Capítulo 34
Una misión para cada traidor
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Harry jadeaba pesadamente, agotado por completo después de haber gritado y despotricado hasta quedarse sin voz, tan falto de aire como si hubiera corrido un maratón. ¿Qué más podía hacer para convencer a Dumbledore de la culpabilidad de Malfoy?. ¿Acaso necesitaba llevar ante la presencia del Director a Ginny Weasley para que ella misma le dijera que había visto con sus propios ojos la marca oscura en su antebrazo?
No. Ése no era el problema. Aún más angustiado que antes, Harry se percató de la obvia verdad y ésta le cayó como balde de agua fría: no era que Dumbledore no le creyera. Dumbledore sí le creía. Es más, Harry casi podía jurar que el hombre tenía previo conocimiento de todo lo que le había revelado. Ya lo había sabido, pero no quería hacer nada al respecto.
Harry desvió los ojos de los de su anciano profesor e inclinó la cabeza en un gesto de enojosa resignación. Estaba tan furioso que no podía articular palabra. No podía creer que Dumbledore fuera tan necio… Tan ciego. Que no pudiera ver todos los hechos que apuntaban a demostrar que Malfoy era un Mortífago en vías de llevar a cabo una misión y que Snape era un traidor que lo estaba ayudando. O aún peor, pensó Harry, quizá no era que no pudiera verlo. Parecía que no quería verlo.
Impotente y frustrado, Harry resopló entre dientes con el afán de tranquilizarse, provocando que los mechones de cabello negro que le cubrían la frente se despeinaran más de lo acostumbrado. A pesar de la furia que sentía, intentaba componer el semblante y no decir nada que arruinara la confianza que el Director tenía depositada en él y que por ello desistiera de llevarlo consigo a la búsqueda de un horrocrux.
Se asombró de lo rápido que las cosas habían cambiado, de lo fácil que su frágil mundo ideal se había derrumbado. No hacía ni media hora que, entusiasmado al recibir una invitación del profesor a venir a su despacho, se había encaminado ahí raudo y veloz, con el objetivo de hacerlo partícipe de sus hallazgos respecto a Malfoy, pero sobre todo, porque sabía que una cita con el Director equivalía a nuevos conocimientos sobre Ryddle o los horrocruxes.
Pero tan pronto como se desplazaba por el castillo para llegar a su destino, se encontró con la primera sorpresa desagradable de la tarde: la profesora Trelawney le había hecho dos revelaciones preocupantes y estremecedoras.
Primero, que apenas hacía un instante alguien había salido del Salón de los Menesteres celebrando con gran alegría; y a Harry no le cupo duda que ese "misterioso alguien" era cierto chico de Slytherin. Seguramente habría culminado por fin su incansable trabajo realizado en ese lugar, lo cual sólo hacía que Harry deseara que el Director tomara medidas de una vez por todas contra Malfoy antes de que hubiera algo que lamentar.
Y la segunda, aunque no tan imperiosamente urgente como la primera, fue realmente perturbadora para Harry… Trelawney le había contado, sin quererlo así, que había sido nada menos que el mismísimo Snape quien había escuchado su conversación con Dumbledore, la noche que –Harry sabía- le había hecho la profecía. Por lo que no le costó trabajo deducir que su ex profesor de Pociones (en aquel tiempo aún Mortífago) había sido quien le dio el pitazo a Voldemort… y en consecuencia, el malvado había ido tras Harry, asesinando a sus padres y marcándolo a él.
Las revelaciones de Trelawney provocaron que llegara furibundo y dispuesto a darle pelea a Dumbledore respecto a la confianza otorgada a quien no la merecía, pero apenas puso un pie en su despacho, el Director le comunicó que había encontrado otro horrocrux y lo invitó a ir con él. La perspectiva de ello calmó por unos momentos el ánimo caldeado del muchacho, pero en cuanto recordó lo dicho por su ex profesora de Adivinación acribilló al anciano con reproches y dolidas interrogaciones.
Tuvo que conformarse cuando Dumbledore le respondió que confiaba en Snape por algo que él le había dicho, y nada más. Y respecto al tema de Malfoy, escuchó con un dejo de impaciencia lo que Harry le contó, dándole la impresión al muchacho que el hombre ya tenía previo conocimiento de todo lo que le estaba diciendo. Pareciera que no le importara nada, ni que Malfoy fuera Mortífago ni que estuviera realmente cumpliendo órdenes de su mismísimo Señor Oscuro.
Y eso era algo que Harry no podía entender… En ese momento su cansado y viejo profesor estaba de pie detrás de su escritorio, mirándolo fijo pero en silencio, como si le estuviera dando tiempo de asimilar su negativa para actuar contra del joven Malfoy, aún a sabiendas de que había evidencia que demostraba que era un peligro para todos dentro de la escuela… sobre todo para Hermione.
Harry abrió la boca unos segundos pero de inmediato la volvió a cerrar, al estar a punto de informarle a Dumbledore sobre la amenaza de muerte que se cernía sobre su novia. Al pensar es eso le había parecido demasiado ridículo como para decirlo en voz alta y mejor se tragó sus palabras. Mire Dumbledore, resulta que el mismísimo Malfoy nos ha dicho a Ginny y a mí que Voldemort le ordenó asesinar a la que fuera el amor de mi vida.
Arrugó el entrecejo al notar lo tonto que hubiera sonado eso, y que en realidad ahora ni él mismo lo creía del todo cierto…
Después de todo, no lograba comprender qué maldita y endemoniada razón podía tener Voldemort para querer muerta a Hermione. Aunque, pensándolo bien; ¿no estaban todos y cada uno de los cercanos a Dumbledore y a Harry en peligro constante?. ¿Qué acaso Voldemort no mataría de buena gana a Harry y a todos los que estaban de su parte?
Y justo en ese momento, frente a su profesor y analizando las cosas en retrospectiva, lo que había sucedido con Ginny y Malfoy le parecía lejano y absurdo, como si en realidad todo hubiera sido sólo un mal sueño.
Pudiera ser que al final todas esas bravatas fueran sólo fanfarronería de Malfoy para llamar la atención y que Voldemort jamás se lo hubiera ordenado en verdad. Además, habían pasado varias semanas y ni siquiera había intentado el más sencillo hechizo para atacarlos. Ni a él ni mucho menos a Hermione.
O quizá era demasiado cobarde como para llevarlo a cabo. O tal vez todo había sido un invento de Ginny para separarlos en aquel momento…
Sea lo que fuera, le pareció inútil dejárselo saber al Director. De cualquier modo, debido a la actitud que el hombre demostraba, era probable que no tomara ninguna carta en el asunto… La frialdad de ánimo del anciano no le cabía a Harry en la cabeza. ¿Cómo puede permanecer tan impasible cuando sabe que uno de sus alumnos es Mortífago?
