Disclaimer: InuYasha, su historia y sus personajes son propiedad exclusiva de Rumiko Takahashi, yo simplemente los tomé prestados por un tiempo indefinido para escribir esta historia sin fines de lucro.
Negocios Prohibidos
Por: Samantha Blue1405
Capítulo 34: Un Ángel En El Camino II
La mañana del sábado no se hizo esperar, y más pronto de lo que esperaban, Rin y Sesshomaru pudieron sentir los rayos del sol colándose a través de la hendidura de una de las ventanas. El sol apareció despampanante sobre el cielo despejado, iluminando las montañas que rodeaban el castillo y arrancándole visos al tranquilo lago. Sería una mañana de verano calurosa, y fue precisamente aquel calor lo que obligó a Sesshomaru a despertar.
Pasaban las ocho de la mañana, era mucho más tarde de la hora que acostumbraba a levantarse, pero sentía como si no hubiese dormido en muchas noches. Había sido una noche muy larga para los dos: la tensa convivencia diaria, las juntas de accionistas de los últimos días, la fiesta en la embajada y la discusión con Rin de la noche anterior. Todo junto parecía un huracán peor que Katrina.
Con el cansancio acumulado de semanas difíciles de trabajo y de discusiones con Rin, Sesshomaru se levantó de la cama y se acercó a la ventana para observar las montañas y el horizonte durante unos minutos. Luego desvió sus ojos de las montañas hacia Rin, quien dormía envuelta en una maraña de sábanas, las cuales ella misma había apartado de sus piernas debido al calor.
Sesshomaru caminó hacia la cama nuevamente, detallando el ceño fruncido de la joven, reflejo de las pesadillas y la mala noche que pasó. Y sin siquiera proponérselo, depositó una suave caricia en su mejilla, sorprendiéndose una vez más con aquel magnetismo que inconscientemente lo ataría a ella.
Negando en silencio y dándose una reprimenda mental, salió a dar unas cuantas indicaciones a Kazuyo y a los tailandeses, pues sería un día difícil y lo último que deseaba era que las cosas se le salieran de control, en especial una sola cosa: Rin Blake. Cuando regresó a la recamara, el mayor de sus problemas aún dormía. Parecía tan inofensiva, que se acercó a ella con sigilo, tratando de ignorar las curvas que se le insinuaban inocentemente a través de la fina seda de su bata. Y haciendo un esfuerzo sobrehumano para contener sus impulsos, se alejó hacia el cuarto de baño.
Mientras tomaba una corta ducha, no podía sacar de su cabeza lo agotada que lucía. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, pues había gimoteado hasta que se quedó dormida. Y después de eso, Sesshomaru ya no pudo resistir el impulso de besar sus labios entreabiertos, en un vano intento por calmar sus pesadillas, pero estaba tan sumergida en su mundo de sueños que aquel gesto no surtió el efecto de siempre. Toda la noche la había escuchado mascullar palabras inentendibles entre sueños. Hablaba de truenos, y de vez en cuando pronunciaba su nombre con angustia o llamaba a su padre y a su tío.
Para cuando Rin despertó, se hallaba a solas en la recamara. No había rastros de Sesshomaru por ninguna parte, ni siquiera en el cuarto de baño, así que aprovechó para darse un largo baño de sales y esencias. Necesitaba ordenar sus ideas y prepararse para contar su historia, pero para eso necesitaba relajarse pues toda la noche había tenido pesadillas recurrentes acerca de la muerte de su padre, y con su prometido, tan vividas que todavía le producían escalofríos.
De todas las pesadillas que la atormentaron la noche anterior, la que más recuerda fue aquella en la que se veía a sí misma a orillas de Blue Lake, y no precisamente en Blue Lake House, su hogar, sino en uno de los jardines del castillo de los condes de Blake, junto a su prometido. Era una madrugada fría de finales de otoño, y como siempre para esa época, una fina capa de niebla cubría el lago, el valle y la montaña Blake. A través de la niebla, Rin podía distinguir una silueta masculina muy familiar del otro lado del lago, en Blue Lake House, pero no era su tío Anthony. Era Sesshomaru. Y cuando la niebla le permitió ver aquellos ojos dorados, su corazón dio un vuelco, e instintivamente intentó correr hacia él. Por alguna razón quiso cruzar las frías aguas del lago para alcanzarlo, pero su prometido la haló del brazo con rudeza, reteniéndola a su lado. Y mientras ella luchaba y forcejeaba por liberarse de su agarre férreo, el lago que la separaba de Sesshomaru se hizo más y más ancho, casi como un enorme mar. Ella gritaba, llamándolo, pero sólo consiguió una carcajada de su prometido en respuesta. Rin despertó justo cuando Sesshomaru y Blue Lake House se habían perdido en el horizonte para siempre, demasiado lejos de ella como para cruzar el lago nadando. Totalmente inalcanzables. Entonces, había tenido que resignarse a permanecer junto a su prometido para siempre, sin poder escapar.
Rin se rascó la cabeza, inquieta por los recuerdos de aquella pesadilla y por la conversación que tendría con Sesshomaru en tan sólo unos minutos. No le hacía bien recordar. Lo sabía. Cada vez que lo hacía, revivía su pasado entre sueños, y sus recuerdos se mezclaban con pesadillas, como fantasmas que la atormentaban. Era horrible. Además, hasta ahora las únicas personas que conocían ciertas cosas sobre su pasado –aparte de su hermana– eran Shippo, Sussy y Sango. Ni siquiera a Kohaku le había contado tanto como a ellos. No le gustaba andar por la vida lamentándose de su suerte, ni portando un disfraz de mártir para contarles a todos su pasado, y que el mundo sintiera lastima por ella. Y en realidad, a la única persona que se atrevió a contarle toda su historia con pelos y señales fue a Sussy, pues Sango se había enterado de ciertas partes por su amistad con tía Kikyo, y Shippo se había enterado porque los dos habían vivido en casa de Sango.
Y mientras trataba de imaginar cómo sería el interrogatorio de Sesshomaru, secó su cabello con un viejo secador que encontró en un armario del cuarto de baño. No dejaba de pensar en que Sesshomaru sería un rudo inquisidor y que no tendría ni un ápice de piedad con ella. Luego de lo ocurrido en su luna de hiel y de la tensa convivencia entre ambos durante las últimas semanas, Rin no podía esperar nada bueno de aquel interrogatorio. De seguro, Sesshomaru sería tan ruin y despiadado como lo había sido aquella noche lluviosa en su isla privada. Él hallaría la manera torturarla, y sería implacable en su venganza.
Le costaba trabajo entender como aquel jueguito sensual de rebeldía y de retarse mutuamente, que siempre terminaba en besos y caricias apasionadas, se había convertido de pronto en un verdadero campo de batalla, incluso con agresiones físicas e insultos. Entonces, comprendió que habían atravesado un límite de no retorno en el que debían decidir si hacían una tregua o se declaraban la guerra para siempre. Y Rin, como buena pacifista, prefería la tregua. Las guerras siempre le parecieron absurdas. Además, ella ya no tenía mucho que pudiera ganar.
Un par de golpecitos en la puerta la sacaron del rincón en el que su imaginación había logrado replegarla. Se trataba de Kazuyo que traía un suculento desayuno para una persona. Y como adivinando el hilo de los pensamientos de la joven, la anciana dijo:
— El señor ya desayunó —le informó. Kazuyo puso el desayuno sobre la mesita de la antesala, y antes de terminar agregó—: Ordenó que debía desayunar completo, y dijo que la estaría esperando en el salón de guerra cuanto antes.
— Muchas gracias, señora Kazuyo —masculló con una sonrisa rota, antes de que la anciana saliera presurosa de la habitación.
Rin observó la bandeja del desayuno sin ganas, maldiciendo por lo bajo las ordenes de Sesshomaru. Y a pesar de todo, admitió que el desayuno se veía delicioso, sin embargo decidió vestirse primero antes de probar bocado, no sin antes tomar un sorbo del humeante café que tanto amaba Sesshomaru. El café de Sesshomaru llegaba todos los meses en una exportación especial al pent-house, al edificio Ishinomori y al castillo, y era una mezcla exclusiva de finos granos árabes y colombianos. Cada puñado de ese café costaba mucho más que unas cuantas hectáreas de plantación de café en Brasil o en Colombia, y Sesshomaru era tan descaradamente excéntrico y presumido que poseía bolsas enteras en la despensa sólo para su deleite personal.
— Presumido —masculló, dando el último sorbo de café antes de regresar al vestidor.
Se puso unos vaqueros ajustados, una blusa blanca con bordados de pequeños arabescos azules y verdes, y un par de botines de cuero café y tacón medio. Para complementar su look hippie, se puso un chalequillo sin mangas de solapas anchas en cuero, a juego con los botines. Y por último, se aplicó un maquillaje natural, muy distinto al que había lucido la noche anterior para la fiesta. Un poco de rímel, color suave en sus mejillas, y algo de gloss traslucido con un sutil toque melocotón.
Y mientras terminaba de aplicar el gloss, reparó en su reflejo en el espejo. Justo ahora lucía tan distinta a la jovencita humilde que se encerraba a lloriquear por su ex novio en los baños del edificio Ishinomori, para que su temible jefe no la descubriera. Le aterraba lo fácil que le había resultado olvidarse por completo de Kahaku, y también volver a sus antiguos caprichos, pensó viendo con reprobación sus botines y su ropa.
Rin admitía que, durante los años que vivió en Escocia había sido una niña consentida. Los barones complacían todos sus caprichos en moda, desde ropas costosas, hasta puestos de primera fila para las pasarelas de las semanas de la moda más importantes del mundo. La moda fue una de sus más grande pasiones y debilidades, superada sólo por su amor por los libros. Sin embargo, ella nunca exigió nada a sus tíos, y aun así ellos eran felices complaciéndola. Y a excepción de ese pequeño capricho, Rin siempre fue alguien de gustos simples, que disfrutaba de encaramarse en un pequeño y viejo bote para navegar hasta el centro de Blue Lake en compañía sólo de un libro y Himeko, su perra. Aquella solía ser su manera de evadir por horas ciertas visitas indeseadas, pues nadie la molestaría a varios metros de la orilla.
Y fue cuestión de meses para que ella volviera a entregarse al placer de los zapatos de diseñador, e instalar de nuevo en su cabeza el chip de estar siempre en los listados de las mejores vestidas de las revistas de moda. Se sentía como si en lugar de estar viendo a Rin Blake, estuviera frente a alguien más, alguien que había sido en su pasado: Rin Marianne. Vio en aquel reflejo a la Rin Marianne que tal vez habría podido ser de haberse quedado en Escocia: elegante, maquillada y bien vestida incluso para disfrutar de una tarde de verano en casa. Posiblemente una condesa.
Con dolor en su alma, admitió que Sesshomaru tal vez tuvo la razón de nuevo. Entonces, sus hirientes palabras hicieron eco en su cabeza:
"Prefiero no arriesgarme. Tal vez te quede el gusto por la buena vida…"
Eso le había dicho el día que estaban hablando acerca del contrato. En aquel entonces, ella se indignó, pero ahora se daba cuenta que tontamente le había vendido su voluntad a cambio de unos cuantos zapatos, y que él había sido lo bastante paciente como para esperar el momento adecuado para reclamar su alma.
— Bien hecho, Rin— Se dijo, suspirando cancinamente.
Sin embargo, a pesar de haberse acostumbrado otra vez a los lujos y a la buena vida, Rin era consciente de que todo esto era temporal, y que pronto debía abandonar aquel estilo de vida nuevamente. Y al igual que hacía diez años, lo haría sin ningún inconveniente. Ella no era la víbora ambiciosa que Sesshomaru creía. Con el paso del tiempo, Rin había aprendido a vivir con lo necesario, alejada de lujos y excentricidades, y lo volvería a hacer. Así como se lo había demostrado a Kikyo años atrás, se lo demostraría a también Sesshomaru.
Sin embargo, lo único que le costaría abandonar y olvidar era a un cabeza dura de ojos dorados y corazón de hielo. Sesshomaru se había clavado tan profundo en su corazón, que nunca podría sacarlo de su alma aunque pusiera tierra y mar entre ellos.
Rin comió poco del suculento desayuno que le llevó Kazuyo, pues la preocupación y la ansiedad habían acabado con su nimio apetito. Sentía un enorme nudo en la boca del estómago que no le dejaba pasar bocado, así que simplemente se terminó el café y mordisqueó una que otra tostada, admitiendo que Sesshomaru tenía muy buen gusto para el café.
Mientras tanto, empezó a visualizar y organizar cronológicamente en la mente los sucesos de su pasado, y aun así, no hallaba cómo carajos empezar a narrarlos, y tampoco sabía si tendría la fortaleza para hacerlo sin flaquear, sin desmoronarse como lo hacían las tostadas del desayuno entre sus dedos.
Sentía que ya no tenía fuerzas para dar un paso más hacia adelante. Era como si al intentar dar un paso, fuera obligada a retroceder dos. Incluso pensaba seriamente en regresar con sus tíos sin importarle perder la vida que había construido luchando con uñas y dientes. Ya no tenía fuerzas para luchar contra Sesshomaru, ni contra su venganza. Al final de cuentas, él siempre ganaba. Y lo peor era que él se lo había advertido cientos de veces, y ella obstinadamente nunca le creyó. Hasta último momento mantuvo la esperanza de ganarle, y ahora se daba cuenta de que lo había perdido todo en el intento. Debía admitir con su corazón hecho añicos que él había ganado.
Reconocía que amar a Sesshomaru había agotado hasta el último asomo de su fuerza, y a estas alturas, prefería regresar a Blue Lake, a tener que soportar su desprecio y abandono, pues el contrato terminaría pronto, y aunque le aliviaba saber que Naraku estaba derrotado, se entristecía al pensar que hasta aquí había llegado su idílico matrimonio con el encantador príncipe del hielo, Sesshomaru Ishinomori. El telón de su bien montado teatro estaba por caer, y tarde o temprano, él la desecharía sin más. Y Rin no creía poder soportar su rechazo. Ni siquiera se atrevía a imaginar ese momento. Sentía un frío recorrer su espalda cada vez que intentaba imaginarlo. Y lo peor era que presentía que ese día se acercaba a pasos agigantados, que llegaría sin avisar para arrebatarle lo poco que le había quedado luego de su inminente derrota ante Sesshomaru.
Rin salió de la recamara apesadumbrada, y recorrió cancinamente los pasillos del castillo, tratando de recordar el camino que Yako le había enseñado el otro día para llegar al aterrador salón de guerra. Entonces, recordó que en aquella ocasión, Sesshomaru le había dicho que existían dos salones de guerra: el principal y el del ala sur.
— ¡Mierda! —murmuró—. Debí haberle preguntado a Kazuyo—, se reprendió, exhalando una bocanada de aire cargada de derrota— ¡Qué torpe, Rin! —Ahora no tendría más opción que buscar el salón principal, y si Sesshomaru no estaba allí, buscaría a Kazuyo para que le enseñara el camino al del ala sur.
Por fin, luego de dar varias vueltas en círculo, de entrar y salir de pasillos, de jardines interiores, de salones y recamaras, llegó al largo corredor que atravesaba uno de los jardines interiores más grandes del castillo, y que conducía al dichoso salón de guerra principal. Se quedó de pie frente a las puertas corredizas pintadas a mano, debatiéndose entre entrar, o salir corriendo y aprovechar la oportunidad para escapar a Tokio.
Sin embargo, sabía que Sesshomaru la atraparía antes de poder siquiera llegar al enrejado de la propiedad. Suspiró, sin lograr organizar sus ideas todavía. El miedo se había apoderado de ella con forme se acercaba al salón de guerra, convirtiéndola en un conejito asustado. No sabía qué esperar de Sesshomaru. Era consciente de que él siempre se encargaba de desmoronar la poca confianza que ella le tenía, y estaba segura de que después de escuchar lo que tenía por decirle, él se pondría aún más furioso. Después de escucharla, de seguro la encerraría de por vida en las mazmorras del castillo.
Rin lanzó un profundo suspiro, y se armó de valor antes de dar un par de golpecitos a la madera de la puerta. Esperó, anhelando que no él estuviera allí y así poder postergar un poco más aquel momento.
Un parco "Adelante" se oyó del otro lado, desmoronando sus cobardes esperanzas. Al escuchar aquella voz sensual y firme, sus piernas comenzaron a temblar como gelatinas, su corazón dio un vuelco y empezó a sudar frío. Tenía tanto miedo de abrirle su corazón por completo y que él lo pisoteara, lastimándola más de lo que ya lo había hecho.
Pero sabía que debía acabar con esto de una buena vez para liberarse de él. Así que sin pensarlo más, entró con la firme convicción de regresar a Tokio y ver a sus tíos cuanto antes. Necesitaba el abrazo de sus tíos para recuperar algo de su fuerza.
Deslizó las puertas corredizas un poco y asomó primero la cabeza, permitiendo que su larga cabellera azabache trenzada cayera por la hendidura. Desde allí pudo ver a Sesshomaru sentado en el centro del salón, imponente e inalterable como siempre. Tenía en sus manos una carpeta con la insignia de la familia Ishinomori, y parecía estar revisando los documentos con cierto desgano.
Su corazón palpitó más rápido al ver su perfil perfecto, y no pudo más que admitir que era realmente hermoso. Nunca en su vida había conocido a un hombre como él, y desde que lo vio por primera vez supo que era un peligro no sólo por su atractivo físico y su porte imperial, sino porque algo inexplicable, intimidante y atrayente al mismo tiempo, se colaba a través de sus ojos dorados, como hipnotizándola. Cuando su razón notó todo esto, se empeñó en poner mil y una barreras entre ella y él, como un intrincado mecanismo de defensa, encontrándole miles de defectos a Sesshomaru con la intención de opacar la atracción que sentía hacia él. Sin embargo, todo fue en vano. Había fracasado. Una vez más, Sesshomaru le había ganado otra batalla. Él había logrado colarse a través de sus defensas hasta hacerlas añicos, convirtiéndola en una adicta a sus besos y en una loca enamorada del hombre que inventaba cada vez que debían fingir ante el mundo que eran la pareja ideal. Se enamoró de una mentira, de un fantasma en su cabeza, y del papel que él representaba hábilmente.
Tras unos minutos en los que lo observó en silencio desde la puerta, decidió entrar en vista de que él ni siquiera levantó la vista de sus documentos para reparar en ella. Ajustó suavemente la puertas tras de sí, detallando que el salón de guerra era tan intimidante como la última vez que había estado allí. Las pinturas, estandartes y las viejas armaduras de samuráis eran tan imponentes y aterradores como los recordaba. La energía fuerte y varonil que predominaba en el lugar se intensificaba ante la sola presencia de Sesshomaru. Y esto era realmente aterrador, en especial cuando no podía identificar si él todavía estaba de muy mal humor, o si sólo estaba de su usual mal humor.
Se acercó a la antigua mesita donde estaba Sesshomaru, y tomó asiento en uno de los pequeños cojines frente a él. Respiró profundo e intentó relajarse, convenciéndose de que Sesshomaru no se atrevería a hacerle daño y que sólo sería una simple confesión. Aguardó unos minutos en silencio, pero Sesshomaru estaba tan absorto en la lectura de aquellos documentos de trabajo, que no había reparado en ella ni un sólo instante.
Notó que cerca de la mesa había una especie de tetera antigua con agua caliente, que de seguro Kazuyo había traído. Junto a la tetera estaba pequeño frasquito con té, dos tazas pintadas a mano a juego con el frasquito del té, y los demás utensilios para realizar la ceremonia del té de ser necesarios.
Todo lo que los rodeaba parecía sacado de una película de la Era del Sengoku, a excepción de ellos dos, que vestían vaqueros y ropas de verano. Entonces recordó que en las películas sobre las guerras del Sengoku que InuYasha la obligaba a ver, las elegantes esposas de los Daimyōs servían majestuosamente el té a sus esposos. Y aunque ellos dos no estaban en el Sengoku ni eran una pareja de esposos convencional, se le ocurrió algo: "¿Por qué no intentarlo?", se dijo. Sería sólo para divertirse y relajarse un poco, mientras Sesshomaru se dignaba a prestarle atención. Estaba tan concentrado en su lectura, que parecía haber olvidado que ella estaba allí.
Tras un suspiró, y esbozando una pequeña sonrisa pícara, Rin trató de servir el té como le había enseñado la señora Ishinomori en una de las lecciones previas a la boda. Lo sirvió para los dos al tiempo, sin tanto protocolo como en la ceremonia convencional, y riendo tontamente mientras lo hacía, sin siquiera percatarse de la curiosa mirada que Sesshomaru le dedicaba.
Sesshomaru la veía por encima de sus documentos sin que ella pudiese notarlo, pues estaba demasiado concentrada en no derramar el té. La sonrisa de Rin era dulce y traviesa, sus ojos destellaban divertidos, y parecía haber olvidado por un momento el motivo de su estadía en el castillo. A Sesshomaru le producía cierta paz verla sonreír de esa forma, en especial cuando la noche anterior había sido atormentada por las pesadillas.
Rin por su parte, a pesar de haber tardado menos de lo que le exigía la señora Ishinomori en sus lecciones, por fin logró servir té para los dos sin derramarlo. Sonrió ampliamente viendo las tasas servidas en el centro de la mesita, complacida de haberlo hecho y de no haber olvidado lo aprendido en las lecciones. Estaba orgullosa de sí misma, y sin borrar la sonrisa ancha de sus carnosos labios, levantó los ojos para ver a Sesshomaru, sin embargo, él ya fingía estar concentrado en sus documentos de nuevo.
Rin hizo un puchero de enfado, y suspiró, viéndolo con los ojos entornados. De seguro todo esto era parte de su plan para molestarla: Fingir ignorarla para hacer que el tiempo pasara tortuosamente, y que la angustia se apoderara de ella. Él haría todo lo posible para retrasar su regreso a Tokio y atormentarla.
— ¿Y bien? —le dijo exasperada con la intención de presionarlo, mientras bebía de su té.
Sesshomaru la atravesó con su mirada de hielo, para luego clavar los ojos en la tacita de té frente a él. Enarcó una ceja, despegando sus ojos dorados de la taza y clavándolos en ella nuevamente. Era más que obvio que él continuaba esperando una explicación, pero se tomaría su tiempo en exigirla, haciendo alarde una vez más de su ilimitada paciencia para fastidiarla. Sin embargo, también era obvio que ninguno de los dos tenía interés de hablar sobre lo ocurrido la noche anterior.
Era incomodo saber que cada vez que estaban a punto de llegar a algo más, surgía un inconveniente y terminaban sacándose los ojos como los peores enemigos.
— ¿Qué quiere saber exactamente? —le presionó antes de tomar otro sorbo de té, y recordando que no tenía tiempo que perder.
— No juegues conmigo… Marianne —le dijo tras una pausa, dejando sobre la mesa los documentos con un golpe seco, e inclinándose hacia ella para que su mirada tuviese mucha más fuerza y potencia. Y haciendo gala de su porte imperial, le sostuvo la mirada intimidante.
Rin se ahogó con el té al escuchar su nombre salir de los labios de Sesshomaru, y por poco lo derrama sobre la ropa y la mesa. Jamás había esperado escuchar ese nombre, su nombre con aquella voz aterciopelada y firme, y aunque sonaba demasiado sensual y provocativo, no dejaba de causarle pánico.
Tuvo que beber otro sorbo de té para calmar la tos, mientras él cerraba la carpeta para que ella no pudiera ver el contenido de los documentos. Rin mantenía los ojos abiertos como platos, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar. Negó un par de veces con la cabeza en silencio, mientras él continuaba seguro de sí mismo, atravesándola con su mirada de hielo, evaluando cada una de sus reacciones y jactándose con ello, saboreando una nueva victoria.
Sesshomaru debía estar bastante complacido de haberla intimidado, así que se obligó a relajarse, convenciéndose de que tal vez a su tío se le había escapado aquel nombre la noche anterior. Anthony nunca la llamaba "Rin", siempre le decía "Marianne", como todo el mundo lo hacía en Europa, por lo que era muy probable que su tío lo hubiese dicho delante de Sesshomaru por error.
— Habla —le ordenó, sacándola de sus cavilaciones.
Rin tragó en seco, haciendo a un lado la tacita de té, y clavando sus ojos en la madera del suelo del salón.
— Yo… —inhaló una bocanada de aire, retorciéndose los dedos, sabiendo que tenía la mirada implacable de Sesshomaru sobre ella— Mi… —titubeó de nuevo, y respiró varias veces. Su respiración se había acelerado de repente. Se sentía mareada, como si estuviera a punto de desmayarse. Tal vez debió haber comido algo más sólido en el desayuno, o por lo menos algo más dulce, pensó— Mi verdadero nombre es… es Rin Marianne Angela Blake[1]. Mis papás eran Thomas Blake y Tomoyo Higurashi —hizo una pausa, sin saber qué más decir. Era evidente que él ya sabía todo lo que le acababa de decir, y se sintió estúpida—. Pero eso usted ya lo sabe —murmuró, riéndose de sí misma de forma nerviosa, recordando aquel día en que tuvo que contarle que tenía una abuelita. Pero lo que tenía que decir ahora era más difícil de confesar que eso.
