Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.

Podéis pasaros por el blog del fic, al cual podéis echarle un vistazo en siemprequidditchfanfic . blogspot . com . es/ (quitando los espacios) o buscando el link en mi perfil. Se va actualizando regularmente, y por ejemplo, hoy podréis ver algo más sobre Imala y compañía.


36. Mirar pero no jugar


La abuela Pauline casi lloró cuando Bruce se marchó, el jueves a primera hora de la mañana. Se había despedido de todos los demás que quedaban en la casa la noche anterior, pero Pauline se despertaba pronto, y Jason había hecho el esfuerzo de salir de la cama para acompañarle hasta la chimenea y decirle adiós. Los dos le animaron y le desearon suerte, y Pauline le pidió que le escribiera a Jason para que ella pudiera enterarse de qué tal estaba yendo todo. La verdad era que iba a necesitar los ánimos, ya que ese iba a ser un día muy largo. Y si todo iba bien, esa noche la pasaría bajo una tienda de campaña al otro lado del mundo.

Pero antes de llegar a eso, tenía que ir a la reserva mágica a recoger a Imala, y después tenían que llegar a Salem, de donde salía su traslador para ir al Mundial. Y entre ambas cosas, iba a tener que pasarse mucho rato esperando en salas de espera, aguardando a que fuera su turno para poder pasar por las chimeneas conectadas a la red Flu interestatal.

Al principio fue más fácil de lo que pensaba, porque aún estaba medio dormido y se echaba breves cabezadas en los bancos mientras esperaba, así que el viaje hasta la reserva se le hizo más rápido de lo que se había esperado. Sin embargo, todo el papeleo que tuvo que rellenar en el edificio de vigilancia de la reserva le volvió a dar más sueño, e incluso agradeció el paseo que iba a tener que dar para llegar hasta la reserva, porque con un poco de suerte conseguiría despertarle. Dos vigilantes, un hombre y una mujer, le acompañaron en el camino. A ninguno de ellos los recordaba del año anterior, y a juzgar por sus pocas ganas de hablar, ellos también debían necesitar alguna taza de café para despejarse. El calor no les ayudaba a estar activos, pero aún y así, cuando cruzaron la barrera antiintrusos de la reserva parecieron animarse (Bruce se enorgulleció en secreto de que casi no había tenido ganas de dar media vuelta y salir corriendo, como la última vez) y hasta le preguntaron quién creía que iba a ganar la final del Mundial. Ambos confesaron que no sabían mucho de quidditch, pero que de todos modos tenían curiosidad por saber quién era el favorito.

Al entrar en la reserva ya empezó a reconocer algunas caras. Hombres, mujeres y niños le saludaron con diferentes grados de entusiasmo a medida que se cruzaba con ellos, y mientras algunos sabían que iba a estar allí, a otros les había tomado por sorpresa. Se encontró con una de las investigadoras que estaba allí el verano anterior, una bruja canadiense de unos cincuenta años, que le abrazó con afecto y le contó que Imala llevaba semanas haciendo una cuenta atrás hacia ese día. Las mujeres alrededor de la hoguera que acompañaban a la investigadora rieron y se lo confirmaron, y Bruce sonrió y les deseó un buen día mientras seguía su camino.

Imala le vio a él antes que él a ella: cuando él la reconoció ella ya era un borrón que corría por el centro de la plaza hacia él, con los pies descalzos y una mochila colorida agitándose a su espalda. Cuando llegó frente a él, Bruce la agarró al vuelo y la levantó en el aire, y la niña se abrazó a él riendo.

—¡Bruce, has vuelto!—le dijo al oído con tono de sorpresa, como si no acabara de creérselo aún.

—Te dije que lo haría—repuso él sonriéndole.

Era imposible no sonreír con Imala. Esa niña tenía algo que le ablandaba el corazón, de una forma que los otros niños, gritones y desesperantes, no podían hacer.

—Y me vas a llevar afuera—continuó ella con la sorpresa en su voz, mirándole con sus enormes ojos verdes llenos de fascinación—. Y a ver un partido de quidditch. Y gente volando en escobas.

—Así es.

—Eres el mejor del mundo.

—No exageres, Imala. Solo el mejor del mundo exterior.

Imala soltó una carcajada, y Bruce la dejó finalmente en el suelo, lo que le permitió ver cómo había cambiado en poco más de un año. Había crecido prácticamente un palmo de altura, pero seguía siendo delgada como un palo, e igual de rápida y ágil que siempre. Alguien le había recogido el pelo en una trenza (seguramente alguna mujer de la reserva, porque Bruce sabía que Imala era incapaz de trenzarse el pelo a ella misma), pero varios de los mechones negros se habían salido de su sitio, por lo que estaba casi tan despeinada como siempre. Le habían crecido los dientes que le faltaban, a excepción de uno que estaba a medio camino, y ya vestía las ropas muggles que le habían proporcionado desde el edificio de vigilancia, una camiseta de manga corta y unos vaqueros cortos. Milagrosamente, no se había ensuciado de barro.

—Tienes que venir a saludar a mi padre.

—Claro, vamos.

Echaron a andar hacia la casa en la que vivían Imala y su padre, a solo unos metros de distancia de donde estaban. El padre de Imala era uno de los nativos más altos e imponentes de toda la reserva, y tenía un rostro de lo más intimidante. Sin embargo, también resultaba ser extremadamente amable. Y muy sobreprotector con su única hija: Bruce no se imaginaba la de horas que Imala habría tenido que insistir durante días para que le permitiera salir de la reserva.

Cuando llegó frente al hombre, este le saludó con seriedad y respeto. Imala casi no podía estarse quieta de la emoción por salir por primera vez en su vida de la reserva, pero el padre no parecía tenerlo tan claro. Mientras hablaba con Bruce y se aseguraba de que hubiera quedado claro todo lo que Imala tenía y no tenía permitido hacer y las normas de seguridad a seguir, miraba a su hija con una creciente preocupación.

—No se preocupe, no dejaré que le pase nada malo. La protegeré con todo lo que sea necesario.

—Eso espero. Si no, lo pagarás con tu vida—lo dijo con un tono neutro, pero Bruce no tuvo ninguna duda de que no bromeaba.

Imala se abrazó con fuerza a su padre a modo de despedida, prometiéndole que a su vuelta se lo contaría absolutamente todo. Después, se calzó unas zapatillas relucientes y nuevas (que obviamente no se había puesto nunca, o estarían manchadas de barro), y ella, Bruce y los dos vigilantes se encaminaron hacia el exterior.


Imala no había estado nunca ni siquiera en el edificio de vigilancia. No había visto nunca una construcción tan grande, ni tampoco las fotografías móviles y a color que adornaban las paredes. Nunca había visto el fuego en una chimenea como esa, y tuvieron que explicarle detalladamente varias veces cómo funcionaba la red Flu hasta que estuvieron seguros de que no se liaría con el orden y no acabaría perdida en el otro extremo de Estados Unidos.

De la reserva se fueron a la sede del Congreso de Texas, en Austin. Allí pidieron turno para trasladarse hasta Salem, y el hombre que les atendió asintió con un suspiro.

