ADVERTENCIA: Los personajes de Candy Candy, son propiedad de Misuki e Igarashi, usados en este fic, sin fines de lucro.
Historia ficticia. Todos los personajes nuevos, son exclusiva invención de esta autora.
Capítulo XXXV
Estreno y… ¿problemas en el paraíso?
Era el último día que la compañía Stamford dedicaría su tiempo y esfuerzos en el esperado ensayo general, previo al estreno. Aún, en medio del nerviosismo habitual en los actores, todo lo programado, lo practicado y estudiado con mucho tiempo de anticipación y las horas invertidas en la obra, habían dado el resultado esperado, salió perfecto en un solo intento. El director se sentía orgulloso de que sus tan conocidos gritos y arrebatos, dirigiendo y corrigiendo al elenco de la obra hasta alcanzar lo que él quería del personaje, este último día de ensayo no se habían sentido, oído ni visto, solo disfrutó de la puesta en escena dirigiendo lo esencial, como era estar al pendiente de la entrada en el tiempo exacto de los personajes y que todo fluyera en el escenario, según Shakespeare lo había imaginado
-¡Perfecto!- se oyó desde la tribuna, y siguieron a la exclamación un sin número de eufóricos aplausos de quienes tuvieron la oportunidad de presenciar tan magnífico ensayo. Estaban presentes disfrutando el drama todos quienes trabajaban en el teatro, ya que era sin miedo a exagerar, su única oportunidad de apreciar en su totalidad la puesta en escena. Los actores saludaron a su público como si del mismo estreno se tratara
-Chicos- el director acercándose a sus actores- los felicito, realmente estuvo maravillosa su presentación. Ahora solo les pido, se cambien las ropas y vallan a sus casas a descansar, que mañana los quiero como nuevos
-Gracias director- fue la respuesta de la gran mayoría. Terry hizo como el señor Hovart lo propuso, y sintiéndose muy feliz de que podría estar con su pecosa más tiempo que el esperado, se dirigió a su casa. Estaba muy a gusto con la visita de la abuela de Candy, la señora había cambiado tanto su trato hacia la persona de su amada esposa, que Terry agradecía la presencia de la anciana acompañando a su mujer. Los ensayos habían sido extenuantes y muchas veces se extendían hasta el amanecer, él sentía mucho el tiempo que no podía disfrutar junto a Candy, y la presencia de Elroy, vino a cubrir el tiempo a solas de su nieta por los últimos tres días. En el camino a casa, Terry compró flores para agasajar a la pecas y en el trayecto pasó por una pastelería que a ella le encantaba, también agregó a sus compras, los pancitos dulces que a su mujer le deleitaban. Cuando llego a su casa, el mayordomo recibió de su señor el abrigo y accesorios
-¿Dónde se encuentra mi esposa?- quiso saber
-Está en su saloncito con su abuela, señor
-Bien. Por favor, pida a la doncella que nos sirva el té y agregue estos pancitos- Terry siempre sorprendía a Candy con detalles tan ricos como ese
-Sí señor- el mayordomo recibió de Terry el paquete y el joven se dirigió con el ramo de flores hasta el salón para alcanzar a su mujer. La servidumbre en general, amaban trabajar para la pareja, que siendo tan jóvenes hacían todo el esfuerzo necesario para llevar un matrimonio lleno de amor y sacarlo adelante. Al llegar cerca de la puerta, oyó sollozar fuertemente a Candy y dio dos sigilosos pasos más en su preocupación, para acercarse así y poder oír con claridad que o quien hacía llorar a su mujer.
Candy que había estado hablando con su abuela acerca de lo que la anciana sentía y sabía acerca de sus nietos, no pudo ocultar sus emociones, Elroy había descubierto que ella se guardaba algo que la hacía sufrir. La anciana y su experiencia, habían logrado quebrar las barreras que su preciosa nieta había levantado para no ser descubierta, pero… no resistiendo más, lloró, sus sollozos eran evidentes hasta fuera de la habitación, es ese momento en que su corazón no resistió más y se desahogó en llanto, fue que su esposo llegó cerca de la puerta del salón. Candy en medio de su agonía, sintió el abrazo de la anciana alrededor de sus hombros, no se había dado cuenta cuando era que su abuela se había sentado junto a ella, y no pudo contener las lágrimas que comenzaron a rodar por sus mejillas decidiendo hablar
-Tengo que prestar apoyo a los médicos en el frente de guerra, en Francia, aún no he podido decírselo a Terry y estoy obligada a cumplir…
-¿Qué has dicho?- la profunda y ejercitada voz de Terry cruzó la habitación y se alojo en el pecho de la rubia. El joven no estaba seguro de que hubiese oído bien, pero procesando la información, supo que no estaba en un error, no sabía si sentir dolor, sentirse traicionado, enojarse con su esposa o escuchar yentender sus palabras si es que ella tenía algo que decirle
-¡Terry!- Candy no soportó la situación, se levantó de un salto, deshaciéndose del abrazo de su abuela y en medio de su llanto y dolorido corazón por no haber confesado antes la situación, la rubia pecosa colapsó, se desmayó cayendo al suelo en un golpe seco y doloroso para los presentes
-¡Candy!...- Terry hubiese querido correr más rápido para que la chica no cayera. Se acercó a ella y la levantó para acostarla en el gran sofá en el que ella había estado sentada junto a su abuela
-¡Señor!... ¿Qué le pasó a la señora?- la doncella que llegaba con el servicio de té, se acercó a ellos para poder prestar sus servicios
-Valla por las sales- ordenó Elroy, y la muchacha salió rauda a cumplir lo solicitado sin hacer más preguntas
-¡Candy!... mi vida… despierta por favor- la voz del muchacho se quebraba a momentos, sosteniendo las manos de Candy entre las suyas, acariciaba sus rizos suavemente. El castaño aún en su desconcierto al oír la noticia del inminente viaje de Candy a Francia, solo quería ver la luz que le regalaban los ojos más hermosos de la tierra, arrodillado junto a ella oyeron llegar a la doncella
-Aquí están las sales- la doncella había vertido algo del líquido en un algodón que Elroy paseaba por la nariz de la pecosa
