A lo mejor alguien se piensa que me he olvidado de los fics, pero no jajajaja en serio, es que me lio con cosas y se me va el santo al cielo! Mis sinceras disculpas! También tengo listo el capi de That's a start así que espero subirlo este finde. Este es una propuesta de Regi-Mills, no se si es exactamente lo que querías y he cambiado alguna cosilla de los bebés mágicos porque no sabía muy bien como encajarlo, pero espero que te guste ^_^!

Los personajes de OUAT no me pertenecen. Contadme que os parece y espero que os guste :)!


SQT 36: Sick.

La maldición de había roto y Emma se encontraba de pronto rodeada de personas totalmente nuevas. La gente que hasta ahora había conocido eran distintas, por ejemplo su compañera de piso resultaba ser su madre. Y Blancanieves, de ese dato no podía olvidarse, todos allí eran cuentos de hadas llegados directamente desde el Bosque Encantado por culpa de la maldición de Regina. No, de la Reina Malvada. Curiosamente ese era el personaje que a Emma más le estaba costando conectar con la persona que conocía, después de todo los demás habían cambiado y habían vuelto a su antiguo yo, a su personalidad de cuento de hadas, pero Regina era la misma mujer de siempre, seguramente porque había sido la única consciente de la maldición. O quizá porque desde que se rompió, nadie había visto a la Reina Malvada, que se había encerrado en su mansión y nadie sabía nada de ella, ni siquiera Henry, aunque él todavía estaba demasiado enfadado cómo para intentar siquiera ponerse en contacto con ella, incluso aunque Emma le insistía en ello cada cierto tiempo. A pesar de todo Regina era su madre y sabía que el chico la quería, y desde luego no podían lapidar a Regina o lo que fuese que hiciesen en el Bosque Encantado, así que cuanto antes normalizaran toda la situación con ella mejor. Claro, que sería más sencillo si la morena quisiera comunicarse. Henry no lo había intentado, pero Emma si, había ido a la mansión varias veces para encontrarse con una puerta cerrada y una casa silenciosa. Se había visto tentada más de una vez a entrar a la fuerza, cómo sheriff podría hacerlo, pero desde luego eso no sería empezar con el buen pie con Regina. O re-empezar, lo que fuese. Después de haber trabajado juntas para salvar a Henry, y de haber visto la cara de la mujer al pensar que su hijo había muerto, o cuando le dijo que le quería…no, ya no podía pensar igual de ella. Una parte de Emma siempre había querido llevarse bien con Regina, desde el principio, quería hacerla ver que no era una amenaza a su puesto cómo madre de Henry, aunque las cosas se habían puesto bastante duras después, pero aun quería llevarse bien con esa mujer, aunque fuese por el bien del hijo que ahora compartían. Así que volvió a probar suerte con la puerta blanca del 108 una vez más.

- Regina, sé que estás ahí dentro, nadie puede salir de la ciudad. Abre de una vez.

Sin respuesta, la rubia giró los ojos y llamó otra vez, con más fuerza.

- No puedes esconderte para siempre, además tienes un hijo ¿recuerdas? – Esperó a ver si escuchaba algo. Nada. – Vamos Regina, solo quiero hablar. Soy yo, Emma Swan, no soy ningún tipo de…cuento de hadas. O lo que sea que seáis. Solo soy yo, sabes que no voy a hacerte nada.

Seguía el silencio. Con un suspiró frustrado, Emma se dio la vuelta para irse, pero a la mitad del camino de la entrada, se giró y volvió a aporrear la puerta.

- Oye, sé que las cosas no son cómo tú querías y que me he cargado tu maldición, o lo que sea. Pero asúmelo de una vez. No podías tenerlos malditos para siempre, pero Henry no tiene la culpa de nada de esto, y sé que fueses quien fueses allí, ante todo eres su madre y le quieres.

La puerta seguía firmemente cerrada y la casa en silencio. Emma dio una patada a la puerta.

- Tienes otra oportunidad, puedes hacer las cosas bien, puedes…. – Gruñó molesta. - ¿Sabes qué? Soy la sheriff y tu llevas días sin dejarte ver, voy a asumir que has desaparecido y a usar la autoridad de mi placa para meterme en tu casa y asegurarme de que estas ahí.

Le dio un minuto de margen para pensarse si le abría la puerta o no, y luego sin pensárselo dos veces forzó la cerradura con facilidad. Era cómo montar en bicicleta, no se olvidaba.

- ¿Regina?

Llamó desde el vestíbulo. Estaba casi segura de que no podía usar magia, pero no estaba de más ser precavida. Cómo antes, no hubo ninguna respuesta, así que la rubia empezó su inspección de la casa, habitación por habitación. Todo estaba en su sitio, perfectamente ordenado y limpio, pero había cierto ambiente de abandono, como si nada se hubiese tocado desde hacía días. Subió las escaleras empezando a preguntarse si era verdad eso de que no podían dejar la ciudad, a lo mejor Regina se había arriesgado a ello, pero ¿sin Henry? Lo encontraba difícil de creer. Inspeccionó también el piso de arriba, casi esperando encontrarla en su habitación, pero tampoco estaba allí. Abrió la puerta de la habitación de Henry y casi se va sin verla, pero en el último momento lo hizo, vio a Regina acurrucada en un rincón, entre el escritorio y una estantería. Estaba sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas y con la cabeza escondida entre los brazos. No supo muy bien porqué, pero Emma tuvo un mal presentimiento.

- ¿Regina? ¿Estás bien?

Preguntó acercándose lentamente a ella. La morena no levantó la vista, pero la Salvadora notó perfectamente como la mujer temblaba un poco ante tan simple pregunta. Siguió acercándose con cautela y se agachó frente a ella alerta, preparada para apartarse o bloquear algún ataque inesperado, pero todo lo que hizo Regina fue apartar la cara cuando Emma despegó sus brazos de las rodillas. La rubia se quedó mirando esos brazos, no los recordaba tan frágiles, ni con un color tan pálido que se le marcaban hinchadas todas las venas, y mucho menos con los pequeños moratones y marcas sanguinolentas, cómo rozaduras o cómo si su piel estuviese empezando a pelarse lentamente. Sin poder ocultar su expresión asustada, Emma soltó los brazos de la reina para coger su cara y obligarla a mirarla. Allí tenía prácticamente las mismas marcas. La rubia sostenía la cara de la otra mujer con delicadeza, temiendo hacerla daño.

- ¿Quién te ha hecho esto?

Preguntó con un hilo de voz. Regina volvió a ser ella misma en ese momento y apartó bruscamente a la Salvadora, haciéndola caer al suelo y poniéndose ella de pie.

- ¿Quién te ha dado permiso para entrar? Márchate.

Ordenó con su voz más amenazante, pero Emma no la hizo ni caso, se levantó y agarró a la otra mujer delicadamente por el brazo, obligándola a mirarla.

- ¿Ha sido alguien de la ciudad?

Preguntó con cierta rabia. Por muchos que fuesen sus crímenes Emma no iba a permitir esa clase de maltratos, si querían justicia, celebrarían un juicio o algo así, pero no iba a consentir ningún tipo de agresión contra la alcaldesa por simple venganza. Regina trató de soltarse, pero cómo la sheriff notó enseguida, sus fuerzas también estaban muy mermadas, tanto que Emma casi temió que ese pequeño esfuerzo por soltarse acabase por hacerla daño, así que la sentó en la cama de Henry prácticamente sin darse cuenta de que se había sentado a su lado. Se quedó mirando a la reina a la espera de una respuesta, sin darse por vencida, y finalmente Regina cedió con un suspiró molesto.