—Todo el mundo quiere ir a Salem en verano, y todavía más ahora que salen de allí todos los trasladores del país que llevan al Mundial… Pónganse cómodos, cuando sea su turno les llamaremos.

Tomaron asiento en la sala de espera, que estaba llena con gente de todo tipo, lo que fascinó a Imala. No había visto tanta gente tan distinta junta, y aunque procuró que la gente a su alrededor no les escuchara, le hizo preguntas constantemente a Bruce sobre las personas que pasaban y sus extrañas vestimentas. Bruce no podía culparla: había gente que llevaba atuendos completamente muggles o completamente mágicos, pero también había combinaciones de lo más curiosas que le sorprendían hasta a él. Nunca había entendido la moda.

Por fin, después de una larga espera, fue su turno, y Bruce se aseguró de que Imala sabía decir alto y claro el nombre de Salem antes de dejarla coger un puñado de polvos Flu y lanzarlos a la chimenea. Para su alivio (porque no había nada que temiera más que el que la niña se perdiera en la red nacional de chimeneas), pronunció el nombre de la ciudad con claridad, y pocos minutos después fue él.

Al otro lado, se encontró a la mujer que recibía a los recién llegados completamente descolocada por la llegada de Imala, que parecía haberse prácticamente lanzado hacia la ventana para contemplar el exterior. Bruce le hizo un gesto a la mujer para que no se preocupara, y entonces se acercó a Imala y le puso una mano encima del hombro.

—¿Quieres ir afuera?

Ella estaba tan emocionada que ni siquiera respondió, sino que simplemente asintió vigorosamente con la cabeza.

—Entonces vamos. Pero con una condición: no sueltes mi mano.

Perder a Imala en Salem a poco más de una hora de que saliera su traslador para irse a medio mundo de distancia tampoco parecía la mejor de las ideas.

Durante los treinta primeros segundos que pasaron desde que pusieron un pie en el exterior del edificio, Imala estuvo tan maravillada que no fue capaz de decir nada. Y entonces (agarrada obedientemente a su mano, pero tirando de él en todas direcciones) empezó a señalar cosas, a soltar exclamaciones de sorpresa, a hacer comentarios y a preguntar. Sobre todo, a preguntar qué era cada cosa que desconocía. Y había muchas cosas desconocidas.

Los edificios altos, los coches, las bicicletas, los bares, los restaurantes, las tiendas, las calles amplias, la ropa, la comida, los reproductores de música y los teléfonos móviles, tantísima gente… Todo le sorprendía y todo le parecía increíble. Imala hacía tantas preguntas que a veces Bruce no sabía ni qué responderle, pero le explicaba todo lo que sabía al respecto (no sabía cómo se movían los coches exactamente, pero sabía que había algo llamado motor). Pasearon por las calles de la ciudad hasta encontrar la plaza en la que se organizaban las salidas hacia el Mundial; era claramente identificable, porque la mitad de la plaza se había rodeado de vallas que impedían el acceso a personal no autorizado, había un montón de gente alrededor, varias casetas donde se atendía a la gente que tenía que coger un traslador, y por si todo eso no fuera suficiente, había carteles colgados de todas las farolas y paredes que anunciaban el Mundial de Quidditch.

Como todavía les sobraba algo de tiempo, se tomaron un helado en una calle cercana. Era el primero que comía Imala, y Bruce le pidió uno cuyo sabor iba cambiando. La niña quedó tan maravillada que fue incapaz de elegir el sabor que más le había gustado.

Después volvieron a la plaza y se dirigieron a las casetas que había rodeando la zona vallada. Allí Bruce enseñó las entradas y los demás documentos oficiales, y tras pocos minutos les hicieron pasar al otro lado de las vallas, donde una chica vestida con una camiseta que llevaba la palabra "Voluntaria" en letras enormes les condujo hasta el traslador que les llevaría al desierto del Sáhara, y más concretamente, al norte de Chad: un sombrero vaquero.

Había media docena de personas esperando alrededor del sombrero, que les miraron con curiosidad. Y no era de extrañar, porque él e Imala formaban una pareja de viaje bastante extraña, pero la niña se limitó a saludar a todos con una gran sonrisa, y los demás le correspondieron inclinando la cabeza educadamente. Un niño pequeño, de unos cinco años, fue el único que se quedó quieto, sorprendido por su aspecto, pero el que debía ser su padre le instó a saludar. El niño agitó la mano y después se escondió tras las piernas del hombre. Mientras esperaban a que fuera la hora llegaron tres personas más, corriendo y casi sin aliento, y pocos instantes después la chica voluntaria les indicó que el traslador estaba a punto de activarse. Todos se apelotonaron alrededor del sombrero, poniendo un dedo sobre el ala.

—¿Lista?—le preguntó a Imala, que temblaba ligeramente a su lado.

—Sí—respondió ella con decisión.

Y entonces desaparecieron.


La diferencia horaria hizo que aparecieran en el desierto cuando ya empezaba a atardecer. Bruce esperaba aparecer en un desierto como el de las fotografías y las películas que había visto, una sucesión interminable de arena, algo como lo de su visita en Egipto pero a gran escala. En cambio, descubrió que habían llegado a un lugar del desierto que estaba rodeado de montañas y altos peñascos de roca pelada, sin más signo de vegetación que algunos arbustos grises y y raquíticos. A un lado, el estrecho valle en el que estaban se abría, y ahí si que se veían a lo lejos las enormes dunas que se esperaba. Hacía calor, aunque menos del que se esperaba, y como estaba atardeciendo la temperatura disminuía rápidamente.

Había bastante gente alrededor de ellos, vistiendo las ropas adecuadas para sobrevivir al desierto pero con un emblema grabado en el pecho, que representaba un animal extraño con una varita cruzada por delante. Debían ser empleados del Ministerio de Magia de Chad o lo que fuera que gobernara en el país, porque un par se acercaron diligentemente a ellos y otros trataban con grupos que también parecían recién llegados. Uno les pidió que le entregaran el traslador y que se identificaran, y cuando hubieron acabado con ese procedimiento, el que iba con él dio un paso al frente y les dijo que le siguieran.

Imala no dejaba de sorprenderse. Había levantado la cabeza para mirar las cumbres de las montañas que les rodeaban, y había soltado una exclamación ahogada al descubrir las dunas a lo lejos. Había mirado con los ojos completamente abiertos y sin decir ni una palabra a los magos locales, y también se había dedicado a espiar a los magos y brujas de los otros grupos. Bruce se divertía mirándola a ella: era entrañable ver cómo absolutamente cualquier cosa le parecía fascinante.

Siguieron al hombre en una caminata que duró unos minutos a través de un estrecho desfiladero que salía del valle, discurriendo entre dos altas paredes de piedra a cada lado. Mientras andaban, el hombre les entregó mapas del campamento y les recordó unas cuantas normas básicas de seguridad y comportamiento, recordándoles también que las temperaturas bajaban mucho durante la noche, por lo que les recomendaba ir a su lugar asignado rápidamente y montar sus tiendas antes de hacer cualquier otra cosa.

