OUTTAKES 35 – Vida nueva.

-¡Mira, papi! ¡Mira!

Edward sonrió y levantó su teléfono móvil para tomar una nueva fotografía de Lexie deslizándose por el tobogán. Sabía lo que venía a continuación: correría hacia él para ver el resultado y volver a repetirlo, así que la dejó en el display para que el niño le diera el visto bueno. En esto su amiguito le seguía de cerca.

Era curioso que otras dos personas le dejaran al cuidado de su hijo como si él antes no hubiera sido un depredador peligroso del que debían de estar alejados adultos, niños y animales. Pero ahora era un padre más a cargo de su hijo y el amiguito de éste en un parque infantil.

-¿A vé?- se colgó de sus rodillas para tirar del móvil- Gusta, papi. Gusta.

-Se la mandaremos a mamá para que vea que tú y Nikkie os lo estáis pasando genial.

-- asintió meneando la cabeza.

El otro niño llegó a la carrera e imitó a Lexie, cogiendo también el móvil. Asintió, lo soltó y como si cuidara de él cada día, añadió:

-Sed.

Para lo que tuvo que volverse del banco donde estaba sentado y coger la bolsa que le había dejado su madre con un biberón de zumo.

-Yo tambén, papi.

Le dio el biberón al primero y cogió de la bolsa que había preparado Bella el biberón de zumo de Lexie. Antes sacó un pañuelo de papel de la bolsa y le limpió la nariz al primer niño con toda la naturalidad del mundo.

-Como estáis los dos tan sedientos de jugar, ¿nos sentamos a descansar?

-Jugar más- respondió Lexie.

-Sí, pero después- le cogió para sentarle en el banco y al instante hizo lo mismo con el otro- Así, un rato.

Lexie sorbió su zumo con ganas, así que le revolvió los cabellos para besarle la frente. También le repitió la caricia a su amigo además de volver con la limpieza de nariz.

Estar con alguien fuera del entorno familiar, a Lexie le sentaba de maravilla. Estaba estrechando muchos lazos además de que habían comprobado que no tenía problemas para relacionarse con la gente que le rodeaba, algo claro que no había heredado de ninguno de los dos. Quizás de Renee, pero ni él, ni Bella, ni Charlie Swan eran muy dichos a hacer amigos nuevos. Además, así podía comprobar lo despierto y adelantado que estaba respecto a los demás dado que aunque Nikkie fuera unos cuatro meses mayor que él, aún llevaba pañales porque aún no controlaba bien sus esfínteres y hablaba lo justito, cuando Lexie sabía millones de palabras y expresiones. Era visiblemente más alto y se movía con muchísima más soltura.

-No más, papi- respondió devolviéndole el biberón.

-¿Quieres comer algo? ¿Una galleta?

-Más togogán.

-Papá te deja ir al tobogán si te llevas una galleta para comértela. Una tú y otra Nikkie.

-¡Tí!- exclamó estirando las manitas.

Abrió de nuevo su bolsa y buscó la bolsita con las galletas. Bella, como si no fueran a regresar a casa en unas pocas horas, había puesto también un sándwich y varias piezas de fruta, pero con suerte se comería la galleta si no terminaba en la caja de la arena.

-Una cada uno- se las tendió- Ahora, podéis seguir jugando.

Lexie dio un salto y echó a correr hacia los columpios de nuevo, pero su amiguito no le siguió entre otras cosas porque para bajarse se giró para deslizarse por la madera del banco y hacerlo de culo.

-Vem, ikkie- dijo, impaciente.

Una vez en el suelo, el otro niño dio un sorbito más, le tendió su biberón y echó a correr junto a Lexie que le cogió de la mano para ir directos a su objetivo. Había una niña que se intentaba subir con la ayuda de su madre, le miraron para que hiciera algo pero les indicó que esperaran así que no les quedó más remedio que aguardar su turno hasta que la niña, visiblemente más pequeña, se deslizara entreteniéndose con las galletas.

La niña llevaba un vestido lleno de volantes y lacitos, y parecía realmente incómoda. Esperara que Alice no comprara nada como eso, era horrendo. Aunque Bella no se lo pondría, seguro. Lexie había tenido ropa de todas clases y nunca usó la clásica pomposa de bebé, como Henry. Bella podía ser antigua para muchas cosas pero no para vestir a su hijo.

-¿Está libre?- preguntó la madre de la niña.

-Sí, sí, perdón- apartó la bolsas- Cada uno necesita un centenar de cosas- se disculpó.

La chica sonrió, esperó a que cerrara las bolsas, que se las pusiera detrás de la espalda y se sentó.

-¡Papi!- exclamó Lexie encima del tobogán.

-Muy bien, hijo. No te sueltes. Y espera a Nikkie.

-¿Son los dos tuyos?- preguntó la chica.

Ah, ¿qué se sentaba para hablar? Esto era lo que menos le gustaba de los parques. ¡Cuando a Bella le encantaba! Después saludaba a gente por la calle y le preguntaba de qué los conocía y era de eso o de las salas de espera, algo que nunca comprendía, dado que cuando alguien empezaba con ella una conversación banal, le cortaba por lo sano.

-No, sólo uno, el otro es prestado- bromeó- Un amigo de la guardería.

-¿De cuál? Estoy pensando en matricular a la mía.

-Es aquí cerca- señaló parque adelante- En la avenida Lebannon, en el distrito universitario.

-Oh- suspiró- ¿Trabajas ahí?

-Podríamos decir que sí- respondió sin entrar en más detalles.

Le sonrió, cogió el juguete que le tendía la niña con su vestido pomposo que se acercó a ella tambaleando y añadió:

-Nos acabamos de mudar. Es la primera vez que venimos.

Sonrió por educación, hizo un simple encogimiento de hombros y volvió a levantar el móvil para inmortalizar a los niños, aunque antes leyó el mensaje que Bella había enviado como respuesta.

Os envidio...

Junto con una foto de su mano con un lápiz encima de unos apuntes.

Bella se había tomado más que en serio eso de acabar el curso antes para estar en la recta final más tranquila en casa, y a mitad de marzo como estaban, apenas le quedaban un par de asignaturas que pasaría sin problemas. Estaba sacando unas notas espectaculares, quizás las mejores hasta ahora, así que no podía haber estado más acertada en su decisión. Se organizaba bien para estudiar, él le ayudaba todo lo posible, descansaba mucho y así le quedaba mucho más tiempo para disfrutar de Lexie y de mimarse, a partes iguales.

Con lo bien que se le estaba dando el curso, le daría pena perderse el principio del siguiente como había decidido, pero lo retomaría en un abrir y cerrar de ojos cuando quisiera volver a enrolarse al nacer el próximo bebé.

-Es muy agradable y tranquilo- añadió la chica.

¡Vaya! Se había olvidado que estaba allí. Tenía una capacidad de abstracción que pensaba que sólo era algo innato como vampiro cuando tenía que bloquear pensamientos ajenos. ¿Quedaba muy mal si se disculpaba y cogía sus cosas y se cambiaba de banco? Sí, y era una mala imagen para los niños.

-Sí, a los niños les gusta mucho. Siempre quieren venir al salir de la guardería.

-Y qué decir del clima. Vivíamos en Nueva York y estaba un poco cansada del frío y la nieve. ¿Eres de aquí?

-No, de Washington.

-¿Llevas mucho?

-Pronto hará tres años.

-Oh, genial- dio un saltito- Entonces me puedes decir qué hace la gente aquí para divertirse. ¿Dónde conocer a alguien?

Esa conversación se le iba a dar mucho mejor a Emmett que a él. Quizás de ahí había sacado Lexie su don de gentes. O de Alice. Podía contar con los dedos de una mano a la gente que conocía en Hanover, que no fueran a prestarle servicios o con los que no compartiera clase o prácticas. Los padres de Nikkie y poco más.

-La verdad que no te puedo ayudar. No suelo salir.

-Bueno, yo tampoco- le dio el juguete de nuevo a la niña que se lo pedía- Pero, ya sabes, vida nueva después del divorcio.

-¿Divorcio?- repitió.

La chica frunció los labios y se encogió de hombros para volver a recoger el juguete de la niña. Era una palabra que le rondaba mucho últimamente y no por su situación personal, sino por la de sus hermanos. Apenas horas después de dejarla plantada en el restaurante y huir a su casa, Emmett se metió su orgullo en el bolsillo y llamó a Rosalie. Lo que podía arreglarse con unas cuantas disculpas, promesas y enmiendas se turbó en una bronca tremenda de su hermana, la herida y despechada, y no quiso que él intentara arreglar la situación. Además, había hecho claramente equipos en su disputa y con él tampoco quería hablar, lo que, sinceramente, agradecía. Desde entonces todo estaba más patas arribas, todos sufrían más, Rosalie no dejaba a las chicas comunicarse con Emmett – que lo hacían a escondidas – no dejaba que viera a Henry y al menos había desacampado de su sofá y se había ido solo a la casa que nunca ocupó.

Al menos allí tenía todos los muebles.

-Lo lamento, tiene que haber sido muy duro, con una niña tan pequeña.

-Es peor discutir cada día- respondió.

-¿Y él vive aquí o sigue en Nueva York?

Miles de kilómetros de por medio, eso era peor que llevar a Henry a hurtadillas para que pasara un rato con su padre. Le sudaban las manos sólo de pensar. Pensar en él en esa situación. Bella jamás le haría nada así, separarle de Lexie. Jamás ellos se separarían, por descontado, pero apartarle de sus hijos era una tortura peor de las que ya había probado.

-Vendrá en un par de semanas- contestó- Ha conseguido trabajo aquí, también en la Universidad, así puede verla más. ¿Tú pasas mucho tiempo con tu hijo?

-Todo el tiempo que no estoy en la Universidad- sonrió.

-¿Tenéis la custodia compartida?

Meneó la cabeza para pestañear y la miró como si se hubiera sentado ahí de golpe y no llevara dándole palique un buen rato. ¿Tanto tiempo pasaba con Emmett que tenía cara de tener problemas con su mujer? ¿Acaso el anillo no brillaba la suficiente? Su anillo preciado y querido, no solamente por lo que significaba – unión a la persona que más amaba, además de un recuerdo de la primera unión inmortal de Esme y Carlisle – sino porque siempre había sido un buen repelente para estas situaciones. Lo llevaría a pulir mañana mismo. Y el de Bella. Obviamente a ella nadie se le insinuaría porque el volumen de su vientre era de pura dicha conyugal, pero por si acaso se encontraba con algún enfermo.

Pero en medio de su indignación no verbal, Lexie le llamó y echó a correr hacia él para prácticamente colgarse de su cuello.

