XXXVI Fuera de la burbuja

Niebla. Disfrazaba el ambiente con su tela gruesa y poco sedosa. Me hacía difícil el respirar sobre todo por la escena que se presentaba frente a mis ojos.

Las manos me temblaban de la fuerte emoción que presionaba mi pecho impidiéndome el habla.

« ¿Qué hago?» Temía realizar cualquier movimiento y que ello desatara una batalla entre Severus y Esteban.

Ellos se miraban el uno al otro con reto en los ojos. Se medían sin reparo y estaba segura que el tiempo se me agotaba. Debía actuar antes de que alguno de los dos diera el primer paso. Pero, ¿Qué debía hacer?

— ¿De visita, Snape? No me lo esperaba —. Dijo Esteban, demasiado pronto. Un brillo maléfico en sus ojos me advirtió de sus intenciones.

—Esteban...— susurré por lo bajo con la voz rota. Estaba nerviosa.

Finalmente Severus apartó su mirada de él, y la poso en mí. Tenía el rostro contrariado y casi podía ver su aura convirtiéndose en un bloque de plomo. Esto no era bueno.

—Ya he terminado aquí. Deberíamos irnos a dormir — dije con altivez mientras me dirigía a la puerta del despacho, mi tono era para recordarle a Esteban cuál era su lugar y a Snape que mantuviera la compostura.

No funcionó.

— Claro, ¿Por qué no vamos todos juntos?— preguntó con el tono exacto de sarcasmo y acidez. Me giré de inmediato sabiendo que esas palabras habían desatado la furia de Snape.

Fue demasiado tarde, y yo demasiado lenta.

Snape con una agilidad que me sorprendió apresó a Esteban entre su cuerpo y una estantería de estabilidad precaria. Le agarraba del cuello con fuerza mientras enterraba su varita en la mejilla sonrosada de él.

Se me cortó la respiración y el corazón me dio un vuelco lento hasta acelerarse descontrolado. Snape iba atacar a Esteban.

De inmediato sentí el impulso de interponerme entre ambos pero algo me detuvo, la certeza de que si me movía con demasiada rapidez algo terrible podía suceder. Descarté el pensamiento y me puse manos a la obra, tenía que evitar esto a toda costa.

—Severus… por favor. Apártate. — no se inmutó.

No me escuchaba, porque sus ojos negros como el ónix estaban absortos, penetrando en la mirada color cielo de Esteban, quien le devolvía el desafío con arrogancia y determinación. Perdidos el uno en el otro, no me sorprendería que Snape estuviera usando legeremancia y que Esteban le contrarrestara con Oclumancia. Era una batalla, de lo más inverosímil, pero una batalla al fin y al cabo.

—Esteban— tanteé, con el mismo resultado. Ninguno de los dos me escuchaba y eso me puso tensa, muy tensa. ¿Qué debía hacer? Si interrumpía sorpresivamente un hechizo podía salir disparado de la varita de Severus hicieron más que la mejilla colorada de mi hijo. Y, Esteban atacaría en represalia, estaba consciente de ello.

«Tenías que usar esa maldita boca floja» pensé. Podía ser un adulto, pero sus acciones descontroladas le hacían parecer un niño.

Les observé un rato y confirmé mis sospechas, estos dos libraban una batalla más allá de lo físico, no se movían en lo absoluto y si no conociera cuanto estos dos se odian, sentiría celos de la intensidad de sus miradas.

«Haz algo», me reproché. Y con temor me arriesgué a tomar la iniciativa.

Ninguno se movía pero yo tenía que darle punto y final a estos enfrentamientos ridículos.

Lento y pausado me acerqué a ellos, con parsimonia para que mis movimientos no le alertaran. Seguían sin moverse pero sus respiraciones comenzaban a agitarse más y era mala señal. Algo estaba sucediendo en sus mentes que los alteraba de aquella manera.

Poco a poco, llegué a su altura y con delicadeza toqué el hombro de cada uno. Suavemente posé mis manos en ellos. Aún temía porque algún hechizo saliera de esa varita negra, que brillaba bajo el fulgor de las velas a medio acabar. No se inmutaron.

Tragué en seco y con un suspiro de resignación hice algo que podía acabar con esta estupidez o, avivar la hoguera.

