Tal vez fuera por mero capricho, o quizás un recordatorio de sus propias decisiones, pero ciertamente el haberse ido a resdir frente al edificio más simbólico en los Estados Unidos era la clase de lujo que sólo Date Masamune podía pensar en darse.
Pasear por aquel lugar ya no le traía los amargos recuerdos de su infancia; había ido allí con la resolución de empezar una nueva vida y, por lo que parecía, estaba lográndolo.
Se detuvo, fumando ausentemente un cigarrillo. El sol estaba alto, pero era invierno y el aire se sentía frío. Había nevado hacía poco y aún debía tener cuidado al caminar para no resbalarse.
Cuando miraba atrás, le resultaba extraño poder disfrutar de tanta paz luego de haberse marchado de Japón, como si al haberse despedido de su ojo derecho hubiese cortado el último lazo, bueno o malo, de su caótica infancia.
–Kojuurou...
Todavía, a veces, extrañaba su presencia, lo cálido de sus manos. Kojuurou jamás había estado frío, ni siquiera en los días más helados. Su mirada era cálida, su cuerpo lo entibiaba cuando lo abrazaba cuando era un niño. Pero tenía que crecer en algún momento... ya no dependía de nadie más... No, nunca más.
Aunque los recuerdos a veces podían ser amargos, no los descartaba. Todo aquello lo habían convertido en lo que ahora era, y bueno... Sería un error decir que realmente había cortado de tajo su relación con el pasado; aunque, propiamente dicho, parecía que era esa memoria la que se aferraba a él.
No había podido huir de él, no habría podido ni aunque quisiera. Porque aunque no lo diría jamás, al menos no con esas palabras, amaba profundamente a aquel hombre que no lo había abandonado ni cuando había decidido dejar su país natal.
Lo que debía haber sido una despedida se convirtió en una promesa silenciosa, como diez años atrás... Aunque esta vez el Demonio no pretendía esperarlo, para sorpresa del propio Masamune había abordado el mismo avión, sin boleto de regreso.
–¡¿Estás loco?! –le había dicho, cuando se había repuesto de la sorpresa–. Ni siquiera hablas bien el inglés...
–No lo necesito –fue su simple respuesta, mientras se acomodaba en el asiento para el largo viaje–. Lo único que me interesa de América esta a mi lado y habla mi idioma.
–Eres un idiota... –refunfuñó el Dragón, sin poder creer la situación en la que estaban. Sin embargo, en el fondo, se sentía aliviado. Se sentía tranquilo al saber que no iba a estar solo; pues el mayor obstáculo de su vida había sido, y siempre sería, el sobrellevar la soledad. Pero no le importaba admitir que era débil si con ello podía tener a su lado al hombre que había marcado su vida.
–You're late! –fue la queja que hizo a Masamune volver al presente mientras llegaba a donde Motochika le esperaba–. ¿Cómo dices cuando te deben compensar? –agregó el de cabello cano, tratando de recordar las breves lecciones de inglés a las que se sometía con Date.
–"You'll have to make it up", ya te lo había explicado... Me pides muy seguido que te compense... –sonrió seductoramente el de cabello castaño, tras cerrar la puerta del departamento.
–Lo justo es lo justo –respondió el otro, con una sonrisa voraz, dejando de lado lo que hacía para abrazar al Dragón cuando estuvo lo suficientemente cerca.
Casi sin proponérselo, Masamune se alejó lo suficiente como para estar cara a cara y lo besó profundamente, casi románticamente.
Cada fibra del cuerpo de Chousokabe vibró tras eso, quizá Date no era de los que ponían en palabras o actos obvios sus sentimientos, pero en ocasiones cómo ésas sólo bastaba una caricia para que Motochika pudiera sentir por todo su ser el porqué había decidido seguir a ese hombre, sin importar nada más.
–Es temprano... ¿Qué milagro te despertó?
–Tenía frío y me di cuenta que la cama estaba vacía –dijo el Demonio, encogiéndose de hombros para luego besar su nariz–. ¿Quieres desayunar algo?
–Sí... Salí tan apresurado que se me olvidó tomar siquiera un café.
