XXXVI. Un nuevo amigo

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—Maldita primera cita, maldita primera cita —murmuré con dientes y puños apretados, mientras caminaba calle arriba convertida en un demonio.

Aún era temprano; apenas había transcurrido media hora desde que había llegado y el pueblo de Hogsmeade estaba lleno de vida en esos instantes. Hacía calor y el cielo estaba despejado. Nada parecía acorde a mi estado de ánimos en esos momentos.

Miré de reojo hacia atrás, oyendo unas pisadas, como si alguien me estuviera siguiendo. Tuve la esperanza de que fuese Snape, pero la sombra que noté era demasiado pequeña para ser él. Me giré por completo, decepcionada al ver que no era más que un perro callejero en búsqueda de comida. A mi corazón se le trizó una puntita.

—¡Pero qué he hecho! —me regañé a mí misma alterada, regresando al Cabeza de Puerco, pensando en disculparme por mi precipitada actuación infantil.

Sin embargo, la mesa ya estaba ocupada por otras personas. Severus se había ido.

—¿Si? —me preguntó una bruja que estaba sentada en una de las sillas y era tremendamente fea, con una verruga decorando su prominente mentón.

—Nada — contesté con sequedad, abatida, marchándome de ahí con los pies pesados.

Snape me había dejado plantada.

No es mi culpa. ¡Es su culpa! Él se estaba quejando por todo… él. Si él no se hubiese comportado así, yo no…

Bien sabía yo que él no me había dejado plantada, pero siempre se hacía más fácil echarle la culpa a los demás.

Metiendo mis manos en los bolsillos, seguí caminando hasta que tuve la visión completa de Hogwarts. El perro que había estado hace un rato en busca de comida, siguió mis pasos. Me senté en un trozo de madera mal cortado y conté las ventanas iluminadas del castillo. El animal se acercó a mí y estiró su nariz en dirección a mi cabello, relamiéndose. Era un perro con problemas de alcoholismo: mi pelo estaba apestado de cerveza.

—Lo siento, nadie lame mi cabeza —le advertí con desgana. El perro me miró con la cabeza torcida y se sentó a mi lado, expectante.

Suspiré con desparpajo.

Lejos quedaban los días en que estaba en Hogwarts, contenta con mis amigos, despreocupada, inocente.

"¿Inocente?" ¡Pero qué diablos!

—Demonios, Tonks, qué pasa contigo. ¡Basta de sentimentalismo! —me reincorporé, inflando el pecho — Primero que todo, jamás fui inocente, eras una perra descarada. Y, segundo, ¡El séptimo año de colegio fue peor que todo esto! —señalé con un dedo al perro callejero — Tú, lord Perro de Las Calles, serás testigo de lo que diré ahora: No voy a sufrir por Severus Snape. ¡Si quiere indiferencia, indiferencia tendrá!

Cuando llegué a casa, las luces estaban prendidas. No había nadie en la sala, mis padres ya estaban acostados, conversando alegremente. Habían dejado la luz encendida para mí.

—Hola, hija —saludó mi padre con un movimiento de su mano cuando asomé mi rostro por la puerta.

—¿Cómo les fue con su almuerzo-cena con tu amiga, mamá? —pregunté. La verdad, es que no me interesaba, pero no quería deprimirme, así que tenía que comunicarme con la gente para no decaer.

—Muy bien. ¿Y tú? ¿Por qué se te ve el pelo tan raro? —dijo mi madre, frunciendo el ceño. Luego, se le iluminó el rostro — ¡Tu pelo está normal! —chilló como si estuviera teniendo un orgasmo —¡Te ves tan linda!

Hice una mueca, rodando los ojos.

—No te ilusiones, Drómeda. Esto está a punto de desaparecer. Sólo lo cambié porque tenía una reunión formal hoy, muy, muy formal, así que... traté de verme lo más normal posible.

—Yo creo que te queda mejor el morado o el rosado, hija —apoyó mi padre con convicción.

—¡Ted! —saltó mi madre, dándole un codazo — ¡No le des más ideas raras!

—Mamá, no puedo tener ideas más raras de las que ya existen en mi cabeza. Así que, cálmate.

Les di las buenas noches y pasé directo a la ducha, donde me entretuve un buen rato, tratando de borrar todo el rastro de alcohol de mi cabeza.

—Lo siento mucho, madre, pero el pelo corto se seca más rápido, sobre todo si es de color rosado.

Arrugando mi cara y haciendo algo de esfuerzo, recobré mi estilo usual. Eso me hacía sentir mucho más yo, más liviana y despreocupada.

