento de la ansiedad, Jill distinguió otra cosa, o al menos le pareció distinguir otra cosa.

El sonido de algo metálico siendo arrastrado contra el suelo.

Era una melodía lenta y tortuosa. Sabía que había algo grande y de metal, siendo paseado por los pasillos de la escuela, o quizás era un efecto de los altavoces pegados en las paredes… Lo que sabía, es que era un sonido claramente de acero contra cerámica, y quién lo producía se estaba tomando su tiempo. Como queriendo decirle: Sé que estás ahí, pero no voy a apresurarme en buscarte. Aunque, si llego a encontrarte…

Pero Jill no respondía. Sus piernas no recibían impulsos de ningún tipo por parte de su cerebro, que por medio de su consabido Pepe Grillo, le gritaba a todo pulmón: ¡Muévete! ¡Sal corriendo de ahí!

Pero Jill necesitaba otro aliciente. Algo que de verdad la motivara a moverse, o más que motivarse – Como si el hecho de que la vida de Chris, dependiese de su presencia en ese lugar, no fuese suficiente – Requería urgentemente de algo que le hiciera saber que no era una pesadilla, que era real…

Y quién estuviese manejando los parlantes debía saberlo muy bien, porque en ese momento un grito horroroso y ensordecedor llenó cada salón, cada baño, cada cuarto, cada casillero y cada hueco del instituto. Un sonido atroz y lleno de dolor. El gemido de un grito. Y el grito lo reconocía muy bien.

-¡CHRIS!

Chris no demostraba dolor con tanta facilidad. Ni siquiera con las pruebas sobrehumanas que le ponía Krauser, y que a veces parecía disfrutar, como darle golpes a un balón de fútbol americano hasta que sus nudillos estuviesen tan sofocados, como para poder asar carne sobre ellos, o trepar por la cuerda y quedarse suspendido ahí por diez minutos. Este era un sonido producto de algo que infringía dolor o de terror psicológico.

Para cuando este torbellino de ideas abyectas, azotó con fuerza la mente de Jill, está ya estaba de pie frente a las puertas dobles, desgastadas y desvencijadas por un notorio forcejeo, del gimnasio. La opaca luz de lo que parecían ser velas al otra lado del cuerpo de madera que la separaba de la verdad, le indicaba no solo que estaba en el lugar correcto, sino que ya todo estaba planeado.

Solo rogaba no haber llegado demasiado tarde.

Pasó a través del umbral de la puerta con los ojos cerrados y haciendo un esfuerzo notable por no llorar. Para cuando supo que ya estaba del otro lado y que era imperativo que despegara la mano de la puerta de madera, supo que tenía que abrir los ojos ahora o nunca.

Y lo que vio se le quedaría grabado con fuego en la cabeza. No lo olvidaría jamás.

En efecto, eran velas, algunas ya gastadas y con un hilo de humo, emanando desde la punta de la encenizada mecha, impregnando el salón con un aromatizante incandescente. En efecto, Chris estaba ahí, todavía vivo, y gritaba de nueva cuenta con súbito horror, aunque nadie le infringía daño o al menos no como Jill creía que podían estarlo torturando. En efecto, su captor o uno de sus captores, estaba de espaldas a ella. Parecía un sujeto muy alto con ropas andrajosas y mirada perdida, que hablaba con una voz muy baja pero distinguiblemente cacareante, como si se tratara del muñeco de un ventrílocuo. El sujeto sostenía un libro entre sus pies, sentado a escasos metros de Chris y recitaba los pasajes de lo que parecía ser… ¿Un chiste muy malo?

-Jeje… Je… Jejeje… ¿Quieres saber por qué el niño tuvo que salir a dar un paseo, Chris? – Dijo el sujeto, a quién Jill poco a poco fue identificando como su ex – novio, Carlos Oliveira… Al verlo, se alegró profundamente por aclarar la parte de: ex – novio.

-No, por favor… Ya no más, ¡No más!

