Los personajes en su mayoría son de Stephenie Meyer, salvo algunos cuantos que salieron de mi alocada cabecita. La historia es completamente mía.
– Capítulo 33 –
EL PRECIO DE LA VERDAD
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Jason Jenks se cubrió la cara con ambas manos, pensando en cómo seguir adelante ahora que todo se vino abajo. Las últimas cinco horas fueron, probablemente, las peores de su carrera. Las más difíciles de toda su vida, y no eran nada comparado con lo que varios de sus muchachos debieron soportar.
De solo pensar en ello la sangre bullía por sus venas como si se tratara de un volcán a punto de hacer erupción.
Como director general de la OCF en Nueva York, él fue el siguente en acudir a la escena acompañado de algunos de sus otros agentes asignados. En cuanto Emmett le confirmó el pedido de ayuda de James Witherdale así como el paradero de Isabella Swan él no dudó en armar un equípo táctica para asistir a dos de los suyos. Bien, Isabella ya no pertenecía a la agencia, claro estaba, pero Jenks siempre iba a considerarla una más.
Nada podía haberlo preparado para lo que encontraron, el panorama no fue agradable de ningún modo. Uno de sus elementos de confianza yacía muerto a manos de su segundo al mando, el único sospechoso del caso se encontraba en esos momentos incosciente siendo atendido por el personal sanitario, y la que fuera por mucho su pupila más prometedora se hallaba en un estado de nervios entre el consuelo que le proporcionaban los brazos del detective Black. Mientras tanto, dos docenas de agentes, técnicos y demás personal calificado caminaban de un lado a otro recogiendo evidencias y hablando por sus teléfonos móviles pero con la misma expresión de horror que había en su rostro.
Una vez que la ambulancia abandonó el lugar llevándose con ella al doctor Cullen y a exagente Swan, acompañados por un firme Jacob Black que se negó a separarse de ellos, Jason Jenks se ocupó personalmente de apartar también a James de la escena. Sobre todo porque comenzaba a asustarle el estado del hombre, durante todo el tiempo que estuvo allí permaneció estático observando desde la distancia el cuerpo inerte de Sanders que solo estaba cubierto por una bolsa de plástico.
Según John Collins, la mayor fuente de la que obtuvo información en ese momento, el agente Witherdale había disparado a Paul Sanders cuando éste se disponía a matar a su prima y al novio de ella. Y además el chico le relató con detalle los hechos desde que encontró a los dos hombres discutiendo en la espera de la unidad de cuidados intensivos del Manhattan Medical Center hasta el momento en que llegaron los refuerzos.
Estaba más que claro que fue la destreza de James lo que salvó la vida de dos inocentes, tanto en llamar a Newton para rastrear el móvil de Isabella como en el hecho de actual en el momento preciso, no dudar ni un segundo en tirar del gatillo antes de que Paul lo hiciera.
Y era desde ese mismo lugar desde donde venía su preocupación. Era un veterano, un soldado de la vieja escuela, conocía con exactitud el sentimiento que experimentaba uno después de disparar su arma contra alguien, ya sea esa persona un delicuente o no. También conocía cómo se sentía saber que esa bala, esa que acabó con la vida de alguien, vino de tu arma, ese sentimiento corrosivo que se presentaba después de haber acabado con una vida. Pero, ¿y qué si esa persona, esa vida, era la de tu amigo... tu compañero? ¿Qué pasaba cuando no había más opción, si debías elegir entre dejar morir a un amigo o quitarle la vida a otro? No había respuesta para algo como eso.
Tan pronto como dejó al hombre en su casa, obviamente acompañado, regresó a las oficinas para ocuparse personalmente del caso. Y en esos momentos, mientras leía el informe forense, mientras observaba las fotografías del hecho, no podía expresar lo abatido que estaba, lo insultado que se sentía al saber que uno de sus agentes de mayor confianza era el responsable de todo ese desastre. No era capaz de comprender cómo es que nunca notó nada extraño en ese muchacho. Pasar por alto, ¡y de qué manera!, una personalidad tan destructiva como esa, tan letal, era un error imperdonable para un hombre en su posición.
Un suave golpe lo sacó de sus pensamientos, acto seguido la rubia cabellera de su prudente secretaria se asomó por la puerta.
—Señor. Asuntos Internos está aquí, quieren hablar con usted.
