Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Mientras Rikuo y compañía defienden Kioto, Hagoromo Gitsune viaja a Shikoku para invesitgar lo que ocurre allí, sin darse cuenta de que Tamazuki está concentrando sus efectivos en la capital. Por su parte, los Keikain, sin el liderazgo de Hidemoto 27º, planean cerrar la barrera de Seimei y expulsar a todos los yokai de Kioto.


El ritual de la copa

La noche se acercaba. La actividad en el Hospital Universitario de Kioto se había ralentizado, pero no parado. Un hospital en una ciudad tan grande nunca dormía del todo. Más aún cuando aún quedaban víctimas del devastador incendio de Nochebuena que requerían cuidados intensivos.

Yura podía haber advertido a los médicos y enfermeros que aquella noche no iba a traer más clama, sino todo lo contrario, al menos si lo que pensaba del enemigo era cierto. Los yokai de Shikoku y el Clan de las Cien Historias aún no habían sido detenidos. A pesar de que la noche anterior habían sufrido un revés, continuarían con sus razzias nocturnas hasta que alguien les parase los pies de una vez y para siempre.

En teoría, ese "alguien" deberían haber sido los onmyoji de la casa Keikain. Yura, como futura cabeza de la familía, debería haber dado ejemplo y liderar los esfuerzos para limpiar la ciudad de la plaga que la asolaba. Sin embargo, en aquel momento no tenía ánimos ni energías para ello.

Su abuelo aún no había despertado.

Hidemoto 27º había sido gravemente herido durante su pelea con Tamasaburo. Aunque Yura había llegado a tiempo de mandar al infierno al malvado yokai actor, no lo había hecho antes de que el Ejecutivo de las Cien Historias empalase de lado a lado a su anciano abuelo. Los médicos habían hecho todo lo que habían podido, pero la verdad era que no albergaban muchas esperanzas de que Hidemoto fuera a ver la luz del nuevo día.

Yura lo había estado velando todo ese tiempo con expresión alicaída, ajena a los debates que se estaban produciendo en el seno de la familia.

Así la encontró Ryuji cuando regresó al hospital. El hermano mayor de Yura hizo una mueca de disgusto. Venía con la intención de hablar muy seriamente con la idiota de su hermana; una onmyoji deprimida no le servía a nadie.

—Deja de mirar las musarañas y atiende, enana. Tenemos problemas —le espetó Ryuji.

Mamiru frunció el ceño de manera casi imperceptible. Había acompañado a su compañero de armas hasta allí, pero había preferido quedarse junto a la puerta, a modo de guardián.

Prueba de que Yura estaba francamente mal fue que no respondió. Normalmente habría jurado en arameo y habría puesto a su hermano mayor a caer de un burro, como tantas otras veces, pero no. No se enfadó. Ni siquiera frunció el ceño. Sus ojos apagados estaban más tristes que nunca.

—¡Eh! ¿Me has oído?

—Te he oído, hermano —contestó Yura, en voz tan baja que parecía estar susurrando. Ni siquiera se dio la vuelta para mirarle.

—Pues entonces escucha: las gerifaltes de la familia se están reuniendo en estos mismos momentos y todo apunta a que van a aprobar el plan de cerrar la barrera de Seimei. Ya sabes, ese bonito invento que deja a los yokai fuera y a los humanos dentro de la ciudad —explicó Ryuji.

—Ya.

Ryuji parpadeó confuso. Aunque muchas veces había chinchado a su hermana, diciéndole que se dejaba llevar demasiado por las emociones, ver a Yura tan apagada estaba resultando ser una experiencia sumamente inquietante.

—Bueno, pensé qué querrías saberlo —dijo Ryuji.

—¿Por?

Su hermano entrecerró los ojos.

—Yura, no te hagas la tonta. Sabes perfectamente que si esos estúpidos consiguen llevar su plan a cabo, expulsarán no sólo a los yokai de Shikoku y a sus amiguitos del Clan de las Cien Historias, sino también al Clan Abe —dijo Ryuji, arrastrando las palabras—. Personalmente, no me importaría que muriesen todos, pero necesitamos carne de cañón cuando regrese Sanmoto Gorozaemon. Por no mencionar que tener a la vieja viuda negra como enemiga es el suicidio asegurado. En tu caso, pensé que te preocuparía lo que le pudiera pasar a tu novio el medio zorro.

"Rikuo", pensó Yura. Hacía tiempo que no pensaba en él. ¿Por qué no lo había hecho hasta que su hermano lo mencionó? Sus ojos volvieron a clavarse en la cama de su abuelo.

—¿Y qué esperas que haga yo? —le preguntó Yura a su hermano. Siguió dándole la espalda.

