Disclaimer: Estos personajes no me pertenecen y por lo tanto no gano dinero haciendo esto, solo la satisfacción de recibir sus comentarios, quejas o sugerencias…
Avisos: Esta historia contiene Slash, yaoi, m/m, está basada en El Lienzo Perdido y en el inframundo de Saint Seiya Saga de Hades. Contiene las parejas Minos/Albafica, Thanatos/Manigoldo, Manigoldo/Albafica. Tendrá escenas de violación, sadomasoquismo y relaciones entre dos hombres.
Resumen: Hades se ha llevado la victoria y es el momento de recompensar a sus leales espectros. Minos y Thanatos desean al guerrero que los humillo como su esclavo y de ahora en adelante, Manigoldo y Albafica atravesaran un calvario que no parece tener fin. Minos/Albafica Thanatos/Manigoldo Manigoldo/Albafica
Inframundo.
Capítulo 34
Paraíso.
— ¡Maldito Bastardo!
Grito, propinándole varios golpes a Hypnos, quien se incendio con una de sus técnicas por poco tiempo, el que comenzó a reírse al ver que había dañado a Thanatos con la flecha de Cupido, quien sostenía su costado, sus ojos cerrados, su expresión serena, pensando que por fin había conseguido que su amor le perteneciera.
— Mátalo, mátalo mi amado hermano, mata a Manigoldo.
Thanatos abrió los ojos, fijándolos de momento en el santo de cáncer, quien estaba confundido, sin saber que había pasado ni entender cómo funcionaba la flecha de Cupido, para enfocarse poco después en Hypnos, con una expresión casi perdida, la que ninguno de los dos espectadores de aquel horrendo espectáculo supo interpretar.
— ¡Eso era la flecha de Cupido, con ella Thanatos me amara, la muerte es mía basura humana y tu, tu ya no existirás!
Manigoldo no supo qué hacer en un principio sintiendo como la furia se apoderaba de su persona, sin dejar un solo resquicio libre de su influencia, prendiéndose en llamas incandescentes que apenas dejaban distinguir su cuerpo o sus facciones, al mismo tiempo que un humo negro lo rodeaba en compañía de algunos fuegos fatuos cuyos rostros lentamente comenzaban a formar caras humanas, rostros que iban descarnándose para formar calaveras riéndose de su destino, todas ellos enojadas, haciendo que Hypnos recordara aquella técnica del santo de plata que lo derroto, el gemelo del propio Sage.
— ¡Eso no es amor, maldito dios enfermo!
Gritó aun más enojado, atacando a Hypnos utilizando la técnica recién adquirida de su amado señor, transportándose de un lugar a otro, hasta llegar a su lado para propinarle un fuerte golpe en la mandíbula, el cual distrajo a Hypnos lo suficiente para que los fuegos fatuos que lo cuidaban lo mordieran incendiándolo, causándole demasiado dolor.
Thanatos permanecía inmóvil, la flecha de Cupido había impactado de lleno contra su cuerpo y se había esfumado en una nube negra, un detalle que sólo Albafica pudo percibir, ni Manigoldo ni el dios del sueño, uno sin entender porque atacaban a su amante, el otro nublado por aquel sentimiento de victoria que lo inundo al creerse dueño de su propio hermano, quienes en ese preciso instante estaban enfrascados en un combate mortal, sin darse tregua alguna.
El cangrejo sobreviviendo a duras penas debido a su necedad, su astucia y su amor, uno que se había cultivado por las años que pasaron juntos en ese abismo en donde cualquier otro mortal solo conocería el dolor, mucho más en las manos del dios de la muerte no violenta, quien hasta ese momento encontraba indignos a cualquier clase de mortal, para quien la única excepción era su hermoso fuego fatuo.
— ¿Qué más da lo que un humano como tu diga?
Respondió sosteniéndolo del cuello, utilizando su fuerza para quebrar al insecto que le estaba robando el amor de su querido hermano, del hermoso y frío Thanatos, el que no atacaba a su consorte pero no estaba defendiéndolo, con la apariencia de una hermosa estatua de mármol.
— ¡Ahora muere como debiste hacerlo en esa sucia aldea!
Un poco más y escucharía el glorioso sonido de un cuello quebrándose, notando confundido, con profunda desesperación que de nuevo una estrella negra se situaba en la frente de Manigoldo, evitando que su vida fuera tomada por sus manos, comprendiendo con demasiada lentitud que la flecha de Cupido no había funcionado como debió hacerlo, indicándole que su hermano, aquel al que deseaba desde su mera concepción, nunca le amaría.
Thanatos por su parte no quería creer lo poco que le interesaba realmente a Hypnos, como su hermano lo ataco por la espalda y seguía empecinado en asesinar a su consorte, quien ardió en furia cuando creyó perderle, cuyo poder se había duplicado a causa de su amor por él, su cuantioso deseo.
Solo esa muestra de amor había evitado que su furia destruyera los campos Elíseos, insultando al dios Hades de nuevo, pero no podía permitir que Hypnos le hiciera daño, no después de jurarle que no volvería a sufrir angustia alguna en su cuidado, que estaba protegido por su cosmos, por su amor y deseo, que nunca lo dejaría marcharse de su lado.
— ¿Hermano?
Hypnos dejo caer a Manigoldo, observando como Thanatos caminaba lentamente hacia el dios de cabello rubio, quien comenzó a retroceder comprendiendo que había hecho una locura, recordando aquel día, cuando su hermano había enfrentado en combate al dios del amor y la lujuria, cuando pronuncio con una voz que rayaba en la angustia que él nunca podría amar a nadie, que el amor se le estaba negado al ser la muerte.
Tal vez ese dios menor lo ataco, clavando sus flechas en su cuerpo inmortal, pero estas simplemente no funcionaron haciéndole ver que siempre estaría solo, que sería ajeno a la paz o a la ternura, un acto que sólo Hades o tal vez el juez Minos comprenderían, ya que todos sabían que ese juez de sonrisa lobuna era el más cercano al dios Hades, quien volvió a traicionarlo al darle la flecha que se ganaría no el amor de su hermano, sino su odio.
Pero entonces como era posible que un amor y una lujuria tan grandes como las que sentía por ese sucio mortal existieran en el corazón de un ser que no podía sentirlos, tal vez no era un castigo ni un juego, sino por el contrario, el dios Hades creo algo que su hermano podría encontrar digno de conquistar o seducir.
Un mortal forjado de las llamas del abismo, uno que insultaba a Thanatos, que se le enfrentaba y cuyo deseo era tan ardiente como el suyo, Hypnos comprendía ahora que ese humano contradecía por absurdo que pareciera al elemento primario de su alma, de todo su ser, ese cangrejo era una representación de la vida misma, todo lo que su hermano no era, por quien lo mataría, pero al menos, aquella acción le ganaría un castigo que ya no podría ser esquivado de ninguna forma.