Rin cerró los ojos y cuando los abrió, vio fijamente a Sesshomaru. Tenía miedo de confesarle la verdad, pero también tenía miedo de recordar. La mayor parte del tiempo solía enterrar su pasado bajo una sonrisa, y continuar con su vida cotidiana. Procuraba no pensar en todos aquellos eventos que la llevaron a Tokio, porque si lo hacía con frecuencia, sería una joven deprimida y triste. Y aquel oscuro día en que vio por última vez a sus tíos en Zúrich, les había hecho un juramento silente, por la memoria de sus padres, de intentar ser feliz. Los tres habían hecho el sacrificio de separase sólo para que ella fuera libre, y debía hacer que ese sacrificio valiera la pena. Sin embargo había días en que, sencillamente, era inevitable recordar. Y en verdad odiaba esos días. Las noches se hacían eternas, solía tener pesadillas o insomnio de tanto extrañar a su familia.
Entonces, un reconocimiento llegó a su mente como si un balde de agua helada le hubiese caído encima: desde que Sesshomaru se empeñó en entrometerse en su vida, aquel vacío en su pecho se había hecho soportable, e incluso el insomnio había ido menguando día con día. Se sentía ligeramente más feliz a pesar de las discusiones y las adversidades, casi como si hubiese hallado por fin un nuevo hogar. Y aquel descubrimiento la sorprendió más de lo que hubiese deseado.
Aun sorprendida, levantó la vista hacia él, perdiéndose en el dorado profundo de aquellos ojos, y encontró algo diferente en su mirada aparte del resentimiento y la desconfianza. Sus ojos no eran las usuales murallas de hielo impenetrables, había algo más en ellos. No sabía si era compasión, comprensión u otra cosa, pero lo que fuera, la alentó a continuar, a hacer un esfuerzo por abrirle su corazón.
Durante los últimos meses, los ojos de Sesshomaru se habían convertido en un agradable misterio para ella, pues cada vez que perdía la esperanza en él, era la profundidad de aquellos ojos dorados infinitos lo que la obligaba a recuperarla. Entonces, decidió contarle todo cuanto llegara a su memoria, sin saltarse ni un solo detalle, y sin importar las consecuencias. Se dejaría llevar una vez más por la confianza que le infundían sus ojos, y se convenció de que sería como una terapia.
— Mi madre vivía en Tokio, con mi abuelita Kaede y mi tía Kikyo en un viejo templo. Eran las sacerdotisas. Mi abuelo había muerto muchos años antes, por lo que las tres se quedaron solas y a cargo del lugar. Mis papás se conocieron en Tokio hace casi treinta años. Papá vivía en Inglaterra, era profesor de la Universidad de Oxford. Era uno de los profesores más jóvenes de la universidad… Professor[2] Thomas Blake —dijo con orgullo, imitando el tono que aun solían usar en su país para referirse a su padre.
Sonrió con tristeza mientras el rostro sonriente y apacible de Thomas acudía a su mente. Podía recordar claramente como sus ojos azules se arrugaban al sonreír, en un giño amigable y dulce, justo como lo hacían los de su tío. Su padre pudo tener muchos defectos, pero ella lo amaba. Cada día que pasaba no dejaba de extrañarlo, fue un padre amoroso y sabio del que aprendió muchas cosas, en especial su pasión por los libros.
— Mi papá tomó unas vacaciones en Japón y por cosas del destino, terminó en aquel viejo templo y conoció a mamá. La abuela… —guardó silencio, y exhaló una bocanada de aire antes de proseguir—: La abuela Kaede siempre sintió que debía proteger a mi tía y a mamá. En especial a mamá —enfatizó—. Mi tío Anthony me contó en alguna ocasión que mamá era… era una artista, como un "espíritu libre". Solía confiar demasiado en las personas —hizo una pausa, y confesó entre murmullos—: Yo… yo no la recuerdo muy bien—La tristeza invadió sus ojos de repente—. Murió cuando era muy niña —Agregó con voz quebrada, agachando la mirada y sintiéndose culpable por no poder recordarla.
Sólo la recordaba por algunas fotos que había en Blue Lake House, en la mansión de su tío en Londres o en internet. Le parecía injusto que el recuerdo de su padre acudiera a su mente como si lo hubiese visto el día anterior, mientras que de su madre sólo recordaba una cabellera negra, unos ojos oscuros y una vieja canción de cuna en japonés. Y no podía evitar asociar el recuerdo de su madre con su hermana. Conforme pasaba el tiempo, Kagome se parecía más y más a su mamá, y en algún punto de su memoria, la borrosa imagen en su cabeza de Tomoyo y el rostro de Kagome, solían fundirse, haciéndole imposible hallar el verdadero rostro de su mamá.
— La abuela nunca aprobó la relación entre nuestros padres. No le agradaban mucho los extranjeros —la excusó—. Ya sabe cómo son estas cosas. Los Higurashi eran una familia muy tradicional, y eso no estaba bien visto, sobretodo en esa época. Las cosas eran un poco diferentes antes —dijo con ligera ironía, aludiendo al hecho de que algunas personas habían juzgado a Sesshomaru, y en su momento a Inu no Taisho, por haberse casado con mujeres de ascendencia europea, como ella o Irasue. E incluso, algunos medios de comunicación habían criticado a Sesshomaru por casarse con una pobre huérfana de padre británico y madre japonesa, en lugar de elegir una mujer cien por ciento nipona y de buena familia, tal vez a alguien como Abi Ishiguro.
Sesshomaru asintió dándole la razón, escuchándola atentamente. Hasta ahora no había escuchado nada que lograra sorprenderlo o alterar su aparente calma. Todo eso era predecible para él, e incluso carecía de importancia.
— Así que… —suspiró, prosiguiendo con su relato—, mamá huyó con papá. Pero eso usted también lo sabe —comentó ligeramente apenada, y Sesshomaru asintió de nuevo, tal vez ligeramente exasperado—. Y gracias a las influencias de nuestra familia, mamá pudo tramitar sus documentos en Gran Bretaña con su apellido de casada: Blake. Como le dije antes, señor Sesshomaru, no hay rastros de Tomoyo Higurashi en Gran Bretaña porque en un principio, mi mamá no quería que mi tía y mi abuela los encontraran, pero al nacer Kagome las cosas cambiaron un poco, y la abuela… se ablandó —dijo sin más—. Por lo que papá y mamá decidieron contactarlas de nuevo e invitarlas a Oxford. Después de eso, ambas viajaron a visitarnos un par de veces… —agachó la cabeza, y un poco apenada comentó—: Yo no me acuerdo de eso —Sonrió con pesar, pues hubiese sido agradable tener por lo menos un buen recuerdo de su tía Kikyo.
Rin suspiró, removiéndose incomoda en su asiento, viendo como Sesshomaru bebía de su té despreocupadamente. Una suave brisa de verano se filtró por la puerta abierta que daba a uno de los jardines con vista al lago. Rin fijó sus ojos en las copas de los árboles, que se mecían apaciblemente, al tiempo que Sesshomaru le permitió relajarse sin presiones, esperando a que ella continuara cuando pudiera hacerlo.
— Usted ya conoció a mis tíos —le dijo tras unos minutos en completo silencio—, los barones Blake de Blue Lake House —dijo con solemnidad y ligera burla, sonriendo con ternura y volviendo a clavar sus ojos chocolates en él—. Ellos se encargaron de nuestra educación cuando mi madre murió. Yo tenía sólo tres años y Kagome siete—le contó, sin poder evitar que la voz se le quebrara, desviando la mirada hacia una de las antiguas pinturas del canino blanco de ojos rojos en una de las paredes.
— ¿Y tu padre? —inquirió curioso por primera vez. Rin lo observó, mordiéndose en labio inferior con ansiedad, y llevándose detrás de la oreja un mechón de cabello azabache que había escapado de su trenza improvisada.
— Mi papá… era un gran hombre. El mejor padre, el mejor maestro, un erudito —dijo orgullosa de su padre a pesar de todo.
Guardó silencio durante unos segundos, como tratando de hacer un esfuerzo enorme por proseguir. Recogió sus piernas, aferrándolas contra su pecho y descansando el rostro en sus rodillas, al tiempo que jugueteaba con los cordones de sus botines.
— Pero… papá nunca pudo superar la muerte de mamá. Se culpaba todo el tiempo. Fue un accidente de auto, pero él... —hizo una pausa y apretó los labios con la intensión de guardarse ese detalle, pero al ver que Sesshomaru entornaba los ojos, decidió explicarle un poco más—: El taxi en el que iba mamá chocó cuando regresaba a casa luego de dictar sus clases de arte. Y es… es absurdo, lo sé, pero papá siempre se culpó —dijo, gesticulando con las manos, como si todavía no pudiese comprender a su padre—. Se culpaba por haberse quedado en el campus hasta tarde y no haber pasado por mamá a la escuela de arte. También se culpaba por no habernos mudado a Escocia cuando tuvimos la oportunidad. Culpaba a su trabajo, al grupo de investigación que lideraba... Siempre se culpó.
Rin se mordió el labio de nuevo, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Según el reporte oficial del accidente, que Rin había encontrado muchos años después entre los documentos de su padre, un camión pequeño se quedó sin frenos, y chocó la parte trasera del taxi donde iba Tomoyo. Su madre murió en el acto, y el taxista murió minutos más tarde antes de llegar al hospital.
— Mis papás se amaban mucho —susurró melancólica, sumida en sus recuerdos—. Casi tanto como lo hacen los señores Ishinomori —dijo sin pensar, obteniendo una aguda mirada por parte de Sesshomaru. No le hizo ninguna gracia su comparación, pero ella ignoró su gesto y, en un murmullo casi inaudible, comentó—: A veces ellos me los recuerdan mucho.
Y al notar que él entornó aún más sus ojos, pero no dijo nada, Rin decidió ignorar su silenciosa reprimenda, mientras inhalaba grandes bocanadas de aire para disipar las lágrimas que ya amenazaban por salir.
Guardó silencio unos instantes, pensando que ya no quería seguir más con esto. No podría continuar, ya no tenía más fuerzas. Era demasiado doloroso recordar, pero sabía que Sesshomaru aguardaba una explicación y sus tíos aguardaban por ella en Tokio. Tal vez no volvería a tener una oportunidad así para verlos, por lo tanto debía exprimir la última gota de su fuerza para proseguir y llegar a tiempo. Cerró los ojos y suspiró.
— Luego de la muerte de mamá, papá se volvió agresivo con la gente, empezó a beber y a… a fumar, hasta que perdió su empleo en la universidad —dijo con pesar—. Mi tío se enteró de… nuestra situación, y nos llevó a los tres a vivir a su casa.
— Palacio, querrás decir —le corrió rudamente, con su mirada afilada. Rin se apenó aún más, y asintió.
Con aquel comentario, pudo comprobar que Sesshomaru aún seguía molesto por la analogía que había hecho entre sus padres y los señores Ishinomori. Sin embargo, lo que le había dicho era cierto. Sus padres, de estar vivos, serían tan felices y unidos como ellos. Sus padres, Kagome y ella habían podido ser una familia feliz y unida. Pero ahora sólo se consolaba imaginando que tal vez sus padres estarían juntos para siempre en algún lugar lejos de este mundo de locos.
— Sí —Apretó los labios en una fina línea, agachó la mirada hacia sus botines, haciendo chocar las puntas una con otra para frenar el hilo de sus pensamientos—. Mis tíos y mi abuelita pensaron que regresar a casa y alejarse de Oxford le haría bien a papá, y se hicieron cargo de nosotros. Y-y eso podría haberlo ayudado mucho, de no haber sido por… —Se calló de pronto, mordiendo su labio de nuevo, nerviosa y viendo los ojos impacientes de Sesshomaru, que parecían exigirle la verdad—: Estando allí, papá se hizo amigo de nuestros vecinos, los condes de Blue Lake. El conde Blake es nuestro primo lejano y siempre ha tenido fama de… de borracho. Y papá empezó a beber más, y a apostar con él. Como ha de imaginar, al llegar a Escocia, su vicio sólo empeoró…
Rin no se atrevía a verlo a los ojos mientras relataba esa parte de su vida. Le daba un poco de vergüenza contar detalles tan íntimos de su familia, pero debía hacerlo porque de lo contrario él no podría entender el resto de la historia. Hizo una nueva pausa, mientras bebía un sorbo de té, como tratando de hallar en el té la fuerza que ya no tenía.
Sesshomaru la imitó, y un par de minutos después, ella dejó la tacita sobre la mesa, y continuó:
— Meses después de la muerte de mamá, mi abuelita Kaede y mi tía Kikyo viajaron de nuevo a Blue Lake a vernos, y descubrieron las… condiciones —dijo esta palabra en cierto tono irónico— en las que se encontraba papá, y se preocuparon. Entonces, estando allí reclamaron nuestra custodia legal. La abuela nunca confió del todo en papá, creía que no estaba en condiciones de cuidarnos, y que era su deber no abandonarnos —Rin dijo esto último con cierto sarcasmo. Esbozó una sonrisa triste, y luego agregó—: Yo no recuerdo mucho de eso…, sólo sé que mi tío y el señor Feldman ayudaron a papá en el caso. Pero el abogado de mi tía y mi abuelita Kaede tenía pruebas, y testigos. Nuestros vecinos de Oxford, algunos ex compañeros y ex alumnos de papá corroboraron que él había sido despedido de la universidad por… —se obligó a hacer una pausa, pues la voz se le cortó a causa de la tristeza—. Ya se imaginará por qué —masculló contrariada. Tragó en seco, y añadió—: Así que, papá y mi tío no podían esperar un fallo favorable. Nos perderían.
Al escuchar esto, Sesshomaru agudizó su mirada, haciendo en silencio la pregunta obvia: ¿Dónde estaban las influencias de los barones? Rin comprendió su inquietud de inmediato, e impresionada de haber aprendido a conocerlo tan bien en tan poco tiempo, respondió:
— En aquel entonces mi tío no era un político tan influyente como ahora, señor Ishinomori. Apenas estaba empezando su carrera rumbo al parlamento, y tampoco le convenía involucrarse con sobornos a la ley y ese tipo de cosas en esa etapa de su carrera. Además, tengo entendido que ese juez es rudo, que no se deja amedrantar, de esas personas que no se dejan influenciar por un título y menos por una amistad con la corona. Así que no había mucho que ellos pudieran hacer —le contó, encogiéndose de hombros.
Rin guardó silencio unos minutos, mientras jugueteaba con su cabello, soltando poco a poco la improvisada trenza, mientras que Sesshomaru no podía apartar sus ojos de ella. Y aunque a sus ojos lucía tan hechizante como siempre, reparó en que su mirada era diferente ese día, como si de la noche a la mañana hubiese adoptado algo diferente en su carácter, dejando de lado parte de su altanería excesiva y habitual, y mostrándole un lado melancólico y taciturno que siempre parecía ocultar de él y del mundo. Pero a pesar de esto, era realmente encantadora, lucía tan frágil e indefensa, aunque él bien sabía que no era ni lo uno, ni lo otro. Si se descuidaba, en cualquier momento podría salir aquella fierecilla indomable que siempre lo retaba, y que incluso se había atrevido a golpearlo.
— Pero de todas formas, mi tío y el señor Feldman se las ingeniaron para conseguir un acuerdo con mi abuelita —prosiguió, sacándolo de sus pensamientos, los cuales habían empezado a tomar un rumbo indeseado para él—. Negociaron con ella, y la convencieron de que ni ella ni tía Kikyo podrían mantenernos a las dos. Usted debe saber, señor Sesshomaru, que hacerse cargo de un antiguo templo no es un negocio muy rentable —comentó apretando los labios—, y menos para mantener cuatro bocas y un perro, complacer los gustos a dos niñas acostumbradas a ciertos lujos y comodidades, y darles una buena educación. Y para fortuna de papá, mi abuelita Kaede fue consciente de eso, por lo que aceptó la propuesta de mi tío: ellas se quedarían con una de nosotras y papá con la otra. Pero a pesar de ese acuerdo, la corte consideraba que papá no se encontraba en la capacidad de hacerse cargo de ninguna nosotras. Había perdido su empleo y nuestra casa en Oxford, bebía casi todas las noches, y uno de los testigos de la universidad aseguró que papá lo había golpeado y que por eso perdió su empleo. Como ha de imaginar, la corte le negó la custodia de alguna de las dos a papá.
» Entonces, como una medida desesperada, mi tío reclamó la custodia de una de nosotras a la corte, alegando que mi tía y la abuela eran personas de bajos recursos y que no podrían mantenernos a las dos— Rin guardó silencio, ocultando un quebrando en sus voz—. Él tenía tanto derecho de hacerlo, como lo tenía tía Kikyo o la abuela Kaede. Le dijo a la corte que a la abuela le sería más fácil cuidar y educar a una sola niña, y que al menos una debería quedarse para heredar el título y la baronía. Ninguna de las dos sufriríamos y viviríamos cómodamente.
A Sesshomaru le dio la impresión de que Rin quiso decir algo más, pero su voz se esfumó al pronunciar la última palabra.
Rin por su parte no dejaba de pensar en que todos habían hablado por ellas, habían tomado la decisión de separarlas, sin tomar en cuenta lo que creían, si ellas querían separarse o si alguna de las dos quería alejarse de su padre. Sin embargo, fue lo único que el barón pudo hacer por ellas, por la abuela Blake y por su padre, y Rin siempre se lo agradecería. Nunca le alcanzaría la vida para pagarles a sus tíos todo lo que habían hecho por ellas. Todo el dinero del mundo era insignificante comparado con todo lo que les debía.
— Eso fue lo único que mi tío pudo lograr para evitar que papá sufriera un golpe aún más fuerte que la muerte de mamá —Dijo conteniendo un hipido—. Perdernos a las dos al mismo tiempo de seguro lo habría matado… —gimoteó— Y de cualquier forma, aunque mi tío tuviera la custodia de una de nosotras, papá y esa niña permanecerían juntos en Blue Lake House. Además, la abuela Blake estaba muy anciana y también sufriría mucho si las dos nos íbamos. Viéndolo desde cierto punto de vista, separarnos a Kagome y a mí tal vez fue la mejor opción de todas. No me habría perdonado si papá o la abuela hubiesen muerto por perdernos.
Si su padre las hubiera perdido a las dos, de seguro habría terminado ahogado en Blue Lake, pensó con tristeza, limpiando una lágrima que resbaló por su mejilla. Le estaría eternamente agradecida a su tío por hacer tanto por su padre y por ellas. Los barones y los Feldman nunca los habían abandonado.
Rin inhaló una gran bocanada de aire, tratando de contener las lágrimas antes de proseguir.
— Una de las dos tendría que regresar a Tokio con la familia de mamá y la otra iría a vivir a Escocia con el tío Anthony y la abuela —resumió luego una larga pausa que usó para reunir valor—. No hay que ser un genio para saber quién se quedó y quién se marchó —le dijo, girando el rostro para que él no pudiera ver otra lágrima que se escapó de su ojo izquierdo.
Tras una corta pausa, Rin bebió el último trago de su té, apretando fuertemente la taza para que no resbalara de sus manos temblorosas, mientras Sesshomaru continuaba encajando cada una de las piezas del rompecabezas en silencio. Fue paciente y esperó que ella recuperara el aliento y el valor para seguir.
— Mi tía Kikyo creyó que lo mejor sería que Kagome regresara con ellas, y que yo me quedara con el tío Anthony. Kagome es la mayor, y tuvo la oportunidad de pasar más tiempo con mamá. Prácticamente, fue educada por ella, aprendió bien las costumbres japonesas y el idioma, y era una niña muy educada —hizo una corta pausa, viendo la tacita vacía entre sus manos—. Yo en cambio… —suspiró con una sonrisa rota, rodando los ojos y dejando la tacita sobre la mesa— era un desastre —sonrió tristemente, clavando sus ojos chocolates en sus botines de estilo militar, tacón medio y cordones. Muy masculinos, demasiado vanguardistas.
Rin se mordió el labio, ocultando una sonrisita traviesa, mientras recordaba que durante los días que duró la lucha por su custodia, sus tíos, en un gesto de generosidad, habían hospedado a Kaede y a Kikyo en el chalet para huéspedes de Blue Lake House. Y en ese poco tiempo, la abuela y en especial Kikyo, siempre criticaron la crianza occidental, alcahueta y libertina que los barones le daban a Rin. Y aunque Rin admitía que sí había sido una niña caprichosa, independiente e imponente, no era libertina, ni desobediente. Por el contrario, siempre fue muy tranquila y pacífica. Cuando no estaba leyendo en la biblioteca, pasaba sus ratos libres jugando en el lago con los perros y los peces, cultivando flores en los jardines, jugando en los establos con los caballos, o metida entre los cultivos con los trabajadores.
Sin embargo, aquellas eran cosas que según las palabras de Kikyo "una niña de buenas costumbres no debía hacer". Rin siempre andaba sucia, descalza y llena de pelos de animales, sin mencionar que se portaba altanera y a la defensiva con los condes. Y en vista de que los barones y la abuela nunca le dijeron nada, e incluso celebraban sus travesuras, Kikyo creyó que había recibido una educación demasiado laxa. En definitiva, para Kikyo, Rin sería una niña difícil de educar, y no se adaptaría fácilmente a la vida austera y sencilla que llevaban en Tokio. Además, su carácter sería un constante problema.
Rin sonrió con nostalgia, saliendo de sus recuerdos, y continuó:
— Yo había tenido menos oportunidad de compartir con mamá, y no era tan "japonesa" como Kagome, ni tampoco tan fácil de educar. Iba de aquí para allá robando flores de las casas vecinas, y Kagome siempre me salvaba de los regaños. Además, yo había aprendido a jugar póker antes de aprender a decir "Hola" en japonés, y eso siempre les recordó a papá. Para ellas, yo era demasiado parecida a papá, demasiado occidental y caprichosa —comentó, rodando los ojos—. Era básicamente un problema, así que Kikyo prefirió quedarse con la custodia de Kagome, y fue por eso que afortunadamente, yo me quedé en Blue Lake House. Como ya ha de imaginar —dijo viéndolo con obviedad—, se hizo una petición especial para proteger a Kagome de los medios, y cambiaron su apellido por el apellido de soltera de mamá. A partir de ese momento mi hermana se llamó Kagome Higurashi, y no la volví a ver… —la voz se le quebró—, hasta hace casi dos años.
Entonces, hizo una pausa, sintiéndose incapaz de continuar con la otra parte de la historia. Se levantó de la mesa y caminó despacio hasta la puerta corrediza que daba al jardín exterior. Salió al corredor para tomar aire, pues si le había costado contarle lo anterior, lo siguiente era lo peor de todo. Se sentó en el suelo de madera pulida, con los pies colgando, permitiéndose disfrutar sólo por unos instantes de la briza de verano y de las plantas del jardín, mientras rebuscaba de nuevo en su alma algunos girones de fuerza para proseguir.
Sesshomaru la siguió hasta el pasillo, pero no se sentó, simplemente permaneció de pie junto a ella, viendo hacia el horizonte. En su fuero interno, hubiese deseado poder darle el espacio y el tiempo suficiente para que se sintiera cómoda confesando su verdad, sin embargo era precisamente tiempo lo que no tenían. Rin había tenido meses para contarle, y él había sido paciente al esperar, pero ella había decidido hablar al último momento. Si tan sólo hubiese hablado antes, poco a poco y sin mentiras, tal vez nada de esto estaría ocurriendo. Pero parecía como si aquella barrera invisible que los separaba, se hubiese erigido sobre los escombros de la confianza que jamás pudieron terminar de construir. ¿Tan grande era aquella brecha, que durante todos estos meses ella no se había atrevido a confesarle la verdad? ¿O es que acaso habría alguna otra razón para que ella se guardara todo esto?, se preguntaba Sesshomaru, viendo su rostro de perfil, más consternado de lo que deseaba.
— ¿Qué pasó después? —preguntó en su usual tono indiferente, tratando de hallar en su historia alguna otra explicación para que ella se hubiese visto obligada a guardar silencio durante tantos meses.
Sesshomaru la vio tensarse, y luego su rostro se entristeció aún más. Odiaba ser su verdugo, pero era necesario. Rin debía aprender a no mentirle y a no verle la cara. Y él tenía que conocer quién era realmente la mujer que había convertido en su esposa, en la señora Ishinomori, ama y señora de todo cuanto poseía.
— Mis tíos se hicieron cargo de mí como si fuera su hija. Ellos no pudieron tener bebes —suspiró. Por eso siempre las vieron como a sus hijas, y al irse Kagome a Japón, dedicaron todos sus esfuerzos a educar y cuidar a Rin—, así que me nombraron heredera universal de la fortuna de los Blake y del título. Ellos y mi abuelita me educaron estrictamente para ser la futura baronesa, y portar mi título con honor y respeto.
Tras una pausa, Rin observó a Sesshomaru con severidad y le amenazó:
— Lo que le voy a contar ahora es algo confidencial, señor Ishinomori. No sólo me perjudica a mí, sino a mi familia y a muchas personas importantes en Europa. Le ruego discreción. Es algo muy delicado —le advirtió.
— Hmph… — fue lo único que dijo, sin siquiera mirarla. ¿Acaso ella tenía la osadía de amenazarlo, aun cuando él la tenía en sus garras? Esa niña descarada sí que tenía agallas. Sin embargo, no creía que ella hubiese callado todo este tiempo por un simple asunto de confidencialidad. Había algo más.
— Quiero su palabra —recalcó, viéndolo con sus ojos grandes bien abiertos, y más que amenazante, a Sesshomaru le pareció demasiado tierna.
— La tienes —siseó, taladrándola con sus ojos dorados, como si la pregunta lo hubiese ofendido.
— Gracias —Apretó los labios en una fina línea, en un intento fallido por mostrarle una sonrisa cordial.
Apartó los ojos de él y se mordió de nuevo el labio inferior antes de proseguir.
— Luego de perder a Kagome, papá continuó con sus noches de apuestas en el castillo del conde.