-Papi, vem togogan.

-Papá no puede, Lexie; el tobogán es sólo para los niños.

-¡No! Papá juega con Etsi en togogan casa elos.

-Shh!- bromeó- Eso es secreto de papá y de Lexie.

Se rió para colgarse de él, pero como la niña dio un gritito, la miró. La miró e hizo lo que siempre hacía cuando estaban con otros niños: apretarse más contra él para dejar claro que ellos eran suyos y solamente suyos, que sólo les compartía con quien él quería. Ya llevó bastante que aceptara a Henry y a Louise, con Nikkie no había problema porque identificaba perfectamente a sus propios padres y parecía que asumía a Elizabeth en su entorno, por los besos que siempre le daba en el vientre a su madre.

Claro que no habría problemas. Era un angelito. La mitad de Bella. Dos terceras partes por comportarse como lo hacía.

-¿Uien es?

-Es una niña y su madre, a quienes también les gusta el parque- explicó él.

-Yo soy Beth- dijo la chica- Y ella también se llama Beth. ¿Tú cómo te llamas?

-Etsi- y se colgó más de él- Papi.

Le besó, le sentó en su regazo, echó a un vistazo para comprobar que Nikkie se seguía deslizando por el tobogán y añadió:

-¿Beth es de Elizabeth?

-Sí, muy común, ¿verdad? Lo detesto- hizo una caída de ojos- Pero a mí ex le gustaba mucho y la niña también se llama así.

-Es un nombre muy bonito. A mi mujer le encanta. Está embarazada de 28 semanas, vamos a tener una niña y la llamaremos así. ¿A qué sí, hijo?- le volvió a besar- Pronto tendrás una hermanita.

-¡Itsie!- exclamó.

Se rió para besarle de nuevo, miró a la chica de soslayo para observar su expresión después de su confesión – que estaba felizmente casado y que pasaba todo el tiempo posible con su familia - y como cogió a la niña en brazos, asumió que lo siguiente que haría sería despedirse. Después de pasar por la joyería a que le pulieran bien su alianza encargaría un cartel para que se leyera Bella por toda su piel, como siempre decía Emmett que le ocurría.

Pensando en Emmett, cómo estaría hoy en un nuevo día de camino a la independencia familiar...


-¿Bella?- preguntó la vocecilla de Alice en el recibidor.

Tragó ruidosamente la cucharada de helado de yogur que relamía para levantarse y acudir a su encuentro. La vocecilla casi hacía eco al estar la casa prácticamente vacía así que se apresuró más, apoyándose en la mesa para elevar primero el vientre con la espalda recta antes de que la pillara haciendo lo que hacía, en vez de estudiar.

No había sido una buena idea darle una llave de su casa. Aunque nadie se la dio, Alice la tomó directamente para presentarse así, sin previo aviso.

-¿Un talk show?- añadió con un chasquido de lengua- Me decepcionas, Bella.

Ya estaba allí, en el umbral, con una caja vacía y su indumentaria ideal para la mudanza: unos pantalones preciosos, unas bailarinas, una camiseta anudada a la cadera y un pañuelo en el pelo. Parecía recién salida de una revista de moda de tendencias, donde sentirte atractiva y sexy al cargar con cajas y no un trapo como ella donde lo mayor con lo que dejaban cargar era con el bebé que ya llevaba incorporado.

-Estaba descansando- se disculpó- Llevo toda la tarde estudiando, en serio.

-Ya...- chasqueó la lengua de nuevo. Pasó la vista por la cocina donde apenas quedaban la mesa, dos sillas, la trona de Lexie y lo suficiente para pasar esa noche, además de los electrodomésticos y otra caja llena de menaje que se tenía que llevar, encima de la meseta- Creía que había vaciado la nevera- añadió señalando el yogur.

Y la había vaciado, pero ella había sido más rápida y lo había salvado antes porque todo lo abierto iba a la basura. Con el hambre que se pasa en el mundo. Y los antojos que tenía ella de helado de yogur. En el embarazo de Lexie fueron los huevos y las frutas. Lizzie saldría ya con caries de la cantidad de azúcar que era capaz de ingerir.

Lo bueno es que tampoco engordaba desmesuradamente, lo que todo el mundo alababa y a ella le tranquilizaba bastante. Puede que tuviera – evidentemente – más pecho, se le hincharan las manos y los tobillos, que apenas se le había redondeado ligeramente el rostro, lo que decían que le favorecía. Su ginecóloga decía que apenas había subido un par de kilos de lo que pesaba el bebé y su bolsa, dándole la enhorabuena. Entre sus fines era ser una buena anfitriona para su pequeña, así que parecía estar haciéndolo. Un poco de helado de yogur tampoco mataba a nadie.

-Apiádate de esta pobre embarazada a la que no dejáis moverse excepto para ir al cuarto de baño.

Alice se rió, dejó la caja en el suelo y entró en la cocina danzando cual bailarina.

-Y lo haríamos por ti de ser posible para que ninguna de las dos corrierais peligro- añadió para darle un sonoro beso en la mejilla y otro en el vientre- Hola, princesa Elizabeth. Ya está aquí tu tía favorita. Y tiene todo listo en tu preciosa habitación.

Sonrió porque le encantaba que la gente hiciera eso. La gente cualquiera, no, porque era muy molesto que una mujer que no conociera de nada le sobara el vientre en la cola del supermercado o en la consulta del médico preguntándole qué esperaba o para cuándo. Suerte que Edward siempre había sido un buen escudo, pero aún así alguna hábil vieja se le colaba. Pero que su familia hablara a su bebé la hacía tan feliz que bien podría revolotear. Que se refirieran a ella, como a Lexie, como si ya estuviera allí, con incluso el mote que usaba Alice – princesa Elizabeth- y tuviera emociones, o le contaran cosas, como lo que habían trabajado en su habitación o la cantidad de ropita que iba teniendo.

Bueno, esa parte le empezaba a asustar, porque no sería tanto tiempo bebé para ponerle cada uno de los modelos que estaba haciendo acopio Alice.

-¿Ya has acabado?- preguntó curiosa.

-Casi- dio otro saltito- Mañana lo sabrás.

-Vamos, Alice- se quejó- Seguro que tienes fotos. Enséñame una. Sólo una.

La habitación de Lizzie, como la de Lexie, y la suya si no fuera que quería los mismos muebles que en ésta, seguían siendo el gran secreto de la mudanza, porque a dar las primeras directrices de dónde quería tales cosas, había estado relegada a esperar a que alguien se le escapara algo como en la preparación de la boda o la luna de miel, algo que le frustraba y con la carga hormonal le generaba más y más calor. Edward había visto los primeros bocetos, e incluso cuando colocaron el papel pintado y le había dicho que estaba quedando muy bonito, pero como Alice intuía que no era de fiar y soltaría información ante el maltrato psicológico de su mujer embarazada, en un cierto momento para él también estuvo prohibido subir al primer piso de la vivienda, como si con él tampoco fuera la cosa.

Al menos les había dado tiempo a decir en qué lado querían el piano.

-No- le sacó la lengua- Y se acabó holgazanear por hoy: la tele será lo siguiente que me lleve.

Fue hacia la encimera y antes de tirar del cable, miró la pantalla, donde enfocaban a la protagonista del testimonio que tenía la atención de las cámaras en ese momento. Bajo un rótulo se veía su nombre y el motivo por el que estaba y simplemente con leerlo, Bella se enrojeció, porque por mucho que explicara que no lo estaba viendo, que apenas lo puso para dejar de estar envuelta por el silencio en su estudio mientras se comía la última tarrina de helado de yogur, todo indicaba lo contrario.

-¿"Tuve sexo con un vampiro"? ¿En serio que va de eso?- preguntó gritona- ¿Acaso ibas a llamar?

-¡Yo no...!- se defendió en un puchero- No lo estaba viendo, has llegado antes de que pudiera cambiar de canal. ¡Y nunca tuve sexo con un vampiro!

La miró de arriba abajo, lo que la hizo enrojecer más, si eso fuera posible. Vista así – del tamaño que tenía ahora mismo – parecía que se alejaba de la realidad, pero Alice y solamente Alice sabía la verdad y que estaba así, por las razones opuestas.

-Ya. Seguro que tuviste muchas ganas- le guiñó un ojo.

-Aunque las hubiera tenido, el vampiro nunca hubiera querido, así que no sé por qué estamos hablando de esto- replicó entre dientes.

-Cierto. Tu vampiro era muy estrecho- levantó una ceja- De lo que todos damos gracias.

-No está nada bien torturarme en mi estado, ¿sabes?

-¿Y qué me queda?- se rió.

-Quizás debieras de llamar tú- intentó chincharla.

-Pero yo también era vampira, así que no cuenta. De todos modos, todo es mentira- emitió un bufidito- Nadie sobrevive. Las de Delani, incluso con sus siglos de experiencia, no eran capaz de mantenerlos vivos. Paparruchas.

Sin más, tiró del cable haciendo que la pantalla se fundiera en negro, lo enrolló e incluso empujó de la tele hacia así para cargarla. Bella dio un paso para ayudarla, porque aunque el aparato no era muy grande y no pesaba, parecía abultar más que su cuñada, aunque se detuvo antes de que la chistara. Alice parecía tenerlo todo controlado; la caja vacía era del tamaño exacto de la televisión.

Así se volvió a sentar en su silla, acariciándose su vientre, tranquilo. Siempre se ponía nerviosa si alguien – por mucho que fueran los Cullen – hablaran del pasado, de vampiros, amigos vampiros o incluso a aquellos a los que habían tratado como familiares. Sentía que, por su culpa, les habían perdido. Y no es que no le agradara la idea de Tanya o sus hermanas lejos de Edward o incluso de Lexie – más, si cabe – pero habían mantenido grandes nexos que por su condición humana, estaban rotos y perdidos.

-Ya no hay más televisión, ¿me oyes?- dijo Alice- Sólo te quedan los libros y las notas. Así que esta noche aparte de dormir sólo podrás estudiar o tener sexo con mi hermano- le sacó la lengua.

-¡Alice!- exclamó en su estupor.

¿Por qué todo el mundo la maltrataba de esa manera? Las hormonas la hacían hasta sonrojarse más de la habitual, cuando esa etapa, la de la vergüenza por los comentarios sexuales, debía de estar pasada y bien pasada. Ahora hasta se sonrojaba si Edward le decía algo, y no es que le fueran los comentarios picantes, pero simplemente con proponerle algo íntimo – bien fuera un baño – ya tenía aquello colores delatores.

