Disclaimer: Los personajes de OUAT no me pertenecen, yo solo escribo por y para entretener.
Chicos 3 mil disculpas por no actualizar el lunes. Tuve problemas con la laptop (estalló en mil pedazos ok, no fue para tanto) se me rompió el cargador y no pude subir nada.
En fin, como compensación subiré doble capítulo en unos segundos. Y el especial lo subiré mañana 3 o quizás sea al revés No lo sé. Los quiero 3
Mi conjunto estaba encima de la cama. Cuando me cambié y giré para observarme en el espejo de cuerpo completo hice una ligera mueca. –Ya, no extrañaba la piel de bebe. –Me burlé, jalando mis mejillas con frustración. –No quiero enfrentarme a Emma. –Susurré con desanimo. Aparecí unas tijeras en mis manos y, aprovechando lo filosas que estaban, con unos ligeros cortes aquí y allá terminé por cortar las hebras de mi cabello que habían crecido hasta el punto de pesarme.
Por la ventana visualicé el escarabajo amarillo luchar contra el camino de piedras que la guiaban hasta la puerta principal de la casa. Desaparecí el exceso de cabello que decoraba el suelo de madera al tiempo que tomaba una bocanada de aire. –Que empiece el espectáculo.
Revolví el café con lentitud y cierta dedicación. No me atrevía a levantar el rostro para toparme con sus ojos, y menos aún de romper el silencio sepulcral que estaba gobernando en aquel momento. Emma se encontraba sentada en mi cocina. Había llegado para hablar sobre todo lo que estaba sucediendo, pero si éramos sinceras, nadie sabía cómo abordar el tema sin salir a la defensiva o soltar algo que pudiese resultar hiriente.
–Así que…– Swan empezó, un tanto fastidiada. – ¿Por qué has estado huyendo de mi como si tuviera la peste?
–Yo no huyo de ti, Emms. –Me defendí con el ceño fruncido. –Sólo pensé que necesitabas tu tiempo a solas.
–Tiempo a solas. –Repitió, incrédula.
–Sí, no creí que quisieras tenerme cerca.
–Bueno, está claro que cualquiera se sentiría intimidado cuando ve a una adolescente que, se supone, tiene la misma edad de uno. Me haces sentir vieja. –Repuso incómoda, pero con un retintín de diversión.
Abrí la boca para argumentar algo en contra, pero en vez de eso solté una carcajada. –Punto a tu favor. –Declaré, alzando la taza de café en su dirección, tomando un sorbo de este un momento después.
–Así que, ¿me contarás o tendré que deducirlo?
Suspiré y la miré directamente a los ojos. –No, mereces conocer mi historia. –Sonreí de forma ladina. Dejé la taza y estiré mi mano hacia ella. –Soy Rapunzel, un placer.
La historia que le conté a Emma fue la verdad. No entré en detalles, porque podría alargar demasiado las cosas y eso provocaría aún más preguntas.
–Así que técnicamente fuiste huérfana, desde un punto de vista muy…
–Lo fui. –Acepté. –Somos un par de niñas perdidas, Emms.
– ¿Niñas perdidas?, ahora entiendo tu manía contra Peter Pan y su fobia por ser adulto. Si tú estás estancada en tus dieciséis y no tuviste a tus padres para crecer junto con ellos.
–Sí, supongo que así es. –Musité de forma distraída. –Supongo que Peter…–Su nombre deslizándose por mis labios salió con una tonalidad más dulce de lo que me hubiese gustado. Con una familiaridad desconocida para mí. –Y yo no compartimos el mismo deseo.
La almohada nos sedujo poco después de charlar un rato más cuando cayó la noche. Invité a la Salvadora a dormir y ella aceptó gustosa ya que, según me había contado, la habitación de al lado la despertaba de vez en cuando (Blanca Nieves y el príncipe deberían aprender a ser más silenciosos).
–Falta tan poco…–
Alcé el rostro para encontrarme con un adolescente, él estaba rodeándome como si fuera una presa y él el cazador. Me miraba con los ojos entrecerrados desde arriba. Estaba sentada. Atada.
