Disclaimer: La historia es original, pero los personajes que aquí se muestran son propiedad de Michael Dante DiMartino, Bryan Konietzko.

Como siempre, mi facebook es Lobo Susurro Nocturno , agregadme si quieren. Son bienvenidos.

Blog personal con fanfics exclusivos realizados por el mismo autor:

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¿Me extrañaban?. Antes de nada, quiero felicitarles el año, aunque tarde pero nunca es demasiado tarde si las intenciones son buenas.

Quiero recordar que avise de mi ausencia prolongada por motivos festivos, así que espero que tengan ganas para dejarme las primeras reviews del año y demostrarme que me extrañaron.

Gracias a todos los que dan Follow y Favorites, pero en especial a los que se han molestado en dejar unareview o postear un MP:

Roselangley02 (Gracias por desearme un buen año) AlexandraArcher (Feliz año a ti también. Te deseo el mejor año jurásico ) Soulwolf Dark (Muchas gracias por la felicitación y espero que veas como la rompo ahora físicamente) Rarie-Roo(Me encanta que me animes tanto y me hagas reviews tan llenas de cariño. Gracias) , gumilady (que bueno que por fin has podido ponerte al día) Zaruko Hatsune (Cuanta intensidad. Creo que provoque algun infarto) Alexandraarcher (Me alegra que te guste el momento en el cual vivan juntas. Será especial) , Obini (Feliz año y espero que estes bien. Avanzo lento porque ahora hay que tomar una pausa y que las cosas mejoren), HanelBlumatuna (Eres muy dulce y amable. Como siempre hanelita). Montielowski (Que tal futura doctora. Espero que todo vaya bien) Tazura Tsurugi (¿Te has atragantado? Espero que con este no te mueras. ¡Aguanta!) Berry92 (eres muy considerada. Como siempre. Gracias ) Murasakii-11 (Me encanta que ahora dibujes de forma más activa. Animo) (espero que vuelvas a escibir o al menos sepamos de ti. Por cierto, precioso tu trioplushie) AvatarYumiko (Como tu dices, fue lento pero era necesario. Para mi era algo que debía de hacerse para justificar todo) DeathInnocent (Ahora viene el sufrimiento y la dulce Asami) Lay05 (De verdad me ha alegrado saber de ti. ¿todo bien?) Love is a wild animal Danirock (fresón comiendo fresas con su sexy boca y sus labios hermosos. Quien fuera ese bocado de fresa) Jiore (Gracias. Eres muy amable. Sí, el capítulo fue suave para que la relación sea más creible) Niofuyuyima32 (ya empieza su vida juntas. Teme lo peor y espera lo mejor) giginee (Me alegro de que hayas podido leerlo y de que este solucionado), s, Annimo (Gracias por tu review. Un placer verte), BeetleCCM25(A ver si ahora no se hace tan evidente los gritos y tus padres no asustan de tus reacciones) Mag Max Bigotes (Feliz año. Espero que estés lista para más Kuv-Kuv), jaydisita8709 (Asami, pese a ser como es, tiene la astucia de un Sato), Marilinn (cualquiera teme a Kuvira) Matt S. (Gracias por la review. Espero ganarme más reviews tuya y sé bienvenido. Toma asiento y disfruta)

Capítulo 35

Había amanecido y ella había despertado. Durante unos segundos se sintió extraña al no reconocer el lugar donde estaba y eso la había sobrecogido hasta cierto punto; en su mente resonó la pregunta: "¿Donde estoy?". No era la primera vez que se preguntaba eso después de despertar, pero lo normal era que junto a aquella pregunta viniese un fuerte dolor de cabeza.

Ya no estaba observando aquel techo que ya le era familiar después de tantos y tantos meses en la cama del hospital. Ahora estaba ante un techo distinto, en una cama muy mullida, rodeada de cojines y sabanas con el tacto más delicado que había sentido jamás. Por un momento pensó que estaba muerta porque el tacto de ese enorme edredón era algo que solo podía comparar con una nube. Un fuerte dolor en sus caderas terminó de despertarla cuando intentó moverse; sacándola de la semi-consciencia y pateándola hacia la realidad. Definitivamente no estaba muerta.

-Los muertos no sienten dolor – dijo para sí misma Korra mientras intentaba moverse lentamente para lograr una posición menos molesta – Joder.