Se echó a reír y metió la televisión, junto con su mando a distancia, en la caja, para sellarla con cinta de embalaje ruidosamente.

Ya era, oficialmente, la última noche en su antigua casa. Ni cubiertos le quedaban: un par de piezas de fruta, una botella de agua, el cartón de leche, lo que Edward trajera para la cena – pizza o cualquier cosa que se tomara con las manos –, una bolsa de basura, sus libros y una maleta pequeña arriba como quien duerme una noche en un hotel.

Su pequeña casa ya ni siquiera era suya: el salón llevaba días vacío y lo que últimamente lo poblaba – el correpasillos de Lexie – ya se había marchado esa misma mañana antes de que el niño lo echara mucho de menos. El recibidor no tenía tampoco su mesa, ni siquiera su lámpara. Las fotos no estaban ya en la pared de la escalera. En el pasillo superior no había ni alfombra. En su habitación apenas quedaba la cama. Y Lexie se despediría hoy de su cunita porque si había puesto una condición – y alguien le había hecho caso – en la casa nueva tendría su primera camita de niño mayor, para diferenciarle así más del próximo bebé y darle una identidad propia.

-Es muy grande, Alice. Deberías de dejarla en su sitio y que se la lleve Edward- insistió cuando la vio cargársela a la cadera- No la veré, te lo prometo. Estudiaré todo el rato. ¿Ves?- tomó sus notas- No pienso levantar la cabeza de ellas.

-No es para tanto- se rió- Además, hoy he traído ayuda.

La miró levantando una ceja y apenas le faltó escuchar unos portazos en el exterior de la casa seguido de unos pisotones, para sumar dos más dos, entender a su cuñada y ponerse nerviosa de golpe. Emmett, allí.

Las cosas, para qué engañar a nadie, estaban mal. Entre Rosalie y Emmett, quería decir. Desde que se presentara aquella noche en casa apenas se habían visto para discutir, Rosalie parecía realmente enfadada y contrariada, Emmett se había marchado a la casa en la que nunca vivieron y ella ni siquiera le permitía ver a Henry. Ayudarle a lo contrario – a que Emmett viera a su hijo – era fácil porque siempre alguien podía ofrecerse a llevar al niño a algo – al parque, al pediatra, a comprarle unas zapatillas – para que terminara con su padre, pero tenía a la familia partida en dos: equipo Rosalie y equipo Emmett. Nadie había tomado bandos claramente pero Rosalie los había hecho y arrastrando a las chicas de su lado, a Edward lo había puesto del contrario y ella estaba allí en medio, aguantando las puyas envenenadas de su cuñada y escuchando a Edward que hablaba de lo desorientado y destrozado que estaba su hermano, más cuando tras la clase de yoga se ofrecía a llevar a Henry a tomar un helado con Lexie y terminaban los tres, de contrabando, en alguna heladería para un encuentro clandestino con Emmett.

Eso la estresaba mucho. Y la hacía sentir egoísta. Porque no quería que esa guerra se presentara en su último día en su primera casa. Nunca se pedía cosas para sí, pero aquel momento lo quería. Quería pasar esa noche tranquila, quería ir mañana a ese examen tras despedirse de sus momentos felices allí y quería regresar al que sería su nuevo hogar.

¡Y los problemas de Rosalie y Emmett no la dejaban!

-No te preocupes, Bella- la sacó de su discusión interna tomándole de la mano- Rosalie hoy no vendrá. Le he dicho que tenía las extensiones fatal y tardará unas cuatro horas en que se las vuelvan a colocar- le guiñó un ojo.

¡Eso sí que la hacía sentirse aún peor! Alice había trabajando tanto... Y Esme. Con la de cosas que tenía que hacer Esme para perder tiempo en su casa, cuando ya había sido bonita en sí. Apenas necesitaban un poco de papel pintado y sus muebles. Lista para habitar. Pero sabía que había querido reformar algo, y cambiar otra cosa, y agrandar lo de más allá y...

-¿Hay algo que cargar?- preguntó presentándose en el umbral con una palmada.

Algo bueno de Emmett, es que no perdía su humor, lo que se agradecía. Aunque estaba ligeramente apagado, siempre tenía algún chiste que contar o alguna gracia que hacer. Había perdido algo de peso – aunque unos gramos para él no significaran mucho – y tenía ojeras, pero, por lo demás, nadie de fuera de su círculo parecía percatarse de los problemas.

-El gato. Podrías llevarte al gato- sugirió Alice- Sparkles...

-¡No!- exclamó Bella- Lexie no tiene ni un juguete, ya te has llevado hasta su correpasillos. Menuda noche nos espera si además tampoco está aquí Sparkles.

-Sí, y a Edward y a ti se os cortaría la diversión- respondió Emmett para soltar una risotada.

Emitió un bufidito y se escondió tras sus manos, porque, sinceramente, no lo podía soportar más. A ver, qué problema tenía todo el mundo con el sexo o con que lo practicara. ¿Tanto se notaba cómo quería pasar su última noche en su casa? La primera había sido así y tenía el mismo tamaño, así que parecía poético que terminara de la misma forma.

-Llévate la tele, Emmett- dijo Alice- No tendrán ninguna otra distracción.


Toda la tarde en el parque con su amiguito había agotado tanto a Lexie que se había quedado dormido en el mismo momento en el que le sentó en el coche, tanto que cuando entró en la zona del drive-thru a por la cena, ni se inmutó por mucho que el que tenía detrás se hartó de pitar porque no le servían lo suficientemente rápido.

¡Pero! No había mal que por bien no viniera, porque si le mantenía dormido hasta entrar en casa y meterle en la cuna podrían tener una cena de adultos, hablar tranquilamente y despedirse así de la casa.

¿Desde cuándo era tan sentimental? Desde que tenía a Bella en su vida.

Así que detuvo el coche en el garaje – donde ya no estaba ni el coche de Bella ni el suyo, por lo que Alice se los habría llevado, como habían acordado – se bajó lo más sigiloso que pudo, tomó las bolsas del maletero y cogió a Lexie de su sillita para recostarle contra su cuello para arrullarle hasta subir a la cocina.

La mesa ya estaba puesta, aunque en vez de manteles individuales había servilletas de papel, o en vez de copas y vasos los había de cartón. Como ya se habían llevado el estudio, los libros de Bella con su ordenador estaban en una esquina de la meseta a la que no le quedaba ni siquiera la televisión o el teléfono.

No había sido justo que él hubiera estado disfrutando de Lexie y del parque en vez de estar allí soportando los saqueos de sus hermanos.

-Eh- dijo una voz dulce desde el hall- Habéis llegado pronto.

Apenas le dio tiempo a levantar la vista que ella se tapó la boca con la mano como si hubiera hablado muy alto, cuando no era el caso. Estaba guapísima, como cada día de esas 28 semanas, llevando una camiseta gris con un corte bajo el pecho para dejarle espacio al vientre y unos de los pantalones que usaba para las clases de yoga, además de unos calcetines por encima de los tobillos, esas prendas de premamá que había comprado Alice por doquier, que al principio le horrorizaban tanto y que ahora estaba encantada de llevar.

-Se ha dormido en el coche, estaba exhausto- susurró.

Se quitó la mano de la cara para sonreír y casi de puntillas, caminó hacia ambos. Le dio un beso en la cabecita a Lexie, a otro a él en los labios y le cogió las bolsas para dejarlas sobre la mesa.

-¿Chino?- preguntó.

-Palillos y cajas de cartón- bromeó él- Aunque mañana te prometo que cenaremos sobre porcelana.

-Si tú la friegas, por mi no hay problema- respondió divertida- Sube a tumbarle mientras lo sirvo.

-Gracias- respondió antes de darle otro beso.

Los pasos casi resonaban en la casa vacía, sin alfombras ni cortinas. Ni lámparas, ya estaban todas las bombillas desnudas que se encontró de camino al cuarto de Lexie, con apenas su cunita. La última noche que dormiría en su cunita. Quizás Bella querría estar en ese momento. Aunque se despertaría hambriento en un par de horas y le podía dar así su biberón y ponerle el pijamita, por lo que solo le descalzó, le quitó la cazadora y le arropó.

-Quédate así un buen rato, hijo- le besó la frente.

El pequeño apenas frunció el ceño – como sabía que él hacía en sueños- y tiró más de su mantita. Se podía confiar en él, le dejaría este rato a solas con su madre.

Cuando bajó a la cocina, un ruido se sumó a los pocos que hacía Bella: el cascabel de Sparkles junto a su cuenco, dándose un festín de leche.

-¿No se lo han llevado, junto con el resto de las cosas?- preguntó mientras le acariciaba.

-No, y eso que lo pretendían, pero mejor que te lo lleves tú mañana cuando des la última pasada para asegurarte de que sólo dejamos atrás un poco de polvo y pelusas. Porque lo admito: estos últimos días no he pasado la aspiradora.

Se rió para besarla sonoramente mientras se sentaba a la mesa porque sabía lo que le preocupaba eso: que se olvidaran algo. Ya le había costado admitir que necesitaban mudarse y más le estaba costando revisar cada una de esas cajas, organizar la mudanza, lo que necesitaban o lo que guardar primero. No quería que Lexie añorara nada, pretendía mantenerlo todo organizado y que cada uno de sus recuerdos fueran etiquetados y en una caja de cartón.

Los recuerdos sentimentales eran ya otra cosa.

-Mañana esteramos cenando en nuestra casa nueva y todo será perfecto. Será como ahora- añadió él- pero con más espacio. Y con vistas al jardín por la gran cristalera.

-Confío en la capacidad organizadora de Alice, porque lo ha hecho un millón de veces antes, pero apuesto lo que quieras a que no encontraremos algo: los calcetines o el recambio del cepillo de dientes eléctrico.

-¿Eso es lo que te preocupa? ¿Qué ponga algo en algún sitio y no lo encontremos?

-No lo sé- suspiró- Supongo que no me gustan demasiado los cambios. Aunque la casa sea preciosa, vayamos a ser muy felices allí, Lexie tenga más sitio para jugar y nuestro bebé tenga una habitación muy bonita.

-¿Ah, no?- se rió- ¿No te gustan los cambios? Pues estabas deseosa de cambiar toda tu figura para volver a estar embarazada.

-No me refiero a eso- le dio un golpecito por debajo de la mesa- ¿Y las marcas de Lexie?- señaló el marco de la puerta a su espalda- ¿Y la puerta del garaje donde nos despedimos cada día? ¿O la ventana del estudio? Allí también tendremos un estudio, pero no sentiré lo mismo cuando me siente a leer en el alfeizar.

