Twilight y sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer
Gracias a Isa por corregir este capítulo
XI
El consumo lamentable de su tiempo se puede medir por estos momentos yermos: sentado, contemplando la ventana mientras el ruido blanco de una mente perturbada lo arrulla.
—… A veces tengo esta compulsion de sólo dejarlo, irme y nunca regresar. Deseo ver si sobreviviría sin mí; ¿quién se encargaría de la casa? ¿Los niños? ¿De esos pequeños detalles que él nunca aprecia?
La calle se ve ajetreada, ¿es algún día importante? ¿Por qué todos caminan como si sus destinos fuera un dulce y plácido lugar? Se pregunta. Él no tiene a donde ir más que su frío y tormentoso hogar; en donde nada cálido lo recibe, es un lugar que sigue abandonado por la pasión.
—... Porque no me toca y estoy harta de esperar noche tras noche a que se atreva a ser hombre. ¿Qué clase de hombre rechaza a su esposa medio desnuda?
Ese hogar, sin embargo, es el campo de la batalla en la que él ha elegido pelear; se siente como a un soldado sin bando, abandonado lejos de su patria; sin propósito, solo, contemplando si la sangre derramada ha valido la pena. Es escuchar cañones con disonantes vibraciones sonoras, rompiendo su cordura. Es escucharla a ella cerrar la puerta por las noches o el ritmo de sus tacones alejándose de él. Ella parece negar estar en esta guerra con él, rehusando provocaciones; todo sería más sencillo si ella al fin acepta que desea venganza, y actuase sobre ello, al menos así lo recibiría ira en vez de indiferencia al llegar a su casa.
—... Temo que él no me ame más, ¿es eso lo que está pasando? Porque yo lo amo, Dr. Masen, creo que nunca lo dejé de amar.
El blanco del marco de la ventana en su consultorio, le recuerda inmediatamente el sobre que estaba sobre la mesa y era dirigido a su esposa; una invitación a una fiesta. ¿En qué momento ella empezó a ser libre, a no necesitarlo? No, tal vez deba de preguntarse: ¿En qué momento él empezó a notarlo? ¿Fue cuando ella le prohibió la visita a Alhambra? ¿Fue antes, cuándo él creyó tenerla por completo? Teme que la respuesta sea que ella nunca realmente lo necesitó y él fue el que la ha necesitado todo este tiempo.
—¿Me escucha, Dr. Masen?
Edward voltea a la mujer frente a él, tan parecida a todas las que consulta: atractiva, elegante, fina... insegura. La respuesta siempre es la misma con ellas, no hay dudas o necesidad de analizar más que las particularidades triviales en cada una. Asiente y finge apuntar algo en su libreta de notas.
—A veces las mujeres aman a hombres que no lo merecen, eso pareciera, ¿cierto? ¿Pero qué con las mujeres que aman un ideal? La expectativa destruye, señora Swarchtz. ¿Usted cree que su esposo es este ser infame que no la aprecia? Él es sólo el reflejo de su inseguridad —dice Edward quitándose sus lentes y limpiándolos en su suéter negro—. La indiferencia, el rechazo o la apatía le harían pensar que es amor era un cálida visión juvenil, pero no lo es. —Él se pone sus lentes—. Tal vez si dejara de emascular a su esposo con su constante crítica y le ofreciera palabras de aliento, él podría sentirse comprendido. Mujeres como usted y hombres como él son un síntoma de que algo que se quebró en el camino; son pequeños papalotes que perdieron la cuerda y ahora están separados en este gran, gran cielo de mierda matrimonial —dice él con desdén—. No creo que haya resolución pacífica entre ustedes, no creo que él la perdone por la indiferencia y el hastío que le hace sentir y no creo que usted le perdone lo poca mujer que la hace sentir. ¿Qué queda entonces? —dice Edward apuntando en sus notas.
—Usted y yo sabemos que no lo va a dejar, él no la dejará porque depende de usted; es una dependencia enferma, una simbiosis totalmente común entre matrimonios que te come vivo, lo único propio que queda de ti hasta hacerte parte de este duo patético. Sólo acepte ese hecho y será feliz, se librará de esa angustia de saber si él la ama o no. —La voz de Edward está totalmente desprendida de emoción, como si estuviera recitando un libreto barato—. La respuesta no es el amor, sino el perdón. Mientras no la perdone, mientras usted no lo perdone, no queda nada.