El dios del sueño tomó la decisión de separarlos a como diera lugar, no permitiría que siguieran juntos, que se amaran o que alguien más que él complaciera a su hermano, por lo que con su muerte, al manchar los campos de aquella bruja, Thanatos y él seguirían juntos por siempre, alejando a ese endemoniado cangrejo de la muerte, de esa forma aun le pertenecería.
Así que dispuesto a separarlos se hinco en el suelo para que Thanatos lo matara, esperando que de esa forma pudiera lograr su objetivo, su hermano apretó el puño y de pronto incendio su cosmos negro como la noche para atacarlo con su técnica más poderosa, una que al no esquivarla seguro le destruiría.
— ¡Hazlo, mátame... porque esa es la única forma en que podrás protegerlo de mí!
Thanatos se relamió los labios, sintiendo un dolor tan grande como aquel que habría sentido al perder a su fuego fatuo, maldiciendo al dios del sueño por no escucharlo, por intentar separarlo de su consorte a pesar de sus plegarias, de su odio, dispuesto a sacrificarse con tal de destruir a su rival, la única criatura que estaba seguro podría amar y la única que podría corresponderle, seguro que los sentimientos de su hermano no eran reales.
Manigoldo observaba aquella escena con cuidado, desde lejos, suponiendo que si su dios manchaba los campos elíseos con sangre de nuevo, sería castigado, pero esta vez no lo perdonarían con tanta facilidad, perdiéndolo en ese instante, todo por culpa de ese dios enloquecido que fingía indiferencia pero por dentro suyo manaba la furia como si fuera un torrente.
— ¡No lo hagas, maldita sea!
Pronuncio furioso, interponiéndose entre ambos con los brazos abiertos, sin importarle poner su cuerpo o su vida en peligro, evitando que destruyera a quien deseaba matarlo, todo por no perderle y para que no insultara de nuevo a los dioses regentes del inframundo.
— ¡Sí realmente me amas, Thanatos, escucharas lo que te digo!
Thanatos detuvo su ataque de pronto, bajando sus manos con demasiada lentitud, aun en perfecto silencio, sin perder de vista uno sólo de los movimientos de su hermano, quien perplejo como estaba no encontraba qué decir de aquella actitud tan contradictoria, la única forma de ser libres de su constante acoso era destruyéndolo pero al mismo tiempo, esa era la única forma que encontraba de separarlos.
—Intentara matarte a cada oportunidad que tenga Manigoldo.
Manigoldo lo sabía pero no estaba asustado del dios del sueño sino de la furia del propio Thanatos, teniendo en mente la locura del dios de la muerte, la furiosa actitud que vio en su enfrentamiento, temiendo que de un momento a otro esa entidad tomara posesión de aquel que hasta esos momentos había habitado los campos elíseos a su lado, el que era gentil y cariñoso.
—No necesito que me cuiden, grandísimo idiota, lo que desea es que sean castigados y así nos separen los dioses del inframundo cuando a ti te encierren de nuevo.
Hypnos debía admitir que ese humano era astuto, pero ya era tarde, ellos ya habían destrozado ese jardín, solo faltaba bañarlo con su sangre divina, un acto que Thanatos muy pronto cometería, sí acaso actuaba con rapidez.
—No dejes que te manipule, estúpido dios de la muerte.
El dios de cabellera rubia al ver que Thanatos se descuidaba unas fracciones de segundo para sonreírle a su amante y recorrer su mejilla con su dedo pulgar, trato de usar sus alas para separarlo de su fuego fatuo, quien había dejado de brillar de momento, el que recibiría el daño que condenaría a su hermano a ser una de las columnas inanimadas del salón del trono.
— ¡El único que lo manipula, eres tú, maldito efebo!
Manigoldo supuso que en ese momento Hypnos atacaría y tuvo razón, sintiendo el viento provocado por el rápido y fuerte movimiento del ala del dios del sueño, aquella con plumaje de pavo real dorado, la que logro esquivar usando uno de los portales que el propio Thanatos le hubiera enseñado a utilizar, llevándose al dios consigo, reapareciendo en el mismo campo de entrenamiento que destruían con demasiada soltura durante sus entrenamientos.
—Jamás me habían insultado de aquella forma.
Susurro para sí mismo Manigoldo antes de propinarle un fuerte puñetazo a Thanatos, cuando este trato de tocarlo, una pequeña caricia, un insignificante mimo que antes hubiera apreciado su consorte pero suponía que ahora era diferente, tal vez al saber que participo activamente en la destrucción de su corazón antes de su aislamiento al ser castigado por Hades, quien deseaba su cabeza pero solo pudo petrificar su cuerpo por apenas unos instantes.
— ¿Querías que Albafica me hiciera daño? ¿Por eso me mandaste a esos campos? ¿En ese momento en particular?
Thanatos trato de tocarle de nuevo, pero para su profundo dolor, Manigoldo no se lo permitió, retrocediendo varios pasos, aun estaba encendido en las flamas demoníacas que lastimaban a los dioses y a los mortales.
— ¿Me amarías si aun existiera esa veneno en tu mente?
Apenas podía distinguir su cuerpo o su rostro como en aquella primera ocasión que pudo vislumbrarlo, dándose cuenta que estaba furioso, demasiado decepcionado y que tal vez, no estaba destinado a permanecer con su cangrejo, al menos, aquel veneno ya no estaría a su lado nunca más.
— ¿Sí no lo hubiera apartado de tu corazón me habrías dado una oportunidad?
Thanatos esta vez lo toco sin importarle que su fuego demoniaca le hiciera daño, tenía que saber que era real, que aun el dios de la muerte podía comprender aquel doloroso sentimiento, la angustia de amar y no ser correspondido, o la dicha plena de serlo, tenía que convencerse que no era una ilusión ni un engaño, borrando ese odio que nació en su corazón al ver que ni siquiera las flechas de Cupido podían afectarle como a los demás espectros o dioses.
—No te preocupes por él, Albafica nunca me amo, tu tenias razón, pero tu hermano también la tiene, tu no me amas.
Manigoldo dejo de brillar, apagando las llamas que cubrían su cuerpo, esperando que de un momento a otro Hypnos ingresara a ese campo de entrenamiento para que pudiera finalizar con él, pensando en lo absurdo de su destino.
— Tal vez nadie pueda hacerlo nunca.
Cuando creyó que Albafica lo amaba, Thanatos se lo arrebato y ahora que pensaba que el dios de la muerte lo amaba, de una forma demencial y obsesiva, pero lo amaba, se daba cuenta que no era así, pero que su rosa tampoco lo quería, preguntándose si acaso estaba destinado a obtener un poco de felicidad.
— ¿Al fin lo comprendes basura humana?
