PRIMERA PARTE

EL PORTAL DEL TIEMPO

Capítulo X - El nuevo invento de Lucca

1

En cuartos de baño separados, cada una de las muchachas pudo asearse con tranquilidad, Crono lo hizo hasta el final. Los mismos médicos que atendieron a la reina, trataron las heridas que el pelirrojo y la muchacha del cabello castaño corto tenían. No encontraron en ellos nada serio, tan solo ligeros cortes superficiales y moretones. Las noticas del regreso de la brigada mandada a la Catedral llegaron cerca del atardecer. Los cuerpos de los soldados muertos habían sido retirados, en dos días durante un acto cívico, el rey acompañaría una ceremonia para darles el debido trato y reconocimiento fúnebre.

Muchos místicos habían huido, y otros habían sido rematados por los soldados. Tuvieron problemas con las Naga-etts, pero gracias a la información de los muchachos acerca de su debilidad al fuego, los caballeros lograron obtener ventaja contra ellas. Al escuchar aquello, Lucca recordó que conservaba aún en su mochila el "bromuro" de aquellos seres. Ignoraba de lo que se tratara esa piedra grisácea tan sólida como el granito, no mayor de tamaño a un puño humano adulto.

Por la noche, examinó aquél extraño objeto en compañía de sus amigos. Recordaron el pánico de los henchs al ver que lo habían tomado, más a ninguno se le ocurría el por qué de la emergencia. Dejando aquél misterio del lado, tras guardarlo nuevamente, Crono le preguntó a su amiga.

—¿Cómo vamos a salir de este sitio?

—¿Te refieres a regresar a nuestra era? Descuiden, los dos, lo tengo resuelto, creo.

—¿Crees?

—Mañana cuando partamos confirmaré mi teoría, pero no deben de temer nada —agregó al notar la alarma en la pareja—. Lo extraño sería que no funcionara. Ténganme fe, ¿es que acaso alguna vez ha fallado alguna de mis invenciones? ¡Ni se te ocurra responder, Crono Degjel!

El estómago de Marle hizo un curioso ruido, se sonrojó al notar haber llamado sin querer la atención de los muchachos. Fingió que no pasó nada y siguió pidiéndoles que le contaran más detalles sobre la aventura que tuvieron mientras se había desvanecido.

—Si tienes hambre sólo dilo, Marle.

—No soy ninguna quejumbrosa, hay cosas más importantes que mi estómago.

Y un nuevo ruido provino ahora de la panza del muchacho. La muchacha estaba encantada.

—¿Lo ves? Tu estómago por ejemplo. Podríamos bajar por algo ¿Tú no tienes hambre, Lucca?

—Sí, alteza. Vamos.

La doncella de cabellos rubios frunció el ceño al momento que la hija del inventor se puso de pie para salir del salón donde conversaban, Crono lo notó, pero al volver a verla, ella aparentó indiferencia dirigiéndole una cálida sonrisa. Estaba verdaderamente agradecida con ellos por haber hecho tanto para conseguir el rescate de su antepasada, y por consiguiente el de ella, pero las formas tan regias con que Lucca le hablaba parecía molestarle.

Tomando a Crono del brazo, acompañaron a su amiga hasta los comedores. Lucca ya estaba sentada a la mesa cuando le dieron alcance, pidiendo con sorpresa su orden a la mesera.

—¿Es que no pueden servirnos tan solo sopa o ensalada?

—Claro, pero el rey nos ha pedido les preparamos nuestra mayor especialidad y en poco estará lista, madame.

La mesera se retiró, y tan concentrada estaba Lucca en su reciente sorpresa, que cuando la pareja entró, ni recordó lo que había entre ambos.

—¿Pueden creer que nos traten como si fuéramos casi los mismos reyes? Ni a mi familia la trataban de tal modo en nuestro tiempo.

—Pues yo lo estoy disfrutando —opinó Crono divertido—, es posible que sea la única oportunidad que tenga de recibir tales atenciones y no sé tú, yo pienso aprovecharlas al máximo, ¿no crees, Marle?

