Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a JK Rowling, la trama a la genia de Bex-Chan.

Este capítulo fue corregido por Nanaa04(Nat)


HUNTED

Capítulo XXXV:

Se terminó

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Caleb era un mosaico emocional; agrietado y una multitud de tonos confusos que se mezclaban en un desorden. Amelia había estado fuera del hospital por ocho días, siguiendo su estadía de cuatro días, pero habían regresado a San Mungo todos los días desde entonces. Él la miró, sentada junto a él en las sillas incómodas de la sala de espera con solo una pequeña cicatriz sobre su frente que eran testimonio de su trauma. Estaba cansada y agotada, pero si él miraba lo suficientemente cerca, podía ver la felicidad que estaba muriendo por ser liberada.

Estaba embarazada.

La Medibruja se lo había dicho cuando ella seguía inconsciente, y había sido la sensación más extraña que alguna vez había acunado su instinto. La sorpresa había sido aplastada por los torrentes de preocupación y enojo, pero estaba ahí; una luciérnaga en un cueva en búsqueda de la luz.

Él la tomó de la mano y la apretó con fuerza, frunciendo el ceño cuando el pelirrojo agitado caminó en su línea de visión. Potter era más tolerable, sentado frente a ellos y permaneciendo completamente quietos. El-Chico-Qué-Vivió había manejado todo mejor de lo que él había pensado, pero supuso que el hombre había desarrollado una inmunidad para la tragedia.

Él había lidiado con la prensa y todo el papeleo, manteniendo las cosas lo más estable que pudo mientras que la Gran Bretaña Mágica se había ahogado en el drama.

—Quizás debería entrar —Caleb murmuró, dándole otro apretón a la mano de su prometida.

—¿Crees que sea acertado?

Su inseguridad fue reflejada en los ojos de Amelia. Draco había dejado perfectamente en claro que no quería ser molestado, incluso rechazando a su propia madre con algunas palabras envenenadas.

Habían pasado doce días, y Hermione seguía inconsciente.

Caleb había entrado en la habitación dos veces, una para hacerle saber a Draco que Blaise había sido enviado a Azkaban y la otra para asegurarse que seguía respirando. Apenas había recibido un gruñido de reconocimiento en ambas ocasiones, antes de que la peligrosa mirada de Draco hubiera provocado firmes amenazas. Sabía lo suficientemente bien que no deberían enojar al hombre, pero podía ver que el aislamiento de su amigo se estaba haciendo insalubre y consumista.

—Probablemente no —concedió con un suspiro preocupado. —Pero creo que debería hacerlo de todas maneras. No creo que lo haya visto comer desde que está ahí.

Y él había estado ahí por once días firme. Le había llevado cinco Sanadores y veintiséis horas para estabilizar la condición de Hermione, y Caleb había escuchado del otro lado de la puerta del cubículo cómo Malfoy había vomitado hasta que la sangre se desparramó sobre la porcelana.

Entonces escuchó cómo Draco lanzó un hechizo silenciador, y lo que sea que haya sucedido en ese solitario cubículo quedó perdido en los azulejos. Caleb se había ido cuando le dijeron que podía ver a Amelia, sabiendo de Narcissa que su hijo debilitado solo dejaría el baño una vez que le hubieran asegurado que podía ver a su bruja. Había cerrado la puerta de un golpazo y no había salido desde entonces.

Los siguientes tres días habían sido violentamente graves.

Hermione había sufrido convulsiones en su coma; réplicas de la Maldición Cruciatus. Los Medimagos habían intentado sacar a Draco de la habitación pero conocían bien la reputación del hombre para darse cuenta que el ángulo torcido de su varita apuntada no era un gesto en vano. Combinado con algunos recordatorios de las donaciones de su familia al hospital, y su lugar junto a la cama de Hermione permaneció constantemente tibio.

Por lo que Caleb había logrado obtener de varios Sanadores, las heridas de Hermione habían sido curadas y las convulsiones habían disminuido. Ahora era simplemente un juego de espera para que ella despertara; un juego que Draco no perdería. Ellos se negaron a darle algún tipo de ayuda para despertarla, insistiendo que su cuerpo necesitaba recuperarse naturalmente y se despertaría cuando estuviera preparada.

Pero era Draco el que le preocupaba. Él solo pudo imaginar los pensamientos enfermizos que estarían nadando en su cabeza.

Ron estaba bloqueando su vista vacía otra vez.

—Siéntate, Weasley —espetó, mirando impaciente al pelirrojo. —Me estás dando un maldito dolor de cabeza…

—Nadie te preguntó —él replicó, sus ojos posándose en la puerta de la habitación de Hermione. —Esto es estúpido. ¿Quién es él para decidir quién la ve y cuándo?

—Déjalo, Ron —Harry suspiró, acostumbrado a la frustración de su amigo sobre el asunto. —Tal vez deberías ir a ver cómo está él, Warrington.

—¿A quién le importa cómo está Malfoy? —Ron espetó, dejándose caer en un asiento desocupado. —Quiero verla…

—Entonces vas a tener que esperar —Potter murmuró, volviendo a Caleb con una mirada expectante. —¿Warrington?

Él suspiró y le dio un beso a Amelia en la mejilla. —Regresaré en un momento.

