DE AMOR Y TRAICIÓN

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CAPÍTULO XXXV


Breves notas de las autoras:

Créditos financieros a los mismos de siempre.

Para variar, esta vez se nos ha hecho tarde para realizar la actualización (lo siento, lo siento u.u); pero aún el día de ayer estábamos dudando sobre algunos aspectos del capítulo que retrasaron su revisión. Eso sí, ahora estamos muy contentas con la edición, pero aun así, si encontraran algún error en la narrativa, les agradeceríamos que nos lo dijeran.

Bueno, este capítulo en sí contenía 50 páginas por lo que nos hemos visto en la necesidad de dividirlo en dos, como pueden apreciarlo. Pudimos no haber publicado brevemente y reservar un capítulo para hasta dentro de quince días, pero no queríamos fragmentar de esta manera toda la primera parte sobre la guerra.

Gracias por los reviews, por sus maravillosos comentarios. Agradecemos los favorite y los follow, los pm´s y los whats. Agradecemos el tiempo que le dedican a la historia, ¡muchas gracias!

Brevemente a manera de introducción. Hemos añadido este dramatis personae, ya que, aunque no incluimos personajes nuevos, queríamos ayudarles a recordarles quién es quién, pues en este apartado no nos detenemos a precisar nuevamente el pasado de los personajes.

ADVERTENCIAS: AU, Angst, elfos, guerra y traición.

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DRAMATIS PERSONAE

Elfos de luz:

Eyrikur: Antepasado de Eyvindur, fundador del linaje de reyes que gobierna a los elfos.

Eyriander: El brote más débil del linaje de Eyrikur. Reina madre y amante de Aldor.

Eyvindur Elenion Ancalima: Título: "la estrella más brillante del firmamento".

Lúne: Hermano de Larus, tío de Eyvindur, Lord Consejero.

Lara: Hija de Lúne, una elfa de carácter retorcido, detesta a Héroïque.

Eydís: Decretario de Eyvindur.

Aldor: Señor del este, líder de los istyar, maestro de Eyvindur, amante de la reina Eyriander.

Los istyar: Belfrast (experto en reliquias), Maika (experta en pociones y amada de Belfrast), Níriel (dedicada a la enseñanza), Lómelinde (hechicera real). Aldor.

Los cuatro grandes señores y sus hijos: Aldor del Este. Teros del Norte (general supremo) y su hija Finduilas. Wose del Sur y su hijo Elemmíre. Nienor del Oeste, hija de Nenar (consejera de los gemelos vanir).

Fania y Alduya: Doncellas de la corte élfica, ex amantes de Hagen.

Telenma: General, hermana gemela de Teros, genocida.

Belegaer: Capitán del ejército, arquero.

Vilwarin: Capital del reino de los elfos de luz.

Enya: Castillo de la capital.

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Elfos oscuros:

Malekith: Primer rey de Svartálfheim.

Hrimthurs: Gran arquitecto, regicida, rebelde.

Bjarni: Madre de Svadilfari.

Svadilfari: Este no necesita intro.

Elfos en Asgard: Aryante Rompe–cráneos (esposa de Sindri), Tulk (anciano ingeniero).

Elfos que siguieron a Svadilfari: Vanima (sobreviviente de Telenma y portaestandarte), Nulka (ex mercenario, actual capitán de los ohtar), Tankol (un capitán que juró lealtad a Svadilfari).

Elfos leales a Hrimthurs: Dema: adolescente, sobreviviente de naufragio, ayuda de Hrimthurs. Olwa: general de Hrimthurs.

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Enanos:

Thorvid: Abuelo de Thyra, "el padre de nuestro pueblo" (para los enanos)

Thyra: La astuta reina.

Tryggvi: Hijo de Thyra.

Herryk: General de los enanos, señor de Modruladur.

Hvergelmir: Mina que los elfos de luz le quitaron a los enanos.

Menelmakar: Capital de los enanos.

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Mercenarios:

Segsmündr: Capitán de la compañía de la tormenta, as, desertor de los ulfhednar, devoto de Thor.

Holme: Capitán de la compañía del lobo. Posee lobos de Hel comprados a Amora. Norn. La conoces como una de las mujeres más feas que hayas visto.

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Los Bölthornianos:

Bölthorn: Hechicero cambia formas, autoproclamado "auténtico dios del engaño".

El dragón negro.

Loki: Esclavo y pupilo, "el pago" de Svadilfari.

Brun: General de las dísir.


Capítulo XXXV:

Bain continuaba humeando densamente, a pesar de que el incendio ya llevaba varias horas apagado. Los gritos de sus ciudadanos vanir, elfos de luz y norn, se habían extinto tras haber sido devorados por las dísir. Los enanos que encontraron en el puerto, se apresuraron velozmente a reafirmar su lealtad a la reina Thyra mientras que los elfos oscuros se unieron silenciosos a Hrimthurs. A Bölthorn no le sorprendía en lo más mínimo su comportamiento al darle la espalda a sus vecinos de otras razas, después de todo los mortales eran propensos al egoísmo y a intentar salvar la vida sin importar qué.

Observó a Hrimthurs que empezaba a dar instrucciones a sus elfos para movilizar los pilares. Desde Bain hasta el observatorio el camino era un paseo. Transitarlo les sería sencillo, además el este jamás había tenido defensas ni vigías que impidieran el paso. Thyra estaba ahí, por el puro placer de ver Bain caer, puesto que su ejército en realidad se encontraba en Barad Eithel, la capital del sur que habían tomado la noche anterior.

–Telenma está en camino hacia el sur –le recordó a la reina de los enanos. Estaban muy seguros de la información que tenían acerca de los movimientos de los elfos de luz.

–Lord Herryk y mi hijo saben cómo deben recibirla –dijo ella sin parecer excesivamente preocupada. –Pero aún faltan Teros y los aesir que Thor haya mandado, están en Vilwarin con esa pequeña zorra, Eyvindur. –Porque era obvia la declaración de guerra que el rey de Asgard había hecho sobre Thyra tras matar a su embajadora. Y si no hubiera sido por los planes de guerra develados, seguro que la enana le hubiera gritado a Bölthorn aún más de lo que hizo cuando supo que la caja de Droma había fallado. Lo insultó no sólo en aesir sino también en la lengua de los enanos, sin saber que él la hablaba y había entendido todos sus improperios. –Pienso que el dragón facilitaría las cosas, Vilwarin no será fácil de tomar, cuenta con defensas poderosas que sólo pueden resultar en grandes pérdidas para nosotros y un asedio prolongado.

Hrimthurs se acercó hasta ellos y alcanzó a escuchar lo último que decía Thyra.

–Sin duda, no hay ciudad que resista al fuego maldito de un dragón –concedió Bölthorn.

–¿Obedecerá mis órdenes? –Preguntó ella.

Bölthorn le sonrió pensando que ya quisiera Thyra verse como ama de un dragón.

–Sólo se somete ante mí –le recalcó.

–Hemos pactado que Vilwarin pertenece a los tres –les dijo Hrimthurs pensando que debía recordarles sus acuerdos. Bölthorn sonrió ante su preocupación palpable. Thyra había reclamado Barad Eithel para ella mientras que el observatorio era el pago que los dos aceptaron otorgarle, a cambio de que Bölthorn se encargara del dragón.

–Lo sabemos, nadie intenta robarte –dijo molesta Thyra y volvió su atención a Bölthorn. –¿Y bien? ¿Qué vas a pedirme en pago por dejarme usar el dragón?

