Disclaimer: Los personajes los tomé prestados, lo demás es completamente mío.
Casi subo esto mañana, porque mi internet siguió su tradición de caerse la noche del domingo y volver cuando estoy a punto de rendirme. Pero lo bueno es que volvió y tenemos nuevo capítulo.
Como siempre, les agradezco a quienes dejaron reviews en el capítulo anterior: Las Letras de Anna, Molita, Proud Vegetable y a la invitada sin nombre. Sus palabras siempre me animan a seguir escribiendo. Por supuesto gracias también a quienes dejan favoritos o follows, y a quienes leen desde la sombras (FF me deja ver las estadísticas de mis historias, sé que están ahí).
Y los dejo con el capítulo.
Canción recomendada: "I Hope I Don't Fall in Love with You" de Tom Waits (no puedo creer que no lo haya usado antes).
Chocolate y café amargo
Capítulo 34 (parte 2)
Secretos
Efectivamente, las papas fritas del restaurant que Darcy había recomendado eran estupendas. Lizzie aún dudaba sobre si eran mejores que las de Liverpool. Después de eso, la había llevado a una heladería estupenda. Darcy había elegido uno de chocolate, y ella había tomado su favorito, frambuesas.
—Esto es espectacular —dijo ella, sonriendo de oreja a oreja mientras volvían a la calle.
—Tienes helado en la nariz —respondió Darcy, sonriendo con una mueca—. Un segundo —añadió, tomando su servilleta y pasándosela rápidamente por la nariz.
La joven se quedó quieta, repentinamente muy consciente del calor de la piel de Darcy a través de la servilleta y de lo cerca que estaba de ella.
—Nunca voy a aprender a comer helado como una adulta —bufó, cuando él se hubo apartado.
—No creo que nadie pueda hacerlo. Gigi tiene la teoría de que comer helado automáticamente te quita años —bromeó él a su vez.
—Es posible —respondió Lizzie—. Por cierto, tú también tienes helado en la nariz —añadió.
Darcy inclinó la cabeza, lo que lo hacía parecer divertido. Lizzie estaba acostumbrada a verlo con una expresión estirada. Esa imagen de Darcy relajado le gustaba mucho más, si tenía que ser sincera.
—¿Dónde?
—Ahí —dijo Lizzie, estirando la mano que sostenía el cono y manchándole la cara con helado de frambuesas—. Ups.
—Muy graciosa —protestó él limpiándose la cara con gesto de irritación—. Gigi siempre hace este tipo de cosas—. No te lo devuelvo sólo porque este es mi helado preferido.
—Y porque eres un caballero —bromeó Lizzie con una sonrisa divertida.
—Eso también.
—¿Cuál es el plan ahora? —preguntó ella, dándose cuenta de que no tenía ni la menor idea de hacia dónde iban.
—Una sorpresa, Bennet. No trates de estropearla adivinando —replicó él.
Estaban caminando por una calle de adoquines antiguos, bordeada por árboles que recién estaban recuperando sus hojas después del invierno. Algunos incluso mostraban los primeros brotes de flores. La gente que caminaba por ahí parecía relajada. Algo completamente inusual para la gente de Londres, que normalmente estaban estresados y corriendo de lado a lado.
—Vale. ¿Te importa si te hago una pregunta? —Darcy la miró de reojo, pero asintió sin más—. Después de nuestra… conversación —dijo rápidamente, sin saber muy bien cómo referirse a esa noche junto a su ventana—. ¿Has hablado con Bingley? ¿Acerca de Jane?
—Sí, algo así.
—¿Cómo algo así?
—Algo así… empecé a hablarle y terminó golpeándome —dijo él sin mirarla directamente.
—¿Lo siento? —musitó Lizzie con una mueca.
—No lo sientas tanto. Me lo merecía. Y Charles tiene el peor gancho derecho de la historia del universo —respondió él en un tono burlón, aunque Lizzie tuvo la impresión de que lo estaba haciendo para ocultar algo más.
—¿Qué le dijiste?
—Que tenía razones para creer que me había equivocado acerca de Jane y que seguramente necesitaba hablar con ella de una vez por todas.
—¿Y te golpeó por eso?
—No exactamente. Pero no voy a repetirte toda la conversación que tuvimos. No vale la pena.
Lizzie arrugó el ceño. Por supuesto que valía la pena que él le dijera lo que había sucedido. Después de todo, su hermana era una de las interesadas en la historia. Ella misma tenía todo el derecho del mundo a saber qué era lo que había pasado entre ambos. Y quería saberlo.
—Vamos, dime qué te dijo.
—¿Te han dicho alguna vez que eres extremadamente curiosa? —preguntó Darcy alzando una ceja.
—Un par de veces. Vamos, dímelo —insistió ella, ignorando la ceja alzada de su compañero—. Juro que no se lo diré a nadie.
