Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer,la historia es de mi propiedad y queda absolutamente prohibida su adaptación o traducción, ya sea parcial o total. CONTENIDO SEXUAL + 18.


Recomendación:

Heavy in your arms – Florence + the Machine.

Mentira – La Ley.

.

Capítulo 35

.

Bella POV

Lo dicho me salió sin pensarlo, no había querido ser tan directa y cruel en mis palabras, pero el miedo irracional con la idea de tener un bebé me subía a la cabeza.

—Si eso es lo que quieres. Bien ¿Quieres ir a Nueva York entonces? —me preguntó con voz glacial, lo que de verdad me dolió.

—Sí. Acá no puedo averiguar si estoy o no embarazada —le dije, imitando el tono de su voz.

Se separó de mí para pararse del sofá y quedarse mirándome con los brazos cruzados.

—¿Qué crees tú que es?

Medité un momento en su pregunta, con la mirada fija en mis dedos, que se tocaban entre sí por el nerviosismo. No sabía qué decir, era una pregunta muy profunda que requería bastante tiempo para pensar. Además, era solo una suposición, nada especial.

—No lo sé, Edward, no puedo saber o creer si estoy embarazada o no —exclamé. Tomé una gran bocanada de aire—. Lo único que sí sé es que yo no quiero bebés. —Lo último lo dije con rabia, no porque realmente lo sintiese, más bien fue un comentario impulsivo del que me retracté en seguida.

Todo el cariño de Edward en días anteriores, se había esfumado. Lo noté frío y aquejumbrado, y no era para menos, prácticamente había expulsado de mis labios unas ganas de abortar. ¿Quería abortar? ¡Eso era absurdo! Yo no era una asesina, no sería capaz de hacer eso ni aunque Edward no se hiciese cargo. No, Edward no podía creer que yo quisiese abortar, él me conocía y sabía que yo no era así. Pero, ¿y por qué me miraba así, con tanto odio? ¿O es que era mi imaginación?

—Bien. Iremos a Nueva York hoy mismo. Arregla tus cosas, nos vamos —demandó secamente.

No esperó a que me levantase para ir con él, salió raudo del lugar dejándome atrás. Mi corazón se oprimió con fuerza, nunca lo había visto así. ¿Íbamos a dejar hoy mismo el paraíso? Yo no me sentía lista para irme, no ahora que todo estaba tan bien. ¿Por qué se me ocurrió justo hoy decir mis sospechas?

Ahora iba entendiendo un poco. Edward no quería tener hijos conmigo, nada más que eso. ¿Qué otra razón podía haber para que actuase así? Lo más probable es que pensase que yo tenía la culpa de todo, que estaba tirando por la borda una relación precoz y jovial, una relación que apenas llevaba un mes. Claro, ¿cómo fui tan tonta?

—Pudiste haber esperado un poco, tuve que correr para alcanzarte —le gruñí a Edward.

Me esperaba en la puerta, con el torso hacia la pared, con aire suficiente y socarrón. Odiaba como me miraba en ese momento, como si yo no fuese Bella, SU Bella.

—Llamaré a Jasper para que contacte a algún médico…

—Yo tengo mi propio médico, no tienes por qué preocuparte —le interrumpí, deseando que abriera la puerta lo más rápido posible para tomar mis cosas e irnos de aquí.

Ahí estaba, lo que tanto temí, había acabado el gran viaje. Debí haberme callado la boca.

—Llamaré a Krishnan para avisar de nuestro viaje de vuelta, avisaré a David para que acuda en representación de nosotros —añadió, abriendo la puerta para dejarme entrar. Ahora era lo bastante caballero.

David es el vicepresidente de la empresa en Londres, tuve una oportunidad de verlo, cuando era solo el gerente en recursos humanos. Tenía una muy buena relación con Carlisle, por lo que ocupó el puesto de Edward en un rápido tiempo.

En cuanto entramos a la suite, se me llenaron los ojos de lágrimas, era el lugar más hermoso que había conocido y yo no quería irme. Pero ahora debía afrontar lo que se venía: si estaba o no embarazada. No obstante, la actitud que había tomado Edward me angustiaba aún más, desde que le dije mis sospechas.

Había descartado la posibilidad de que creyera que abortaría, me conocía ¿no? Él no era capaz de creerme hacer eso. Lo único que se me ocurría era sus nulas ganas de ser padre conmigo.

Comencé a colocar mis cosas en la maleta con rapidez, ignorando que estaba amontonándolas y arrugándolas. Miré de reojo la cama que tenía en frente, la cual había sido testigo de los más hermosos sucesos durante esta semana, ahí Edward me había hecho el amor, ahí había profesado su amor por mí y yo mi amor por él.

Suspiré.

—El jet está listo, viajaremos a las 7 de la tarde —anunció, como si yo no tuviera opinión.

Asentí levemente, no tenía ganas de discutir, no ahora que sentía nuevamente náuseas.