Sus últimas palabras eran casi cínicas. A Bölthorn le encantaba el caos y que sus dos aliados desconfiaran el uno del otro, pues era así que él sacaba mayor ventaja. Thyra desconfiaba tanto, que tenía el estómago agrio. Nunca olvidaba una ofensa, verdadera o imaginaria. Confundía la cautela con cobardía y la disensión con el desafío. Y sobre todo, era codiciosa: ansiaba poder, honor, amor y el reinado completo de Svartálfheim. La alianza que tenía con Hrimthurs, no tardaría en destruirla. Bölthorn casi podía ver el escenario completo, porque por supuesto, el elfo oscuro tenía la idea crédula de que por haberse levantado en armas y haber mendigado durante tres años favores a Thyra, ésta simplemente le iba a ceder lo que le pertenecía por derecho.

–A los istyar. Quiero a Aldor y a Lómelinde, que deben encontrarse en la capital; y quiero a Maika, Belfrast y a Niriel que están en el observatorio. A cambio de ellos, estoy dispuesto a prestar el dragón y a que mis dísir escolten a la tropa de elfos oscuros junto con los pilares.

–No las necesito –aclaró Hrimthurs –tengo a mi ejército.

–Un ejército pequeñito –señaló burlón Bölthorn, con lo cual hizo enfurecer a Hrimthurs. –Pero los pilares son un bien preciado que no podemos malgastar por ningún motivo y prefiero que lleves compañía de más, a que pierdas alguno y no podamos proteger el observatorio y a la vez obstaculizar la entrada de los ases a Svartálfheim. Ninguno de nosotros quiere verlos por aquí.

–Acepta Hrimthurs, ¿tú para que quieres a los istyar? –Preguntó Thyra. Y ella tenía razón, para Hrimthurs no representaban nada pero Bölthorn los necesitaba para manipular el observatorio y su reliquia. Eran los únicos que podían hacerlo.

El elfo oscuro acabó cediendo, como siempre le pasaba. Thyra se alejó de inmediato sin siquiera despedirse, gesto que a sus aliados no sorprendió. Bölthorn se giró a Hrimthurs.

–Te acompañaré al observatorio, pues quiero vigilar los intereses de mi señor Surtur y los míos, e igualmente quiero instalar a mi esclavo –y le señaló un joven de cabellos negros que estaba a unos metros de ellos, encadenado de las muñecas. Contemplaba como ausente al dragón negro que estaba echado sobre las ruinas de la ciudad. Bölthorn vio a Hrimthurs recorrer con la mirada al aesir pero no lo reconoció. –Y después ambos podemos ir a reclamar nuestra parte del botín.

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A la reina de los enanos le tomó un día de camino llegar a la ciudadela del sur. Había negociado con Hrimthurs, que a cambio de todos los gastos que incurrió para ayudarlo y especialmente por los hombres que sacrificó para enmascarar la llegada de sus elfos oscuros; Barad Eithel sería para ella. Y Hrimthurs accedió sabiendo que le debía mucho.

Sus hombres tocaron el cuerno de guerra indicando que llegaban, y las puertas de la fortaleza les fueron abiertas. La ciudad estaba casi intacta. Los enanos habían tomado desprevenido a Lord Wose, por supuesto, el hombre había estado confiado esperando la llegada de Telenma. Salieron a recibirla tanto Lord Herryk, su hijo, así como los dos capitanes de los mercenarios.

–¿Y bien? –Le preguntó a Tryggvi.

–Hemos controlado todos los caminos, dejé una guarnición de hombres armados en cada uno para interceptar cualquier mensaje. Igual hemos saqueado la fortaleza y reunido los bienes en una sola cámara, como ordenaste. En cuanto a los prisioneros…

–Dije que no quería prisioneros.

–No los hay, –habló Segsmündr, el capitán de la compañía de la tormenta. –Holme y yo terminamos de ejecutarlos hace unas horas –y señaló la pira de fuego que ardía aún. Los mercenarios se estaban ocupando cada tanto de avivarla con más cuerpos.

–¿Cómo murió Telenma? –Quiso saber Thyra.

Tanto Herryk como Tryggvi intercambiaron una mirada y en ese mismo momento, Thyra supo que le iban a dar malas nuevas, que seguramente tenían que ver con el deceso de la mujer.

–Llegó ayer con sus tropas–empezó a decirle Lord Herryk y Thyra asintió sabiendo que los elfos de luz habían planeado que tanto el dragón negro como Telenma llegaran el mismo día a sus destinos. –No percibieron la trampa que les habíamos tendido y cuando llamaron para que se les abrieran las puertas, les arrojamos el cadáver de Lord Wose como nos ordenaste que hiciéramos. Y después nuestros hombres los emboscaron. –Le narró cómo les dispararon con las catapultas de la fortaleza, cómo les hicieron llover flechas y que una vez mermados, pelearon ante los muros venciendo al ejército de Telenma. –Intentaron tomar la ciudad pero al ver que era inútil, tuvieron que replegarse y aun así capturamos a cientos de los que no alcanzaron a escapar. Pero entre ellos no estaba Lady Telenma.

–Estamos organizando a nuestros hombres para darles alcance –dijo Tryggvi.

–¿Corrieron hacia Vilwarin?

–No, más bien hacia el este, posiblemente hacia el observatorio. Lo más seguro es que lleguen antes que Hrimthurs.

–Sin duda –estuvo de acuerdo Thyra pues el elfo portaba los pilares y no era nada fácil maniobrar con ellos. –Preparen a sus soldados, partimos hacia Vilwarin. –Los cuatro se miraron como consultándose, cómo si no hubiesen oído bien.

–Pero Telenma… –masculló Tryggvi. La habían vencido en una batalla pero esa mujer era un escorpión venenoso.

–Ahora es problema de Hrimthurs y de Bölthorn. Y yo ansío llegar a la capital cuanto antes.

Veinte años atrás, un terremoto sacudió Svartálfheim sumiendo a los enanos en el caos y la desesperación. Se quedaron sepultados en sus ciudades subterráneas a lo largo de la gran falla geológica por la cual corrían vetas de oro y de gemas, el corazón de su reino. Thyra había apelado a Larus, le había pedido que permitiera que uno de sus istyar sacara la reliquia del observatorio para incrementar su fuerza y que salvara a su gente con la telequinesis que el hermoso pueblo manifestaba mediante su seidh. Pero Larus se había negado y el dominio de los elfos de luz sobre los enanos fue absoluto. Thyra perdió ciudades, familia y recursos. Demoró mucho tiempo en restaurar su reino y cuando lo logró, Larus la tenía completamente en sus manos. Era mucho más poderoso que ella y Thyra pretendió doblegarse. Pues bien, ahora se sacudiría el yugo de sus odiados enemigos. Ya quería llegar ante Vilwarin, ya quería tener a la familia de Larus en sus manos.

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Eyvindur se había pasado sin dormir los últimos días. Thor le había hecho llegar un mensajero contándole que Thyra estaba al tanto de todos sus planes de guerra. No le dijo como sabía eso, quizás Heimdall lo había visto. Pero lo primero que Eyvindur pensó fue que Hagen estaba en peligro si su artera enemiga conocía el sitio al que se dirigía y la misión que lo guiaba.

Pero Hagen era indestructible.

Eyvindur se refugió en ese pensamiento y luego envió mensajeros al puerto de Bain y otros al sur para Wose y Telenma. Ninguno regresó.

Teros y Lúne estaban inquietos aunque no lo decían. En el reino tenían un gran sistema de mensajeros que recorrían los caminos, con caballos de posta criados expresamente para ello. Monturas magníficas e incansables alimentadas con capullos de flores, atendidas bajo la guía de siglos de experiencia acumulada. Tenían vigías en puestos de guardia que se turnaban de tal manera que el reino nunca estaba sin vigilancia, aves mensajeras adiestradas y guerreros que protegían a los mensajeros. Pero súbitamente Svartálfheim había enmudecido y no le contaría nada de lo que acontecía a su rey ni a nadie en su corte.

