¡Y el esperado penúltimo capítulo está aquí!
Espero que lo disfruten.

XXXV

MAXON

Llegamos al palacio al atardecer. Nunca aprendí a conducir —porque tenía choferes que me llevaban a todos lados—, así que no me vi capaz de hacerlo con el camión que nos había llevado hasta el bosque.
Por suerte, de todos los sobrevivientes y malheridos, el que menos afectado estaba era un hombre que había sido secuestrado junto con America.
Era panadero y su nombre era Stuart. Hacía semanas que no veía a su familia y estaba un poco en mejor forma debido a su cuerpo robusto; a diferencia de los demás afectados, quienes habían perdido desde dientes hasta exceso de sangre producto de las intervenciones que les hacían en ese horrible lugar.

Decidí darle trabajo a Stuart como chofer oficial de insumos nacionales, así que el hombre podría viajar por todo el país llevando alimentos a diferentes regiones.
A pesar de su tamaño y barriga enorme, el hombre se puso a llorar cuando se lo ofrecí, pero luego le tuve que suplicar se concentrara en el camino para no chocar contra un árbol.

Cuando llegamos al palacio un grupo de soldados y doncellas corrieron hasta nosotros. Podríamos haber entrado por las cocinas, pero había demasiados heridos como para pretender que no pasaba nada.

Lucy, Kriss, Marlee, Paige y Mary corrieron hacia Aspen, Carter, Roger y el poco puñado de soldados sobrevivientes que estaban conmigo. Lamentaba haber dejado a los fallecidos atrás, tendría que volver por ellos en algún momento para poder entregárselos a sus familias respectivas.

Gabe y August fueron los últimos que se bajaron del camión luego de que todas las personas y soldados fueran derivadas a la enfermería, a Mera o al hospital más cercano.

America se bajó junto a mí le tomé la mano frente a todo sin importarnos nada. Era hora de solucionar las cosas.

Cuando subimos las escaleras para entrar al palacio Kriss se colocó ante nosotros viéndonos con los ojos muy abiertos. Tragué saliva cuando noté que ella miraba nuestras manos juntas. Se llevó la suya a la boca y algunas lágrimas cayeron de sus ojos.

Con America nos miramos sin saber qué decir. ¿Acaso seguía enamorada a pesar de todo lo que nos había contado? Sin embargo, al cabo de unos segundos nos sorprendió al arrojarse sobre nosotros con ambos brazos abiertos.

—¡Oh Dios, creí que habían muerto! ¡Están vivos! ¡No puedo creerlo! —lloró desconsolada. Al apartarse se lanzó sobre America con un alarido—. ¡No puedo creer lo que hiciste por mí! ¡Jamás podré agradecértelo lo suficiente! ¡Gracias, gracias!

Ambos estábamos solo un poco mal heridos y America aún tenía aquel corte en su pierna por el roce de la bala. Debía curarse lo más pronto posible. Así que le pedí a Kriss que regresara a su habitación y que aguardara, porque tenía algo importante que anunciar y que hablar con ella.

—¿Dirás la verdad? —susurró asustada. Asentí imperceptiblemente. Ella cerró los ojos y respiró hondo.

—Será difícil…

—Lo sé.

—¿Cómo pretendes hacerlo?

Con America nos miramos. En el camino de regreso conversamos sobre el mejor modo de revelarnos ante el mundo. Suspiré.

—Ya lo sabrás…—dije preocupado. Kriss asintió del mismo modo y regresó al interior del palacio para ayudar a los heridos. Volvió a mirar atrás solo una vez antes de desaparecer por las puertas.

Fue un momento incómodo y extraño. A nuestro alrededor los soldados del palacio iban de un lado otro cargando heridos mientras otro grupo me rodeaba.

—¿Está bien, alteza?

—¿Lo llevamos a la enfermería?

—¿Necesita atención medica?

Alcé la mano sintiendo un leve dolor de cabeza.

—No, no, preocúpense de los heridos, nosotros tenemos algo que hacer…—miré al soldado más cercano—. Encárguense de que todos reciban atención médica apropiada, yo… necesito ver a mi padre.

El soldado agachó la cabeza.

—El rey está con su madre en la habitación, solicitó no ser interrumpido.

Un fuerte dolor me apretó el pecho.

—¿Cómo está mi madre?

El soldado se avergonzó un segundo.

—No lo sé, Alteza. El rey no ha entregado ninguna información al respecto.

Asentí. America me apretó los dedos.

—Estaré contigo…—me susurró. Le sonreí. Asentí.

—Gracias soldado…—le miré la placa—, Harrison.

El soldado hizo un movimiento con la cabeza y se alejó para ayudar. Tenía que recordarme diariamente que debía aprenderme los nombres de todas las personas que trabajaban en el palacio. No podía seguir sin saber quienes nos protegían, cuidaban y alimentaban diariamente.

—¿Lista? —le pregunté.

America respiró hondo y miró al frente.

—Lista —asintió. Miré a los soldados que me rodeaban.

—Pueden retirarse, tengo algo importante que hacer y no quiero importunarlos —avisé. Uno de ellos me miró ceñudo.

—Pero alteza, después de no saber nada de usted en dos días, ¿cómo…?

Volví a alzar la mano.

—Necesito hacer algo muy importante —miré a los heridos—, y ustedes también. Me sentiría mejor sabiendo que están ayudando a quienes más lo necesitan.

Los soldados se miraron entre ellos y luego asintieron.

—Como mande, Alteza —dijo con una reverencia.

El grupo que me resguardaba se alejó hacia el camión y con America apretamos nuestras manos.

Era hora de conversar con mi padre.

Cuando llegamos a la cuarta planta estaba todo en espeluznante silencio. La única puerta entre abierta era la del fondo. A pesar de que el pasillo estaba iluminado, la habitación de mi madre emitía un fragmento de luz que se escapaba por el espacio de la puerta.

Cuando nos acercamos sentí la tensión de America. Era todo tan extraño y diferente.

En La Selección parecía que todo era fácil cuando en realidad no lo era. Siempre estuve presionado a elegir a la mejor candidata que beneficiara de cierto modo al reino, y aún así siempre quise que fuera America la elegida. Sin embargo nunca tuve las agallas para enfrentarme a todas las críticas de mi padre para hacerle entender que mi decisión era la única que importaba.

Y sin embargo ahí estaba. Al cabo de un año, con las fuerzas y la autoridad que hacía doce meses no existían en mí. Me sentía capaz de vencer un huracán con tal de poder finalmente hacer escuchar mi voz. Decidí no aplazar más el momento. Entré sin golpear. America se quedó quieta cuando tiré de su mano, pero la miré un segundo antes de indicarle con los ojos que estaba todo bien.

El sonido de la puerta al crujir delató mi llegada. Papá estaba sentado a los pies de la cama de mi madre mientras ella descansaba. No obstante noté su bello rostro demacrado. Papá al verme se puso de pie de golpe, sus ojos y boca estaban abiertos de la sorpresa.