Estupendo, aquello era lo único que le faltaba. Ahora no solo tenía al gobernador de Nueva York en su teléfono pidiendo explicaciones, a la prensa acampando en su edificio esperando novedades y a Aro Volterra detrás de su cuello intentándo encausar una investigación sino que Asuntos Internos estaba allí para hacerse un festín con la situación.
Y lo peor de todo el asunto era que, a pesar de las declaraciónes de Collins, Black e incluso la del agente Witherdale, no tenía el conocimiento del total de la historia. Ninguna de las anteriores declaraciones podría ser tan esclarecedora como la de Isabella Swan o la de Edward Cullen, y para su desgracia todavía no pudo acceder a ellas. Según sus hombres Isabella continuaba bajo los efectos de un fuerte sedante mientras que Edward seguía en el quirófano.
—Gracias Chelsea. Iré enseguida.
La chica asintió y se retiró prontamente cerrando la puerta con suavidad.
Jenks apartó la carpeta con el informe antes de ponerse de pie, armándose de toda la confianza posible para afrontar lo que estaba por venir.
Eran dos. Dos hombres altos, castaños, morenos y con oscuros trajes. Dos pares de ojos, unos claros y los otros oscuros, se posaron en él con fría especulación. Demasiado cerca de ellos se encontraba Aro Volterra, que aunque se lo observaba con seriedad, sus ojos no podían ocultar el deleite que sentía al verlos en esa situación tan grave e incómoda para todos.
Estaba claro que iba a ser un gran problema, y tenía todas las señales de que hizo más que comenzar.
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Todo era negro, oscuro. No lograba ver nada porque esa oscura y espesa bruma lo cubría todo. Su cuerpo intentó avanzar pero sus musculos no parecían responder a ninguna de las ordenes que enviaba su cerebro.
Podía escuchar algunas voces lejanas, unas voces que no lograba reconocer pero que sí distinguía con claridad. Los pitidos de unas maquinas, el calor del sol en su rostro, el sonido de puertas abriendo y cerrándose, una voz, un suspiro, el silencio. Pero no podía ver más que oscuridad.
Respiró hondo e intentó abrir los ojos, sabía que estaba durmiendo y también sabía que debía despertar.
Poco a poco sus parpados fueron separándose, abriéndose, a la vez que se adecuaban a la luz del lugar. Parpadeó exageradamente antes de enfocar su mirada en el techo blanco, confusa dejó que sus ojos vagaran por el lugar que tardó poco tiempo en reconocer. Estaba en el hospital, en una habitación del hospital.
Se encontraba sola en esa habitación, su cuerpo conectado a algunas maquinas que pudo reconocer permanecía acostado sobre la cama aunque ella no compredió por qué estaba allí. Se sentía tan bien como podía sentirse dada la situación, es decir, no tenía ninguna herida física que necesitara tratar.
Esa idea trajo una serie de pensamientos a su cabeza, y una cantidad indeterminable de lágrimas a sus ojos. Su primo estaba muerto, y era el responsable de todo. Era el Merodeador. Él mató a Ángela, a esas mujeres, y a los agentes del FBI. Él acabó con el amigo de John, atacó a Lauren, inculpó a Edward, y los engañó a todos.
Solamente él, todo el tiempo fue él.
¿Cómo es que nunca logró ver lo que sucedía? Paul Sanders estuvo a su lado a cada paso durante los últimos cinco años al menos. En ese tiempo él se transformó en su confidente, en su paño de lágrimas, en el pilar que por mucho tiempo la mantuvo de pie. Todavía no lograba creer que bajo toda esa superfie de amor y cariño se escondía un odio cuyo único objetivo era destruírla.
Y lo había conseguido, puede que no de la forma en la que esperaba pero sí logró su meta. Ella se sentía destruída por dentro, engañada, sucía y culpable. Culpable de todas las muertes que él provocó durante su despiadado plan de venganza.
¿Cómo iba a mirar a Jacob a la cara nuevamente si ella era la razón por la que Leah estaba muerta, de que Lauren estuviera en peligro de muerte? ¿cómo podría ser capaz de ver a Edward sin pensar que había sido su primo, su familia, quien arruino su vida, su reputación?