La mujer se queda con boca abierta, mirando a su terapista como si le hubiera pedido que incendiara su casa o se quitase sus ropas. Escandalizada, la señora Swarchtz toma su bolso, no sin antes recriminar a Edward lo poco profesional que es y la falta de tacto que posee.
No es como si tuviera ánimos de trabajar todo el tiempo, pero generalmente pergaña en su trabajo tratando de hacer un esfuerzo en escuchar o responder algo moderadamente comprensivo.
Desea terminar sus consultas y afortunadamente ese día termina con su último paciente, una mujer depresiva que es adicta a pastillas para dormir. De todos, es la única que a veces le causa lástima a Edward. Meredith es una dulce mujer que no entiende su lugar en el mundo, eso tal vez, haga que sienta simpatía por ella, pues él no encuentra su lugar hace tiempo.
—¿Cómo estás, Meredith? —pregunta Edward en voz paciente.
Meredith sonríe tristemente y baja la cabeza.
—Bien, supongo —la chica contesta con voz reseca, luego levanta la mirada y aclara su garganta—. ¿Puedo hacerle una pregunta personal, Dr. Masen? —pregunta Meredith tentativamente.
Edward frunce el ceño. Meredith suele ser bastante reservada y recatada, no es del tipo que se entrometa en cosas que no le corresponden.
—Depende, pregunta y veremos si te puedo responder —contesta Edward finalmente.
—¿Es un hombre religioso? ¿Cree en Dios? —pregunta Meredith sin mirarlo directamente.
Edward se recarga en su respaldo y cruza su pierna derecha sobre la izquierda.
—No particularmente, no. Pero mi esposa sí lo es. —No sabe por qué dio esa última aclaración, pero siempre ha relacionado la religión con Bella, es algo muy de ella, algo que él no puede compartir.
—Yo no lo hacía, pero... —Meredith se detiene y luego suspira—. Hay algo en ella, algo que me hace sentir con propósito. Mi depresión deriva en que no tengo eso para ser una buena persona, me siento juzgada, atormentada por haberme querido matar.
Edward asiente y acomoda sus lentes.
—No sé los detalles sobre ninguna religión, pero tengo entendido que una de las características primordiales es la comprensión. Dudo que debas de sentirte juzgada o atormentada cuando puedes ser perdonada, al menos bajo los ojos de tu Dios. Admito que la religión para mí es algo que el humano promedio necesita para entender los misterios del universo.
—Entonces, ¿usted no le preocupan los misterios del universo? ¿No cree que hay un propósito en todo? —responde Meredith con voz más firme.
—¿Preocuparme? No, porque me veo intrascendente al mismo tiempo, el universo seguirá conmigo o sin mí. Estar aquí contigo es mi propósito, es para esto que existo, para ayudar a la gente como tú. No necesito la religión para entender eso, es sentido común—contesta Edward.
—¿Entonces, no cree en el cielo, el infierno? ¿El más allá? —pregunta la chica.
Edward está a punto de contestar, pero recuerda que ha vivido cosas que están más allá de una simple respuesta. Hace poco podría haber contestado con un seguro "no", ahora sólo puede evadir la respuesta, eso no le concierne a Meredith.
—¿A qué quieres llegar con esto, Meredith? ¿Te ha sucedido algo? —pregunta Edward en tono clínico.
Meredith sacude la cabeza, se mira derrotada, como si no pudiera explicar lo que le sucede.
—Usted sabe cómo he luchado contra mi adicción, cómo he tratado de ser mejor persona. Pero siempre hay algo que me lo impide, una fuerza..., algo que me atormenta. A veces siento..., siento que es mi madre.
—Tu madre murió, Meredith. ¿Estás tratando de decirme que ves o escuchas a tu madre?
La chica se queda callada un tiempo hasta que tentativamente responde.
