Capítulo treinta y seis

De tus hijos solo esperes lo que con tus padres hicieres

o, lo que es lo mismo,

Ante Zeus


Santuario de Atenea (específicamente, el Palacio)


La espada de Ares cortó limpiamente el metal. Otro más de los autómatas creados por Hefesto cayó a sus pies.

Aquellas máquinas (verdaderas obras de arte) eran la guardia personal de Zeus… si "guardia personal" no se quedaba demasiado pequeño para referirse a alrededor de mil unidades creadas para ser capaces de enfrentar ejércitos.

A diferencia de los demás dioses, Zeus no tenía mortales entre sus servidores desde hacía milenios, los había reemplazado con aquellas máquinas perfectas que jamás cuestionaban una orden, no titubeaban y no se cansaban.

Era una verdadera lástima tener que cortarlas en pedazos, pero estaban atacando (en oleadas de asombrosa sincronía) el recinto en el que se encontraban Niké y sus hijos.

Hasta el último momento habían tenido la esperanza de que Zeus enviara a sus huestes contra el salón del trono, donde estaban Atenea, Poseidón, Hades, Apolo y él sin hacer el menor intento por esconder su presencia. Sin embargo, los autómatas entraron al Santuario como un río y, al llegar al palacio, registraron cada habitación hasta dar con una puerta cerrada. Ahí se concentró el ataque.

Ares se adelantó a todos los demás en acudir en auxilio de su familia y los Caballeros de Atenea que estaban con ellos, por eso pudo ver el momento en el que la puerta cedió y los autómatas se precipitaban dentro.

En el recinto, diez Caballeros de Bronce recibieron a los autómatas con lo mejor de sus técnicas.

Eran demasiados, eso resultó evidente desde el principio. Los pedazos de máquinas pronto se acumularon en la entrada, estorbando el paso de la mayoría (y también el de Ares), pero de todos modos eran muchos los que ya estaban dentro.

Jabu retrocedió hacia el rincón donde estaba la familia de Ares. Su mirada se cruzó con la de Yushiro. El anciano tenía desenvainada la daitoo y el Caballero del Unicornio lo imitó, ya que el espacio estaba empezando a ser demasiado reducido como para usar sus técnicas sin poner en peligro a sus compañeros. La que fuera la espada de Ayax participó en la lucha con una alegría feroz que ni siquiera Jabu pudo pasar por alto.

Pronto el espacio sería también demasiado reducido como para usar las espadas si los autómatas destrozados seguían acumulándose a ese ritmo.

"¿Acaso buscan sepultarnos?" pensó Jabu, tratando de no desesperarse.

Fue un verdadero alivio ver a Ares abriéndose paso entre toda esa chatarra. El cosmos del dios convirtió buena parte del metal en charcos humeantes y eso les dio algo de espacio por un momento, pero una nueva oleada atacó.

Obligado a retroceder, Jabu se dio cuenta de pronto de que estaba demasiado cerca de donde se encontraban Niké y sus hijos. Para colmo de males, aquellas máquinas estaban logrando apartar de ahí al resto de los Caballeros de Bronce, solo Yushiro y él estaban ahora entre los autómatas y la familia de Ares.

Eso no podía durar. Un anciano y él no podrían montar una defensa efectiva por más de cinco minutos, quizá ni siquiera eso.

Pasaron cuatro minutos y medio entre ese pensamiento y el momento en que uno de los autómatas hirió a Yushiro.

Horrorizado, Jabu corrió a tratar de escudar al anciano, que sangraba profusamente.

¡El viejo ni siquiera debería estar ahí! La ocurrencia de que acompañara a los Cinco y a los otros cinco fue porque Máscara Mortal pensó que su abuelo estaría más seguro con ellos si, como esperaban, las fuerzas de Zeus se concentraban en atacar el salón del trono.

