CAPÍTULO 36 DESCUBRIMIENTO 2.0

Alaska, Diciembre 20:35 h

Las contracciones de Irina eran cada vez más agudas y seguidas; no había mucho problema en determinar el diagnóstico de lo que le estaba ocurriendo. Se suponía que no salía de cuentas hasta dentro de veinte días, según los últimos cálculos de su ginecólogo. Claro, que eso había sido durante el segundo trimestre del embarazo.

Desde entonces, tanto Irina como su marido Peter tuvieron que conformarse con rezar y esperar a que todo saliera bien porque, aunque la suerte había estado de su lado haciendo que un cirujano sobreviviera en su comunidad, no había habido manera de hacer una revisión en condiciones.

Ecografías, análisis de sangre, control de glucosa, estado de la placenta…

Tendrían que apelar de nuevo a su buena suerte, rezar todas las oraciones que recordaran y poner velas a todos los santos que conocieran porque la mujer apretaba los labios con fuerza para evitar gritar más; ella ya tenía suficiente con el dolor que parecía partirla en dos como para tener que preocuparse por los no muertos que seguramente aguardaban al otro lado de las vallas.

El médico salió de entre las piernas de Irina para mirar al padre de la criatura aún nonata.

—¿Qué… qué ocurre? — el médico frunció los labios —. Ya está de parto, ¿no?

—Sí… pero no dilata lo suficiente, Peter. No soy ginecólogo, pero sé lo suficiente de la materia como para decirte que ya debería haber dilatado al menos siete centímetros… y no llega ni a tres.

—¿Y no puedes ayudarla de alguna manera? — negó con la cabeza.

—Aquí no. Aquí apenas dispongo de un fonendoscopio, Peter… y eso ya es mucho en nuestras circunstancias — el cirujano se pasó la mano por el pelo sudoroso a pesar de las temperaturas a las que estaban. La situación era complicada.

—Dígame que todo va a salir bien, doctor Eleazar… lo único que me quedan en esta vida son Irina y el bebé… ayúdeme a no perderlos también, por favor… — el médico suspiró —. ¿Qué es lo que podemos hacer?

—La última vez que los hombres hicieron una salida a por provisiones les hice una lista con cosas que podríamos necesitar. Hay un fármaco para ayudarla a dilatar… pero, evidentemente, no me esperaba que fuéramos a estar en esta situación y menos aún, tan pronto — Peter suspiró en parte aliviado.

—Puedo ir a por esa medicina a alguna clínica cercana, puedo acercarme incluso al hospital si hace falta — dijo esperanzado —. Se lo puedes poner y… — Eleazar negó.

—Peter… si hay sufrimiento fetal deberé practicar una cesárea — el futuro padre le miró de hito en hito.

—¿Una cesárea? Dios… pues no sé. ¡Hazlo! — exclamó de nuevo angustiado.

—Una cesárea no es como un parto normal, Peter. ¿Acaso quieres que abra en canal a tu mujer con un cuchillo para la carne en el baño de una casa convertida en refugio? — el médico se arrepintió de sus palabras nada más ver la cara del hombre —. Compréndeme… no… no tenemos un generador tan potente como para tener todos los aparatos conectados, pero necesito tener a mano la anestesia, el equipo mínimo y una sala esterilizada, por el amor de Dios… aquí apenas tengo unas pastillas para el dolor. Si detecto sufrimiento fetal deberé abrir cuanto antes.

—El hospital está a treinta kilómetros. No es lo mismo ir yo sólo que arriesgar a mi mujer y a mi hijo — el hombre negó con la cabeza; mucho se temía que Peter estaba a muy poco de entrar en estado de shock.

—Descarta ahora mismo esa idea, Peter — la cara del médico cambió ligeramente. Eso lo notó el hombre.

—¿Qué?

—Sigue siendo una locura y tampoco es que esté muy bien acondicionado…

—¡Dime de una vez!

—La enfermería del polideportivo… tendríamos que salir de la protección de la urbanización, pero está cerca… y es nuestra única salida — los dos hombres se miraron. Por si tenían algún tipo de duda Irina soltó la mordida de su labio haciendo que se le escapara un grito de dolor.

—Hagámoslo. Por Dios, hagámoslo ya.

—¿Qué? — gritó Irina —. ¿Qué es lo que vamos a hacer? — su marido se acercó a ella y la acarició el pelo humedecido por el sudor.

—Cariño… el bebé quiere salir, pero no dilatas lo suficiente. El pequeño… no tiene espacio — suspiró —. El doctor quiere trasladarte a… a la clínica del polideportivo por si hubiera que realizarte finalmente una cesárea — la mujer se alteró aún más.

—¿Una cesárea? Oh, no… — lloró —. No quiero que le pase nada a mi bebé, Peter…

—Y no le pasará nada pero tenemos que estar prevenidos, ¿de acuerdo? ¿Vas a ser fuerte por nuestro bebé? Dime que sí, cariño… dime que sí — Irina asintió mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas acaloradas.

Ambos se limitaron a mirarse con las manos entrelazadas mientras el médico ordenaba a un par de compañeros de penurias que le ayudaran inmediatamente. Metió todo lo que poseía que pudiera servirle en una urgencia de estas características aunque no era mucho. Suspiró. Estaba nervioso; él era cirujano de medicina general. Apendicitis, cálculos biliares… eso era lo que llevaba haciendo dos años en el hospital más cercano. Hacía años que no se paseaba por la planta de ginecología y obstrecticia, quizás desde que era médico interno. Pero podría hacerlo, claro… no quedaba otro remedio… y sólo esperaba que todo saliera bien porque no disponían de mucho. En materia médica habían retrocedido al menos un siglo; no tenían ni la mitad de los aparatos que debieran tener, la asepsis, el personal capacitado…

—De acuerdo, está bien — susurró para sí mismo —. Vamos a hacerlo.

Charlotte, una de las chicas que hasta antes del desastre había trabajado en el instituto oceanográfico como veterinaria, se ofreció para ayudar; mejor era eso que nada, ¿no?

—Ya está todo — dijo Charlotte con una mochila en el hombro —. Ahora, ¿cómo demonios vamos a salir de aquí con una embarazada?

El corazón de Peter volvió a sufrir un vuelco; pensar en su mujer gestante ahí fuera con esas cosas al acecho le ponía enfermo, pero no tenían muchas más opciones si se quedaban en casa. Subió rápidamente al ático y se asomó por la ventana desde la que controlaban la situación exterior. La noche caía sobre ellos guardando los peligros evidentes, escondiéndolos entre las sombras. Y hacía frío… tanto frío…

Cogió los prismáticos de visión nocturna, todo un lujo que tenían gracias al equipo de uno de los aficionados a la caza del grupo. Tras las vallas de la urbanización había unos cuantos infectados, no muchos… pero se sorprendió gratamente al ver que éstos estaban mucho menos activos que al principio de la plaga. Un minuto… dos… sus movimientos eran exageradamente lentos, no se podrían fiar de ellos pero al menos el aletargamiento de esas criaturas les daría un tiempo extra que no les iba a venir nada mal.

Soltó los prismáticos sin ningún cuidado y bajó corriendo las escaleras.

—No sé qué demonios les pasa a esas cosas, pero están prácticamente parados — dijo a nadie en concreto mientras cogía a su mujer en brazos. Irina gritó por la impresión.

—Charlotte, coge dos escopetas — dijo el cirujano —, y manda a alguien para que nos abra la puerta principal en cuanto estemos listos en el coche.