—Detengan esto ya— comencé, tanteando el terreno. Nada. — Es ridículo que lo que están haciendo, se comportan como niños malcriados.

A medida que hablaba me iba haciendo un espacio entre ellos, me adentraba en el reducido recoveco que formaban sus cuerpos tensos, con la esperanza de alejarlos un poco. Todavía no se movían pero me pareció vislumbrar una chispa de comprensión en los ojos negros de Severus.

— Hablemos. Podemos arreglar esto. Severus— le llamé para captar su atención, el desafío de su mirada seguía dedicado a Esteban pero sabía que me escuchaba. Para bien o para mal, siempre lo hacía. — Sabes que Esteban no dice la verdad, solo quiere provocarte. No le dejes hacerlo.

Mi lógica pareció calar en él porque frunció el ceño, pero nada más.

— Esteban— me giré hacia él esta vez — controla esa lengua viperina tuya, te pido que no vuelvas a insultarme así. Recuerda lo que hablamos. — susurré al final.

Ambos permanecieron en batalla, mis manos seguían en sus hombros y mi cuerpo medio interpuesto entre los dos. No hice ningún otro movimiento, quería darles tiempo para que reflexionaran pero los segundos pasaban y yo me estaba impacientando. No se relajaban y trasmitían su tensión a mí.

De pronto, como un acuerdo mutuo, ambos se separaron. Severus lo soltó, no antes sin empujarlo contra la estantería y retrocedió un par de zancadas. Esteban se adentró en la habitación colocándose cerca de su escritorio.

Parte de la tensión que tenía acumulada salió de mi cuerpo, pero permanecí alerta. No podía relajarme, aún.

Permanecimos en silencio. Yo les miraba alternativamente de Severus a Esteban, de Esteban a Severus. Ellos mantenían la guerra, entre el espacio que separaba sus cuerpos estaba ese hilo de la batalla que los halaba para continuar.

Decidí que era hora de salir de allí.

—Severus, vámonos. — llamé, no se movió. Resoplé exasperada. Le alcancé y puse mi mano en su brazo para captar su atención. Lentamente giró su rostro hacia mí, seguía con el ceño fruncido pero algo en sus ojos negros y en la curva de su boca se suavizó.

Nos miramos por un momento en el que nuestras miradas trasmitían muchos mensajes. Yo le suplicaba que dejara esto y viniera conmigo y él me dejaba claro que mataría a Esteban por tomarse esos atrevimientos. Sin embargo, pareció pensarlo y después de un rato apartó la mirada, guardó su varita y se encaminó a la salida.

No lo demostré pero, por dentro, el alivio recorría cada rincón de mi ser. Lo sentí hasta en las uñas.

Lo seguí hasta la puerta y me detuve.

— ¿Te irás con él?— la voz indignada del rubio llegó a nuestros oídos me dolió un poco que se sintiera así, pero no podía seguir con es ambivalencia que me destrozaba los nervios.

No lo entendía, quiere verme feliz, pero no aprobaba a Severus; acepta que esté enamorada de él, pero no nos quiere ver juntos; provoca a Severus para que ponga celoso, pero se enoja si él se me acerca. ¡Qué disparates!

— ¡Esteban, ve a dormir!— le grité, sin darle oportunidad a ninguno de continuar con sus idioteces. Ya estaba cansada. — Entra en tu habitación y duerme. Recuerda lo que hablamos. No. Me. Hagas. Enojar. Más.

Esteban abrió los ojos con mesura y la llama de la vela que flotaba cerca de su rostro se reflejó en ellos. Estaba sorprendido de lo que hice. Le trate como a un infante, delante de Severus.

Di media vuelta y abrí la puerta del despacho, salí al pasillo esperando por Severus. Se unió a mí y no le di oportunidad de hablar. Caminé por el pasillo, frente a él. Sabía que él estaba enojado, su aura flameaba en ira pero no se comparaba con la mía. ¿Cómo se atrevía estos dos a meterme en semejante situación?

Había algo más que me molestaba, martillando en la esquina de mi consciencia como un pájaro carpintero a un árbol.