Harry suspiró con fuerza y profundidad antes de preguntar: -¿Pero por qué, profesor?... Sólo dígame; ¿por qué no hace nada al respecto?
Entonces, Dumbledore lo miró directamente a los ojos de aquella manera tan penetrante que sólo él sabía usar, y Harry intentó con todas sus fuerzas no pensar en nada, temiendo que el director tratara de inmiscuirse en sus recuerdos.
-Harry… -dijo el anciano en un tono tan bajo que el muchacho tuvo que inclinarse hacia delante para oír mejor. El hombre, con ademán cansado, se apoyó con su mano sana sobre el respaldo de la silla. -Eres joven y estás lleno de fuerza y pasión, lo cual es ciertamente bueno, y más en tu preciso caso. –Inspiró una gran bocanada de aire y Harry se preguntó a dónde querría llegar con aquello. Dumbledore continuó: -Pero a la vez, me temo que no me queda mucho tiempo para enseñarte que hay ciertas fuerzas del corazón que pueden igualar e incluso superar a las del más grande amor. Pueden llegar a invadir tu ser y tu alma de manera contundente y atroz, e impulsarte a actuar de modo equivocado en medio de situaciones de gran desesperación; de la misma manera exacta en que ahora el cariño te está moviendo por la senda del bien.
Harry, avergonzado por ser objeto de lo que consideró era una reprimenda, desvió su mirada hacia Fawkes, quien lo observaba con un extraño brillo en sus ojos color ébano. Le pareció que el ave también lo estaba juzgando, por lo que al final decidió regresar sus ojos al cansado hombre que le hablaba. Dumbledore prosiguió con el mismo tono sosegado y, desde el punto de vista de Harry, lleno de impotencia.
-Lo que quiero decir, Harry, es que un corazón grande y sincero como el tuyo puede albergar lo mismo un enorme amor como el más grande y destructor odio intenso… Y si hay algo que todos los largos y a veces tediosos años me han enseñado, es que no hay nada que enfurezca más a nuestros enemigos que perdonarlos y nada que nos haga más fuertes ante ellos que no odiarlos.
-¡Claro, para usted es muy fácil decir eso cuando no han sido sus padres los que fu…! –Una mano levantada con autoridad fue suficiente para callar la retahíla del muchacho. Frustrado, volvió a suspirar y clavó su furiosa mirada en el cristal de la ventana.
-Entiendo tu postura Harry, y también entiendo que el dolor que me ha producido cada una de las muertes de mis amigos, entre ellas las de tus padres, jamás podrá compararse a lo que tú has sentido y que ha sido causal directo de tu animadversión hacia Voldemort y hacia el profesor Snape. Y por el rencor que veo en tus ojos cuando tocamos el tema, me está quedando claro que el señor Malfoy se está ganado también un lugar en la lista de tus indeseados. –Dumbledore suspiró antes de concluir: -Lo cual me preocupa en demasía, Harry, pues lo ideal sería que no tuvieras ninguna persona a la cual aborrecer…
Harry lo encaró de nuevo y abrió la boca para discutir eso, pero Dumbledore no le permitió ni comenzar, ya que siguió diciendo: -Si esos a los que tú desafortunadamente tienes que llamar enemigos han logrado entrar en tu cabeza, ya tienen la mitad de la batalla contra ti ganada, Harry. Pero si además de eso, les permites colarse hasta tu corazón… las consecuencias podrán ser imprevistamente fatales. En más de una forma y no sólo para ti.
Harry lo miró a los ojos con gesto de fastidio, pero en el fondo y aunque no lo quisiera reconocer, sabía que su profesor tenía toda la razón. Absolutamente toda la razón.
Pero entonces… ¿qué diablos hacían perdiendo el tiempo al revisar el pasado de Voldemort?
Si Dumbledore creía que Harry no era capaz de manejar y dominar sus sentimientos y si pensaba que era tan importante que lo hiciera, entonces mejor deberían aprovechar esas reuniones para que le enseñara cómo demonios debía hacer para no odiar a Voldemort y a los otros que le habían hecho algún daño; qué le dijera paso a paso cómo hacer para no sentir ese resentimiento, el cual se le clavaba como espina en el corazón y lo hacía desear poder golpear, fulminar. Hechizar… Hasta torturar y…
-Imagino que debes estar cansando de escucharlo ya que te he repetido constantemente Harry… me refiero a ese sentimiento en ti que te ha diferenciado de Tom Ryddle y que será tu arma para vencerlo. ¿Cierto? –ante el leve asentimiento del chico, el hombre prosiguió: -Pero me temo que para poder conservar ese amor intacto y puro en tu corazón, deberás someterte a la prueba más difícil de todas. Al amor en su expresión más ardua, Harry. Al amor más grande de todos, pues es aquel dónde tienes que amar lo que antes hubieses odiado.
El muchacho de ojos verdes lo miró atento, boquiabierto… sin entender.
-El perdón, Harry. Te estoy hablando del perdón. La máxima prueba del amor.
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Casi empujó a la Dama Gorda para obligarla a que se abriera con más rapidez, lo que le ocasionó que la señora pintada en el lienzo lo fulminara con la mirada mientras que mascullaba airada cosas inteligibles sobre los modales de la juventud actual. Harry la ignoró, sintiendo la adrenalina recorrer su cuerpo de pura expectación.
Dumbledore le había pedido que fuera a buscar su capa de Invisibilidad y lo alcanzara a la entrada del castillo, con rumbo a la caza de un horrocrux más. La ilusión de acabar aunque fuera con uno de los trozos del alma de Voldemort era emocionante, era como ir acabando con él de poco a poco… Literalmente.
Lo primero que vio al entrar a tropezones a la sala común, fue a su par de amigos. Ron lo miró con sorpresa primero y con ansiedad después, pues siempre que Harry regresaba de sus entrevistas con Dumbledore lo hacía con historias nuevas sobre la vida de Tom Ryddle o con más información clasificada sobre horrocruxes, la cual sólo tenía permitido compartir con el pelirrojo y con Hermione.
Pero de inmediato los ojos de Harry dejaron la mirada azul de Ron para buscar la de la chica. Ella estaba preocupada… Harry lo pudo notar al ver su ceño fruncido y su cabello más enredado de lo habitual: clara señal de que había estado torciéndoselo entre los dedos. Y seguramente al verlo llegar sin aliento y quizá más pálido y angustiado que cuando los había dejado una hora antes, ella notó que algo estaba fuera de lugar, que algo había cambiado. -¡Harry!. ¿Qué ha pasado?