La chica asintió. La casa se sumió en un estado de alerta típico que había sufrido cada vez que tuvieron que salir a por provisiones, aunque esos momentos habían quedado parcialmente olvidados. En esta ocasión los que iban a salir al exterior eran quizás, los más vulnerables de toda la comunidad que habían formado. Todos eran importantes, sin distinción ninguna, pero Irina y su bebé se habían convertido en la esperanza del grupo, el nacimiento de una nueva vida en medio de tanta muerte y desolación sólo se podía calificar como milagro.

Eleazar, Charlotte y Peter con su mujer en brazos fueron hasta la parte en la que estaban estacionados; eran una vía de escape por si las cosas se ponían feas y tenían que huir de allí, aunque gracias a los cielos no habían tenido mayores altercados que algún que otro infectado inspeccionando con malsana curiosidad los muros exteriores. Eleazar se puso tras el volante, Charlotte como copiloto y Peter y su mujer en la parte trasera; ni las mantas con las que la habían tapado hacían que Irina dejara de tiritar. Su camisón estaba empapado por el líquido amniótico y el sudor de los esfuerzos.

El dolor… oh, el dolor se estaba haciendo tan intenso… Esa presión… quería que le sacaran ya al bebé, quería dormirse y, cuando despertara, estar en la cama de su refugio, entre mantas y con su bebé en brazo. Esto no tenía que estar pasando así… no. Ella debería haber dado a luz en un hospital, con sus padres y hermanos en la sala de espera atentos al alumbramiento de la nueva vida… No así…

Ni siquiera se enteró cuando Eleazar arrancó el coche ni cuando sus compañeros abrieron las puertas reforzadas de la urbanización. Escondió su cara sudorosa en el hueco del cuello de su marido. No era momento de ver a esos muertos que se empeñaban en seguir vivos. El momento ya estaba siendo demasiado complicado, durante su parto no quería tener la mente puesta en los infectados, por muy difícil que le resultara…

Un frenazo la sacó de su estudiada concentración contra el dolor.

—¿Qué pasa, Peter?

—¿Por qué demonios para, doctor? — gritó Peter —. Tenemos que aprovechar el camino libre, joder. ¡Tenemos que llegar ya!

—Charlotte, cúbreme — dijo ignorando la parte trasera del vehículo —. Voy a entrar ahí — señaló la farmacia —. Necesito coger algunas cosas, algunos anestésicos… por si no hubiera en la enfermería del polideportivo — la chica asintió mientras manejaba no sin temblores la escopeta.

—¡No puedes salir ahora, Eleazar! — gimió Irina —. Necesito… ¡oh, Dios! — gritó agarrándose la tripa —. Necesito que me ayudes ya…

—Y lo voy a hacer… pero para hacerlo bien necesito medicinas, ¿lo entiendes? — la mujer asintió —. La puerta está abierta — le dijo a Charlotte —, espero que sea rápido. Si ves cualquier cosas sospechosa, dispara — la chica asintió.

No estaba seguro de que el plan llegara a buen puerto. No habían podido planear nada, nada estaba saliendo en condiciones… Hizo algo que llevaba mucho tiempo sin hacer. Se santiguó y pidió a quien estuviera ahí arriba, si es que había alguien, que les ayudase en esta crítica situación.

Contaron hasta tres en silencio y salieron del coche de manera sincronizada, Charlotte con la escopeta delante, el doctor detrás.

Peter era un mero observador de la escena. Intentaba calmar a Irina, no podía ni imaginar los dolores que estaba teniendo en esos momentos aunque sin pensárselo dos veces, se hubiera cambiado por ella.

—Tengo… tanto miedo… — Peter desvió la mirada hacia la farmacia; veía el reflejo de la linterna y, gracias a los cielos, no escuchaba nada raro salvo los intentos de Eleazar por buscar lo que necesitaba.

—Pronto pasará, cariño… Te lo prometo…

Toc.

Toc.

.Toctoctoctoc…

Ambos alzaron la cabeza y miraron a través de la ventanilla. Irina no pudo sofocar el grito de pavor al ver a un infectado al otro lado del cristal dejando una mancha oscura de vete tú a saber qué. ¿De dónde demonios había salido? Peter lo único que pudo hacer fue poner su cuerpo como escudo frente a Irina. El silencio era atroz. El infectado no se movía. Ellos no se movían. Nada se movía, el tiempo parecía haberse detenido.

Hasta que el no muerto rompió la ventanilla con un certero golpe.

Los cristales hechos añicos cayeron sobre la pareja arañando la cara de Peter. Ese pequeño derroche de sangre pareció incitar al infectado que gruñó al cielo ansioso por saborear su particular manjar. Sin poder reaccionar Peter fue arrancado de su asiento con unas manos muertas, frías y desagradables. Como si no supusiera ningún esfuerzo para el zombi alzó al hombre un par de palmos del suelo y lo olisqueó; si hubiera podido gesticular de seguro hubiera puesto cara de satisfacción.

Quedaron cara a cara.

Los ojos blancos y acuosos del infectado miraban sin ver a Peter. Su nariz inexistente olisqueaban los hilillos de sangre que manaban de su cara. Su boca, en parte desgarrada, dejaban ver unos dientes grisáceos y unos labios desgarrados. Peter no entendía cómo seguía vivo, cómo aún no le había clavado los dientes en su carne… entonces, en un hecho sin precedentes, el infectado lo dejó caer al suelo como si fuera una marioneta, ignorando el trozo de comida en el que se podía convertir su cuerpo.

Avanzó hacia la ventana rota del coche.

Irina se encogió en sí misma, incapaz de gritar, huir o defenderse de alguna manera posible. Vio cómo el no muerto asomaba su cabeza podrida y olisqueaba en el aire. Se acercó hasta ella hasta el punto de poder oler su aliento, carne podrida. Contuvo las ganas de vomitar que le dieron.

No podía acabar así, por el amor de Dios. Después de todo lo que habían pasado no podía morir en la parte trasera de un coche mientras esperaba el momento de ver la cara de su hijo. No… fluidos corporales viscosos y parduzcos cayeron sobre las mantas con las que se arropaba la embarazada. No, no iba a vomitar. ¿Por qué estaba pasando todo tan lento? Podía oír a lo lejos a su marido gritando… Cuando estaba a menos de cinco centímetros de la dentadura podrida del infectado este se sacudió como si le estuviera dando un ataque o algo parecido. No le habían disparado, no había sonado el estruendo de la escopeta. El no muerto gritó al cielo como si estuviera confundido, si eso fuera posible, mientras su cuerpo seguía tiritando.

Se apartó de la ventanilla y por ende de ella.

No le había mordido.

No le había atacado.

Y eso debía tener alguna explicación, aunque ese no era el momento para pensar en nada de eso. Ahora sí, el sonido de la detonación de la escopeta la dejó sorda momentáneamente pero no ciega; pudo ver cómo el cerebro licuado de ese ser que le había perdonado la vida sin saber aún por qué, salpicaba el todas direcciones. Eleazar ayudó a Peter a levantarse, tenía un brazo en una posición antinatural y un gesto de dolor profundo en la cara. Con cuidado le metieron en el coche y se pusieron de nuevo en marcha por si aparecía otro zombi.

El silencio inundaba el coche sólo roto por el motor trabajando a la máxima potencia.

—¿Lo has visto? — susurró Charlotte al doctor —. No… no la ha atacado. Y ha tenido oportunidad. ¿Por qué? ¿Por qué motivo ha… huido de Irina?

La mujer gritó de nuevo presa de una nueva contracción.

Eleazar y Charlotte se miraron en silencio…

Ambos parecieron entender. ¿Sería posible…?

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·

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Se podía decir que los siguientes días fueron como un pequeño lago de tranquilidad en nuestra puta pesadilla personal y duradera.

