Hola hola ke tal vamos?
Recuerden de que nada me pertenece. La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer
Capitulo 36
Jasper le había dicho que, si algo salía mal, corriera hacia las tiendas y se perdiera entre el gentío. Que gritara, si era necesario.
Pensando en eso, Alice viró en aquella dirección, intentando apartar al pistolero de Jasper y darle a éste una oportunidad. Pero, mientras corrían hacia el centro comercial, con sus brillantes carteles de «Rebajas», vio parejas, familias, niños que iban de la mano, bebés en carricoches. Y recordó cómo el tipo que la perseguía había deslizado la mano bajo su chaqueta. Pensó en lo que podía ocurrir si comenzaba a disparar en medio de la multitud. Y dio media vuelta, cambió de dirección y corrió hacia el extremo opuesto del aparcamiento.
Lanzó una mirada hacia atrás. Había dejado muy atrás a su perseguidor. Seguía corriendo tras ella, pero renqueaba, sofocado, suponía ella, por la americana ancha y los zapatos de piel. Suelas resbaladizas sobre pavimento mojado. Pero ¿cuánto tiempo seguiría persiguiéndola, se preguntaba, antes de cejar en su empeño y volver a ayudar a su amigo?
Y abalanzarse sobre Jasper.
Alice aminoró deliberadamente el paso y dejó que aquel tipo se acercara a cierta distancia para que no perdiera el interés en la persecución. Le preocupaba en parte que usara la pistola y le pegara un tiro en la pierna. O en la espalda. Con aquellas imágenes agolpándose en su cabeza, se metió entre una fila de coches aparcados.
Oía el silbido de su propia respiración. Había corrido el equivalente a un campo de fútbol en medio del bochorno de una tormenta de verano. Agachándose tras una pequeña furgoneta, se limpió el sudor de los ojos e intentó pensar. ¿Podría dar la vuelta, encontrar un modo de ayudar a Jasper? ¿Le habría dejado fuera de combate el gorila y se habría ido en busca de su colega para ayudarlo? ¿Cuánto duraría su suerte antes de que alguna familia inocente, completada la búsqueda de rebajas, apareciera corriendo entre la lluvia y se pusiera en la línea de fuego?
Concentrada en el silencio, rodeó agazapada la furgoneta y se deslizó alrededor de un coche pequeño. Tenía que recuperar el aliento, necesitaba pensar. Tenía que ver qué estaba pasando ante el edificio Salvini.
Armándose de valor, puso una mano sobre el guardabarros del coche y se arriesgó a echar un vistazo rápido. El tipo estaba más cerca de lo que pensaba. Cuatro coches a la izquierda, y acercándose. Alice se agachó a toda prisa y pegó la espalda al parachoques. Si se quedaba donde estaba, ¿pasaría de largo aquel tipo, o la vería? Mejor morir corriendo, pensó, o con los puños en alto, a que la atraparan acurrucada detrás de un cochecito económico de importación.
Respiró hondo, rezó una breve plegaria por Jasper, y echó a correr. Un chasquido en el asfalto, a su lado, le paró el corazón. Sintió que una esquirla de piedra rebotaba en sus pantalones.
Aquel tipo le estaba disparando. El corazón le saltaba del estómago a la garganta y viceversa como una pelota de pingpong. Se deslizó alrededor de un coche aparcado. Un centímetro más, dos como mucho, y la bala se habría incrustado en su carne.
El matón la había encontrado. Ahora sólo era cuestión de agotarla, de acorralarla como un conejo. Pero ella no estaba dispuesta a que eso ocurriera.
Apretando los dientes, se tumbó de tripa bajo el coche, ignoró la gravilla mojada, el olor a gasolina y aceite, y se deslizó como una serpiente bajo la carrocería. Contuvo el aliento y se arrastró por el estrecho espacio que la separaba del vehículo de al lado, bajo el cual se metió.
Ahora podía oír a aquel tipo, que jadeaba con fuerza, emitiendo un soplido cada vez que inhalaba y un silbido cuando exhalaba. Veía sus zapatos. Pies pequeños, pensó con sorna, adornados con relucientes punteras negras y calcetines de licra.
Cerró los ojos un instante, intentando imaginárselo frente así. Un metro setenta, como mucho, tal vez setenta y dos kilos. Treinta y tantos años. Ojos agudos, nariz bien definida. Sarmentoso, pero no atlético. Y sin aliento.
Bueno, pensó, envalentonándose. Podía con él.
Se arrastró unos centímetros más, preparándose para hacer su siguiente movimiento, cuando vio que aquellos zapatos de puntera charolada se elevaban del suelo. Allí, frente a sus ojos, había un par de botas arañadas. La alegría y el miedo emborronaron su visión cuando oyó la detonación amortiguada de la pistola con silenciador.
Arañándose los codos y las rodillas, salió de debajo del coche a tiempo de ver al matón corriendo para ocultarse y a Jasper tras él.
—¡Jasper! —él se detuvo, dio media vuelta, y la alegría cubrió su rostro desencajado. Y fue entonces cuando ella vio la sangre que manchaba su camisa—. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! Estás herido —a Alice se le aflojaron las piernas y se precipitó hacia él tambaleándose. Jasper miró hacia abajo distraídamente y se llevó una mano al costado.
