─Os encuentro demasiado silencioso esta mañana, William de Andrew ─replicó Sigfrid con magnanimidad, sin apartar la mirada del lugar donde se encontraba todavía Candy acompañada de los gemelos─. Es evidente que las Nornas han tensado vuestro hilo. Skuld debe estar ahora luchando contra Verdandi para hilaros un buen porvenir; así que no resulta extraño que os encontréis confundido. Por mí está bien si elegís callar en vez de decir cosas de las que por seguro os arrepentiréis ─afirmó, con cierta resignación─. Brigitt os envía su amor y os manda pedir que pongáis todo vuestro empeño en escuchar a vuestra sangre vikinga. Ella piensa que, aunque vuestro destino esté marcado por la tierra, lleváis el mar en la sangre, al igual que el resto de nosotros, y os suplica que no olvidéis que vuestra alma es una con el mar y...
─Os pido que recordéis que vuestros dioses no son los míos ─interrumpió sir William con gravedad, todavía inmerso en sus cavilaciones─. Me he acostumbrado a pensar que el destino se construye a base de esfuerzo y bajo la mirada complaciente de un Dios misericordioso.
─Da igual si me creéis o no ─replicó Sigfrid, sin disgustarse por la interrupción. De estar charlando con cualquier otra persona sin duda habría perdido la paciencia; sin embargo, con ese nieto en particular solía mostrarse tolerante. Teniendo en mente la advertencia de Brigitt, continuó diciendo─: ¿Sabéis algo, hijo? A menudo pienso que vuestro Dios también gusta de retorcer los hilos de vez en cuando y puedo dar fe de que posee un sentido del humor tan oscuro como el de Loki. Así que os auguro una que otra sacudida en el rumbo de vuestra vida. Brigitt también piensa lo mismo, o no me habría pedido que os pida, en su nombre, que tengáis presente cuánto han bendecido las aguas a nuestra familia: han sido ellas quienes nos han llevado y traído a todos según los designios marcados por las Nornas, siempre con bien y con fortuna, encaminando a cada quien al destino que ya tiene marcado. Aunque ahora os halláis convertido en señor de estas tierras no debéis olvidar que sois un amo de los mares.
─¿Porqué habéis traído a mi padre y a Candy hasta aquí, Sigfrid? ─inquirió William, con semblante más serio aún de ser posible, evitando considerar las anteriores palabras del anciano. Lo haría sí; pero después de tener a todos a salvo en Ashenbert. Las inmediaciones de un bosque plagado de bandidos no eran el lugar apropiado para cavilaciones.
─¿No os ha gustado vuestra sorpresa de cumpleaños, milord? ─preguntó Sigfrid a su vez, con tono ligeramente irónico. Su mirada brillante concentrada en el rostro de su nieto, mismo que en ese momento exhibía una mezcla de emociones que era en sí misma una obra de arte.
William miró retadoramente al hombre mayor, incapaz de formular una contestación, extraviado en la marea de sentimientos con la que ya comenzaba a familiarizarse desde la tarde anterior. Responder afirmativamente a la pregunta de Sigfrid implicaba admitir lo inadmisible; pero ¿Cómo negar algo que era evidente? Su abuelo lo conocía bien, de eso no cabía la menor duda.
¿Qué hacía un hombre cuando la vida lo interrogaba a temprana hora de la mañana?
El semblante de sir William se ensombreció, al comprender que no podría encontrar, por mucho que se esforzase, un argumento que explicara satisfactoriamente a su abuelo ninguna de sus decisiones, especialmente aquella que tomara en razón del viaje a Inglaterra al despedirse de Candy. Sabía perfectamente que Sigfrid aún no había planteado la cuestión sobre la cruz de san Andrés, pero lo haría muy pronto, o no estaría hablando de destino y designios marcados.
─No debisteis... ─comenzó a decir, en tono ligeramente fatigado. No estaba de humor para una conversación más profunda con Sigfrid que sin duda derivaría en discusión, y era necesario no demorarse para dejar atrás el West Pass.
─¿Qué? ─interrumpió el anciano, con gravedad no excenta de sorna─. ¿Tomar una decisión que os correspondía a vos? ¡Adelante! ¡Decidlo! Aunque no sé todavía porqué os mostráis tan alterado por algo que, en el fondo, os complace tanto.
