Buenas noches!
Y como viene siendo habitual, pido disculpas por la espera. Sólo deseo que sigáis disfrutando con la lectura.
Muchísimas gracias a tod s por vuestros comentarios, favoritos y por seguir esta historia.
¿Vamos con el capi de hoy?
Cap 35. Tanya
POV Bella
No me sirvió de mucho remolonear al despertar esa mañana.
Esme había insistido, y Edward se había emocionado ante la posibilidad de llevarme el desayuno a la cama. Aunque no fuera ni en mi casa, ni en mi cama.
Sentados en el espacioso y cómodo sillón de piel de su habitación, Edward parecía disfrutar enormemente de darme el desayuno…literalmente. Sin duda, el mejor desayuno de la historia de la humanidad…hasta el momento.
Observar a Edward elegir la pieza perfecta de pan tostado, tomarla en sus delicados dedos y llevarla despacio hasta mi boca, sin dejar de mirar mis labios, acercándose milímetro a milímetro a ellos…acababa con mi entereza, y cada bocado terminaba en un ávido ataque a lo que fuera que hubiera en sus dedos, pues el toque mágico, el algo especial y verdaderamente enloquecedor del sabroso manjar…era el efecto de su piel en mi boca. Con cada bocado, mi lengua despertaba, deseaba, ansiaba más y más.
Hasta que me di cuenta de que me estaba desayunando a Edward. Yo me estaba desayunando a Edward. La ironía me hizo sonreír…
Ñam…hambrienta hambrienta Bella.
No puedo decir en qué momento sus dedos se convirtieron en lo único que quería…comer…pero no lograba saciarme de ellos. Los tomaba en mi boca con tal apetito que deseaba rebosar de ellos. En mi éxtasis sensitivo, me había colocado a horcajadas encima de Edward intentando abarcar más, degustar sólo un poco más…
Su gemido fue lo que me sacó de mi hechizo. Abrí los ojos aturdida y sorprendida, para encontrar la expresión hambrienta de Edward. Hambrienta, caliente, y contenida. Tan contenida que tenía un deje doloroso que sólo consiguió…excitarme más.
Su boca, entreabierta, enseñaba la punta de sus afilados dientes, una clara señal de advertencia…"cuidado con el perro". Sonreí y mis dedos se movieron hacia ellos, llevados por una fuerza que me superaba, y que no entendía…como el poder de un imán, o la llamada tentadora del fuego.
En el momento en que lo rozó mi piel, el dolor y el hambre de Edward parecieron estallar juntos fundiéndose, alimentándose mutuamente. Un profundo rugido, bajo, grave, retumbó en su pecho y su efecto en mí fue tan fiero como el propio sonido. Me hizo jadear, me hizo salivar, y mi sexo reconoció su llamada como si estuviera sincronizado con su voz…o con el sonido del monstruo.
Con una mano me agarró de la nuca, llevándome hacia él, llevando mi boca a la suya y reteniéndome en ella con fuerza. Con el otro brazo rodeó mi cintura anclándome a él, atrapándome en su impenetrable fortaleza.
Dios…y no quería moverme de allí nunca.
Enredé mis manos en su pelo, suave, sedoso. Arañé su piel, su nuca, sus hombros, atrayéndolo hacia mí, tan cerca como fuera posible, más cerca de lo que era posible, en mi piel, en mi carne, dentro de mí, explotando, haciéndome explotar, mezclándonos, uniéndonos en un caos de frío y calor, de saliva y fluidos, de vida, de muerte, de placer y de miedo…
—Quiero hacerte el amor, Edward.—gemí saboreando la piel de su cuello, dulce y fresca, que revitalizaba mi lengua, mis dientes acariciando, siendo recompensados con un placentero calambre, un repentino deseo de…morder…que me era imposible contener.
—No—gimió, separándome de su piel, pero uniendo de nuevo su boca a la mía, en cortos y tiernos besos, pequeños mordiscos a mis labios…—No podré controlarme…apenas puedo cuando estamos así…—se quejó agónicamente sin soltarme.