Bella se tensó inevitablemente cuando la puerta de la habitación se abrió repentinamente, y abrió los ojos con sospresa cuando reconoció al hombre que entró con el semblante preocupado por su estado de salud. Entonces, otra vez, sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
—¿Papá? – murmuró sin creerlo realmente.
Charlie caminó hasta la cama viéndose mucho más tranquilo, ella estaba despierta y no tenía ninguna lesión física grave.
—Pequeña.
Bella se abrazó a él como si fuera su tabla de salvación, su padre le devolvió el abrazo sintiendo en ella por primera vez en años a esa niña inocente que alguna vez fue su hija.
—¿Papá? ¿Cómo... tú...?
Él tomó las manos de su pequeña entre las suyas, no quería soltarla por ninguna razón.
—Jacob me llamó. Tomé el primer vuelo que encontré disponible.
Ella titubeó.
—¿Ya lo sabes?
El hombre tensó los labios y desvió la mirada. No respondió la pregunta pero tampoco fue necesario, la expresión de su rostro bastó para darle a ella su respuesta.
—¿Cómo te sientes, pequeña?
—Mejor... – contestó con voz perdida. Se detuvo unos cuantos minutos en silencio, indecisa, antes de continuar. – ¿Sabes cómo está Edward? Edward Cullen.
En realidad dudaba de que su padre sepa algo sobre Edward, o sobre los dos, pero era algo que necesitaba preguntar. Lo poco que recordaba del aspecto del hombre bastaba para mantenerla preocupada por su salud.
Charlie apretó sus manos con cariño. Realmente no sabía mucho de ese muchacho más del hecho de que también fue atacado por Paul, y de que aparentemente mantenía una estrecha relación con su hija.
—El hombre que estaba contigo – él asintió –. Tiene una conmoción cerebral, tres costillas fracuradas y un traumatismo abdominal.
Y eso lo sabía porque habló con el padre del chico, el hombre que atendió a Bella en cuanto ella llegó al hospital. Carlisle Cullen había enviado a su muchacho al quirófano, tan pronto como vio los resultados de su conteo sanguíneo completo y de su TAC, para reparar la rotura del bazo causado probablemente por los golpes de Paul. Jacob le aseguró a Charlie que Bella preguntaría por él aunque no dio muchas más explicaciones de por qué. Entre todos acordaron no decirle nada hasta que la operación acabara pues sería preocuparla por una tontería, afortunadamente Edward ya se encontraba en recuperación y en buen estado teniendo en cuenta sus demás lesiones.
A ella se le cortó la respiración.
—No, no.
—Tranquila, pequeña. Salió del quirófano hace casi dos horas, todavía está bajo los efectos de la anestesia pero su pronóstico es bueno. Él estará bien.
Cerró los ojos con alivio y su cuerpo se relajó considerablemente. Nunca se habría perdonado si Edward también hubiera... no, no, ni siquiera podía pensarlo.
—Oh, Dios. Oh, gracias.
Sin poder contenerse Charlie abrazó a Bella nuevamente, con más fuerza que antes.
—No puedo creer lo cerca que estuve de perderte – confesó sintiendo como las palabras se atoraban en su garganta.
—Es mi culpa, papá. Él lo hizo por mí.
—¿Pero, qué dices?
Ella se soltó del abrazo evitando su mirada.
—Todas esas mujeres a las que mató, esos agentes. Leah, Lauren, Ángela... – susurró – Lo hizo para llegar a mí, siempre fue por mí.
—No quiero que vuelvas a decir algo como eso Isabella ¡Te lo prohíbo! – atajó duramente. Su sobrino ya había destrozado en demasía a su familia mientras estaba con vida, no permitiría que lo siguiese haciendo después de muerto.
—Papá... yo.
—Paul era un hombre enfermo, Isabella. Era un hombre que fue consumido por el odio, por una situación que le tocó vivir. Su padre lo odiaba, su madre lo odiaba también, y él desplazó ese odio hacía ti. No puedes, ni debes, culparte por los actos de un hombre desequilibrado.
—Pero... todos están muertos... ¿Cómo veré de nuevo a Jacob después de lo que Paul le hizo a Leah... y a Lauren? Pienso en él, y en Harry y Sue, en que él mató a Leah solo porque ella era mi amiga. ¿Y qué me dices de Edward? Yo lo culpé a él, lo acusé, cuando en realidad fue mi primo quien lo arruinó y casi lo mata.
