Desde que sus compañeros descubrieron aquel agujero en el campo de fuerza que protegía el campo de maíz, Muscurrana no dejaba de pensar en ello. Pero claro, ser madre es un trabajo a tiempo completo, lo que no le dejaba mucho espacio para ir a investigarlo más a fondo. Podría volver a pedirles a Comet y a Marcia que cuidaran de sus renacuajos, pero no quería abusar. No volvió a ese sitio hasta que Mosca Boo tuvo un día libre para cuidar ella de los bebés.
Sabía que debía ser sigilosa. Seguramente habría ratas robando maíz cuando llegara. Así que, cuando llegó a una distancia prudencial, dejó de desplazarse dando grandes saltos y comenzó a excavar. Se le pasó por la cabeza que quizás pudiese llegar al interior de la barrera con ese mismo túnel. Pero cuando llegó, vio que los mewmanos no eran tontos. El escudo mágico también protegía el subsuelo. Volvió a la superficie y vio la verdadera razón por la que había venido, el agujero verde.
-Es un misterio. -Muscurrana sacó una libreta y una pluma y empezó a anotar- ¿Cómo es que hay un agujero en el campo de fuerza mewmano? Quizás sea mejor preguntarse quién lo hizo. Sea quien sea, parece haber encontrado un punto débil en la magia mewmana. De ser así, sería una ventaja para todos los monstruos. Mis bebés podrían tener un futuro de verdad.
-Oye, ¿sabes que estás hablando en voz alta mientras escribes?
Muscurrana miró en la dirección de la que procedía esa voz. Junto a ella, había una mujer jabalí a la que le faltaba la mano derecha. En lugar de un garfio, la había sustituido por una cabeza de tenedor del un tamaño algo superior al de su otra mano. Tenía unos músculos muy desarrollados acentuados por sus pantalones negros y su camiseta blanca, tan ajustados que parecerían pintados sobre su piel si no la tuviera cubierta de pelo.
-Ah... gracias. Ni me había dado cuen...
La mujer jabalí le dio un golpe en la cabeza con un lateral de su mano-tenedor. Muscurrana perdió rápidamente la consciencia.
Unas horas más tarde
En algún otro lugar de Mewni
Por fin, volvió a abrir los ojos. Su cabeza aún le dolía por el golpe que le habían dado. Echó un vistazo a lo que había a su alrededor. Estaba bajo tierra, rodeada de ratas que transportaban sacos de un lado a otro. Intentó ponerse de pie, pero no pudo moverse. Salvo por su cabeza, estaba metida dentro de uno de los sacos. Una rata pasó delante de ella cargando un par de mazorcas de maíz.
-Oye, rata, ¿qué es este sitio?
La rata le gruñó, pero no respondió a su pregunta. Muscurrana intentó liberarse del saco con todas sus fuerzas sin éxito. A los pocos segundos, la jabalí que la había dejado inconsciente llegó para decirle:
-Sólo hay una forma de salir de aquí: por encima de mi cadáver.
-No he dicho que quisiera irme.
-Buen intento, -dijo la jabalí mientras adoptaba poses de culturismo- pero no vas a convencerme para que te deje marchar. Porque la única forma de salir es por encima de mi cadáver.
-Vale... -dijo mientras se preguntaba a santo de qué venían las poses- ¿Pero qué es este...?
Antes de que Muscurrana terminara la pregunta, su captora dio un silbido. Una pareja de ratas llegaron para cargar con el saco donde ella estaba metida. La jabalí empezó a caminar con las ratas siguiéndola. A medida que avanzaban, la cueva subterránea iba pareciéndose cada vez más a una mina. Llegaron a una zona con un gran desnivel en la que tuvieron que usar un elevador para poder bajar. Muscurrana vio una rampa por la que caían muchas mazorcas y preguntó:
-¿Adónde va todo ese riquísimo maíz?
-Al molino.
Desde el elevador de madera, Muscurrana vio la siguiente sección de la cueva. Era una sala enorme en la que varias rampas, como la que acababa de ver, conducían a un gigantesco molino accionado por monstruos que empujaban unas barras de madera. El elevador descendió lentamente hasta el suelo de esa gran cámara y la jabalí y las ratas condujeron a Muscurrana hasta el molino. Estando más cerca, Muscurrana pudo ver que los monstruos que lo hacían funcionar estaban encadenados a las vigas que empujaban. No eran trabajadores, eran esclavos.