—¿No crees que es un asunto de Charles y Jane? Al menos yo, creo que ya me involucré lo suficiente.
Y que lo dijera. Algo de razón tenía, pero Lizzie no quería aceptarlo tan fácilmente. Después de todo, había visto a su hermana con el corazón destrozado por culpa del involucramiento de Darcy. Necesitaba saber qué le había dicho a Bingley para convencerlo de volver a hablar con Jane.
—¿Por favor?
—Vale, pero no entraré en detalles. Le dije que creía que Jane quería volver a verlo y que probablemente yo lo había manipulado para hacerlo alejarse de Liverpool.
—Oh. —Ahora entendía por qué su amigo lo había golpeado. Lizzie no se imaginaba cuál sería su reacción si uno de sus amigos admitiera manipularla por cualquier motivo—. No era necesario que le dijeras eso.
—Claro que lo era. Es la verdad.
Lizzie lo miró, impresionada. No era sólo que Darcy hubiera sido así de sincero con Bingley, pero lo había hecho sabiendo que podía afectar su amistad con él. ¿Acaso estaba tratando de rectificar sus errores del pasado?
—¿Y tú siempre dices la verdad?
—Sí. Mis padres me educaron para que fuera sincero —respondió él, con una sonrisa—. Mi padre siempre decía que lo más importante era que la gente pudiera creer en tu palabra a pies juntillas. Sólo con eso, el mundo entero estaría a tus pies.
—¿Sí?
—No sé si el mundo está a mis pies, pero en realidad no me ha ido mal en la vida, así que asumo que tan mal no puedo estar.
—Ya. Tu padre suena inteligente.
—Lo es.
Lizzie sonrió. Le gustaba ver ese lado de Darcy, el que estaba segura que nunca le mostraba a nadie más. O a poca gente. Después de todo, desde el primer día Darcy había demostrado ser una persona reservada. ¿Qué significaba que estuviese bajando las barreras con ellas? No podía entenderlo del todo.
Quizás sí lo entendía. Después de todo, apenas habían pasado unas semanas desde que él le había dicho que estaba enamorado de ella. ¿Seguiría sintiendo lo mismo, a pesar de todo lo que ella le había dicho?
Y aún peor: ¿ella estaba cambiando de opinión?
Porque unas semanas atrás lo había tenido muy claro. Darcy era el último hombre en todo el universo que le podría gustar. Porque era arrogante, creído y pensaba que era mejor que todo el resto del universo, que no se merecía que él los mirara. Pero ahora las cosas no eran tan blancas ni negras. Especialmente porque se estaba dando cuenta de que Darcy no era tan terrible como siempre había pensado. Lo que era… sorprendente, por decir lo menos. Ella siempre se había preciado de ser muy perspicaz con los demás. Una experta en leer a las personas.
Menudo fraude.
—¿Dónde vamos?
—Te dije que esperaras —respondió él encogiéndose de hombros—. No seas impaciente, Elizabeth Bennet.
Por un momento, Lizzie se sintió extraña. Su nombre en los labios de Darcy había sonado extraño, pero no como algo malo. Sólo algo fuera de lo normal. Algo que ella no sabía si le gustaba.
—Estamos llegando, por cierto —comentó.
Lizzie intentó reconocer la zona, pero lo cierto era que no estaba muy acostumbrada a la ciudad y no podía saber en dónde estaban hasta ver un lugar conocido. Por supuesto, no mucho después, un monumento apareció en su campo visual.
—¿Qué hacemos en el monumento a Victoria y Alberto?
—No venimos al monumento. Vamos a cruzar la calle —replicó él con una sonrisa.
—¿Al Royal Albert Hall?
—Un poco más allá —respondió Darcy, indicándole que siguiera uno de los pasos de cebra que cruzaban hacia el famoso teatro, que rodearon rápidamente. Detrás, la Academia Real de Música se alzaba en un edificio de ladrillos.
—¿Qué estamos haciendo aquí?
—Quería mostrarte algo —dijo el joven, dirigiéndose a la entrada. El portero era un hombre mayor, que lo saludó como si lo hubiera visto el día anterior—. Buenas tardes, señor MacDonald.
—Joven Darcy, es un placer verlo por aquí. Pensaba que se había ido a Oxford.
—Me fui. Pero ahora estoy de visita en Londres. Ella es Lizzie, una amiga —añadió, señalando a la muchacha que lo acompañaba. El portero la saludó con una inclinación de cabeza—. Por casualidad, ¿no habrá un auditorio desocupado?
El hombre sonrió como un cómplice, mirando de reojo a Lizzie.
—Me parece que el auditorio tres está libre a esta hora —dijo—. Pero si le dicen algo, yo no se lo dije.
—Por supuesto —dijo Darcy, entrando al vestíbulo del edificio, con Lizzie a la saga. Los pasillos eran amplios. Aquí y allá habían jóvenes que arrastraban las cajas de sus instrumentos, o practicando en los rincones.
