Por mucho que la Tribu Gerudo hubiera prosperado desde la época en la que se limitaban a robar y a saquear, no dejaba de ser un pueblo guerrero. Por eso, el hecho de tomar las armas contra un reino al que muchas veían como una especie de dragón dormido que a veces las había exprimido hasta la saciedad fue recibido con un ánimo casi solemne, revestido de importancia. No sólo iban a asestarle un golpe a aquel monarca que las había dejado a su suerte, sino a ayudar de paso a una integrante de la tribu, aunque hubiera entrado en la misma por "adopción".

Por esa forma de encajar la situación apenas hubo quejas cuando Dragmire creó un puente usando magia una vez que las mujeres mejor preparadas se reunieron con él para partir hacia Hyrule. A lomos de sus caballos, aquel pequeño ejército se lanzó contra las áridas tierras del oeste hyliano, dando la impresión de ser un ejército de fantasmas que se hubieran materializado en la noche.

Nadie les salió al paso, de todos modos tampoco esperaban encontrar resistencia en las provincias más alejadas del centro del reino. Ganondorf había sospechado que Leoni, confiado por haber capturado a su hermana y creyendo que el puente destrozado serviría para retenerlos en el desierto, no se habría molestado en apostar vigilancia en las zonas limítrofes del reino, sospechas que habían sido ciertas. Tal y como le había dicho a Zelda antes de que ésta partiera para reunirse con su hermano, conocía demasiado bien la forma de pensar del joven, tan similar a la suya en sus primeras encarnaciones.

En cierto modo, mientras cabalgaba siendo seguido por las demás, el gerudo estaba luchando contra si mismo. El viejo deseo de poder, de conseguir tomar para si aquella tierra que siempre se le había resistido una y otra vez, afloraba de nuevo, quizás debido a que estaban dirigiéndose hacia una lucha. A pesar de que había dejado claro antes de que partir que el principal objetivo que tenían aquella vez no era conquistar ni saquear, sino conseguir recuperar a Zelda, una parte de él estaba deseosa de intentar desplegar la magia y asolar aquellas regiones.

Era consciente de que, en la situación actual, su única fuerza residía en las gerudo, no en las legiones de monstruos que en otro tiempo había sido capaz de convocar. Para conseguir invocar a tales seres necesitaba romper un sello con un poder arcano mucho mayor al de un portador de uno de los fragmentos de la Trifuerza, un sello que sólo la familia real hyliana sabía donde se encontraba y al que, por otro lado, no osaba acercarse, pues era también sinónimo de derrota para él: la Espada Maestra.

Sabía que, años atrás, cuando fue derrotado por última vez, la Zelda de aquella época había creado un sortilegio protector para su reino y había usado el arma que había sido su condena como sello protector del mismo, ya que la hoja de dicha espada estaba impregnada de la magia de los Sabios que protegían Hyrule, cuyas bendiciones el Héroe había ido consiguiendo mientras purificaba los templos que él mismo había intentado convertir en puntos de poder oscuro.

Una parte de él estaba dispuesta a ir a buscar un arma que podía resultarle letal sólo para conseguir recuperar los ejércitos que en su día tuvo; sin embargo su lado más sensato, el que en esta vida parecía haberse impuesto sobre el otro, le recordaba que tampoco se encontraba en la necesidad de romper el sello. Contaba con la fuerza de las gerudo y, de momento, no habían entrado en ninguna guerra más allá de las típicas escaramuzas con algunos soldados hylianos, escaramuzas que pasaron a ser historia después de que Zelda se instalara en el desierto.

Sin embargo, ahora anhelaba haberse dejado llevar por su lado más salvaje y haber roto el sello, ya que contaría con una fuerza mucho mayor. Ganondorf era consciente de que, con las mujeres que lo acompañaban, podrían conseguir entrar en el castillo el tiempo suficiente para liberar a Zelda si mantenían la lucha a su favor.

Las órdenes que se habían dado antes de partir eran claras, por lo que cuando finalmente la Ciudadela de Hyrule apareció ante ellos nadie dudó un segundo a la hora de realizar la parte que le tocaba. A pesar de que el reino no se encontraba en ninguna guerra, las murallas estaban cerradas, costumbre que se había mantenido desde hacía siglos.