–No puedo esperar más tu regreso. –Añadió. El castaño se agachó con la ballesta apuntándome. Le miré con indiferencia y desdén. –Deberías aprender a que yo siempre consigo lo que quiero. No te volverás a escapar. Así sea por las malas. – La flecha fue directamente a mi cuello.
Desperté gritando. Un sudor frío cubría mi cuerpo. Llevé una de mis manos a mi cuello, sintiendo aun aquella sensación de ser perforada de forma tan agonizante. Lo que más temí fue la mirada del chico que no demostraba ni una pizca de remordimiento y su sonrisa sádica al escuchar mi grito de agonía.
Me levanté de la cama, viendo a Swan removerse inquieta por la cama. ¿No la había despertado? Mejor para mí. Me encerré en el baño y me senté en la tapa del retrete. Pasé mis manos por mi cabello de forma distraída. –Que sueño más… atemorizante. Fue demasiado real. –Mi voz sonaba ronca e incluso extraña para mis oídos. Deslicé mi mano hasta que mis dedos rozaron mi cuello. Sentí una acumulación de calor en esa zona. Me levanté de un brinco y miré mi reflejo en el espejo. Mis labios se abrieron en sorpresa. – ¿Qué demonios? – Cuestioné con el ceño fruncido hasta el punto que mis cejas parecían unirse. Un círculo sin bordes definidos y de tonalidad rosácea brillaba de forma tenue sobre la piel. –No ha sido un sueño. –Mi mirada se ensombreció en cuanto me curé y borré aquella marca.
Los días siguientes a esos casi no veía a Emma, ni a nadie en general, ni si quiera a Henry o Gold. ¿Por qué?, debía meditar y decidir mi siguiente movimiento para no cometer alguna tontería. En las noches siempre tenía la misma pesadilla, una y otra vez, a este punto la incertidumbre me mataba. Despertar noche tras noche con el sentimiento de ser atravesada por una flecha y escuchar su risa burlona y sin emoción alguna me atormentaba cada vez más. Era una sensación desesperante, porque aunque tratara de defenderme, siempre terminaba igual.
Afiancé el mango de la espada y di dos estocadas más a mi objetivo. Giré con un fluido y rápido movimiento antes de cortarlo a la mitad con la otra espada. Mi respiración era un tanto agitada, eran las tres de la tarde y yo seguía en los jardines de la mansión. Entrenando. Clavé ambas armas en el césped y me tiré al suelo. Cerré los ojos y me dejé hundir en el cúmulo de hojas secas que caían de los árboles.
Escupí las hojas cuando sentí las cerdas rugosas y duras de la escoba en mi rostro. Me senté de golpe y miré con reprimenda a esta. Claro que, al ser un objeto, no se inmutó y siguió haciendo su trabajo, prácticamente corriéndome de ahí.
–Aunque no lo creas, deberías hacerle caso y salir un rato de tu escondite.
La voz del Aprendiz me hizo sonreír. –No esperaba visitas.
– ¿Cómo podrías?, si se rumorea por ahí que en vez de una señorita vive aquí un ogro. – Me reí después de mucho tiempo. Giré sobre mis talones y observé el rostro cálido del viejo hombre. No dije nada pero, mis brazos alrededor de su cuerpo, fue suficiente para ambos. No me di cuenta hasta entonces de lo sola que me sentía y del vacío que había crecido por las noches, gracias a las pesadillas.
–Te extrañé. –Reconocí. Podía escuchar su corazón latir a un ritmo a compensado.
–Y yo a ti. Además pasaba por aquí buscando trabajo.
Aquello me confundió. – ¿De qué hablas?
– ¿No necesitas de un aprendiz, por pura casualidad?, me sería un honor trabajar con la hija de Merlín, no… –El hombro se calló unos segundos. –Con la hechicera que inventó la maldición, Rapunzel.
Sonreí de oreja a oreja. Aquel hombre sabía que la sombra de mi padre normalmente me causaba cierta tristeza, porque de una forma u otra, jamás he creído que pueda superar el enorme poder y sabiduría que tiene Merlín.
–Sería todo un placer, pero no tengo como pagarte.