Sesshomaru pudo notar de nuevo un tinte de pena en su voz, y entonces, ella se removió incomoda sobre el suelo de madera pulida.
La separación de Kagome había devastado a Thomas más de lo que muchos pudieron haber imaginado. Rin recordaba las cientos de veces que su papá intentó verla de nuevo, pero casi siempre Kikyo se encargaba de poner algún inconveniente para que no se reunieran. Thomas sólo lograba comunicarse con Kagome por correspondencia y más adelante vía emails.
— En una de esas noches —continuó—, en medio de sus borracheras, a los dos se les ocurrió revivir un viejo pacto entre nuestras familias. Algo que antes no había tenido ningún sentido, y que las generaciones anteriores habían ignorado por siglos. Pero el conde se aprovechó de papá y se las ingenió para convencerlo. Mi tío por supuesto lo reprobó desde el principio… —se apresuró a decir, y lo que siguió lo dijo tan rápido, que Sesshomaru no comprendió nada—: Pero papá ya había dado su palabra, y además creyó que podría ser conveniente para mí. Yo soy la única heredera de la baronía, no quería dejarme sola, a cargo de los negocios, las plantaciones, y…
— ¿De qué estás hablando, Blake? —espetó, atajando su sarta de explicaciones, sin dejarle ver toda la exasperación que sentía. No comprendía a dónde quería llegar, ya que ella había empezado a hablar como loca, sin parar.
— ¿De verdad quiere que le cuente una historia que se remonta a hace miles de años? —le refutó tan exasperada como él, poniéndose de pie para estar a su altura. Puso las manos en las caderas, renuente a contarle todo y arrugando el entrecejo para hacerle saber que estaba enojada. Sin embargo, entre más se resistiera, Sesshomaru más curioso se pondría, y ella lo sabía muy bien.
— Tenemos todo el fin de semana, cariño —le recordó con sorna, sonriendo de forma cruel, y apuntando a su debilidad: el poco tiempo que tenía para ver a sus tíos en Tokio.
Rin suspiró impaciente, dando un zapatazo al piso de madera. No quería contarle tantos detalles de su vida, pero él parecía bastante empeñado en conseguir hasta el más nimio hecho de su pasado y de su familia. "Esto es una mierda", pensaba, viéndolo furiosa y tragándose los deseos de discutir. Pero si lo escuchaba una vez más amenazarla con el cuento de impedirle ver a sus tíos, se le lanzaría encima como una leona furiosa.
— Es… —intentó protestar— Ocurrió hace años —se quejó, como una niña chiquita, haciendo un puchero que logró hechizar a Sesshomaru momentáneamente, pero logró recuperarse antes de que ella pudiera notarlo. Entonces, al ver su mirada dura, ella accedió—: ¡Está bien! —dijo de mala gana, sabiendo que él no tardaría en amenazarla de nuevo.
Rin levantó la vista hacia la copa de un frondoso cerezo florecido del jardín, y prosiguió con un tinte sarcástico, como si se tratase de un antiguo cuento:
— Hace muuuchos, muchos años, la propiedad entorno a Blue Lake, que es un lago enooorrme y cristalino en Escocia…
Pero Sesshomaru no estaba dispuesto a aceptar sus juegos y niñerías, así que la tomó por el brazo para acercarla a su rostro, poniendo fin a su burla. Y luego de lanzarle una mirada aterradora y sensual, le advirtió:
— Déjate de juegos. No te quieras pasar de lista—y casi rozando sus labios, conteniendo el impulso de besarla con rudeza, siseó—: Te puede resultar muy costoso, Blake.
Rin se sonrojó al sentir sus labios tan cerca de los suyos. Y de pronto, un placentero sopor la invadió, obligándola a perderse en la profundidad de sus ojos de hielo. Mordió su labio inferior, como conteniendo el deseo de depositar un suave beso en sus labios. En estos meses, había desarrollado una adicción absurda al sabor de sus labios prohibidos, y podría darlo todo cuanto tenía para que él la besara sinceramente por lo menos una sola vez. Se conformaba con eso.
— ¡Quiere detalles, ¿no?! —Le reprochó con altanería, recuperándose de su fantasía, y viéndolo con fiereza, antes de soltarse de su agarre. Y para evitar ser atraída por él nuevamente, dio un paso hacia atrás instintivamente— Energúmeno —balbuceó bajo, creyendo que él no pudo escucharla.
Se sostuvieron la mirada, retándose en un silencioso duelo, mientras que Rin continuaba alterada por la cercanía de hacía unos minutos y trataba de disimularlo. Sentía que el corazón se le saldría de su pecho.
— Como le estaba diciendo, la propiedad en torno a Blue Lake era una sola hace casi mil años, y pertenecía a los Condes Blake. Pero hubo una generación con dos herederos varones y una heredera mujer. El conde amaba tanto a sus hijos, en especial a la joven, que temía mucho que al momento de su muerte, los menores quedaran desamparados. Así que en un acto de amor, decidió dividir la gran propiedad en tres partes antes de morir—Aquella historia había sido contada por los Blake de generación en generación, y ella, al igual que Kagome, la había escuchado desde que tenía uso de razón. La sabía de memoria—. La primera propiedad, son todas las tierras al costado izquierdo del lago, el castillo Blake y la mitad del lago —le contó, mientras en su mente empezaba a aparecer el familiar paisaje de Blue Lake, el castillo, el palacio, los cultivos y la montaña Blake, con aquella majestuosidad y explosión de verde que recordaba con añoranza.
Rin extrañaba tanto su hogar, que en sus sueños más relajantes y dulces, siempre se veía caminando o dormitando en medio de las praderas verdes durante la primavera, o navegando en un bote en medio de Blue Lake.
— La segunda propiedad —prosiguió—, era la otra parte del lago y la mitad de las tierras fértiles, que van desde la falda de la montaña Blake hasta la orilla del lago. Y la tercera propiedad, era el resto de las tierras fértiles y la montaña. El ancestro del actual conde fue el primogénito y heredó la primera propiedad, y por supuesto el título de conde. La hermana menor y su familia heredaron la tercera propiedad. Y mi ancestro heredó la segunda propiedad y el título de Barón, y posteriormente se construyó el palacio. Pero luego, un par de generaciones después de eso, por un matrimonio, que no sé si fue arreglado estratégicamente o no, los herederos del barón y los descendientes de la tercera hija se casaron, y unificaron las dos propiedades, que es lo que en la actualidad se conoce como Blue Lake House. Y desde entonces, ha existido una absurda rivalidad entre los Condes y los Barones Blake — Mientras los Condes gozaban sólo de una tercera parte de Blue Lake, los barones ahora podían disfrutar de dos terceras partes de la propiedad, en especial de las tierras más fértiles y de la montaña—. Pero a pesar de eso, durante todos estos años se ha mantenido vivo el sueño de unir de nuevo Blue Lake y devolverle su antigua gloria.
Rin lo observó a través de sus espesas pestañas a la espera de su reacción, pero como siempre, su rostro parecía un mármol cincelado por los dioses, tan inalterable y hermoso que le provocó una mezcla de placer y temor. Entonces, decidió aprovechar su ausencia de reclamos para continuar, pero tan sólo de recordar lo siguiente, se molestó e infló sus mejillas de forma infantil, llamando nuevamente la atención de Sesshomaru.
— Fue por eso que hace unos quinientos años —dijo sin menguar su enojo—, durante una de las parrandas de la monarquía de la época, el barón y el conde se juraron dar en matrimonio a los primogénitos, hombre y mujer, de las dos familias para unir de nuevo Blue Lake —refunfuñó antes de guardar silencio unos instantes—. Sin embargo, nunca se logró —comentó con ligera burla, reemplazando su enojo por una sonrisa retorcida, recordando que habían pasado años y a los condes no se les había hecho el milagro. Sonriendo sardónicamente, agregó—: Verá, señor Sesshomaru, el problema es que en nuestras familias, las mujeres son escasas, en especial las primogénitas. Y por suerte, desde el día del juramento, no ha existido una sola generación donde los primogénitos sean hombre y mujer. Nunca. Nunca. Nunca — completó sin borrar de su rostro el placentero sarcasmo que esto le producía.
— ¿Qué tiene que ver esto contigo y con que estés aquí, Blake? —dijo, sabiendo que Thomas no era el primogénito, ni heredaría nada.
— ¡Ya lo entenderá! —Se molestó de nuevo— No se apresure. Si no le cuento esto, después me pedirá más explicaciones… ¡Y tiene todo que ver! —Recalcó, como si quisiera que él comprendiera una pizca de sus emociones revueltas—. Tenga paciencia, yo sé que eso supone un esfuerzo enooorme…
— Habla —le ordenó tajante en una sutil advertencia.
Rin solía sacar a flote lo peor de su carácter y más cuando se quería pasar de graciosa. Sin embargo, debía admitir que aunque lo sacara de quicio, prefería verla sarcástica, burlona y rebelde, en lugar de taciturna y lloriqueando. De todas formas, si se pasaba de rebelde, sólo tenía que darle un beso para callar su alegato. No pudo evitar sonreír en su fuero interno ante este pensamiento, así como tampoco pudo evitar anhelar que ella no le hiciera caso y así tener que callarla a su modo.
— El punto es… — le respondió con rebeldía, enarcando una ceja—que con la repentina amistad entre mi papá y el conde, recordaron el estúpido juramento. ¡Y se les ocurrió algo ridículo! Como mis tíos no pueden tener hijos, pensaron en la brillante idea de que el estúpido hijo del conde y la primogénita de papá debían casarse —dijo palmoteando, como si después de tantos años sintiera la misma rabia— ¡Ah, pero había un problema!
Sesshomaru arrugó el entrecejo sin comprender a dónde quería llegar. Esto no le daba muy buena espina.
— ¡Kagome! —le dijo con obviedad, histérica y gesticulando con las manos— Kagome es la primogénita de papá. Y como mi tío no tiene herederos, ella es quien debe heredar el título de baronesa y casarse con el imbécil futuro conde, ¡no yo!
— ¿Tú? — inquirió arrugando aún más el entrecejo, sintiendo como la ira ascendía lentamente. ¿Rin casada con otro?, eso no podía siquiera ni imaginarlo. Ella era suya, su esposa, y no podía imaginarla casada con alguien más. Nadie más podría tocarla nuca.
— ¡Claro! —Dijo sacándolo de su histeria mental— ¿Quién más acaso? Kagome no está y no regresará nunca, renunció a sus apellidos al venir aquí. Nunca volverá a ser Kagome Blake. Renunció a todo. Así que yo ocupé su lugar. Además, desde que mi tío obtuvo mi custodia legal, me nombró su heredera universal, y eso vale más que el hecho de que Kagome sea la primogénita de papá. Legal y legítimamente, yo soy la futura baronesa. Y entonces por fin se dio la condición para cumplir con el viejo juramento: Primogénitos hombre y mujer. Así que yo tenía que encargarme de cumplir con la palabra de mi padre, y por supuesto, cumplir con la promesa de más de quinientos años.
— ¿Estás comprometida con…? —no lo podía creer, eso no lo sabía y no lo esperaba. No podía concebir la idea de verla casada con otro que no fuera él. La imagen de Rin casada y conviviendo con otro hombre le provocaba náuseas. Sesshomaru nunca balbuceaba, y ahora ni siquiera podía articular una simple pregunta. No podía pensar con claridad, pues la ira lo estaba cegando.
— Con un imbécil. Un niño grosero. Siempre lo fue. Recuerdo que antes de que mamá muriera, solíamos visitar Blue Lake House en vacaciones, y ese niño siempre me molestaba porque era japonesa, más pequeña y no podía defenderme. ¡Ja!, pero Kagome me defendía.
Rin hizo un adorable gesto triunfal, y Sesshomaru tuvo que apartar los ojos de ella para no caer en el embrujo de su mirada de niña traviesa. Y mientras ella hacía una pausa, tal vez recordando algo de su pasado, él no dejaba de pensar que Rin tenía demasiados problemas. Sesshomaru no imaginó tener que cargar con esto al elegirla en aquella entrevista de trabajo. Incluso ahora, aún se preguntaba por qué la había escogido entre tantas jovencitas, y su respuesta siempre era un rotundo "No lo sé". La había escogido desde el mismo instante que asomó sus grandes ojos chocolate por la puerta entreabierta de la oficina, y estuvo seguro de su elección al verla caminar por la fina alfombra del recinto en dirección a la mesa oval de la sala de juntas. Y al escuchar su voz por primera vez y estrechar su mano cuando se saludaron, supo que no necesitaba entrevistar a una sola chica más. Ella era la elegida. Sin embargo, continuó con las demás entrevistas por cortesía, aunque ni siquiera prestó atención a las jóvenes que siguieron después de ella.
Desde aquel día, Rin Blake ocupó todos sus pensamientos. Ella era la indicada, y en ese entonces se convenció de que lo era por el simple hecho de ser una huérfana, sin más parientes y con un currículo impresionante, por lo que era perfecta para aquella parte de su plan para derrotar a Naraku. Sin embargo, ahora no estaba tan seguro de que hubiera sido esa la única razón para elegirla. Incluso su hostilidad hacia ella durante los meses que trabajó en el edificio fue un estúpido y vano intento por convencerse de que sólo la había elegido para su propia conveniencia, para usarla como le viniera en gana y luego desecharla sin más, como siempre lo hacía con todo lo que dejaba de serle útil. Pero debía admitir que aquel primer contacto con su pequeña mano le bastó para desear más de ella.
— No cumpliste la palabra de tu padre —le reprendió, dándole la espalda. Se sintió molesto con sigo mismo, y desquitó su ira y frustración con ella una vez más.
— No. Me casé con usted —le recordó—. Usted me obligó, ¿o ya se le olvidó? —le retó con altanería.
Sesshomaru le lanzó una mirada asesina por encima del hombro sin siquiera girarse, como recordándole que no era cierto, y conteniendo el impulso de obligarla a retractarse.
— Tu padre murió y tú viniste aquí para evadir tu compromiso, y ¿osas culparme a mí por obligarte a romper la palabra de tu padre? —Le reprochó con fiereza, metiendo el dedo en la llaga, y sorprendiéndola— Excusas, mentirosa —le acusó entre dientes de forma muy cruel, y repentinamente más molesto de lo usual.
Rin agachó la cabeza. Se llevó una mano al pecho, sintiéndose culpable de nuevo por lo mismo. Aquella culpa nunca había dejado de perseguirla. Si hubiera necesitado que Sesshomaru le recordara su traición, se lo habría contado hace mucho. No esperaba esa reacción de su parte, y eso la hizo sentir irritada y decepcionada. No había confiado en él para que la hiciera sentir como escoria. Bastante le dolía haberle fallado a la memoria de su padre, faltando a su palabra de caballero y huyendo como una cobarde de su destino, como para tener que soportar los reproches y las reprimendas de Sesshomaru. No lo merecía y él no tenía ningún derecho a juzgarla de esa forma.
Rin tragó en seco, conteniendo un insulto grosero. Y luego de lanzarle una mirada furiosa, regresó al salón de guerra con los ojos llorosos, dejándolo a solas en el pasillo. Quería alejarse, estar sola y llorar su culpa y su decepción en silencio. Pero sabía que sería inútil huir de él en su propio castillo, pues la buscaría en cada rincón hasta dar con ella. Así que permaneció de pie frene a las tres katanas en la pared, viendo su reflejo en el reluciente metal, y respirando varias veces para contener las lágrimas.
Sesshomaru la siguió segundos después, ligeramente arrepentido, pero jamás dejaría que lo descubriera. Se detuvo tras ella e inhaló su aroma a flores y cerezos, guardándose el impulso de aferrar su pequeña cintura para consolarla.
— Usted siempre me juzga —le acusó en un suave murmullo al sentirlo cerca, sin girarse, demasiado dolida como para verlo a los ojos.
— Haces lo mismo conmigo —arremetió con rudeza, acercándose más.
Al escuchar esto, ella se giró como una leona para enfrentarlo, pero él acarició el rostro con el dorso de su mano, desarmándola por completo. Rin no esperaba una caricia de su parte. Imaginó que tal vez tendrían un enfrentamiento, pero no fue así.
En lugar de continuar hiriéndose mutuamente, Sesshomaru acunó su rostro en la palma de la mano, y se observaron durante unos minutos en completo silencio, permitiéndose disfrutar de aquel contacto que tanto necesitaban.
— Necesito que continúes, Blake —susurró sin soltar su rostro. Y mientras acariciaba la piel de su mejilla con el pulgar, prosiguió—: De lo contrario no podré ayudarte.
Rin abrió los ojos como plato, sin comprender del todo sus palabras. Quería creerle, deseaba creerle, pero ni siquiera sabía si había escuchado bien. Tal vez estaba delirando por no haber desayunado más que un café.
— ¿A-ayudarme? ¿Usted? ¿Có-cómo? —intentó darle una sonrisa irónica, pero en lugar de eso una sonrisa rota y cargada de incredulidad asomó en su rostro. No le podía creer.
Al notar de su reacción, Sesshomaru esbozó una sonrisa retorcida, complacido con su confusión. Entonces, apartó la mano de su rostro, sin dejar de atravesarla con aquella mirada de oro que parecía desnudarle alma y comprender una pizca de su angustia.
— Eres demasiado ingenua —le susurró tras una corta pausa.
Rin agachó la mirada, comprendiendo que tal vez él tenía el poder suficiente no solo para ayudarla a ver a sus tíos el fin de semana, sino también, a salir bien librada al finalizar el contrato, y así no tener que regresar para casarse. Pero no terminaba de comprender a qué se refería exactamente. Además, era demasiado sospechoso que de repente, de la noche a la mañana, Sesshomaru se hubiese convertido en un alma filantrópica y estuviese tan dispuesto a ayudarla. ¿Qué estaría tramando aquel hombre? Sesshomaru no daba puntada sin dedal y no era un santo que andaba por el mundo ayudando a las almas desvalidas. Todo lo contrario, era un ser despiadado que acabaría con cualquiera sin miramientos con tal de conseguir su cometido. Todo cuanto sucedía a su alrededor estaba fríamente calculado por él. Nunca dejaba nada al azar.
Sin embargo, su mirada dorada lucía trasparente como nunca, no era la misma mirada de aquel demonio blanco que regía su imperio implacablemente, y que el mundo temía. Sus ojos infinitos la alentaban a confiar en él, aunque su razón le gritaba que no debía darle su vida en bandeja de plata a su verdugo. Tal vez todo fuera un engaño más, otra de sus actuaciones magistrales y de sus jugadas de ajedrecista experto, pero su instinto le gritaba tan fuerte como su razón que debía confiar en él.
Suspiró, y decidió hacerle caso a su instinto por última vez, jurándose no volver a confiar en él ni en su instinto si todo salía mal. Y por otro lado, ya estaba perdida y él la tenía en sus manos. En esos momentos no tenía mucho que perder, y tal vez Sesshomaru podría ser su última oportunidad para conservar su libertad. "¿Por qué no?", se dijo una vez más.
Entonces, con cierto recelo, se atrevió a proseguir:
— Mi padre murió poco después de los atentados al metro—dijo haciendo referencia a los atentados en Londres de 2005—. Lo… lo asesinaron —guardó silencio unos segundos antes de continuar, agachando la cabeza para que el flequillo cubriera sus ojos llorosos—: Para esa época, mi tío ya era un político influyente en el parlamento, y… y aunque no fue aliado del primer ministro para invadir Irak —El primer ministro de la época tuvo varios detractores cuando se decidió formar la llamada "Coalición de la Voluntad" para invadir Irak, y Anthony nunca estuvo de acuerdo con la guerra—, siempre mantuvo buenas relaciones con él —Rin guardó silencio unos instantes, tratando de ordenar sus ideas, y luego añadió—: Si usted lo recuerda, los atentados ocurrieron durante la cumbre del G8, donde se discutió la lucha contra el terrorismo y la dichosa guerra.
» Luego de los atentados, en medio de la confusión y la indignación, mi tío y otros parlamentarios dieron unas cuantas declaraciones en contra de Al-Qaeda. Y… no lo sé, tal vez por la conmoción, algunos entendieron otra cosa… Un año antes hubo atentados en Madrid, pero nunca nos imaginamos que algo así pudiera ocurrir en Londres. Nadie podía creerlo, y menos en plena cumbre, siendo nosotros los anfitriones. Todos estábamos… conmocionados, indignados. Desde la segunda guerra mundial no habían atacado la ciudad de esa forma. ¡Fue terrible!
» Y… creo que, de alguna forma, las declaraciones de mi tío y de los demás se malinterpretaron como una especie de… de respaldo a nuestra presencia militar en Oriente Medio, y esto los convirtió en blanco —la voz de Rin se había convertido en un pequeño susurro—. Todos recibieron amenazas de extremistas, y por eso les asignaron protección a ellos y sus familiares—Rin hizo una pausa, se mordió el labio y prosiguió—: Para mi tía y para mí fue traumático lidiar con todo eso, pero por fortuna nunca ocurrió nada, y en menos de un mes dieron con los responsables de las amenazas. Sólo eran sólo un par de niños jugando al terrorista. Unos universitarios fanáticos religiosos, descendientes de inmigrantes iraquíes, que se ofendieron con las declaraciones de mi tío y los demás. Sin antecedentes, y ni ellos ni sus familias tenían relación con grupos terroristas, pero aun así fueron capturados y juzgados —Rin suspiró—. Después de eso, las amenazas cesaron, y mi tío solicitó que retiraran los escoltas de la casa, y sólo conservó su escolta privado por recomendación del parlamento.
Rin agachó la mirada, apretando los labios sin saber cómo proseguir. En su mente aún estaban grabados los últimos momentos de vida de su padre, y le costaba expresar los sucesos con claridad, y sin alterarse. Sus manos habían empezado a su sudar, y su respiración se había acelerado de nuevo. No creía poder mantener la calma por mucho tiempo más. Sentía que explotaría.
— Una noche…, mi papá llegaba a casa y a pocos metros del castillo del conde lo atacaron.
Rin había empezado llorar, y los sollozos se fueron haciendo más y más fuertes, al punto de obligarla a interrumpir su relato. Toda la mañana había hecho un esfuerzo sobrehumano por controlarse, por continuar sin alterarse, pero no pudo más. Se estaba desmoronando a pedazos frente a su inquisidor, y no había nada que pudiera hacer para evitarlo, pues sus emociones estaban fuera de control. Sus emociones habían luchado por salir muchas veces durante los últimos diez años, pero ella siempre las había aplacado, y ahora por fin habían logrado liberarse, tomado el control.
— Le dispararon —masculló, con lágrimas rodando por sus mejillas. Se llevó la mano a la boca, tratando de contener los sollozos que se colaban por su garganta. Recordaba claramente aquel día como si hubiera sido ayer—. Todavía me parece escuchar el ruido de los disparos de esa noche… Co-como truenos —comentó, inhalando una bocanada de aire. Por eso no le gustaban las tormentas. Los truenos solían recordarle el sonido de las balas que cegaron la vida de su padre.
Entonces, Sesshomaru recordó la conversación que habían tenido durante su luna de miel:
"¿Por qué le temes a los truenos?", le preguntó aquella noche de tormenta.
"Son como… como… disparos, ¿no le parece?… Como si le disparan a alguien muy cerca de aquí.", le había respondido ella, asustada aún por el último trueno que sacudió la isla.
Luego de eso él simplemente le había dicho a modo de regaño:
"Son sólo truenos, Rin". Y con eso había matado toda la conversación.
Molesto, se reprochó mentalmente por haber sido intransigente, tan ajeno a lo que ella sentía. Tal vez aquella noche ella había intentado explicarle no sólo la razón de su miedo a los truenos, sino también la muerte de su papá. Y ahora que comprendía todo, también comprendía que posiblemente nunca le dio la oportunidad ni la confianza de hablarle de su pasado. Y se sintió tan imbécil como el terco e imprudente de su hermano.
Y mientras Sesshomaru se reprochaba su comportamiento de aquella noche, Rin pensaba en su padre. Si Thomas no hubiera muerto aquella noche, de seguro su vida sería muy diferente ahora. Tal vez su padre habría cancelado el compromiso, y ni siquiera habría tenido que casarse con el hijo del conde, y ahora podría estar viviendo tranquilamente en Blue Lake House con su familia y sus amigos, ocupándose de los negocios de la familia junto a su tío. Sin embargo, aquella noche no sólo había perdido al ser que más amaba en el mundo, sino que también había perdido su propia vida. Rin Marianne Angela Blake y Thomas Blake habían muerto al mismo tiempo y por la misma bala.
Entonces, en un intento por consolarla y como una forma sutil de ofrecerle una disculpa por todo lo ocurrido durante la luna de miel, Sesshomaru la atrajo a su pecho con un movimiento rápido, abrazándola para tratar de consolarla. Sin embargo, ella estaba hecha un mar de llanto, y ni siquiera su abrazo logró tranquilizarla.
Sesshomaru jamás imaginó verla así. Siempre parecía tan alegre, tan rebelde y fiera, que le costaba trabajo asociar esa imagen con la Rin frágil que lloraba entre sus brazos. Odiaba verla llorar, y se sentía impotente al no saber qué hacer para tranquilizarla. Acariciaba su cabello en un vano intento por menguar su tristeza, pero se dio cuenta de que no podía hacer más que esperar y aceptar, aunque le quemara su orgullo, que ella siempre tuvo razón en algo: él nunca tuvo idea de nada acerca de su vida.
Y por si fuera poco, empezaba a temer que lo que sabía hasta ahora, era sólo la punta de un enorme iceberg, pues habían pasado más de diez años desde la muerte de Thomas y ella lloraba como si todo hubiese pasado ayer. Esto no era normal.