-¡PORQUE NO HABÍA INTERNET!

-¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Una risa aguda y exagerada, que intentaba a su vez sonar maligna y abyecta, salió despedida de su garganta en lo que era un espectáculo de mal gusto y mucha pena ajena, que dejaron a Jill petrificada como un monolito, inherente al salón en el que estaba presente en ese momento.

-Y… y… ¿Por qué este dibujo de la tierra, tiene varios círculos pintados alrededor, Chris?

-Por favor, por favor…

-¡PORQUE SON LAS VUELTAS QUE HA DADO SUPERMAN ALREDEDOR DE LA TIERRA!

Chris no lo aguantó más y se puso a llorar ahí mismo. Carlos se contorsionó sobre su propia figura, tomándose el pecho y riendo con más estridencia que nunca, mientras lanzaba patadas al aire. Una vez recobrada la compostura, tomó el enorme cuchillo que tenía a un lado, untó un poco de cera derretida en el borde e impregnó la página del libro con la hirviente sustancia, quizás como símbolo de señalización para saber que ese chiste ya lo había contado y no debía repetirlo en caso de una confusión.

Por más ridículo que pareciese aquella tortura, Jill no podía olvidar que el que estaba ahí sufriendo no era otro más que su novio, y que los chistes, eran malísimos. Ella misma sintió algo tibio en sus oídos y se preguntó si no estarían sangrando.

Ignoró esa sensación y con furia y rabia, arremetió en carrera contra Carlos. Enfiló en dirección al moreno, y cuando estuvo a escasos metros de él, saltó con una precisión de gimnasta olímpica, juntó las piernas en el aire y las direccionó con maestría contra la humanidad de su antiguo novio.

Cayó como lo haría cualquier personaje de la épica historieta de Condorito. Con un sonoro plop.

-Tranquila, no se levantará de ahí en un buen rato – Intervino el subconsciente de Jill.

Ahora toda su atención estaba centrada en Chris, quien sollozaba y sollozaba desconsoladamente. Al parecer, no había reparado, o no había podido reparar en la presencia de Jill.

Permanecía de rodillas, con sus pantalones desajustados y la camisa hecha jirones. Sus manos permanecían juntas contra la espalda, formando un lazo, por medio de una cuerda que las mantenía unidas, y la cabeza cabizbaja; dejando caer de tanto en tanto una lágrima de desesperación que formaba junto con otras que habían caído anteriormente, un minúsculo charco.

Tomó el rostro de su amado entre sus manos y cuando lo tuvo frente a frente, este apenas pudo abrir sus desgastados y rojizos ojos, incinerados de tanto llorar.

-Ya pasó – Dijo, y le dio un confortable y lento beso en los labios – Ya pasó.

Lo besó de nuevo, y otra vez, para luego abrazarlo con ternura. No quería separarse de él. No importaba que tan ridícula pudiera haber sido su tortura. Chris era de ella, y nadie a excepción de su persona, podía hacerlo sentir mal.

Pero el eco de una voz grave, amenazadora y desprovista de toda humanidad – La voz del cerdo – Pensó Jill. Hizo acto de presencia en la habitación.

-Entonces, después de todo este tiempo, de veras crees que él te pertenece.

Salió de las sombras. Como un fantasma que está en un lugar en el que antes no había más que oscuridad. Jessica Sherawat caminaba con la soltura y elegancia que siempre la había caracterizado. Con una pierna intercalando a la otra. Ni siquiera el aspecto de bruja andrógina, con el otrora cabello radiante, castaño, lacio y hermoso que una vez portó, que ahora parecían un arbusto de hierba mala, ni las manchas de hollín, ni los dientes con claros signos de necesitar ortodoncia, podían ocultar la identidad de la que en algún momento fuese, una de las chicas más hermosas de todo el instituto.