No pretendas que no te importa, Tonks, estás a punto de estallar en lágrimas de vergüenza…

—No, cerebro, lo siento mucho, pero hoy no lloraré lágrimas de vergüenza… pero, tal vez, lo haga mañana.

Sacudí mi cabeza como un perro antes de salir del baño, con el fin de sacar el máximo de agua y el máximo de ideas y pensamientos frustrantes.

La mayoría de las veces me desprendía de la toalla cuando llegaba a mi cuarto. Esta vez, esperé a prender la luz para hacerlo, pero me paralicé cuando vi que alguien estaba sentado en mi cama. Los ojos se me desorbitaron por la confusión y la sorpresa. Mi expresión se reflejó en el rostro del individuo. Pude sentir cómo sus ojos iban desde mi pelo, pasando por mis hombres y brazos humedecidos, hasta la esponjosa y gran toalla que cubría tres cuartos de mis extremidades. Desde luego, era lo menos sexy que podía existir en ese momento: mi cabeza parecía un erizo y aumentaba tres kilos visualmente con esa toalla.

—¿Me he vuelto loca? —pregunté por lo bajo, sin pretender que la persona oyera.

Pero éste me escuchó.

—Por supuesto que sí —susurró colocándose de pie —. No puedes salir huyendo en medio de una cita, Nymphadora.

Me incliné hacia él, desafiante.

—¿Y qué me dices de ti? ¿Eh? Te fui a buscar y no estabas, así que yo no soy la única cobarde —fruncí el ceño —. ¿Cómo entraste?

—No es difícil entrar a tu habitación si no hay nadie en la casa —arqueé las cejas. Evidentemente había llegado algunos minutos antes que mis padres —. Y no me cambies el tema —se aproximó —. Tuve una emergencia — añadió tocándose el antebrazo izquierdo —. Te iba a ir a buscar.

De pronto, mi corazón latió más fuerte.

—Bien, no debí dejarte plantado —repliqué —. Pero, es que en realidad no entiendo cómo esto puede funcionar… —vacilé —. Yo quiero estar contigo, de verdad —miré un punto fijo en su cuello. Su mirada era demasiado penetrante para aguantarla —. Sin embargo… hoy estuviste tan extraño, como tímido, como si yo te desagradara, o te avergonzara.

Se colocó una mano en la sien, reclutando motas de paciencia. De súbito, me agarró de los hombros y me apegó a la puerta con algo de brusquedad.

—¿No comprendes?

—No, definitivamente no.

—No sabes la inquietud que me carcome pensando en lo que te sucedería si nos vieran juntos —susurró con dientes apretados —. No estuve nervioso por ti —hizo una mueca de "eso es ridículo" —, no estoy avergonzado de ti, y está claro que no me desagradas; ese es un pensamiento totalmente absurdo. El punto es, que no puedo estar completamente tranquilo cuando estamos en público —cerró los ojos con fuerza —. Y, tienes que acostumbrarte a que no estoy acostumbrado —añadió con sequedad.

—Entiendo, pero eso no quita el hecho de que eres un idiota —contesté haciéndole un desprecio —. Fue un fracaso de cita. La peor cita de la existencia. Ni siquiera con el baboso de… —me callé al captar su ávida mirada de alarma — Eso.

—¿El "baboso" de…?

—Nadie. A ti no te incumbe.

Acercó su ganchuda nariz a la mía.

—Difícil que trates de esconder pensamientos, cuando sabes perfectamente que puedo mirar tus ojos e interpretar algunas cosas, sobre todo cuando estás dándole vueltas arduamente al mismo pensamiento… —hizo una pausa — ¿Eric Munch? ¿En serio?

—Oye, no me gusta, pero tú tampoco eres la gran cosa —rezongué, picada.

—Perfecto.

—Sí, perfecto.

—Tienes problemas de autoestima, entonces.

—¿Por qué?

—Si dices que no soy la "gran cosa", no entiendo cómo estás conmigo —sonrió con maldad —. Pero bueno, yo tampoco estoy con una princesa de cuentos de hadas —miró mi pelo.

—Eso lo tengo claro. Ahora déjame pasar, que me quiero vestir.

Traté de evadirlo, pero ya me había agarrado por los brazos para besarme y, esta vez, fue en serio. Sus labios atraparon los míos sin vacilación.