—Padre —saludé despacio.

—Maxon… —susurró asombrado.

Entonces me sorprendió al correr hasta mí y abrazarme con fuerza.

—Estás vivo —jadeó. Me separó de él y me vio desesperado agarrándome por los hombros—. ¿Cómo… qué…? ¿Qué fue lo que hiciste? ¿Sabías lo asustado que estábamos con tu madre? Tuve que enviar una tropa de apoyo para ir en tu búsqueda.

Lo miré ceñudo.

—¿Lo hiciste? —pregunté impresionado.

—¡Pero claro! ¡Eres mi hijo! Jamás creí que realmente irías tras ella —miró a America fijamente, pero ella no dijo nada—. Cuando descubrimos que no estabas y que un camión había desparecido no pude quedarme sentado —suspiró agotado—. A tu madre no le hace bien enterarse de tantas cosas así en poco tiempo —la miró—. Intenté hacerle creer que estabas bien pero… es tu madre, así que lo adivinó de inmediato.

La miré acongojado.

—¿Cómo está? —quise saber. Papá cerró los ojos.

—No muy bien, apenas puede mantener los ojos abiertos —suspiró—. Esa chica de la cocina, la hija de Shiara, le está preparando unos licuados de hierbas que al parecer alivian el dolor de cabeza…—su mirada se entristeció—. Espero que se recupere… no toleraría verla así, acostada e inerte lo poco que le quede de vida —cerró los ojos y se alejó hasta la cama.

Con America nos miramos, había demasiada tensión en el ambiente. Ella me indicó con la cabeza que me acercara hasta la cama, mi madre acababa de abrir los ojos. Papá se hizo a un lado y me senté cerca de sus caderas para poder tomarle la mano.

—Hola Má…—susurré. Mamá abrió los ojos. Un par de lágrimas cayeron por ellos mientras reía.

—Maxon…—su voz estaba áspera y aguda—. Mi niño… hijo mío, ¡estás con…vida! —jadeó.

Le sonreí y me acerqué para darle un beso en la frente.

—Disculpa por desaparecer así —susurré cerrando los ojos—… pero… era mi deber, yo…

—Lo sé —me dijo entonces. Me separé de ella viéndola preocupado—. Cuando te fuiste me volví loca, quería ir tras de ti, buscarte, me daba igual romper un millón de reglas con tal de dar contigo…—suspiró—. Te entiendo perfectamente.

Sus ojos fueron directos hasta America. Ambos estábamos hecho un desastre, con las ropas rajadas, sucias, llenos de tierra y sangre.

—Acércate, querida…—dijo ella. America apretó los labios y caminó lentamente. Al pasar por el lado de mi padre él la miró de reojo, pero no le dijo nada.

—Majestad —le hizo una pequeña reverencia, mamá sonrió.

—America…—jadeó mamá tomándole la mano, America abrió apenas la boca de la sorpresa—. Desde que llegaste a este palacio la primera vez has hecho cosas que rompen cualquier parámetro establecido —la miré asustado, America agachó la cabeza—. Mírame, por favor…—con un suspiro ella volvió a alzar sus ojos—, has roto reglas, has cambiado el curso de tradiciones familiares, has quebrado protocolos incuestionables e hiciste sufrir a mi hijo más de una vez sin saberlo.

—Madre, no sé si…

Pero no me escuchó. Con un poco de esfuerzo se reacomodó sobre las almohadas sentándose, le soltó la mano a America sin quitarle los ojos de encima.

—Cuando te marchaste sabía que algo andaba mal, Maxon te iba a elegir a ti a pesar del desastre que podías causar siendo soberana —mi corazón palpitó con fuerza, America estaba sonrojada—. Como la decisión no estaba en tus manos no me quedó más que creer que Maxon había elegido a la candidata correcta pensando en el bien del país. Pero luego lo vi sufrir, lo escuché pasearse por los pasillos a largas horas de la noche y desaparecía por horas cuando se juntaba con los soldados a jugar cartas en las cocinas —me miró con una ceja alzada—, sí, lo sabía. No soy estúpida, Maxon, pero me alegra saber que hiciste buenos amigos en la ausencia de America —Volvió a suspirar y cerró los ojos como si algo le doliera.

—¡Amberly! —exclamó mi padre, pero ella levantó la mano.

—Estoy bien —respiró hondo—, ya pasará —volvió a mirar a America—. Y luego, regresaste. Al cabo de casi un año… y descubrí que mi hijo había vuelto a sonreír y a tener ese brillo en su mirada repleta de esperanzas por tenerte cerca. Su entusiasmo por cambiar las cosas, por hacer de este país una mejor nación, su espíritu por ayudar a las personas, a los empleados… America —la miró, America respiraba por la boca—. No sé de qué planeta vienes, pero si tienes las agallas de dar tu vida por otros del modo en que lo hiciste y el coraje para enseñarle a mi hijo lo que yo no pude… por favor, quédate… porque no quiero pasar mis últimos meses de vida viéndolo sufrir por ti o arriesgando su vida por ti del modo en el que lo hizo, por favor…

America rió con una mueca que la hizo llorar, yo sonreí airoso.

—Amberly, cielo, creo que no estás…

—Sí, lo estoy Clarkson —dijo con dureza—. Tu hijo tiene el derecho de hacer su vida como le plazca.

—Y es lo que haré —dije mirándolos a ambos. Me puse de pie y tomé la mano de America, los dos nos vimos un segundo antes de darme las fuerzas para anunciar mis futuros planes—. Mañana llamaré un Report de emergencia, explicaré lo que ocurrió las últimas horas y terminaré el compromiso con Kriss para anunciar mi boda inmediata con America.

—¡Maxon! —exclamó ella con sorpresa, le sonreí.

—¿No creías que después de todo lo que sucedió con Coil te dejaría ir, cierto? —Ella se sonrojó. Miré a mi padre—. Alexander Coil está muerto —le dije—, yo lo maté. Cayó por un acantilado al borde del bosque. Mis soldados, los aliados del norte y un grupo anexo que trabajaba para el mismo Coil destruyeron el Bunker, y Philippo mandó a llamar a las armas Suizas para atacar los refugios del sur. No queda nada de los rebeldes, ni de Coil. Todo su armamento ha quedado en mis manos.

—¿Cómo que en tus manos? —los ojos de papá me vieron con incertidumbre.

No pretendía decirle que Gabe estaba con vida. Aunque las armas seguían bajo el linaje de los Coil, tenía que creer que yo tenía algún poder sobre ellas.

—Me fueron entregadas, ahora están bajo el resguardo de la corona.

Mamá dio un respingo.

—¿Eso quiere decir que…?

—Quiere decir que podemos defendernos contra Nueva Asia si deciden atentar contra Illea por culpa de la muerte del ministro Cheng —expliqué. Mis padres se miraron.