Serpenteaba por los pasillos sin mirar exactamente a dónde iba, Severus me seguía a una distancia prudencial. Podía escuchar mis propios pasos resonar en las paredes de piedra mientras que los de mi acompañante eran tan silenciosos como los de un fantasma. Quizás fue la razón por la cual no preví lo que hizo.

Un fuerte empujón, un cuerpo arrastrándome, una puerta cerrándose y luego oscuridad.

— ¡¿Qué carajos?!— exclamé por sorpresa. Intenté moverme, pero tenía un estante detrás y en el momento que tanteé buscar la salida un cuerpo alto y robusto me cercó. Estaba acorralada.

Me puse tensa y los recuerdos de las últimas horas inundaron mi mente como un tsunami. El corazón se me disparó, bombeando sangre a todas las partes de mi cuerpo, sonrojándome en la oscuridad, tuve que respirar por la boca porque mis pulmones parecían no recibir suficiente aire y en el proceso el embriagante olor a humo y hierbas hipnotizó mis sentidos. Me encontré ardiendo en deseo, esa cosquilla persistente comenzaba a apoderarse de mi columna, subía y bajaba queriendo morir en mi sexo pero volvía a su camino y lo recorría varias veces. Una tortura.

Si antes pensaba que Severus despertaba mis instintos más básico, era porque nunca había hecho el amor con él. Hasta ahora.

— ¿Qué fue eso?—preguntó, con ese tono agrio y demandante de siempre. No podía verlo en la oscuridad, pero sabía que fruncía el ceño y su aliento chocando con mi cara indicaba que su rostro estaba dirigido al mío.

— ¿A qué te refieres?— le contesté desafiante. Al parecer, él no cambiaría sus modales estoicos y ásperos, y sus acciones seguirían produciendo en mí la réplica amarga de siempre. No teníamos remedio.

— ¿Qué sucedió en el despacho de Collingwood?— exigió, mientras sus manos grandes se aferraban firmes a mis brazos. No me lastimaba pero aquella electricidad que producían se unió a las cosquillas en mi columna, el palpitar de mi sexo.

Traté de controlarme.

—Esa es una buena pregunta, Severus. ¿Qué hacías tú allí?— enfaticé mi pregunta acercándome más a su rostro. — Te dije que iba a ponerlo en su lugar y que iría sola. No era asunto tuyo. — escupí en su cara, indignada por lo que hizo.

Noté como la rabia menguaba el cosquilleo, el palpitar, la electricidad.

— Tardaste demasiado, Boissieu— su tono de reprimenda me hizo soltar un bufido. Apretó más el agarre de sus manos en mis brazos. ¿Qué se creía?

— ¿Es esa su irrevocable excusa, Snape?— expelí para luego tomar aire. Su comportamiento me exasperaba. No lo entendía. — Tardar demasiado, estábamos conversando, algo serio, delicado. Son cosas que toman su tiempo ¿Qué pensabas que…?

Callé de inmediato. Caí en cuenta de algo y examiné su aura para estar segura.

— Acaso… fuiste allí a ver que hacíamos. No me digas que te imaginabas cosas como… como las que Esteban te contó.

Severus se tensó, lo supe porque sentía su rigidez a través de sus manos que aflojaron un poco su agarre. Su aura flaqueo un poco, dudosa. Su baile era más suave y luego se agitó nerviosa. Había dado en el clavo.

— Así que eres del tipo celoso, Snape. — no pude evitar una sonrisa. Él notó que me burlaba de él y resopló molesto. Afirmó su agarre de nuevo.

— ¿Qué fue eso de enviarle a su habitación?— exigió saber, y todo vestigio de burla se esfumó. Abrí los ojos y agradecí que no pudiera verme en la oscuridad.

Cómo fui tan tonta para pensar que él no se daría cuenta. Él era Severus Snape, altivo, observador, calculador, inteligente, astuto. Tarde o temprano la información calaría en su cabeza y descubriría que entre Esteban y yo había algo más que una amistad previa a Hogwarts.

De pronto, recordé aquella vez hace casi un año dónde Severus prometió que eventualmente descubriría que estaba tramando y yo le respondí que deseaba que fuera demasiado tarde para ese entonces. Era más seguro para todos que nada de esto saliera a la luz, sobre todo con Voldemort al acecho. Debía proteger a Esteban.