Me sentí extraña, libre, demasiado libre tal vez para desinhibirme por completo. Habría sido sencillo, tan fácil haber sacado mi mano del nudo que afirmaba mi toalla, pero no pude: mis padres estaban cruzando el pasillo, pero no, esa no era la razón. Jamás había estado tan expuesta, sin presiones…

El beso era fogoso, cargado de deseo. Snape tenía hundidas sus manos en mi espalda, sin permitir que me despegara ni un solo centímetro de su tibio cuerpo. Con mi mano libre yo le sujetaba la mandíbula para sentir, por lo menos, que era yo la que dirigía el beso.

Tras varios minutos de aquella pelea de lenguas, labios y mordidas, Severus descendió hasta mi cuello. Al principio me sentí excitada, pero ese sentimiento de libertad extrema, sumando al hecho que mis padres estaban presentes en la casa, me causaron inquietud. Cuando sentí que una de sus manos comenzó a descender por mi espalda, mucho más abajo, lo empujé.

—Hoy no —dije automáticamente, tratando de calmar mi respiración.

—¿"Hoy no" qué? —preguntó con brusquedad, apartándose el cabello de la cara con brío.

—No puedo hacer el amor contigo —le escupí sin pensar en las consecuencias que tendría esa frase. Estaba dirigiéndome a Snape, no obstante, había olvidado que era un hombre, un hombre como cualquier otro.

Me miró fijamente, anonadado. Su rostro se ensombreció fracción de segundos más tarde.

—No pensaba tener sexo contigo, Nymphadora —masculló en una voz que apenas pude oír —. No te hagas ilusiones.

Pestañeé, reaccionando.

—No, no me entendiste, no me estoy ilusionando… —me callé. Estaba empeorando la situación.

—Te entendí perfectamente —se colocó la capucha encima —. Te veo luego — se despidió y se esfumó directamente de mi pieza, provocando un fuerte estampido.

Seguro mis padres pensaron que había botado algo, así que no asomaron sus narices entrometidas en mi habitación.

Cerré los ojos, impresionada de mi falta de sesos.

—Bien hecho, Tonks —sonreí con desgana —. Le has atacado justo en donde más le duele sin proponértelo.

Eso me pasa por tener tan poca experiencia con hombres. Debí haber salido más, debí haber tenido muchos novios, tantos, que no me alcanzaran ni las manos ni los pies para contarlos.

—Si la estupidez se midiera con un estupidómetro, seguro que estallaría por estar en un nivel tan elevado.

Todo ocurrió tan rápido, que sentí quedarme en estado de shock.

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La siguiente semana tuve menos trabajo, tanto en el Ministerio como de la Orden, pero me hubiera gustado que hubiese sido igual de ajetreada como la anterior para tener menos tiempo libre. Suerte que en Grimmauld Place siempre era bienvenida, así que en mis ratos de ocio, me iba para allá: no era una buena actriz y Drómeda me habría calado de inmediato, habría sabido que algo me ocurría y, definitivamente, no pensaba decirle que había rechazado a Snape sexualmente. Por lo tanto, preferí pasar mi tiempo en lugares donde nadie me hiciera interrogaciones. Por supuesto, ese ya no era el único problema: no había sabido nada de él desde el domingo. Creí que iría de inmediato al día siguiente a verme y a exigirme explicaciones, pero no fue así. La culpabilidad me estaba embargando poco a poco.

—Hoy estás más callada —me dijo alguien cuando estaba sentada en el brazo de un sofá de la sala más grande, mirando por la ventana hacia la calle, viendo a los muggles pasar —. No has derribado nada.

Me sobresalté. Remus acababa de entrar con un periódico en la mano. Eran cerca de las siete de la tarde y el sol comenzaba a descender.

—Ah, pues…

Y yo que pensaba que aquí tendría paz mental.

Remus sonrió amablemente.

—No te preocupes. No te molestaré, solo quería comprobar si estabas bien.

Se dio media vuelta para retirarse, pero algo en mí hizo conexión.

—Por favor, no te vayas —le dije con un hilo de voz, temiendo a que sonara demasiado patético de mi parte. Remus Lupin me inspiraba tanta confianza…

Me miró con atención. Luego, bajó los hombros y caminó hasta mí para sentarse en el otro brazo del sofá. Yo, en cambio, desvié la mirada hasta la ventana y seguí observando el caminar de los muggles. Oí cómo el hombre abría el periódico para continuar leyendo.

Ninguno de los dos dijo nada.

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Miré a Remus. Eran las cuatro de la tarde del siguiente día. Había salido temprano del trabajo, pero esa noche me tocaba hacer la ronda de vigilancia.

