ADVIERTO: El comienzo de esta parte es bastante dura.

RECOMIENDO que antes de leer el capítulo escuchéis la canción de Kari Kimmler - Black y que leáis la traducción de la letra (ambos en el foro de Silver Sand), porque tanto música como letra acompañan muy bien lo que sucede al principio del capítulo.


-CAPÍTULO 13 -

Quinta Parte (2)

"No puedo tener hijos"

Cuatro sencillas palabras, tan directas y tan claras que cualquier otra persona simplemente las hubiera entendido sin cuestionarlas. Pero Akane no, porque ella sabía que yacía un mensaje oculto, que escondían mucho más.

Él la miraba, su gran cuerpo tenso y tan inmóvil como una estatua de hierro. Sus ojos plateados brillantes en la oscuridad, observándola con una mezcla de frialdad acerada y cadente lujuria descontrolada. Alejado de ella, manteniéndola a distancia. Iba a estallar la tormenta y por primera vez, no sabría cuando comenzaría, ni cómo manejarla.

Comprendió su rechazo en el restaurante, la manera en que se había retraído, la forma distante en que la había observado, rompiendo esa brecha entre ellos. Estaba protegiéndola de sí mismo y estaba protegiéndose a sí mismo. Y aunque no supiera todos los motivos ocultos, y por muy irracional que pudiera parecer, entendía la forma en que había reaccionado, aunque hubiese dolido muy dentro.

Le miró fijamente sintiendo que sus ojos escocían. Y no pudo evitar preguntarse por qué se hacía eso, por qué estaba empeñado en cargar con una responsabilidad que no le correspondía.

―Cuando dices que no puedes tener hijos... ―murmuró temblorosa, porque era consciente de que en aquella conversación se jugaba su futuro con él ― ¿Te refieres a que quieres pero no puedes o a que puedes pero no quieres?

―A que no quiero ―murmuró con seguridad. Desvió la vista, mirando un instante al suelo. Una debilidad que esperaba ella no hubiera detectado. Elevó sus ojos, la observó de nuevo y con una calma fría plagada de la mentira más cruel dijo ―. Y no puedo.

Akane dió un paso hacia él pero Ranma se irguió, levantó la cabeza y negó con rigidez. Ella le suplicó con la mirada que la dejase acercarse, que le dejase tocarle y sentirle contra su piel porque necesitaba su contacto, su calor. Él necesitaba saber que seguía con ella y ella necesitaba que él supiera que ella seguía allí para él. Que estaría allí siempre. Pasara lo que pasase. Incluso si eso significaba renunciar a ser madre. La realidad era tan abrumadora como aquella; podía vivir sin un hijo que nunca había concebido, al que nunca había conocido, al que nunca había amado. Pero no podía vivir sin él.

Dió otro paso y le vió echarse ligeramente hacia atrás, reafirmando la distancia que mantenía con ella al tiempo que sus ojos la recorrieron de arriba abajo. Se sintió evaluada, estudiada y un escalofrío le derritió el cuerpo. No fué inspeccionada de la forma en que él lo hacía cuando la quería, cuando la requería para saciar su hambre de ella. Lo hizo del modo en que evaluaba a un enemigo, calculando el mejor lugar para atacar.

―Ranma... ―murmuró, mientras daba otro paso más. Él la miró y por un segundo sus ojos parecieron tan rasgados como los de ella. Akane se detuvo y parpadeó extrañada por aquella visión y sintió una pizca de... miedo. Y no pudo seguir hablando.

Entonces él se levantó con la gracia de una pluma elevada por la brisa. Sus ojos mercúreos se fijaron en sus tierras y fué hacia ella como si estuviese dispuesto a derrotarla. Akane se sintió retroceder con una mezcla de pánico y retorcida e insana excitación sexual. Él abusó y la avasalló con el poderío de su cuerpo. Siguió avanzando y no se detuvo hasta que la tuvo arrinconada contra una de las paredes. No se tocaban, pero el calor de sus cuerpos se acariciaba, se fundía, deseándose desesperados. No perdieron el contacto visual ni una sola milésima de segundo.


Ranma no pudo evitarlo. Cuando la vió mirarle con aquellos ojos preciosos del color de la arena húmeda cargados con un terror desmedido, algo en su interior se resquebrajó. La aprisionó contra la pared porque la había visto dudar, había percibido que ella había sentido la necesidad de buscar una escapatoria de él. Fué muy breve, quizá un segundo, pero la duda se había producido. Y no pudo soportarlo.

Sus grandes ojos marrones le observaban con aquella fuerza que ella tenía que la hacían capaz de comprenderle mejor que nadie en el mundo. La misma que la había llevado a desafiarle, acercándose a él cuando le había ordenado que no lo hiciera. Esa fuerza brillaba como la llama de una frágil vela que se obcecaba poderosa en no extinguirse en mitad de una ventisca cargada de lluvia. Y allí, mezclado con aquella pizca de fuerza, estaba también el miedo, y el brillo y el candor de una pura, salvaje y primitiva excitación sexual.