Se estiró para besarla en la frente y así dejó los labios unos instantes. A él también le apenaban dejar atrás esas situaciones, esas costumbres, pero en la casa nueva tendrían esas y muchas más. Allí viviría Lizzie y Lexie seguiría creciendo. Bella se graduaría. Darían fiestas de cumpleaños y festejarían ocasiones especiales. No pondrían un árbol de Navidad porque para eso tenían la casa de Forks, pero tendrían muchas otras anécdotas que recordar.

Cosas de las que no se había preocupado nunca antes, y había dejando un montón de recuerdos atrás, hasta que conoció a Bella.

Pero tenía un plan B. La próxima mañana no iría a clase para avisar a los constructores que vinieran a quitar el marco de la puerta para ponerlo en la puerta de la cocina de la otra casa. Como el buzón. Rastrearía palmo a palmo de la casa antes de cerrarla para cerciorarse de que se lo habían llevado todo, después de que desmontaran los muebles que quedaban en su habitación o la cunita de Lexie, directa al sótano de la nueva casa. Le entregaría las llaves al administrador para que se encargara de los trámites con la inmobiliaria. Y lo siguiente que haría era entrar a Bella en brazos, como hizo cuando llegaron allí por primera vez.

-Todo irá bien, mi amor. Estamos juntos. Donde estemos juntos, ese será nuestro hogar. Siempre estás muy preocupada porque yo no tengo a donde volver, como tú tienes a Charlie en Forks. Cada vez que regreso a tu lado, yo regreso a mi hogar.

Turbada, bajó la mirada y jugueteó con el palillo en su plato de arroz. Lo meneó de izquierda a derecha, después de derecha a izquierda y por último lo dejó caer.

-Es una suerte que el microondas vaya con la cocina. Nos despediremos de la habitación aunque mañana vayamos a dormir en la misma cama.

Se echó a reír para apartar los platos, cogerla de la mano y subir escaleras arriba.


No podía engañar a nadie porque no había nada de mágico en el sexo en el embarazo, sobre todo a estas alturas, porque no es que no le atrajera su marido o no le gustara lo que hacían, pero tenía que cambiarse de postura un montón de veces porque le mataba la espalda, el vientre ya ocupaba un montón y al final todo se reducía a un conjunto de movimientos aeróbicos y a conversaciones mentales de déjame mover la pierna que se me duerme o sujétame mejor así.

Eso sí que era una suerte; que él lo supiera antes de la necesidad de pronunciarlo.

Lo bueno es que eso de que no había magia sólo se lo parecía a ella. Edward siempre estaba muy entregado. No le cortaba el rollo por muchas veces que pensara que se cambiara y durante todo el rato no dejaba de darle besos, de acariciarle o de decirle lo preciosa que era. Que ayudaba mucho, además, porque ya se sentía de todo menos preciosa. Gorda, pesada y lenta, además de con las piernas hinchadas. El yoga y el ejercicio lo habían ralentizado, pero ya estaba en esa etapa molesta, cansada e irascible.

Sí, era la irritabilidad lo que le hacía pensar todo lo anterior. El sexo era fantástico, Edward era fantástico y no había más que añadir.

Bueno, sí, que no podían acurrucarse después del mismo para escuchar cómo se iba calmando su corazón mientras le acariciaba suavemente la piel porque tenía que levantarse a hacer pis. Era la tercera vez que venía del cuarto de baño.

-¿Estás bien?- murmuró Edward adormilado.

-Sí- se recostó de nuevo para acurrucarse contra él- He empezado nuestro último rollo de papel higiénico en esta casa.

-¿Y te ha emocionado?- bromeó.

-No demasiado- se acurrucó más- A Lizzie no le gusta que mi vejiga esté un tercio más llena de lo normal, así que volveré a ir unas cuantas veces más.

Edward carraspeó, se volvió – para quedar de lado en vez de boca abajo – y atrajo su cuerpo contra el suyo, dejando su brazo caer.

-Está tranquila- observó.

De la postura que estaban – ambos de lado, frente por frente, su cuerpo prácticamente incrustado en su pecho y respirando en el hueco del cuello – si el bebé se movía lo notaría porque solamente estaban separados por la tela de su camisón, así que dijo:

-Sí, siempre se queda muy tranquila después de los cambios hormonales del sexo y de los beneficios de las contracciones del orgasmo- respondió parafraseando los miles de artículos que había leído sobre el embarazo.

-Mejor- volvió a carraspear- Porque esto es lo más cerca que va a estar del sexo en los próximo 30 años. Ni ella, ni Lexie.

-Mmm...- murmuró en otra caricia- No te negaré que me costará verles crecer, pero es absurdo obstinarse a que la naturaleza siga su curso.

-Haré todo lo que esté en mi mano- carraspeó de nuevo.

-¿Como qué? ¿No dejarla tener citas? Te portarás como Charlie. Y él entrará por su ventana para verla dormir- bromeó.

-También he pensado en eso: rejas y alarmas de sensor de movimiento- suspiró divertido, sin moverse- Nadie se colará en la habitación de nadie, ni para entrar, ni para salir.

-Ya...- chasqueó la lengua.

-Siempre dices que te encanta que Lexie se parezca a mí y es una cualidad que me gustaría mucho que heredaran, los dos: mis 90 años de celibato.

-Seguro- bromeó- O las apenas semanas que olvidaste eso por completo cuando volviste a tener hormonas.

-Eso no fue del todo culpa mía, porque tus hormonas obraron el resto.

-¿Ah, sí? Entonces, puedo dejar de concentrarme para que Lizzie se parezca a mí.

-Empezaremos con las rejas y la alarma- repitió.

-Mejor.

Suspiró divertida, se acomodó más – para abrazarle con el brazo con el que se acariciaba el vientre y llevándole el otro al rostro, le observó unos instantes con la luz que provenía de la calle, al no tener ya cortinas, mientras le acariciaba suavemente con la yema de los dedos. Más que unos instantes, un buen rato a la par que su respiración se hacía cada vez más calmada, víctima del sueño, de lo que no le culpaba en absoluto porque los últimos días habían sido de completa locura.

A sus interminables horas de clase y prácticas, se sumaba a que no le dejaba hacer nada de la mudanza, casi nada de Lexie y estaba pendiente de todo, de que no echara de menos nada y de que todo fuera a su gusto, porque aunque le estaba costando desprenderse de todo, tenía razón en lo que decía de que allá donde estuvieran ambos, ese era su hogar.

Ahora se sentía ridícula porque casi se echa a llorar cuando acostó a Lexie, por última vez, en su cunita.

Había dormido un buen rato, tanto que ellos habían cenado, Edward había limpiado la cocina – por última vez – e incluso tirado la basura y vaciado el triturador. Se despertó de mal humor y con más sueño del que le había dejado en estado de coma, así que ni siquiera reparó de que su mural de pegatinas ya no estaba en la pared, que sólo le quedaba el leoncito para dormir y ese último biberón. Quería que le cogiera y se lo diera en brazos, pero como le había explicado muchas veces antes ahora no podía para no hacer daño a Lizzie en su barriga y le contrarió más que de costumbre. Normalmente torcía su gesto o fruncía su ceñito, insistía con cara lastimera pero esta vez lloró y lloro para estar en su regazo, así que Edward tuvo que ir al rescate para sacarle de la cuna y sentárselo encima para mecerse hasta que volvió a quedarse dormido mientras se tomaba su biberón.

Era una personita increíble, estaba llevando de fábula todos esos cambios. Aunque era de esperar al ser la réplica perfecta de su padre en cada pequeña pequita que tenía sobre la piel. Sabía que se le sonrojaban las mejillas como a ella o que la imitaba mordiéndose el labio, pero ahora mismo cuando dormía, como se quedó dormido en sus brazos, eran dos gotas de agua.

Le pasó el dedo por el perfil, siguiendo desde el trazo de las cejas hasta los labios. Se recreó en la barba incipiente que sonaba juguetona bajo sus yemas y se acurrucó mejor en su cuello, su sitio favorito del mundo para dormirse y despertarse fuera donde fuera.

Lo malo de todo esto de las hormonas, del cansancio y de levantarse un centenar de veces para ir al cuarto de baño durante la noche es que tenía los ciclos del sueño locos y por la mañana estaba exhausta, tanto que cuando abrió los ojos ya había sonado el despertador, el sol le daba directamente en la cara y Edward no estaba en la cama, lo que le enfadó soberanamente. La última mañana en su casa y se pierde despertarse en sus brazos. Qué decepción. Esperaba quizás despertarse con besitos en el hombro, con caricias y no allí, sola, en aquel revuelto de sábanas y mantas porque el edredón y todos los conjuntos bonitos de cama estaban ya en la otra casa. Más decepcionante fue no encontrarlo en el cuarto de baño ni que contestara a su nombre o ver que faltaba su teléfono móvil y las llaves del SUV – el único que tenían allí.

Como las hormonas le hicieron enfadarse, se metió en la ducha, sola, para que se le pasara el mal rollo. Y aunque se mitigó cuando se tuvo que echar su aceite de almendras en el vientre sola también, se lo volvió a recordar.

Lexie murmuró algo y se giró en su cunita, así que antes de que llorara o se quejara, bajó los barrotes de la cuna para despertarle con besos en la cabecita, en la nuca o en la mejilla. Uno enfadado mejor que dos. Se revolvió más, la llamó y en medio de los besos incluso tendió los bracitos para abarcarla.

-Buenos días, peque, ¿has dormido bien?

-Mami, seño.

-Ya es de día, y hoy van a pasar muchas cosas geniales, ¿te acuerdas de qué va a pasar hoy, peque?

-¿Itsie?- se frotó los ojitos.

-No- se rió- Hoy nos vamos a la casa nueva.

-¿Habitatión neva de Etsie?

-Sí, en la habitación nueva de Lexie, donde ya no hay una cunita, porque la cunita es para los bebés. Lexie ya tiene una camita de niño mayor.

-Gande. Etsie gande.

-¿Tienes ganas de ir a la casa nueva, peque?

-Tí. Etsie gusta mutcho.

-A mamá también- le besó sonoramente en la frente- ¿Nos damos un baño con patitos para estar listos para el día de hoy?

Le tendió los brazos directamente para que le cogiera e instintivamente lo alzó para cargarle. Al segundo se dio cuenta de que no debía de hacer eso, de que Edward se enfadaría, de que Carlisle le diría la de cosas que podían pasarle o de que su médico torcería el gesto, pero como ninguno estaba allí visualizó imágenes de mujeres africanas con un bebé en la espalda y otro colgando por delante mientras se amamantaban después de dar a luz en medio del campo y coger a su hijo unos instantes para dejarle en el suelo no podía ser peor que eso.