La pequeña Maddie superó poco a poco su otitis e infecciones y volvió a ser la niña risueña que era; empezaba a disiparse lentamente esa carita de bebé en estado puro para perfilarse más como una niña despierta, con ganas de jugar y de gritar. Nunca lo expresamos en voz alta pero todos teníamos puestas nuestras esperanzas más profundas en ella, en el ser más joven que habitaba nuestra humilde morada, en esa personita que tendría que ver el día de mañana la victoria contra la no muerte o la desolación y la extinción más absoluta.

La segunda noticia cojonuda al máximo era que no nos tuvimos que volver a acercar a la puerta principal excepto para hacer las rondas diarias de reconocimiento; ni queríamos nada del exterior ni, gracias a Dios, lo necesitábamos. Que la fuerza nos acompañase, joder.

La noticia mala, si es que se podía llamar así, era que el invierno inevitablemente se cernió sobre nosotros con toda su mala hostia posible; el cambio climático había sido un gran hijo de puta que, ayudado por nosotros, nos había jodido la capa de ozono, sí… pero ahora que el mundo estaba limpio de las impurezas que nosotros mismos habíamos creado se notaba un frío que te congelaba las pelotas. Habían caído ya dos nevadas importantes y lo que quedaba… y sin avisar, por supuesto. A saber dónde coño se había metido el hombre del tiempo. En fin, a falta de televisión que nos entretuviera nos asomábamos a ver cómo los infectados intentaban salir de la trampa blanca en la que se convertía la nieve. Pero qué hijos de puta que éramos, coño.

De todos modos Garrett, nuestro inventor oficial, contribuyó a la causa contra el frío construyendo una especie de estufa con vete tú a saber qué piezas que poníamos en marcha a ratos gracias al combustible para barbacoas que robamos del súper de la esquina hacía ya mil años. Eso, sumado a las mantas y la ropa de abrigo que teníamos, hacíamos frente a las gélidas temperaturas con un estoicismo que ninguno de nosotros esperaba. A veces hacíamos campamento y dormíamos en la sala de estar; preferíamos dormir un poco incómodos y apretados pero calientes. Afortunadamente mis noches solían ser pacíficas y calientes a pesar del dolor de puta espina dorsal que algunas veces me atacaba sin compasión. Tenía a Bella a mi lado, instalada sobre mi brazo y, eso, hacía que me olvidara de las incomodidades y de hasta mi apellido. Joder, se podía decir que a veces me olvidaba de lo que estaba pasando ahí fuera. ¿Zombis? ¿Qué coño dices de zombis? Ah, sí… después de muchas semanas de amor supuestamente no correspondido me daba el gusto de dormir con ella a pierna suelta. Oh, y haciendo la cucharita.

Se podía decir que me lo merecía, ¿no?

Además, había cambiado de pareja para hacer los turnos de seguridad; sin mucho —ningún— remordimiento dejé abandonado al preso para poder pasar más tiempo con mi chica. Las guardias eran mucho más amenas y pasajeras entre besos y confidencias. Sí, joder… me estaba amariconando hasta el flequillo.

Se acercaba Navidad.

No es que pensáramos mucho en esas fechas porque básicamente nos hacía daño. Se suponía que la Navidad era para pasarlas en familia, felices y contentos cantando villancicos, no para estar rodeados de un grupo de supervivientes en un jodido parque de bomberos y con unos cuantos no muertos como vecinos. Aún así, intentamos estar lo más animados posible porque, a pesar de todo, teníamos que celebrar que seguíamos vivos. Nuestro corazón latía al ritmo de la vida, nuestros pulmones se encargaban de renovar el aire de nuestro cuerpo… Sí, de momento estábamos enteros, pero en la situación en la que estábamos no es que pudiéramos pensar mucho en el mañana.

Carpe diem, vive la vida, cojones.

—Una pierna de cordero — dije tocándome mi vientre plano. Echaba de menos hacer ejercicio; ahora teníamos que guardar las energías para seguir adelante —. O un pavo relleno — Bella rodó los ojos.

—Sí, y para regar la cena un sorbito de Moet&Chandon, ¿qué te parece?

—Hey, ¿qué pasa? Se puede soñar un poco, ¿no? Parece ser que es lo único que no nos han quitado estos cabronazos — Bella me miró fijamente. Luego enlazó su brazo con el mío y recostó la cabeza sobre mi hombro. Cerré los ojos para poder oler mejor su pelo… pero estaba tensa. A veces mis comentarios no eran los más acertados. Ah, el humor negro… —. Si no fíjate en mí… hace semanas soñaba con cierta morena entre mis brazos y mírame ahora — noté su sonrisa.

—Quizás tienes razón… quizás deberíamos… ¡no sé! Alegrar un poco la cena de Navidad, comida especial aunque sea por una noche. ¿Crees que es una locura pensar en eso en la situación en la que estamos?

—Nah… creo que estaría bien. Por los chicos. Jane y Seth están más apáticos que mi moral. Ellos podrían encargarse de hacer algo — me encogí de hombros —. Que se sientan útiles, ¿no? — Bella sonrió.

—Cada vez me jode menos reconocer que eres un encanto — me dio un beso rápido en los labios. Quizás demasiado rápido. No. Seguro que fue demasiado rápido.

—Eso ha sido un cumplido, ¿no? — me ofreció otra de sus sonrisas.

Iba a besarla otra vez, despacito y sin prisas… pero como siempre alguien apareció en escena. Es lo que tiene vivir con un huevo de personas, que la intimidad se va a tomar por culo, básicamente.

—Bella, tienes que escuchar esto, joder — ambos miramos a Garrett. El cabrón parecía que venía de cobrar el súper bote de la lotería, como poco. He de decir que Bella no aceptó de buen agrado la interrupción a juzgar por su cara. Bien, al menos no era el único.

—¿Qué cojones pasa ahora? ¿Han venido los extraterrestres a invadirnos? ¿O acaso se trata de la nueva era de los Transformes? Si es así dile a Shia Labeouf que ya no estoy disponible — el tío rodó los ojos de aquí a Lima.

—Tía, te juntas demasiado con Míster Manguera… se te está pegando ese humor de mierda que tiene — suspiró haciéndose el ofendido —. En serio, ven… venid. Es la radio. Nos ha parecido escuchar algo. Podríais venir a echarnos una mano… o una oreja. Tenemos los oídos estresados, coño. Ya no sabemos si realmente estamos escuchando algo o nos lo estamos imaginando.

Después del Antiguo Testamento que nos recitó se hizo un silencio. Madre del amor hermoso. ¿La radio? Joder, llevaba más semanas muerta que nuestros jodidos vecinos que ocupaban la calle. Como había dicho Garrett podía ser simplemente estática; cuando te tocaba una guardia en la radio y te pasabas horas pegado al aparato, con el pasar de los minutos, parecía que escuchabas hasta Justin Bieber. O podría tratarse también de alguna grabación que se repetía una y otra vez desde hacía semanas perdida en el espacio. Como fuera, la esperanza era lo último que debíamos perder así que movimos nuestros prietos culitos y fuimos hasta lo que se había convertido en nuestra sala de control. Y allí estaba el preso de los cojones con los auriculares enganchados en las orejas como si de un DJ de Fabrik se tratara. ¿Pero dónde coño se habían quedado el techno y el dubstep? Como fuera…

—Vale, que conste en acta y ante testigos que no me ha hecho ni puta gracia haberos interrumpido en vuestro momento zen parejita, el fireman luego se me estresa… pero creo que aquí tenemos algo interesante.

Mi poli mala le quitó los auriculares a mi amigo sin ningún tipo de cuidado y escuchó atentamente. Durante los siguientes minutos pude ver cómo sus gestos variaban desde el ceño fruncido hasta la ceja alzada. Finalmente se quitó el aparato y suspiró.