Harry abrió la boca y quiso decir muchas cosas… Hubiera querido contarle lo que Trelawney le había dicho acerca de Snape. Que ahora tenía aún más razones para odiarlo como nunca antes y creer con más firmeza que Dumbledore se equivocaba al otorgarle su confianza. Que además estaba seguro de que Malfoy había logrado algo en el Salón de los Menesteres, algo que probablemente tuviera que ver con un plan maligno… Que Dumbledore, a pesar de haberle creído en apariencia, no había querido tomar cartas en ese asunto…
Pero la verdad era que el tiempo era escaso y apenas contaba con unos cuantos minutos, por lo que sólo atinó a intentar asegurarse que ellos estarían bien en su ausencia.
-Dumbledore… -le dijo entre respiros entrecortados. –Encontró un nuevo horrocrux. Me va a llevar con él para destruirlo.
Tanto Ron como Hermione se quedaron impactados y mudos de la impresión. Harry continuó: -Me va a llevar, y no sé cuánto tiempo estemos fuera… Pero tengo la impresión de que algo va a suceder mientras Dumbledore no está en la escuela, por lo que quiero que entre los dos me apoyen a cuidar el colegio… Creo que Malfoy ha logrado su objetivo en el Salón de los Menesteres, Trelawney lo escuchó celebrar ahí y mucho me temo que está por cumplir su maldita misión.
-¿Qué demonios estás diciendo…?. ¿Vas por un horrocru-qué Malfoy, qué? –tartamudeó Ron, mientras que Harry caminaba a paso decidido hasta Hermione y la tomaba fuertemente de los brazos con sus manos.
-El ED, Hermione… Necesitarán toda la ayuda posible. Busquen a los que pertenecieron al ED y pídanles su apoyo. Hay que vigilar a Malfoy y a Snape, no sé que diablos se traen entre manos, pero no debe ser nada bueno.
Hermione asintió con gesto asustado. Harry la miró fijamente por un segundo, y presintiendo que si no se separaba de ella justo en ese momento no la podría soltar jamás, se retiró un paso y la liberó de su agarre. Se dio la media vuelta y corrió escaleras arriba hacia su habitación, dejando a Hermione y a Ron mirándolo desconcertados.
Se arrojó sobre su baúl y rebuscó hasta que encontró su capa de Invisibilidad y el bote donde guardaba el resto de la poción de la suerte, la Felix Felicis. Se levantó del suelo justo cuando sus amigos entraban por la puerta, mirándolo preocupados. Harry se acercó de nuevo a Hermione y colocó la poción en sus manos. Ella lo miró sin comprender.
-Bébanla. Necesitarán mucha suerte hoy, lo presiento.
-Harry, por supuesto que no…
-¡No, compañero! Tú necesitas de esa suerte más que nosotros…
-Estaremos bien, Harry, en serio, tómatela tú, por favor. Quién sabe qué peligros te encuentres en…
Harry interrumpió a Hermione al tomar las dos manos de la chica entre las suyas, y acto seguido las cerró alrededor de la pequeña botellita. Miró a sus ojos castaños con intensidad, tratando de trasmitirle sin palabras todo el inmenso amor que sentía por ella. Se inclinó hacia delante y la besó, brevemente y con suavidad. –Te amo –le dijo al fin, justo sobre sus labios.
-¡Merlín, Harry! –se derrumbó la chica al sentirse abrumada por lo que parecía ser una despedida. –Yo también te amo.
Harry sonrió al pensar las pocas veces que Hermione le había dicho ese par de palabras y sin embargo, estaba tan seguro como de pocas cosas en su vida de que efectivamente, era así. Que si por algo metería las manos al fuego, era por el amor que Hermione sentía por él.
-Demuéstramelo –pidió Harry y Hermione lo miró sin entender. –Necesito irme tranquilo. Por favor, quédate con esa poción y compártanla entre Ron y tú. Ustedes son lo que yo más quiero, necesito saber que estarán bien.
Hubo unos segundos de silencio. Pero no fue un silencio denso ni pesado. Harry estaba perdido y sumergido completamente en la mirada inquieta de la chica, mientras escuchaba su respirar agitado. Ron, a sus espaldas, no hacía ningún ruido. Al final, Hermione accedió moviendo casi imperceptiblemente la cabeza en un gesto afirmativo y dando un paso adelante, levantó una mano para tocar una de las mejillas de Harry. –Pero por amor a todo lo sagrado… Prométeme que volverás.
Harry sonrió, inclinando su cabeza al lado de la mano de Hermione, buscando el calor de su mano. –Prometido.
Hermione también sonrió al final, como si eso fuera lo único que la podría librar de llorar. Sin poder resistirlo, se abalanzó sobre Harry y lo rodeó con sus brazos, haciendo que el chico se tambaleara un poco por la fuerza de su abrazo. Sumergió su rostro en el pecho de Harry, a la vez que éste se perdía entre su enmarañada y fragante melena.
Se quedaron así por largos segundos, queriendo ambos grabarse en la piel del otro, ambos muertos de miedo pero armándose del valor que sólo da la esperanza del reencuentro. Sin poder reunir el coraje para separarse, los dos sintieron la manera en que su pelirrojo amigo se unía a su abrazo, el modo en que Ron se paraba a su lado y pasaba un brazo sobre los hombros de Harry y con el otro hacía lo mismo sobre los de Hermione.
El chico Weasley los oprimió con tanta fuerza que les quitó el aire, pero tan sólo duró un par de segundos. Y entonces, usando un brazo con cada uno, Ron logró separarlos. Sin decir palabra, quizá porque no podía hacerlo, empujó suavemente a Harry lejos de ellos, quedándose al lado de Hermione.
Incapaz de decir más, Harry comprendió el gesto y sin mirar atrás, salió al encuentro con su destino. A destruir de a poco al que por fuerza, había ligado su vida a la suya de manera irremediable.
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Al ver cerrarse la puerta del dormitorio, Hermione sintió que las piernas le flaqueaban y que de buena gana se hubiese dejado caer derrumbada hasta el piso. Lo curioso es que era tanto su dolor y su miedo, que no podía ni llorar. No ahora, no en ese momento. Percibió el modo en que Ron apretaba sus manos sobre sus hombros y ese gesto la hizo reunir aún más entereza. Giró su cara para encarar a su pelirrojo amigo y adivinando que éste estaría sufriendo tanto como ella por la suerte de Harry, se sintió valiente de nuevo.
Se hizo hacia un lado y Ron la soltó con gesto avergonzado, como si apenas se hubiera percatado de lo que había estado haciendo. Sus mejillas estaban empezando a teñirse de rojo cuando Hermione le sonrió y le dijo: -Vamos Ron, no hay tiempo de ponernos en plan sentimental. Será mejor que busquemos a Ginny, a Luna y a cuantos más podamos reunir para hacer lo que Harry nos indicó.