Su madre estaba preocupada por Lord Aldor, ella era la única que enunciaba sus temores en voz alta. El brote más débil del linaje de Eyrikur, así la llamaban, pero Eyvindur la escuchaba orar y preocuparse y pensaba que precisamente por ser capaz de dar voz a lo que sentía, ella era la más valiente de todos. Él no podía mostrar temor. Eyvindur era más que nunca de mármol y de hielo.

Aquella tarde un heraldo anunció a Belegaer mientras Eyvindur estaba en el salón del trono.

El capitán entró con pasos veloces. Llevaba la armadura cubierta de manchas oscuras que Lúne adivinó que eran sangre, su semblante fatigado denotaba la pena más honda, trastabilló antes de hincar una rodilla ante Eyvindur.

–Majestad, me apena ser el portador de terribles nuevas. –Empezó a hablar Belegaer.

–Habla libremente –dijo Eyvindur.

–Nuestros enemigos sabían que marcharíamos al sur, –explicó Belegaer dejando en claro que ningún mensaje los había prevenido. –Fuimos emboscados por… –Belegaer miró en derredor y fijó sus ojos en Lúne. El consejero entendió que lo que iba a decir causaría pánico. Pensó que debería llevar a Belegaer a estancias más privadas y no hacerlo hablar delante de toda la corte. Eyvindur se adelantó.

–Déjennos solos. –Pidió y el salón del trono se vació, excepto por Lúne, Teros, Fandral, Lómelinde y Eyriander. –Dímelo todo Belegaer. ¿Qué ha sido de su compañía?

–Nos atacaron las dísir. –Nadie parecía creerlo. –Ellas destruyeron el puerto de Bain, tomaron prisioneros a sus habitantes, aunque no vi ningún enano ni elfo oscuro entre ellos. Nos superaban en número y mi capitán Hagen me ordenó evadirme para ser la voz que transmitiese estas lamentables nuevas.

–Nornas misericordiosas. Las dísir están aliadas con los enanos y los elfos oscuros. Durante mucho tiempo han tejido su red bajo nosotros sin que lo advirtiéramos –dijo Lúne.

Porque habían estado ocupados mirando al espacio, persiguiendo el espejismo de Hrimthurs en lugar de mirar delante de ellos.

–¿Sólo tú conseguiste evadirte? –Fue la siguiente pregunta de Eyvindur, quien parecía incapaz de inquirir directamente por Hagen.

–No. Hagen nos cubrió y salvamos la vida poco menos de cincuenta. –Habían enviado quinientos. –Se convirtió en dragón. –Eyvindur apretó los ojos.

–Así pues, ha muerto –habló Lúne. –Qué triste final para un valiente guerrero.

–No murió –dijo Belegaer. –Pero me temo que ello no es motivo de alegría. Había un elfo oscuro y portaba un pergamino con alguna clase de hechicería, una oscura magia con la cual lo doblegó ante él.

Un silencio pesado cayó sobre todos. Fandral fue el primero en poder hablar nuevamente.

–Su alma pertenece a Surtur, eso todo el mundo lo sabe, hasta los niños aesir. Nos estás diciendo que un elfo oscuro lo reclamó en nombre de Surtur.

–Sí.

Eyvindur reaccionó con el mismo aplomo que tenía el día en que reclamó el trono, ese día en que ocupó el sitial cubierto de heridas y con la muerte de su padre reciente.

–Lómelinde –la llamó. –El escudo que defiende este castillo, ¿resistiría la fuerza de un dragón?

–Ningún dragón ha pisado Svartálfheim jamás. –Así pues no lo sabía.

–Combatirlo es una putada –habló Fandral que ya se las había visto con ello en el pasado. –Thor le arrancó las alas y eso nos dio alguna ventaja. Si viene por tierra…

–Tiene sus alas de vuelta –interrumpió Belegaer. Hubo un murmullo apagado de desaliento.

–Tío, manda un mensajero que le cuente estas malas nuevas a Telenma pues cabe la posibilidad de que se tope con el dragón negro en el sur. –Dispuso Eyvindur. –Lord Teros, te pido que prepares nuestras defensas. Belegaer, recobra el aliento y descansa un poco; pero no puedo prescindir de ti, únete a Teros. –El rey se volvió hacia Eyriander. –Madre… –sin duda iba a ordenarle algo pero la reina dio un paso inseguro al frente.

–Belegaer, ¿y Aldor? ¿Qué fue de Aldor? Se suponía que estaría en el puerto de Bain, que retiraría su magia.

–La barrera estaba intacta cuando llegamos pero no sé si era la misma de Lord Aldor. Por lo demás, no había señal alguna, ni de él, ni de ningún miembro de su séquito. Lo lamento alteza.

Eyriander se cubrió el rostro con las manos y lloró. Lúne la abrazó consolándola.

Belegaer miró a Eyvindur algo inseguro pero finalmente siguió.

–Mi rey, Hagen me dio un mensaje para ti. –Eyvindur alzó una mano silenciándolo.

–Me siento indispuesto. Ya me referirás lo que Hagen te haya dicho más adelante. –Completó el rey y se retiró con pasos seguros.

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Al salir del salón del trono sus cortesanos aguardaban por una palabra suya. Eyvindur les dijo brevemente que estaban en peligro pero les infundió calma mostrándose como un padre protector; y sus súbditos, sus hijos, se tranquilizaron al escucharle sereno a pesar de conocer tales desgracias.

Eyvindur se retiró a su alcoba. Elemmíre era su guardián en ausencia del anterior. Le hizo una reverencia, Eyvindur le pidió que lo dejara estar y que en cambio se pusiera bajo las órdenes de Teros y Lúne.

Cerró la puerta tras él.

"Enviaré a Belegaer por delante para anunciar mi retorno y narrarte todo cuanto acontezca" le había prometido Hagen. "Les puedes decir a tus cortesanos que te sientes indispuesto y así cuando finalmente yo alcance Enya, podré acudir a buscarte directo en tu alcoba".

–¡Faltaste a tu palabra! –Le reprochó Eyvindur. –No haz acudido a mí –habló con voz quebrada. –Nunca más volverás a mí.

Eyvindur se apoyó en la puerta. La pena que lo embargaba dolía tanto que ni siquiera le salieron las lágrimas. Lo único que había dentro de él en ese momento era un gran vacío cuyos bordes ardían. Hubiera querido gritar, hubiera querido arrojarse al vacío.

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Cuando era niña, Telenma se hizo llamar Lady Calimmacil, que significaba Lady Espada Brillante y su hermano se burló de ella pero ni así desistió de aquel absurdo apodo. No lo dejó hasta que logró entrar a formar parte de la flota espacial y empezó a combatir contra los elfos oscuros; porque era muy tonto ser conocida de esa forma. Con los años, Telenma se volvió capitán y luego general de toda la flota y nunca obtuvo un apodo rimbombante como su querido hermano mayor, que era lord del norte y general supremo; pero era a ella a quién temían y odiaban sus enemigos.

Cuando llegó al observatorio no se sentó a descansar, ni aceptó los consejos de los istyar, ni intentó dilucidar como es que los enanos se les habían adelantado. Había mandado un heraldo a Vilwarin aún antes de arribar al observatorio para que informara a Lord Lúne de lo ocurrido y que a su vez, le transmitiera órdenes. Se sintió terriblemente enfadada cuando se encontró con varios de los soldados que habían partido con Hagen en aquel recinto.

–¿Qué pasó? ¿Dónde está su capitán? –Les espetó y ellos le relataron lo sucedido en el puerto de Bain.

El silencio se apoderó del observatorio. Telenma fue capaz de escuchar el murmullo de sus soldados hablando, el sonido de los caballos relinchando, el suave traqueteo de su espada. Todos parecían sonidos sordos muy lejanos pero no era silencio, sólo calma, el aliento que se toma antes de gritar. Todos sus soldados e inclusive los istyar que estaban presentes, se volvieron uno sólo, uno que la miraba fijamente.