La doncella se encogió de hombros.

—Realmente esto es igual al trato que suelen dar a los miembros de la familia real. En mi caso no lo disfruto, por el contrario; llega un punto cuando te aburres de tenerlo todo, que lo emocionante es de hecho no tener nada. Deberían de ver las discusiones que he tenido con mi padre cada vez que quiere comprarme joyas, cuando todo lo que yo quiero es precisamente que deje de darme…

Ella sola se calló abochornándose más. Bajó la cabeza como una niña que ha sabido a obrado mal, y por el rabillo de ojo intentó ver la cara de Crono. Comprendiendo, el muchacho le pasó por el hombro su mano sonriéndole y animándola a no cohibirse. Ella sonrió también, y el intercambio de miradas pareció reanimarlos. Aunque no lo demostraba, Lucca estaba furiosa.

La joven prodigo, ató cabos y entendió en parte los motivos de la princesa para actuar como lo hacía. Nunca antes la había tratado en persona; como todos los pueblerinos, tan solo escuchaba rumores de lo caprichosa y consentida que era. Entendía que era consentida, pero muy consentida por su padre, pero hasta ahora entendió su encaprichamiento no era por querer más de lo que tenía, sino por querer menos.

Hace mucho Taban le había contado a su hija algo que escuchó del mismo Canciller de su presente, sobre como la princesa un día pegó tal rabieta que arrojó por la torre sus lujosos vestidos, hacia una caravana de campesinos que habían ido a dar parte de su tributo al reino. Había sospechado aquél día, lo había hecho por querer más vestidos al no encontrar algo digno a su ver para ponerse, ahora razonaba simplemente que para la princesa, fue la única forma que encontró de regalarlos a pesar de la desaprobación de su padre, eso explicaría porque después en lugar de ordenar la devolución de las prendas, tan solo se calmó para consternación del rey. Ahora la tenía más cerca de lo que jamás pensó hacerlo, conociéndola mejor, peor aún, ella queriendo conocer mejor a su amado Crono, una persona que podía ofrecerle muy poco, una pequeña fantasía a su ver, estúpida e infantil; «como la tuya» susurró una voz en su cabeza.

La muchacha se ajustó los anteojos intentando serenarle. Crono no tenía mucho que ofrecerle ni a ella ni a nadie, salvo su buen corazón y entrega, fuera de eso era un pueblerino de clase baja y de la peor clase a ojos de la sociedad, solo por el hecho de haber sido concebido por su madre sin estar casada, concebido con un hombre desconocido a la fecha. A sus padres no les importó, tan solo querían su felicidad y la comprometieron entonces con él a sabiendas podría hacerla dichosa, aunque ello significara tener que sacarlos adelante a los dos, y a su vez, a la larga, Lucca sacar adelante a Crono. No era la primera vez que tenía ese monólogo interno; durante los preparativos de la boda le había dado muchas vueltas al asunto, pero al final acababa de restarle importancia pensando en el
amor que le tenía «como la princesa parece profesárselo, pese a que opines lo ridículo del asunto» murmuró de nuevo la vocecilla insidiosa. —No es lo mismo— se dijo —mis padres me apoyaban, el rey nunca aprobaría semejante relación, además —se dijo con seguridad— ella no lo ama, es solo su capricho de la semana. No dudo estará agradecida para siempre por lo que hicimos por ella, pero para el próximo mes se enamorará tontamente de algún otro de sus cientos de pretendientes de status «¿Realmente has escuchado alguna vez que ha demostrado por alguno de esos, siquiera la mitad del interés que ahora le tiene a Crono?». No supo que responder, ese tipo de rumores hubieran llegado a donde sea más rápido que el agua a la tierra al llover, pero nunca se había escuchado de algo así.

—Crono, Princesa Na… ¡Qué!