-¡Atitos! ¡Atitos!- exclamó antes de echar a correr hacia el cuarto de baño.

Sparkles se cruzó en su camino y maulló. El pobrecito parecía desubicado porque hoy ya no tenía ni cesto y había dormido entre la maleta y una sudadera de Edward, así que huyó escaleras abajo con los pelos de punta. Lexie intentó seguirle pero como su madre le condujo tomándole de los hombros hacia el cuarto de baño, desistió. Lo siguiente que hizo obediente fue sentarse en el orinal mientras su madre lo disponía todo para el baño.

Bueno, no era despertar entre los brazos de Edward, pero era otra parte de su rutina que también le gustaba mucho.


Cuando Edward detuvo el coche delante de las puertas de su garaje, dio una pasada visual a todo lo que le rodeaba: la fachada de su casa, su jardín y la tranquila calle. Apenas cantaban los pájaros, sonaban unos aspersores y un perro ladraba al fondo, algo que siempre le gustó de ese barrio. Pero en unas horas ya no sería lo que vería al bajarse del coche, no aparcaría en esa entrada y no le molestaría ese condenado perro, porque donde se mudaban tenían mucho más jardín y mucho más terreno alrededor para que nadie les importunara.

Aún así intentó recordarlo todo tal y como estaba, incluso cargando los pulmones para guardar hasta los olores del jardín con el rocío de la mañana.

Caminó hacia el maletero y sacó las bolsas de la compra para caminar hacia la casa.

Se había despertado muy temprano y como Bella parecía tan cómoda, se levantó para no molestarla. Pensó en hacer algo – alguna tutoría, repasar unas notas o algún test – pero como todo estaba ya en el estudio de la casa nueva, apenas se le ocurrió ducharse para tenerlo todo listo e ir a buscar el desayuno porque excepto un poco de leche que estaba destinada a Sparkles, poco había ya en la casa, y no iba a darle a su hijo sobras de la cena de ayer. Tuvo que recorrer tres establecimientos hasta que encontró uno donde hicieran la tortilla a su gusto o tortitas con formas, como las que Bella le preparaba siempre a Lexie.

Sacó las llaves, abrió la puerta y tuvo que apartar a Sparkles con el pie que no sabía muy bien qué hacía allí si no estaba durmiendo encima de la sudadera que se quitó ayer, la última vez que le vio antes de salir de casa.

-¿Qué haces aquí?- preguntó absurdamente reteniéndolo con el pie- Aún no es hora de irse a la casa nueva.

El gatito maulló, rascó con las zarpas delanteras, pero se quedó allí, refugiado entre su cuerpo y la puerta que cerró rápidamente.

-No me voy a olvidar de ti - contestó- Sé que odias el cesto de transporte, pero serás lo primero en entrar en el maletero.

Volvió a maullar, así que miró escaleras arriba, las desnudas escaleras, sin cuadros, ni lámpara, alfombra o protectores. La luz estaba encendida y había ruidos en el piso superior – el agua correr y el rumor de una conversación, así que Lexie ya estaría despierto, habría intentado hacerle una fechoría y sin los protectores por dónde el gatito escapaba hábilmente y Lexie se quedaba al otro lado, se sentiría totalmente vulnerable.

-No te hará daño, no te preocupes. Ven- le chistó- Toma un poco de leche antes de que guarde también tu cuenco.

Le siguió sin separarse mucho de sus piernas, entró en la cocina, dejó las bolsas y le sirvió el líquido prometido. Ahora maulló de agradecimiento, ronroneó y tuvo su festín sin interrupciones antes de que él saliera para subir las escaleras.

También respiró profundamente para guardar en su memoria el olor que se respiraba, el olor de su familia: gel de baño infantil, el gel floral de Bella, el detergente con el que lavaban la ropa...

Ambos estaban en el cuarto de baño del fondo del pasillo y parecía que con la mañana muy avanzada, a juzgar porque Bella ya estaba vestida y aseada, Lexie con su baño terminado, vestido y ahora mismo su madre le peinaba. ¿Tanto había tardado en visitar las cafeterías? El baño parecía recogido – apenas quedaban un par de toallas o los patitos de Lexie metidos en la red en la que se guardaban, el niño jugaba con el bote de su champú que tenía la forma de la cabeza de Mickey Mouse, y Bella, sentada sobre sus rodillas, le intentaba domar los cabellos. Más bien se impregnaba las manos en la colonia infantil y pasaba los dedos entre ellos para que le quedaran disparados hacia arriba, imitando quizás la manera que él lo llevaba. Aunque para eso no hacía falta nada más que lo tuviera más espeso, él tampoco le hacía nada especial y lo normal es que estuviera revuelto y despeinado porque ni siquiera se ordenaba cuando estaba mojado.

Picó ligeramente a la puerta y se asomó:

-Buenos días.

Lexie levantó la cabeza y alzando los bracitos exclamó:

-¡Papi! ¡Habitatión neva de Etsi hoy!

-Sí, hijo, hoy nos vamos a la casa nueva, a ver la habitación de Lexie. Y la de Lizzie. Será un día excepcional.

Soltó el bote del champú sin más – que rebotó en el suelo- y corrió hacia él para cogerse a sus piernas. Le levantó en brazos y le besó varias veces pero como en uno de los movimientos vio el gesto de Bella – bastante contrariado – le dejó en el suelo para decir:

-¿Recoges tus patitos y tu leoncito y lo pones junto a la maleta de mamá y papá, hijo? No querernos olvidárnoslos.

-No olvida, papi.

Y sin más, corrió hacia la bañera, cogió la cesta y desapareció pasillo adelante.

-¡No te acerques a las escaleras, Lexie!

-No, papá- contestó elevando su dulce tono infantil.

Bella suspiró, recogió la cabeza de Mickey Mouse y se levantó, primero incorporándose en sus rodillas y después estirando las piernas. No pareció costosa, ni lo hizo a velocidad lenta, pero Bella era tan pequeña y su figura estaba ya tan dilatada que antes de pestañear ya la sujetaba por el brazo para ayudarla.

-Estoy bien- repitió, como siempre- Llevo bien desde que me desperté. Sola.

Ah, que tenía esa cara por eso. Vaya. Tenía que haberle dejado una nota. ¡Pero ni tenía donde apuntar! Un mensaje en el móvil, pero Bella cuando estaba en casa, rara vez lo miraba. Se habría enfadado o preocupado o ambas cosas a la vez.

-Fui a por el desayuno- explicó, tontamente- Había pensado que desayunáramos fuera, pero Lexie se excita mucho cuando vamos a alguna cafetería que tenga recreativos infantiles y luego no podríamos dejarle en la guardería, así que lo he traído para que lo tomemos juntos, la última vez, en esta casa.

Bella frunció el ceño, después se mordió los labios por dentro, volvió a suspirar, dejó el bote de Mickey Mouse y la colonia en el neceser abierto sobre la meseta – donde estaban el resto de los productos de higiene – y abrió los brazos para abrazarle. No resta decir que la correspondió al segundo.

-Está bien. Te perdono. Pero no me ha gustado despertarme sola. No sé qué se siente al tener un rollo de una sola noche, pero seguro que es algo parecido.

Se echó a reír a carcajadas, la besó sonoramente en la frente y contestó:

-No sabes lo que me agrada que no lo sepas. Aún así no me fui a hurtadillas y creía haberte despertado cuando estuve revolviendo en la maleta. Lo que no haría un amante ocasional.

Le dio un codacito, él lo encajó, la volvió a besar y añadió:

-¿Tortilla?

-Con queso- respondió él.

Tener que dejar listas sus notas y libros para su entrevista con la tutora del programa online, estresaron a Bella después del desayuno lo justo para que sólo diera una pasada general a la casa antes de cerrar la puerta por última vez al salir. Luego en el coche estuvo mirando su agenda tachando cosas y pasando hojas de un libro, así que no parecía para nada afectada. Mucho mejor.

Lexie tampoco. Estaba feliz por el desayuno, feliz por poder recoger sus cosas como si fuera totalmente independiente, recordándole que no se olvidara de Sparkles y ahora iba sentado en su sillita atrás, en el coche, canturreando un CD de canciones infantiles que desde que lo habían comprado – por recomendación de la guardería porque daban clases con él- no les dejaba quitar bajo ningún concepto. Al principio era muy gracioso, pero después de escuchar medio millón de veces la canción de la cuchara, la del charco o la de la mariquita, aquellas voces infantiles estridentes le empezaban a crispar los nervios.

-¿Y si papá pone otra música más bonita, Lexie?- intentó preguntar Bella- La suya del piano, ¿qué te parece?

-¡No!- exclamó meneando la cabeza de lado a lado- Pone madiquita. Etsi canta.

Y así día tras día cada vez que iban o venían de algún sitio con él.

Ahora cantaba la canción de las notas musicales. Hasta tenía un bailecito, o al menos él lo representaba levantando manitas y juntando los deditos. Le sonreía cuando su mirada coincidía con la suya por el espejo retrovisor y cantaba más alto. Con eso, no se podía enfadar.

-Ya estamos, hijo- detuvo el coche- Es hora de la guardería.

-¿Uando habitation neva?

-Después de la guardería. Mamá y papá te vendrán a recoger cuando esté todo listo e iremos a la casa nueva.

-¡Tí!- exclamó jovial.

Levantó las manitas para tirar de los arneses de sujeción de su sillita, así que Edward se soltó su cinturón, se bajó de su lado y abrió la puerta trasera para ayudarle. Lexie dio un saltito bajándose de la sillita al suelo del coche al verse libre y exclamó:

-¡Mami!

Bella pasó una hoja más antes de mirar al pequeño. Parecía memorizar algo o repetirlo, aunque seguro que se lo sabía todo de memoria. Decía que eran las hormonas del embarazo porque sólo antes había sacado unas notas tan buenas como ahora y fue al graduarse en el instituto. Él opinaba que se debía más a su espíritu de sacrificio y al querer vivir la recta final del embarazo libre de cualquier atadura académica.

-Sé bueno, peque. Y ten un día magnífico.

Bella pretendía estirarse entre los dos asientos para que el niño se estirara también y así besarle para despedirle. Pero Lexie tenía otros planes por lo que esa manera de decirle adiós no le convencía en absoluto.

-No, mamá. Vem. Vem con Etsie y papá.

Suspirando, Bella apartó los libros a un lado para soltarse su cinturón y salir por su puerta. Lexie dio otro saltito de júbilo, ahora directo a los brazos de su padre, emocionado. Normalmente, o uno u otro le llevaban y eran contadas las ocasiones en las que los dos le acompañaban, así que para el pequeño debía de ser una auténtica fiesta y la oportunidad de presumir de padres ante el resto de los niños.