Hypnos aterrizo a pocos pasos de Manigoldo quien volteo con algo parecido a la resignación, un sentimiento que Thanatos encontró espantoso en su consorte, actuando con rapidez, jalándolo en su dirección con un movimiento rápido para colocarlo a sus espaldas, cubierto por sus brazos y alas.
— ¡Mi hermano es un dios y tu un simple mortal!
Thanatos respiro hondo, dando un paso en dirección de Hypnos, no quería pelear con su hermano, tampoco matarlo ni que lo separaran de su consorte, pero si la única manera de mantenerlo seguro era enfrentarse a él, no le dejaban otra opción más que insultar de nueva cuenta a su dios Hades, bañando los campos elíseos de sangre divina.
—Verónica, llévate a Manigoldo a un lugar seguro, llévalo al interior de mi templo y cuídalo por mí.
Verónica obedeció las ordenes de Thanatos, aterrizando junto al consorte de la muerte, ya iba llegando el momento de pedirle su favor, aquello que por mucho tiempo había deseado, tal vez era traicionar a su amado dios de la muerte, mucho más en este momento en que su cosmos estaría enfocado en el dios del sueño y en inmovilizar a Manigoldo lo suficiente para que pudiera llevarlo a ese lugar seguro que como santo de Athena nunca usaba, ya que probablemente estaba en contra de cualquiera de sus principios o instintos.
— ¡No! ¡Estúpido dios de la muerte! ¡Necesitas mi ayuda!
Manigoldo trato de moverse usando su cosmos, no quería marcharse, no dejaría que le quitaran a Thanatos también, sin embargo, el dios de cabello negro beso sus labios una última vez antes de que Verónica se lo llevara en su enjambre de moscas.
— Aunque no lo creas, yo si te amo.
Enfureciendo aun más por aquella acción, sin comprender la razón del actuar de Thanatos, porque se dejaba manipular por el dios del sueño, que ganaba al ser castigado, mucho más importante aún, porque sentía como si no pudiera respirar, un agobiante dolor en su pecho acompañado de un temor tan atroz que apenas pudo luchar por mantenerse consiente en el enjambre de los mensajeros de Verónica.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Albafica se odio en el momento de abandonar a Manigoldo en aquel campo cubierto de rosas, pero estaba seguro que Minos de Grifo, ese demente juez del abismo actuaria sin siquiera preguntarle su opinión.
Deseaba con tanta desesperación que le perdonara por el tormento de sus primeros días de encierro que buscaría la forma de ayudarlos a escapar, sin ver que Manigoldo no lo amaba y que él no sintió nada cuando sus labios se unieron en uno, lo contrario de lo que ocurría con su juez cuando no recordaba su pasado.
Ese hombre excepcional con una lealtad que podría admirar aunque fuera el dios del inframundo aquel a quien servía, no aquel sádico guerrero que murió a causa de su sangre en Rodorio o el demente que le causo tanto sufrimiento esos primeros días, que lo golpeo y lo lastimo, humillándolo como nadie jamás lo había hecho.
Odiaba a ese ser, admiraba la fuerza del guerrero, pero el tercero de ellos, al último que conoció, ese hombre era aquello que esperaba en un amante, si es que comprendía que no era una rosa, mucho menos débil y que no estaba dispuesto a obedecer ni que tomara decisiones por él.
Sí lograban llegar a ese acuerdo, ese pequeño e insignificante cambio, estaba dispuesto a darle una oportunidad y de llegar a corroborar que sus sentimientos no eran una ilusión, como aquella que sintió por Manigoldo, en ese caso, haría lo que se necesitara para estar a su lado, pero primero debía encontrarlo y evitar que los enviara de vuelta a un mundo que ya no podía ser el suyo, en donde los considerarían traidores, en especial al estúpido cangrejo enamorado de la muerte.
Seguro que ese juez estaba a punto de ganarle una ruta de escape a los amantes, a ellos, mandándolo lejos antes de que él pudiera tomar la decisión, desesperando a Manigoldo, quien parecía enamorado de ese dios, por la mirada de preocupación que portaban sus facciones al verle enfrentándose a su gemelo.
Manigoldo no deseaba marcharse de su lado y no era justo que por culpa suya el juez que lo tomó como premio, que decía amarlo, lo separara de su dios, todo por un extraño intento de ganarse su perdón, uno que ya tenía, el cual podría darle con demasiada facilidad, pero quería saber sí su amor era real o no.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Al mismo tiempo estruendosos estallidos podían escucharse a lo largo y ancho de los campos elíseos, los dos hermanos peleando sin tregua, destrozando el jardín de Persephone, manchándolo con su sangre, uno queriendo destruir al tesoro del otro, ese mismo entregando su vida para protegerlo, aunque aquello significara separarse de su lado.
Thanatos trataba de escuchar la petición de su amante, no dejar que Hypnos pudiera manipularlo, aunque sabía que ya lo estaba haciendo al enfrentársele, pero la otra opción era mucho peor aún, ya que perdería a su amante en las manos de su celoso hermano, eso no podía permitirlo.
Durante tanto tiempo había maldecido en silencio su imposibilidad de sentir algo más que furia, hasta que el propio Hades con el único objetivo de demostrarle la angustiante desesperación de amar, quiso enseñárselo como una venganza a sus constantes intentos de traición, dispuesto a quitárselo para finalizar con su castigo.
Ahora, después de comprender lo que significaba ese amor, comenzó a rogar en silencio porque la benevolente dama del inframundo acudiera no en su auxilio, sino en el de su consorte, porque temía lo que su amado cangrejo haría si lo dejaba solo por demasiado tiempo.
Hypnos lo único que trataba de lograr era liberarlo de aquella cadena, por lo que no comprendía la razón de su hermano para intentar mantenerla consigo, acaso no se daba cuenta de su ceguera, de lo absurdo de sus pensamientos, Hades lo único que esperaba lograr con esas acciones era manipularlo.
—Thanatos, aun estas a tiempo de recuperar tu libertad, aun podemos cumplir con nuestras metas, ser libres de este encierro, sólo si te decides a olvidarte de aquel pedazo de fuego demoniaco.
Thanatos respondió con un fuerte codazo en su rostro y una serie de puñetazos en su cuerpo, así como varias patadas, algunos golpes los recibió su hermano, otros pudo repelerlos con demasiada facilidad, propinándole algunos otros en respuesta.
Hypnos se daba cuenta que Thanatos estaba llegando al punto de no retorno, cuando perdía todo atisbo de serenidad y actuaba por instinto, eso era aquello que esperaba que ocurriera, aquello que esa diminuta mancha de polvo esperaba prevenir, pero ahora que ya no estaba presente, que su estúpido hermano quiso mandarlo lejos para protegerlo, podría derrotarlo y mientras lo hacía, sus hijos, aquellos seres que engendro hacia tantos milenios, completarían la misión que no pudieron realizar cuando esa basura no era nada más que un mocoso aferrándose a la vida con ayuda de la muerte.