Habían llegado por fin al meollo del asunto. Ryuji se cruzó de brazos y miró a su hermana con expresión seria, aunque el efecto imponente se perdía un poco porque no le podía ver la cara a Yura.

—Eres la heredera de esta familia. Ahora que le viejo está mal, es tu deber tomar las riendas —le dijo a su hermana.

Yura se rió. Era una risa seca y cortante, sin pizca de alegría.

—¡Ja! ¿Y de qué serviría? No puedo hacer nada. Puedo aumentar mi poder, pero sólo soy eso: una onmyoji con más poder que cabeza. ¿No es lo que siempre dices tú, Ryuji? ¡Pues quédate tú con la posición de heredero! A mí no me interesa.

—Vaya, y eso viniendo de la canija que siempre fantaseó con convertirse en mi jefa y mandarme a limpiar los baños —sonrió Ryuji.

—¡Eso fue hace años! —se enojó Yura.

Buena señal. Se estaba enfadando. Era hora de dar el golpe de gracia. Ryuji se acercó a su hermana y la obligó a darse la vuelta. Que dejara de mirar a su abuelo. No podía hacer nada por él en ese momento, pero podía hacer algo por su familia. Y por su ciudad.

—Mira, enana, ya sé que no he sido el mejor hermano mayor del mundo (tú tampoco has sido la mejor hermana menor, que conste), pero créeme cuando te digo que a mí el mandato de la familia me importa un pimiento. Lo mío no es dirigir. Lo mío es hacer limpieza. Tú eres torpe, tonta, ciega, atolondrada, ingenua y, además, te falta clase. Pero eres la heredera de los Keikain, te guste o no, así que empieza a actuar como tal. Tienes poder, y no me refiero sólo a tus trucos con las deidades ceremoniales.

—¿Qué poder? —preguntó Yura—. ¿Qué puedo hacer?

—Puedes hablar.

Eso sí que sorprendió a Yura. La joven onmyoji frunció el ceño.

—¿Hablar? ¿De qué sirve hablar si las cosas están así de mal?

Ryuji se apartó de ella y se hizo el ofendido.

—¡No subestimes el poder de las palabras, enana! Y no subestimes el poder de tus propias palabras. Si hablas, habrá gente que te seguirá. Para hacer qué, eso sólo lo puedes decidir tú.

—¿Y tú? ¿Me seguirás, Ryuji? —preguntó Yura, sin tenerlas todas consigo.

Su hermano mayor esbozó una media sonrisa sardónica de las suyas.

—Sólo hay una forma de saberlo, enana.

Se fue, seguido por Mamiru. Yura se quedó sola en compañía de su abuelo inconsciente. La joven onmyoji no sabía qué hacer. Entonces volvió a acordarse de Rikuo. Cogió su móvil. Lo había tenido en silencio desde aquella horrible mañana. Ni siquiera había ido a clase. En la pantalla había una treintena de llamadas perdidas de Rikuo, e incluso un par de la Yuki-onna.

Yura pulsó el botón de llamada.

00000

Mansión Abe

Rikuo estaba serio. Muy, muy serio. El interrogatorio de Sodemogi, el devorador de dioses de Shikoku, había revelado ciertos hechos la mar de preocupantes. Enseguida había convocado una reunión urgente del clan y había pasado la información a los principales lugartenientes. Por desgracia, algunos de ellos acogieron con incredulidad aquellas revelaciones.

—Será una broma —había dicho el nuevo representante de los comerciantes, el mismo que había sustituido al fallecido Satori.

Pues lo que había confesado Sodemogi, más a base de herir su orgullo de yokai de Shikoku que de utilizar métodos menos agradables, era que Tamazuki estaba reuniendo un ejército. Según el lugarteniente, cientos, no, miles de yokai de Shikoku acudirían a la llamada de su señor para la batalla final contra los odiados yokai de Kioto. Era una cosa curiosa ese odio; los tanukis despreciaban a los kitsunes y a todos los que tuvieran relación con ellos, pero los kitsunes casi nunca les hacían caso.

El problema era que en el seno del Clan Abe pocos creían que Tamazuki tuviese tal poder de convocatoria.

—¡Por favor! ¡Menuda estupidez! —había exclamado una de las lugartenientes—. Ese Tamazuki ha matado a uno de los suyos. ¿Quién seguiría a un jefe así? Si nos sentamos a esperar, se matarán entre ellos tarde o temprano. Esos yokai de Shikoku no nos dan miedo. Son los de las Cien Historias los que nos deberían preocupar.

Rikuo no había estado tan de acuerdo.

—Perdonad, pero os estáis confiando porque hasta ahora el enemigo ha sido poco numeroso y, además, viene de una región pobre.