Edward se lo cargó en la cadera, cogió la bolsa con sus cosas para ponérselo al hombro, rodeó el coche tras cerrarlo y le tendió la otra mano a Bella que aceptó con una sonrisa.

El enfado le había sentado genial porque estaba preciosa. Cada segundo que pasaba estaba más guapa que el anterior y con tanto que repetía que estar embarazada y ser la madre de sus hijos era su don, la maternidad no le podía sentar mejor. Su silueta seguía siendo pequeña y delgada, había aumentado quizás un par de quilos sobre el peso del bebé y eso había hecho rellenar sus facciones y apenas ensanchar las caderas. Además, esa ropa que se ponía le sentaba mejor incluso que los mini vestidos de Alice: hoy llevaba un pantalón vaquero con un jersey que se le ceñía perfectamente al vientre y encima se había cubierto con un poncho de lana que se le ajustaba más y mostraba aún más su estado.

Bendita Alice y todas las cosas que compraba.

-Mami- dijo Lexie tendiendo los bracitos.

-Peque, sabes que mamá no te puede coger para no hacerle daño a Lizzie en la barriga- explicó Bella.

-Mami...- volvió a musitar.

-Ya eres un niño mayor, tienes que ir caminando. ¿Qué es eso de ir en brazos de papá? Eso solo lo hacen los bebés.

-No- se cogió al cuello de Edward- Etsi aún pequeno. No bebé. Pequeno.

Bella se rió para revolverle los cabellos, su padre le besó sonoramente y así entraron en la recepción de la guardería. Apenas una madre se despedía de su hijo que todos los sentidos de la mujer de la entrada se centraron en ellos.

-¡Oh, Dios mío, querida! ¡Qué gordita estás ya!

Salió de recepción en dirección claramente al vientre de Bella, con la mano incluso estirada con intención de tocarla, cosa que le molestaba soberanamente, primero a Bella porque invadían su espacio vital, y después a él, porque aunque no era el único que le acariciaba el vientre y se lo besaba – tenía una ristra de familiares que le imitaban – esperaba poder ahuyentar a todo el mundo con los que no les uniera ningún tipo de lazos.

Como esa mujer. Por lo que dejó hábilmente a Lexie en el suelo para cogerle de la mano y se puso delante de Bella, como si no hubiera más sitio en toda la recepción.

-¿Le dices hola a la señora Norton, hijo?

-¡Hola!- exclamó Lexie con su vocecilla.

La mujer se paró en seco y durante un fragmento de segundo frunció el ceño para después cambiar su gesto al de una sonrisa falsa complaciente, agachándose incluso a la altura del niño. Seguro que le achuchaba, besaba y abrazaba, algo que también le molestaba tanto a Bella como a él, pero mucho mejor eso que el sobe de barriga.

Esperaba que Lexie le perdonara por utilizarle de señuelo.

-Hoy Nickolas creía que no vendrías porque tardabas mucho y entró muy triste.

-¡Eztoy aquí!- volvió a exclamar levantando las manitas.

-Nos mudamos hoy y nos hemos entretenido más de lo normal- se disculpó él.

-¿Irás hoy a la casa nueva? ¿Tendrás muchas ganas, verdad?

-Tí, habitation neva- respondió asintiendo con la cabeza.

La mujer sonrió de nuevo y le revolvió el pelo para volver a su altura normal.

-¿Es muy lejos?

-No, apenas unas millas. ¿Mi administrador no se ha puesto en contacto con usted?

-Oh, sí, sí, toda la ficha de la matrícula está actualizada- volvió a sonreír- Sólo me preguntaba si estaba muy lejos del distrito universitario, si empezarían a utilizar el transporte escolar, más cuando llegue el próximo bebé- añadió señalando el vientre de Bella.

Automáticamente y como si le apuntara con algo amenazante, Bella se acarició su precioso y redondeado vientre, aunque quizás sólo se debía a la molestia de que alguien se metiera en su organización familiar y en lo referente a sus decisiones como padres, donde claramente se sentía juzgada porque a simple vista Bella seguía siendo lo que era – una joven de 21 años – con un niño pequeño y otro en camino, y no la madre maravillosa que solamente él conocía.

-No mientras sea posible. No me gusta mucho el transporte escolar, yo siempre lloraba cuando era pequeña con otro montón de críos que se sentían, igual que yo, abandonados por sus ocupados padres. Y el del instituto era aún peor- confesó.

-En Forks no utilizabas el transporte escolar- recordó él.

-No, pero cuando tuve que utilizarlo para una excursión, Alice te preguntó si te sentarías conmigo y contestaste que irías en otro autobús. Perdona si aún le tengo cierta rabia. Lo asocio con el rechazo- dijo sin tomar aire para fruncir el ceño.

Se rió para besarle sonoramente en la mejilla porque por aquel entonces, era muy diferente. No solamente porque ni dormía, ni se mostraba a la luz del sol o porque no podía respirar en su presencia, si no porque estaba tan asustado de lo que estaba empezando a sentir por aquella chica de olor embriagador, ojos marrones y mente muda, que su caballerosidad dejaba bastante que desear. Menos mal que tuvo el valor suficiente para luchar por todo lo que tenía ahora, porque sino no sabría que habría sido de él.

Sí, sí que lo sabía.

Soledad. Dolor. Oscuridad.

-Dale un gran abrazo y un enorme beso a mamá, peque. Hoy tiene un examen muy importante- añadió agachándose a la altura de Lexie.

El pequeño sonrió y se lanzó a sus brazos para amoldarse perfectamente a la figura de su madre. Ambos cerraron los ojos con afecto, se besaron y estuvieron unos segundos disfrutando del abrazo.

-Tuerte, mami.

-Gracias, peque- le dio otro beso- Ahora seguro que saco muy buena nota. Mamá pensará todo el rato en Lexie.

-Y Etsie en mamá.

Al soltarle, Lexie enseguida alzó los bracitos hacia él para que le cogiera, lo que hizo para elevarle mientras también le besaba.

-Sé bueno, hijo. Papá te quiere mucho.

-Y Etsie a papá.

-¿Vamos, Alexander?- preguntó la mujer tendiéndole la mano.

Y como el angelito que era, obediente y encantador, aceptó la mano de la mujer para cruzar pasillo adentro, antes diciéndoles adiós con la manita libre para que ellos pudieran regresar al coche.

-Creo que todo está pasando muy deprisa hoy- dijo Bella, después de un rato, sin dejar de hojear sus notas- No estoy saboreándolo como me esperaba.

-¿Y eso es bueno o es malo?- preguntó él.

-No lo sé. Vivo todo desde una neblina hormonal. Me puede emocionar abrir el tapón de una botella como ahora veo muy normal que ya no vayamos a estar más entre esas paredes.

La miró medio segundo pero como no levantó la vista de sus notas, se rió para acariciarle la rodilla cariñosamente. Bella le estrechó la mano y así pudo entrelazar sus dedos – haciendo que su alianza de boda girara en el delgado anular de Bella – lo que le recordó algo.

-Ayer en el parque, cuando llevé a Lexie y a Nickie, una madre con su hija pequeña se sentó en el banco que esperaba a darme conversación.

-Ajá- respondió Bella sin dejar sus notas- ¿Y fuiste amable?- preguntó, como haría con Lexie.

-Eso parece, porque pensaba que estaba divorciado y que disfrutaba de mis derechos de visita con Lexie- dijo, sin más.

-Ajá- volvió a responder, inmersa en su lectura- ¿Algo de lo que deba de preocuparme? Porque tú me lees la mente a mí, pero yo a ti no.

-Por supuesto que no- añadió, ofendido.

En ese momento, y sólo en ese momento, Bella levantó la vista de sus notas para sonreírle y morderse un labio, feliz por haberle molestado, cuando pretendía ser al revés. Era retorcido pero le encantaba verla celosa y que fuera posesiva, pero como claramente era más inteligente que él, había dado la vuelta a la situación.

Le besó la mano sonoramente a la altura del anillo y sólo la soltó cuando necesitó la suya para maniobrar al estacionar el coche.

Bella volvió a suspirar, recogió sus notas, lo metió todo en su bolso y miró su reloj en otro soplido. Iban más que bien de tiempo. Y como ahora no tenía que recoger a Lexie del asiento de atrás, pudo bajarse para abrirle la puerta, como antaño.

-Quizás debí de aplazarlo unos días más- musitó al poner los pies en el suelo.

-Mi amor, estás más que preparada. No has hecho nada más últimamente que estudiar.

-No me lo recuerdes- respondió con un mohín.

-Bueno, eso no es del todo exacto. Sí has hecho muchas más cosas...- dijo, sonriéndole de medio lado- ¿No decías algo de leer el pensamiento?

Como ocurría siempre, y más últimamente si cabe, se le sonrojaron las mejillas, para estirarse, refugiarse en su cuello y después besarse. El precioso vientre redondeado estaba en medio de ellos lo que lo hacía aún más especial, así que la abarcó para abrazarla hasta que casi se quedó de puntillas. Si además ahora su bebé daba patadas desde el otro lado, el tiempo se podía parar, pero no fue tan afortunado.

-Me gusta que me acompañes- respondió en un cortito beso en los labios.

-Lo haré cada vez que me sea posible- añadió en otro beso.

Oye unas voces por detrás y alguien que llamaba a Bella, así que la soltó para que viera a Cassie, desde lo alto de las escalinatas, saludándola con la mano. Bella volvió a suspirar, se tocó los labios – esparciéndose el brillo que se había puesto para salir de casa, pero del que le quedaba muy poco si no lo tenía él pegado con su agradable sabor a fresa – y se colocó mejor su poncho.

-Deséame suerte.

-No la necesitas- la besó sonoramente de nuevo cogiéndole la cara con ambas manos- Pero suerte de todos modos. Estaré aquí a las 2. Te quiero.

-Y yo a ti- respondió con una sonrisa.

Le besó la mano y se la sujetó hasta que le fue necesaria para avanzar, aparcamiento adelante hasta las escalinatas donde estaba su amiga. Pudo oír los grititos de la chica e incluso ver los saltitos, que se abrazaran e incluso que alabara el precioso vientre de Bella poniendo sus manos encima. Así la chica le saludó, él respondió el saludo, Bella hizo lo mismo y caminaron hacia el edificio hasta que se perdieron entre la gente. Así ya no le quedó más que volver al coche, ponerlo en marcha y regresar a la casa.