Estábamos los dos solos en la cocina. Sirius había ido a alimentar a Buckbeak, quien habitaba la habitación de la vieja loca del cuadro gritón, su madre. Hacía calor, tanto, que no teníamos ninguna luz prendida. Estábamos sumergidos en la penumbra, pero Remus, nuevamente, leía El Profeta, alumbrando las páginas con la luz de la varita.

—¿Remus? —mascullé con timidez. No, usualmente no era tímida, pero tenía claro que a nadie le gustaba ser interrumpido mientras leía.

Cerró el periódico y me miró. Parecía haber estado esperando a que dijera algo.

—Tú… ¿Tú has estado enamorado alguna vez?

Definitivamente, no se esperaba esa bomba. Creo que le había hecho una pregunta así antes, pero creo que, en ese momento, había más confianza como para que me contestara con más sinceridad.

Abrió la boca y arqueó las cejas, pensativo.

—Claro que sí —contestó, a final —. Como todo el mundo, supongo.

—¿Sufriste por ella? ¿O por él? —añadí, sonriendo inocentemente.

Soltó una carcajada.

—Puedo asegurarte que fueron "ellas".

—Vaya, ese "ellas", suena a muchas chicas.

Se apoyó en el respaldo con soltura.

—No, no tantas, dos o tres, tal vez. Sí, tres. Dos de ellas en Hogwarts, y una ya cuando estaba en el Instituto. ¿A qué viene esa pregunta?

—No lo sé. ¿Sufriste por ellas?

—Creo que bastante, sólo pude salir con una de ellas. Las otras dos me rechazaron —sonrió amablemente.

—¿Y sigues viéndote con ella? —pregunté, sin saber cómo hablarle de mi problema.

—No, claro que no. Tuve que terminar con ella cuando me empezó a gustar la otra.

No pude evitar reír.

—Lo siento, es algo gracioso —me excusé a ver su expresión de sobrecogimiento.

—Sí, creo que es gracioso. ¿Acaso estás enamorada? —soltó de pronto, ladeando la cabeza.

—No, no. No. O sea… creo que tal vez. El problema es que no sé cómo manejar la situación —se inclinó con poco hacia mí, con interés — Él es una persona muy peculiar. Es muy… extraño.

Suspiré, mientras decidía cómo abarcar el tema.

—El asunto es que dije algo que no debería haber dicho, y él es extremadamente orgulloso como para acercarse a mí de nuevo.

Lupin retrocedió, súbitamente serio, pero yo lo tomé como que estaba procesando la información entregada.

—No sé si debería yo ir a buscarle o seguir esperando hasta que me convierta en una momia —finalicé apagadamente.

El mago se miró los dedos por unos segundos. Tal vez, tuviera dedos inteligentes que le dieran la respuesta. Finalmente, se giró hacia mí y puso una palma de su mano sobre la mía que estaba en la mesa.

—No creo que tengas que quedarte esperando. Deberías buscarle y explicarle las cosas —sonrió para influirme confianza —. Si le debes una disculpa, que no te de pena hacerlo. No vale la pena perder a alguien por el orgullo.

Asentí lentamente, tratando de encontrarle sentido a lo que decía. O sea, tenía sentido, pero el caso se estaba aplicando a Snape, y siempre que me había arrastrado como babosa… terminaba aplastada en el suelo por un pie gigante llamado "los sentimientos del murciélago de las mazmorras".

—Lo intentaré —respondí —. Pero, en el caso de que no lo hiciera, aún así, realmente te agradezco que…

La puerta se abrió abruptamente, dando paso a Kreacher, el elfo más viejo y amargado del universo. Como siempre, estaba murmurando insultos en voz lo suficientemente alta para que uno oyera. Nos quedó mirando, como si fuéramos una visión diabólica, con los ojos inyectados en sangre.

—Y la bestia con la fenómeno se toman de las manos descaradamente en la casa de mi ama, oh, qué diría mi ama si viera esta clase da actos…

Remus sacó su mano de la mía con rapidez al oír eso. Yo me puse de pie y sonreí a Kreacher mostrando todos mis dientes.

—… tan repulsivos. Y, ahora, la fenómeno me sonríe sin vergüenza alguna, como si estuviera planeando algo en contra del pobre Kreacher…

—¿Kreacher? —di un paso hasta él — ¿Te puedo besar?

El elfo doméstico se quedó de piedra por unos segundos, con los ojos desorbitados. Luego, retomando su repertorio de insultos, dio media vuelta y se fue.

Miré a Remus. Reímos un poco.

—¿Sabes, Remus? —dije, cargada de emoción — Eres un muy buen amigo.

Pude notar cómo sus ojos pardos se iluminaban al oírme decir eso.