— Los asesinos se llevaron algunas pertenencias, por lo que nunca se supo si fue un atentado o un robo al azar —continuó, sacando a Sesshomaru de sus reproches mentales.
Rin lloraba como nunca había podido hacerlo, pues todo lo que ocurrió después de aquella noche, le impidió desahogarse y vivir el duelo de una forma sana y normal. Sentía que liberaba a su corazón y su alma de una carga acumulada por mucho, mucho tiempo. Habían pasado poco más de diez años, pero la herida dolía tanto como el primer día. Era una herida que jamás sanaría. Y ella sólo había tenido oportunidad de llorar a su padre hasta el día del entierro, luego de eso tuvo que madurar y fortalecerse de la noche a la mañana para poder hacerle frente a su suerte, continuar con su vida y conservar su libertad.
— Lo único que aseguraron es que su objetivo no era papá, sino mi tío —gimoteó—. Por una absurda coincidencia, ese día papá tomó el auto y el chofer de mi tío temprano en la mañana para ir a una entrevista en Stirling[3], y regresó antes del anochecer.
Recordaba que, después de años de desempleo y de apuestas con el conde, su papá había empezado a buscar trabajo. Se había hartado por fin de desperdiciar su vida y sus capacidades, y se había propuesto salir de aquella depresión por su hija. Y Rin estaba segura de que no le hubiese costado ningún esfuerzo obtener un buen empleo en alguna de las universidades de Escocia, pues sus logros profesionales eran innegables. Y ese día, Thomas tuvo una cita en una universidad de Stirling, y dos días después tenía otra entrevista con la Universidad de Edimburgo. Pero todos sus planes se habían ido al carajo.
— Y precisamente aquella noche, papá no fue al castillo del conde, sino que fue de inmediato a casa. Justo como lo hacía mi tío siempre que iba a ver sus negocios en Stirling —hizo una pausa, como si aún se lamentara de que su papá no se hubiese reunido con su amigo de juerga aquella noche—. Cuando estábamos en Blue Lake House, mi tío aprovechaba la oportunidad para viajar uno que otro día a Stirling y a Edimburgo para ver sus negocios, y regresaba temprano—le contó, mientras más lagrimas salían de sus ojos—. No le gusta conducir hacia Blue Lake durante la noche porque la vía tiene varias curvas cerradas, y hay muchos árboles a la horilla del camino, por lo que a veces es muy oscuro —recordó con aquella añoranza mezclada con la tristeza que la invadía al recordar su hogar.
Rin siempre le reclamaba a Dios el hecho de que su padre hubiera sido asesinado justo cuando decidió cambiar, buscar un empleo y dejar sus noches de borracheras en el castillo del conde. Aquello fue como una burla sínica del destino. Si Thomas hubiese ido al castillo del conde esa noche a beber y a fumar, todavía estaría vivo y ella aun viviría en Escocia. Y a pesar de que tal vez hubiese tenido que casarse con el hijo del conde, no le importaba con tal de saber a su padre con vida. Rin sería capaz de dar su felicidad, su libertad y su propia vida, con tal de volver a escuchar la voz de su padre al leerle un libro.
— Eso es absurdo —dijo Sesshomaru sin comprender como un supuesto asesino profesional de una organización terrorista, había podido confundir a su objetivo. Le parecía ridículo.
Rin comprendió su duda de inmediato, pues ella también se había hecho la misma pregunta cientos de veces, encontrando siempre la misma respuesta, y reafirmándola cada vez que ojeaba una fotografía en la que aparecían los barones y sus padres, y que se encontraba en una vieja nota de un periódico que circulaba en internet. Y para terminar de confirmar su respuesta, sólo tenía que pararse frente a un espejo junto a Kagome. No eran idénticas, ni dos gotas de agua, pero vestidas y peinadas similar, y vistas de lejos y con poca luz, podían ser confundidas fácilmente.
— Verá, señor Sesshomaru, al igual que Kagome y yo, mi tío y mi papá eran muy parecidos, casi idénticos si se les miraba de lejos y con rapidez. Mismo auto, mismo chofer, un camino oscuro en una noche sin luna, y prácticamente el mismo hombre… —resumió—: Los confundieron.
Rin se permitió llorar unos minutos en el pecho de Sesshomaru, aferrándose a su camisa con los puños apretados, como tratando de contener la impotencia que sentía. Y cuando por fin pudo recuperar el aliento, se apartó un poco de él para verlo a través de sus pestañas, con los ojos encharcados en lágrimas.
— Y ahí es donde toda esta… esta pesadilla empezó, señor Ishinomori —gimió con impotencia.
Rin guardó silencio por varios minutos, tratando de calmarse y de desterrar de su cabeza los momentos posteriores a la muerte de su padre, el funeral y los pormenores del entierro. Mientras tanto, Sesshomaru se limitó a aferrarla con fuerza a su pecho, y a acariciar su cabello.
— Luego de la muerte de papá —prosiguió, ligeramente más calmada, controlando algún hipido que se empeñaba en salir, sin apartarse de su pecho. Necesitaba sentir aquel calor reconfortante que despedía su cuerpo para poder continuar, de lo contrario no podría hacerlo—, mi tío tuvo una idea—inhaló profundo nuevamente para recuperar el aliento—. Él sabía que yo no quería casarme, y también temía que pudiera correr peligro si me quedaba, porque los terroristas o quien sea que hubiese matado a papá podía seguir tras él, o tras nosotros. Así que pensó en un plan. Me propuso venir a Tokio con mi hermana y… —un sollozo la detuvo durante unos segundos, y continuó—: y con mi familia. Me dijo que él y el señor Feldman se encargarían de conseguirme un programa… —otro hipido cortó su relato, y respiró un par de veces para llenar sus pulmones de aire— Un programa para protección de victimas con el gobierno o la ONU… Al principio yo no quería —dijo tras una corta pausa, viéndolo con sus ojos suplicantes, cargados de culpa, como pidiendo algún tipo de redención que creía le había sido negada por años—. No quería faltar a la palabra de papá y no quería alejarme de mis tíos, ni de mis amigos. Eran lo único que me quedaba… —respiró hondo, para que su voz no se cortara, mientras varias lágrimas rodaban por sus mejillas— Pero todos me aseguraron que tendría una vida normal al lado de mi hermana, mi tía y mi abuelita, y que nadie daría conmigo nunca. Que estaría a salvo, y lo más importante: libre del compromiso —lloró varios minutos, sin poder aguantar más—. Mi tío sabía cuánto me desagradaba la idea de convertirme en la esposa de un cretino, como Ailbert Blake, y por eso me lo propuso.
El hijo del conde, Ailbert Blake III, tenía la misma edad de Kagome, y siempre había sido odioso con ellas. Le disgustaba la idea del matrimonio tanto como a Rin, pero a diferencia de ella, él lo aceptaba sin chistar por mero interés. Si se casaba con ella, todas las tierras, todo Blue Lake sería suyo, incluyendo el palacio, el castillo, los cultivos de la baronía, los jugosos negocios de Anthony y su posición. Y pese a que el título de barón no posee tanta importancia como el de conde, Anthony Blake era un hombre honorable, que gozaba de un puesto en el parlamento del Reino Unido y del afecto de la reina y de los parlamentarios, mientras que a lo largo de los años, los condes Blake no sólo habían ido perdiendo poco a poco su fortuna, sino también trozos de su buena reputación, y por ende, también el favor de la monarquía. Los condes estaban seguros de que con aquel matrimonio recuperarían algo del prestigio perdido antaño.
Ailbert Blake III era un hombre ambicioso, machista y prejuicioso, que siempre despreció a Rin por no ser lo suficientemente digna de convertirse en la futura condesa. A pesar de que ella fue educada con todo lo que una baronesa y futura condesa debía conocer, para Ailbert alguien de ascendencia japonesa jamás sería digna de ocupar el lugar de su madre y sus predecesoras. Pero aun así, Rin era su pase directo a la inmortalidad y a una renta de millones de euros al año. Si se casaban, él pasaría a la historia al convertirse en el conde que unificó Blue Lake después de siglos de división, y eso llenaba su ego, cegando y acallando también sus prejuicios.
Cuando eran niños, el pasatiempo favorito de Ailbert era jugarle bromas pesadas, y al faltar Kagome, Rin ya no tuvo quien pudiera defenderla, pues a pesar de que Catherine y Robert, los hijos de los señores Feldman, se habían convertido en sus defensores, Rin tuvo que aprender a hacerle frente a Ailbert, ya que los Feldman no podían estar todo el tiempo a su lado. Sin embargo, con el paso de los años, la actitud de Ailbert no mejoró. Lo único que cambió fue el tinte de sus bromas, que pasó de infantil y tonto, a despectivo y cruel. Al crecer, Ailbert se convirtió en su peor pesadilla. No se conformaba sólo con molestarla en la escuela y volverla el hazmerreír de los estudiantes de los grupos superiores, sino que también la molestaba en su propia casa durante las frecuentes visitas de los condes a los barones.
De repente, luego de que Anthony obtuviera la custodia legal de Rin y la hiciera su heredera universal, los condes se habían empeñado en hacerse muy amigos de los barones, visitando Blue Lake House con más frecuencia de lo que los barones, la abuela y Rin deseaban. Y esta situación sólo empeoró tras la muerte de la abuela y de Thomas. Después de eso, fue casi imposible sacar a los condes de Blue Lake House. Siempre se aparecían con bocadillos a la hora del té y encontraban cualquier excusa para quedarse a cenar, sin contar que uno o dos fines de semana al mes, inventaban una tarde póker o una cena en el castillo, la cual, por mera cortesía los barones devolvían en Blue Lake House al mes siguiente.
Rin todavía recordaba con rabia el último enfrentamiento con Ailbert, y aquella fue la última vez que ese infeliz la lastimó. La hizo llorar, echando a perder uno de los recuerdos más preciados que tenía de su padre con el único fin de hacerla sufrir y regodearse en su inmensa tiranía. Este incidente había ocurrido al poco tiempo de la muerte Thomas, y aunque Rin le dio su merecido entre lágrimas, eso fue el detonante para que tomara la decisión de marcharse a Japón y no regresar nunca.
Si tal vez Ailbert fuera diferente, ella habría podido hacer el esfuerzo de quedarse y aceptar su destino con resignación, para no faltar a la palabra de su padre. Pero Ailbert era todo menos un caballero, y Rin no iba soportar a ese cretino por el resto de su vida. Muchas veces intentó propasarse con ella o maltratarla con la justificación de que sería su esposa tarde o temprano, y que no debía oponerse a su voluntad, pues él era su prometido y ella le debía respeto, devoción y obediencia. Y aunque durante todos esos años Rin siempre le dio guerra, enfrentándose a él con más fiereza y altanería de la que usaba con Sesshomaru, la situación era insoportable y agotadora, y ella no creía ser capaz de sostenerla por mucho tiempo. En su futuro sólo veía dos opciones: se mataban en una discusión, o se daba por vencida de una buena vez, agachando la cabeza y obedeciéndolo en todo.
Fue por eso que para su propia defensa, Rin aprendió a ser rebelde e imponente, cultivando con gran éxito un sarcasmo astuto, mordaz y afilado como navaja. Siempre se portaba mal cuando los condes iban de visita, o se encaramaba a los árboles a leer para escabullirse de las aburridas pláticas y lecciones de la condesa. Rin hizo hasta lo imposible por desagradarles a sus futuros suegros, pero a veces parecía que ellos pasaban por alto esos detalles en pro de sus intereses. Sin embargo, en ciertas ocasiones, cuando Rin se pasaba de la raya con sus comentarios o actitudes, los condes y Ailbert solían poner las quejas a los barones. Pero a Rin le importaban muy poco las quejas que les daban a sus tíos, pues pasara lo que pasara ella siempre pudo contar con el apoyo incondicional de los barones y los Feldman.
Sin embargo, sus tíos y los señores Feldman nunca se enteraron de las humillaciones y las injurias que Ailbert cometía con ella. Para no darles problemas, Rin se los ocultó. Sólo Catherine y Robert fueron sus confidentes durante aquellos años. Y fueron precisamente ellos dos, los primeros en apoyarla cuando tomó la decisión de marcharse. Los hermanos sabían que nada bueno podría esperarle a Marianne si se casaba con Ailbert.
Pero Rin tenía el presentimiento de que sus tíos sospechaban del comportamiento de Ailbert, pues de lo contrario no habrían puesto tanto empeño en conseguirle aquel programa de protección. Además, no era un secreto para nadie que Ailbert era un chico problema. Toda la nobleza del Reino Unido lo sabía.
— Y a mí me aterraba más el hecho de tener que casarme con él, que los mismos terroristas que mataron a papá— le confesó con tristeza—. Si los terroristas me atacaban, tendría la suerte de morir enseguida. Sin dolor —dijo mirando a un punto fijo de la camisa de Sesshomaru—. Pero casarme con Ailbert sería soportar una tortura diaria, y morir poco a poco, día con día. La sola idea de convivir y compartir lecho con él me provoca náuseas —siseó con desprecio— Se me revuelve el estómago —agregó, arrugando la boca. Hizo una pausa, apretando los labios tratando de desterrar de su cabeza los recuerdos de aquella vez en que Ailbert había intentado besarla a la fuerza—. Permanecer atada a un hombre así por el resto de mi vida sería un infierno, y no creo merecer vivir de esa manera... Sé que mis padres cometieron muchos errores —gimoteó—, pero no creo tener que pagarlos, y menos de esa forma. Ni mi hermana ni yo merecemos cargar con el karma de nuestros padres —dijo haciendo alusión al hecho de que Thomas y Tomoyo se habían escapado para casarse a escondidas, y que su madre había abandonado a su familia al hacerlo. Y Rin creía que todo lo malo que les había ocurrido, a ella y a su hermana, era a causa de esas faltas—. Ni tampoco tenemos que pagar esos errores arruinando nuestras vidas con un hombre como Ailbert Blake.
Rin despegó sus ojos del tejido de la camisa de Sesshomaru, y levantó el rostro para verlo a los ojos, queriendo perderse para siempre en la profundidad de aquellas lagunas doradas, olvidarse para siempre de Ailbert, y ser feliz con él. Entonces, descubrió que en el fondo de su alma, no quería una vida sin Sesshomaru a su lado. Y por un segundo deseó poder leer la mente para saber qué pensaba él de su relación, saber si de verdad sentía algo por ella. Sin embargo, eso era imposible.
— Y luego de… pensarlo mucho —continuó, sin darle más explicaciones, mientras las imágenes de aquel último incidente con Ailbert rondaban su memoria—, acepté la propuesta de mi tío. No me casaría con él, y haría lo que fuera para no hacerlo —sollozó con determinación—. Ese hombre no es más que un ambicioso, que sería capaz de matar a su propia madre para asistir a una fiesta de huérfanos —resumió con sarcasmo—. Es malo y cruel, y fue abusivo conmigo siempre. Yo tuve que aprender a defenderme con uñas y dientes de él y sus abusos. Y sé que a mis tíos les dolió que me fuera, pero ellos prefieren saberme lejos, a verme casada con él. Y yo preferiría morir, antes que convertirme en su esposa —siseó con ira contenida, apretando los labios y tensando su mandíbula. Hizo una pausa, recuperando un poco la compostura antes de añadir—: Mi tío tenía la esperanza de que tal vez, pasados unos años de mi exilio voluntario en Japón, el conde se aburriera de esperarme y comprometiera a su lindo hijito con alguien más, otro pez gordo, sin dudas. Si eso ocurría, yo podría regresar sin temores… —Rin suspiró cancinamente, clavando en él sus ojos hinchados y cargados de desesperación— Pero han pasado más de diez años, señor Ishinomori, ¡diez años!, y ¡ellos parecen seguir esperándome! —Gimoteaba impotente, mientras se lamentaba de su destino— Aguardando a que mi vida aquí se haga añicos para poder aterrizar como buitres, y devorarse las mortajas de Rin Blake— Rin guardó silencio unos minutos, y añadió—. Reviso constantemente la presa rosa de mi país, y no hay noticias de un compromiso de Ailbert con alguien más. Es como… como una lucha a ver quién soporta más: si ellos esperando por mí, o yo huyendo de ellos. Están empecinados en casarnos —dijo impotente, enterrando el rostro entre sus manos y apoyando sin pensar la frente en el pecho de Sesshomaru nuevamente—. Quieren unificar Blue Lake de nuevo, y Ailbert quiere tener el crédito por lograrlo después de tantos siglos. Y yo soy su pase directo a la gloria y a la inmortalidad. ¡¿Se imagina?! ¡El Conde Ailbert Blake III, amo y señor de Blue Lake y Blue Lake House! —Gimoteó sarcástica, aun con el rostro enterrado entre sus manos y con la cabeza apoyada en el pecho de Sesshomaru— ¡Se le hace agua la boca a ese cretino!
Rin continuó sollozando, y Sesshomaru simplemente apoyó la barbilla en su cabeza, y la aferró más a sí, tomando su cintura de manera posesiva. Ella aceptó sin chistar su consuelo, poniendo las manos en su pecho, permitiéndose disfrutar de aquel calor reconfortante que poco a poco había ido alejando las pesadillas y el insomnio de sus noches.
Sentía como si su aroma tuviese un efecto analgésico, y ahora ya había logrado menguar ligeramente la angustia que se había apoderado de ella, al punto de que su llanto se había vuelto silencioso y los fuertes sollozos casi habían desaparecido.
Entonces, Sesshomaru aprovechó su repentina tranquilidad para conducirla en silencio hasta la mesa, ayudándola a sentarse en un cojín junto a él, para después acunarla en su pecho. Rin estaba aún muy alterada, y a pesar de que permanecía callada, la sentía temblar entre sus brazos a causa de los hipidos.
No entendía cómo alguien tan pequeño, pudo soportar aquella carga emocional durante años. Si odiaba verla llorar, verla en ese estado le provocaba una profunda ira que sobrepasaba su autocontrol. Apretaba los dientes para no emprender de inmediato una venganza en contra de quienes la habían hecho sufrir, en especial del tal Ailbert Blake.
Rin lloró en silencio durante varios segundos más, ajena a los sentimientos de Sesshomaru, y maldiciendo en su cabeza la ambición de los condes, aquella misma ambición que parecía consumir a Naraku hasta hacer que quisiera acabar con los Ishinomori y con quien se interpusiera en su camino. Y la misma maldita ambición de poder y gloria que poseía a Sesshomaru. Todas sus desgracias se debía a una sola cosa: La ambición desmedida.
Cuando por fin logró calmarse casi por completo, prosiguió con su relato, que para su fortuna, ya estaba por terminar:
— A mediados del otoño de 2005 viajé a Zúrich mientras mi tío, el señor Feldman y la gente del gobierno se encargaban de crearme una nueva identidad y una nueva vida —dijo sin apartarse de él, inhalando su aroma varonil para darse valor—. Renuncié a mi nombre, pero me reusé a renunciar al apellido de mi familia. Era el único recuerdo que podría conservar de mi padre y mis tíos, y no quería perderlo. Estaba dispuesta a perderlo todo, todo, menos lo único que podría recordarme mis raíces—Suspiró, tomando una gran bocana de aire.
Su apellido se encargaría de recordarle de dónde venía y quién era, pues a pesar de las necesidades y de las adversidades, ella seguiría siendo una Blake de carne y hueso. Nadie pudo quitarle eso, y sin embargo, Sesshomaru había logrado arrebatárselo junto con todo lo demás. Ahora ella ya no era ni Rin Marianne Angela Blake, ni Rin Blake, era Rin Ishinomori, o lo sería sólo hasta que la farsa terminara.
Le parecía increíble como en menos de un año, Sesshomaru había logrado quitarle todo, desde su apellido, hasta su voluntad y su corazón.
Rin tomó otra bocanada de aire antes de proseguir.
— Y para finales de enero del año siguiente, yo ya estaba en Tokio.
Rin lo observó con cierto recelo, antes de continuar con lo último de su confesión. Su razón todavía parecía decirle a gritos que no confiara tanto en él, porque aquella era la pieza del rompecabezas, la pieza que Sesshomaru podría usar para constatar por sí mismo su historia y para hundirla si se lo proponía. Pero ya le importaba un bledo. No tenía caso ocultarlo más. De igual forma, con toda la información que le había dado, a él no le costaría ningún trabajo destruirla con un chasquido de sus dedos de pianista.
— Se supone que desde la muerte de mi papá, yo, Rin Marianne Blake, continué viviendo en Londres con mis tíos hasta terminar la escuela, y ahora vivo en Zúrich —dijo, viendo a Sesshomaru con cautela, a la espera de su reacción, pues recordaba que InuYasha le había dicho que Irasue, la madre de Sesshomaru, llevaba las riendas de su imperio comercial desde Zúrich.
Rin notó con asombro que Sesshomaru entornó sus ojos dorados, sin poder ocultarle la ligera alteración que le produjo escuchar aquella ciudad. Entonces, Rin agregó en un susurro temeroso:
— Estudié artes en la universidad de Zúrich, y a estas alturas, debo estar terminando una maestría en conservación y restauración de arte, allí mismo. Vivo en el palacete de mis tíos a las afueras de la ciudad en compañía del mayordomo de la propiedad, un par de domésticas y un chef. Mis tíos me visitan en verano y en navidad, pasamos juntos las vacaciones en Escocia, en Budapest, Viena o Paris. Tengo por costumbre asistir a la Opera de Viena con mis tíos cada año. Y mi matrimonio con Ailbert se pospuso hasta que termine mi maestría o hasta que acabemos con el compromiso por mutuo acuerdo, pero hemos tratado de mantener a la prensa al margen— le contó, como si se tratase de un cuento, o de las páginas de un libro en el que el autor narra los hechos en primera persona, pero no de su propia vida. Su propia vida era muy distinta a eso, empezando por el hecho de que no veía a sus tíos desde hacía diez años—. Esta es la versión oficial de mi vida que la prensa y el mundo conocen. Así que en caso de que Ailbert se aburriera de esperarme, simplemente se diría que el compromiso se canceló por mutuo acuerdo. Mi tío pidió que se creara esa farsa en caso de que la vida que llevo en Tokio llegase a fracasar, o que los condes se aburriesen de esperarme. De esa forma yo podría volver y retomar mi vida en Zúrich, Londres o Escocia, donde me plazca. Por eso no mataron a Rin Marianne Blake —finalizó sin atreverse a verlo a los ojos.
De todas las ciudades del mundo, Rin Marianne Blake tuvo que haber escogido precisamente Zúrich para radicarse, pensó Sesshomaru con ironía. Zúrich era una ciudad controlada por su familia materna, allí se erigían las bases de su imperio hotelero y de las firmas inversionistas de su madre. Ella y su familia controlaban la mitad de Zúrich, gran parte de Suiza, Austria y Hungría, y una parte de Francia. Nada ni nadie podría haberse escondido de él en esa ciudad.
Y mientras él pensaba, Rin lo observaba cautelosa, a la espera de algún comentario, pero Sesshomaru no mencionó nada, simplemente quedó sumergido en un profundo silencio que ella aprovechó para liberar en un largo suspiro toda la tensión acumulada. Se sentía liviana de haber culminado por fin con aquella tortura.
Había temido tantos meses a este momento, que le parecía un sueño que hubiese terminado sin que ella se desmayara o tuviera que regresar a Escocia de inmediato. Pero aun así estaba agotada, y un dolor punzante en su sien se abría paso lentamente, sin contar que toda la angustia y el ajetreo de la fiesta en la embajada estaban haciendo mello en su salud.
Se llevó una mano a la cabeza, justo donde aquel dolor empezaba a aparecer, y luego se refugió aún más en el pecho de su esposo, agradeciendo en silencio que él la hubiese llevado hasta los cojines, ya que de haber continuado de pie, tal vez se habría desplomado en sus brazos.
— ¿Por qué vivías sola? —preguntó de repente, más serio de lo que ella hubiese deseado, y lanzando por la borda los deseos de Rin de descansar.
Para Sesshomaru, había algo que no encajaba en el relato de Rin. Se suponía que los barones la habían enviado con su familia para protegerla, pero cuando la conoció, ella vivía sola y no era más que una pobre huérfana sin nadie en el mundo. Luego de la supuesta entrevista de trabajo, había enviado a Jaken para seguirla, descubriendo que Rin vivía en un viejo y diminuto apartamento en un sector marginal de la ciudad, sin más compañía que Kuro. En aquel entonces, sus investigadores le dijeron que era una huérfana que había viajado a Tokio a buscar algún familiar vivo, sin tener mayor éxito. Pero contrario a la versión de Rin, ella ni siquiera vivía con Kagome.
Y para completar, Sesshomaru aún estaba furioso con aquel imbécil, el tal Ailbert Blake. Sentía que la ira corría por sus venas como lava volcánica tan sólo de recordar que había intentado lastimarla, y que aparte de todo, pretendían obligarla a casarse con su victimario. Aquel mocoso imbécil podía ser el mismísimo heredero al trono o lo que fuera, pero se arrepentiría de haber siquiera intentado lastimarla o tocarla. No se saldría con la suya y más temprano que tarde, le daría su merecido. Dejaría de llamarse Sesshomaru Ishinomori, si no hacía que se arrepintiera hasta de la última lágrima que Rin derramó por su culpa.