-Está reaccionando Terius- habló la anciana retirando de la nariz de Candy el algodón
-Pecosa- Terry besaba sus manos- ¿estás bien? ¿Cómo te sientes?- Candy al ver a Terry y sentir sus labios alternando los besos entre sus manos y su frente, no pudo ocultar toda su preocupación al recordar que su amado había oído lo de su inminente participación en la guerra, y volvió a llorar, ahora en los brazos de Terry
-Lo siento Terry- hipaba la chica- yo quería contártelo pero… pero
-Ya hablaremos de eso pecosa, ahora dime ¿Por qué te desmayaste? ¿Te sientes mal?- en este momento Francia no era lo principal, el castaño acariciaba el rostro de la chica y Elroy entendió que su nieto político a pesar de su carácter a veces explosivo y brusco, había tomado la decisión correcta, esperar a que Candy conversara con él
-Yo le iba a preguntar exactamente lo mismo Terius, ya que no la he visto en muy buenas condiciones, la encuentro pálida y no ha querido tomar sus alimentos en la forma correcta- acusó la anciana. Sí, Elroy acusando a su nieta con su esposo para que este tomara medidas sobre la alimentación de la chica
-Yo creo que ha sido producto de la preocupación- se defendió mirando a su abuela con los ojos chinitos
-No, nada de eso. ¿Desde cuándo tú Candice Parks has tenido problemas con los alimentos?- cuestionó el esposo muy consciente del gusto de su mujer por los alimentos, en especial los dulces
-¡Oh, Terry!- la rubia solo pudo reconocer su derrota frente al argumento de su esposo, ocultando su rostro en el pecho del joven que no dejaba de abrazarla y prodigarle caricias que le decían cuanto la amaba
-Llamaremos al médico- ordenó
-No será necesario mi amor, ya me siento bien… ¿ves?- una vez de pie, caminó demostrando cuan recuperada estaba, Terry lo meditó por un mili segundo
-Por hoy lo dejaré pasar, pero si vuelves a sentirte mal, llamaremos al médico- definió y Elroy no pudo estar más de acuerdo con lo sugerido por su nieto postizo.
La tarde siguió su curso, Candy arregló las hermosas flores que su esposo le había traído, colocándolas en un gran florero que siempre estaba lleno de los más delicados arreglos que su esposo le dispensaba, se sirvieron el té con las masitas que había traído Terry y se prepararon para ir a la casa Andrew a recibir a los recién llegados. El matrimonio Grandchester, especialmente él, sabían y tenían muy pendiente la conversación acerca del viaje a Francia, el tema era algo que Terry no olvidaría ni dejaría pasar tan facilmente. Llegaron a la mansión y la puerta les fue abierta por el mismísimo Williams
-¡Albert!- Candy no pudo aguantarse la ganas de abrazar a su hermano- ¡te he extrañado tanto!
-¿Lo dices en serio pequeña?- dudó, mirando a Terry
-¡Por supuesto! ¿Por qué lo preguntas?- Candy tenía los ojos fijos en su hermano, tratando de descifrar las palabras de Albert
-Como apenas y hemos sabido de ti- reclamó
-¡Eso es verdad gatita!- Archie que hablaba detrás de Albert
-Bueno… es que…- no podía defenderse la rubia, era cierto, la felicidad en que vivía envuelta en su matrimonio, a veces, la hacía descuidar a sus seres queridos, pero Albert reclamaba demás, ella sí lo llamaba o le escribía a él
-¿Qué tal Grandchester? - fue el saludo dirigido por el elegante al actor
-Muy bien Cornwell ¿Cómo estuvo el viaje?- preguntas de cortesía
-A-bu-rri-dor- el moreno Leagan saludando a los recién llegados
-Yo lo disfruté
-Claro Archie, coqueteando con la inglesa que conociste en el comedor- recalcó Neal y Archie ni siquiera hizo intento de defenderse, solo se alzó de hombros y comenzó a caminar
-Pero pasen, no se van a quedar en el recibidor ¿verdad?- Elroy en esos minutos que fueron ocupados en los saludos, ya había tomado posesión de su lugar en la mansión. La anciana, que no se desubicaba jamás en su proceder, había llegado a la residencia Andrew con todo su equipaje, ya no regresaría con los Grandchester, ellos estaban prácticamente recién casados, y no necesitaban de una visita hostigosa en medio de ellos, tres días habían sido suficientes y muy bien aprovechados gracias a que Terry había tenido que pasar la mayor parte de ese tiempo en el teatro, trabajando
-Sí, gracias- todos se dispusieron a conversar, pasar el resto de la tarde colocándose al día en lo ocurrido en sus vidas, estaban en un gran salón que mantenía la chimenea encendida para dar calidez a la habitación en los días fríos de diciembre. Aunque la casa estaba casi siempre deshabitada, la servidumbre de igual manera la adornaba para navidad, nada extremo, pero si elegante
-En la estación de Chicago, me pareció ver a Annie Britter - soltó de repente Archie, sin darse cuenta de que su comentario no era muy bienvenido, recibiendo una muy fuerte patada en su tobillo, justo ahí, donde más dolía, por parte de Neal quien lo miraba tratando de hacerlo callar
-¡Annie!... ¿Annie en América?- la rubia se turbó por unos momentos, al recordar la desagradable situación que ella y Terry habían tenido que pasar a causa de la chica, pero el alma noble de Candy no le permitía odiar a nadie e internamente se alegró de que la que fuera su hermana en la niñez, ahora estuviera a salvo, lejos de la guerra
-¿Se quedarán a cenar con nosotros?- preguntó Albert tratando de desviar un poco la conversación
-No lo creo amigo, mañana es el estreno de la obra y…
-¡Pero Terry! Estamos en navidad- se quejó Candy, recibiendo de su esposo una mirada que le decía… mmm "bueno ya" al ruego de su mujer
-Está bien Albert. Después de cenar nos retiraremos- la familia en pleno se dirigió hasta el comedor, como dijo Candy, era el día de navidad, y no habían planeado nada, ya que los días habían girado en torno a los ensayos y la puesta en escena de Romeo y Julieta. Ya la servidumbre tenía todo dispuesto sobre la gran mesa, las bandejas con la comida ya servida, solo esperando por los comensales
-¿Qué olor es ese?- Candy tenía descompuesta la cara cuando se acercó al oído de su esposo para preguntar- me revuelve el estomago
