A partir de la noche que pasé con Daryl, comencé a fijarme más en la gente y el ambiente. Normalmente las personas no interactuaban entre ellas, paseaban de un lado a otro sin decirse nada y me di cuenta de que trataban de pasar desapercibidos. También me fijé en los hombres de Della Rocco, caminaban en grupos de dos o tres por toda la urbanización y entonces caí en la cuenta de que no solo vigilaban por si aparecía caminantes si no que nos vigilaban a nosotros. En ocasiones les vi llevar a gente hacia sus todoterrenos y sacarlos de la comunidad, en su mayoría eran jóvenes. Me sentía como si me estuviesen siguiendo y mi lapa se volvió más pesada que de costumbre, no le gustó que la dejase sola.
- No sabes el miedo que pasé, ¿y si llega a pasarte algo?
- Estaba buscando a un amigo y él me protegió – contesté con parsimonia sin apartar la vista de la ropa que me iba a poner.
- ¿Y si te hubiesen pegado, o te hubiesen secuestrado o te hubiesen llevado a la granja…? – se calló repentinamente y trató de cambiar de tema con nerviosismo – Este pantalón está hecho un asco, no entiendo por qué no consigues ropa nueva.
- ¿Qué es la granja? – me miró algo asustada.
- No es nada, no sé por qué lo he dicho.
- Cuéntamelo, Anne.
- No.
- Anne, me estoy hartando de tus jueguecitos.
- ¡Cállate! – de repente saltó sobre mí y caímos a la cama, ella me agarraba con fuerza haciéndome daño y con un semblante entre terror y rabia – Conseguirás que nos maten a las dos. Yo estoy cansada de tener que ser tu niñera y que siempre escapes de mí. Vamos a salir esta noche, fingirás que te lo pasas bien y volveremos a casa y no te largarás a ningún lado ni me dejarás tirada ¿entendido?
Anne era más grande que yo y en una pelea ella me ganaría si me golpease con su enorme mano, podría salir mal parada. No podía moverme bajo su peso. Bufe incómoda y tuve que prometerle que no me iría a ningún sitio para que se quitase de encima. Se bajó y comenzó a comportarse como si nada hubiera pasado. Me tiró mis vaqueros recién limpios y habló sobre el tiempo. El terror que había visto en sus ojos al nombrar la granja se había grabado en mi mente. ¿Qué había allí que le causase tanto miedo? ¿No era una simple granja?
La seguí toda la noche en silencio. No era divertido ir con ella, hablaba de cosas que no me importaban y la gente no parecía estar pasándoselo bien, era todo como una inmensa obra de teatro donde cada uno tenía un papel asignado. Si tenía que quedarme al lado de mi lapa, lo haría, pero no sería una compañía agradable. No hablé, respondí con gruñidos a sus preguntas, no quise bailar y no bebí nada preocupada de que el alcohol me hiciese sociable, me dio por perdida y prefirió que volviéramos a casa.
Afuera había mucho jaleo. Los chicos de Della Rocco estaban haciendo una de las suyas frente a la plazoleta. Había un corro y animaban a dos hombres que se estaban peleando. La mayoría estaban muy borrachos y aceleraban las motos en el sitio para armar más jaleo. Inconscientemente le busqué entre el grupo. Anne tiró de mí para alejarme. Daryl estaba sentado en su moto con una botella en la mano, rodeado por otros dos tíos, parecía estar pasándoselo bien. Se giró al sentirse observado, retiré la mirada cuando me encontré con sus ojos. Dejé que mi lapa me alejase de allí sin poner demasiada resistencia.
Una moto pasó por mi lado, parando frente a nosotras. Daryl miró con desagrado a la chica. Se levantó y fue directo hacia mí. Le miré sin comprender lo que hacía. Me agarró bruscamente y me besó con furia. Sorprendida y confusa, me obligué a estarme quieta. Distinguí el sabor del whisky de su aliento, eran Yukon Jack. El olor también había impregnado su ropa. Me recordó el verano en el que iba todos los días con mis amigos a un pub, allí siempre había un hombre bebiendo ese licor.
Noté como se enfurecía ante mi pasividad y eso también me cabreó a mí. El día anterior me había echado de su casa y ahora quería besarme, si era tan inestable emocionalmente no le quería cerca. ¿Qué demonios le pasaba? Si creía que podía hacer lo que quisiera y yo siempre iba a estar ahí, estaba equivocado. Anne empezó a pegarle en la espalda para que me soltara.