-¡Parad el molino!
Los monstruos obedecieron, aunque uno preguntó por lo bajo "¿Por qué siempre tiene que gritar?". Llevaron el saco con Muscurrana hasta una de las barras de madera y le dejaron salir únicamente para que se encadenara a sí misma.
-Me niego.
La mujer jabalí volvió a golpearla con su mano-tenedor en la cabeza. Esta vez con mucha menos fuerza, ya que no pretendía dejarla inconsciente. Sabiendo perfectamente que le sería imposible escapar en ese momento, se puso los grilletes en las muñecas.
-¡Eso, a trabajar! ¡¿A qué estáis esperando?! ¡Ponedlo en marcha!
Muscurrana se vio forzada a empujar como todos los demás. Para un monstruo tan fuerte como ella, esa no era una tarea difícil. Además, había una pareja empujando cada viga, así que al menos el trabajo no la iba a dejar exhausta. Miró al monstruo que empujaba la misma barra que ella. Era una pequeña mujer murciélago. Pensó que, mientras esperaba al momento de escapar, sería buena idea intentar conseguir más información.
-Dime, ¿adónde va este maíz después de molerlo?
-Va al agujero.
-¿Por qué?
-Porque si no lo hacemos nos tiran por ese otro agujero. -dijo señalando a un agujero en el suelo de la cámara señalizado por un cartel que decía "Basura".
-No, no. Pregunto que qué pasa con el maíz.
-Va al agujero.
-Sí, eso ya está claro. ¿Y luego qué?
-Luego comemos.
-¡No, el maíz! -si no estuviese encadenada, ya habría cedido ante el impulso de darle un capón- ¿Adónde va el maíz luego?
-Ah, el maíz. Va al agujero.
-¡Pero serás...! -parecía que se estuviese ahogando de rabia, pero no podía permitirse insultar a la que podía ser su única fuente de información- Sí, el maíz va al agujero...
-¿Y para qué preguntas? Ya sabes adónde va el maíz.
Muscurrana iba a cantarle las cuarenta, pero la mujer jabalí llegó y agarró a la murciélago por el cuello.
-Tú sabes perfectamente adónde va el maíz. El maíz va a tus bolsillos.
La sacudió en el aire y se le cayeron unos granos de maíz. Luego dejó caer también a la ladrona al suelo.
-Jeje, ¿cómo habrá llegado ahí ese maíz?
-La jefa no ve con buenos ojos que le roben. Ha dicho que quiere verte.
-¡¿La... la jefa quiere verme?!
La murciélago se quedó horrorizada, al igual que los monstruos esclavos. Muscurrana dedujo que esa tal jefa, podría ser quien hizo el agujero verde. Aún con la movilidad de sus brazos reducida, pudo sacar su libreta y su pluma para tomar nota.
-¡Alto, alto! No hace falta que la jefa se meta en esto, sólo han sido unos granitos de maíz. Ya me castigo yo sola. Me aseguraré de gritar hasta llegar al fondo.
Dicho eso, ella misma se tiró al agujero de la basura, que resultó ser muy profundo. Tras esa pausa, todos tuvieron que volver al trabajo. Mientras empujaba, Muscurrana seguía tomando notas.
-Debo... averiguar... quién... es... la jefa.
Pronto recibió otro golpe en la cabeza.
-¡Prohibido divertirse! -le gritó la mujer jabalí.
El trabajo continuó hasta el anochecer. Ni siquiera les quitaron las cadenas que les ataban al molino para dormir. Muscurrana continuó interpretando su papel de prisionera hasta que todos se quedaron dormidos. En ese momento, se sirvió de su larga lengua de rana para alcanzar las llaves que colgaban de los pantalones de la mujer jabalí. Luego empezó a tirar, pero no conseguía atraer las llaves. Tiró con más fuerza sin éxito. Tiró con todas sus fuerzas y tuvo lo que se podría considerar demasiado éxito. Los pantalones se rompieron y, con el impulso, fueron directos a su boca. No pudo evitar tragárselos con las llaves incluidas. Por suerte, tenía otro plan para el que también tendría que usar su lengua. Esta vez, la metió en la cerradura de los grilletes para usarla a modo de ganzúa. Cuando quedó libre, se sirvió de su gran capacidad de salto para llegar a una de las rampas por las que antes caía el maíz. Conducía hasta un agujero en el techo, por el que trepó hasta alcanzar la superficie. Lo que vio después de salir de esos túneles subterráneos le sorprendió mucho más que lo que había presenciado dentro.