-Yo no siento ningún aroma desagradable pecas- Terry muy disimuladamente aspiró el aire para atraer hasta su nariz el desagradable olor del que Candy hablaba- no pecas, no siento nada
-No entiendo- se puso la mano a la altura de la boca- solo deben ser cosas mías
-Eso debe ser Candy- Terry acomodaba la silla que le había sido ofrecida a su mujer y luego se sentó junto a ella
La cena comenzó, con Albert en la cabecera de mesa, como se debía al patriarca de la familia
-Tú padre llamó antes de salir de Chicago Terry
-¿Tenía noticias?- el matrimonio Grandchester estaba al tanto de la situación con la familia de Fabienne y el permanente contacto de Albert y el duque
-Sí. Dijo que la familia Kemeny ya estaba a salvo, en Francia- Albert seguía contándoles acerca de lo sucedido con la madre de los Kemeny, pero Terry y Candy se habían quedado, sin querer en la palabra Francia
-Creo que no puedo comer más…
-¿Por qué Candice? ¿Te sientes mal otra vez?- la anciana Elroy, no había quitado los ojos de encima de su nieta, vigilando lo que comía
-Yo no sé lo que es- la rubia colocó una de sus manos en su estómago- no tengo dolor, pero no he dejado de sentir nauseas, es más- Candy no alcanzó a decir nada más y se levantó de la silla con premura, corrió hasta el excusado y de inmediato devolvió todo lo que había comido. Terry que había salido detrás de ella, alcanzó a sostenerle el cabello, que acostumbraba llevar suelto, y la ayudó a reponerse, afirmándola, procurándole el agua y una toalla para que se limpiara
-¿Estás mejor?
-Sí Terry, gracias…
-No pecas, gracias hacen los monos, te llevaré al hospital ahora mismo, debe verte un médico- ni siquiera dejó que la chica se defendiera, aunque si somos sinceros, Candy no tenía excusa alguna para no hacer lo que su esposo demandaba
-Está bien- cuando regresaban hasta el comedor, la familia les esperaba fuera de él
-Señora Elroy, lamento tener que irnos de esta manera, pero tengo que llevar a Candy al hospital- se disculpaba, rogando a la anciana que lo apoyara- no puedo esperar más tiempo
-Tiene toda la razón Terius- los primos miraban a Candy y realmente la veían mal
-Entonces, nos vamos
-Les acompaño- ofreció Albert y los tres caminaron hasta la entrada de la casa, recibiendo sus abrigos y accesorios saliendo con dirección al hospital
-¡Qué pena que tuvieran que irse!- Archie se lamentaba- no alcancé a darle su regalo
-Candy no se ha sentido bien y Terius ya la había hecho saber que si se volvía a sentir mal la llevaría al médico- los chicos entendieron, conocían de la preocupación y cuidado que el castaño le prodigaba a Candy, y se lo agradecían. Elroy decidió subir hasta sus habitaciones, y al recostarse se le formó una muy bella sonrisa en esa adusta cara que tanto había visto y vivido- espero que el tiempo no me juegue en contra- se dijo en medio de un suspiro y cerrando sus ojos se entregó al sueño.
Camino al hospital, Albert se fue en el lugar del copiloto a un lado del conductor, Terry y Candy en el asiento trasero. Terry sostenía a Candy casi como a un bebé, la abrazaba por la espalda y ella tenía su cuerpo extendido por el asiento, se sentía pésimo y el vaivén del automóvil no la ayudaba en nada y por más que lo pensaba no lograba entender que era lo que le causaba los malestares
-Terry- la débil voz de Candy- quiero explicarte- el castaño al oír las palabras de la pecosa, solo atinó a cerrar sus ojos y respirar profundo echando su cabeza hacia atrás, tratando de no salirse de sus cabales, permanecer tranquilo, ya que el tema que Candy quería tocar no era su favorito, es más, solo sabía que ella iría a la guerra, nada más y solo pensar en que su pecosa viajara a prestar servicio en medio del infierno de las hostilidades que otros países habían iniciado, lo hacía sentir desvalido, se sentía solo como abandonado aún teniendo a Candy a su lado en ese momento, no se comprendía ni a él mismo
-No quiero Candy… ahora no- trató de detener a su pecosa
-Terry, lo siento, yo…- se levantó del regazo de su marido y se sentó junto a él- ¿recuerdas cuando te dije que vendría a estudiar a América? Por favor mírame- rogó. Terry, abrió sus ojos y fijó su mirada en ella, Candy continuó- yo acepté venir, porque era para prepararme como enfermera militar, aprender más de cirugía, era una muy buena oportunidad para mí, pero sería como reserva en algún hospital militar aquí en América o en Londres, aún no había comenzado la guerra, en ese momento Terry ¡no había guerra!… ¿cómo iba a saber yo que comenzaría una en el transcurso del mismo mes en que yo acepté?- hablaba en medio de su frustración- Luego tu padre decidió toda tu familia viajaría y los Andrew hicieron los mismo y yo pedí en el hospital, cambiaran mis pasajes, yo debía haber viajado en otro navío junto a Michael, quien es médico militar y Rowena, mi compañera enfermera. A Michael tú lo conociste, es el médico que siempre está con el doctor Wilson. Luego en el Olympic, tú quisiste que nos casáramos en medio del viaje… ¿recuerdas que yo no quería? Por lo mismo mi amor, había comenzado la guerra y yo sabía que después de graduada tendría que regresar y prestar servicios en un hospital en Francia o Londres, y no quería causarte este dolor, pero tú insististe y yo no pude ir en contra de mis propios sentimientos por ti, ser tu esposa era en ese momento lo que yo más quería, y jamás renegaré de lo que siento por ti- Terry la escuchaba casi sin pestañear- estabas tan feliz mi amor, que no podía…no podía… además, comenzaste los ensayos en Stamford, llegabas a casa cansado, pero eras tan pleno, tan completo con tu papel de Romeo y yo… yo no podría hacerte desdichado… entiéndeme cariño- suplicó con lágrimas rodando por sus mejillas- yo te lo iba a decir este domingo, después del estreno…
-Hemos llegado chicos- la voz de Albert los sacaba de su conversación y la pecosa entraba al hospital abrazada a su marido sin haber recibido ni una sola palabra de Terry
-¡Candy!- oyeron al doctor Wilson que iba de salida, había terminado su turno- ¿otra vez por aquí muchacha?