—Bella, eso no es así.
—Durante años no hice nada más que regodearme en mi propia miseria cuando tenía a mi lado al responsable. Y no hice nada... nunca... hice... nada.
Entonces un llanto desgarrador brotó del interior de la chica, un llanto que parecía provenir de su alma. Charlie solo pudo maldecir internamente mientras la acunaba contra su pecho. Por muchos años él había estado tan sumido en su dolor que dejó abandonado lo único que le quedaba en el mundo, lo único que le quedaba de lo que alguna vez había sido su familia, y la dejó a merced de un hombre inestable y consumido por su propio odio, por su propia maldad. ella necesitaba. Nunca lo lamentaría más que en ese momento.
—Nadie sería capaz de culparte, solo eres una víctima más.
—Él mató a... Ángela... a mi hermana... y no le... importó – el rostro de Charlie se contrajo de dolor –. Y yo confié... confié... en él... y me... engañó... siempre.
El llanto de ella también provocó las lágrimas en su padre. Los dos estaban sacando su dolor, y por primera vez desde la muerte de Ángela lloraban juntos su pérdida. Ambos se sentían heridos, y traicionados por alguien a quien creían familia. Habían confiado en Paul, Bella le confió su vida, Charlie le confió a su hija, y los dos habían sido engañados.
—Lo siento, lo siento mucho.
—¿Por qué?
—Nunca debí dejarte, tenía que haber estado contigo Bella. Si me hubiera comportado como lo hace un padre nada de esto habría sucedido.
Ella negó, aunque al principio no lo hizo después logró comprender. Su padre también pasaba un mal momento, y Paul estaba allí fingiendo ayudar. Él creyó que hacía lo correcto, que ambos habían perdido familia y podrían superar juntos ese golpe. Bella podía compreder ahora que su padre nunca la abandonó sino que nunca supo cómo acercarse a ella, y su primo se aprovechó de eso.
—No habría habido diferencia. Él estaba convencido de que solamente yo era la culpable de sus desgracias... estaba tan enfermo, y yo no me di cuenta... no pude ayudar – sollozó.
—Ya está cariño, todo ha terminado.
Esa era la verdad, pensó Bella, ya no había nada más que hacer. Ni por Paul, ni por Ángela, ni por nadie. Tal vez no fuera responsable de los actos de su primo pero siempre se sentiría culpable por ellos, sobre todo el sufrimiento de tanta gente que no lo merecía.
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Isabella respiró hondo tomando valor para entrar en la habitación. Llevaba más de cinco minutos con la mano en pomo de la puerta pero sin atreverse a entrar. Repentinamente la puerta se abrió dándo paso a un rubio doctor que conocía bien, el hombre la miró con unos tranquilos ojos azules que no demostraban más que pena por lo sucedido. Él pasó por su lado para seguir su recorrido sin emitir palabra, Bella esperó a que se marchara completamente y, con una última exhalación profunda, entró.
La mirada dorada de Edward se posó en ella, tan intensa y enigmática como la primera vez que la vio. Bella sintió una opresión en el pecho al verlo en así, en esa cama, en el lugar de paciente. Él tenía una venda sobre la ceja izquierda, y uno que otro moretón en la cara. Paul tuvo que haberlo golpeado muchó, pensó con dolor, y pudo haberlo matado también.
Edward se acomodó mejor en la cama pero no pudo disimular la expresión de dolor cuando su cuerpo protestó.
—¿Cómo te encuentras?
Él estiró el brazo, invitándola a acercarse. Ella lo tomó de la mano sin fuerza.
—Mejor ahora que te veo, ¿y tú cómo estás?
—Edward... – suspiró – Quería, quiero, perdirte perdón. Nunca imaginé que mi primo sería el causante de todo, que sería capaz de usar a personas inocentes para sus maliciosos planes como hizo contigo. No tenías que ver con todo esto pero fue por mi que saliste lastimado, y lo siento muchísimo.
Él dirigió la mirada a sus manos todavía unidas, pensativo pero sin ninguna reacción aparente. Bella deseaba poder saber lo que pasaba por su mente en esos momentos. Edward volvió la vista a ella al cabo de unos minutos.