Sus caderas aun estaban muy lesionadas; lo cual hacia que cada movimiento fuera un pequeño suplicio. Si le preguntasen, diría que lo más cercano que le venía a la mente era algo similar a agujas atravesando la piel. Agujas que llegan al musculo y que están hechas de lava y fuego. Pensar que tenía que hacer frente a la recuperación era algo que en verdad la tenía aterrada. No lo admitiría nunca, ante nada ni nadie, pero la idea la tenía

Su brazo y su pierna no estaban mucho mejor. Dolor y picor danzaban a la par, queriendo hacerla gritar de desesperación ante el hecho de que tenía los calmantes restringidos. Siempre le había dolido, incluso en el hospital, y parecía que aquello no iba a mejorar. Le habían restringido el acceso a fármacos y ahora, en casa de Asami Sato, no podía hacer otra cosa que no fuera aguantar la humillación de no poder valerse por si misma. Hoy además, tendría que empezar su rehabilitación y el solo hecho de tener que experimentar este malestar por mucho tiempo, le hacia temblar. Aun así, tendría un premio muy jugoso: librarse de esa maldita silla.

Había pasado el primer día durmiendo. Casi veinticuatro horas encerrada en la cama por culpa de los fármacos y el agotamiento mental. La vieja camiseta de Star Wars que usaba para dormir estaba bastante sudada y los pantalones cortos que solía usar para dormir estaban mal colocados. Eso sumado a que no quería tener que tratar con nadie para intentar concentrarse en el hecho de que cuanto antes se recuperase antes podría irse. Irse. Lejos. Muy lejos. No importaba donde, solamente necesitaba volver a poner distancia entre ella y los problemas. Lo había hecho antes y no le había ido mal. Una tercera vez no sería tan malo. Puede que sí, pero no quería preguntárselo dos veces. Lo primero era gobernarse a sí misma y enfrentarse a ese trasto.

La silla de ruedas que estaba ante ella, esperando a ser usada, siendo un recuerdo frío y sólido de sus errores. Allí estaba, inmóvil, casi burlándose de su dueña. Korra había imaginado una voz para aquel pedazo de metal y tela. Una vocecilla aguda y áspera, como el rechinar de sus ruedas, que tenía como afición burlarse de ella y de todas las decisiones que había tomado en su vida.

-Buenos días, bastarda – no le caía bien, pero la necesitaba tanto como los calmantes matinales. El dolor en cada movimiento la estaba matando y algo como arrastrarse hacia la silla la hacia vestir una mueca de disgusto en el rostro.

Ahora mismo se sentía mucho peor y no solo por el dolor, sino por su orgullo. No podía hacer algo que para ella era normal como andar, dependía de la gente y no se sentía más que un estorbo para sus amigos. Después pensó en toda esa gente que sin darse cuenta, veía en silla de ruedas. Personas que no se rendían o que realizaban cosas como la que intentaba ella con total normalidad y casi sin esfuerzo. Sí, ella sería una inútil hasta para ellos.

Toph, su amiga, era ciega y eso no la impedía romper sus limites e ignorar a quienes la consideraban frágil. Un ingenio crepitante y una lengua afilada, eran sus mejores armas. Su convicción, su bandera. Sus logros, un sinfín de bocas abiertas y voces calladas.

-Maldita seas – se quejó la mujer convaleciente al intentar agarrar un apoyabrazos y que la silla se alejase. No había colocado el seguro cuando se fue a dormir – Vuelve aquí. Joder.

Incluso algo así la hacia fruncir el ceño. Nunca pensó en toda la fuerza de voluntad, el coraje y la determinación de gente como Toph. No hasta ahora. Sí, había sido más ciega que su propia amiga y nunca se había preguntado en todos los obstáculos que alguien así podía padecer.

-Ya te tengo – bramó cuando atrapó a la villana metálica y pudo acercarla a la cama. Esta vez, bloqueando la silla para poder subirse sin problemas.

Subirse sin problemas, mas o menos podía. Subirse sin quejarse y sentir dolor, era imposible. Cada movimiento le dolía y molestaba, el solo hecho de ladear levemente las caderas casi provocó que que de su boca se escapase un grito de suplica. Ni por asomo se hubiera imaginado lo que iba a padecer una vez se hubiera ido de la cama del hospital. Al menos ya no tenía las sondas en su interior.

Por fin estaba en la silla, aun jadeando del esfuerzo y con lagrimas retenidas, pero lo había logrado. Después de un resoplido, vino lo peor, el control. Ella estaba acostumbrada a jugar a videojuegos pero esa maldita cosa no tenía un mando. Si todo fuera a base de gamepad ella podría hasta hacer aterrizar un transbordador espacial, pero no era capaz ni de entender bien el control del eje de una silla.

-Hacia adelante y hacia atrás es sencillo – al tiempo que intentaba virar sobre su eje. Comenzaba a girar lentamente pero el movimiento le parecía divertido.

Con la duda de cuanto podría girar, la joven de tez morena le imprimió más fuerza a una de las ruedas, pero tan brusco fue el movimiento que chocó y provocó que la lampara que estaba en la mesita auxiliar terminase en el suelo.

-Mierda – la lampara seguramente era muy cara, como todo lo que tenía Asami Sato en su casa. Seguro que valía más de lo que costaban todas sus cosas – Soy idiota.