El desfiladero acababa con un brusco giro a su izquierda, y entonces el campamento del mundial apareció ante sus ojos.

Era enorme; no por nada tenía que dar capacidad a cien mil personas. Era una explosión de todos los colores imaginables, pero en esos momentos la luz del sol poniéndose por el oeste le daba a todo un tono cálido y anaranjado. Aquí y allá, luces y velas iban encendiéndose poco a poco, y brillantes puntos iban apareciendo cada instante. A la distancia a la que estaban, les llegaba el rumor de conversaciones, risas y música. Las montañas habían quedado a su espalda, y lo único que se interponía ya entre ellos y el interminable desierto de dunas y arena era ese campamento lleno de vida. El campamento, y al final de todas esas tiendas multicolores, el estadio: un estadio inmenso, cuyo exterior brillante reflejaba en esos momentos el color anaranjado del cielo que se iba oscureciendo. Era un espectáculo fascinante.

Bruce se quedó sobrecogido, e Imala soltó un grito de ilusión. Algunos de los niños pequeños que iban en su grupo también profirieron expresiones de sorpresa, e incluso algunos de los adultos hicieron comentarios apreciativos en voz baja.

El hombre les acompañó unos minutos más, conduciéndoles hasta la entrada más cercana, y estuvo con ellos hasta que el guardia de seguridad les hubo dejado pasar. Solo entonces hizo una reverencia a modo de despedida, y les deseó una feliz estancia antes de alejarse y volver sobre sus pasos.

—Imala, no te pierdas ahora—le advirtió Bruce, cuando la vio quedarse detenida frente a una tienda en la que unos niños pequeños jugaban con unas figuras de naves espaciales que flotaban en el aire—. Primero vamos a buscar nuestro sitio y a montar la tienda, luego ya iremos de visita.

Imala le miró con ojos suplicantes, pero asintió a los pocos segundos. Se colgó de su brazo, y mientras él iba siguiendo el mapa, ella le tironeaba para señalarle las cosas que más le llamaban la atención mientras exclamaba "¡Mira eso!". Y a pesar de eso, no tardaron mucho en encontrar su lugar: aunque había mucha gente en el campamento, aún no estaba lleno, sino que estaba alrededor de un ochenta por ciento de su capacidad. El resto irían llegando en los próximos días, y ocuparían los demás espacios vacíos. De hecho, el lugar que les correspondía a ellos, marcado con un rectángulo pintado en el suelo y con los números de sus entradas dentro, tenía dos rectángulos más vacíos a su derecha, y en la fila que quedaba inmediatamente detrás también había cinco espacios vacíos seguidos.

Sacó la tienda de la mochila, mientras Imala se sentaba en la tierra seca del camino a esperar. Antes de que se hubiera dado cuenta, la niña se había quitado los zapatos y jugueteaba con la tierra con los pies, pero Bruce simplemente le recordó que no perdiera de vista los zapatos, ya que los necesitaría cuando empezara a hacer frío.

Nunca había montado una tienda de acampada, pero esperaba que no fuera muy difícil. Siguió el manual de instrucciones que acompañaba a la tienda, comprada en sus últimos días de la temporada en Nueva York, pero no tardó en descubrir que era más complicado de lo que aparentaba. Había esquinas que no se aguantaban, clavos que no se clavaban y hechizos que no le salían. Estaba empezando a enfadarse consigo mismo, con la tienda y con el manual de instrucciones, cuando un grupo de personas que pasaba por el camino charlando y riendo se detuvo a su lado. Uno de ellos, un hombre moreno y con una barriga bastante prominente, se dirigió hacia él y le dijo algo en un idioma que Bruce no entendió. Sonreía amablemente, por lo que se imaginaba que no era algo malo, pero no tenía ni idea de qué había dicho. Una de las mujeres del mismo grupo dijo algo en el mismo idioma desconocido, y sus acompañantes rieron: eran otro hombre y otra mujer adultos, y tres niñas y dos niños. Entonces, el otro hombre se adelantó, llegando junto al otro, y se dirigió a él en un inglés lento pero comprensible:

—Lo que mi amigo quiere decir es que ¿necesitas ayuda con esa tienda?

—Sí—admitió con un bufido—. Por favor.

—No te preocupes. Aquí mi amigo Jorge es un genio de las tiendas.

Gracias a Merlín, el mencionado Jorge y el otro hombre se pusieron manos a la obra y le ayudaron a poner en pie la tienda y a conseguir que todos los extremos quedaran firmemente fijados. Mientras tanto, las mujeres entraron en la tienda que quedaba justo a su izquierda; por lo menos sabía que iba a tener unos vecinos simpáticos. Mientras le ayudaban, el segundo hombre (que se llamaba Alberto) le explicó que eran españoles, y que habían llegado al campamento el día anterior. Alberto le contó algo más sobre quienes eran, de qué ciudad venían y a qué se dedicaban, mientras Jorge, que no hablaba más que un inglés bastante rudimentario, prefería asentir de vez en cuando y dedicarse más profundamente a asegurar la tienda.

—Pues ya está—dijo al cabo de unos minutos Alberto, irguiéndose junto a Jorge y contemplando orgulloso la tienda.

—Muchas gracias—les dijo Bruce, y entonces se giró, buscando a Imala.

La niña se había sentado al otro lado del camino, y había encontrado un palo con el que dibujaba en la tierra y la arena, ajena a todo lo demás. Bruce la llamó, y entonces ella levantó la cabeza, se puso en pie rápidamente y se acercó a su lado, con los pies sucios y los zapatos en una mano.

—Oh, ¿ella está contigo?—preguntó entonces una de las mujeres, con sorpresa; las dos adultas se habían quedado en el exterior de su tienda, junto con la más mayor de las niñas—No me había dado cuenta…

—No pasa nada—repuso él, colocando una mano sobre el hombro de la niña—. Esta es Imala.

Imala, tímida de repente, musitó un débil "Hola", al que los adultos correspondieron con cálidas sonrisas.

—¿Es tu hermana…? ¿O sois familia de algún modo?—volvió a preguntar la mujer, mirándoles con curiosidad.

—No exactamente—respondió Bruce—. Es una historia larga.

—Podéis cenar con nosotros y contárnosla—intervino entonces Alberto—. Los niños estarán encantados de conocerla.

Bruce dudó por unos momentos, porque su idea inicial era ir en busca de Elizabeth, Donald y Luke, que debían estar en algún lugar del campamento. Sin embargo, miró a Imala, y le preguntó sin palabras que quería hacer. Ella sonrió con timidez, y Bruce entendió que quería ir. No debería haberle extrañado que quisiera: cualquier cosa que supusiera gente nueva y descubrir cosas le gustaba a Imala.

—De acuerdo—accedió finalmente—. ¿A qué hora?

—Dentro de una hora y media, más o menos—contestó una de las mujeres—vamos a ir a la zona de comedor más cercana. Os avisaremos cuando sea la hora si estáis en la tienda.

—Perfecto. Pero creo que para empezar, vamos a ir a dar una vuelta. ¿Imala?