–¿Qué tal si le enseñas a este viejo algún truco de magia? – Propuso con una sonrisa dulce en su rostro cuando me alejó para observarme mejor.
–He estado trabajando en algunos. –Repuse divertida. El aprendiz asintió y me ofreció su brazo para colgarme de este. Lo acepté gustosa y nos dirigimos al interior de la mansión.
El aprendiz se había ido poco después de darle un rápido recorrido a la casa, debía ir por sus cosas y atender unos asuntos antes de venirse a vivir conmigo. ¡Y qué bueno!, el lugar se sentía muy frío ya que era demasiado grande para una persona.
Me mordí la mejilla en cuanto tensé la cuerda del arco. Observé mi objetivo moverse con destreza de un lado a otro. Dejé ir la flecha y ésta se clavó en la falda del pequeño vestido. Bajé el arco y relajé mi postura.
–No pensé que Azul mandara a sus pequeñas hadas a espiarme. –Me burlé mientras me acercaba a la pequeña mujer alada. –Nunca me ha gustado que lo hagan. Si quieren saber algo solo se pregunta. –Me acerqué a la chica de cabellos achocolatados. – ¿Por qué creen que luego se crean los malentendidos?
– ¡Si has sido tú quien convocó a Azul! – Se defendió el hada con energía. –Yo solo venía a comprobar que fuera cierto, ¡no has cambiado en absoluto!, era solo una trampa…
Rodé los ojos y moví mi mano para desaparecer la flecha encantada. Gracias a esto la mujer pudo tomar el tamaño de un ser humano normal. –Yo no hice tal cosa, en primer lugar. Ahora, yo no pienso dar explicaciones si he cambiado o no… –Musité con voz cargada de sarcasmo. – Lo triste es que des un juicio con tan poca información, mi pequeña amiga.
–Mientes. –Sentenció de forma dudosa.
– ¿Lo hago? –Cuestioné alzando una ceja. Sonreí de forma ladina. –Vaya, no me había dado cuenta. – Musité por lo bajo mientras dibujaba en el aire una línea horizontal, tomé la flecha encantada que había creado y cargué el arco nuevamente. –Yo no miento, ahora, ¿lo hace Azul? – Musité tras dejar volar la segunda flecha, atrapando otra hada.
– ¿Vienna?, ¿qué haces aquí?
El hada de vestido se encogió y voló hacia su amiga. –Deberías pensar mejor en quién confías. Esa hada venía a silenciarte si cometías alguna estupidez, como en el pasado, Rosetta. Defendiste a tu amada líder y ella te paga de ese modo, que… interesante.
Me giré sobre mis talones y rodé los ojos. Sentía la mirada fija de las hadas en mi espalda. Sí, definitivamente Azul y yo jamás nos llevaríamos bien, pero, ¿quién le había mandado aquel mensaje?, ¿quién estaba obrando desde la oscuridad?
¿Realmente lo había dejado todo en su lugar?, ¿podía confiar en mis propias palabras?
Aquella noche no dormí. La ventana estaba abierta pero no se veía ninguna estrella poblar el cielo, este estaba tan oscuro como la boca de un lobo. Los grillos eran el tranquilizante y armonioso sonido que no me dejaba caer en la soledad que empezaba a sentir.
Me senté en el suelo frío y duro de madera. Prendí la vela que se encontraba frente a mí y dejé escapar el aire poco a poco. Cerré los ojos y me aislé de todo sonido. Perdí la noción del tiempo y empecé a meditar. Cuando abrí los ojos nuevamente no se escuchaba nada, el lugar en el que me encontraba estaba completamente oscurecido, lo único que brillaba era yo, mi presencia iluminaba aquel lugar.
A mí alrededor, formando una espiral, aparecieron una serie de imágenes. Pasado, presente y futuro. Eventos, personas y caminos.
–Hora de estudiar. –Musité con cierto desgane. Acomodé los eventos, las distintas alternativas de caminos que podían suceder si se tomaba una u otra decisión. Todo iba bien hasta que un temblor empezó a dejar caer los eventos al suelo. Esto jamás había pasado. Lo reacomodé y dejé escapar el aire.
Algo o alguien me obstaculizaban mi concentración en la mansión, pero si era sincera, no esperaba visitas.