─¿Qué es lo que en realidad esperáis que os diga, Sigfrid? ─preguntó sir William, rehuyendo nuevamente conceder una respuesta clara y directa. Por increíble que pareciera se sentía acorralado, ya no se dijera confundido por la multitud de ideas que permanecían luchando por ordenarse en su mente. Ante su cuestionamiento, el anciano vikingo permaneció en silencio por largo rato, como sopesando la respuesta que daría.
En tanto esperaba por las palabras de su abuelo, sir William permitió a su mirada vagar en derredor, por supuesto, teniendo cuidado de evitar mirar en dirección a Candy. Sigfrid era un hueso duro de roer y todo indicaba que no estaba dispuesto a dejar traslucir nada significativo en lo tocante a sus razones para llevar a cabo ese viaje. Sin embargo, sabía que no iba a gustarle lo que estaba a punto de escuchar, tan bien como sabía que la furia que lo dominara el día anterior todavía estaba ahí, a la espera de una salida.
Era difícil imaginar lo cerca que habían estado Sigfrid y sus invitados de vivir una tragedia y no morir de desesperación. Su padre había tenido razón en algo: no había nada qué lamentar, y afortunadamente las cosas habían salido bien; pero lo cierto era que sus entrañas estaban resintiendo las fuertes emociones que despertara en él ese increíble descubrimiento en medio del bosque.
Candy, de entre todas las personas.
Sólo Dios sabía lo que le estaba costando dominarse y permanecer en su papel de caballero al servicio del rey; especialmente después de lo vivido la noche anterior junto a su padre. Era una suerte que nadie más hubiera atestiguado tal momento de debilidad. No que se sintiera avergonzado, por supuesto; sin embargo, algo le decía que era mejor que ninguno, ni siquiera Sigfrid, supiese cuánto le afectaba todavía todo lo que sucediera a su protegida, especialmente tomando en cuenta el cómo su abuelo parecía tomar ahora su relación con Candy.
¿Qué había ocurrido para que Sigfrid resolviera llevar a su padre y a Candy hasta allí?
─No logro entenderos, querido muchacho ─replicó Sigfrid, por fin, con sinceridad evidente mezclada con un dejo de resignación─, y debo admitir que os desconozco. Me sorprende sobremanera que hayáis confiado más en una niña del servicio, que en vuestro propio padre o yo mismo, para salvaguardar la reliquia más preciada de vuestra herencia. Eso es todo.
Ahí estaba por fin. Lo había dicho, si bien no de la forma que esperaba; aunque daba igual: el hecho era que, por primera vez, su abuelo mostraba desaprobación hacia Candy; o más bien hacia su carencia de abolengo; porque estaba seguro de que de eso se trataba esa conversación.
Doncella del servicio...
─Candy no es...
─Muchacho, muchacho ─replicó Sigfrid, agitando un dedo frente al rostro de su nieto─. No nací ayer. Así que será mejor que no intentéis hacerme quedar como tonto.
¿Era eso verdad? ¿Acaso estaba tratando de obviar una explicación que era necesaria? William reflexionó sobre ello. Estaba seguro de que no intentaba deliberadamente hacer caso omiso de las preocupaciones del anciano; sin embargo, no alcanzaba a comprender la razón para la insistencia y la inquietud de Sigfrid, en particular porque su abuelo estaba enterado de la existencia de Candy desde el principio y tenía perfectamente claro lo especial que ella era para todo St. Andrews...
El León escocés estuvo a punto de echarse a reír sin ganas al percatarse de que sus pensamientos confirmaban la afirmación de su abuelo. ¿A quién quería engañar? Sigfrid, al igual que todos quienes lo conocían, sabía lo mucho que Candy significaba para él.
¿Porqué a ella?
¿Porqué había entregado a Candy la cruz de San Andrés? No lo sabía. Lo único que sabía era que no podía explicar a su abuelo algo que ni siquiera podía comprender él mismo.