Sin lugar a dudas, seguía queriendo lo mismo: Que fuera demasiado tarde para cuando él lo descubriera.

— Estas tratando de distraerme, Snape. No cambies el tema. — respondí tan rápido como pude. Ocultando el nerviosismo de mi voz.

Un silencio denso y aplastante se cernió sobre nosotros. Su agarre permaneció firme en mis brazos y comencé a pensar que le estarían escociendo las palmas de las manos. La temperatura de mi cuerpo comenzaba a subir, producto de la lucha que se libraba en mi interior. Porque, si bien sabía que debía alejar a Severus de sus pensamientos peligrosos y de Esteban, el deseo por yacer con él de nuevo batallaba para no extinguirse. Era fuerte y no quería ceder ante cualquier otro sentimiento o deseo, ni siquiera a la cautela o a la furia.

La única manera de desaparecerlo era quemándolo en el cuerpo de Severus.

«Qué débil te has vuelto, Sérène»

— ¿Qué relación existe entre ustedes dos?— preguntó acercándose a mi rostro otra vez. Su aliento me invadió y el deseo quemó mi sexo mientras la cautela elevaba mi temperatura.

«Piensa rápido» me dije y siguiendo mi instinto actué.

Me elevé sobre la punta de mis pies y confiando en que mi cerebro había grabado la altura exacta de Severus, posé mis labios sobre los suyos, dándole un beso efímero y húmedo.

Su agarré me sostuvo con mayor fuerza y un suspiro escapó de sus labios entreabiertos. No lo podía ver en la oscuridad que cubría nuestros ojos pero podía imaginar su rostro encendido y su boca a la espera por más.

—Ninguna que se parezca a la nuestra— susurré cerca de sus labios, inhalando su aliento tibio. — No te pongas así, Esteban es un entrometido, ya sabes que aquello que ha dicho no es cierto. No se atrevería a tocarme ni una pestaña.

Severus permaneció en silencio, estaba segura que tenía el ceño fruncido y los ojos perdidos en sus pensamientos, analizando cada palabra dicha. Percibía duda en su aura. Un hombre cauteloso como él no confiaría hasta tener pruebas irrefutables.

—Severus— llamé y mi mano subió a su rostro, haciendo que liberara mis brazos. Quería su atención—. ¿Por qué dudas tanto? Comprobaste por ti mismo que mi cuerpo no fue tocado por nadie más. ¿No vale eso para ti?

«Mentirosa»

Fue un grito en mi mente, esa voz de mi conciencia que era tan descarada como para recordarme el pasado. Sin embargo, no era una mentira del todo.

El aura de Severus flaqueó, revoloteando más relajada como cuando alguien se da cuenta de estaba obviando algo importante.

Estaba tan distraída en el aura de Snape que logró sorprenderme con la guardia baja por segunda vez.

En un dos por tres el aire frío del pequeño espacio arropó mi cuerpo, dónde antes lo cubría la tela de la túnica, y mis piernas, fieles a una acción que repetirían incluso sin mis órdenes, se enroscaron en la cintura de Severus, le abrazaron con un fervor anhelante.

Sentí sus manos grandes y suaves recorre la piel de mi espalda y sus labios finos, calientes, incitantes, tentadores humedecer la curva de mi cuello, demasiado dispuesto a dejarse acariciar.

El burbujeo en mi cuerpo que antes había cedido, resurgió con una fuerza abrasadora y quemó cada centímetro de mi piel. El palpitar volvió incontrolable ante el preludio.

—Severus— susurré impaciente. Mis manos viajaron hacia el cuello de la levita pero los últimos vestigios de mi conciencia me advirtieron que no podía repetir la escena de su despacho — Hazlo tú, antes de que destroce tus prendas.

Sacó su varita y en un movimiento casual los botones de la levita dieron paso a su piel, que no podía ver en la oscuridad pero estaba perfectamente grabada en mi mente, imaginarla era verla de nuevo ante mis ojos. Severus me bajó de su cintura y yo protesté en un gemido de rabia. Se bufó de mí bajo su aliento y para cuando su cuerpo se acercó al mío, su piel fría enervó cada vello de mi cuerpo.