Un camión de mudanzas bloqueaba la entrada, lo mismo que una furgoneta con dos ruedas en la acera, por lo que tuvo que dejar el coche mal estacionado en el otro lado de la calle. En cuanto puso los pies en el suelo y lo cerró con su alarma, un hombre de mono, acompañado de otro con una carpeta salió a su encuentro casi de dos zancadas.

-¿Alexander Cullen?

-No- respondió extrañado- Edward. Edward Cullen- le tendió la mano.

-¿Edward?- miró la carpeta- ¿El dueño de la casa?

-Sí. ¿Les manda la constructora, verdad?

Meneando la cabeza entre un asentimiento y una negación, repitió:

-¿No es Alexander Cullen?

-Alexander Cullen tiene dos años y está en la guardería- replicó- ¿Le necesita para algo? Hasta que tenga 18, legalmente respondo por él.

Dando un pasito para atrás, el hombre pestañeó, batió la cabeza, se enrojeció y después se quedó blanco para, pasarse las manos por los labios, contestar:

-Perdone, como en el buzón hay tres nombres, me imaginé al verle que usted era el hijo- añadió el hombre- Es usted muy joven.

Levantó las cejas y se encogió de hombros. A Bella le molestaban ese tipo de cosas porque sentía que la juzgaban, pero a él le hacían mucha gracia porque tendría más edad que esos dos hombres juntos. Además, era curioso que creyeran que se trataba de Lexie, aunque fuera claramente porque sabían que la casa pertenecía a un matrimonio y a su hijo que se mudaban a otra cosa mayor y que el hijo pudiera ser adolescente, lo que era claramente él con su envoltura externa que ya no era eterna y que cambiaba.

-Sí, suele pasarme. No se preocupe- le disculpó.

-¿Qué era lo que necesitaba? Nos dijeron que era urgente.

-Sí. Debería de estar listo antes de las 2. El buzón- lo señaló- y el marco de la puerta de la cocina. ¿Sería posible?

-Por supuesto, señor. Usted es el cliente. Diga donde lo quiere, y allí estará puesto antes de las 2.


Suspirando, Bella miró de nuevo la tarjeta:

Isabella Cullen

8 Lewin Road

Hanover, NH 03755

Así que, a partir de ahora, esa era su dirección. De hecho, ahora mismo ya lo era. Ya no vivía en 2 Bacchus Circle. Las dos menos diez minutos. Las llaves de su antigua casa ya las tendría ese hombre demoníaco, el administrador del fideicomiso de Edward, y Sparkles, su cama y sus cosas ya estaban en esa dirección que le había entregado a la secretaria del programa online mientras la examinaba de arriba abajo imaginándose de cuánto estaría:

-De 28 semanas- respondió Bella directamente.

-¿Y va todo bien, querida?- preguntó mirando por encima de sus gafas de media luna.

Qué manía esa tan fea de llamarla "querida" como si se conocieran de algo. De pasarle los datos bancarios y poco más.

-Muy bien. En cuanto termine el próximo examen, ya solo tendré que preocuparme de descansar.

-¿No tiene otro pequeño?- insistió.

-Sí, Lexie, de dos años.

-Vaya...- murmuró.

La miró, frunció el ceño y después de unos segundos, se centró en lo que debía de hacer: actualizar su ficha para que no se perdiera ni una mensualidad, ni una factura, ni una carta,...

Seguro que pensaba si era mormona o qué tendría en contra de los métodos anticonceptivos.

¡Pues bien que babeaba cuando Edward tenía que acudir a aquella oficina a cualquier trámite!

-Está teniendo unas notas magníficas, querida- se giró para tomar el papel que imprimía- Felicidades.

-Gracias- respondió cogiéndolo.

Se contuvo de dar un saltito de felicidad porque ni quería molestar a Lizzie, ni dar el espectáculo, pero no era para menos. El examen le había salido fantástico y su 80/100 se lo demostraba. Ahora solo le quedaba uno en tres días y podía dedicarse a lo que más le gustaba, que era su familia. Podría quedarse en la cama mientras Edward se levantaba para que viera lo que molestaba, dormir la siesta con Lexie, jugar con la pintura de dedos y recolocar las cosas que Alice había decidido que iban en un sitio en concreto y a ella no le gustaban.

No sabía por qué estaba tan obsesionada con que no iba a encontrar el recambio del cepillo de dientes.

Bueno, diez minutos. Diez minutos y lo sabría.

Podría haber llamado a Edward para decirle que había acabado a tiempo, que los trámites habían llevado menos de lo esperado y que estaba lista, pero hacía tanto tiempo que no salía de casa, y menos sola, que estar allí sentada le estaba viniendo increíble, por mucho incluso que se le quedaran mirando. Y bueno, no estaba sola. Lizzie estaba tranquila, pero durante el examen había pateado de lo lindo. Se tuvo que levantar en un par de ocasiones porque le dolía el nervio ciático, y el aula donde la habían convocado era de sillas de brazo articulado y de lado casi no cabía en volumen. La profesora de disculpó un millar de veces, cosa que la hacía sentir ansiosa y más a su bebé y le prometió que en el último tendría un pupitre espacioso.

Con preguntas fáciles le bastaba.

Por eso las embarazadas no tomaban clases en la universidad y todo el mundo se le quedaba mirando.

Cassie la estuvo esperando e incluso fueron a la cafetería a ponerle al día de lo que se estaba perdiendo, pero ahora tenía clase y la verdad que tanto tiempo despegada de la sociedad, con solo la compañía de su familia, la hacían aturdirse enseguida. Gritó al verla, alabó su vientre, se sintió defraudada al tocarla y que el bebé no hiciera nada y después empezó a bombardearla con lo que parecía el tema del mes:

-¿De verdad que no puedo prepararte una fiesta para tu bebé?

-Cassie...- suspiró.

Si volvía a escuchar fiesta del bebé, se le adelantaría el parto, porque ahora que Alice había acabado la mudanza... ¿a qué iba a dedicarse? ¿A estudiar? No. A organizar una fiesta donde ella, su volumen y su bebé eran el centro.

-Nunca he estado en ninguna, ya te lo he dicho. ¡Y parece muy divertido! Puedo reservar el salón principal de mi residencia y reunirnos allí.

Se lo podía imaginar: un salón de una residencia donde normalmente rodaban los chupitos y los chupetones, con globos rosas y ella con una corona donde se leía "es una niña". Se le adelantaría el parto por la ansiedad, seguro.

-Avisaré a las chicas, comeremos tarta y te haremos regalos. ¿No suena estupendo?

No sabía qué de las tres cosas le gustaba más.

-Ya tengo de todo, de verdad. Lexie era bebé apenas hace minutos, la madre y las hermanas de Edward se encargaron de su habitación y Alice ha debido de comprar vestidos para siete u ocho niñas, que nunca repetirán modelo entre ellas.

-Por favor...- insistió apretando los ojos como si fuera a explotar.

Ella sí que iba a explotar. ¿Por qué todo el mundo se empeñaba en hacerlo... tan difícil? Con lo bien que fue el embarazo de Lexie, que por tener las últimas semanas de reposo absoluto los regalos le llegaron por correo y no tuvo que sufrir al recibirlos.

-No me hagas recurrir a Edward. No quisiera usar su teléfono si no es para chinchar a alguna chica diciendo que lo tengo- se rió- Seguro que él está encantado con que hagamos una fiesta.

Claro, como a él no le iban a medir el contorno del vientre ni a poner globos en la cabeza...

-Eres muy amable, de verdad, Cassie, pero eso de las fiestas no me va, aunque sea para el bebé. Y si al final, por esto de las hormonas, cambio de idea, Alice no me perdonaría jamás. Le encanta organizar fiestas y por una cosa o por otra, nunca pudo organizar ninguna para los bebés de la familia.

-¿En serio?

-Vivía en Austin cuando estaba embarazada de Lexie, Rosalie se puso de parto mientras organizábamos la suya, y Esme, su madre, tuvo una cesárea de urgencia.

-Oh, vaya- suspiró, en apenas un susurro, enrojeciendo hasta un tono escarlata- No lo sabía. ¡Es que nunca me cuentas nada! Parecería totalmente desagradable que me entrometiera, cuando eso es algo que debe de organizar la familia.

Y si le gustaba algo a su familia era organizar fiestas.

Miró el reloj de nuevo: apenas había pasado un minuto. Así estiró las piernas para que el rayo de sol que le bañaba, le diera también en los pies.

Últimamente había hecho un tiempo de perros, llevaba lloviendo días sin parar como si estuvieran en Forks. Edward no se quejaba tanto del tiempo hasta que parecía que eso trastocaba los planes de mudanza y las obras que fuera que estuvieran haciendo en la casa. Y si a eso sumabas que a Alice tampoco le gustaba la humedad porque se le rizaban las puntas, era un compendio completo de exabruptos sobre la climatología.

Ella sólo estaba encantada de respirar un poco de aire puro.

Vio el SUV virar para entrar en el aparcamiento, así que metió la tarjeta en el bolso, recogió los libros y se puso en pie. Ahí ya le vio estacionarse y cuando empezaba a bajar las escaleras – cogida precavida a la barandilla porque ahora era una torpe de la que dependía otra vida – Edward se bajó del coche para caminar hacia la escalinata.

-¿Cómo ha ido?- preguntó sonriendo.

Le respondió otra sonrisa, llegó abajo, le dio un beso en los labios y así le puso delante el extracto de las notas. Tuvo que parpadear y alejarse porque a esa distancia no diferenciaría nada que no fuera un borrón, pero de su gesto de curiosidad se le sumó un cierto rubor en las mejillas y una gran sonrisa.

-¡Es espectacular, mi amor! No sabes lo orgulloso que estoy de ti- exclamó henchido de felicidad.

Dio un saltito y se colgó de su cuello para besarle sonoramente en los labios que él respondió de inmediato para abarcarla con los brazos. El volumen por el medio dificultaba la postura, pero incluso la elevó en el aire, clavando más el vientre.

-¡Eh!- exclamó feliz- ¿Lo has notado?

Ambos se rieron, la dejó en el suelo y lo siguiente que besó fue la lana de su poncho abultado. Si estaba dando el espectáculo, aquello no tenía nombre pero ni le preocuparon las dos chicas que pasaban a su lado cuchicheando: en tres días y su último examen no volvería por ahí hasta que su bebé se descubriera las manitas.

-Ha estado muy revoltosa durante todo el examen, creo que no le gusta estar demasiado aquí- hizo un mohín.

-Entonces, llevémosla a casa- sugirió Edward.

-A esa casa- suspiró Bella.

-A nuestra nueva casa- repitió.