- No ha sido nadie. Unas horas después de que rompieses la maldición empecé a sentirme mal, mareada. Con el paso de los días simplemente ha ido empeorando.

Explicó extendiendo un poco los brazos para dejar bien claro a que se refería con lo de empeorar. Emma miró sus brazos y su cara sin querer imaginarse cómo estaría el resto del cuerpo, tenía pinta de doler.

- ¿Es parte de la maldición?

Preguntó la rubia pensando en si conocía algo que pudiese aliviar a la morena, quien la miró con una ceja levantada.

- ¿Crees que habría lanzado una maldición que me hiciese esto?

Respondió con molesto sarcasmo.

- Bueno, estoy segura de que no pensabas que alguien rompería la maldición. Y por lo que he oído estabas dispuesta a todo.

Regina apretó los labios al saber exactamente a que se refería.

- No, señorita Swan, si esto es parte de la maldición yo no lo sabía.

El mismo nombre vino a la mente de las dos.

- Gold.

Dijeron a la vez intercambiando una mirada.

- ¿Te duele mucho?

Preguntó Emma alargando una mano sin saber muy bien donde ponerla para no hacerle daño a Regina, pero la morena simplemente apartó esa mano. Estaba bastante segura de que se estaba muriendo, pero no por ello iba a permitir a la mujer que había roto su maldición y le había robado a su hijo sentir lastima de ella.

- Puedo soportarlo.

Respondió con altivez, la verdad era que en ese momento el dolor se notaba mucho menos, algo extraño porque cada uno de los días que habían pasado desde la ruptura de la maldición el dolor no había hecho más que crecer, pero ahora estaba bien, casi no lo notaba.

- ¿Tienes algo para curarte? ¿Algún bálsamo, o crema? ¿Aloe vera?

Era todo lo que se le ocurría a Emma para aliviar un poco esas rozaduras con esa pinta tan dolorosa, con lo demás aun no sabía que podía hacer, pero lo averiguaría. Antes de que Regina pudiese responder se levantó directa hacía donde sabía perfectamente que estaba el baño, abrió el armarito de detrás del espejo y rebuscó entre todo lo que tenía Regina allí. Cogió varias cremas y una botella de alcohol e hizo una mezcla aprendida de las muchas rozaduras que tuvo que curarse a sí misma y a muchos de sus hermanas y hermanos de acogida, y volvió a la habitación de Henry, donde Regina seguía sentada en la cama con una mueca de dolor en su cara herida. Era curioso, pero en cuanto Emma salió de la habitación el dolor de las heridas volvió a aparecer, y ahora que la rubia se sentaba otra vez a su lado, volvía a remitir un poco. Regina frunció el ceño por esa conexión, mirando a la otra mujer sin comprender, pero por supuesto Emma no había notado nada, tan solo abrió el bote del preparado que había hecho y sin decir ni una palabra empezó a aplicárselo a Regina en los brazos, cuando iba a hacer lo mismo con la cara, paró por un segundo al ver la expresión entre enfadada y confusa de la morena. Levantó una ceja, pero cómo Regina no dijo nada simplemente siguió con lo que estaba haciendo, aplicando crema con cuidado sobre las heridas.

- Échate el resto donde tengas más heridas. – Dijo dándole el bote cuando acabó con la cara. - Con los moratones y lo demás aún no hay nada que pueda hacer, pero encontraremos la solución. Voy ahora mismo a hablar con Gold, no te muevas de aquí.

Dijo levantándose de la cama y saliendo de la habitación. La crema estaba haciendo su efecto, pero incluso así, en cuanto Emma salió Regina notó de nuevo como el dolor volvía.

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Emma irrumpió sin llamar en la tienda de Gold soltando furia por los poros.

- Que agradable sorpresa, ¿en qué puedo ayudar a la Salvadora?

Preguntó el hombre con una cordial sonrisa que no convenció a la rubia ni por un segundo. Plantó las manos sobre el mostrador con un sonoro golpe.

- Puedes empezar contándome que es lo que le pasa a Regina.

La sonrisa de Gold cambió a una de satisfacción.

- Tengo entendido que su majestad lleva días sin dar señales de vida, ¿cómo iba yo a saber lo que la pasa?

Emma frunció más el ceño y el hombre rio un poco.

- Ya que no pareces estar especialmente comunicativa me arriesgaré a suponer que me hablas de la enfermedad de la reina. – La rubia tragó saliva por la palabra "enfermedad". - ¿Moratones, heridas de aspecto doloroso, debilidad? – Emma asintió y Gold rio otro poquito. - ¿Por qué te preocupa?

- Eso es asunto mío.

Respondió la rubia con los dientes apretados.

- ¿Por qué molestarte en salvar a la reina? Su muerte solucionaría muchos problemas. Ella nos maldijo a todos, nadie va a lamentarlo, y tú tendrías a Henry solo para ti.

Emma estuvo tentada a tirarle de la corbata para golpearle contra el mostrador, pero se contuvo, no era una reacción muy legal para una sheriff.

- Sean cuales sean sus crímenes no voy a dejarla morir, puede que a vosotros os de igual, pero a Henry no.

- ¿Y a usted?

Preguntó el hechicero con una ceja alzada, pero Emma no respondió. Su opinión no era importante, no iba a dejar que Henry perdiese a su madre, y menos aún iba a dejar morir a una persona, independientemente de quien fuese esa persona, si ella podía hacer algo para evitarlo, daba igual si Regina todavía quería matarla, haría todo lo posible para salvarla. Gold suspiro cediendo por fin.

- No se puede hacer nada. La maldición está atada a ella, si no hay maldición… - No pudo evitar otra sonrisita. – no hay Regina. La maldición se está desvaneciendo. – Hizo un gesto cómo si aún quedasen restos de maldición en el aire. – Y Regina también.

La expresión de Emma cambió de furiosa a impactada.

- ¿La maldición? ¿Entonces…?

- Si señorita Swan, al romper la maldición, también firmó la sentencia de muerte de la reina. Seguramente el pueblo la haga una fiesta.

Completó Gold por ella con diversión mal disimulada. Emma no podía creerse que lo que le estaba pasando a Regina fuese culpa suya. Aunque realmente ella no había querido nada de eso, no había querido ser abandonada en una cuneta por culpa de esa maldición, ni ser la persona destinada a romperla, ni estar metida en el pueblo de los cuentos de hadas, ni salvar a todo el mundo. Ella no quería nada de esto, fue Regina quien lanzó la maldición, no debería sentirse mal porque ahora esa maldición se hubiese vuelto en su contra. Pero lo hacía.

- Debe de haber algo que pueda hacer. Alguna cura, algún hechizo…algo.

- ¿No me ha escuchado? No hay nada que se pueda hacer, no hay magia. Tarde o temprano, Regina morirá. Seguramente tarde, y con dolor. Y sola.

Esa idea parecía ponerle de muy buen humor, viendo su expresión complacida Emma no pudo aguantar más las ganas de agarrarle, tiró de su corbata hasta tenerle muy cerca. Gold hizo una mueca de molestia intentando aflojar la presión del agarre.

- No vas a salirte con la tuya. Si de verdad soy la Salvadora, entonces la salvaré. – Le soltó de un empujón. – Y si no, al menos no morirá sola.

Dijo saliendo de la tienda con un portazo que tiró varios objetos al suelo.

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Emma volvió directamente a la mansión, algo que el dolor de Regina agradeció, aunque ella no fuese a admitirlo.

- Yo…lo siento.

Dijo Emma cuando terminó de contarle toda la historia. Regina rio con cierta ironía y levantó una ceja.

- ¿Sientes haber salvado a Henry y roto la maldición?

- Bueno no, eso no. Pero siento que haya provocado esto.