"Ni un solo día aquí y ya he roto algo que debe costar más de lo que ganó en la bolera en una semana", pensó para ella. Intentó agacharse para recogerla, pero la zona inguinal le advirtió de que aquello era algo demasiado doloroso para ser tan siquiera planteado.

Antes de poder hacer algo más, escuchó como petaban a la puerta.

-Señorita Korra – era una voz que no reconocía – ¿Puedo pasar?.

En la mente de la chica se vislumbró una enorme y extensa factura, con una consecuente reprimenda, por romper la lampara. Si pudiera, la ocultaría debajo de la cama, pero no podía.

-¿Señorita? – volvieron a hablar – Soy Pema, la asistenta de la señorita Sato.

-Adelante – dijo sin mucha fuerza, esperándose lo peor.

La puerta se abrió y la asistenta del hogar entró con un leve atisbo de preocupación en el rostro. Su cabello recogido en un perfecto moño, su vestimenta arreglada hasta el más mínimo detalle y unas redondeadas mejillas envolviendo una sonrisa, eran el uniforme de aquella mujer a la que una vez grito.

-Buenos días, señorita. Había escuchado un ruido.

En aquel momento, Korra se fijo en la lampara y la vista de la asistenta siguió a la suya. La rockera estaba intentando pensar una escusas pero lo máximo que le ocurría eran los clásicos "estaba así cuando llegue" o "no fui yo". Ni siquiera ella podía ser tan descarada y sencillamente se limitó a jugar con sus dedos mientras cruzaba miradas con la mujer que estaba de pie ante ella.

-Se ha caído la lampara – evidenció Pema – ¿Se ha hecho daño?

-Eh – la pregunta la había tomado por sorpresa – No, no. Claro que no.

-¿Cómo ha dormido? – su mirada era tan profunda que invitaba a la calma y a la meditación. Casi tenía un aire meditativo.

-Bien – la joven de ojos cerúleos contestó después de alinear sus ideas – Muchas gracias.

-¿Tiene hambre?.

-Sí – su estomago rugía como un león en plena sábana – Siento lo de la lampara.

La asistenta se agacho para comprobar el estado de la pieza, una lampara de aluminio con tres esferas negras rodeando el centro y una tulipa de trenzado blanco que había quedado abollada. La inspeccionó durante unos segundos y la volvió a dejar en su lugar.

-Esta un poco abollada – expuso lo que ya era evidente – Pero eso se puede reparar. Solamente se ha fundido la bombilla.

-Con lo cara que parece temía tener que pagarla – su corazón y su cartera podían respirar tranquilos de nuevo.

La asistenta abrió por completo la puerta y se aproximó a Korra, tomando la silla de ruedas y empujándola hacia el pasillo.

-No se preocupe – la calmaba – Los accidentes ocurren. Era solo una lampara que tiene fácil arreglo.

-Pero parece cara – lo cual estaba segura de que era cierto.

-Bueno – Pema intentaba quitar toda importancia al incidente – Cuando mi padre tuvo que estar en silla de ruedas, se tropezaba con todo. Ningún jarrón de la casa terminó el año sin un poco de pegamento para unir los desperfectos.

-Espero que no me pase a mi – ciertamente, esperaba poder salir cuanto antes de esa maldita silla.

-Concéntrese en recuperarse, querida – era agradable observar aquella cuidada educación en todo su esplendor – Ahora le prepararé algo de comer. Después de no comer nada en casi un día, debe de estar famélica. Además, tiene que estar fuerte para lo que se avecina.

Sí, hoy tendría que iniciar la rehabilitación y aquello la tenía muy nerviosa, aunque no tanto como para despreciar un desayuno.

-¿Iré al hospital? – dudaba que fuera posible hacer la recuperación fisioterapéutica en el salón, por muy grande que fuera.

-¿Qué? – la mujer que la llevaba a la cocina semejaba muy sorprendida – No, querida. Hará la recuperación en la sala de ejercicios.

-¿Sala de ejercicios? – pensaba que no había escuchado bien.

-Sí – confirmó – Tiene lo necesario para ello y hoy vendrá un fisioterapeuta a ayudarla con la recuperación.

"¿Sala de ejercicios?", Korra seguía pensando en ello, "A este lugar solo le falta un centro comercial propio y su propia montaña rusa. Ojala tenga una montaña rusa en el sótano".

-¿Cómo han conseguido un terapeuta tan rápido? – la sanidad de la ciudad era muy buena pero un fisioterapeuta a domicilio resultaba algo demasiado elitista.

-La señorita Sato contacto con uno especialista que fue recomendado por el director del hospital – explicó la mujer mientras comenzaba a abrir el refrigerador y extraer unas fuentes – Bacon con huevos y un poco de puré de patatas que sobró de la cena y que guardé por si le apetecía. ¿Le agrada?.