El Dragón se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla, siguiéndolo hasta la cocina.
Chousokabe recalentó el café y preparó algo raáido para el castaño, para luego tirarse en una silla; bostezando, siempre a su lado.
–Qué rápido ha pasado el tiempo... –murmuró Date, mirando por la ventana–. Cuatro años...
–Demasiado rápido... –afirmó el de cabello claro, guardando silencio luego por varios segundos–. ¿No te arrepientes?
–¿Por qué debería? No es como si no estuviese haciendo lo que quiero. Soy libre... al fin.
Chousokabe lo miró largamente, con media sonrisa en la cara, antes de pararse detrás de la silla del otro para abrazarlo con suavidad, hundiendo el rostro en su cuello y besando su piel.
–Un dragón libre... jeh... Me alegra haber vivido lo suficiente para verlo.
–No lo habría logrado sin ti... –murmuró Date con su voz ronca.
–Lo habrías hecho, sé que sí, pero... –haciendo el abrazo más apretado, Chousokabe murmuró en su oído–. Gracias... Por haberme dejado seguirte.
–Tú te ganaste ese lugar –susurró el castaño, relajándose en ese abrazo.
En aquel instante, todo parecía tan perfecto, que creía que despertaría de ese sueño en cualquier momento.
El Demonio sonrió y, con un profundo suspiro, dejó ir un "Te amo" contra su oído antes de hacerle girar el rostro para reafirmar sus palabras con un beso.
Gimiendo sordamente con la nariz, el Dragón lo miró fijo por unos segundos.
–Nos hemos convertido en eso que siempre dijiste odiar...
Chousokabe lanzó una carcajada cuando lo dejó ir para tomar un cigarrillo.
–No soy de la clase que niega lo que dice, pero me comeré esas palabras... Esto que somos... Me hace feliz.
–Feliz... Creí que nunca podría sentirme de esa manera.
–No existe tal cosa como el sufrimiento eterno.
–Tal vez, pero sí existen las personas que entorpecen su camino todo el tiempo... o que lo ven entorpecido por otros –analizó el Dragón, levantándose de la silla.
Chousokabe consumió una larga cantidad de su cigarrillo antes de apagarlo. Lentamente soltó el humo, tratando de dejar atrás los recuerdos de su antigua vida.
–Somos afortunados entonces...
Date tomó su taza y la lavó despacio bajo el agua fría del grifo.
–Hoy me acordé de Kojuurou...
–Oh... –al albino a veces le daba miedo preguntar algunas cosas, temía que Date quisiera volver. Después de todo, no era tan fácil dejar todo lo que se ama... Él mismo lo había sentido con quienes cuidaron de él en aquel bar–. ¿Lo extrañas?
–Sí y no –respondió ausentemente el de cabello oscuro–. Digamos que era hora de que hiciera las cosas por mí mismo, pero a veces echo de menos sus consejos.
–Entiendo –sonrió aliviado el otro, dejando todo de lado para abrazar por la espalda a su compañero, distrayéndolo con besos en el cuello–. Es un bonito día para estas pláticas melancílicas... –dijo, entre beso y beso.
–Te diría de ir a caminar pero me congelé el trasero allá afuera...
–Hmm... ¿tal vez debería arreglar eso? –dijo en broma el Demonio, pellizcando su trasero con una mano, manteniendo su sonrisa mientras besaba el cuello del Dragón.
–Oye, oye, aún me estoy recuperando del baile que me diste anoche... No es bueno que tengamos sexo cuando has bebido, no te mides nada –protestó Masamune, arrugando la nariz.
–Oh, vamos... Yo no fui el que se me trepo a las piernas besándome de esa manera... No soy de piedra ¿sabes? –fueron las felices quejas de su antiguo sirviente, aunque detuvo su jugueteo para abrazarlo–. Vuelve a la cama conmigo... No puedo dormir cuando te vas tan temprano.
–Esta noche tenemos trabajo –dijo el Dragón, muy serio.
Motochika suspiró, derrotado, y asintió, había cosas que nunca cambiarían, no importaba en qué parte del mundo se encontraran.
–Quiero una buena recompensa después de esto, jefe –dijo el Demonio, caminando a la habitación para vestirse.
