¡Lo sé, lo sé! Estoy tardando mucho en actualizar, pero la conexión a internet es una castaña y por el móvil también va a trompicones. A ver si para mitad de este mes que me renuevan la tarifa aprovecho para subir como una loca todo lo que he ido escribiendo.
En serio, pido mil disculpas si no actualizo, si no dejo comentarios y si no me entero de historias nuevas. Me pondré al día en cuanto me renueven.
¡Hasta entonces, un abrazo y gracias por seguir aquí!
36. A la carrera
[Templo de Horus, Edfu]
Nada podía hacer. Abatida, Serket vio como la otra diosa ordenaba a uno de sus soldados recoger la caja que hacía catorce años había traído un guerrero del Santuario de Atenas para que la custodiaran ella y su marido.
Y ahora veía como, a pesar de todos sus esfuerzos por evitar la catástrofe, Sekhmet había conseguido lo que deseaba.
La diosa leona se regocijaba mientras contemplaba a Serket siendo fuertemente asida por los soldados. Inmovilizada por el poder de Sekhmet, la diosa escorpión trataba en vano de desasirse.
—Esto no quedará así Sekhmet, ¡mi marido pedirá ayuda al Santuario y verás!— gritó la mujer, desesperada.
Su rival enarcó una ceja y cruzándose de brazos dio una orden seca a uno de sus subordinados. Al cabo de un par de minutos, apareció acompañado de Horus, igualmente encadenado.
El dios había ofrecido resistencia a su captura y ahora se hallaba semiinconsciente debido a un fuerte golpe que fue asestado por otra diosa.
Serket gritó a su marido, pero éste permaneció impasible. Apenas acertaba a abrir los ojos, por la contusión.
—Aunque pidáis ayuda al Santuario, no os servirá de nada. Hace tiempo que las relaciones se cortaron, y por lo que tengo entendido, el nuevo Patriarca no tiene especial interés en estos menesteres— informó una melosa voz que surgió de entre las sombras.
Al fin hizo acto de presencia aquella quien maduró la idea durante años.
Neftis.
Serket se quedó boquiabierta al ver a esa mujer frente a ella.
—¿De qué te sorprendes querida? Si creíais que iría a dejar pasar esta oportunidad, ibais mal encaminados. Pero no te preocupes, ya que tengo alguna sorpresa más para todos vosotros. La armadura de oro no era mi objetivo principal. Sino otro totalmente diferente— susurró misteriosamente.
La diosa escorpión frunció el ceño, mientras era empujada por los soldados junto a su marido. Murmuró unas palabras encriptadas para cualquiera que no conociera sus poderes.
[Desierto, cerca de la ciudad de Edfu]
—Venga, hasta aquella duna.
Milo señaló la montaña de arena que se recortaba en el horizonte. El ocaso llegaba a su fin y en breves minutos la noche tomaría control del desierto, haciendo que las abrasadoras temperaturas diurnas descendieran drásticamente.
Sargas se acarició la barbilla y tras meditarlo apenas unos segundos, aceptó la apuesta con una sonrisa de medio lado. Antes de que su alumno pudiera dar la orden de salida, el maestro agitó las riendas de su dromedario y dando un leve golpe al costado del animal, éste bramó y salió agitado en una carrera desenfrenada.
—¡Eh, eso no es justo!— exclamó su alumno, azuzando al suyo—¡No me das dejado contar hasta tres!
Milo fue a galope tras su maestro, quien ya le llevaba unos metros de ventaja y se reía a carcajada limpia, mientras escuchaba los insultos que su alumno le profería.
Por su parte, Polidamas frunció el ceño y sacudió la cabeza, disgustado ante el comportamiento infantil de sus dos compañeros. Él azuzó un poco a su animal, únicamente para no perderlos de vista entre el mar de arena.
A lo lejos, podía divisar a los dos animales corriendo, uno tratando de dar alcance a otro.
Sargas y Milo corrían bastante igualados.
—Nunca conseguirás alcanzarme muchacho, soy más rápido que tú— gritó Sargas divertido al ver la cara de esfuerzo de su alumno dominando a su bestia. Milo sonrió de medio lado y apretando los dientes azuzó más fuerte al animal y arañó unos metros más por delante.
