Aquí estoy de nuevo. Me alegro muchísimo de que el capítulo anterior gustase tanto, es maravilloso recibir los reviews que he recibido. Infinitas gracias a: Alexander Malfoy Black, Hell Cold, Zarcan, OilegorBlack, Allie Danger, Paula cartas, Boyka, Pedro I, Fagnoletti, Tifany Black, FzMarcE09 y Gisethpotter.

Sé que ha causado "algo" (xD) de conmoción la muerte de Angelina, sorry! Allie Danger, incluso cuando parece que está a punto de darte un ataque me haces reír con tus reviews. Pido que me perdones. Hago que le cojáis cariño para esto. La mayoría de los comentarios hablan sobre la tensión del capítulo, que es muy completo y que hubo sorpresas. Gracias a todos, como dije, ha sido uno de los capítulos que más me ha gustado escribir, aún con la muerte de Angy en él. Tengo que agradecer tantas cosas que me siento repetitivo y no se por donde empezar. Gracias por lo del final digno de un aplauso (fagnoletti) y por lo de muy parecido a J.K. (FzMarcE09), es todo un halago. Y a tí Alexander Malfoy Black, gracias también por estar siempre ahí de los primeros. A todos, Hell cold, zarcan, paula cartas, boyka, Pedro I, Tifany Black, Gisethpotter...! Repito, a todos, mil gracias! Y boyka, he subido otro cap lo antes que he podido, juraste que te harías una cuenta :D

Aclaración: La guerra está descrita por partes en las que en cada una se ve la batalla bajo la perspectiva de un personaje, excepto el final en el que ya lo uno todo, lo explico para que no haya ninguna confusión.

Una vez dicho esto, sé que voy a recibir críticas por este capítulo. Ocurre algo bastante desagradable y elimino una escena que se convertirá en un maravilloso flash back en el futuro. Pido sean comprensivos con el chico, todos tenemos una parte oscura en nuestro interior...

Capítulo 29: L.V. vs T.H. vs A.D.

Lentamente, la encapuchada figura de Torprey Hart se alzó sobre sombrías y solemnes llamas. Se respiraba un silencio abrumador. Un silencio que no se correspondía con el momento que se vivía. Los mortífagos los rodeaban, tenía a Dumbledore unos metros a su izquierda y a Voldemort un poco más alejado frente él. El director intentaba comprender como era posible que aquella chica fuera la heredera de Hufflepuff, y más importante aún, qué significaba que lo fuera. A su vez, el mago tenebroso sonreía y lo miraba fijamente, divertido por la escena y expectante por la reacción de Hart. Dumbledore sin embargo no mostraba expresión alguna en su rostro salvo la de seriedad.

Algo más alejados se encontraban Hermione, Neville y Ron, acompañados por la familia Weasley, sus invitados y la Orden del fénix. Todos habían visto como quien no debe ser nombrado, en persona, había matado a la chica que acompañaba a Harry. Especialmente impactados habían quedado los amigos de la morena, que paralizados, contemplaban la escena incapaces de reaccionar. Hermione quiso acercarse a su amigo cuando había caído de rodillas, pero en cuanto se decidió a hacerlo éste se había vuelto a levantar y notó como algo la hacía detenerse. Ella sabía como debía sentirse su amigo, o al menos eso creía, sin embargo, no era capaz de imaginar hasta que punto le había afectado la muerte de Angelina y lo que ello supondría. Aquella muerte completaría la transformación de Hart. Lo que a Hermione se le escapaba era que la Hufflepuff había sido quien mantenía a Harry cuerdo y con los pies en la tierra, quien mantenía la luz y esperanza en su corazón, era ella quien lo impedía caer definitivamente en el pozo de la oscuridad y la maldad. Y que el cuerpo sin vida de Angelina estuviese aún presente solo hacía que su alma siguiese cayendo en aquel oscuro e infinito pozo.

Torprey Hart elevó su varita y atacó. Un potente rayo rojo salió de la varita de Hart directo hacia Voldemort y Ruacet. Voldemort estaba preparado y detuvo la maldición. Dumbledore se unió a Hart y lanzó otro conjuro, aunque esta vez fue Ruacet, sacando su varita con rapidez quien se defendió. Cuando un segundo después ambos magos tenebrosos miraron hacia Hart de nuevo tenían una columna de fuego de más de veinte metros encima de ellos. Él mantenía el brazo izquierdo estirado manejando su elemento cuando desde ese mismo lado le vino un resplandor dorado. Rápidamente, se envolvió en su elemento y desapareció, reapareciendo un instante después a la izquierda del director y esquivando el hechizo. Bien situado, extendió el brazo izquierdo de nuevo hacia Voldemort y su varita hacia Dumbledore. No sabía como lo haría, pero estaba convencido de que él no sería el derrotado esa noche.

Aquella era una situación complicada. En contra de lo que muchos le hubieran dicho, el no consideraba un aliado a Torprey Hart en esta guerra. Él en su día fue quien confío en un chico llamado Tom Riddle antes de que se convirtiera en el mago más tenebroso de todos los tiempos. No cometería el mismo error otra vez. Pero la concentración que debía mantener era máxima. Hart se había envuelto en fuego y había aparecido a su izquierda. Cuando al fin lo visualizó alzó de nuevo su varita y cargó contra él. Emitió un rayo amarillo zigzagueante y justo después dos aturdidores, de color blanquecino, que se dispersaron y rodearon a Hart. Éste hizo un movimiento circular con su varita y creó una burbuja roja a su alrededor que hizo rebotar el hechizo paralizante. Los aturdidores rozaron su escudo y se desviaron lo justo para que chocasen uno contra otro a un metro sobre su cabeza. Aquello era imposible, ningún mago en el mundo podía enfrentarse a él y a Voldemort al mismo tiempo. Con un gesto elegante, deshizo su propio hechizo que Hart le había devuelto, pero cuando quiso buscarlo con la mirada para probar otro ataque éste había desaparecido. En su lugar solo había fuego, pero diferente, algo parecido a una ola gigante de un fuego oscuro que rugía iba a por él. Dumbledore alzó la vista y comprobó que difícilmente podía ver el cielo, el torrente de fuego se elevaba más de lo que podía medir. Intentando mantener una calma que no tenía en aquel momento preparó su varita para recibir el impacto. Cuanto deseaba volver a ser joven.

Había desatado la ira de Hart. Lo sabía y ese había sido su propósito desde un primer momento, a la vez que hundir a Potter. Mientras sonreía, había creado una pantalla que lo protegía de la llamarada que intentaba calcinarlo. No le suponía una dificultad importante detener el ataque de Hart, pero aún así notaba el poder que éste desprendía. Le encantaba la manera en la que podía manipular, a quien quisiera, a su antojo. Matando a una insignificante adolescente ya se garantizaba la diversión y daba un gran paso en la guerra. Potter iría a por él en cuanto se enterase de la noticia, eliminaba un estorbo y descentraba a Torprey Hart, su verdadero problema además de Dumbledore. Tal vez había enfurecido demasiado y desatado lo peor de Hart, pero eso era precisamente lo que a él le divertía de todo el asunto.

El ataque disminuyó la intensidad un segundo y después continuó más fuerte que antes. Notó como la magia de Hart provenía de otro lugar, más a la derecha, lo que significaba que se había trasladado porque Dumbledore debía estar incordiándolo. Aquello le hacía lucir una mayor sonrisa, que sus enemigos luchasen entre sí suponía un beneficio para él que no necesitaba pero que le haría ganar aquella guerra antes de lo previsto y con mayor facilidad. En aquel momento agarró su varita fijamente y reforzó la protección. A cada segundo que pasaba la columna de fuego sobre él crecía sin parar y lo embestía con más potencia. Fue entonces cuando la sonrisa de su rostro vaciló. Aquello no era normal. La magnitud del fuego era cada vez mayor y a cada instante se ensombrecía más. Cuando había matado a la chica se percató de que las llamas a su alrededor se habían oscurecido, pero ahora era diferente. El fuego ya no era naranja o rojo, sino grisáceo, traslúcido y negruzco en algunas zonas.

A su lado, Ruacet también se esforzaba por mantener a raya el ataque de Hart, pero con más problemas que él. Era ilógico que aquel payaso pudiera enfrentarse a Dumbledore a la vez que sostenía el fuego contra ellos, no solo sostenerlo, sino amplificarlo. La energía acumulada comenzaba a desestabilizarse y el fuego soltaba latigazos alrededor, de donde los mortífagos ya habían desaparecido después de que varios fueran atrapados por las llamas y no volviesen a salir.

El escudo de Lord Ruacet no aguantó la presión constante y uno de esos latigazos lo atravesó. El fuego rozó el brazo izquierdo del chico y lo amputó. Junto con un grito desgarrador, el brazo ensangrentado y medio chamuscado del mago cayó sobre la hierba. El chico intentó no desfallecer y mantener la protección, pero era cuanto menos complicado ignorar perder un miembro.

Fue entonces cuando decidió tomar el control. Si su hijo y sucesor no era capaz de resistir aquello era que tal vez no mereciese vivir ni fuese digno de tal distinción. Aún así, le era útil y hacía bien su trabajo. Borrando la sonrisa de su rostro y habiéndose acabado su paciencia, empuñó la varita con firmeza y comenzó a moverla en círculos sobre su cabeza. El fuego comenzó a imitar su movimiento y cuando lo hubo dominado, lo lanzó con rabia hacia Hart.

