Capitulo 36
—Eres… tan… dulce —murmura entrecortadamente.
El ascensor se detiene, se abre la puerta, y en un abrir y cerrar de ojos me suelta y se aparta de mí. Tres hombres trajeados nos miran y entran sonriéndose.
Me late el corazón a toda prisa. Me siento como si hubiera subido corriendo por una gran pendiente. Quiero inclinarme y sujetarme las rodillas, pero sería demasiado obvio. Lo miro. Parece absolutamente tranquilo, como si hubiera estado haciendo el crucigrama del capítol Times.
Qué injusto. ¿No le afecta lo más mínimo mi presencia? Me mira de reojo y deja escapar un ligero suspiro. Vale, le afecta, y la pequeña diosa que llevo dentro menea las caderas y baila una samba para celebrar la victoria. Los hombres de negocios se bajan en la primera planta. Solo nos queda una.
—Te has lavado los dientes —me dice mirándome fijamente.
—He utilizado tu cepillo.
Sus labios esbozan una media sonrisa.
—Ay, Katnnis Everdeen, ¿qué voy a hacer contigo?
Las puertas se abren en la planta baja, me coge de la mano y tira de mí.
— ¿Qué tendrán los ascensores? —murmura para sí mismo cruzando el vestíbulo a grandes zancadas.
Lucho por mantener su paso, porque todo mi raciocinio se ha quedado desparramado por el suelo y las paredes del ascensor número 3 del hotel Rosewood. Peeta abre la puerta del copiloto del Aud negro y subo. Menudo cochazo. No ha mencionado el arrebato pasional del ascensor. ¿Debería decir algo yo? ¿Deberíamos comentarlo o fingir que no ha pasado nada? Apenas parece real, mi primer beso con forcejeo.
A medida que avanzan los minutos, le asigno un carácter mítico, como una leyenda del rey Arturo o de la Atlántida. No ha sucedido, nunca ha existido. Quizá me lo he imaginado. No. Me toco los labios, hinchados por el beso. Sin la menor duda ha sucedido. Soy otra mujer. Deseo a este hombre desesperadamente, y él me ha deseado a mí.
Lo miro, Peeta está como siempre, correcto y ligeramente distante. No entiendo nada. Arranca el motor y abandona su plaza de parking. Enciende el equipo de música. El dulce y mágico sonido de dos mujeres cantando invade el coche. Uau… Mis sentidos están alborotados, así que me afecta el doble. Los escalofríos me recorren la columna vertebral. Peeta conduce de forma tranquila y confiada hacia el Park Avenue.
— ¿Qué es lo que suena?
—Es el «Dúo de las flores» de Delibes, de la ópera Lakmé. ¿Te gusta?
—Peeta, es precioso.
—Sí, ¿verdad?
Sonríe y me lanza una rápida mirada. Y por un momento parece de su edad, joven, despreocupado y guapo hasta perder el sentido. ¿Es esta la clave para acceder a él? ¿La música? Escucho las voces angelicales, sugerentes y seductoras.
— ¿Puedes volver a ponerlo?
—Claro.
Peeta pulsa un botón, y la música vuelve a acariciarme. Invade mis sentidos de forma lenta, suave y dulce.
— ¿Te gusta la música clásica? —le pregunto intentando hacer una incursión en sus gustos personales.
—Mis gustos son eclécticos, Katnnis. De Thomas Tallis a los Kings of León. Depende de mi estado de ánimo. ¿Y los tuyos?
—Los míos también. Aunque no conozco a Thomas Tallis.
Se gira, me mira un instante y vuelve a fijar los ojos en la carretera.
—Algún día te tocaré algo de él. Es un compositor británico del siglo XVI. Música coral eclesiástica de la época de los Tudor. —Me sonríe—. Suena muy esotérico, lo sé, pero es mágica.
Pulsa un botón y empiezan a sonar los Kings of León. A estos los conozco. «Sex on Fire.» Muy oportuno. De pronto el sonido de un teléfono móvil interrumpe la música. Peeta pulsa un botón del volante.
—Mellark —contesta bruscamente.
—Señor Mellark, soy Beetee. Tengo la información que pidió. Una voz áspera e incorpórea que llega por los altavoces.
—Bien. Mándemela por e-mail. ¿Algo más?
—Nada más, señor.
Pulsa el botón, la llamada se corta y vuelve a sonar la música. Ni adiós ni gracias. Me alegro mucho de no haberme planteado la posibilidad de trabajar para él. Me estremezco solo de pensarlo. Es demasiado controlador y frío con sus empleados. El teléfono vuelve a interrumpir la música.
—Mellark.
—Le han mandado por e-mail el acuerdo de confidencialidad, señor Mellark.
Es una voz de mujer.
—Bien. Eso es todo, Johana.
—Que tenga un buen día, señor.
Peeta cuelga pulsando el botón del volante. La música apenas ha empezado a sonar cuando vuelve a sonar el teléfono. ¿En esto consiste su vida, en contestar una y otra vez al teléfono?
—Mellark —dice bruscamente.
—Hola, Peeta. ¿Has echado un polvo?
—Hola, Finnick… Estoy con las manos libres, y no voy solo en el coche.
Peeta suspira.
—¿Quién va contigo?
Peeta mueve la cabeza. —Katnnis Everdeen.
— ¡Hola, Katnnis!
—Hola, Finnick.
—Me han hablado mucho de ti —murmura Finnick con voz ronca.
Peeta frunce el ceño.
—No te creas una palabra de lo que te cuente Annie
Finnick se ríe.
—Estoy llevando a Katnnis a su casa —dice Peeta recalcando mi nombre completo. —¿Quieres que te recoja?
—Claro.
—Hasta ahora.
Peeta cuelga y vuelve a sonar la música.
. —Katnnis… —me dice pensativo. Lo miro con mala cara, pero no me hace caso. —Lo que ha pasado en el ascensor… no volverá a pasar. Bueno, a menos que sea premeditado —dice él. Detiene el coche frente a mi casa.
Me doy cuenta de pronto de que no me ha preguntado dónde vivo. Ya lo sabe. Claro que sabe dónde vivo, porque me envió los libros. ¿Cómo no iba a saberlo un acosador que sabe rastrear la localización de un móvil y que tiene un helicóptero?
¿Por qué no va a volver a besarme? Hago un gesto de disgusto al pensarlo. No lo entiendo. La verdad es que debería apellidarse Enigmático, no Mellark. Sale del coche y lo rodea caminando con elegancia hasta mi puerta, que abre. Siempre es un perfecto caballero, excepto quizá en raros y preciosos momentos en los ascensores. Me ruborizo al recordar su boca pegada a la mía y se me pasa por la cabeza la idea de que yo no he podido tocarlo. Quería deslizar mis dedos por su pelo alborotado, pero no podía mover las manos. Me siento, en retrospectiva, frustrada.