-Buena noche doctor Wilson- saludó Terry sin soltar a Candy del abrazo con que la tenía sujeta- viene a que la vea un médico, ella no se ha sentido del todo bien
-Bueno, bueno… yo mismo la revisaré- ofreció el galeno
-No es necesario doctor Wilson, usted ya va de salida- argumentó Candy
-No es ninguna molestia para mí, revisar a una de mis mejores alumnas- Wilson dijo y dándose media vuelta preparó todo para atender a Candy. La chica fue llevada a uno de los box de atención y los chicos se quedaron en la sala de espera
-Veo que Candy al fin se atrevió a decirte lo de Francia- comentó el rubio descuidadamente sentado junto a Terry, recibiendo del castaño la mirada más sorprendida que Albert le conociera- lo siento, no debí decir nada
-No se trata de eso Albert…no entiendo- replicó levantándose de su asiento- te dices mi amigo y ¡no me dijiste nada!
-No estaba en mis manos que tú te enteraras Terry, pero en mi defensa, le dije a Candy que te lo contara más de una vez desde que llegaron- el rubio veía como Terry se movía de un lado para el otro como si estuviera enjaulado, se pasaba las manos por el cabello desordenándolo, lo veía muy descolocado
-¿Qué voy a hacer si Candy se va a la guerra?- la verdad, el rubio no había pensado específicamente en que Candy tendría que embarcarse al viejo continente para participar en esa guerra, solo se había preocupado de que se lo contara a Terry
-Lo siento amigo…no tengo respuesta para eso- Terry sintió el apoyo de Albert que había puesto una de sus manos en el hombro del castaño, no hubo más palabras, el chico entendía que su amigo igualmente estaba sufriendo por amor en medio de esta guerra.
En la sala de espera, Terry decidió avisar a Lorna que Candy estaba siendo atendida en el hospital, para que estuviera al tanto y le explicara a Eleonor
-¿Es muy grave?- la preocupación en la voz de Lorna era evidente y Terry agradeció en su interior que su mujer contara con parientes que la amaban tanto
-No lo sabemos, hace solo minutos la llevaron para revisarla, tiene vómitos y dice que ha estado sintiendo nauseas, pero aún no sabemos nada
-Gracias por avisar Terry- Lorna colgó y decidió partir hasta el hospital para acompañar a su prima, luego de dar la noticia a la familia en la casa Grandchester.
En el pasillo del hospital, una vez más vemos a un Terry abatido, ya sea por que Candy estaba internada en ese hospital, enferma o peor aún… pensando en el peligroso viaje a Francia al que se vería forzada su mujer
-Familiares de Candice Grandchester- llamó una enfermera
-Aquí, yo- saltó Terry de su asiento- soy su esposo- dijo ya más comedido y volviendo a ser él mismo
-El doctor Wilson dice que pase con su esposa señor Grandchester- la enfermera que conocía a Candy y sabía que su esposo era el actor que interpretaría a Romeo, se quedó de una pieza al ver la suerte de su compañera al tener a su lado a tan apuesto hombre- yo lo guiaré- dijo la chica dando media vuelta y comenzando a caminar
-Ve tranquilo Terry, yo aquí te espero- habló Albert al ver que su amigo estaba algo inquieto por tener que dejarlo solo. Desde que habían llegado se hacían compañía, ya sea llenando los papeles del hospital para la atención o cuando decidió hablar a Lorna momento que Albert también aprovechó para avisar a la mansión Andrew, luego fueron por un café y así, los amigos no se habían separado durante todo el tiempo de la espera
-Gracias- fue la respuesta de Grandchester cuando decidió seguir a la enfermera
-Aquí está Candy señor Grandchester- indicó la enfermera y abrió la puerta para que el actor entrara a la habitación, luego ella cerró y Terry se encontró con el doctor Wilson y una Candy muy, muy feliz
-¿Cómo te encuentras?- llegando de dos zancadas a un lado de la cama de Candy, llevando sus manos a las manos de ella, para tomarlas en una tierna caricia
-Tranquilo muchacho- habló Wilson- Candy tiene noticias para ti
-¡Noticias!- exclamó confundido
-Sí Terry… noticias- la voz de Candy no se parecía en nada a la que había oído cuando llegaron al nosocomio
-¿Pero cómo? ¿No estás enferma?- preguntó confundido
-No, ella no está enferma…- interrumpió Wilson disfrutando de la escena que le presentaban esos dos jóvenes enamorados
-Estoy embarazada…- Candy miró a Terry que parecía no reaccionar y agregó- vas a ser padre… vamos a tener un bebé- la chica con el rostro lleno de felicidad, apretó suavemente las manos de su esposo que sostenían las de ella. Wilson al ver que sobraba en la habitación, salió sin que los chicos se percataran- por eso es que me he estado sintiendo tan mal- insistía en hablar Candy, ya que de Terry no estaba recibiendo más que una mirada que aún no sabía definir- ¡Terry! ¿Escuchaste?