—¿Y acaso pretendes declararle la guerra a Nueva Asia? —se burló mi padre—. ¿Qué planeas? ¿Llamarás a un Report para amenazarlos públicamente?

Entrecerré los ojos.

—Estos días fui testigo de suficientes atrocidades como para tener las agallas de finalmente enfrentar al país con la verdad —alcé el mentón, mi padre tensó su mandíbula—. Es hora de que la gente sepa lo que sucede. No pueden vivir creyendo que todo es perfecto en Illea, es momento de cambiar las cosas.

—¿Y con qué autoridad? ¿Me dices? ¡Eres solo el príncipe! ¡Yo soy el rey! ¡Y nada se cambia sin mi aprobación! ¡Y no dejaré que metas la pata una vez más! ¡Mucho menos anunciando frente a todo el país cosas que a nadie más le incumben!

—¡Clarkson! —exclamó mi madre—. Maxon tiene el mismo derecho que tú como soberano, él será el futuro rey y deberá hacerse cargo de la nación. Si cree que es lo correcto, ¿por qué no lo dejas?

Todos miramos asombrados a mamá. Si bien siempre me apoyó jamás creí que realmente se atrevería a desafiar a mi padre.

—¡Es un niño!

—¡Tiene la misma edad que tú cuando asumiste el trono! —exclamó mi madre y luego respiró hondo.

—No pretendo quitarte tu autoridad —interrumpí mirando a mi padre—, pero tengo que decirle al país lo que sucede conmigo, lo que quiero hacer cuando sea rey para que estén preparados.

Papá se acercó amenazante.

—Sé lo que intentas hacer y ¡no te lo permitiré!

Cuadré los hombros, no me amedrenté. Suficiente tenía de ser siempre una víctima de mi padre.

—Si no quieres estar mañana para el Report, no me interesa —zanjé—. Lo haré sí o sí, y no necesito tu apoyo ni tu permiso para hacer lo correcto.

—¡Lo correcto! —exclamó—. ¿Realmente crees que le harás un bien al país?

—¡Claro que sí! —dije enojado—. ¡Porque sabrán finalmente lo que ocurre tras estas paredes! ¡Seré transparente! ¡No más mentiras! ¡No más rebeldes! ¡No más guerra! ¡No más castas!

Sus ojos me miraron con sorpresa.

—No, eso sí que no, no dirás nada sobre las Castas.

—Claro que lo haré —puntualicé con calma—. Las Castas son parte del estúpido gobierno de Gregory Illea. Es la causa de que existan personas como Coil y los rebeldes. Él solo quería mantener un control poblacional porque sabía que los ricos retroalimentarían al gobierno. Las Castas inferiores no sirven para hacerte más rico, por eso no quieres que dejen de existir, pero lo camuflas en un reglamento de orden y les haces creer que son importantes para el país —respiré agitado y enojado—. ¿Para qué quieres Castas? ¿Para qué quieres seguir manteniendo tu imagen de rey intachable? ¡El país tiene que saber que como gobernantes hemos metido la pata y que eso tiene que cambiar!

—¡No mientras esté vivo! —gritó, mi madre se llevó una mano al pecho con sorpresa—. Si quieres hundirte, bien, hazlo solo, pero no tendrás mi apoyo mañana cuando subas a la tribuna del Report, no estaré ahí para apoyar cada una de las estupideces que digas, ni siquiera cuando quieras inculparme de cosas que la nación no tiene por qué saber. ¿Sabes por qué? Porque no te creerán. Y yo mismo me haré cargo de contradecir cada una de tus palabras —dijo con acides—. Eres el príncipe que va a revocar su matrimonio, ¿qué Fe puede tener una sociedad que ve a su soberano cambiar de novia a pocos días de la suspensión de la boda? —miró a America—. Desde que esta jovencita entró al palacio no ha hecho más que dar problemas. Podrá tener agallas y fuerza, pero jamás podrá ser una buena soberana.

—Deja que eso lo decida yo, ¿sí? —vi que America se sonrojaba y miraba hacia otro lado, mi madre estudiaba a papá con una mezcla entre sorpresa y decepción—. La revocación da igual, ¿o te olvidas de las revistas que ocultaste para que no llegaran a mis manos? ¡Desde que America se convirtió en embajadora el país la quiere de regreso! ¡Quieren que esté conmigo! Kriss podrá ser la elegida del pueblo, pero dejará de serlo en cuanto ella misma tome la decisión de terminar con todo. No seguirá más tiempo soportando estar dentro de estas paredes siendo tu prisionera.

—¡Ya te dije que yo jamás la torturé!

—¡Pero la amenazaste! ¡Qué más da! Kriss tiene derecho a ser libre.

—¡Ya cállense los dos! —exclamó mi madre con la voz áspera. America se acercó hasta ella y le dio un vaso de agua que estaba sobre el velador al lado de la cama, sentándose a su lado.

—Tome, no le hace bien alterarse —le susurró. Mi madre bebió un sorbo y luego nos miró a ambos.

—Clarkson, deja por una vez que tu hijo tome las riendas de esta situación —lo vio enojada—. Ya has hecho suficiente daño, no solo al país, sino que a mí también —sus ojos brillaron—. Cuando me enamoré de ti vi todo lo que siempre creí que eras y hasta ahora jamás dejé de creer en ti, jamás dejé de ver lo impresionante que eras como soberano —cerró los ojos con pesadumbre—, hasta que Maxon dijo todas las barbaridades que hiciste.

—Amberly —dijo mi padre con calma—, no estás viendo la imagen completa.

—La estoy viendo perfectamente —dijo enojada—. Que tú no quieras que la vea es diferente —alzó su mentón, pero noté que aún le molestaba la cabeza. Siempre me impresionó su entereza y hasta en esos momentos seguía dejándome con la boca abierta por su fortaleza—. Deja que Maxon le diga al país lo que sucedió estos días. La gente tiene que saber que estábamos siendo amenazados y que su príncipe nos liberó de ese mal —mamá me sonrió, sus ojos cansados me asustaron—. Maxon acabó con ese hombre que tanto daño te estaba haciendo Clarkson, acabó con la amenaza que te hizo tomar las peores decisiones de tu vida y que yo jamás te perdonaré…—los ojos de mi madre se llenaron de lágrimas, su piel se puso aún más pálida—… déjalo solucionar lo que tu causaste…

Con un jadeo suave mi madre cayó hacia atrás, America logró agarrarla de la cabeza para apoyarla contra las almohadas.

—¡Mamá! —exclamé asustado, mi padre también se acercó hasta ella.

—Amberly, querida, tienes que descansar…

—Solo prométeme que dejarás que Maxon haga lo correcto —me miró con sus ojos cristalinos y cansados—. Encontraré las fuerzas para estar mañana contigo en el estrado, hijo. Si tu padre no dará la cara contigo, yo lo haré, como reina.