Los ojos azules de Ron siguieron al hombre mientras se levantaba de su asiento y dejaba la pequeña sala de espera. —¿A qué estás jugando? —le preguntó a Harry sin rodeos. —Malfoy está haciendo esto solo por despecho…

—No, no es así —el Auror negó con la cabeza triste, mirando serio a su amigo. —Tú no estuviste ahí, Ron. Solo confía en mí cuando digo que es mejor dejarlo a solas con 'Mione por ahora.

El pelirrojo echaba fuego por la nariz, pero su rostro se relajó un poco. —¿Por qué de repente estás del lado de Malfoy?

Harry frunció el ceño. —Porque él es la razón por la que ella despertará.

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Caleb abrió la puerta cautelosamente, sus ojos posándose de inmediato en Granger. Ella estaba tan quieta que lo ponía nervioso, como si no estuviera haciendo ninguna promesa de que se despertaría pronto. Tenía una herida carnosa en su brazo, pero de otra manera parecía como si estuviera durmiendo, sus rasgos ligeramente tensos, como si se estuviera arrastrando en sus sueños.

Su mirada curiosa se cambió lentamente a la figura encorvada en la silla junto a la cama, y su boca se tensó con preocupación.

Nunca había visto a un ser humano tan perturbado.

Tan atormentado.

La piel de Draco estaba pálida y su rostro demacrado; una barba plateada cubriendo su mandíbula como una sombra brumosa. Sus ropas estaban arrugadas, evidentemente estaba viviendo demasiadas noches sin descanso. Demasiadas horas peligrosas. Estaba doblado, con los codos abollando sus piernas, y cada músculo se mostraban como gomas inflables que estaban a punto de romperse con rugidos de los condenados.

Su boca era una reverencia hundida, líneas estresadas enmarcaban sus labios secos como las ramas de un árbol. Su cabello demasiado rubio estaba descuidado, lloviendo alrededor de su rostro con mechones que le tapaban los ojos. Por eso, Caleb estaba agradecido.

Bajo el flequillo escabroso, la mirada de Draco era un hueco en ruinas con grietas de furia que dividían la superficie. Lucían como hielo sucio, lleno de rasguños donde la furia amenazaba con estallar.

Parecía un fantasma con demasiados conflictos para dejarlo pasar, solo para quedarse y consumirse.

Demasiado perdido.

Muerto.

—Draco —él lo llamó, moviendo sus pies torpemente. —¿Has comido algo?

El movimiento fue mínimo, pero Caleb lo vio. Solo una pequeña sacudida de su cabeza, pero ahora podía ver su mirada asustada, enfocada solamente en Hermione.

—¿Necesitas algo? —continuó.

No hubo respuesta.

—Ella se ve mejor —comentó, intentando un enfoque diferente sin éxito. —Tal vez deberías dar un paseo o algo así, Draco.

Sus ojos parpadearon con impaciencia, y Caleb supo que estaba agregando chispas a la delicada bomba de tiempo en la cabeza de Draco. Suspiró derrotado, pero decidió intentar una última cosa antes de rendirse completamente al silencio.

—Amelia está embarazada —declaró orgulloso, una sonrisa muriendo por robarle los labios. —Solo pensé que te gustaría saber.

La boca de Draco se torció en la comisura, pero no se filtró nada, así que el hombre de pelo oscuro se dio vuelta para irse.

—Felicitaciones —un murmullo cansado lo detuvo, la voz vacilante de cansancio e inactividad. Pero era sinceramente estoica, y más de lo que Caleb había esperado.

—Gracias —contestó, girando su cuerpo para volver a ver a su amigo. Vaciló, jugando con las próximas palabras en su mente. —¿Sabes? Ella estará bien, Draco.

Sus párpados cayeron, y sus labios se abrieron para liberar un suspiro significante.

—Dile a ese troll pelirrojo que baje la voz —dijo en voz baja, pero contenía una dosis de la conocida mordacidad de Draco. —Y si pone un pie en esta habitación, le voy hacer lanzar esquirlas por un mes.

La sonrisa de Caleb era la primera en días, y la disfrutó. Con un gesto complacido, dejó la habitación, satisfecho de que Draco no estaba quebrado. Tal vez dañado; astillado y un poco apacentado. Pero no quebrado.

Era reparable.

De regreso en su bienvenida soledad, el rubio levantó una mano débil para masajear sus sienes palpitantes. Arqueando su espalda para relajar sus músculos rígidos, un redoble de tambores resonó por su espina dorsal. No había dejado la silla excepto para usar el baño y darse tres duchas rápidas. Los Sanadores le trajeron comida, colocándola en silencio junto a él así podría hurgar en la misma cuando el hambre rompiera su entumecimiento.

Esta vez a su novia le habían dado una habitación más grande, completo con un baño personal y una cama libre intacta. Pero la cama estaba demasiado alejada de ella, así que se quedó confinado a la silla, incluso durmiendo en la misma con la cabeza apoyada contra sus nudillos.

Pero de todas maneras, apenas había logrado dormir veinticuatro horas en los últimos doce días.

Él no quería que ella se despertara para encontrarlo dormitando como un imbécil caprichoso, y las imágenes irritantes que plagaban su inconsciente no ayudaban. Así que permaneció en la silla, indiferente al material áspero mientras no hacía más que mirarla.