Cargaron contra los guardias que custodiaban el acceso de la puerta sur, que no tardaron en dar la voz de alarma. El objetivo era claro: conseguir acceso a la parte superior de las murallas, donde se encontraban las grandes poleas que accionaban los rastrillos y subirlos para conseguir entrar en el interior de la ciudadela. Parecía fácil, pero llevado a la práctica resultaba más complicado de lo que podía sospecharse. Los accesos exteriores estaban bien escondidos, ya que se habían construído a modo de solución de emergencia por si alguna vez la ciudadela era tomada y el ejército hyliano debía recuperarla. Dragmire sabía de la existencia de dichos accesos ya que recordaba haber tenido que enfrentarse a ciertos rebeldes hylianos en los inicios de su peculiar reinado en la época del Héroe del Tiempo. Aunque la distribución de la ciudadela era diferente a la de aquel entonces, el gerudo estaba casi seguro de que no tendría muchos problemas en encontrarlas.

De momento, a pesar de que la fuerza de su ejército no era la que hubiera deseado, parecía que las cosas estaban marchando relativamente bien para ellos. Alguna que otra chica había sido herida, pero de momento todas luchaban contra las hordas de soldados que iban llegando, seguramente alertados por los que se encontraban aún escondidos detrás de los altos parapetos.

Con el paso de los minutos, la ventaja inicial dada por la sorpresa comenzó a desaparecer. Las gerudo luchaban en desventaja, tanto por la carencia de armaduras (las guerreras de la tribu se negaban a protegerse, ya que eso se consideraba una señal de que no se luchaba con habilidad. Las gerudo creían que una buena guerrera no necesitaba protección adicional, pues su arma bastaba para defenderla) como por el hecho de que estaban intentando penetrar unas murallas que poco a poco se iban llenando de defensores que disparaban contra ellas.

Tenían que acceder a los mecanismos de la puerta como fuera, antes de que aquello comenzara a ser una masacre. El gerudo comenzaba a sentir cierto temor por haber conducido a las mujeres a una muerte casi segura cuando, de repente, una voz gritó con tanta fuerza en su interior que le dio la impresión de que hasta hacía eco.

"¡Ayúdame! ¡No puedo moverme por mi misma, y necesito salir del castillo!"

Alivio era una palabra demasiado suave para definir lo que recorrió al gerudo ante aquella voz que conocía muy bien. Si Zelda había mandado un mensaje telepático significaba que se encontraba viva y, por lo visto, no muy lejos. No pasaba por alto que al parecer no se podía mover, pero eso era secundario. Si tan solo lograran entrar…

Se apresuró a contestar, para hacerle saber que se encontraban a las puertas de la ciudadela, que pensaban volver con ella al desierto fuera como fuese, pero apenas pudo hilar una frase cuando la hyliana volvió a cortarle.

"Es el bebé. Tienes que hacer lo mismo que en el pasado, lo mismo que aquella vez…!"

No le dio tiempo a preguntar a qué se refería, pues la princesa le mandó una serie de imágenes que él no tardó en reconocer. ¿Podría sacarla de una prisión con tanta facilidad? No le extrañaría que en las celdas del castillo hubieran puesto distintos sortilegios para evitar una situación semejante, pero por otro lado Zelda parecía convencida de que con un simple hechizo de transporte podría salir de allí. No comprendía por qué le pedía que la encerrara en un cristal, pero quizás ese recuerdo fuera el único que tenía de una habilidad semejante y por eso lo había elegido. Aunque comenzaba a conocerla mejor, la princesa seguía siendo algo enrevesada en ocasiones.

Decidió que no perdía nada por intentarlo. Si funcionaba podrían retirarse sin perder a más mujeres y comenzar a preparar un ataque en condiciones contra Leoni.

Se centró, como siempre que iba a usar la magia, concentrándose en que su Trifuerza buscase a su compañera. No tenía la exactitud con la que había contado aquella vez, tantos años atrás, cuando había conjurado hechizos por todo Hyrule que lo alertarían en cuanto la princesa se mostrara. Ahora debía confiar en la afinidad que las partes de la Trifuerza tenían entre si para encontrarla.