Imala asintió vigorosamente, y ambos se despidieron de sus nuevos vecinos antes de ir a recorrer el campamento.


Había miles de tiendas, a cada cual más colorida y con los adornos más extraños, y decenas de miles de magos y brujas entrando, saliendo o haciendo vida alrededor de ellas. El cielo ya se había oscurecido cuando empezaron el paseo, por lo que otra de las cosas a observar con curiosidad era con qué se iluminaba cada uno. Había gente que simplemente paseaba de un lado a otro con la punta de la varita encendida; lo más abundante eran las hogueras, encendidas frente a tiendas y en los espacios comunes; otros llevaban antorchas o las tenían clavadas en palos alrededor de sus tiendas; había lámparas de aceite, con débiles llamas en su interior; algunos habían conjurado pequeños fuegos flotantes, que además hacían las delicias de los más pequeños, y otros hasta habían encerrado esos fuegos en envases de vidrio; los más estrafalarios tenían plantados frente a sus tiendas lámparas de salón muggles, que a saber de dónde conseguían la electricidad para funcionar. A Bruce le parecía sorprendente que toda aquella mezcla y diversidad tuviera lugar en un espacio tan reducido, pero su asombro no se podía comparar con el de Imala: la niña corría de un lado a otro señalando cosas con emoción y entusiasmándose ante cualquier detalle estrafalario.

—Estás llamando la atención aquí, Imala, y eso que todo el mundo es completamente diferente—le comentó Bruce riéndose, y un leve rubor subió hasta sus mejillas morenas.

—Lo siento—dijo ella—, pero es que es todo tan nuevo… Tan genial…

—Por mí no te preocupes. Solo que no te alejes demasiado.

Por suerte, una vez que conocían la distribución interna del campamento era fácil aprender a guiarse. Había dos caminos principales, que se cruzaban en el centro del campamento en ángulo recto, y de cada lado de los caminos principales salían montones de caminos secundarios, con una hilera de tiendas a cada lado. Aproximadamente en uno de cada cinco caminos secundarios había un gran espacio sin tiendas, ocupado por las zonas comunes, con comedores, cabañas para duchas y tenderetes donde se vendían artículos para aficionados.

En una de esas zonas comunes comieron con los españoles de su tienda vecina. Las dos mujeres y el hombre que se llamaba Alberto hablaban un inglés bastante decente (o al menos, comprensible la mayor parte del tiempo), pero el que se llamaba Jorge tenía grandes problemas al tratar de hilar más de tres palabras seguidas. Además, Imala se quedó bastante abatida al comprobar que no podía comunicarse con los niños: la mayor debía tener su edad, y uno de los chicos no parecía mucho más joven. Por eso, cuando los españoles empezaron a debatir si debían probar con algún hechizo de traducción, Bruce no tardó mucho en sugerir que él podía hacer amuletos para todos en pocos minutos.

—¿En Hogwarts enseñan a hacer eso?—preguntó una de las mujeres, María, con sorpresa.

—No—reconoció Bruce—. Al menos, a mí no. Pero he aprendido a hacerlo. De hecho, Imala lleva uno, aunque no es mío. Ella en realidad no habla inglés.

No tardó mucho. Casi todos llevaban algo en lo que se podía escribir fácilmente (casualmente, los principales artículos de recuerdo que se vendían del mundial eran colgantes y pulseras con un disco de madera que tenía pintadas dunas y escobas en un lado, junto al nombre de "Chad 2002"), y él ya había cogido práctica con las runas últimamente.

Los niños fueron los primeros en comprobar que funcionaban, e Imala, con una sonrisa que casi no le cabía en la cara, aprovechó la situación para empezar a entablar amistad rápidamente con ellos, sobre todo con los dos mayores, y atosigarlos a preguntas sobre cómo era el lugar en el que vivían. Los adultos hicieron pruebas durante unos minutos más, estudiando entre risas cómo sonaban cuando llevaban los amuletos y cuando no.

—Vale, ahora que por fin nos entendemos, ¿qué relación tienes con la niña?—Jorge tenía pinta de ser de los que no podían estar callados, y ahora que podía comunicarse, estaba exultante—Tenemos curiosidad. No os parecéis en nada.

—Es que no somos familia—dijo él, antes de pasar a explicarse.

No había querido hablar de las reservas mágicas hasta que no estuvo seguro de que se fueran a entender bien; había términos que podían ser complicados de entender, y no quería arriesgarse a que hubiera confusiones. Por suerte, no las hubo, y los cuatro adultos escucharon con atención.

—Sí que parece un poco salvaje—comentó Jorge, y la que era su mujer, María, le dio un codazo, indignada.

—No son salvajes—negó Bruce—. Viven con sencillez, pero tienen casas, saben leer, escribir y hacer magia, y sin duda, no hacen sacrificios de familiares a sus dioses.

—No escuches a Jorge, él sí que es un salvaje—comentó la otra mujer, Sandra, y los otros tres rieron, incluido el aludido—. Esa niña es adorable, Bruce, y parece que está encantada de estar aquí. ¿Qué edad tiene? No debe faltarle mucho para ir al colegio, ¿no? Tengo entendido que en Estados Unidos está uno de los once grandes.

—Tiene diez, pero no sé si va a ir… Eso es cosa de su padre. En las reservas normalmente les educan allí en lugar de mandarles fuera.

Después de eso, cambiaron de tema. No les fue complicado, ya que si estaban allí era porque eran amantes del quidditch. Y a menos de setenta y dos horas de la gran final, el tema de conversación era obvio: ¿Quién iba a ganar? ¿Egipto o Bulgaria? Había tema de discusión para largas horas, y decenas de argumentos para cada bando.


Al día siguiente Bruce e Imala se despertaron muy pronto. La tienda era grande para dos personas, con una habitación para cada uno con dos literas, un sofá, mesa de madera, media docena de sillas, una pequeña cocina a estrenar, un lavabo simple y hasta una radio.Y aunque las camas eran cómodas, habían dormido poco. El día anterior había sido extremadamente corto, y aunque habían hecho tiempo después de la cena con los vecinos charlando, dibujando y leyendo, Bruce había decidido que debían irse a dormir aunque no tuvieran sueño, para intentar adaptarse al horario. Por eso despertaron al amanecer, y salieron al exterior de la tienda para contemplar cómo el sol se alzaba lentamente.

Hacía frío, aunque no tanto como Bruce se esperaba. Debía haber hechizos térmicos rodeando toda la zona del campamento, porque ni cuando estaban cenando al aire libre bajo las estrellas había llegado a necesitar algo más que una fina chaqueta (esperaba que también funcionara el revés, y que durante el día no se derritieran de calor). Solo corría una suave brisa, y el campamento estaba silencioso. Casi parecía desierto, y no había nadie en el exterior en muchos metros a la redonda. Así que solo estaban ellos dos, sentados frente a su tienda, viendo como el cielo cambiaba lentamente de color, como las dunas y las montañas empezaban a iluminarse, y como todo eso se reflejaba en las paredes relucientes del inmenso estadio de quidditch.