¿Qué había ocurrido aquel día en el halconario? No lo recordaba con exactitud; sin embargo, lo que sí recordaba era el momento exacto en que había resuelto desprenderse de su tesoro más preciado. Por extraño que pareciera, la entrega de la cruz a Candy no había sido un impulso debido a la emoción de su inminente partida. No. La decisión había sido tomada tiempo atrás, en los días previos a la llegada de Sir Johnson, cuando había sentido la irrefrenable necesidad de asegurarse que aquella difícil despedida no sería causa de lágrimas para Candy.
Era apenas un muchacho y Candy una niña, pero aún entonces había considerado cuestión de vida o muerte mantener brillando una sonrisa en su pequeño rostro de duende y también había sido importante asegurarse de que ella no se olvidase de él, ni del extraño lazo que les unía. En alguna forma que ni el mismo se explicaba, había llegado a pensar que ese singular presente obraría el milagro de que el tiempo y la distancia no existiesen entre ellos.
Aquel día había dicho a Candy la verdad: la idea original había sido llevarse con él la cruz; pero, en algún momento mientras preparaba el viaje, había comprendido que no necesitaba tal objeto para que el recuerdo de St. Andrews y la gente a la que amaba permaneciera vivo en él. En algún punto también, había sabido en su corazón que lo correcto era entregarla a ella, pese a estar consciente de que el deseo de su abuelo era muy diferente. Por extraño que pareciera, aún ahora estaba seguro de que Candy, más que ninguna otra persona, poseía el derecho a portar esa joya familiar.
─No sé porqué lo hice ─repuso con sinceridad─. Sólo sé que las cosas ocurrieron así y no de otra forma y que mi decisión fue la correcta.
─Ya me lo temía ─indicó Sigfrid con un gruñido que evidenciaba su exasperación─; pero certeza o no, os advierto que es preciso que reflexionéis. Pensad por un momento en vuestra madre, en las flores que cada año que habéis pasado fuera de St. Andrews habéis quedado a deber en su tumba, y en lo mucho que habéis hecho sufrir a vuestra gente con vuestra insensata permanencia en este reino. Pensad también cual es la actitud correcta que debéis asumir en lo tocante a vuestro rango y destino.
─Abuelo... ─comenzó a decir William, pero se interrumpió cuando el anciano guerrero levantó una mano pidiéndole que guardase silencio.
─Actitud correcta, milord ─repitió, en tono de quien da una lección a un niño─. Sólo eso os pido ─pidió Sigfrid con la firmeza que acostumbraba emplear con los hombres que tenía bajo su mando en la nave y, enseguida, hizo ademán de retirarse; sin embargo, la voz de William lo detuvo:
─¿Actitud correcta? ¿Eso es todo? ─inquirió William dejando traslucir su molestia─ ¿Y quién es ahora el que está intentando hacerme quedar como un tonto? ¿Acaso pretendéis que crea que habéis cruzado los mares para hablarme de las Nornas y el destino solamente, Sigfrid? ¿Cómo es que osáis mencionar las flores que adeudo sobre la tumba de mi madre cuando sabéis perfectamente lo que llevo en el alma? ¡Pardiez! ¡No soy un niño a quien podáis enredar con vuestros argumentos! ¿Porqué no tenéis el valor de decir claramente lo que os ha traído hasta aquí y lo que en realidad os inquieta?
William pronunció las palabras a pesar de sí mismo. Pese a su deseo de no sacar el tema a colación, a menos que lo hiciera su abuelo, no podía fingir que no comprendía las intenciones tras cada una de sus frases y no podía negar, tampoco, que aún persistía en él la molestia que provocara esa sutil mención al incierto origen de Candy.
─¿Porqué entregáistes la cruz a esa niña? ─preguntó Sigfrid de nuevo, dejando traslucir un dejo de molestia, pero manteniendo la voz en un tono normal. La pregunta no era casual y eso sir William lo sabía perfectamente; de hecho, tenía la inquietante certeza de que obtener una respuesta era la razón principal para la presencia de su abuelo, su padre y Candy misma en suelo Inglés.
Sigfrid no se iba a conformar con una respuesta a medias.
NOTAS:
Las Nornas son las Señoras del Destino en la mitología Nórdica. Tres de ellas son las principales, conocidas por los nombres de:
Urd, "lo que ha ocurrido", el destino.
Verdandi, "lo que ocurre ahora"
y Skuld, "lo que debería suceder o es necesario que ocurra" (fuente: wikipedia).