—Cielo, no…

—Sí, lo hare —dijo con vehemencia, se notaba a leguas cuánto le costaba tolerar el malestar en su cabeza—. No sé cuánto tiempo de vida me queda, Clarkson, pero sean meses o años, no quiero morir sabiendo que no estuve ahí apoyando a mi hijo el día que cambió al país —su mirada decepcionada se posó sobre mi padre—. Le recriminas que es impulsivo, pero eres tú quien tomó las peores decisiones para Illea. Ahora es momento de enmendarlas. Si no lo haces tú, ¿quién mejor que Maxon?

Mi padre se irguió con los labios apretados. Había una expresión de tristeza y dolor en su rostro que supo camuflar muy bien con muchísima seriedad.

—Muy bien… —suspiró enojado y me miró de reojo—. Si eso es lo que quieres, está bien. Haz el Report, puedes hablar de Coil, pero te prohíbo que saques a la luz cosas que son intimas de nuestra familia.

—¿Cómo que te aliaste con ellos por amenaza? —espeté.

—¡La gente no tiene que saberlo! ¡Los soberanos hacemos cosas por proteger a nuestra gente! ¿Qué pretendes conseguir con eso? ¿Qué me destituyan? —sus ojos se achicaron—. ¿Acaso quieres quitarme el trono, Maxon?

Erguí mi espalda y alcé el mentón.

—Por supuesto que no —suspiré y cerré los ojos—. No quiero dejarte en evidencia y no lo haré, y tampoco quiero quitarte el trono. Pero sí explicaré todo lo que me involucra a mí como príncipe y futuro rey —abrí los ojos y lo miré fijamente—. No atacaré a nadie con las armas nucleares, padre. Pero sí amenazaré a Nueva Asia, revelaré la crueldad de Cheng y su alianza con Coil, y que si quieren represalias, contamos con el armamento del sur y el suizo. ¿Te parece así? ¿O crees que defender a Illea con palabras no es suficiente? ¿Prefieres mantenerlo en secreto antes de preparar al país en caso de una posible revancha? La gente tiene que saber, el país tiene que cambiar…—me pasé una mano por el pelo y sentí algo tibio en la otra, descubrí que America me había agarrado los dedos para brindarme apoyo—. Si después quieres hacer una declaración y destruirme, dejarme como un mentiroso, hazlo, no me importa. Al menos en mi fuero interno sabré que habré hecho lo correcto —respiré hondo—. Anunciaré el término de mi compromiso con Kriss, y, te guste o no, el nuevo compromiso con America —me giré hacia ella y le sonreí, se sonrojó y me devolvió el gesto. Apreté sus dedos y se puso de pie—. Sé que no estoy solo en esto, tú sí. Y sí, tal vez tu palabra como rey sea más válida que la mía, pero ya estoy cansado de ser tu sombra y que no me prestes atención como heredero y como tu hijo —respiré hondo—. Mañana haré algo para lo que justamente me entrenaste, para ser rey. Y te guste o no, sabes que es lo correcto aunque lo reniegues mil veces.

Lo escuché resoplar como un toro. Vi un brillo de orgullo en los ojos cansados y adoloridos de mamá. No era justo para ella que estuviéramos en su habitación discutiendo nuevamente. La última vez yo le había causado un empeoramiento a su estado de salud del cuál no estaba enterado.
Saber que le quedaba poco tiempo de vida era un dolor que aún no superaba, pero tenía que mostrarme fuerte. Tenía que solucionar todos los problemas antes de enfocarme en los míos… en ella.

Una cosa a la vez.

—Entonces espero que le reces a tus santos, porque no estaré presente para ver cómo te hundes y destruyes nuestras tradiciones por un encaprichamiento —dijo alejándose.

—¡Clarkson! —lo llamó mamá. Me volteé a él.

—¿Encaprichamiento? ¿Llamas capricho a querer ser transparente con el país? —Lo miré fijamente—. Tú dices querer mantener las tradiciones, pero creo que es hora de liberarnos de aquel peso que nos ha hecho daño por tanto tiempo. Quiero ser libre papá, y feliz.

—Buena suerte con eso —dijo con amargura. Y sin decir nada más salió de la habitación. Mi madre se llevó una mano al pecho.

—Disculpa a tu padre —me susurró. La miré sorprendido.

—¿Cómo dices?

Con un poco de esfuerzo se reacomodó entre las almohadas. Me hizo un gesto con la mano sobre la colcha y me senté a su lado. Me miró fijamente un segundo y sonrió con esa sonrisa tan hermosa que siempre me recordaría lo bella y buena que era.

—Sé que es difícil, a mí también me ha costado trabajo —suspiró con tristeza—. No pretendo comprender su actuar. Cuando me enamoré de él me encanté con su entereza, su fuerza y su coraje, especialmente cuando enfrentó a tus abuelos que eran horribles personas —hizo una mueca—. Siempre confié en su calidad humana. Pero el pasado y el peso de la familia y el título pueden destruir todo lo bueno en una persona —cerró los ojos y volvió a suspirar—. Cuando naciste se prometió a sí mismo hacer todo lo que estuviera a su alcance para hacerte feliz y digno heredero del trono, para no caer en lo que cayó su propio padre con él. Pero el peso de las tradiciones fue más fuerte. —Me volvió a mirar y colocó una mano en mi mejilla, tenía la piel helada—. Siempre creí que como madre yo velaría por tus valores y tú desarrollo humano, ya que al estar tan ocupado, tu padre no podría hacer más por ti que no fuera prepararte para heredar la corona —se lamió sus labios secos. Le ofrecí el vaso de agua pero lo rechazó negando con la cabeza—. Creo que nunca quise ver que con el tiempo el hombre del que me había enamorado ya no estaba ahí. Siempre tuve la esperanza de que siguiera existiendo, porque conmigo siempre fue maravilloso. Aunque contigo no siempre tenía el mejor comportamiento. A veces me descubría a mí misma diciéndome que solo no sabía dirigir su afecto de la manera correcta y lo hacía dándote órdenes o protegiéndote al alejarte de los conflictos más terribles —cerró los ojos e hizo un gesto de dolor.

—¿Mamá?

—Estoy bien, solo es un mareo —respiró hondo y volvió a mirarnos. America se había quedado de pie a mi lado. Sentí su mano apretando mi hombro—. Maxon, solo quiero que sepas que, a pesar de todo, y aunque nada justifica las atrocidades y el actuar de tu padre… encontré un espacio en mi corazón para perdonarme a mí misma y a él —unas lágrimas abandonaron sus ojos, pero no se las secó, las dejó fluir—. No quiero irme de este mundo con rabia y odio en mi corazón, sé que es difícil de entender y aunque jamás justificaré sus actos, lo perdonaré como humano que es y que comete errores. Errores de los cuales tal vez él no aprendió pero tú sí… y estoy segura, mi niño, que serás el mejor rey y gobernante que Illea haya tenido jamás —sus ojos se alzaron hacia America—. Los dos, lo serán. Confío plenamente en ello.