-Sí… sí, escuché… ¡Estás embarazada!... pecosa… ¡vamos a ser padres!- dijo como si la noticia la estuviera dando él
-Sí mi amor, vamos a ser padres- volvió a afirmar la rubia que ya se había sentado en la cama para ser abrazada por Terry que había enterrado su rostro en medio de los adorados rizos de la pecosa- pero… ¿Por qué lloras Terry?
-De felicidad Candy… nunca pensé en que pudieras estar embarazada, yo creí que tenías algo grave y…
-No es nada grave mi amor, solo estoy esperando a tú hijo, que desde el vientre ya me está dando que hacer- rió la chica
-Es el mejor regalo de navidad que me hayas podido dar pecosa
Cuando decidieron salir ya de la habitación, fueron rápidamente a darle la noticia a Albert que los seguía esperando para saber que le sucedía a su pequeña. Terry y Candy se encontraron que el rubio estaba muy bien acompañado por Lorna y el doctor Blanc
-¿Cómo estás pequeña?- el rubio fue el primero en verlos
-¡Candy!, nos tenías preocupados- exclamó Lorna- ¿Qué tienes? ¿Te dijo algo el médico?
-No es nada grave Lorna, es más…
-Está embarazada- interrumpió Terry muy orgulloso
-¡Embarazada!- exclamaron al unísono Albert, Lorna y Michael
-Sí, según el doctor Wilson, debo tener unas seis semanas- confirmó Candy
-Seremos padres en agosto- Terry no cabía de la felicidad de saber que sería padre, uno de sus sueños que no pensaba cumplir tan pronto, pero dicho sea de paso, "tanto va el cántaro al agua, que al fin se rompe" y el chico no dejaba pasar día sin estar con su mujer (¡Ay!, los recién casados…suspiro)
Inmediatamente después de salir del hospital, se dirigieron a sus respectivos hogares y Terry llamó a su madre y luego a Londres para dar la buena nueva a su padre
-¿Qué dices? ¿Me vas a hacer abuelo?- exclamaba un chocho futuro abuelo
-Sí padre, serás abuelo en agosto…
-¡Qué felicidad hijo!... ¿Tú madre ya lo sabe?
-Sí padre, ya le dijimos
-Debe estar feliz
-Sí, por ella y saltaría, si no fuera por su embarazo
-Jajajaja… sí, ya sé que debe cuidarse mucho, espero estar en América cuando tu madre dé a luz
-Nosotros también lo quisiéramos padre… ahora lo dejo, tengo que…
-Ver a tu mujer… lo entiendo hijo, ¡Que no daría yo por estar junto a tu madre!
Así dieron por finalizada la conversación.
En Chicago, tal y como había dicho Archie, encontramos a Annie Britter camino del Hogar de Pony. Annie, antes de verse sola y sin familia, había dejado de escribir a las hermanas que la criaron en el orfanato, pero en su soledad quiso retomar el contacto con sus madres, es así, que ella solicitó a la hermana María poder volver a América, arrancando de la guerra, la hermana, que guardaba en su corazón el grato recuerdo de una pequeña de seis años, aceptó y ella ahora caminaba hasta el Hogar de Pony.
Annie había rentado un coche para que la acercara a su destino, pero éste, al ver el mal estado del camino a seguir, la dejó a unos tres kilómetros de la dirección que ella deseaba alcanzar
-¿Qué voy a hacer ahora?- se preguntaba ahí en medio de la nada, con mucho frío y un gran equipaje a su lado… claro Annie Britter no podría viajar ni aún queriéndolo, con un equipaje moderado. Miraba de un lado para el otro, sintiéndose sola y entrando a temer ya que el día estaba muy amenazante, se pondría a nevar en cualquier momento. Annie se sentó en uno de sus baúles a pensar- ¿Qué haría Candy en mi situación? Primero que todo, ella nunca viajaría con tanto equipaje- se respondió en medio de un resoplido. En eso vio venir una carreta, y entre el miedo al frio y la soledad, ahora se atemorizó de ver que el vehículo tirado por caballos comenzaba a detenerse, y escuchó
-¿Necesita ayuda señorita?- la voz era de un hombre joven con el típico timbre del que vive en el campo, y ella se inclinó a creer que reconocía a su hermano Tom
-¿Tom?- susurró solo para ella. En la carreta que ya llegaba junto a ella, venían dos muchachos, uno era precisamente su hermano Tom y el otro… no, ella no conocía al que acompañaba al chico
-¡Annie!... Annie Britter- el chico bajó de un salto del vehículo que lo transportaba
-Tom… ¡qué gusto me da verte!- se acercaron y saludaron en medio del camino
-¿Qué hace la señorita Britter sola por estos parajes?- Tom se había sacado el sombrero al saludar a Annie y se pasaba las manos por el cabello tratando de ordenarlo
-Voy camino al Hogar de Pony, pero el carruaje que contraté no quiso seguir por el mal estado del camino- explicó haciendo ademanes
-Veo que estabas en problemas señorita Britter- rió Tom- sola en el camino, con una probable nevada y con esa cantidad de equipaje…- hizo un ademán hacia las valijas con un movimiento de cejas, Annie miró y rió junto con él
-Es verdad, ya no sabía que haría para llegar con algo de mi ropa hasta el hogar…
-¡Ujum…ujum!- se oyó carraspear
-¡Oh! Perdón… Annie, te presento a mi primo, Jeremiah Stevens… Jeremiah, ella es Annie Britter, una de mis hermanas de crianza en el hogar, ¿recuerdas que te he comentado de ellas?- los presentaba Tom muy alegremente. El siempre se había sentido orgulloso de su procedencia, y hablaba a medio mundo acerca del hogar de Pony y sus dos hermanas Candy y Annie
-Buenas tardes señorita Britter- saludó el muchacho a la señorita que tenía en frente y aunque vestía de vaquero, se notaba en él que no pertenecía al campo. Annie no pudo dejar de mirar al moreno que tenía en frente, un hombre que la superaba en edad y estatura, más bien robusto, de facciones duras, pero de mirada clara, transparente y siempre segura, notó Annie