—No estoy dispuesto a traicionar al dios que me dio tanta dicha, ni por ti ni por tus absurdas maquinaciones, además, que libertad tendremos cuando el universo se cubra por la noche, ni siquiera tú o yo existiremos en ese momento.
Aquel no podía ser su hermano, hasta hacia poco tiempo atrás él había sonreído con aquella posibilidad, con la libertad que les brindaría la noche, su madre, la entidad llamada como Nyx, y ahora, solo por haberse sumergido entre las piernas de ese humano, ya no deseaba otra cosa más que permanecer a su lado, ignorando su amor o su deseo.
—No puedo creer cuanto te han enceguecido Thanatos, tu sabes mejor que yo que una llama se extingue con demasiada facilidad, sin importar lo impresionante de su brillo, ese humano dejara de existir tarde o temprano, sólo nosotros somos eternos, porque no lo comprendes y me dejas acompañarte hasta el fin de los tiempos, en la oscuridad perpetua que solo tu entiendes, que antes añorabas.
Susurro Hypnos, habiendo contrarrestado uno de los golpes de Thanatos, el más poderoso del que constaba, para encajar su mano en su costado, quebrando aquella zona de su armadura.
— ¿Te sorprende que sepa cuál es tu punto débil? ¿O que pueda quebrar esta armadura divina?
Thanatos llevo sus dos manos a la de Hypnos, quien retorció su brazo en su cuerpo, relamiéndose los labios al escuchar su alarido, disfrutando del correr de la sangre de su propio hermano, imaginándose lo que serían sus sonidos en el tálamo, no aquellos que pronunciaba con ese sucio cangrejo en las múltiples ocasiones en que pudo espiarlos, sino con él devorando su cuerpo, teniendo el control.
—La noche ha dejado de protegerte al jurar lealtad por el dios Hades, te ha juzgado indigno de ser uno de sus hijos y aunque aun sigues siendo un dios, querido hermano, yo soy mucho más poderoso que tú en estos instantes en que nuestro supuesto soberano solamente tiene ojos para esa sucia zorra.
Hypnos separo su mano del cuerpo de Thanatos, lamiendo la sangre con delicadeza para después apoderarse de sus labios, con fuerza, ingresando su lengua en el interior de su boca, robándole de momento su seguridad y cualquier clase de amor que aun sentía por él, haciendo que se preguntara al mismo tiempo que trataba de soltarse de aquellas manos, de un ser en el que antes confió, si esto mismo sintió Manigoldo al principio.
—Pero descuida Thanatos, yo te perdono y ahora mismo, mis hijos, lo destruirán en tu santuario, nuestro tálamo estará bendecido con su sangre, aquella te hará libre.
Provocando un inmenso dolor en su pecho, parecido al que provocaban los celos y contrario a la dicha que sintió cuando su dulce fuego fatuo se le entrego después de su castigo, recuperándose con demasiada rapidez al pensar en lo que su hermano le haría a su consorte si se lo permitía, convocando su cosmos en su mano derecha, proyectándolo en contra de Hypnos, a la altura de su estomago, quebrando su armadura así como abriendo un agujero en su cuerpo.
— ¡No vas a tocarlo! ¡No lo destruirás!
Gritó, cerrando sus heridas con rapidez, atacando de nuevo a su hermano quien veía la sangre con sorpresa, sin creer que Thanatos podría atacarlo, no realmente, mucho menos después de todas sus advertencias, pero parecía que el embrujo que esa endemoniada mota de polvo tenía sobre él, era mucho peor aun.
— ¿Tu me lo evitaras Thanatos?
Pregunto el dios rubio, sus ojos dorados fijos en los suyos, convocando su cosmos y abriendo sus alas, los dos dioses habían estado limitando su poder, pero ahora, dispuestos a enfrentarse en una batalla que estaba predestinada, ante la mirada sorprendida de cada uno de los habitantes de los campos elíseos, haciéndolos retumbar con el bramido de sus furiosos gritos, chocaron con un estallido parecido al provocado por el Vesubio cuando destruyo Pompeya.
— ¡No lo permitiré!
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Minos estaba a punto de cruzar el umbral que daba en dirección de la sala del trono, la única puerta que lo hacía y en la que solo cuatro personas podían entrar, una de ellas Persephone, los otros tres sus jueces.
Hades lo castigaría por su extraña petición, de eso estaba seguro, pero le daba lo mismo, sabía que cometió errores impronunciables, que era justo que Albafica le odiara, pero no lo soportaría y por eso quería mandarlo lejos, o que lo destruyeran, antes de verlo en los brazos de alguien más.
Dio un paso en dirección del portal esperando que este se abriera, sin embargo, repentinamente las espinas que conformaban las zarzas de su hermosa rosa se lo evitaron golpeando su costado, lanzándolo lejos del portal, cortándolo con su filo imposible.
— ¿Mi hermosa rosa?
Pregunto Minos, esperando verle acompañado de aquel cangrejo, sorprendiéndose gratamente al ver que Manigoldo no estaba a su lado, tocando los cortes de su rostro, preguntándose si su odio era tan grande que no podría perdonarlo de ninguna manera, sin importar que fuera aquello que hiciera para ganarse su perdón.
— ¡No soy una rosa, no soy hermoso y no soy una propiedad!
Albafica odiaba las rosas más que a nada en el mundo, ya fuera la tierra, el inframundo o cualquier otro universo, su aroma le daba nauseas, su color era el de la sangre, su belleza solo le recordaba su soledad, ser comparado con una de esas horrendas plantas, era un insulto demasiado grande, demasiado insoportable, tampoco se consideraba hermoso, aquel era otro insulto y estaba cansado de que fuera tratado como una propiedad, porque no lo era, si acaso debían estar juntos, ambos debían ser iguales en el tálamo, debían compartir sus cuerpos, sus necesidades, Minos debía comprenderlo.
— ¿Dónde está tu cangrejo? ¿Porque lo has dejado atrás?
Minos pregunto sin defenderse cuando las zarpas lo rodearon evitando que pudiera moverse, pero al mismo tiempo sin hacerle daño, sólo manteniéndolo preso, como si su rosa, Albafica de Piscis, con una armadura que recordaría un pez abisal, con motivos rojos dibujando espinas en la negra coraza que portaba, no quisiera que diera ese último paso.
— Ni él me ama ni yo lo amo.
Aquella respuesta lo lleno de júbilo, logrando que sonriera al creer que aun tenía una oportunidad, pero preguntándose porque su rosa no dejaba que se moviera, cuál era el motivo de aquello, notando como Albafica, quitándose el casco de su armadura, el que ya no le parecía tan desagradable con aquellos dientes afilados, así como aletas con formas extrañas que recordarían garras, se detenía a pocos centímetros de su cuerpo, sin temerle a sus hilos, seguro que no los usaría esta vez.