Amaba sentirlo en todas partes, cada centímetro de su piel en perfecta armonía con la mía, ardiendo en deseos por consumirse en él. Sus manos grandes viajaban lentamente desde mis glúteos, acariciando cada palmo de mi espalda con lentitud y deguste, cerré los ojos al experimentar el placer que producían sus manos en conjunto con su boca hambrienta de mi cuello.

Volvió a separarse de mí y yo abrí los ojos, en un movimiento voluntario en donde caí en cuenta que ese instante había estado perdida en sus caricias y, aunque abiertos o no, no podía ver nada escuché sus pasos alejarse de mí, sus manos rebuscar algo y luego su voz, ronca y sensual romper el silencio del aire.

—Silencio—conjuró bajo su respiración irregular.

— ¿Qué acabas de…?— no pude terminar la pregunta y luego todo caló en su sitio. Mi mente estaba distraída por su aroma y textura.

— Estás haciendo demasiado ruido, Boissieu— dijo, con ese tono de voz tan autoritario, firme, estoico y sensual que me derrite. Sin embargo, sus palabras siempre encendían en mí la chispa de la inconformidad, de la furia.

— Por supuesto que no. Estoy…

Y no pude continuar, sus manos grandes volvieron a mi cuerpo y en un movimiento rápido estuve enroscada en su cintura de nuevo y cada espacio de su cuerpo, ahora caliente, se pegaba al mío. Su boca devoró la mía con fervor, impaciencia y le respondí con todas las energías que me quedaban.

En ese momento, agradecí que Severus hubiera utilizado el hechizo silenciador. No pretendía inhibirme a gemir de placer, por nada en el mundo.

Olía a whiskey de fuego, aspiraba el embriagante olor a alcohol mientras el chirrido de los cachivaches viejos llegaba a mis oídos desde todos los ángulos de la oficina del director. Odiaba el aroma, me molestaba a sobremanera que el fuerte hedor del whiskey mermara la suave fragancia de humo y hierbas que flotaba en el aire desde la mesa de tres patas.

Me encontraba sentada en la mullida silla, frente al escritorio de Dumbledore, mientras él me miraba con un extraño brillo en sus piedras celestes.

Él lo sabía, siempre sabía. Desde el instante en el que notó mis inclinaciones hacia Snape el año pasado y, por alguna razón, mi instinto gritaba desesperadamente que él conocía lo que había pasado en el despacho de Snape… y en aquel armario oscuro. Agradecía que Dumbledore fuera lo suficientemente discreto para no echármelo en cara y mucho menos para echar a Severus del colegio.

Curiosa, examiné su aura. Estaba relajada y tranquila, hacía pequeños surcos juguetones que demostraban lo entretenido que se sentía al tenernos a Snape y a mí aquí, en su oficina, tan alejados el uno del otro como la estancia nos permitía, fingiendo indiferencia y frialdad ante un hombre al que no se le escapaban los detalles.

Pero ambos, en un mutuo acuerdo silencioso, decidimos esto, no demostrar nada frente a nadie, ni siquiera frente a aquellos con los ojos lo suficientemente abiertos o lo suficientemente astutos para notarlo.

— Querías comunicarme algo importante, Sérène— dijo suavemente, recordándome que hace unos minutos había dicho esas palabras, antes de que Snape entrara a la oficina y todo se sumiera en un denso silencio.

—Si, en efecto quería decirles algo, Albus. De hecho, es algo que he estado pensado desde hace unos días. — Era lo que quería hablar con Snape en su despacho, antes de que las cosas se salieran de control.— Es sobre Draco.

El aura de Snape chispeó, como si recordara de repente mis palabras de hace unas horas.

Me mantuve ocupada hablando, no quería volver a caer en un silencio que me llevara a pensar tonterías.

Albus permanecía atento a mis palabras y mis expresiones.

— Todos conocemos los planes de Voldemort, quiere que Draco acabe con tu vida, Albus— dije, dirigiéndome a él, obviando una oscura presencia a mis espaldas. — Él hará lo que sea para cumplir su propósito y que sus padres estén a salvo.

Hice una pausa. De repente, con esas palabras, mi perspectiva de todo el asunto cambió. Hace unos momentos, percibía a Draco Malfoy como una criatura tonta y cobarde, torpe, que seguía la grumosa y sucia corriente de la maldad que expelía el Señor Tenebroso, pero ahora a la luz de las palabras que salieron de mi boca, caí en cuenta que Draco era solo un chiquillo.