—Exacto —había intervenido el Gran Tengu del monte Kurama—. Tenemos entendido que ese Tamazuki es un joven crual y calculador, además de ambicioso. Si ha sacrificado a uno de los suyos cuando su número es tan bajo, sin duda es porque espera recibir refuerzos. No todos los líderes de las Procesiones Nocturnas son tan gentiles como la señora Hagoromo Gitsune. No sería raro que un grupo de yokai resentidos y sedientos de sangre se uniera bajo su mando.

—¡Bah! Incluso si vieniesen, los localizaríamos enseguida.

—¿Cómo hemos localizado al pequeño comando que ha estado atacando la ciudad todo este tiempo? —había señalado entonces Rikuo—. Durante demasiado tiempo este clan ha vivido bajo la cómoda protección de la barrera que creó mi padre. No estamos acostumbrados a recibir intrusos, ni sabemos cómo impedir que entren. Por eso, es preferible prepararse para lo peor.

A pesar de las reticencias de muchos de los lugartenientes, Rikuo les había convencido por fin de que lo mejor era poner en alerta a todos los clanes y aprestarse para la batalla. El joven señor de los Abe dudaba que esta vez el enemigo fuese a conformarse con ataques de guerrilla. Sería una batalla campal, estaba seguro de ello.

Ahora se estaba tomando un merecido descanso en el jardín de la mansión. Hacía frío, pues hacía días que el invierno había empezado, pero no le importó. El frío le ayudaba a despejarse.

Había otra persona a la que el frío no le importaba. Todo lo contrario, formaba parte de su ser.

—¡Rikuo! —le saludó Tsurara con alegría—. ¿Qué tal ha ido todo?

El muchacho sonrió con cansancio. Se lo contó todo. La Yuki-onna escuchó con atención y asintió a lo que decía. Sí, en su opinión, había hecho muy bien convenciendo a los lugartenientes de que preparasen el zafarrancho de combate. Después de ver a Inugami en acción aquella mañana, por no hablar de Tamazuki paseándose por la escuela como Pedro por su casa a pesar de la presencia de Kurotabo y compañía guardando las entradas y salidas del recinto, no había que subestimar a esos yokai de Shikoku, incluso sin contar el apoyo del Clan de las Cien Historias.

—Mi madre me ha dicho que en Ukiyoe también están ultimando los preparativos —le informó Tsurara.

Rikuo asintió. Iba a añadir algo más, cuando su móvil sonó de repente. Miró la pantalla y el corazón le dio un vuelco. ¡Era Yura!

Sin perder un instante, respondió a la llamada.

—¡Yura! ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te encuentras?

—Hola, Rikuo. Estoy bien —dijo su amiga al otro lado del teléfono con voz apagada.

Rikuo enseguida notó que ocurría algo malo.

—No suenas muy bien, Yura. ¿Seguro que no estás herida?

—No, yo no. Mi abuelo, en cambio... —murmuró Yura.

La chica pasó a relatarle lo que había ocurrido. Rikuo tragó saliva. Sí, había oído los rumores de boca de Sojobo, pero sólo eran eso, rumores. Que Hidemoto 27º aún siguiese con vida era buena noticia, pero era demasiado pronto para alegrarse. Por la voz quebrada de su amiga, entendió que ella no esperaba realmente que su abuelo fuese a sobrevivir.

—Yura, si puedo hacer algo... —empezó a decir Rikuo, pero Yura le cortó.

—Eres demasiado bueno conmigo, Rikuo. Ni siquiera sabes lo que está pasando, lo que mi familia está planeando...

—¿Qué están planeando? —quiso saber su amigo.

Yura se lo contó. Lo de los planes para terminar la barrera mágica de Seimei y expulsar a todos los yokai de Kioto. A Rikuo le habría gustado darse una torta en la cabeza. ¿Cómo podía haberse olvidado de eso? Era verdad, durante la guerra del Nurarihyon, Ryuji había mencionado que esa era la solución de los Keikain. De hecho, no habría sido una mala solución, de no ser porque el sello del castillo Nijo había caído y ya ninguna magia protegía a los yokai de Kioto. Si los Keikain colocaban su propio sello en el castillo, no habría distinciones entre el Clan Abe y el resto de seres sobrenaturales que en aquel momento estaban azotando la región. Pagarían justos por pecadores (claro que a ojos de los onmyoji, todos los yokai eran pecadores).

Era una pésima noticia. Si los Keikain se salían con la suya, los yokai de Kioto se quedarían sin su hogar, dejándolos expuestos a la buena o mala voluntad de otros clanes. Dado que el Clan Abe se había labrado más enemigos que amigos a lo largo de su dilatada carrera, serían tiempos duros. La mayoría de los yokai de Kioto ni siquiera eran combatientes.