Respondió la rubia señalándola. Quizá era solo cosa suya, pero al volver a la mansión le había parecido ver incluso peor a Regina. Había vuelto a curarle las heridas con lo su mezcla y había preparado una infusión para el dolor, más allá de eso no se le ocurría nada más que hacer.

- ¿Cómo vamos a decírselo a Henry?

Preguntó después de un rato, no dejaba de pensar en cómo iban a darle la noticia a su hijo.

- ¿Vamos? No recuerdo que fuésemos un equipo.

Contestó la morena en tono afilado.

- No vas a pasar por esto sola.

Aseguró la Salvadora con firmeza, haciendo reír a la otra mujer.

- Toda mi vida he hecho las cosas solas, no veo por qué debería cambiar eso ahora simplemente porque me esté muriendo.

La cruda verdad de esas palabras dichas sin suavizar impactó a Emma dejándola sin palabras por un momento.

- Pues esta vez no será así.

Aseguró la rubia después de tragar saliva. Regina giró los ojos con impaciencia, intentando levantarse del sofá y consiguiendo solo una mueca de dolor. Emma puso las manos delante de ella sin llegar a tocarla para mantenerla en su sitio.

- No necesito…

- Sé que no necesitas ayuda. – Cortó Emma apretado los dientes con frustración por la cabezonería de la reina. – Y que sola te las apañas muy bien, y que lo último que quieres es tenerme alrededor. Pero no voy a dejar que pases esto sola.

Regina también apretó los dientes. En realidad estaba algo halagada por la preocupación, fuese cual fuese el verdadero motivo, pero eso no cambiaba nada, Emma y ella no eran amigas ni nada remotamente parecido a eso.

- ¿Has roto una maldición y ahora crees que tienes que tomarte cada problema de la ciudad como tu cruzada personal? Pues vete a jugar a la Salvadora a otro sitio, ve a conseguir algunos finales felices o lo que sea que hagas.

Gruñó haciéndola un gesto molesto para que se marchase de una vez, pero Emma por supuesto no se movió.

- Yo no soy la Salvadora de nada, no tiene nada que ver con…mira, puedes ponerte cómo quieras, pero no vas a librarte de mí. Henry y yo estaremos contigo y fin del asunto.

Concluyó la rubia cogiendo la taza vacía con rabia para ir a preparar un poco más, en parte era una excusa para alejarse de Regina, tampoco es que entrase en su lista de deseos ser la compañera de los últimos días de la reina, pero imaginársela sola en esa inmensa mansión le revolvía el estómago, además el paseo a la cocina le vendría bien para pensar en cómo darle la noticia a Henry.

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Por supuesto el chico no se lo tomó nada bien, pasó del shock a la rabia que da la impotencia para acabar abrazado con fuerza a su madre balbuceando llorosas palabras. Emma le apartó delicadamente de la morena porque sabía que la hacía daño, aunque para Regina ese abrazo merecía el dolor. Henry se secó las lágrimas con el puño y se sentó al lado de la morena.

- Todo es culpa mía. Si no hubiese traído a Emma nunca habría roto la maldición, si no me hubiese comido la empanada…

- Se la habría comido Emma, y quizá nadie habría podido salvarla. Debemos alegrarnos de que al final todo haya salido bien.

Dijo Regina forzando una sonrisa para su hijo, por supuesto para ella las cosas no habían salido bien, pero al menos ahora tenía allí a Henry. Emma ni siquiera encontró rabia para enfadarse por el hecho de que la empanada envenenada fuese para ella, tan solo podía observar a esa mujer llena de marcas y heridas y al chico destrozado de pena a su lado incapaz de abrazar a su madre para no hacerla daño.

- Tenemos que cuidar mucho a tu madre ¿vale Henry? Hacer que se sienta lo mejor posible.

Dijo Emma dirigiéndose a su hijo intentando animarle un poco, aunque sabía que ahora mismo eso era algo imposible. No sabía cómo Henry iba a soportar día a día viendo cómo su madre se consumía, cómo aumentaban las heridas, los moretones y la debilidad. Iba a ser duro para Henry, y eso lo haría más duro para Regina y también para Emma.

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Henry se mudó con Regina, por eso fue el primero en darse cuenta de que su madre se encontraba mejor cuando Emma estaba cerca, algo que no era muy difícil de notar si prestabas la debida atención, porque la rubia se pasaba la mayor parte del día con ellos y las pocas horas que pasaba fuera de la mansión Henry podía ver cómo su madre luchaba por contener el dolor, al menos delante de él. El chico le preparaba las infusiones y cremas tal y cómo Emma le había enseñado, pero no eran suficiente y cada vez hacían menos efecto.

Emma solía irse siempre después de cenar, pero una noche Henry la llamó en cuanto su madre se retiró a su habitación más pronto que de costumbre, él sabía que se iba para que no viese su dolor.

- ¿Emma? Necesito que vengas. Ahora.

Dijo parado al final de las escaleras, mirando el lugar exacto por el que acababa de ver desaparecer a su madre con una mueca de dolor y prácticamente arrastrando los pies.

- ¿Ha pasado algo? ¿Estáis bien?

Preguntó rápidamente la morena con nerviosismo, y su hijo pudo escuchar claramente el arrastrar de la silla cuando se levantó.

- Es mamá.

Respondió el chico con tristeza.

- Estaré allí en un segundo.

Dijo Emma antes de colgar.

Aunque tardó algo más de un segundo, llegó a la mansión en un tiempo record. Sus padres no entendían porque estaba haciendo eso, nadie en el pueblo entendía porque estaba haciendo eso por la reina, lo más sencillo sería dejarla morir y quitarse de en medio muchos problemas, pero Henry y Emma parecían ser los únicos que pensaban de otra manera. Henry la estaba esperando en la puerta y antes si quiera de que la atravesara ya la estaba informando.

- Está arriba. Siempre se va cuando la duele demasiado, para que yo no la vea.

- ¿Se ha tomado los calmantes? – Henry asintió, con la preocupación escrita en la cara. - ¿Las infusiones? – El chico volvió a asentir. - ¿Le has puesto crema en las heridas?

Henry asintió una tercera vez, con impaciencia, tirando de Emma hacía las escaleras.

- Lo he hecho todo, nada funciona, cada vez va a peor. Tienes que hacer algo.

La rubia no sabía que era lo que ella podía hacer, Henry ya lo había hecho todo y nada servía, lo único que ella podía hacer ahora era estar al lado de Regina si quería algo de compañía que no fuese su hijo, pero aparte de distraerla eso haría poco contra el dolor.

- Tienes que entrar.

Dijo Henry arrastrándola escaleras arriba hasta la puerta de la habitación de Regina, a través de la que se escuchaban amortiguados sonidos de alguien que no lo estaba pasando especialmente bien. Emma se paró de golpe, soltándose de su hijo.

- Henry, si entro ahí tu madre seguramente me matará. Tú ya lo has hecho todo, no creo que yo pueda…

- Se siente mejor cuando estás cerca.

Le cortó Henry todavía impaciente, como si fuese algo obvio y solo estuviesen perdiendo el tiempo. Emma le miró sorprendida, temiendo que la imaginación de su hijo se hubiese disparado otra vez, desesperado por encontrar algún remedio para su madre. Aunque la otra vez que pensó que era solo su imaginación resultó que tenía razón.

- ¿Por qué piensas eso?

- Cuando tú estás le duele menos, se le nota en la cara, cuando te vas es cuando se pone peor y se va para que no la vea. – Emma seguía sin moverse. - ¡No me lo estoy inventando!

Gritó con frustración. De dentro de la habitación escucharon a Regina llamar a Henry, seguramente preguntándose porque gritaba. El dolor en su voz era tan evidente que Emma casi podía sentirlo ella misma.