Nos fuimos en aquella lancha maldita. Intenté hacerme la valiente, solo porque no estaba el cariño de Edward para abrazarme y decirme que todo estaba bien. Por eso cerré los ojos fuertemente, me abracé a mí misma y comencé a pensar en cosas lindas, como cuando Edward y yo estábamos en la piscina derramando miel. Sí, ese era un hermoso recuerdo.

Nos esperaba el chofer con una gran sonrisa. Preguntó por qué nos íbamos tan rápido, siendo que la estancia en India era 3 semanas y nosotros solo habíamos estado una sola. Edward se limitó a decir secamente que había cosas más importantes que hacer y que era el turno de otra jefatura. Aunque claro, yo era ahora el jefe máximo de todo ese imperio textil y a mí me correspondía estar ahí.

Hacía un calor de los mil demonios, maldije a Edward interiormente, no era una hora para viajar. Gracias a Dios llevaba un pantaloncillo burdeos y una remera a tiras de color azul, por lo cual el poco aire que corría se filtraba cómodamente por las telas.

—Quédate aquí —me pidió, para después alejarse entre la multitud y comenzar a hablar con la azafata.

Me senté en la silla de plástico azul, al lado de una señora y su hijo; debía tener unos 5 años. Me sentí incómoda, porque me miraba insistentemente al igual que la señora, que no debía pasar de los 40 años.

—Es usted la Srta. Swan, ¿no? —me dijo sonriente.

Por su acento supe que era americana. Y me reconocía, qué agonía. Por lo menos no había hecho ningún gesto de asco o desprecio como lo hacía mucha gente en la ciudad de Nueva York.

Yo no me consideraba una estrella, pero qué bien me conocían a mí en Estados Unidos y el mundo en general. No era por mi trabajo, eso no era lo que les causaba sensación, más bien era por mi belleza —eso no podía hacerme sentir mal, al contrario—, y mis conquistas. Más de una vez habían mostrado apoyo para mí, pero siempre era consciente del odio que tenían contra mí, quizá por mis aventuras que sin pensarlo saqué a la luz. Gracias al cielo que nunca se dijo nada sobre lo de Frederick y yo, solo se habló de una amante en el matrimonio.

La historia que teníamos entre él y yo era bastante. Nunca fuimos novios, pero él me buscó tantas veces que ni yo sé qué sentía realmente por mí. Con Frederick hice cosas que no muchos podrían soportar, pero yo no era consciente de lo horrible que se estaba haciendo mi vida. Buscaba formas para despejar mi mente, sobre todo cuando me hice vicepresidenta de la empresa.

¿Qué diría Edward si le contase que su amigo Frederick se había acostado con su novia? ¿Qué diría si supiese que yo con él tuve prácticas fetichistas y sadomasoquistas? A él le encantaba ser el sumiso. No me decía ni Bella ni Isabella, me llamaba "maîtresse", algo completamenre repugnante si lo veía desde este punto de vista. Adoraba que lo golpease con varillas y yo aceptaba como vil imbécil.

Había muchas cosas que no quería recordar, no con Edward cerca. Dolería contárselo, y mucho. Estaba segura de su amor por mí, pero no sabría cuánto podría aguantar de mi pasado, no cualquiera tenía un pasado como el mío. Y no cualquier novio aceptaría que su chica fue una dominatriz vocacional.

—Tiene un lindo hijo —le comenté, acariciando el cabello del niño.

—Muchas gracias —respondió.

Nos quedamos un rato en silencio, la señora parecía incómoda por mi presencia, como si yo fuese a morderla. Le sonreí otra vez para que no pensase que yo era una bruja.

—¿Qué hace aquí en la India? —le pregunté para matar el rato, mientras Edward hacía quizá qué cosa.

—Ah bueno, vinimos de vacaciones por unos días. No tenemos tanto dinero, por lo que ya tenemos que volvernos.

Nos quedamos un rato hablando, como si fuésemos unas grandes conocidas. Me fue impactante el cambio que sentí con respecto a esto. Antes que Edward llenase mi corazón por completo, yo era una vil mujer amargada, una bruja maquiavélica. Ahora hablaba con señoras comunes y corrientes y acariciaba cabellos de niños. Más bien, había vuelto a ser la amable Isabella. No obstante, seguiría siendo histérica, enojona e irritable, ese siempre fue mi carácter; algo más duro.

¿Tanto te puede renovar el amor?

Al rato llegó Edward, con el peor caracho que pudo haberme mostrado. Les dije adiós a la mujer y a su hijo, para luego irme junto a mi novio, el que ahora estaba más frío que una piedra.

Saludamos quedamente a la azafata, luego al piloto y a su compañero. Notaron que el ambiente se podía cortar con cuchillo, por lo que no atinaron siquiera a preguntar cómo estábamos. Yo tampoco hubiese podido contestar a aquello.

Gracias a Dios el aire acondicionado del jet no nos permitió asarnos, porque la espera para despegar iba a ser asfixiante. Para mi sorpresa, Edward me tendió una bolsa de Skittles, mis dulces favoritos. Pero estaba enojada, no iba a recibirle eso, ni siquiera me había besado durante todo este rato. Además, ¿cómo sabía cuáles eran mis dulces favoritos?