-¿Sorprendida? – Preguntó de forma sardónica, esbozando una sonrisa de lunática, que si lograba proferirle miedo a Jill, en comparación a la patética demostración de Carlos, que permanecía tendido en el suelo, al igual que una araña patas arriba – He de admitir que el imbécil de mi compañero no tuvo una mejor idea de tortura que esta, pero cualquier cosa es bienvenida, si puedo mantener la integridad física de mi amado – Señaló ensoñadoramente a Chris con el dedo índice. Y Jill sintió un acceso innecesario de celos – Mientras te destruyo.

-¿Qué te hace pensar que te lo voy a dejar tan fácil? – Preguntó Jill encolerizada.

La risotada de Jessica era un vestigio claro de su poca cordura, pero su abundante materia gris para los planes macabros que de seguro estaría maquinando y que no podía decidir con cual comenzar; para hacerle a Jill una demostración clara y concisa de su voluntad.

-¿Qué te hace pensar que estoy sola?

Las puertas se abrieron con un rotundo golpe y chocaron sin más remedio contra las paredes. Un sequito de hombre con capas blancas y máscaras de cerdo, rellenó el lugar. Portaban armas de tortura medieval y eran al menos cuatro decenas. El misterio de sus rostros y sus facetas, ocultadas detrás de aquellas caretas porcinas, no eran nada, comparadas con la gutural expresión de delirio y placer de Jessica al contemplar la planicie de horror de Jill.

Cercaron a la pareja en un círculo. Al principio, el radio de la circunferencia, era lo suficientemente extenso como para hacerlos sentir medianamente seguros – No se moverán más, permanecerán ahí – Creyó Jill. Pero nada más alejado de la realidad. Cada cinco segundos, o así pareció cronometrarlo Chris, el pelotón de hombres extraños daba un paso hacia adelante, y el círculo iba reduciendo su longitud. El radio se iba acortando, y en el centro seguían Jill y Chris.

-Déjala ir, Jessica.

-Equivocado, mi cielo. Equivocado como siempre… - Dijo y agregó – No soy yo, quién debe dejarla ir. Eres tú.

Puso una mano extendida en el aire y los hombres se detuvieron. Luego, sin dejar de observarlos ni un instante, agregó.

-Termina con ella.

La quijada de Jill tembló. Se aferró a Chris con más fuerza y cuando no tuvo la suficiente fuerza mental, para continuar mirando a Jessica y sus desorbitados ojos verdes, enterró el rostro en el cuello de Chris quien permanecía amordazado e inmutable.

-Invicto – Pensó Jessica.

-Si la termino. Si la corro de mi vida. Si prometo irme contigo, para no verla nunca más y hacer de cuenta que no existió, ¿La dejarás ir?

Ensanchó aún más su sonrisa y su orgullo, que ya estaba lo suficientemente holgado, rebotando de felicidad cruda y cruel, como una pelota de tenis en una cancha llena de resortes.

-Oh, cariño. Tienes una fuerza mental extraordinaria, creo que es por eso que me gustas tanto.

-Yo lo dudo.

Y ahí estaba. Jill sacó momentáneamente la cabeza de entre el cuello de Chris y muda de toda expresión de dolor, contempló como si no pudiera creerlo a la única luz que parecía estar de su lado en aquella andrógina y pesada habitación de gimnasio.

Estaba de pie, con los brazos cruzados armoniosamente por la espalda. Vestía con sus clásicos jeans azules y sus zapatos deportivos negros, aunque su chaqueta verde había desaparecido y ahora una franela negra de rayas blancas estaba en su lugar.

-¿Cómo te atreves a aparecerte aquí y ahora; cuando claramente te necesite mucho antes? – Preguntó Jessica, con un rictus en la cara, aunque parecía más bien una expresión de dolor.

-El por qué puede carecer de importancia, si el ahora contempla eventos mucho más trascendentales para nuestro futuro, Jessica – Contestó inmutable a los reproches – Amparado por las normas de la lógica y lo que es correcto, me remito a presentar a esta joven pareja, de tu edad – Aclaró – Como testimonio viviente, de que tú no estás enamorada de nadie.