–Mi general –uno de sus oteadores llegó corriendo hasta ella, con poco aliento y malas nuevas: –se acerca un ejército de elfos oscuros y dísir.

Telenma conocía el observatorio de sobra. No creía que los elfos oscuros pensaran en destruirlo, pues contenía la reliquia sagrada, la base de la tecnología y la religión tanto de los elfos de luz como de los enanos. Seguramente deseaban apoderarse del observatorio y usarlo como portal. Por desgracia, el recinto no contaba con murallas que lo protegieran ni altas paredes, era un paraje de naturaleza, luz y agua.

–Parece que Naira Anar me sonríe. Yo me preguntaba qué es lo que debía hacer y ella me envía enemigos para que luche contra ellos. –Se dirigió a sus hombres –la batalla viene a nosotros, y atacaremos primero. –Uno de sus capitanes masculló "dísir" pero Telenma actuó como si no lo hubiera escuchado. –Prepárense en formación de batalla, combatiremos en terreno llano para emplear la caballería. La mitad de nosotros atraerá al enemigo a un choque frontal. La otra mitad aguardará en el bosque para hacer una maniobra envolvente. –No debía decirles que ella guiaría a los que estarían en el primer embate. Se dirigió al capitán de sus arqueros. –Prendan fuego a sus flechas y pidan a Isil que no fallen.

–Pero mi señora –dijo alguno –se trata de las dísir. Es posible que perdamos. –Vio a sus hombres asentir a esas palabras.

–Las dísir vienen por nosotros y los lobos de Hel nos enseñan los dientes. Aún más, los elfos oscuros vienen por venganza y estarán ante nuestras puertas en cualquier momento. ¿Qué debemos hacer? ¿Tiramos nuestras espadas y arcos? ¿Suplicamos clemencia? –Les increpó con ira. Sus hombres negaron enfáticamente. –Nos llaman el bello pueblo pero les hemos enseñado y les volveremos a mostrar que en nosotros también arde el fuego de la diosa Isil, y que nada nos impide enviarlos al Hel. Además si hay elfos oscuros, tal vez hasta me encuentre con Hrimthurs y planeo llevar su cabeza en una estaca a mi rey. ¿Quién quiere apostar conmigo? –Sus capitanes echaron a reír ante su broma. –Jamás me hablen de una derrota antes de una batalla, ¡alístense!

Sus elfos, acostumbrados a obedecerla se prepararon de inmediato, sin embargo Telenma eligió a dos de sus hombres más confiables y los separó.

–Conformen una guardia para los istyar, para protegerlos. –Los hombres asintieron –y algo más, si la batalla se tornara en derrota, deben viajar a través de la confluencia de los ríos, uno a Asgard y el otro a Vanaheim. Cuéntenles lo que nos ha ocurrido para que nos presten ayuda, recuérdenles las promesas que hicieron a nuestro rey.

–Lady Telenma, siempre hemos saboreado la victoria a su lado. Estamos seguros de su mando y de sus habilidades –la halagó uno de ellos.

–Lady Telenma. –Belfrast se acercó hasta ella. –Lady Niriel y Maika se quedaran con nuestros discípulos en el salón de la reliquia, ellas manipularan el observatorio en caso de que se necesite enviar mensajeros, pero yo iré al campo de batalla contigo, y no puedes ordenarme no salir a pelear.

La elfa casi le sonrió. Un cuerno de guerra sonó, retumbando en las paredes del observatorio como un aullido grave que helaba la sangre en las venas.

–Sígueme entonces y quédate a mi lado, así probaras mejor el sabor de la victoria o en cambio, morirás rápidamente.

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Bölthorn lo había hecho llamar para que acudiera al frente. Hrimthurs se separó de sus hombres e hizo que su segundo al mando, Olwa; lo acompañase hasta donde se encontraba el hechicero. Halló a éste mirando hacia el observatorio. Aún estaban a dos estadios, ya podían vislumbrar la gran construcción de forma redonda pero no era eso lo que los había detenido sino el ejército que se interponía entre su objetivo y ellos.

–Se trata de Telenma –le informó Bölthorn, seguro que había enviado a Brun a averiguarlo.

–Esto es obra de la ineptitud de Tryggvi y Herryk –se quejó Hrimthurs y después miró a su aliado. –Dispondré que mis hombres empiecen a emplazar los pilares –una tarea importantísima y que debía efectuarse con celeridad.

–Pensé que tus hombres también querrían pelear. La que está ahí adelante es una de sus más grandes enemigas; yo pensaba darte el gusto. –Hrimthurs notó por el rabillo del ojo que Olwa asentía a aquellas palabras. Bölthorn se fijó en lo mismo. –Mis dísir los acompañaran pues aún están hambrientas.

Hrimthurs no veía el caso de tomar personalmente el observatorio cuando el cambiaformas se moría de ganas de hacerlo. Aún más, le estaba pidiendo que pusiera en peligro a los pocos hombres con los que contaba, su compañía era apenas de cuatrocientos elfos oscuros, cada uno era más valioso para Hrimthurs que la venganza contra Telenma.

–Soy arquitecto y debo lidiar con construcciones, no iré –se rehusó.

–Hrimthurs –Olwa no se quedó callado. –Es Telenma –le dijo como si aquello fuese todo el argumento necesario y para muchos lo sería.

–Si eso quieren, pueden ir, yo no los detendré. Mi parte del trato era crear estos pilares y hacerlos funcionar, así que me quedaré en la retaguardia.

–Pero mi señor ¿no sería más seguro emplazarlos hasta tener el control del observatorio? –Le insistió Olwa.

–Más seguro, sí; más inteligente, no. –Hrimthurs no tenía tiempo ni paciencia para objeciones. –Es mi última palabra pero como antes dije, soy arquitecto, el guerrero aquí eres tú, haz como mejor te parezca con mi venia. –Se alejó escuchando a Olwa llamando a combate a todos aquellos elfos oscuros que así lo quisieran y a Brun ordenando las hileras de lobos de Hel. Bölthorn tampoco acudiría a la batalla sino que lo siguió.

–¿Por qué no lo frenas si no quieres que luchen? –La curiosidad del cambiaformas a veces era exasperante.

–Dolor y muerte, es lo único que le prometes a mi gente con toda tu palabrería sobre la venganza.

–¿Pero por qué te molestas? La razón por la cual todos tus hombres se mueven es por la oportunidad de cobrarse la muerte de sus familias y la destrucción de sus valiosos drakares.

–Lo sé, por eso no les niego el derecho a intentar matar a Telenma con sus propias manos. Pero no los alentaré a ello.

–Tal vez esté errado pero ¿estamos hablando de cientos de elfos oscuros que pasaron su vida en el exilio y la pobreza, alimentándose de sueños y planes, huyendo de una ciudad a otra, siempre con miedo y nunca a salvo? –Bölthorn hizo una pausa –¿y qué hay de ti? Sé que estabas ocupado por allí con tus ideales de ser un arquitecto reconocido, siempre has sido orgulloso ¿y cómo no serlo? ¿Qué tenías si no el orgullo? Pero de poco te sirvió cuando Larus envío a Telenma en contra tuya, y destruyó todo aquello que habías erigido.

–Di lo que quieras Bölthorn, por mi deseo Larus fue muerto; y cuando mi hijo arribe con ese ejército del que me has hablado, tomaremos Svartálfheim como siempre ha sido nuestro derecho –detuvo abruptamente su andar. –Si lo que esperas es que me lance de cabeza contra todo enemigo, como hace Thyra, estás muy equivocado. Hasta ahora he sido paciente, puedo esperar un poco más. Mi voluntad prevalecerá al final.

Bölthorn pareció algo apenado.

–¿Tu voluntad? No sé bien a bien cómo explicarte esto, pero tal vez ese ejército que aguardas no te sea tan fiel cómo crees, han jurado lealtad a tu hijo, no a ti; es él quien tiene una buena cantidad de soldados.