Eso me llevó a una pregunta que me carcomía por dentro durante mucho tiempo. ¿Cuándo sabríamos más de nosotros? ¿Cuándo sabría yo de él?

Le hice un gesto negativo con mi cabeza. Se encogió de hombros y la abrió para comenzar a comer él, con aire despreocupado. Rechiné los dientes de rabia, ni siquiera sabía lo que le pasaba. Y lo extrañaba demasiado. ¿Cómo todo pudo cambiar en un segundo?

Hizo un movimiento con la pelvis, algo que me llamó la atención. Era su celular que vibraba. Contestó de inmediato, sin antes mirar a la pantalla con suspicacia.

Estuvo hablando un largo rato, lanzando gritos y nombrándome con demasiada frecuencia. Me asusté, ¿qué pudo haber sucedido? Me agarré de los brazos del asiento y miré a la ventana, esperando a que eso me pudiese calmar. Sentí los mareos nuevamente, pero aguanté las ganas de vomitar, ahora no era el momento.

—Atacaron tu oficina —me dijo con la respiración elevada, parecía tener rabia y susto.

Un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral, como si algún cable hubiese hecho contacto con esa parte de mi cuerpo. Cada vez se acercaba más a mí, pronto esto acabaría mal, muy mal…

—¿Recién? —intenté sonar calmada para que Edward no me atacase con sus preguntas.

—Claro. Acaban de llamarme. —Se agarró de los cabellos con fuerza, temí que pudiese hacerse daño—. Bella, ¿hay algo que no me has dicho? —inquirió, con los ojos suplicantes.

¡No! No podía decirle que Damian estaba suelto por ahí, iría en su búsqueda y sería capaz de muchas cosas. No quería a Edward involucrado en esto, no podía permitirlo. Iba a protegerlo de todo esto; de Frederick, de Damian, de nuestras familias y si era posible, de Jane. Incluso si eso me perjudicara a mí.

—No, Edward —dije quedamente.

—James no me dijo eso…

—¿Qué dijo James? —pregunté con el alma en un hilo.

—Que hay unas empleadas que despediste y te han estado acosando desde entonces.

Fruncí el ceño. Eso era mentira. ¡James había mentido! Eso solo lo pudo haber hecho porque sabía de Damian… ¿Desde cuándo sabía de Damian? ¿Por qué, en vez de decir aquello, le contó la verdad a Edward? Una orden. Una orden de Charlie.

Tomé mi celular para llamar a James, para advertirle que Charlie no podía darle vueltas a aquel asunto, que no debía recordar los sucesos de mi vida porque estaba enfermo del corazón. Pero la maldita azafata me lo prohibió porque íbamos a despegar ya. Maldije interiormente, ansiando que este viaje de 14 horas acabara luego.

Me quedé dormida contra la ventanilla sin darme cuenta, solo hasta que un fuerte golpe en mi cabeza me despertó; fui yo misma intentando acomodarme. Miré a mí alrededor buscando a Edward en el oscuro avión, para recriminarle el hecho de que no estuviese junto a él. Al minuto recordé que él estaba enojado conmigo y yo igual, sin razón fija.

La azafata corrió hacia mí para ofrecerme algo, pero viendo lo inestable que estaba mi estómago preferí tomarme solo una coca cola. Enseguida la vomité.

Cuando salí del baño vi a Edward en el sitial frente a una mesa redonda de roble oscuro. Estaba revisando unas hojas, seguro eran sobre la campaña. Parecía atareado o estresado. No me gustaba verlo así.

Mi corazón me pedía a gritos que le preguntase por qué estaba actuando de esa manera, porque se rehusaba a creer aquella teoría, la de Edward asqueado de tener hijos conmigo. Pero mi orgullo y mi subconsciente no querían que fuese hacia él, me regañaban obligándome a esperar a que Edward dijese la primera palabra.

Con lágrimas en los ojos me fui a sentar al asiento, esperando hasta llegar a Nueva York.

. . .

Le pedí a Edward que fuésemos a ver la oficina para intentar ver alguna señal del atacante, aunque yo ya sabía quién podía ser. Damian. De cualquier forma, iba a pedirle que no lo comentase más con Charlie, porque él estaba enfermo.

En el avión me había puesto un vestido color rojo pasión, el cual me apretaba el cuerpo no tan sugestivamente como a mí me gustaba, pero tuve que ponerme el más suelto por Edward. Los tacos negros que primero encontré hacían perfecto juego.

—Te esperaré aquí para que vayamos a dejar las cosas al departamento y luego ir al médico —susurró.

—Bien —le contesté.

Entré por la puerta principal, saludando cortésmente a las recepcionistas y a algunas personas que pasaban por ahí. Recibí muchas preguntas y algunas acotaciones como: "¿por qué llego tan luego, Srta. Swan? ¿Fue por el ataque a su oficina?

—El jefe de marketing ha recibido una muy mala bienvenida, Srta. Swan —me contó Luciano, un empleado de aseo que era bastante amable conmigo.

—¿Ha llegado ya el jefe de marketing? —inquirí sorprendida. Quería conocerlo.

