Esta historia es de Krazyk85, yo sólo traduzco.

Aclaración: Los personajes y lugares reconocibles son propiedad de Stephenie Meyer. El argumento y demás ingredientes de esta obra, son de la autora.

*Capitulo dedicado a mi Yoa querida (Yoa. ), solo porque sí; y a Eve (Evetwilight) porque este es TU capitulo... digo... ;) Las amo, bldas.

*Por si no dije antes, hay un link para trailer que hice para este fic. Advierto que tiene muchos SPOILERS!

.

Chop and Change

Capítulo treinta y seis

Lo primero que noté fue el cálido aliento de Edward en mi nuca. La punta de su nariz rozaba mi piel mientras se acercaba a mí, presionando su dura erección contra mi espalda baja, pegando nuestros cuerpos. Mantuve mis ojos cerrados, temiendo abrirlos y ser consciente, y así arruinar este momento perfecto.

La mano de Edward estaba extendida sobre mi estómago, su pulgar moviéndose sobre el borde de mi camiseta. La habitación estaba tranquila y mis sentidos en alerta máxima, cada sonido, no importa lo insignificante que fuera, estaba grabado profundamente en mi mente. Había personas en esta habitación, y mientras las manos de Edward me tocaban, deslizándose por mi cuerpo, rozando sus dedos a lo largo de mi piel húmeda y yendo hacia abajo, supe que, en cualquier momento, nos atraparían haciendo cosas malas debajo de las sábanas blancas.

Hubo una tos en el otro lado de la habitación, rompiendo el silencio y deteniendo a Edward. Por un largo momento, él no se movió, y cada una de sus respiraciones, que se desplegaban por mi cuello, fueron contadas: uno, dos, tres, cuatro, cinco, y así sucesivamente. Era hipnótico.

Entonces, sin previo aviso, comenzó de nuevo, arrastrando sus largos y expertos dedos por mis piernas. Los metió por entre mis muslos, empujando y separándolos ligeramente. Mientras levanté la pierna y la apoyé sobre la suya, él deslizó su mano hacia arriba y frotó la tela de mis pijamas. La fricción, profunda y enloquecedora, hizo que mi corazón latiera rápidamente, golpeando fuerte contra mi pecho.

Llevando mis manos hacia atrás con ojos todavía cerrados, me aferré a su lado, queriendo y necesitando más. Se movió y acercó más a mí, sin dejar espacio entre los dos.

Lento y metódico, se frotó contra mí sobre mis prendas, arriba y abajo, profundo y duro, dejando mi cuerpo ardiendo.

Presioné mi culo contra su polla, haciendo que embistiera su pelvis hacia delante. Hubo un gruñido profundo que retumbó en su pecho y sonreí con aire de suficiencia.

Dos pueden jugar este juego, amigo.

Edward bajó mis pijamas, acarició mi culo desnudo con su mano y le dio una nalgada. Picó y mordí mi labio, tirando de sus bóxers, deseando —necesitando— quitar la última barrera.

Pero mi mente dejó de funcionar, todo pensamiento se fue, cuando dos de sus dedos se deslizaron entre mis labios, acariciando y excitándome, rozando mi sensible clítoris.

La respiración que una vez fue tranquila y controlada se volvió un jadeo pesado y solté un suave gemido. Me sentía como una ramera necesitada. Así de fácil le era llevarme de cero a sesenta.

Este hombre sexy, loco y hermoso era mío.

Shhh, —susurró en advertencia, envolviendo su mano libre sobre mi boca.

Asentí, abriendo mis ojos por primera vez y escaneando la habitación. Había cuerpos en el suelo debajo de mí, dormidos. El sol naciente se asomaba por las cortinas, dando a la habitación un tono rojo anaranjado y quemado profundo.

Mantuvo su mano sobre mi boca, sin confiar en que me quedaría quieta, mientras introducía sus dedos en mí. Mordí el interior de mi mejilla y presioné mi culo contra él, rogando por más. Él respondió bombeando sus dedos en mí, arqueándolos y haciendo que mis caderas embistieran contra su palma. Enterró su rostro en mi cuello, besando y mordiendo la piel. Todo era demasiado, quería sentirle —todo él— dentro de mí.

Deslizando mi mano dentro de sus bóxers, envolví mis dedos alrededor de él, sujetando su falo firmemente. Agarrarlo firme en mi mano era difícil y mis dedos a penas se podían tocar, él era tan grueso. Eso me sorprendía y excitaba, sabiendo que esto era mío, cada pedazo de ello.

