Kongeriket Norge: Kingdom of Norway
Tino alzó la mano para limpiar su nariz con el puño del uniforme, después de notar que observaba que él moqueaba. Nos quedamos un momento en silencio, sin tener ganas de continuar con una conversación así. De todas formas, Tino parecía más calmado, como si su alma hubiese encontrado algo de paz al oírme hablar sobre aquel asunto. Una vez que se calmó, fue a mi lado y enseguida se sentó y abrió el reloj de Berwald.
―Son las seis un cuarto de la mañana―dijo, después de enfundarse los guantes―quedan al menos dos horas de oscuridad.
Asentí, después de restregarme los ojos y aliviar mi pena rápidamente.
―Sí, deberías regresar a dormir, necesitas recuperar energías.
―No puedo―susurró Tino, abrigándose bien con la capa―, me siento angustiado.
― ¿Quieres hablar? ―pregunté, agregando un leño más a la paupérrima fogata.
―Deberías dormir―contestó rápidamente, colocando un poco de agua en una de las tazas de latón, seguido de un poco de té.
―No, no puedo dejarte haciendo guardia solo, lo siento.
Tino guardó silencio mientras acercaba la pequeña taza destartalada a las llamas. Se encogió de hombros y habló:
― Un día, hace como cincuenta años más o menos, fui a preguntarle a Berwald directamente por qué me odiaba tanto―comenzó, aceptando implícitamente mi invitación para hablar―, le pregunté que por qué me ignoraba tanto. Días antes hubo una reunión con Inglaterra y no quiso siquiera presentarme a Bélgica; ella es tan linda. Ese día ella llevaba un vestido color rosa claro, y el cabello recogido, escoltada por sus hermanos. Me había parecido hermosa y se lo comenté a Berwald. Luego de eso no me dejó acercarme a ella en toda la velada. Ahora comprendo por qué.
Soltó una risa que más bien sonó como un quejido doloroso. Tino hizo una pausa, respirando lentamente, esperando a que su desabrido té tuviera una temperatura óptima, para luego continuar:
―Al preguntarle a Berwald si realmente me odiaba, él me contestó que mi presencia lo hacía actuar así. Me tomé muy mal sus palabras y salí muy enojado de aquel lugar. Me fui a beber con Mathias a bar local con algunos conocidos de su palacio de Copenhague. Pensaba realmente en iniciar una guerra en contra de él e irme de su lado. Alemania me bridó su apoyo e incluso tendrían tropas a mi disposición, aunque lo único que querían él era llegar a Rusia antes que Napoleón.
Fruncí el ceño, recordando los días de las amenazas de Napoleón. Era cierto que Alemania buscaba aliados en las debilidades de nosotros y efectivamente encontraría un excelente aliado en Tino, quién estaba hartado de su situación con Berwald. Tino prosiguió:
―Aun así, estúpido e iluso como soy, fui una segunda vez a hablar con Berwald. Esta vez, él no dijo nada a todo lo que hablé y después de un momento de monólogo, me aburrí me dispuse a salir de su despacho, recordando que Mathias me dijo que es imposible dialogar con Berwald, pero me sorprendió enormemente cuando me detuvo antes de salir y llevaba un libro en sus manos. Me lo entregó y después de eso me cerró la puerta en la cara ―Tino sonrió y sus mejillas se tornaron adorablemente rojas. ― Era Romeo y Julieta.
Solté un bufido y torné los ojos a blanco, recordando perfectamente aquellos días.
―Sí me acuerdo. Viniste a mí todo molesto a contarme de tu aburrido regalo.
Tino sonrió, tomando su taza entre sus manos enguantadas, aprovechando el escaso calor del agua.
―En un principio, más bien hasta hace poco, no entendí por qué me entregaba ese libro tan aburrido, sobretodo que en la biblioteca hay un sinfín de copias nuevas dispuestas para mí. Me gustan los libros de acción, donde hay guerreros y seres mágicos. A pesar de que Shakespeare no es mi autor favorito, fui muy feliz y debo confesar que leí más de una vez aquel libro. Incluso Berwald dejó su separador de hojas y una flor.
Solté un bufido, riendo suavemente, para no despertar a Berwald.