–Es lo mismo, Svadilfari hará lo que yo le diga, le tomó años animarse a seguir mis pasos nuevamente pero siempre ha sido un muchacho sensato.

–Tu hijo no vino precisamente por ti –le soltó. Hrimthurs lo miró gélidamente. –Asgard lo ha cambiado, y en Asgard encontró aquello que lo motiva. Tu hijo es un hombre honorable, incapaz de permitir que se le haga daño a quien quiere y está dispuesto a sacrificar cientos de los suyos con tal de saber qué el objeto de su afecto se encuentra a salvo. Ah pero no estoy hablando de ti, sino de mi querido esclavo. Lo conoces, lo haz visto antes. –Hrimthurs se fijó en aquel de quien Bölthorn hablaba. El aesir que había llevado consigo encadenado. Una de las dísir lo vigilaba. El muchacho estaba sentado recargado de uno de los árboles luego del ajetreado viaje hasta ahí. Nadie le prestaba atención y nadie se le había acercado. –Es Loki Laufeyson ¿no fue amante de tu hijo? Pues bien, sigue siendo su gran amor. –Hrimthurs no cedió ni una palabra para que Bölthorn se regodease aún más. –Tu hijo es un gran señor, y yo sólo soy un hechicero que mendiga favores, pero lo cierto es que sé más que tú. Ah por cierto, te prometí que traería a tu esposa, ella arribará pronto junto con tu hijo, así que considero que es hora de cobrar mi parte por facilitar su reencuentro.

–¿Qué es lo que quieres ahora? –Hubo cierto tono de fastidio en la voz de Hrimthurs.

–Algo pequeño, necesito a alguien que cuide de mi esclavo, las dísir no están para ser niñeras y antes lo dejarían morir de hambre que alimentarlo. Uno solo de tus elfos me basta.

–Dema, es pequeña para las batallas –la cedió Hrimthurs. Y se alejó bruscamente, como si temiera que el hechicero lo alcanzara con más palabras certeras o le pidiera más pagos.

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Belfrast tomó su caballo y se apostó junto a Telenma. Era istyar pero conocía el arte de la espada, aunque su principal defensa consistía en magia que obnubilase los sentidos haciéndolo difícil de precisar y más aún de abatir. El ejército enemigo estaba tomando posiciones de combate. Los elfos oscuros estaban al frente. Su número era escaso. En cambio, las dísir, estaban montadas en letales lobos de Hel detrás de ellos, en hileras amplias.

–Cuántas espadas en nuestra contra. –Murmuró Belfrast.

Telenma tomó su yelmo, de hechura sencilla, sin visera.

–Son un millar de dísir, los elfos oscuros son apenas unos doscientos. Las dísir deben estar usándolos como señuelos para incitarnos a atacarlos. –Belfrast le encontró mucho sentido a lo que la general decía. Y por ello, igual fue lógico que ella no movilizara sus tropas. Permitió que los elfos oscuros tomasen la delantera marchando a ritmo constante. Iban a pie.

–Esto es demente –pensó Belfrast. Era obvio que la caballería élfica los destruiría con facilidad. –Y las dísir nos convertirían en sus presas. –Como un pez grande devorando a uno más chico que a su vez había devorado a otro más chico. Era seguro que querrían a Telenma, y él estaría a su lado viéndola morir. –Telenma –ella estaba levantando en alto su espada, el elfo a su derecha, su portaestandarte hizo sonar su cuerno de guerra, –¡para! –Le gritó Belfrast. Los elfos oscuros echaron a correr en filas desorganizadas. El cuerno de guerra ahogó la súplica de Belfrast.

–¡Ambartanen! –Corearon los elfos de luz, el grito de batalla de Telenma, que era una promesa de muerte. ¿Para quién?

La caballería se movilizó en ese momento y Belfrast fue arrastrado por aquella avalancha corriendo a la par de la general. Ella fue tomando la delantera convirtiendo a sus elfos en una formación en punta.

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Hrimthurs estaba gritando órdenes para emplazar el primero de los ocho pilares. Se trataba de un obelisco, era de color plata. Hrimthurs los sostenía junto con otros diez elfos, mientras que otra cuadrilla más excavaba en el sitio en que debía quedarse. El gran arquitecto pensó por un instante que aquella labor sería muchísimo más rápida si Svadilfari estuviese a su lado. Un boquete de cinco metros de profundidad quedó hecho en cuestión de minutos. El pilar fue depositado con sumo cuidado.

Fue en ese momento en que escucharon el choque de sus compañeros contra Telenma. Varios frenaron su labor para intentar otear más allá de la nube de polvo que se había alzado y de las dísir que alineadas sin moverse aún, obstruían la visión de la batalla.

–¿Qué hacen? –Les recriminó Hrimthurs con aspereza, aunque sabía que las cuadrillas que se habían quedado con él, lo habían hecho porque los necesitaba no porque hubieran querido perderse de intentar arrancarle un pedazo a Telenma. –Estamos trabajando. –Suavizó en algo su voz al percatarse de que sus hombres se habían quedado pálidos, escuchando el sonido de la refriega.

–¿Por qué las dísir no atacan? –Inquirió uno de ellos.

–Lo harán –aseguró Hrimthurs y siguieron con lo suyo.

Cuando ese primer pilar quedó en su sitio, el gran arquitecto posó sus manos sobre la superficie grabada con cuidado y recitó un laitale. El pilar se activó, se volvió negro y comenzó a emanar energía, una energía tan oscura como la voluntad que los había forjado.

Los ocho debían rodear el observatorio. Tenía más hombres en esa labor, su posición debía ser lo más simétrica posible. El siguiente en cercanía iba a quedar por tanto en una orilla del campo de batalla. Podría haber escogido seguir con otro más alejado, pero Hrimthurs no lo hizo, sabiendo como sabía que Bölthorn jamás se arriesgaría a perder uno de los obeliscos, los cuáles le eran más preciados sin duda, que la vida de los elfos oscuros.

No se le podría acusar de no saber aprovechar las circunstancias. Las dísir atacaron en el acto cuando él empezó a trabajar.

Los monstruosos lobos de Hel, no tenían pelaje, sus colmillos eran más grandes que los de un lobo promedio, sus patas delanteras casi parecían manos de dedos que finalizaban en garras. No superaban en velocidad a los corceles svartá, pero eran mucho más ágiles. Podían driblar sobre su propio eje y colgarse de las grupas de los caballos derribándolos. Podían morder y atacar a la par de sus jinetes.

Belfrast consiguió burlar a los lobos, su magia de obnubilación lo protegía. Los elfos oscuros habían sido destruidos casi completamente, su batalla fue breve. Telenma había sido implacable con ellos como un león andando entre ovejas. Pero las dísir, bien, las dísir iban a acabar con todos ellos. Los elfos gritaban, las espadas relucían. Y Belfrast, el istyar, vio el gran pilar oscuro brillando contra el cielo; dio media vuelta y dejó atrás a Telenma a quien las dísir se afanaban en cercar. El sabio había oído decir que nada satisfacía mejor los apetitos de las valquirias malditas, que las almas de los guerreros más fuertes. La dejó para morir sola.

Él había jurado proteger la reliquia antes que nada, antes que nadie. Volvió tratando de evadirse de aquella batalla de vuelta al observatorio. Si era necesario debía liberar la reliquia de sus ataduras, guarecerla en su propio cuerpo y huir con ella. Se percató de que lo seguían cuando los lobos se emparejaron a su lado. Distinguió a la general de las dísir, a Brun, pues su yelmo iba empenachado en rojo. Su caballo aceleró, espoleado por el temor, no por él. Los dos lobos que lo perseguían se cerraron sobre las patas de su montura, tirando mordiscos, una y otra vez hasta que la noble bestia no pudo seguir adelante. Belfrast fue derribado, Brun desmontó en el acto y le clavó su espada en una rodilla. Belfrast gritó sujetándosela.