Edward embistió, convenciendo a mi mano para moverse, buscando fricción, y lo acaricié, lento al principio, ganando más impulso mientras él movía sus dedos dentro y fuera de mí. Rodé mi pulgar sobre la cabeza, extendiendo la humedad sobre su piercing, y él mordió mi hombro para mantener sus gemidos en secreto. Dolió pero el dolor era tan excitante y solo hizo que me llevara al frenesí.

Pronto se volvió más de lo que Edward podía manejar, cada giro de mi muñeca y caricia de mi mano era su perdición, y puso su mano sobre la mía, deteniéndome. No pasó mucho tiempo antes que sus bóxers fueran arrancados y que su cabeza estuviera alineada en mi entrada, entrando lentamente, llenándome.

Jadeando ante el contacto, y con una mano callándome, fue Edward el que hizo ruido. Quise reírme y bromear por ser como una zorra en celo, pero la posibilidad de ser escuchados o atrapados teniendo sexo no era algo para reírse, así que mantuve mi boca cerrada, respirando profundamente por la nariz.

Escuchamos con atención y nuestros cuerpos presionados fuertemente; la habitación estaba en silencio en su mayor parte. Nos envolvió la débil respiración y ronquidos de varios invitados, así que nuestras actividades en la gran cama iban pasando desapercibido—o al menos, eso esperaba.

Después de un momento, Edward comenzó a moverse dentro y fuera de mí, envolviendo sus brazos a mi alrededor y metiendo sus manos por dentro de mi camiseta. Agarró mis pechos y pellizcó mis pezones con sus dedos y pulgares. Quería gritar. Me atrajo más cerca y mantuvo un ritmo fácil, nada muy frenético o fuerte. Fue lento y gentil, y con cada embestida de sus caderas, golpeaba un lugar con tanta intensidad que me consumía.

Dios, se sentía tan jodidamente bien.

Mierda —siseó suavemente Edward en mi oído mientras aceleraba el ritmo. Bajó su mano y agarró mi pierna clavando sus dedos en mi piel, usándola como palanca para mantener el equilibrio.

Poniendo mi mano sobre la suya, me incliné contra su pecho y levanté mi pierna un poco, dándole mejor acceso para penetrarme más profundo. El movimiento de nuestros cuerpos fundiéndose juntos bajo las sábanas apenas era notable. Lo mantuvimos discreto, lo mejor posible, pero por otra parte, cualquier persona con medio cerebro sabría lo que estábamos haciendo.

Trazó su boca a lo largo de mi cuello y hombros, mordisqueando mi piel enrojecida, y mientras sus manos se envolvían protectoramente alrededor de mi cintura, empujando en mí, llevándome cada vez más cerca del borde. Al fin, dejé soltar un gemido de mis labios.

Y no me importaba la gente en nuestra habitación, esparcidos en el suelo, dormidos o despiertos, no importaba. Mi vista estaba cegada por la lujuria, y mi cuerpo estaba completamente devoto Edward.

—Bella —me advirtió en un susurro, entrelazando sus dedos en mi cabello y tirando mi cabeza hacia atrás—, tienes que estarte quieta, nena.

Asentí en acuerdo, mordí mi labio mientras la otra mano de Edward se movía hacia mi clítoris, frotándolo fuertemente con dos de sus dedos. Empuje mi culo hacia atrás, encontrándome con sus fuertes embestidas y sintiendo comenzar a construirse la tensión en mi estómago.

Sintiendo que estaba cerca, aumentó la velocidad, embistiendo contra mí más y más rápido, olvidándose de mantenerse quieto. Gruñó y resopló ante el esfuerzo, mordiendo fuerte mi hombro con sus dientes, succionando la piel. Mantuve la respiración, apretando mi mandíbula, mientras con fuerza y fugazmente, se apoderó de mí.

No fue hasta que bajó el ritmo y se detuvo, descansando su frente contra mi cuello y susurró: —Eres jodidamente hermosa —, que caí en la cuenta que se vino dentro de mí sin protección.

Debió de haberse dado cuenta también, porque sus brazos se tensaron y me apretaron como un vicio, quitándome el aire de mis pulmones. Jadeé, tocándole el brazo, y él maldijo en voz baja, soltándome de su abrazo fuerte.

