Disclaimer: Propiedad de M. Kishimoto

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Sentado en la cama, con los pies descalzos en contacto con el frío suelo, observaba como su vida se fugaba por entre los dedos con demasiada intensidad, de tal manera que, aunque cerrase las manos intentando detenerla, lo único que conseguiría era ser arrastrado. Quería luchar, resistirse, pero no le quedaban fuerzas. Le faltaba voluntad y le sobraban sueños por cumplir.

Llevaba días sin hablar con los demás habitantes de la casa, siendo Temari, Ino y Hinata sus únicos vínculos en la realidad. Pero ahora todo esto se acababa, el sueño terminaba y pronto no existiría vinculo de sangre o de espíritu que sobreviviese. Tampoco serían necesarios.

Al otro lado de la ventana, en el mundo anochecía. En algún lugar del horizonte, el sol se alzaba, pero hasta su vista solo llegaba un paisaje desierto de nubes oscuras de tormenta que cubrían todo bajo un manto de negra sombra. Pronto empezaría a llover y las gotas de lluvia lamerían cada roca, a la que alcanzaran. Los rayos iluminarían los bosques dotando a cada forma de vida propia mientras los truenos imitarían su voz. El país del fuego viviría una tormenta como no había vivido en su vida. Pero a él nunca le pareció tan hermoso el día. Se levantó con cierta dificultad, sintiendo el dolor extendiéndose por sus piernas. Aunque ya podía caminar, no estaba preparado para una larga caminata. Pero si no lo hacía ahora, no podría hacerlo.

A su espalda, Ino permanecía encogida en una incómoda postura, apretando las piernas contra su pecho, profundamente dormida. Su melena suelta caía sobre ella con una tupida manta.

Se puso la chaqueta y se preparó para el camino. Se detuvo frente al espejo apenas lo justo para lanzar una leve mirada a su reflejo. El pelo le había crecido un poco y una pequeña sobra de barba mal afeitada comenzaba a aparecer. Incluso en la penumbra se veía más pálido de lo normal. Estaba ojeroso, con los labios resecos por los medicamentos, con moratones casi desaparecidos diseminados por la cara y cuello, junto a algunas heridas que posiblemente le dejarían marca de por vida. La ropa que vestía, propiedad de Chouji, aunque cómoda, le quedaba excesivamente holgada y le hacían parecer enfermizamente delgado.

Salió de la habitación sin hacer ruido, de manera que fuera su respiración lo único que rompiese el silencio de la casa. Sabía que si alguno estaba despierto, toda precaución sería poca pero confiaba en aguantar sin ningún percance.

Avanzaban en silencio, mordiéndose el labio para no gritar y casi se sintió alegre cuando traspasó la puerta. El frío del anochecer lo golpeó agradablemente despejándolo. Notar el viento helado en la piel era una maravillosa sensación que hasta ese mismo momento no sabía cuanto había añorado. Lo sintió revolverle el cabello, colarse por entre la ropa. Nunca se había sentido tan bien, nunca había estado tan vivo.

Comenzó a avanzar a pasos lentos al principio, más seguros al final. Sin una sola mirada atrás; si lo hacía todos sus argumentos se evaporarían, su decisión se desmoronaría ante sus ojos. Cada paso que daba lo alejaba un poco más de sus amigos, mientras sus pasos se volvían pesados y la realidad se iba haciendo huevo sobre sus hombros.

Si sus músculos resistían un ritmo constante, llegaría a Konoha horas antes del amanecer. Por la noche, los caminos estaban desiertos y las dos únicas personas con las que se deberían encontrar serían las guardias de la entrada. Esos se encargarían de detenerle y guiarle junto a la Hokage.


Chouji cerró los ojos por primera vez desde que se había tumbado. Se habían acostado temprano para evitar pensar pero para él había sido imposible conciliar el sueño. Todos sabían que llegaría este momento, pero ninguno esperaba que fuese a ser tan temprano.

Escuchaba con claridad sus pasos amortiguados, su respiración agitada por la tensión, algún que otro gemido retenido cuando cargaba demasiado sobre una pierna. Percibía los nervios, la tensión que ya emitía esa presencia furtiva. Y por primera vez, desde que lo conocía percibió inseguridad.

Inseguridad en su decisión, inseguridad en su voluntad. Inseguridad en sí mismo.

Lo percibía en su propio corazón, en su propio cuerpo, porque en su pecho él todavía escuchaba (aunque fuera muy levemente) un bum-bum ajeno al propio.

Se levantó en silencio, con el corazón encogido dispuesto a partir. Esa iba a ser una noche muy larga.