—Es precioso—susurró Imala, embelesada—. ¿Qué vamos a hacer hoy?

—Lo primero, vestirnos e ir a pedir que nos den algo para desayunar. Después, tenemos que buscar a unos amigos míos.

—Lucía dijo ayer que aquí la gente se comunica con lechuzas—dijo ella, refiriéndose a la niña de los vecinos—. Dijo que hay una lechucería al final de este camino. ¿Podremos ir a verlas?

—Sí, claro. Y tal vez, puede que hasta sea mejor idea mandarles una carta para saber exactamente dónde están—reflexionó Bruce, e Imala sonrió con orgullo—. Vamos, en pie. Cámbiate e iremos a ver esas lechuzas.


La lechuza con la respuesta de Elizabeth les llegó mientras acababan de desayunar en la zona común. Estaban sentados en una de las grandes mesas de madera, escuchando a un grupo de magos y brujas que ya llevaban varias semanas en el campamento, y relataban a todo aquel que quisiera escucharles (o que simplemente, se sentara cerca de ellos) cómo habían sido los dos partidos de las semifinales, cuando la misma lechuza pequeña y marrón que habían escogido antes se posó entre Bruce e Imala. Él se apresuró a desenrollar el trozo de papel atado a la pata de la lechuza, y le dejó picotear los restos de comida de su plato. La carta no decía mucho: solo una breve bienvenida y una serie de números y letras, que les serviría para encontrarles en el organizado campamento.

No tardaron mucho en ponerse en marcha. La tienda estaba a una buena distancia de la suya, por lo que iban a tener una buena caminata entre los caminos llenos de gente somnolienta que se despertaba para ir a desayunar. Sin embargo, había incluso más cosas que observar que durante la noche, y Bruce e Imala aprovecharon el paseo para ir comentando todo lo que veían.

Elizabeth y Luke estaban sentados en el suelo frente a la entrada de su tienda. El chico estaba leyendo un cómic y la mujer un libro, pero Bruce se dio cuenta de que había estado vigilando el camino de reojo, porque aunque ni siquiera había mirado en su dirección, cuando aún estaban a una larga distancia Elizabeth se puso en pie de un salto y corrió hacia él para abrazarle. No por nada Elizabeth era una de las mejores buscadoras del país.

—¡Pero mírate, Bruce, qué moreno y qué guapo estás! Parece que estas vacaciones te han sentado bien. ¡Oh, y esta debe ser Imala! Encantada de conocerte. Yo me llamo Elizabeth, soy compañera de equipo de Bruce.

—Hola—susurró Imala con timidez, y Elizabeth le dirigió una cálida sonrisa.

—Tú también tienes buen aspecto, Elizabeth. ¿Qué tal está todo por aquí?

—De maravilla, la verdad—respondió Elizabeth, sonriente, mientras les señalaba la tienda y echaba a andar—. Luke y yo ya nos hemos despertado, y estamos esperando a que Donald se levante para ir a desayunar… Ya sabes lo que le cuesta salir de la cama. Aunque los últimos días no le queda más remedio, porque cada día llega más gente y hay ruido más pronto. Tendrías que haber visto esto las primeras semanas, no había ni una cuarta parte de gente, las tiendas estaban desperdigadas, por las noches no había ni un ruido más allá de las zonas comunes, se organizaban partidos de quidditch en los espacios vacíos (y hasta algunos de los profesionales recién eliminados jugaban)… Ahora ya no hay sitio para eso, pero a cambio hay mucha más vida. ¡Ah, y Jeffrey llegó ayer! No le esperábamos hasta mañana… Está con Marie y los dos mayores cuatro caminos más al norte. Hemos quedado para ir a desayunar con ellos, si Donald decide despertarse.

Habían llegado frente a la tienda y frente a Luke, que se había puesto en pie.

— Imala, él es Luke—hizo las presentaciones Elizabeth—. Luke, esta es Imala, una amiga de Bruce.

—Hola, Bruce—le saludó el chico, y a Bruce le alegró ver que estaba moreno por el sol, más alto y alegre—. Hola—añadió entonces con timidez, mirando a Imala.

La niña le devolvió el saludo con una media sonrisa, bajando la cabeza, y Elizabeth intervino para evitar que los niños se pusieran más incómodos:

—Luke, ¿por qué no empiezas a ir hacia el comedor? Llévate a Imala, enséñale el camino y mirad a ver si Jeffrey ya está por allí. Bruce y yo intentaremos despertar a Donald y luego iremos hacia allí.

—Todavía falta mucho para las diez. Necesitarás mucha agua fría para levantarle—bromeó Luke, y Elizabeth rio, asintiendo.

—Pero hoy tengo a Bruce para ayudarme.

—Vale… ¿vamos?

Bruce estrechó levemente el hombro de Imala, que parecía nerviosa por tener que separarse de él. Cualquiera lo habría dicho, con esa tendencia que tenía de distraerse y estar a punto de perderse siempre.

—Tranquila, Luke es un buen chico. Vendré dentro de poco.

Le sonrió, y ella le devolvió la sonrisa antes de acercarse a Luke. Los dos chicos empezaron a andar en silencio, algo incómodos, pero antes de alejarse más de una veintena de metros Bruce ya vio cómo Imala se giraba hacia Luke para preguntarle algo. Estarían bien.

—Imala parece un encanto—comentó Elizabeth, invitándole a pasar a la tienda—. Aunque me apuesto lo que sea a que no le has arreglado esa trenza desde que salisteis de la reserva. Tranquilo, ya me encargaré yo luego.

—Gracias, Elizabeth—respondió él, dándole la razón, y la siguió al interior; la tienda era más grande y espaciosa que la suya, con un montón de comodidades—. ¿Puede ser que me haya parecido ver a Luke bromeando ahí fuera?

—Oh, sí—Elizabeth se giró hacia él, y los ojos le brillaban de alegría—. Le están sentando de maravilla estos meses aquí, ¿sabes? Antes, creo que estaba un poco asustado de lo que significaba ser un mago… Supongo que era culpa de Donald y mía, porque le dimos un montón de información de golpe, y muchas cosas no eran buenas: lecciones crueles de historia, lo de ocultarse, enfermedades y accidentes que los muggles no tenían, un montón de peligros con los que no había ni soñado… Creo que estaba algo agobiado. Además, teníamos tan poco tiempo para él, tan estresados con la Liga… Y estando aquí, los tres juntos y en un ambiente tan mágico, creo que le ha servido para ver que no es todo tan represivo y oscuro como parecía haberse imaginado. Hay gente, familias de todo el mundo, trucos de magia y juegos asombrosos… Creo que tendríamos que haber ido con más cuidado, y enseñarle más de esto antes. Ahora está más alegre, se ríe, ¡incluso hace bromas! Creo que ya no tiene tanto miedo de la magia, y está empezando a gustarle. Es maravilloso.

—Me alegro mucho—dijo él de corazón, pero no pudo evitar señalar algo que le había llamado la atención—. Pero no lo has llamado tu hijo.