—Lo siento —murmuró, inclinándose y ayudándome a ponerme mi pijama. Se sentó y miró alrededor de la habitación. Todos seguían dormidos, o al menos pretendiendo que lo estaban. Volvió su vista hacia mí, aparentemente en conflicto. Esos profundos ojos verdes buscaron los míos mientras la culpa y el pánico lo consumía—. ¡Maldita sea! —Sacudió su cabeza, acariciando mi mejilla con su mano—. Lo siento. Mierda. Soy un jodido idiota.

Yo no sabía qué decir porque no podíamos deshacer, ya estaba hecho, y si incluso intentaba apaciguar sus preocupaciones al explicarle biología a él, sabía que no me escucharía. Era mejor dejarlo despotricar—cosa que solo hizo por un momento, besándome y pidiendo disculpas cada vez que decía algo ofensivo.

Entendía sus preocupaciones por completo.

Éramos un desastre, y los niños no encajaban en este mundo que creamos—mierda, yo seguía siendo una niña. Había muchas maneras en la que estábamos cagando nuestras vidas, y honestamente, no podía imaginar lo que le haríamos a un niño inocente….

—¡A la mierda! —dijo, asintiendo con firmeza, sacándome de mis pensamientos.

—¿Qué? —susurré confundida.

—Si pasa, pasa.

Le entrecerré mis ojos.

—¿De qué hablas?

—Solo digo que si pasa, lidiaremos con ello —dijo, volviéndose a recostar y envolviéndome en sus brazos—. No puede ser tan difícil, ¿no?

—¿Niños? —pregunté, levantando mi cabeza del hueco de su cuello para mirarlo. Sus ojos estaban cerrados y tenía una leve sonrisa en sus labios.

Se encogió de hombros.

—Sí, seguro, ¿por qué no? Son pequeños, ¿no?

Reí, volviendo a recostar mi cabeza.

—Sí, son pequeños, ¿de acuerdo?

La responsabilidad de cuidarlos es lo que los hacía grandes y para nada pequeños. Sin embargo, no le dije eso. Era mejor dejarlo vivir en negación. Teníamos otras cosas por las que preocuparnos, y si cualquiera que fuera el plan que había tramado en su mente retorcida no funcionaba, iba a dar a luz a su pequeño "oops" tras las rejas.

Sí, es este momento, la posibilidad de estar embarazada era el menor de nuestros problemas.

.

.

Después de nuestro primer robo juntos, en el que casi nos atrapan. Edward llamó a Jasper y Emmett, explicándoles cómo su plan se descarriló un poco y que necesitaba su ayuda. Ellos estuvieron de acuerdo, sin dudar siquiera en conducir miles de kilómetros para venir a rescatarnos del atasco—uno que nosotros mismos hicimos.

Por supuesto, Edward minimizó mi participación en todo, e incluso no mencionó que fue mi exceso de emoción que causó el desvió de su plan en primer lugar. Emmett y Jasper sabían la verdad, sin embargo, especialmente cuando nuestros rostros aparecieron en CNN y MSNBC; nuestro primer crimen había sido hecho con nuestras identidades a la vista. El robo fue descuidado y caótico, y no se necesitaba a un genio para averiguar quién estuvo detrás de eso.

Yo.

Siempre era yo.

—Hey, —dijo Edward, llamando mi atención—, ¿por qué fue eso?

—¿Eh? —respondí, confundida—. ¿De qué hablas?

Se puso de pie detrás de mí mientras me inclinaba por el balcón, mirando al campo detrás de la carretera. El viento había subido, soplando mi cabello a mi alrededor, y refrescando mi cuello caliente. Edward apoyó su barbilla en mi cabeza con sus brazos envueltos alrededor de mi cintura. Mantenía mi cuerpo fuertemente presionado contra la barandilla, envolviéndome con seguridad dentro de su calor.

—Ese suspiro que acabas de hacer —dijo, alejándose un poco y levantando su mano para acariciar mi cuello—. ¿Estás preocupada por… —su mano se movió hacia mi vientre—, tú sabes?

Sacudí mi cabeza.

—No, no es eso —suspiré otra vez—. Es solo… —pausé, dejando caer mi cabeza en su pecho—. Realmente siento lo que pasó en Iowa, Edward.

—¿Iowa? —preguntó y pude escuchar la confusión en su voz. Después de un momento, se dio cuenta de lo que quise decir y rio suavemente—. Oh, diablos, nena, esa mierda no es gran cosa. En realidad funcionó a nuestro favor. Justo como Jazz dijo que pasaría.

—Espera, ¿qué? —pregunté, girándome hacia él—. ¿Qué quieres decir con eso?