Regresar a la realidad me costó más trabajo del normal, pero ver al adolescente de ojos esmeraldas simplemente me tomó con la guardia baja.
– ¿Qué demonios?
Sus labios rozaban los míos. Mi mano voló y le propinó una cachetada, o al menos eso sucedió en mi cabeza, la realidad fue muy distinta. El joven había detenido el camino de esta, sosteniéndome de la muñeca con firmeza.
–Idiota. –Mascullé entre dientes. Tratando de zafarme, pero su otra mano voló hacia mi cintura, impidiendo que me alejara. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral ante su toque. – ¡Llamaré a la policía! –Amenacé con voz dura. El chico río con un retintín de oscuridad y burla.
Yo me quedé estática al tener la sensación de un deja vu. Cerré los ojos con fuerza. El chico suavizó su agarre. Abrí los ojos lentamente. Mi corazón dio un vuelco, tratando de salir de mi pecho; el adolescente me miraba directo a los ojos, hurgando en mi interior. Desvíe la mirada y fruncí el ceño.
Lancé su cuerpo hacia el lado contrario del lugar de donde me encontraba. Me incorporé sin perderle de vista. – ¿Cómo lograste entrar a ésta habitación?, tiene un hechizo de protección. –Musité con desgana. El adolescente se sentó en la mullida cama, donde había aterrizado y sonrió de forma ladina.
–Si querías mandarme a la cama solo debiste pedirlo… –El chico me miró de arriba abajo y tuve que reprimir un impulso de mandarlo a volar, literalmente, por la ventana.
– ¡Cállate! – Advertí, cerrando mi mano en un puño. Los labios del chico se sellaron al instante. –Tú me dirás exactamente qué quieres, no me interesa saber quién eres ni por qué estás aquí. –Solté con suavidad y seguridad. El joven alzó ambas cejas al escucharme.
Me acerqué a él pero detuve mi andar casi al instante. Si rompió el hechizo, ¿por qué demonios no estaba oponiendo resistencia?, ¿estaba jugando conmigo?
–Tengo una mejor idea. –Susurré por lo bajo. Las preguntas se iban acumulando conforme le daba más vueltas al asunto. ¿Había sido él quien me había dejado el adorable dibujo en mi diario?, ¿todos nuestros encuentros fueron planeados?, no sabía. Debía arrancar el problema de raíz. No necesitaba tener más problemas o cabos sueltos.
– ¿Y esa es? – Cuestionó con autosuficiencia.
–Matarte. –Respondí con simpleza, a centímetros de distancia después de haberme transportado. Metí mi mano en su pecho y arranqué el corazón. –Me habías caído bien.
– ¿Su majestad?
Me giré con brusquedad y vi a la Reina malvada pararse frente al marco de la puerta, pues al ser detenida por la barrera invisible, no podía entrar. Entonces, ¿cómo demonios…? Mis ojos bajaron hasta mi mano vacía. Miré sobre mi hombro: nada. No había nadie en aquella habitación.
–Es gracioso, ¿no debería llamarte yo de esa forma? –Cuestioné de forma desinteresada. Disolví el hechizo, permitiéndole la entrada a la mujer.
–No seas ridícula. –Comentó casi de forma mordaz. Mi atención regresó a ella.
– ¿Entonces a qué ha venido eso?
–Un rumor.
Miré a la mujer de cabello oscuro. – ¿Debo creerte? –Interrogué con monotonía. La ventana estaba abierta y podría jurar que antes la había cerrado.
– ¿Tengo motivos para mentirte? –Cuestionó haciéndose la dolida.
Le observé unos segundos. –Cierto, no era mi intención tratarte de esa forma. –Musité suavemente, con una pequeña sonrisa. – ¿Quieres una taza de té caliente?, ¡no nací ayer Gina! –Gritoneé, endureciendo mi mirada. –Apreciaría que las personas dejaran de verme la cara. No estoy para juegos. –Solté acercándome peligrosamente a ella.
–No me amenaces, Rapunzel. No he venido aquí buscando pelea. –Aseguró, alzando la barbilla cuando la miré de forma intimidamente. – Sólo busco respuestas.