Pero entonces, en una rebelión de su cuerpo a sus propias palabras, su agarre se hizo más fuerte, y sus manos estuvieron por todo mi cuerpo. Moldearon mis pechos firmemente, olvidando esa timidez y delicadeza con la que alguna vez rozaba superficialmente mis curvas sobre la ropa…El frío de los dedos que asomaban de repente por el borde del delicado encaje de mi escote, me hizo estremecer, y temblé sobre él. Sus dedos se arremolinaron sobre mis pezones, duros y sensibles, calientes. No era un toque delicado, era duro, demandante, como una advertencia, como una pequeña muestra de su poder, de su fuerza…
—Te haré daño…—suspiró enterrando su cabeza entre mis pechos, ofreciéndome la majestuosa imagen de su encarnizada lucha interior, la tortura a la que se sometía a sí mismo, el placer contra el temor, y me dejó sin aliento. Su cuerpo tenso, duro, dispuesto bajo el mío, luchando con toda la fuerza de su mente por controlar sus instintos.
Esa lucha me fascinaba y me enojaba a partes iguales.
Por supuesto que puedes. Por supuesto que puedo. Me protegerás de ti mismo, y yo me confiaré a ti sin reparos.
Tan segura y posesiva como me sentía, metí mis manos por debajo de su camiseta y disfruté de tu cuerpo, tenso, duro, frío…Mío. Era mío y lo quería. Lo quería a todo él. En ese momento yo era todo codicia por él, y necesitaba urgentemente que él cediera, que olvidara el miedo y que confiara tanto en él como lo hacía yo.
Me separé de él para tenerlo frente a frente. Levanté su cabeza para conseguir que me mirara. Durante unos segundos sólo nos miramos, ambos intentando recuperar la calma. Acuné su cara entre mis manos, admirando el rostro del ángel que traspasaba mi corazón con su mirada.
Tan dentro de mí. Estás tan dentro…
—Dime Edward ¿Qué es lo que mueve a un vampiro? ¿Cuál es el principio y el fin de su existencia? ¿Qué le domina, que le incita, qué le provoca sobre todas las cosas?
Utilicé las mismas palabras con las que tantas veces me había instruido. Y conocía la respuesta que aún sometía a la mente de este exquisito ser que se creía un monstruo.
—La sangre—respondió con voz profunda, directo, sin vacilación o duda.
Sus dedos acariciaban mi cuello de forma ausente, avivando ese canal de energía que creaban nuestra pieles en contacto.
—La sangre—repetí—¿Qué sangre, vampiro?—le exigí tirando de su cabello para capturar su mirada. Sentí el temblor que el rugido que intentaba ahogar hizo reverberar en su cuerpo.
Observé complacida cómo sus ojos se desviaban a mi cuello. Sí, a ese punto que repasaba una y otra vez con sus dedos. Inconscientemente, su lengua apareció entre sus labios. Se estaba relamiendo. ¿Alguna vez alguien se había sentido más deseada?
—La sangre humana.—susurró, débil, a punto de rendirse.
—Pero de entre todas las sangres existe una que es única, especialmente creada para el éxtasis de un vampiro. Irresistible, embriagadora…capaz de hacerlo enloquecer, convirtiendo la necesidad irrefrenable de tomarla en dogma—le susurré al oído.
—La mia cantante—respondió en italiano, deshaciéndome un poco más.
Dejé que durante unos minutos me olfateara, me probara con su lengua, me acariciara con sus dientes.
—Tu cantante. Mi sangre canta para ti—sonreí—Dios…suena tan romántico que casi hace olvidar el peligro. Casi.
Tomé de nuevo su cara entre mis manos y contemplé a un niño, perdido, a punto de enfrentarse a un fantasma, a punto de perder otro pedazo de inocencia, de seguir creciendo.
—Mírate, Edward. Tienes a tu cantante sobre ti…dándose.—su mirada pasó del dolor a la sorpresa en un instante, y se hizo cálida y acogedora, tierna y viva, y una sonrisa tímida y lenta comenzó a aparecer en sus labios. —¿Y temes no tener el control suficiente para…amarme? ¿Crees no poder controlar tu fuerza cuando estés dentro de mi?