—Tenía veintiún años en ese entonces, estudiaba en una universidad de renombre, tenía una novia que creía la mejor del mundo, una familia maravillosa, amigos con los que podía contar para todo, y además estaba Claire que llegó a nuestras vidas como una inesperada pero fantástica sorpresa. Creía que mi vida no podría ser mejor, sobre todo cuando papá mencionó ese congreso de medicina en la Universidad de Washington. Quería que lo acompañara y yo estaba encantado de poder compartir algo así con él – Edward esbozó una melancólica sonrisa –. Fueron unos días increíbles, solos los dos haciendo algo que a ambos nos apasionaba. Todo fue bien encaminado hasta el día de nuestro regreso, entonces todo cambió... – suspiró ante el recuerdo, rememorando cada detalle de ese día que sin saberlo marcó su futuro para siempre.
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Observó por la ventana mientras su padre conducía, finalmente regresaban a casa luego de una semana en Seattle. Habia disfrutado muchísimo ese tiempo con su padre pero también estaba ansioso por ver a Charlotte, incluso hablando con ella todos los días la extrañaba enormemente. Además, Claire podría llegar en cualquier momento y odiaría perderse en nacimiento de su sobrina. Si bien faltaban tres semanas para nacimiento de la pequeña, y a pesar de que Abigail repetía constantemente que todo iba bien, Edward sabía que esa niña nacería en el momento menos esperado pues la pequeña ya mostraba señales de tener el mismo temperamento tranquilo de su padre, tomándose las cosas con calma y en el momento justo que casi siempre era el menos esperado.
—¿En qué piensas? – interrumipió Carlisle sus pensamientos.
—Pensaba en Abby y en Claire, en lo poco que falta – sonrió a su padre –, pero en realidad estaba pensando en las ganas que tengo de ver a Charlotte.
Carlisle sonrió.
—Pronto estaremos en casa, no creo que Claire decida nacer justo ahora.
—Espero que no – rió.
Iba a agregar algo más cuando un fuerte ruido hizo que ambos se sobresaltaran. Alguna cosa estaba sucediendo unos metros más adelante, fue evidente cuando los coches comenzaron a detenerse y los ocupantes de los mismos salían de ellos inquietos por el estruendo. No tenía pinta de ser algo bueno, pensó Edward mientras veía a su padre hacer lo mismo.
—¡Un médico! – gritó una mujer a lo lejos – ¡Necesito un médigo urgente!
Carlisle no lo dudó y salió corriendo hacía la multitud, Edward lo siguió de cerca.
Un coche azul con dos ocupantes había atravesado la valla y se había dado de frente contra otro que transitaba por el carril opuesto, a gran velocidad. A juzgar por el estado de los dos vehículos la situación era grave.
Dos hombres de mediana edad se acercaron para verificar el estado de los ocupantes de uno de los coches, un hombre mayor y una adolescente de no más de quince años, mientras que Edward y Carlisle asistieron a los del vehículo azul. Habían también dos personas allí dentro, una mujer adulta y un hombre, de más o menos la misma edad, que era el conductor. Los dos estaban bastante mal heridos pero era él quien definitivamente se llevó la peor parte.
—¡Alguien llame a emergencias! - gritó uno de los hombres que también se había identificado como médico pero que, al contrario de los Cullen, estaba con los ocupantes del segundo coche intentándo mantener con vida a la chica. El hombre mayor había muerto durante el impacto.
—Edward, necesito que te quedes con ella. La mujer tiene un traumatismo craneoencefálico y no sé que tan grave es, tienes que mantenerla despierta. Necesito ocuparme de este hombre ahora mismo o morirá.
Él asintió.
La mujer estaba con la cabeza ensangrentada, lucía como de unos cuarenta años, con el cabello castaño y los ojos de un tono oscuro que en esos momentos no logró identificar, pudieron ser marrones oscuros o tal vez negros, no era claro. Lo que si veía era que estaba muy asustada, y llorosa. Edward tomó con cuidado una de sus manos y la apretó intentando reconfortarla.
—Tranquila – susurró –, quédese conmigo, por favor, estará bien.
—Tengo... miedo – admitió ella debilmente –, no quiero... morir... así.
—Usted no morirá, debe seguir conmigo... ¿Cuál es su nombre?
Edward intentaba hacerla hablar, mantenerla con consciencia mientras llegaba la ambulancia, pero también intentaba dilucidar cuál era el grado de alteración de las funciones cerebrales.