- Está sufriendo.

Dijo el chico prácticamente en una súplica. Emma seguía sin creerse que su presencia ayudase al dolor de la reina, pero no perdía nada por intentarlo, después de escuchar la voz de Regina dudaba mucho de que estuviese en condiciones de atacarla. Mandó a Henry a la cama y abrió la puerta lentamente, en la oscuridad de la habitación vio el bulto de Regina acurrucado en la cama y escuchó cómo la morena intentaba callar su dolor para evitar que su hijo la escuchase.

- No pasa nada Henry, estoy bien, vuelve a la cama.

Dijo Regina de espaldas a la puerta, Emma la cerró tras ella, volviendo a dejar la habitación con la única luz que entraba por la ventana.

- No soy Henry.

Contestó casi con disculpa, el dolorido cuerpo de la reina se alzó un poco de golpe, lo justo para girarse a mirarla, aunque Emma no podía verla la cara.

- ¿Qué haces aquí?

Preguntó claramente enfadada, lo último que necesitaba en ese momento era a Emma Swan en su habitación.

- Henry me ha llamado, me ha dicho que te encontrabas mal.

- ¿Cómo quieres que esté? Me estoy muriendo. Entiendo que él se asuste, pero tú ya sabes lo que ahí. Harías mejor trabajo quedándote con él.

Gruñó Regina volviendo a su posición inicial.

- Henry dice que… - No podía creerse que de verdad fuese a decir esas palabras en voz alta. – Que estás me…que te duele menos cuando est…cuando aparezco.

Daba igual cómo lo dijera, sonaba estúpido de todas las maneras y Regina seguramente iba a usar las pocas fuerzas que le quedaran tirándole algo a la cabeza, quizá debería salir y ahorrarle el esfuerzo. Pero en vez de eso solo hubo silencio en la habitación.

- ¿Te encuentras mejor ahora?

Preguntó Emma tímidamente después de un rato, pero el silencio seguía. Silencio, silencio de verdad. Ya no escuchaba los suspiros y gruñidos de dolor de la otra mujer, así que la rubia se sentó en el suelo, apoyada en la puerta y sin decir nada. Si de verdad su presencia hacía que Regina se encontrase mejor se quedaría allí un rato, al menos hasta que se durmiese, le hablase o no.

- Te permito sentarte en el diván. Si quieres.

Dijo Regina después de un rato en un tono que intentaba claramente demostrar que ella seguía teniendo el control de la situación. Emma se levantó con una risita.

- Cómo queráis, majestad.

Bromeó, caminando hacía el diván, algo que verdaderamente sus huesos agradecían.

- Hay mantas en el armario si tienes frío.

Añadió Regina, Emma se acercó al armario antes de sentarse y cogió dos mantas, tiró una sobre el diván y echó la otra con delicadeza sobre la colcha de Regina antes de ir a sentarse y acurrucarse en su manta.

- Y…no me llames así.

Dijo la morena después de un rato. Desde donde estaba ahora sentada Emma podía verla la cara, pero la reina no la miraba a ella, seguía con la vista clavada en la ventana, pero Henry tenía razón, su cara estaba más relajada, sin esa mueca de dolor que su hijo siempre veía.

- ¿Así cómo?

- Majestad. Tu no…aquí soy Regina.

Emma sonrió en las sombras.

- ¿Por qué crees que pasa esto, Regina? ¿Qué te duela menos ahora?

Preguntó con curiosidad, ella era nueva en todo eso de la magia, pero seguramente la morena tendría alguna idea.

- No tengo ni idea. Claramente es algo mágico, seguramente la respuesta es sencilla, pero ahora mismo no…

- Lo entiendo, le preguntaré a Henry mañana, seguro que a él se le ocurre algo.

Interrumpió Emma amablemente, en ese momento Regina estaba demasiado ocupada con su dolor e inevitable muerte como para pensar en otra cosa.

- Está muy preocupado ¿sabes? Preocupado de verdad.

- No entiendo por qué, todos sabemos cómo va a terminar esto.

Respondió Regina de manera cortante, algo que Emma decidió no tenerle en cuenta.

- Eso no cambia el hecho de que va a perder a su madre.

- Entonces tenemos suerte de que te tenga a ti ¿verdad?

Dijo la morena con cierto resentimiento.

- Sabes que Henry no piensa así, que las cosas no son así. No sé qué voy a hacer cuando…

- ¿Muera? - Completó Regina con una risa amarga. – Celebrarlo con el resto del pueblo.

Emma apretó la mandíbula, enfadada.

- Para de una vez. Esto no es algo que celebrar Regina, ¿crees que quiero que mueras? ¿o Henry? A pesar de nuestras diferencias es algo que no le deseo a nadie. Así que por favor deja de decir esas cosas. Es bastante molesto.

Volvieron a quedar en silencio, aunque esta vez no era un silencio tenso. Regina no sabía cómo disculparse, Emma tenía razón en una cosa, a pesar de todas sus diferencias, de que intentó envenenarla, era la única persona junto con su hijo que estaba a su lado en esos momentos, la única que se había negado rotundamente a dejarla sola, incluso aunque Regina no estaba poniendo las cosas precisamente fáciles. Abrió la boca para decir algo, a ser posible algo agradable, pero Emma se le adelanto.

- Deberías intentar dormir un poco.

Dijo calmadamente, ya sin rastro de ira. Regina cerró la boca y asintió en silencio, segura de que la rubia lo vería, y cerró los ojos.

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Por la mañana Henry se alegró de ver que Emma seguía allí, la rubia estaba en la cocina con una café y unas bonitas ojeras.

- Te has quedado.

Dijo muy contento dándola un efusivo abrazo, Emma respondió con una sonrisa cansada.

- Tenías razón chico, voy a tener que empezar a escucharte más. – Henry rio con cierta suficiencia, por supuesto él ya sabía que tenía razón. – Regina empezó a sentirse mejor cuando entré en la habitación. No va a admitirlo, claro, pero tampoco lo negó. ¿Tienes alguna idea de porque pasa esto?

Henry asintió sirviéndose su desayuno y sentándose en un taburete al lado de la rubia.

- Claro, es obvio. Tú eres la Salvadora y su enfermedad es por culpa de la maldición que tú estabas destinada a romper. Es normal que tú la sirvas de cura.

Emma abrió la boca claramente incomoda, sin querer decir las palabras que tenía que decir.

- Henry, puede que mi cercanía la haga sentir un poco mejor, por todo eso de la Salvadora o lo que sea, pero…no puedo curarla. Lo que la pasa no tiene cura.

Dijo la última frase muy bajito, sabiendo como esas palabras dolerían a su hijo, y si era del todo sincera consigo misma, porque la inevitable muerte de Regina también la entristecía a ella.

- Lo sé.

Respondió su hijo en un tono apenas audible, con la mirada clavada en sus cereales.

- Pero quizá si consigamos que al menos se encuentre mejor ¿vale? Haremos todo lo que podamos.

Intentó consolar Emma sabiendo otra vez que lo único que conseguiría hacerlo sería la milagrosa recuperación de su madre. Henry se limpió las lágrimas con el puño del pijama y asintió mecánicamente.

- Y ahora ves a prepararte, sabes que tu madre no quiere que faltes al colegio.

Regina había insistido mucho en eso, en mantener las cosas lo más normales posibles para Henry, aunque nada de lo que estaba pasando era normal para él. El chico asintió otra vez y se levantó camino a su habitación. Apenas había tocado sus cereales.

- Puedo ir yo solo hasta la parada del autobús, tú deberías quedarte aquí…para cuando despierte. Es la primera vez que duerme tanto tiempo desde que he vuelto a casa.