Cerró los ojos y me moví sobre él, sintiendo su fuerza entre mis piernas.
—Mmrr… —ronroneé—¿Y crees también que un poco de dolor va a detenerme?
—Oh…¿Bella masoquista aquí?—rió intentando hacer desaparecer el temor—Encantado, preciosa.
—Quién sabe…— gemí. Me estaba volviendo loca y no controlaba lo que decía o lo que pensaba, simplemente dejaba que mis instintos hablaran por mí— He besado a un menor, me ha satisfecho que matara por mí…Me he enamorado de un vampiro—no pude evitar la inquietud de aceptar mis propias palabras—Creo que aún me queda mucho por descubrir de mi lado oscuro…
—Bella, no sé cómo será, si será demasiado para poder controlarme…y de verdad que no quiero hacerte daño…si no puedo parar...
—Podrás.—le dije tajante.
Me miró unos segundos, acariciando mis piernas, buscando algo en mis ojos, quizá algún ápice de duda o miedo, o quizá la seguridad que le hacía falta para poder permitirse cualquier opción.
Sea lo que fuera que buscara, pareció encontrarlo, y la serenidad del hombre de cien años volvió a su mirada.
—Confío en ti. —sonrió.
—Bien—susurré.
—Pero si algo va mal—continuó— Si te hago daño o si sientes mi sed…debes ser capaz de hacerme parar.
—No me harás daño...
—Promételo.
—Cinco minutos—nos interrumpió Alice aporreando la puerta.
Nos separamos al instante, sobresaltados.
Nos habíamos dejado llevar sin darnos cuenta de dónde estábamos. Ni de que no estábamos solos.
—Tendrás suficiente con cinco minutos.—le dije acariciando traviesamente su erección por encima del pantalón.
—Sí, si te mantienes alejada de mí.—me empujó suavemente y entrecerró los ojos.—Demonio—masculló.
—Vampiro…— contesté a punto de abrir la puerta, pero su brazo firme le lo impidió.
—Prométemelo—ordenó besando mi cuello.
Me di la vuelta para encararlo.
—No dejaré que nadie te haga daño. Ni siquiera yo.
Sonrió antes de darme la vuelta y abrir la puerta para mí.
—¿Sabes que empieza a no gustarme que utilices mis frases? Para ser profesora de Literatura, eres poco original, Bella.
Mordaz no era un vocablo completamente desconocido para Edward. Y mentiría si dijera que no me volvía loca provocar a su lengua picante.
—Oh…jamás podría siquiera soñar en alcanzar la elocuencia de un ilustrado centenario conocedor de mentes inmortal.
En cinco minutos llegó el coche de los de Denali.
Cuatro mujeres hermosísimas y un hombre, también muy atractivo bajaron de él con una elegancia que debería hacer a los humanos sospechar inmediatamente.
Una sucesión de rubias despampanantes hizo su entrada como si de un desfile de Victoria's Secret se tratara. Por último, una pareja de guapos morenos se colocaron delante de ellas. Parecían a punto de decir Damas y caballeros, que empiece el espectáculo…
Saludaron efusivamente a toda la familia, y esperaron a estar los cinco delante de Edward y de mí para saludarnos. No parecían sorprendidos por mi presencia allí. Supuse que Carlisle les habría puesto sobre aviso la noche anterior. Edward tenía su brazo alrededor de mi cintura, y yo, que lo acariciaba con mis dedos, podía notar la firmeza de su agarre.
Ey, cariño, no voy a irme a ningún sitio…Este era uno de los raros momentos en lo que me gustaría que Edward pudiera leerme.
Y casi como si lo estuviera haciendo, besó mis cabellos antes de presentarme.
—Bella, estos son Eleazar, Carmen, Kate, Irina y Tanya.—señaló extendiendo su mano libre hacia ellos. Me solté de su agarre lo justo para saludarlos.
—Encantada.—les dije estrechando la mano a todos ellos.