-Me parece lo mejor que he escuchado en día – salvo cuando Katara traía algún postre de contrabando, la comida del hospital solía ser insípida y algo escasa. No era que la matasen de hambre, era que ella era una chica con mucho apetito que amaba el dulce.

Kate, una de las enfermeras, la consentía demasiado y a veces le llevaba alguna ración que nadie había tocado. No era algo que debía hacer pero solo era muy de vez en cuando y era lo mejor del día, salvo que Azul trajese alguno de sus postres. Así pues, la idea de un bueno desayuno típico le hacia salivar cual lobo.

-Además – ese además hizo que las pupilas de la rockera se dilatasen – Si quiere, para compensar que ayer casi no comió nada, puede tomar una porción de budín de frutas. Es un plato típico completamente casero. Lo he hecho yo misma.

El tono de orgullo repostero que destilaban esas palabras, sumadas a la jactancia reflejada en el rostro de la asistenta, hacia ver que aquel postre era algo digno de ser catado una vez en la vida.

-Eso no podía sonar mejor – un buen desayuno enmarcado con un buen postre. Korra no podía pedir nada más.

El sonido del bacon tostándose inundó el lugar, aunque la extractora hizo imposible apreciar los olores de algo que estaba haciendo babear a la joven de tez morena. A su alrededor, la misma suntuosa estancia que había visitado meses atrás. Esa cocina americana, amplia y engalanada, donde había degustado unos bombones más caros que su sueldo semanal. Esa sala principal con unas hermosas vistas dignas de ser enmarcadas. Esas escaleras por donde cayó una vez de resaca. Era un lugar muy agradable, pero ella no pertenecía a un lugar así.

El desayuno llegó y fue tan sabroso como cuantioso. Intentó tener mesura y delicadeza, pero aquel intento solo duro hasta el segundo bocado. Tenía hambre. Mucha hambre. Aquel plato sabía deliciosamente bien y el dulce parecía extraído de uno de esos restaurantes de cinco tenedores. Esponjoso, suave, lleno de fruta, crema y bizcocho; una maravilla la cual volvería a probar en cuanto su estomago tuviese más hueco. Su apetito, casi convertido en un monstruo ciclopeo, dormitó satisfecho.

Resopló complacida al tiempo que pensó que necesitaba un baño para estar en un condición algo decente. Pema había ido a atender el timbre y vino con un hombre alto, muy delgado, con flequillo y perilla desgarbada. Vestía un chaleco hospitalario y una identificación, así que estaba claro quien era.

-Señorita Korra – expresó la asistenta al tiempo que extendía una mano para hacia el invitado – Este es el señor Wan, su fisioterapeuta. Señor Wan, la señorita Korra.

"Mierda", pensó la rockera de tez morena ante la idea de que su mayor temor iba a volverse realidad.

-Llámeme solo Wan – contestó el hombre mientras se acercaba a junto su paciente y le extendía la mano en señal de cordialidad – Soy Wan Vanick, seré su terapeuta.

La joven en silla de ruedas titubeó debido al miedo inicial a sentir más de esos terribles dolores, pero le devolvió el saludo con un apretón de manos.

-Korra Raava. Puede llamarme Korra.

-Muy bien Korra – el hombre extrajo de su mochila un informa que empezó a ojear – Veo que tienes varias lesiones pero ninguna medular. Trataremos la situación como si tuvieras la pelvis fracturada para que así no forcemos tu recuperación.

-¿Cuando podré caminar? – aquello era lo que más le interesaba. Una pregunta que Wan siempre había recibido y, generalmente, la primera de todos sus pacientes.

-Te diré lo mismo que a todos: depende de tu estado físico y mental – una sonrisa amable se garabateó en su rostro – Seguro que con alguien como tu lo hacemos en tiempo record.

Aquella contestación intranquilizó más a quien había terminado de desayunar. No estaba bien ni de una cosa ni de la otra. Pareciera como si el fisioterapeuta se diera cuenta de la mirada preocupada de su paciente y se concentró en cambiar de tema rapidamente.

-Star Wars – señaló la camiseta que la joven de tez morena llevaba – Me gusta.

-Gracias.

-Pero soy más de Doctor Who – y con ello mostró un bolígrafo bastante decorado que imitaba el destornillador sónico del mítico personaje televisivo – Es un clásico.

-Nunca me he interesado mucho por él – al parecer, la artimaña del hombre había surtido efecto.

-¿Qué te parece si vamos empezando con un análisis previo de la recuperación?.

La asistenta se cuadró ante ellos e indicó con calma el pasillo lateral. La postura de Pema era suave pero rígida, como si fuera el guardia de un palacio.

-La sala de ejercicios esta al fondo del pasillo – comentó – ¿Desea que les acompañe?.

Wan no esperó a que la joven de tez morena hablase desde su asiento y comenzó a manejar la silla en dirección a una puerta doble con cristales difusos en enmarcados en la madera.