Sonrió y presionó la yema de su pulgar contra mi ceño fruncido, quitándolo, quitando cualquier rastro de preocupación de mi rostro.

—Conocen nuestros nombres, nena. Somos famosos. Cada robo después del de Iowa, incluso con las máscaras, ha sido unido a nosotros. Somos las personas más buscadas de Estados Unidos. Eso es exactamente lo que quería que pasara.

—Pero igual me gritaste por ello.

—¡Por supuesto que sí! ¡Me diste un susto de muerte, Kid! —espetó Edward, fulminándome con la mirada—. ¡No esperaba que sacaras tu arma y robes, y luego ese gordo de mierda sacó su escopeta! —gruñó, jalándome en sus brazos de nuevo, apretándome fuerte—. Soy un hombre viejo, nena, mi maldito corazón no puede soportar esa clase de estrés. Me vas a matar si sigues con eso, ¿lo sabías?

—Trataré de ser buena chica —prometí.

Se mofó.

—¿Puedes poner eso por escrito?

—Oh, claro, tú puedes —gruñí, pinchando su costado—. Idiota.

Rió, alejándose de mí.

—Diablos, Kid, esa mierda duele.

—Bien —dije, extendiendo mi mano para retorcer su pezón, y él me agarró de las muñecas, presionando su cuerpo contra el mío, poniéndome contra la barandilla de nuevo.

Bajó su cabeza, deslizando la punta de su nariz a lo largo de mi cuello, dejando besos eróticos a su paso. Respiró profundo, tarareando en voz baja:

—Solo tú. Juro por Dios, Kid, solo tú.

Yo era su debilidad. La única que podía salirse con la suya con él, y por supuesto, él sabia sobre el poder que me había entregado voluntariamente era un error…

—Pero te amo, joder —continuó, levantando su cabeza y encogiéndose de hombros—. Así que, ¿qué mierda se supone que debo hacer? Es lo que es.

—Y sin embargo, sigues ocultándome cosas —dije, saliéndome de su agarre.

Sonrió.

—Iba a decírtelo… eventualmente.

—¿Eventualmente? Bueno, quizás ahora es un buen momento para decirme lo que estás planeando.

—Oh, hey, mira, nena, —dijo, apuntando por encima de mi hombro para distraerme—, Alice y Jasper volvieron.

Me giré a tiempo para ver a Alice subiendo las escaleras, con el desayuno en sus manos. Me sonrió, dándome un guiñó a su paso, entrando en nuestra habitación de hotel en donde todos estaban dando vueltas. Jasper la siguió, llevando las bandejas de café y algunos refrescos. No nos dijo mucho a Edward y a mí, pero asintió con la cabeza, indicando que era momento de iniciar el show.

Edward tomó mi mano, apretándola suavemente, y me jaló hacia la puerta abierta.

—Comamos primero, y luego te diré todo, ¿de acuerdo?

Era imposible no ceder cuando lucía tan jodidamente sexy y persuasivo todo el tiempo. Él sabía como mostrar su encanto y yo era masilla en sus manos.

Está bien —gruñí, sintiendo mi estomago crujir del hambre—, pero solo porque te amo.

Se inclinó y me besó brevemente, sonriendo contra mis labios.

—Mala suerte, Kid. Es lo que es.

.

.

Edward me explicó lo que estaba pasando mientras comíamos. Me dijo que Charlotte y Peter eran expertos en falsificaciones e identificaciones. Unas semanas atrás, Edward les pidió forjar un par de certificados de nacimientos, tarjetas de seguro social y pasaportes para él. La intención era abandonar el país, escapar de nuestros problemas yéndonos al extranjero, pero no sin antes robar un poco de dinero para comenzar nuestras nuevas vidas. También le prometió a Charlotte y Peter una buena parte del dinero que planeaba robar.

Allí era donde entraba Caius… bueno, más o menos, quiero decir que su papel en el plan de Edward no estaba bien definido; y todo lo que Edward me dijo era que Caius conocía a algunas personas. Quiénes eran estas personas, todavía no tenía ni puta idea, pero de acuerdo con Edward, estas personas eran muy influyentes para que el plan salga exitoso.

En cuanto al dinero que íbamos a robar, Alice se había hecho cargo de ello. De hecho, ella era la que alertó a Edward de ello. Los días y noches que ella pasó intentando meterse en el servidor del Departamento de Policía de Phoenix para intentar borrar nuestros nombres la llevaron casi a la locura, pero durante ese trabajo, se encontró con algo mucho más valioso que una tonta cinta de seguridad.