–Para que no huyas. –Dijo la valquiria. –Me enviaron por ti.

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Bölthorn no se había movido de su sitio, desde el cual observaba a Hrimthurs erigiendo uno por uno, con eficacia y velozmente, sus pilares. Iba por el quinto en ese mismo momento. Las dísir, junto con los elfos oscuros que quedaban bajo el mando de Olwa, estaban cercando a los elfos de luz, dentro de un círculo que se iba reduciendo más y más.

El cambiaformas se sonrió con satisfacción. Miró a su lado a Loki, el cual contemplaba con desesperación la escena. Bölthorn sabía que era discípulo de Lord Aldor, por lo tanto debía haber vivido en el mismo observatorio que ahora conquistaban.

–Andando –dijo poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo de la ropa como si estuviese en un paseo casual. Soltó la cadena que retenía a Loki de la estaca donde estaba sujeta y haló a su esclavo consigo. El aesir no tuvo otra opción que ir detrás de él, con las muñecas esposadas y aquella cadena que tiraba de su cuello enganchada en el mornië.

Entraron en el observatorio. Las dísir ya se habían ocupado de los últimos elfos que lo defendían. Brun en persona se acercó a Bölthorn. Tenía a Belfrast a sus pies, dos de sus guerreras estaban terminando de encadenarlo. Los enanos habían forjado cadenas de gelgja en abundancia para esta guerra, sabiendo como sabían que el seidh era de las mejores defensas de los elfos de luz. El istyar estaba malherido, nada fatal.

–¿Dónde está la reliquia? –Le preguntó Bölthorn a Loki. Éste negó.

–¿Por qué habría de decírtelo?

–Te dejaré ver lo que haré con el observatorio. Si te niegas, pues bien, no necesitas ojos para cumplir tu misión. De cualquier modo daré con lo que busco, ahórrame tiempo y ahórrate dolor.

Lo que Bölthorn decía siempre sonaba razonable. Loki lo escoltó sin más. Las dísir izaron a Belfrast por los brazos y lo llevaron a la rastra.

Brun le estaba diciendo algo a Bölthorn en la lengua veloz y cargada de consonantes que era el Nevirio. Tenían a Maika, encadenada pero herida, un golpe en la cabeza que al parecer le costaría la vida. Los ocho discípulos de los istyar, habían luchado protegiendo su hogar cuando las dísir rebasaron a Telenma. Habían matado a seis y los dos restantes estaban con Lady Niriel.

Un recuento de daños nada halagüeño. Sólo los elfos más poderosos podrían abrir un portal hasta Muspellheim y liberar a Surtur. Los aprendices no le servían para ese fin. Si Maika moría, le quedarían consigo Belfrast y Lady Niriel. Sólo necesitaba un par para liberar al rey de los Muspell; y contaría con más, como una reserva, cuando tuviese a Lómelinde y a Lord Aldor. Si todo marchaba bien, esa misma noche Surtur pondría pie en Svartálfheim.

Entraron en la bóveda que contenía la reliquia. Lady Niriel estaba ahí con sus dos discípulos, un muchacho y una jovencita. La istyar y el joven habían abierto el portal. Había un guerrero a punto de adentrarse en él. Bölthorn le lanzó una llamarada matándolo antes de que traspusiera el umbral. Su interrupción sacó de concentración a los elfos y el portal se cerró.

Lady Niriel lucía asustada. Bölthorn le dio su sonrisa viperina y avanzó a ella. La istyar generó una barrera que los defendiese de correr la misma suerte que el mensajero abatido por Bölthorn o algo peor.

–Mi lady, no hay necesidad de que corra más sangre. Requiero de un servicio de su parte. Necesito que echen a funcionar el observatorio y que su energía sea dirigida a las siguientes coordenadas –les tendió un pergamino, pero nadie se movió para tomarlo. Bölthorn bufó ofendido y leyó: –treinta y cinco grados hacia el sur, entre las lunas Eikþyrnir y Heiðrún.

–Ahí está Asgard –dijo el joven pupilo de Niriel. –Quiere que disparemos la reliquia contra Asgard. ¿Acaso no lo sabes ignorante brujo de feria? Nuestro observatorio no puede dañar el Bifrost. Fueron construidos por las mismas manos, de tal manera que su energía se nulifica una a la otra.

–Lo sé –canturreó Bölthorn sin ofenderse. –Dado que es imposible que causen daño a los aesir, no deberían tener problemas en ponerse a trabajar en ello. Sé que para esta labor se requiere de poca energía, es más, uno sólo de ustedes puede con esta tarea. ¿Qué me dicen? A cambio los dejaré vivir. –Se negaron. Bölthorn le hizo una señal a Brun, para que cumpliera una orden dictada con anterioridad. La general le rompió la otra pierna a Belfrast. Su grito resonó sobre el sonido del río que fluía alrededor de ellos. –Seguiré rompiéndole huesos hasta matarlo y haré lo mismo con ustedes.

Por supuesto, estaba mintiendo, Belfrast le era indispensable en ese momento.

–La reliquia es sagrada –habló Lady Niriel, algo temblorosa. –Jamás la pondríamos al servicio de nuestros enemigos. –A Belfrast le rompieron un brazo.

–¡Basta! –Clamó la joven.

–Puedo obligarlos –amenazó Bölthorn. –Tengo también a Maika. Haré que torturen a ambos y dejaré que las dísir lo devoren ante ustedes. Y después seguirán sus pasos uno por uno.

Lady Niriel volvió a negarse. Bölthorn puso una mano sobre la barrera que se interponía. Hizo presión con su seidh y la rompió. Lady Niriel se negó otra vez.

–Ambartanen –fue su respuesta.

Las dísir se les echaron encima, los redujeron y los pusieron de rodillas. Tratar con los istyar era desesperante, siempre lo había sido. Cuando Bölthorn iba a verter una nueva dosis de amenazas sobre ellos, Lady Niriel dejó de respirar y se desmadejó. Estaba muerta.

–Ambartanen –dijo el joven que estaba con ella y se fue al otro mundo tras los pasos de su maestra.

–Si te suicidas despellejaré a Belfrast –amenazó Bölthorn a la muchacha antes de que imitara a sus compañeros. Una de las dísir empujó el cuerpo de lady Niriel con un pie haciéndola caer al río. Les era inservible ahora. La corriente de agua arrastró a la hechicera. –Obedéceme y vivirán.

–Haz que lo jure –se metió de repente Loki. –Haz que jure respetar la vida de los istyar y la tuya.

Bölthorn se giró a él, ni siquiera dijo nada en voz alta pero el Mornië se calentó sobre el cuello de Loki silenciándolo. Su esclavo se derrumbó llevándose las manos al collar. Bölthorn lo dejó en paz para volver su atención a la joven aprendiz.

–Júralo –le exigió a Bölthorn.

Un momento después la pupila de Belfrast estaba encadenada bajo el observatorio para que no pudiese huir, alimentaba con su seidh el recinto haciendo que el poder de la reliquia fluyese hacia Asgard.

Bölthorn se dirigió a la salida. Su ataque a Svartálfheim había comenzado cuarenta y ocho horas atrás, ser rápidos era indispensable pero ahora tenían un gran obstáculo ante ellos. Se detuvo junto a Loki para tomar de vuelta su cadena y hacer que lo siguiese.

–Somos una excelente mancuerna. Yo no habría podido convencerla por la fuerza ni con la tortura, no le importaba ser víctima. En cambio tú la hiciste sentir que con sus acciones era una heroína.