— Pero yo me preguntaría más bien que pasara contigo ahora.
Minos cerró los ojos cuando la mano de Albafica lo tomo con fuerza del cabello, aun sin atreverse a mover un solo musculo, sin defenderse siquiera, esperando que lo matara, era lo único que deseaba en ese momento, morir antes de ver el odio de antaño reflejado en los ojos de su amante.
— Pero no lo harás, no es cierto Minos de grifo, juez del inframundo, porque prometiste que harías cualquier cosa para ganarte mi perdón, aun perder la vida o traicionar a tu dios, todo por verme libre, a mí y a mi amante, o a quien piensas, es mi amante.
El juez de cabello blanco espero que las zarzas cerraran sus filosos brazos alrededor de su cuerpo, cortándolo con ellas, destruyéndolo de un solo movimiento, pero este no llego, sino por el contrario, unos labios delicados y demandantes se posaron en los suyos, obligándolo a que le besara, abriendo los ojos con sorpresa al ver la expresión casi dominante de su rosa.
— Menos preguntarme a mí que deseo.
Susurro Albafica, liberando al juez, recuperando el aire con dificultad, sintiendo ese fuego, ese placer consumirlo, era lo que deseaba, aquello que necesitaba consigo, ese juez, este espectro, quien le miraba sorprendido, con una sonrisa esperanzada en los labios, haciendo que se sintiera hermoso, un sentimiento que por primera vez en toda su vida no le era desagradable.
— ¿Qué es lo que deseas?
Pregunto, sin darse esperanzas, seguro que su amado estaría a punto de marcharse o decirle adiós, pero debía ser fuerte, escucharlo con detenimiento, seguro que aquella era la última oportunidad que tendría para ello, al mismo tiempo que Albafica, con su belleza cubierta de un manto de ferocidad, volvía a besarlo, esta vez con más delicadeza, llevando sus manos a su cabello blanco.
— Quiero saber si lo que siento por ti también es una ilusión o es real, Minos, me quedare en el inframundo, contigo, si es real y creo que lo es, antes de que inicie la siguiente guerra santa, comeré la granada, jurare lealtad por Hades, hare lo que sea por permanecer a tu lado, pero debes ser tu quien esté a mi lado, ni el guerrero ni el demente, sino el primer juez del inframundo.
Aquello era todo lo que Minos hubiera deseado escuchar, esta vez siendo él quien besaba a su amante con lujuria, con pasión, pegando su cuerpo al suyo al mismo tiempo que sus hilos rodeaban las zarzas de su rosa, no como si estuvieran enfrentándose entre sí, sino por el contrario, era como si aquellas extensiones también estuvieran acariciando el cuerpo del otro.
— Entonces, tú me amas…
Pronuncio Minos, eufórico, cargando a Albafica entre sus brazos para dar una vuelta con él en ellos, riendo, agradeciendo su suerte, a sus dioses, aun al padre de su rosa, a cada uno de aquellos que tuvieran que ver para que su amada belleza estuviera a su lado, de la forma en que lo hacía en esos momentos.
— Sí, sí lo hago, Minos de grifo.
Minos no espero más y se lo llevo consigo, cargándolo en sus brazos, regresando a su torre en donde le demostraría lo mucho que lo amaba, lo importante que era para él y cuan hermoso creía que era, no solo por su belleza, sino por todo lo que le conformaba, lo bueno, lo malo, cada parte de su ser.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
El puño de Manigoldo se estrello con la mandíbula de Verónica apenas pudo moverse, sosteniéndolo del cabello con fuerza, tratando de obligarlo a que lo regresara con su dios, temiendo que de nuevo lo dejara solo, pero esta vez que fuera mucho más permanente, por toda la eternidad, condenándolo a una vida de sufrimiento en el inframundo, no por estar a su lado como en un principio pensó, sino por el contrario, al echarlo de menos, su poder, su presencia y su cuerpo, todo lo que le conformaba como aquel que había aceptado como consorte.
— ¡Llévame con él maldito fenómeno!
Verónica sobo su mejilla pero negó su petición con un movimiento decidido de su cabeza, ya era el momento de cobrarse su premio y Thanatos no podría hacer nada para evitarlo, en ese momento se enfrentaba con su hermano para proteger a su dulce cangrejito, al mismo tiempo que los dioses menores del sueño buscaban a este molesto espectro para matarlo.
—Te mataran si dejo que vayas detrás de ellos, Thanatos no me lo perdonaría nunca y me temo, que ha llegado el momento de cobrarme mi favor, ya que nuestro dios no podrá evitar que lo haga.
Justo en ese momento Verónica deseaba cobrarse aquel favor que hizo a la ligera cuando creía que deseaba alejarse de su dios, cuando estaba seguro que tenía que rescatar a Albafica del juez Minos, y que ambos se amaban, que el veneno o la mala fortuna era aquello que los había separado, no solo excusas convenientes que ellos mismos habían imaginado.
— ¿Piensas cobrarte ese favor en un momento como este?
Estaba indignado como nunca antes lo había estado, sujetando a Verónica de los brazos, esperando que no pensara que estaba dispuesto a traicionar a su dios cuando este trataba de protegerlo, seguro que después de sentir aquella lujuria y ese brío, no sentiría placer con nadie más que él.
— Claro que si dulzura, pero no es el favor que tú tienes en mente, sino uno mucho más intimo aun.
Manigoldo lo soltó sintiendo repulsión en ese instante, preguntándose que más personal había que compartir el lecho, ya que según recordaba esa mosca lo encontraba atractivo y nunca perdía una sola oportunidad para insinuársele, al menos eso pasaba cuando estaban solos, así como aun estaba presente en su memoria el beso que le arrebato, antes de sentir los candentes labios de su dios al devorarlo, no aquel embase, sino su cuerpo verdadero, aquella apariencia titánica que lo aterrorizo los primeros días de su cautiverio.
—Sí lo hago me llevaras con él.
Verónica asintió, aunque no lo llevaría con él, más bien ya no podría evitárselo porque aquel favor nada tenía que ver con el deseo sino con el hartazgo, así como un último favor para aquel a quien amaba, porque estaba seguro que Hades, llegado el momento favorecería a su juez y no al dios, arrebatándole a su consorte, porque solo había una estrella negra, pero si otra perecía, en ese caso, Thanatos no volvería a esa nebulosa insensibilidad que lo atormentaba.
—Así es, no veo como pueda evitarlo de cualquier forma.
Manigoldo trago saliva e intento besar a Verónica, quien lo detuvo con un movimiento de su mano, riéndose por la premura del consorte de su dios, quien parecía amarlo realmente, puesto que se sacrificaría por él en más de una forma.
—Quiero que me mates Manigoldo, estoy arto de la vida y de la muerte, de las guerras, ya no recuerdo quien fui ni comprendo en que me convertiré, solo que necesito que tú me mates.