–Ya lo veremos... Si no me ensucias la ropa, quizás la tengas.
–Hecho –accedió el otro con una sonrisa furtiva. Siendo tan simple como era, era sencillo motivarlo.
Incluso si su "situación" profesional lo ameritaba, Motochika se sentía incómodo vistiendo un traje, por lo que usaba sus mismos viejos jeans y una chaqueta grande para protegerse del frio... Y, como siempre, casi babeando al ver a Masamune tan bien vestido. Mientras más pasaba el tiempo, su perfil más se parecía al del imponente Terumune.
–¿Qué tanto miras? –preguntó el Dragón, mientras conducía tranquilamente al caer la noche, percatándose de que el Demonio tenía el único ojo clavado en él.
–Si no fuera tan importante llegar temprano, te comería en este instante... –sonrió burlonamente el otro.
Masamune hizo un ruido ronco con la nariz al reírse.
–De verdad piensas con la entrepierna, eh.
–Pff... Sabes que sólo juego –riendo animadamente, el copiloto posó la mano sobre la rodilla de su amigo por un segundo–. Además, tú eres el cerebro aquí, yo sólo los músculos... Eso dijeron la otra noche, ¿no? –tras todo ese tiempo, aún le parecía un tanto complicado el inglés al albino; aunque no le molestaba, realmente no le importaba que pensaran que el sólo era el sujeto grande que cuidaba del "asiático".
–No, dijeron que tú eras el cuerpo que ejecutaba mis órdenes. Vaya, realmente no entiendes nada de las frases hechas, ¿eh? –sonrió Date, deteniéndose en un semáforo y mirándolo con cierta dulzura–. Voy a tener que insistir más con las clases.
–Ahh... Maldita sea, ya puedo comprar mis cigarrillos, con eso basta –bromeo Motochika, aunque si quería dar la talla como su compañero–. Mañana me compraré un diccionario, muchas palabras me confunden.
–Mejor no hables con nadie, yo te traduciré... –y el Dragón soltó una carcajada que hirió cómicamente el orgullo de su guardaespaldas.
Cruzando los brazos, el Demonio regresó la mirada al camino sonriendo irónicamente. Ese idiota siempre parecía tener la mano más alta.
El lugar donde ejecutarían sus habilidades no era muy diferente a los otros donde habían estado en Japón. La única diferencia entre las pandillas americanas y las japonesas era que las americanas contaban con un aire muy poco secreto. La yakuza era casi de la realeza, comparada con la habladuría de los pandilleros americanos. La verdadera mafia americana casi nunca salía a la luz; pero los que daban un paso al frente para representarla no provocaban más que lástima a ojos del Dragón. Él había crecido en un mundo mucho más esquivo, disimulado y enriquecedor que aquél.
Era casi insultante el tener que medirse con "vagos" de ese calibre; pero ambos sabían que su nombre no valía en estas calles, que poco a poco debían ganarse su lugar, y ambos estaban confiados en lograrlo sin duda alguna.
–Sólo es cobrar un dinero y nos marchamos. Detesto estos callejones malolientes... –masculló Masamune, bajando del coche y poniéndose sus guantes de cuero oscuro.
Motochika cubrió su cabeza del frio con un gorro morado y bajó tras su líder, mirando alrededor para asegurarse de que todo estaba en orden.
–¿Sabes? Hay algo que me gusta de los americanos... –observó el Demonio, mientras esperaban a que les abrieran la puerta–. Cuando hablan de dinero, se trata de dinero... Detestaba recoger chiquillas a cambio de dinero...
–¿Y cuándo hiciste eso? –preguntó Date, mirándolo de reojo.
–Antes de que regresaras a Japón... Mucha gente le debía dinero a la región de Aki... –respondió el otro, evitando mencionar el nombre de los Mouri.
–Así que Mouri además de una perra celosa y manipuladora era un secuestrador... Mira de qué cosas se entera uno –comentó el de cabello castaño, con expresión de suficiencia.
–Todos los Mouri, en ese tiempo trabajaba para Okimoto... –tratando de restarle importancia, el cano se encogió de hombros–. Al parecer no es buen negocio si tienes que pagarle a las chicas.