Notó que los autómatas se detuvieron todos al mismo tiempo, pero no se cuestionó eso, sino que aprovechó la oportunidad para tratar de detener la sangre.

Imposible. La herida era demasiado profunda y el charco rojo en el piso se hacía cada vez más grande.

Levanto la mirada en busca de ayuda y sus ojos se encontraron con los de Ares.

-¿Puedes hacer algo por él? ¿Puedes curarlo?

-¿Yo?

-¡Atenea puede curar heridas! ¡Tú también puedes! ¿No?

No iba a pensar en ese momento qué tan incorrecto resultaba tutear a un dios, aunque la cara de confusión de Ares no parecía una buena señal. Lo que debía importar era el anciano que se desangraba en el suelo.

-¡Expuso su vida por tu familia! ¡Tienes que hacer algo!

-Pero…

-Quizá yo… -intervino Niké.

La expresión desconcertada de Ares fue reemplazada por una de seria determinación.

-No, Niké. Es un servidor de mi hermana. Ella pretende convencer a nuestro padre de que no somos una amenaza, eso es prácticamente imposible, pero lo será todavía más si usas tu cosmos o si la sangre de la Victoria se mezcla con la de un mortal.

Mientras hablaba, Ares usó su propia espada para hacerse un corte en el brazo, su sangre cayó de inmediato sobre la herida de Yushiro.

-Supongo -Niké no parecía muy convencida-, pero, teniendo en cuenta el detalle de que esa sangre tuya en este momento es la mezcla de la de cinco dioses y un mortal, resulta un poco difícil predecir lo que obtendrás como resultado.

-Oh -Ares inclinó la cabeza con gesto resignado-. Mi cosmos, de todos modos, no sirve para sanar: estoy demasiado ligado a la destrucción. En fin, tendremos que esperar y ver qué depara el Destino para este servidor leal.

-Esto se ha hecho antes -intervino Polemos con voz tímida-. Hades usó una vez su sangre en uno de sus Espectros de mayor rango, Radamanthys de Wyvern.

-¿Qué tal resultó?

-Bueno… tengo entendido que sobrevivió.

Aquello no sonó nada tranquilizador para Jabu.

-¿Alguien tiene alguna idea de qué le pasó a estas cosas? ¿Se les habrán acabado las baterías? -interrumpió Ikki.

Ares miró hacia donde estaban los autómatas, que ahora permanecían en filas ordenadas, aguardando.

-Según parece, esto ha sido solo mi padre haciendo una demostración de fuerza -dedicó una sonrisa débil a su familia-. Creo que el abuelo nos llama, vamos.

-¿Así, nada más? -exclamó Seiya, sorprendido.

-¿Se te ocurre algo mejor, Pegaso de Bronce? -Ares sacudió la cabeza-. Tu Señora, mi hermana, tenía la esperanza de que Zeus quisiera hablar primero, pero ha sucedido justo lo que predijimos todos los demás. "Pega primero y avisa después, esa es la ley de la selva".

Realmente, ninguno de los Caballeros de Atenea esperaba que Ares pudiera citar a Rudyard Kipling.

Luego de echar a suertes sobre cuál de ellos se quedaría con Yushiro para asegurarse de que recibiera atención, los demás siguieron a Ares y su familia hasta el salón del trono, donde Zeus aguardaba, sentado en el trono de Atenea. Saori, Hades, Poseidón y Apolo estaban de pie, a ambos lados del trono.

Saori frunció un poco las cejas al verlos entrar, un gesto que sus amigos no le conocían, pero que Ares pareció responder con un leve encogimiento de hombros, mientras se acercaba hasta quedar frente al rey del Olimpo, que lo miraba con cara de desaprobación.

-Mi padre y Señor… -empezó Ares.

-Al fin te presentas. Desaliñado y apestando a sangre, como era de esperarse -interrumpió Zeus.

Ares se mordió el labio inferior y avanzó un poco más antes de inclinarse en una profunda reverencia.

