ADVERTENCIAS:
Esta historia contiene lenguaje violento y obsceno, escenas fuertes tanto de violencia como de sexo.
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, menos Nadine y su familia que son originales míos, y Eric Northman perteneciente a la autora Charlaine Harris, creadora de True blood.
Hay escenas y diálogos que están inspiradas de otras novelas, series o semejantes, al igual que otras son invención mía.
Para cualquier duda, sugerencia o crítica constructiva, estoy a disposición de quien quiera.
Capítulo 36
Varios días después de nuestra boda, todo volvió a la normalidad. Me sorprendía de mí misma al sentir nostalgia de la bendita rutina, que ahora era tan lejana en mi vida.
Al terminar el trabajo a eso de las 9 de la tarde, regresaba a casa cuando mi teléfono comenzó a sonar. Yo sin quitarle el ojo a la carretera, lo cogí. No conocía el número, pero aún así descolgué.
-¿Diga?
-¿Es usted Nadine Chalsy Thord. –Preguntó una fría voz de mujer al otro lado del aparato.
-Sí... ¿Qué ocurre?
-Verá, la llamo del hospital Santa María en San Francisco, tengo malas noticias para usted, señorita.
Cuando la mujer termino de hablar dejé de recibir información de mi entorno, sólo podía concentrarme en la trágica noticia, no podía creerlo... En ese mismo momento me eché al arcén derecho y paré el vehículo colgando a la mujer, y dejándome caer sobre el volante mientras mis lágrimas comenzaban a brotar sin quererlo.
La noche se adentró y yo seguía en la misma posición que hacía 3 horas. Nada había cambiado, seguía sin admitir aquella noticia. Era imposible, así de repente... Perderlo todo prácticamente.
Salí de mis pensamientos cuando noté una presencia fuera del vehículo. Giré para observar por la ventanilla y encontré a Carlisle de pie, asomando.
El rubio abrió la puerta ante mi respingo, y al observar mi rostro, cambió su tierna y cálida sonrisa por preocupación.
-Nadine, ¿qué haces aquí parada? Hace tres horas que saliste del trabajo... ¿Has estado llorando? –Pude observar como su rostro iba oscureciéndose a medida que avanzaba en sus preguntas, y preocupado, veía como no reaccionaba ante él.
-Mis padres y Amanda han muerto, Carlisle.
Su rostro pasó de la preocupación a la sorpresa más extrema en menos de un segundo. Quedó tan atropellado por los acontecimientos que no supo qué hacer en unos instantes, hasta que sin decir nada, me abrazó fuertemente, y yo volví a romper en llanto.
Tras aquel largo y reconfortable abrazo, rogué al hombre que me llevara al hospital de inmediato, ya que recordaba que la mujer me dijo que debía reconocer los cadáveres aunque supieran que eran ellos.
Tras unas horas largas de viaje llegamos al Santa María, y en ese momento comenzó la verdadera pesadilla de la que empecé a ser consciente.
Nos adentramos en el enorme hospital acercándonos a la recepción. Carlisle habló todo el rato mientras yo escuchaba mecánicamente.
Tras esperar durante un rato que se hizo eterno, un hombre con bata blanca y mayor se acercó a nosotros diciendo mi nombre completo. Ambos nos levantamos, y de forma automática, Carlisle cogió mi mano con fuerza, siguiendo al hombre hasta la sala de autopsias.
Una vez dentro de ella noté como mi corazón se encogía hasta límites insospechados al observar tres cuerpos sobre varias de las frías mesas metálicas. El doctor se acercó a los cuerpos, y antes de tocarlos me miró con firmeza, preguntando si estaba lista para que los destapara.
Asentí levemente mientras tragaba y respiraba con fuerza tratando de controlar el frenético latir de mi corazón.
El hombre levantó las sábanas de los tres cuerpos dejando al descubierto sólo los rostros de los cadáveres. Los contemplé con los ojos muy abiertos, y en ese momento comencé a sentirme realmente mal.
Me puse rápidamente la mano en el pecho al sentir como cada vez el ritmo era más rápido, como el mareo empezaba a invadir mi cuerpo junto con un temblor que no podía controlar.
-¡Nadine, qué te ocurre! –Habló desesperado el rubio mientras me sujetaba con rapidez.
-No... No puedo respirar, me duele el pecho. –Susurré con dificultad mientras seguía hiperventilando, cogiendo grandes bocanadas de aire.
-¡Rápido, está en arritmia respiratoria! –Gritó Carlisle al médico mientras tomaba mis pulsaciones, tumbándome en una de las mesas de autopsias, echando mi cabeza para atrás.
Abrí los ojos con lentitud tratando de ubicarme mientras observaba la estancia de hospital en la que me hallaba. En el sofá de al lado estaba Carlisle, quien se levantó rápidamente cuando me vio.
-¿Cómo estás, cariño?
-Me siento cansada... ¿Qué ha pasado?
-Entraste en parada respiratoria después de un ataque de ansiedad tras... Bueno, ya sabes. Lo siento tanto, mi amor.
El rubio se acercó con rapidez y me abrazó con fuerza mientras yo lloraba desconsolada. Había comenzado el principio del final.
Pasadas varias horas dejaron que nos fuéramos del hospital, pero tras los acontecimientos pasados, era mejor no abandonar San Francisco hasta que estuviera arreglado todo lo relacionado con los funerales, así que Carlisle decidió que nos quedaríamos en un hotel hasta que pudiera entrar en casa de mi familia sin sufrir riesgos para mi salud.
No pude dormir ni hacer nada que no fuese llorar en todo lo que quedó de noche, abrazada al rubio. Me hundí en el sufrimiento sin poder salir de aquella dolorosa espiral.
Al segundo día de recibir la noticia, celebramos el funeral en San Francisco, una mañana nublada que amenazaba lluvia.
Miré a mi alrededor observando toda la gente que había allí. No conocía a mucha, y eso me relajó, ya que no tenía ganas de hablar ni poner caras de agradecimiento.
La familia de Carlisle se encontraba allí al completo, incluyendo a Esme, que había vuelto de sus vacaciones en mi ausencia. Toda la mancha negra que formábamos guardó silencio cuando comenzó la ceremonia.
Después de una hora que se hizo eterna, la gente comenzó a irse tras darme el pésame, algunos lloraban, otros simplemente parecían tristes.
Jessica y su madre se pegaron un buen viaje para asistir y reconfortarme con sus palabras, cosa que agradecí bastante, pero después de que las dos mujeres se fueran hubo una visita que me impactó muchísimo.
-Siento mucho lo de tu familia, Nadine. Entiendo lo que estás pasando, como puedes imaginar.
-Eric... ¿Qué estás haciendo aquí? -Susurré con voz trémula.
-Quería mostrarte mi apoyo, sabes que podéis pedirme lo que necesitéis. –Dijo con voz baja y tranquilizadora sin dejar de clavar sus ojos hielo en los míos, mientras limpiaba con su pulgar una lágrima que surcaba mi rostro.
Quedé impactada tras su actuación, mirándolo extrañada mientras musitaba un seco gracias. Después, el rubio sonrió levemente y comenzó a caminar hacia su Corvette negro.