- ¡Déjala, cerdo!
- ¡Lárgate, maldita sea! – la empujó para apartarla. Anne se quejó audiblemente. Algunos de los hombres cercanos se rieron de la escena señalándonos.
Me subió en la moto y montó delante de mí. Arrancó y nos alejamos de allí. Me dejé llevar porque me alejaba de la lapa. Evité agarrarme a su cintura y me cogí con fuerza al sillín. Miró por encima de su hombro con los ojos entrecerrados, aparté la mirada fijándola en su espalda. Aceleró bruscamente y tuve que agarrarme él para no caer. Paró justo frente a mi edificio, no recordaba haberle dicho donde vivía. Apagó la moto y bajé.
- ¿De qué vas? – le pregunté mosqueada - ¿Te crees que puedes despreciarme y después besarme como si nada?
Me di la vuelta y caminé hacia el edificio. Le escuché bajarse del vehículo y seguirme.
- Para, joder – me ordenó con voz autoritaria – Te dije que tuvieses cuidado y a ti solo se te ocurre salir con esa maldita mujer y pasar por delante de esos gilipollas.
- Precisamente tú estabas con esos gilipollas – me volví para encararle – Creía que no te importaba lo que me pasase. Por eso me echaste de tu piso ¿no?
- Yo nunca dije eso – se pasó la mano bajo la nariz rápidamente - Mejor que voy.
- Sí, mejor.
Le di la espalda y abrí la puerta del edificio de un empujón. Subí los primeros escalones y paré. ¿A qué demonios estábamos jugando? Bajé los escalones que había subido y me escondí tras la esquina a ver si aún seguía allí afuera.
Sonreí para mis adentros al verle aún de pie. Miraba hacia arriba y me pregunté por qué lo haría. Quizás estaba esperando para ver si se encendía la luz de mi piso. Me apoyé contra la pared sin dejar de mirarle. Sacó algo del bolsillo trasero de sus vaqueros, un paquete de tabaco. Encendió uno y lo fumó mirando de vez en cuando hacia arriba. Tonto. Que guapo estaba cuando se ponía nervioso. Tiró el cigarrillo y lo pisó. Miró el interior del edificio. Me escondí tras la esquina pensando que me había visto pero era imposible, estaba demasiado oscuro. Me asomé un poco. Se había montado sobre la Triumph. La encendió y el rugido del motor me llegó lejano. Sentí la necesidad de ir tras él pero algo me contuvo. ¿El orgullo? No. ¿Cabezonería? Jamás. El miedo. Miedo a una nueva pelea. Me mantuve allí de pie hasta que desapareció. Suspiré y solo entonces subí de vuelta a mi piso.
Recogí los tickets que me tocaban por las horas trabajadas. Reconocí a James al fondo de la sala, hablando con alguien. No podría asegurarlo pero me pareció que el hombre con el que hablaba era Gerard. Me quedé mirándolos. Una mujer mayor que había detrás de mí tosió para que me apartase. Salí de allí murmurando una disculpa, la mujer me dedicó una mirada enfadada.
Aparté la imagen de Gerard hablando con James a algún confín de mi mente y me dediqué a cualquier cosa. Volví a mi apartamento. Dejé los tickets sobre la mesa de la cocina y abrí el armario que había sobre el fregadero. Saqué un paquete a medio comer de galletas de chocolate, un capricho que había conseguido coger antes que un chico menor que yo. Sonreí con malicia al recordar la mirada rencorosa que me había dedicado. Salí al balcón con una galleta en la boca. Me apoyé sobre la barandilla. Al estar en un cuarto piso las casas no me tapaban las vistas y podía ver las calles hasta la plazoleta. Nuevamente dos furgones entraban, escoltados por ocho motoristas armados hasta los dientes. Mordí la segunda galleta atenta a los vehículos. Desde que estaba allí no había vuelto a traspasar aquellas puertas. Observé, masticando lentamente, como los hombres de Della Rocco conducían de vuelta a su zona. Tardaron unos momentos en cerrar las puertas, los guardianes parecían demasiado ocupados en hablar entre sí como para prestar atención a las enormes planchas de metal que nos separaban del exterior.