-No se preocupe – dijo – Korra y yo debemos de empezar a conocernos.

La rockera tuvo que recordar que era su doctor para no contestar que aquella era la peor forma de ligar de la historia. Una serie de plafones señalaban el camino hacia la estancia.

Al abrir la puerta se podía una sala amplia, llena de pequeños juegos de pesas, balones medicinales, espejos de cuerpo completo y una bicicleta estática. Además, había dos barra de suspensión y una bascula.

-¡Vaya sitio! – exclamó el fisioterapeuta – Este ático es sorprendente.

-Eso parece – no sabía que responder porque en su mente empezó a pensar que a este ático solamente le faltaba una montaña rusa para tener de todo.

Wan entró empujando la silla y la orientó de espaldas al enorme espejo de cuerpo entero que ocupaba medía pared.

-Su amiga tiene este lugar muy bien acondicionado – comentó

-Sí, supongo – fue todo lo que pudo decir sin titubear. No podía aclarar que no eran amigas porque resultaría muy extraño y desagradable.

"No es mi amiga, es una chica que me folle", eso mismo había pensado la joven de ojos azules, sabiendo que ni siquiera ella podía llegar a tal crueldad. En realidad, sabía que le debía mucho a Asami Sato.

Poco a poco el fisioterapeuta fue sacando unos aparatos y unos parches en un amasijo de cables. Después hizo que los pies de la rockera tocasen el suelo, provocando un hormigueo doloroso por cada milímetro de musculo y piel. Ella quería quejarse pero prefirió no empezar a maldecir y aguantó estoicamente aquel suplicio. Aquel doctor de cabello desgarbado comenzó a masajear aquellos muslos oscuros con una crema fría con olor a menta, solo para luego adherir a ambas piernas los parches y a conectarlos al cableado de las maquinas.

-Bien – comenzó a hablar mientras se atusaba la perilla – Te diré lo que haremos. No tienes lesiones permanentes pero tu tronco inferior esta muy dañado y no podemos usar un método común. Trataremos esto como un conjunto de roturas para que así poco a poco puedas notar una mejoría general.

Aquello sonaba muy profesional y esperanzador, pero al momento de ver las piernas rodeadas de cables y conectadas a lo que semejaban ser dos voltimetros, Korra en verdad sintió como el pulso se le disparaba. Hubiera querido preguntar que iba a suceder, quejarse o arrancar ese barullo de cables de sus piernas, pero antes de poder decidir que camino tomar el hombre a su lado se levantó y acercó la bascula.

-Pondremos la pierna que tuviste fracturada aquí – Con mucho cuidado, el hombre tomó aquella pierna morena y la puso sobre el medidor de peso. Estaba frío – ¿Ves que indica el peso de tu pierna?.

-Sí, claro.

-Bien, no estas ciega – bromeó, aunque sin obtener nada más que una mirada de desagrado que le obligó a intentar enterrar el comentario – Voy a hacer fuerza en la pierna para que cargue solo unos diez kilogramos.

Diez kilogramos no parecía mucho cuando sus piernas habían sostenido su peso y el de varias personas sin problemas. Ella cargaba con garrafas de agua en la bolera que pesaban más que eso.

-Sin problemas – su tono era de total y absoluta confianza.

-No lo creas ni por un segundo – esa sonrisa amigable dejó paso a la seriedad de aquellos que querían exponer algo crucial – A la vez conectaré los electrodos que estimularán tus piernas. Siento decir que será bastante molesto.

-No será para tanto.

-Lo pondré al mínimo – y conectando la corriente, Wan observó cuidadosamente a su paciente – Necesito que aguantes.

El zumbido de las maquinas vino acompañado de un leve cosquilleo que contraía levemente sus piernas. La sensación mutó en pocos segundos, pasando de un cosquilleo molesto a una garra que apretaba vehementemente cada fibra muscular y la zarandeaba. Ahora mismo se imaginaba en algo similar a una silla eléctrica. Sin embargo, cuando el fisioterapeuta cargó algo de peso en su pierna, la sensación se hizo aun más horrible.

Hubiera gritado, pero no le llegaba el aire suficiente para ello. Alzo el puño, casi con la idea de golpear al hombre que estaba agachado ante ella y controlaba el dolor como si fuera un macabro torturador, pero no lo hizo. Antes de sucumbir a esa reacción instintiva, Korra se llevó el puño a la boca y mordió sus nudillos para evitar dejar escapar un sollozo.

-Necesito que aguantes.

-Joder. Duele.

-Esta al mínimo – inquirió el doctor.

"¿Al mínimo?. ¿Me tomas el pelo?. ¡Sí esta mierda me esta arrancando la carne de los huesos!" pensó la bajista, no dando crédito a lo que acababa de escuchar. Si al despertar sentía fuego y agujas, ahora era magma volcánico lo que consumía sus piernas. Cada vez que los electrodos se relajaban, para luego volver a intensificar el masaje, ella podía tomar aire de nuevo.