La sonrisa torva de Jessica, fue demostrando gestos típicos de alguien que empieza a perder la cabeza, sin embargo, su plan, parecía lejos de terminarse.

-¿Acaso "el poeta" sabe algo de amor?

-No más que tú, ni que cualquiera de los que está aquí presentes – Contestó calmadamente.

-¿Pero tienes la autoridad para sermonearme sobre lo que es correcto, no?

-Cuando superar algo que claramente debe ya formar parte de tu pasado, para sobreponerte a tu futuro, no es algo posible, la persona comienza a fragmentarse. Si no se trata a tiempo como fue tu caso, un quiebre, es algo inminente. Cuando una persona está quebrada, sus conocimientos vagan como almas en un limbo y son incapaces de reconectarse con la persona que alguna vez fue dueña de ellos.

-¡JA! ¿Sobreponerme? – Dijo y acto seguido escupió contra el muchacho, aunque su gargajo apenas llegó a la punta de sus zapatos - ¡Tú no estuviste encerrado en un sótano lleno de animales rabiosos que querían devorarte! ¡Eres un hipócrita!

-Hubiera estado, si tú lo hubieras querido. De hecho intenté estar. Intenté llamarte, cuando tú y tus cuatro amigos, estaban lo suficientemente absortos en sus propios y distorsionados planes, como para escuchar cualquier otra voz. Nadie atendió a mi llamado y por lo tanto, me tuve que ir, hasta que me llamaste de nuevo.

-¡Yo nunca te llamé!

-Si lo hiciste. Por eso estoy aquí.

Parsimoniosamente, se fue acercando. Sus brazos, ahora separados, buscaron extenderse hasta la chica de llorosos y borrosos ojos verdes, que dudaba de sí misma y de su propia cordura. Cuando por fin logró posicionar un dedo sobre ella, un arrebato de furia lo despegó con brusquedad.

-No me toques.

-Es posible repararte, si me das una oportunidad.

-No hay segundas oportunidades, Cielo.

El chico ladeó el rostro, apenado. Hizo una mueca de desgano con los labios y luego añadió:

-Bueno, al menos obtuve tiempo.

-¿Tiempo?

-Deberías bajar el volumen de esos parlantes. Son como gritos de una radio en el medio de un bosque, que no te dejan escuchar los jadeos hambrientos de los lobos que te rodean en medio de un claro.

Jessica demostró una última expresión de horror. Pestañeó y aquel chico ya no estaba más, luego lo escuchó fuerte y claro, cuando ya era imposible que sus oídos no lo notaran. Carlos, confundido y con pesadez, se incorporó lenta y torpemente, se apresuró a decir.

-¿Esos son helicópteros?

Fue lo último antes de que la mitad del techo que convenientemente no estaba sobre nuestros personajes, se desplomara y dejara entrar a docenas y docenas de equipos especiales.

Wallace Burton, Prudence y Edgar Redfield, Sarah y Dick Valentine, Abella y John Wong; junto con Rebecca, Kathy y Billy, asomaron por uno de los helicópteros ante la impávida mirada de Jessica y la ausencia de los hombres cerdo, que ya se había retirado corriendo.

-No los dejen ir – Ordenó Wallace, mientras un equipo altamente furioso y capacitado, les daba caza.

Pero lejos de contorsionarse por la ira, de molestarse por el error y de apenarse por la tragedia en la que resultó su plan, Jessica Sherawat tenía un último as bajo la manga.

Recuperó su sonrisa torva, sacó un control remoto de su bolsillo con un único botón rojo, lo oprimió y el suelo desapareció.

Espero que les haya gustado, trataré de subir los capítulos los mismos días que siempre, pero un poco más temprano, con la esperanza de resarcir un poco el error, que yo mismo cometí, al dejar tanto tiempo sin actualizar la historia, aunque tampoco creo que sea para tanto, ¿No?... No hacen falta las berenjenas, muchachos =D

Buenas noches, a todos.