—Anna.
—Correcto, yo soy Edward – él lanzando una mirada fugaz a su padre que continuaba haciendole la reanimación cardiopulmonar al hombre que no parecía estar respondiendo – ¿Tiene familia, Anna? – la mujer respondió un suave "si" que el muchacho apenas logró escuchar –. Está bien, cuénteme sobre ellos... ¿Tiene hijos?
—Él no es bueno... no es como las niñas... – gimió Anna dejándo caer sus lágrimas, Edward frunció el ceño confundido pero aún así continuó con las preguntas, a él quería mantenerla despierta.
—¿A qué se refiere?
—Es mi culpa... yo dejé que todo pasara... lo siento mucho – ella sollozó con más fuerza.
—Señora, Anna... ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué es su culpa?
—Sé que odia... a las niñas... a las dos... por mi... culpa.
La mirada de Anna se perdió en la nada, su voz cada vez sonaba más y más suave hasta que se volvió un simple susurro. Edward consultó su reloj con prisa, ¡la mujer estaba delirando! Ella necesitaba atención especializada con urgencia y la maldita ambulancia no llegaba más.
—Falta poco, por favor, resista.
—Es malo... malo... pero tú no... no eres como él... – Anna se retorció en el pavimento hasta que sus ojos finalmente se cerraron y ella dejó de murmurar incoherencias. Edward se tensó de golpe pero no tuvo tiempo de reacciónar pues los paramédicos enseguida tomaron su lugar para ocuparse de la situación.
Edward se pasó la mano por el cabello preocupado, su padre colocó una mano en sus hombros. Cuando el chico levantó la mirada el rostro de Carlisle fue suficiente como para comprender la gravedad de la situación, no era bueno pero ya no había nada más que ellos dos pudieran hacer.
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—Decidimos seguir a la ambulancia... – murmuró Edward volviendo al presente, y apretó la mano de Bella al ver que estaba tensa –. Él falleció en el lugar del accidente así como el conductor del otro coche, también la chica murió mientras era trasladada al hospital pero Anna logró llegar con vida. Según los médicos, a pesar de sus lesiónes, tenía posibilidades de sobrevivir.
Bella asintió.
—Lo hizo, sobrevivió... hasta que él terminó... – había sido tan ciega, y tanta gente pagó por ello.
—¿Sigues pensando que eres responsable?
Él la tomó firmemente de la barbilla para que lo mirara a los ojos.
—Edward... yo nunca...
—Ese hombre te culpó por una situación que le tocó vivir, algo de lo que tú ni siquiera sabías. Él me condenó por haber estado en el momento y el lugar equivocado, por una cosa que nunca supe hasta ahora... eres tan responsable de esto como lo soy yo, como lo son todas las víctimas, y es hora de lo entiendas.
Ella lo abrazó teniendo cuidado de no lastimar sus heridas, lo necesitaba cerca, más que a cualquier otra persona. Necesitaba comprobar que estaba bien, que los dos estaban bien, y que estaban juntos.
Finalmente el peligro acabó, pensó Edward con la cara escondida en el pelo de su novia. Iba a ser difícil para Bella, para ambos, durante un tiempo, pero aún así él sabía que si estaban juntos podrían superarlo. Juntos podrían superarlo todo.
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Ella se veía igual de pálida que en la mañana, y teniendo en cuenta el casi transparente color de su piel, era mucho decir. Según Mary, estaba evolucionando de manera favorable si tenían en cuenta su estado hasta hace solo unos cuantos días atrás. Él realmente no veía ningún cambió pero admitió con cierto alivio que eso debía ser cierto ya que esa tarde la habían trasladado de Cuidados Intensivos al piso de internación. El doctor encargado de su caso lo decidió cuando su estado cambió de crítico a grave, y además porque actualmente ella se mantenía estable aunque todavía existía peligro.
—Creí que ya te habías marchado, Jacob.
Giró rápidamente para encontrarse a la señora Mallory, Carol se recordó, mirándolo afectuosamente con aquellos ojos grises tan similares a los de Lauren pero a la vez tan diferentes para él.
—Iba a hacerlo pero antes quería despedirme, con todo lo que sucedió... yo... – no supo cómo continuar y al parecer ella lo comprendió.
—Está bien. Tengo que hacer una llamada, volveré en unos minutos.