El grupo entero se estremeció cuando una explosión se escuchó en las cocinas. Sin querer Marle pegó un ligero alarido, Crono casi cae al suelo y Lucca sintió a su corazón intentar salir de su pecho. Dejaron pasar unos segundos de calma antes de levantarse con prontitud y correr hacia las cocinas esperando no encontrar a los ocupantes empotrados en las paredes incendiándose.

Adentro había mucho humo, las meseras y asistentes tosían y también la cocinera, su esposo por otro lado ignoraba el fuerte olor a carne concentrándose en el enorme y jugoso filete que sacaba.

—¿Ustedes que hacen aquí? Ya deberían saber a estas alturas que no me gusta que los civiles entren en mi cocina sin mi permiso.

—Bueno, lo sentimos —se disculpó Lucca—, pero el ruido que escuchamos fue muy escandaloso.

—Es perfectamente normal. Significa que se ha calentado en su punto.

Su esposa parecía a punto de explicarle lo que significaban los estándares de "normal" para las personas ordinarias cuando reparó en Marle.

—Vaya, pero si es la jovencita que jugaba a ser Leene —no parecía haber enojo o reclamo en su voz, sino cierta curiosidad—. La verdad es que ya sospechaba no eras nuestra reina. Se lo decía a Sam, pero ni caso me hacía. La verdadera reina Leene no come con los modos con que lo haces.

—Perdón —murmuró la aludida con una media sonrisa y un sonrojo completo.

—No te preocupes, sencillamente que no tienes los modales de una persona de clase alta, ya no digamos alguien de la realeza.

La doncella ocultó el rostro detrás de la espalda de Crono para aguantar la risa, la cocinera no entendió por qué les resultaba tan divertido el comentario, pues hasta el pelirrojo parecía contener una carcajada. Lucca cerraba los ojos cabeceando de lado al lado. El cocinero dirigió una rápida mirada a Marle bufando.

—¡Niña desvergonzada! Y yo que me maté las horas investigando en mis libros de cocina extranjeros que rayos era ese "jelado" que me pediste.

—Lo siento mucho, no quería causar tantos problemas. ¿Hay alguna manera qué pueda compensarles?

Krimp terminó de servir la verdura al platillo, se rascó la barbilla y contestó:

—De hecho sí, hay algo que me gustaría hicieran por mí mañana.

—¡Pero hombre, si es lo pienso! —recriminó su mujer— ¿Por qué mandas a estos niños a hacer algo que podrías hacer tú, orgulloso socarrón?

Al día siguiente por la mañana, los muchachos estaban listos para partir. Se sentían con renovadas fuerzas, en especial Crono y Lucca tras haber pasado toda la noche anterior a aquella batallando en la catedral, contra las fuerzas de Yakra. Escucharon que los planes para la demolición del maligno atrio estaban formándose muy aprisa. Para entonces ya se habían quemado en una pira los restos de todos los místicos que encontraron; se rumoreaba sobre la dificultad que representó sacar el enorme cadáver de Yakra.

Tomaron su desayuno al lado de algunos nobles, siendo todavía el centro de atención. Con cortesía evitaron seguir las conversaciones que les insistían en formar parte, siendo siempre una recapitulación de toda la aventura acontecida. Siguiendo las instrucciones del cocinero, marcharon de inmediato a la sala de la mesa cuadrada.

El capitán Krimp y sus hombres, tenían clavada la vista en la mesa donde había desplegado un mapa, el cual mostraba el territorio de Truce, Porre, y lo que los muchachos conocían como el desierto de Fiona entre ambos, pero el mapa lo marcaba con el dibujo de un pequeño pueblo y la palabra "Denadoro" escrita debajo.

—¿Cómo rayos pueden ocultarse de nosotros esos malditos demonios? —musitaba un soldado con fastidio— ¡Tal vez en las montañas de Denadoro! ¿No me dirá alguien que desconoce los seres que la habitan?