Al principio no entendió aquella petición, no hasta que Verónica le dio los restos de la flecha de sagitario, un pequeño fragmento de la punta, pero que era suficiente para destruir a cualquier espectro, sin importar que tan poderoso fuera.
—Quiero que me destruyas con esto Manigoldo, clávalo en mi corazón y termina con mi vida para que tú puedas empezar con la tuya, es lo menos que le debo a nuestro dios, él que siempre nos protege y quien ahora mismo, a causa tuya está a punto de ser destruido, pero, si te conviertes en uno de nosotros, podrás esperarlo hasta la siguiente guerra y estarás libre del acoso de Hypnos, porque Hades te protegerá en la paz o en la guerra.
Manigoldo recibió la flecha sin saber que responder, no quería matar a Verónica, aquel espectro le parecía agradable, al menos divertido, no como esas ninfas y tampoco entendía porque deseaba que lo destruyera, pero al mismo tiempo debía cumplir con su palabra, tal vez liberarlo de una vida que para él ya no tenía sentido.
—Y si no me matas no podrás llegar a tiempo con tu consorte para verlo una última vez, y cuando mueras, ya jamás volverás a verlo, porque no eres uno de los nuestros aun, no reencarnaras para la siguiente guerra, su diosa los separara.
Manigoldo no supo qué hacer en ese momento, sintiendo como el cosmos de su dios se iba debilitando poco a poco, desesperándolo como nunca, haciéndose las preguntas que Sage le hizo, encontrando las mismas respuestas que antes, deseaba estar a su lado.
— ¿Porque deseas que yo te mate?
Verónica sonrió, tomando las manos de Manigoldo entre las suyas, besando sus labios de una manera casi casta, separándose poco después.
—Quiero ser yo quien le brinde a mi dios el mayor placer de todos y ese será, el final de tu renacimiento como espectro, un regalo para ambos.
Eso no respondía la pregunta que le habían hecho, pero no sabía cómo formular la respuesta, solo que se había cansado de existir y que usando la conexión que había entre ambos consortes, buscaría que la muerte se llevara su vida usando a Manigoldo como un medio.
—Estoy arto de vivir, no hay nada más sencillo que eso y tú me debes aquel favor, como estoy seguro de que no deseas separarte de tu consorte, no tienes otra opción más que acceder a mi petición, porque ambos lo sentimos, él está muriendo.
Manigoldo respiro hondo y de un movimiento rápido encajo la punta de la flecha de sagitario en el pecho de Verónica, quien toco la herida con una sonrisa en sus labios, para después convertirse en una nube de mariposas multicolores, elevándose en el cielo rojo del inframundo, para después desaparecer con forme se elevaban, como si nunca hubiera existido.
—Thanatos.
Pronuncio Manigoldo, abriendo un portal, esperando llegar a tiempo para brindarle su ayuda, sin saber a qué deidad debía implorarle porque le dejara llegar a tiempo.
—Te llevare con él.
Aquella era la voz de una mujer sumamente hermosa, con cabello rojo y alas, cuyos ojos estaban cerrados, pero a juzgar por su expresión podía verlo perfectamente.
—Manigoldo de cáncer negro.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Hades observaba a los amantes que había elegido desde lejos, una sonrisa formándose en sus labios, seguro que antes de que la guerra comenzara esa rosa negra formaría parte de su ejército, estaba seguro que había ganado la apuesta, pero mucho más importante, que le había robado a la diosa de la sabiduría dos de sus defensas principales, dos de sus armaduras, facilitando su victoria en la siguiente guerra santa.
Sus juegos les habían dado placer, diversión, pero al mismo tiempo otro de sus jueces, uno que cada reencarnación soportaba los insultos de la dama negra había visto por fin aquello que tenía delante suyo, un compañero que desperdiciaba guerra con guerra, sin comprender lo importante que era para él, pero que gracias a la flecha de Cupido pudo mostrarle que aun ellos, no eran inmunes a ese angustiante dolor.
Probablemente era un tonto sentimental, pero sabía que si sus soldados eran felices, o al menos estaban conformes con su tarea en el inframundo, su lealtad nunca se vería mermada.
El dios Hades levantando sus manos construyo dos templos gemelos a los que fueron destruidos en la tierra, el de cáncer y el de piscis, deseoso de agregar nuevos a su colección, creyendo que los gemelos o tal vez el frio templo de cristal serian perfectas adiciones a su reino, quien sabe, muchos de los santos de Athena no eran felices, su diosa no los cuidaba sacrificándolos por la humanidad, en cambio, él, con su crueldad, no dejaba que sus soldados sufrieran dolor, ni que perecieran, ellos tenían su protección.
Aun los dioses gemelos, quienes estaban a punto de matarse, pero fueron petrificados antes de que pudieran hacerlo, protegidos de aquella forma, al mismo tiempo que se llevaba la victoria, separando a los dos amantes antes de que su esposa pudiera declararse ganadora.
Llevándose las dos estatuas de mármol a su sala del trono, esperando poder recibir su premio, una insignificante moneda de los tiempos antiguos, la cual servía para que el barquero transportara las almas, pero para ellos no era más que una reliquia, como la flecha de Cupido que había vuelto a sus arcas, al no poder influir en el dios de la muerte, no como Hypnos deseaba que ocurriera.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Persephone, le diosa del inframundo llevo como se lo había prometido a Manigoldo al sitio en donde podría encontrar a su dios, este no era en los campos elíseos, sino en la sala del trono de Hades, convertido en una estatua, justo al lado del dios del sueño, ambos eran una efigie inanimada de piedra, granito o mármol pulido.
El espectro de cáncer cayó al suelo de rodillas, negando aquello con un movimiento de la cabeza, golpeando el suelo con los puños cerrados, maldiciendo en voz alta, gritando su dolor, uno que parecía no le interesaba en lo absoluto al consorte de la hermosa mujer a su lado.
— Perdiste querida, deberías aceptar tu derrota.
Ella al escuchar esas palabras comenzó a brillar, abriendo sus ojos para convocar el cosmos que le pertenecía, uno que helo la sangre de Manigoldo, al mismo tiempo que fue creando de la nada flores, hermosas y vibrantes plantes verdes, cada perfecto detalle que iba destruyendo poco a poco la sala del trono de Hades.
Quien no se inmuto al ver su furia, riéndose al ver que Manigoldo estaba de rodillas, a los pies del dios de la muerte, creyéndolo perdido para siempre, parecía que su esposa estaba en lo correcto, ese humano podría amar a su señor, aunque este al principio no se lo merecía o lo mucho que ella les había ayudado en secreto, empezando con ese tramposo consejo en el tálamo de los amantes.
— Este espectro ama a Thanatos, está dispuesto a jurarte lealtad y a probar su amor por el dios de la muerte no violenta.