Ranma bajó la mirada y en mitad de la oscuridad se fijó en su frágil cuello y buscó su yugular; vívida, engrosada, palpitante. Y sintió una punzada de enfermizo poder. Recorrió la vena con la mirada, subió por la forma de su mandíbula, apreció sus labios jugosos, brillantes, entre abiertos y suspirantes, y capturó su mirada del color de la arena del desierto. Se fundió en sus irises y ahí estaba aquél hechizo, ése hilo invisible e irrompible que ella había tejido alrededor de su cuello, que se introducía en su cuerpo y le atenazaba el corazón, apresándolo con fuerza y convirtiéndole en un títere a su merced, que le confería el rango de dueña absoluta de su vida. Ésa conexión magnífica que adoraba pero que al mismo tiempo despreciaba.

Sintió cómo sus pequeñas manos le rozaron los bíceps, una tentativa caricia tierna, tímida, que sabía buscaba tranquilizarle. Que buscaba traerle de nuevo hacia ella, hacia el mundo que estaban construyendo juntos y al que él estaba tratando de aferrarse a pesar de que una gran parte de sí mismo estaba buscando destruirlo. No soportó el contacto. De un solo movimiento brusco empujó sus manos lejos de él y mientras que su mano derecha la aprisionaban sobre el vientre contra la pared, la izquierda fué directamente a rodearla el cuello, con el pulgar contra su pequeña y redondeada nuez.

―No me toques ―raspó sin despegar las mandíbulas y sin perder el contacto visual, sin peder su conexión. Sin embargo, sus preciosas tierras se nublaron en una profunda y comprensiva tristeza que le hicieron sentir el ser más despreciable del mundo ―. Quiero hacerte daño ―confesó con una sensual y sincera angustia quebrada, que le destrozó el corazón.

Cerró los ojos porque no lo soportaba.

No soportaba que estuviera dispuesta a renunciar a lo que él había comprobado esa misma tarde se convertiría en un anhelo futuro desesperado. No soportaba que lo amara hasta el punto de prescindir del prodigio más hermoso concedido a una mujer, el ser madre. Porque él no merecía ése sacrificio.

No soportaba que fuera su punto débil y que tuvieran un modo tan sencillo de llegar a él, de doblegarle y derrotarle.

No soportaba el no poder alejarla de él, ni tampoco alejarse. Porque lo había intentado... lo había intentado... y había fracasado.

Y no soportaba necesitar lo que necesitaba de ella en ese momento, ni podía evitar remordimientos al sentir que la estaría forzando a cumplir con sus exigencias. Al retorcido dolor que ansiaba...

―Quiero hacerte daño, Dama ―susurró con la voz seca y remota―. Y hacerme daño por necesitarlo.

Ranma aflojó el agarre en su cuello y transformó aquél peligroso contacto en una caricia sensual, dulce, tierna y dolorosamente arrepentida mientras que sus ojos azules brindaban una mirada horrorizada y descentrada, como si acabase de entender lo que había hecho. Y lo que había dicho.


Akane comprendió que él no rechazaba el contacto físico. Lo ansiaba tan desesperadamente que no se creía capaz de controlarse. No la alejaba. Estaba tan necesitado que temía el modo en que se avalanzaría sobre ella. Pero él estaba equivocado. No necesitaba lastimarla, no de esa manera grotesca y mancillada por el simple placer de hacer daño a otra persona. Lo que necesitaba era hacerse daño a sí mismo para sentirse mejor... a través de ella. Utilizarla en el sexo hasta exigirle llegar al límite de aquel dolor que podía transformarse en un angustioso y dulce éxtasis. Ésa era la forma en que se castigaba a sí mismo. Su placer culpable.

Y Akane sabía lo que le estaba pidiendo. Él quería pelear, quería que ella se resistiera, que se negara a permitirle entrar en su cuerpo. Quería que le rechazara y sentirse rechazado porque de algún modo retorcido no se sentía digno. Quería que ella forcejeara, quería imponerse y doblegarla, para que cuando todo hubiera acabado él pudiera cargar con la culpa y ella quedara libre de todo remordimiento. Una vez más.

Y no iba a permitirlo.

―No ―dijo Akane con la voz atragantada por lo que estaba a punto de hacer, por las sensaciones tan contradictorias que le provocaba ―. Sé lo que necesitas... ―y desobedeciendo su reciente advertencia de no tocarle, clavó las uñas en sus hombros y las arrastró por toda su espalda desnuda con la misma fuerza desesperada que emplearía si estuviese luchando por su vida.

Le sintió estremecerse ante su toque, le vió cerrar los ojos y gemir dejando escapar el aire contenido de una sola bocanada. Ranma deshizo el agarre de su cuello, deslizando la mano por su hombro, por su brazo, hasta apretarle la cadera, y cargó ligeramente su peso contra ella, como si se hubiera liberado de algún tipo de carga.

Y entonces Akane entendió por qué necesitaba su trabajo a pesar de todo el mal que le hacía. Era su moneda de doble cara. Era lo que le arruinaba cualquier posibilidad de tener una vida normal y lo que, al mismo tiempo, le permitía estar equilibrado para poder tenerla.


Ranma apoyó la frente contra la pared con los ojos cerrados, aún recreándose en el placer que le había producido que ella le hubiera abierto la piel con las uñas.