Por otra parte, si intentaba detener a los Keikain, probablemente se produciría un enfrentamiento sangriento entre las dos familias, precisamente en un momento en que necesitaban estar unidas para vencer al enemigo común, el mismo que había maniobrado para llevarles hasta esa posición. Rikuo ahora entendía que había sido el anciano Hidemoto, a pesar de su manifiesto desprecio por el Clan Abe, el que había suavizado los exacerbados ánimos de sus camaradas. Ahora, los onmyoji, sin líder y en estado de pánico, podían cometer una tontería.

Rikuo se preguntó qué habría hecho su abuela. Desechó la idea enseguida. Por mucho que quisiese a su abuela, Hagoromo Gitsune no era conocida por sus soluciones diplomáticas.

Yura también debía estar pensando en lo mismo, ya que con voz rota le preguntó:

—Rikuo, ¿qué hago?

El muchacho meditó su respuesta. No estaba hablando sólo con su amiga de la infancia, sino también con la heredera de la familia Keikain. Como él, Yura tenía que tener en cuenta el bienestar y el futuro de su clan. Era un peso muy grande para hombros tan pequeños, Rikuo lo sabía mejor que nadie.

—Harás lo que sea mejor, Yura. Estoy convencido de ello —respondió al final.

Yura no pareció muy satisfecha con la respuesta.

—¿Pero cómo sabré qué es lo mejor? —le preguntó a su amigo.

—Lo sabrás, porque eres la futura líder de la gran familia Keikain, los onmyoji que han ayudado a proteger Kioto durante siglos —sentenció Rikuo con seriedad. Luego, en tono más amable, añadió—: Recuerda, no importa lo que otros digan, yo creo en ti. Siempre lo he hecho y siempre lo haré.

Colgó el teléfono. No quedaba más que decir. Le habría gustado charlar durante horas, consolarla, apoyarla, pero las ruedas del destino no se detenían por nadie. Venus, el lucero vespertino, había asomado ya en el cielo de la antigua capital. La noche estaba a punto de extender su manto oscuro. Pronto llegaría el momento de actuar.

Tsurara, que no se había perdido detalle de la conversación, le miró con expresión confusa.

—¿No estás preocupado porque los Keikain vayan al castillo Nijo y finalicen esa dichosa barrera? —le preguntó, sus cejas fruncidas en torno a sus ojos caleidoscópicos.

—Por supuesto que estoy preocupado —reconoció Rikuo con un suspiro—. Las cosas se están poniendo peor de lo que pensaba.

—Entonces, ¿no deberías haberle dicho que convenciese a los suyos para que no lo hiciesen? ¿De qué sirve tener una amiga onmyoji si no puedes usarla para detener esta clase de tonterías? —dijo Tsurara.

Por dentro, la dama de las nieves echaba pestes de Yura, pero no se lo podía decir a Rikuo a la cara, claro. Curiosamente, eso no le había impedido sentir una honda preocupación cuando se enteró que la casa ancestral de los Keikain había sido atacada, e incluso había intentado llamar por su cuenta a la onmyoji. Era una relación complicada, desde luego.

Rikuo le devolvió una mirada de reproche.

—Tsurara, eso no es lo que hace un amigo —le dijo a la Yuki-onna—. Tengo fe en ella. Como le he dicho, estoy seguro de que hará lo que sea mejor. Para todos. Pensar sólo en términos de "humanos" o "yokai", de "Abe" o "Keikain", es un error. Si permanecemos unidos, venceremos. Nuestros enemigos sólo vencen cuando estamos separados. Sanmoto Gorozaemon lo demostró, ¡pero no permitiré que vuelva a usarnos de esa manera!

Los ojos dorados de Tsurara brillaron con emoción. Incluso en su forma humana, Rikuo destilaba convicción por los cuatro costados. Qué diferencia respecto al muchacho humilde e inseguro que había conocido cuando se había infiltrado para espiar al Clan Abe. Había madurado. Ahora era el digno heredero de una Procesión Nocturna de los Cien Demonios.

Tras haberlo meditado durante largas y angustiosas semanas, Tsurara tomó una decisión. Sabía lo que quería. Aunque quería mucho a su madre y siempre consideraría amigos a sus camaradas del Clan Nura, sabía que quería andar tras la estela de Rikuo. Para siempre.

—¡Rikuo! —saltó la dama de las nieves.

El muchacho dio un respingo, sorprendido.

—¿S-sí, Tsurara?

—Sé que es mucho pedir, pero... ¡Por favor! ¡Hagamos el ritual de la copa!