-¡Esta tía tiene su propio maizal!
Fuese quien fuese la jefa de esos monstruos, ya llevaba un tiempo robando maíz del campo mewmano. El suficiente como para haber plantado el suyo propio. Era algo de lo que tenía que tomar nota.
-Esta tía... tiene... su propio... maizal.
Si Muscurrana se hubiese quedado quieta mientras escribía o si hubiese mirado por dónde iba, seguro que no se habría caído por otro agujero idéntico al que había utilizado para salir. Cayó en una de las rampas para maíz y rodó por ella hasta llegar al molino vacío. Por suerte, nadie lo estaba haciendo funcionar, por lo que llegó hasta el final del recorrido del maíz sin problema alguno. Aterrizó sobre un montículo blando que amortiguó su caída. Se pasó la lengua para quitarse el polvo que se le pegó a la cara y exclamó:
-¡Maicena!
Había caído sobre una parte del maíz que ella y los otros monstruos habían molido durante todo el día. Pero era imposible que sólo hubiese un montón algo más grande que ella misma. ¿Dónde estaba el resto? Antes de que pudiese preguntárselo, escuchó chillidos de ratas. Venían del otro lado de una puerta que había frente a ella. Se acercó en silencio para ver lo que había al otro lado. Como el marco era muy desigual, quedaban huecos entre éste y la puerta, por lo que no tuvo que abrir para mirar.
Lo único que había en esa habitación, era una gran maqueta del Castillo Dragonfly echa de maíz por la que las ratas correteaban. Pero Muscurrana no tenía tiempo de pensar en lo loca que debía estar la jefa para usar el maíz para eso cuando había tantos monstruos pasando hambre. En ese momento pudo sentir tres pinchos metálicos tocándole la espalda.
-¿Sabes por qué me llaman Trinchadora?
Muscurrana se dio la vuelta rápidamente y puso algo de distancia entre ella y el monstruo que la capturó.
-¿Por qué?
-¡Porque ese es mi apellido! -respondió haciendo un gran esfuerzo para marcar músculo.
-¡No voy a volver a ese molino!
-¿No?
-¡No!
-¡¿Nooo?!
-¡No!
-¡¿NOOOOO?!
-¡No!
Tras la última respuesta, Trinchadora dejó de intentar intimidarla y empezó a temblar.
-Entonces, ¿puedo escaparme contigo?
No sin sorprenderse, Muscurrana aceptó. Avanzaron por un pasillo que empezaba en uno de los laterales de la sala en la que se encontraban. Al final, había otro elevador que dos guardias estaban a punto de utilizar. Aunque no tenían pinta de ser un desafío, decidieron dejarles subir en el elevador y agarrarse ellas a éste para no arriesgarse a que quien lo accionara saliera huyendo antes de que hubiesen llegado al nivel superior. Claro que eso implicó tener que aguantar su conversación de besugos.
-¿Una mazorca o crema de maíz?
-Crema de maíz.
-¿Crema de maíz o palomitas?
-Palomitas.
-Palomitas o maíz cocido.
-Palomitas.
-¿Palomitas o pan de maíz?
-Pan de maíz.
-¿Pan de maíz o maíz al vapor?
-Pan de maíz.
-¿Pan de maíz o maíz asado?
-Maíz asado.
-¿Maíz asado o carne de maíz?
-No existe la carne de...
Por fin habían llegado al piso de arriba y pudieron dejarles inconscientes. No les llevó ni tres segundos hacer eso. Lo celebraron con un choque de manos, pero algo también las interrumpió a ellas. Trinchadora fue alcanzada por un rayo de energía verde que la hizo salir disparada y atravesar una pared. Parte de la energía se quedó en los bordes del agujero que dejó tras de sí y le dio un pequeño calambre a Muscurrana cuando acudió en su ayuda.
-¡El agujero verde! -exclamó.