Su amigo asintió, armándose de valor también. –Bien. ¿Qué te parece si voy a la torre de Ravenclaw y busco a Luna y a los que pertenecieron al ED y…?
-Buena idea. Y creo que será mejor que formemos dos grupos. Ustedes pueden vigilar la entrada al Salón de los Menesteres, en busca de cualquier actitud sospechosa de Malfoy. Yo buscaré a Ginny y Neville, y nos encargaremos de montar guarida tras Snape… Aunque todavía no logro comprender cómo podría estar el profesor involucrado en todo esto, en lo que Harry piensa que va a suceder… -Ron la miró con ceño adusto y ella concluyó: -Pero lo mejor será que hagamos caso de sus corazonadas. ¿Cierto?
Ron asintió, mordiéndose los labios en su característico gesto nervioso. Al final, suspiró fuertemente y se encaminó hacia la puerta. –Bien, al mal paso darle prisa; será mejor que me de una vez me vaya a…
-¡Espera, Ron! –lo detuvo Hermione, tomándolo del brazo y mostrándole la botellita que tenía en sus manos. –Debemos compartirla; ¿recuerdas?
Ron la miró por un momento y después negó enérgicamente con la cabeza. –No. Es muy poca, mejor tú tómatela toda… Además, yo no puedo hacerlo sabiendo que Luna no la tomó, que ella correrá más peligro que yo… ¿qué tal si…? –hizo una pausa y añadió decidido: –Quiero compartir su misma suerte.
Hermione sonrió enternecida. –Bien, tonto, entonces vamos a compartirla entre todos… -Diciendo eso, destapó la botella y le dio un trago tan pequeño, que por un momento creyó que el líquido no llegaría hasta su garganta. –Si la poción completa dura medio día, imagino que un pequeño trago nos bastará por un par de horas… Espero que sea suficiente. Toma –le dijo a Ron mientras le ponía la botella en la mano. –Ahora vete a buscar a Luna y tómenselo entre los dos. Y buena suerte.
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No le costó trabajo convencer a Neville de que la acompañara. Ni siquiera tuvo que explicarle nada, sólo le dijo que Harry necesitaba ayuda para vigilar a Snape porque tenía ciertas sospechas sobre él y eso bastó para el chico Longbottom. Ni siquiera preguntó el motivo, como si fuera cosa de todos los días desconfiar de los profesores y plantarse afuera de sus despachos para cuidar sus pasos.
Posteriormente, Hermione subió a la recámara de las chicas de quinto grado para buscar a Ginny. La encontró recostada en su cama, aunque no estaba dormida. La pelirroja escuchó medio aletargada lo que Hermione le explicó sobre cómo Harry creía que Malfoy había completado su misión. La sola mención del nombre del chico de Slytherin fue suficiente para que Ginny brincara de su cama y se pusiera alerta. Entrecerró los ojos con resentimiento cuando Hermione le contó que Harry creía que Snape estaba confabulado con Malfoy y que quería que lo vigilaran en su ausencia.
-¿Ausencia? –preguntó Ginny bastante extrañada. -¿Pues adónde ha ido Harry?
Hermione dudó por un momento de contarle la verdad, pero llegó a la conclusión de que la pelirroja había demostrado con creces ser alguien de fiar. La prueba mayor de todas era que había preferido renunciar a su amor por Malfoy antes de abandonar el lado de Dumbledore y la Orden del Fénix, a su familia y amigos. Así que, a grandes rasgos, Hermione le narró lo que eran los horrocruxes y que Harry había salido de Hogwarts a acompañar a Dumbledore en un viaje para destruir uno de ellos.
Suspirando con fuerza, la chica Weasley se animó y se levantó a ayudar, todavía más envalentonada cuando supo que Ron y Luna probablemente ya estaban montando guardia fuera del Salón de los Menesteres, en espera de Malfoy. A Hermione le pareció que la chica respiraba aliviada de no ser ella uno de los que tuvieran que ir a tratar de detener a Malfoy en persona.
Salieron ambas chicas para encontrarse con Neville, quién las aguardaba nervioso a más no poder pero con un gesto de gran determinación en la cara. Hermione se aseguró de que los tres llevaran consigo sus varitas y entonces, se encaminaron a las escaleras, bajando hacia las mazmorras.
Hermione podía percibir los efectos de la pócima de la suerte trabajando en ella. Era como si alguien le susurrara de modo interior lo que debía de hacer, lo que sería de buena suerte para lograr su empresa.
Fue esa voz la que le dijo que no había de qué temer a la hora de contarle la verdad a Ginny. También fue la que le indicó que no olvidara revisar que todos contaran con su varita. Y ahora, extrañamente y sin entender por qué, esa voz le estaba indicando que sería bueno que primero pasara por el despacho de McGonagall.
Les pidió a Ginny y a Neville que la acompañaran y ambos aceptaron sin contradecir. Hermione agradeció internamente que no preguntaran el motivo, pues la verdad era que ni ella misma lo sabía. Llegaron ante la puerta de la oficina de su profesora y para sorpresa de los tres, ésta estaba abierta y no parecía haber nadie dentro del lugar.
Hermione dudó un momento, pero un solo momento, pues Felix le dijo que era necesario que entrara. Ginny y Neville se quedaron bajo el marco de la puerta, boquiabiertos ante la inusual actitud de Hermione, quien jamás se había atrevido a entrar así al despacho de un profesor. Bueno, al menos no ante los ojos de ellos dos, pues lo que ni Ginny ni Neville sabían era que cuando se trataba de ayudar a Harry, a Hermione nunca le había pesado mucho quebrantarse algunas reglas.
-¡Por todos los dioses!. ¿Qué crees que haces, Hermione? –le inquirió Neville con voz asustada. –Tenemos que irnos, si McGonagall nos descubre nos preguntará que estamos haciendo y… ¿qué vamos a decirle?
-Espera, Neville… -pidió Hermione mientras caminaba decidida hacia el escritorio de la profesora, en busca de algo que aún no sabía que era, pero que decididamente, Felix sabía que estaba ahí. –Sólo necesito… algo, y ya estoy con ustedes.
El libro. Hermione lo vio y lo reconoció de inmediato. ¿Era eso lo que debía tomar? No, sólo necesitaba una hoja. Extrañada ante su propia actitud y por esa misteriosa certeza de saber exactamente qué buscar, levantó las manos y pasó rápidamente las páginas de ese libro, cuya valiosa información los había salvado a Harry y a ella de las garras de la maldición del unicornio.
Pero aún podía ayudar más… Hermione lo sabía. Y sabía cuál hoja era la que tenía que arrancar.