—A veces puedo escuchar su voz diciéndome lo que me decía cuando era chica: "Eres una desdicha, Meredith", "¿Qué precio estoy pagando por no haberme deshecho de ti?"—repite la chica con voz temblorosa—. Y a veces puedo sentirla, como si estuviera cerca de mí, todo el tiempo. Luego la otra noche... algo pasó. Escuché su voz en la cocina, salí corriendo para encontrar la vajilla en la mesa, volteada, justo como ella la dejaba después de la cena. "Para mañana no gastar tiempo" ella decía. —La voz de la chica es temblorosa y a su vez aliviada por al fin decidir a confesar lo que la ha estado perturbando estos meses.
—¿Y esto... estas voces, hace cuánto que las escuchas? —pregunta Edward preocupado. Imaginó a Meredith con depresión, pero nunca con alucinaciones. Si estas son alucinaciones la pobre chica puede sufrir una grave enfermedad mental.
—Hace un año, cuando mi adicción empezó, un mes o dos después de la muerte de mi madre —contesta la chica—, pensé que era depresión; es depresión, pero también es algo más —dice Meredith mirándo asustada a Edward—. Desde que he empezado a ir a la iglesia las cosas se han calmado, pero siguen pasando, cada tanto, cada momento, no puedo vivir en esa casa.
—Espera, ¿todo eso ha sucedido solamente en tu casa? —Edward pregunta.
La chica asiente lentamente.
—¿Por qué no me habías dicho esto, Meredith? Llevamos un mes viéndonos, esto es algo importante que tomar en cuenta.
—Tenía miedo de que pensara que estoy loca; ¿lo estoy, Dr. Masen? —pregunta la chica con miedo en su voz.
X*-*X-*X
Él no vino a comer, como no lo ha hecho la última semana. No sabe por qué eso debería importar, o haría alguna diferencia; no es como si pudieran compartir la misma mesa pacíficamente.
Sus delgados dedos golpean rítmicamente la ventana, de tanto en tanto suele asomarse e imaginar que él llegará a tiempo. A veces él viene temprano, pasa a la cocina por algo de comer, algo simple que ella dejó en la cocina secretamente para él. Lo escucha comer en silencio mientras ella está escondida buscando la forma de ir a saludarlo o simplemente ignorarlo. Realmente no lo ignora, simplemente decide no confrontarlo; más estos días que él parece extrañamente lejano.
Pensó que sería difícil evadirlo día a día, pero Edward le ha hecho todo tan fácil. Apenas si lo ve en la mañana. La última vez que habló con él fue hace una semana cuando él le entregó el cheque en ese lascivo intercambio. Mañana es domingo y es el día que él debería darle su segundo cheque. La espera es tortura.
Cerca de las 10 pm lo escucha llegar y ella corre a su cuarto a esconderse de él. Se queda sentada en su cama un tiempo, y luego, impacientemente se acerca a la puerta poniendo su oreja para escuchar lo que sucede ahí afuera; lo que él hace lejos de su presencia, es una curiosidad mórbida y atrayente. Escucha sonidos débiles que suenan a pisadas y cubiertos tocando porcelana; está comiendo. Luego minutos después, puede oír las fuertes pisadas subiendo por las escaleras. Su corazón está a punto de salirse cuando ve que él se detiene frente a su puerta unos instantes, su luz está apagada, así que él debería de suponer que ella duerme. Espera expectante el toque a su puerta que nunca viene y luego lo ve partir con todo y su sombra.
Bella recarga la cabeza en la pared y cierra sus ojos, ¿qué pasaría si él toca? Ella se pregunta. No se engaña, seguramente lo ignoraría o pretendería que lo hace. Si éste es otro juego cruel que juega con ella, no lo entiende, no sabe las reglas, no se imagina qué tipo de premio hay o cuáles son las penalidades. Se siente constantemente agotada por estar en este juego absurdo de ignorar y huir.
La mañana siguiente, Bella escoge su ropa con el propósito de no ser ella misma. Detesta ver sus antiguos vestidos y recordar qué pasó cuando los usaba, así que toma aquellas ropas de malos recuerdos y los arroja en la cama. Su closet queda con la ropa más nueva, con la nueva Bella. Desdichada y purulenta de inconsistencia en su vida, también toma los vestidos nuevos y los tira al piso. No queda nada, como de ella tampoco queda nada.