Y los padres las daban sin pensarlo dos veces si no tenían el dinero para pagar sus deudas.
–Al menos las tenían bien alimentadas, quiero creer...
–Supongo, deben verse lindas en el escenario –aclarándose la garganta, Motochika cambió el tema–. Entonces... ¿Lo golpeo si no paga? O ¿lo apaleo y luego le cobramos?
–Déjame hablar a mí... –murmuró Masamune, llamando a la puerta con varios decididos golpes de sus nudillos.
Un sujeto desgarbado, con actitud desganada, entreabrió la puerta.
–¿Quién vive? –preguntó, escrutando a los dos que aparecieron frente a él, de apariencia tan notablemente extranjera.
–Venimos a hablar con tu jefe. Hay una deuda que saldar –dijo Date, con su mejor inglés.
El otro sólo observó al sujeto para asegurarse de que no intentara nada extraño. De cualquier manera, la mitad de lo que dijeran escapaba de su entendimiento.
–Entras tú solo –dijo el muchachito, que empezaba a abrir la puerta.
–Nada de eso. Mi guardaespaldas viene conmigo –declaró Date, firme.
–No podemos tener testigos –susurró el joven.
–No habla inglés. No entenderá nada de lo que digas.
El sujeto le lanzó una mirada desconfiada al matón más alto y, bufando molesto, abrió la puerta para ambos.
Al ingresar, Masamune tuvo que cubrirse la nariz. Aquello era evidentemente una pequeña fábrica casera de drogas y los hedores pestilentes de las varias sustancias que se cocían a fuego lento allí frente a él se esparcían por todo el lugar.
–No respires nada de esto –ordenó a Motochika en japonés, luego volvió a dirigirse en inglés al que les había abierto la puerta–. ¿Dónde está tu jefe? Llévanos con él.
El hombre los escaneó cuidadosamente y luego de unos segundos los llevó desconfiadamente a una habitación en la parte de atrás, donde un hombre de mediana edad contaba billetes con un arma amenazante sobre el escritorio.
–Buenas noches –saludó Masamune, dejándose caer sin cuidado en el largo sillón frente a la mesita donde el sujeto efectuaba su tarea. Se cruzó de brazos y piernas con actitud desafiante, mientras Motochika se paraba al lado del asiento con las manos a la espalda y las piernas muy separadas.
–¿Qué quieren? –fue la seca respuesta del "jefe", que sólo les dedicó una mirada, tomándolos como a un par de chiquillos extranjeros que quieren jugar en las grandes ligas.
–Venimos a cobrar lo que le debe a Harry Manback –sonrió Masamune.
–¡Ha! ¿Y mando a un par de mocosos a cobrarme? Díganle a Harry que venga él mismo... Si es que le interesa.
–Vaya, estar cerca de los treinta nos convierte en mocosos... –rió Date, con voz dulce, haciéndole un comentario en japonés a Chousokabe, quien rió a su vez.
La ignorancia respecto al idioma de los cobradores irritó en sobremanera al hombre, en especial al verlos reír, por lo que posó su mano de manera amenazante sobre su arma aunque no la tomó.
–No me importa quiénes cree que son, si Harry quiere su dinero, que venga él mismo... No tengo tiempo para estos jueguitos.
–Señor, Manback nos contrató para hacer un trabajo y no somos conocidos por decepcionar a nuestros clientes –dijo Masamune, descruzando las piernas y transformando su semblante complaciente en uno duro y frío–. El dinero, por favor.
Quizá el idioma no fuera su fuerte; pero su acompañante, al ver el cambio en Masamune, adoptó la misma posición amenazante hacía el deudor.
Durante varios minutos hubo una gran tensión en el aire. El sujeto no se movía, pero el sudor comenzaba a correr por su rostro. Masamune se mantenía imperturbable, como había aprendido de su padre: un muro inquebrantable, un rostro que sólo expresaba que quienes lo mirasen debían sentir miedo, y mucho.
Era molesto para los americanos tener que lidiar con extranjeros, así que cuando estos lideres déspotas cambiaban su semblante de trato con un mensajero al del trato con un igual, era una victoria para sus egos, más que para su reputación.