—Estas cuentas se ubican por todo el país y en diferentes bancos. Cada saldo total ronda entre los cuatrocientos cincuenta y cincuenta mil, pero con treinta cuentas, da una suma sorprendente…

—Trece punto cinco millones de dólares —dijo Edward, sonriendo hacia Alice, terminando su oración.

Ella asintió, devolviendo la sonrisa, tapeando los dedos sobre el teclado, abriendo una cuenta bancaria en la pantalla y mostrándola a los demás.

Tragué saliva, calculando la cifra en mi mente.

—Así que, ¿qué significa eso para nosotros? —preguntó Emmett, acercando su silla a Alice, queriendo tocar la laptop, como si estuviera hecha de dinero.

—Bueno, dividiéndolo en nueve, cada uno saldría con un poco más de un millón de dólares —respondió Edward, mirando como las mandíbulas de todos se abrían de par en par. Se rió—. Bueno, unos miles más o menos.

—¿Cómo es esto posible? —logró decir Jasper, ahogándose en su propia saliva mientras se apoyaba en la mesa—. Quiero decir… ¿cómo?

—Bueno, tuve una corazonada —dijo Alice, dándole un guiño que solo los conspiradores entenderían—. Como un sexto sentido o algo, y solo decidí mirar al Senador un día.

—Mi padre ha sido un hombre muy ocupado últimamente, con todo el lavado de dinero para financiar su campaña y todo. Se volvió arrogante y olvidó tener en consideración lo penetrante que sus cuentas eran para cualquiera que se molestara en mirar. Tiene algunas conexiones con la mafia de Chicago, sobre todo haciéndole favores al sobornar a los jueces y comprando algunos policías corruptos. Ha estado haciendo toda esta mierda por años, ¿y el hijo de puta tiene la desfachatez de llamarme criminal? Bueno, al fin tenemos con que joderle —dijo Edward, sonriéndome y apretando suavemente mi pierna—. Lo tenemos, nena.

—Así que, esperen, ¿todo lo que vamos a hacer es robarle? —pregunté, un poco decepcionada. Al final, quería algo más que solo su dinero.

—No, vamos a terminar con él —dijo Edward, asintiendo hacia Caius—. Es por eso que él está aquí.

Me sonrió y sacudí mi cabeza, todavía no entendía.

—Nos va ayudar a plantar drogas en la casa —dijo Edward.

—¿Drogas? —pregunté.

Si, hermosa* —dijo Caius, tomando la bolsa negra que tenía a sus pies, mostrando varias bolsas transparentes llenas de sustancia blanca—. Wildcat*.

Entrecerré mis ojos, mirando de nuevo a Edward.

—¿Dónde vamos a plantar las drogas?

—En su casa —dijo Edward. Vio la pregunta formándose en mis labios y rápidamente me respondió—. Cauis nos hará entrar. Va a funcionar. Tiene que funcionar.

—¿Puedo decirle la mejor parte, Edward? —preguntó Alice, saltando en su asiento con entusiasmo.

Levanté mi ceja y él rió entredientes, sacudiendo su cabeza.

—Seguro, Al, adelante y dilo.

Volví mi atención a Alice, estaba cliqueando en su computadora. Ella miró con ojos muy abiertos y brillantes y giró su laptop hacia mí.

Acercándome hacia delante para ver mejor las fotos en blanco y negro en la pantalla, reconocí al Senador, estaba con un tipo con traje de negocios. Estaban estrechando sus manos, y algunas de las fotos, un sobre estaba siendo entregado. Claramente era una prueba del trabajo sucio que pasaba entre el Senador y la puta mafia.

Miré hacia Edward de nuevo.

—¿Es esto lo que creo que es?

—Es el preludio de nuestro gran golpe —dijo.

—Así que, explícame esto —dije, tratando de comprender este plan—. Lentamente porque sigo teniendo problemas.

—Esas fotos van a llevar a la policía y el FBI a su puerta, y esas drogas —dijo Edward, señalando hacia Caius—, es lo que asegurará que su culo quede tras las rejas por un largo tiempo.

—¿Y las cuentas? —pregunté, escaneando por la habitación a los ocho cómplices, todos ansiosos por tener ese dinero en sus manos.

—Vamos al banco y lo tomamos —respondió.

Sacudí mi cabeza.

—Así que, ¿vamos a robar un banco?

Rió.

—Desafortunadamente, no. Vamos a entrar a esos bancos, uno por uno, y cerrar todas las cuentas.