La observaba.

Cautivado por las subidas y bajadas de su pecho. Habían sido constantes desde hace algunos días, y ya no fluctuaban como los mares azotados por el viento. Se estremeció cuando recordó sus convulsiones. Mirando cómo su cuerpo hacía espasmos incontrolables y los Sanadores atándola a la cama era una imagen que dañaba su mente hasta la otra vida.

Así que solo la miraba; hora tras hora con súplicas silenciosas para que ella mostrara sus ojos color miel.

Solo la observaba. No la tocaba.

Le había quedado dolorosamente claro que todo lo que él tocaba se marchitaba como los sauces en invierno.

Sus pensamientos eran una mezcla peligrosa.

Él había pensado en la revelación de que su padre y el de Blaise habían sido asesinados por un hijo de Muggles. Una parte de él de hecho deseaba que hiciera que sus sentimientos por Hermione cambiaran, sabiendo que era probable que esta situación fuera menos dolorosa.

Pero no. Ella era la parte de él que se sentía válida. Real.

Y por más que él quisiera rechazar el concepto, su padre había merecido su muerte. Ya sea de un Mortífago o un hijo de Muggles, el hombre había sido afortunado en vivir tanto como lo había hecho. Él había puesto, a sabiendas a su madre y a él en peligro con sus tratos con Voldemort, y si ahora había una cosa que él sabía de sí mismo, era que nunca le haría eso a Hermione.

Los sentimientos por su padre y su muerte habían sido confrontados, y no habían cambiado. Fin del asunto.

Su mente había vociferado sobre la traición de Blaise, y había llegado a la conclusión de que simplemente le tomaría tiempo antes de que entendiera completamente eso. No sentía nada hacia el hombre. Ni una cosa. Su furia se abarrotaba alrededor de sí mismo por ser tan ciego y por exponer a su madre y a Hermione al vil mago.

Quería respuestas de Blaise, pero podían esperar.

Su prioridad era ella; y solamente ella.

No había llorado. Llorar era para el duelo.

Los Sanadores le habían asegurado que las respuestas de ella eran buenas, lo que significaba que la Maldición Cruciatus no había dejado ningún efecto duradero. Mentalmente y físicamente. Le dijeron eso hace cuatro días. O tal vez fueron noches. El tiempo se había vuelto subjetivo y caprichoso en su capullo silencioso. Solo sabía que era viernes porque un Sanador había venido a revisarla más temprano.

Noche o día; en realidad no importaba. La noticia había tranquilizado su estómago, y desde ese momento no se había ahogado con su bilis. La mayoría de sus pensamientos habían florecido sobre ella, y había llegado a una conclusión tranquilizadora y que le arañaba. Su vida era más importante que la suya. Se había acercado sigilosamente a él en algún lugar entre los encuentros en su oficina y donde estaban ahora.

No se había preparado para esto, pero se sintió como casa.

Detendría los latidos de su corazón por ella. Detener los latidos de otro por ella. Cualquier cosa.

Amor.

Sus pestañas revolotearon.

El movimiento fue tan pequeño que se preguntó si simplemente se lo había imaginado. No sería la primera vez.

Pero volvió a suceder, y no pudo respirar.

Lentamente, como el atardecer, sus párpados se levantaron con incontables mini parpadeos antes de que estuviera simplemente mirando el techo. Sus labios se abrieron para tomar un aliento saludable, acompañado con un gemido divino que lo dejó inmóvil. Si se movía tal vez se rompería el hechizo…podría hacer que volviera a sumirse en su oscuridad de doce días.

Seguía quieta por lo que pareció el décimo tercer día, antes de que un nombre tembloroso saliera de su boca.

—¿Draco?

Él cerró los ojos y tragó saliva. —Estoy aquí —murmuró en voz baja, permitiéndose cuidadosamente volver a verla.

Demasiado lento, su cabeza se inclinó para encontrarlo a él y su mirada almibarada se encontró con la de él. Esperó a que ella dijera algo, tan convencido de que finalmente había caído en la locura y este momento demasiado bueno era el resultado.

—Ven aquí —ella le pidió, y él no tuvo ningún recuerdo de moverse a la cama. Estuvo a su lado al instante, muriéndose por tocarla pero sabiendo que lo mejor era no hacerlo. Se tomó un momento solo para estudiarla; de la punta de sus rizos hasta las manchas acarameladas que rozaban sus ojos.

—¿Cómo te sientes? —él dijo apresurado, su mirada gris examinando la herida en su brazo.

—Estoy cansada —ella murmuró suavemente, humedeciendo sus labios. —¿Hace cuánto que estoy aquí?

Él frunció el ceño. —Doce días.

—Doce días —ella repitió distraída. Y luego sus labios se deslizaron en una perfecta sonrisa, y él sintió cómo su mano delicada se aferraba a la suya. —Te extrañé.

Sus ojos bajaron a su muñeca, esposados por los pequeños dedos de ella. Su pecho de pronto se sintió más pesado y lleno, y cerró los ojos para saborear el calor. Tragó saliva mientras sentía las vibraciones de su ser cobrar vida, latiendo en sus oídos y contra sus costillas. Estaba ansioso por tocarla, sus dedos desesperados por trazar el contorno de sus labios, pero no se atrevió.