Se dio la vuelta para ver quién había disparado. Desde las sombras surgió una silueta con un punto brillante del mismo color que el agujero. Una gran araña con un águila y alguien de baja estatura sobre su abdomen.
-¿Lo habéis visto? ¡Ha funcionado!
-¡Luda!
Muscurrana no se lo podía creer. Al no haber tenido ninguna noticia sobre su antigua jefa, la había dado por muerta. Pero no sólo estaba ahí, delante de ella, sino que tenía una varita. Y si ella era la que hizo el agujero verde, significaba que ella era la jefa de ese sitio.
Al oír su nombre, la expresión de Luda cambió. Su ceño se había fruncido al ver a quién tenía delante.
-Hola, Muscurrana. -dijo mientras se bajaba del abdomen de Araña y se acercaba- Cuánto tiempo, vieja... amiga.
-Estás... estás viva.
-¡No te hagas la sorprendida! -gritó apuntándole con la varita- Así parece que me preferirías muerta.
-¡No, por favor, ahora soy madre!
-Ya lo sé, idiota. ¿Olvidas que fui yo la que te regaló a tus...? ¡AAAAAH!
En el momento en el que Luda bajó su varita, ésta volvió a dispararse sola, catapultando a Luda hacia una pared. Se quedó aturdida un segundo antes de decir:
-¿Lo veis, chicos? Por eso necesito ese libro. No hay quien controle este chisme.
Al ver que Luda estaba distraída con sus mascotas, Muscurrana quiso aprovechar para escapar. Pero tras una orden de Luda, los dos la persiguieron y Águila la agarró con su pico, dejándola varios centímetros por encima del suelo.
-Ahora trágatela. -nada más dar esa orden, se puso la varita delante de la cara- ¡Pero quiero que muera! ….. Agh, está bien. Escúpela.
Con Muscurrana a medio tragar, Águila obedeció, dejándola en el suelo cubierta de saliva. Luda se acercó a ella para decirle:
-Iba a dejarte morir. Pero mi varita dice que te de el puesto de Trinchadora.
-¿Trinchadora?
-¿Yo?
Luda disparó otro rayo contra la mujer jabalí que estaba recuperando la consciencia. El segundo impacto la dejó KO otra vez.
-Trinchadora. -repitió Luda señalando.
-Pero ya no necesitas monstruos. Tienes una varita, un águila, una araña, maíz, ratas...
-Sí, no me va mal. Pero ya sabes... aún queda mucho por hacer.
La mueca propia de una maníaca que Luda tenía en su cara mientras decía esas palabras no convencía a Muscurrana de querer unirse a ella. Sólo le dejaba claro que se había vuelto una chalada. Luda se acercó a ella ofreciendo una mano para estrechar.
-Bueno, ¿qué me dices? ¿Reunimos a la antigua banda o...?
Muscurrana le dio un golpe que le hizo salir disparada contra otra pared y la dejó inconsciente.
-Lo siento, pero has perdido la cabeza.
Intentó coger la varita. Pero antes de que pudiera, Araña la enganchó con una telaraña. Las mascotas de Luda se lanzaron al ataque para vengar a su ama. Viéndose superada contra los dos, Muscurrana optó por coger a trinchadora y servirse una vez más de sus potentes saltos para huir por un agujero del techo.
Al día siguiente
Pantanos de Mewni
Tras descansar y pasar tiempo con sus hijos, Muscurrana se puso a pensar en todo lo que había descubierto durante la noche. Mientras sus pequeños jugaban, ella cogió su libreta y empezó a escribir:
-Ahora que tiene una varita, Luda es más poderosa que nunca. Pero también está más loca que nunca. Me hizo una oferta interesante. Sólo espero haber elegido lo mejor para mis renacuajos.
Hizo una pausa para verlos jugar. Uno de ellos se acercó buscando un abrazo justo en ese momento. Entonces no le quedó ninguna duda, había hecho lo correcto. Pensando eso, siguió escribiendo.
-Se me ha ocurrido una idea loca. Pero debo asegurarme de que no estoy hablando en voz alta otra vez. -sacó un espejo para mirarse- Tres tristes tigres, tres tristes tigres, tres tristes tigres. Bien. -guardó el espejo y volvió a la libreta- Debo avisar a Comet.