Éste no gastó energía en intentar redirigirlo o protegerse, prefirió desaparecer y que fuese quien tenía detrás el encargado de enfrentarse a su poder. Si es que podía.

Se había aparecido a pocos metros de allí aún rodeado por llamas negras. Un mortífago, a su espalda, intentó maldecirle aprovechándose de la situación. No fue la mejor decisión posible, la maldición se deshizo antes de que llegase y un fogonazo estalló hacia él engulléndolo junto a una decena de mortífagos de su alrededor. Hart no había movido ni tan siquiera un músculo y seguía dándoles la espalda. Solamente alcanzó a escuchar algunos gritos de horror durante un instante, sabía que ya no serían más que ceniza. En cualquier caso, era otro asunto el que atraía su atención. Se tomó un segundo para respirar e intentar analizar la situación. Ahora era él quien había cabreado a Voldemort, que aunque sabía que no era a él a quien atacaba, se conformaba con arremeter contra Dumbledore, algo que le agradaba. Pero había sido otro mago en quien había fijado la mirada. Lord Ruacet. Otro traidor más camuflado en su mundo. Pero en contra de lo que sentía, no era la venganza lo que le había hecho mirarlo. Le había mutilado el brazo a la altura del codo. Lo extraño e interesante de la situación era que el chico había cogido el miembro amputado y chamuscado del suelo e intentaba pegárselo a lo que quedaba de su brazo.

Quiso reír y burlarse de él, pero entonces ocurrió algo que lo dejó atónito. El brazo se adhirió a su cuerpo. Lo que veía debía ser mentira. Estaba lejos de él, pero no lo bastante como para no ver lo que sucedía. Los tejidos y músculos de su brazo se habían regenerado instantáneamente, uniendo el miembro a su cuerpo y reconstituyendo la piel quemada. Entonces vio como el aspirante a mago tenebroso hacia un gesto y un mortífago se acercaba hasta él. Apretó el puño donde llevaba la varita y el fuego a su alrededor aumentó, no permitiría que Lord Ruacet huyera. Sin embargo no era para eso para lo que el Slytherin había llamado al mortífago.

Aparte de los cuatro magos dentro del cerco humano que se había formado, pocos más combatían. No había nada parecido a la paz ni a una tregua, cada uno estaba por su lado, pero lo que presenciaban era nada más y nada menos que el destino de la guerra. Por un lado Lord Voldemort y sus mortífagos, por otro Dumbledore y su Orden del Fénix, pero en medio de los dos se encontraba Torprey Hart. Y nadie sabía muy bien cual era su objetivo, motivación o aspiración. Lo único que sabían era que acabase como acabase aquella batalla, todo sería diferente al día siguiente.

Y ese pensamiento dominaba a la heredera de Ravenclaw, que agobiada, intentaba razonar analíticamente la situación sin conseguirlo. Ella continuaba siendo la cabecilla de "la resistencia", y detenía inmediatamente a cualquier mortífago que se atreviese a atacarlos rompiendo ese falso acuerdo en el que todos contemplaban el duelo de los líderes de cada bando. Ella sabía que debía actuar, su misión no era quedarse allí plantada, ella debía intervenir y ayudar a Harry. Pero la situación la superaba. Voldemort había matado a Angelina en sus narices, los mortífagos eran treinta veces más numerosos que ellos y ayudar a su amigo no sabía si suponía enfrentarse a Dumbledore, algo que quería evitar. Viendo a Hart, no sabría decir quien era el verdadero enemigo.

Lo envidiaba, esa era la verdad. No sentía una envidia rencorosa o egoísta, pero sí envidiaba a Harry. Le habían dolido las palabras del chico culpándola de la muerte de Angelina, pero para su desgracia tenía razón. Siempre se había caracterizado por un perfecto control de la situación, una gran sabiduría y por tener muy claro siempre cual era la decisión correcta, saber que era lo oportuno en cada momento. Pero cuando la situación se desbordaba y había que improvisar, se bloqueaba. El instinto, eso era lo que envidiaba de Harry. Ese instinto por el que siempre se había dejado guiar y que ahora lo conducía a batirse contra los magos más poderosos del mundo.

Pero aunque fuera la sucesora de Rowena Ravenclaw, también era una Griffindor. Se suponía que tenía valor y coraje en su corazón. Y eso demostraría. No podía quedarse de brazos cruzados mientras su amigo arriesgaba la vida y el futuro del mundo mágico estaba en juego. No le gustaba la venganza, nunca le había atraído y nunca le atraería devolver a una persona el daño que ésta hubiera causado. Pero Angelina había muerto y ella sentía que debía dejar hasta su último aliento luchando por la causa por la cual su amiga había perdido la vida. Era lo único que podía hacer ya por ella, luchar y honrar su recuerdo. Un viento repentino emergió sin previo aviso concentrándose a su alrededor.

Aquel bastardo le había cortado el brazo. Ya estaba acostumbrado al dolor físico, pero nunca se estaba lo suficientemente preparado para que te amputen una extremidad. En cualquier caso, era más profundo el dolor psicológico que el físico, la facilidad con la que había ocurrido lo destrozaba. Se había protegido lo mejor que había podido, pero aquel fuego que veía aquella noche por primera vez era imparable, poseía una energía abrumadora. Afortunadamente, recuperarse no le supondría ningún problema. Había cogido su brazo ensangrentado del suelo y en cuanto se lo había pegado al muñón todos los tejidos habían comenzado a regenerarse y unirse a una velocidad milagrosa.

Alzó su mano derecha y llamó a un mortífago de los que se encontraban a su espalda. No era lo más inteligente ni lo más conveniente hacer lo que haría, pero sí tremendamente necesario. El mortífago llegó a su lado haciendo una reverencia. No le dejó volver a erguirse. Con una agilidad y rapidez sobrehumanas, saltó sobre él y mordió su cuello. Un instante antes de tocar su piel, sus colmillos habían triplicado su tamaño, preparados para absorber toda la sangre que pudiesen. Sabía que aquello traería consecuencias. No matar a un mortífago, eso no le importaba a nadie, sino que se supiera lo que era. Ni tan siquiera Voldemort sabía que era un vampiro. Había sido un secreto que habilidosa y sutilmente había mantenido en secreto, hasta esa noche.

- Has venido hasta aquí. ¿Eso quiere decir que aceptas mi proposición?- Inquirió con voz seductora y sonrisa maliciosa una preciosa chica rubia.

- He venido porque soy un caballero y es de mala educación dejar plantada a una dama.- Contestó él con voz imponente y a la vez juguetona. Paso a paso, se iba acercando cada vez más a la princesa Lynette.

- No lo dudo. Aún así, es un viaje muy largo para decir "hola".- Replicó Lynette continuando con el juego. Se encontraban escondidos en algún lugar en el Himalaya. Ella conocía bien el reino de su hermano, y era por eso que habían escogido un lugar apartado y privado en una de las tantas montañas que tenían a su alrededor. Estaban en una cueva, una cueva que desde el exterior ni tan siquiera era visible pero cuyo interior era perfectamente habitable. En las paredes rocosas colgaban antorchas y el suelo estaba enmoquetado con una tela de color rojo sangre. Era su escondite particular.

- Y no es "hola" lo que he venido a decir.- Finalizó Ruacet llegando hasta ella, agarrándola bruscamente de la cadera y el cuello, y besándola descontroladamente y con lascivia. No fue un beso de cariño, amor o dulzura, sino de lujuria, deseo y pasión desenfrenada. Después de unos segundos, el chico la separó de él con la misma contundencia con la que la había atraído hacia él. La vampiresa seguía con la misma sonrisa maliciosa, pero ahora además mojaba sus labios deslizando la lengua sensual y apetitosamente por ellos.- Mi respuesta es sí.- Confirmó al fin el mago tenebroso inclinando sensiblemente el cuello hacia la derecha. La princesa se relamió los labios más ansiosamente y sin esperar un segundo más, enseñó sus colmillos y los clavó en la carnosa y joven piel del chico. Ser un vampiro lo haría inmortal.

A espaldas tanto de Lord Voldemort como del rey Normand, había entablado una relación con la princesa Lynette. Aunque mientras notaba como la sangre de aquel hombre lo estimulaba y excitaba, era consciente de que después de la batalla le esperaba una sesión privada de penitencia con su mentor. Pero en aquel momento no le importaba, ya en perfecto estado y sintiendo un frenesí incontrolable en su interior, su único objetivo era vengarse de Hart.

El cuerpo del mortífago, vaciado y sin vida, cayó al suelo y Ruacet buscó a su objetivo con la mirada. Sin embargo, antes de poder encontrarlo una luz azul se interpuso en su camino. Instantáneamente, empuñó de nuevo su varita con rabia y atacó. Había comenzado a llover. Tampoco le disgustaba la idea de acabar con las dos herederas de Hogwarts aquella noche.

Simultáneamente, Voldemort y Dumbledore seguían protagonizando una encarnizada lucha en la que era patente las cuentas pendientes entre ambos. Haciendo honor a su fama, el director de Hogwarts había creado magistralmente una esfera de agua que giraba a su alrededor a modo de escudo. No sin problemas, había logrado detener la primera embestida del ataque que Voldemort le había enviado aprovechando el fuego de Hart. Después de que la ola de fuego se debilitara tras la primera acometida, Dumbledore rompió su escudo y lanzó el agua como si de un cañón se tratase hacia el mago tenebroso. Sin dar tan siquiera tiempo a que su ofensiva llegase hasta Voldemort, con un majestuoso movimiento, creó un rayo dorado que se unió a su violento chorro de agua haciendo espirales alrededor de él. Varias gotas de sudor se deslizaron por la piel centenario mago.