Darcy se movía con seguridad, a pesar de que Lizzie tenía la impresión de que los pasillos eran una especie de laberinto. Aunque claro, a ella le había costado dos años acostumbrarse a moverse por su universidad. No era tan simple.
—Aquí es.
El número tres dorado sobre la puerta le indicó a Lizzie que habían llegado a su destino. Darcy le abrió la puerta y le indicó que entrara.
—Rápido, antes de que alguien nos vea.
No era cómo Lizzie se había imaginado un auditorio de la Real Academia de Música. El mero nombre de la institución bastaba para que uno se la imaginara como un lugar lleno de pompa. El lugar era bastante moderno y pequeño. No podía haber más de cien butacas ahí, todas forradas en terciopelo azul marino.
Darcy le cogió la mano y la llevó hacia el pequeño escenario que coronaba el lugar. Un piano de cola estaba ahí. Seguramente lo utilizaban para ensayar los conciertos o algo así.
—¿Qué estás haciendo, Darcy? —preguntó ella, pero no hizo ningún movimiento para deshacerse del agarre del joven—. ¡Deja de hacerte el misterioso! ¿Acaso planeaste esto?
—Puede ser —respondió él, soltándole la mano y sentándose en el piso frente al piano—. Sólo quería mostrarte algo que me gustaba.
—Podrías habérmelo dicho —replicó Lizzie sentándose a su lado—. Al menos me hubieras dado la posibilidad de decir que no.
—¿Lo hubieras hecho?
Esa era la pregunta. ¿Lo hubiera hecho? Siempre había podido negarse a la sorpresa de Darcy. Y él no parecía el tipo que le haría daño. A nadie, de hecho. ¿De verdad algunas vez había pensado que él era terrible?
—No lo sé —admitió.
—No te habría culpado si lo hubieras hecho —dijo Darcy al tiempo que levantaba la tapa del piano. Las teclas estaban brillando como si acabaran de pulirlas. El joven pasó los dedos suavemente sobre ellas, sin presionarlas—. ¿Te dije que estoy componiendo de nuevo?
—Creo que lo mencionaste cuando nos vimos ayer.
—¿Quieres escuchar algo? No es la gran cosa, pero es lo que llevo.
Lizzie asintió, sin decir nada. ¿No era extraño que ese lugar desconocido de repente se sintiese más cómodo?
Darcy empezó a tocar, deslizando sus manos sobre el teclado con maestría. La melodía era sencilla, pero a Lizzie le pareció que había algo complejo en ella. En la forma que tenía Darcy de mostrar sus emociones con las teclas. Sólo lo había visto tocar guitarra en el bar, pero eso había sido completamente diferente.
Se quedó en silencio, temiendo que si respiraba más fuerte de lo normal, ese algo que se había instalado entre ellos fuera a romperse. No quería que se rompiera, quería mantenerlo así por siempre.
—Aún no tengo la letra —dijo Darcy al terminar de tocar—. Y aún no está terminada, pero es lo primero que escribo en mucho tiempo.
—Es preciosa —musitó Lizzie.
Súbitamente era consciente de que él estaba muy cerca de ella, tanto que sus muslos se tocaban. Su ropa de repente le pareció demasiado delgada, especialmente si era la única capa que la separaba de Darcy.
—Lizzie… —musitó él, acercándose a ella.
La joven sabía lo que iba a pasar. Y no iba a detenerlo por ningún motivo. Quería que pasara. Quería besar a Darcy.
Sin embargo, su teléfono tenía otras intenciones. Antes de que los labios de Darcy rozaran los suyos, el celular de Lizzie comenzó a sonar.
—Mierda, lo siento —masculló mirando a Darcy que se había echado hacia atrás al escuchar el ruido. Lizzie rebuscó en su bolso. La pantalla de su teléfono mostraba Jane. Jane nunca la llamaba si no era para algo urgente—. ¿Aló?
—Lizzie, gracias a Dios. —Su hermana sonaba preocupada—. Lydia despareció.
Ay, creo que yo estoy un poco enamorada de Darcy. Bueno, en realidad sí que sí. Ahora estoy más enamorada de mi Darcy que antes, porque los músicos serán por siempre mi debilidad (es cosa de ver la lista de todos los hombres que me han gustado en la vida). Normal que Lizzie tuviera ganas de besarlo.
Bueno, ahora me voy a leer. Estoy leyendo un libro de una escritora inglesa contemporánea a Jane Austen (Frances Burney, 1752-1840). Tiene pinta de ser divertido y a mí el humor me pierde. Uno de mis favoritos es La feria de las vanidades, de William Makepeace Thackeray, que debe ser uno de los libros más graciosos que he leído en mi vida. Muy recomendado. Oh, y tengo una copia bilingüe de la poesía de Shakespeare, que es amor.
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