Finalmente baja con un vestido amarillo y unos guantes blancos, algo benigno para su humor, algo nuevo y algo viejo. Espera llegar a la cocina y ver a Edward marcharse justo cuando ella llega, como sabiendo que no es bienvenido. Sin embargo lo ve en la sala, tomando una taza de café y leyendo el periódico. Ella lo nota y su paso flaquea, pero pasa de largo para dirigirse a la cocina.
—Elise, hay una ropa en mi cuarto que quisiera donar, por favor ponla en cajas —dice Bella sentándose en la mesa y tomando su ya listo jugo de naranja.
—Claro señora —contesta Elise con un tono extraño. Luego, después de unos minutos Elise camina hacia ella, un tanto nerviosa—. ¿Señora? —pregunta la mujer.
—¿Sí? —contesta Bella distraídamente.
—Yo... yo ayer dejé la cocina limpia, señora —dice Elise con voz temblorosa—, y hoy... bueno, estaba todo afuera: sartenes, platos, vasos, cubiertos. Todo ordenado en la mesa —comenta Elise.
Bella abre la boca ligeramente y asiente.
—Entiendo, ¿es todo? —pregunta Bella tratando de no dejar ver sus nervios.
—Sí, es sólo que pensé que debería saberlo y bueno, han pasado más cosas... sonidos en la casa, cosas que desaparecen de lugar y... siento algo ahí, alguien que me mira. Creo que esto es demasiado para mí, señora Masen, no sé si pueda seguir trabajando aquí, algo no está bien en esta casa —dice Elise finalmente.
Bella sonríe y se levanta abrazando a Elise.
—No te preocupes, Elise, sólo dame unos días, de hecho ¿por qué no te tomas la semana entera? Te prometo que cuando regreses todo estará mejor.
—Pero ¿cómo? —pregunta Elise sorprendida y asustada.
—No te preocupes por eso, puedes tomarte la tarde libre también. Saludame a tu hija de mi parte, ¿está bien?
X*-*-*X
Edward ve salir a Elise con su bolsa.
—¿Ya te vas? —pregunta Edward a la mucama.
—Sí, la señora me dio el día —dice Elise nerviosamente y sin esperar a que Edward conteste la mujer se va.
Inmediatamente Bella sale de la cocina luciendo una cara de preocupación.
—¿Qué pasó? ¿Todo bien? —pregunta Edward consternado.
—Nada que no pueda solucionar —contesta Bella en tono sombrío—. Por cierto, le di unos días a Elise, creo que los necesita.
—Pero ¿por qué? ¿Quién hará la comida o limpiará? —pregunta Edward.
—No pasa nada si no limpia en una semana. Además yo puedo cocinar.
Edward baja el periódico y la mira asombrado.
—¿Vas a cocinarme? —él pregunta sin ocultar su sarcasmo.
—No, si no quieres estar preocupado por veneno en tu comida —ella responde.
—Touché.
—Además, no es como que vengas a comer. Siempre llegas en la noche y supongo que ya has comido algo fuera.
—Vaya, vaya, ¿has estado vigilándome, Bella? Y yo pensaba que ignorarme era tu mejor virtud, lo aparentas tan bien —él dice recriminatoriamente.
—Es imposible que no note que llegues tan tarde, haces mucho ruido —ella refuta.
—¿De qué hablas? No es como que llegue con la banda de jazz tras mis espaldas, ¡apenas y me muevo!
—Tal vez, si vas a llegar tan tarde es mejor que no llegues —ella responde molesta.
—¡Es mi maldita casa y si quiero llegar tarde voy a llegar tarde!—él grita indignado.
—¡¿Tu maldita casa?! ¡Mi padre la compró! ¡Es tan mía como tuya, de hecho es más mía que tuya! Si quisiera podría hablarle ahora mismo y decirle la basura de marido que eres. No dudo que la ponga a mi nombre en un segundo.
Edward se ríe y se levanta del sofá.