—Es un placer conocerte, Bella—se acercó Eleazar, que parecía el portavoz de la familia.
—Nos alegra mucho conocer finalmente a la pareja de Edward—Carmen sonrió a Edward de una forma que me recordó a Esme.
Edward le devolvió la sonrisa hinchando el pecho, lo que me hizo suponer que estaban teniendo uno de esos intercambios privados. Hice un esfuerzo por no rodar los ojos. Al fin y al cabo, no quería parecer maleducada ante la familia de mi novio.
Todos se mostraron bastante complacidos al conocerme, lo que hizo que me tranquilizara bastante. Sin embargo, el ceño fruncido de Edward y su fuerza en mi cintura, justo un instante antes de presentarme a Tanya, se llevó esa tranquilidad y descolocó a un Edward que parecía perder la compostura un momento para recuperarla inmediatamente e intentar engañarme con una sonrisa forzada.
Miré a Tanya buscando el motivo de la perturbación de Edward…y ojalá no lo hubiera hecho.
Oh, oh…esto no va bien. Me dije mientras Tanya cambiaba su sonrisa de triunfo dirigida a Edward por otra encantadora que era sólo para mí.
Así que esta es mi rival…me dije a mí misma bofándome para mis adentros, porque, desde luego, en cuanto a belleza se trataba, era una batalla perdida antes de empezarla.
Era preciosa, alta, rubia, ojos dorados, tenía un cuerpo de escándalo, que parecía tener un letrero luminoso que dijera "Cómeme". Y tuve la impresión de que, casualmente, apuntaba hacia mi novio.
Inmediatamente me pregunté cómo era posible que Edward no hubiera respondido a su "llamada" en todo este tiempo.
Nada en su actitud era reprochable. Me saludó cordialmente y felicitó a Edward. Pero, incluso cuando parecía inmersa en otras conversaciones, con Esme, Carlisle o Rosalie, algo en ella estaba conectada a Edward. Y al menos tres personas más en aquella sala eran muy conscientes de ello.
Yo no sabría decir o explicar qué era lo que veía en aquella situación que me mantenía en alerta, pero cada célula de mi ser sentía esa inquietud, constante y profunda.
Pero, sin duda, si alguien lo estaba pasando mal ese día, era Edward. Y me enfurecía no poder ayudarle, porque eso significaba tener que dejar de disimular que me estaba tragando toda esa farsa de intentar parecer relajado y a gusto. Porque en el fondo sabía que aunque en parte lo hacía por su familia, sobre todo lo hacía por mí.
Cuando Tanya se le acercaba o le tocaba casualmente, Edward se apartaba rápidamente y me buscaba con la mirada. Yo le sonreía o le guiñaba un ojo, pero me molestaba enormemente que ella le hiciera sentir tan incómodo con su actitud.
A mediodía, Esme y yo nos fuimos a la cocina a preparar algo de comer. Me excusé con la familia, y vi que Edward y Tanya estaban fuera, en el jardín. Edward estaba enfadado, pero Tanya no parecía amedrentarse por su humor, todo lo contrario, le sonreía, le acariciaba….
Alguien debió avisar a Edward de que no estaba siendo una conversación privada, porque súbitamente miró hacia el interior y me vio. Yo seguí mi camino hacia la cocina.
Y al instante apareció Edward a hacerme compañía.
—Hola—me dijo acercándose y besándome en los labios— Mmm, que buena pinta tiene eso.
Yo me reí, pinché un poco de pasta con el tenedor, y se la acerqué a la boca. Cuál fue mi sorpresa cuando éste la abrió y se lo comió.
No pude menos que seguir riendo.
—Cómo lo llevas—le dije señalando fuera con la cabeza mientras yo terminaba de comer.
—Bien—mintió—Sólo quería decirle en privado que ahora estaba contigo y que no siguiera insistiendo. Se disculpó y se acabó. Asunto arreglado.—me sonrió. Y volvió a mentir.
Sé que lo decía para tranquilizarme, igual que sabía que la actitud de Tanya no había cambiado ni estaba todo arreglado, como me dijo.