Dejó a Belfrast ahí mismo. En cambio quiso ver a Maika. Las dísir tenían órdenes de apresarla y mantenerla con vida. La habían acorralado en las caballerizas tratando de unirse a la batalla contra Telenma, cuando los lobos rodearon su caballo, este se encabritó tirándola al suelo y luego le había dado una coz en la cabeza. Las dísir la habían lleva do a la cocina, el sitio más cercano. Ahí fue donde Bölthorn dio con ella. Estaba sobre la mesa de la cocina, una de las valkirias malditas le presionaba un trapo contra la herida. Estaba pálida pero aun respiraba.

–Ojalá puedas repararla –murmuró para Loki como si estuviese hablando de un artefacto y no de una persona. –Retírate. –La dísir se dio la vuelta y los dejó. Bölthorn tomó aire, –quítaselo –le ordenó a Loki. El aesir retiró el trapo ensangrentado mostrando la herida. –¡Que un mal rayo me parta!

Tenía el cráneo roto. Había trocitos grises en el trapo que Loki había apartado.

–No puedo volver a pegar su cerebro como si fuese un jarrón roto. –Dijo Loki.

–Se la daré a Brun.

–Acabas de jurar no lastimar a los istyar. –Le recordó Loki.

–Bien. Quédate aquí con ella ya que eres tan generoso. Es un fiambre, un fiambre.

Entre el suicidio de Niriel y esto, Surtur tendría que esperar hasta que pudiese traer más istyar desde Vilwarin.

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Cuando Bölthorn llegó hasta Hrimthurs, éste estaba activando el octavo pilar. Los obeliscos crearon una barrera, con su energía interconectada, creando un domo que cubría todo el observatorio y gran parte de sus alrededores. El cielo se tornó oscuro. En la penumbra Hrimthurs y Bölthorn hablaron.

–Tus dísir los han matado a todos.

–¿Devoraron a Telenma? –Inquirió Bölthorn viendo que sus valkirias se estaban dando un gran festín, arrancando la carne a dentelladas de los cuerpos de los elfos moribundos.

–No –dijo Hrimthurs. –Ella clavó el mango de su espada en el suelo y luego se lanzó sobre el filo.

–Estos elfos de luz, son muy dados al suicidio. –Bölthorn sonaba molesto.

–Valoran sus almas. –Protestó Hrimthurs. –Creemos que al morir volvemos al seno de las diosas Anar e Isil, en cambio si las dísir te devoran, te pierdes en el olvido. –El gran arquitecto dejó de hablar de sus enemigos. Apartó la mirada del campo de muerte frente al observatorio. –¿Ahora qué sigue? ¿Podrán entrar los aesir?

–No. –El observatorio fulguraba a espaldas del cambiaformas. –El Bifrost ha sido bloqueado. No podrán usarlo para venir a Svartálfheim.

–¿Surtur será liberado?

–Aún no.

Hrimthurs asintió. Sus pilares defenderían el observatorio. Nadie que no recibiera la bendición, o más bien maldición, de Bölthorn podría entrar ni salir del domo que había creado. Ningún elfo de luz podría revertir lo que habían logrado.

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Loki había desaparecido hacia dos días. Y lo primero que Thor había hecho, había sido enviar un mensajero urgente a Svartálfheim para avisarle a Eyvindur que sus enemigos conocían sus planes de guerra. No recibió ninguna respuesta por parte de sus aliados elfos pero le pidió a Heimdall que vigilara la situación.

Y esa misma mañana, habló con sus hijos. Como no lo iba a hacer si en cuanto notaron que no aparecía para desayunar, le preguntaron por él. Se había debatido entre contarles la verdad, que a Loki se lo había llevado un hechicero malvado para que así no creyeran que se había ido por su propia voluntad pero cambió de parecer pensando que eso los preocuparía en demasía; luego consideró decirles que había partido por asuntos mágicos impostergables y que él iría a buscarlo. Finalmente escogió decirles que su padre los quería y no se había ido por su gusto. Sus hijos no tomaron a bien la noticia. Magni que no olvidaba la muerte de su madre ni la desaparición de su tío, y que además se había encariñado con Loki; se ensimismó en un silencio hosco. Nari que por fin entendía que no estaba, se puso a llorar. Y Hërin, que siempre estaba vigilando a su padre para que no se fuera, empalideció y protestó enojado. Thor se las apañó para consolar lo mejor que pudo a sus vástagos pero finalmente tuvo que ponerlos en manos de su madre y sus niñeras.

–Thor –lo había detenido su madre al salir del comedor, y lo había mirado con palpable inquietud.

–No quiero ocultarte secretos pero tampoco quiero preocuparte. Confía en mí, prometo que cuando vuelva de Svartálfheim con Loki, los tres hablaremos. –Esa promesa calmó un poco a Frigga.

Thor ultimó pendientes apremiantes antes de partir a la guerra. No quería dejar a su reino ni a su familia a la deriva.

Hizo a Hallgeir preparar los nombramientos para su ausencia, como regente se quedaba Ragnheidur, a quien le había advertido que no quería sustituciones, despidos, restituciones, ni nombramientos de nadie hasta que él volviera. En cuanto al gobierno de la ciudad de Asgard, Ari iba a ocupar el puesto. Volstagg no iría a Svartálfheim, se quedaría con sus unidades de hired y al mando de los einheriar para custodiar el reino dorado.

Ari le había contado, con gesto preocupado, que un drakar lleno de elfos oscuros se había marchado aquella mañana de Asgard, y que entre ellos iba Svadilfari. El capitán del barco tenía permiso de navegación pero eso no significaba que pudiera extraer a Svadilfari sin encender una alarma en Asgard. El elfo oscuro no podía ni debía salir de la ciudad dorada, pues con la guerra de Svartálfheim en apogeo, a Thor sólo se le ocurría que podía estar en un sitio.

–Haz llamar a Tulk –le pidió a Ari.

El ingeniero había llegado aferrado al tratado de paz que se había firmado y lo abrazaba como si fuera su único asidero. Rememorar eso, hizo a Thor sentirse como un imbécil, como si todos sus ideales de paz y de unificación de los nueve, estuvieran mofándose en su cara; pero se negaba a que aquel tratado de paz quedara en nada.

–No te voy a preguntar dónde se encuentra Svadilfari porque es obvio para los dos, a donde se ha ido. Por sus acciones, me sería fácil desconocer el tratado de paz que firmé como testigo, me sería aún más sencillo dar cuenta de los elfos oscuros en Asgard pues no podrían oponerse a mis einheriar o aún más; podría recordarles su naturaleza paria. ¡Pero no es lo que quiero! –le había dicho –el que estés aquí Tulk me indica que no estás acuerdo con lo que Svadilfari ha hecho, dime ¿dejarás que todos los reinos los conozcan como traidores al tratado de paz al que te aferras con tantas esperanzas o prefieres ir conmigo en calidad de ingeniero militar reafirmando que los elfos oscuros tienen honor?

Tulk aceptó ir con él.

Después de eso se dirigió al campo de entrenamiento donde Sif terminaba de alistar a sus hombres, habían decidido también unir a dos unidades de skjaldmö a los ulfhednar que partían. Heimdall le fue dando las últimas noticias sobre la guerra en Svartálfheim: Thyra había conquistado Barad Eithel y marchaba junto con mercenarios, hacia la capital, Vilwarin; mientras que los elfos oscuros habían tomado el observatorio, sobrepasando a Telenma quien lo protegía. Encima, habían recurrido a extraña brujería que le impedía al guardián, continuar observando lo que sucedía, empezaban a intuir que había alguien más ayudando a los enanos y elfos oscuros. Todo ello sonaba preocupante pero Thor estaba seguro de que aunque Thyra llegara hasta Enya, el Bifrost los llevaría de inmediato a la retaguardia de la enana y entonces le enseñarían una lección. Vilwarin no caería en un día.

–No tenemos más tiempo –le dijo a Sif y le compartió todas las noticias de las que disponía.