Ginny y Neville casi ahogaron un grito cuando miraron a Hermione desprender limpiamente una hoja de aquel viejo y seguramente valioso libro, el cual era a todas luces propiedad de la jefa de su Casa. Fue tanta su impresión que ninguno de los dos dijo nada cuando Hermione dobló aquella apergaminada hoja de papel y se la guardó en el bolsillo de la túnica y entonces, caminaba a paso decidido entre los dos para salir del prohibido despacho.
Miró a sus dos amigos y les hizo una seña para que la siguieran. Imaginando que la chica sabía muy bien lo que hacía, Neville y Ginny fueron tras ella sin preguntar.
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-Hermione… ¿Qué era exactamente lo que teníamos que vigilar? –susurró Neville por tercera vez en la última media hora. Hermione rodó los ojos y le indicó con un dedo sobre su boca que guardara silencio.
Los tres chicos se retorcían constantemente los unos contra otros en busca de una mejor y más cómoda posición, pues el espacio que había detrás de la deprimente estatua de Tristán el Heroico no era muy amplio en realidad. Estar escondidos tras un mago que, aunque hecho de piedra, se estaba retorciendo de dolor y agonía a causa de haber sido herido por una espada envenenada, no era lo más aliciente en ese justo momento.
-¡Shh! –impuso la chica castaña cuando Ginny se quejó de que Neville le había pisado un pie. -¡Guarden silencio! Se supone que Snape no debe saber que estamos aquí.
-¿Y nosotros sí estamos seguros que él está ahí y no en otra parte del castillo? –preguntó Ginny de mala gana, señalando con un dedo la puerta del despacho de Snape. Estar de pie, escondidos y vigilando a quien no debían por casi una hora completa, agotaba la resistencia de cualquiera.
-Pues… -Hermione se interrumpió sin saber qué contestar.
Se percató con horror de que la voz de Felix ya la había abandonado. Todavía un rato antes la podía escuchar asegurándole que el profesor estaba dentro de su oficina, pero seguramente el efecto ya debía haber pasado. Un latigazo de pánico la cruzó de pies a cabeza, pues había empezando a creer que cuando llegara el momento de la verdad, Felix le diría qué hacer.
Se mordió el labio, preocupada… Esperaba que cuando Snape saliera de su despacho no los descubriera, para así poder seguirlo y averiguar si tenía qué ver algo con Malfoy o no…
Una serie de ruidos, totalmente discordantes con la quietud de la noche que ya comenzaba, sacudió los pisos superiores provocando que los tres amigos se encogieran asustados. Parecía como si de repente mil Peeves hubieran invadido el castillo, rompiendo todo a su paso.
-¿Qué demonios es eso? –gritó Ginny, agazapándose y mirando hacia el techo como si éste le pudiera caer encima.
Un presentimiento funesto dominó el corazón de Hermione, al tiempo que su mano buscaba instintivamente la varita. –Malfoy… -susurró angustiada, tan leve que sus amigos apenas sí alcanzaron a escuchar.
-¿Malfoy? –gimió Neville, mientras que Ginny hacía una mueca y empalidecía. -¿De qué diablos estás hablando, Hermione?
-Harry tenía razón. ¡Por Merlín, Harry tenía razón! Malfoy está aprovechando la ausencia de Dumbledore para llevar a cabo su plan, aunque Hades me lleve al infierno si puedo imaginar cuál es… -dijo la chica casi para ella misma y aunque era evidente que su rollizo amigo no entendió palabra de lo que hablaba, no volvió a hacer ninguna pregunta.
Aunque probablemente, el silencio de Neville se debió a que en ese justo momento el profesor Flitwick pasó como una exhalación corriendo por el pasillo, sin ni siquiera prestarles un mínimo de atención ni a ellos ni a la estatua de Tristán el Heroico.
Los tres Gryffindors se quedaron de una pieza al verlo. Iba corriendo tan rápido como sus cortas piernas se lo permitían y los chicos, boquiabiertos, miraron cómo se dirigía a la puerta del despacho de Snape y tocaba vigorosamente con su pequeño puño.
-¡Escóndanse! –les susurró Hermione a los otros, y los tres se pegaron lo más que pudieron a la pared dentro del minúsculo hueco entre la estatua y el muro, aunque Hermione sabía muy bien que si Snape pasaba por ese pasillo no tendrían modo de ocultarse y entonces, el profesor los descubriría sin dificultad.
Respirando agitadamente y aún escuchando ruidos ensordecedores generados por algo desconocido en los pisos de arriba, ni uno de ellos fue capaz de alcanzar a oír lo que Snape y Flitwick se dijeron cuándo el primero por fin abrió su puerta.
Sólo pudieron alcanzar a percibir un ruido sordo, como de algo muy pesado que cae al suelo… Hermione estaba preguntándose que sería, cuando de repente tenía justo enfrente de ella al profesor Snape, quien por alguna razón iba con el rostro contraído de furia y la varita al ristre.
El profesor entrecerró los ojos, mirando de hito en hito a los tres muchachos que en ese momento deseaban con todas sus fuerzas que el muro se los hubiese tragado. Por unos largos segundos nadie dijo nada. Intempestivamente, Snape clavó sus ojos negros en Hermione como si sospechara que ella era la artífice de todo aquello.
Viéndose atrapados y sintiéndose completamente culpable por haber arrastrado a su par de amigos con ella, Hermione creyó que era buena idea decir algo que explicara su presencia ahí, algo que intentara justificar lo injustificable. Abrió la boca y quiso hablar, pero no logró articular ningún sonido coherente. Algo en la mirada de su profesor había cambiado esa noche. Hermione sintió que se le helaba la sangre.
Y de pronto, para sorpresa y horror de los chicos, Snape sonrió de medio lado, completamente maquiavélico y arrogante. Hermione se estremeció cuando el profesor siseó con la voz cargada de amargura: -Vaya, vaya… Miren a quién tenemos aquí. El gordo estúpido, la muerta de hambre traidora y la sangre sucia. ¿Mi comitiva de honor, supongo?
Hermione sintió que enrojecía de rabia ante las palabras dichas por el profesor. Era bien sabido por todos que el hombre no les guardaba ninguna simpatía, pero de eso a insultarlos de aquella forma… Jamás se había sobrepasado de esa manera. Al menos que Harry tuviera razón y él…
Sobresaltándose con desconfianza, Hermione arqueó una ceja cuando notó que el hombre apretaba con fuerza su varita. A su lado, Neville se encogió y gimió de terror, mientras que Ginny empalidecía y sudaba de nervios.