Cuando parpadeé me di cuenta que mis mejillas también estaban húmedas. La mano de America apretó aún más y supe que ella se sentía como yo. Agradecida, entristecida y orgullosa de la mujer que teníamos al frente.

Por un momento olvidé mi título y mi nombre y abracé a mamá sintiendo ese aroma suyo tan característico. Ella olía a las flores de Angeles, y la ciudad olía a ella. A jardín.

—Te quiero mamá… —sollocé.

—Y yo a ti mi niño…—me besó la frente.

Cuando salimos de la habitación cerré la puerta tras de mí. La dejamos dormir para que finalmente pudiera descansar algo después de tantos días en vela y adolorida.

Avanzamos lentamente por el pasillo. La mano de America entrelazando mis dedos era lo único confortable, porque a pesar de que dentro de aquellas paredes estaba cálido, sentía frío.

—¿Entonces? —preguntó ella. Me detuve y la miré. Ambos estábamos hecho un desastre y ella aún tenía su pierna lastimada.

—Entonces… tú irás a descansar y a que te revisen la pierna y yo…—miré las paredes—. Aún tengo que solucionar algo con Kriss —me rasqué los ojos, cansado.

—¿No quieres que te acompañe? —preguntó, pero de inmediato bostezó. Sonreí y le besé la frente.

—Después de todo lo que sucedió quiero que vayas a descansar, y no es una orden, es una petición…—le acaricié la mejilla—, no sé cuánto demore con Kriss, tenemos que solucionar cómo vamos a enfrentar mañana la situación de romper con el compromiso.

Asintió.

—Claro, tienes razón —bostezó nuevamente—. Entonces me iré a la cama.

Dibujé una leve sonrisa y luego me acerqué con cuidado y la besé. No fue un beso apasionado pero sí suficientemente largo y lento como para recordarle que no dejaría de pensar en ella.

—Buenas noches…—le susurré. Abrió los ojos lentamente. Sus mejillas estaban sonrojadas.

—Tú tampoco te vayas tarde a dormir, necesitas descansar —susurró cerca de mis labios. Le besé la punta de la nariz.

—Lo intentaré…—reí desganado. Me besó la mejilla y nos miramos un segundo.

—Te amo…—susurramos al mismo tiempo. Y luego ella desapareció por el pasillo contrario.

De repente el frío me invadió, pero era solo una sensación. Moría de sueño y de cansancio, sin embargo necesitaba hablar con Kriss antes de ir a dormir.

Cuando llegué a su habitación me abrió Mary. La doncella me hizo un gesto con la cabeza.

—Lady Kriss lo estaba esperando —me dijo con una sonrisa. Asentí cansado.

—Estupendo.

Cuando entré Mary salió haciendo una reverencia. Kriss estaba sentada frente al tocador. Llevaba el cabello suelto y la típica bata que le habían dado a todas las Seleccionadas.

Me reí al ver sus pantuflas de conejito, pero no quise ser obvio.

Cuando alzó la mirada nos quedamos en silencio por un rato, finalmente, ella suspiró.

—¿Cómo está tu madre? —pregunté para romper el hielo. Balanceó la cabeza.

—Se está recuperando —se colocó un mechón tras la oreja—. No fue un impacto grave, pero aún sigue siendo una herida de bala, así que debe guardar reposo algunos días.

Asentí y me distraje viendo la habitación.

—¿Eso quiere decir que no estará presente en el Report de mañana? —la miré fijamente. Comprendió de inmediato.

—¿Finalmente acabará todo? —preguntó. Sonreí.

—Solo si tú me lo permites —Le dije sentándome al borde de la cama. Sonrió cansada.

—Es lo único que quiero desde hace meses… —rió. Pero el sonido era agotador, como si hubiera llegado finalmente a la meta después de correr un largo trecho.

—Entonces, tenemos que prepararnos —la miré, ella asintió con fuerza—. Porque no será fácil. ¿Estás lista?

—Hace mucho tiempo —sonrió.

—Genial, porque esto es lo que vamos a hacer…

Cuando abandoné la habitación de Kriss sentí como si un gran peso se hubiera liberado de mi espalda. Cuadré los hombros y retorné a mi habitación para poder descansar finalmente.

Me di un baño y arrojé la ropa sucia y llena de sangre a la basura. Sobre el escritorio había una caja con insumos médicos para heridas y algunas hierbas. Sonreí a reconocer los frascos de Mera. Apliqué algunos ungüentos en las heridas más pequeñas y me tomé una aspirina.
Sentir la calidez de la cama y su comodidad me llamó al sueño de inmediato. Lamentablemente tenía tantas cosas en la cabeza que me demoré mucho en poder conciliarlo.
Por suerte en algún momento me quedé dormido. Soñé con Coil cayendo por el precipicio y con las raíces enredándose en mis brazos, consumiéndome contra la pared de la montaña.

Me desperté con el pecho y el cabello sudado cuando el sol entraba a raudales por entre las cortinas y con el mayordomo tocando la puerta.

Me rasqué los ojos. La aspirina no había surtido efecto, la cabeza aún me dolía.

—Adelante…—invité. Pero no era el mayordomo. Por la puerta entró Valiant seguido de Lena.

—¿Valiant… qué?

Iba vestido pero caminaba lento. La chica lo agarró por el codo para ayudarlo a desplazarse.

—Le dije que no podía levantarse, pero insistió…—se disculpó ella. Sacudí la cabeza.

—Está bien, tenía que despertarme de todos modos…—me rasqué los ojos, ella me miró.

—¿Se siente bien?

—Dolor de cabeza, nada importante…

Con Valiant se miraron y lo ayudó a sentarse en un sofá mientras ella iba directo al botiquín que había dejado abierto sobre el escritorio. La vi sacar unas bolsas que no sabía para qué servían.

Cuando se instaló cerca de mi cama observé que rellenaba una de las bolsas con un líquido transparente que venía en un frasco y la conectaba a una manguera delgada. Mi espina emitió una corriente eléctrica cuando vi que enganchaba una aguja muy fina al borde del tubo.

—Es suero —explicó—. Sabemos qué pretende hacer hoy, el soldado Leger y Cole nos explicaron.

Parpadeé.

—¿Cómo están?

—Heridos…—contestó Valiant. Se escuchaba un poco mejor que la última vez, aunque aún le costaba respirar—. Aspen tiene muchísimo dolor en la pierna y Roger tiene algunos huesos rotos.

Lena agachó la mirada con tristeza.

—Por el nivel de la herida en la pierna del soldado Leger es posible que tenga dificultades para caminar con ella en el futuro.

—¿Qué? —jadeé. Ella alzó la aguja y la preparó.

—Al parecer la bala que lo golpeó destruyó un nervio. Necesito que estire su brazo —pidió. Tragué saliva y le hice caso.