La escrudiñé con la mirada. Dejé escapar un sonido incrédulo y alcé ambas cejas cuando desvíe la mirada. –Últimamente todos las buscamos, ¿por qué no has ido con Gold?
– ¿Ha pasado algo? –Cuestionó, desviando el tema. –No pareces… –Mi mirada se topó con la suya y sonreí de forma fría. –… Tú. Normalmente tienes ese aire despreocupado y… –La mujer me señaló con su mano. –Mírate. Parece que has visto un fantasma.
Dejé escapar el aire y me senté en la orilla de la cama. –No has venido a hablar de mi apariencia, Alcaldesa, ¿qué puedo hacer por usted que Gold no pueda?, porque al parecer de algún lado escuchó que me encontraba en su amada ciudad. ¿Qué le puedo ofrecer yo que el Oscuro o cualquiera no pueda otorgarle?
–Todo. – La mujer analizó la situación.
–Gina, deja de darle tantas vueltas. –Comenté más tranquila. No podía pensar con la cabeza caliente, y el encuentro que tuve, con quien haya sido, me había crispado los nervios. –Te saldrá humo por esa linda cabecita tuya.
–Puedo decirte lo mismo, rubia. –Regresó con una sonrisa, pequeña, pero sincera. – ¿Eso quiere decir que me ayudarás?
–Te escucharé y decidiré si hacerlo o no.
–Hagamos un trato entonces…
–Oh, no. Yo no soy Rumpel. –Me reí suavemente y la mujer asintió. Tomando más confianza tras oír mi tono relajado, sentándose hasta entonces a mi lado.
–Solo quiero saber sobre mi madre. –Respondió al fin. –Me enteré que fuiste reina del país de las Maravillas.
Le miré de reojo antes de dejar que mi espalda chocara contra el colchón. Miré el techo decorado como el cielo estrellado. –Y así fue.
–La mandé a ese lugar y no sé muy bien si…
–Tranquila. –Susurré tras un suspiro. –Por ahora no te molestará, pero Gina… no te confíes. –Advertí.
–Gracias. –Soltó poco después. Le miré de reojo y sonreí de forma ladina.
–No agradezcas, ¿no te acuerdas?, me caíste bien desde el momento en que te conocí, quitando el hecho de tus claras intenciones de matarme.
–Lo siento. –Soltó con una risa natural. Yo la acompañé y negué divertida.
–Sea como sea, si necesitas alguna otra cosa puedes acudir a mí.
–Me sorprende que lo digas conociendo mi relación con la señorita Swan.
Me encogí de hombros. –Ella es mi amiga, pero eso no quiere decir que tú seas mi enemiga. –Aclaré tras un suspiro.
–Bueno pues… gracias. –Contestó de forma sincera, me sonrió y poco después se quedó a cenar. En la charla que tuvimos tocamos distintos temas, desde momentos tan divertidos como su cumpleaños (donde su bufón cayó al suelo por ser tan molesto) hasta de situaciones frustrantes en su cacería de Blanca Nieves.
Incluso hablamos sobre el amor. Ella me relató, con cierta dificultad, sobre Daniel y yo sobre Eugene. Y concordamos que un amor perdido siempre se guardaba en el corazón aunque la mente empezara a olvidar.
Mi relación con los habitantes de la ciudad crecía conforme el tiempo pasaba. No había día en que me aburriese en aquel extraño pero entretenido pueblo. Era curioso el hecho de empezar a sentirme como en casa. La sensación cálida que me embargaba siempre que visitaba el restaurante de la Abuelita o los días que pasaba en el castillo con Henry. Incluso las tardes donde comía pay de manzana con Regina después de visitarla a su oficina. Emma y la Alcaldesa no tenían una buena relación, pero si le aunaba el tiempo que pasaba con ésta última las cosas no se ponían bonitas. Swan por naturaleza era solitaria y yo había sido su única compañía por muchos años, que me fuera distanciando poco a poco, (más con alguien tan simpática y social como la Reina Malvada) no daba puntos extras a su actitud conmigo pues, algunas veces, se comportaba cortante y fría.