Y antes que Hermione pudiera pensar en qué era lo que estaba marchando mal, ella y los otros vieron como Snape levantaba su varita y les apuntaba directo a sus rostros, al tiempo que decía jactancioso: -Y yo que creía que Potter era un parásito inútil. El imbécil acaba de enviarme el mejor regalo de despedida servido en bandeja de plata. Corríjame si me equivoco, señorita Sabelotodo…
Sabía que no alcanzaría ni a sacar la varita. Sabía que había perdido antes de empezar. Así que lo último que Hermione pudo hacer fue cerrar los ojos por un leve momento, recordando a Harry y pidiéndole perdón. Y sólo entonces, tuvo el valor de abrirlos de nuevo y otorgarle a Snape la mejor mirada de desafío que fue capaz.
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Harry no podía ni respirar. O corría o respiraba y obviamente, prefería lo primero. Tenía que correr tras ellos, no podía dejarlos escapar. No después de lo que habían hecho. Pero sobre todo, aún sobre su captura y venganza, tenía que descubrir quién más había muerto. El miedo le encogió el corazón de sólo pensarlo, de tan siquiera entrever la mera posibilidad de que fuera ella… No. Se negaba a creerlo.
No quería creerlo. Porque si lo creía tan sólo por un segundo, seguramente moriría de la desesperación. Sabía con certeza que si el cadáver que Malfoy había mencionado era el de ella, nada… nada le daría fuerzas para continuar.
No podía ser, primero Dumbledore y ahora Hermione… Pero a pesar de que el pánico le aplastaba el corazón al grado de causarle dolor en el pecho, no podía dejar de averiguarlo. La incertidumbre era peor.
Mientras brincaba por encima del Mortífago que había aturdido un momento antes y pese a que iba a toda velocidad, a Harry le pareció que de algún bizarro modo se desprendía de su cuerpo y miraba la escena desde un ángulo superior, por lo que todo transcurría en un tipo de cámara lenta. Sentía que las distancias eran enormes, que jamás podría buscar por todo el castillo a tiempo.
Soltó un alarido que fue un rugido de impotencia, mientras su mente registraba de nuevo y de incrédula forma lo que acababa de vivir un momento antes en la Torre.
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Dumbledore y él habían salido de Hogwarts cuando era apenas el ocaso, encaminándose ambos hacia Hogsmeade para poder desaparecerse con rumbo al lugar donde el profesor sospechaba estaba un horrocrux. En apariencia todo resultó bien hasta su regreso, pues aunque tuvieron que sortear los muchos y retorcidos obstáculos puestos por el mismo Voldemort, entre ellos los terribles y espeluznantes inferi, pudieron salir de aquella cueva con el guardapelo en mano.
Pero Harry se había dado cuenta que algo no marchaba bien, que por momentos su director se ponía más y más débil, víctima de la extraña e infernal pócima que había tenido que beber para poder tomar el objeto.
Aunque nada malo pasaría¿verdad? Llegarían a Hogwarts en cuanto Harry pudiera conseguir desaparecer a ambos y entonces, Snape sanaría a Dumbledore y destruirían el guardapelo y…
Lo que Harry jamás pudo imaginarse era que apenas al arribar de nuevo a Hogsmeade encontrarían la marca tenebrosa invocada justo encima de la Torre de Astronomía, claro indicio que los Mortífagos habían cometido un asesinato. Y sacando fuerzas de dónde no las tenía, Dumbledore consiguió subirse a una escoba y junto con Harry, llegaron volando hasta la torre más alta del castillo, aquella donde hacía apenas un par de semanas Harry y Hermione habían pasado una noche entera…
Y a partir de ese momento, todo se precipitó y fue de mal en peor: aquello era una emboscada organizada por Malfoy. Harry, oculto bajo su capa de Invisibilidad e inmovilizado por Dumbledore, tuvo que ser espectador mudo y obligado de la escena en que Draco Malfoy intentó asesinar a Dumbledore.
Escena que sólo quedó en eso: en intento. Fue dónde Harry supo por fin cuál era la segunda misión encomendada al chico de Slytherin. Y también donde supo casi sin duda alguna, que Malfoy jamás se hubiera atrevido a completar.
Quizá, todo hubiese salido bien… Harry habría jurado que Dumbledore ya había convencido a Malfoy de cambiarse de bando, ante su evidente terror de cometer asesinato. Quizá… Si tan sólo no hubieran entrado en ese momento un grupo de Mortífagos que habían usado el armario evanescente reparado por Malfoy para entrar a Hogwarts. Quizá si justo detrás de ellos, no hubiera llegado el canalla traidor de Snape.
¿Qué hubiera podido hacer Harry, invisible e inmóvil contra su voluntad?. ¿Qué hubiera podido hacer Malfoy, muerto de miedo y rodeado de Mortífagos que esperaban su lealtad?. ¿Qué hubiera podido hacer Dumbledore, débil, herido y sin varita que usar?
Snape levantó la suya y dijo las palabras asesinas. Y Dumbledore desapareció tras la almena. Cayó al vacío. Y Harry tuvo que mirarlo todo sin poderlo evitar, guardándose en su alma un grito que jamás encontró camino para escapar.
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En cuanto Dumbledore desapareció tras el parapeto de la Torre y los Mortífagos salieron en tropel hacia las escaleras, Harry pudo moverse de nuevo, libre ya del hechizo inmovilizador.
Lo primero que hizo en cuanto su cuerpo le respondió fue poner fuera de guardia a uno de los Mortífagos, el último que salía por la pequeña puerta y que justo le estaba dando la espalda al muchacho. Pasó por encima, sintiendo su corazón palpitar con fuerza contra su pecho y sus sienes, con la urgencia y el temor de descubrir quién había muerto en la batalla.
Porque Malfoy había mencionado que ya había un cuerpo, y no precisamente de un Mortífago. Que no sea ella, que no sea ella… Pero si no era ella, bien podía ser Ron, o Neville, o… Merlín; ¿acaso otro de sus amigos moriría esa noche y por su culpa?
Brincó el último tramo de las escaleras, sumergiéndose de pronto en una nube de polvo blanco producto de los encantamientos usados en la encarnizada lucha gestada justo ahí abajo. Fue atacado de repente por Fenrir Greyback, el apestoso y temible hombre lobo, al cual pudo sacudirse de encima antes de que lograra darle una mordida.
Entre las brumas de aquella refriega, Harry logró distinguir a algunos miembros de la Orden del Fénix peleando contra los Mortífagos que recién habían bajado, así como a Ron y a Luna, quienes con gran habilidad o suerte lograban esquivar los hechizos.
Harry alcanzó a vislumbrar a Snape y a Malfoy, quienes atravesaban impunemente y a toda prisa la pelea y se perdían al otro lado de un pasillo; se lanzó tras ellos como un poseso, olvidando lo que pasaba a su alrededor.