— Por imbécil —gimoteó ella de pronto, respondiendo a su pregunta y sacándolo de sus negras intenciones de cobrar venganza—. Por creer que al llegar aquí encontraría una cálida familia esperándome —dijo con sarcasmo, esbozando una sonrisa rota que no llegó a sus ojos—. Pero no fue así —lloró, sin importarle lo que Sesshomaru pudiera pensar de ella y de su familia. El desprecio de la familia de su madre dolía aún más que la muerte de sus padres—. Mi tía me rechazó como si tuviera ébola o alguna enfermedad contagiosa, y nunca me permitió acercarme a Kagome, ni a mi abuelita. Se las llevó lejos de aquí, y no fue sino hasta que ella enfermó, que por fin las vi con la ayuda de… —lo miró cautelosa antes de pronunciar aquel nombre, sabiendo que Sesshomaru despreciaba todo lo relacionado con Kohaku— Sango.
Rin recordaba perfectamente ese día de invierno en el que un taxi contratado por la embajada para recogerla en el aeropuerto, la dejó frente al viejo templo. Estaba confundida y no hablaba tan fluido el japonés como hubiera deseado. Su tío se había empeñado en que aprendiera varios idiomas y que dominara las lenguas de sus ancestros, por eso hablaba con fluidez el gaélico escoces y el japonés. Sin embargo, cuando llegó a Tokio, nunca antes había tenido la oportunidad de practicar el japonés con un nativo a parte de su profesor privado, por lo que con bastante dificultad pudo explicarle al taxista la dirección y el nombre del dichoso templo donde vivía su familia.
Al bajar del auto, una briza helada le dio la bienvenida. Su maleta era pequeña en comparación con todos los recuerdos que guardaba en su memoria, y más pequeña aún si la comparaba con todo lo que había tenido que dejar atrás. Sólo pudo empacar pocas cosas, pues sería demasiado extraño que una huérfana viajara con un cargamento de ropa de diseñador, así que sólo guardó algunos jeans, un pantalón de seda, cinco blusas, ropa interior suficiente para una semana, dos vestidos de verano, un abrigo grueso, un par de zapatillas deportivas, los viejos discos de los Beatles de sus padres y una edición de bolsillo de "Orgullo y Prejuicio", que su padre le regaló a su madre antes de que Kagome naciera.
El día que llegó a Tokio hacía mucho frío, y el viento invernal soplaba fuerte y constante. Y a pesar de llevar un abrigo Prada muy grueso y sus adoradas botas Channel para invierno, el frío le había calado los huesos. Aferró con fuerzas el aza de la maleta, viendo hacia las escalinatas que conducían al viejo templo, tratando de convencerse nuevamente de que era la decisión correcta. No fue la decisión más sencilla, pero sí la menos cobarde. Hubiese sido una cobardía resignarse a su suerte y aguardar una muerte física, mientras su alma moría poco a poco junto con su libertad, atada a Ailbert Blake.
La única indicación que recibió por parte de la embajada fue: "Sube las escaleras hasta el templo, busca la casa pequeña, y llama a la puerta". Se suponía que luego de eso, su nueva vida empezaría. Pero justo cuando puso un pie en el primer escalón, alguien la haló del brazo con rudeza, obligándola a girar y a olvidarse de aquella fantasía que el funcionario de la embajada le hizo creer.
— ¿Qué estás haciendo aquí? — le reprochó su tía Kikyo en un atropellado inglés, con los ojos abiertos como platos y viéndola de arriba abajo.
Kikyo lucía el atuendo tradicional de una sacerdotisa: hakama roja escarlata, una camisa blanca con hombros sueltos, y un sencillo abrigo grueso que la resguardaba del crudo invierno.
Rin siempre había admirado la sencillez con la que su tía y su abuela mantenían una vida austera y humilde, al punto de sentirse agobiadas con el lujo del chalet de Blue Lake House en el que sus tíos las habían hospedado.
En aquel instante, los hermosos ojos negros de su tía, enmarcados en largas y espesas pestañas, le habían traído a la memoria un recuerdo difuso del rostro de su madre. Sin embargo, su amorosa madre nunca pudo haberla mirado con tanto rechazo. Kikyo la veía de arriba a abajo, reprobando de inmediato su vestimenta.
Rin llevaba unos vaqueros desgastados, y el cabello ligeramente más claro y ondulado de lo natural. Y al ver su cabello, Kikyo de seguro pensó que renegaba de su herencia, pues todas las Higurashi tenían el cabello negro azabache, tan lacio como una cortina de seda. Sin embargo, la intención de Rin nunca fue renegar de sus orígenes, simplemente quiso jugar con su cabello antes de iniciar una nueva vida. Así que a finales del verano de 2005, visitó por última vez la peluquería de un estilista famoso y le dijo que mantuviera el color que había lucido durante el último año (negro natural con algunos mechones en castaño dorado para iluminar y resaltar sus facciones), pero le pidió que lo cortara de tal forma que pudiera llevarlo ondulado y con movimiento. Se había hartado del lacio, y quería hacer algo diferente antes de irse.
— Yo… —había susurrado la Rin de casi catorce años, en un japonés tan atropellado como el inglés de Kikyo—. Tía…
— No me llames así —siseó en japonés, temerosa de que alguien pudiese escucharla. Y a diferencia de las otras veces que había visto a su tía, esta vez Rin ya podía entender sus palabras a la perfección—. Eres un peligro —susurró de nuevo en japonés, ligeramente aliviada al notar que Rin parecía comprender su idioma, pues ella no hablaba bien el inglés.
Kikyo la tomó del brazo, alejándola de los transeúntes para que no pudieran escucharlas. Rin llamaba demasiado la atención de todos los que pasaban por la acera, pues era una niña muy bonita, y sus grandes ojos, sus rasgos finos y su porte no pasaban desapercibidos, y menos vistiendo como si acabara de salir de alguna pasarela de diseñador.
— Tuve que huir. Pero no hay peligro —aseguró entre susurros, creyendo que su tía temía por el asunto de los terroristas—. Estoy en un programa de…
—No puedes estar aquí. No debes. Nos mataran a todas —le atajó, haciendo alusión a la muerte de su padre, y alejándola aún más de la acera para evitar que un grupo de jovencitas escuchara su conversación, pues habían aminorado su paso para detallar las costosas botas de Rin.
— Pero…
— ¡Nada, Marianne! —le interrumpió tajante de nuevo.
Kikyo siempre había pronunciado su nombre despectivamente. La forma en que Sesshomaru parecía escupirle su apellido en el rostro, le recordaba precisamente la manera en que su tía pronunciaba su nombre, como si hubiese algo de malo en ello.
— ¡Quiero ver a Kagome! —demandó, imponente y harta de la actitud de Kikyo. Rin no había viajado desde tan lejos para que su tía le impidiera ver a su hermana.
— No la verás. No traerás la muerte a esta casa.
— Pero… no puedo volver —dijo horrorizada. Su plan de escape estaba a punto de irse al carajo. Los condes ganarían, y ella se casaría a los dieciocho con su hijo, pensaba con horror.
— Ese es tu asunto. Debiste haberlo pensado antes de venir a causarnos más problemas —dijo dejándola sola sobre la acera y empezando a subir hacia el templo—. Eres igual que tu madre: Sólo das problemas por tomar decisiones sin pensar —le reprochó, sin poder perdonar a Tomoyo por haberse marchado con Thomas, dejándolas solas y preocupadas. Durante meses, ni ella ni Kaede habían tenido noticias de Tomoyo, y no fue sino hasta que tuvo dos meses de embarazo que decidieron contactarlas—. ¡No me sigas! —le ordenó cuando Rin intentó subir tras ella—. No te quiero en casa.
— ¿Y piensa dejarme aquí sola? —le reclamó camuflando su angustia con altanería. ¿Qué haría una niña como ella en una ciudad tan grande y sin conocer a nadie? Sólo estaba a punto de cumplir catorce años y no hablaba fluido el idioma. Pero aun así, tampoco pensaba regresar tan pronto a Escocia.
Entonces, la mujer la observó por el rabillo del ojo y un asomo de compasión pareció invadirla. En aquel instante, Rin pensó que tal vez Kikyo no era tan dura y fría como creía, de cualquier forma, ella era la hija de su única hermana. Sin embargo, el paso del tiempo se encargaría de demostrarle que ésa fue la única vez que su tía pareció mostrar un ápice de compasión y cariño sincero hacia ella.
— Sube —le ordenó continuando con su camino, y al llegar al final de la escalera le dijo—: Espérame aquí afuera, junto al gran árbol —le indicó con la mano el lugar—. Regreso en un momento. ¡No te muevas de aquí! ¿Entendiste?
Rin asintió, y clavó sus ojos en el tronco grueso y leñoso de aquel viejo árbol, para luego observar sus ramas desprovistas de hojas por el invierno. Se sentó en una banca junto a él y esperó, mientras una fuerte briza arrancó la única hoja de la copa del gran árbol que había sobrevivido al paso del otoño. A lo lejos, vio a tres jovencitas bastante abrigadas que subían hasta el templo para hacer sus oraciones, y unos minutos más tarde se marcharon, dejándola a solas fuera del templo.
Rin sabía que Kagome debía estar en casa cuidando de la abuela Kaede, por lo que se vio tentada a entrar y hablar con ellas, pero estaba cansada de luchar. Habían sido meses de arduas luchas, y lo último que quería era un problema con su familia, por lo que decidió esperar y tener fe en que su tía hablaría con la abuela Kaede y todo se solucionaría. "Todo va a estar bien", había pensado con esperanza. Pero Kikyo demoró más de lo debido, y hacía mucho frío. El viento mecía con fuerza las ramas del árbol y por lo visto, parecía ser un invierno bastante frío en Japón.
Se hizo un ovillo en la banca, agotada por el largo viaje y el cambio de horario, y pronto los parpados comenzaron a pesarle. Se quedó dormida sobre la fría banca, mientras la noche caía y el cielo empezaba a encapotarse. De seguro nevaría más tarde.
Kikyo apareció casi cuarenta minutos después, cuando la temperatura ya había descendido un par de grados.
— Marianne, despierta —le llamó entre susurros, meciéndola suavemente.
Cuando la joven se incorporó, encontró a Kikyo arrodillada frente a ella. La mujer puso una mano en su mejilla amablemente, y dijo:
— No puedo tenerte aquí, Marianne. No quiero que, lo que sea que te haya hecho huir, te persiga hasta aquí, y poner en riesgo a tu hermana y a tu abuelita.
— Pero yo… —Rin intentó explicarle que no había ningún peligro, que ella sólo estaba huyendo del matrimonio y que regresaría a Escocia en cuanto los condes desistieran del compromiso. Pero su tía no le dio opción de hacerse escuchar, y el dedo que puso en sus labios fue más rápido que la capacidad de Rin para hablar en japonés.
Para Rin fue tan frustrante no hallar cómo decir lo que tenía en la cabeza de manera rápida y clara, que incluso se arrepintió de no haber prestado más atención a sus lecciones de japonés.
— Shhh —le dijo, impidiéndole explicar sus razones.
Kikyo debió creer que los mismos asesinos que acabaron con la vida de Thomas estaban tras Rin, y que por eso Anthony la había enviado a Tokio con aquel programa de protección. Y, ¿cómo no iba a creer eso?, si sus tíos y el señor Feldman fueron muy hábiles en usar el programa de protección como excusa para librarla del compromiso, haciéndole creer a todo el mundo que Marianne estaba estudiando en Londres y que luego iría a estudiar a Zúrich. Sólo algunas pocas personas de su entera confianza sabían sobre el asunto del programa y que Marianne no estaba en Londres, sino huyendo de los asesinos de su padre. Sin embargo, esto último tampoco era cierto, pues la verdadera razón de su huida siempre fue el compromiso con Ailbert. Y esto sólo lo sabían sus tíos y los Feldman.
Aun así, todos habían creído de alguna forma en sus mentiras, excepto los condes, quienes en el fondo sospecharon cuál era la razón real de su huida: El compromiso. Y por eso intensificaron sus visitas a Blue Lake House luego de la muerte de Thomas, al tiempo que presionaron a su hijo para que pusiera todo su esmero en buscar la manera de atarla a Escocia, llevando a Ailbert al extremo de intentar abusar de ella para tratar de comprometerla de alguna forma.
— Te ayudaré —le aseguró Kikyo—. Te llevaré con una amiga que tiene una pensión. Será provisional —había prometido—. Es un lugar acogedor. Todos son muy buenas personas. Allí estarás bien y yo cuidaré de ti —dijo acariciándole el cabello, antes llevarle un mechón ondulado tras la oreja—. Pero no quiero que Kagome se entere de que estás aquí. No por ahora —le ordenó, viéndola fijamente. Rin intentó hablar, pero Kikyo la atajó de nuevo—. Por favor. No quiero problemas, Marianne—dijo tajante—. Déjame organizar todo, esto será temporal. Te lo prometo. Ya hablé con mi amiga, se llama Sango y está encantada de recibirte. Yo pagaré tu renta y me haré cargo de tu escuela, no tendrás de qué preocuparte —mintió—. Entiéndeme, por favor —suplicó—. Es lo único que puedo hacer… por ahora. La abuela Kaede no está bien, está muy enferma. No quiero darle preocupaciones. No quiero que la preocupación por nuestra seguridad, empeore el avance de su enfermedad o que sufra una recaída. De verdad, es lo único que puedo hacer por ti, Marianne. Dame tiempo. Sólo serán unas semanas —le mintió entre suplicas—. Por favor.
Rin la observó por unos minutos, tratando de hallar una explicación lógica para la actitud de su tía, pero era más que obvio que nunca había sido santo de su devoción. Y si a eso le sumaba el hecho de que supuestamente estaba huyendo de unos terroristas peligrosos, no tenía ninguna esperanza de agradar a su tía.
Además, había dicho que era algo temporal, por lo que pensó que tal vez más adelante las cosas pudieran cambiar, así que no insistió. Y por otro lado, Marianne Angela no estaba acostumbrada a mendigar ayuda de nadie. Era una Blake, alguien de la nobleza, y no le rogaría a quien la despreciaba. "Una Blake jamás ruega", le había dicho su abuela varias veces durante las lecciones de etiqueta.
En aquel entonces, Marianne todavía conservaba cierta soberbia y prepotencia digna de la nobleza, había sido educada para portar un honorable título, ya fuese el de baronesa o el de condesa, y no estaba dispuesta a humillarse más. Además, aún no había tenido que pasar por las necesidades, ni por las humillaciones de los años siguientes, las cuales fueron cambiando su manera de ver la vida. Todos aquellos sucesos que ocurrieron después, moldearon y forjaron su carácter, menguando su soberbia, haciéndola más humilde y sencilla de lo que ya era.
— Kikyo, ya no soy Marianne Angela —le corrigió sin mirarla, disgustada con la "ayuda" de su tía, y encaminándose a las escaleras.
Era la hija de su única hermana, y aún después de años, Rin aún se preguntaba: ¿cómo pudo ser tan fría de arrojarla a una pensión a su suerte?
— Soy sólo Rin —le dijo, antes de empezar a bajar las escaleras, resignada a no conseguir nada más de ella en ese momento—. Rin Blake.
Rin detuvo su andar un segundo y la observó por el rabillo del ojo sin comprender ni poder justificar su comportamiento. Pudo gritar y hacer que Kagome saliera, pero si era verdad que la salud de la abuela era delicada, sería mejor no perjudicarla. Además su tía le había pedido tiempo, y se lo daría.
"Una Blake jamás ruega", se dijo nuevamente, resignándose a su suerte con valentía. Sin agachar la mirada, decidió hacerle frente a la situación. Aquello no era lo que había esperado encontrar en Tokio, pero lo aceptaría. Esperó ver a su hermana y hablar con ella toda la noche, contarse todo lo que les había ocurrido desde que las separaron, pero no pudo ser, y ya había llegado muy lejos como para echarse para atrás. No podía utilizar su salvavidas y regresar a Londres ese mismo día. No después del sacrificio de sus tíos.
Cuando Kikyo y Rin llegaron a la pensión, algunos pequeños copos de nieve habían empezado a caer en esa parte de la ciudad. Sango las esperaba a la entrada vistiendo su uniforme de oficial de policía. Rin tragó en seco, asustada y desconfiando de las intenciones de su tía. Pensó que tal vez la deportarían o la llevarían a la fuerza hasta la embajada, y se preparó para correr, pero nada de eso ocurrió. Sango simplemente acababa de regresar del trabajo y parecía saber todo sobre Rin. Todo excepto, claro está, el atentado que había sufrido su padre, que ella pertenecía a la nobleza y que estaba comprometida con un futuro conde. Kikyo sagazmente le dijo que Rin había huido aburrida de la vida que llevaba en Londres, que estaba cansada de las órdenes de sus tíos y que se negaba a aceptar un matrimonio arreglado con un cretino. Sango pareció aceptar esa versión sin reparos, pues era alguien que solía confiar demasiado en los demás, su gran corazón sólo era superado por su disposición para ayudar a las personas.
Kikyo se marchó minutos más tarde, presurosa porque la nieve estaba arreciando, y dejándola a solas con aquella desconocida. Kikyo pagó un par de meses de renta, y le aseguró que volvería en unos días, antes de que iniciaran las clases.
Sango le había rentado un cuartito pequeño, y le abrió las puertas de su casa y de su corazón.
— No hay muebles, pero te prestaré unos cuantos cojines y cobijas, mientras tu tía ve qué puede hacer, ¿te parece? —Le dijo amablemente cuando Rin descargó su maleta en el suelo de la salita de estar— No te preocupes, tu secreto estará a salvo —agregó sonriendo con sinceridad al ver que Rin la veía con desconfianza.
Rin miraba todo a su alrededor con extrañeza, desde la pequeña mesita de café hasta la vieja televisión, pasando por los maceteros con plantas decorativas sin flores. Aquel no era el mundo en el que había vivido por años y al que estaba acostumbrada, era muy distinto a los salones de los palacios que frecuentaba, pero tampoco era el mundo que había ido a buscar. Y aun así, la gran casa antigua se veía acogedora y familiar, se respiraba un ambiente tranquilo y apacible, y de alguna forma, le recordó a la casa de sus padres en Oxford: simple y cálida.
Sango por su parte, no pudo sentir más que lastima al ver la expresión de tristeza en el rostro de la joven, a quien se le notaba a leguas que hacía un esfuerzo titánico por parecer fuerte y no desmoronarse como un castillo de arena bajo la lluvia. Y sabiendo que había algo más que podía hacer por ella, dijo:
— En unos días quedará libre el cuartito de arriba, es un poco más grande y no tendrás que compartir baño —le alentó, sonriéndole dulcemente—. Y viene amoblado.
Rin había asentido en silencio, conteniendo las lágrimas, y tratando de mantenerse optimista. "Esto será temporal", se repetía incontables veces mientras veía como caían los copos de nieve por la ventana ligeramente empañada.
Y justo ahora, no dejaba de pensar en que Sango había sido un ángel, su ángel de la guarda en medio de aquel crudo invierno, en una ciudad enorme que parecía querer devorarla viva si se empeñaba en continuar con sus planes de evadir el compromiso, como si fuese un castigo por haber roto la palabra de su padre.
— ¿Sango? —Inquirió Sesshomaru con rudeza, sacándola de sus recuerdos— ¿Qué tiene que ver esa mujer?
— Sango fue mi único apoyo cuando llegué —le contó, limpiando las lágrimas de su rostro—. En la embajada me dijeron que mi único contacto con los Higurashi era Kikyo, que ella debía fingir que conoció a mis padres durante un viaje a Gran Bretaña, y que me recibiría en su casa por caridad. Nadie nunca debe saber que somos familia, de lo contrario tendré que volver —recalcó, dándole a entender que él debía ayudarle a guardar ese secreto ahora. Tras una pequeña pausa, prosiguió—: Pero, como ya le dije, ella me abandonó. Me dijo que tendría que quedarme unos días en la pensión de Sango y que ella pagaría mi renta, que sólo sería mientras arreglaba unos asuntos con la abuela… Y yo, como estúpida, le creí. Nunca regresó por mí, y sólo pagó dos meses de mi renta, diciendo que regresaría antes de que iniciaran las clases en las escuelas. Después de esos dos meses, ella no apareció. Sango fue a buscarla al templo antes de iniciar las clases para ver el asunto de mi escuela, pero ya se habían cambiado de ciudad. Shippo y yo fuimos a comprobar que fuera cierto, pero nadie nos dio razón de ellas, ni siquiera la sacerdotisa que tomó el templo. Entonces, Sango se encargó de inscribirme en la escuela… y de todo lo demás —murmuró con nostalgia.
— La sacerdotisa creyó que serías una amenaza —acotó Sesshomaru, haciendo alusión al atentado que sufrió Thomas, y tal vez en un vano intento por no hacerla sentir peor o más rechazada de lo que debió haberse sentido en aquel entonces.
Rin entendía la lógica de Sesshomaru porque ella misma quiso excusar a Kikyo muchas veces. Simplemente se negaba a creer que su tía fuera capaz de semejante cosa. Por eso quiso comprobarlo por sí misma, y Shippo la acompañó al templo sólo para estrellarse nuevamente con la realidad y con el desprecio de su tía. No había rastros de los Higurashi en la ciudad, y Kikyo la había traicionado de nuevo. Le había pedido tiempo no para ayudarla, sino para arreglarlo todo y abandonarla a su suerte sin levantar sospechas. La abandonó.
— Sí —masculló, inhalando un poco de aire para no ahogarse con su llanto silencioso, recordando la conversación con su tía bajo el árbol. Kikyo creyó que ella traería la muerte a su casa—, tal vez. Aun así, yo podría haberle explicado que todo fue para librarme del compromiso, y que los terroristas no me seguían… Además, se marchó con Kagome sin dejar rastros, sin siquiera permitirme hablar con ella. Quiso dejarme sin salidas y obligarme a regresar para que no las molestara.
Recordaba lo que había sentido mientras bajaba las escaleras del templo junto a Shippo: Desolación, desesperación, rabia, tristeza. Todo junto. Estaba conmocionada. No tenía dinero, ni podía conseguir un trabajo de medio tiempo en el que ganara lo suficiente para pagar una renta mensual. Y si vendía las pertenencias que había traído de Gran Bretaña sólo le alcanzaría para un par de meses, y ¿después qué haría? No moriría de hambre, tampoco mendigaría en las calles, y tampoco podía regresar a Londres tan pronto.
Entonces, levantando la mirada con determinación, y con aquella rebeldía que brillaba en sus ojos siempre que enfrentada a Sesshomaru, le dijo:
— Pero yo no iba a echar por la borda el sacrificio de mis tíos ni el mío propio, así que le propuse un negocio a Sango: Trabajo a cambio de techo y comida —dijo triunfal, como si se enorgulleciera de las agallas que había mostrado a tan temprana edad— Barrer, trapear y ayudar con las otras labores de la casa para pagar mis gastos. Lo que fuera con tal de no tener que regresar y casarme con Ailbert —siseó, meneando la cabeza—. Le prometí que no sería una carga… Además, no tenía a quién más recurrir. No conocía a nadie. Si ponía un pie en la embajada, tendría que regresar. No tuve más opción.
Al enterarse de la cobarde huida de Kikyo, Sango no supo qué hacer con Rin, pero de lo único que estaba segura era que sería incapaz de abandonar a una niña indefensa. Así que aceptó su propuesta, no porque necesitara ayuda con la casa ni el dinero, sino porque en tan poco tiempo le había tomado aprecio, y a diferencia de Kikyo, ella no tenía el corazón tan gélido como para dejarla en la calle desamparada. Rin era muy colaboradora con los quehaceres y se había ganado el cariño de todos en la pensión, además era muy inteligente y estaba segura de que le iría bien en la escuela. Por eso no pudo abandonarla a su suerte, sería como cortarle las alas. Si Sango la echaba de la pensión, tendría que dejar de estudiar para trabajar y poder vivir, y Tokio no era un lugar para una jovencita de buen ver, sin dinero y con la necesidad de rebuscarse la manera de sobrevivir. Sango no quiso ni imaginar lo que podría ocurrirle, ni en qué manos podría llegar a caer.
Por su parte, Sesshomaru reparó en lo diferentes que habían sido sus vidas. Mientras por esa época él probablemente estaba estudiando en el extranjero y preparándose para asumir la presidencia de sus empresas a temprana edad, con todos los lujos de los que era merecedor; ella había tenido que renunciar a todo lo que legítimamente le perteneció y ofrecerse a barrer pisos y lavar platos para sobrevivir en una ciudad como Tokio.
— Sango aceptó mi propuesta…, tal vez por lastima —le dijo sacándolo de sus pensamientos—. Me recibió en su casa, guardó mi secreto y estuvo siempre a mi lado. Me apoyó cuando más necesite de una familia y de una amiga. Sin su ayuda no podría haber conseguido la beca en la universidad —tras una corta pausa, apretó los labios y dijo—: Viví en la pensión con Shippo, Sango y una anciana, hasta que gané la beca y tuve que mudarme —Quiso dejarle en claro que nunca había vivido bajo el mismo techo que Kohaku, pero no hallaba cómo explicárselo de una forma más clara, y más cuando a él tal vez ni le importaba, pues en ningún momento le había pedido una explicación. Tal vez la aparente molestia que sentía Sesshomaru hacia Kohaku era sólo su imaginación.
Aun así, ella quiso explicarle que su romance con Kohaku inició muchos años después, cuando ella ya había empezado la universidad y vivía en un pequeño cuartito cerca de allí. Pero se limitó a suspirar y a apoyar la cabeza de nuevo en el pecho de Sesshomaru, mientras recordaba los días en que Sango y los inquilinos de la pensión habían sido su única familia y compañía. Todos habían sido tan buenos con ella, que le daba gracias a Dios por haberlos puesto en su camino. De no ser por ellos, tal vez hacía muchos años habría regresado a Gran Bretaña, y a estas alturas, ya estaría casada con Ailbert Blake y sería la condesa Blake.