—No… ni oigo gran cosa, Black. O hemos perdido la conexión de quienquiera que estuviera allí… o simplemente te lo has imaginado — Balck cogió de nuevo los auriculares sin apartar los ojos de Bella y escuchó.

—No puede ser, joder… — susurró —. Os juro que he escuchado algo. Garrett también, díselo, tío — dijo como un niño pequeño que desea con todas sus fuerzas ser creído por los adultos de turno.

—Puede que el cansancio… — empezó a decir.

—¡No! Lo que he escuchado era una puta voz, ¿vale? Con sus matices y todo. Era una jodida voz, un humano, coño.

—Está bien, está bien… —Bella le puso una mano sobre el hombro para captar su atención —. No pasa nada, Black. Puede que te lo hayas imaginado — él negó enérgicamente con la cabeza —… o puede que en realidad haya alguien ahí fuera que está intentando hablar con nosotros o con cualquier otro superviviente. Mira la gente de Alaska… hasta ayer estuvimos tres semanas sin saber nada de ellos.

—¿Y qué podemos hacer? El tiempo es oro. Si los hemos perdido… — dejó la frase sin acabar. Era la primera vez que veía al preso tan asquerosamente abatido.

—Lo único que podemos hacer es mantener de momento esta frecuencia, no mover ni un milímetro el dial… y rezar para que se vuelva a obrar el supuesto milagro.

No nos dio mucho tiempo a rezar porque ese milagro llegara ya que dos noches después del suceso la radio dejó de crepitar de nuevo para dejarnos oír un murmullo lejano.

Lejano pero nítido. Al parecer el regalo adelantado de Navidad había llegado en forma de contacto humano a través de las ondas.

Gracias, Dios.

—Aquí Manhattan, ¿me recibe alguien? ¿Hola? — preguntó Belle mientras mordisqueaba comida de su plato —. ¿Hay alguien al otro lado?

—…tamos… sington… grupo… meroso…

Bella dejó el próximo bocado a medio camino de su boca. Nos miramos como si nos hubieran pinchado las nalguitas con un alfiler súper afilado. Se oía con interferencias y lejana de cojones, pero ahí estaba. Y estaba hablándonos, a nosotros.

—Oh, Dios mío, Edward… creo que me están temblando las piernas, cariño. ¿Lo… lo has escuchado? Dime que lo has escuchado. He entendido que se trata de un grupo numeroso.

Asentí como un puñetero Elvis de goma colgado en la parte trasera de un coche.

Y he de reconocer que lo siguiente que hizo Bella me sobresaltó. Se quitó los cascos a la velocidad de la luz y saltó sobre mis piernas para besarme por toda la cara. Joooder, oh sí… preciosa, ven a mí. Me dejé llevar por su ímpetu y alegría y me permití darme el regalo del sabor de sus labios. Lamentablemente para mi lengua, mi lado maduro decidió salir a la luz justo a tiempo.

—Bella… radio… — mi poli se apartó de mí y asintió sonriendo. Mierda, ¿había mencionado ya lo guapa que estaba cuando sonreía de esa manera? Oh, sí… bien, hora de dejar de divagar.

—Aquí Manhattan, repito… supervivientes en Manhattan. Distrito de Tribeca. ¿Me reciben bien?

Estática.

—Sí — tuvimos que sonreír. Ese "sí" sonó tan alto y claro que parecía de mentira —. Aquí Washington… te oímos, Tribeca — me faltó dar palmas con las manos cuán fangirl ante su ídolo adolescente.

—¿Washington? No estamos muy lejos, ¿cuántos sois? ¿Es seguro vuestro refugio?

—Estado… — estática —, Washington. No DF — oh, mierda.

—¿Washington, me oís? — preguntó mientras movía ligeramente uno de tantos botones —. ¿Costa oeste?

—Afir… tivo…

La cara de Bella cambió por completo en menos que canta un gallo… o cantaba. ¿Acaso puedo ser más gilipollas de lo que soy? ¡Claro! Washington… Estado de Washington, Bella era de allí, sus padres aún vivían allí en un pueblo de aquel estado. ¿Acaso podría ser que….? Oh, vamos… en qué estás pensando, Edward. ¿En serio podría caber esa remotísima posibilidad de que nuestros nuevos mejores amigos radiofónicos fueran de…?

—Les… hablamos desde… Forks.

Venga. Con dos cojones y un palito. Viva las coincidencias y la bendita madre que las parió. ¡Coño! Contactaban desde Forks… ¡Desde Forks! Eso era la puta hostia en salsa rosa, cojones. Bella debía de estar eufórica, contentísima, dando saltos de alegría… la miré.

Ah, pues va a ser que no.

Acabábamos de descubrir que esas personas, esos supervivientes que habían estado días intentando ponerse en contacto con nosotros y que al final lo habían conseguido aguantaban el tipo como podían desde Forks. Forks, que por lo que me había podido contar mi poli mala era un pequeño pueblo en el que lo más interesante era la hora en la que tocaba sacar al oso disecado de la tienda de cebos para pesca… y lo peor era que Bella aún no reaccionaba.

No.

Simplemente se había quedado mirando a la nada pegada a la silla como si la hubieran untado sus hermosas nalgas con Súper Glue del bueno… y ya. Black estuvo muchísimo más rápido que yo y reaccionó a tiempo; le quitó los auriculares a mi poli y se los puso él para intentar no perder la maravillosa conexión que habíamos conseguido. Me agaché a su lado y la cogí de la mano. La pobre debía estar perdida en un laberinto de pensamientos ya que ese simple e inocente gesto hizo que se sobresaltara botando sobre la silla.

—Bella… mírame. ¿Qué demonios pasa? — suspiró.

—Estoy asustada…

—¿Asustada? — se relamió los labios de manera nerviosa.

—Sí, asustada… Edward, se trata de Forks. ¡Forks! Ese pequeño pueblo donde me crié, donde crecí, donde me rompí el dedo gordo del pie derecho un invierno en el que las heladas fueron unas hijas de puta… ese pueblo en el que puede, o no, que aún estén mis padres.

Coño. Joder… Ese pueblo en el que puede… o no, que estén sus padres. Me cago en la puta. ¿Y si… y si los padres de Bella no lo habían conseguido? ¿Y si el destino se había vuelto tan rebuscado jugando con nosotros, en este caso con ella, dejándonos mantener comunicaciones con ellos para después enterarnos que no había familia alguna por la que luchar? Dejé que el preso siguiera con su nuevo trabajo en telecomunicaciones y me centré en Bella.

—Eres fuerte — dije cogiendo su cara entre mis manos —, y estás con nosotros. ¡Estás conmigo! Siempre hay un lado bueno en todo lo que sucede, Bella… ¡hay supervivientes en la pequeña localidad en la que creciste, por todo lo sagrado! Ahora lo que vas a hacer es tomar el relevo al preso y preguntar todo lo que sea preguntable a la persona que esté al otro lado, ¿de acuerdo?

No sé si es que Bella estaba en estado de shock o es que mis palabras habían sido la hostia de convincentes pero, sin decir no una sola palabra, se giró y le arrebató los auriculares al preso.

—¿Con quién hablo? — al otro lado de la línea hubo una pausa dubitativa.

—Jess… Stanley — Bella soltó todo el aire de golpe.

—¡Jessica! Jessica, soy Bella… Bella Swan, la hija de Charlie y Renee. ¿Te acuerdas de mí?

—Oh… mi Dios… — se escucharon algunas interferencias, estática. Ruido, jaleo… —. Llama a Renee, ¡ya! — Bella cerró los ojos. Por su mejilla rodó una lágrima, aunque sonreí; esa lágrima era de alegría —. Bella… ya… Renee. Enseguida hablas con… ella…

—Jessica, dime… dime en qué situación estáis, por favor…

Black me cogió del brazo y me alejó de la zona de escucha.

