Capítulo 35

Severus se giró, su corazón latiendo con fuerza. Había pensado que estaba preparado para volver a ver a Lily, pero la realidad era que estaba sudando de solo oír su voz. Ella, su amiga de la infancia, la chica prejuiciosa que le había dado la patada por su reputación, la que le había pedido perdón después, dándose cuenta de lo injusto que había sido para Severus… Seguía evocándole los mismos sentimientos conflictivos que hacía dos años.

—Severus. —repitió ella, embobada. Severus parpadeó con fuerza. Aquellos dos años no le habían cambiado en absoluto: su pelo seguía rojo como el fuego ardiente, su piel pálida y pecosa quizás estaba un poco más blanca y sus ojos verdes podían tener un brillo más apagado que antes, pero tal vez era todo la imaginación de Severus.

—Lily. —murmuró en respuesta. —Felicidades por la boda. —fue todo lo que se le ocurrió decir.

—Gracias. Gracias por venir. —elaboró ella un poco más. Sus manos apenas se rozaron antes de apartarse, como si sus pieles ardieran para el otro.

Black se aclaró la garganta. Potter medió entre ellos, que seguían sorprendidos por la simple presencia del otro, y condujo a Severus al interior de la casa para enseñarle dónde dormiría. El interior era tan burdo como el del resto de las viviendas, pensó Severus, aunque parecía tener personalidad propia. Había varias fotografías en movimiento esparcidas por la casa: algunas eran de su época en Hogwarts, los tres Merodeadores posando con libertad, e incluso había alguna en la que salían los cinco, incluyendo a Severus y Lily; también había fotos de la familia de Lily y de la de Potter, y algunas otras de James, Lily, Black y Lupin trabajando en el santuario.

Subieron las escaleras del rellano hacia el primer piso y después Potter abrió la primera puerta a la derecha, entrando. El dormitorio era pequeño, con apenas una cama, una mesilla y un escritorio. Tenía también un hueco a los pies de la cama para poner el baúl. Potter le miró insistentemente, esperando a que Severus comentara algo de su habitación.

—Está bien.

—Me alegra que te guste. —dijo con ánimo jovial. Luego continuó en un tono más reservado —Lily se ha emocionado al verte. Ella esperaba verte de nuevo. Estaría bien que te quedaras, aunque fuera por ella.

Potter salió de su dormitorio, dándole un momento a solas. Ellos realmente querían que se quedara, o esa era la impresión que le daban a Severus. Pensó en la posibilidad como algo, de hecho, factible: ¿qué echaba en falta en Tovenarij? Quizás podía continuar sus investigaciones pendientes ahí, en el santuario, y transmitir sus resultados a la Academia. Al fin y al cabo, en el santuario estaban a salvo; si no lo estuvieran, Severus no habría visto a los ancianos, no habría escuchado las risas despreocupadas de los niños. Por lo menos eso quería creer.

Cenaron los cuatro en un silencio roto ocasionalmente. Black parecía enfadado por su desplante anterior; Potter disfrutaba mayormente del silencio y de mirar a Lily como un absoluto enamorado; ella, por otro lado, le lanzaba miradas intermitentes a Severus, como si todavía no pudiera creerse que estaba allí, con ellos. Severus quiso preguntar por la situación, pero el ambiente no se prestaba a ello y tampoco tenía ganas de meterse en conversaciones trascendentales esa noche.

De vuelta a su dormitorio, Severus encontró la paz necesaria para abrir su baúl y mirar la pila de papeles que había a un lado. Se había traído un par de calderos también y su set de instrumentos de pociones aunque no sabía muy bien por qué. Las yemas de sus dedos tocaron superficialmente el pergamino poroso que era la portada de su investigación sobre la licantropía con cierta nostalgia. Deseaba volver a ello. Preferiría continuar esos asuntos en Inglaterra, pues Bélgica no se sentía muy familiar a pesar del tiempo que había pasado en Bruselas, pero podía sacrificar el no estar en casa… ¿Realmente podía?

—Severus, ¿puedo entrar? —preguntó Lily abriendo un poco la puerta de su dormitorio. Severus cerró con fuerza el baúl, levantándose con rapidez. —Si molesto puedo volver en otro momento.

—No pasa nada. —respondió Severus con seguridad, despejando su mente de aquellos pergaminos escondidos.

—Gracias. —murmuró Lily, cerrando la puerta a sus espaldas. —Yo… No sé cómo empezar todo esto.

—¿Qué tal por el principio? —Lily le miró con una pequeña sonrisa acuosa. Aquella frase era una que su padre solía decirle cuando no sabía cómo explicar lo que quería decir. Severus la cogió de la mano y la llevó hasta la cama. La traición dolía, pero prevalecía aquella sensación tan fuerte que le embargaba al verla. Quizás aquella era la última vez que la viera con vida.

—Fui una idiota. —empezó Lily, mirándose las manos entrelazadas en su regazo. —Cuando te dejé de lado, me refiero. —cómo si Severus no intuyera esa información. —Mis amigos me presionaban y todos miraban tan mal a Slytherin… Y luego tú ibas con Mulciber y sus amigos – y ya entonces él apuntaba maneras – y… No puedo decirte de ninguna excusa para aliviar mi culpa. Lo he estado pensando, durante estos dos años y en séptimo también. Te hice daño de forma gratuita y lo peor de todo es que ni siquiera me di cuenta de que lo estabas pasando mal.