Estaba dañado, defectuoso, repleto de taras. Su trabajo había sido su trampa. Y nadie sabría jamás cuántas veces se había arrepentido por escogerlo. Le había marcado profundamente moldeado los fragmentos de esa personalidad extraña que se desdibujaba en ocasiones en las que se mantenía inactivo, tal como en ese instante. Esa cara oculta que siempre trataba de esconder y que no hubiese querido que ella llegase ni siquiera a atisbar un ápice. Porque no solo debía protegerla de los peligros por lo que hacía, tenía que protegerla de sí mismo. Y la mejor forma de hacerlo era seguir donde estaba. Seguir haciendo lo que hacía por muy agotado que estuviera de la crueldad del ser humano... por muy asfixiado que estuviera de ejercer su propia crueldad. Estaba ahogado por todo lo que había hecho. Quería pararlo, detenerlo, borrarlo, erradicarlo, pero no podía. Porque toda aquella mierda, todo lo que seguía haciendo, era la única manera de mantenerse a raya. Estaba atrapado. Y la única opción era quitarse de en medio. Y era tan egoísta que era incapaz...

Sintió como un puño se le clavaba en el estómago.


Akane le golpeó. Le golpeó porque necesitaba descargar la furia y la frustración que la invadían. Porque no soportaba su dominio y su cercanía y al mismo tiempo le deseaba y le anhelaba muy cerca. Porque no soportaba que él hiciera y se hiciera tanto daño pero le admiraba por todo lo que le llevaba a causarlo y a causárselo. Porque le odiaba por los mismos motivos por los que le amaba con esa necesidad ansiosa. Porque sentía que lo que estaban a punto de hacer era cruel, era sucio, era incorrecto y demencial y al mismo tiempo era maravilloso, era sincero, era sano y era sencillamente perfecto.

Cuando él la observó con sus ojos nublados en un interrogante suplicante camuflado con el más absoluto desconcierto, Akane movió sus manos contra sus marcados abdominales inferiores y le clavó las uñas, luchando porque las rabiosas y frustradas lágrimas se quedaran dentro de ella. Le empujó mientras le rasgaba la piel y él arremetió contra ella, manteniéndose en el sitio cuando el aire se le escapó en un gemido y cerraba los ojos, deleitándose de nuevo con la placentera sensación que le producía. Akane notaba que la respiración se le aceleraba y que la sangre le hervía cuando percibió el modo perverso y erótico en que ambos estaban disfrutando de aquello. Entonces sus ojos azules, líquidos como la plata, se clavaron en ella. Y abusando de su conexión se dieron permiso para todo lo que debería estar prohibido.


Ranma cargó todo su cuerpo contra ella haciéndola chocar contra la pared sin un mínimo de delicadeza. Trató de encontrar su boca pero ella giró el rostro y comenzó a forcejear contra él intentando separarle. Aprovechando la ventaja de su fuerza la apresó por el trasero y la levantó en vilo arrastrándola contra el muro, dejándola a su altura y tratando de forzarla con la rodilla a que separara las piernas y le rodeara las caderas. Ella pataleaba y sus caderas se mecían al ritmo que sus muslos se contraían para evitar que sus puntos de unión se encontraran. Se resistía, se resistía... luchaba contra él... y él estaba excitado como un demonio. Le arañó el pectoral, haciéndole gemir otra vez, y le dió un golpe en el pecho que consiguió desequilibrarle porque estaba distraído disfrutando del delicioso dolor físico.

Ella aprovechó ése instante para salir de la cárcel que era su cuerpo, pero Ranma se giró y la atrapó de la muñeca con fuerza. Akane ahogó un grito cuando sintió que los huesos crujieron pero él ni siquiera parecía haberlo notado. Tiró de ella y la hizo chocar contra él. Y antes de apoderarse de su boca, sonrió perverso y hambriento. Cuando su lengua separó sus labios ella cedió un instante y se perdió en la caricia buscando algo de ternura en un momento inundado por la rabia. Pero cuando notó cómo sus manos masculinas apresaban sus muñecas y las colocaba tras su espalda, gimoteó rabiosa y excitada y le mordió los labios. Le mordió con la misma fuerza desmedida con la que él había apresado su mano. Pero lejos de conseguir que se separara, sintió como su pecho retumbaba en una risa tenebrosa, al tiempo que ahondaba más en su invasión y sus dedos se hundían en la carne de sus brazos en una advertencia velada. Pero ella no se amilanó y volvió a morderle mientras le golpeaba con la rodilla en la pierna tratando de hacerle caer. Notó que su gran cuerpo se tambaleaba, probablemente más por el placer que le estaba causado su resistencia que porque le hubiera hecho daño. Akane gimió desvalida y furiosa y trató de deshacerse del férreo agarre al que él estaba sometiendo a sus manos. De repente él dejó de devorarle los labios, se separó con la respiración desacompasada, con su cuerpo caliente ansioso y las pupilas dilatadas. Sus miradas se entrelazaron como dagas furiosas ardiendo. Pero la conexión, su conexión, seguía ahí. Entonces en un movimiento brusco él soltó sus manos y la apresó por las mandíbulas y el cuello mientras la obligaba a retroceder.