-Sé que duele – afirmó el doctor – Pero vayamos poco a poco.

-Duele de la ostia – no pudo más y dejó escapar un quejido malsano que recordaba a un animal moribundo.

-Iremos poco a poco porque te dolerá bastante rato.

-Dame calmantes, coño – bramó ella, ya con el rostro desencajado por la angustia de sentir como sus músculos se retorcían.

-No puede ser – explicó el hombre intentando ser compresivo – No se me permite.

-Mierda.

Asami Sato observaba como la lluvia se estrellaba en el cristal de su ventanilla. Se había olvidado de unos documentos que quería presentar en la reunión de mañana y de una copia retocada de la sección de recursos humanos. Siempre imprimía una copia física y hacia apuntes a mano mientras leía los informes en su despacho, señalando con rotulador las partes importantes y añadiendo algún apostrofe con detalles más abajo. Era un manía que había adquirido en el internado y que le servía para centrarse en el contenido, a la par que no agotaba tanto la vista ante una pantalla. El tacto del papel le resultaba más amigable que una pantalla. Por fortuna para ella, era la jefa de la sección y volver a su domicilio no le era algo complicado porque nadie iba preocuparse por donde iba, siempre y cuando avisase.

Hollín descendió por el parking con el Allegro de la "Sonata para violonchelo número 1" de Brahms sonando de fondo. El agradable palpitar de las cuerdas la calmaba, repasando mentalmente su agenda semanal. Recordó que seguramente ya habría llegado el fisioterapeuta a su domicilio y ya estaría tratando a Korra. No llevaba ni dos días en su domicilio y apenas habían cruzado un par de palabras desde que la joven de tez morena se instaló en el cuarto del primer piso. En cierto modo, era normal ser reticente a un cambio tan drástico como era el estar a cuidado de ella y eso lo comprendía perfectamente. Lo más complicado era tratar con la inapetencia y apatía que la convaleciente semejaba mostrar por todo; casi como aceptando que todos la habían abandonado y arrojado a los brazos de la única persona que se haría cargo de ella. Asami no podía negar que estaba preocupada porque la rockera no había comido nada en todo el día de ayer y apenas había salido de su cuarto. Ni siquiera había salido para cenar y el único e infructuoso intento de la joven heredera por hablar con su invitada fue cuando petó en la puerta para preguntarle si quería otra manta. Algo tan simple como una simple pregunta fue lo único que sirvió para que interactuasen, aunque solamente obtuvo una retahíla de respuestas cortas. Esperaba tener más suerte hoy.

-Kuvira – en ese momento, la ejecutiva recordó algo – Por favor, necesito que hables con Lin Beifong.

La escolta estaba aparcando a su fiel compañero y casi caló el auto al escuchar tal petición. Apenas se había juntado con su jefa desde el incidente del hospital. Las reuniones, las charlas de vigilancia, pero poco más. Antes Lin siempre la apartaba para tener algunas palabras con ella, pero durante el primer mes había padecido la ley del hielo. Por fortuna, en el presente se había instaurado por completo una calma educada pero tensa. Ella sabía que su jefa era rencorosa y terca, pero esperaba que las aguas volviesen a su cauce tarde o temprano, pero no tan temprano.

-¿Que debo decirle? – un mes, cinco, o un año; no importaba el tiempo que pasase. Kuvira sabía que esa petición iba a ser problemática.

-Quiero que se encargue de la seguridad del edificio – expuso quien estaba en el asiento trasero – No me gustaría que mi padre se entere de Korra.

La seguridad de todo el edificio estaba en manos del cuerpo de seguridad de Future Industries. Cuando Hiroshi compró gran parte de las plantas superiores, se aseguró de que la seguridad del edificio fuera llevada por su personal, con el fin de evitar escándalos públicos. Toda esa información pasaba por las manos expertas de Lin Beifong, quien ahora debía encargarse de ocultar los secretos de la hija, como hizo con los del padre.

-De acuerdo, señorita – aunque en el fondo prefería intentar desactivar una bomba a oscuras y sin herramientas – Esperemos que escuche la petición.

-Korra es amiga de su hija y seguramente su hija venga de visita – esa simple conjetura que había regalado despreocupadamente mientras bajaba del auto y se aproximaba al ascensor,

Kuvira se sorprendió al ver que Asami dejaba ver de forma despreocupada la astucia propia de su apellido. Lin tenía un talón de Aquiles, su hija.

-Esperemos que no lo tome como una amenaza – bromeó con un tono algo oscuro en la voz. No le sería imposible ver a su jefa apuntándola con un arma.