Lily continuó mirando su regazo con fijación, como si hubiera algo de interés ahí. Severus, sentado a su lado, clavó los ojos en su cara. Aquello no era todo, pensó, antes de decir alguna tontería y romper la magia del momento. Aquella Lily… Aquella Lily era su amiga, no la prejuiciosa adolescente que no tenía claro donde caían sus alianzas.

—Tan solo sé que entonces no me pareció mal o injusto. Dejé de pensar por mí misma y me llevó únicamente a eso; menuda gryffindor estoy hecha. En ese entonces creo que fui bastante petulante, de hecho, pensando que lo sabía todo. Oh, pero sobre todo fue por lo que los demás decían. Ya se rumoreaba – desde hacía años – que eras un mago oscuro en ciernes, un mortífago en potencia, pero luego empezaron a colgarte todos esos títulos tan siniestros que me dio miedo escuchar siquiera la excusa que pondrías. No quería que se me relacionara con alguien tan tenebroso como el Severus Snape del que todo el mundo hablaba.

Lily le lanzó una mirada rápida llena de condolencias. Realmente estaba arrepentida, pensó Severus. Estaba genuinamente interesado en saber por qué razones Lily le había apartado de su lado, pero más que eso, sentía que el corazón se le salía del pecho de la felicidad. Aquella… Aquella era la verdadera Lily, no esa sombra agridulce que había tomado su lugar en los últimos años en el colegio.

—¡Já! ¿Te lo imaginas? Si me lo hubieran dicho a los diez años, no me lo habría creído. Lily Evans dejándose llevar por su reputación. Qué bajo he caído. —se lamentó ella. —Lo siento mucho. Sé que no compensa que te dejara tirada cuando más me necesitabas, pero… Si yo fuera tú, no me perdonaría. Y si supiera que tenemos más tiempo juntos, no sé si me habría atrevido a decírtelo. Pero el mañana es muy incierto y en cualquier momento podrías irte… O irme yo, y perder la oportunidad de disculparme. No me perdonaría no haberte dicho todo esto.

Severus se quedó en silencio. La guerra hacía a las personas más conscientes de lo efímeras que eran sus vidas, cómo todo se va tan rápido y antes de que te des cuenta ya no queda nada a lo que aferrarse.

—Menuda gryffindor estás hecha. —le dijo con tono pesado y nada animado. —No todos tenemos el coraje para admitir nuestros errores y pedir perdón. Eso te honra, Lily. No sé qué decir. —Severus inspiró con fuerza. —Sí, es cierto, me fastidió que me echaras de tu lado de esas maneras… Tan impersonal y fría, como si nunca hubiéramos sido amigos. Pero también sé lo duro que es que te juzguen por tu reputación o tus amistades. He pasado por eso. Lo entiendo. —Severus miró sus manos, inseguro de lo que iba a decir a continuación. —Estuve a punto de aceptar la marca tenebrosa con tal de que pararan. Odiaba sentirme diferente, apartado y repudiado por todos. Tan solo deseaba encajar.

—Lo siento, Severus.

—Si hubieras estado ahí, las cosas habrían ido a peor. Mulciber te habría puesto en su mira tarde o temprano solo porque a mí me importas.

—Lo siento.

Lily se echó a llorar en ese momento. Severus siguió mirándose las manos un rato más, inseguro sobre lo que decía hacer. Ella lloraba desconsolada pero silenciosamente y él no sabía cómo consolarla. Dejó que la cama se sacudiera con su llanto, sintiéndose miserable pero satisfecho por dentro. No le gustaba ver a Lily sufrir, pero aquello también era la venganza de Severus. Intentó no pensar mucho en aquellos sentimientos conflictivos. Suspiró y finalmente cogió las manos de Lily con las suyas, retirándolas de la cara.

—Lily, escúchame. Todos cometemos errores. Todos. Lo que pasó es el pasado y ya no tiene caso volver. Yo tan solo estoy feliz de haber recuperado a mi amiga, a una amiga que pensaba que había perdido para siempre.

Lily se abrazó con fuerza a Severus. Él la dejó llorar, pues ella parecía haber cambiado la tristeza por la felicidad en sus lágrimas. Severus empujó el sentimiento de traición al fondo de su mente: aquello había sucedido hacía tiempo, pero ahora Lily estaba de vuelta y no podía permitirse el lujo de regodearse en resentimientos tontos, no con una guerra rugiendo detrás de las ventanas.

—Mis padres estarían orgullosos de ti, Severus. —murmuró Lily, despegándose de Severus. —Estarían orgullosos del mago y del hombre en que te has convertido.

—También estarían orgullosos de ti. —respondió Severus. Se sentía honrado al pensar que Lily lo consideraba digno de poner su nombre en la misma frase en que ponía a sus padres. —Todo esto que has hecho, la gente a la que estás ayudando… Ellos están orgullosos de ti, Lily.

Ella cogió su mano con fuerza, parpadeando rápido para no llorar de nuevo. Severus se dejó embriagar por el tacto de su piel, el calor de su mano y el sentimiento de haber encontrado algo que llevaba buscando mucho tiempo. Había echado de menos a Lily, se dio cuenta en ese momento. Pasara lo que pasara después, Severus no podría decir que se arrepentía de no haber hecho las paces con ella. Cerró los ojos, sintiéndose extrañamente en paz. Había vuelto a casa.