Intentó apartar la mano pero ella se aferró con más fuerza. —No hagas eso, —susurró, y sus ojos regresaron a su rostro fascinante. —No otra vez.

Él logró encontrar su voz.—¿Hacer qué?

—Apartarte de mí —dijo ella, su voz todavía recuperándose. Inclinó la cabeza apoyada en la almohada y lo observó con una mirada triste. —No te cierres conmigo, Draco. Por favor no lo hagas…

—¿Me culpas? —él espetó las palabras rápido, arrugando la nariz con auto desprecio y duda. Su voz se puso determinada y fría. —Soy el culpable de esto…

—¿Por qué tú serías…?

—Él era mi amigo —murmuró, arrebatando su mano libre para refregarse la cara y esconder sus ojos. —Y yo no…

—No sabías —ella terminó por él, intentando tranquilizar sus movimientos en pánico. —No lo sabías…

—Pero tú sí —él argumentó. —Yo no escuché…

—Y yo no escuché cuando me advertiste sobre Montague —ella suspiró, tratando de acercarlo más. Fue en ese momento cuando se dio cuenta lo destruido que se veía, torturado y abandonado. —Pon tu mano sobre la cama.

—¿Qué?

—Solo hazlo —ella exhaló, mirando cómo él cumplía lentamente. —Dala vuelta —le dijo, y él le mostró la palma de su mano. Ella acarició los dedos sobre los pliegues en su piel, y pudo sentirlo tensarse. Con un determinado ceño fruncido, movió sus toques suaves por su brazo, quedándose por sobre el punto de su pulso antes de sumergirse en el pliegue de su codo.

Tenía las mangas dobladas justo bajo sus bíceps, y ella se deslizó por sobre la tela blanco grisáceo para descansar la mano en un lado de su garganta. Su pulso se había apresurado desde que ella había rozado su muñeca, y ella levantó la mirada para encontrar sus ojos entrecerrados y su rostro más calmado, pero aún tallado en una piedra tensa. Con un suspiro privado, ella tomó su mejilla áspera, sintiéndolo inclinarse instantáneamente ante su gesto. Una lágrima solitaria se arrastró por su mejilla mientras que ella cuidadosamente y lentamente guió su rostro más cerca al de ella.

Ella sollozó y ahogó un gemido, sintiendo su rechazo.—¿Puedes…? —tartamudeó, cerrando los ojos. —¿Puedes besarme por favor?

Sus párpados se abrieron de golpe y su mirada de ceniza salvaje estaba asimilando cada célula que le pertenecía a ella. Él nunca podía negarse a ella. En verdad nunca había sido capaz de negarse a sí mismo. Su cabeza se movió hacia adelante, su mente enriquecida con la necesidad de tocarla. De saborearla. Había estado prohibido de ella durante doce días y lo había dejado abandonado y con temblorosos síntomas de abstinencia. Hizo una pausa y se rindió a la picazón de su pulgar, pasándolo por el labio inferior de ella antes de seguirlo con su boca.

Algo entre un roce y un beso. En un lugar entre una bendición y el infierno.

Él se estaba conteniendo, demasiado consciente de sus heridas recién curadas. Estaba demasiado ansioso por inhalarla; demasiado perdido en su textura. Se apartó, persuadiendo un suspiro de decepción de los labios húmedos de ella.

—Otra vez —ella murmuró, y él rápidamente obedeció, liberando un poco más de sí mismo en ella. Pero seguía siendo demasiado controlado. Se quiso apartar, pero su novia siempre determinada lanzó sus pequeñas manos sobre su rostro, sujetándolo.

Con un par de succiones audaces y un fuerte tirón de sus dientes, ella estaba arrastrando todo fuera de él. El tiempo estaba volviendo ser mal empleado, dejándolos asfixiándose y ahogándose.

—Está bien —ella murmuró entre besos, y él se dio cuenta en ese momento que estaba temblando. —Está bien.

Ella estaba pasando los dedos por su pelo, y de pronto él sintió que la fatiga lo dominaba, pesando sobre sus ojos y nublando su cerebro. Solo ella podía hacer esto. Solo ella podía sedar la tormenta que florecía de su dolor. Al igual que dolor de ella.

Su cuerpo se movió para cubrir el de ella, y su cabeza encontró su camino hacia su pecho, solo recostándose allí con su oído presionado sobre ella. Los latidos de su corazón eran como una serenata para él, recordándole que estaba bien. De hecho perfecta. Tal vez un poco herida por su terrible experiencia, pero él también lo estaba.

Defectos coincidentes que sanarían con el tiempo.

—¿Recuerdas todo? —le preguntó, decidiendo que olvidar podía llegar a ser un lujo para ella.

—Eso creo —ella asintió, seguido por un jadeo repentino. —Oh Dios. Amelia…

—Ella está bien…

—Tu madre…

—Todos están bien —le dijo, sintiendo cómo ella se tensaba bajo él.

Dejó escapar un suspiro inseguro. —¿Y Blaise?

Él se encogió. El nombre era como veneno manchando sus labios. —Zabini está en Azkaban, —afirmó simplemente, su tono uniforme y estoico.