Akane sintió sus piernas chocar contra el colchón y en ese instante él deshizo el agarre de su cuello. Ella intentó arañarle y golpearle el torso otra vez pero él alejó sus intenciones con un manotazo y apretó sus pechos con la fuerza suficiente como para infligir dolor ... delicioso dolor que le erizó cada milímetro de piel y que la hizo gemir, cerrar los ojos y dejar caer la cabeza hacia atrás, perdiendo todas sus fuerzas. Y cuando estaba perdida en esa vorágine de terribles y placenteras sensaciones culpables, la empujó, haciéndola caer en la cama. Cuando sintió su cuerpo rebotar en el colchón y notó el calor de las manos de él deslizándose hacia arriba por sus piernas en un arrastre poderoso pero extrañamente deleitoso fué como si despertase de ese breve hechizo. Y retomó su papel.


Ranma estaba jadeando, la respiración incontrolable. El corazón le latía en la garganta, rugiéndole la sangre en los oídos. Notaba el escozor en la piel abierta de los arañazos en la espalda y en los abdominales inferiores. Y esos retazos de dolor le estaban haciendo sentir tan deliciosamente bien que deseaba que le arañara de nuevo, que le mordiera, que le golpeara. Más. Más fuerte.

Metió la mano por debajo de los pantalones y arrastró los dedos por sus deliciosas, suaves y bien torneadas piernas femeninas mientras se las abría y se colocaba entre ellas. Y entonces ella volvió a resistirse y a luchar contra él, pataleando, buscando desahecerse de su contacto y huir. Casi quiso reír enloquecido por la excitación que le provocaba cazarla y someterla, pero se le atragantó el aire cuando gimió extasiado al sentir que le clavaba la rodilla en las costillas. La soltó sin darse cuenta mientras se recreaba en el dolor. Pero al verla darse la vuelta y gatear arrastrándose por la cama lejos de su alcance casi se desvanece de placer. Porque era así como la quería y como iba a tenerla. Desde atrás, de la forma en que podría garantizar su supremacía, empujar con fuerza y clavarse muy dentro y tan hondo, que ella suplicaría.

La atrapó por le tobillo y tiró arrastrándola hacia él. Y se recreó en la imagen salvaje que ella ofrecía y en su apasionada resistencia. Vió como trataba de agarrarse a las sábanas, intentando llegar al cabecero de la cama para conseguir afianzarse en algún lugar y poder seguir luchando contra él... y eso le calentó todavía más. Tanto, que a punto estuvo de derramarse en ese mismo instante.

Intentó golpearle con la pierna libre al tiempo que buscaba expulsarle de la separación de sus piernas, pero él la azotó en aquel precioso trasero perfecto, lo acarició después como si se arrepintiera y arrastró sus dedos de tal forma que los hundió en su cadera y la inmovilizó contra el colchón. Akane gimoteó su nombre... y él comprendió que el miedo que bailaba con la rabiosa y salvaje excitación en aquel oscuro juego sexual se había impuesto. Soltó su tobillo para cubrirla con su cuerpo y poder sostenerse sobre ella sin aplastarla.

―Shshsh... ―murmuró cerca de su oído, acariciándole el pelo con ternura, reconfortándola. Concediéndole una breve pausa en su juego. Ella giró un poco la cara para mirarle y él temió por un instante que su conexión se hubiera extinguido. Pero no, ahí estaba. Ahí estaba, llameando en el fondo de sus pupilas dilatadas ―. Coge la almohada ―ordenó con la voz tensa.

Y mientras ella estiraba los brazos sin dejar de mirarle, tanteando en busca del almohadón, él aprovechó para deslizar la mano entre sus cuerpos. Enganchó dos dedos en el borde del pantalón del pijama y de la pecaminosa ropa interior que llevaba puesta, como si se hubiese preparado para seducirle esa noche, y arrastró hacia abajo hasta dejar su trasero desnudo y la ropa apelmazada a mitad de sus muslos. Los acarició, moviéndose por la suave piel del interior, instando a que separara más las piernas. Su delicioso y precioso cuerpo de mujer estaba caliente, le quemaba como lava hirviendo, pero necesitaba cerciorarse de que estaba preparada y excitada para recibirle de la forma en la que quería enterrarse en ella. Movió los dedos y rozó la protuberancia de los labios exteriores, hinchados, suavemente húmedos antes de hundir dos dedos en ella. Estrecha, ardiente, deseosa, deliciosamente resbaladiza. Perfecta. Akane lloriqueó por la invasión y él le tapó la boca con la mano libre, acallando su grito, quemándose con su respiración ansiosa e incendiaria. En respuesta, ella palmeó sobre el colchón, como si estuviese ciega y borracha de placer, buscando ansiosa la almohada, sin dejar de mirarle.

Su conexión habló por ellos en silencio.

―Grita, Akane. Grita todo lo que quieras... ―despacio, dejó de cubrir sus labios. Le acercó la almohada colocándosela debajo de la cabeza. Ella la aferró con fuerza y empujó su delicioso trasero contra él, invitándole exigente. Ranma gimió cuando ella se frotó contra su miembro, retiró los dedos de su cálido interior y se desnudó con un toque desesperado mientras devoraba su boca. Ella le correspondió, con la misma necesidad y ansiedad, pero le mordió otra vez y trató de escaparse de debajo suyo, retomando el juego. Ranma clavó los dedos en su redondeanda cadera, guió su miembro tanteando la entrada a su cuerpo y la penetró desde atrás con tanta fuerza que la golpeó profundamente en el interior y la deslizó sobre las sábanas. Akane rompió el beso, se mordió los labios emitiendo un lloriqueó, hundió rápidamente la cara en la almohada y dejó escapar el tipo de grito excitantemente doloroso que él necesitaba escuchar ―. Eso es... quiero oírte...