00000

Casa ancestral de los Keikain

Aunque la decisión se había tomado de manera informal en la reunión del mediodía, en ausencia de Hidemoto era necesaria una votación oficial para certificar que todo estaba de acuerdo a las reglas por las que se habían regido los Keikain durante siglos. Si no, cualquiera podría haberse desmarcado después y denunciar que los participantes estaban usurpando la autoridad del cabeza de familia.

El jefe de la rama Fukuju, el padre de Masatsugu, lideraba la reunión donde se produciría la votación. Estaba convencido de que se saldría adelante sin problemas. Por un momento, había temido que Ryuji se interpusiese, pero el adusto onmyoji había regresado del hospital sin nuevas noticias y se había quedado apartado en un discreto segundo plano, sin decir esta boca es mía. El jefe de la rama Fukuju suspiró aliviado. Si algo podía haber hecho descarrilar aquella votación, habría sido la nueva de que Hidemoto había salido del coma y podía recuperar las riendas de la familia de nuevo.

Sí, todo iba sobre ruedas. Por eso tardó en darse cuenta de que Yura había aparecido en la sala y se había dirigido resuelta al trono vacante de Hidemoto. Bueno, llamarlo trono era una exageración, ya que sólo era un humilde asiento de madera, no muy diferente a los que tenían los propios cabezas de las ramas laterales, pero detrás de él relucía el emblema de los Keikain. Allí residía el poder de la familia.

Entonces, todas las conversaciones y murmullos de la sala cesaron de repente cuando Yura se sentó en el trono de su abuelo.

—¡Yura! ¿Qué se supone que estás haciendo? —exigió saber el padre de Masatsugu.

La muchacha respiró profundamente. Necesitaba controlar sus nervios si quería que lo que iba a hacer saliese bien.

—¡Eso debería preguntar yo! ¿Qué estáis haciendo? —Yura levantó la voz para que todos la oyesen.

—¿Cómo que qué estamos haciendo? Estamos llevando a cabo una votación, claro. En ausencia del jefe de la familia...

—En ausencia del jefe de la familia, la heredera debe hacerse cargo de sus responsabilidades —terminó Yura por él—. Sin embargo, nadie me ha preguntado sobre esto. Ha sido mi hermano el que ha tenido que avisarme de que se estaban celebrando reuniones a mi espalda.

Hubo murmullos de sorpresa entre los presentes. La verdad sea dicha, Yura nunca antes había demostrado mucha pasión por sus responsabilidades como heredera oficial de la familia. Nadie se lo podía reprochar; era muy joven y se había pasado la mayor parte de su infancia bregando para ser aceptada como onmyoji de pleno derecho en lugar de recibir la preparación necesaria. Que ahora sintiese ese súbito interés por tomar las riendas era inaudito, y más cuando hasta entonces había parecido terriblemente afectada por lo ocurrido a su abuelo.

Akifusa se adelantó para darle su apoyo.

—Mi prima, quiero decir, nuestra señora Yura tiene razón. No se debía haber convocado esta reunión sin su presencia.

Yura le dirigió una sonrisa de agradecimiento, que el joven albino devolvió. Desde la esquina, Ryuji asintió, aunque no dijo nada.

Sin embargo, el padre de Masatsugu adivinó enseguida las motivaciones ocultas de la muchacha.

—Ya sé lo que pasa —sonrió el jefe de la rama Fukuju—. Estás en desacuerdo con nuestra decisión de cerrar la barrera y expulsar a todos los yokai de la capital. Lo siento, Yura, pero aunque no te guste, los jefes de la familia tienen derecho a votar sobre las decisiones importantes cuando existe un desacuerdo sobre las mismas. Es verdad, teníamos que haberte llamado, pero la heredera sólo puede supervisar, no boicotear la votación.

Yura frunció el ceño. Vaya, no iba a ser tan fácil como pensaba.

—¡Es una decisión de cobardes! —exclamó la joven onmyoji.

Ahora los murmullos fueron de enojo.

—¡Cómo te atreves a llamarnos cobardes! —le espetó Keikain Hisa, una de las onmyoji más conservadoras—. ¿Sabes acaso lo que esta familia ha sacrificado para que esta ciudad esté a salvo, niña?

—¿Que si lo sé? ¡Vaya que sí lo sé! —Yura sacó entonces sus talismanes de convocación. Tras meses de entrenamiento, se había convertido en un gesto tan natural para ella como respirar—. ¡A mí, mi deidad ceremonial! ¡Ejército desgarrador! ¡HAGUN!

Si antes la pequeña Yura había parecido un poco ridícula sentada en el trono, ahora ya no lo era tanto, pues la rodeaban los cadáveres esqueléticos de los antiguos jefes de la familia, sus espíritus preservados para toda la eternidad en el shikigami más poderoso de la historia. Bueno, no todos estaban en los huesos. Como siempre, había una excepción.