Sin mencionar que jamás habría conocido a Sesshomaru Ishinomori, ni tampoco sabría lo que era amar de la forma desinteresada, entregada y loca que amaba a ese hombre, y tal vez de seguro habría muerto sin conocer lo que es el amor.
— Ven, te prepararé un chocolatito caliente. Debes tener frío —había dicho Sango cuando Rin se quedó en silencio en medio de la salita de estar, con los ojos empañados y pensando seriamente en la opción de mandar todo a la mierda y regresar a Gran Bretaña a cumplir con su destino. Sango pasó su brazo por la espalda de la chica, y desterrando los pensamientos de la joven, le susurró—: No llores. Has llegado muy lejos. ¡Vamos, anímate! —Le alentó, antes de conducirla por un pasillo. Mientras caminaban, agregó—: Puede que conozcas a alguno de los otros inquilinos y a mi hermanito Kohaku. Es muy apuesto —dijo guiñándole un ojo.
Rin había esbozado una sonrisa triste que no llegó a sus ojos, y Sango la tomó de la mano, girando por otro pasillo en dirección al comedor. El contacto con su mano había sido cálido, tan diferente a la caricia de su tía Kikyo bajo el árbol.
Y en efecto, luego de eso conoció a las personas que se convertirían en su nueva familia. Estaban todos reunidos en el comedor. Eran un par de jóvenes en compañía de una anciana muy mayor. No eran más los inquilinos en aquella antigua casa que había sido convertida en pensión. Todos estaban reunidos en el comedor, esperando a Sango para cenar y para hablar un rato antes de dormir, mientras la nieve se cernía sobre la ciudad.
La pensión de Sango no era más que una gran casa familiar antigua, que ella convirtió en pensión al morir sus padres para sobrevivir con su hermanito. Los padres de Kohaku y Sango habían muerto cuando Kohaku tenía trece años. Los dos se habían quedado solos, y sus padres sólo les dejaron la casa. Sango era una mujer que no se daba por vencida nunca. Tan fuerte como noble. Así que pensó en empezar rentando algunos cuartos para los turistas durante el verano, y luego rentó cuartos a estudiantes, como Shippo. Y aunque en ese entonces los huéspedes permanentes de la pensión eran Shippo, Rin, la anciana y el par de hermanos, la casa se llenaba durante el verano y el otoño, fechas en donde hay mayor afluencia de turistas en la ciudad.
— Hola a todos —los había saludado la mujer, desparramándose en una de las sillas, girando sus muñecas y los hombros para descargar la tensión del trabajo, haciendo sonar todas sus articulaciones—. Ella es Rin Blake —la presentó sonriente—. Es una conocida de los Higurashi, viene de Londres, y a partir de ahora se quedará con nosotros —les resumió, sin ahondar en más detalles—. Rin, ella es la señora Tanaka, vive en el cuartito junto al tuyo —le dijo presentándole a la anciana.
Rin había sonreído, haciendo una reverencia improvisada, tratando de imitar el comportamiento de las jovencitas japonesas que había visto en la televisión, y sin poder acostumbrarse del todo a que la llamaran "Rin". No dejaba de parecerle extraño que hacía tan sólo unas horas era Marianne, la sobrina del honorable Sir Anthony Blake, y que a partir de ese momento sería simplemente "Rin", una huérfana sin familia.
— Mucho gusto, niña —contestó la anciana amablemente—. Estás muy chica para vivir sola en una ciudad como esta, hija —comentó sin reparos, viéndola de pies a cabeza, y notando que, al igual que Shippo, era demasiado joven para estar viviendo sola en una pensión. Sin embargo, a diferencia del joven, para Rin éste era un país extraño—. Puedes venir a visitarme cuando quieras —Agregó al ver que Rin agachó la cabeza y clavó los ojos en las botas con aire nostálgico.
En aquel entonces, Rin simplemente le agradeció a la anciana con una sonrisa y otra reverencia, y aunque habían pasado años desde aquella vez, ahora deseaba haber podido decirle algo más. La señora Tanaka fue muy buena con ella, vivió por años en el cuartito más grande de la pensión, a unos pasos del suyo, y murió unos meses antes de que Rin tuviera que mudarse al iniciar la universidad.
— Él es Shippo, va a la misma escuela que iba Kohaku—había proseguido Sango, enseñándole a un niño pelirrojo de bellos ojos verdes, tal vez un poco menor que ella. Entre los dos hubo una complicidad desde el primer momento en que sus ojos se cruzaron. En ese instante, Rin tuvo el presentimiento de que estaban destinados a ser los mejores amigos. Y no se equivocó, pues él siempre había sido su fiel confidente.
— Mucho gusto, soy Rin —El chico respondió a su saludo con un movimiento de cabeza y una sonrisa tierna y transparente. No necesitaba palabras. Sus ojos expresivos lo habían dicho todo.
— Y él es Kohaku, mi hermanito —dijo acercándose a él y abrazándolo, al tiempo que le revolvía los cabellos castaños— Ves que sí es guapo —comentó, haciendo que Rin y el joven se sonrojaran al instante.
— Mu-mucho gusto —titubeó Rin, aún sonrojada.
Kohaku era un joven muy apuesto, unos cuantos años mayor que ella, y tal vez podría ser de la edad de Kagome. Y en efecto, Sango tenía razón: Kohaku era apuesto. Muy apuesto. Con su cabello castaño despeinado, y sus ojos expresivos y tiernos que contrastaban con aquel aspecto de chico rebelde de jeans rotos y chaqueta de cuero. Era el sueño hecho realidad de toda adolescente.
Sin embargo, el saludo de Kohaku fue parco y cortante, como si le molestara la presencia de la joven en el comedor. La observaba con recelo, mientras detallaba con desconfianza sus finas ropas, tal vez preguntándose porqué alguien que usaba prendas tan costosas buscaba hospedaje en una pensión, pues con lo que valían esas botas y ese abrigo podía rentar un lugar mucho mejor. Kohaku siempre pensó que su hermana confiaba demasiado en los demás, y que tarde o temprano eso le traería problemas.
— Con permiso —refunfuñó Kohaku sin más, antes de salir del recinto, pasando por su lado sin siquiera detenerse a mirarla.
— ¡Qué sangrón! —criticó Shippo cuando un silencio incomodo se hizo presente después de la partida de Kohaku. El pelirrojo bufó antes de darle un sorbo a su lata de gaseosa, y rodó los ojos.
— No es así todo el tiempo —le excusó Sango, y de inmediato la anciana y Shippo rodaron los ojos, sin dar ningún crédito a sus palabras—. Pronto se mudará a otra ciudad. Empezará la universidad —le contó orgullosa de su hermano, antes de atravesar el arco que separaba el comedor de la cocina.
— Lleva así toda la semana —se quejó la anciana, hallando complicidad en los ojos verdes de Shippo, mientras Sango los ignoraba y alistaba las cosas para prepararles el chocolate.
— Toda la vida, señora Tanaka. Toda la vida —bromeó el joven, logrando sacarle una pequeña risita a Rin.
— Así que… el cuartito que quedará libre es… —había dicho Rin apenada, atando cabos.
En aquella época, Rin llegó a pensar que Kohaku estaba molesto porque sabía que ella ocuparía el cuarto que le había pertenecido durante toda la vida, pero luego Rin descubrió que era sólo su amargura por tener que marcharse lejos; y que por si fuera poco, sentía que ella era una intrusa, una extrajera estirada que había llegado para robarle el cariño de su hermana.
— Sí —dijo Sango por fin, como si nada, encogiéndose de hombros, mientras Rin abría los ojos como platos—. Se ira a vivir en otra ciudad, y tal vez sólo vuelva durante las vacaciones. No tiene sentido tener este cuarto llenándose de polvo, cuando hay una niña encantadora que podría usarlo —agregó amigablemente, mientras Rin buscaba apoyo en los ojos verdes de Shippo, pero él simplemente se encogió de hombros, dándole la razón a Sango. Ella era la dueña de la pensión y podía disponer de las habitaciones como le viniera en gana.
— ¿No se molestará? —había insistido Rin, apenada. Shippo rodó los ojos, y la anciana meneó la cabeza en silencio, como exasperados con la timidez de Rin.
— Para nada, Rin. Tú lo necesitas. A partir de ahora, formas parte de nuestra familia —le alentó Sango.
— Así es —afirmó Shippo, sonriendo con picardía y dando por terminadas las protestas de Rin—. Somos un poco raros, pero nos queremos y nos cuidamos. Además, iremos juntos a la misma escuela —agregó emocionado. Rin le sonrió tímidamente, mientras que la anciana simplemente asintió, dando razón a las palabras de Shippo y Sango.
"Familia" se había repetido Rin en ese instante. Había llegado a Japón dejando atrás a su familia, esperando encontrar a su otra familia, y no halló más que desprecio. Sin embargo, Dios le había puesto en el camino una nueva familia, una familia inesperada conformada por tres desconocidos. Sus tres ángeles.
— Y… ¿Kagome Higurashi también asiste a esa escuela? —preguntó, con la esperanza de verla aunque fuera allí.
— No —dijo Sango, mostrándole una sonrisa triste—. Ella va a otra escuela. Una más cerca del templo, en el otro extremo de la ciudad.
— Entiendo… —masculló.
Para Rin, aquellos primeros días en la pensión fueron los más difíciles, pero por fortuna pasaron rápido. Y luego de que Sango aceptara su trato, Rin vendió sus adoradas botas, su abrigo Prada, y todas las demás cosas costosa que había traído, y con esto pudo ayudar con los gastos de su escuela. Rin lo vendió todo, todo menos los discos de su padre y el libro de su madre, los cuales aún conservaba como su más grande tesoro.
Y fue entonces cuando Rin tomó la valiente decisión de afrontar la situación pasara lo que pasara. Jamás daría su brazo a torcer, y lo haría por el sacrificio de sus tíos. Se juró que sus tíos nunca sabrían de su verdadera situación. Ellos seguirían creyendo que vivía con Kagome, Kikyo y Kaede, que ella jamás había pisado una pensión, y que nunca había tenido que pasar necesidades. Se lo debía a sus tíos y a los Feldman. Por lo menos ellos tendrían la tranquilidad de saberla en buenas manos y viviendo la vida que habían planeado para ella. Si sus tíos lo habían dado todo para que ella fuera libre de elegir la persona con la que pasaría el resto de su vida, ella haría que eso valiera la pena, y lucharía con uñas y dientes hasta el fin.
Así fue como realmente comenzó su nueva vida en Tokio. Rin trabajó y estudió duro desde entonces, y Sango se convirtió en lo que Kikyo nunca quiso ser para ella.
— ¿Por qué te dejó con una desconocida? —inquirió Sesshomaru.
— No es una desconocida —alegó—. Mi tía Kikyo y Sango se conocían desde hacía muchos años. Los padres de Sango y mis abuelos fueron muy amigos —le explicó—. Por eso tal vez no sintió remordimiento al dejarme en su casa—masculló, con la vista perdida en algún punto—. Todo lo que soy ahora se lo debo en gran parte a Sango —le confesó con un nudo en su garganta, aunque él se muriera de rabia—. Por eso la invité a nuestra boda. Ella merecía estar conmigo en un momento tan importante…, aunque no fue una boda real y aunque nos hayamos distanciado por… —se cayó, tragando en seco y evadiendo la mirada afilada que le dedicó Sesshomaru.
Quiso decirle que se habían distanciado luego de que Kohaku le terminó para poder irse con otra mujer, pero no quería ni mencionar ese nombre frente a Sesshomaru por temor a desatar otra discusión. Rin todavía continuaba sin comprender por qué carajos le enojaba todo lo relacionado con Kohaku. ¿Qué le ocurría? No creía que fueran celos porque aparentemente lo único que sentía el uno por el otro era simplemente odio, y tal vez, sólo tal vez un poco de deseo.
Sesshomaru por su parte clavó sus ojos dorados en las copas de los árboles del jardín, un poco molesto. No necesitaba ser adivino para conocer la otra parte de su frase inconclusa. Apretó los dientes, intentando controlar aquel extraño sentimiento que se apoderaba de él al escuchar algo referente a Kohaku. Aquel chico debía ser sólo un fantasma para ellos, pero tan sólo de recordar que el desastre de su noche de bodas inició por el mal recuerdo de ese imbécil, le hervía la sangre. Ese incidente había arruinado su luna de miel. Y no entendía cómo alguien como Rin, pudo haber puesto sus ojos en un joven tan insignificante como el tal Kohaku.
Además, tampoco podía creer que ella continuara pensando que su boda había sido una farsa. Ella era la señora Ishinomori. Desde su madre, no había existido una señora Ishinomori con tanta clase, y Rin le había devuelto el brillo a aquel título. Nunca la prensa se había interesado tanto en la esposa de un Ishinomori, que siempre se veía opacada ante el poder de su conyugue. Por eso Irasue se marchó, pues competía a diario con Inu no Taisho por el poder y la atención, y la situación se había tornado insoportable para ambos. Sin embargo, sin proponérselo, Rin había acaparado la atención de todos, sin competir ni opacarlo a él. Todos querían saber quién era ella, lo que hacía, cómo vestía, qué lugares frecuentaba. Todo. Y Sesshomaru cada vez se convencía más de que no pudo haber elegido a alguien mejor para ocupar ese lugar.
Rin guardó silencio por algunos minutos, inhalando una gran bocanada del tranquilizador aroma de Sesshomaru, sintiendo como llenaba su cuerpo y su mente de una ligera paz. Había notado la incomodidad de Sesshomaru, y se sintió mal. No quería iniciar una nueva discusión por eso, así que no dijo nada durante algunos minutos, y luego, en un intento por disipar aquella incomodidad, continuó con su relato:
— Mi tía nunca le habló de mi llegada a Kagome ni a la abuela, ni les dijo que me abandonó en la pensión, y… como ya le dije, no las volví a ver hasta que mi tía enfermó —susurró—. En ese entonces, yo ya no vivía en la pensión, y vivía en una habitación cerca de la universidad y del café donde trabajé de mesera— Rin acomodó un mechón azabache de tras de su oreja, viéndolo cautelosa.
— No has terminado de responder mi pregunta aun —le recordó en un siseo al ver que ella se había quedado en silencio, como dando por terminado su relato.
Aquel siseo le confirmó sus sospechas: Estaba enojado. Sin embargo, no comprendió a qué se refería, así que levantó la vista para interrogarlo con la mirada. Le había hecho tantas preguntas concisas que realmente parecía un interrogatorio policial, y ella no recordaba de qué pregunta le estaba hablando. Entonces, ligeramente exasperado, le dijo:
— ¿Por qué vivías sola cuando te conocí?
— Ah —masculló como ausente, agachando la mirada con tristeza. Por un momento olvidó la razón por la que tuvo que hablarle de su familia materna.
Rin tragó saliva, tratando de desatar el nudo en su garganta y de ignorar la férrea mirada de Sesshomaru.
— Kagome y yo nos encontramos de casualidad en la pensión, pero ella todavía no sabía de mi situación. Estaba tan sorprendida como yo —dijo recordando el momento en que vio a su hermana entrar por la puerta de la pensión. Aquel había sido por mucho uno de los momentos más felices de su vida. Volver a ver a su hermana era su más grande sueño hecho realidad—. Me… me contó que mi tía estaba muy enferma, y que por eso tuvieron que regresar a Tokio. Pero como le dije, tía Kikyo nunca les contó que yo estaba en Japón desde el 2006, ni que me abandonó en la pensión —hizo una corta pausa, y añadió—: Yo… por respeto a mi tía nunca le dije a Kagome que llevaba años viviendo en Tokio —confesó, agachando la mirada con cierta pena, y se mordió el labio antes de proseguir—, sólo le dije que había venido cuando terminé la escuela para empezar aquí la universidad, porque estaba huyendo del compromiso con Ailbert, y que no las encontré porque ya no vivían en el templo—Rin mantenía la cabeza agachada, sin atreverse a sostenerle la mirada, y en un murmullo, añadió—: Yo le mentí a Kagome, señor Ishinomori… Le dije que, por un asunto de seguridad, nadie podía enterarse de que yo estaba en Tokio, ni siquiera mi tía Kikyo. Le dije que no quería ponerlas en peligro. Y convencí a Kagome para que no le contara a mi tía Kikyo que nos habíamos encontrado—sonrió irónicamente, y tras un suspiro triste, admitió—: Yo... sólo no quise darles más problemas. Con mi tía en cama, Kagome estaba muy afligida…, y no era para menos, porque aunque para mí no fue la mejor tía del mundo, para mi hermana fue la mejor madre. A Kagome y a mi abuelita nunca les faltó nada, y Kikyo sacrificó toda su vida y su juventud por cuidarlas y darles todo lo que necesitaban. Mi tía nunca se casó ni tuvo hijos, dedicó su vida entera a cuidarlas y trabajó duro hasta que un cáncer gástrico la dejó en cama por meses, hasta que murió—hizo una pausa prolongada, sin poder evitar sentir un poco de pesar por su tía—. Por eso le mentí a mi hermana —confesó con un hilo de voz, sintiendo vergüenza de ver su vida convertida en una bola de mentiras.
A estas alturas, Sesshomaru debía creer que ella era una mitómana profesional, y tenía motivos de sobra para pensarlo, e incluso para dudar de todo lo que le había contado. Sin embargo, ella odiaba las mentiras, y si alguna vez las dijo no fue con la intensión de lastimar a nadie.
— No quise martirizarlas —se excusó, viéndolo fijamente con sus ojos suplicantes, como si nuevamente le pidiera alguna redención—, ni borrar la buena imagen que tenía Kagome de mi tía. Y tampoco quise crear un conflicto entre ellas en ese momento, ni darle un dolor de cabeza más a Kikyo, suficiente era tener que luchar día a día por su vida… Yo simplemente quise que pasara sus últimos días tranquila—guardó silencio unos segundos, antes de hacer la siguiente confesión entre murmullos—: Sólo hasta hace poco me atreví a confesarle la verdad a Kagome… —Rin agachó la mirada, sin percatarse de que Sesshomaru entornó los ojos.
— ¿Qué ocurrió después? —inquirió sin soltarla, y contrario a lo que ella esperaba, en su voz no había ningún tinte de prejuicio. Parecía que no tenía intensión de juzgarla.
— Para que mi tía no nos descubriera —se calló unos instantes, apretando los labios antes de proseguir—, mi hermana y yo nos veíamos a escondidas en la pensión los fines de semana, y Sango y Kohaku nos ayudaron guardando el secreto.
Rin hizo otra pausa, viendo a Sesshomaru a través de sus pestañas, tratando de descubrir si su expresión se alteraba al escuchar el nombre de su ex novio, pero nada ocurrió. O no le importaba en absoluto y ella se estaba volviendo loca, o él sabía disimular muy bien sus emociones.
— Y, para responder a su pregunta, después de la muerte de mi tía tampoco pude vivir con mi hermana y mi abuelita. Kagome no pudo hacerse cargo del templo, y tuvieron que mudarse a una casita cerca de la tienda veterinaria donde trabajaba Kagome, y yo no me mudé con ellas porque la universidad y mi trabajo quedaban a kilómetros de distancia de allí —exhaló una gran bocanada de aire—. Para esa época yo ya había dejado el café, y trabajaba en una tienda de artículos electrónicos, como usted ya sabe — aseguró, viéndolo con los ojos llorosos entornados y cargados de reproches, recordándole que él había investigado toda su vida antes de la supuesta entrevista laboral. Guardó silencio unos instantes y continuó—: Ganaba un poco más de dinero que antes, y no podía darme el lujo de perder el trabajo. No podía convertirme en una carga más para Kagome—dijo ligeramente apenada, ya que no era su intención que él se enterara de todas las necesidades económicas de su familia. No quería despertar la lástima de nadie y menos de él—. Además, la enfermedad de tía Kikyo nos dejó muchas deudas, y necesitábamos el dinero que yo ganaba para eso y para los gastos de la abuela, porque tuvimos que dejarla durante el día en aquel hogar de ancianos, mientras Kagome estudiaba y trabajaba… Ya sabe que mi abuela no puede estar sola ni un minuto —comentó en un suave murmullo, recordando el día en que Sesshomaru la había llevado al hogar de ancianos, y el miedo que sintió al verse descubierta por él, sin imaginar que eso sería tan sólo un abrebocas, y que ahora él tenía el sartén por el mango.
Cuando Rin por fin terminó todo lo que tenía por decir, se sentía ligeramente más liviana, y había logrado menguar su llanto, aunque aún le costaba respirar con normalidad. Tomaba grandes bocanadas de aire para no desfallecer, y trataba en vano de convencerse de que ya había pasado lo peor, que el momento al que había temido por meses, por fin había pasado y no había sido tan traumático como imaginó. Sin embargo, remover tantos recuerdos enterrados por años en el fondo de su memoria, le había afectado más de lo que deseaba admitir. Sentía como si aquellas viejas heridas de su alma se hubiesen reabierto, y escocían como si las hubiera bañado con agua de mar.
Rin se llevó una mano al pecho, pues de seguro sería una noche muy larga para ella. Sentía miedo al pensar en la puesta del sol, pues se quedaría sola y a oscuras con sus pesadillas, sus miedos y sus recuerdos. Estaría tan sola como lo había estado la primera noche en casa de Sango, cuando todos en la pensión se habían ido a dormir, y ella se quedó en medio del cuartito oscuro, amoblado sólo con una colchón viejo, un par de cojines y una cobija térmica que Sango le había prestado por caridad, mientras que afuera la nieve no daba tregua. Aquella había sido una de las noches más horrible de su vida, el frío y la tristeza no le permitieron pegar el ojo, y había llorado casi hasta el amanecer.
Rin se sentía tan agobiada por sus recuerdos que algunas lágrimas de impotencia comenzaron a brotar de sus ojos nuevamente. Y entonces, Sesshomaru, quien nunca mostraba interés por alguien, se preocupó por ella. La vio tan inconsolable, que temía que desmayara, como aquella vez que discutieron en el pent-house.
"Rin Marianne no merecías esto. No merezco nada de lo que me pasó", pensaba, apretando los puños, y maldiciendo a todos los que la orillaron a dejar su hogar. ¿Acaso estaba pagando los errores y pecados de sus padres?, ¿por qué tenía ella que pagar por los errores de otros y cargar con karmas ajenos? ¿Por qué tuvo que dejar su vida en Escocia a cambio de libertad y paz? E irónicamente, ¿de qué mierdas valía su libertad ahora?, cuando estaba encarcelada en un prisión de mentiras, siguiendo disciplinadamente las ordenes de todos, empezando por las de su esposo, sin poder siquiera oponerse. Se le estaba yendo la vida ideando maneras descabelladas de huir de la supuesta libertad que había encontrado en Japón. Y ahora incluso estaba esperando que el contrato con Sesshomaru terminara para poder escapar de nuevo.
"Otra huida", le dijo su subconsciente, como burlándose de ella. Y tuvo que admitir que no tenía otra opción, porque ya ni siquiera tenía un motivo para quedarse y seguir luchando, pues Sesshomaru, el hombre que amaba y por el que había arriesgado tanto, jamás la amaría como ella lo hacía. Él sólo la había usado para conseguir sus objetivos, y ya no la necesitaba.
"¿A dónde huirías ahora?, ¿a otra libertad igual de opresora?", se preguntó, apretando los labios. "¿Qué clase de vida llevas, Marianne?".
Entonces, pensó que tal vez la mejor opción sería regresar con sus tíos, aprovechar que estaban en Tokio y que Naraku estaba destruido para por fin volver y enfrentarse cara a cara con los condes Blake. Tal vez ya era hora de regresar, de dejar de huir y enfrentar su destino, de esta forma posiblemente podría romper con sus karmas, y encontrar la libertad que tanto anhelaba.
— ¿Estás bien? —le susurró Sesshomaru al oído. La sentía muy quieta, sabía que no estaba dormida porque no dejaba de llorar, pero era un llanto demasiado silencioso.
Aquella aterciopelada voz logró rescatarla del rincón oscuro en el que sus temores la habían acorralado, para impedirle regresar a la realidad. Rin alzó la cabeza para verlo, y aunque asintió en respuesta a su pregunta, no pudo controlar las lágrimas. No estaba bien. No estaba para nada bien, y cada vez se sentía más acorralada, desesperada y sola.
— Todo estará bien —le prometió.
Y a pesar de que su tono fue parco y firme como siempre, Rin vio en sus ojos que era una promesa. Sus ojos dorados la observaban fijamente, como percibiendo un ápice de la desesperación que se había apoderado de su alma.
Se observaron durante unos instantes más hasta que Sesshomaru depositó un suave y rápido beso en sus labios, que la dejó pasmada. Luego depositó otro corto beso en su frente, y la acunó de nuevo en su pecho.
Rin no opuso resistencia a ninguno de los dos besos ni a su abrazo, y agradeció en silencio aquel gesto. Su corazón latió fuerte y desbocado con aquel roce de sus labios, que fue como un calmante que logró descargar toda la presión que recaía sobre sus hombros.
La actitud de Sesshomaru era algo que no imaginó nunca. Siempre temió aquella confesión porque se imaginó que acabarían sacándose los ojos, o que tal vez todo transcurriría en un calabozo oscuro de la mansión, rodeada de mesones de acero inoxidable que contenían cientos de instrumentos de tortura medieval, con ella amarrada a una silla, con los ojos vendados y con Sesshomaru como su inquisidor personal, torturándola hasta sacarle la última gota de información, como pasaba en las películas que veía con InuYasha. Pero contrario a lo que su loca imaginación le hizo creer, se encontró frente a un Sesshomaru muy benevolente, justo como él lo había prometido la noche anterior. Ni siquiera su imaginación desbocada pudo haber concebido algo así, y le complacía no haber acabado como había imaginado.