Jake asintió para observar como Carol se marchaba antes de enfocar su atención nuevamente en Lauren. Se acercó hasta ella y tomó su mano entre las suyas, de la misma forma en la que lo hizo esa mañana, mucho antes de que todo comenzara.
—Todo acabó – murmuró sin saber si ella podía o no escucharlo, esperaba que sí –. Finalmente esta pesadilla acabó pero a un costo terrible, en mayor o menor medida todos perdimos algo importante de nuestras vidas, algo que jamás podremos recuperar: el amor, la tranquilidad, a una persona, la vida... – él negó con ira reprimida – Es una fortuna para mí que James acabara con ese maldito porque sino yo le hubiese descargado mi arma en el cuerpo... no me habría importado ir a prisión con tal de verlo muerto y pudriéndose en el infierno. – escupió pero enseguida tomó aire para calmarse, no era por eso que estaba allí –. Quería ser yo quien te lo diga, aunque probablemente ya alguien te lo hayan dicho. Estás a salvo, Lauren. Nadie más volverá a hacerte daño nunca. Esa es una promesa que te hago ahora mismo pero también quiero que tú me hagas una promesa a mi. Tienes que prometer que saldrás de esto, que te recuperarás pronto. Prométeme que no te rendirás. Quiero que me prometas que no nos dejarás, que no me dejarás. No así, no ahora. Promételo, Lauren. Por favor.
Acarició el dorso de la tersa mano con su pulgar, lo único que podía escuchar además de sus palabras, eran el sonido de su respiración y el pitido de las máquinas que la mantenían viva. Y eso dolía tanto, tan profundo.
—Jacob... – susurró Carol con voz baja, ella parecía no querer interumpir pero la enfermera bajita y seria que se encontraba a su lado estaba más que dispuesta a hacerlo.
—Señor Black, tengo que pedirle que se marche.
Él asintió, se levantó de la silla y dejó con cuidado la mano de Lauren sobre su estómago. Las dos tenían razón, ya era muy tarde y tenía demasiadas cosas que procesar.
Se inclinó sobre la mujer y presionó los labios contra su frente pálida.
—Kwop kilawtley(*) – susurró en su oido, solo para ella.
Entonces salió de la habitación casi sin despedirse de nadie, sintiéndose repentinamente abrumado por sus emociones, por su sentimientos, desbordado por todo lo sucedido y preocupado por lo que iba a suceder. Habían muchas cosas en su cabeza en esos momentos, muchas más cosas de las que era capaz de soportar.
Carol intentó seguirlo pero finalmente se detuvo y lo observó salir con las lágrimas brillando en sus ojos grises. No había sido su intención pero pudo escuchar algunas de las últimas palabras de Jacob y el corazón se le encogió en el pecho ante la tristeza y el anhelo en su voz. No lo conocía mucho, en realidad no lo conocía nada. No sabía más de él que su triste historia y que mantenía un estrecho vínculo con Lauren. Pero podía reconocer a un hombre enamorado cuando lo veía, y también a un alma herida como la de ese muchacho.
Ella sabía que él lo que necesitaba era estar solo. Necesitaba pensar en su vida, en su pasado. Necesitaba llorar su pérdida, y aceptarla, y superarla. Necesitaba pedir perdón, y permiso, y dejar el miedo atrás. Pero más que nada, necesitaba mirár hacia adelante, y volver a permitirse creer en el amor.
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(*) Por si no lo recuerdan es la frase que le dice Jake a Bella en Luna Nueva antes de intentar besarla en la cocina. Y aquí es donde empieza el drama, algunos dicen que signífica "Te amo", otros creen que es "Quédate conmigo, para siempre". En realidad no podría decirlo pues no conozco el idioma, ni a nadie que lo hable, pero me pareció bonito agregarlo. Llegados a este punto, que cada quien le de el significado que más le guste :)
Ahora sí... ¡Hola! ¿Cómo va todo? Sé que al final me puse un poco romántica, y puede que un poquito cursi considerando todo lo que les pasó a esta gente... pero ¡Demonios, me encanta esta pareja! No sé si está bien que lo diga pero bueno... Estamos en el tramo final, unos dos o tres capítulos para dar por concluída la historia.
Muchas gracias por los comentarios, alertas y favoritos. Gracias a todos, un beso grande, Lila.