La tarde transcurrió como la mañana, y la tensión y los nervios parecían estar haciendo mella en este insólito trío.
Así que cuando Edward subió a su habitación a buscar algo de música y Tanya lo siguió, tuve que clavar las uñas en el sillón para no ir tras ella.
Tranquila, Bella, él puede apañárselas.
Puse todo mi empeño en creerme a mí misma…hasta que Alice se sentó a mi lado.
—Sube, Bella—dijo en un susurro que apenas terminé de oír porque ya estaba camino de las escaleras.
Mientras subía podía oírles hablar muy bajito. Supongo que estaban tan absortos en la conversación que no se dieron cuenta de mi presencia.
—Tanya déjame en paz de una vez.—le decía Edward.
—Vamos, cariño, te deseo, me deseas, pasaremos un buen rato, lo sabes, lo has visto. Siempre lo ves.
—Ya te he dicho un millón de veces que no me interesas de esa manera.
—Sólo deja que te convenza Edward, cinco minutos, y lo que estás viendo no será nada en comparación al placer que sentirás. Tanto, tanto placer…
Pero mi paciencia ya no podía conceder cinco minutos más.
Cuando abrí la puerta, Tanya intentaba abrazar a Edward mientras él la esquivaba. Era apenas una nube de cuerpos en rápidos movimientos.
—Apártate de él, ¿es que no lo has oído?—entré en la habitación lamentando mi inminente pérdida de educación con aquella…vampiresa.
—Bella—Edward se movió rápido hacia mí—No te preocupes, siempre es igual…
—Desaparece de aquí si no quieres que acabe contigo, humana, y métete en tus asuntos—me dijo con desprecio.
¿De verdad pretendía insultarme llamándome humana? Mmm…estas rubias…
—Estoy en mis asuntos, porque ÉL es asunto mío. Y si no has captado las indirectas de Edward, que es un caballero y no quiere avergonzar a una dama, aunque tú no te hayas comportado como tal, quizá yo pueda explicártelo de manera que hasta tú lo entiendas, ya que veo que, humanas o vampiras, las rubias siguen teniendo sus limitaciones—ya me las apañaría luego con Rosalie, quien seguro me recordaría estas palabras— Así que escucha con atención porque voy a ser clara como el agua—me puse delante de Edward, que me miraba asombrado, interponiéndome entre ellos.— Edward es mío.—le dije a Tanya lentamente, muy cerca de ella, sin apartar mis ojos de los suyos— No vuelvas a acercarte a él de la forma en que lo has hecho hoy si no quieres tener un problema con esta familia.
Tanya parecía tan sorprendida como Edward, pero sólo le costó un segundo reaccionar. Y de repente ya no estaba frente a Tanya, sino detrás de Edward, y los dos vampiros estaban preparados para luchar.
—Voy a …—gritó entre los gruñidos de Edward intentando alcanzarme.
—No vas a hacerme nada—le corté. Estaba furiosa y verdaderamente enfadada, tanto que no era consciente de que volvía a estar en medio de dos vampiros que enseñaban sus dientes. Sin embargo ahora Edward estaba alerta, y su brazo nunca abandonó mi cintura, sujetándome a él y manteniendo una distancia segura con Tanya— Porque estás en esta casa como una invitada, y no vas a poner a tus anfitriones en el aprieto de tener que echarte de aquí. Así que haz el favor de comportarte, acepta de una vez que Edward no es para ti y deja de ponerte en ridículo.
Creo que mencionar a nuestras familias fue lo que le hizo entrar en razón. Se paró delante de nosotros un instante, mirándonos a Edward y a mí intermitentemente. Se alejó repentinamente de nosotros dirigiéndose a la puerta. Pero antes de salir me dirigió sus últimas palabras.
—Cada minuto de tu ridícula vida, te arrepentirás de este momento.
No sabía entonces hasta donde podía llegar su amenaza.
Pues vaya con la pequeña Bellita, como saca las garras...
Quizá le hagan falta para el próximo capi, cuyo título es La primera vez
^o^
Beso y gracias
P.