-Mis guerreros son autómatas, no sangran -continuó Zeus-. ¿Acaso fue que te las arreglaste para herir a tus propios aliados, que llegas aquí con la sangre de varios?

Eso confundió a Ares, que dirigió una mirada rápida a su uniforme y luego miró interrogante a Saori, que solo atinó a encogerse de hombros, ella tampoco entendía. Aparte de un par de desgarrones en la tela, no había nada fuera de lugar y la única sangre que había caído sobre él era la propia, no podía ser que la sangre de Yushiro estuviera ofendiendo el fino olfato de su padre.

Sería de esperar que a esas alturas de la existencia ya estuviera acostumbrado al trato despectivo de Zeus, pero la verdad era que este lograba sorprenderlo cada vez.

-Aquí estoy, padre -respondió, en lugar de reclamar.

Reclamar nunca servía de nada, especialmente cuando tenía razón.

Zeus resopló. Seguía con el ceño fruncido y no pareció relajarse en lo más mínimo.

-Esto ha llegado ya demasiado lejos y es hora de ponerle un alto. ¿Son estos todos tus hijos?

-Son todos los que me ha dado Niké… -Ares miró a su alrededor y descubrió a Fobos y Deimos en un rincón- y algunos de los que me ha dado Afrodita.

-Bien. ¿Cuál de ellos es tu heredero?

-¿Eh?

-Debe haberlo revelado la profecía de su nacimiento. Deja de fingirte más estúpido de lo que eres y responde mi pregunta.

Ares se quedó callado. No iba a mentir (sabía demasiado bien lo malo que era mintiendo), pero tampoco tenía por qué decirlo todo.

Exasperado, Zeus levantó la voz.

-¡Apolo!

El dios de la Luz y las Profecías bajó la mirada.

-Padre, lo siento. Las profecías inspiradas por mi don al nacimiento de nuevos dioses son algo privado que solo comparto con sus padres. Gea me retiraría su regalo si incumpliera con esa regla.

¿Eso sería verdad o Apolo era mejor que Ares mintiendo?

-¿Qué te hemos hecho? -terció Ares (y quizá con eso salvó a Apolo de recibir un rayo)-. ¿Por qué este ensañamiento contra mi familia?

-Idiota -gruñó Zeus-. ¿Ni siquiera ahora te das cuenta? ¡Momo! ¡Los grilletes!

Momo salió de donde quedaba oculto por la estatura de los autómatas. Llevaba en las manos un par de grilletes unidos entre sí por una cadena corta.

-¿Qué significa esto? -siseó Hades, antes de que Ares pudiera decir nada-. ¿Estás aliado con este sinvergüenza, hermano?

-Últimamente, Momo es el que me ha traicionado menos, hermano. Esta creación de Hefesto está respaldada por mi poder. Será suficiente para asegurarme de que este desdichado hijo mío no participe en la rebelión en mi contra.

-¿Rebelión? -Ares no podía creer lo que escuchaba y cayó de rodillas antes de darse cuenta-. ¡Padre, jamás he tenido intención de rebelarme en contra tuya! ¡He jurado obediencia a Atenea! ¡Renovaré ahora mismo mi juramento e incluiré en él a todos mis descendientes si…!

-¡Silencio! –rugió Zeus.

Ares calló de inmediato.

Zeus se puso de pie, se acercó hasta donde estaba Ares, lo sujetó por el cabello y lo obligó a levantarse.

-Pequeño idiota, esto nada tuvo que ver jamás con tus intenciones, pero cada decisión que has tomado y ese malhadado juramento tuyo solo sirven para empeorar las cosas.

-¿Qué…?

-¡Calla!

Zeus sacudió un poco a Ares y lo hizo mirar hacia donde estaba Saori.

-Conoces bien la obsesión de tu hermana por los mortales, sabes que ha elegido nacer como mortal en cada ciclo. ¿Sabes que eso la hace perder un poco de su divinidad en cada reencarnación? ¿Sabes que finalmente dejará de ser una diosa? ¡Contesta!