—Tío, tenemos que avisar a los demás — dijo con una sonrisa —. Estamos empezando a encontrar a más gente. ¡Eso es genial! Este descubrimiento demuestra que no todo está perdido — miré a Bella. Estaba pegada a la mesa, sujetando los auriculares contra su cabeza con fuerza, metida de lleno en la conversación que estaba teniendo —. Déjala, ¿quieres? Deja que hable con su madre, con su gente. Dale un poco de privacidad, ella nos contará todo en unos minutos. Vamos a decírselo a la gente.

No quería dejar sola a Bella en un momento con ese, pero al fin y al cabo Black tenía razón; más de una persona entorpecería la comunicación. A regañadientes seguí al preso. El conocimiento de la noticia supuso para todos un chute de energía de la buena, un pequeño regalo anticipado de Navidades, una explosión de adrenalina en el cuerpo como hacía mucho tiempo que no lo sentíamos. Las conversaciones se dispararon, hubo abrazos, besos… Parecía increíble que en la que había sido la era de las comunicaciones estuviéramos exultantes por haber conectado con un puñado de humanos al otro lado de la costa. Una llamada por Skype, un mensaje por WhatsApp, una llamada nos podría haber puesto en contacto con ellos hace tan sólo unas semanas. Ahora, estábamos pegados a una radio que necesitaba un ajuste esperando el milagro. Jódete, IPhone de los cojones. Qué jodida retorcida era la vida, ¿eh?

Todo el mundo se calló y de repente reprimió sonrisas mirando justo detrás de mí. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero Bella entró a la sala donde hacíamos vida. Su cara era una mezcla de alegría, impotencia, esperanza… no podía leer su estado de ánimo. El libro de su cara se había cerrado con un plof muy sonoro.

—¿Qué pasa? — preguntó Rosalie —. ¿Qué te han dicho?

—¿Hay muchos supervivientes? — dijo Alice.

—¿Es seguro su refugio?

—Chicos, ¡chicos! — grité al ver la cara de agobio de Bella —. Dejad que se explique, ¿vale?

Todos la miramos. Ella suspiró.

—Hay cerca… cerca de unos ochocientos supervivientes — todos nos miramos entre todos. Eso era… era la leche. Hubo un murmullo generalizado —. Es apenas una quinta parte de la población de Forks — murmuró Bella.

—Sabes que aún así es una cifra excepcional — dijo Rosalie —. ¿Has… has podido saber algo de tu familia? — Bella asintió.

—Sólo he podido hablar con mi madre, se ha cortado la comunicación cuando iba a hablar con mi padre. Están bien… están bien — murmuró más para sí que para los demás —. Han creado un perímetro de seguridad, por lo que me han dicho hay una zona segura muy amplia. El instituto, la guardería, el ayuntamiento… están viviendo en grupos, el miedo aún es muy grande para atreverse a habitar las casas disponibles.

—¿Tienen medicinas y comida? — Bella volvió a asentir, aunque alzó las manos para pedir calma.

—Tienen todo lo necesario para hacer casi una vida normal y no sólo eso — suspiró —. Un grupo de militares lleva con ellos un par de semanas — ahora sí que se lio parda en la sala. ¡Militares! ¿Acaso las novedades podían ser mejores?

—¿Crees que podrán rescatarnos? — pregunté —. No es que me queje de mi refugio, pero…

—La buena noticia es que tienen dos helicópteros…

—¿Y la mala? — preguntó Emmett.

—La mala es que apenas les queda combustible… y que al parecer son los únicos militares en operativo, si es que puede decirse de esa manera. Su base dejó de ser segura al colarse un infectado, así que tuvieron que salir por aire hasta que encontraron el primer lugar seguro. Esperan… esperan encontrar a más compañeros aunque supongo que el número de deserciones debe ser estratosférico — se relamió los labios de nuevo; estaba nerviosa —. Aún no pueden arriesgarse a hacer una incursión en busca de combustible. No es tan fácil. Por ellos vendrían ahora mismo a por nosotros, pero la distancia es muy larga. Tienen que planificar todo muy bien antes de arriesgarse.

Decir que los ánimos decayeron un poquito quizás era quedarme corto. Aún así no podíamos estar tristes o apenados; había una comunidad segura, con alimentos y medicinas, de ochocientas personas. Ni en nuestros mejores sueños pudimos imaginar algo así hace unas horas. No pasaba nada si tardaban en venir a por nosotros; teníamos la despensa en muy buena forma, la enfermería estaba en todo su apogeo y todos estábamos sanos. ¿Qué importaba esperar un poco más? Estábamos un poquito más cerca de una vida más normal.

De todos modos la cara de Bella no era ni remotamente la que se esperaba de la situación; estaba aislada, sin hablar con nadie ni participar en ninguna conversación. Me acerqué a ella.

—Bella, cariño… ¿qué pasa? Son buenas noticias, ¿por qué estás así? ¿Hay… hay algo que no me has contado? Sabes que puedes confiar en mí — apoyó sus manos sobre las mías que acariciaban sus mejillas.

—No… no es eso… Tengo que ir…

—Y claro que iremos, cariño… Por supuesto. En cuanto los militares lo tengan todo listo vendrán a por nosotros y… — negó con la cabeza —. ¿Qué?

—No puedo esperar, Edward. Tengo que ir ya, tengo que hacerlo ahora — la miré como si la hubieran salido un par de brazos más.

—Pero, ¿qué me estás contando, Bella? Podemos esperar… ¿sabes lo que supone viajar hasta Forks en nuestra situación? Tendrías que atravesar todo el jodido país — me pasé las manos nervioso por el pelo crecido. Quería creer que no estaba teniendo esta conversación aquí y ahora y con Bella —. ¿Es que no te das cuenta de que pueden pasar como unas cien mil cosas y ninguna buena? — su cara en ese momento tampoco entraría en la definición de "buena".

—Hace un rato has dicho que de todo lo que ocurre debe haber una parte buena. Bien… pues yo no tengo más remedio que aferrarme a esa mínima parte buena, ¿es que no lo entiendes, Edward?

—¡No! No lo puedo entender si eso implica tu muerte. Puedes… puedes morir, joder. Puede que no llegues ni a la mitad del camino — susurré con la voz rota. No me podía imaginar que estuviera diciendo estas palabras —. En Forks están bien, pero sabes que en este presente que nos ha tocado vivir no hay nada seguro. Puede incluso que para cuando quieras llegar haya pasado cualquier cosa y ya no estén allí. Puedes que sólo hagas ese viaje para encontrar desolación y muerte — Bella apretó los labios, alzó la cabeza y me miró con dureza.

—Y si no lo hago estarme comiéndome la cabeza pensando cómo están, si siguen en las mismas circunstancias… esperando a que los jodidos militares encuentren combustible o puedan comunicarse con alguien del ejército. ¿Esperar a que se obre el milagro? No, gracias — se cruzó de brazos —. Además, no te estoy pidiendo permiso.

—No puedo dejarte sola y lo sabes.

—¡Tampoco te estoy pidiendo que vengas conmigo! — gritó haciendo que alguno de nuestros compañeros se centraran en nosotros —. Voy a ir hasta allí, no sé cómo… es más, no tengo ni puta idea… pero llegaré hasta ese jodido pueblo como que me llamo Isabella Marie Swan — no esperó mi respuesta. Se fue directamente hacia las escaleras para largarse. Estaba enfadada. Muy, muy enfadada. Mierda.