—Sí. Hoy mismo. Es un hombre muy extraño, pero se nota bastante profesional.

Subí al último piso: gerencia. Entré al último pasillo, la puerta más grande era la mía. La manilla estaba forzada y se escuchaban voces desde el interior.

—James, ¿qué ha sucedido? —le pregunté con rapidez, viendo como todo estaba destrozado.

—¡Bella! ¿Qué haces aquí? —Recordé que nadie le dijo que yo volvería—. ¡No debiste haber venido! Es más importante tu presencia junto a Krishnan que acá, además ya di aviso a la policía.

—No fue por eso que vine, James. —Me miró inquisitivo, listo para hacerme preguntas—. Luego te diré, ahora no es buen momento.

Me agaché para recoger los muchos papeles que había en el suelo, figurillas de porcelana que me gustaba coleccionar y… un cuadro de Edward y yo que había puesto una semana antes de irme.

Era una foto que me gustaba mucho, nos la habíamos sacado con mi cámara antes de irnos de Elizabethtown. Edward me besaba la mejilla, mientras yo sonreía como una boba. Estaba hecho, literalmente, pedazos.

—Yo sigo creyendo que fue Tanya, lo hizo por despecho, estoy seguro.

Tanya no pudo haber sido, eso solo le haría peor a su reputación con sus "adorados" tíos Charlie y Renée.

—¿Por qué le mentiste a Edward? Sabes que nunca he tenido a ningún ex empleado asechándome.

—Fue una petición de tu padre. De inmediato me avisó que debía dar aquella razón al ataque, quizá para que nadie sospechara de su sobrina.

Tenía a favor la posibilidad de que James no supiera absolutamente nada de Damian. Yo todavía no tenía completamente la seguridad de que había sido él, pero debía descartar a Tanya de esto, ella tampoco era tan mala.

—¿Y Jane? —Ella podía ser también, ya que no habíamos sabido nada de ella desde ese accidente.

James levantó sus perfectas cejas, dándome la razón. Otra persona a la lista.

No iba a decirle que Tanya no era sospechosa, porque no quería que se inmiscuyera más en el tema. Mientras más, era peor.

Seguí recogiendo algunas cosas que estaban botadas y esparcidas por el suelo. Guardé el retrato roto dentro de mi bolso, iba a arreglarlo. James lo quedó mirando un buen rato, luego sonrió con un brillo extraño en los ojos.

—¿Qué? —inquirí.

Se encogió de hombros y agrandó más su sonrisa, ahora estaba burlón.

—Me hace feliz verte feliz, Bella. ¿Quién iba a pensar que estarías de novia con tu vicepresidente y que además de eso guardases una foto de ustedes juntos en la oficina? —De repente cambió el tono de su voz e hizo un ademán de padre protector—. No permitas que esto cambie completamente tu lugar en la tierra, no vayas a hacer todo lo que él diga o te convertirás en la típica mujer de.

Sabía perfectamente a lo que se refería. James me conoció así, independiente a pesar de todos los obstáculos, buscando mi descanso interior. No quería que me convirtiera en alguien dependiente de mi novio, no quería que cambiase ese aspecto dominante y duro de mi misma.

—James… Edward es el hombre más increíble, romántico y capaz de todo este universo. Él siempre está pendiente de lo que yo quiero, de lo que yo considero correcto; sin embargo, soy dependiente de su amor, lo necesito para sentirme bien conmigo misma. ¿Tiene sentido? Yo… no lo sé, nos complementamos mucho juntos, él ha puesto en mí algo que me hacía mucha falta.

—Amor —James completó la frase.

Me reí de él, pero no con ánimos de burlarme, más bien era un "gracias" tú me entiendes.

—Lo amo, James —dije suspirando.

—Ups… ¿Te diste cuenta de aquello hace muy poco?

—No. Siempre lo supe.

Sentí unas manos grandes rodear mi cintura, acariciando con delicadeza mi vientre. Mis ojos se aguaron, porque él había prestado atención a la tripa, en donde, si Dios quería, podía estar viviendo un pedacito de nosotros dos.

Me giré para besarlo, lo había extrañado demasiado durante el viaje. Además, el semblante frío que me había mostrado horas antes era tan doloroso como una quemadura en el corazón.

James carraspeó cuando nuestro beso duró más de lo planeado. Lo quedamos mirando en modo de disculpa, pero el hizo un gesto con la mano, aplacando su molestia.

—Bella, me gustaría que nos juntáramos hoy, en mi departamento —me pidió mi mejor amigo.

—Sí, claro. Hoy tengo que ir a hacer algunas cosas importantes y luego me paso por tu departamento.

—Dile al marica de Jacob que quiero hablar con él, ya ni me toma en cuenta desde que comenzó a hablar contigo —dijo Edward a James.

Nos quedamos mirando asombrados, no teníamos idea que Edward sabía de la condición sexual de su mejor amigo y asistente.

—No sabíamos que tenías conocimiento de Jacob como homosexual —le comentó James.