-…No lo sabía. Creí que solo debilitaba su poder…

-¡¿Y cuál es la diferencia?! ¡Cuando ya no quede nada de su poder divino, tampoco podrá alcanzar el Noveno Sentido y ya no será una diosa! ¡Es obvio para cualquiera! ¡Pero no para ti, el más ingenuo de mis hijos, el impetuoso Ares, el que nunca se detiene a pensar! –Zeus dio otro tirón al cabello de Ares y luego habló con un tono cargado de aparente dulzura-. Claro, pequeño, eso no es tu culpa. Naciste totalmente incapaz de ver segundas intenciones y te cortarías las manos antes que desconfiar de Atenea. Es por eso que resultaste perfecto para su traición.

-¿Padre?

-¿De esto se trataba? -murmuró Saori, que estaba más pálida por momentos.

-Siempre -respondió Hades en voz baja.

-Siempre -repitió Apolo, para confirmar las palabras de su tío.

Zeus los ignoró.

-He aquí que Atenea renuncia a su divinidad para estar más cerca de los mortales. Cuando ya no quede nada de ella como diosa, el poder de la Guerra Inteligente debe pasar a su heredero. Oh, pero Atenea no tiene hijos. ¿Quién heredará la Guerra Inteligente y todo lo que esto conlleva?

Los ojos de Ares expresaron alarma ante la súbita comprensión. Zeus sonrió y lo soltó por fin.

-Exacto, mi pequeño idiota. Tú. Siendo un dios por derecho propio, sometiste tu voluntad a la suya. Atenea podría tener un millón de daimons, pero tú seguirías siendo el primero entre todos. Solo podría superarte su descendencia, si la hubiera tenido antes de empezar a diluir su propia divinidad. Un hijo suyo ya no serviría para nada: tú eres su heredero.

Zeus suspiró y paseó la mirada a su alrededor, notando las caras de sorpresa e incomprensión de todos.

-Así, pues, en algunos ciclos más, Ares reunirá en sí los dos aspectos de la Guerra: la Pasión y la Inteligencia. Está casado con la Victoria y es padre de las consecuencias de Guerra… ¡Atenea, mi hija "más leal", se ha asegurado de que el más estúpido entre sus hermanos sea invencible!

-Padre, yo jamás… -empezó Ares.

-¡Ya te dije que sé que tú no! –interrumpió Zeus-. El tuyo es un corazón sencillo, carente de ambiciones. Pero eres fácil de manipular, cualquiera podría usarte en mi contra. Y, por supuesto, está el asunto de tus hijos.

Se acercó de nuevo y se inclinó dramáticamente para mirar a Ares a los ojos.

-Si decido darte muerte aquí y ahora, ¿cuál de todos tus hijos tomará tu lugar como dios de la Guerra?

Ares palideció y cerró los ojos para no fijar la mirada en ninguno de los Areidas, pero ya Zeus estaba contestando su propia pregunta.

-No importa si no quieres decírmelo, adivinaré: Antares, ¿no es así? Y supongo que además de ser tu heredero, también lo es de Niké. Por otro lado, recibirá la herencia de Atenea, liderará no solo a los Makhai sino también a tus otros hijos, mortales e inmortales. Le servirán los Berserkers y la Orden de Atenea… Al dios del Silencio tras la Batalla, la Paz de los Cementerios. O quizá no sea él, tal vez sea Algia, para convertirla en la diosa del Triunfo Amargo, imagínatela reuniendo en sí los dos aspectos de la Guerra y siendo al mismo tiempo la más terrible de las Victorias. Pero tal vez no, tal vez sea Polemos, el Conflicto, cuya naturaleza obligaría al mundo a sumirse en una guerra interminable. ¡No importa cuál de tus hijos sea tu heredero! ¿Te das cuenta? ¡Mi querida Atenea, tratando de salvar a los mortales, los ha condenado y también ha condenado a todos los dioses!