Las cosas se complicaron cuando, de un momento a otro, la llegada de Garfio a la ciudad me trago una visión del futuro próximo. Al Capitán me lo topé más de una vez, siempre cruzábamos miradas, pero jamás hablamos.
En aquellas semanas la mayoría del tiempo me la pasaba encerrada en la mansión de mi padre, junto al Aprendiz. La biblioteca era extensa y había demasiados textos que aún no terminaba de leer. Bella venía de visita de vez en cuando entusiasmada y ávida por conocer más. Se había vuelto buena compañía. El silencio no era incómodo, cada quien estaba sumergida en los textos que se dedicada a leer; cuando empezaba a preparar algún hechizo y hacía anotaciones en el grimorio ella se acercaba discretamente a observar. Gold venía de visita y me ayudaba con algunas cosas, siempre me preguntaba el por qué de una cosa u de otra.
En cuanto a Henry, el chico era mi adoración personal, venía cuando salía de la escuela. A veces me lo dejaba Regina, otras veces venía de visita con su madre biológica. El niño era el que más se emocionaba cuando traspasaba la doble puerta principal de mi casa. Decía que era el lugar con más magia de la ciudad, ¡y quién no decía eso!, si hasta los platos se movían para lavarse solos cuando terminábamos de comer.
Y hasta ese punto todo marchaba bien, pero la cuestión era que en mi cabeza cierto adolescente de mirada esmeralda seguía molestándome. No lo había visto desde hace meses y, si era sincera, aquello solo me hacía preocupar más. En una ocasión le pregunté a la Alcaldesa, ella jamás se había encontrado con el muchacho en su estadía en Storybrooke y al preguntarle a Blanca Nieves, (quien daba clases en la escuela), tampoco supo decirme con exactitud de quién podría tratarse.
Pero, ¿por qué tanto lío?, bueno aquello era sencillo de responder: las pesadillas. No sabía qué las provocaba pero sabía quién era el protagonista de ellas. Aquel adolescente que se creía rey de algún lugar. Todas las malditas noches (cuando realmente necesitaba dormir, porque si no evitaba a toda costa acercarme a la cama) aparecía en aquella isla con mar de tonalidades como el cristal y arena suave al tacto. La selva se extendía después, con ruidos de animales salvajes habitándola y espantando a todo valiente que se atreviera a dar el primer paso hacia aquella zona.
– ¿De nuevo aquí? –Cuestionó con un tono burlesco.
–No es como si quisiera. –Musité mordaz. Me crucé de brazos y me senté en el lugar donde había aparecido ésta vez.
–Lo dudo. –Soltó con diversión. No podía verlo. Siempre era igual, jamás aparecía frente a mí, pero siempre podía escucharlo y sentir su presencia demasiado cerca para mi gusto. Rodé los ojos y esperé pacientemente a que el sol saliera. – ¿Sabes?, por más que te quedes observando el horizonte el sol no saldrá a saludarte. Tú no controlas eso.
– ¿Y tú sí? –Interrogué con desgana.
–Por supuesto. –Soltó con entusiasmo.
Bufé y abracé mis piernas. –Vete ya.
–Eso es lo que me gustaría que tú hicieras. –Contestó cortante y frío.
–Entonces, señor controlo el tiempo. ¿Por qué no lo aceleras para que pueda marcharme? –Cuestioné perdiendo los estribos. Siempre era igual. Aparecía en aquella isla, o lo que fuese, venía él a hacer acto de presencia, discutíamos, nos estresábamos, nos gritábamos y yo despertaba con un humor de perros.
–Porque yo soy el que toma esa decisión. –Repuso como si fuera obvio.
Me mordí la lengua para evitar responderle con alguna grosería. –Bien. –Solté arrastrando la palabra, contando diez en mi cabeza para tranquilizarme. –Me dices que quieres que me vaya, te sugiero que adelantes el tiempo y ahora me dices que no quieres.
El chico río de forma siniestra. – ¿Lo hice?
– ¡Claro que lo hiciste! –Exclamé, levantándome del lugar al sentir su rodilla rozando mi nuca. Di un paso hacia atrás cuando me topé con su rostro serio. El chico alzó una ceja de forma altiva.