—¿Tu padre? No tienes idea... —él dice sacudiendo la cabeza—. ¡Ese hombre al que llamas padre no dudó en ofrecérteme como si fueras un activo en su empresa, como si nuestro matrimonio fuera una transacción de negocios! No sólo eso, básicamente él creó los papeles para poder institucionalizarte en un psiquiátrico en cuanto hicieras algo remotamente cuestionable, ¡quería deshacerse de ti como si fueras un problema incómodo!
Bella lo mira sorprendida por sus palabras. Dándose cuenta que ha cometido otro gran error a causa de su poco control, Edward trata de resarcir lo que ha hecho, pero es muy tarde.
—Bella, lo siento, mierda, lo siento, no quería que te enteraras así —dice Edward consternado.
Él trata de acercarse, pero ella lo detiene levantando su mano.
Bella se queda quieta unos segundos, tratando de asimilar la situación.
—De ti no me asombra, pero... nunca pensé que él me despreciara tanto —comenta Bella con ojos llorosos.
—Bella, por favor, debes entender que fui un estúpido, no sabía lo que hacía, no tenía idea de las repercusiones...
Bella levanta la mirada; es como esa vez, los mismos ojos de odio, la misma indignación y dolor que emanan a torrentes. ¿Cómo pudiste? Es lo que ella le pregunta con esa mirada ¿Cómo pudiste hacerme esto junto con él?
Su cuerpo tiembla, es esto a lo que le temía al regresar a esta casa, redescubrir día a día la clase de hombre ruin que es Edward, pero esto es peor; enterarse de que su padre nunca ha sentido por ella más que un torcido sentido del deber, soportándola, dándola por sentado con todo el amor que ella sentía por el hombre que la crió. ¿Por qué siempre es tan ciega con los hombres de su vida? Ella no puede asimilar tanto, no puede aceptar que éste sea su destino, debe haber algo más en esta vida que estar condenada a vivir con este sentimiento visceral y destructivo. Edward camina hacia ella, pero ella da un paso hacia atrás. No lo puede ver, ni siquiera puede estar frente a él, así que se da la vuelta, pero él la toma del brazo.
—¡Déjame! —ella le grita. Al mismo tiempo Edward es lanzado por el aire cayendo sobre la mesa de la sala que se quiebra en cientos de pedazos.
—¡Aro no! —Bella grita al ente que está frente a Edward, listo para seguir expresando la furia que siente. Aro toma a Edward del cuello y lo lanza hacia la pared.
—¡Aro para! ¡Para por favor! —grita Bella asustada de que el ente no pare.
Su esposo es golpeado sistemáticamente por una fuerza invisible para todos menos para ella. Aro se ve iracundo, sin ningún tipo de expresión humana en su cara.
—¡Para Aro! ¡Para, te lo ordeno! —Bella grita con voz dura y fuerte.
Aro al fin se detiene volteándola a ver.
—Para, no lo hagas más. Sé que tratas de protegerme, pero sólo me haces daño, ¿entiendes?
—Él te lastima —contesta Aro con mirada confusa.
—Los dos lo hacen —contesta Bella.
Aro asiente y finalmente desaparece. Bella suspira en alivio y corre hacia Edward que está golpeado y confundido.
—¿Edward? ¿Estás bien? Oh Dios —dice Bella la ver los cortes en la cara de Edward y la nariz sangrante.
—Creo que sí, ¿qué demonios fue eso? —él dice levantándose con ayuda de Bella.
—Aro —ella responde simplemente.
—Bella, lo siento, en verdad, no quería decírtelo así. Lo siento, lo siento tanto en verdad —él dice recargando su cara sangrante en el vestido amarillo de Bella.
Ella se queda inerte, conteniendo el llanto, su garganta en un nudo mientras siente lo cálido de su cuerpo sobre ella. Quiere abrazarlo y consolarlo, pero ¿consolarlo por qué? Él ocasionó todo esto, ella es la que necesita consuelo. Él se aferra a ella, hundiendo su cara en su cuello, buscando refugio, refugio que ella no va a darle.