Y funcionó, para su propia sorpresa. Igual que aquella vez, un cristal rosáceo se materializó ante él, aunque lo que no esperaba era que fuera a haber dos personas en su interior, y que ambas portaran la marca de la Trifuerza.

La realidad lo golpeó con súbita crudeza: Zelda había encontrado al portador del Valor, al héroe que, en sus anteriores vidas, había acabado con él.

Sintió la vieja rabia correr por sus venas ante la presencia del tercer portador, el que siempre suponía su derrota. ¿Cómo era posible que hubiera despertado? Zelda le había pedido que no atacaran Hyrule ante el riesgo de que el ciclo se iniciara de nuevo, y aunque se había mantenido fiel a su palabra allí se encontraba el dichoso héroe de turno.

Desde lo más oscuro de su psique, una voz bramó por la sangre de aquel chico, sedienta de venganza por haber sido el causante de sus derrotas. Si terminaba con él antes de que consiguiera fortalecerse, no tendría que preocuparse nunca más; se libraría del principal obstáculo que se encontraba cada vez que trataba de conseguir Hyrule y ya sólo tendría que vérselas con Leoni y sus soldados, no contra otro portador guiado por la dichosa princesa…

Sus pensamientos se detuvieron ante esa última frase. Aquella vez el Valor no estaba aliado con la Sabiduría en su contra, de hecho era consciente de que Zelda le había prometido luchar a su lado si era necesario. ¿En qué convertía eso a su portador, en un aliado? Nunca se había dado la situación de que los portadores lucharan juntos…

—¡No lo ataques! —Zelda se apoyaba contra su peculiar prisión, tenía el rostro contraído de dolor pero parecía luchar con todas sus fuerzas para mantenerse en pie —Vino a donde me tenían presa para ayudarme a escapar. Mis sueños, recuerda que… —sus palabras se cortaron cuando el cuerpo de la joven se dobló sobre si mismo.

Zelda no le había dicho a Ganondorf qué le sucedía exactamente, pero el gerudo no tardó en unir cabos. El dolor, el hecho de que pidiera auxilio para que la ayudara a salir de la prisión, y lo que había dicho en su llamada de socorro: es el bebé. La hyliana debía de estar dando a luz, y no se encontraban precisamente en el mejor lugar para que ella pudiera traer al mundo a un bebé.

Dragmire ya le había explicado cuando se encontraron el puente destrozado que no era partidario de usar la magia en el desierto, ya que contravenía algunas de las leyes más antiguas de la tribu. Sin embargo, ya había roto parte de ellas al crear un nuevo puente para acudir a Hyrule a rescatar a la joven, ¿y acaso alejarla de la lucha no era igual a un rescate? Haciendo de tripas corazón, dio la orden de retirada a las mujeres, para luego transportarse a si mismo y a los dos hylianos al desierto. Ya estudiaría lo que haría con el portador del Valor, de momento se contentaría con mantenerlo vigilado hasta que Zelda hubiera traído a su hijo al mundo.


Las voces de los soldados que corrían hacia las murallas defensivas de la ciudadela se fundían en una cacofonía que saturaba los oídos de Leoni mientras se aproximaba a la zona de la muralla del castillo que conectaba con la muralla defensiva, lugar que en esos momentos era un hervidero de militares.

—¿Es verdad? —se limitó a preguntar —¿Dragmire ha decidido atacarnos?

—Eso parece —respondió un soldado de avanzada edad, que en esos momentos dejó de organizar la llegada de los refuerzos que iban accediendo desde el patio de armas del castillo para atender a Leoni, aunque sus ojos no dejaban de desviarse hacia los hombres que corrían hacia el sur por la muralla, armas en mano —No ha traído consigo un ejército demasiado numeroso, aunque hay que admitir que esas mujeres luchan bien. Si me hace suponer sus motivos, dudo que haya cabalgado hasta aquí con la intención de tomar la ciudad, sino que busca otra cosa.