– ¿Quieres que adelante el tiempo?
–Más que nada. Quiero regresar. –Pedí, desviando la mirada, no soportando la profundidad de esa mirada color bosque esmeralda que me taladraba cada segundo.
–Bien, que quede claro que lo has pedido tú. Pero toda magia conlleva un precio, ¿no es así?
Fruncí el ceño al escuchar sus palabras. – ¿De qué me hablas…?
–Soy Peter Pan, amor, recuérdalo.
Fruncí el ceño al escuchar sus palabras. No realmente por su nombre, sino porque las piezas dentro de mi puzzle mental empezaron a encajar con demasiada rapidez. La brisa del mar golpeando mi rostro empezó a ser solo un roce y el sonido a mi alrededor empezaba a ser un eco. Mi mirada regresó a la suya. Su sonrisa ladina y el ver cómo alzaba el rostro con diversión y crueldad pintadas en sus facciones me enviaron un escalofrío por el cuerpo.
Sé quién era. No por nada me la había pasado tardes y noches estudiando, memorizando y encajando todas las piezas que me faltaban por resolver para traer a mi padre de regreso. Lo que no me imaginaba era que él tenía otros planes para mí.
La realidad me golpeó con crudeza y no era por decirlo al azar. La oscuridad en mi habitación se había esfumado, al menos un poco, ya que el sol estaba por salir. Me quejé al sentir la incomodidad en mi cuerpo, pero eso lo dejé a un lado cuando noté la ventana abierta.
–No de nuevo. –Susurré con pereza. Me levanté y me aferré a la bata para dormir. Fruncí el ceño al ver una nota en el marco de ésta. La tomé con ambas manos y la desdoblé. –Yo creo. –Susurré las dos palabras escritas. Mi cabeza procesó todo demasiado tarde. –Maldición. –Solté el papel y cerré las ventanas con fuerza. Podía sentir el palpitar de mi corazón con fuerza. –Maldición, maldición, maldición. Soy una idiota.
Saqué la varita y apunté hacia la ventana. Estuve esperando a que se abriera pero eso no pasó en los segundos siguientes. Entrecerré los ojos y bajé mi arma con manos temblorosas. Hasta entonces noté el sudor frío que había formado una fina capa sobre mi piel.
Las suaves pisadas del Aprendiz se escucharon hasta entonces. – ¿Estás bien? –Cuestionó el hombre, tocó unas veces la puerta y hasta que escuchó mi voz, (dejándole pasar) fue cuando entró.
–Estoy bien. –Susurré, dejándome caer en la cama. –Sólo ando un poco paranoica. Tantas cosas me tienen con los nervios a flor de piel.
–Tranquila, Rapunzel. –Musitó, sentándose a mi lado, pasando su mano por detrás de mis hombros. –No debes de perder la calma.
–Lo sé. –Murmuré. –Pero que Emma venga a contarme que Neal anda con su nueva prometida por ahí, sabiendo que Tamara solo es un medio y lo que sigue. – Bufé. –Y que precisamente hoy las cosas vayan a explotar y los chicos tengan que viajar a Nunca Jamás me pone ansiosa. Ojalá pudiera ir con ellos, para ayudarlos, pero no. No puedo.
–Por supuesto que puedes, ¿deseas ir?
Le miré tras unos segundos. –Quisiera ir a Nunca Jamás. –Solté sincera. Un deseo reprimido en mi interior gritaba con júbilo el haber soltado aquellas palabras, pero no entendía por qué. Era demasiado profundo como para escarbar la respuesta a esa pregunta, por lo que lo dejé ir.
–Bien, eso es lo que necesitaba él. – Fruncí el ceño al escucharlo, no por sus palabras (que de por sí me confundieron) si no por el tono que usó. Al verlo traté de alejarme pero fue imposible. Los ojos amarillentos me miraban con maldad. La figura oscura me aferró con fuerza, la ventana se abrió de par en par. Todo pasó muy rápido, la sombra sopló y todo su oscureció.
N/A: Los rr los respondo en el siguiente capìtulo
Por último gracias a aquellos que leen aunque en silencio, se les aprecia c:
Saludos!