Esa linea sonriente pero tensa en el rostro de la escolta dejó entrever que seguía estando nerviosa ante la idea de enfrentarse con su superiora, pero era la mejor opción. Si tuviera que ser Asami quien hablase, necesitaría cinco infusiones y un buen vaso de whisky para calmar sus nervios.

El ascenso al ático fue tranquilo, ninguna de las dos habló. La heredera maldecía que se olvidase de dichos documentos, Kuvira se mentalizaba para estar en el mismo espacio que esa maldita yonki.

Al llegar a aquella planta, cruzaron los el pasillo y Kuvira abrió la puerta. Pema les recibió con una educada sonrisa que dejaba entrever su sorpresa debido al margen horario, y con los guantes aun puestos.

-Bienvenida a casa, señorita. Espero que este bien – cuando se percató de su falta de decoró, se apresuró a quitarse aquellos guantes de plástico amarillo y a esconderlos detrás de ella – Lamento el error, es que estaba haciendo limpieza.

-No te preocupes – bromeó la heredera – Se me olvido un informe en mi despacho. A propósito, ¿ya llegó el fisioterapeuta?.

-Sí – afirmó con un semblante bastante más serio – Esta aun con la señorita Korra.

-Oh – se había dado cuenta de que el rostro de si asistenta había mudado en una linea recta – Pues iré a saludar al doctor.

-Kuvira, ve a por los documentos – pidió – Están en la mesa de mi despacho.

-Descuide – fue lo que escuchó de su guardaespaldas mientras se alejaba de la sala principal.

La joven heredera observó el rostro serio de su asistenta cuando se alejaba de ella rumbo al pasillo lateral. No podía pensar que algo malo o grave estuviera sucediendo, pero empezó a estar algo nerviosa porque sabía perfectamente que Pema no fruncía el ceño por nada.

Antes de tocar el picaporte pudo escuchar un gruñido apagado que recordaba a un animal moribundo. Había pensado en alejarse de la puerta, pero sabía que las luces del pasillo la habían delatado. Se quedó quieta, completamente inmóvil, tomando una profunda respiración antes de golpear con los nudillos la puerta.

-¿Sí? – preguntaba una voz desde la sala de ejercicios, a lo que la empresaria abrió la puerta para saludar.

-Buenos días – saludó – Soy Asami Sato.

El hombre de cabello desgarbado desconectó los cables de ambas maquinas y se levantó rápidamente para ofrecer la mano en saludo a la dueña del lugar.

-Un placer – dijo regalando una sonrisa – Soy el Doctor Wan. Fisioterapeuta de Korra, aunque eso ya lo sabe.

-Sí, por supuesto – observó a la persona en la silla de ruedas, de espaldas a ella - ¿Cómo ha ido?.

Era una pregunta para la rockera pero no dijo nada. Solamente respiró profundamente pasó las manos por sus piernas. Notando la tensión, habló el experto médico.

-Tiene muchos daños y atrofia leve en los músculos – expuso – Pero se recuperará. Será molesto, pero primero quiero que obtenga fuerza antes de que empiece a caminar.

-Excelente – inconscientemente sus ojos verdes seguían clavados en esa tonificada espalda recostada en la silla – Me gustaría hablar con Korra a solas.

-Por supuesto – afirmó el doctor – Iré a hacer unas llamadas.

Cuando el hombre se fue, cerrando la puerta tras de sí, ambas mujeres estaban por fin solas. La tensión que sentía Asami podía haberse cortado con un cuchillo, pero no sería ni la mitad de densa que el sudor que bañaba la camiseta de la chica de cabello corto.

-Buenos días, Korra – rompió a decir sin titubeos, haciendo acopio de toda su voluntad – El medico es de los mejores de la ciudad. Pronto verás resultadas.

No hubo ninguna respuesta, hasta que una tenue y acongojada voz se liberó de aquellos labios oscuros.

-Genial.

Seguía de espaldas, sin voltearse, pero la joven Sato sabía que estaba llorando. Al menos sollozaba para evitar las lagrimas. Era la misma forma rota de hablar, fingiendo que no pasaba nada, que ella misma había perfeccionado con el paso de los años.

No sabía que decir o que hacer, así que lentamente fue acercándose a su extraña invitada. Paso a paso, lentamente, como si se aproximase a un animal salvaje y maldiciendo el ruido de sus tacones. Cuando llegó a la altura de Korra, pudo ver un rostro comprimido en una extraña mueca para intentar retener el llanto. Cuando la bajista la distinguió por el rabillo del ojo, intentó cubrirse el rostro.

-Seguro que es muy doloroso – todos los parches seguían aun conectados a aquella piel oscuro.

-Doloroso de cargarse – especificó con dificultad.

-Es por tu bien – añadió la joven empresaria mientras intentaba tararear algo tranquilizador. No sabía porqué, pero inconscientemente recordó el sonido del murmullo de su niñera e intentó imitarlo.