Ante el contraataque de su eterno enemigo, Voldemort, confiado a la vez que apresurado, dibujó varios óvalos en aire antes de elevar bruscamente su varita hacia el cielo. Y fue allí donde envió el ataque de Dumbledore. El potente chorro de agua cambió su dirección obedeciendo la varita del Lord y salió disparado hacia el oscuro cielo que los cubría. Sin un instante de pausa, lanzó una maldición hacia Albus, que detuvo con simpleza. Pero a la primera siguieron una infinidad de maldiciones más. Se atacaban, defendían y reatacaban sin descanso. Transcurrió aproximadamente un minuto de esa forma hasta que hubo una gran explosión sobre ellos que iluminó varios kilómetros a la redonda. Había sido el conjuro de Dumbledore que él había desviado. Unos segundos después comenzó a llover sobre la Madriguera.

Ingeniosamente, Dumbledore describió un par de giros en el aire con su varita, convirtiendo cada gota de lluvia que caía en diminutos cristales luminosos que salieron disparados hacia Voldemort. Éste, velozmente, creó una pantalla frente a él que pulverizó la inmensa cantidad de pequeños cristales que se acercaban. Sin dejar que éstos cayesen, creó una nube con el polvo cristalino que había quedado y la dirigió en torno a Dumbledore, encerrándolo. Solo un instante después, se formó una onda expansiva destrozando la nube que lo tenía encerrado. Antes incluso de que pudiese verse su silueta, varios rayos plateados y serpenteantes salieron disparados hacia Voldemort, quien creyendo que irían hacia él formó una pantalla a modo de espejo para devolverle el hechizo. Sin embargo, los rayos descendieron y desaparecieron bajo la tierra mojada por la lluvia. Sorprendentemente, el hechizo cogió desprevenido al mago tenebroso, que sin saber qué podía esperar se decidió por lanzar una maldición. No pudo hacerlo. Repentinamente, sintió como una fuerza oprimía sus tobillos, apresándolo. Bajó la mirada y vio como dos rayos plateados lo mantenían preso en aquel lugar. A la vez sintió como un hormigueo subía por sus piernas y supo que no le quedaba mucho tiempo antes de que lo paralizase.

Furioso por su estupidez, apuntó con su varita al suelo y gritó. En aquel instante, todo el lugar tembló y una grieta se abrió camino desde él hacia Dumbledore. La brecha en la tierra avanzó súbitamente rodeando al director. La oscuridad no permitía ver donde acababa la profunda abertura en el suelo que había provocado Voldemort. Éste se había liberado, aunque con las piernas prácticamente inutilizadas momentáneamente a causa del hechizo, y Dumbledore se encontraba encerrado en un minúsculo recuadro de tierra rodeado de un precipicio sin fin. Una vez más, se reanudó el intercambio de maldiciones, aquella lucha había comenzado hacía más de un cuarto de siglo, y no tenía intención de acabar esa noche.

La lluvia lo mojaba, pero su fuego seguía imperturbable a su alrededor. Veía el duelo que llevaban a cabo sus dos enemigos, y mientras estuviesen entretenidos, él no intervendría. Uno a uno, y comenzando por el eslabón más débil, eso era lo inteligente, aunque dicho eslabón lo hubiera sorprendido de la forma en la que lo había hecho. Jamás se imaginó que Lord Ruacet fuera un vampiro. En un primer instante le impactó, un rival más rápido, fuerte, ágil y con la capacidad de regenerarse no era una buena noticia. Sin embargo, después de un segundo lo pensó mejor. Irónicamente, también se hacía especialmente vulnerable a la luz, el fuego y la plata, armas que precisamente él dominaba a la perfección.

Con una malévola sonrisa marcada en el rostro, desenvainó la espada de Griffindor de su nuevo cinturón. Pasó la palma de su mano izquierda por la hoja de la espada y unas llamas la envolvieron. Se decidió a envolverse en su elemento y desaparecer, pero cuando fue a hacerlo, vio como un destello azul muy familiar hacia acto de presencia a escasa distancia de Lord Ruacet. La aparición de Hermione lo enfureció. Aquella no era su guerra, le quedaba grande, y él no tenía ni ganas ni tiempo de proteger a nadie.

Nada más aparecer, el heredero de Voldemort había intentado abatir a la de Ravenclaw, que hábilmente había detenido la acometida. Fue entonces cuando la castaña quiso pasar a la ofensiva, pero para su sorpresa, Ruacet se movió tan rápido que no pudo seguirlo con la vista.

- Saluda a tu amiguita de mi parte.- Escuchó Hermione como le decía una tétrica voz al oído. Asustada, pretendió mover su varita, girarse y huir, pero era imposible hacerlo todo a la vez. Los sucesos que siguieron ocurrieron más rápido de lo que podía procesarlos.

Sintió como algo la empujaba violentamente y caía al suelo a varios metros de distancia. Se giró lo más rápido que pudo con la varita en alto esperando defenderse de lo que fuera que hubiese ocurrido. Sin embargo, lo que vio fue como en su lugar ahora se encontraba Hart, empuñando la espada de Godric Griffindor, que se encontraba incrustada en el estómago de Lord Ruacet.

Tenía el rostro del mago tenebroso tan cerca que podía sentir su aliento y como se quedaba sin él. Podía ver con perfección los colmillos de vampiro que sobresalían notablemente de su boca, así como el flujo de sangre que emanaba de ésta. Disfrutando del sufrimiento del Slytherin, retorció lentamente y con odio la espada en su abdomen. Ruacet abrió los ojos aún más y soltó un grito ahogado. Empujó con rabia al chico y extrajo finalmente la espada de su estómago. El vampiro se esforzó por permanecer erguido, pero tras balancearse acabó cayendo de rodillas. Aunque creía saber lo que había hecho, no podía imaginar hasta que extremo estaba haciendo sufrir a quien tenía delante. Lord Ruacet sentía como ardía por dentro, como un infierno imparable e insoportable lo consumía. La espada había salido del cuerpo de Ruacet impoluta y con las llamas flameando en torno a ella, pero no era así en la herida que le había causado, la cual no se cerraba y expulsaba sangre a borbotones.

- ¡Lárgate de aquí!- Bramó Hart girándose hacia Hermione. Ésta seguía en el suelo y con la varita apuntando hacia ningún lugar. La heredera no reaccionó, aquella voz era incluso más aterradora que la de Ruacet. No era una recomendación o un consejo en busca de su seguridad, era una orden. Lo molestaba.- Tú no pintas nada aquí. Esto te supera, eres débil, previsible e imbécil. ¡Huye! ¡Lárgate!- Repitió Hart después de insultar a la heredera de Ravenclaw, que impactada, seguía sin moverse.

Quien le hablaba no era su amigo, aquella actitud no era propia ni de Hart, algo no iba bien. Comprendía el dolor y la ira que debía sentir, pero aquel comportamiento se escapaba de esos sentimientos. Viendo que la castaña seguía sin reaccionar, inspiró profundamente, empuñó la espada con ambas manos y giró ciento ochenta grados. Sin detenerse en su giro, bajó contundentemente la espada seccionando esta vez el brazo derecho de Ruacet desde el hombro. El chico intentó chillar de dolor, pero un vómito de sangre se lo impidió. Sujetó la espada con la izquierda mientras con su mano libre creaba una llama de fuego y la lanzaba contra el hombro del Lord, cauterizando la herida e impidiendo un mayor sangrado. No quería matarlo aún. La quemadura provocó que el mago gimiese y se retorciese desesperado sobre su propia sangre. La escena era tan asquerosa para cualquiera como placentera para él.

- Ya es suficiente, mátalo si quieres.- Concedió Hermione ya incorporada y situada junto al moreno, observando la aterradora tortura. Ella no estaba de acuerdo, pero la muerte era mejor que lo que veía.

- ¡Cállate!- Bufó Hart volviéndose hacia ella y golpeándole el rostro con el dorso de la mano, tirándola de nuevo al suelo.- Yo decidiré cuando es suficiente. ¡Imperio!- Conjuró hacia la heredera, quien inmediatamente se pudo en pie.- ¡Lárgate! Y llévate a cuantos puedas contigo.- Ordenó hacia la chica, que víctima de la maldición, dio media vuelta, dirigiéndose hacia sus amigos. Estaba obligada a obedecer, lo que le suponía un problema menos, no quería ni sentirla cerca. En aquel momento odiaba al mundo.

Percibió algo a su espalda e incrementó el fuego a su alrededor, envolviéndose completamente en una llama gigante y oscura. Escuchó un gemido de dolor y entonces volvió a girarse hacia Ruacet. Su ropa humeaba, tenía quemaduras en la cara e intentaba mantenerse en pie como podía. Era fascinante, lo sentía todo a su alrededor, cada movimiento, cualquier alteración de la magia, por minúscula que fuese. Y si eso no era lo suficientemente seductor podía sentir un poder ilimitado dentro de él. Se sentía más fuerte, más ágil, más veloz e inmensamente más poderoso. No necesitaba pensar, actuaba. Su cuerpo reaccionaba antes de que él lo ordenase. Se sentía invencible.