Bajo aquel duelo de miradas, por un momento el deudor sintió un escalofrío recorriendo su espalda. Un atisbo de miedo se asomó, pero trató de guardar las apariencias. Bufó molesto y abrió su cajón para dejar caer sin cuidado alguno un fajo de billetes.
–Cuéntalo si quieres, no voy a darles ni un dólar más.
Date levantó la ceja de su único ojo en una expresión de arrogancia. Se inclinó sobre la mesa y tomó el fajo, comenzando a contarlo con denodada lentitud.
–Creo que, hasta ahora, éste es el que peor huele –dijo a Motochika, en japonés y con tono duro. Para su anfitrión, al desconocer el idioma, cualquier discurso sonaba ofensivo y arrogante.
El albino le dedicó una mirada a su anfitrión y dejó ir una risilla burlona.
–Y al que más has asustado.
–¿De veras? –preguntó el Dragón, con una expresión de indiferencia–. Está todo –asintió, en inglés–. Señor, muchas gracias por su cooperación –añadió, poniéndose de pie–. Un placer.
–Conocen la salida –fue la respuesta amarga, junto con una maldición entre dientes a los "asquerosos chinos".
–Oh, y por cierto... –murmuró Masamune, mirándolo por sobre su hombro antes de salir–. Somos japs, no chinks.
Aquella aclaración hizo que el deudor se contrajera de temor una vez más.
Chousokabe le sonrió a Masamune, entendiendo la aclaración, y abrió la puerta para su líder, siguiéndolo a un paso por detrás en caso de que al otro sujeto se le ocurriera alguna idea estúpida. Con el tiempo había notado que negociar con americanos no era tan "derecho" como hacerlo con su propia gente. Aunque Masamune tenía sus trucos y ese porte hacía que rara vez alguien intentara meterse con ellos luego de los cobros.
–¿A donde vamos ahora? –preguntó a Date, ajustándose la chaqueta cuando salieron de nuevo al frío.
–Era lo único para hacer hoy. No veremos a Manback hasta mañana –comentó, subiendo al coche–. Y no sé si me estoy poniendo viejo o qué, pero realmente... sólo siento deseos de volver a casa.
–Sabes lo que te espera en casa... Diría que eres medio ninfómano –se carcajeó el otro mientras lo seguía al auto, suspirando cómodamente cuando encendieron la calefacción.
–Estoy cansado... –susurró Masamune, quedándose muy quieto con las manos sobre el volante.
Después de unos instantes, Motochika posó su mano sobre la rodilla del castaño.
–Oye, estoy bromeando... –murmuró para atraer su atención y le sonrió con cariño, como solo podía sonreírle a él–. Vamos a casa.
A veces tenía esos ataques de melancolía, a veces resultaba difícil saber qué pensaba. Masamune era una persona discreta, taciturna, y en Estados Unidos se había vuelto aún más reservado. Sus propios asuntos eran un secreto para todos los demás; a veces, incluso, también para Motochika.
–¿Qué quieres cenar? Quizás podamos pasar por algo de comer primero.
–Extraño la comida japonesa... –suspiró el Demonio–. ¿Sushi?
–Bien, pero habrá que encontrar a un chef japonés.
Date condujo por la ciudad, buscando con la mirada algún restaurante que le diera indicios de que al menos el cocinero sería oriental.
Pararon en un local decorado en rojo y negro, el Dragón echó una mirada dentro y vio que varios de los empleados eran japoneses.
–Podría ser aquí. ¿Para llevar?
–Sí, me estoy congelando el trasero...
Ambos entraron y la anfitriona del restaurante, una chica de rasgos orientales y perfecto atuendo que imitaba a un kimono, les echó una mirada.
–Buenas noches –saludó en un perfecto inglés.
–Estamos a su cuidado –respondió Masamune, en japonés, para sorpresa de la muchacha, cuya mirada se iluminó.
–¡Clientes nativos! –exclamó, y a partir de allí toda la charla transcurrió en japonés.