—Espera, Bella…

—¡No! — alzó la mano. La gente nos miraba sin entender qué demonios había pasado en apenas unos minutos —, ahora no. Sólo podrían salir cosas malas de mi boca en estos momentos. Además, tengo que prepararme para un viaje.

Bella dejó la sala de reuniones y se marchó; supongo que no dio un portazo más que nada porque nos habíamos acostumbrado a no hacer mucho ruido. Todas las miradas se dirigieron a mi persona. Madre del amor hermoso, ¿y ahora qué? Demasiada información que procesar, mucho por pensar… arggg.

—¿Qué le pasa a Bella? — Emmett fue el primer incauto que se atrevió a preguntar.

—Quiere ir a Forks, quiere ir con su familia… ahora que la ha encontrado — todos, como si estuvieran completamente milimetrados, fruncieron el ceño.

—Pero… no es precisamente un viaje a la vuelta de la esquina, Edward — dijo Alice con la niña en brazos —. Es peligroso.

—¡Lo sé! Pero a ver quién es el guapo que intenta concienciarla de que lo mejor es esperar a la ayuda por helicóptero — suspiré.

—Esa mujer es terca como una mula — dijo el preso —. Si ha decidido ir no creo que puedas convencerla de lo contrario.

—Dime algo que no sepa — murmuré.

—¿Irás con ella? — miré fijamente los ojos negros de mi amigo. Buena pregunta. Ahora todos esperaban mi respuesta.

—No quiero separarme de ella — dije sin contestar directamente a la pregunta. No estaba seguro de mí mismo, no estaba seguro de nada, por el amor de Dios —. Pero tampoco quiero verla sufrir, no quiero que la pase nada y la mejor forma de que eso ocurra es esperar aquí a que vengan con ayuda — la doctora Rosalie se acercó a mí; llevaba el pelo rubio sujeto con una cinta, su cara mostraba una comprensión que quizás días atrás no reflejaba.

—Tú y Bella sois unos pilares muy importantes en el grupo, Edward… No quisiera que os fuerais ninguno de los dos porque creo que sois los mejores líderes que podríamos tener… pero tampoco quiero verte aquí, llorando por las esquinas a la espera de alguna noticia de Bella, pensando a cada momento que ha podido pasar lo peor — negó con la cabeza —. Si yo estuviera en tu situación no me lo pensaría dos veces. Iría — a pesar de la perorata tan seria que me había soltado la doctora mala hostia sus ojos azules sonreían amables.

—Tienes razón — susurré —. Tienes razón, no… no puedo quedarme mientras ella… — puse los ojos en blanco —. Soy gilipollas, ¿sabes? Me largo, me voy… ¡me voy a Forks! — ahora todos me miraban, pero de forma extraña —. Debo estar loco, Dios mío…

Me marché de la sala mientras mis compañeros retomaban las conversaciones, y los debates de hacía un rato. Creo que no dejé de murmurar cosas incomprensibles mientras buscaba a Bella por toda la jodida estación. Suspiré cuando la vi en la sala donde tendíamos la ropa, seleccionando algunas prendas mientras las metía en una mochila.

—¡Bella, estás aquí! — suspiré —. Iré contigo — se giró mientras doblaba con ahínco unas braguitas.

—Pero yo no quiero que vengas conmigo, ¡no lo entiendes! — espetó apartándose de mi toque. La descripción gráfica de corazón roto sin duda alguna era mi cara en ese momento.

—Quiero ir contigo.

—¡No, no quieres venir! — gritó. La ventana que teníamos abierta para que se secara la ropa trajo una ráfaga de aire gélido que le alborotó el cabello—. No quieres atravesar medio jodido continente con un puñado de infectados oliéndote el culo. No quieres recorrer cientos de kilómetros para ver más y más desolación y, sobre todo, no quieres hacer este jodido y maravilloso viaje por carretera porque estás convencido de que no encontraremos nada más que muerte. La propia o la ajena, pero muerte al fin y al cabo — apretó la mandíbula —. No quieres hacerlo, créeme — fue a salir de ese pequeño cuarto pero la cogí del brazo reteniéndola a mi lado. Me iba a escuchar sí o sí, como que me llamaba Edward Anthony Masen, coño.

—Iré contigo — dije duramente —, es innegociable. Iré contigo porque ahora mismo no hay otra cosa que quiera más en el mundo que estar contigo, ¿me oyes? ¿Crees… crees que podría quedarme aquí sentado viendo cómo te largas sola? — negué con la cabeza —. Me da exactamente igual que unos podridos quieran olerme el culo, debo parecerles atractivo, joder… ¡no es la primera vez que lo hacen! Además… hacer una ruta en coche por carreteras estadounidenses sería la polla — sonrió —. Así que guárdate esa mala hostia por un ratito porque me voy a ir a Forks contigo, lo quieras o no — parpadeó rápidamente —. No tendrás más remedio que aguantarme… porque tú eres todo lo que tengo en este mundo de mierda y no pienso separarme de ti. Si tú saltas yo salto — suspiró.

—Esa frase… es de Titanic — susurró.

—Lo sé… — admití. Sonreí de lado —. Pero me apuesto lo que quieras a que ahora mismo yo estoy más bueno que DiCaprio, nena. ¿Se habrá zombificado? Porque no creo que tenga mucho éxito de esa manera… — mi poli sonrió levemente aunque ese bello gesto se esfumó mucho antes de que lo que hubiera deseado.

—¿Eso ha sido otra declaración de intenciones?

—Completamente. ¿Te vale? Ya sabes que no soy muy bueno en estas cosas… — me encogí de hombros de manera inocente.

—Pues sí, eres pésimo… pero me vale. Edward — se acercó a mí —, no sé cómo lo has hecho, supongo que has tambaleado mi bienestar mental por completo pero… te quiero, ¿sabes? — acorté el poco espacio que nos separaba y me enganché a su cintura como si fuera un salvavidas. El día de hoy estaba siendo un sube y baja de emociones que escapaba a mi compresión sentimental —. No quiero… no quiero que te pase nada, Edward — susurró en mi oído —. No quiero que, por acompañarme, te hieran o…

—No pasará nada — la corté antes de que acabe la frase.

—No quiero que resultes herido — continuó a pesar de mis súplicas silenciosas —. Pero comprende que tengo que ir, Edward. No puedo esperar, he pasado mucho tiempo creyendo que mis padres habían muerto — susurró —. No puedo esperar más — sollozó —. Ahora te tengo a ti pero necesito abrazar a mi familia… aunque sea lo último que haga…

·

·

·

La semana siguiente al contacto con los supervivientes de Forks fue notablemente más ajetreada; íbamos a necesitar muchas cosas y, como ya os podéis imaginar, todas esas cosas se encontraban en el exterior. Algo primordial era, por ejemplo, el combustible. Teníamos unas reservas bastante importantes en nuestro refugio, pero ni Bella ni yo queríamos tocar esas reservas ni dejar a nuestros compañeros sin algo tan importante como la gasolina.

El preso, ayudado esta vez por James, el piloto sin piñata, salieron en busca de gasolina; como yo mismo había dicho, toda lo que ocurre tiene una parte buena, hasta el apocalipsis… y así era. En la calle había un huevo de coches con más o menos cantidad de gasolina en sus depósitos, así que Black y compañía se hicieron con unas cuantas garrafas del preciado líquido. Y no sólo eso… como regalo de despedida nos trajeron un todoterreno tipo Jeep que, aunque se notaba que había pasado por tiempos mejores, era mucho menos ruidoso que mi tartana Chevy.