—Lo hago en mi cabeza—confesó Elizabeth con un suspiro—, pero en voz alta… Le hace sentir incómodo. Tanto si digo que es mi hijo como mi hijo adoptivo, así que prefiero no decirlo. Donald dice que necesita tiempo, y lo comprendo. Ha pasado once años solo… No puedo pretender que nos asuma como padres en unos pocos meses después de vivir once años sin ellos.

—Luke es un chico listo, Elizabeth. Y tarde o temprano, se dará cuenta de que sois los mejores padres que le podrían haber tocado—intentó animarla Bruce, y ella sonrió.

—Sí. Lo único mejor que le podría haber tocado sería un hermano mayor como tú—Elizabeth soltó una risita—. Venga, ayúdame a despertar al perezoso de mi marido. Y vayamos a encontrar a Jeffrey, Marie y sus dos adorables salvajes.


Había escuchado miles de veces en el vestuario de los Minotaurs lo mucho que costaba que Donald despertara por las mañanas, pero no se lo había creído del todo hasta ese día. Les hicieron falta quince minutos de empujones, chorros de agua fría y estirar mantas para que Donald se consiguiera poner en pie. Le dirigió un saludo adormilado a Bruce, y como un autómata se sirvió café de una cafetera caliente y llena. Elizabeth tuvo que apresurarle para que se cambiara, y un rato después salían en dirección al comedor, Donald llevando la humeante taza entre las manos por el camino y volviendo a la vida poco a poco.

Jeffrey y su familia todavía no estaban cuando llegaron, aunque Imala y Luke se habían sentado en una esquina de una mesa y mantenían una charla entusiasta. Aunque Imala ya había desayunado se había vuelto a servir un plato de tortitas con chocolate, ya que había descubierto que le encantaban. Bruce tomó asiento junto a ellos con Donald y Elizabeth, y apenas unos minutos más tarde llegaron Jeffrey y Marie con sus hijos, Mia y Rick (al pequeño, de poco más de un año, lo habían dejado en casa con los padres de Marie). Se saludaron todos con cariño y dejaron que los niños se sentaran juntos, mientras los adultos se ponían al día, pero Rick se aburrió pronto y reclamó ir al lado de su madre; Mia, en cambio, aunque con sus siete años era pequeña para los diez y once de Imala y Luke, con su alegría y carácter abierto se integró rápidamente, fascinando de inmediato a Imala.

Y desde ese momento y hasta apenas unas horas antes de que empezara el partido, todo se desarrolló igual.

Bruce se pasó las horas del día junto a Donald, Elizabeth, Jeffrey y Marie, charlando, paseando o haciendo cualquier otra actividad. También pasaron mucho rato con la gente que Donald y Elizabeth habían conocido en sus dos largos meses en el campamento: anduvieron de un lado para otro a todas horas, haciendo visitas, excursiones y contemplando los espectáculos que se montaban en las zonas comunes para entretener a la gente. Bruce se aseguró también de incluir de vez en cuando a sus vecinos españoles, ya que habían sido simpáticos con él desde el principio, y el grupo lo compensó aportando una buena cantidad de chistes y risas al grupo.

Por su parte, Imala, Luke y Mia habían formado un trío inseparable, que enseguida se distanció de los adultos y fue por libre alrededor de todo el campamento. Luke se lo conocía como la palma de su mano, así que no había de qué preocuparse, ya que no podían ir muy lejos; además, en dos meses el chico había conseguido reunir a una buena pandilla de niños de todo el mundo, por lo que el grupo se movía por todos los caminos jugando y haciendo travesuras (Imala consiguió incluir a los dos más mayores de los españoles, que se mostraron encantados), aunque una de sus actividades preferidas consistía en sentarse frente a la tienda de una anciana mujer india. La mujer era cuentacuentos, y se sabía miles de historias, tanto muggles como mágicas, de alrededor de todo el globo. Se sentaba gran parte del día en la entrada de su tienda, contando sus cuentos que nunca se repetían a todo aquel dispuesto a escuchar, y a todas horas tenía una multitud congregada allí: la mayoría eran niños, pero también solía haber un buen puñado de adultos.

Bruce veía a Imala sobre todo en la comida y en la cena. No era su padre, y tampoco tenía un modelo precisamente bueno de cómo serlo, así que había tenido dudas sobre qué grado de libertad debía darle, pero finalmente hizo lo que le recomendó Elizabeth: ya que había congeniado bien con Luke, le dio total libertad de movimientos mientras no se despegara de él, y siempre que ambos estuvieran a la hora acordada de la comida, cena y toque de queda en la zona común que habían acordado. Imala cumplió a rajatabla con las normas.

—He estado hablando con Luke—le dijo la niña la noche antes a la final.

Habían vuelto ya a la tienda, y se habían puesto los pijamas y lavado los dientes. Bruce estaba a punto de desearle unas buenas noches e irse a dormir, pero Imala se detuvo junto al sofá, mirándole con atención.

—¿En serio? No me había dado cuenta—bromeó Bruce, yendo hacia ella.

Imala sonrió. Ella y Luke se habían pasado los últimos dos días prácticamente sin despegarse desde que se habían conocido. Durante el día iban con toda la manada de niños del campamento, pero cuando caía la noche y hasta el toque de queda, ellos dos se escabullían para ir a cotillear alrededor de los límites del campamento y para hablar en susurros alrededor de una hoguera. No era algo sorprendente que hablaran.

—Y bien, ¿de qué habéis hablado?—le preguntó entonces.

Se sentó en el sofá, e Imala tomó asiento a su lado, cruzando las piernas y mirándole con algo de nerviosismo, retorciéndose el extremo de la trenza ya medio deshecha que le había hecho Elizabeth por la mañana.

—De Salem—confesó Imala con voz suave—. Luke irá al colegio en septiembre.

—Sí—asintió Bruce—. Luke ya ha cumplido los once años, y puede empezar el colegio ya.

—A mí me tocaría el año que viene. Mi cumpleaños es en noviembre.

—Exacto. Si quisieras ir, tendrías que esperar un año más.

Imala asintió con la cabeza, cabizbaja, y entonces Bruce notó que tenía un gesto de tristeza.

—¿Pasa algo, Imala?—le preguntó, preocupado.

Ella alzó sus enormes ojos verdes para mirarle con tristeza.

—Quiero ir a Salem, Bruce.

—¿Y cuál es el problema? Todavía te toca esperar un año, pero puedes hacerlo. Se pasará rápido.

—Mi padre no me va a dejar ir.

Bruce frunció el ceño. Imala quería a su padre, y el hombre estaba como loco por su hija. No creía que pudiera negarle nada que ella quisiera.

—¿Por qué crees eso?

—Porque no quiere que me aleje de él. Si supieras lo que me costó convencerle de venir aquí, y eso que solo son cinco días… Tuve que prometerle que dejaría de perseguir animales, que tendría buenos modales en la mesa, que dejaría de subirme a los árboles, que no escondería los calderos de Kimana, que atendería en todas mis lecciones… Nunca me dejaría irme a estudiar siete años a Salem. Él no quiere que salga de la reserva.