-Padre, por favor, escucha –intervino Saori-. Nada de eso tiene por qué suceder…

-¡Cállate!

-La maldición de Urano –dijo Hades, en un murmullo que se escuchó con demasiada claridad en el silencio que siguió al grito de Zeus-. Al tomar el trono del Olimpo, tu padre asumió al mismo tiempo el temor que tanto atormentaba a nuestro padre: la certeza de que algún día sería derrocado por uno de sus hijos, como le sucedió a Urano, como le sucedió a Cronos. Ahí está la raíz de todo, sobrina.

-Siempre vigilante de todos –dijo Apolo-. Siempre pendiente de la más pequeña falta de respeto, real o imaginaria, siempre viendo conspiraciones y llevando la cuenta de cualquier cosa que pudiera confundirse con un asomo de rebeldía.

-Lo dices como si fuera imaginación mía esta tormenta perfecta que se ha cocinado a la sombra del Santuario de la que se suponía era mi hija más leal –respondió Zeus-. Tardé en verlo, aunque desde un principio me pareció mal su matrimonio con Niké, ella debió permanecer soltera y no favorecer a nadie, algo que también debió haber hecho Perséfone, por cierto.

-Zeus, te estoy escuchando por cortesía, no por obligación –recordó Hades.

-¡Por supuesto que es tu obligación!

Hades resopló y se dirigió a Momo.

-Veo que has sabido aprovechar muy bien lo que es tiempo y oportunidad. Si mi hermano estuviera un poco más cuerdo, encontraría raro que estuvieras dispuesto a perdonar tu expulsión del Olimpo. Fue particularmente humillante, si no me falla la memoria.

-Soy un servidor fiel –respondió Momo-. El bienestar del reino está por encima del orgullo.

-Eso sería creíble si lo dijera alguno de tus hermanos, pero yo te conozco mejor de lo que te conoce Zeus y sé muy bien que eres de rencores largos.

-No lo niego, pero también es cierto que mis acciones buscan el bienestar del reino. Si mi orgullo fuera más importante, me quedaría en Querella y contemplaría desde lejos al Olimpo derrumbándose.

-Suficiente de charla –interrumpió Zeus-. Los grilletes.

-Sí –Momo se acercó más a donde se encontraba Ares-. Lo siento, joven dios, pero esto es necesario. Tu padre, en su inmensa misericordia, ha decidido perdonar tu vida siempre y cuando regreses a tu prisión del Areópago…

-¿Mi pri…? –Ares puso cara de sorpresa-. ¿Las Grayas y tú me retenían ahí por voluntad de mi padre?

-Éramos tus carceleros desde el principio. También debíamos custodiar a los Makhai, pero te las arreglaste para que escaparan a tiempo de nosotros.

-¡Esto no es justo! –protestó Saori-. ¡Padre, lo estás condenando sin juicio y sin haber cometido ningún crimen! ¡Mi madre dio su vida para neutralizar la maldición de Urano! ¡Nada tienes que temer de ninguno de tus hijos!

-Justo lo que diría cualquiera de ustedes que pretendiera traicionarme. Guarda silencio, Atenea, si no quieres otro par de grilletes para ti.

-¿Padre?

-Dado que tú misma estás destruyendo tu propia divinidad y cada día que pasa eres una amenaza menor, consideraré que lo que has hecho para convertir a Ares en tu heredero no ha sido más que un error estúpido, por eso conservarás la vida y la libertad, aunque todavía no estoy muy seguro sobre permitir que conserves a tus Caballeros. Si realmente eres inteligente, sabrías que es un buen momento para quedarte callada y dejar de irritarme.

Zeus sujetó de nuevo el cabello de Ares sin que este protestara.