—¿Por qué él…?

—Un hijo de Muggles asesinó a su madre —explicó rápidamente, relajando sus lados con manos ásperas. —Zabini estaba demasiado atrapado en las viejas costumbres.

—Lo lamento, Draco —murmuró.

—¿Por qué?

—Él era tu amigo —ella contestó, acariciando pequeños círculos sobre su frente. —Debes estar…

—No quiero que hables de él —dijo, su voz poniéndose oscura. —Casi te mata.

Su respiración entrecortada agitó sus cabellos platinados. No podía ganar esta, y estaba demasiado cansada para en verdad intentarlo. —Dime buenas noticias —pidió con un débil balbuceo. Anhelaba un poco de positividad.

Draco frunció el ceño pensativo. ¿Buenas noticias? Toda su atención había estado enfocada en ella por doce días, dejándolo completamente ajeno al mundo que se extendía más allá de la puerta. Londres podría haberse incendiado hasta los cimientos y él no lo sabría. O para el caso, no le importaba.

Sin embargo, algo se abría camino en su mente, y una vez más se encontró agradeciendo secretamente a Caleb.

—Amelia está embarazada —farfulló, el insomnio comenzó a atrapar sus sentidos.

No lo pudo ver, pero supo que ella tenía una débil sonrisa en su rostro. Saboreó el cambio en el aire antes de que la fatiga se lo robara, lo que le permitió quedarse dormido, lejos de ser pacífico, pero duró nueve horas.

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Era el decimo quinto día, y después de dos semanas completas confinada a una habitación de hospital de paredes blancas, su bruja finalmente lo convenció para que regresara al mundo exterior. Weasley se había vuelto más agitado cuando a la Medibruja se le había escapado que Hermione estaba consciente y finalmente se había metido en la habitación, seguido por Potter, Caleb, Amelia y su madre.

Y habría más visitantes en camino.

Le iban a dar el alta en dos días, lo que le dejó tiempo suficiente para mover sus pertenencias a una de las propiedades familiares en Chelsea con alguna ayuda de Caleb, Narcissa y sus dos Elfos Domésticos. Su madre había divulgado en una pequeña diatriba sobre "un nuevo comienzo" pero él no le prestó atención, todavía demasiado consumido por la tormenta en su cabeza.

Agitando la varita para bajar otra caja, le tomó un momento para darse cuenta que Caleb le estaba hablando. Ese era el problema de volver a la realidad; se sentía completamente fuera de foco. Sus oídos se sentían rellenos y todo era borroso, como si estuviera tratando de ponerse al corriente pero fallando miserablemente.

—¿Qué?

—Dije que deberíamos descansar por unos minutos —Caleb murmuró, secándose un poco el sudor de su frente. —Me voy a hacer una taza de te. ¿Quieres…?

—Whiskey de fuego —Draco contestó inexpresivamente, y Caleb asintió con la cabeza antes de dejar la habitación, pasando junto a Narcissa quien estaba entrando.

—Está empezando a tomar forma —comentó ella, observando lo que sería la habitación con una sonrisa forzada. —¿Cómo estas?

—Bien —él espetó demasiado rápido, estremeciéndose cuando abrió la caja y se encontró el libro que le había regalado a Hermione para Navidad. —Estoy bien.

—Sé sobre la carta que el Ministerio te mandó —ella comenzó dubitativa, sentándose en una silla que crujía. —Y sé que no has respondido.

—¿Y qué?

La bruja suspiró y miró a su hijo preocupado. —¿No crees que sería… beneficioso visitarlo?

—¿Qué bien podría venir de eso? —murmuró él, los músculos de su rostro tensándose.

—Creo que sería bueno para ti —ella insistió, ignorando la fuerte mirada que él le estaba dando. —Creo que necesitas hablar con él y encontrar algún cierre…

—¿Sinceramente crees que podría ser capaz de contener mi temperamento? —espetó oscuramente. —No habrá ninguna conversación, madre.

Su labio se crispó. —Tienes que encontrarte con él y hacer lo que es necesario para ti —dijo ella calmada, inclinándose hacia adelante para colocar una mano sobre su hombro. —O te arrepentirás…

—Mi único arrepentimiento es haber tenido a ese maldito cerca de nosotros —él siseó, levantando una mano para masajearse la sien. —No puedo creer que alguna vez haya confiado en él…

—Todos confiamos en él —dijo ella en voz baja. —No te sientas culpable, Draco…

—No lo puedo ver ahora madre —interrumpió, apretando los puños y chasqueando la mandíbula. —No voy… —se detuvo para exhalar. —No sería capaz de controlarme. Tal vez en unos días, pero ahora no. Solo quiero un poco de paz y estoy seguro que Hermione quiere lo mismo.

Ella asintió comprendiendo y le dio un pequeño apretón en el hombro. —¿Sabes? Estoy muy orgullosa de ti —la Malfoy mayor confesó. —Salvaste su vida, y la de Amelia…

—Las puse en peligro en primer lugar…

—No fue así —ella disputó. —Eres el único que piensa eso y si fueras a ver…

—No necesito que me digas lo que tengo que hacer.