Dijo Henry cuando estuvo listo para irse, con la mochila a la espalda. Emma estuvo a punto de protestar, pero no encontró nada que decir, la verdad es que ella tampoco quería irse, prefería esperar a que Regina despertase, al menos así conseguiría que aparte de haber logrado dormir, también despertase con el menos dolor posible. Asintió a su hijo y vio como él y su mochila e alejaban por el camino de la entrada de la mansión.

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Por supuesto cuando Regina despertó no le hizo ninguna gracia encontrarse todavía allí a Emma, aunque en realidad una parte de ella se alegraba de poder moverse por su casa sin sentir cada una de sus heridas. Y Emma procuraba mantenerse cerca de ella sin agobiarla ni invadir su espacio personal más de lo estrictamente necesario, si la morena se acostumbraba a tenerla alrededor seguramente haría las cosas más llevaderas, todo sería menos raro y al final incluso podría conseguir de verdad que los últimos días de Regina fuesen agradables, ya que su simple presencia no podía hacerlos del todo felices.

O eso pensaba ella, pero el caso es que consiguió su propósito, Regina estaba cada vez más acostumbrada a su constante presencia, prácticamente incluso la echaba de menos cuando tenía que marcharse por algún motivo, resultaba que cuando no estaban intentando partirse la cara, Emma Swan era una mujer muy agradable, incluso graciosa. El primer día que no pudo evitar reírse, reírse de verdad, de una de las ocurrencias de la rubia, la primera sorprendida fue ella, seguida de la propia Emma y Henry. Incluso habían llegado al punto de mantener conversaciones civilizadas, relajadas, naturales, cómo si no se odiaran, era algo increíble. Su hijo parecía algo más animado, sobretodo porque las heridas de Regina estaban mucho mejor, no habían aparecido nuevas y las que ya estaban ahí habían disminuido, algunas incluso habían desaparecido, ahorrándole mucho dolor a Regina. Emma seguía durmiendo en su diván, el único día que había intentado dormir en la habitación de invitados, la morena no pasó muy buena noche, y aunque no dijo nada enseguida se lo notaron en la cara. Era algo que Emma siempre había podido hacer, desde el mismísimo principio, conseguía leer la cara de Regina con bastante facilidad, más ahora que sin darse cuenta ni hablarlo, prácticamente vivía allí. A veces los tres incluso se olvidaban del porqué de esa situación, a veces Henry se imaginaba que simplemente estaba por fin viviendo con sus dos madres, o ellas que de algún modo habían conseguido ser amigas y por eso pasaban tanto tiempo juntas. Pero la realidad era otra muy distinta, una que Emma recordaba cada vez que veía a la frágil Regina, que se iba apagando día a día, incluso sin el dolor.

- ¿Te importa si uso tu alfombra para dormir? No es que tu sillón no sea cómodo, pero tantas noches seguidas le están pasando factura a mi espalda.

Dijo Emma una noche con una pequeña risita y haciendo crujir los huesos de la espalda.

- No es un sillón, es un diván. – Corrigió Regina con cierta diversión. – Y sabes que puedes usar la habitación de invitados. O irte a tu casa, lo que prefieras.

Desde luego ella no le pediría nunca a la rubia que se quedase, o que estuviese cerca para evitarle dolor, aunque apreciaba que lo hiciese, sabía que solo era eso, que Emma solo estaba allí por su compromiso de Salvadora, quizá por Henry, quizá incluso por algún extraño sentimiento de culpabilidad, pero desde luego no porque se preocupase por Regina. Y en el fondo ese pensamiento entristecía y enfurecía a la reina a partes iguales, sobretodo porque estaba empezando a gustarle Emma Swan. A gustarle de verdad. "Esto no puede estar pasándome a mí." Pensó la primera vez que se dio cuenta de esa nueva realidad. Cómo si estar muriéndose no fuese suficiente sufrimiento.

- Ya, sí, eso no va a pasar.

Respondió Emma volviendo a reír y estirándose antes de sentarse en la alfombra junto a la cama de Regina acompañada de su manta y sin necesidad de permiso. Por supuesto se pasó por la cabeza de la morena decirla que podía dormir con ella en la cama, por varias razones, porque era muy grande, porque era más cómoda, por cortesía ya que después de todo Emma estaba allí para ahorrarla dolor y que pudiese dormir, y sobretodo porque no la importaría en absoluto tener a otro ser humano durmiendo a su lado, al menos si ese ser humano era Emma. Hacía mucho tiempo que no despertaba al lado de nadie, y más aún desde que no lo hacía junto a alguien a quien de verdad quisiera ver nada más abrir los ojos. Pero por supuesto no pensaba decírselo, simplemente esperó a que se acomodase, le dio las buenas noches y apagó la luz.

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Ese día Emma había prometido que ella prepararía la comida, así que estaban comiendo la comida india que había pedido. El repartidor se había quedado tan impresionado cuando vio quien le abrió la puerta que al principio no acertó ni a decirle la cuenta.

- Deberíamos salir algún día. A lo mejor te viene bien que te dé un poco el aire.

Sugirió Emma de manera casual poniendo las cajas de comida sobre la mesa mientras Henry colocaba los cubiertos.

- ¿Tengo cara de querer ir a alguna parte? Lo que me pasa es mágico, no va a irse solo con un poco de "aire" – Respondió Regina con una mueca molesta. – Pero vosotros podéis a donde queráis.

Su tono molesto ni siquiera iba en contra de la rubia, ya no hacía esas cosas y Emma lo sabía, por eso no se lo tuvo en cuenta. Regina estaba enfadada por el simple hecho de lo que la estaba pasando, se negaba en rotundo a salir de su casa y dejar que el resto del pueblo la viese así, derrotada, enferma, a punto de morir.

- Solo digo que podría venirte bien, y podría ser divertido.

Dijo la rubia con un encogimiento de hombros sentándose en el que ya se había convertido en su sitio habitual.

- Es verdad mamá. Podría ser divertido.

Opinó Henry, y Emma sonrió, sabía que si su hijo quería ya tenía ganada la batalla, Regina no iba a negarle nada, y menos ahora.

- Henry, yo…

No quería decirle a su hijo que no le gustaba que la viesen en su estado actual.

- No tenemos que ir a ningún sitio público, podemos ir de excursión, dar un paseo, hacer un picnic en alguna parte…lo que quieras.

Dijo Emma que sabía perfectamente lo que le pasaba a la morena, ella misma se lo había contado en una de sus noches en compañía, y realmente no quería que Regina hiciese nada con lo que se sintiese incomoda, solo quería que pasaran un buen rato los tres y que viese algo más que las paredes de su casa. A Henry se le iluminó la cara con la idea, y con un pequeño suspiro de derrota, su madre acabó accediendo.

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Así fue como consiguieron que Regina saliese de casa de vez en cuando, cada pocos días la proponían ir a algún lugar para alguna actividad familiar. Y lo más curioso era que no habían tenido ningún problema a la hora de llamar así a sus salidas. Una de las veces Henry propuso ir a los establos y salir a montar a caballo, algo de lo que Emma no estaba muy segura, la preocupaba que el movimiento del caballo pudiese hacerla daño, que no estuviesen lo suficientemente cerca para evitarle el dolor a Regina, y sobretodo, caerse porque ella nunca había montado a caballo, algo de lo que Henry y Regina no perdieron oportunidad de bromear. Era algo inocente, se lo estaban pasando bien juntos. Emma no se paraba mucho a pensar en cómo había cambiado su relación con Regina en esas semanas, aunque le asombraba la mujer que había conocido ahora que había tenido la oportunidad, Regina si pensaba en ello, en cómo Emma Swan ya no era el enemigo, ahora era parte de la familia, era parte de su día a día de una manera que nunca habría podido imaginarse, de una manera que casi la asustaba. El caballo de la rubia iba todo el rato al lado del de Regina para asegurarse de que la distancia no hacía que desapareciese el efecto de su magia blanca. Pero resultó que Emma había tenido parte de razón, porque esa escapada a caballo le pasó factura a la morena por la noche. Desde su posición en la alfombra Emma podía escuchar a la otra mujer intentando aguantar el dolor, así que sin pensárselo mucho, casi como algo natural, se levantó del suelo y se sentó en la cama, poniendo una mano sobre el hombro de Regina, que prácticamente al instante se sintió mejor.