Empujó de nuevo, más fuerte. El grito se ahogó en la almohada y fué mucho mejor que el anterior. Tan bueno... que ella intentó huir de él. Metió la mano debajo de ella y sosteniéndola por el vientre la empujó hacia arriba al mismo tiempo que el se arrodillaba en la cama. Cuando la tuvo como la quería, clavó los dedos en sus caderas apresando también su estrecha cintura y se aseguró de que no volviera a intentar escapar en dirección contraria.

Akane apretó los labios y hundió aún más la cara contra al almohada. El siguiente empuje le provocó un escalofrío que nació en su interior, justo en el lugar donde él la había golpeado y que sintió expandirse de forma salvaje y arrolladora por su vientre, por sus pechos y que brotó en sus labios en forma de grito. Dolor, dolor, dolor ... mezclado con un delicioso placer.

Y él empujó más fuerte y ella sintió que se le contraía todo el cuerpo y que las lágrimas brotaban de sus ojos. Pero apretó con fuerza la almohada y el gorgoteo lastimosos que brotó de su garganta fué tragado en aquella esponjosidad. En la siguiente arremetida intentó empujar las caderas en dirección contraria, separarse de él, apaciguar la tortura a la que estaba sometiendo a su cuerpo, pero entonces él apretó sus manos con más fuerza en sus caderas y la retuvo, aumentando el ritmo, aumentando la fuerza, como si quisiera castigarla.

Akane aguantó los deseos de estallar en llanto cuando comprendió que la extraña sensación de sentirse sometida a él de ese modo tosco y salvaje la excitaba de maneras que no debería. Él se detuvo un instante, le acarició la columna vertebral como si quisiera calmarla, concediéndole una tregua, un instante de paz. Akane suspiró con una mezcla de alivio y necesidad y levantó la cabeza de la almohada, tomando amplias bocanadas de aire y sintiendo las mejillas húmedas. Quiso mirarle, necesitaba verle... pero él la sujetó del cuello e impidió el giro que provocaría el contacto visual.

―Ranma... ―sollozó, no sabía si suplicando que la dejase mirarle o que no lo hiciera. Que parase su abuso o que continuara.

―Shshsh...

Entonces él se movió, hizo algo, Akane no supo el qué, pero cuando arremetió de nuevo contra ella llegó aún más dentro y creyó que la atravesaría, que en cualquier instante su cuerpo se rompería por el dolor, resquebrajándose en miles de pedazos de placer.

Hundió la cara en la almohada y volvió a gritar. Un grito prolongado, angustioso, apasionado y estimulante. Su cuerpo encontró inexplicablemente el retorcido placer en aquella tortuosa relación dolorosa. Y estalló. Se aferró a la almohada y gritó otra vez mientras un furioso ardor naciente en el lugar donde él la había golpeado se derramaba por cada vena de su cuerpo, haciéndola hervir la sangre, convulsionando cada centímetro de su piel, provocando espasmos incontrolables en su interior, como si éste luchara por hacerle salir de su cuerpo pero al mismo tiempo se ahogara por la necesidad de sentirle dentro. Él continuó embistiéndola sin piedad durante esos fragmentos en los que el éxtasis más lujurioso había tomado todo el control, pero cuando la oleada salvaje se retrajo Akane supo que no podría resistirlo más, que el placer había terminado y que ahora solo encontraría dolor.

Cuando Ranma sintió cómo el interior de su ardiente y pequeño cuerpo se contraía alrededor de él en rápidos espasmos, cuando la escuchó gritar de esa forma desgarradoramente dolorosa y placentera supo que era el momento de abusar de ella, de avasallarla y de perderse en el maquiavélico placer que le producía infringirla dolor. Porque tenía que castigarla. Ella, sólo ella, era la culpable de hacerle lo que le estaba haciendo...

¿Por qué se había cruzado en su camino? ¿Es que su vida no era lo suficientemente complicada? ¿No tenía suficiente con lo que lidiar? ¿Por qué no podía quererla de otra forma? ¿Por qué no podía quererla de la forma en que había querido a otras? Todo sería más sencillo, joder.

Se mordió los labios y con un placer perverso se inclinó un poco sobre ella y sujetándola de la cadera y del cuello, para evitar que resbalara en las sábanas y su cuerpo se alejara del suyo, la embistió con toda la fuerza de la que disponía. Ella sollozó y dijo su nombre con un cariz entrecortado, suplicante y tamizado por el miedo. Y luchó contra él. Aún con la cara enterrada en la almohada lanzó sus manos hacia atrás y, cuando empujó de nuevo contra ella, trató de separar sus caderas de él. Sus pequeñas manos agarraron sus muñecas y trataron de alejarle clavándole las uñas y forcejeando. Pero no podía detenerse... no podía... quería hacerle aquello... quería hacerse aquello... lo necesitaba. Cada vez que ella sollozaba un lloriqueo lastimoso él se sentía más perdido en el oscuro placer, alimentando su necesidad de hostigarla.