- Vaya, reconozco que te he subestimado.- Admitió Hart serio mientras asentía con la cabeza. Estiró su brazo derecho hacia el suelo y el fuego se extendió dibujando un círculo en torno a ellos. Una cortina de llamas negras de aproximadamente un metro y medio de altura los rodeaba, encerrándolos. Lord Ruacet no podía huir de él, no podía ni desaparecerse, el controlaba aquél espacio. Ante la imposibilidad de atacarlo físicamente a causa del fuego, el mago tenebroso sacó la varita. Hart rió ante dicha acción. La risa de Hart provocaba terror, Ruacet no sabía como saldría de allí.- Te voy a matar, hijo de puta. Pero antes te haré s…- Pero se detuvo ante un rayo verde que Ruacet había conjurado hacia él. Con un gesto apático, Hart detuvo la maldición.- Antes te haré suplicar clemencia. ¡Crucio!- Completó Hart lanzando un potente rayo rojo que el Slytherin pudo detener.- Quetza, sal y hazlo sufrir.- Ordenó a su serpiente. El mago tenebroso estaba tan tenso y exaltado que no se percató de que lo que había escuchado era pársel, lengua que obviamente conocía. Ruacet quedó conmocionado cuando vio como una gran serpiente negra con destellos dorados emergía bajo el pantalón de Hart. Éste usó la confusión del mago para lanzar otra maldición que impactó de lleno en su pecho. Ruacet cayó al suelo y comenzó a experimentar espasmos y temblores involuntarios de todos los músculos del cuerpo, pero se resistía a gritar. Le sorprendía la resistencia del chico, la herida del estómago seguía sangrando sin parar y había supuesto que perdería la consciencia. Quetza llegó hasta él y cumpliendo los deseos de su amo mordió la pierna del Lord. Casi instantáneamente, la piel del rostro de Ruacet tomó una tonalidad violácea y su cuerpo vibró intensamente unos segundos hasta que finalmente volvió a la normalidad y cesaron los temblores. La cobra elevó la parte delantera de su cuerpo desplegando amenazadoramente la piel de los laterales y miró hacia su amo pidiendo alguna indicación.

Había sido estúpido por su parte, debía haber sabido que el veneno no le afectaría, era un vampiro. Eso explicaba muchas cosas, como por ejemplo por qué seguía vivo. La hoja de la espada que empuñaba había asimilado y aún mantenía gran parte del veneno del basilisco que él había matado hacía varios años. Normalmente, no daba tiempo a sus víctimas para sentir el veneno, los decapitaba y mataba antes de poder hacerlo. Solo había herido con la espada a dos enemigos que no hubieran muerto, el rey vampiro Nordman y Rabastan Lestrange. Éste último había huido poco después y suponía que había sido Voldemort, sin saber muy bien como, quien contrarrestó los efectos del veneno. Nordman, al igual que Ruacet, era un vampiro, y como había tenido el placer de presenciar eran inmunes al veneno. Ya estaban muertos por dentro.

- ¿Crees que deberíamos hacer lo mismo?- Preguntó un chico pelirrojo con voz dubitativa mirando a su derecha. La heredera de Ravenclaw acababa de desaparecer de su lado para materializarse a pocos metros de Ruacet.

- Creo que lo mejor que podemos hacer es esperar y confiar en que todo salga bien.- Contestó Neville Longbottom con resignación sin desviar la mirada.- Únicamente les estorbaríamos, aquí podemos ser más útiles.- Opinó el Griffindor ahora sí mirando a Ron, quien aún sostenía con fuerza su varita, al igual que él. En aquel momento vieron como Hart aparecía y Hermione caía al suelo. Desde donde estaban pudieron observar como su amigo clavaba la espada de Griffindor en el Lord y después se giraba hacia la heredera, con gestos de enfado. Ninguno de los dos tenía idea alguna sobre lo que podían estar discutiendo, aunque ya habían visto a Hart furioso cuando había llegado. Algo que consideraban comprensible, su amigo debía estar destrozado por la muerte de Angelina.

- ¡¿Qué demonios pasa?- Clamó repentinamente Ron cuando vio como Hart golpeaba a la chica en la cara haciéndola caer de nuevo al suelo. El Weasley tuvo el impulso de salir corriendo hacia ellos, pero consciente de dicho impulso, Neville lo sujeto por el hombro.- Suéltame. ¿Cómo se le ocurre? Me va a oír…

- ¿Los conocéis?- Preguntó la aguda y a la vez firme voz de Ginny Weasley. Los dos chicos miraron hacia la pelirroja con una expresión en el rostro de confusión y sorpresa por la pregunta.- Habláis como si conocierais a los herederos.- Aclaró esta vez la Weasley sin necesidad de preguntar, lo afirmaba.- ¿Y dónde está Hermione? La vi aquí hace quince minutos…

- Menudas tonterías dices.- Sentenció Ron negando con la cabeza a la vez que se deshacía de la mano de Neville que lo agarraba.- Y Hermione resultó herida, la dejé en un lugar más seguro.- Mintió el pelirrojo intentando sonar lo más convincente que podía. Neville, a su lado, no pronunciaba palabra, en gran parte porque veía como la heredera de Ravenclaw se dirigía hacia ellos. Ginny intentó replicar, pero fue entonces cuando ella también se percató de que la heredera vestida de azul y bronce se encontraba a pocos metros de allí.

- Vámonos de aquí.- Soltó la heredera al llegar hasta ellos, ni lo había dicho para sus amigos ni eran solo sus amigos los que la miraban.- Están luchando ellos, es el momento perfecto para escapar, Hart lo tiene todo bajo control. Deben marcharse.- La voz de Hermione, aunque segura y fuerte como siempre que se escondía bajo la apariencia de heredera de Ravenclaw, era diferente. Y tanto Neville como Ron, lo notaron. Podía ser que estuviese enfadada o dolida por lo que acababa de suceder, pero no era lo que percibían los chicos. Su voz era inalterable, imperturbable, con una indiferencia anormal en aquella situación y nada común en ella, pero sí muy habitual en otro de sus amigos.

-¿Cómo dice?- Preguntó Ron pasmado por las indicaciones de la castaña. Quería mantener las distancias, pero no sabía muy bien como hacerlo.

- ¿No me oye? Todos fuera de aquí. Es una orden de Hart. Éste es el único momento que tenemos para huir y ponernos a salvo, de un momento a otro los mortífagos volverán a atacar.- Advirtió Hermione duramente. Entonces, con una floritura de varita, apuntó a una piedra del suelo y la transformó en una bonita alfombra verde.- Tóquenla, nos llevará lejos de aquí.- Indicó la heredera colocándose a un lado de la alfombra, pero nadie la siguió. Sus dos amigos estaban desconcertados con su actitud, mientras que los demás simplemente no entendían porque aquella mujer les decía algo así. Abandonar el lugar supondría la victoria de Voldemort y que los Weasley perdieran absolutamente todo lo que tenían.

- La heredera tiene razón.- Concluyó Neville serio, moviéndose y colocándose al lado de Hermione. Durante un momento hubo dudas sobre como reaccionar, pero después, lentamente se fueron acercando los magos que habían sufrido algún tipo de daño, los niños y los ancianos que aún quedaban en los alrededores de la Madriguera. Eran aproximadamente unas veinte personas las que se habían aglutinado alrededor del traslador. Ninguno de la familia Weasley ni de la Orden del Fénix estaban entre ellos.

- Volveré en un minuto para que los que quieran puedan acompañarnos.- Anunció la heredera secamente mientras apuntaba con la varita hacia el centro de la alfombra. Corroboró que todos la estuviesen tocando y volvió a hablar.- Nos vamos, tres, dos, uno…- La alfombra se elevó unos centímetros y fue entonces cuando Neville actuó. Dejó de tocar la alfombra y se abalanzó contra Hermione. Ambos cayeron y rodaron por la tierra mientras el traslador desaparecía. Nadie entendía que era lo que ocurría.

- ¡Desmaius!- Exclamó Neville desde el suelo, con su varita a pocos centímetros del estómago de su amiga. Ésta salió despedido varios metros y perdió el conocimiento.

- ¿Se puede saber que haces?- Susurró Ron al oído de su compañero recriminando su actitud. El pelirrojo se había acercado hasta él y lo había ayudado a levantarse.

- Imperius…- Se limitó a pronunciar Neville caminando hacia la amiga a la que acababa de aturdir. Después de que en el torneo la oponente de Harry fuera víctima de la maldición, éste lo había informado sobre la maldición, como detectarla y como anularla. Él no era ningún erudito en la Legeremancia y no podía ver el rostro de Hermione, algo muy importante, pero conocer a la persona maldecida contrarrestaba esas deficiencias.

- Bien hecho señor Longbottom.- Valoró una voz gruñona desde la lejanía a la vez que se abría camino como podía, la tierra estaba mojada y caminar por el terreno con una pierna artificial le dificultaba el paso.- Nunca me han gustado los magos o brujas que ocultan su rostro en las sombras. Ahora podremos saber quien se esconde bajo esa máscara.

- ¡NO!- Gritaron al unísono Neville y Ron provocando aún más confusión en todos los presentes. Moody se detuvo un momento y se giró para observar a los chicos. Se encontraba medio camino entre ellos y la heredera.

- Siempre ha ayudado, se ha ganado el derecho a que confiemos en ella.- Intentó explicarse el Weasley mientras Neville se acercaba a la heredera.- Si no desea que se sepa quien es, no entiendo por que debemos obligarla.- Argumentó el pelirrojo con la voz algo frágil, sabía que no podría retener a Moody, pero debía darle tiempo a Neville para que la despertase. Tanto Hermione como Harry les habían dejado claro la primera norma, nadie podía descubrir la identidad de los herederos.