-Mucho gusto- atinó a decir la muchacha
-Bueno ahora que las presentaciones están hechas, vamos a cargar la carreta con el equipaje de Annie para llevarla hasta el hogar de Pony- Tom se volvió a colocar el sombrero, tomó una de las valijas y comenzó a caminar hasta la carreta, estaba seguro que su primo lo seguía pero…- ¡Jeremiah… ayúdame!- gritó al ver que su primo no movía un músculo para ayudarlo, embelesado con la señorita que su primo le había presentado
Llegando al Hogar de Pony, la hermana María salió a recibir a los visitantes con una cantidad nada despreciable de niños a sus espaldas. Después de la muerte de la señorita Pony, al hogar habían sido enviadas dos novicias para el apoyo del hogar, también traían algo de recursos y ahora eran apoyadas por la familia Andrew y el matrimonio Grandchester Parks.
-¡Annie!, al fin llegas hija- la religiosa la abrazó como lo que era, su madre. Annie entendió que el mundo al que ella había pertenecido por al menos diez años, no era ni por asomo el suyo, sentía que había vuelto a casa
-Hermana María- Annie correspondió al abrazo que la religiosa le regalaba. La mujer, siempre había sentido que los tres muchachos, Tom, Annie y Candy eran como sus hijos. Ella que no tuvo la dicha de tener hijos biológicos, había volcado su amor en esos tres chicos que por culpa de las circunstancias, habían sido abandonados en el hogar que los acogió hasta su adopción, siendo Candy la última en irse del lugar.
Los dos jóvenes, habían terminado de bajar el equipaje de Annie, siendo ayudados por las novicias que acompañaban a la hermana María. Una de ellas era diferente a las americanas y eso llamó mucho la atención de Tom
-Hola- saludó el vaquero- ¿Es usted nueva?- se atrevió a agregar, pero después de ver el sonrojo nacer en el hermoso rostro de la novicia- es decir, yo vengo cada cuatro días a traer la leche para los niños y no la había visto
-Soy Irina Dmitryeva Vasilievna- trató de decir en un inglés por lo demás, malo, no, malísimo, tanto así que Tom no entendió nada de lo que ella dijo
-Tom- habló la hermana María- ella es Irina y es rusa- aclaró la religiosa
-¡Ahhh!- fue lo único que pudo decir Tom
-Muchas gracias por traerme Tom, Jeremiah- agradeció la Britter
-No hay de que señorita- se adelantó el moreno Jeremiah- estoy… digo, estamos a su disposición- finalizó su oración algo contrariado
-Gracias nuevamente- dijo otra vez Annie y despidiéndose de los jóvenes entró al hogar junto a la religiosa y los niños
Una vez de vuelta en la carreta, los chicos Stevens no cruzaron palabra alguna, iban sumergidos en sus propios pensamientos, reflexiones que para ambos, sin ellos saberlo, tenían nombre de mujer.
El día del estreno llegó, y su actor principal, llamado por los medios el Romeo inglés, estaba más que feliz con dos de los más importantes acontecimientos de su vida junto a él, su mujer, Candice Grandchester y su futuro hijo en el vientre de la pecosa, quien lo acompañaba en su camerino
-No te veo nervioso Terry- la pecosa lo estaba acompañando desde que llegó al teatro esa tarde, estuvo con él en todo el proceso de personificación al que se debía someter su esposo para convertirse en Romeo, ahora sentado en el pequeño pero cómodo sofá que se encontraba en el lugar, ella acariciaba a su esposo con el cuidado de no pasar a llevar el maquillaje
-No pecas, no lo estoy- él acariciaba la pancita de su mujer, sintiendo que al hacerlo se llenaba de la paz que su hijo debería sentir en el vientre materno, si éste estuviese más grande- te tengo a ti a mi lado y ese pequeño ser tuyo y mío dentro de ti, ¿Qué más puedo pedir? Además el ensayo el día de ayer estuvo muy bien, y hoy en la mañana solo tuvimos que dedicarnos a algunos detalles menores
-Todo va a salir perfecto Terry, ya lo verás- lo animaba. No habían querido referirse al tema de Francia, ya que desde la noche anterior venían disfrutándose el uno al otro y su inminente paternidad
-Eso espero pecosa…
-Toc-toc- sintieron dos golpes en la puerta y luego un llamado- cinco minutos Terry
-Bien- dijeron al unísono levantándose del cómodo sofá que los había acogido durante la espera que en este caso no desespera
-Vas a estar maravilloso Terry…
Y así fue. Candy se había dirigido al palco donde la esperaba la familia de su esposo y Lorna, el lugar era el mejor del teatro y Terry los había conseguido gracias a que era el primer actor, los Andrew estaban dos palcos hacia la izquierda, todos muy bien ataviados con sus mejores galas para ver el debut de Terry como primer actor
-Mamá…
-Sí Susana- habló Rita a su hija, que permanecía postrada en una cama de hospital
-Hoy es el estreno ¿verdad?- preguntó, aún con su mirada perdida en cualquier parte donde su madre no podía llegar, ella se acordaba de ciertas cosas importantes en su vida
-Creo que sí- contestó cuidadosa la atribulada madre- pero no pienses en eso Susana- aconsejó
-Yo hubiese sido una muy buena Julieta mamá- dijo con dolor en su voz, los momentos en que estaba consciente de lo sucedido se daban en muy pocas oportunidades, esta era una de ellas
-¡La mejor, hija! Nunca habrá una mejor Julieta que tú mi Sussy- a la mujer se le escaparon dos dolorosas y calientes lágrimas que su hija no alcanzó a percibir. En el mundo de Susana no existía el dolor, solo los recuerdos que en algunas oportunidades se confundía con la realidad. A veces preguntaba por su Romeo, pero no existía el nombre de Terius atado a ese recuerdo, ella solo sabía que gracias a su sacrificio, Romeo Montesco estaba vivo.