—Eso no es cierto, Imala—la contradijo Bruce con delicadeza—. Tu padre te quiere mucho, y lo que más quiere hacer es protegerte. No es que no quiera que salgas, sino que, cuando estás fuera, él no puede estar allí para cuidar de ti, y eso le preocupa y le asusta. Eres su única hija, y lo único que le queda. No quiere que te pase nada malo.

—Y por eso no quiere que me vaya nunca—replicó ella con tozudez.

—Si por los padres fuera, nunca dejaríamos nuestro hogar—Bruce se mantuvo tranquilo—, así siempre nos tendrían controlados y seguros… Pero todos crecemos, Imala. Créeme, tu padre sabe eso, y por eso tiene miedo. Eres un espíritu libre, y lo único que quieres hacer es explorar y descubrir mundo… Y tu padre teme que lo descubras y te olvides de él.

—¡Jamás podría olvidarme de él!—exclamó Imala, con los ojos llenos de sorpresa—Es mi padre.

Imala era tan lista que a Bruce a veces se le olvidaba que solo tenía diez años, y las preocupaciones propias de alguien de su edad: ganas de ver un mundo que le había estado vedado toda su vida, y un padre al que quería pero que era demasiado sobreprotector. Él apenas recordaba haber tenido ese problema, pero sabía qué era lo que un padre responsable debería hacer.

—Ya lo sé, y tu padre también, pero le cuesta reconocerlo… ¿Recuerdas lo que te he dicho del miedo? A veces, hay cosas que nos asustan tanto que no nos dejan pensar con claridad. Como cuando los niños pequeños tienen miedo de que se esconda un monstruo bajo la cama: en el fondo saben que no puede haber nada, pero la simple posibilidad les asusta tanto que no son capaces de admitirlo. Si quieres ir a Salem, Imala, tienes que sentarte a hablar con tu padre y contárselo todo. Seguramente le costará entenderlo y estará triste, sí, porque te vas a marchar de su lado, y aunque él no quiera que te alejes, tienes que saber que él siempre querrá lo que sea mejor para ti, por mucho que eso le duela.

Imala no le respondió de inmediato. Se quedó mirándole, pensativa y con un montón de dudas reflejadas en su rostro.

—¿De verdad crees que me dejará ir?

—Claro que sí, Imala. No serías la primera de la reserva en ir, ¿verdad? Ya habría alguien allí, y no estarías completamente sola… Aunque eso sí, tal vez deberías prometer en serio que no esconderás más calderos ni harás desaparecer bancos.

Imala le sonrió, divertida, y entonces se abrazó a él.

—Gracias, Bruce. Eres genial.

"Si tú supieras…" se dijo en su mente, pero se limitó a sonreír y a acariciar la cabeza despeinada de la niña. Le era mucho más fácil resolver problemas ajenos que los suyos propios. La única solución que tenía para los suyos era evitar pensar en ellos hasta que consiguiera olvidarlos. Menuda estrategia.

Imala se durmió en pocos minutos, y Bruce la levantó con cuidado para llevarla hasta su litera.

El día siguiente iba a ser un gran día.


Estaban sentados en el estadio, solo ligeramente desviados a la derecha de la línea que marcaba el medio campo, a tres cuartas partes de la altura total del estadio. Jeffrey, Marie, Donald, Elizabeth y los niños estaban sentados a su lado en la misma hilera, y se habían cruzado durante unos breves instantes en las escaleras con Robert y Fiona, que habían llegado a mediodía al campamento. Varias filas por encima de ellos estaban las zonas VIP, reservadas a comentaristas, periodistas, personajes oficiales y famosos de todo el mundo mágico, pero a Bruce sus asientos ya le parecían más que perfectos.

El estadio se iba llenando poco a poco: cien mil personas no entraban tan rápido en un mismo sitio. El ruido iba entrando con ellos, y en esos momentos ya era atronador. Quedaba poco menos de media hora para que empezara el partido, y casi todos los asientos estaban ocupados. Todo se veía muy rojo, ya que los uniformes de ambos equipos en la final eran de ese color: Bulgaria iba de granate y negro, y Egipto llevaba un rojo más claro y blanco. Pero todas las bufandas, sombreros, banderines, capas, túnicas y camisetas se parecían mucho, y todo aquello parecía una única marea roja.

Pasaron los minutos lentamente. Imala se revolvía inquieta en su asiento, a su lado, a veces hablándole de cualquier cosa a él o riendo en voz baja con Luke, que estaba a su otro lado. Bruce mantenía una última discusión con Jeffrey sobre quién creía que ganaría el partido, a la espera de que el espectáculo empezara.

Todas las conversaciones se interrumpieron cuando la voz del comentarista se oyó atronadoramente fuerte por todo el estadio, y la multitud prorrumpió en gritos de júbilo.

Primero fueron las mascotas de los equipos. Bulgaria había traído veelas, como era su costumbre. Bruce, que había oído los relatos de lo sucedido en la última final en la que las mascotas búlgaras habían estado presentes, intentó mantener la mirada apartada del campo mientras las veelas bailaban, y en cambio mantuvo una tensa conversación con Jeffrey sobre nada en particular, quien también se esforzaba en no mirar.

—Ni siquiera bailan bien—oyó a Imala quejarse—. En la reserva hay chicas que lo hacen millones de veces mejor.

No quiso arriesgarse a mirar y comprobarlo, aunque sí que oyó varios gritos de alarma y gente moviéndose, por lo que se imaginó que había habido hombres que no habían tenido tanta precaución.

Después de las veelas fueron las mascotas egipcias: eran una bandada de fwoopers, los grandes pájaros africanos de brillantes colores. Los había naranjas, rosas, amarillos y verdes, y las aves volaron en formación haciendo dibujos multicolores en el cielo, para regocijo de todos los aficionados, mientras entonaban su canto agudo y dulce en una melodía que parecía querer ser el himno egipcio.

—Aunque parezca mentira, los fwoopers no son mucho mejores mascotas que las veelas—comentó Jeffrey, sonriéndole—. Su canto acaba por volver loca a la gente, si se escucha durante mucho tiempo.

—Pues espero que sea un partido rápido… O que alguien inmovilice a las veelas y silencie a los pájaros—opinó Bruce, y Jeffrey rio, mostrándose de acuerdo.

A continuación salieron al campo los jugadores en formaciones veloces y cerradas, arrancando gritos de ánimo por parte de todo el público. Primero los búlgaros, con Viktor Krum, buscador y capitán, a la cabeza del equipo; les siguieron los egipcios, entre los cuales Rawya Zaghloul, el joven buscador de veintiún años, iba a ser el encargado de intentar evitar que los búlgaros se alzaran con la victoria.

El partido empezó, y fue el mayor espectáculo que Bruce había visto nunca. Las jugadas se sucedían a una velocidad impresionante, de tal forma que hasta se perdía algunos momentos. Los cazadores luchaban con ferocidad, y los bateadores apuntaban con una precisión milimétrica. Los guardianes se estiraban hasta límites imposibles, y los buscadores daban vueltas alrededor del campo esquivando a cualquier otro elemento en el aire que se interpusiera en sus caminos.