«Como Harry».

Fruncí el ceño. La cosa era más grave de lo que estuve dispuesta a aceptar anteriormente. En mi pecho surgió ese fuego abrazador que me impulsaba con fervor a defenderlo, o al menos ayudarle.

«Maldito instinto maternal».

— ¿Sérène?— llamó Dumbledore, tratando de captar mi atención. Sacudí la cabeza y lo miré, dándome cuenta que había desviado la mirada de su rostro apacible.

— Lo siento, me distraje. — dije en un susurro, disculpándome. — Como decía, Draco está próximo a hacer su primer movimiento. He tenido una visión.

La estancia se sumió en un incómodo silencio. Nos arropó a todos con su ahuecada manta para el frío y, a pesar de que todos estábamos conscientes de este momento, el tener la visión lo hacía real. De alguna manera u otra, podíamos sentir el final acercándose, decidido, sin pausas, inexorable, corriendo hacia nosotros y nuestros nerviosos corazones llenos de cargas.

Podía sentir mis ojos colorarse de aquel tono oscuro, delatándome. Estaba nerviosa.

— ¿Cuándo sucederá? — preguntó Snape. Mi cuerpo, cada vez más consciente del suyo, lo sintió dar un paso silencioso en mi dirección. Hizo que mi corazón latiera ligeramente más rápido.

— Eso es hacer trampa, Snape. — dije sin poder controlar el impulso de mi lengua afilada.

—Insolente— repicó en su profunda voz llena de rabia. Era tan sencillo hacerlo rabiar, tan sencillo provocarle. Los enfrentamientos entre nosotros eran un asunto tan natural, nuestras mentes y cuerpos los buscaban, como si fuera la única manera de incitarnos a estar más cerca mientras guardábamos las distancias.

Severus se acercó a mí, llegando a estar de pie a mi lado. Levanté mis ojos y vi su rostro contrariado, con su habitual ceño fruncido y las mejillas con ese levísimo tono sonrosado que a duras penas podía verse, solo si lo mirabas con detenimiento. El cabello le caía a ambos lados del rostro, acentuando su afilada cara.

Lo miré a los ojos y no pude evitar aguantar la respiración, mirarlo era como perder las fuerzas para respirar, como si su presencia robara todo el aire alrededor. Existía en sus perlas negras un desafío que me instaba a continuar provocándolo y mi instinto, que se descontrolaba a su alrededor, deseaba complacerlo. Tanto.

Estaba perdida en la furia de su mirada arrogante, mi corazón se aceleró ante la expectativa de lo que podría suceder después, y mi sexo palpitó anhelante ante la posibilidad.

El sonido de una tos atravesó las paredes invisibles de la burbuja en la que estábamos. Una burbuja que aisló todo sonido del exterior, incluso ahogó los chirridos de los cachivaches y el hedor del whiskey de fuego. Lo noté cuando todo volvió a mí de repente, en una cacofonía abrumadora.

— Que sorpresa— dijo Albus, elevando sus cejas tras los cristales de medialuna. — Pensé que habían dejado atrás todas sus diferencias.

Adornó sus palabras con una sonrisa divertida.

Yo viré mi rostro a otro lado y aclaré mi garganta, recordando que debía soltar el aire que había estado reteniendo en mi pecho, inhalar de nuevo y apaciguar el temblor de mis muslos.

«Maldito Snape»

— Sucederá pronto— dije, respondiendo a su pregunta, evitando caer de nuevo en el abismo. — ¿Cuándo es la próxima visita a Hogsmeade?

Por favor, por favor, por favor, pido perdón de rodillas. :s jajajaja. Mis amores, sé que he sido mala al no actualizar en taaaaaaanto tiempo. Yo también estaría molesta.

La verdad es que se me ha complicado un poco la vida, estoy bastante ocupada y llena de diligencias, pero poco a poco iré escribiendo.

Créanme cuando les digo que me duele en el alma no tener tiempo para sentarme a escribir. Ha sido terrible.

Pero bueno, aquí está y espero que la demora haya valido la pena.

Se les quiere un montón mis amores.

Un millón de abrazos :* :* :*