Susana estaba internada en el mismo hospital en que fue atendida cuando lo del accidente, pero en otro pabellón. Ella después de que creía firmemente que el Romeo que ella salvó era Terry y el momento en que éste le dijo que él no había sido, Susana en su confusión, entró en un tipo de histeria que la llevó a estar inconsciente por días, en todo caso siempre ayudada por calmantes. Uno de esos días, despertó creyéndose Julieta, por lo tanto en su mente a quien había salvado era a Romeo, su Romeo.
Las enfermedades mentales, eran muy poco conocidas, no existía certeza de nada y los médicos solo se limitaban a separarlos en cuatro grupos: un enfermo debilitado, un exaltado, una desorganización mental y el último grupo eran simplemente imbéciles. Susana entraba en la clasificación de los exaltados, por ende debía permanecer con calmantes y bajo cuidado riguroso, ya que de un momento a otro la histeria comenzaba nuevamente y ella agredía a quien tuviera en frente, sin distinguir si era alguien querido para ella o no. Los médicos no daban muchas esperanzas de que Susana saliera de esa condición de enferma mental, pero Rita Marlow no se daría por vencida, haría lo que estuviese al alcance de sus manos y posibilidades, para ayudar a su hija a vivir una vida lo más normal posible en medio de sus limitaciones. La señora Marlow, era una mujer de fe, creía en Dios y acudir a él era uno de sus secretos.
Terry fue todo lo esperado para el público, el director, los reporteros de los diferentes medios de comunicación escrita o radial y su familia. A Candy no la contamos, ya que ella jamás sería de las personas que mirarían el espectáculo donde su esposo es el actor principal en forma imparcial.
El aplauso se alargó más de lo esperado, las flores y otras cosas que el público arrojó hasta el escenario cuando los actores agradecían, fue el fiel reflejo de la aceptación por parte de los espectadores de la puesta en escena. Terry aprovechó el momento y lanzó una de las hermosas rosas rojas hasta las manos de su mujer en el palco más cercano al escenario y eso dio paso a que más de un fotógrafo, enfocara el momento justo en que una hermosa rubia, ataviada en un elegante vestido azul, la recibiera llena de amor.
Una vez todo finalizado, vino la recepción, en el Hotel Astor. Solo podían ingresar a la celebración aquellos que contaran con una invitación especial, como la que Candy y su familia tenían en sus manos. En el caso de Eleonor, tuvo que regresar a su casa, ya que solo había logrado que el médico le permitiera ver la actuación de su hijo, pero luego volver al reposo, y con ella llevó a los dos pequeños Grandchester, Richard y Priscilla, ya que Sebastián, como era obvio, no había asistido a la presentación.
Como todo tipo de festejo en el mundo de las tablas, los reporteros tenían una pequeña esperanza de que los actores en su eufórica alegría, quisieran regalar algunas palabras a la prensa, en especial, esperaban lograr alguna reacción del actor principal Terius Grandchester y la primera actriz Karen Kleys.
Antes que todo, Terry y los demás actores, se reunieron con sus familias para recibir de ellos todos los abrazos y felicitaciones de las que eran merecedores. Karen, para su sorpresa, también había recibido visitas desde Florida.
-Felicidades, amor mío- Candy lo abrazó y besó ligeramente los labios de su esposo que ahora estaban sin ningún rastro de maquillaje
-Estuviste espléndido
-Gracias amigo- Albert y Terry se habían encontrado en un fraternal abrazo
-Nunca pensé que serías tan bueno Grandchester- Archie lo saludaba sin soltar a Lorna de su mano
-Sí Terius- Elroy no podía esconder lo orgullosa que se sentía del esposo de su nieta- lloré como nunca cuando Romeo muere- los Andrew y Terry mismo miraron a la anciana casi sin reconocerla, que ella confesara que había llorado era completamente nuevo para todos ellos
-Y ahora además esperando un bebé- interrumpió Lorna con ensoñación
-Sí, ese detalle es el que viene a coronar este momento- Terry abrazaba a su mujer con cariño y posesividad
Con el pasar del los minutos comenzó el baile en medio de la celebración. Candy y Terry bailaron solo dos piezas de melodías suaves, ya que la rubia no podía permitirse sentir nauseas en un momento tan importante para el actor. Luego, Terry bailó una pieza con la anciana abuela de Candy, la mujer que en un principio no quería, luego se sintió tan feliz y ligera que hasta bailó con Albert y Archie, dejándolos a todos con la boca abierta, nunca habían visto a la tía abuela tan contenta
-¿A qué se debe tanta felicidad tía?- Albert, que era quien bailaba con la anciana no salía de su asombro y no aguantó, tuvo que preguntar
-¿No lo entiendes Williams?- Elroy miró a su sobrino con una sonrisa en sus labios
-La verdad… es que no tía, no la entiendo- dijo frunciendo sus labios
-Voy a ser bisabuela Williams… ¿te parece poco?- la anciana dejó de sonreír y agregó- yo que había perdido toda esperanza de ver nietos, ahora tendré un hijo de mi nieta en los brazos, si Dios no dispone otra cosa
-No diga eso tía, a usted le queda vida para rato- la alentaba el rubio
-Nadie tiene la vida comprada hijo, pero no me quejo, amé y fui muy amada por mi Burian, fui bendecida con un hijo que aunque se fue muy pronto, me dejó una nieta y ahora espero vivir para ver a ese bebé- suspiró la anciana en los brazos de su sobrino más querido al momento en que se terminaba la melodía que ellos bailaban.