—Está bien —Narcissa exhaló, haciendo una mueca ante su tono entrecortado. —Solo pensé que al hacerle preguntas a Blaise te daría un poco de paz mental…

—Lo haré cuando esté preparado —terminó, apartando su mano y regresando a las cajas. —Mientras tanto, soy feliz en dejar que los guardias comiencen a doblegarlo.

—No estoy segura que los guardias…

—Subestimas el efecto de una donación Malfoy, madre —frunció el ceño, sus ojos resplandeciendo con algo peligroso. —Puedo asegurarte que se están encargando de él apropiadamente. Y no te atrevas a mencionarle eso a Hermione.

—Ya veo, —ella asintió lentamente, reticentemente aliviada de que él parecía un poco a sí mismo después de ese comentario. —Entonces, ¿Cuándo…?

—Cuando esté seguro que no lo mataré.

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La cama que estaba de más permanecía sin ser usada.

Ella estaba apretada contra su pecho; sus respiraciones soñolientas tarareaban por los surcos de su clavícula. Aún podía saborear las fresas y el afecto en sus labios de sus besos calmantes, pero estaba comenzando a desvanecerse. Ella había estado dormida desde hace algunas horas, y él no había hecho otra cosa que mirar los movimientos de los rasgos en la penumbra.

Él no quería dejarla, pero tenía que hacerlo. Eran casi la cuatro de la mañana y no tenía mucho tiempo.

Dándole un pequeño beso en la frente, se deslizó cuidadosamente fuera de la cama de hospital, ajustando las sábanas para que ella no perdiera el calor. Ella gimió y se movió, pero permaneció perdida en cualquier imagen que su inconsciente había cocinado para esa noche. Se aseguró de que sus movimientos apresurados fueran silenciosos antes de salir de la habitación y cuando casi arrancó vio la figura solitaria esperando afuera.

—Maldita sea —dijo Draco, lanzándole una mirada sospechosa al otro hombre. —Por el nombre de Merlín ¿qué estás hacien…?

—Tenía un presentimiento de que podrías ir esta noche —explicó Caleb, sentándose en una de las sillas. —La cuidaré mientras no estés.

—¿Qué hay de…?

—Amelia está visitando a sus padres para contarle la noticia —contestó con un poco de orgullo por su tono. —Me imaginé que estarías un poco reticente a dejarla sola y no deberías apresurarte con esto.

Draco frunció el ceño, pero las líneas de su rostro no eran duras ni frías. Hermione iba a dejar el hospital mañana por la mañana, y Caleb había pasado todo el día ayudándolo a terminar la casa, así que sabía que el hombre debería estar cansado.

—¿Por qué estás…?

—Maldita sea —Caleb murmuró, rodando sus ojos aburridos. —Mira, Draco, deja de cuestionar todo lo que hago. Eres mi amigo, y estoy haciéndote un favor. Ahora lárgate antes de que cambie de idea.

El mago más pálido sintió su primera sonrisa en semanas tirar de las comisuras de sus labios. Tras saludar a su compañero agradecido, se dirigió por el pasillo y dejó San Mungo.

Azkaban era precisamente como lo había recordado; construida con los mismos ladrillos y resonando con los mismos gritos que había presenciado cuando su padre se había quedado allí. Pero al menos esta vez no había Dementores alrededor. Solo una rara combinación de hombres, duendes y gigantes formaban ahora parte del personal, pero al menos algunos de los magos seguían siendo lo suficientemente corruptos para aceptar un soborno aquí y allá.

Saludó a uno de los guardias superiores con un breve gesto, lo condujeron a una sala que se sentía húmeda y olía a antigüedad. El espacio de ladrillos negros estaba iluminado por algunas velas frágiles que atrajo su atención al hombre que estaba encadenado a la pared opuesta. La parte siniestra del cerebro de Draco, que todavía tenía que seguir siendo apaciguada por la presencia de Hermione, disfrutó la imagen del hombre demolido que una vez él había llamado amigo. Tendría que darles una propina a los guardias a la salida.

La piel oscura de Blaise Zabini estaba ahora decorado en cientos de colores, que iban desde morado ciruela a amarillo melocotón. Su rostro estaba hinchado, y su ropa de prisionero estaba hecha trizas como si hubiera perdido una batalla con una zarza. Parte de su torso estaba expuesto, y Draco pudo ver una larga herida que partía su estómago por la mitad, luciendo casi infectada después de un intento a medias de curar la herida. Una de sus piernas estaba torcida y uno de sus brazos parecía como si estuviera quebrado y luego colocado en su lugar incorrectamente, su codo fuera de lugar y estirando su piel en un lugar extraño.

Bien.

—Me estaba preguntando cuándo vendrías —dijo casi sin voz, y Draco se preguntó si uno de sus pulmones estaba dañado. Ciertamente sonaba de esa manera. —¿Me extrañaste, Malfoy?

El rubio mostró los dientes y dio unos pasos hacia adelante en la sala. —Luces como mierda —afirmó calmado, cruzando los brazos sobre su pecho. —Terminemos con esto de una vez, Zabini…

—¿Supongo que estás aquí para hacerme algunas preguntas? —preguntó Blaise, su respiración demasiado inestable para ponerse arrogante. —Comencemos entonces.

—¿Por qué te molestaste en mandarme una carta cuando sabías que estaba con Granger? —preguntó con su tono engañosamente profesional.