Hades se levanto de su trono caminando en su dirección lentamente, sus ojos fijos en los abiertos de su esposa, encontrándola aun más hermosa con esa furia controlada, mancillando su reino con la vida de aquellas plantas, esperando a que hiciera otra apuesta que no ganaría.
— Un último juego, mi señor, si este espectro no está dispuesto a sacrificarse por su amo, en ese caso, tu habrás ganado, pero si lo hace, yo lo hare y tendrás que perdonar al dios de la muerte.
Si perdonaba a Thanatos, también lo haría con Hypnos, esas dos criaturas no podían vivir sin la otra y en el fondo, tal vez, después de aquella batalla sin sentido, podrían lograr encontrar un equilibrio, pero, todo dependía si Manigoldo estaba dispuesto a sacrificarse por su dios, algo, que el dudaba.
— Dime, Manigoldo de cáncer negro, amas a tu consorte.
Manigoldo asintió sin atreverse a pronunciar ningún sonido, levantándose con lentitud a punto de atacar al dios Hades con fuerza, pero deteniéndose al ver la mirada de advertencia en el dulce rostro de aquella mujer de cabello rojo como el fuego.
— En ese caso, sí realmente lo amas, lo mostraras tomando su lugar hasta nuestra siguiente victoria, que puede ser la guerra que se aproxima o dentro de varias más, porque no soy tan osado para asegurar que no seremos derrotados nunca.
Thanatos había pronunciado muy poco de su castigo, diciendo que fue un infierno sin final, un dolor y una desesperación que valieron la pena solo porque tuvo el placer de tenerlo en sus brazos, porque lo amaba y él era correspondido.
— Lo hare, tomare su lugar el tiempo que sea necesario, pero por favor, no me aleje de mi dios.
Hades asintió, Persephone había ganado si Minos y esa rosa no se juraban amor eterno ese mismo momento, por lo cual, estaba furioso, pero al mismo tiempo complacido al ver, que después de siglos de intentarlo, uno de aquellos santos dorados, estaba dispuesto a darle la espalda a su diosa, todo por haberse enamorado de uno de sus espectros.
— Júrame lealtad y tomaras su castigo, como una muestra de tu amor, un pequeño sacrificio a cambio de una eternidad a su lado.
Manigoldo había comido de la granada, portado una armadura negra, se había rendido ante la muerte, le había jurado amor y fidelidad por el resto de sus vidas, por toda la eternidad, no veía porque no debía proteger a su amado consorte, sacrificándose una vez más, esta vez por su propia voluntad, para salvar a su ser amado del peligro, un acto que realizaría mil veces si al despertar volvía a encontrarse con esos ojos negros que solo tenían vida para él.
— Sí eso me devuelve a Thanatos, lo hare.
Respondió con la misma seriedad con la cual juro lealtad por Athena el día que le fue entregada su armadura dorada, hincándose, agachando su cabeza y colocando una mano en su rodilla, esperando la bendición de Hades, como lo hizo con la de Sage, su antiguo maestro, a quien le debía todo pero cuyos pasos ya no podía seguir.
— Una nueva estrella negra ha nacido.
Pronuncio Hades, colocando su mano en su cabeza, al mismo tiempo que su esposa sonreía y una estrella negra se formaba en su frente, con forme su cuerpo, aun en aquella postura iba petrificándose aun portando la armadura negra de cáncer, aquella que se fundió con la piedra al mismo tiempo que los dos dioses, cuya carne convertida en mármol regresaba a la vida, observaban perplejos la sala del trono y la estatua en el suelo, hincada, como si siempre hubiera estado en aquel sitio.
— ¿Manigoldo?
Thanatos alcanzo a decir, tratando de acercarse a la estatua, pero una mano en su hombro, la de la emperatriz del inframundo, lo detuvo, notando como una esfera roja, como aquella que protegía a cada uno de los espectros, le rodeaba, protegiéndolo de los ataques aliados o enemigos, evitando que pudiera tocarlo esta vez.
— Ha tomado su castigo, ambos deberían agradecérselo, despertara cuando tengamos nuestra siguiente victoria, Thanatos, tendrás que soportar su ausencia.
Thanatos apretó el puño con fuerza, respirando hondo, observando de nueva cuenta a Hypnos, quien no parecía preocupado, creyendo que había obtenido lo que deseaba, pero su hermano, el dios de la muerte no violenta, cumpliría su promesa.
— Observarme bien Hypnos, porque esta será la última vez que lo harás, óyeme bien, porque será la última vez que me escucharas.
Hypnos a pesar de su decisión de separarlos, ahora entendía lo que había hecho, lo errado de su actuar, como perdería a su amado hermano por culpa de los celos, recordando aquella promesa.
— No te matare porque no quiero insultar a mis soberanos y porque espero que comprendas que lo amo, que un humano, una basura mortal es la única criatura que ha logrado despertar estos deseos en mi, amor en mi, cuando ni siquiera Cupido, Eros, o Afrodita podrían hacerlo, porque quiero que pases toda la eternidad consciente de eso, de mi amor por él, de mi indiferencia hacia ti, porque ni siquiera ahora puedo sentir algo por cualquier otro que no sea Manigoldo, así que espero que estos últimos instantes sean suficientes para ti, querido hermano.
Thanatos esta vez ni siquiera se digno a caminar a su lado, ni a elevar la voz, ni siquiera a verlo, sus ojos estaban fijos en la estatua de piedra, antes de abrir uno de sus portales, desapareciendo en el acto, jurándole en silencio a su consorte estar presente cuando la piedra regresara a ser carne, cuando diera su primer aliento después de los siglos que pudieran transcurrir, agradeciendo la intervención de Persephone, seguro que le volvería a ver cuando se llevaran la siguiente victoria.
— Porque jamás te perdonare.
Dejando sólo al dios del sueño, quien por un momento pensó que Hades lo castigaría o su esposa, pero el dios del inframundo regreso a su trono, invitándolo a marcharse con la mirada, con un movimiento de su mano, comprendiendo muy tarde que ningún castigo vendría, ninguno que no fuera realizado por Thanatos en persona, al darle la espalda, cumpliendo su advertencia de negarle su presencia.
— Thanatos…
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo
Decir que Minos estaba asustado y esperanzado con la decisión que su amante tomaría respecto a su eternidad era un malentendido, el juez del inframundo ya no soportaba más aquel oscuro temor de perderle, de ya no tenerlo más, sintiendo que con forme pasaban las horas la guerra santa pronto daría comienzo.
Su rosa había guardado silencio durante horas, tal vez meditando, tal vez sin encontrar la manera de marcharse, actuando de una forma injusta, demasiado dolorosa, porque durante todo ese tiempo él no había hecho más que demostrarle con los actos su amor, su arrepentimiento, seguro que tal vez, con un poco de suerte podría ser perdonado.
— Minos, he tomado una decisión.