-No estoy llorando – se defendió aunque sus ojos semejaban dos largos intentando contenerse.

-Vale – y extrayendo de la chaqueta un pañuelo, se lo ofreció – Entonces úsalo para el sudor.

La rockera lo tomó, ocultando su rostro en él y limpiando sus lagrimas. Poco a poco, la dueña de aquel pañuelo posó su mano en el hombre de la joven en silla de ruedas y le regaló una sonrisa afable. Entonces, pudo esos ojos prístinos, grandes, expresivos; mirándola con un halo de vergüenza y timidez.

-Es que duele mucho – era como si se disculpase por haber llorado. Casi podía notarse como Korra hacía un leve puchero para contener más lagrimas.

-No lo dudo – la disculpó

-Y luego esta que no puedo caminar y que no hago nada – gritó entre sollozos – Joder, lo siento.

-No tienes que disculparte – dijo, acariciando la parte posterior de la cabeza – Todo mejorará.

-Es que quiero irme ya.

-Cuando te recuperes podrás hacer lo que quieras – Asami casi veía en esa joven tan destruida un reflejo de sí misma de pequeña.

Ante las tormentas nadie venía a verla. Ni siquiera podía ir a ningún sitio en busca de refugio porque nadie abriría la puerta por mandato de su padre.

"Tienes que combatir el miedo", le decía su padre, aunque nunca entendía como combatir el miedo con miedo funcionaba. Incluso mojó la cama en las tormentas más fuertes, lo que provocó una humillación personal y un castigo.

Hubiera amado a quien la tomase entre sus brazos en la tormenta, la acunase y le dijera que no pasaría nada. Hubiera dejado de llorar por dentro y fingir por fuera, si tan solo alguien la hubiera sostenido entre sus brazos.

En aquel momento, perdida en sus pensamientos, escuchó a alguien llamando a la puerta.

-Adelante.

Kuvira abrió la puerta lentamente, con una carpeta en la mano.

-Ya he encontrado los documentos y sus notas – señaló la carpeta de cartón blanco que portaba.

Los segundos se detuvieron. La escolta observaba a la joven de la silla de ruedas, Asami observaba la carpeta de los documentos y Korra miraba al suelo avergonzada por su propia debilidad.

-Kuvira – la empresaria había tomado una decisión – Por favor, llama al despacho y avisa que no volveré. Di que me ha vuelto a debilitar la anemia.

Anemía, la excusa perfecta. A veces ser de salud frágil tenía sus beneficios. Aunque sus episodios de agotamiento se estaban acentuando, era más por el trabajo que por el malestar físico. Pese a todo, que casi todo el mundo supiera que ella no tenía una salud fuerte solía jugar en su beneficio cuando buscaba una justificación rápida y creíble.

-Si así lo desea.

-Sí – contestó al tiempo que pasaba sus dedos por el cabello corto de Korra, peinando sus mechones lentamente.

Ella había sido una niña llorona y frágil de pequeña. Aun lo era en cierto modo, pero no hoy. Hoy había decidido cuidar a Korra de la tormenta.

Continuará...

Reflexiones:

¿Me extrañaban?, ciertamente yo a ustedes sí, pero tengo que decir que fue agradable estar un mes relajado y solo atendiendo a la familia.

Feliz año y todas esas cosas. Es el momento de alegrarnos porque por fin empieza el año de "Un Puente hacia ti". ¿Por qué el año?, porque el 9 de Febrero hará un año que empecé con este proyecto con la mayor de las ilusiones, pero no esperaba tan buena acogida.

Gracias a fanfiction he conocido a mis lectores, algunos que se han vuelto amigosy sin una review suya por capítulo me preocupo por si están bien. Tambíen el amor y el cariño que dan las reviews y las palabras de animo.

Después porque como muchos saben, mi blog con apenas 3 meses de vida tuvo unos nada desdeñables 2000 visitantes, algo más que recomendable puesto que en diciembre no actualicé. Es cierto que hasta las 10.000 mensuales no podré monetizarlas, pero eso no me preocupa. Lo importante es que la gente vaya conociendo lo que hago

Buscad :

contraluznocturno. wordpress. Com

En el blog tengo avances exclusivos, artículos y fics exclusivos.

También porque este año planeo lanzar una novela y sé que muchos me apoyarán, aunque da bastante miedo. De no ser por todo vuestro cariño, os juro que seguramente la novela se quedaría en el rincón de los sueños y planes que nunca se realizarán. Todos tenemos un rincón así, ¿no?.

Luego, también deciros que me vi forzado a publicar el anexo recordando que me tomaría un mes sabático debido a que algunas personas no leen esta sección y me llegaron algunos MP preguntando porque me demoraba.

Como siempre, mi facebook es Lobo Susurro Nocturno , agregadme si quieren. Son bienvenidos.