Con una destreza fascinante subió la manga de la camisa del piyama y cerré los ojos esperando el pinchazo. Pero solo sentí un leve pellizco en el hueco del codo.

Cuando los abrí estaba dejando la bolsa enganchada al respaldo de la cama. Me sonrió con los labios apretados en un gesto de timidez.

—Lo ayudará a reponer energías…—me dijo alejándose hasta Valiant. Los miré.

—¿Realmente revelarás todo? Roger dijo que les contaste en el camión que hoy darás un Report para terminar el compromiso con Kriss y hablar del rebelde…

Asentí. Poco a poco me iba sintiendo un poco mejor.

—Hay muchas cosas que tengo que hablar…

—Y ese sujeto, Gabriel, dijo que te entregó las armas, que piensas usarlas para amenazar a Nueva Asia…

Suspiré.

—Solo amenazaré, no haré nada más —me recosté contra las almohadas—. Philippo tiene el armamento suizo, así que de todos modos Nueva Asia perderá poder al saberse desprotegido de las armas que Coil tenía para ellos. Estarán obligados a dejarnos en paz.

—¿Crees que de resultado?

Me encogí de hombros.

—No tengo idea…—confesé—. Pero por el momento creo que es lo único que podrá protegernos después de la muerte de Cheng: Admitir que sus propios aliados lo asesinaron.

—¿Cómo dices?

Me rasqué un ojo.

—Coil se hizo pasar por mi padre… la verdad es una historia algo complicada. Pero fue él quien asesinó a Cheng.

Valiant y Lena se miraron.

—¿Necesitarás ayuda? —preguntó. Alcé la mirada, pensativo.

—Solo vayan y estén presentes, si pueden —pedí—. Sé que estás convaleciente aún pero…

—Ahí estaré —dijo con vehemencia. Sonreí.

—Gracias. Necesito todo el apoyo posible… —suspiré—. Mi padre luego desmentirá mis dichos dejándome mal ante la nación, pero al menos sabré que hice lo correcto.

—¿Cómo? ¿Y dejarás que lo haga?

—Es el rey —me encogí de hombros. Era impresionante como el suero poco a poco surtía efecto—. Su palabra siempre tendrá más poder que la mía.

—A no ser que la gente te crea y confíe en ti…—dijo Valiant mirándome de con las cejas alzadas. Intenté sonreír.

—Eso espero… —cerré los ojos un segundo—. Intenten reunir todos los aliados posibles, necesito que haya gente conmigo esta tarde.

—¿A qué hora será la proyección? —preguntó Lena. Me rasqué la nariz y los miré. La luz ya no molestaba tanto.

—A las siete… —aún me quedaba organizarlo y prepararlo todo, hacer el enuncio a la ciudadanía para que se prepararan a la hora establecida—. Así que crucen los dedos.

Valiant se puso de pie con un poco de dificultad y se acercó hasta la cama. Colocó su mano en mi hombro. Las vendas que protegían su pecho aún se traslucían bajo la camiseta.

—Todo saldrá bien, y si no, sabes que nos tienes a nosotros.

—A todos, en realidad —agregó Lena con una sonrisa—. Es increíble como toda la gente de la cocina y las criadas lo apoyan.

—Y los soldados —agregó Valiant.

Sonreí más animado.

—Gracias chicos.

—Lamentamos haberte despertado, te dejaremos descansar. Recupera fuerzas.

Agradecí con un asentamiento de cabeza y ambos se fueron saliendo lentamente. Aproveché de descansar un rato más mientras me preparaba mentalmente para esa tarde.
La prueba de fuego había llegado y no sabía si estaba listo o si estaba haciendo las cosas bien.
Solo quedaba esperar a que al abrir mi boca las palabras adecuadas salieran por ella y lograra hacer sentir al país seguro.

Al llegar la tarde no estaba preparado. Podría haber creído que sí, pero los nervios me estaban haciendo pedazos el estómago.
Tenía el cuello y la espalda calientes. Sin embargo tenía que recordarme que era necesario hacer aquello. Lo que había vivido los últimos días no era algo que se tuviera que esconder. La gente tenía que saberlo.

—Cinco minutos, señor —me anunció el productor. Asentí y miré detrás de la cortina.

Las cámaras estaban situadas delante de una tarima alta con un pedestal. Al fondo colgaba el estandarte de la corona. Había tres sillas detrás, mamá y Kriss ya estaban sentadas en ellas. Miré a la audiencia presente y me impresionó al ver tantas caras conocidas. La de Valiant, la de Lena, Mera, Mary, Paige, las señoras Claide y Adelaide de las cocinas, Graham, Macken, el papá de Lucy, a la misma Lucy, a Marlee, Celeste y Philippo… y a docenas de personas tras las cámaras esperando por mi discurso.

Pero por más que intenté encontrar a mi padre, no lo vi por ningún lado.
Mi corazón se apretó, pero intenté que no me afectara.

—¿Muy nervioso? —preguntó una voz. Cuando me volteé vi a Gavril sonriéndome con empatía, como si comprendiera por lo que iba a pasar.

—¿También te dijeron?

—Es lo que todos están hablando, tienes al país en ascuas —rió con suavidad.

Reí también de los puros nervios. Entonces vi que algo brillaba en la solapa de su chaqueta.

—Siempre me dio curiosidad éste broche —indiqué con el dedo. Tal vez para habar de algo que me distrajera un rato. Gavril me guiñó un ojo.

—No soy el único que lo usa, Alteza —dijo alejándose hacia el estrado, sonriendo misteriosamente.

Fruncí el ceño y traté de recordar dónde lo había visto. Entonces mi memoria afloró con rapidez en un símbolo estrellado que le había visto a August, Georgina y Kriss, especialmente cuando ésta última me confesó lo que mi padre le había hecho y por qué había llegado a la Selección.

Agaché la cabeza y por impulso comencé a reír. Roger me lo había dicho, estaba rodeado de rebeldes del norte.

Pero lo que más gracia me causaba, era que yo seguía exactamente los mismos ideales que ellos. Tal vez, al fin y al cabo, yo también lo era un rebelde y no me había dado cuenta.

Con aquella idea en mente una fuerza diferente se apropió de mí. Había nacido príncipe por el linaje que me precedía, pero seguía siendo un individuo independiente en aquel mundo plagado de personas. Con o sin título, mis ideales y mis valores eran solo míos y de nadie más.

Sonreí entusiasmado. Ya sabía qué tenía que hacer: No hablaría al país como príncipe, hablaría como ciudadano, como Maxon Schreave, simpatizante de los rebeldes del norte.

Cuando las cámaras se encendieron y comenzó el himno de la nación ajusté mi chaqueta, sentí una mano en mi espalda.

—Todo saldrá bien —me dijo America. Con el himno de fondo la abracé.

—¿Subirás cuando te llame cierto?

—Claro que sí —me besó la mejilla y se quedó tras la cortina una vez que Gavril saludó a la nación y anunció mi aparición.