- Gracias.

Murmuró la morena sin mirarla, no estaba acostumbrada a dar las gracias, menos aún a Emma Swan, y además una parte de ella pensaba que eso mostraría cierta debilidad por la rubia que ella no quería mostrar. Emma solo rio un poquito y se quedó justo donde estaba, con la espalda apoyada en el cabecero y la mano sobre el hombro de la morena.

- No tienes por qué hacer esto. – Dijo Regina como hacía cada cierto tiempo. – Y no tienes que dormir conmigo, no creo ser una compañía muy agradable.

La rubia volvió a reír sin moverse de donde estaba.

- En realidad has resultado ser mejor compañía de lo que pensaba. Además, vas a dormirte enseguida, no creo que me molestes mucho.

Respondió Emma en tono bromista. Regina no podía creerse que esa mujer aun siguiese allí, durmiendo en su habitación cada noche incluso aunque tuviese que hacerlo en el suelo, y que se hubiese negado a dejar de hacerlo por mucho que se lo hubiese pedido, una vez incluso tuvieron una discusión sobre ello, sobre Emma estando allí. Obviamente la discusión la perdió Regina, porque Emma no se fue.

- ¿Sabes que creo? Mañana podríamos hacerlo diferente, deberíamos salir cuando Henry esté en clase, podemos ir a desayunar a alguna parte o lo que quieras.

Propuso la Salvadora alegremente, no sabía exactamente de dónde venían esas ganas de pasar un rato con Regina a solas, o al menos a solas y fuera de la mansión, solo sabía que lo quería, que quería sacar a Regina de allí, llevarla a sitios, hacer que se lo pasara bien, pero la morena se revolvió nerviosamente bajo su mano.

- ¿Te estas refiriendo a desayunar en un lugar público?

Preguntó Regina incomoda, Emma se encogió de hombros en la oscuridad.

- No, podemos preparar algo y salir. Conozco un lugar en el bosque con unas vistas increíbles.

Incluso aunque no podía verle la cara, la reina sabía que la otra mujer estaba sonriendo. Con un suspiro se sentó en la cama en la misma posición de Emma.

- No es necesario que hagas eso.

Dijo con todo el porte real del que fue capaz. Un cosa era salir con Henry, lo hacían por su hijo, pero si él no estaba allí Emma no tenía por qué hacerlo, seguramente tenía una familia, amigos, trabajo…una vida que atender en vez de estar allí con Regina.

- Te dije que no iba a dejarte sola. – Respondió la rubia con firmeza cuando se lo dijo. – Además, no lo hago solo por Henry, yo…me gustan nuestras salidas. – Confesó con un encogimiento de hombros. – Me gusta pasar tiempo contigo.

Añadió después con un hilo de voz, como si no quisiera que su sinceridad molestase a la oscuridad de la habitación. Regina resopló molesta, no podía creerse esas palabras.

- Venga ya Emma, eso es imposible.

Las cejas de la rubia se levantaron de golpe, se habría esperado cualquier otro tipo de respuesta menos esa.

- Claro que es posible. - Se quejó un poco ofendida. - ¿Por qué dices eso?

- Porque soy la Reina Malvada, porque lancé una maldición sobre el reino de tus padres, porque soy una villana…

Enumeraba la morena con los dedos, Emma levantó las suyas hacía la silueta de las de Regina y las bajó para impedirle seguir sumando cosas.

- Lo sé. Pero es raro, porque yo nunca te he visto de Reina Malvada, para mi sigues siendo Regina, incluso después de rota a maldición. – Cada vez le costaba menos hablar de magia y cuentos de hadas como algo real. – Además, si no hubieses lanzado esa maldición yo nunca habría venido a este mundo, y ahora no tendríamos a Henry. - Desde luego su hijo hacía que todo hubiese merecido la pena para las dos. – Y la mujer que he conocido estas semanas está muy lejos de ser una villana.

Las manos de Regina aún seguían entre las de Emma, sin que ninguna de las dos pareciese incomoda por ello.

- Pero…mírame. Estoy llena de heridas, de moratones. Estoy débil y pálida. Ni siquiera yo misma quiero mirarme al espejo, ¿por qué iba a querer mirarme nadie más? No quieres pasar tiempo conmigo, no cuando da nauseas mirarme.

Lo más extraño es que después de que Regina dijese eso, Emma se echó a reír sin poder evitarlo.

- Lo siento, lo siento, no quería reírme, de verdad. – Se disculpó la rubia todavía entre risas, Regina no pudo evitar sonreír un poquito por el involuntario apretoncito de la otra mujer a sus manos. – Es que no puedo creerme que no seas consciente de…dios Regina, eres muchas cosas, pero no eres ni has sido nunca algo a lo que de nauseas mirar. – Consiguió por fin dejar de reírse para hablar con claridad. – Cuando te conocí pensé que eras… ¡Wow!...luego empezamos esa especie de guerra y las cosas se pusieron tensas entre nosotras, pero…cuando te miro no son nauseas lo que se me viene a la mente.

Dijo Emma todavía en tono divertido, como si Regina acabase de decir un disparate.

- ¿Y que es entonces?

Preguntó Regina con una sonrisa ladeada y una ceja alzada, su tono era una clara invitación, o al menos así lo interpretó la rubia, que se mordió el labio justo antes de lanzarse a los de la morena. Ella se esperaba una respuesta también insinuante, no esto. Una de las manos de la Salvadora cubrió su mejilla sin dejar de besarla, pero Regina se apartó.

- No tienes que hacer esto. – Emma no entendía porque no dejaba de decir eso. – No tienes que hacer que me sienta…hermosa solo porque vaya a morir.

Como cada vez que Regina mencionaba su situación, a Emma se le hizo un nudo en el estómago.

- No tengo que hacerte sentir algo que ya eres. Y créeme, esto es un acto egoísta.

Contestó Emma besándola de nuevo. Por supuesto que quería que Regina se sintiese bien consigo misma, que se sintiese deseada y deseable, pero no lo hacía como un favor a la morena si no como un recordatorio de lo que era, con enfermedad incluida. Y si de verdad no tenía cura, no podía dejar que Regina se fuese sin saber cómo se sentía Emma, no podía dejar que Regina se fuese sin sentir su piel, sin besar cada uno de sus moretones y marcas, sin abrazarla después contra su cuerpo hasta que salió el sol.

Ninguna podía creerse que alguna vez hubiese odiado a la mujer que estaba en ese momento contra su cuerpo.

- Está mañana tienes mejor aspecto mamá.

Dijo Henry en el desayuno, y Regina le sonrió sin responderle.

- ¿Por qué no llevamos a Henry a clase y luego tomamos ese desayuno?

Preguntó Emma a la morena desde detrás de su hijo, con las manos apoyadas en sus hombros. Regina la miró por encima de la cabeza del chico sin poder evitar una sonrisita ladeada y asintió.