Me relamí los labios capturando las migas con la lengua. Podía ir a echar un vistazo, estaba harta de ver siempre las mismas calles y casas. Parecía mentira pero eché de menos estar fuera de la seguridad que me proporcionaba la urbanización. Me separé de la barandilla y volví a entrar en el piso. Dejé las galletas en la encimera y recogí las llaves. Me colgué la mochila, que había estado esperando pacientemente sobre una silla en mi habitación, al hombro y me aseguré de que llevaba el revolver que Daryl me había dado tiempo atrás. Acaricié el frío metal con la yema de los dedos. Tonto, lo hacía todo tan complicado. Me apoyé en la puerta y miré por la mirilla. El pasillo estaba desierto, abrí la puerta y me deslicé fuera en silencio, lo que menos quería en ese momento era que se me pegase Anne.
Desde el encontronazo con Daryl estaba más calmada. Me miraba con algo de recelo, enfado y creía, miedo. No volvimos a hablar de la granja en las dos ocasiones en las que habíamos estado juntas en el trabajo. Bajé las escaleras con paso rápido y aproveché que entraba una pareja de hombres mayores para deslizarme fuera del edificio. El sol estaba alto, indicando la hora del almuerzo. Por eso, la gente volvía a sus casas y casi nadie andaba por las calles. El invierno se retiraba y comenzaba a hacer calor. Lo agradecí después de todo el frío que habíamos pasado en el motel, sin poder encender la calefacción. Me dirigí rápidamente a la salida de la urbanización. Paré, escondida tras una esquina, a observar lo que sucedía. Los vigilantes se estaban cambiando. Uno de los que llegaba bromeó, dijo algo que pretendía ser gracioso sobre la madre de uno de los antiguos vigilantes, uno pelirrojo. El ofendido se volvió sin disimular su enfado y le maldijo. Empezaron una pelea entre ellos, únicamente el guardián más alto parecía querer terminar la discusión e intentaba separarlos. El compañero del insultado metía cizaña empujándolos.
Dejé de mirar a los hombres de Della Rocco y me centré en las planchas de metal. Estaban cerradas por una viga de madera. Me acerqué sigilosamente, pasando tras los cuatro hombres que se habían alejado para mantener la pelea. Miré detenidamente la viga. Mediría como mi envergadura, desde la punta de los dedos de mi mano derecha a la yema de los de mi mano izquierda, delgada y parecía gastada por estar al aire libre. El sol había clareado la madera y le concedía un tono pajizo que aumentaba su aparente fragilidad. Me pareció una irresponsabilidad que solo ese trozo de madera nos separase de un mundo plagado de caminantes. Un mundo en el que quería entrar. Agarré la viga con las dos manos y empecé a levantarla. Para mi desgracia, pesaba más de lo que había pensado en un principio. Resoplé y dejé la pesada viga para tomar aliento. La segunda vez me acomodé con las rodillas flexionadas, ambas manos en un extremo de la madera y empujé con fuerza. Empezó a levantarse. Mis brazos temblaron un momento y los músculos se quejaron con débiles punzadas de dolor. Había mucho tiempo que no hacía un esfuerzo físico grande.
Una enorme mano apareció sobre la viga y empujó hacia abajo haciendo que perdiese fuerza y tuviese que soltarla para evitar caer al suelo. Alguien me agarró de la mochila y me puso de pie cortando mi balanceo. Me encontré de frente a cuatro hombres cuando me dieron la vuelta.
- ¿Qué cojones hacías? – me preguntó el más alto, aquel que había intentado separar a sus compañeros.
- ¿Quién es ésta mujer? ¿Qué demonios hace aún aquí? Tendrá dieciocho o diecinueve, debería ir a…
- La llevaremos con Della Rocco – el hombre alto cortó al graciosillo, el que se había burlado de la madre del pelirrojo.
- No quiero ir a ninguna parte – dije nerviosa, sintiéndome atrapada entre sus cuatro cuerpos. Tiré para que me soltasen la mochila. El compañero del pelirrojo, uno con la nariz enorme, me agarró del brazo.
- Irás a donde se te diga.
- No. James nos dijo que esto era un buen sitio, no que fuera una prisión. Solo quiero salir y dar una vuelta. ¡Suéltame! – me rebelé.