- ¡Infdag!- Pronunció creando una docena de cuchillas que cortaban hasta el aire y provocaban heridas por todo el cuerpo del Slytherin. Éste gemía, se retorcía e intentaba gritar de dolor, pero no podía, tenía la respiración bronca y entrecortada, además de la sangre que seguía expulsando por la boca.

Entonces, colocó la espada sobre la palma de su mano derecha, la hoja de ésta continuaba incandescente, pero a él no le hacía daño alguno. La espada de Godric Griffindor no tocaba su piel, sino que levitaba unos centímetros sobre su mano. Él no podía manejar el metal o los objetos de su alrededor a su antojo, pero la espada estaba completamente cubierta por el fuego, y eso sí lo manejaba a su voluntad. La espada, lentamente, se deslizo por el aire hasta llegar donde se encontraba Ruacet, quien seguía gimiendo de dolor, aunque las cuchillas ya hubieran desaparecido.

Cuando el mago tenebroso pudo abrir los ojos y mirar a Hart, solo pudo ver como una punta afilada apuntaba directamente entre sus ojos, a unos cinco centímetros. Se quedó inmóvil, no sabía que hacer, no podía hacer nada. Había intentado desaparecer y huir, pero tampoco podía, lo tenía atrapado. Le faltaba su brazo derecho, tenía un agujero en el estómago que no se cerraba, no paraba de sangrar y le producía un dolor insoportable. Estaba débil, dolorido y en aquel momento, indefenso. Permanecer inmóvil fue la mejor idea que se le ocurrió. Estaba sentenciado a morir, lo sabía. Ya se había enfrentado a Hart antes, y aunque sus cualidades eran extraordinarias, aquella noche no era el mismo. Sin embargo, no tendría la suerte de morir. La espada bajó recorriendo su cara hasta llegar a su pecho, donde con solo rozarla, cortó en dos su ropa y dejó a la vista su cadavérico torso. Fue entonces cuando el extremo de la espada lo tocó. Sintió una potente punzada de dolor a la vez que veía como la espada comenzada a cortar la carne de su pectoral derecho. Pero no solo le cortaba, le abrasaba, aquella hoja le incendiaba el alma. A esas alturas, solo por el orgullo que debía mantener, se esforzó por no dar la satisfacción de gritar, pero fracasó al no poder evitar gemir y mover la cabeza, desesperado. Quiso moverse, apartarse de aquella espada infernal, pero no podía, cuanto más se resistía, más fuerte empujaba ésta aprisionándole contra el suelo.

A tres metros de distancia, Hart estaba disfrutando de una sensación que pocas veces había experimentado en la vida. Únicamente su tortura a Bellatrix se asemejaba a lo que estaba haciendo aquella noche. Continuó con el brazo extendido hacia Ruacet guiando la espada a través de su pecho durante algo más de un minuto. Con una reacción que a cualquiera asustaría, Hart soltó una carcajada, fría, sanguinaria y cruel.

Lord Ruacet, tras lo que le pareció una eternidad experimentando un auténtico suplicio, miró hacia su pecho. Para su horror, vio dos letras dibujadas sobre él. Torprey Hart había grabado a fuego sus iniciales en su cuerpo. No podía más, había aguantado torturas antes, pero nunca nada parecido a lo que sufría en aquel momento. Estaba padeciendo una tortura moral y física que ni su cuerpo ni su mente eran capaces de soportar. El mago tenebroso había dejado de serlo, en aquel instante solo era un chico de quince años, aterrorizado y desesperado. Y Hart lo sabía.

De manera intimidatoria, Hart caminó pausadamente hacia el rubio hasta llegar a su lado y empuñar de nuevo la espada que levitaba sobre él. El heredero de Griffindor se arrodilló, sujetó fijamente la espada con ambas manos, y atravesó con ella el corazón del chico, que elevó la cabeza y abrió la boca produciendo un grito desgarrador. Como había hecho antes en su estómago, retorció la espada y secamente, la extirpó del pecho del muchacho.

- No entiendo para que necesita corazón una criatura inmunda como tú.- Sentenció Hart con voz dura e inclemente.

- Ppp… Por… Ffff- El heredero de Voldemort intentaba hablar, pero la sangre que escupía y el inmenso dolor que sentía se lo impedían.- F…fav…or…Pi…Piedad.- Otra salvaje carcajada llegó hasta los oídos de Ruacet cuando Hart entendió sus palabras.

- Me alegro de escuchar eso. Tranquilo, esto acabará pronto, solo un último detalle.- Consoló sarcásticamente Hart mientras envolvía su mano derecha en una llama negra. La gelidez de su voz era abrumadora, y la serenidad e imperturbabilidad de sus palabras hicieron que Carl Dorteu no pudiese imaginarse ni en la peor de sus pesadillas lo que vendría a continuación. Sin evidencia alguna de escrúpulos y ayudándose por toda la ira que contenía en aquel momento, intensificó aún más su poder alrededor de su puño y golpeó el pecho del chico en el mismo lugar donde un instante antes había clavado la espada.

Fue inhumano, sangriento y lo más despiadado que jamás se hubiera figurado. La piel y músculos del muchacho ardieron y la mano de Hart se introdujo en su pecho. Lo que experimentó Ruacet era inexplicable, deploraba un sufrimiento y un dolor fuera de toda imaginación posible. Las facciones de su rostro se tensaron y formaron una imagen aterradora. Los ojos extremadamente abiertos, casi fuera de sus órbitas y con la mirada dirigida hacia ninguna parte, la boca ensangrentada y torcida que luchaba por dejar escapar un terrorífico y enloquecido grito, esa era la imagen del dolor más desolador y espantoso que Ruacet había padecido jamás.

Con la misma delicadeza con la que había introducido su mano, es decir, ninguna, la extrajo, aunque no era solo su mano lo que había salido del cuerpo del Slytherin. Dentro del puño flameante de Hart, sangraba un corazón humano, un corazón muerto. Olvidándose por un momento de Ruacet, se levantó y analizó en que situación se encontraba. Tenía en su mano el corazón de Lord Ruacet, el corazón de un chico más joven que él, el corazón de un vampiro y un asesino. La escena era repulsiva, nauseabunda y horrible para cualquier que pudiera observarle, pero él, aunque solo fuera por un segundo, sintió alivio. Sintió como durante un instante, el nudo de su estómago y la opresión en su propio corazón se atenuaba. Era el sabor de la venganza, su recompensa. El gran problema de aquel sentimiento era su condición efímera. Un segundo después de que el dolor y la angustia que sentía se mitigasen momentáneamente, todos esos sentimientos volvieron a invadirle con más fuerza que antes. Con rabia, lanzó el órgano vital por los aires y seguidamente creó una bola de fuego que proyectó contra él, volatilizándolo. Queriendo aparentar una paz y sosiego que no poseía en aquel momento, guardó su espada en la funda que sujetaba su cinturón y recuperó su varita.

- He oído que sentir la luz del sol en la piel es la peor muerte que puede experimentar un vampiro.- Comentó Hart simulando curiosidad. Ruacet estaba débil y había perdido mucha sangre, pero no era solo por ello por lo que no podía sanar sus heridas. Aquél fuego lo abrasaba e le impedía regenerarse. El lord usó sus últimas fuerzas para levantar el cuello y mirar a Hart. Sabía que era su fin, un final doloroso, cruel y prematuro, pero inevitable. Había subestimado a aquel mago, había despertado a la bestia que escondía en su interior Torprey Hart.- Nos volveremos a encontrar en el infierno, solo que tú me esperarás allí desde esta noche. ¡Lumos Solem!- Sentenció Hart creando un potentísimo fogonazo de luz solar hacia el vampiro.

Lord Ruacet emitió un grito de sufrimiento y desesperación, envuelto en una luz que lo consumía. Su piel humeaba y se derretía como si de mantequilla se tratase. Era una imagen repulsiva, una imagen horrible de la que Hart no podría disfrutar un instante más. Un rayo negro se interpuso entre él y su víctima causando una explosión, una explosión que lo lanzó por los aires más de diez metros. Sin embargo, Hart consiguió recomponerse y despareció entre llamas antes de golpearse contra el suelo.

- Vaya, has acudido más rápido de lo que pensaba a recoger la basura.- Provocó con voz burlona Hart, apareciendo de nuevo a escasa distancia de Voldemort.

- ¿Cómo te atreves? Debes ser muy engreído además de estúpido para hablarme así. Yo eliminaré ese tono vanidoso y alegre de tu voz.- Contestó Voldemort con desprecio y odio.

- ¿Eso será antes o después de sacar esa bolsa carne podrida y huesos de aquí?- Volvió a soltar Hart con sorna, irritando aún más a Voldemort. Aunque la escena aparentase divertirle, no era así. Ruacet seguía vivo, quedaba poco de él y se encontraba más cerca del otro mundo que de éste, pero seguía con vida. Lord Voldemort había intervenido tan solo unos segundos antes de que pudiera acabar con él. Intrigado por la situación, un cansado Albus Dumbledore los observaba desde una distancia prudencial.

- ¡AVADA KEDAVRA!- Rugió el mago tenebroso generando un intenso haz de luz verde hacia Hart. No aguantaría un instante más las burlas de aquel insolente. Había comenzado la noche creyendo que era él quien tenía el control y quien lo exasperaba, pero nada más lejos de la realidad. Era Torprey Hart quien parecía dominar la situación, pocos magos en el mundo se habían atrevido nunca a hablarle así, y los que lo habían hecho estaban muertos. No era capaz de soportar su presencia, su mera existencia en el mundo lo irritaba. Sin demasiada dificultad, Hart elevó su varita secamente, desviando la maldición lo justo para que pasase de largo a su derecha y acabara impactando en dos mortífagos, que no pudieron hacer sino caer inertes al suelo.- ¡¿A qué esperáis para atacar inútiles?- Bramó Voldemort con evidente enfado dirigiéndose hacia sus mortífagos.- ¡Acabad con todos!