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Y era verdad que Regina tenía mejor aspecto, a Gold incluso le sorprendía que aún no hubiese muerto, eso debería haber pasado hacía semanas, y sin embargo todo el mundo sabía que la reina seguía viva en su mansión con su hijo y la Salvadora. El hechicero no lo entendía, necesitaba que Regina muriese, cuanto más pronto mejor, en cuanto el corazón de la reina dejase de latir se activaría una parte muy especial que él había añadido a la maldición usando su "preparado de verdadero amor" hecho con pelos de Blancanieves y el Príncipe Encantador. Cuando el corazón de Regina dejase de latir la magia volvería a Storybrooke y su verdadero plan por fin podría comenzar.

Pero Regina no parecía estar muy dispuesta a morirse pronto, ciertamente tener a Emma durmiendo en su cama en vez de en el suelo había hecho maravillas con su dolor, aunque eso no quería decir que hubiese desaparecido. Día a día tenía más molestias, incluso con la rubia allí, y ella sabía que su momento final se acercaba, sabía de sobra que no tendría escapatoria, no había cura ni salvación para ella, así que pensaba aprovechar cada momento que le quedaba con Emma y Henry. Su hijo ya sabía que sus madres estaban juntas, y Regina dejaba salir todo ese amor que durante tantos años había tenido sin usar porque creía que era debilidad, ahora comprobaba que era todo lo contrario, era fuerza, una fuerza que la estaba manteniendo viva más tiempo del esperado. Cuando Henry estaba en el colegio, Regina prácticamente no podía separarse de Emma, y poco la importaba quien pudiese verlas o saberlo, ya no se sentía débil y derrotada, y si lo parecía desde luego le daba igual. Es como si se hubiese quitado un peso de encima al permitirse a sí misma querer a alguien, después de todo eso no iba a matarla ¿verdad? No, lo que iba a matarla era su propia maldición, y supo exactamente cuando eso iba a pasar el día que despertó de madrugada con un intenso dolor, como si todos sus huesos estuviesen al rojo vivo y estuviese abrasándose desde dentro. Y efectivamente era justo lo que parecía, porque volvió a cubrirse de heridas y ampollas, Emma no sabía qué hacer, su efecto Salvadora no estaba funcionando, no podía quitarle el dolor a Regina que seguía en la cama luchando contra ello. Por supuesto todo el alboroto despertó también a Henry y su madre le escuchó correr hacía su habitación.

- No dejes que Henry me vea así.

Pidió a la desesperada con los ojos muy abiertos y los dientes apretados por el dolor, su frente estaba cubierta de sudor. Todo lo que le dio tiempo a Emma de hacer fue cubrir a la morena con la sabana, agarrando firmemente su mano bajo ella. Henry entró en la habitación como un vendaval, corriendo al lado de su madre.

- Mamá. Mamá ¿estás bien?

Preguntó mirándola con completo pánico, por suerte él no veía el doloroso desastre en que se había convertido el cuerpo de su madre, quien forzó una sonrisa lo mejor que pudo para su hijo.

- Sí, no pasa nada. Siento haberte despertado. Vuelve a la cama.

- No, no estás bien, quiero estar contigo.

Se rebeló el chico alargando una mano hacía la cara de su madre.

- Regina, no puedes hacerlo esto. Vas…

Un enorme nudo en su garganta atascó el resto de sus palabras. Emma también sabía que era el final, que el temido día había llegado, Regina estaba muriéndose. Los ojos de Henry se llenaron de lágrimas, agarrándose con desesperación a la sabana que cubría a su madre, y Regina no pudo evitar que sus ojos se humedecieran también.

- Henry… - Apretó los dientes por una nueva oleada de dolor, notando como su piel volvía a abrirse. – Henry, tienes que ser fuerte ¿me oyes? No pasa nada, las cosas estarán bien. Emma y tú estaréis bien.

Dijo conteniendo el impulso de sacar un brazo de debajo de la sabana para consolar a su hijo, pero seguramente eso solo empeoraría las cosas. Estaba notando como todo su cuerpo de volvía contra ella, como le dolía cada centímetro de piel, como se le retorcía cada musculo, le dolía hasta el tuétano de los huesos.

- No quiero que mueras, mamá.

Consiguió decir Henry entre llantos e hipidos. Emma si alargó la mano libre para consolar a su hijo, tragándose sus propias lágrimas.

Henry se quedó con ellas unas horas más, hasta que Regina no pudo más y le pidió que se fuese, no quería que su hijo viese sus últimos momentos, no quería que la recordase consumida de dolor y cubierta de llagas, así que la rubia llamó a David para que recogiese a Henry aunque él no quería irse, quería estar con su madre hasta el final, pero ninguna se lo permitió. ¿Cómo te despides de tu madre? ¿Cómo la dices adiós para siempre? A Henry nada de lo que decía le parecía suficiente, pero finalmente Emma consiguió llevarle hasta la puerta donde ya estaba su abuelo, que se lo llevó sin decir una palabra. La Salvadora volvió a toda prisa junto a Regina y sin dudarlo se metió en la cama para abrazarla, esperando que eso aliviase su dolor.

- Tú también tienes que irte.

Murmuró la reina con los dientes apretados y las venas de la sien marcadas por el esfuerzo, Emma negó con la cabeza y se pegó más a ella. Regina insistía y Emma negaba.

- No voy a irme, si esto va a pasar voy a estar contigo.

Dijo la rubia con toda la firmeza que pudo y la reina se echó a llorar. Emma le secó las lágrimas con los pulgares y la miró directa a los ojos.

- Tienes que cuidar de Henry, ahora solo te tiene a ti, como me tuvo… - Nueva oleada de dolor, tragó saliva para continuar. – Como solo me tuvo a mí durante tantos años. Tienes que hacerlo mejor que yo, tienes que ser mejor que yo. Tienes…

Cerró los ojos con fuerza al volver a sentir como crecía el dolor y empezaba a sangrarle la nariz, pero no podía morirse justo ahora, tenía muchas cosas que decirle a Emma. Tenía muchas cosas que quería que supiese.

- Te quiero.

Susurró la Salvadora con la voz rota, aun con sus manos en las mejillas de Regina, que consiguió sonreír un poquito a través del dolor antes de que Emma la besase con la desesperación de la última vez, como queriendo pasarle su propia vida a través de ese beso. Lentamente el cuerpo de Regina fue relajándose, destensándose mientras el beso se alargaba, agarró la nuca de la Salvadora siendo ella quien profundizó el contacto.

- Emma…

Fue lo único que salió de sus labios cuando se separaron, mirándola con cierto brillo en los ojos y una pequeña sonrisa. Pero ese brillo se apagó mientras la rubia le acariciaba la mejilla.

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No respondía al teléfono, no se había movido de donde estaba, aun abrazada al cuerpo de Regina, no quería que perdiese el calor, no quería dejarla ir incluso aunque sabía que ya no estaba allí. Ni siquiera se dio cuenta cuando un par de manos la apartaron suavemente, pero con firmeza, del cuerpo de la reina. Era su madre, que simplemente la abrazó con fuerza perfectamente consciente de que no había palabras para consolarla en ese momento, igual que no las había para Henry. Dejó que su hija llorase sobre su hombro.

- Se ha ido. Se ha ido.

Dijo Emma agarrándose a la blusa de su madre con fuerza. Mary Margaret le acarició la espalda, era el único consuelo que sabía darle en ese momento. Miró por encima de la cabeza de su hija hacía la cama donde estaba el cuerpo de Regina. Parecía que en cualquier momento iba a abrir los ojos y a gritarla que saliese de su casa. Una parte de ella realmente quería que lo hiciera, si eso aliviaba el dolor de su hija y su nieto ella misma devolvería la vida a la Reina Malvada, pero era algo imposible y lo sabía bien.