—Déjalo ya —ordenó su capitán—. Hemos investigado las montañas cientos de veces hasta donde los duendes y los lanceros pájaro nos permiten. Esos monstruos ni siquiera toleran que los llamen místicos. De hecho sé que su aprecio a Magus no es muy distinto al de nosotros. Recuerden a Sir Cyrus. Él recorrió bastante esa zona hace quince años, y aunque no dijo mucho, nos dejó en claro el evitar perturbarla.

Hubo un murmullo al respecto entre los soldados más veteranos, probablemente rememorando los días cuando Sir Cyrus estaba al mando.

—Es verdad, capitán. Sea la fuerza que esté en esas montañas debe de ser benigna para que Sir Cyrus haya demostrado guardar semejante respeto.

—Me alegra que estemos de acuerdo con algo.

—¿Y qué me dice del bosque maldito al noroeste de Porre?

—Frog dice que ha investigado bien el terreno pese a los rumores de los pueblerinos. Le volví a preguntar esta mañana y me volvió a confirmar que no hay nada de qué preocuparse.

—¡Frog estuvo aquí! —interrumpió Crono sin poder contenerse.

Habían permanecido como espectadores en la entrada de la sala. Los caballeros levantaron la vista, el capitán Krimp parecía molesto por la interrupción, pero con un movimiento de mano les autorizó acercarse son ellos.

—Sir Crono, buenos día a usted y a sus amigos. Sí, Frog estuvo aquí apenas un momento para saber cómo seguía la reina, pero se marchó hace media hora, me parece. ¿En qué les podemos ayudar?

Los muchachos parecían incómodos. Cumpliendo su palabra, fue Marle la que decidió acercarse para hablar con el capitán.

—El señor Krimp me pidió que le dijera, que avisara a las familias de los soldados, bueno… que perecieron, que les enviará una despensa a cada una. Nos pidió de favor decirle, si puede, pedirle a sus hombres el repartirlas en cuanto tengan oportunidad. Dice que las tendrá a tiempo, pero tiene a su gente muy ocupada para pedirles a ellos el favor. Tiene la mayoría de las despensas ya listas en la alacena real, me dijo también que tiene la autorización del rey y la reina para prepararlas para el proyecto.

Las palabras le salieron con lentitud y un tanto atropelladas, unos soldados protestaron tal como lo imaginaron los muchachos. Ponerlos a hacer el trabajo correspondiente a los mensajeros y criados; vaya indignación.

—¡Con todo lo que tenemos que hacer ese insolente se piensa somos sus criados! —explotó alguien

—Calma, ya. Después del atardecer no podremos hacer mucho, aprovechemos el tiempo en dar el pésame a esa pobre gente. Conocimos a sus difuntos, y nadie mejor que los compañeros de andanzas de los mismos, podrán darles ánimos a las familias para salir adelante.

Las protestas callaron al comprender los argumentos del capitán.

—Sí. Esta es la forma que tiene mi hermano mayor de recordarnos nuestra humanidad en estos momentos tan difíciles.

Sacudiéndose las ideas sobre su extraña relación fraternal con el cocinero, vuelve su atención a los muchachos.

—¿Eso es todo?

Esta vez habló Crono.

—Nos tenemos que ir ya, capitán. Comprendemos están ocupado, y espero no le importe a nadie si nos permiten regresar a nuestro hogar por nuestro propio pie.

Lo que más temían, era andar con una escolta de soldados hasta los cañones de Truce, especialmente sin tener idea todavía de cómo regresar, además la misma Lucca les había enfatizado la necesidad de privacidad cuando estuvieran ahí. No vieron mejor manera de conseguirla si la pedían desde ahora.

—Bien —contestó el capitán sin hacer ningún comentario—. Estamos demasiado ocupados que en realidad nos hacen un favor a todos. Hasta el rey está atareado organizando a los constructores para agilizar la reparación del puente Zenan. Él entenderá su necesidad de regresar a su hogar cuando le hagamos saber sobre su retirada, sea donde sea.

La forma en que puntualizó las últimas palabras, hizo pensar a los muchachos sobre las sospechas que el capitán se guardaba acerca de ellos, más no exteriorizaba debido al reciente nombramientos de dos de ellos.