Rin ya no sabía qué pensar de Sesshomaru. "¿Qué carajos había sido aquel beso? ¿Habría sido sólo otro beso falso, esta vez para calmarme?" Ese sutil beso la confundió aún más, haciéndole más difícil saber qué decisión debía tomar: Marcharse a Gran Bretaña para enfrentar su pasado, o quedarse para enfrentar el futuro y la terminación de su contrato.
Sin embargo, la actitud de Sesshomaru la alentó a pensar que tal vez, después de todo, ellos podrían tener una segunda oportunidad. Tal vez su matrimonio no estaba tan perdido como creía. Pero de inmediato, una voz sarcástica en su cabeza exclamó: "¡Tonta!". Era absurdo pensar que él continuaría con su matrimonio al finalizar el contrato. Y entonces, ya no sólo lloraba por sus recuerdos, sino también por haberse enamorado de la última persona en la que debió haber puesto los ojos. De nada habían valido las advertencias de InuYasha.
Sesshomaru por su parte, le permitió derramar todas las lágrimas que tal vez había contenido durante años y años, mientras acariciaba su cabello con devoción y se reprochaba las tantas veces que la humilló y la hizo sufrir. Y se juró jamás volver a hacerle daño. Se sentía como un cretino, mientras veía el informe que estaba sobre la mesita, enfundando en una carpeta con la insignia familiar, el mismo que Jaken había organizado para él meses antes de la boda, justo después de haberse enterado de la existencia de Kaede.
Para Sesshomaru fue muy sencillo dar con la información sobre Rin en el Reino Unido luego de conocer el nombre de su madre. La pequeña mentirosa había sido demasiado ingenua al creer que con esos datos, él no sería capaz de averiguarlo. Y más cuando ella se había atrevido a sembrar la duda en él, retándolo a que no hallaría nada a parte de lo que ella quisiera contarle.
Y cuando Sesshomaru empezó a indagar acerca de una joven llamada Rin, de origen británico y ascendencia japonesa, el nombre de Rin Marianne Angela Blake no tardó en aparecer frente a sus ojos. Entonces, dejó de lado su investigación acerca de Rin Blake y se concentró en Rin Marianne Angela Blake. Descubrió que esta otra Rin había nacido en Londres, que vivió en Oxford hasta la muerte de su madre, y luego se mudó a Escocia con sus tíos, los barones Blake. Tras la muerte de su padre, la habían enviado a un prestigioso internado privado en Inglaterra, y después a Zúrich, justo como Rin se lo acababa de decir.
Así que al hallarse frente a la encrucijada de haber encontrado a dos Rin con orígenes similares y viviendo en ciudades diferentes, sospechó que había gato encerrado. Y sabía que sólo existían dos lugares donde encontraría las respuestas que necesitaba: Los servicios de inteligencia británicos y la embajada. Y esas respuestas sólo podía obtenerlas alguien con su poder.
Sesshomaru no tardó en ponerse en contacto con un conocido muy influyente que le debía un gran favor. Su amigo, un reconocido empresario inglés que residía en Nueva York, tenía contactos con altos funcionarios del MI6[4], y algunos de ellos le debían un par de favores. En cuanto recibió su llamada, su amigo inglés no tardó en ponerlo en contacto con uno de estos funcionarios, quien pudo aclarar todas las dudas de Sesshomaru, no sin antes asegurarse de que él no utilizaría esta información para poner en riesgo la vida de Rin o de sus tíos. Entonces, Sesshomaru tuvo que explicarle que pensaba casarse con una joven llamada Rin Blake, y que esa era la razón para indagar sobre su vida y sobre la vida de Rin Marianne Blake, pues debido a su estatus económico, no podía casarse sin antes conocer quién era realmente su futura esposa. Siendo así, el funcionario sólo tardó un par de días en darle la información que necesitaba, y Sesshomaru direccionó todo el asunto con Jaken.
De esta forma, a su pequeño sirviente fiel no le fue difícil armar un informe detallado con todo lo referente a Rin Marianne Blake, sus poderosos tíos y el programa de protección al que la habían vinculado. Y resultó que dicho programa incluía la creación de una fachada para su verdadera identidad, como un salvavidas, por lo que Marianne Angela realizaría su vida en Zúrich mientras Rin Blake era enviada a Japón con una identidad falsa.
A Sesshomaru le sorprendió lo bien elaborada que había quedado esa fachada, pues Jaken le entregó desde informes y reportes de calificaciones de la universidad y el internado, hasta periódicos que aseguraban haberla visto entrar a la opera de Viena o asistir a eventos de la alta sociedad suiza y londinense. Incluso encontró fotografías de su supuesto grado de licenciatura en artes, en la que se veía a una joven oriental muy parecida a ella, fingiendo ser Rin Marianne Blake. Y entonces comprendió que esa era la razón de que Rin siempre se mostrara tan segura al decir que él nunca podría hallar la verdad: Existían todas las pruebas para verificar que Rin Blake y Rin Marianne Blake eran personas totalmente diferentes.
Sin embargo, ella no contaba con el alcance de su poder ni el de sus amistades, pues de todos los lugares posibles en el mundo para esconder su farsa, tuvo que haber sido precisamente Zúrich la ciudad elegida por ella. Zúrich era una ciudad donde nadie, absolutamente nadie podría esconderse de él ni de su poder. Así que antes de la boda, Sesshomaru le ordenó a Jaken viajar a Zúrich, y no precisamente para pedirle el ajuar de bodas a su madre.
Por orden de su amo, Jaken fue hasta el palacete de los barones para constatar por sí mismo que Rin Marianne no vivía allí. El pequeño hombrecillo estuvo por horas frente al palacete durante varios días, y jamás vio salir a nadie a parte del mayordomo y una doméstica. Luego de haber cumplido esa misión, Sesshomaru le ordenó investigar en la universidad de Zúrich, y aunque el anciano encontró calificaciones, registros de asistencia y demás documentos rutinarios, no le fue difícil indagar lo que necesitaba entre los maestros y el director de la facultad de artes, pues la madre de Sesshomaru era una de las principales benefactoras de los programas de investigación de la universidad e incentivaba varios programas de pasantías en sus empresas, en los museos y galerías del país. Irasue era una de las personas más influyentes de Suiza y de Europa, y nadie se atrevería a negarse a una petición de su heredero, y más cuando se les prometía discreción y una jugosa suma de dinero.
De esta forma, Sesshomaru comprobó que todo acerca de Rin Marianne Angela Blake era falso, una mentira muy bien orquestada. Y teniendo todas las pruebas en sus manos, sólo fue cuestión de tiempo para que cada detalle se revelara ante sus ojos ambarinos. Durante todos estos meses, Sesshomaru simplemente esperó impávido, permitiendo que las mentiras de Rin cayeran una a una por su propio peso justo frente a él, alimentándose desde la oscuridad de su angustia y de su miedo, jugando con ella como un león con su presa, viendo como hacía hasta lo imposible para que no la descubrieran, diciendo más y más mentiras, hasta que terminó aplastada por su bola de engaños. Se regodeaba cada vez que algo de su pasado quedaba al descubierto sin que ella pudiera evitarlo, aunque pusiera todo su empeño en intentarlo.
Sin embargo, él desconocía por completo los detalles de la infancia de Rin, el asunto tortuoso del compromiso con el heredero del conde y lo que vivió al llegar a Japón. Nada de eso estaba en el informe, ni en lo que él mismo había averiguado. Y a decir verdad, admitió que no habría sido tan rudo con ella de haber conocido todo lo que acababa de contarle. Desde que descubrió su primera mentira, le había dado el mismo trato que a las personas que osaban interponerse en sus negocios: Las hacía caer hasta aplastarlas. Y no conforme con eso, la había castigado con todas sus fuerzas por atreverse a engañarlo, pues nadie nunca se había salido con la suya al intentarlo.
Sin embargo, ahora comprendía el porqué de aquella actitud de Rin: su desconfianza, su agresividad y esa mirada de fierecilla malherida. La vida se había encargado de forjar esa parte de su carácter. También comprendía sus arranques de temor y rabia al imaginar que debía volver, puesto que debió haber sido muy difícil llegar a donde estaba. Debía aterrarle la idea de perderlo todo de nuevo y regresar al lugar de donde había logrado escapar con gran esfuerzo.
— Debiste haberlo mencionado antes, niña tonta —le reprendió, sabiendo que por fin había logrado calmarse, hasta quedarse dormida sobre su pecho, aferrada con fuerzas a la tela de su camisa, como si temiera que al soltarlo, despertaría rodeada de todas sus pesadillas hechas realidad.
La mañana terminó de pasar en un parpadeo, y Rin continuaba durmiendo profundamente. Debía estar muy cansada por la fiesta y por la confesión, así que Sesshomaru simplemente permaneció abrazándola y acariciando su melena azabache, mientras meditaba los sucesos de los últimos meses.
De pronto, un par de golpecitos en la puerta lo sacaron de sus pensamientos.
— Amo —dijo Kazuyo desde afuera en tono muy bajo, solicitando permiso para entrar.
— Adelante.
Rin se despertó sobresaltada al escuchar la voz grave y aterciopelada de Sesshomaru. Abrió los ojos desorientada, observando todo a su alrededor, como tratando de recordar dónde carajos se había quedado dormida.
— Me quedé dormida —dijo a modo de disculpa, tallándose los ojos y sonrojada hasta las orejas. Estaba muy avergonzada, y no era para menos pues se había derrumbado frente a él, había ensuciado su camisa con sus lágrimas y se había quedado dormida en su pecho. "¡Qué vergüenza!", pensaba, mordiéndose el labio sin poder siquiera verlo a los ojos.
Rin sonrió tímidamente, intentando apartarse, pero él se lo impidió, y sólo le dio el espacio suficiente para que acomodara su cabello en una improvisada trenza justo antes de que Kazuyo entrara.
Cuando Kazuyo asomó la cabeza por la puerta, se sorprendió al encontrarlos en una escena tan íntima: Rin recostada en el regazo del joven amo, sonrojada, mientras él aferraba su pequeña cintura de manera protectora. Era la primera vez en toda una vida de servicio a la familia Ishinomori, que sorprendía a Sesshomaru en una situación tan espontanea con alguien. La anciana había quedado pasmada. Parpadeaba varias veces, como tratando de convencerse de que era una alucinación, pero no lo era.
Sesshomaru siempre había sido un joven parco, de pocas palabras, sin ninguna expresión de afecto hacia alguien, ni necesidad de contacto con otros seres. Ni siquiera cuando era un niño había demostrado afecto alguno hacia sus padres o su hermano menor. Incluso parecía como si la separación de sus padres y la partida de su madre a Zúrich no hubieran hecho mello en él. Nunca lloró, como lo hacían los demás niños de padres separados, ni siquiera su comportamiento cambio debido a eso, hasta podría decirse que sus calificaciones –que de por sí eran buenas– mejoraron aún más. Sesshomaru siempre había sido todo un misterio para Kazuyo y para el propio Inu no Taisho, quien siempre repetía que Sesshomaru había heredado la rareza y frialdad de su madre.
— Ya llegaron, Sesshomaru-sama —dijo por fin, apenada y agachando la mirada para evitar los implacables ojos dorados de Sesshomaru.
— Retírate.
— Sí, amo —dijo antes de cerrar la puerta rápidamente, dejándolos a solas, y sin poder sacarse de su cabeza la imagen que acababa de presenciar, y preguntándose qué clase de magia habría utilizado aquella jovencita con su joven amo. Debía contárselo a alguien, pero si le mencionaba lo sucedido al señor Inu no Taisho de seguro pensaría que no era más que el delirio de una mujer loca y senil, así que prefirió callar y tratar de olvidar.
— ¿Quiénes llegaron? —Inquirió Rin viéndolo con recelo, apartándose lo suficiente de él como para atravesarlo con sus ojos chocolates. Entonces, notó una pequeña mancha de maquillaje en la camisa de Sesshomaru que la avergonzó— ¿Visitas? —preguntó cautelosa. Si tenían visitas, entonces, ¿a qué hora regresarían a Tokio?
Pero en vista del silencio de su esposo, se apartó completamente de él, ofuscada. Se puso de pie, apretando los labios, exigiéndole una explicación. Pero Sesshomaru se puso de pie tan rápido como ella, y sus ojos dorados, que refulgían como mil soles, lograron amedrentarla un poco. Al parecer el Sesshomaru benevolente de hacía un rato se había esfumado, y el ogro gruñón estaba de regreso. Rin limpió los rastros de lágrimas que habían quedado en sus mejillas, y clavó sus ojos en el jardín, sintiendo como la angustia por ver a sus tíos volvía a apoderarse de ella.
— Es tarde —le recordó en un siseo. Rin evitaba verlo para que no la intimidara, pues su mirada era tan penetrante y fuerte, que le daba escalofríos. Además, sus ojos ya habían empezado a ponerse llorosos al imaginar que podía perder la oportunidad de reunirse con su familia—. Ya le dije todo, ¿qué más quiere? Debemos irnos ahora. Usted me lo prometió —demandó furiosa, clavando por fin sus ojos en él, decidida a no dar su brazo a torcer.
— No prometí tal cosa —le recordó con sorna, esbozando aquella sonrisa retorcida que la enloquecía y al mismo tiempo le aterraba—. No será hoy —le aseguró antes de salir del salón, dejándola con la boca abierta y hecha una maraña de impotencia.
— ¡Cretino! —Gruñó— ¡Infeliz!
Sesshomaru, hizo caso omiso a sus insultos y provocaciones, y prefirió no enseñarle la carpeta con el informe, guardándose aquel as para otro momento. Y sin más, se encaminó al corredor.
Rin lo siguió refunfuñando, enfadada y dispuesta a enfrentarlo cuantas veces fuera necesario hasta obtener lo que quería: Salir de ahí cuanto antes. Ya no tenía nada que arriesgar, así que no le importaba si Sesshomaru la amenazaba con dejarla al descubierto, pues ya contemplaba la posibilidad de aprovechar la oportunidad y regresar a Escocia. La libertad que había ido a buscar no era lo que esperaba y ya había ayudado a la familia Ishinomori a deshacerse de Naraku, por lo que podría decirse que su misión en Tokio había terminado, e incluso estaba resignada a perder a Sesshomaru. Él no la amaba, y ella estaba dispuesta a dejarlo en libertad antes de que los dos resultaran más lastimados.
— ¿Cómo que "No será hoy"? —Dijo imitando su tono, y tomando su mano para detenerlo.
Sin embargo, cuando sus manos se rozaron, una especie corriente eléctrica recorrió sus cuerpos, obligándolos a separarse. Y no era precisamente la estática. Ambos clavaron los ojos en sus manos a escasos centímetros la una de la otra, y luego se observaron mutuamente, como comprendiendo el magnetismo que existía entre sus cuerpos, y al mismo tiempo haciendo un esfuerzo por pretender que no pasaba nada.
— ¡Tengo que irme! —Le reclamó, abriendo sus ojos chocolate con altanería, en un intento por acabar con aquel silencio incomodo— ¡Quiero largarme de aquí! —espetó, casi al borde de la histeria cuando él se apartó y le dio la espalda.
— Guarda silencio, Rin Marianne—le reprendió, bajando por las escalinatas, encaminándose hacia el corredor exterior. Ese día no tenía deseos de discutir con ella.
Rin quedó sembrada en el primer escalón por casi medio minuto, sorprendida de escuchar su nombre salir de aquellos labios. Nunca la había llamado así. Y sonaba tan bien, pensó con ligera ensoñación. Su voz aterciopelada y la forma en que arrastraba las letras que conformaban su nombre, como en una sensual melodía, le hicieron sentir un cosquilleo en el estómago. Sin embargo, se obligó a salir de su idilio, pues debía darle alcance antes de que se perdiera por alguno de los corredores del palacio.
Bajó a toda prisa la escalinata, y corrió por el pasillo exterior, cuidando de no tropezar, hasta que lo alcanzó cuando ingresaba a una de las galerías que servían como atajo para llegar a un corredor interior. Rin caminó tras de él, tratando de llamar su atención, pero él la ignoraba, e incluso aceleró su andar para dejarla atrás. Y mientras hacía hasta lo imposible por seguirle el paso, se aseguró de memorizar el dichoso atajo, pues en la mañana había entrado y salido de tantos recovecos, que tardó casi quince minutos en hallar el pasillo exterior correcto.
Cuando Sesshomaru por fin se detuvo, estaban en el pasillo principal del castillo, y Rin por poco se desmaya de la impresión al ver a lo lejos los visitantes que esperaba Sesshomaru.
Eran InuYasha y Kagome.
Los dos entraban por la puerta principal del castillo, tan confundidos como Rin, y llevando dos pequeñas maletas, como si pretendieran quedarse el fin de semana.
— ¡Rin! —Exclamó Kagome, corriendo hacia ella en cuanto la vio, dejando atrás a InuYasha, quien la seguía a paso lento, interrogando a Sesshomaru con la mirada— ¿Estás bien? —dijo Kagome angustiada, viéndola de arriba abajo y tomándole el rostro con sus manos para verla más de cerca. Luego acarició sus mejillas y su cabello, como cerciorándose de que estuviese intacta.
Los ojos negros de Kagome estaban cargados de preocupación, y cuando la observaba de esa forma, Rin no podía dejar de ver a su madre reencarnar en ella. Eran tan idénticas. Incluso Kagome algunas veces se comportaba como si fuera su madre, protegiéndola y sermoneándola. Y ese era precisamente uno de los motivos por los cuales no podría marcharse a Escocia tan fácilmente, aunque Naraku estuviera derrotado y aunque Sesshomaru no la amara: Su hermana. Las dos sufrirían mucho al separarse de nuevo. Nunca debieron separarlas, ni alejar a Kagome de Escocia, así como tampoco nunca debieron seguirles el juego a los condes con el asunto del compromiso.
— ¿Qué hacen ustedes dos aquí? —les dijo Rin horrorizada, sin dejar de ver las maletas, y con una nueva preocupación aflorando en su cabeza.
— ¿Qué tienes? —Inquirió preocupada al ver que su hermana tenía los ojos hinchados—. InuYasha me contó que… —intentó decir Kagome, pero se cayó. Quería explicarle que InuYasha le había hablado de lo ocurrido en la fiesta y de la llegada de los barones, pero con Sesshomaru allí le era imposible—. Deberías estar en Tokio… —se interrumpió, sin saber que decir. Quiso decir que debía estar en Tokio con sus tíos, pero no podía.
Kagome observó a Sesshomaru con recelo, creyendo que él no tenía idea de nada. Entonces, Rin comprendió las preocupaciones de su hermana.
— N-no te preocupes, Kagome —le dijo Rin, sonriendo con tristeza—. Él ya lo sabe. Lo sabe todo —enfatizó.
— ¡Oh mi Dios! —exclamó con su perfecto acento inglés, abriendo los ojos y apartándose de ella, al tiempo que se tapaba la boca con una mano y veía a Sesshomaru y a Rin de hito en hito.
Hasta aquí había llegado la farsa de Rin, pensaba Kagome con cierta preocupación. Y aunque se angustiaba por su hermana, porque debió haberlo pasado muy mal y porque debía estar muy asustada ahora, también se alegraba de que aquella sarta absurda de mentiras por fin se acabó. Después de todo, Sesshomaru era su esposo y tal vez el único con el poder suficiente para ayudarla a no casarse con Ailbert. Pero por otro lado, le preocupaba la posibilidad de que Sesshomaru no la ayudara, y en lugar de eso, la hundiera en una cruel venganza, y Rin tuviera que volver a Escocia y cumplir con su compromiso.
Kagome no quería perder a su hermana de nuevo, y mucho menos quería verla atada a un engendro como Ailbert Blake. Simplemente se negaba a verla morir bajo el yugo de ese cretino. Y sus tíos debían haber pensado lo mismo pues la habían enviado a Tokio lejos de él.
InuYasha por su parte observaba a Sesshomaru y luego a Rin. Kagome le había contado la historia de Rin mientras conducían hasta el castillo, no pudo sentir más que lástima por ellas. Y mientras los observaba, pensaba que debió ser una discusión acalorada, pues su hermano, a pesar de parecer alguien casi inhumano, tenía ligeras señales de agotamiento, y Rin no se quedaba atrás, estaba ojerosa y pálida.
— Este imbécil nos llamó —dijo InuYasha notando que Kagome se había quedado muda y consternada. InuYasha estaba preocupado por el par de hermanas, pero como siempre, lo ocultó todo bajo su fachada de hostilidad— ¿Qué quieres? —le espetó con más fiereza al aludido, recordando la impotencia que sintió al ver llorar a Rin en el taller de Hoshi, cuando habían ido a buscar su vestido de novia.
Sin embargo, para cuando InuYasha terminó de hacer su pregunta, Sesshomaru ya les había dado la espalda, y había empezado caminar estoicamente de regreso al salón de guerra, ignorándolo y dejándolos a solas.
— ¡Oye! —le gritó en vano, pues Sesshomaru no le prestó la más mínima atención.
InuYasha se quiso alcanzarlo, furioso y dispuesto a darle su merecido, pero Kagome reaccionó a tiempo y lo haló del brazo, obligándolo a permanecer a su lado para no atormentar a Rin con una discusión entre hermanos. Rin, Kagome e InuYasha observaron en silencio como Sesshomaru se alejaba por el pasillo, hasta que se perdió tras una de las puertas corredizas de madera.
— Es un cretino. ¡Mentiroso! —murmuró Rin, temiendo lo peor, e ignorando el berrinche de su cuñado.
InuYasha y Kagome la observaron sin comprender a qué se refería, y cuando la mayor se disponía a preguntarle, Rin dijo:
— InuYasha, ¿alguno de los autos de Sesshomaru está afuera?
— No —dijo negando con la cabeza, viéndola intrigado y sin comprender a dónde quería llegar.
— El infeliz nos tiene encerrados —masculló, esbozando una sonrisa rota, para luego morderse el labio inferior con insistencia.
— ¿Encerrados? ¿A mí? ¡Bah! —Se mofó InuYasha, cruzándose de brazos y sonriendo con suficiencia— No seas tonta, enana. Yo puedo entrar y salir cuando quiera —se mofó, inflando su pecho.
— Me tiene aquí desde anoche —les informó—. Dijo que no me dejaría ver a mis tíos si no le decía todo. ¡Y ya se lo dije! —Aseguró impotente—, pero no creo que me deje ir. No se le da la gana. Y ahora ustedes están aquí…
— No entiendo —le atajó Kagome, quien por primera vez estaba de acuerdo con InuYasha en algo: Sesshomaru no podía ser capaz de encerrarlos a todos. Tendría que matarlos primero.
— Me está castigando por mentirle —dijo agachando la mirada, sintiéndose traicionada por él, pues no cumpliría su promesa de ayudarla. Había confiado en la trasparecía de sus ojos dorados infinitos, y se equivocó. Nunca debió creerle—. Me engañó para que le confesara todo, y ahora me castigará evitando que vea a mis tíos. Por eso los trajo a ustedes aquí, para cortarme todas las formas de comunicación con ellos. Los trajo para que no puedan ayudarme, y para que mis tíos no puedan hablar ni conmigo, ni con ustedes, ni con nadie. No podrán localizarme. Nadie sabe que los tres estamos aquí encerrados, y ellos regresaran el lunes sin poder vernos —comentó viendo un punto fijo en la pared, diciendo con desesperación todo lo que se le ocurría a su imaginación.
Kagome negó en silencio, sin poder creer lo que acababa de escuchar.
— El imbécil nos mandó a llamar —le contó InuYasha, aun confundido, haciendo un esfuerzo enorme por hacer caso omiso a la paranoia de Rin. Pero debía admitir que tenía algo de sentido todo lo que había dicho. De Sesshomaru podrían esperar cualquier cosa, incluso una locura como la que Rin estaba diciendo. Sus adversarios en los negocios lo habían acusado de cosas peores, así que esto no debía sorprenderle—. Kazuyo me llamó esta mañana temprano, dijo que tenías problemas, que debía traer a Kagome, y que estarías aquí el fin de semana. Pensamos que…
— Lo peor. Pensamos lo peor, ¡porque esta familia es de locos! —Explotó Kagome, quien seguía consternada. Y viendo a InuYasha como si arrancándole la cabeza a él, pudiera matar también a Sesshomaru, vociferó—: ¡Maldito infeliz! —Estaba molesta de haber caído en la trampa de Sesshomaru.
Kagome pretendía continuar con sus insultos, e incluso ir tras Sesshomaru para enfrentarlo ella misma, pero Kazuyo apareció de repente en el pasillo, obligándolos a callar, y dejando a Kagome con una sarta de insultos atorada en la garganta.
Los recién llegados fingieron normalidad, mientras que Rin esbozó una sonrisa cordial a su hermana y su cuñado, disimulando la incomodidad en el ambiente. Los tres observaron a Kazuyo expectante, y la anciana les informó que el almuerzo se serviría en el salón comedor en unos minutos, y se retiró, comprendiendo la indirecta y presintiendo que los tres tenían mucho de qué hablar, y ella no era bienvenida en aquella plática.
Los tres caminaron hasta el salón comedor, meditabundos y en silencio. Y cuando estuvieron seguros de encontrarse a solas, retomaron su plática, viendo como InuYasha devoraba algunos aperitivos y entradas que estaban sobre la mesa, al tiempo que Rin y Kagome se comían las uñas.