—¡Hola a todos! —saludó Hidemoto Decimotercero, tan alegre como siempre—. Vaya, qué caras tan largas. ¿Se está celebrando un funeral?

—No aún —masculló Yura, acordándose de su abuelo.

—¡Oh! ¡Huelo problemas personales! ¿Te has peleado con Rikuo-kun? —sonrió Hidemoto. Se tapó la boca al ver la mirada asesina que le dirigía Yura—. Vale, ya me callo, ya me callo.

Hubo algunos que no se dejaron impresionar por el despliegue de poder de Yura, aunque fueron los menos.

—¿Qué pretendes demostrar con este circo? —preguntó el jefe de la rama Fukuju muy molesto.

—Esto no es un circo. Es un recordatorio de todos los buenos cabezas de familia que han tenido los Keikain. Ahora id y decidles a la cara que pretendéis esconderos tras una barrera en vez de luchar. Seguro que estarán avergonzados de vosotros —dijo Yura enfadada.

—Bueno, no sé yo, esconderse de un enemigo superior es una estrategia perfectamente aceptable. ¡Anda que no la habré utilizado yo infinidad de veces! —la contradijo Hidemoto. Antes de que Yura pudiese echarle la bronca, sin embargo, se puso serio y preguntó—: ¿Estamos hablando por un casual del regreso de Sanmoto Gorozaemon o, los dioses no lo quieran, habéis hecho enfadar a Hagu-chan?

—No —respondió Ryuji de repente—. Todavía.

Hidemoto Decimotercero volvió a sonreír, pero en la sonrisa del fantasma había un no-sé-qué bastante inquietante.

—O sea, que mi pequeña ama tiene razón y sois unos calzonazos. Vale, lo reconozco, estoy avergonzado. En serio, si no es Sanmoto Gorozaemon o Hagu-chan, no tenéis excusa posible —sentenció el antiguo cabeza de familia.

—P-pero... hay que proteger Kioto... Esa es nuestra misión... —trató de argumentar el padre de Masatsugu entre balbuceos.

Yura se puso de pie.

—¡Te equivocas! ¡No hay que limitarse a Kioto! ¡Somos onmyiji! ¡Nuestra tarea es proteger el mundo entero! —declaró la muchacha, más enfervorecida que nunca—. Además, ¿de qué sirve echar a los yokai de aquí si luego se irán a otro lugar a matar a más gente? ¡Hay que acabar con el mal esté donde esté!

—Bonitas palabras, viniendo de alguien que tontea con la gente de Hagoromo Gitsune —replicó Hisa con sorna.

En lugar de negar la acusación, Yura la aceptó.

—¡Pues sí! ¡Si me ayudan a proteger a la gente, pactaré con los demonios si hace falta! ¡Y vosotros haréis lo mismo, porque voy a ser vuestra jefa y me tendréis que escuchar! Dejad de esconder vuestros miedos con historias de barreras y salid a luchar. Nosotros somos onmyoji de la familia Keikain. ¡Dar la espalda al enemigo y huir no es una opción!

00000

Mansión Abe

Estaban en un rincón apartado del jardín, donde no habría ojos ni oídos indiscretos. Copos de nieve habían empezado a caer. Parecía una estampa navideña e hizo que Tsurara se sintiese un poco más relajada. Era una escena muy íntima, justo lo que necesitaban, pues el antiguo ritual del intercambio de copas de sake no era un espectáculo para ser admirado por los curiosos, sino una ceremonia personal entre dos personas que tenían la máxima confianza entre ellas. O así debía ser en teoría.

A decir verdad, Rikuo estaba un poco nervioso. Recordaba la explicación que le había dado Kurotabo, el yokai vengador de los Nura, sobre el sakazuki, pero aún seguía sin entender todas sus implicaciones. Tsurara le había dicho que estaba bien, que era sólo una cosa entre él y ella, y que lo que ella realmente deseaba era formar parte de su Procesión Nocturna personal.

—Pero si yo ya tengo al Clan Abe —había señalado Rikuo sorprendido.

—¡No es lo mismo! —había contestado la Yuki-onna—. Yo no sigo al Clan Abe, yo sigo a Rikuo. Si luego me pides que haga un juramento de vasallaje, lo haré, sin dudar, pero primero quiero declarar mi lealtad personal.

—Yo... —había balbuceado Rikuo, algo cohibido. Tsurara le estaba mirando con una intensidad que no había visto nunca.

—¡Por favor, Rikuo! Lo necesito... —había murmurado la dama de las nieves.