El soldado guardó silencio prudentemente, pero Leoni entendió las palabras no pronunciadas por el militar, ya que no eran más que el eco de las que su hermana le había gritado en la prisión: él viene a por mi. Si Dragmire había aparecido en Hyrule con un ejército insuficiente, no pensaba tomarlo, sino que quería recuperar la llave que él mismo le había dado para tener acceso al trono hyliano. Leoni no dejaba de arrepentirse de haber sellado ese pacto con el Rey Demonio, pues había confiado en que alejando a su hermana habría matado dos pájaros de un tiro. Pero no, lo que había conseguido era que el gerudo y Zelda hicieran causa común y se aliaran en su contra. La única esperanza que le quedaba era deshacerse de su hermana y de su heredero y, de paso, conservar el hijo que Saviha estaba gestando para afianzar su poder sobre el trono.

Dejó escapar un bramido, sin saber qué hacer, pero teniendo claro que lo mejor era quitarse a Zelda de encima cuanto antes. Sus hombres podían intentar mantener al gerudo y a sus zorras a raya, pero lo mejor era deshacerse de su hermana sin perder un segundo. La había tenido al lado, detrás de las rejas, minutos atrás, pero su impulsividad y arrogancia le habían forzado a dejarla encerrada mientras él iba a comprobar qué estaba pasando en las puertas de la ciudadela por si acaso la telaraña que había tejido en torno al trono peligraba. Ahora tendría que volver a bajar a las celdas para eliminar a la princesa de una vez por todas. Quizás le lanzara la cabeza de Zelda a esa panda de salvajes, para demostrarles que Hyrule jamás sería suyo…

Odiaba perder el tiempo, lo admitía, pero no podía culpar a nadie salvo a si mismo por haber salido corriendo sin pensar antes. No era necesario darles órdenes a los soldados porque la orden estaba más que clara: repeler el ataque de los invasores. No, él debía encargarse de arrancar lo único que Ganondorf tenía a modo de conexión con el trono hyliano y confiar en que, si decidía tomarlo por la fuerza, el Héroe resurgiera y se pusiera a su servicio. Total, siempre había luchado bajo el mando de las princesas Zeldas, ¿por qué no iba a obedecerle a él?

Se dispuso a bajar las escaleras de piedra que conducían al patio, cuando un griterío de victoria detuvo sus pies. A lo largo del parapeto la noticia de que las gerudo se habían retirado sin más parecía volar como si tuviera alas. Sin embargo, Leoni no estaba del todo contento. No le entraba en la cabeza el motivo por el que el ataque se había cortado tan de repente, sobre todo teniendo en cuenta que él custodiaba a Zelda y a la rata del desierto que llevaba en el vientre.

Una idea le pasó por la mente: Dragmire debía de haber conseguido liberar a su hermana. ¿Era posible? La había dejado vigilada por aquel aprendiz que le avisó del ataque, ¿pero bastaría un simple aprendiz de soldado para proteger la celda donde había encerrado a la princesa? Sabía que Ganondorf era hábil con la magia, pero si mal no recordaba, las mazmorras del castillo fueron hechizadas por los Sheikah cuando fue construído, para evitar que algún hechicero pudiera escapar de las mismas.

Corrió cuanto pudo, bajando de la muralla lo más rápido que le permitían sus pies. Necesitaba comprobar si Zelda seguía encerrada y, de ser así, matarla cuanto antes. Ya poco le importaba manchar el nombre de su hermana o que aún quedaran simpatizantes de ella a los que pensaba convencer con sus acusaciones, Zelda era un estorbo y debía ser eliminada cuanto antes.

Sin embargo, a pesar de sus prisas, fue interceptado nada más poner los pies en el patio. Se trataba de uno de los criados del castillo, cuyo rostro no anunciaba nada bueno.

—Majestad —su voz temblaba, Leoni no supo distinguir si de miedo o cansancio —Majestad, vuestra esposa… —se detuvo, tomando aire. Daba la impresión de que quería retrasar lo máximo posible las palabras que le tocaría decir a continuación —Vuestra esposa ha muerto.

Leoni sintió que se helaba la sangre en las venas ante aquella afirmación. Fue tal su conmoción que hasta su hermana se le borró de la cabeza.