Respiré hondo.

—Buena suerte —susurró America. Asentí, tiré del borde de la chaqueta y salí al público.

El silencio era sorprendente. Ante mí tenía tres cámaras diferentes y una que se sostenía de una grúa que era manipulada por algún técnico dentro de una cabina.

Me subí al estrado. La sonrisa de mi madre me dio un poco más de fuerza.

Alcé el mentón hacia la cámara y miré aquel oscuro pozo negro imaginando la cantidad de ojos que me estaban observando en ese momento.

Entonces, comencé…

—Buenas tardes, Illea… hoy me presento ante ustedes no como príncipe, sino como un ciudadano más de este bello país que ha resurgido de las cenizas una y otra vez…—cuadré los hombros—. Y es a causa de aquella fortaleza que nos ha hecho resurgir, que hoy les vengo a confesar del peligro que vivimos hace algunos días y que ustedes desconocen —cerré los ojos un segundo—. Y no solo eso… sino que lamentablemente, la corona estuvo involucrada.

Fue como si algo se hubiera apropiado de mi cuerpo. Mi boca relató todo sin caer en acusaciones banales y burdas. Sin mencionar a mi padre en el proceso, sino que a nuestra familia. La historia de Coil y su alianza con Cheng salió de mis labios como si la conociera de toda la vida. Así como sus armamentos nucleares, la guerra contra el palacio y las intenciones de quienes apoyaban a la corona pero querían cambios nuevos. El aviso hacia Nueva Asia sobre el armamento que ahora estaba en nuestras manos y la alianza con Suiza, también salieron de mi boca limpiamente y con calma. Sorprendiéndome a mí mismo.

El discurso se prolongó por veinte minutos mientras tachaba mentalmente de mi lista los puntos a tratar. Hasta que fue el momento de hablar de las Castas.

—… Tal vez faltan muchísimos años para que sea rey, pero quiero que sepan que con ayuda de cada uno de ustedes podemos devolverle la libertad a todas aquellas personas que por culpa de una estúpida tradición creada para beneficio de la corona, acabaron viviendo en la calle —suspiré—. Sé que a muchos les beneficia su casta, más aún cuando con ella se sostiene un estatus que le da valor a su calidad de vida, pero ese valor también lo merecen quienes, no por elección sino que por obligación, tuvieron que terminar viviendo bajo un puente porque sus antepasados no tenían algo que ofrecer al rey —tosí un segundo cuando se me secó la garganta—. Los genios no siempre nacen en familias ricas. Lo sabré yo, que he cometido estupideces en mi vida y he aprendido a conocer verdaderas mentes brillantes en castas inferiores a la mía —miré a la cámara con determinación—. En este momento, tal vez, en algún barro desmoronado, está naciendo una criatura que puede curar enfermedades, pero su casta jamás le permitirá ejercer semejante inteligencia porque la corona decidió que no era digno de curar nada, más que reparar calles o recoger basura —miré a Mera por encima del camarógrafo y le sonreí—. Y déjenme decirles que conozco médicos que sin un título y sin pertenecer a una casta alta han salvado más vidas de las que yo mismo puedo contar —ella sonrió y volvía a la cámara—. Quiero que entiendan que esta declaración de principios es una forma de transparentar lo que ocurre tras estas paredes que nadie conoce —suspiré—. Tal vez mi padre, el rey Clarkson de Illea, decida poner un alto a mis palabras y desmentirlas más tarde —encogí un hombro—. Pero en ustedes está el creerle a quien les plazca. Para eso son libres. Y para ser aún más honesto, quiero contarles las razones por las que ya no habrá boda con Kriss Ambers.

Un murmullo apresurado recorrió el salón. Imaginé cómo estarían las personas en sus casas. Tragué saliva y miré hacia atrás. Kriss tomó mi mano y se acercó hasta mí. Le sonreí para animarla a hablar.

—Pueblo de Illea —dijo ella mirando hacia la cámara con una paz asombrosa—. Yo, Kriss Ambers, la elegida, renuncio a ser la nueva princesa y futura reina del país —suspiró y agachó la cabeza—. El último año me he visto obligada a mantenerme dentro de estas paredes para beneficio de una tradición que solo me estaba haciendo daño —nos miramos—. El príncipe me eligió porque mi casta era la más alta de las candidatas que quedábamos y no de corazón —aunque de cierto modo aquello era mentira, era verdad por el lado de mi padre. Pero en realidad no quería humillar a America ni quedar más idiota en público por no haberle dado la oportunidad de explicarse cuando la descubrí con Aspen—. Quiero dar por terminado mi compromiso con el príncipe Maxon y espero que él acepte mi salida del palacio y ustedes me acepten de regreso como ciudadana.

Le sonreí y miré a la cámara.

—Yo, el príncipe Maxon Calix Schreave, acepto el final de este compromiso y te libero de toda responsabilidad con la corona. Puedes volver a tu casa, Kriss —la miré, sus ojos estaban brillantes de lágrimas contenidas. Ella suspiró aliviada cerrando los ojos y se alejó del estrado bajando por la escalera del costado. El silencio alrededor era espeluznante. Imaginaba que todo el país estaba igual, esperando que volviera a decir algo—. Ahora que lo saben —agregué mirando a la cámara con algo de temor—, les quiero presentar a mi elegida, la mujer que robó mi corazón hace casi dos años y que dejé ir por seguir una tradición que nos ha dañado a todos —miré hacia la cortina y estiré mi mano—. Mi futura esposa, la mujer que amo desde el primer momento que la vi: America Sin…

—¡Bravo! —bramó una voz desde el fondo del salón. Me congelé y me volteé asustado. Pero no podía ser cierto—. ¡Tienes pasta de rey muchacho! ¡Pero no dejaré que un mocoso me quite todo lo que los Coil logramos en generaciones! —tardé más de lo que hubiera querido en reaccionar, la gente que estaba alrededor se hizo a un lado aterrada cuando el primer disparo chocó contra el pedestal donde estaba parado.

—¡Al suelo todos! —grité— ¡Guardias!

—¡Maxon, no! —escuché que gritaba America cuando me vio ponerme de pie para resguardarme. Pero Coil, sucio y lleno de heridas me apuntaba con su arma directamente.

Todo sucedió tan rápido que ni siquiera logré reaccionar.

Dos disparos dirigidos directamente hacia mí resonaron en el aire, caí hacia atrás del impacto.

—¡MAXON! —escuché gritar a America.

Luego una lluvia de disparos y de balas hizo eco en el salón.

—Maxon, ¡Maxon!…—America se agachó delante de mí, pero no sentía nada. Me apoyé en los codos sintiendo que la cabeza me iba a estallar.

—¿Estoy muerto? —pregunté asustado. Ella rió entre lágrimas.

—No, claro que no…—sollozó y me miró el pecho—. No… no tienes nada.