-¿Vienes de ahí?- preguntó sonriendo.

-Puede- tiró de su mano para que avanzara.

-¿A Sparkles le gusta?- le detuvo

-Se quedó tumbado debajo del piano y no se quiso mover, aunque le tenté con comida, así que no sé cómo interpretarlo- se rió- Después lo vi merodeando por la plataforma de la chimenea. Mala idea con un gato de angora blanco.

El piano, la chimenea, Sparkles haciendo de las suyas cuando Lexie le dejaba libertad,... Parecía realmente su hogar. Así que, pasara lo que pasara, ya no había vuelta atrás, más cuando Edward tomó sus libros, volvió a tirar de su mano para que caminara hacia el coche y le abrió la puerta.

-¿No...?- se giró para señalar la ventanilla- ¿No vamos a por Lexie?

Incluso se volvió para comprobar que sí, que dejaban el distrito universitario atrás, la avenida Lebanon y con ello a Lexie. Y la sonrisita de pensar si venía de casa o no, ya no le hizo nada de gracia.

-He tenido una idea aún mejor: cuando llegamos de Chicago y entramos en la otra casa, tenías más o menos el mismo volumen, así que... entraré contigo ahora en brazos para que lo husmees todo y después será momento de que Lexie de saltitos al ver su habitatión neva.

Lo de volumen o entrar con ella en brazos le hizo torcer el gesto, pero Edward tenía una especia de fijación en eso de cumplir rituales así que se prometió no ponérselo difícil. Ya iba a ser complicado que pudiera elevarla con lo que estaba pesando por mucho que la moviera como si fuera un papel.

Vale, aunque la primera vez que estuvo allí no le gustó nada – menos que nada – el barrio era más bonito y sobre todo más tranquilo que el anterior. No compartían entrada con nadie, estaban bastante alejados de los vecinos – nadie por delante y nadie por detrás, solo bosque y jardín para que Lexie jugara – y el porche era realmente precioso. Cuando lo vio pensó en colgar flores aunque lo suyo no fuera la jardinería, pero si era lo de Esme y ahora el porche estaba decorado con hermosas enredaderas verdes desde el suelo hasta el entretejado. El césped estaba realmente lustroso, el seto que daba a la calle estaba podado y...

-¿Estás...?- preguntó, al detener el coche- ¿Estás llorando?

Pues sí, estaba llorando. ¡Dichosas hormonas! La verdad es que la poseían, porque se consideraba una persona sensible y emocional, pero ahora estaba fuera de control. Los ojos se le habían anegado de lágrimas, se le había puesto un nudo en la garganta y casi no podía respirar si no fuera a explotar en llantina viva.

-Es que...- sorbió la nariz- Es que es tan bonita. Esme ha trabajado mucho. ¡Mira el jardín! Y me da mucha pena porque no vamos a vivir en ella.

-¿Ah, no?- se rió- ¿Y dónde vamos a ir? ¿Vamos, verdad? Porque me incluyo en tus planes.

-No, no vamos a quedarnos mucho- sollozó- porque enseguida te doctorarás y podrás ejercer donde sea. Y esta casa tan bonita se quedará vacía como la de Forks.

Berreó como si le fuera la vida en ello y en la búsqueda de un pañuelo para taparse y ahogarse en la tragedia que era su vida, se topó con el pecho de Edward que la consolaba entra sus carcajadas para besarle la mejilla y mecerla.

-No nos marcharemos de aquí hasta que te gradúes. Y después de eso podemos quedarnos lo que tú quieras. Puedes empezar a buscar trabajo aquí o podemos mudarnos a otra ciudad, antes o después de Forks. Mi hogar esté donde estés tú y seguro que Charlie está encantado con la idea de que al final te puedas reunir con él y pueda disfrutar de Lexie y de Lizzie.

-¿Y de otro bebé más?- preguntó abriendo un ojo nada más.

-Creo que para eso Lizzie debería de salir antes- se volvió a reír- Auguro otros dos años de discusiones constantes, ¿verdad?

-No si me haces caso y no te pones cabezota.

-Deja de llorar o no podrás ver lo que te espera tras la puerta.


-¿No vienes a la cama?- preguntó desde el umbral.

Bella, se balanceó una vez más en la mecedora y así acarició la mantita rosa – con el nombre de Elizabeth bordado – con la que se tapaba, antes de mirarle y sonreírle, aunque como llevaba lloriqueando horas, tenía aún cercos bajo los ojos. Con lo que avanzaba la ciencia y la de remedios que había era increíble que nadie hubiera descubierto nada para las hormonas de su mujer que la estaban trastornando.

Empezó a llorar en el coche, lloró cuando entraron en la casa – como mandaba la tradición, cruzando el umbral en brazos – y lloró habitación tras habitación, y ahora tenían cinco dormitorios, cinco baños, cocina con comedor y sala de estar familiar, comedor formal, salón, estudio y habían reformado el sótano para además de almacenaje, una habitación multimedia y una salón con billar y barra de bar que podía apostar algo que era idea de Emmett, como el cuarto con aparatos de gimnasia.

Cuando abrió la última puerta, estaba a punto de deshidratarse.

-Es que es tan bonita...- lloriqueaba- Todo el mundo ha trabajado tanto. Y yo he sido tan borde...

No había sido borde. Había sido... Bella. A Bella con sus orígenes humildes donde siempre había vivido de alquiler con su madre, todas estas cosas le asustaban mucho y a su madre y a sus hermanas les costaba mucho controlarse. Bien creyó que cuando encontró la casa pondría el grito en el cielo porque era grande y era cara, pero entró por el aro, quizás o no pensándolo o dejándole cuidar de ellos. Y Esme se contuvo de tirarla abajo cuando empezó a ver vigas y cuartos mal estructurados que atacaban a su sentido del gusto.

Y Lexie. Bueno, Lexie estuvo a punto de explotar. Empezó a dar gritos en el coche excitado para ver su habitación y dio el último grito cuando cayó rendido en la cama. Sudaba de la felicidad, correteando aquí y allá, persiguiendo a Sparkles sin descanso, abriendo puertas y cerrando cajones por mucho que le dijeran que tuviera cuidado. Su habitación había quedado preciosa, con su camita que simulaba un coche y con la pared con los dibujos de Esme que simulaban una ciudad con sus carreteras para que su pequeño coche circulara por ellas.

Por supuesto que Bella seguía llorando mientras Lexie lo exploraba todo, encontrando sus juguetes y abrazándolos como si hiciera siglos que no los veía.

Y la habitación de Lizzie, donde estaba ahora porque no se había querido mover de allí, tenía todo con lo que Bella parecía soñar. Esme la había pintado de tonos rosas y blancos, y habían escogido una preciosa cunita blanca con dosel que terminaba en una corona de flores, rodeada de su cambiador, sus estanterías con los peluches y muñecas que ya iba teniendo, de un sofá donde auguraba preciosos momentos, lo mismo que la mecedora donde Bella descansaba.

-Es todo tan bonito...- repetía sin cesar.

-Será aún más bonita cuando Lizzie esté en esa cunita.

Asintió sonriendo y se apretó la mantita contra el vientre. Él entró en la habitación para arrodillarse junto a ella besándole el bulto prominente y después de enlazar las manos.

-Alice estará dando los mismos saltos de felicidad que Lexie durante toda la tarde al saber lo que te gusta todo.

-Tiene tanto talento- miró a su alrededor- No falta detalle de absolutamente nada. Debería de trabajar con Esme. Las dos crean cosas increíbles: esta casa, la de Forks, la anterior, nuestra boda...

-Quizás si tú se lo pidieras, la convencerías, aunque no antes de dejar que organice la fiesta del bebé.

-Sí- suspiró- Ya no puedo seguir negándome.

Él se rió, le volvió a besar el vientre, ahora la frente, y le tendió la mano para que se levantara.

-Te prometo que mañana todo esto seguirá aquí y podrás seguir disfrutando de esto. Ahora, ¿me acompañas a la cama? A ti no te gusta despertarte sola y a mí no me gusta dormirme sin estar abrazado a ti.

Sonrió, dobló la mantita antes de levantarse y la puso en el borde de la cuna acariciándola una vez más. Lo miró todo con una sonrisa indescriptible y cuando comenzaron a caminar por la espesa alfombra hacia la puerta, le susurró de nuevo:

-Es precioso.

Le besó sonoramente en la frente y aunque ella movió el cuello para que le pasara el brazo por los hombros y caminar así, tuvo una idea mucho mejor: se volvió a agachar para llevarla en brazos y así entrar en la habitación principal por mucho que exclamara:

-¡Edward! ¡Bájame!

-Ya sabes que si soy algo es tradicional.

-¡Ya entramos así en casa! ¡Suéltame!

-Y tengo que hacerlo todo hasta sus últimas consecuencias- añadió entre sus protestas- No hice esto en nuestra luna del miel y todavía me lo reprocho.

-Estaba embarazada en nuestra luna de miel, señor tradicional- se volvió a revolver.

Se rió, la dejó cuidadosamente sobre la cama y así le volvió a besar en la frente.

-¿A qué no ha sido tan terrible?- bromeó- Hacer feliz a tu marido con esta nimiedad.

-Me has asustado- dijo en un mohín- Y a Lizzie también- añadió acariciándose el vientre.

-No sabes cuánto lo lamento- se arrodilló a su altura para besar el vientre. Puso los labios, después la oreja y por último los manos para notar a su bebé revolviéndose dentro y de qué manera. A estas alturas cuando Bella estaba tumbada notaba moverse la piel que revelaba la criatura inquieta que tenía en su interior y a la que no podía esperar a conocer- ¿Perdonas a papá, pequeña?

Bella se rió, entrelazó sus dedos y con la otra mano le acarició los cabellos. Su sonrisa brillante estaba de nuevo en su cara- aunque con sus cercos- así que ahora le dio un nuevo beso en los labios.

-¿Eres feliz?- le preguntó.

-Mucho.

-¿Recuerdas lo que hicimos nuestra primera noche en la otra casa?

-Vagamente- respondió con rubor en las mejillas.

-¿Y no quieres intentar recordarlo?- insistió.

-Si es por hacerte feliz...- susurró aleteando las pestañas.

Le besó sonoramente de nuevo en los labios y se levantó a cerrar la puerta. Antes echó un vistazo al pasillo y a la puerta abierta – la habitación de Lizzie – o a la entreabierta – la de Lexie – donde una luz amarillenta salía, tenue. Todo estaba en calma, hasta Sparkles ronroneaba allá donde se hubiera quedado dormido tras husmear cada rincón.

Definitivamente, iban a ser muy felices allí.