—Demonios —notó vagamente el dolor mientras abrazaba a Alice.—. El coche —logró decir—.Vete al coche. Ese tipo va a volver —sus manos, húmedas de sangre y lluvia, se aferraron a las de ella.
Más tarde, Alice recordaría que había echado a correr. Pero, mientras ocurría, nada de aquello le parecía real. Los pies golpeando el pavimento, resbalando, el golpeteo agitado de su corazón, la creciente oleada del miedo y la furia, los ojos enormes, asombrados, de una mujer cargada de bolsas a la que casi atropellaron en su carrera. Y Jasper maldiciéndola con firmeza por no haber hecho lo que le decía.
La furgoneta salió chirriando del aparcamiento mientras ellos resbalaban por el terraplén.
—¡Maldita sea! —a Jasper le ardían los pulmones, su costado despedía fuego. Sacó desesperadamente las llaves del bolsillo—. Al coche. ¡Ahora!
Ella se arrojó prácticamente de cabeza por la ventanilla, y apenas había recuperado el equilibrio cuando Jasper arrancó a toda velocidad.
—Estás herido. Déjame ver...
Él le apartó las manos y giró el volante.
—Se ha llevado también a su amigo. Después de tantas molestias, no van a escaparse —el coche patinó, derrapó, y luego las ruedas se deslizaron sobre la carretera—. Saca la pistola de la guantera. Dámela.
—Jasper, por favor, estás sangrando...
—¿No te dije que corrieras? —pisó el acelerador, siguiendo a la furgoneta—. Te dije que corrieras hacia la gente, que te perdieras. Podría haberte matado. Dame la pistola.
—Está bien, está bien —ella golpeó con el puño la puerta pegajosa de la guantera hasta que se abrió—. Van hacia la autopista de circunvalación.
—Ya lo veo.
—No vas a dispararles. Podrías darle a algún coche.
Jasper le quitó la pistola, giró para tomar el desvío y se deslizó por el carril mojado.
—Yo le doy a lo que apunto. Ahora, ponte el cinturón y cierra el pico. Ya me ocuparé de ti luego.
Alice tenía tanto miedo por él que ni siquiera parpadeó al oír sus palabras. Jasper zigzagueaba entre el tráfico como un loco y se pegaba al parachoques de la furgoneta como un amante. Cuando alcanzaron los ciento cincuenta, un frío aturdimiento se apoderó de Alice, como si le hubieran inyectado unan dosis de novocaína.
—Vas a matar a alguien —dijo con calma—. Puede que ni siquiera seamos nosotros.
—Yo sé manejar el coche —eso, al menos, era cierto. Jasper se deslizaba entre los coches, dirigiéndose hacia su objetivo como un misil térmico. Los gruesos neumáticos del coche se pegaban al asfalto mojado. Estaban tan cerca que podía ver al grandullón encorvado en el asiento del acompañante, removiéndose y maldiciendo.
—Sí, voy a por ti, hijo de puta —masculló—. Te has quedado con mis esposas.
—Estás manchando de sangre el asiento —Alice se oyó hablar, pero sus palabras parecían proceder de fuera de su cabeza.
—No te preocupes, tengo más —y, con la pistola en el regazo, Jasper giró el volante y ganó algunos centímetros por el costado de la furgoneta. Les cortaría el paso, pensó, les empujaría hacia el arcén. El grandullón iba esposado, y del otro podía ocuparse.
Y, luego, ya verían.
Sus ojos se achicaron al ver que el conductor de la furgoneta giraba la cabeza. Oyó chirriar las ruedas. La furgoneta vibró, se estremeció, y luego giró violentamente hacia la siguiente salida.
—No puede hacer eso —Jasper pisó los frenos, se apartó medio metro de la furgoneta y se preparó para tomar el desvío—. No puede tomar esa curva. Perderá el control.
Lanzó una maldición cuando la furgoneta se tambaleó, patinó sobre el pavimento mojado y se estrelló contra el quitamiedos a ciento cuarenta. El choque fue tremendo. La furgoneta se elevó y cayó como una saltador de trampolín borracho. Dio un giro en el aire. Y en medio del chillido de los frenos de los demás conductores horrorizados, aterrizó sobre el terraplén, varios metros más abajo.
Jasper tuvo tiempo de apartarse al arcén y de salir del coche antes de que la explosión lo apartara como una enorme mano caliente. Alice lo agarró del hombro mientras se alzaban las llamaradas. El aire apestaba a gasolina.
—No puede ser —masculló él—. Los hemos perdido.
—Métete en el coche, Jasper —a Alice la sorprendió lo fría, lo calmada que sonó su voz. Los coches empezaban a vaciarse de conductores y pasajeros. La gente corría hacia el desastre—. En el asiento del pasajero. Ahora conduzco yo.
—Después de tanto esfuerzo —dijo él, aturdido por el humo y el dolor—, los hemos perdido.
—Al coche —Alice tiró de él, ignorando los gritos de la gente. Alguien sin duda llamaría a la policía desde su móvil. Allí no había nada que hacer—. Tenemos que salir de aquí.
Vaya vaya ke capitulo tan interesante no? jeje kieren saber ke pasara ahora?
espero reviews hehe
byee