- ¿James? Ese no pinta nada aquí – se rio el graciosillo – Se cree el alcalde de todo este sitio y solo es un títere. Si por él fuera, no se estaría buscando una cura con… - el alto le dio un codazo y se quejó con un gemido - ¡Auch! Mira donde pones el codo, joder. Solo quería decir que me pareció una buena idea lo de los críos… ¡Joder!
Esta vez fue el pelirrojo el que le pegó una colleja. Se agarró la nuca dolorido, mirando con rabia a su agresor. ¿Críos? ¿Qué críos? En la urbanización había pocos niños. Parecieron olvidar momentáneamente mi presencia mientras el alto sermoneaba al gracioso por bocazas. Agudicé el oído tratando de entender sus susurros pero hablaban demasiado rápido. El hombre de enorme nariz me volteó con agresividad cuando se dio cuenta de que estaba prestando atención a la conversación.
- ¿Qué haces? ¿Tu maldita madre no te enseñó a no escuchar conversaciones ajenas? – sus ojos negros me escrutaron intimidantemente. Me recordó a un cuervo, con la nariz en forma de pico y los ojos pequeños y muy, muy oscuros – Larguémonos ya. Llevémosla a la granja. La conozco y sé que está sola. Nadie cuida de ella ni la echará de menos.
Abrí la boca para replicar, exclamar el nombre de Daryl cuando me di cuenta de que fue él mismo quien me pidió que no le buscase y quien me echó de su casa. Inmediatamente después pensé en el grupo y Rick, ellos sí cuidaban de mí. Mentira. Estábamos separados, ya no había grupo. Donde quiera que estuviesen nadie se había molestado en buscarme. Es decir, vivíamos en la misma urbanización, ¿no tenían tiempo para dar un paseo y ver si me veían? Cerré los labios con fuerza y agaché la mirada, sintiéndome más sola y desamparada que nunca.
- Solo Della Rocco puede decidir eso y lo sabes.
- Yo solo digo…
- Cuatro hombres custodiando a una dama. Parece que mis chicos se están convirtiendo en todo unos caballeros.
Los cuatro vigilantes se volvieron hacia el lugar de donde había provenido la voz. Della Rocco nos miraba con una sonrisa amable, una amabilidad que no se reflejaba en sus ojos. Iba impecablemente vestido, la barba parecía recién recortada y el pelo blanco peinado hacia atrás con elegancia. Un pañuelo blanco asomaba por el bolsillo superior de la chaqueta oscura que llevaba. Vestía como un auténtico gánster de las películas antiguas. Tanta elegancia en el fin del mundo aterraba.
- ¿Puedo saber el motivo por el cual ustedes cuatro aún no se han decidido a acompañar a la muchacha a su hogar para que el sol no queme esa preciosa piel que tiene? – me miré nerviosa las manos porque se dirigiese a mí.
- Estaba intentando levantar la viga para salir, Della Rocco. La paramos antes de que lograse quitarla.
- Oh, eso no puede ser. ¿Por qué querría salir de aquí? Esto es un lugar seguro.
- Solo quería dar una vuelta por el campo. Me gusta mucho la naturaleza – levanté la cabeza con algo de confianza recuperada. La perdí al ver la sonrisa que pendía en la cara del hombre. Era maliciosa, como la de un gato que juega con un ratón antes de matarlo.
- Estábamos pensando en llevarla a la granja – se aventuró el graciosillo. La sonrisa desapareció y Della Rocco le miró con frialdad. Volvió a recuperar una expresión más amable al observarme de nuevo.
- Vamos, querida. Es la hora de comer y hace demasiado calor para estar en la calle, podría darte una insolación y no queremos que eso pase – un escalofrío me recorrió la espalda mientras me hacía señas con la mano – Grunt, Maconey acompañaremos a la dama hasta su edificio.
El alto me empujó para que avanzase. A regañadientes me puse al lado de Della Rocco y le seguí de vuelta a mi piso. El pelirrojo y el alto iban detrás, no sabría decir quién era Grunt y quien Maconey.
- O sea que te gusta la naturaleza – levanté la mirada hacia el gánster y la aparté inmediatamente al ver que me observaba.
- Sí – murmuré.