La noche se vio envuelta de felicitaciones, buenos momentos y preguntas de los periodistas de espectáculos, que a momentos molestaron a alguno que otro actor, eran muy buenos metiéndose en la vida de los demás, olvidándose que a ellos, los del medio artístico, no les gustaba andar ventilando sus historias de familia, pero Terry tuvo que hacer de tripas corazón y al otro día salió la noticia
-Terry, me acaban de traer el periódico de hoy- canturreaba Candy alrededor de él que desayunaba en su dormitorio como todos los días
-¿Dice algo de anoche?- preguntó lleno de esperanza mal disimulada en sus ojos
-Eso estoy buscando- Candy hojeaba y hojeaba la gaceta tratando de encontrar la parte que dedicaban al espectáculo- ¡mira… aquí está!- se acercó a Terry y ambos leyeron
Gran estreno de Romeo y Julieta, con la presentación del Romeo inglés Terius Grandchester, quien representó su papel de amante juvenil a la perfección. La crítica lo aclama y dictamina que es uno de los actores jóvenes, con más futuro en el medio.
El actor nos regaló algunas palabras acerca de su familia. Anoche nos contó que es casado y está esperando a su primer hijo.
Suponemos, por lo que vimos en el teatro y luego en la recepción, que la esposa del actor es la hermosa rubia a la que él le regaló una rosa en medio de los agradecimientos.
Felicidades al futuro padre.
-Me imaginaba que hablarían de nosotros- susurró Terry
-Pero ahora ya tus seguidoras sabrán que eres un hombre de familia… aunque- Candy silenció sus palabras y Terry mirando con curiosidad
-¿Qué pasa Candy?
-Es que siempre te tendré que compartir con tus seguidoras Terry, no eres solo mío, te debes a tú público y yo…- la chica caminó hasta la ventana de la habitación y posó sus manos sobre su vientre
-Pecosa- la abrazó por la espalda, juntando sus manos con las de ella- siempre seré solo tuyo y de los hijos que tendremos- hablaba en forma pausada al oído de su mujer- mis seguidoras, como tú las llamas, no podrán obtener más de mí que lo que leen en los periódicos o un autógrafo si es que logran alguno
-Sabes… no sabía que era celosa, pero al ver que tanta chica se acercaba a ti durante la recepción, me llevó a imaginar que si estuvieras soltero o cuando estés solo sin mi compañía, quizás… quizás tu
-¿Qué estás pensando pecosa?- él la giró para ver y hablar mirando a sus ojos- ¡Qué yo voy a girar mis ojos para ver a otra! ¡Qué tendré tiempo de hablar con otra que no seas tú! Candy mi amor, yo solo quiero estar contigo, solo te voy a amar a ti
-Eso yo lo sé, pero…
-Voy a estar siempre contigo pecosa, en las giras y en nuestro hogar. ¡Hablando de hogar!- exclamó asustando a Candy que dio un saltito del susto- tendremos que buscar una casa más grande
-¡Más grande! ¿Por qué?
-Encuentro que esta es muy pequeña para hacer una familia pecosa… quiero llenarla de hijos y aquí no van a caber- dijo con una sonrisa cómplice en su hermoso rostro
-¿De cuántos hijos estamos hablando Terry?- ella preguntó algo temerosa
-No sé, tres, cinco, siete…
-¡Estás loco!
-Sí pecas, loco de amor por ti- Terry buscó los labios de su pecosa, y dio rienda suelta a su pasión
Una chica muy contrariada, recibía flores o chocolates a diario. Ella no tenía idea de quien sería su admirador y así poder devolver los obsequios, no conocía a nadie en la ciudad además de la familia Andrew, y ellos todos estaban comprometidos de una u otra forma
-Mira, te ha llegado otro ramo de flores, pero ahora trae tarjeta- dijo la muchacha muy entusiasmada por lo que le sucedía a su amiga
-Déjame ver, quizás y dice su nombre- sacando la tarjetita que venía con el ramo, la chica abrió el sobre encontrándose solo con estas palabras
Mi hermosa dama
Estas flores me recuerdan que tan corta puede ser la vida
Hoy están, mañana… ¿Quién sabe?
Es por eso, que no puedo dejar pasar la oportunidad de acercarme a usted, aunque sea por medio de pequeños obsequios escogidos especialmente para su persona.
Diciembre de 1914
-¡Solo eso!- dijo su amiga con un dejo de desilusión
-Sí- la agasajada tampoco estaba conforme
-Yo pensé que por lo menos conocería de quien se trata- bufó la más chica
-Quizás con los días se atreva a presentarse
-¿Qué hacen?- preguntó una mujer mayor
-¡Mamá!, hoy las flores que le llegaron, traían tarjeta- la mujer se acercó a ellas con dificultad
-¿Dice su nombre? ¿Se identificó?
-No, pero léala usted misma- dijo la chica colocando la tarjeta en manos de la señora
-Mmmm, es extraño, pero ya descubrirás quien es el que te agasaja
Continuará