—Para tratar de hacerte entrar en razón —respondiendo como si fuera obvio, dándole a Draco una mirada de genuino disgusto. —Mírate. Esa maldita Sangre sucia te ha convertido en un llorón, tonto enamorado…

—No la llames…

—Las personas solían temerte en Hogwarts —continuó, gruñendo y escupiendo como un perro rabioso. —Solías ser alguien. Ahora eres solo el perro de esa Sangre sucia…

—Te lo advierto…

—¡ERES UNA MALDITA DESGRACIA! —gritó, y luego tosió por el dolor. —No estamos destinados a coexistir, ellos y nosotros. Debería estar muerta…

—¡TÚ DEBERÍAS ESTAR MUERTO! —Draco contraatacó fuerte, sacando la varita. —Debería haberte matado en el momento.

—¡Pero no lo hiciste! Ni siquiera intentaste matar a Montague por intentar violarla. Así de débil eres…

—Cierra la puta boca…

—Porque eres un cobarde —Blaise espetó, en voz baja. —Nada más que un pequeño idiota inútil…

—Soy DOS veces el hombre que tú eres…

—¡No tienes agallas! —gritó, volviéndose a encoger por el dolor. —Voldemort tenía razón sobre ellos. Son parásitos, y tú fuiste a enamorarte de una. Tu padre te hubiera matado en el acto…

¡Crucio!

Los gritos de su antiguo amigo resonaron en la habitación oscura; las vibraciones hicieron parpadear las llamas de las velas. Draco sostuvo el hechizo hasta que Blaise se movió violentamente y sus ojos rodaron. Eso se había sentido bien. Demasiado bien. Bajó la varita y observó al mago oscuro temblar y gruñir como una rata herida.

—Con-continúa —tartamudeó, un espasmo poderoso mecía su cuerpo. —Mátame…

No me tientes —Draco dijo entre dientes.

—Es por eso que viniste, ¿no es así? —preguntó, su voz quebrándose. —Para terminar todo esto…

—CÁLLATE, Blaise…

—¡Sigue! —él incitó, y la muñeca de Draco se movió automáticamente para angular su varita. —No hay nadie aquí, y ambos sabemos que puedes comprarte una coartada.

El brazo de su varita se enderezó.

—Vamos, Draco —Blaise mostró los dientes, y estaban manchados de sangre. —¡Sabes que quieres hacerlo! Está en tu sangre…

—BASTA…

—¡Vamos!

Él sintió cómo la magia en su cuerpo cambió; haciendo chispas en sus venas y viajando a sus dedos.

«Él se lo merece…»

—¡Vamos, Malfoy!

«Solo un rápido hechizo…»

—¡Hazlo, Draco!

«No…»

—¡HAZLO, DRACO!

—¡NO! —gritó, gruñendo profundamente en su garganta y dándole una rápida patada a la herida infectada de Blaise. —¡No soy nada como tú! ¡No te voy a matar! Pero quiero que te pudras aquí hasta que no seas ni siquiera humano. Hasta que alguien te tenga que secar la maldita baba de tu mejilla y limpiarte la mierda del culo. —Hizo una pausa para acercarse más al hombre débil. —La muerte es demasiado fácil.

Volvió a patear la herida. Más fuerte. Blaise tosió un coágulo de bilis y sangre, y Draco sintió algo cercano a la satisfacción asentarse en su pecho.

—¿Por qué pretendiste ser mi amigo por todo este tiempo? —preguntó rápidamente.

Esa era la pregunta que quería hacer. ¿Por qué la traición? ¿Por qué siquiera molestarse en involucrarlo?

—Ya terminé con tus preguntas —Blaise dijo haciendo gárgaras, escupiendo un poco más de sangre.

—Bien —él espetó, girando para irse. —Entonces volveremos a hacer esto hasta que estés demasiado jodido de la cabeza para discutir. Me volverás a ver, Zabini. ¡Crucio!

Él solo sostuvo el hechizo por algunos segundos;solo para ver el miedo destellar en la mirada del hombre repulsivo.

Sin mirar atrás, dejó la pequeña habitación, dando un portazo detrás de él. El guardia seguía esperando afuera y Draco lo miró sombrío, hurgando en su bolsillo para sacar una pesada bolsa que sonaba con Galeones.

—Haz lo que quieras —el heredero Malfoy exigió secamente, empujando la bolsa en la mano del guardia. —Pero lo quiero al borde de la muerte. ¿Serás capaz de organizar visitas similares como estas en el futuro?

—No debería ser un problema.

—Bien —él sonrió, chasqueando los nudillos. —Te veré en algunos meses.

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vvv~vVv~vvv

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Cuando regresó a San Mungo eran cerca de las siete de la mañana, y encontró a Caleb esperando lealmente en su puesto, luciendo un poco cansado pero de lo contrario indiferente. —¿Te sientes mejor? —inquirió cuando vio al mago pálido, quien parecía estar entre torturado y recuperado.

—Un poco —Draco se encogió de hombros crípticamente, su mirada se posó al instante en la habitación de Hermione. —¿Sigue durmiendo?