Rikuo no podía decir que no a unos ojos de cordero degollado como los de Tsurara, así que había dado su brazo a torcer y se había agenciado sin que nadie lo notara una botella de sake y un par de copas. Según los relatos de Tsurara, en la mansión de los Nura en Ukiyoe el alcohol corría libremente, pero Hagoromo Gitsune mantenía un control estricto en su casa y sólo se sacaba para las grandes celebraciones.

A Rikuo le habría gustado saber más de la ceremonia que iba a realizar, ya que le parecía que un ritual así debía tener algo más que una botella y un par de copas. Tsurara le dijo que así estaba bien, no hacía falta más. Lo importante era que se reflejasen los sentimientos de los implicados.

Sin embargo, la Yuki-onna puso mala cara cuando examinó las copas de sake.

—Rikuo, aquí hay raciones iguales —señaló Tsurara.

—¿Cuál es el problema?

—Una cantidad igual de sake en las dos copas convierte a la gente en hermanos de sangre. Para que sea una relación entre amo y subordinado, tiene que haber una diferencia de 70-30.

—Tsurara, eres mi amiga —sonrió Rikuo con inocencia—. Jamás te pediría que fueras mi subordinada.

—¡Pero yo sí que quiero! —protestó la dama de las nieves con un mohín de disgusto.

Esta vez Rikuo se plantó. Había transigido en aceptar el ritual de la copa, ya que estaba claro que su amiga parecía afrontar ciertos problemas de lealtades enfrentadas y quería resolverlos con el intercambio de sake, pero nada más. Si no había abusado de su posición de superioridad cuando Tsurara había sido su prisionera, no lo iba a hace ahora.

—O lo tomas, o lo dejas —Rikuo le dio un ultimátum—. No quiero que camines detrás de mí, sino a mi lado. ¿Te vale así?

Tsurara se sonrojó. Rikuo sonrió. Entonces la dama de las nieves tomó con delicadeza la copa que el muchacho le ofrecía.

Bebió a sorbos, lentamente, saboreando el alcohol. Era un buen sake. Le habría gustado que ese momento fuera atemporal, pero era imposible. Un copo de nieve cayó en su copa y bailó sobre el alcohol antes de derretirse.

—Te estás tomando tu tiempo. ¿Has cambiado de opinión? —dijo una voz burlona, sacándola de su ensoñación.

Tsurara dio un respingo al ver que Rikuo se había transformado en su forma nocturna. El kitsune le sonrió con picardía.

—¡Ah, no, no, ahora mismo me la bebo! —exclamó Tsurara, bebiéndose el resto de la copa de un solo trago.

Rikuo dejó escapar una risilla de satisfacción. Sin más preámbulos, bebió de su copa.

—Me pongo en tus manos, Tsurara.

—¡S-sí! —asintió la Yuki-onna enérgicamente.

Rikuo se incorporó. Sus músculos ansiaban pelea.

—¡Vamos, Tsurara! ¡Les enseñaremos a esos tanukis cómo pelea la Procesión Nocturna de Abe no Rikuo!

00000

Rascacielos en construcción, Kioto

Hari-onna, la mujer de pelos de aguja de Shikoku, sonrió complacida. Aunque lamentaba la pérdida de su compañero Inugami, el más fiel entre los fieles, a manos de esos horribles yokai de Kioto, estaba satisfecha al ver el poder de convocatoria de su líder.

A la llamada del ambicioso Tamazuki habían acudido yokai de las cuatro esquinas de Shikoku. La mayoría tanukis, obviamente, pero no faltaban ogros, demonios y fantasmas varios, una fuerza de combate que podía medirse con los arrogantes señores de Kansai, si no en calidad, al menos en cantidad.

Por una vez, los Ejecutivos del Clan de las Cien Historias habían preferido quedarse en un segundo plano, dejando el escenario a Tamazuki y a los siete peregrinos de Shikoku. Bueno, los cinco peregrinos, ya que Inugami había muerto y Sodemogi había sido apresado por el enemigo. Del grupo de lugartenientes original, sólo quedaban la callada Yosuzume, el violento Tearai Oni, el estratega Inuhoo, el raro de Gangi-kozo, y ella misma. El Clan de las Cien Historias lo había pasado peor, quedando reducido a sólo dos de sus cabecillas principales: Encho y Yanagida. Aún así, Tamazuki aseguraba que aún tenían cosas que aportar al esfuerzo conjunto en contra de los yokai de Kioto. Hari-onna lo dudaba, pero no discutió. Nadie discutía con Tamazuki y seguía con vida.

El líder tanuki observó con ojos codiciosos a la multitud de yokai de Shikoku que se había reunido a sus pies. Cuando le vieron, empezaron a aclamar su nombre. Qué diferencia respecto a unos años atrás, cuando sólo era otro más de los muchos hijos del inútil de Inugami Gyobu Tanuki.