Zelda se sentía al borde del colapso, su cuerpo sostenido en pie gracias a las cuerdas que le habían atado a las muñecas y a las que le habían ordenado aferrarse y a los brazos de Ganondorf, que la sujetaban con firmeza. A pesar de que ella se sentía algo violenta por la presencia del gerudo en el parto, las costumbres de la tribu no veían con malos ojos que estuviera presente, además de que no iba a negar que la estaba ayudando a permanecer erguida. Aparte, Dragmire se había mostrado muy tozudo en el hecho de que pensaba ayudarla a traer a su hijo al mundo, le gustara o no.

Las mujeres gerudo no vivían el parto del mismo modo que las hylianas. Zelda nunca había presenciado un nacimiento ni había vivido un embarazo de cerca, pero sí sabía que las mujeres en Hyrule daban a luz en una cama, atendida por una comadrona y con ningún hombre en la estancia, pues el parto era cosa de mujeres.

En el desierto, las cosas eran distintas. Las mujeres gerudo no se tumbaban a la hora del alumbramiento, sino que subían a unos bloques donde, de pie con las rodillas flexionadas y aferradas a unas sogas a modo de soporte, traían a sus hijos al mundo, rodeadas de otras mujeres que cantaban para tranquilizar a la parturienta mientras le masajeaban el vientre para ayudarla en el nacimiento.

Todo había sido tan precipitado que Zelda no era consciente de lo que pasaban. Tras ser sacada del pasadizo del castillo y encontrarse con Ganondorf con Link aferrado a ella, fueron transportados al palacio de la Ciudadela Gerudo, donde varias mujeres, tras comprender lo que sucedía, se la llevaron con ellas a una sala suavemente iluminada donde en el centro se encontraban unos altos ladrillos de piedra y unas ornamentadas cuerdas de un tejido suave, para que la parturienta no se hiciera cortes en las muñecas durante el proceso.

Zelda, casi inmovilizada por el dolor, hizo todo cuanto le ordenaron. Se subió a aquellos peculiares escalones y se dejó atar, mientras las mujeres susurraban palabras tranquilizadoras. Una de ellas salió de la estancia y volvió al tiempo con una bandeja donde llevaba una tetera que colocó sobre un pequeño brasero, seguramente para que la infusión que contenía permaneciera caliente. Otra fue a buscar las mantas y las prendas que Zelda y las demás habían confeccionado para el bebé y las fue extendiendo con sumo cuidado sobre una cómoda, para cuando la criatura hubiera nacido; y una tercera mujer, bastante anciana, apareció con un barreño de agua hervida e hilas de algodón.

Las mujeres sabían lo que hacían. Cantaban con voces quedas una extraña melodía que seguía un ritmo peculiar, y cada vez que las notas cambiaban de cadencia, le ordenaban a Zelda que tomara aire o lo soltara. La música era tan repetitiva que la princesa se encontró a si misma siguiendo el ritmo con su respiración sin necesitar que se lo indicaran más.

No supo cuando apareció Ganondorf en la estancia, simplemente notó que, cuando sus piernas comenzaban a flaquear debido al agotamiento y las cuerdas que la sujetaban comenzaban a apretarle debido a que su cuerpo tiraba hacia abajo, él la sujetó mientras murmuraba algo que ella no logró entender.

—Respira, respira, respira —murmuraban las mujeres, y Zelda obedecía —Empuja, empuja, empuja.

¿Cuánto le llevaría todo aquello? Se decía que las madres primerizas siempre se enfrentaban a partos más largos de lo habitual, y esa idea la atemorizaba. Extenuada como estaba, con su cuerpo maltratado por los días encerrada en aquella mazmorra, sus fuerzas comenzaban a acabarse. ¿Cuántas horas había pasado desde que rompió aguas? Le parecía que había transcurrido una eternidad desde aquel momento, como si el tiempo se hubiera vuelto loco y pasara lento y rápido a la vez. Cada segundo era una tortura mientras se forzaba en seguir el ritmo que las demás le marcaban, en empujar para traer a esa vida al mundo. Creía que gritaba, pero o bien había perdido la voz o su cerebro le hacía sentir cosas que no estaban sucediendo debido al cansancio.

—Un poco más —murmuró la anciana que había traído la palangana con agua, mientras extendía una de las hilas bajo las piernas de la joven —Ya casi está.