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Mucha gente fue al entierro aunque la mayoría de ellos solo observaban de lejos movidos por la macabra curiosidad de asegurarse de que la Reina Malvada de verdad hubiese muerto, solo dos personas lamentaban realmente la perdida, quizá tres contando con Blancanieves, que no podía evitar recordar en ese momento a la mujer que la salvó del caballo tantos años atrás. Cuando acabó la ceremonia la gente empezó a dispersarse en pequeños grupos, hablando, comentando, a Emma le habría gustado callarlos a todos, hacerles desaparecer. Había pasado todo el funeral intentando ser fuerte por su hijo, con un brazo sobre los hombros del chico. No hay consuelo para un hijo que pierde a su madre y Emma era dolorosamente consciente de ello, ojalá hubiese forma de quitarle a su hijo ese dolor. Ojalá hubiese forma de quitárselo también a ella, los dos estaban destrozados, miraban el montículo de tierra que ahora cubría el ataúd de Regina sin querer moverse de allí, sin fuerzas ni ganas para ello. Pero algo encendió la ira de Emma, concretamente Gold que caminaba con su bastón hacía la tumba y tuvo el valor de agacharse y dejar una rosa roja frente a la lápida. Emma pidió a sus padres que se llevasen a Henry y se encaró con Gold.

- ¿Cómo te atreves a venir aquí?

Él la miró sorprendido.

- Quiero presentar mis respetos. A pesar de nuestras diferencias la Reina y yo vivimos muchas cosas juntos. Fue mi mejor alumna.

Dijo mirando la lápida casi con nostalgia.

- No la llames así, no era tu alumna, ni la Reina Malvada. Era Regina, y ni siquiera moviste un dedo para intentar salvarla.

Acusó Emma con rabia, nunca se le había ido de la mente que quizá sí había cura y Gold simplemente no quería buscarla.

- Señorita Swan, como ya le dije, no había forma de parar esto, formaba parte de la maldición.

Respondió muy tranquilo, aun parado frente a la tumba de Regina.

- Ni siquiera la avisaste.

Dijo la rubia con la mandíbula apretada y lágrimas bajando a fuego por sus mejillas. Gold la observaba con curiosidad, luego bajó la vista hasta el cumulo de tierra recién echada.

- No, claro que no. ¿Conoce la historia de Belle? – Preguntó de golpe, Emma le miró totalmente perdida. – La de este mundo al menos. La historia en la que se enamora de una bestia…que supongo que soy yo… - Hizo una pequeña mueca antes de continuar. – En ese cuento la bestia está maldita, y la maldición solo se romperá si consigue amar y que le amen.

- No tengo tiempo para cuentos Gold.

Dijo Emma fríamente agachándose frente a la lápida para quitar la rosa de Gold y dejar en su lugar el aro plateado que llevaba al cuello, tirado la rosa a un lado sin miramientos.

- No intento contarle un cuento, solo trato de decirle que, como ve, toda maldición, a tiempo, tiene solución. Incluso la maldición de una maldición, con la magia es siempre igual. – Emma se puso de pie mirándole intrigada. – La maldición de la bestia se rompió al encontrar el amor y ser correspondido. Aquí es lo mismo.

Explicó con una tranquila sonrisa como si estuviese comentando el menú de Granny's.

- Pero no hay magia aquí.

Dijo la rubia entrecerrando los ojos con sospecha y sintiendo como una pequeña esperanza le aceleraba el corazón de repente.

- Oh, pero si la hay. En el momento en que el corazón de Regina dejó de latir, la magia llegó a Storybrooke.

Rio el hombre dejando caer el bastón y manteniéndose perfectamente erguido ante la Salvadora.

- ¿Entonces podemos resucitarla?

Preguntó Emma dando un paso hacia él, Gold soltó otra risita ante la inexperiencia de la rubia.

- Claro que no, eso es imposible, ni siquiera la magia más poderosa puede devolver la vida a los muertos. – Emma le miraba sin comprender, cansada de los juegos de ese diablillo. – Pero si ella de verdad amaba a alguien, y alguien la amaba a ella, seguramente siga viva.

La sonrisa no desapareció de su cara mientras las palabras llegaban al cerebro de Emma y se quedaban allí llenándolo de sentido y comprensión. Con una rapidez que el hombre no esperaba, la Salvadora le empujó para quitarle de delante de la tumba y empezó a cavar simplemente con las manos, a la desesperada, tenía que darse prisa.

- Sería más fácil si usases una pala.

Comentó Gold recolocándose el traje.

- En cuanto saque a Regina de aquí iré a buscarte y te juro que te arrancaré la piel.

Le gritó Emma sin parar ni un momento lo que estaba haciendo.

- Tú lo sabías, lo sabías y aun así has dejado que la enterremos ¡monstruo!

La rubia estaba fuera de sí, cavando con rabia, los guantes destrozados y los dedos empezando a sangrar.

- Quizá así la reina sepa lo que estar encerrada en una prisión que es como si te enterraran viva.

Respondió Gold con frialdad antes de desaparecer dejando en su lugar una pala. Una última cortesía de su parte hacía Regina, una que ni siquiera él estaba seguro de sí tendría. No le importaba si Emma llegaba a tiempo hasta la morena, pero dejar que la enterrasen aun sabiendo que despertaría había sido su pequeña venganza por el encierro de Belle.

Emma se quitó el abrigo que la estaba estorbando y cogió la pala para cavar más rápido, llamando a Regina a gritos, diciéndola que aguantara, que casi estaba allí. Sentía su corazón a punto de estallar por el esfuerzo y la angustia, si no llegaba a tiempo, si no llegaba hasta Regina antes de que el aire… La pala dio con algo duro y la Salvadora tiró la pala por encima de su cabeza arrodillándose para apartar el resto de tierra con las manos hasta ver la superficie de madera del ataúd. Clavó sus sangrantes dedos en la abertura y tiró con todas sus fuerzas.

La tela que recubría la tapa estaba desgarrada y Regina sacó la cabeza de su prisión de madera cogiendo una gran bocanada de aire. Las heridas, los moratones, la palidez, las llagas…todo había desaparecido. Emma la abrazó con fuerza sin pensarlo, besándola el pelo con urgencia, pero la morena la apartó un poco para poder respirar, aún seguía con la adrenalina por las nubes después de haber despertado en un ataúd. Cuando recuperó un poco la calma miró a Emma, y Emma la miró a ella, y Regina sonrió agarrándola de la camisa para besarla.

- Yo también te quiero.

La Salvadora la ayudó a salir de allí sin dejar de pedirla perdón por no haberse dado cuenta y explicándole lo que había pasado. Regina no podía creerse que la magia de verdad hubiese vuelto, paso una mano sobre las de Emma y comprobó complacida como las heridas de la rubia desaparecían mágicamente.

- No es culpa tuya Emma. Estaba teóricamente muerta hasta hace un rato cuando he abierto los ojos en esa cosa.

Dijo la morena señalando con el pulgar hacia atrás, donde habían dejado la tumba abierta.

- Y ahora llévame a ver a Henry.

Pidió con una tierna sonrisa, besando los labios de la rubia, quien asintió pasándole un brazo por la cintura al caminar.

- Si ahora hay magia en Storybrooke… ¿crees que existe alguna posibilidad de darle a Henry hermanitos mágicos?

Preguntó Emma apoyando la barbilla en el hombro de Regina, sin poder dejar de mirarla porque aún no se creía que de verdad estuviese allí y no fuese a irse a ninguna parte. La morena giró la cabeza hasta que su nariz rozó la de la otra mujer.

- Tendremos tiempo de comprobarlo todas las veces que quieras.