-Ahora que sabes que tu prisión fue mi voluntad, espero que aceptes tu destino con resignación.

-…Como ordenes, padre.

No hubo manera de evitar el murmullo de asombro y desesperación entre los mortales que presenciaban la escena, pero Zeus no le dio importancia mientras le indicaba a Momo con un ademán que se apresurara en terminar su trabajo.

-Momo se encargará de cerrar tus grilletes. Los sellará con su sangre. Así, solo él o un descendiente suyo podrá abrirlos, y él no tiene ni tendrá hijos.

-Claro –aceptó Ares.

El dios de la Guerra ya había extendido las manos hacia Momo, listo para dejarse colocar los grilletes, pero Momo se acercó un poco más despacio de lo necesario.

-La otra condición es la muerte de tus hijos, todos ellos, mortales e inmortales –dijo el dios de la Burla, como deleitándose en dejar caer esa información.

Ares retiró las manos y retrocedió tanto como pudo (su cabello seguía atrapado en el puño cerrado de su padre), al tiempo que Zeus volteaba hacia Momo con los ojos brillantes de cólera.

-Eso es algo que no iba a mencionarse hasta que tuviera los grilletes puestos.

-¿Ah, sí? ¿Por qué? Tu hijo se ha mostrado muy dispuesto a aceptar todas tus demandas.

El estallido del cosmos de Ares tomó a Zeus completamente por sorpresa, pero no a los demás dioses.

-¡¿Qué crees que haces?! -gritó Zeus. Entonces se dio cuenta de que Ares estaba ahora a unos tres metros de distancia luego de haber usado la espada para liberar su cabello, Zeus enarcó una ceja y levantó el puño que todavía retenía el resto de la cabellera roja. El olor a cabello quemado se extendió por el salón cuando el rey del Olimpo invocó el rayo y este se materializó en su mano-. Eso fue un error, niño, uno más para sumarse a todos.

Seiya dio un paso al frente, no tenía ni idea de qué iba a hacer, pero no podía dejar que Zeus fulminara al hermano que Saori se había empeñado tanto en tratar de ayudar hasta ese momento. Para su sorpresa, ella extendió un brazo para impedirle avanzar.

-Espera -siseó la joven.

-Pero…

-Espera -insistió ella.

Los demás dioses estaban serios y callados, ninguno se movía.

Zeus levantó todavía más el brazo, listo para lanzar el rayo.

El rayo se extinguió en su mano.

-¿Qué…? -de pronto tenía el filo de la espada de Ares contra la garganta.

-Lo siento, padre. Realmente estaba dispuesto a obedecerte. No debiste amenazar a mis hijos.

-¿El rayo…? ¿Cómo…?

-Liberaste a los Cíclopes y a cambio recibiste el rayo, esa es la historia oficial -intervino Saori-, pero parece que olvidaste que no lo hiciste solo. Necesitaste la ayuda de todos los hijos de Cronos y también la de mi madre, Metis.

-Siempre te has burlado de mi cabello diciendo que no se diferencia en nada del de mi madre -añadió Ares, con tristeza-. Temo que el rayo también lo encontró parecido.

Zeus resopló, había pasado de sorprendido a burlón.

-¿Así que el rayo se niega a lastimarte? Qué absurdo. ¿Y qué harás ahora que parece que tienes el control, niño?

-Supongo que algo absurdo, pero… creo que olvidaste otro detalle, padre: tengo a la Victoria de mi lado. Momo, dios de la Burla, ¿serías tan amable de dar uso a esos grilletes?

La sonrisa de suficiencia de Zeus se esfumó cuando Momo aprisionó sus muñecas con los grilles en un movimiento rápido y activó el sello con su sangre.

El rey del Olimpo acababa de ser derrocado, tal como profetizara Urano, milenios atrás.

Fin de la segunda parte


Nota: Eh... no, no es el final del fic, todavía falta la tercera parte (ánimo, que ya es menos).