Pero entonces pisó algo tirado en el suelo y cayó casi de bruces encima de un cuerpo, el cual se sentía tibio y pegajoso, como si estuviera cubierto de sangre… Horrorizado, Harry se acercó arrastrándose a gatas por el suelo para cerciorarse de la identidad de ese alguien, pidiéndole a todo lo sagrado que no fuera ella…
Sin desear aproximarse demasiado, se detuvo a un par de metros cuando distinguió con claridad que se trataba del cuerpo de un hombre. Aunque el hecho no lo alegró demasiado pues igual podría tratarse de un amigo, un suspiro involuntario escapó entre sus labios. Giró la cabeza y vio un cuerpo más, alto y fornido y de cabello corto.
Espantado y cada vez más en pánico, logró ponerse de pie a tropezones y casi cayendo de nuevo se puso en marcha otra vez a toda velocidad hacia la esquina dónde Snape y Malfoy habían desaparecido. Justo estaba preguntándose hacia dónde habrían huido cuando una huella de sangre le informó que se dirigían hacia la puerta principal del castillo… Rumbo a los jardines, seguramente para salir de los terrenos y poderse desaparecer.
Tomó uno de los atajos que tan bien conocía con el objetivo de adelantar a un par de Mortífagos que corrían tras Snape y Malfoy y salió casi enseguida a las escalinatas principales, dándose cuenta estupefacto que las enormes puertas de roble habían sido derrumbadas de sus goznes y que el par de traidores se internaban a la oscuridad de la noche, corriendo veloces hacia la verja de salida.
Incrementando la velocidad de su carrera a pesar de que ya no daba más, Harry atravesó la destrozada puerta y casi se muere del susto cuando dos figuras salidas de la nada, una a cada lado de su cuerpo, se le echaron encima con una fuerza inusitada, tomándolo cada una de un brazo y deteniendo su marcha. Boquiabierto por haber sido sorprendido de ese modo, miró de un lado a otro sin poder creer lo que veía.
-¡Neville!. ¡Ginny!. ¿Qué demonios creen que están haciendo? –les gritó al pensar que lo detenían por que temían por su seguridad. -¡Suéltenme!. ¿Qué no ven que Snape y Malfoy se escapan y…?
Un momento. Algo no estaba bien. Jadeando agitado, Harry se obligó a sosegarse para observar detenidamente el rostro rechoncho de Neville, quien lo miraba con los ojos vidriosos y el gesto impasible. En una situación como esa, Neville jamás hubiera estado así de tranquilo. Al menos que…
Giró su cabeza para encarar a Ginny y la encontró en la misma situación. La luz que salía del interior del castillo le brindaba a Harry suficiente claridad como para darse cuenta de la mirada perdida de ambos muchachos, lo cual significaba una sola cosa…
Se enfureció al imaginar que eso era obra de Snape, pero de inmediato un sentimiento de enorme terror lo sacudió al pensar que no había visto a Hermione… Si Ron y Luna peleaban arriba y ahí estaban Neville y Ginny bajo la maldición Imperius... ¿dónde demonios estaba Hermione?
Sacando fuerza de su desesperación, se sacudió a sus amigos con tanta violencia que los derribó al suelo a ambos. Pero justo cuando se preparaba para correr de nuevo, escuchó la inexpresiva voz de Neville que decía: -Impedimenta.
Un terrible golpe en la espalda y de pronto Harry también caía de lleno sobre la fría tierra, haciéndose bastante daño. Intentó toser al sentir que la boca se le había llenado de polvo, descubriendo que no podía hacerlo al estar sofocado.
-Petrificus… -comenzó a recitar Ginny sin emoción alguna, pero antes de que pudiera terminar de conjurar el hechizo, Harry se había girado y apuntado su varita hacia ella.
-¡Expelliarmus! –bufó casi sin aire en los pulmones desarmando a la pelirroja. Y aún antes de que la varita de Ginny hubiera aterrizado en el suelo, Harry apuntó hacia Neville al notar que éste se preparaba para hechizarlo de nuevo. Con todo el dolor que le causaba tener que atacar a sus propios amigos, Harry exclamó furioso consigo mismo: -¡Desmaius! –y Neville se desplomó de espaldas sobre el helado suelo de piedra de la entrada.
Maldiciendo entre dientes, Harry se levantó como pudo y apenas iba a empezar a correr cuando un nuevo hechizo lo lanzó de nuevo por los suelos, todavía con más brutalidad que el anterior. El golpe que se dio lo hizo derrapar un par de metros por encima del pasto húmedo, perdiendo tanto sus lentes como su varita en el camino.
Todavía no se recuperaba lo suficiente como para preguntarse quién lo había hechizado de ese modo, cuando unas risotadas crueles y déspotas se dejaron oír a sus espaldas.
Paralizándose sobre la tierra, se dio cuenta de que los dos Mortífagos que habían venido tras de él en el castillo por fin lo habían alcanzado. Pasaron rápidamente a su lado, riéndose a carcajadas y dejándolo tirado al lado del camino, quizá pensando que estaba ya fuera de combate.
Harry se quedó lo más quieto que pudo, respirando entrecortado y con la cara metida entre sus brazos y el barro, esperando que los vasallos de Voldemort lo pasaran de largo para poder levantarse y buscar su varita. Seguramente que esos dos no lo habían reconocido. No creía que de ninguna manera hubiesen dejado al trofeo que Potter representaba tirado en el camino, sin matarlo o llevarlo ante su Señor Oscuro.
En cuanto sintió que los pasos se alejaban y creyó que estaba fuera de peligro, Harry se levantó y comenzó a arrastrarse a gatas, tanteando el terreno casi completamente a ciegas en una búsqueda desesperada por su varita o por sus gafas. -¿Dónde, dónde…?
Una explosión y un destello naranja lo hizo elevar la mirada. Horrorizado, observó cómo la cabaña de Hagrid ardía en llamas mientras que su enorme amigo se debatía contra un Mortífago rubio y de facciones toscas. O por lo menos eso es lo que Harry pudo distinguir a través de la lejanía y su miopía.
Sintiendo escalofríos recorrer su cuerpo al escuchar los lánguidos aullidos de Fang y temiendo seriamente por la vida de Hagrid, el chico se dio más prisa en buscar a su alrededor. Golpeó la tierra con un puño cerrado, percibiendo cómo el rencor se apoderaba súbita e implacablemente de su corazón. ¡Malditos, malditos Mortífagos!
Desesperado y como último recurso, levantó la mano hacia la oscuridad de la noche y gritó: -¡Accio varita!