— Podemos irnos y ya —les propuso con la boca llena, como si no viera ningún problema a la preocupación de las mujeres— ¡Mujeres! —masculló todavía con la boca llena, rodando los ojos.
— ¡Cómo si él nos fuera a dejar ir así de fácil! —Dijo Rin con sarcasmo—. Es capaz de hacer que Kazuyo o Ah-Un pinchen tus llantas antes de que podamos huir, tonto.
— ¿Quiénes? —dijo InuYasha, parpadeando y conteniendo un espasmo de risa.
— Ah-Un, los tailandeses —le explicó con obviedad, e InuYasha soltó una carcajada, dejando de lado un pan salado, que acababa de morder, para retorcerse de la risa.
— ¿Y todavía te atreviste a criticar mi sobrenombre? ¡Ah-Un! ¡Feh! "Los Gemelos Siameses", ese sí es un nombre intimidante…
— ¡InuYasha! —Le cortó Kagome con severidad— Cállate—le reprendió, golpeándolo en la cabeza.
— ¡Oye, mujer! ¿Qué te pasa?—se quejó.
Y Rin se mordió el labio desesperada, mientras ellos continuaban con su discusión. En otro momento se habría ahogado de la risa al ver la escena de InuYasha y Kagome discutiendo como niños pequeños, pero ahora, con la angustia de sentirse encerrada, no le hacía tanta gracia.
— ¿Qué está pasando contigo? —reclamó Kagome ofuscada.
Por un momento, InuYasha sintió un escalofrío recorrer su espalda, y detuvo un bocado de panecillo a medio camino de su boca al escuchar el tono sombrío de Kagome. Sin embargo, al levantar la mirada hacia ella, comprendió que aquella reprimenda no era para él, sino para Rin, quien la observaba perpleja, sin saber la razón de su enojo.
— ¿De qué…? —intentó preguntar la menor, pero Kagome la veía furiosa, apretando los puños a los costados.
— Sabes de qué habló, Rin —le atajó—. Tú no eres mi hermana —le retó, levantando la barbilla, justo de la misma forma altanera que lo hacía Rin cuando se enfrentaba a Sesshomaru—. Mi hermana es aquella niña que lo dejó todo y atravesó el planeta sólo para conseguir su libertad. Y no esta joven temerosa que está aquí, frente a mí ahora—le soltó sin tapujos, señalándola—. Tú no eres Rin Marianne Blake —reiteró—. Ella habría hecho hasta lo imposible por salir de este lugar, enfrentándose al mundo de ser necesario con tal de ver a mis tíos. Esa es mi hermana.
Rin tragó en seco, agachando la mirada y reconociendo que su hermana tenía razón. Intentó objetar alguna excusa valida, pero tuvo que reconocer que Sesshomaru la había derrotado al punto de quitarle las fuerzas para luchar. Estaba agotada.
— Me decepcionas, Rin Blake —le escupió, imitando aquel tono que tantas veces había escuchado de su tía Kikyo al referirse a Marianne.
— Yo…
— ¿Dónde está mi hermana? Quiero verla ahora —demandó, apretando los labios—. No puedo creer que en menos de un año, Sesshomaru Ishinomori haya logrado domarte —continuó, negando en silencio con la cabeza, haciéndole una mueca a InuYasha para que no interviniera.
InuYasha quiso intentar calmar los ánimos entre las dos, pero después de aquella siniestra mirada, calló y simplemente terminó de comer el panecillo en silencio, sin poder evitar sentir una pizca de compasión hacia Rin, mientras Kagome continuaba con su reprimenda
— Una amenaza de Sesshomaru no sería impedimento para ella —prosiguió Kagome—. ¿O es que el amor que sientes por él te ha vuelto sumisa, Rin Ishinomori?
Rin levantó la mirada, sorprendida con la forma en que la había llamado. Nunca lo había hecho. "Rin Ishinomori", a pesar de haberlo escuchado cientos de veces y de que ahora casi todo el mundo la llamaba así, sonaba muy extraño escuchar ese nombre salir de los labios de su hermana. Kagome debía estar muy decepcionada para llegar al extremo de decirle todas esas cosas. Y tenía toda la razón, reconoció nuevamente, cerrando los ojos y rebuscando en el fondo de su corazón los girones de la fuerza de antaño.
Levantó la mirada con determinación y observó a Kagome, hallando en sus ojos el apoyo y la fuerza que le faltaba.
— Tengo que salir de aquí —dijo con renovadas fuerzas, y Kagome afiló su mirada, dando por terminado el regaño—. Tenemos que irnos, Kagome —agregó, clavando sus ojos en ella—. Dame tus llaves —ordenó viendo ahora a InuYasha con fiereza, y extendiendo la mano abierta hacia él.
— ¿Qué? ¡Estás loca! —dijo horrorizado, soltando el tercer trozo de pan que ya estaba llevándose a la boca.
— Dámelas, tengo un plan. Tú lo distraes, y Kagome y yo huimos. ¡Dámelas! —Demandó de nuevo impaciente—. No hay más autos en el castillo, así que huiremos en tu auto, y Sesshomaru no podrá seguirnos —le dijo, sonriendo triunfal.
— ¡Dáselas!—corroboró Kagome, presionando a InuYasha para que les entregara las llaves—. ¿Qué esperas?
— No les dejaré mi auto, Thelma y Louise[5] —refunfuñó. Primero muerto antes de entregarles su preciado Maserati GranCabrio a ese par de locas—. ¡Están locas! ¡Jamás! —dijo, cruzándose de brazos como niño caprichoso.
— Por favor —suplicaron al tiempo.
— Y danos la clave de la entrada —agregó Rin, recordando que la reja de la entrada se abría sola en cuanto Sesshomaru entraba o salía, lo que le hacía suponer que debía tener alguna clave.
— Es por teléfono, tonta. Tienes que marcar una clave desde el teléfono de un Ishinomori, niña.
— Se supone que ahora soy una Ishinomori —masculló muy bajo, haciendo un puchero, comprendiendo que el hecho de no tener aquel privilegio con su teléfono celular era una prueba fehaciente de que ella era una Ishinomori de papel, sólo de nombre. "Una boda falsa", se repitió en su cabeza.
— Entonces, danos tu teléfono, InuYasha —le presionó Kagome, sin percatarse del ensimismamiento de Rin—. Y la clave.
Entonces, al escuchar la orden de Kagome, Rin levantó la mirada, como recordando cuál era su prioridad en ese instante.
InuYasha las observó durante unos minutos, contemplando las posibilidades que tenían de triunfar con su plan. Tal vez, sólo tal vez, si lograba distraer a Sesshomaru lo suficiente, ellas podrían huir. Y lo único que se le ocurría para lograr distraerlo tanto tiempo, era llegar al extremo de iniciar una discusión con puñetazos incluidos. Suspirando con resignación, aceptó el plan, pensando en que Kagome tendría que portarse muy bien con él en compensación por los golpes que recibiría por parte de su hermano. Por lo menos merecía que ella dejará de desconfiar, y accediera a ser su novia de verdad y no solamente cuando estaban frente a su público.
— ¡Keh! —refunfuñó, dándole a Kagome el teléfono, pero lo pensó dos veces para entregarle las llaves del auto a Rin. Aun no estaba muy convencido. Nunca había visto a Rin conduciendo, tal vez ni siquiera tenía licencia.
— Dámelas, antes de que él baje y nos descubra. Y si el plan se arruina…—le amenazó Rin.
— ¿Sabes conducir, enana? —Inquirió receloso, apretando la llave de su bólido rojo en la mano— ¿Por lo menos tienes licencia?
— ¡Ja! ¡Por supuesto que sabe conducir, InuYasha! No seas tonto—Aseguró Kagome con cierto orgullo—. Rin aprendió a conducir mucho antes que aprender a andar en bici —comentó tan segura de su afirmación, que InuYasha y Rin quedaron boquiabiertos.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó Rin tras unos segundos en silencio, mirándola a los ojos con curiosidad, al tiempo que le arrebataba las llaves a InuYasha de las manos.
— Papá me lo contó la última vez que vino a verme con mi tío —murmuró agachando la mirada, y de repente sus ojos negros se llenaron de nostalgia y tristeza— unos meses antes de morir —la voz de Kagome se quebró al decir esto, y tuvo que inhalar una bocanada de aire para contenerse—. Papá dijo que… que te encantaba tomar sin permiso los coches del tío Anthony, en especial su adorado Aston Martin DB5[6] —comentó con una risita—. Dijo que siempre huías con los dos perros a dar paseos en auto por Blue Lake—continuó, riendo dulcemente y esbozando una sonrisa melancólica—, y que te alcanzaban sólo en la falda de la montaña, cuando ya no tenías más camino.
Rin sonrió avergonzada y ligeramente feliz. Recordaba muy bien esas travesuras, que siempre terminaban con una reprimenda y un castigo, que generalmente era asistir a las visitas de los condes o ir al castillo a cenar una vez al mes. Pero a pesar del terrible castigo, ella nunca se rendía y siempre aprovechaba algún descuido para tomar el auto o un caballo sin permiso. Sin embargo, no sabía que su tío y su papá hablaban de ella durante las pocas y cortas visitas que les permitía Kikyo. Y aunque esto la hizo sentir feliz, también la entristeció. Habían sido una familia unida y feliz hasta que Kikyo se empeñó en separarlos, alegando que Thomas no era un buen padre y convenciendo a todos de ello.
Pero no era momento de ponerse tristes, ni desgastarse pensando en "hubieras", Rin debía dar batalla una vez más, aunque tuviera diezmadas sus fuerzas de ataque. Debía darlo todo, una última vez. Si el plan resultaba y lograba ver a sus tíos, después del fin de semana dejaría de luchar y se rendiría, ya fuera ante Sesshomaru o ante la embajada, si tomaba la decisión de regresar a Escocia.
— ¡Vamos! —Dijo, tomando a Kagome de la mano y encaminándose a la puerta— ¡Vámonos antes de que…!
Sin embargo, la puerta del salón se abrió antes de que Rin pudiera terminar la frase y antes de pudieran intentar abrir la puerta corrediza del salón.
Sesshomaru estaba de pie en la entrada del salón, haciendo gala de su porte imperial y observando a Rin con sus ojos dorados entornados, como si hubiera podido escuchar su flamante plan desde donde se encontraba. "Será que tiene cámaras ocultas aquí…", pensó Rin, viéndolo con desconfianza y sólo atinó a apretar las llaves en su puño, escondiéndolas de él para no levantar sospechas. El plan estaba comenzando, y si Sesshomaru no las había descubierto, debían ser discretas.
Rin lo observó cautelosa a través de sus pestañas, preparándose para contraatacar de ser necesario, mientras Kagome sólo permaneció inmóvil, viendo a Rin por el rabillo del ojo, atenta a cualquier señal que le lanzara.
— Ven conmigo —le ordenó tajante, arruinando su plan antes de que pudiera empezar.
Rin no se movió, sólo veía a Kagome con angustia, debatiéndose entre obedecer o intentar algo, pero entonces, Sesshomaru la tomó de la muñeca, exasperado por su desobediencia. Y mientras era arrastrada fuera del salón comedor, Rin le hizo un gesto con los labios a su hermana para que no los siguiera. Si alguien debía enfrentar a Sesshomaru era ella. Nadie más.
Sesshomaru la arrastró por el pasillo, hasta que ella tiró con fuerza de su mano al doblar en una esquina para detenerse. Sesshomaru haló de ella nuevamente, pero Rin se sostuvo de una puerta corrediza para impedir que la moviera. Cuando él la soltó y se giró sobre sus talones para asesinarla con su mirada de oro, ella lo enfrentó, levantando la barbilla y sosteniéndole la mirada desafiante.
— Camina —le exigió, pero ella ni siquiera se movió.
— ¿A dónde vamos? Kazuyo dijo que servirían la comida en unos instantes. Quiero comer con mi hermana —demandó, haciendo un ademan de regresar al comedor, pero Sesshomaru la atrapó por el brazo antes de que pudiera dar un sólo paso lejos de él.
— No me retes, Blake. No te conviene —le amenazó, rozando la nariz con la suya, sin poder resistir la tentación de acariciarle el rostro con su mano libre. Sentía que tocarla se había convertido en una necesidad.
Rin suspiró, cerrando los ojos para evitar caer en su hechizo. Su corazón latía locamente con tan sólo un simple roce, y continuaba sin poder creerlo. Permaneció muy quieta, poniendo todo su empeño por parecer inmutable, hasta que él se alejó y tomó su mano con delicadeza para conducirla a su destino.
Mientras tanto, Kagome e InuYasha quedaron pasmados, sin saber qué hacer. La señal de Rin había sido clara para Kagome: debían esperar antes de ejecutar el plan. Pero ella no estaba tan convencida de dejarla ir con Sesshomaru. Rin parecía haber perdido todas sus fuerzas de la noche a la mañana y no estaba bien, y Kagome sabía que la única razón para eso era que los recuerdos del pasado, que siempre la atormentaban, se habían fortalecido luego del interrogatorio de Sesshomaru. Y temía por su hermana.
— InuYasha —le susurró, viendo como su hermana y su cuñado se perdían poco a poco por los pasillos— ¿No es peligroso? —InuYasha la interrogó con la mirada, y ella le respondió viendo hacia la espalda ancha de Sesshomaru.
— ¿Sesshomaru? —Preguntó InuYasha con cierta extrañeza— ¡Keh! No seas tonta, mujer —Sesshomaru podía ser un cretino, soberbio y perverso, pero era incapaz de hacerle daño a una mujer, y menos a Rin. Cuando Sesshomaru posaba sus ojos en ella, InuYasha podía notar un cambio muy sutil en ellos, que pasaría desapercibido para la mayoría, pero no para él. Después de todo eran hermanos, y conocía a Sesshomaru desde que tenía memoria. Y si estaba seguro de que Rin estaba loca por Sesshomaru, también estaba seguro de que ella no le era del todo indiferente—. Ese engendro jamás golpearía a una mujer, y mucho menos a Rin, si es lo que te preocupa —le aseguró.
— Pero si la encierra en…
— No lo hará —dijo pasando el brazo por sus hombros, tranquilizándola—. No lo permitiremos —le aseguró, en un desborde de valentía y cierta galantería—. De seguro la fastidiara, pero nada más.
— Y eso me preocupa más —dijo zafándose de su abrazo y saliendo tras ellos.
Si él intentaba golpearla, de seguro Rin le daría su merecido, de eso estaba más que segura pues ella había puesto en su lugar al Ailbert en más de una ocasión. Sin embargo, en el estado de abatimiento y melancolía en el que estaba su hermana, de seguro cualquier comentario malintencionado la dañaría más que un golpe. Estaba muy contrariada como para poder soportar una sola más de las crueldades de Sesshomaru Ishinomori. Y Kagome no le permitiría lastimarla más. La defendería como solía defenderla hacía años de las travesuras del hijo del conde. No permitiría que le hicieran más daño a su hermana.
— Kagome, espera —dijo saliendo de su sorpresa, para luego ponerse en marcha tras ella—. ¡Espérame! —InuYasha la siguió, volviéndose para ver con pesar la comida sobre la mesa.
Rin mientras tanto, caminaba por el pasillo, sonrojada al sentir el contacto cálido de la mano de Sesshomaru. Su gesto fue tan suave que logró desarmarla por completo. Aun pensaba en que era increíble lo que su tacto podía hacerle, mientras que Sesshomaru se reconfortaba al sentir su aroma cerca y su pequeña mano entre la suya. Jamás podrían negar que la química que existía entre sus cuerpos era más fuerte que el deseo de discutir hasta sacarse los ojos, pero ninguno lo admitiría al otro. Así que ambos lo admitieron para sí mismos, permitiendo que un placentero silencio los envolviera.
Silencio que duró poco gracias a la curiosidad de Rin.
— ¿Ya nos vamos? —inquirió en un suave murmullo, esperanzada al ver que se acercaban a la entrada.
Sesshomaru guardó silencio, ligeramente molesto porque había roto aquel idílico momento. Entonces, Rin temió de nuevo que hubiese descubierto su plan, como siempre solía ocurrir. Se mordió el labio, esperando encontrar el auto de InuYasha con los neumáticos desinflados o con el motor vuelto añicos. Sin embargo, al poner un pie fuera del portón de piedra del imponente castillo, pudo constatar que el auto rojo estaba intacto y reluciente como siempre.
Sesshomaru se quedó de pie en la parte de superior de las escalinatas, obligándola a no moverse. Y Rin sintió la llave del Maserati GranCabrio quemándole las manos. Pensó en la tentadora oportunidad que tenía de correr y huir. Tal vez si tomaba a Sesshomaru por sorpresa, él no lograría alcanzarla a tiempo.
Pero entonces, divisó algo a lo lejos que llamó su atención: El Aston Martin y el Audi entraban por el sendero bordeado por árboles.
Rin interrogó a Sesshomaru con la mirada, al tiempo Kagome e InuYasha los alcanzaban fuera del portón de piedra tallada. Pero al ver los autos andar en dirección al castillo, los dos se quedaron tan intrigados como Rin.
Los tres observaban a Sesshomaru con curiosidad, pero él los ignoraba adrede con toda su magnificencia. Y cuando los autos estaban por llegar a su destino, Sesshomaru bajó las escalinatas con Rin tomada de la mano, como si sólo estuviesen esperando que los autos estacionaran para subirse y regresar. Sin embargo, ambos autos venían ocupados.
Rin miró hacia atrás para interrogar en silencio a InuYasha, quien se había quedado sembrado junto con Kagome arriba. Ninguno de los dos despegaba los ojos de los autos, y ni siquiera parpadeaban.
Rin volvió la vista al frente cuando el Audi aparcó, y de él descendieron dos siluetas muy familiares para las dos hermanas: Los señores Feldman.
InuYasha arrancó a Kagome del suelo, y la condujo por las escaleras hasta estar a escasos pasos de Rin y Sesshomaru. Y esta vez fue Rin quien se quedó sembrada, y Sesshomaru no hizo ningún esfuerzo por arrancarla de allí.
Los señores Feldman saludaron a Rin y a Kagome con una sonrisa y un fuerte abrazo. Pero toda la atención de las dos estaba en el Aston Martin negro que estaba aparcando tras el Audi.
El corazón de Rin latía a toda velocidad, sin poder creer lo que ocurría. Buscó apoyo en los ojos ambarinos de Sesshomaru, tratando de hallar en ellos alguna señal. Lo miraba con una ilusión renovada, comprendiendo por primera vez lo que ocurría y esperando que él le confirmara que era cierto, que no era una invención de su imaginación, y que no estaba dormida sobre su regazo en el salón de guerra y soñando todo lo que estaba ocurriendo.
Sesshomaru simplemente asintió a modo de respuesta, y Rin le sonrió sin saber qué decirle, dedicándole la sonrisa más sincera que había visto en su vida.
— Gracias —fue lo único que pudo susurrarle con la voz entrecortada.
Sin embargo, Sesshomaru no necesitaba de palabras ni agradecimientos, con aquella sonrisa había sido suficiente para él. Su sola sonrisa iluminó más que el sol.
Aclaraciones:
[1] Rin Marianne Angela Blake: En algunas partes del mundo se acostumbra a poner dos, tres y hasta cinco nombres a los niños y niñas, especialmente en ciertos países de América Latina, en España y en el Reino Unido, como es el caso de los príncipes George (George Alexander Louis) y Carlota (Charlotte Elizabeth Diana) de Cambridge.
[2] Professor: En inglés se utiliza está palabra para referirse no sólo a un profesor, sino a un profesor con muy alto rango en una universidad o colegio. Generalmente son personas con maestrías o doctorados.
[3]Stirling: Es una de las ciudades más importantes de Escocia, se encuentra en la región central del país y es considerada el centro de las industrias de gobierno, comercio y electricidad. Es un antiguo burgo, situado alrededor del Castillo de Stirling y el antiguo centro medieval.
[4] MI6: El Servicio de Inteligencia Secreto (Secret Intelligence Service), más conocido como MI6 o SIS, es la agencia de inteligencia exterior del Reino Unido. Trabaja junto con el Servicio de Seguridad (MI5), las Jefaturas de Comunicaciones del Gobierno (GCHQ) y el personal de Inteligencia de la Defensa (DIS), bajo las órdenes del Joint Intelligence Committe. El MI6 es responsable de las actividades de espionaje del Reino Unido en ultramar.
[5] Thelma y Louise: Es una road movie de principios de la década de los 90's, protagonizada Geena Davis (Thelma) y Susan Sarandon (Louise). También actúa Bratt Pitt haciendo el papel de un ladrón ultra sexy que engaña a las dos mujeres (este fue su primer papel importante en Hollywood). La película ganó un premio de la academia por mejor guion original, y muestra a dos heroínas que responden con armas a la violencia machista y a los paradigmas sexistas de la sociedad. Se ha convertido en una película de culto para las feministas, e incluso se ha llegado a pensar que tiene cierto tinte misantrópico por la violencia hacia los hombres, siendo considerada también una película "anti-hombres", pues glorifica a las heroínas que tratan mal a los hombres machistas.
[6] Aston Martin DB5: Es un modelo de auto lanzado en 1963 por Aston Martin, apodado "El auto más famoso del mundo", es conocido por ser el auto más memorable de James Bond. Su primera aparición fue en la película Goldfinger.
Hola chicos,
Antes que nada, quiero agradecerles por la espera, y desearles un feliz y próspero año. Espero de todo corazón que todas sus metas y deseos para este 2016 se hagan realidad.
De nuevo me he extendido y ha salido un capítulo de 54 páginas de mi formato habitual de Word, pero como este ya es una segunda parte del capítulo 33, no me pareció adecuado dividirlo a la mitad y hacer tres partes de "Un Ángel en el Camino". Entonces, pensé en publicar un maxi capítulo de casi el doble de páginas en compensación por la demora y como regalo atrasado de navidad, de año nuevo y de Reyes.
Como siempre, espero que este capítulo haya sido de su agrado, que no los haya aburrido demasiado, y que resolviera la mayoría de las dudas respecto al pasado de Rin y a lo que piensa Sesshomaru. Ahora sabemos por qué Rin huyó de Escocia, el asunto del compromiso, la relación con su tía Kikyo, y el ángel en el que se convirtió Sango para ella durante los años que vivió en la pensión. Siempre he pensado que es curioso como la vida y ciertas circunstancias se encargan de separarnos de aquellas personas que han significado tanto para nosotros, haciendo que algunas veces sea muy difícil acercarnos a ellas nuevamente, justo como ocurrió con Sango y Rin. Para ambas debe ser muy incómodo pretender llevar la misma relación de antes, teniendo en cuenta lo ocurrido con Kohaku (que después se aclarará un poco más). Y aunque Rin sabe que Sango no es culpable de los actos de su hermano, y Sango sabe que Rin tampoco tiene culpa, por mucho que se quieran, por mucho que se extrañen, su relación tal vez no volverá a ser la misma.
Por otro lado, en muchos aspectos esta confesión sobre el pasado ha sembrado más dudas acerca del futuro de ese par de tercos (Sesshomaru y Rin). Si bien Sesshomaru se ha ganado el cielo con este último gesto y obtuvo la redención por sus canalladas, convirtiéndose en un ángel sexy, Rin aún tiene muchas dudas. Además, Naraku está destruido y Rin no cree poder soportar el instante en que Sesshomaru le diga "Adiós y Gracias por tu ayuda". ¿Qué pasará ahora? ¿Rin regresará a Escocia con sus tíos a cumplir con la palabra de su padre? ¿Sesshomaru le permitirá regresar? ¿No hará nada para impedirlo?
También creo que ha quedado más que claro el nombre del capítulo y quiénes son los ángeles de Rin.
En el siguiente capítulo tendremos un reencuentro esperado por años, y que hasta hacía tan sólo unos cuantos capítulos se veía como algo imposible. También tendremos algunas sorpresas y revelaciones adicionales, porque las intrigas no pararan. Lo prometo.
Estaré esperando con ansias sus comentarios sobre el capítulo y también qué piensan que ocurrirá más adelante. A partir de ahora tal vez tendré más tiempo de escribir puesto que he perdido mi empleo, pero creo que ya necesitaba un descanso, por lo que he decidido tomarme unos cuantos días para mí y para hacer las cosas que me gustan (como leer, tejer y escribir), antes de iniciar a trabajar nuevamente.
Agradezco a aquellos que agregaron la historia a sus alertas y favoritos, especialmente esas personitas que la han seguido desde el comienzo, hace ya cuatro años. Gracias a todos los lectores por su paciencia. Y les aseguro que haré todo lo que esté de mi parte para darle buen fin a esta historia que nos ha hecho llorar, reír y maldecir tantas veces.
Mil y mil gracias por todos sus comentarios, por tomarse el tiempo de escribir lo que piensan y lo que les gustaría que ocurriera. Gracias también a aquellas personitas que dejaron sus comentarios por PM, en especial a Ceci y a frutadragon34. Y al igual que tú, frutadragon34, creo que fanfiction no es el lugar para hablar de temas tan espinosos como la política y las relaciones diplomáticas entre dos países hermanos, pero quiero agradecerte por tu mensaje de apoyo a todas las familias que están padeciendo por el cierre de la frontera, ya que por todas aquellas personas que piensan igual que tú es que podemos tener esperanzas de un mundo mejor y sin desigualdades de ningún tipo para las generaciones futuras. Aún es posible soñar con un mundo libre y en paz, y todos podemos poner nuestro granito de arena para lograrlo.
Un abrazo para todos. Los quiero mucho. ¡Ah!, y disculpen cualquier dedazo que pueda haber quedado por allí.
Nos leemos pronto. Un abrazo de oso gigante.
Sammy Blue