—Supongo que sí —el hombre de pelo oscuro contestó, levantándose de su asiento. —Me voy a casa a descansar un poco…

—Caleb —dijo el rubio antes de que pudiera desaparecer por el pasillo. —Nunca seré capaz de pagarte por todo lo que has hecho.

—No te pediría que lo hicieras —le dijo a su compañero Slytherin. —Es lo que los amigos hacen, Draco.

Amigos…

—Gracias —él murmuró antes de que su orgullo lo detuviera, recibiendo un gesto de compresión del otro hombre antes de continuar su salida. Dejando escapar un suspiro para cambiar los restos de su frustración, entró a la habitación lo más silencioso que pudo; pero ella se movió de todas maneras y él frunció el ceño decepcionado.

—¿Draco? —ella murmuró, su voz fatigada mientras lo buscaba con la mirada. —¿Eres tú? ¿Dónde estás?

—Estoy aquí —le dijo a su bruja, sus piernas guiándolo de inmediato hacia ella.

—¿Estás bien? —preguntó, sus ojos confundidos observándolo con atención. —¿Dónde estabas?

Él vaciló. —Te lo diré más tarde —dijo en voz baja, sentándose en la cama. —¿Cómo te sientes?

—Entusiasmada —murmuró, agraciándolo con una de esas sonrisas que siempre lo derrotaban mientras estiraba los brazos por sobre su cabeza. —Hoy nos vamos a casa.

—No te hagas ilusiones —le aconsejó. —Todavía no está del todo terminado…

—Estoy segura que está hermoso —lo interrumpió, extendiendo la mano para acariciar su mejilla. —Regresa a la cama, Draco. Hace frío.

Él no la contradijo.

Después de perder sus ropas, se acomodó junto a su novia y la jaló lo más cerca posible. Sus rizos animados se sentían suaves sobre su mejilla e inhaló su esencia mientras ella le acariciaba la espalda.

—Sabes lo que siento por ti, ¿verdad? —preguntó de repente, sus labios dejando besos devotos por sobre su frente.

—Me amas —afirmó ella con la felicidad pesada en su aliento. —Y yo te amo.

Él la abrazó un poco más fuerte y ella gimió por sobre su hombro. —Necesito que comprendas que tal vez no estés de acuerdo con algunas de las cosas que haré en el futuro…Pero lo hago por nosotros.

Ella dejó escapar un suspiro fuerte que le erizó los pequeños vellos de su piel. —Confío en ti —dijo finalmente, pasando los labios por su garganta. —Sé que las cosas no han sido fáciles…

—Han sido como la mierda…

—Pero ahora será más fácil —ella lo tranquilizó, levantando la cabeza para mirarlo. —Hoy nos podemos ir a nuestro hogar…

—No es un hogar —argumentó, sus ojos tormentosos inquietos y agobiados. —Es solo una casa…

—Entonces lo haremos un hogar —le dijo, con esa determinación familiar que calmaba su mente.

Su expresión era escéptica así que ella estiró la mano para apartar un poco de flequillo de su frente, y luego humedeció su boca con un beso prolongado que le dolió su pecho. En uno de sus raros momentos de sumisión que se disiparía rápidamente, enterró su rostro en el hueco de su cuello y permitió que ella acariciara su pelo y le susurrara palabras de calidez en su oído.

Solo ella podía ver este lado de él.

Solo ella era capaz de persuadir la normalidad de regreso en el mundo de ellos.

—Está bien —ella lo consoló, aprovechando la ventaja de la preciosa privacidad. —Ya se terminó.

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NdT: Y se terminó. Es decir… bueno, excepto por el Epilogo.

Espero que el final haya sido satisfactorio, aunque falta un poco más.

Por lo pronto, solo puede estar infinitamente agradecida con todas ustedes por todos los hermosos comentarios que me han brindado, y la paciencia. Gracias por los saludos de las fiestas, espero que hayan empezado un buen 2018; y quiero compartir un pequeño extracto que me llego al corazón y este es mi saludo para este nuevo año para todas ustedes, espero que les guste:

""No te deseo un año maravilloso donde todo sea bueno. Ése es un pensamiento mágico, infantil, utópico. Te deseo que te animes a mirarte, y que te ames como eres. Que tengas el suficiente amor propio para pelear muchas batallas, y la humildad para saber que hay batallas imposibles de ganar por las que no vale la pena luchar. Te deseo que puedas aceptar que hay realidades que son inmodificables, y que hay otras, que si corres del lugar de la queja, podrás cambiar. Que no te permitas los "no puedo" y que reconozcas los "no quiero".

Te deseo que escuches tu verdad, y que la digas, con plena conciencia de que es solo tu verdad, no la del otro.

Que te expongas a lo que temes, porque es la única manera de vencer el miedo.

Que aprendas a tolerar las "manchas negras" del otro, porque también tienes las tuyas, y eso anula la posibilidad de reclamo.

Que no te condenes por equivocarte; no eres todopoderos . Que crezcas, hasta donde y cuando quieras.

No te deseo que el 2018 te traiga felicidad. Te deseo que logres ser feliz, sea cual sea la realidad que te toque vivir"

Que la felicidad sea el camino, no la meta...

Mirta Medici, psicóloga argentina.

Bueno eso es todo, espero que les haya gustado y nos vemos prontito con el Epilogo ;-)