Todo estaba armándose. Miré a la pareja de rubios, estaban sonriéndome a sabiendas.

—Y ellos, —dije, apuntando a Peter y Charlotte—, ¿van a darnos nuevas identidades? —Edward asintió—. ¿Con qué nombres?

—Frankie y Cecilia Wallis —dijo.

—Pero eso es solo para el robo en el banco —intervino Charlotte—. En cuanto a los pasaportes, bueno, tú y Edward pueden elegir quienes quieren ser.

Era demasiado, y alcancé a ver mi rostro abrumado en el espejo. Mi lado pesimista ocupó lugar y fruncí el ceño.

—No va a funcionar, Edward.

—¿Qué? Por supuesto que sí. ¿Por qué lo dices? —preguntó con un tono duro en su voz

—Em, bueno, primero que todo, somos las personas más buscadas del puto país. Nos reconocerán, nos atraparan —dije, chasqueando los dedos—. Así.

—Oh, eso veo —comentó, asintiendo en comprensión—. Eso sería un problema. Pero por suerte para nosotros, ya pensé en eso, y decidí que lo que necesitamos era… una especie de distracción.

—¿Una distracción? —repetí, todavía confundida.

—Oh, sí, mierda, eso somos nosotros —habló Rosalie, codeando a Emmett y llamando su atención.

Él tosió, ahogándose en su trago.

—Exacto, ahí es donde entramos nosotros en esto.

—Sí, nosotros también —dijo Alice, levantando la mano sobre su cabeza, jalando a Alice hacia su lado.

—Verás, Bella, ellos van a llevar a la ley hacia México, fingiendo ser nosotros. Es por eso que el robo en Iowa fue algo bueno —explicó Edward, frotando mi rodilla—. Ellos entrarán en una tienda con sus máscaras puestas y robarán. Todos asumirán que somos nosotros haciéndolo, cuando en realidad, estaremos en Chicago, robando a mi padre.

Era un plan complicado, pero al mismo tiempo sencillo, y si funcionaba, si Dios quiere, Edward y yo no tendremos que huir jamás. Me daba una chispa de esperanza.

—¿Crees que esto funcionará? —pregunté.

—Joder, sé que lo hará —respondió.

—¿Pero que hay de ellos? Quiero decir, no se parecen a nosotros, Edward —dije, apuntando al cuerpo curvilíneo de Rose y a la baja estatura de Alice—. La gente no es tan estúpida.

Rose soltó un bufido.

—En realidad, sí lo son.

—No podrán notar la diferencia —añadió Alice—. América creerá cualquier noticia que se les de.

—Sí, pero no quiero que ustedes terminen arrestados —dije, mordiendo mi labio nerviosamente.

—No pasará —explicó Rose, agitando su mano despreocupada—. Asumirán que son ustedes robando las tiendas, y bueno, como dijiste, yo y Ali no lucimos como tú, bebe Bella. Si nos detienen, verán que no somos ustedes y seguirán de largo.

—Ven aquí —dijo Edward, tomando mi rostro en sus manos, girando mi cabeza hacia él. Descansó su frente sobre la mía—. Escúchame, nena —su voz era tensa—, tienes que confiar en mí. Si pensara que esto no funcionara, estaríamos dirigiéndonos hacia México ahora mismo. No arriesgaría perderte por algo como esto… si no estuviera completamente seguro.

Mirando alrededor de la habitación y viendo a todas las personas que vinieron desde Arizona para ser parte del plan de Edward me había dejado sin aire, era increíble. La fe que tenían en él. Todos sentados allí, creían que iba a funcionar, tanto así que estaban dispuestos a poner su libertad en peligro.

Ellos confiaban en él con sus vidas… y yo también.

—¿Qué se supone que tengo que hacer, eh? —pregunté, dejando caer mis hombros en derrota—. Lo decía en serio lo que dije anoche, Edward. No importa qué, estoy dentro. Completamente. Incluso si nos mata.

Él sonrió, besando la punta de mi nariz.

—No lo hará.

—Increíble, ¡está jodidamente decidido entonces! —dijo Emmett, aplaudiendo y saltando sobre sus pies—. ¿Cuándo comenzamos?

—Pronto —dijo Edward, manteniendo sus ojos fijos en los míos—. Solo hay un ultimo robo que mi chica y yo tenemos que hacer.

.

.

*Cauis lo dice en castellano en la versión original.

*Wildcat: especie de droga, blanca y en polvo.