Nadie tuvo ocasión de aburrirse en el garaje. Garrett, alias el ingeniero, dio unas cuantas ideas a Black sobre cómo mejorar y asegurar nuestro nuevo coche mientras Bella y yo hacíamos acopio de víveres. Comida enlatada y paquetes de fruta deshidratada. Carne seca que habíamos tratado con salmuera al principio de la catástrofe. Garrafas de agua. Y ropa de abrigo, joder. Mantitas y chaquetas con las que poder dormir sin quedarte con los huevos congelados en el intento. El preso quitó los asientos traseros del coche dejando así un gran espacio en el que podríamos dormir dentro durante las noches que no encontráramos un refugio seguro. Sí, ya… íbamos a parecer sardinas en lata, pero últimamente los hoteles de cinco estrellas dejaban mucho que desear.

Decidimos salir el día de Navidad.

Queríamos pasar la cena de Nochebuena con nuestra nueva familia, lo necesitábamos. Tardaríamos mucho tiempo en volver a verlos y también tardaríamos mucho en volver a comer caliente. Como Bella y yo planeamos en un principio, Jane y Seth se encargaron de hacer lo más parecido a una cena de Navidad, exceptuando el pavo que me moría por comer y el champán. Las latas de conserva y la sopa de sobre nos supieron mejor que nunca; era una cena especial en la que nuestra despedida se llevaba parte del protagonismo. Nadie hizo ninguna alusión a nuestro inminente viaje; ya nos habíamos dicho todo. Además, había dos opciones. O salía todo de puta madre y volvíamos con unos pedazos de helicópteros con los que James fliparía… o simplemente no nos veríamos jamás.

Sonaba duro, pero era así.

Me había enfrentado muchas veces a la muerte. Mi trabajo no era fácil, ni mucho menos… así que se podía decir que tenía ese riesgo asumido. Decir que no tenía miedo a la muerte sería un poco temerario… pero sí lo tenía siempre presente. Sólo tenía una cosa clara; le había hecho jurar a Bella por lo que más quisiera que si algún infectado me pegaba el mordisco de mi vida en mi tierna piel no se lo pensara dos veces y me metiera un tiro entre ceja y ceja.

¿Qué más podíamos hacer? Aunque no fuera consciente, aunque el raciocinio se perdiera en el momento que el virus recorriera las venas no quería pasarme la eternidad vagando por el mundo, esperando encontrarme con un trozo de carne vivo para despedazarlo. No, gracias. Era duro, pero prefería verme a mí mismo y a Bella con un tiro en la cabeza que convertidos en figurantes reales de una película de Romero.

Me encontraba en el que había sido el despacho de Jasper terminando de colocar mi mochila; quería meter muchas cosas en muy poco espacio y con mi sublime habilidad para esas cosas se podría decir que se me estaban hinchando los cojones a la velocidad de la luz.

—¿Edward? — miré por encima de mi hombro. Sonreí al ver quién era mi visita inesperada —. ¿Podrías dejar de pegarte con la mochila durante un ratito? Me… me gustaría… en realidad, necesito estar contigo un rato a solas.

—Claro… ¿qué pasa, cielo? — dejé la mochila en el suelo para poder pasar mis dedos por sus mejillas. Había visto a Bella de infinitas maneras; enfadada, cabreada, hastiada… ¿he dicho cabreada? Sí… pero nunca la había visto con esa expresión de tristeza en el rostro. Quizás se podía decir desesperanza.

—Esta… se supone que es nuestra última noche totalmente a salvo — susurró. Oh, no…

—Bella, vamos a estar a salvo — dije intentando convencerme a mí mismo —. Somos los putos amos pateadores de zombis — bromeé, pero mi poli no lo sintió como tal.

No dijo ni hizo nada… o bueno, hizo algo que me sorprendió hasta las pestañas. Bella me besó sin previo aviso. No fue un beso como tantos otros que habíamos compartido en nuestro breve tiempo como pareja… fue mucho más urgente, más fiero, más necesitado.

¿Qué puedo decir? Mi mente, mi cuerpo y, sobre todo, mi lengua, se dejaron llevar durante unos momentos, como era lógico.

—Si seguimos así — murmuré —, no sé cómo vamos a acabar… —Bella se apartó de mí apenas unos centímetros.

—Yo sí sé cómo vamos a acabar…

En silencio, y sin entender muy bien en ese momento qué estaba pasando, vi cómo se quitaba la sudadera y empezaba a desabrocharse la camisa de su uniforme. Parpadeé rápidamente cuando entendí (puta cabeza la mía ) que era lo que estaba pasando.

—¿Quieres… quieres que tú y yo…? — abandonó los botones para mirarme a la cara. Tuve que hacer grandes esfuerzos para desviar la mirada del asomo de su ropa interior.

—Quiero aprovechar esta última noche aquí, contigo… quiero — suspiró sonoramente —, quiero hacer el amor contigo por si… por si… Quiero vivir todo lo posible contigo antes de que me llegue el final — fruncí el ceño.

—Bella… ¿qué me estás contando? — pregunté aún más confundido —. ¿Me estás diciendo esto de verdad? — negué con la cabeza mientras me apoyaba en la mesa. Estaba sudando, y tanto que sí, joder —. No puedes estar pensando en esto, Bella. ¡Mierda! — me pasó las manos por el pelo.

—¿Es que no quieres estar conmigo? ¿Es eso?

—Pues claro que quiero estar contigo, por todo lo sagrado… pero no quiero que tu sentimiento de base para hacerlo sea "oh, sí… vamos a echar el primer y seguramente último polvete antes de morir" — la mueca de Bella fue de dolor. La mía también.

—No quería que lo vieras de esa forma, Edward… — se mordió el labio. Sin duda esta conversación estaba derivando en una mucho más profunda y complicada —. Ya hay muchas cosas que no podremos volver a hacer como antes, ¿vale? No podremos ver la tele, no podremos ir al cine, ni escuchar nuestra canción favorita en vivo básicamente porque fijo que apenas quedan cantantes vivos… no podré hacer nada de eso así que no quiero quedarme con las ganas de sentirte, eres lo único que me queda que ahora mismo pueda tocar — susurró —. ¿Es que no me entiendes?

¿Entenderla? Pues claro que la entendía, joder. Y evidentemente quería estar con ella, quería sentirla, acariciarla y besarla en sitios que aún no había podido saborear. Habíamos estado preocupados de lo esencial, nuestra supervivencia y nuestra seguridad; las reacciones carnales habían pasado a un cuarto plano, al menos. Pero eso no quería decir que no lo deseara.

Sus ojos marrones me miraban, esperaban una reacción, una palabra de mis labios. Ella no se merecía esto, no se merecía que la tumbara en el frío suelo de un despacho con el romanticismo por los suelos. No se merecía que la desnudara con una banda sonora de gemidos en las afueras de nuestro refugio. No se merecía que nos alumbrara un triste atardecer de invierno.

Pero eso fue lo que hice.

El exterior, la infección, los golpes y rugidos de fuera… el resto del mundo pareció diluirse a nuestro alrededor quedando sólo ella y yo. Nuestros besos y nuestras caricias.

No era un mojigato, joder… pero decir que estaba nervioso era quedarme corto. Mis manos temblaban sobre el broche de su sujetador pegándome en silencio con él, loco por deshacerme de esa prenda. Bella me ayudó. También me ayudo a hacer desaparecer mi sudadera y mis pantalones. Hacía frío, pero estaba seguro que ninguno de los dos lo sentíamos. Éramos fuego y estaba como loco por apagar este incendio.

—Me siento como si tuviera quince años — murmuré sobre su cuello.

—¿Te estrenaste con quince? — Bella se apartó para mirarme a los ojos. Yo rodé los míos.

—Qué va. Con quince toqué teta… y me partieron la cara porque fue a traición — mi chica se rio despreocupada por primera vez en mucho tiempo —. Eres preciosa, Bella — sonrió de nuevo.

