Dos años después…
Se encontraba al teléfono, hablando acaloradamente con unos socios de negocios de Aizen-sama, jugaba con algunas cosas en su escritorio, mientras rodaba los ojos de lo aburrida que se encontraba.
Sonrió al ver la pequeña Kiora, en el portarretrato que tenía sobre el escritorio. Su pequeña era la mezcla perfecta entre su padre y ella. Divagando pensó en la clase de padre que hubiera sido Ulquiorra.
— ¿Londres?— volvió a la realidad al escuchar el lugar. — ¿Tengo que ir a Londres? Está bien, prepararé todo lo necesario.
—Ya sabes, cualquier cosa que necesites me llamas y en medio día estoy de vuelta.
— Tranquila, yo cuidare de ella.
— ¿Segura Mari-chan?
—Segura, anda ve y resuelve ese negocio.
Insatisfecha, besó a su niña de ahora dos años, y se despidió de su amiga y niñera. Despidiéndose de nuevo, abordó el avión. El viaje fue tranquilo, pasó su tiempo recordando los detalles del nuevo negocio que se llevaría a cabo.
La azafata llamó su atención mientras repartía botellas de agua, atendía en ese momento a un joven de cabello negro, quien respondió con brusquedad al gesto de la azafata. La joven, solo le sonrió y entrelazó su mirada con la de ella. Orihime se sonrojó y sintió nostalgia por un momento, de seguro Ulquiorra habría hecho lo mismo.
Sin darse cuenta, ya había llegado a su destino. Bajó del avión, esperó sus pertenencias y tomó un taxi que la llevara al hotel donde se hospedaría.
A la mañana siguiente ya se encontraba en las preliminares de su negocio, todo marchaba a la perfección, quizás ni siquiera ocuparía toda la semana completa, a lo mucho tres días.
Liberándose de un poco de la carga de trabajo, salió a caminar, interesada en una cafetería que se hallaba en una esquina cerca de su hotel. Caminó despistada, hasta que al dar vuelta para entrar, vio a Ulquiorra cargando en sus brazos a un niño como de unos tres años de edad.
El niño reía despreocupado, y la madre de este, se veía feliz estando al lado de Ulquiorra. El hombre que ella había llorado en secreto al ver el rostro tranquilo y durmiente de su hija, ahí estaba, sosteniendo en sus brazos a ese niño y una mujer sonriente a su lado, esa pudo haber sido su vida, pero ahora era demasiado tarde, lo había echado a perder, solo le quedaría el recuerdo, y así su corazón se estremeció de dolor una vez más.
Las lágrimas escapaban de sus ojos mientras ella se ocultaba en una pared. No se había percatado de que Ulquiorra había tomado esa dirección y ahora se hallaba frente a ella, mirándola de reojo.
La mirada penetrante de Ulquiorra le dio escalofríos, con un nudo en su garganta, se ahogó su sollozo, y sus lágrimas cesaron.
— ¿Orihime?— mencionó su nombre y ella intentó escapar, en un movimiento rápido, él tomó su mano deteniéndola, mientras ella lo miraba con el rostro afligido.
Minutos más tarde, ambos se hallaban sentados en una mesa de un restaurante bistró, cada quien con una taza de té.
— ¿Cómo has estado?— le preguntó al verla calmada, pero aún seguía sin decir palabra alguna, se sintió mal, ya que prácticamente la había arrastrado hasta allí.
—Pensé, que habías muerto, Loli, ella dijo que…
—Mi avión tuvo un accidente, sí, me encontraron después y estaba en coma. Como me creyeron muerto, no había necesidad de presentarme a ese lugar y reclamar el trabajo, así que vivo aquí.
— ¿Por qué te fuiste sin decirme nada?— Ulquiorra la miraba con atención, hace tiempo había sido un cobarde, había huido de ella, se lamentó al no dar una batalla para ganar su corazón; pero ¿cómo podría querer su corazón, si él no tenía uno que ofrecerle a ella?
Cavilando en sus pensamientos, vio los grandes y aun así sutiles cambios en ella. Aún era una hermosa, se había convertido en una mujer hermosa, aunque ya no tenía ese toque infantil y alegre que la caracterizaba, la percibía más segura de sí misma, más madura. Su largo cabello ahora era una melena más a la moda, un corte asimétrico largo, sus senos ya no eran tan erguidos, su cara estaba más seria, había ojeras bajo sus ojos, su piel era un poco más reseca, sus labios ya no eran tan jugosos como antes, pero aun así, daría cualquier cosa por fundirse en ellos.
Su estilo de ropa había cambiado, se cubría lo necesario y mostraba lo necesario. Usaba un blazer color crema, acompañado de una blusa camisera blanca, portaba unos elegantes aretes de perlas, y una fina cadena de oro en su cuello. Su manicura era perfecta, y su mirada… escondía una pena inmensurable.
—Lamento no haberte dicho nada, perdona. — avergonzado de sí mismo, tanto como por sus acciones y sus palabras, notó que ella portaba la pulsera que él había comprado para ella.
—Yo… — en un instante, un nudo en su estómago se formó al tratar de decirle que tenía una hija.
—Y ¿cómo te ha ido? — insistió en su pregunta inicial, y vio que ella se encogió de los hombros.
—Teng0 tu puesto, a decir verdad me encuentro en un viaje de trabajo. — Decidió de manera súbita actuar como él, frio y desinteresado. — Veo que tú ya has hecho tu vida, tienes esposa y un hijo.
Ulquiorra se dio cuenta del veneno en sus palabras, y decidió aclarar las cosas. —Ella es mi vecina, y también es la enfermera que cuido de mí, cuando estaba en recuperación, es madre soltera, pero ese niño, no es mi hijo.
De una manera u otra se sintió aliviada, al saberlo; los celos y los lamentos estaban haciendo estragos en ella, y sobre todo la culpa.
—Se me hace tarde, debo volver a la oficina… — dijo Orihime al ver la hora en su celular.
—Cenemos juntos… por favor. — Dijo rápidamente al verla tomar sus cosas y levantarse. Orihime solo asintió y le sonrió, pues la melancolía se apoderó de ella.
Ataviada de un vestido negro, que compró en la boutique de su hotel, se miraba en el espejo, le llegaba hasta la rodilla, estaba ajustado justo en los lugares necesarios, veía el corte recto del vestido, mostraba sus brazos, y tenía un pequeño escote en V, en resumen, su vestido era elegante y conservador. Usaba aretes largos que le hacían juego a su pulsera, zapatillas negras, y un ligero rosa carmín en sus labios.
Cuando llegó ante Ulquiorra, su pulso se aceleró al verlo de negro, completamente, su piel blanquecina hacia resaltar el verde de sus ojos. Él al verla, sintió un escalofrió al verla tan sensual.
Educadamente le ofreció su brazo y partieron al lugar donde sería la cena. Ya en el lugar, comían de manera silenciosa, ambos bebían champaña; Orihime trató de relajarse, pero le parecía imposible ante el constante escrutinio de Ulquiorra.