Edward abrió los ojos como platos, sorprendido de aquella afirmación. Creo que alguien la había cagado…

—¿Qué? ¿Jacob es gay? ¿Y tú ya has hecho algo con él? ¡Ah! Maldita sea —gimió Edward.

Ambos, James y yo, hicimos un gesto de dolor. Sin querer, la verdad había salido accidentalmente.

—Jacob me matará por esto.

—Yo lo mataré por no haberme dicho algo tan importante. —Dirigió su atención a mí—. ¿Tú lo sabías, Bella?

Asentí con rapidez, deseando que no se enojara conmigo.

—Ah, vaya. ¿Soy el único estúpido que no sabía de la condición sexual de mi mejor amigo? —nos preguntó dolido. Creo que estaba siendo exagerado.

Nos quedamos callados un momento. Pero luego rompió el silencio:

—Jacob está viviendo contigo ahora, ¿no? Porque no me cuesta adivinarlo.

—Sí, hace ya un mes que vive conmigo. Edward, lo siento mucho, yo no debía decírtelo era él…

—Sí, está bien. No tienen la culpa de esto. Iré a tu departamento entonces, para hablar con Jacob mientras ustedes hacen lo que se les dé la gana.

Se me retorció el estómago cuando Edward me pidió sutilmente que nos fuéramos a nuestro departamento. Ahora venía lo peor; el test de embarazo.

Durante el camino a la farmacia más cercana, sobre un taxi con un conductor que nos había reconocido de inmediato y afirmó ser fan de nosotros, nos movimos entre silabas constantes y murmullos, tratando de evacuar el nerviosismo de nuestra mente.

Edward bajó del taxi y compró el test más bueno que encontró. En seguido miró a su alrededor para que nadie lo viese. Quería protegerme de los murmullos y chismes del país. Las noticias corrían bastante rápido, de eso no cabía duda.

—¿Nadie te reconoció?

—Sí. Bastante, realmente. Pero son éticos, no pueden hablar de lo que venden —me dijo para tranquilizarme.

Mi departamento estaba completamente limpio, lo más probable era que Alice había venido a hacer acto de presencia y con su paciencia había limpiado algunas cosas.

—Te esperaré afuera, ¿sí? —Me dio una mirada de apoyo.

—Independientemente de lo que pueda salir en aquella prueba, no quiero que te sientas mal por…

—Shh… —me calló, poniendo su índice en mis labios—. Todo lo que sucedió hace unas horas no tiene importancia. Soy un imbécil, eso deberías saberlo.

Me besó durante un largo rato, pasando su lengua por mi labio inferior. Aquel gesto me inundó de valentía.

Abrí el test con los dedos temblorosos, ansiosa y a la vez temerosa de lo que pudiese salir. Pero era hora de afrontar las irresponsabilidades. Hice todo lo que me decía, ahora quedaba esperar los 10 minutos.

—Bella, ya ha pasado mucho tiempo —llamó Edward, tocando la puerta del baño con rapidez.

—Espera, Edward, todavía queda esperar unos minutos.

—Pero quiero esperarlos contigo.

Le abrí la puerta para que entrara, su rostro estaba crispado y asustado. Me senté en el retrete y él lo hizo en el suelo. Los minutos pasaban demasiado lento para mi gusto; mi impaciencia me estaba jugando chueco.

La pequeña pantallita del test comenzó a marcarse, lo que me demostró que salía positiva. Positiva…

—¿Qué quiere decir esa marca, Bella? —me preguntó inocentemente.

Tragué saliva con fuerza, no estaba preparada para decirle esto. ¡No estaba preparada para ser madre! Maldita sea.

—Dice que estoy embarazada —susurré.

Edward no dijo nada, solo escuchaba su corazón palpitar fuertemente cuando me abrazó. Pero eso no quería decir nada, todavía faltaba la opinión del médico. Era demasiado pronto para deducir un embarazo, quizá era otra cosa; o yo estaba demasiado desesperada por una salida a esto, que estaba ya delirando y diciendo cosas sin sentido.

—Tengo que ir con mi médico hoy mismo —exclamé, parándome del retrete—. Falta una segunda opinión.

Asintió brevemente.

—¿Puedo acompañarte? —preguntó tímidamente.

—Sin ti no podría hacer esto —le dije antes de romper a llorar.

Me volvió a abrazar, dándome todo el aliento que necesitaba. Era una crueldad traer al mundo a un ser que solo sufriría viendo a su madre traumatizada y aterrorizada por un hombre que le hizo daño en un pasado. Además, Damian no iba a quedarse tranquilo, podría matar a Edward sin consideración por los celos imbéciles que seguía sintiendo.

Cuando mis lágrimas pararon, Edward se separó de mí para mirarme fijamente y decirme con completa convicción lo siguiente:

—Voy a estar siempre contigo, que de eso no quepa duda. Te amo, Bella. Puedes contar conmigo para lo que sea —me susurró, con sus labios apegados a los míos, pero sin besarme. Tenía sus manos en mi cabeza, para que no desviase mis ojos de los suyos.

—¿Cualquiera sea la causa? —pregunté con un hilo de voz.