–Partiremos al amanecer –prometió. Se decía fácil pero reunir seis mil soldados, no era sencillo.

Thor la dejó hablando con Hogun, y sus pasos lo llevaron hasta las alcobas de sus hijos, quería comer con ellos pero aún tenía que hablar con el resto de sus concejales e instarlos a mantener la serenidad en Asgard mientras ellos iban a la guerra. Entró a la alcoba justo cuando escuchó el llanto de Nari y algunos gritos. Nari corrió directo hacia él para estirarle los brazos.

–¡Papá! –lloró la niña y señaló a sus dos hermanos que se batían en medio de la alcoba mientras sus respectivas niñeras tiraban de ellos para separarlos.

–¿Qué pasa aquí? –Habló, no tuvo que elevar la voz para que su tono de rey y general, le saliera naturalmente. Sus hijos se quedaron estáticos. Thor avanzó hacia ellos. Magni se encogió como esperando un golpe que nunca llegaría; Hërin le mostró los dientes pero luego agachó la mirada, una fierecilla domada. Magni hilvanó primero la historia.

–¡Me ha mordido! –Le enseñó la mano enrojecida.

–Él me empujó –se defendió Hërin.

–¡Estábamos jugando! –Hërin le gruñó a su hermano mayor y pareció presto a lanzarse de nuevo sobre él.

–Basta los dos, esta no es la forma de comportarse de un aesir –los reprendió usando palabras similares a las que su propio padre empleaba. –No importan las razones por las cuáles se desentiendan, son hermanos y siempre lo van a ser; quiero que ambos se disculpen y que esto no vuelva a suceder –les dejó en claro.

Ambos niños se pidieron disculpas a regañadientes. Thor estaba seguro de que se les pasaría, que para el anochecer ya estarían jugando juntos nuevamente.

–Tengo algo que decirles –comenzó, depositó a Nari en el suelo y se agachó para estar a la altura de sus vástagos. –Como rey de Asgard tengo el deber de proteger la paz de los nueve mundos, la cual se ve amenazada, así que debo partir al mando del ejército aesir, pues soy el general supremo. Iré a Svartálfheim.

Decirles eso, provocó que Nari volviera a abrazarse a él y que los otros dos lo vieran hoscamente, casi como si se hubieran puesto de acuerdo.

–¿Por qué? –Le preguntó Magni.

–¿Recuerdan a Hagen y a Eyvindur? –Los niños asintieron –tienen problemas y necesitan que les ayude, como ellos me han ayudado en el pasado.

–¿Por mi padre Loki? –Indagó Hërin con esperanza.

–Sí, él va a volver –le aseguró tal como Loki le había pedido aunque no estuviera seguro de ello. –Volveremos los dos y estaremos juntos –los alentó sin poder darles otras palabras, pues si él mismo perdía la esperanza, ¿de qué forma podría brindarla a sus hijos?

De pronto Thor sintió una terrible corazonada que le llevó a ordenarle a Hogun que tomara a los hombres que tuviera listos, y marchara a Svartálfheim de inmediato.

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–Thor, hay un problema con el bifrost –le dijo Heimdall a través de Hugin. –No puedo abrir el portal hacia Svartálfheim, algo lo impide. –Por el tono del guardián, Thor supo que eso jamás le había pasado anteriormente y que eso significaba muchos más problemas.

El ejército de Hogun estaba detenido en el bifrost, sin poder acudir a ningún sitio pero Thor supuso que Hogun ya regresaba a palacio para recibir nuevas órdenes. Llamó a su concejo de guerra para tomar una nueva acción. Sif y Volstagg se sentaron a su lado, en uniforme de combate como si fueran a saltar a la batalla en cualquier segundo. Sif tenían los pertrechos listos, a los ingenieros militares alistados, a los maestres con sus instrumentos de curación, que incluía a Karnilla y a sus doulas; y programados los abastecimientos. Pero nada de eso servía si el bifrost no se activaba.

Hallgeir desplegó un mapa detallado de Svartálfheim sobre la mesa.

–Thyra, en estos momentos, se encuentra más o menos aquí –dijo Thor confiando en la última información que Heimdall había podido darles. –Va a marchas forzadas, así que no tardará demasiado en llegar a Vilwarin.

–Pero son inferior en número, sin duda los elfos de luz podrán detenerlos el tiempo que a nosotros nos tome poder abrir el bifrost –comentó Volstagg.

–En la presente situación, no deberíamos contar con ello. Los enanos no suelen entrar en guerra y hasta ahora los aesir no se han visto en la necesidad de combatir con ellos pero si los mercenarios están con ellos, la situación es diferente. Holme y Segsmündr tienen unas compañías de combatientes formidables –opinó Sif.

Hogun llegó en ese momento y tomó asiento consternado, se expresó de inmediato.

–Mientras cabalgaba de vuelta, no he podido dejar de meditar que esta guerra fue planeada con cuidadosa anticipación. No es igual a cuando Ausmünd se rebeló, quien subestimó las fuerzas de Eyvindur cuando su padre murió y desestimó las alianzas que sus sobrinos tenían. Pero ahora los que subestimamos la actuación de Hrimthurs y de Thyra, fuimos nosotros. –Thor estaba de acuerdo en que ninguno de ellos había sabido mirar, se preguntó si su padre habría sabido preverlo, posiblemente sí. –Está barrera que nulifica el bifrost, es sin duda, para impedir que ayudemos.

–¿Qué sugieren? –Les preguntó Thor.

–Sin el bifrost… –empezó Volstagg –podemos viajar en drakar, no poseemos flota y las distancias son largas para los capitanes sin experiencia pero podemos requisar todos los que estén ahora mismo en el puerto, sin importar su origen.

–Tardaríamos demasiado. Podríamos llegar a través del camino natural que existe entre Vanaheim y Svartálfheim –opinó Sif. Usualmente nunca los usaban y eran pasos cerrados que cada reino custodiaba de forma celosa –el bifrost puede llevarnos donde los vanir, y de ahí avanzaremos, llegaríamos al norte de Svartálfheim.

–Al menos a siete días de distancia de Vilwarin –dijo Thor, pero de todos modos era lo mejor que tenían. –¿Qué hay de los gemelos, Heimdall? –Le preguntó a su guardián y lo que le dijo, fue la primera buena noticia que había recibido. –Los vanir se encuentran en el sur de Vanaheim donde está la senda natural a Svartálfheim, recibieron un mensajero svartá pidiéndoles auxilio. Hogun, alcánzalos, en unas horas nosotros te seguiremos.

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Frigga, con un gesto solemne, se despidió de todo el ejército aesir formado en la plaza de Valaskialf. Les deseó un buen retorno a casa o un sitio en el Valhala. Tomó a Thor por el rostro para acercarlo hasta él.

–Palan–ralndil, hiruva on laurëmar –le deseó.

Magni estaba muy serio, vestido con la misma indumentaria de su ceremonia y con su espada en el cinto. Hërin también vestía una armadura de su tamaño, estaba enfadado y enfurruñado. Nari había permanecido en pie al lado de sus hermanos pero abrazó a su padre fuertemente, como si pretendiera de esa forma marcharse con él. Thor tuvo que dársela a la fuerza a su madre.

Acarició a sus hijos.

–Magni, protege a tus hermanos –le pidió. El niño asintió solemnemente.

–Padre. –Hërin olvidó su enojo y alcanzó a Thor de una mano cuando éste ya daba media vuelta, se abrazaron.

Llamaron a las armas a los soldados. El ejército respondió con un bramido, luego todos los oficiales y soldados desenvainaron sus armas y comenzaron a golpear rítmicamente contra los escudos inundando el patio de un estruendo ensordecedor. Avanzaron con un solo paso, como si se tratara de un solo hombre a través del Bifrost. Antes de alejarse más, Thor les dirigió una última mirada.

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CONTINUARÁ…