Con el alma asfixiada, contraída por un dolor vacío que jamás había sentido, observó como a su alrededor todos esperaban la señal con la vista clavada en él. Todos con el mismo semblante inexpresivo que habían mantenido los últimos días.

Tras un leve cabeceo, todos se incorporaron. Levantarse significaba admitir que esa misma noche volverían a Konoha, significaba admitir que esa noche la espada de Damocles caería finalmente sobre sus cabezas.

Hinata salió de la habitación en busca de Ino, quien dormía ajena agotada por la tensión. Seguramente se habría dormido en un sueño agotador, abrumada por el cansancio y las preocupaciones.

El resto, en un funerario silencio, recogían sus pertenencias. Volvían a casa, volvían para siempre.


Decidió utilizar el camino más rápido, a pesar de que pesaba por elcentro del mercado. Las calles estaban desiertas e inhabitadas, las luces apoyadas. Lo único que iluminaba el pueblo era un fulgor nebuloso.

Las tiendas y los puertos estaban cerrados, las contraventanas cerradas y las persianas bajadas. La zona se veía extrañada sin los gritos, los ruidos del gentío. Diferente al aspecto que presentaba la última vez.


—¡Oka-chan! ¡Oka-chan!

La mano del pequeño agarraba la tela del yukata materno, dándole pequeños tirones con toda su fuerza, intentando llamar la atención de su madre.

—¡Oka-chan! – la aguda voz del niño se entreoía en entre los ruidos del mercado que, en plenas fiestas, rebosaba de risas, ruidos y gentes.

—¡Shikamaru-chan! Oka-chan está ocupada, espera un momento – le reprendió la mujer con una enorme sonrisa que le iluminó los ojos.

El niño esperó, paciente, hasta que la madre cogió la bolsa de dulces que lo tendía la dependienta y se volvió hacia el niño de dos años que señalaba insistente a un lugar determinado. Se agachó frente a él, con la bolsa apretada contra el pecho y le sonrió.

—¿Qué e eo?

—¿Eso? Un gusano – el niño la miró sin comprender – Es como una serpiente pequeñita – le explicó dándole un golpecito en la nariz con el índice riéndose ante la mueca molesta que tomó el rostro infantil. Se reincorporó y continuó la marcha mientras su hijo se arrodillaba frente al insecto y lo estudiaba atentamente, tocándolo de vez en cuando pero retirando al instante la mano asqueado.

La madre se volvió al no sentir la mano del pequeño tirando del kimono y se encontró divertida, con los ojos ahogados en lágrimas de su hijo mientras este se limpiaba la lengua asqueado, con unas manitas sucias.

—¡Shikamaru! – le llamó entre risas —. No te lo habrás comido, ¿verdad? – temeroso de recibir una reprimenda se apresuró a esconder las manos a la espalda y a negar, conteniendo las lágrimas. La mujer río y le tendió la mano. Este corrió hacia ella y juntos reanudaron el camino.

—¡Oka-chan! – llamó el niño al poco —. ¿Qué e eo?

—Una lagartija y no se come.

—¿Y eo?

—Una naranja.

—¿Y eo?

—Cerezas...

La madre contestaba mecánicamente al niño, acostumbrada a la insaciable curiosidad del pequeño. Apenas miraba lo que este, tremendamente interesado, señalaba, centrando su atención en los productos expuestos.

—Espera aquí un minuto, mi rey – le ordenó mientras iniciaba una conversación demasiado repetida, con una dependienta.

El pequeño, incapaz de estarse quieto, comenzó a observar a su alrededor, hasta que al otro lado de la calle algo captó toda su atención. Se acercó todo lo rápido que le permitieron sus cortas piernas y se quedo mirando boquiabierto.

El ninja que acompañaba a la mujer, un joven jounin, fue el primero en descubrirlo. Le hizo una seña a la mujer y ambos lo encararon con una gran sonrisa.

—Pequeño, ¿te has perdido? – como contestación el niño negó varias veces sin apartar la vista de la mujer — ¿Entonces? – señaló la barriga y se disponía a formular una pregunta cuando del otro lado de la calle, su madre apareció presurosa.

—¡Shikamaru! ¡No seas maleducado! – a continuación hizo una profunda reverencia volviéndose hacia los ninjas – Etsuko-san, lo siento muchísimo.

—¡No te preocupes, mujer! Es natural que le llame la atención – rió despreocupada.

—Asuma—san, bienvenido. Shikaku no me había dicho que había regresado.