—Claro que sí, mi amor, claro que sí.

Completó su frase con un dulce beso, mientras limpiaba las lágrimas que habían corrido por mi cara. Cerré los ojos, percibiendo el calor de su cuerpo junto al mío.

Llamé al Dr. Stevenson para acordar una hora en su consulta. Él me había traído al mundo, atendió a mi madre en todo su parto. Le tenía mucha confianza, él sabría guardar el secreto.

Como una película era el escenario en el que me encontraba, con mujeres embarazadas de panza hinchada, mientras leían revistas y cotorreaban sobre sus futuros hijos. Edward apretaba con fuerza mi mano para que no entrara en pánico cuando me preguntaban si era mi primer control. Era un verdadero martirio.

—Sé que puede sonar imbécil, pero quiero conocerte un poco más —me dijo.

—Creí que me conocías lo suficiente —le contesté con sinceridad. No entendía su propuesta.

—Tus gustos, tus hobbies, todo… Es tiempo de saberlo, ¿no? Puedes hacerlo conmigo también —masculló.

Le sonreí divertida, solo él podía distraerme con aquello.

—Comienza tú —le pedí.

—Está bien —hizo una pausa—. ¿Color favorito?

—Amarillo —respondí rápidamente—. Siempre es alegre y motivador, sobre todo aquel que es claro y nítido—. ¿El tuyo?

—El azul. Es liviano, templado. Todo lo hermoso en este mundo es azul: el cielo, el mar…

—Pero yo no soy azul —dije bromeando.

Se rio de mi comentario, pasó un brazo por mis hombros y me besó.

—Buen punto. —Se quedó pensando en alguna pregunta, luego me preguntó—: ¿Grupo o cantante favorito?

Nunca nadie me lo había preguntado, sinceramente ni yo. Aunque recordé mi adolescencia, solo un cantante me había hecho vibrar en tamaña magnitud.

—David Bowie.

Edward enarcó una ceja, como si aquel cantante no encajase conmigo.

—¿El tuyo?

—Mmm… es una decisión bastante difícil. Muchos me gustan, pero… creo que Louis Armstrong se queda con el puesto —dijo Edward.

Me sorprendí de aquello, un gusto musical bastante sofisticado. Hablaba muy bien de él, todo en Edward estaba perfecto. Maldito.

—¿Qué es lo que más te gusta hacer? —volvió a preguntar.

—Eso ya lo sabes. Me gusta cocinar cosas dulces, leer, la fotografía, ver películas. Soy una mujer bastante casera, no me gusta mucho salir y esas cosas. Supongo que lo tuyo es la equitación, ¿no?

—Bueno, hay un nuevo hobby que ha sido incluido en mi lista —dijo, mirándome intensamente—. Estar contigo.

Mis mejillas se tiñeron de un fuerte rojo, como si fuese la primera vez que decía algo lindo de mí. ¿En qué momento había dejado de ser el hombre inmaduro e irritable de antes, para luego pasar a ser mi propio Romeo y mi Darcy? No entendía desde cuando habíamos caído en este profundo lazo afectivo, del que no me interesaba salir.

—Srta. Swan —llamó la enfermera—. Puede pasar. Sola —me dijo, dándole una mirada a Edward.

Antes de entrar besé sus labios, preparada para lo que podría suceder luego. La enfermera me dio una sonrisa tranquilizadora, para luego cerrar la puerta tras mi espalda. Caminé con lentitud hacia el escritorio del Dr. Stevenson, el cual revisaba con atención unas hojas.

—Buenas tardes, Bella —me saludó amablemente, con una sonrisa.

—Buenas tardes —mascullé.

—Bueno. —Dejó los papeles a un lado y juntó sus manos perfectamente limpias—. ¿Qué te trae por estos lados?

Comencé a divagar, no sabía qué decirle. Me sentía extraña, siempre venía con él para volver a comenzar mi proceso de anticonceptivos o para hacerme un chequeo. Ahora era por algo mucho más serio.

—Creo que estoy embarazada —le dije.

El doctor abrió levemente los ojos. Sí, le sorprendía, y él era un médico con más de 30 años de trayectoria.

—¿Te has hecho algún test anteriormente? —me preguntó, hablando con suma delicadeza.

—Sí. Ha salido positivo —mi voz se quebró en la última sílaba, amenazando con derramar más de una lágrima.

El médico posó una mano en la mía, palpándola con suavidad.

—Tranquila, Bella, tranquila. Claramente hay ausencia de menstruación, ¿no? —Asentí ante su pregunta—. Bueno, ¿qué otro síntoma puedes notar con respecto a esto que te haga sospechar?

Le comenté las náuseas, los vómitos y uno que otro desmayo anterior. Los cambios de humor tampoco se me olvidaron, intenté explicarle completamente todo lo que me sucedía. El médico no parecía darme una respuesta muy alentadora, porque asentía levemente y anotaba en un pequeño cuaderno con tapa de cuero.

—Disculpa que te lo pregunte así, eso a mí no me corresponde, pero… ¿por qué estás tan nerviosa, querida mía? Te conozco desde que eres un bebé, ¿puedo ayudarte en algo?