—Y yo te quiero… oh, joder… te quiero…

—Somos unos románticos empedernidos, ¿eh? — dejé de sonreír cuando Bella me bajó la ropa interior.

Era hora de cerrar la boca, al menos para hablar y, sobre todo, para dejar de decir gilipolleces. Putos nervios de los cojones. No sabía dónde poner las manos, quería acariciar toda su piel, memorizarla con todos los sentidos de mi cuerpo. Su lengua me obligó con gusto a abrir la boca, a saborear sus secretos… tenía la piel de gallina. Nunca había estado en esta situación, nunca había estado con una chica de esta manera. Había tenido amantes, amigas con derecho o como quieras llamarlo, pero nunca había estado con una chica a la que… a la que amara, joder.

Mi lado cursi se disparó a la máxima potencia.

¿Cómo describir ese momento?

Seguramente me parecería a algún que otro libro de Johanna Steel o algo parecido. Hicimos el amor. Sí, lo hicimos entre un revoltijo de ropa que había pasado por mejores momentos, en el suelo de un despacho en el que habíamos pasado muchas penurias, en medio del apocalipsis zombi… pero hice el amor con la chica a la que amaba. La amaba… la quería. Y mañana nos íbamos a internar en un viaje por carretera a vida o muerte.

Me dejé llevar olvidando si nuestros compañeros nos oían, junté sus caderas con las mías, jadeé, besé, mordí y maldije de gusto todo cuanto quise y Bella no se quedó atrás. Arañó las cicatrices aún recientes de las quemaduras de mi espalda, mordió mis labios. Revoltijo de carne, sexo y amor. Con ansias pero con dulzura.

Éxtasis.

Y el orgasmo más sentido de toda mi puta vida. Sudados, jadeantes, exhaustos… daría diez años de mi vida por quedarme con ella, por vivir con ella, por vivir para ella.

Supongo que ahí fuera nos oyeron aunque nadie nos molestó. Sabían perfectamente lo que había pasado en ese despacho pero nadie dijo nada cuando nos vieron salir de allí con nuestras manos entrelazadas y el eco de una unión mucho más intensa que la física.

¿Qué podíamos decirnos?

Todos, en absoluto silencio, repasamos las cosas que debíamos llevar al viaje y que ya estaban en el interior del coche. El silencio que reinaba era en cierto modo incómodo. Parecía que estábamos en un funeral… y yo no quería saber nada de funerales, hostia. No nos despedimos de nadie. No queríamos hacerlo.

—Nos vemos pronto, fireman — dijo el preso.

—Muy a tu pesar… nos veremos pronto, preso — el tío sonrió con su boca partida.

Miradas en silencio, miradas de reconocimiento. De nuevo nadie dijo nada. Bella y yo nos metimos en el coche.

—Ya sabes lo que tienes que hacer, dame el ok cuando estéis preparados — dijo Garrett.

Suspiré.

Esta vez era completamente diferente. ¿Cuántas veces habíamos podido salir de nuestro súper refugio de la hostia desde que empezó todo? ¿Media docena de veces? ¿Ocho? No lo podía recordar con exactitud ni tampoco es que me apeteciera mucho; en esas malditas excursiones habíamos perdido a parte de nuestro grupo.

Compañeros.

Amigos.

Y ahora éramos sólo Bella y yo. Si reducíamos ese número un poquito más andábamos jodidos. Y no es que saliéramos para ir a ratear al supermercado de la esquina y tras un par de horas de vuelta al nido. No. Esta vez salíamos para atravesar medio país. Muchos días con sus muchas noches ahí fuera y sobrevivir en el intento.

Con dos cojones y un palito.

Cuando todo estaba de lo más tranquilo, cuando teníamos comida y medicinas para pasar una muy buena temporada llegaba a nosotros la revelación divina en forma de contacto radiofónico. Por supuesto que me alegraba de todo corazón el hecho de encontrar supervivientes y mucho más si entre ellos se encontraban los padres de Bella, pero la empresa que íbamos a comenzar, que estábamos comenzando ahora mismo, no era jodida… era lo siguiente…

Cuando los chicos vieron mi dedo gordo alzado en modo OK abrieron la puerta del garaje. Agradecía enormemente que Black se afanara un todoterreno unos días antes y lo acondicionara como sólo él sabía hacerlo. ¿Cómo cojones íbamos a hacer un viaje de esa envergadura con el ruido asfixiante de mi Chevy? ¿Y atraer a todos los zombis de diez kilómetros a la redonda? Nooo, gracias.

Salimos a la calle principal mientras oímos como anclaban de nuevo las puertas dejándonos fuera.

Mis manos sujetaban el volante con más fuerza de la necesaria, por algún lado tenía que sacar la jodida adrenalina, ¿no? Además, tenía que reconocer que esta vez estaba más que acojonado; tan sólo una lámina de cristal y unas cuantas barras soldadas a la estructura del nuevo engendro en forma de Jeep nos separaban del exterior, un exterior muy frío y hostil en el que si no se te quedaba el culo congelado podrías morir de una mala digestión. Y no por tu parte, precisamente.

El peligro añadido eran las heladas sobre el asfalto. El muy jodido estaba congelado. El frío y las nevadas y la falta de conservación habían dejado la carretera como una puta pista de patinaje de Times Square, por el amor de Dios. Sabía que el preso le había hecho al Jeep una puesta a punto que más de un Fórmula Uno hubiera deseado, cadenas para la nieve incluidas… pero a pesar de las buenas dotes en mecánica de Black no podía evitar ese hormigueo de miedo en el centro de los mismísimos cojones.

—¿Estás bien, Edward? Te veo un poco tenso — ¿tenso? ¿Yo? Bah…

—Nah… es que estoy concentrado — y un cojón, pero eso no se lo podía decir a mi chica —. Vamos a hacerlo. Claro que sí, claro que sí… ¡claro que sí, hostias!

—Oh, Dios… tienes los huevos de corbata — murmuró —. ¿Quieres que conduzca yo?

Bella y yo nos miramos. Era cierto que mi respiración estaba un poquito más acelerada de lo que quizás debía estar. También era cierto que sólo nos faltaban las pinturas de guerra para parecernos a los protagonistas de Mad Max, sólo que un poquito más acojonados y diarreicos. Qué se le iba a hacer…

—Conduzco yo… más que nada porque se me han agarrotado las manos en el volante — metí primera sintiendo la suavidad del coche por el asfalto.

—Hay pocos… y están mucho más quietos — susurró Bella provocando una bocanada de vaho por el frío.

—supongo que la última nevada los ha dejado un poco atascados. De todos modos no son los infectados lo que más me preocupa por ahora. Y lo sabes.

—Ya… las carreteras — murmuró. Yo asentí.

—Y los lugares donde pasar las noches y descansar. Y dónde poder conseguir provisiones…

—Joder, Edward… estás de un optimista que tiras para atrás — Bella chascó la lengua.

—Está bien. Está bien… a partir de ahora seré optimista. Lo juro por el mango de mi santa hacha.

Y así, empezó nuestra Odisea…


Soy repetitiva, pero lo siento mucho, mucho, mucho por no haber actualizado en todo este tiempo. He tenido muy poco tiempo para escribir y muchas cosas que hacer :/ De todos modos he intentado hacer este capítulo más largo, de hecho, son dos capítulos en uno =) Espero que perdonéis esta falta de continuidad en la manera de actualizar y que os haya gustado el capítulo.

Sé que la parte "íntima" entre nuestros personajes ha sido muy light, pero la base del fic no es la historia romántica de nuestros protagonistas, no le quiero quitar protagonismo a la infección y la supervivencia.

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