—Llegué anteayer. Tampoco vi yo a tu marido. Pero ya ves – contestó mientras señalaba a la mujer con la cabeza – tampoco yo me entero de mucho. Unos años fuera y cuando vuelvo, me encuentro a mi hermanita embarazada y a punto de dar a luz. ¿Y él? Había oído que habías tenido un niño pero siendo hijo de Shikaku nunca imagine que os saliera tan curioso... – la mirada de los tres adultos estaba centrada en el niño que señalando a la mujer intentaba insistentemente decirle algo a su madre. Esta se agachó a su lado.

—Oka-chan... Esta mujer está muy gorda – susurró demasiado alto. Al estante la madre se sonrojó y miró espantada a los dos ninjas que reían con las lágrimas saltándole de los ojos.

—Serás bruto... Ay, madre... Lo siento, lo siento muchísimo, Etsuko-san... ¡Shikamaru! ¡Deja de señalar ya! Esta mujer no está gorda, está embarazada – explicó todavía con la cara ardiendo todavía por el rubor.

—¿Em... pa...?

—Em—ba—ra—za—da. Va a tener un bebe – el niño pronunció una exclamación demostrando que lo entendía todo.

De golpe, la mujer pegó un pequeño brinco mientras colocaba ambas manos al vientre bajo las preocupadas miradas de los dos adultos y la curiosa de un niño que se acercaba.

—Me ha dado una patada – explicó. Se volvió hacia Shikamaru con una sonrisa — ¿Quieres tocar? – el niño asintió y receloso extendió la mano hasta tocar la piel que cubría el abultado vientre retirándola asustada.

—¡E mueve! – Asuma se acercó por detrás y le susurro al oído:

—Se ha tragado una serpiente que ahora se mueve – el niño lo miró asustado y tendió la mano hacia su madre exigiendo una explicación.

—¡Bobo! Si se hubiera tragado una serpiente, se estaría muriendo.

—Ah... ¿Me foi a morir io? – preguntó angustiado al recordar al gusano de un rato antes.

—¿Qué? ¿Cuándo te has comido tú una serpiente? – lo miró confundida ante la cara de preocupación y angustia del pequeño. Los ojos brillantes, por las lágrimas, lucían asustados mientras su labio inferior se sacudía por un pequeño temblor — ¡El gusano! – concluyó estallando en carcajadas mientras el niño se asustaba cada vez más.

—¿Me foi a morir? – volvió a preguntar con voz temblorosa

—No, mi rey... Para eso falta muchísimo tiempo.


Sonrió al pasear por esas callas que, desiertas lo acogían igual de cariñosas que la primera vez. Todavía persistía en el ambiente el aroma de los productos que los madrugadores vendedores preparaban. Caminaban despacio, escuchando el sonido de sus pasos en medio del absoluto silencio.

¿Tanto había cambiado en unos días? ¿Tanto había variado su carácter tras lo que había vivido que hasta la relación con los que quería había cambiado? Su padre no lo había visto igual (lo había leído en sus ojos), sus amigos le hablaban de forma distinta como si fuera incapaz de hilar pensamientos lógicos. Hasta él mismo sabía que ya no era igual, que ni sentía ni pensaba de la misma forma, aunque no comprendiera hasta que punto.

Interrumpió sus pensamientos, la sombra que se detuvo ante él. Podía intentar luchar, pero al fin y al cabo, no tenía sentido. Solo ansiaba gozar de unas cuantas horas de libertad.

Se detuvo, con las manos en los bolsillos y la vista fija en las invisibles estrellas. La sombra se acercaba mientras más sombras lo rodeaban impidiéndole la huida.

—Buenas noches, Shikamaru – fijó la vista, sorprendido, en la kunoichi que había emitido tan amable saludo, en su tono de voz monocorde pero suave y delicado. Su melena rubia apenas destacaban y sus ojos apenas se veían. Jamás se alegró tanto de verla, de oír su voz, de sentir su presencia. Miró a su alrededor, mientras su voz moría antes de nacer. Allí estaban todos menos él.

—¿Qué...?

—Venimos a acompañarte a la villa, si quieres.

—Creemos que este viaje es mejor hacerlo rodeado de amigos – puntualizó Kiba a modo de disculpa.

Inconscientemente pasó la vista a su alrededor, observó cada uno de los rostros presentes. Y leyó en ellos cada uno de las emociones que él mismo sentía.

—Él no... no ha podido venir – intervinó Ino malinterpretando su gesto. Ambas sabían que su despedida ya estaba hecha y que no valía la pena alargarla más.

Pero lo que Shikamaru ignoraba era que, ocultó entre los árboles, roto de dolor, él lo vigilaba muriéndose por encontrar una forma de detenerlo.