Me llevé la mano a la camisa y tanteé por todos lados. Nada me dolía más que la caída. Pero entonces… ¿Por qué había caído hacia atrás? ¿Qué me había empujado?

—¡Clarkson! —lloró mi madre con agonía. Al fijarme en lo que estaba ocurriendo descubrí que mi padre estaba con medio cuerpo cayendo fuera de la plataforma, con las piernas colgando por el borde. Su pecho estaba repleto de sangre. Me levanté a trompicones quedando de rodillas y gateé hacia él.

—¡Papá! ¡No!… ¿qué….? ¿Cómo…? —un dolor inesperado me aplastó el corazón al verlo mal herido y con un hilo de sangre cayendo de su boca.

—Discúlpame…. Por favor…—jadeó apenas—. Siempre… siempre estuve orgulloso de ti… —cerró los ojos, mi madre apoyó la cabeza sobre sus rodillas. America se arrodilló a mi lado. Todos a nuestro alrededor estaban en silencio. Cuando miré hacia atrás descubrí que los soldados habían acribillado a Coil con cientos de disparos. Su cuerpo yacía inerte en medio del salón. ¿Pero cómo…?

—Te pondrás bien cariño, no hagas esfuerzos —lloró mamá. Con las pocas fuerzas que tenía para levantar su mano, tomó la de mamá que le acariciaba la frente.

Mi padre cerró los ojos respirando con dificultad.

—Perdóname, Maxon…—jadeó con dolor. Comencé a llorar. Mi padre había dado su vida por mí.

—¡Ayuda! —miré al rededor—. Mera… —la llame temblando. Ella se acercó cautelosa, mi madre la miró suplicante sin decirle absolutamente nada.

La mujer se arrodilló a un lado de mi padre mientras él jadeaba al respirar. Mera le tomó el pulso… y negó con la cabeza.

—Está muy débil… —susurró. Y moviendo sus dedos con destreza logró abrir la chaqueta y la camisa. La sangre brotaba del centro de su pecho con furia, mi madre soltó un alarido doloroso, Mera me miró acongojada—. Le dispararon al corazón y al pulmón Maxon… lo lamento —susurró con tristeza. Mi madre la agarró por la muñeca.

—¡No, por favor! ¡No dejes que muera!

—No puedo hacer nada Majestad… es cuestión de minutos…

—¡NO, NO! —lloró mi madre con agonía agachándose sobre la frente de mi padre. Escuché a America sollozar a mi lado, las lágrimas barrieron con mis mejillas.

—Espera… no…—jadeó él que levantó su mano hacia mí—… perdóname hijo mío… perdóname por todo…

—No tengo nada que perdonar, papá…

—Escucha…—miró a America y alzó un dedo apuntándola débilmente—… cásate con esta muchacha y haz del país lo que yo no pude hacer… siempre fuiste fuerte Maxon, inteligente…. Más que yo…

—Papá, no es necesario…

—Sí… lo es —apenas respiraba, mi pecho no aguantó el dolor y emití un quejido—. No sigas mi ejemplo… lucha… que nadie te intimide… yo fui… yo fui demasiado cobarde…dema…demasiado ambicioso —apenas me sonrió—. Tienes el corazón de tu madre… serás un soberano estupendo… —cerró los ojos y otro hilo de sangre cayó por su boca hasta empapar su cuello—. Sé feliz, hijo mío… siempre me sentí orgulloso de ti, siempre te quise… pero tenía miedo de que te hicieran daño… —sonrió con tristeza y dolor—. Quería que fueras más fuerte que yo, con más…carácter… Pero ahora sé que…—tosió y la sangre mojó aún más su pecho—. Que no es fuerza lo… lo que se necesita… es corazón… es coraje… es humildad…

—Cariño, resiste, por favor…—lloró mi madre agachando la cabeza—. No me dejes…

Mi padre alzó los ojos hacia ella y sonrió enamorado.

—Veré a mis niñas Amberly… y les pediré perdón… perdón…—nos miró con America y cerró sus ojos lentamente—. Defiende a tus hijos Maxon… no seas como yo… busca siempre cómo hacerlos felices… —respiró una vez más adolorido—. Porque contigo y con tus hermanas cometí demasiados errores… horribles errores…

—¿Papá…?

—Cásate con America… renueven el país… trátalo como a tus hijos…

—No, papá… ¡no!—me arrojé sobre él.

—Te… quiero, Maxon…

—¡CLARKSON, NO! ¡Abre los ojos! ¡Mírame! —gritó mi madre. Él sonrió, sus dientes estaban ensangrentados.

—Te amaré siempre… luz de mi vida….

—¡PAPÁ!

Y entonces su respiración se apagó. Sus manos cayeron inertes a los costados y su cabeza se inclinó ligeramente hacia la derecha con los ojos entreabiertos.

Comencé a respirar con fuerza, con rabia. Mi madre lanzó un alarido tan desgarrador que a todos se nos heló la espalda.

Aquello no podía estar sucediendo, no podía ser posible. Y había pasado en vivo en cadena nacional.

Mera le cerró los ojos y le cubrió el pecho cerrándole la chaqueta.

—Lo lamento, Majestad —me dijo con una inclinación de cabeza.

Con America nos miramos. La vi un poco borrosa por las lágrimas, y aunque no lo había pensado porque en aquel momento no tenía las agallas ni las intenciones para hacerlo, de repente el mundo cayó sobre mis hombros: Me había convertido en rey.

Agité la cabeza con miedo, con terror. No, no podía ser así. No quería convertirme en rey así.

Mi padre había dado su vida por mí, para que Coil no me asesinara. Miré su cuerpo apoyado contra las piernas de mi madre y comprendí que ése podría haber sido yo.

—Gracias, papá…—sollocé inclinando la cabeza, apoyando la frente en su hombro.

Todos a nuestro alrededor guardaron silencio y se arrodillaron haciendo una reverencia con la cabeza.

El rey había muerto.

NOTAS

¡Y queda un solo capítulo para el final!

No puedo creer que este tremendo viaje esté por acabarse.

La buena noticia es que después del final vienen dos epílogos. Serán cortos, no esperen demasiado. Y, escribiré tres historias cortas, de no má páginas, para Valiant, Mera y Philippo.

Así que aún tienen para disfrutar de la Única.

En el siguiente capítulo, ¿los spoileo? Si quieren lo leen, sino se lo saltan jajaja:

Será la coronación de Maxon y la boda con America.

Y por supuesto más sorpresas de las que me imagino harán teorías.

En fin, este capítulo lo hice así por dos razones, para que Maxon se autodescubriera como soberano, y para plantear la muerte del rey.
No se preocupen que Amberly aún no morirá. De eso se sabrá en los epílogos.

¡Y bien! ¡Nos leemos la próxima semana para el último capítulo!

Apreciaciones, críticas, ya saben, las pueden dejar por aquí.

¡Nos leemos!

Kate.