—¡Compañeros! —exclamó Tamazuki, haciendo que su voz se elevase sin dificultades sobre los gritos de aclamación—. ¡Gracias por venir hasta aquí! A todos vosotros, venidos desde nuestra amada Shikoku, os digo: ¡ha llegado el momento de ocupar nuestro lugar como líderes supremos del mundo yokai!

Se oyeron más exclamaciones de júbilo. A un gesto de Tamazuki, los cinco peregrinos se acercaron a saludar. Fueron aclamados como auténticos ídolos. Hari-onna no pudo evitar que un sentimiento cálido de orgullo por su patria la embargara. No eran meros yakuza, eran los campeones de la isla entera de Shikoku.

—¡Así es! ¡Ha llegado nuestro momento de salir a la luz! —continuó Tamazuki—. Sin embargo, algunos de nuestros compañeros de Shikoku han caído ya en la lucha. Muchi desapareció con el viento. Sodemogi ha caído en las garras de nuestros enemigos.

Hubo murmullos de desconcierto abajo. ¿Los grandes lugartenientes, caídos? Entonces, Tamazuki, con una hipocresía digna del tanuki que era, fingió una cara de devastación y gimió:

—Y también... Inugami, mi Inugami... ¡Mi querido amigo fue partido en dos por su odioso líder!

Más murmullos de alarma. Sin embargo, Tamazuki tenía el control total de la escena. No iba a dejar que se le fuera de las manos.

—¡SILENCIO! —ordenó Tamazuki. Los murmullos cesaron al instante. Entonces, el joven yakuza desplegó delante de sus ojos su espada, el mismísimo Martillo de Mao—. ¡Mirad bien, compañeros! ¡Tengo en mi poder el emblema del conquistador! ¡Esta fue la espada que una vez causó la ruina a nuestro clan, y con esta misma espada lo sacaré de las tinieblas!

Ahora los gritos eran de alegría. La gente coreó su nombre. El escenario era suyo.

—¡Yokai de Shikoku! ¿Cuántos siglos llevamos sometidos? ¡Se nos ha acabado la paciencia! ¡Ahora el poder es nuestro! ¡El emblema del conquistador derramará la sangre de esos odiosos kitsunes! ¡Y NOS TRAERÁ LA GLORIA!

Nadie dudó de sus palabras. Ahora Tamazuki tenía un ejército galvanizado dispuesto a seguirle hasta la muerte. Su "miedo" era completo.

Encho aplaudió su actuación.

—Bravo, joven señor. Un discurso espléndido.

Tamazuki sonrió con maldad.

—Prepara a los tuyos, Encho. Ha llegado la hora. Esta noche marcharemos sobre Kioto.


Notas adicionales:

Uf, otra vez llego por los pelos. No es una buena costumbre. En mi descargo, he de decir que además del regreso a los estudios (y el trabajo ahora), he añadido la pesada carga de escribir un libro. Este mes de septiembre he dedicado la mayor parte de mi tiempo libre a escribir un libro para un concurso de literatura juvenil, así que no he tenido mucho espacio para dedicarlo a Nuramago. Lo siento. Pero el libro ya está terminado y mandado, así que me pondré al día. ¡Gracias a todos por vuestros comentarios!

* El ritual de la copa realizado aquí no es una crítica respecto al del canon. Este Rikuo no conoce las sutilezas del sakazuki, así que piensa que cantidades distintas, o los conceptos de "amo y subordinada" asociados a ellas, son algo injusto. No lo son. El Rikuo del canon comprendía perfectamente la importancia de que unos yokai libres eligieran por su propia voluntad ser subordinados de un líder sin experiencia previa como él. Es un acto de fe que él jamás olvidaría.

* Yura lo pasa un poco mal porque no está acostumbrada a mandar. Tampoco en el canon, ojo, pero allí al menos la habían mentalizado desde pequeña para asumir que algún día se convertiría en la jefa de los Keikain, pues ella era la única que sabía manejar el Hagun. Esta Yura sólo ha tenido unos meses para hacerse a la idea.

* Tsurara y Yura tienen una amistad bastante tsundere, no muy diferente de la de Setsura y Yohime. Por supuesto, eso no quiere decir nada en cuanto a la resolución del triángulo, por supuesto ;-)

* Keikain Hisa era una de las guardianas que protegía uno de los sellos de Kioto en el canon. Por supuesto, no duró nada ante Hagoromo Gitsune. Era fácilmente reconocible por llevar un velo que le cubría el rostro.

Próximo capítulo: "El fin de la ambición".