Nada. Gimiendo, no pudo entender por qué en ese momento no podía hacer uso de la magia sin varita como cuando…
La punta helada y dura de una varita que no era la suya, lo oprimió en la frente con tanta rudeza que lo hizo arrugar el rostro en una mueca de dolor. Rabioso e impotente, levantó la mirada y se topó con la de una hechizada Ginny, quien con un rostro completamente libre de expresión y por lo tanto sumamente discordante, lo miraba sin decir palabra. Harry tragó saliva, sosteniendo la mirada de su pelirroja amiga y pensando frenéticamente en algo qué hacer a continuación…
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Decenas de metros lejos de él, Hermione también fue testigo presencial del estallido que provocó que la cabaña de Hagrid se viera envuelta en llamas. Pero a diferencia de Harry, la chica apenas si pestañeó.
De hecho, la dantesca escena sólo la hizo sentir mejor. A pesar de la distancia que la separaba del pequeño infierno que antes fuera el hogar del guardabosque, Hermione alcanzaba a percibir ráfagas de aire caliente que las llamas liberaban en la fresca noche. La bizarra situación incrementaba su sensación de bienestar.
Cerró los ojos, permitiéndose ser dominada por ese agradable sentimiento… Escalofríos de tibio placer recorrieron su piel provocando que se le erizara. Hacía tanto tiempo que no se sentía así, tan despreocupada. Tan tranquila. Parecía estar flotando entre nubes, como si todo aquello no fuera más que un mero sueño. Suspiró satisfecha, sin dejar que ningún pensamiento perturbador irrumpiera a través de su mente hechizada.
En medio de las brumas de su ensoñación escuchó pasos apresurados y jadeos irregulares de personas que se acercaban. A su pesar, abrió los ojos y observó a dos hombres llegar ante ella. El profesor Snape y Draco Malfoy detuvieron su carrera justo a su lado, ambos evidentemente agotados y con la respiración agitada. La lucha que sostenían para llenar sus pulmones de aire parecía impedirles pronunciar palabra.
Snape tenía adusto semblante, como si estuviera completamente furioso, y mientras exhalaba ruidosamente se dedicó a barrer con mirada glacial a Hermione. Malfoy se dobló apoyándose con las manos sobre las rodillas, temblando y jadeando de un modo particularmente curioso. Parecía como si sollozara.
Hermione continuó de pie, no sintiendo emoción alguna por el reciente arribo del profesor y del muchacho. Su única reacción fue un pequeño movimiento hacia atrás, recargándose en la verja que marcaba el final de los terrenos del castillo. A los lados de aquella puerta, las estatuas de dos cerdos eran mudos y fríos testigos de aquella noche de locura y sangre dentro del anteriormente pacífico Hogwarts.
Muy bien, Granger. Ya sabes qué hacer, manos atrás y ningún movimiento. Y cuando llegue el momento, harás lo que previamente te indiqué. Aquella voz sonó de nuevo, fría y precisa, dentro de su cabeza. Hermione asintió obedientemente. ¿Cómo no obedecer a ese mandato? Si a cambio de ello podía estar tan en calma y en sosiego, sin ningún pensamiento aciago que le torturara la mente y el corazón como comúnmente pasaba…
A la distancia y por encima de los gritos de Hagrid y el crepitar del fuego que consumía su cabaña, se escuchó la marcha atropellada de dos personas más, las cuales venían aproximándose dando risotadas y traspiés. Hermione inclinó un poco la cabeza hacia un lado para ver a un hombre y una mujer horribles, vestidos de negro y que ella no conocía.
Algo en el fondo de su mente quiso avisarle del peligro, pero de inmediato la sensación de bienestar enterró cualquier pensamiento de advertencia. ¿Para qué preocuparse? Si se estaba tan bien así, sin temor…
Se dio cuenta de que Draco Malfoy la miraba con los ojos angustiados y un gesto de puro horror en su pálida tez. Lo vio incorporarse lentamente sin dejar de jadear, como si su falta de aliento se debiera más a otra cosa que al resultado de haber estado corriendo. El muchacho desvió sus grises y muy abiertos ojos hacia su profesor, que contrariamente a él parecía muy satisfecho por algo.
Las facciones cetrinas de Snape lucían tan endurecidas que fácilmente podría haberse camuflado entre las viejas estatuas de piedra. La manera en que sus ojos estaban fijos en Hermione superaba con mucho el desprecio que comúnmente solía manifestar a los hijos de muggles como ella.
-Ya sabes qué hacer –repitió Snape, pero en esa ocasión la indicación fue para Malfoy. Su tono era gélido y despectivo, como si estuviera muy enojado con el que fuera su alumno favorito. –Es el único recurso que te queda para salvar el pellejo, Draco… Y más después de lo que ha pasado en la Torre.
El chico lo miró todavía con más terror en su expresión. Respirando de manera irregular y superficial, pareciera como si estuviera a punto de sufrir un ataque.
-Pero… Profesor, yo no… ¿No podríamos só…?
-¡MALDICIÓN, DRACO! –rugió Snape provocando que hasta Hermione se sobresaltara ligeramente. -¡Te ordeno que cierres el pico de una maldita vez, te armes de valor y LO HAGAS! Ya nada tiene marcha atrás a partir de…
Snape se silenció repentinamente cuando el otro par de mortífagos llegaron por fin hasta ellos con aires de triunfo. Se rieron casi de manera obscena al descubrir que habían logrado escapar, cuando de pronto repararon en la chica que, vestida con el uniforme de Gryffindor, permanecía inmóvil y muy erguida.
Con el viento caliente proveniente del incendio ondeando su cabello y túnica, Hermione les correspondió la mirada con los ojos opacos y carentes de expresión. Los dos mortífagos la observaron con pervertida curiosidad al darse cuenta que estaba bajo un Imperius, pero como si no atinaran a entender cuál era el motivo de su secuestro.
-¿Y ésta, qué?. ¿Es necesario que la llevemos con nosotros? –preguntó con áspera voz la mujer.
-No seas estúpida Alecto, no la estamos llevando a ningún lado. En realidad, yo diría que hasta aquí ha llegado su viaje –dijo Snape en su característico tono helado y pausado, pero con un dejo de desesperación apenas perceptible en su voz. –Es la otra misión de Draco.
La luz de la comprensión brilló en la mirada de ambos mortífagos y sus ojos se abrieron ávidos de más muerte y destrucción. Miraron a Hermione con desprecio y después clavaron sus crueles ojos en Malfoy, esperando que el rubio hiciera el trabajo asignado.
El chico de Slytherin se estremeció notablemente y a todas luces espantado. Echó una rápida mirada a su profesor antes de levantar lenta y trémulamente su varita justo frente el rostro de Hermione. La miró a los ojos y tragando saliva con seria dificultad, abrió la boca para conjurar el hechizo mortal.