—¿Crees que puedas pararte? —pregunta Bella ignorando los intentos de Edward por el contacto que está rogando con su cuerpo.
—Creo que sí —responde Edward finalmente al darse cuenta que ella lo está ignorando.
—Vamos, te ayudaré a subir las escaleras —ella dice fríamente.
X*-*X-*X
—No se ve como algo que ocupe sutura, pero después de todo el doctor eres tú —ella dice quitando con unas pinzas el resto de vidrios encajados en el cuello y cara de Edward.
Edward no responde, en vez de eso cierra los ojos. Disfruta este triste y sádico contacto, esta mezcla de dolor y placer que lo hacen sentirse un pervertido. Puede acostumbrarse a esto; al tacto lejano de ella, a ser como un animal herido que causa lástima, que ruega por un poco de afecto. Tal vez se está volviendo loco, pero la idea le es apetecible.
—¿Cómo está tu mano? —ella pregunta al terminar de quitar los vidrios.
Edward abre los ojos, levanta la mano y la examina: tiene varios vidrios incrustados.
—Son sólo vidrios —él dice mirándola directamente. Bella no regresa la mirada.
Ella toma la mano de Edward y cogiendo sus pinzas empieza el mismo proceso que hizo con su cara.
—Podría acostumbrarme a esto —él dice en voz baja, sin dejar de mirarla.
Bella, por primera vez levanta la mirada.
—¿A qué? ¿A Aro casi matándote a golpes? —ella pregunta molesta.
—No, a que toques mis heridas, se siente bien cuando tocas y causas un poco de dolor. Es como justicia.
Bella inmediatamente suelta la mano de Edward como si fuera hierro ardiente. Ella se le queda mirando, tratando de entender sus palabras.
—No creo en ese tipo de justicia —ella responde con voz seca.
—¿En cuál tipo de justicia entonces? —él pregunta.
—En la divina, no la del hombre, pero a veces... —Ella baja la cabeza, se mira tan joven, tan inocente—, a veces como hoy, la venganza se siente como algo que puedo tocar, algo bueno. Pero es corrupto, no creo en la venganza —ella dice sacudiendo la cabeza.
—¿No? ¿Segura? Podrías vengarte de mí de tantas maneras. ¿No te daría un poco de paz? ¿No te haría sentir mejor?
Bella siente como si él pudiera ver dentro de su perturbado corazón, como si conociese ese dilema que no la deja dormir. ¿Vengarse? ¿Cuántas veces no ha deseado eso? Él es como el demonio, tentándola, ofreciéndole miel y leche en una tierra de hambruna.
—No quiero ser cruel —ella dice poco convencida.
—Es muy tarde querida, eres cruel aun cuando eres dulce, como ahora; pero me gustas cruel y dulce, eres mi hermoso ángel vengador —él dice en broma riéndose, luego se pone serio—. Quieres tomar represalias y no lo haces, y por eso temo por ti, nadie hará justicia por ti, querida. Crees que es malo, que es... corrupto —él dice repitiendo sus palabras—. No es corrupto si te doy permiso, puedes arremeter contra mí, estoy preparado para tu ira, de hecho la espero.
—¿Por qué? —ella pregunta consternada—. ¿Por qué me pides algo así?
—Porque te hará libre; a ti y a mí de ser quien realmente somos. Quieres guerra, pero no quieres derramar sangre.
—Entonces, ¿la siguiente vez sólo dejo que Aro te mate a golpes? ¿Eso quieres? —ella pregunta molesta.
—No lo sé, ¿eso quieres? —él pregunta con cierto tono burlón y serio al mismo tiempo. Bella siente que Edward no es Edward realmente, sino un hombre que apenas está empezando a conocer.
—No te burles de mí —ella contesta entre dientes, dando un paso hacia la puerta del baño.
Edward la detiene con su mano, tomando su hombro.
—Lo siento, sobre tu padre, lamento que los únicos hombres en tu vida sean una mierda de persona y lamento que nos cueste tanto demostrar lo que sentimos.
Bella lo mira un momento.
—Te equivocas, ustedes no son los únicos hombres en mi vida.
Y luego sale del cuarto de baño.