—Sabe que no soy una mujer que… que ansíe una familia, conoce mi historia.

El Dr. Stevenson me revisó cuando tuve aquel encuentro con Damian, siempre me tranquilizaba y daba confianza. Me dijo que no había tenido daños en el útero ni en la vagina, que tampoco había habido fecundación de ningún tipo. Declaró en contra de Damian, mi padre no se lo había pedido, pero él quiso hacerse presente. Afirmó violación y violencia, mostró algunas pruebas y lo demás no lo supe.

—Bella, sabes que aquel tipo no volverá a hacerte daño. Sé que el trauma puede ser duro, que no quieres que tus futuros hijos puedan pasar por lo que tú pasaste. ¿O es que ha sido un accidente y no tienes pareja estable?

—No, no. Edward me apoya en un cien por ciento —dije rápidamente—. Es… Yo… no me siento segura de ser una buena madre. He pasado por muchas cosas en mi vida, y siento que todo se desmoronará más si esto ocurre.

El médico me dio unos consejos, como si fuese mi propio padre. Sabía lo que decía, era alguien que conocía de la vida y de madres, como también me conocía a mí lo suficiente para opinar con respecto a mi vida.

—Haremos una ecografía transvaginal, para asegurarnos sobre tu posible embarazo. Aunque viendo tus síntomas y tu periodo de irregularidades, estamos frente a un embarazo casi acertado.

Mi corazón comenzó a bombear sangre con mucha rapidez, sus palabras seguían hundiéndome y me sentía completamente sola en la consulta. Miré con miedo la camilla que había más allá, había un monitor de última generación a su lado. No tenía idea cuál era la ecografía transvaginal, pero algo me decía que sería horrible.

—¿Edward vino contigo? —inquirió, parándose de su silla.

Asentí levemente, tocándome los dedos para evitar mirar a mí alrededor. Estaba temblando.

Se acercó a la puerta y le dijo algo a la enfermera. De pronto apareció Edward con los ojos brillosos y una mueca de nervios. Me paré con rapidez para recibir su abrazo.

—Un gusto conocerlo, Sr. Edward. —Mi médico le tendió la mano con amabilidad; mi novio la aceptó con una sonrisa nerviosa.

Dr. Stevenson me dirigió a la camilla. Puse las piernas en los estribos, completamente expuesta. Edward estaba a mi lado, acariciando mi cabeza con sus dedos; susurraba cosas bellas en mi oído, como por ejemplo lo que haríamos luego de salir de aquí.

Vi como el médico levantaba una especie de sonda, la cual cubrió con un preservativo y gel. Lo introdujo con lentitud diciéndome que todo era completamente indoloro. Edward evitó mirar, más que nada por una cosa de respeto, mientras yo moría de vergüenza ya que nunca me había tocado pasar por esto.

—Auch —gemí levemente. Estaba siendo un poco molesto.

—No te preocupes, solo es un tanto incómodo —me dijo con una sonrisa.

Sentí el nerviosismo de mi Edward, el que graciosamente me produjo ternura. El médico movió un poco el aparato, mientras miraba la pantalla que tenía a mi lado. Levantó las cejas con sorpresa, pero sin embargo, no podía descifrar qué demonios quería decir o qué estaba pensando.

—Vaya, vaya, vaya —susurró—. Bella, quiero que te fijes en la pantalla.

Miré hacia el televisor en blanco y negro. No vi nada.

—Solo veo mi interior, Dr.

—Así es, Bella. No estás embarazada.

—¿No?

—¿Qué? —Edward parecía incrédulo. Incluso decepcionado.

.

El Dr. Stevenson garabateó unas cuantas cosas en su agenda, mientras Edward y yo estábamos sentados frente a él con nuestras manos agarradas. Cuando acabó juntó sus manos, como era costumbre, y se nos quedó viendo con aquellos ojos avellana.

—Hay muchas cosas que se han confabulado en tu salud, Bella. Sé que has tenido muchas crisis en tu menstruación y esta es una de ellas. Has sido muy irresponsable con respecto al uso de la pastilla anticonceptiva, pudo haber habido embarazo si es que tu periodo hubiese corrido correctamente —me regañó como un padre regaña a su hija.

—Lo… lo siento, Joshua, digo Dr. Stevenson. —Me sentía una tonta adolescente.

—Y tú Edward, ¿no has pensado que tú también tienes culpa en todo esto? —el tono de voz que utilizó con él fue más bajo, mucho más amable.

—Doctor, yo nunca quise que Bella pasara por esto, siempre creí que era responsable. Bueno… lo es pero, soy lo bastante adulto como para hacerme cargo de algún error.

Joshua Stevenson asintió, dándole la razón.

—Te preguntarás por qué los mareos y náuseas —dijo. Yo asentí otra vez—. Lo más probable es que sea el estrés.