Bulgaria se adelantó primero en el marcador, y a Bruce no le sorprendió. Bulgaria había estado en la final del Mundial ocho años antes, y cuatro años atrás había llegado hasta la semifinal. Llevaban más de ocho años a un nivel de juego impresionante, y aunque Bruce era imparcial, estaba ligeramente de su lado, porque creía que por fin se merecían ganar el torneo. Sin embargo, Egipto no dejó que se alejaran mucho en el marcador, y la puntuación volvió a igualarse en un 50-50.

Se lesionaron jugadores en ambos bandos, como era habitual en el quidditch de alto nivel. Los tres cazadores egipcios sufrieron fracturas más o menos graves en las primeras tres horas de partido, y un bateador, el guardián y el buscador búlgaros tuvieron que ser atendidos por diversas conmociones y fracturas. Ninguna de las intervenciones de los medimagos duró más de cinco minutos; por suerte, ya que las veelas y los fwoopers aprovechaban esos descansos para distraer al público, y los bailes y cantos empezaban a causar disturbios más o menos aislados. Tal vez deberían empezar a replantearse eso de llevar como mascotas a criaturas peligrosas a espacios cerrados que contenían cien mil magos y brujas.

La snitch apareció dos veces antes de la definitiva, y en las dos ocasiones fue alejada por el mismo bateador egipcio, aterrado porque su buscador estaba mucho más lejos que Krum de la pelotita dorada. La multitud incluso empezó a bromear con que tenía más madera de buscador que de bateador, pero el hombre lanzó inmediatamente después una bludger en dirección al grupo de aficionados más crítico. Eso le valió una seria amonestación y un penalti en contra de su equipo, pero las bromas cesaron.

A punto de llegar a las seis horas de encuentro, el marcador volvía a estar igualado, 300 a 300. El sol empezaba a ponerse, tiñendo de naranja el cielo sobre sus cabezas, y entonces los dos buscadores, que volaban muy cerca el uno del otro, salieron disparados a la vez en la misma dirección. Había aparecido la snitch de nuevo, y no había bateadores egipcios que se interpusieran en su camino.

Viktor Krum y Rawya Zaghloul sacaron toda la velocidad posible a sus escobas, serpenteando a lo largo y ancho del campo, arriba y abajo, persiguiendo la escurridiza pelota, dándose codazos poco disimulados sin mirarse. El resto del juego sobre el campo parecía haberse detenido, y todo el mundo contenía la respiración, expectante. La mano de Viktor Krum se adelantó unos milímetros, casi rozando las alas de la snitch por un breve instante, cuando de repente Rawya Zaghloul se inclinó en su escoba y su mano salió proyectada hacia adelante un par de centímetros más. Lo justo para alcanzar la circunferencia de la snitch y encerrarla en su puño. Egipto había ganado.

La multitud estalló en un cúmulo de gritos capaz de destrozar los tímpanos más sensibles. La mayoría imparcial animaba al vencedor siempre, fuera quien fuera, pero además Egipto era casi vecino del país organizador, por lo que los aficionados egipcios eran más que los desplazados búlgaros, cuyos lamentos quedaban ahogados por la algarabía general. Los jugadores del equipo egipcio se abrazaban en el centro del campo, eufóricos, mientras los búlgaros intentaban consolarse unos a otros.

Bruce estaba radiante también. Le importaba más bien poco quien había ganado en realidad, pero había visto el mejor partido de quidditch de su vida. Había tomado nota mentalmente de decenas de jugadas y movimientos que podría intentar más tarde con los Minotaurs. Y además, a su lado Imala había disfrutado enormemente con el partido, y en esos momentos aplaudía como una loca junto a Luke y animaba al equipo vencedor. Había merecido la pena.

El Primer Ministro, el Presidente o lo que fuera de Chad entregó el trofeo de campeón a la capitana del equipo egipcio, una de las cazadoras, y dio medallas plateadas de consolación a los búlgaros. Después de eso, los egipcios dieron unas cuantas vueltas de celebración alrededor del estadio, pasándose el trofeo de unos a otros, mientras los búlgaros bajaban al césped e intentaban irse lo antes posible.

No lo consiguieron del todo: al parecer, la moda de que los periodistas se entrometieran en todos lados había llegado hasta el Mundial, y unos cuantos reporteros consiguieron detener justo ante la entrada de los vestuarios a tres de los jugadores del equipo búlgaro. Dos de ellos se pudieron librar, refunfuñantes y dando unos cuantos empujones, pero Krum, como capitán, no tenía otra opción que dar la cara durante al menos unos segundos. Su rostro apareció en la pantalla en la que antes del partido se habían pasado anuncios, y la gente dejó de prestar atención a los flamantes campeones durante unos momentos para darle ánimos a Krum, que tenía los ojos enrojecidos y los labios apretados. Después de todo, Viktor Krum seguía siendo una de las mayores estrellas mundiales, y todo el mundo le tenía mucha estima.

—Viktor, ¿cómo te sientes ahora mismo después de haber perdido tu segunda final de un Mundial en ocho años? —la voz de la reportera que había conseguido el honor de entrevistar a Krum resonó en un inglés sin acento por todo el estadio—Sabemos que ocho años atrás atrapaste la snitch y no conseguiste evitar la derrota de Bulgaria, pero hoy la snitch se te ha escapado prácticamente de entre los dedos cuando tenías la posibilidad de vencer. ¿Te sientes culpable de la derrota de hoy?

Había pocas preguntas en el mundo que pudieran ser más poco delicadas e hirientes que esas, y todo aquel en el estadio que comprendió aunque fueran algunas de las palabras de la reportera se dio cuenta. Cien mil personas contuvieron la respiración mientras el rostro de Viktor Krum se oscurecía y las lágrimas se empezaban a derramar de sus ojos antes de decir:

—Mal. Muy mal. Yo dejo esto ya. No puedo más. Me retiro.


¡Hola de nuevo!

En este capítulo seguimos con las vacaciones de Bruce, dando envidia alrededor de todo el mundo. También conocemos un poco más a la adorable Imala y su relación con Bruce y el mundo, además de asistir al evento deportivo más importante del mundo mágico y, con ello, a la retirada de Viktor Krum. Esto último, por cierto, es canon según Pottermore: Viktor Krum se retiró tras perder la final del Mundial en 2002 ante Egipto (¿alguien recuerda las vacaciones de Bruce el verano anterior en Egipto, encontrándose con unos cuantos fanáticos presumiendo del buen equipo de quidditch de su país?), aunque volvió a jugar en el Mundial de 2014, cuando por fin pudo ganar el torneo.

Como siempre, muchas gracias a todos por seguir la historia, y en especial a DaniMalei, a quien doy la bienvenida oficial y mil gracias por dejar un review. Al resto, ya sabéis que cualquier comentario, duda o sugerencia será bienvenido.

En el próximo capítulo, regresaremos a Nueva York y conoceremos a los nuevos compañeros de equipo de los Minotaurs, entre otras cosas.

¡Hasta la próxima!