Ranma cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás y en su mente luchó contra la parte de él que rogaba que se detuviera porque aquello no estaba bien, porque no podía hacerle eso a la persona que más amaba en el mundo. Pero no se detuvo. Joder, no podía. Porque ella se lo merecía. Se merecía sentir una pizca del tortuoso dolor que él padecía por su culpa, por haber entrado en su vida y haberle arrebatado la fría perspectiva en la que se había mantenido hasta entonces.

Por hacerle sentir miedo.

Empujó. Empujó con furia, más fuerte, más rápido, más ansioso, mientras los lamentos de ella se hacían cada vez más prolongados, más roncos, más suplicantes y más asustados... hasta que se quebró. Hasta que la oyó desgarrarse en un humillante llanto. Hasta que consiguió derrumbar su voluntad. Hasta que él la tuvo a ella a su merced.

La cubrió con el cuerpo y ejerció presión, obligándola a tumbarse en la cama. Ella intentó resistirse sin fuerza, en un último latigazo reflejo de obstinación que casi le hacen reírse con la maldad que embaucaba aquel instante. Entonces, enterró la cara en su frágil cuello aspirando el aroma que desprendía, una mezcla de frutos rojos, sudor y sexo, mientras mantenía el ritmo que le llevaría a su propio éxtasis. Rugió cuando notó el temblor de su cuerpo femenino por las lágrimas vertidas en un sollozo doloroso. Y la mordió cerca de la yugular, donde sentía cómo palpitaba su corazón, la sangre que le daba la vida. Y volvió a sentir aquél poder oscuro y enfermizo: su vida, enteramente a su merced, estrictamente bajo su dominio. Y cuando el latigazo recorrió su espina dorsal y se derramó en su interior marcándola como suya, cuando la neblina oscura, perversa y cruel que le había poseído se diluyó... fué consciente de que la había quebrado de la forma más ruin, cruel y humillante en que podía serlo un ser humano. Y él también se rompió.


Akane recibió una última embestida y le escuchó rugir justo antes de que le mordiera en el cuello, hundiendo los dientes como si quisiera llegar a su vena y beber de ella. Apretó las sábanas en puños dolorosos y gritó contra la almohada en la que amenazaba con asfixiarse al mismo tiempo que sentía que él inundaba su interior en un refrescante alivio.

Hubo unos segundos de silencio donde ninguno se movió, donde sus respiraciones y el calor de sus cuerpos se fundieron en una mezcla densa, pesada y extasiada.

Akane intentó aquietar el leve llanto que le nacía de la garganta, un desconsuelo enardecido por el amor, la lujuria, el miedo y la tristeza. Y, entonces, sintió algo cálido resbalar por su cuello y deslizarse sobre su piel como seda líquida y caliente. Giró el rostro, asustada por la posibilidad de que él hubiera abierto su piel... pero no había manchas en las sábanas.

En ese preciso instante le oyó susurrar con la voz rota y ahogada un lastimoso pero sincero "Te odio" y la seda líquida se derramó como si el cielo de sus preciosos ojos azules se hubiera abierto para dejarle caer y dejar morir a su alma.

Y el corazón de Akane dió un vuelco. Eran las palabras más maravillosas que él podría haberle dedicado en un momento como ese porque indicaban lo muy importante que ella era en su vida. Que la odiara era magnífico por muy truculento que pudiese parecer y por muy doloroso que fuese para él y también para ella. Akane lo entendía tan bien como si su sentir fuera el suyo... La amaba tanto que la odiaba por ello.

Su Tiz estaba asustado y no sabía cómo manejarlo. Y en su ansia por protegerla de ese mundo aterrador en el que él vivía, las dos emociones se entremezclaban y le confundían y ése era su patrón de conducta. La confusión le descontrolaba, y tras el descontrol venía la calma y en esa calma se volvía consciente y entonces se sentía culpable por lo que había hecho y por albergar ese sentimiento horrendo. Pero su odio no nacía de la venganza o del resentimiento. Eso era lo precioso, eso era lo que, sabía, él también comprendía y era lo que le había hecho perder la cabeza. Era un odio nacido del amor. Nacido de un amor tan profundo, tan intenso, tan arrollador, que cuando el miedo apresaba el corazón éste tomaba el mando de su mundo, arriesgándolo todo, mientras que su mente luchaba por evitar que ése cúmulo de emociones le arrastrara hasta hacerle perderse.

Y era perversamente hermoso, deliciosamente hermoso saberse la causante de las dos emociones más significativas y poderosas que podía albergar un ser humano. Saberse la causante de toda aquella vorágine cruda, pasional, salvaje y arrolladora en alguien tan especial, tan brillante y tan excepcional, a quién ella amaba con la misma intensidad, con el mismo amor y con el mismo odio.

Deslizó la mano hacia atrás y enterró los dedos en su cabello, atrayéndole hacia la almohada en una caricia tierna y tranquilizadora. Ranma hundió en ella su rostro contraído de mandíbulas tensas, luchando por detener la mezcla de emociones que vibraban a flor de piel; la rabia, el terror, la desesperación y la culpabilidad, mientras seguía enterrado profundamente en ella y el calor de su gran cuerpo la cubría como un manto protector.


―Te odio por lo que me estás haciendo... ―susurró sin atreverse a encarlarla.