Apresurando aún más el galope, el caballero de plata remontó y subió hasta la duna, meta de la desenfrenada carrera, proclamándose victorioso. Se giró para ver dónde estaban su alumno y Polidamas. Aún jadeando y con el corazón desbocado tragó saliva y rebuscó en su cinto el odre de agua. Fijó la vista al frente para contemplar lo que había tras aquel montículo de arena. La expresión de felicidad se borró de un plumazo y permaneció serio mirando lo que se hallaba a sus pies.
Milo llegó a los pocos segundos, con un semblante de fastidio y fue a posicionarse junto a su maestro.
—Esta carrera no vale, has hecho tram…— y el aprendiz calló súbitamente, al ver el gesto de silencio que le pedía Sargas. Éste se pasó la lengua por los labios secos y sin probar el agua que tanto ansiaba, cerró el odre y lo enganchó en el cinto. Tomó las riendas de su animal, dando media vuelta.
—No podemos ir por aquí, tenemos que buscar otra forma de llegar sin que nos descubran— musitó bajando la ladera. Su alumno asintió con un gesto y regresaron sobre las pisadas hasta llegar a encontrarse con Polidamas.
—¿Qué sucede?— inquirió el sirviente, preocupado por los semblantes de seriedad de sus compañeros.
—Cambio de rumbo. No podemos ir hasta el Templo de Edfu. Los soldados de Sekhmet han apuntalado la zona. Por suerte están demasiado lejos como para notar nuestra presencia.
Milo frunció el ceño ante las palabras de su maestro y se ajustó el pañuelo azul, cubriéndose el rostro.
—¿Por dónde iremos entonces?— preguntó Polidamas, inquieto.
Sargas resopló y colocó el pañuelo para tapar la boca y la nariz.
—Una ruta diferente…¡vamos, no hay tiempo que perder!— y tras decir esto, azuzó a su dromedario.
Sus compañeros asintieron y enfilaron tras él.
Ya llevaban un tiempo caminando bajo las estrellas, en completo silencio. El frío azotaba con fuerza pero no era suficiente para doblegar a los tres hombres.
—Maestro…
El aludido respondió con un sonido interrogativo, sin volver el rostro hacia su alumno.
—¿Qué va a suceder?
Sargas percibió un leve temblor en la dicción de Milo y suspiró para calmar su propia voz. No quería asustar al muchacho más de lo necesario.
—Si supiera lo que nos depara el futuro…pero no tengo ese poder, así que lo que suceda a partir de ahora está en manos del destino.
El joven inspiró antes de responder a su maestro.
—Pero ¿tan grave es la situación?
Sargas cerró los ojos momentáneamente. Empatía. Su alumno era capaz de sentir las emociones de los demás y, en cierto modo, saber qué era lo que pensaba la persona que tenía frente a él. Saber aquello le daría ventaja en un combate, puesto que podría diferenciar el bien y el mal. Vital para poder llevar la armadura de Escorpio, cuya diferencia respecto a la de los demás era que podía calcular el daño infligido a sus oponentes y así poder avanzar hasta la muerte o frenar en seco ante la rendición. En el último caso, además, podía revertir las heridas causadas, parando la hemorragia.
—No lo sabremos hasta que nos enfrentemos a lo que nos espera. En cualquier caso— Sargas paró unos segundos para pensar las palabras—, quiero que sepas que confío plenamente en ti. En la situación, bastante probable, de que nos veamos envueltos en una guerra, no dudes en hacer lo que sea conveniente. Tomes la decisión que tomes, ¿de acuerdo?
Milo leyó en los ojos de su maestro lo que insinuaba tras esas veladas palabras. Se mordió el labio inferior y tragó saliva. Sería una prueba de fuego, en verdad, pero estaba dispuesto a entregar su vida. Sus férreas convicciones no se desmoronarían tan fácilmente.
A lo lejos, los tres hombres escucharon voces. Sargas mandó parar a sus compañeros y rápidamente ordenó una estrategia.
—Que empiece la fiesta…