―Te contaré algo, pero no te lo tomes a mal, ya no tiene sentido―agregué, tomando también una taza de latón y té―. Cuando Berwald te entregó aquel libro, me sorprendí de sobremanera; aunque hubiese sido un trozo de pluma rota, yo me lo tomaría con sorpresa. Fui a hablar con él la misma noche que tú me comentaste de tu libro. El muy engreído me despachó de su habitación y me dijo que te entregó aquel libro para que lo dejaras de fastidiar, que tomó cualquiera al azar―resoplé, sabiendo que Berwald me había mentido.
Tino me regaló una risa propia de él; animada e inocente.
― ¡Qué mentiroso es!, ¡Olía a él, llevaba su separador, las hojas estaban gastadas e incluso tenía dibujos en las orillas!, te aseguro que adoraba ese libro―soltó, intentando no alzar la voz.
―Para que sepas lo orgulloso que es. Berwald es del tipo de persona que no admitiría jamás que tiene sentimientos… excepto contigo.
Rodé los ojos y Tino sonrió. Tomó un poco de su té y me comentó que faltaba azúcar. Después de un momento, volvió a hablar:
― Como realmente creí que Berwald lo hizo con las mejores intenciones, tomé mi libro favorito y fui a regalárselo una noche que nevaba intensamente. Me recibió en su habitación y me ofreció de su bebida caliente. Me encontraba muy nervioso y no sabía si de verdad estaba hablando con él o sólo fingía ponerme atención. Comentamos un par de cosas que ya no recuerdo, se sentó a mi lado y yo estaba muy nervioso. Entregué mi libro envuelto en un papel que encontré entre mis cosas. Era 20.000 leguas de viaje submarino―dijo Tino, con una voz algo más sombría― Le comenté que a veces, imaginaba que el capitán Nemo y su tripulación éramos nosotros en busca del monstruo marino para darle caza. Cuando dije eso, Berwald me sonrió. Pensé que por fin éramos amigos.
Hizo una pausa para tomar té. Suspiró y sonrió tristemente, aunque no sentía pena realmente.
―Todo iba bien, Berwald no me trataba mal, conversábamos de a poco y comencé a sentirme cómodo a su lado, hasta que cometí el error de enamorarme de la nodriza de Elizabeth, la princesa recién nacida de los reyes de Mathias en aquel entonces. Una noche me encontró con ella en mi habitación, dónde sin más él entró, ya que comenzamos a habituarnos por las noches para hablar de libros.
Miré de reojo a Tino, quien tenía una extraña expresión entre descontento y risa.
―Recuerdo esa noche―dije, aprovechando el silencio de Tino―. La pobre nodriza fue mandada lejos. Mathias y yo te defendimos y Berwald se enojó a tal punto que temí que le hiciera algo a aquella mujer. Sinceramente nunca te vi tan enojado con Berwald.
Detuve un momento la conversación para traer a mi lucidez las imágenes de aquella discusión de palabras fuertes e insultos. Mis ojos se posaron en la fogata una vez más, hasta que Tino suspiró y salí de mi ensoñación. Tino buscó un pañuelo en su ropa, ya que el resfriado que traía, no le dejaba respirar. Aquello me recordó que, hace al menos un siglo, limpiaba la nariz de Emil cuando se enfermaba, ya que resultó nacer muy susceptible a los inviernos crudos. Recordar a Emil me hacía sentir un vuelco en el estómago. Tino se acabó su té y estiró sus piernas.
―Tino, debes descansar.
―No―repuso, volviendo a ver el reloj―. Despertemos a Berwald para continuar moviéndonos.
Tino se levantó de mi lado, pero antes de abrir la tienda, se volteó a mirarme, para dedicarme una sonrisa cómplice.
―Lukas, ¿Te cuento algo? ―susurró cerca de mí, a lo que presté atención: ―No me gustó mucho Romeo y Julieta. No entendí varias partes.
Lo juzgué intensamente con la mirada.
―Es que tienes la sensibilidad de una vaca muerta, Tino, es por eso―dije, viendo como Tino desaprobaba mi comentario―, pero descuida, a mí tampoco me gusta Romeo y Julieta, es muy obvio. Aburrido.
Tino volvió a reír y comprendí, luego de descubrir una parte íntima de nosotros, que él me dio una segunda oportunidad.