Lo que estaba sintiendo era imposible de describir. No era simple vergüenza. Fuera lo que fuese estaba mucho más allá de eso. Era algo más hondo, más explosivo, que le animaba a huir de allí. Porque si la miraba, encontraría sus preciosos ojos arena abnegados en lágrimas, sus mejillas empapadas, el miedo en sus pupilas... Quería irse. Quería irse muy lejos y desaparecer y salvarla. Porque si se quedaba, acabaría por destruírla.

Pero no podía dejarla. Tenía que ser ella quién...

Se impulsó con los brazos y salió de la cama de un movimiento, colocándose los pantalones. Se frotó los ojos borrando el rastro de sus propias lágrimas mientras caminaba hacia el armario para coger una camisa. Ella dijo su nombre, una, dos, tres veces. Pero él se obligó a ignorarlo y caminar hacia la puerta. El sonido de las sábanas rozándose, su nombre otra vez, y otra, pasos acercándose. Ranma sintió su suave contacto en el brazo cuando abrió la puerta del dormitorio, pero no se detuvo. Se deshizo del agarre y salió al corredor.

Escuchó su nombre otra vez. Sus pequeños pasos tras de sí. Daba igual. Tenía que irse.

Tenía que irse, tenía que irse, tenía que irse, tenía...


No había funcionado. El sexo solo había empeorado las cosas. Lo que ella pensó sería una cura, había resultado ser la maldición. Había desencadenando lo que fuera que le había traído hasta el domitorio tan distante, algo que iba mucho más allá del no poder tener hijos y de la sensación culpable que le carcomía por privarla a ella de tenerlos.

Akane sintió que se le comprimía el pecho. Se sentía perdida. Se había equivocado. Se había equivocado terriblemente. Y ahora sí estaba asustada. Porque por primera vez él parecía estar en otra parte, en algún lugar remoto al que ella era incapaz de llegar.

Le vió bajar las escaleras y de repente lo único que importaba era no dejarle salir de esa casa. Porque si le debaja irse, sabía que le perdería. Y en eso no se equivocaba.

Así que se lanzó a la carrera y golpeó desesperada la puerta del dormitorio que ocupaban Carlo y Anna. Carlo abrió dos segundos más tarde, casi como si lo hubiese estado esperando. La miró de arriba abajo y después murmuró detrás de él, a las sombras:

―Avisa a tu padre ―desplazó a Akane a un lado y le preguntó por dónde se había ido.

―Por esas escaleras... ―dijo señalando.

Carlo salió corriendo en aquella dirección y ella intentó seguirle pero Anna apareció entre las sombras y la detuvo.

―No ― rotunda, firme, como si se hubiera enfrentado a algo parecido más veces. Tiró de ella en dirección al dormitorio de sus padres ―. Tienes que dejarles a ellos ―Anna golpeó la puerta e, igual que Carlo, Genma abrió en dos segundos, tan despejado como si hubiese estado despierto esperando tras la puerta ―. Han bajado por ahí.

Genma miró a Akane y con su voz neutra formuló una pregunta que parecía una afirmación:

―¿Ha dormido?

Ella negó con la cabeza y el patriarca salió en la misma dirección que su hijo y su yerno. Akane intentó ir detrás de él, pero de nuevo sintió que la agarraban con una fuerza que no esperaba que Anna poseyera debido a su constitución. Sin embargo, cuando se giró dispuesta a desafiarla por detenerla e impedir que estuviese a su lado, se encontró con la belleza de los ojos verdes de Nicola cargados de una calmante preocupación.

―Va a ser desagradable. Es mejor que esperes aquí.

Akane miró de una a otra, desconcertada. ¿Por qué ellas parecían saber qué estaba sucediendo? ¿Por qué ella era incapaz de verlo? Las voces masculinas comenzaron a llegar desde la planta baja en susurros, pero enérgicas, cortantes.

―Mi hermano se pone agresivo cuando no duerme ―la voz de Anna suave, rebosante de una mezcla de experimentada compasión.

Las dos observándola como si estuviesen desnudándola, radiografiándola, cerciorándose de que estaba bien. Observándola como si supieran exactamente lo que había sucedido en el dormitorio y de la forma en que había sucedido.

Y entonces recordó lo que él le había contado aquella vez en su apartamento, respecto a algunas relaciones con Mei... y todo empezó a encajar. Sabían lo que habían hecho y estaban preocupadas por ella. Y lo que debería haberla avergonzado la colmó, por el contrario, de un agradecido regozijo, de una poderosa seguridad y aceptación.

―Estoy...

Un estruendo llegó desde la planta baja y las tres dieron un salto, asustadas. Anna no perdió ni un segundo y salió corriendo por el corredor, introduciéndose en el dormitorio de sus hijos. Nicola la soltó y se asomó por las cristaleras con sus rasgos bellos tensos y repletos de dolor. Susurró algo en italiano. Algo que rezaba "Tiziano..." en un suspiro quebrado.

Y en ese instante la voz de Ranma se escuchó sobre las otras dos, espetando algo en un torrente de amenazante y dolorosa furia en la lengua de su madre.

―Esto ha pasado antes ―susurró Akane con un deje que impedía cualquier duda sobre a qué se estaba refiriendo.