- Si quieres podría pedirle a alguno de mis chicos que te acompañase a dar un paseo. Las cosas fuera de estos muros no son seguras como para que una dama ande sola sin protección, recogiendo flores del campo. Ahí fuera hay gente malvada y monstruos que podrían herirte – me mordí la lengua, quemada por el tono de superioridad que usaba. Noté que se burlaba de mí de forma disimulada – Quizás podríamos decirle a Daryl que te acompañase, ¿eso te gustaría? – le miré con la boca abierta sin ocultar la sorpresa. El hombre me miraba seriamente, ya no había rastro de amabilidad – O puede que a Bruce. Bruce es valiente, sabe disparar y manejar un cuchillo mejor que nadie. Solo hay que tener cuidado porque siente debilidad por las rubias y es un poco agresivo cuando quiere conseguir algo.
Apreté los dientes realmente incómoda por el comentario. Solo deseaba que se abriese un agujero en el suelo por el que escapar.
- Vamos mujer. No te lo tomes a pecho, solo estoy bromeando – empezó a carcajearse con voz grave, sin darse cuenta de que su broma me había puesto los pelos de punta o ignorándolo, a mi espalda escuché risas contenidas – Bruce no es mal tipo cuando lo conoces, pero no dejaría que te acercases a él.
Paramos frente a mi edificio. ¿Cómo demonios parecía todo el mundo saber dónde vivía? ¿Me vigilaban? ¿Llevaba un chip rastreador y no me había dado cuenta?
- Bueno, hemos llegado. Espero que no te hayan asustado. Ellos solo intentan mantener a todo el mundo a salvo y no es bueno que una muchacha abra las puertas sin vigilancia. No sabemos lo que podría haber detrás.
- Entonces estoy encerrada en este lugar ¿no? – crucé los brazos sobre mi pecho mirándole.
- No. Claro que no estás encerrada, puedes ir y venir cuando quieras pero debes entender que abrir las puertas supone poner a toda la urbanización en peligro durante un momento. Hay que pensarlo todo fríamente y obrar en el momento de mayor seguridad. ¿Comprendes lo que te digo? Red Mountains tiene todo lo necesario para entretenerte y mantener ocupada. Si quieres ver algo de naturaleza puedes pasear por los jardincitos. No es necesario salir y me sentiría menos preocupado si no te tengo por ahí pensando que estás prisionera en este lugar. Eres libre, puedes decir, hacer, preguntar lo que quieras y siempre se te tratará bien.
- ¿Seguro? – asintió, en ese momento decidí jugarlo todo a una carta - ¿Qué es la granja? El pelirrojo me amenazó con enviarme allí.
Della Rocco le miró unos segundos antes de volverse hacia mí. El pelirrojo tragó audiblemente al encontrarse con la mirada del hombre. Yo no había alcanzado a ver su expresión pero podía imaginarme lo aterradora que había sido.
- Era solo una broma – rio como para enfatizar que así era, sus dos esbirros le imitaron y les escruté en silencio – La granja solo es el sitio de donde sacamos los alimentos. Su propio nombre lo indica. Granja. Con gallinas y cerdos y pollitos y vacas y todo lo que suelen tener las granjas.
- ¿Por qué me dijo que me llevarían allí? – insistí. Della Rocco suspiró como si su paciencia estuviese llegando a su fin.
- Es el castigo que solemos aplicar cuando alguien infringe alguna norma. Trabajar un par de días en la granja pero siendo tu primera infracción y como llevas poco tiempo aquí te perdonaremos. La próxima vez evita la tentación de curiosear por tu cuenta.
Se dio la vuelta para irse. No me quedó nada clara su respuesta, no me lo creía. Ese lugar guardaba algo. Todos sus esbirros sabían algo, al menos aquellos con los que había tenido más contacto, y siempre se callaban unos a otros para no decir algo que me diera pistas sobre lo que sucedía. Me arrojé sobre las puertas de mi edificio con la impulsiva necesidad de entrar en mi apartamento y encerrarme en el único lugar en el que me sentía segura, a medias.
- Sue – sostuve la puerta abierta al darme la vuelta, Della Rocco me escudriñaba a varios metros casi en mitad de la pequeña carretera – Hay un refrán que dice que la curiosidad mató al gato. Quizás fue una linda gatita de pelo rubio.
Tragué con dificultad y sentí un nudo en la garganta. Cerré rápidamente la puerta, con la mirada del hombre aún posada sobre mí. Me di la vuelta y corrí hacia las escaleras. Había conseguido lo que quería y su amenaza había borrado cualquier plan de volver a intentar salir de la urbanización.