Con un alarido de dolor y esfuerzo, Zelda empujó cuando se lo indicaron y al instante el llanto de un recién nacido inundó la estancia. La mujer se apresuró a recoger al bebé en el trozo de tela y, acto seguido, empezó a lavarlo con sumo cuidado, limpiando su cuerpecito de los restos de fluidos del parto.

Sin embargo, algo parecía ir mal. Aunque el bebé ya había nacido, los dolores no habían cesado, sino que seguían siendo tan intensos como antes. Zelda deseaba preguntar qué sucedía, pero parecía haber olvidado como hablar. Lo único que podía hacer era respirar, empujar y sentir ese terrible dolor que atravesaba su espina dorsal con cada contracción.

—¿Qué sucede? —las mujeres parecían haberlo notado, sus rostros estaban preocupados. Una de ellas, la más anciana de todas, se acercó a la hyliana y palpó el canal de parto, para luego esbozar una sonrisa.

—Viene otro —aunque intentó mantener el tono calmado que las demás habían estado usando durante el alumbramiento, la alegría era palpable en su voz —La Diosa de la Arena la ha bendecido con más de un hijo.

Las mujeres murmuraron, excitadas. Zelda sabía que en el desierto, donde la mortalidad infantil era más elevada que en su tierra natal, los nacimientos de más de un bebé se consideraban una bendición, tal y como había dicho aquella anciana. Pero por mucho que las demás se alegraran, ella no podía menos que sentirse agobiada ante el hecho de que iba a tener que alumbrar a otro bebé. Si el primero la había dejado al borde del colapso, ¿qué pasaría con el segundo?

Pero a pesar de sus miedos, el segundo bebé no se hizo de rogar, quizás porque su cuerpo ya sabía lo que tenía que hacer y lo alumbró más rápido o simplemente porque la suerte así lo quiso. Cuando finalmente un nuevo llanto infantil resonó en la sala, las piernas de la princesa finalmente cedieron y la joven cayó por completo en brazos de Ganondorf, que le apartó el sudado cabello del rostro.

Las mujeres murmuraban mientras terminaban de lavar a los recién nacidos y los envolvían en las mantas, al mismo tiempo que Dragmire soltaba las ataduras de las muñecas de la hyliana y la sostenía, ayudándola a bajar de las losas.

—La Diosa es realmente caprichosa —murmuró una mujer mientras le tendía los bebés a Zelda, quien a pesar del agotamiento, guiada por un instinto primario, los aferró contra ella. Por lo que pudo ver a primera vista, ambos niños eran idénticos, los dos tenían la piel oscura, aunque no tanto como los miembros de la tribu, unas orejas picudas similares a las hylianas y una mata de pelo cobrizo, no tan rojizo como el de Ganondorf pero tampoco del mismo tono rubio de Zelda, más bien parecía como si ambos tonos se hubieran fusionado en uno. Nadie que viera a esos bebés diría que fueran gerudos en su totalidad, pero tampoco parecían hylanos. Por lo visto, un miembro puro de la raza gerudo sólo nacía del seno de una gerudo, mientras que al revés la criatura resultante era una mezcla de ambas razas.

Zelda observaba a los bebés, rebosante de orgullo. ¿Por qué habían dicho que la Diosa de la Arena era caprichosa? No parecía que los recién nacidos no fueran otra cosa que simples bebés. Pero antes de que formulase la pregunta, la mujer se le adelantó, otorgándole la respuesta.

—Son un niño y una niña.

A Zelda le costó asimilar las palabras, debido a lo agotada que estaba, pero finalmente su cerebro hizo las conexiones necesarias.

Un niño y una niña.

La raza gerudo sólo producía un hijo varón cada cien años.


Diez páginas de Word. Eso me ha ocupado este cap, aunque admito que no me ha costado escribirlo tanto como otros caps más cortos. No sé si porque estaba más inspirada o simplemente ha sido azar.

Muchas gracias a las personas que han comentado. No sabéis lo feliz que me hacéis, sobre todo cuando veo que esta historia a la que tanto esfuerzo le estoy dedicando está siendo de su agrado. Me recuerdan que cada minuto que paso delante el pc tecleando es bien invertido, pues este fic me ayuda a practicar. Así que ya sabéis, si leéis esto, ¿por qué no dejar un review? Venga, que con la de páginas que he traído para este cap creo que me lo merezco...