Era refrescante estar con su gente, Motochika podía entender ahora lo solitaria que había sido la vida para Date cuando era un niño en este país extraño. Cuando regresaron a casa, abrazó al Dragón con fuerza luego de cerrar la puerta, permaneciendo en silencio pues no tenía nada que explicar.
–Oi, Chika... –susurró, luego de unos tres o cuatro minutos así–. ¿Qué te pasa...?
–Nada, sólo recordaba... –respondió el albino, dejándolo ir lentamente, –comamos, eso se veía delicioso mientras lo empacaban.
Ambos se sentaron a la mesa y pronto ésta se cubrió de diferentes platos nipones. Le habían ofrecido comprar sake, a muy buen precio, pero el Dragón se había negado. No quería beber ese día.
–Sé... Sé que prometí no meterme en tus asuntos, pero... estoy contigo, sólo recuerda eso –dijo Motochika para romper el silencio.
–Hoy, hace diez años, maté a mi hermano.
Chousokabe bajó la mirada hacia su comida, perdiendo el apetito. Recordaba aquella vez cuando se lo había contado, cómo se había derrumbado en sus brazos... Le era muy delicado abordar ese tema con Masamune, nunca sabía que decir al respecto.
–¿Fuiste a visitar su tumba?
–No se me permitió asistir a su entierro y nunca pregunté dónde estaba. De todas formas, aunque lo supiera, no iría. Mi hermano y yo no teníamos ninguna conexión. Sería una hipocresía ir a presentar un respeto que no siento.
–Aún así, no te lo has perdonado...
–No es como si hubiese querido matarlo adrede... –Masamune tomó sus palillos y buscó qué comer con la mirada.
–Vale, entiendo... –Motochika se limitaba a estar a su lado cuando no entendía la complejidad de los sentimientos de su pareja. Esta vez no era diferente, se levantó por una cerveza y volvió a su lugar a la mesa.
La cena transcurrió en calma, no hablaron demasiado; no solían hacerlo cuando Date parecía estar en su humor lacónico. El Dragón limpió todo y se dirigió derecho a la cama. Parecía que esa noche no habría películas o confidencias.
Cuando la noche enfrió más, el Demonio rodó en la cama para abrazarse a la espalda tibia del otro y acarició su costado con delicadeza para no despertarlo. A veces se preguntaba si Masamune se arrepentía, si extrañaba Japón, al Tigre, a Kojuurou... Si su mente no le daba descanso por haber tomado una mala decisi{on, pero lograba sobreponerse a todas esas ideas pensando en su día a día... En que compartían su vida y en los buenos días en que al Dragón lograba vérselo feliz.
Masamune no se despertó, pero se movió en sueños. Se dio vuelta entre esos brazos, siempre más anchos que los suyos, y se acurrucó contra Motochika hablando en voz baja. No se podía distinguir lo que estaba diciendo, pero parecía angustiado.
–Tranquilo... –soltó casi en un suspiro el albino, subiendo sus caricias a sus hombros y cabello–. Todo esta bien...
Aquello noche se hizo larga. Nevó nuevamente y ambos durmieron muy próximos.
El primero en despertar fue, como siempre, Masamune. Las ventanas estaban cubiertas de nieve y el sol, frío y blanco, iluminaba todo con un fulgor fantasmal.
Su amante dormía profundamente abrazado a su cintura, sin dar señales de estar dispuesto a unirse al mundo real pronto, habiendo pasado buena parte de la noche admirando el rostro angustiado del Dragón.
Date se giró para observarlo. Aquello era irreal... Muchas mañanas que despertaba sentía que estaba en un sueño, que todo iba a evaporarse y que iba a volver a la realidad de una manera abrumadora. A veces discutían, a veces peleaban, pero los dos siempre estaban dispuestos a reconocer el error y hacer las paces. Estaban solos en Estados Unidos; pero era, en cierta forma, como siempre había sido. Ellos dos, solos contra el mundo, no era un fin, sino el inicio de algo nuevo.
No importaba mucho si llegaban muy lejos o no. El éxito nunca había sido la ambición del Dragón y no lo sería del Demonio tampoco.
Estados Unidos no era la tierra de la libertad, era una tierra de oportunidades y de fracasos. Pero estaban juntos. Y eso nunca cambiaría.