El juez no se atrevió a moverse, no hasta que Albafica coloco la granada entre sus manos, la que estaba cortada a la mitad, sus granos aun no habían sido tocados, pero sabía lo que aquello significaba.
— ¿Estás seguro?
Albafica tomó unos cuantos granos entre sus dedos observándolos con genuina curiosidad, sintiendo lo mismo que su juez, la guerra estaba a punto de iniciar y él deseaba permanecer a su lado, sin importar con quien debía enfrentarse, su juez tendría a su rosa por el tiempo que así lo quisiera, el cual esperaba fuera por siempre.
— Sí, tú me amas y yo te amo.
Albafica entonces llevo los granos de granada a sus labios, pero fue detenido por Minos, quien parecía no quería dejarle realizar aquel sacrificio, no hasta que comprendiera lo que significaba ese acto.
— Morirás.
Albafica asintió y llevo los granos a sus labios, pero de nuevo fue detenido por Minos, quien estaba ansioso, no quería verle sufrir ningún dolor, ya le había provocado demasiado en el pasado.
— Lo sé.
Minos de nuevo lo detuvo, pero Albafica sonriéndole, besando sus labios, recordando aquellas palabras que vio plasmadas en el libro de su amante, las que describían su pasión, aun antes de pedirle como esclavo, su arrepentimiento y su dolor, sonrió, de forma sincera.
— Yo quiero quedarme a tu lado hasta que tu ya no me quieras más, no me importa el dolor que sufrí en el santuario o en tu cama aquellos primeros días, he perdonado a mi padre por ese destino mucho tiempo atrás, como te he perdonado a ti.
Minos sonrió delicadamente, permitiendo que Albafica llevara los granos a su boca, quien se detuvo para finalizar aquello que deseaba decirle, mientras aun fuera humano.
— Se que en la guerra terminare enfrentándome a él, si aun existe el santo de piscis, eso lo soportare, pero lo que no aguantaría sería alejarme de ti, de esta libertad, Minos de grifo, de esta sabiduría y de tu deseo, no quiero irme, así que ni mis amigos, ni mis aliados, ni mi diosa, ni siquiera tu, podrán alejarme de tu lado, porque ya lo sabes, tu no me mandas, como yo tampoco lo hago, ambos nos pertenecemos y ambos nos deseamos, Minos de grifo, después de este día, ya jamás estaremos solos.
Al pronunciar aquellas palabras, Albafica realizo el primer sacrificio voluntario de su eternidad en compañía de su juez, notando el sabor dulzón de la granada, la que actuaba de forma diferente con cada una de sus víctimas.
Para Manigoldo había sido fuego, uno que lo quemo hasta llevarse su vida, con Albafica por el contrario, primero sintió un delicado hormigueo recorrer cada célula de su cuerpo, logrando que se sonrojara cuando este se iba transformando en placer, jadeando al principio cuando sus pupilas se dilataron, sosteniéndose de Minos, quien veía asombrado el cambio en su amante, escuchando sus gemidos, acompañados de algunos jadeos, casi como si hubiera probado un afrodisiaco, aferrándose a él, apoderándose de sus labios con hambre, ingresando su lengua en el interior de su boca.
El santo de Piscis se recargo en su pecho, cerrando los ojos, cuando el placer poco a poco se volvía en un dolor frio, seco, que amenazaba con enloquecerlo, sus gemidos fueron apagándose, de pronto, apretó los dientes con fuerza, al mismo tiempo que unas venas negras recorrían su piel, dibujando extrañas formas que iban pintándose de color rojo, uno que recordaría la sangre que usaba como arma en el pasado.
Todo ese tiempo Minos trataba de brindarle apoyo a su rosa que se llenaba de las mismas zarzas, las que seguían recorriendo su cuerpo, acompañadas de un alarido, el de su diosa al sentir como se perdía otro de sus santos al mismo tiempo que su templo perdía la batalla contra las plantas retorcidas que lo habían invadido.
Albafica comenzó a brillar de color rojo, con las zarzas marcadas en su piel, un cosmos que sustituía su antiguo poder, convirtiéndolo en algo un poco más maligno, en un pez abisal o una rosa ensangrentada, cuyas zarzas del color del carbón encendido, tras marcar algunas líneas en su piel, una en su rostro, se borraron de pronto, en el momento en que la rosa del inframundo había nacido.
Liberándolo de las marcas y del dolor, dándole poder, libertad, todo cuanto alguna vez deseo, sintiendo los brazos del juez rodear su cuerpo, tratando de protegerlo, escuchando un gemido acompañado de unos labios apoderándose de los suyos, estaba hecho, su rosa estaba dispuesta a estar a su lado, lo amaba, lo perdonaba, ahora solo faltaba que jurara lealtad por el dios Hades, un acto que estaba seguro le costaría mucho menos trabajo realizar, puesto que su dios no era afín a las ceremonias, no como los demás, dioses, a menos que estas fueran para premiar a sus leales soldados por todos sus sacrificios.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
La guerra santa estaba a punto de iniciar, todos los habitantes del inframundo lo sentían en el mismo núcleo de su ser, Thanatos permanecía tranquilo, seguro que tendrían la victoria, sus ninfas sentían lastima por él o eso parecía, ya que le aseguraban a cada instante que volvería a ver a su consorte dentro de poco tiempo, Hypnos, su traicionero hermano había sufrido su decisión de darle la espalda, apartándose de su camino, negándole su compañía, seguro de que no sentía remordimiento alguno por su traición, pero que con la guerra que se avecinaba tendrían que combatir juntos, proteger los campos elíseos del dios Hades.
— Thanatos.
Susurro Hypnos, sin mirarlo siquiera, sin atreverse a levantar la vista, el dios de la muerte no le respondería, no volvería a escucharle hablar, tal vez por eso no le veía, para no insultar su resolución.
— Necesito que me perdones.
No lo haría nunca, por culpa suya había perdido a su amante y creía que aun no comprendía la razón de su enojo, ni su desesperación.
— Juro que te regresare a tu consorte, pero por favor, ya no me castigues más con tu indiferencia.
Thanatos no le respondió, solo se envolvió en una nube de humo y desapareció, sin creer en las promesas de Hypnos, quien estaba tan desesperado que le daría lo que fuera con tal de recuperarle, ya no deseaba su cuerpo, ni su vida, ni su amor, lo único que añoraba era su camaradería.
— Manigoldo regresara a ti, en ese momento tú me perdonaras.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Aun queda el epilogo, en donde se verá que ha ocurrido con los amantes, los espectros y sus santos, los que ahora son espectros.
También quisiera pedir perdón por la tardanza con estos capítulos finales, pero ocurre que me he cambiado de casa y entre que pasaba mis cosas, acomodaba y contrataba internet, paso más tiempo del que pensé.
Por el momento me despido, muchas, muchas, gracias.
Bye.
Seiken.