Iba a protestar, pero Edward comentó algo:

—En eso tiene razón el médico, Bella, has estado pendiente de qué hacer por la empresa, te estás tomando muchas molestias por algo que es en conjunto. Además, atacaron su oficina, Doctor, ha habido discusiones en la familia y la ha pasado muy mal. ¡Todo está relacionado!

El doctor volvió a asentir, como si todo lo que decía Edward tuviese sentido alguno.

—Tus estados anímicos y los desmayos pueden estar ligados a lo mismo, pero me gustaría hacerte un examen hormonal para descartar desórdenes y aclarar mi teoría sobre tu menstruación. Sería bueno comenzar con otro tratamiento anticonceptivo, para que en un futuro si te decides a tener hijos, sea con completa convicción.

Nos despedimos con una nueva alegría en los ojos; por lo menos de mi parte. Pero Edward estaba como… vacío.

—¿Qué sucede, Edward? —Le hice parar con mi mano en su hombro.

Se giró a mirarme, luego me dio una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Me hubiese gustado que aquello sí hubiese sido realmente verdad —susurró.

Apreté mis labios para que mis lágrimas no se derramaran, aunque fue inútil. Lo abracé sintiéndome culpable, había sido egoísta, no me detuve a pensar qué pensaría Edward con esto. Tampoco supe preguntárselo, porque algunas de sus actitudes no las entendía.

—Lo siento, de verdad…

Me separó de él para mirarme, supe ahí que algo dije mal.

—¿Lo sientes? ¡No tienes que sentir nada, Bella! Debí ponerme en tu lugar, averiguar si tú realmente eras capaz de cuidar de un hijo. Yo solo estaba pensando en mí, en lo que podría serme feliz en un futuro.

En lo que podría serme feliz en un futuro… ¿Es así como sería feliz? Si era así, entonces yo no podría facilitarle aquel camino. ¡Yo no servía para ser mamá! No había tenido el mejor ejemplo, como tampoco me crie para serlo. Me sentía fría y tan vil como traumática, una mujer no podía concebir un hijo con aquellas características.

—No te preocupes, Edward, de cualquier manera uno busca la felicidad.

Lo último lo dije con la voz temblorosa, sabiendo que mi vida no sería para siempre junto a él. Edward buscaría la felicidad junto a alguien que le diese hijos, una vida familiar completa. Yo estaba destinada a estar sola, pasando por romances furtivos que no me darían nada a comparación de lo que ahora compartía con mi Cullen. Dolía, pero era realista, el amor muchas veces no tenía por qué ser el pilar indestructible de esta balanza, muchas veces lo ocupamos como escudo, sin saber lo débil que puede ser.

Con el nudo en la garganta entablamos una conversación completamente diferente, como si mis pensamientos no fuesen más que eso, pensamientos.

Deja de sentir autocompasión, Isabella, el amor debería de darte todas las ganas de luchar, me dijo mi consciencia, la cual hace mucho tiempo no hacía actos de presencia.

¿Luchas contra qué? ¿Contra las ganas de ser padre del hombre al que amaba? Era injusto para mí también, ¿quién se ponía en mí lugar?

. . .

Había sido un día completamente normal, lejos de malos ratos y problemas. Edward y yo habíamos estado casi toda la mañana juntos, tratando de remediar el fracaso de nuestras vacaciones en Udaipur. Hoy también se iría David, para terminar todo el proceso de unión con Krishnan.

Comenzaría hoy por conocer a nuestro nuevo jefe de marketing. James estaba bastante contento por su nueva contratación y me prometió que sería un hombre muy profesional y bueno en lo que hacía.

—Quiero irme a casa —gemí, completamente exhausta de todo.

—Lo sé, mi amor, pero tenemos que ir al departamento de James. Además, Jacob me debe una explicación de su… homosexualidad —dijo, dando un leve respingo.

Rodé los ojos. Era un exagerado.

Yo estaba cómodamente sentada sobre sus piernas, recibiendo unos cariños de sus dedos alrededor de mi rodilla descubierta, cuando tocaron la puerta, obligándonos a separarnos abruptamente. Ante todo estaba la decencia.

—Bella, Bella, Bella —comenzó a decir James tratando de entrar—. Nuestro nuevo jefe de marketing ha venido a verte, quiere conocer a su futura jefa.

Alisé mi falda mientras Edward se arreglaba la corbata. James abrió la puerta para dejar pasar a la última persona que pensaba ver.

—Buenas tardes, Srta. Isabella —dijo con aquella voz ronca, dura y masculina.

Damian.

Damian estaba frente a mí, sonriendo y mirándome con sus duros ojos azules.


Buenas noches a las chilenas (ups, no sé qué hora es en otros lugarcitos de donde me leen), pero bueno, debo decir gracias por leerme, porque en serio sus rr me alegran mucho los días.

¿Qué tal el cap? :o creo que he sido demasiado cruel con el final u_u y sé que muchas querían bebé :( pero bueno... la vida sigue... jajaja ATENTAS CHICAS, QUE YO SOY BASTANTE BIPOLAR CON RESPECTO A LOS SUCESOS ENTRE EDWARD Y BELLA! Y cuidado con Jane también! :)

UN BESO GRANDEEEE.