La reacción de los mortífagos no se hizo esperar. Maldiciones de todo tipo comenzaron a cruzar el aire en todas las direcciones imaginables. La tregua ficticia había acabado. Él solo esperaba que Hermione hubiese acatado su orden y se hubiese llevado a cuantos pudiera de allí, aunque la sensación que tenía era que la chica no estaba ya bajo su maldición. En cualquier caso, poco le importaba ya lo que ocurriese, cualquiera que se hubiese quedado sabía a lo que se exponía. Él solo buscaba venganza. Cerró los ojos, dirigió las palmas de sus manos hacia el fuego y se preparó.

- Wallignis eris…- Pronunció con calma. Sin embargo, su apacible tono de voz no se trasladó a lo que ocurrió después.

El fuego a su alrededor centelleó y multiplicó su tamaño por diez, formando auténticas paredes de fuego. Las maldiciones llegaban hasta él pero antes de que pudieran alcanzarlo se desintegraban en el oscuro fuego que lo rodeaba. Un instante después, las paredes de fuego se desplazaron hacia los lados formando un círculo. Los torrentes de fuego calcinaban a cualquier desafortunado que se encontrase en su camino. Hart abrió los ojos y vio a ambos magos con las varitas preparadas, dispuestos a defenderse. Sonrió, no era quemarlos lo que él quería. Para su pesar, en aquel momento Voldemort intuyó lo que pretendía. Se giró rápidamente hacia su discípulo y tras decirle unas palabras que él no logró descifrar, con un movimiento de su varita hizo desaparecer al moribundo Lord Ruacet. Unos segundos después, las dos paredes negras se encontraron, formando un círculo perfecto que atrapaba a los tres magos dentro de él. El fuego alcanzaba más de quince metros de altura, no podrían escapar.

- Si queréis salir de aquí con vida tendréis que matarme antes. Experimentaréis el calor del infierno antes de acabar en él.- Amenazó Hart empuñando la varita con rabia, aquella era su oportunidad, no tendría otra. La temperatura del ambiente subió repentinamente, y no pararía de subir mientras siguiesen rodeados por aquel muro de fuego. No disponía de más de diez minutos, ni él se libraría en aquella ocasión de sufrir su propio poder.

- Encantado de salir de aquí entonces. ¡Crucio!- Aceptó con ironía Lord Voldemort comenzando de nuevo con la lucha. Sin embargo, tanto él como Dumbledore eran conscientes de que Hart no mentía. Las gotas de sudor ya habían comenzado a brotar de la piel de los tres magos…

Los alrededores de la Madriguera volvían a ser un campo de batalla y era Remus Lupin el que ahora lideraba a los magos de la Trinidad intentando resistir. Había aparecido junto a Hart, pero poco tiempo había permanecido el chico a su lado. Había aparecido además de con él, con los magos de la Trinidad y con los vampiros que éste había llamado, ocultando su rostro al igual que todos ellos. Sabía que no podía permitir que lo vieran con ellos, supondría un problema para él y para Harry. El lugar en el que se encontraba le había dejado ver parte de las acciones de Hart, excepto ahora, que lo había ocultado una gran pared de fuego, junto a Voldemort y Dumbledore. Pero la realidad era que preferiría no haber visto nada. Había estado lo suficientemente cerca para ver como el chico torturaba a Ruacet sin piedad y como se enfrentaba a su propia compañera lanzándole una maldición Imperius. Y había tenido suerte de que las llamas le hubiesen impedido ver lo que el chico había hecho cuando se había agachado al lado del mortífago, ya que fue cuando escuchó el grito más desolador de todos. Sin embargo, no era solo la tortura lo que lo había perturbado, por mucho que Harry hubiera cambiado, él no maldeciría ni pegaría a su propia compañera. Algo era diferente.

Él no conocía a ninguno de los magos de la Trinidad, esa había sido una de las normas básicas del grupo, pero lo que sí sabía era que aquellos magos no eran aficionados, sabían defenderse. Hart y las demás herederas habían hecho un buen trabajo eligiendo a los miembros. Sin embargo, los vampiros eran otra historia. Hart ya se lo había comentado, eran cosa suya. Estaban organizados, luchaban por su cuenta y no aceptarían otra orden que no fuera la de Hart, a no ser que ocurriese algo excepcional. Conscientes de que la unión suponía la fuerza, especialmente en menor número como sucedía en aquella ocasión, se abrió paso junto a los demás hasta llegar a sus compañeros de la Orden, quienes aunque sabían que la ayuda provenía de Hart, la aceptaron sin dudar. No podían hacer otra cosa. La imagen que tenían frente a ellos era sobrecogedora. Frente a ellos, una gigantesca columna de fuego se elevaba irradiando un calor que llegaba hasta ellos. A cada lado de esa columna se aglutinaban tantos mortífagos que era imposible contarlos. Intentaban rodearlos, con la ventaja de que tenían la casa de los Weasley detrás, pero aún así los atacaban desde la derecha y la izquierda, acorralándolos.

Aguantaban, pero a cada minuto que pasaba alguien resultaba herido o moría. Cada vez eran menos, sin embargo, no daba la impresión de que también los mortífagos disminuyeran en número. Tras unos minutos de un cruce constante de maldiciones sin parar, una serie de apariciones llamaron la atención de todos. Habían aparecido como medio centenar de personas, algunas vestidas con ropa de color azul con las siglas EUM y otras con la indumentaria del Ministerio. Alguien debía haber avisado y pedido ayuda. "Bendito sea" pensó Lupin para sí mismo.

Él se encontraba a pocos metros de Lupin, no sabía exactamente quien era pero sabía que debía ser alguno de los encapuchados de la Trinidad que luchaban juntos a ellos. Había conseguido que Hermione volviese en sí sin generar demasiadas sospechas y sin que a Moody le diese tiempo a llegar hasta ella. Sin embargo, la heredera no se encontraba en su mejor momento. Estaba dolorida y magullada a causa tanto de los golpes como del aturdidor que le había lanzado, además, estaba agotada por la maldición y por haber intentado resistirse mientras era víctima de ella. Pero lo que más daño le hacía a su amiga, y él lo sabía, era que hubiese sido Harry quien lo había hecho.

Vio como a su izquierda, en una zona alejada y algo elevada, se producían varios destellos y decenas de magos iban apareciendo. No fue su atención la única que captaron, los mortífagos también se habían percatado de su presencia. Neville ya sabía quienes eran, Harry le había hablado más de una vez sobre el ejército de la unión. No supo si lo que ocurrió a continuación fue una coincidencia o los mortífagos estaban esperando aquello, pero cuando dichos magos se dirigían hacia ellos con las varitas preparadas para atacar, se produjo una explosión tras él. Sin embargo, cuando se giró descubrió la verdad, los mortífagos también tenían refuerzos.

Un dragón morado sobrevolaba los aires y había sido quien había lanzado una bocanada de fuego sobre la Madriguera. Por otro lado, seis gigantes habían aparecido entre ellos y los magos del Ministerio, acompañados por al menos una veintena de hombres lobo transformados. La situación se complicaba bastante.

- ¡Ron, échame una mano!- Pidió el Griffindor con voz decidida a la vez que se agachaba y pasaba por detrás de los que seguían luchando con los mortífagos. El pelirrojo lo miró y al descubrir a lo que se refería su amigo vaciló un momento. Sin embargo, lo siguió, no podía dejar a Neville solo, había estado preparándose para eso.

- ¡Incárcero!- Conjuró el Weasley hacia un licántropo que se encontraba a bastante distancia aún de ellos. Las cuerdas salieron disparadas hacia él, pero pudo esquivarlas lo suficiente para que solo le diesen un latigazo. Fue entonces cuando el hombre lobo realmente se percató de su presencia y se lanzó a por él.- ¡Desmaius!- Volvió a intentar. Ésta vez un destello rojo salió de su varita hacia la criatura, que tan veloz como antes se lanzó hacia un lado esquivando el conjuro. Ya casi lo tenía encima, estaba a diez metros y volvía a correr hacia él. La varita tembló durante un momento en su mano, su corazón latía acelerado y su instinto le decía que huyera de allí. Negándose a que el pánico lo dominara, inspiró profundamente y una palabra salió de su boca incluso antes de pensarla.- ¡Bladargentum!- Pronunció con el hombro lobo a menos de tres metros y a punto de saltar sobre él. Se produjo un pequeño resplandor durante un instante y una daga plateada se proyectó contra la criatura, que estando tan cerca y debido a la velocidad a la que había salido la daga, no le dio tiempo a esquivar y le impactó en el pecho, exactamente debajo de la cabeza. El licántropo aulló de dolor y se desplomó. Fue entonces cuando Ron pudo suspirar de alivio expulsando el aire que antes había inhalado. Ahora entendía un poco mejor a Harry y su entrenamiento, la realidad se alejaba, y mucho, de cualquier experiencia que pudiesen practicar en la sala.

- Blackarcelus rex- conjuró Neville hacia un gigante usando otra enseñanza de su amigo. Dos rayos negros salieron de su varita, alcanzando las piernas del gigante y enrollándose en éstas. Cuando la criatura se percató de lo que ocurría, tropezó y cayó provocando un gran estruendo.

- ¡Imunfóvea!- Formuló Ron dirigiendo la varita hacia la izquierda de Neville, quien no se había percatado de que un hombre lobo iba a por él. Aparentemente no hubo hechizo alguno, sin embargo, cuando el licántropo dio una zancada más, la tierra bajo sus patas cedió y desapareció, cayendo en un foso. Neville, sorprendido, descubrió lo que había sucedido y dirigió una mirada de agradecimiento a su compañero.

- ¡CUIDADO!- Gritó una voz femenina tras ellos. Cuando ambos chicos se giraron, vieron como una bestia alada caía directamente hacia ellos con la mandíbula abierta. Cada uno hizo lo primero que se le ocurrió, el Weasley agitó su varita y creó un escudo frente a ellos mientras que el Longbottom hizo lo mismo con la suya pero lanzando un hechizo de conjuntivitis que impactó en el rostro del dragón. Las dos acciones fueron correctas, pero ninguna evitó lo inevitable. El dragón rugió y de sus fauces emanó un inmenso torrente de fuego. Fue entonces cuando la misma que los había avisado, actuó. Hermione extendió su brazo derecho con la mano abierta y creó una intensa ráfaga de viento que chocó contra el chorro de fuego y lo desvió pocos metros antes de que llegase hasta sus amigos. Tuvo que mantener su poder durante los segundos que duró el intenso ataque del dragón. Estaba tocada, físicamente y en orgullo, pero tenía fuerzas suficientes para dominar su elemento. Y si no las tenía las sacaría de donde fuera, no dejaría a sus amigos solos ante semejante peligro.

El dragón terminó de escupir fuego pero no se detuvo en su descenso. Conscientes de que impactaría con ellos, los dos chicos corrieron y se tiraron ambos hacia el lado donde estaba la heredera, ya que el otro estaba en llamas a causa del fuego que Hermione había desviado. La criatura alada, al no poder ver, no supo controlar la distancia que quedaba hasta el suelo y acabó golpeándose violentamente, emitiendo un rugido de enfado y dolor. Sin embargo, no fue el único sonido que escucharon.

Repentinamente, la columna de fuego que creó Hart había comenzado a expulsar llamaradas y a emitir pequeñas explosiones, algo que solo duró unos segundos, ya que inmediatamente todo el fuego remitió y la columna desapareció, dejando ver lo que había ocurrido. En esta ocasión todo el mundo continuó luchando, pero todos miraban de reojo, inquietos con el resultado que se hubiera producido. La primera figura que se vio fue la Albus Dumbledore, de pie, sin moverse y con la varita en la mano. Su ropa estaba quemada por algunas zonas y se veía humo salir de ella. Estaba ligeramente encorvado, pero no parecía herido a primera vista.

- ¡No huyas! ¡Cobarde!- Bramó la ruda y enérgica voz de Torprey Hart entre la confusión.- ¡Muere conmigo! ¡Da la cara!- Volvió a gritar la misma voz. Fue entonces cuando los demás pudieron ver al mago que gritaba. Su indumentaria se encontraba en el mismo estado que la del director de Hogwarts, chamuscada por zonas y humeante. La diferencia era que todo el brazo derecho de Hart estaba desnudo y cubierto de sangre. Daba la impresión de que el brazo colgaba de su hombro, lo tenía completamente inutilizado. Caminaba con la varita empuñada con la mano izquierda, pero su caminar tampoco era natural, sufría algún tipo de cojera por alguna razón que no era posible ver.

El último grito de Hart cobró un mayor significado, e incluso un tono irónico cuando vieron a Lord Voldemort. En su caso no había sido solamente su ropa la que había sufrido el fuego. El lado derecho de su rostro estaba abrasado, irreconocible. En ese lado de la cara del Lord resaltaban dos colores, el negro de la piel carbonizada y a la vez en otras partes el rojo por la piel quemada de la emanaba incluso algún hilo de sangre. El rostro de Voldemort siempre había infundido temor, pero en aquel momento el sentimiento que desprendía estaba entre el horror, la repulsión y el terror. El mago tenebroso también mantenía empuñada su varita desde la que salía una luz intensa de color rojo que formaba una pantalla unos metros delante de él. Voldemort intentó dar unos pasos hacia atrás pero sus piernas le fallaron y se tambaleó, cayendo con la rodilla derecha al suelo, teniendo que ayudarse también de su brazo para no perder totalmente el equilibrio. Su expresión facial no era capaz de reflejar el odio que sentía en aquel momento ni tampoco la vergüenza. Haciendo acopio de sus fuerzas y de su orgullo, se impulsó con el brazo y volvió a ponerse en pie. Hart no atacaba, pero Voldemort continuaba manteniendo el escudo.

- ¡Fulmencomp!- Conjuró Hart sin que en un primer momento ocurriese nada. Después, con la mano izquierda, la única que le quedaba sana y con la que sujetaba la varita, hizo un movimiento brusco y de la varita salió un rayo.

Fue resplandeciente, eléctrico y fugaz. No daba la impresión de que fuera una maldición en forma de rayo, sino que era auténtico. La protección del mago tenebroso no pudo hacer nada y el rayo fue tan rápido que era imposible reaccionar. Sin embargo, la trayectoria de éste era aleatoria e impredecible, pasando a escasos centímetros a la izquierda del mago tenebroso, pero lo suficientemente cerca como para incendiar la tela de la túnica que cubría su brazo casi a la altura del hombro. El rayo acabó chocando contra la tierra provocando un sonoro estruendo y dejando un agujero en dicho lugar. Hart quiso hacer otro gesto pero esta vez Voldemort reaccionó rápido, se pasó la varita a la mano derecha y creó una esfera plateada de aproximadamente medio metro de diámetro que se elevó quedando flotando en el aire frente a su cabeza. El rayo de Hart salió pero impactó de lleno en la esfera que lo hizo rebotar en otra dirección diferente y ésta vez acabó llegando hasta un mortífago, que tembló violentamente durante un instante y después cayó inerte al suelo. Hart agitó varias veces más su varita, pero cada rayo era atraído por la esfera para ser después rechazada en cualquier dirección.

Instantáneamente fuera de peligro, Voldemort aprovechó el momento. Lanzó varias maldiciones contra Hart, que aunque menos hábil con la varita en su mano menos buena, le sobraba habilidad para defenderse. Pero tras detener las maldiciones, Hart se encontró con que la esfera que había creado Voldemort se le venía encima. Movió rápidamente su varita para intentar detenerla, pero al hacerlo, ésta estalló originando una densa nube gris que lo envolvió. Mantuvo la varita en alto para defenderse de lo que fuera que intentara Voldemort, pero esperó en vano.

- Hoy ha sido tu amiguita de Hufflepuff, mañana será la otra… Y cuando llegué el momento, te mataré a ti.- Escuchó como le decía la irritante, amenazadora y nauseabunda voz de Lord Voldemort. Pero su sorpresa era que no podía averiguar de donde venía la voz, no procedía de ninguna dirección concreta. Cuando la nube gris que le impedía ver se disipó vio por qué, Voldemort había desaparecido.

- ¡Joder!- Se quejó Hart alzando la voz. Lo había dejado escapar. Tal vez no había sido exactamente así, Voldemort no estaba ni mucho menos acabado, pero sí que lo había puesto en una situación comprometida. Algunos de los mortífagos que vieron que su señor desaparecía comenzaron a imitarle, aunque la mayoría continuó luchando. Mientras tanto, Dumbledore seguía en el mismo lugar, sin mover un músculo. En unos minutos se encargaría de él, pero antes terminaría con la batalla. Percatándose de que la Madriguera volvía a estar en llamas, extendió el brazo hacia la casa y en unos segundos el fuego desapareció. Después, quiso extraer la espada de su vaina, pero un mareo repentino lo invadió haciéndolo tambalear. Había derrochado mucha energía, conjurando magia como nunca había hecho, pero aún así sentía que podría seguir horas allí. Se le nubló la vista durante un instante y sacudió la cabeza instintivamente a la vez que parpadeaba repetidamente. Aquello no era solo debilidad, la nube que lo había envuelto debía haberlo aturdido, o algo más que no había previsto. Cerró los ojos un momento y se concentró, le faltaba muy poco, no podía rendirse ahora. Finalmente empuñó la espada y la desenvainó. La colocó horizontalmente frente a él y la soltó, dejándola suspendida en el aire. Solo tenía una mano útil para hacerlo. Paso su mano izquierda sobre la hoja como ya había hecho antes y ésta volvió quedar envuelta por las llamas negras que lo habían acompañado toda la noche. Entonces abrió los ojos, abrió la palma de su mano todo lo que pudo y violentamente movió el brazo haciendo que la espada saliese disparada.

Fue tan rápido que no pudo verse lo que ocurrió. Un reflejo plateado cruzó el aire, se escucharon varios gemidos roncos y varios golpes. Pocos segundos después, los cinco gigantes que quedaban en pie yacían inmóviles en el suelo, todos con dos orificios en el cráneo.

- Blackarcelus rex- Pronunció varita en mano una vez su espada hubo vuelto. En esta ocasión hasta cinco serpenteantes rayos negros salieron de su varita en dirección a un dragón que se encontraba a casi cien metros de él. Uno de los rayos rodeó el rostro de la criatura, aprisionando su boca, otros tres rodearon el cuerpo entero, comprimiendo sus alas contra éste e inmovilizándolo, mientras que el último se ató a sus patas, provocando que el dragón perdiese el equilibrio y cayese contra el suelo con un golpe seco. El dragón luchaba y se retorcía en el suelo intentando escapar, sin éxito. Viendo como todas las criaturas que habían enviado habían sido abatidas, sus líderes habían desaparecido y cada vez ellos eran menos y sus rivales más, los mortífagos comenzaron a desaparecer masivamente.

A él todavía le quedaba una cosa por hacer. Una vez conseguida la retirada de los mortífagos, el centro de atención era él, y antes de que lo abordaran, se dirigió hacia Dumbledore. Llegó hasta el cuerpo inmóvil del director y se detuvo frente a él. Lo miró durante un segundo y luego agitó su varita una sola vez hacia él. Instantáneamente el cuerpo de Dumbledore volvió a moverse, inspirando fuerte y desesperadamente. El aire hacia ruido al pasar por la garganta del mago, que exhausto, cayó de rodillas. Su espalda se curvaba y su cuerpo amenazaba con desfallecer en cualquier momento, le costaba horrores mantener la consciencia.

- Estás acabado.- Espetó Hart bajando la cabeza y dando varios pasos, alejándose de su director. No sabía muy bien si sentía rabia, placer por verlo derrotado, o incluso pena. Lo único que sabía era que delante de él tenía su ansiada venganza, al menos una de ellas.- Me gustaría saber qué es lo que debes sentir, el por todos considerado uno de los magos más poderosos de la historia, humillado, derrotado y esperando la muerte a manos de un joven desconocido.- Comentó Hart con soberbia y regocijo en sus palabras. Dio media vuelta y volvió a mirar a Dumbledore. Aquél era el momento que había estado esperando. En su día Angelina le había hecho prometer que no malgastaría tiempo ni energía en su duelo personal con el director, que se centraría en cosas más importantes, pero ella ya no estaba allí. Cumplió su promesa incluso cuando Dumbledore le tendió una trampa en el Valle de Godric y la había mantenido durante todo ese tiempo. Pero Angelina estaba muerta y ahora cumpliría la amenaza que aquella misma noche le había advertido al director. Al fin y al cabo, continuaría siendo un hombre de palabra. Lentamente, dirigió su varita hacia quien tenía delante.- Avada… Kedavra…- Pronunció pausadamente, cuando terminó de decir la última palabra, una luz verde resplandeció en la punta de su varita, pero nunca alcanzó su objetivo. Una gran roca se materializó frente a Dumbledore, recibiendo el impacto y pulverizándose.

Irritado y con rabia porque hubieran detenido su maldición, Hart buscó rápidamente con la mirada al culpable, y lo encontró. Con su habitual firme y malhumorado rostro y con paso acelerado e irregular, Alastor Moody iba directo hacia él con la varita en alto. Y a él lo seguía toda la Orden. Aquél fue uno de los momentos en los que su cuerpo reaccionó antes de pensarlo. Apuntó con su varita hacia el ex auror, provocando que éste se tensase esperando una maldición, sin embargo ésta no llegó. En su lugar el experimentado mago comenzó a sentir como una fuerza invisible tiraba de él hacia delante. Intentó resistirse, sin lograrlo, perdiendo el equilibrio y siendo arrastrado hacia Hart. Entre gruñidos y forcejeos que resultaron inútiles, Moody llegó hasta sus pies.

- Si tanto deseas salvarlo muere tú en su lugar. ¡Avada Kedavra!- Dictaminó Hart ferozmente. En esta ocasión la maldición asesina salió de su varita con más rapidez que antes y nada pudo detenerla. El haz verde de luz dio de lleno en el pecho de su antiguo profesor, que murió dirigiendo su última mirada de odio y asco hacia él. Cuando alzó la vista de nuevo vio como delante del director de Hogwarts se encontraban Neville, Ron y Hermione. Aquel gesto le sorprendió, a medias.- ¿Quién te crees que eres para impedirme nada?- Espetó Hart con desprecio sin que los chicos supiera a quien se refería.

"Harry, por favor…"- Rogó la heredera de Ravenclaw en la mente de Hart. Tuvo que reunir el valor para hacerlo después de lo que había ocurrido. No tenía muy claro sus sentimientos, no sabía si era enfado, miedo o incluso vergüenza. Pero sí tenía claro que a Harry le pasaba algo. Ella siempre había estado en contra de lo que él hacía, pero incluso así, en un rincón de su mente veía comprensible la reacción del chico. Lo que no era normal era su actitud de aquella noche, había perdido el control y la cordura. Temía más que a nada que finalmente hubiese pasado aquello que siempre sospechó. La única esperanza que tenían era que Harry entrase en razón, no podían luchar contra él. El primer motivo era porque no quería y el segundo porque sabía que no podrían hacer nada contra él.

- Te hablo a ti, Weasley.- Concretó Hart ignorando el ruego de la heredera y señalando a Ron con la varita, dejándolo atónito, el pelirrojo no se esperaba algo así.- Por tu culpa la heredera de Hufflepuff está muerta, fuiste tú, imbécil además de inútil, quien invitó al enemigo, fuiste tú quien le dio la oportunidad a Lord Ruacet de matar. ¡Apártate de mi vista!- Rugió Hart haciendo un gesto de rechazo con el brazo, similar al de espantar un insecto. Ron estaba demasiado perplejo para reaccionar, aunque tampoco hubiera podido hacer nada. Sin hechizo alguno, al menos visible, el pelirrojo fue golpeado y lanzado por los aires a varios metros de distancia. Su "amigo" cayó violentamente al suelo y perdió la consciencia. Tanto Hermione como Neville empuñaron sus varitas con fuerza y apuntaron hacia Hart, pero no fueron los únicos. A su alrededor se habían congregado tanto aurores como miembros del EUM, además de la Orden de fénix. Estaba totalmente rodeado por aproximadamente un centenar de magos que lo apuntaban con sus varitas.

- Torprey Hart, queda detenido por el uso repetido e indiscriminado de las maldiciones imperdonables, así como por asesinato y por traición al conspirar con Voldemort.- Informó con voz firme un auror, que para su sorpresa no era otro que Kingsley Shacklebolt.

- ¿Conspirar con…?- Intentó repetir Hart pero se detuvo al sentirse obligado a soltar una carcajada.- Soy culpable de volver a salvarles la vida a todos ustedes.- Replicó instantáneamente una vez hubo terminado de reír. "De esto me encargo yo, márchense todos de aquí"- Indicó mentalmente tanto a sus vampiros como a los magos de la Trinidad, que seguían allí. Neville y Hermione también llevaban encima una figurita del fénix, lo que permitió que escuchasen lo que Hart acababa de decir. Aquello solo los puso más nerviosos.

- Tú salvas tantas vidas como matas. Tus manos están tan manchadas de sangre como las del mismo señor oscuro.- Intervino la voz de una mujer con la indumentaria del Ministerio.

- Si no quiere que esto acabe mal, tire la varita y entréguese pacíficamente.- Exigió Kingsley volviendo a hablar. Hart no podía creer que aquello estuviese pasando de verdad.

"Harry, vete por favor, sal de aquí, no hagas nada…"- Volvió a pedirle telepáticamente Hermione, incluso en su mente las palabras sonaban claramente a súplica.

Aquella vez tampoco obtuvieron respuesta las palabras de la heredera. Sin embargo, Hart bajo la cabeza y dejo caer su varita. En el mismo instante en el que su varita tocó el suelo, sintió como más infinidad de aturdidores se dirigían hacia él. Cerró los ojos y se concentró. Lo que ocurrió a continuación no requirió más que unos pocos segundos. Cuando la humareda provocada por la inmensa cantidad de hechizos desapareció, se pudo ver como la figura encapuchada de Torprey Hart seguía allí, inalterable. Inmediatamente volvieron a apuntarlo con las varitas, pero entonces un gran rugido llegó hasta ellos y una llamarada envolvió a varios de los magos que lo rodeaban. Aprovechó que todos habían desviado su atención momentáneamente hacia el dragón para actuar. Su varita voló de nuevo hasta él y una vez la tuvo en su poder, un rayo azul marino salió de ésta en dirección a Dumbledore, impactando en la mano donde sostenía la varita, que salió volando también hacia él. En cuanto tuvo las dos varitas en su mano, una llama negra gigante lo envolvió, haciéndolo desaparecer, y a una buena amiga, suspirar de alivio.

De manera más delicada, apareció en el dormitorio de su piso de París. Antes de desatar todo su poder en la Madriguera, había hecho desaparecer el cuerpo de Angelina para que no sufriera daños y poder al menos enterrarla con dignidad. Allí estaba, en la misma cama donde la noche anterior habían dormido juntos. Lentamente, caminó hasta llegar a la cama, se apartó la capucha y tiró la máscara que cubría su rostro. Incluso en aquel momento seguía sin creer lo que veía. Estaba herido y algo cansado, pero no reaccionaba, en aquel instante solo podía mirar el cuerpo sin vida de quien había sido su última oportunidad de amar. Las varitas que sostenía cayeron al suelo, y él, cayó de rodillas, apoyando los codos en la cama y llevándose las manos a la cara. Fue entonces cuando, hundido y destrozado, rompió a llorar. Continuó a los pies de la cama durante horas, llorando desesperadamente junto al cadáver de Angelina. No existía consuelo alguno, la había perdido para siempre…

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N/A: Espero que os haya gustado, aunque sea muy muy dark. Subiré el próximo lo antes que pueda. Y si estás leyendo esto, gracias por estar aquí y leer la historia, me escribas o no review, al fin y al cabo todos hemos sido lectores clandestinos. Hasta pronto!