Se acercó a la cristaerla y contempló las sombras de los tres hombres en el pasillo que llevaba a la cocina. La silueta de Carlo se adivinaba delante de Ranma mientras que la de Genma permanecía curiosamente detrás.

―Sí, pero no de esta manera. Es diferente. Esta vez es muy diferente ―Nicola sonrió con una nostálgica tristeza y acarició la sombra de su hijo sobre el cristal con tanta devoción y ternura que pareciera que estuviese tocándole directamente a él. Su voz se mostró firme, contundente, sin el mínimo rastro de duda cuando dijo ―. Por ella salvó su vida, Akane. Pero por ti la daría ―y sus ojos verdes, mentolados y frescos, brillantes como esmeraldas, se fijaron en ella con protectora fiereza maternal y una contradictoria gratitud―. Daría su vida por ti sin dudarlo ni un instante.

Las voces se elevaron y Nicola volvió a mirar a las sombras con la determinada preocupación de quién espera pacientemente el momento correcto en el que sabe debe intervenir.

Y Akane se quedó sin respiración mientras trataba de asimilar esas palabras y todo lo que implicaban. "Por ella salvó su vida, Akane. Pero por ti la daría".

Su vista se emborronó con la belleza de unas lágrimas angustiosas pero felicísimas. Les buscó con la mirada, como si ahora comprendiera algo que antes había sido imposible entender. Entonces contempló cómo la sombra de Ranma se abalanzaba sobre Carlo, cómo éste le hacía frente y cómo Genma se movía desde atrás. Hubo un forcejeo, Carlo le retenía a duras penas pero Genma hizo algo y Ranma rugió antes de quedarse inmóvil y girarse para mirar a su padre. Pareció mecerse hacia un lado cuando su Genma y su hermano le sostuvieron, afianzaron su agarre sobre él y le llevaron hacia el salón.

―Ahora podemos ir ―murmuró Nicola con una entereza excepcional, caminando hacia la planta baja.


Cuando Carlo y él le tumbaron con cuidado en el sofá, Genma se quedó en silencio contemplando a su hijo adormilado por el tranquilizante que se había visto obligado a inyectarle.

Genma vió por el rabillo del ojo que Carlo, a quién consideraba un hijo desde mucho antes de que el chico mostrara interés por su hija, se tocaba el cuello mientras estiraba los músculos y mantenía una mano sobre su esternón.

―¿Estás bien? ―preguntó, sin apartar sus rendijas azules de Tiziano.

―Sí ―murmuró ronco ―. No pensé que se me fuera a tirar a la traquea.

Genma casi sonrió con una pizca de orgullo. Su hijo era eficaz, no perdía el tiempo con menudencias. Si se proponía o tenía que quitar a alguien de en medio, le quitaba. Y punto.

―Siempre olvidas que es mejor acecharle por la izquierda ―no pudo evitar apuntar llevado por la deformación profesional.

―Siempre espero que no me ataque como si fuese su enemigo ―aunque ambos sabían que si le hubiera atacado de esa manera, ahora estaría muerto.

Se quedaron en silencio observándole con admiración mientras Ranma trataba con todas sus fuerzas de luchar contra el tranquilizante, intentando abrir los ojos, intentando hablar, intentando moverse.

―Debería dormir entre diez y doce horas ―Carlo se acercó y cogió la muñeca de Ranma, tomándole el pulso ―¿Sabes en lo que está metido ahora? ―preguntó, satisfecho al comprobrar que los latidos eran pausados pero fuertes.

―No ―y contestó a la pregunta implícita ―. Pero sea lo que sea en lo que esté metido, no es lo que le ha llevado a esto. No directamente.

Los dos se miraron y confirmaron lo que desde el primer momento había sido una sospecha. En ese instante se abrió la puerta del salón y ambos observaron a la causante de aquella crisis.


Akane entró detrás de Nicola. En un primer momento se fijó en los dos hombres allí de pie pero cuando avanzó le vió, tumbado en el sofá e inconsciente. Abrió un poco los ojos sorprendida, preocupada, y su mirada se cruzó con la de Genma; tan intensa pero fría, tan penetrante pero distante, tan terrorífica pero sabia. Se sintió apabullada y buscó a Carlo, que estaba detrás del patriarca de la familia.

―Le he puesto un sedante ―dijo con la voz densa por las molestias en la garganta. Cuando la vió erizarse cuestionándose, se apresuró a aclarar para evitar enrarecer aún más la situación ―. Soy médico.

―Sabes que tiene problemas para dormir ¿verdad? ―espetó Genma, observándola con fijeza, estudiándola.

Akane asintió, pero su vista estaba clavada en Ranma. Nicola se había arrodillado en el suelo, al lado de su hijo, pero no le tocaba, solo le contemplaba como quién adora a un imposible, a alguien inalcanzable.

―¿Sabías que llevaba cinco días sin dormir? ―dijo Carlo. Ella le miró con los ojos casi fuera de las órbitas y de repente todo su lenguaje corporal cambió. Pareció hundida, descondolada y aquellos ojos grandes y rasgados miraron a su hermano.

―No, no lo sabía ―eso explicaba su comportamiento agresivo y su descontrol y, a su vez, explicaba su huída del dormitorio. Akane contempló el rostro de Ranma, como si estuviera buscando la confirmación por su parte. Y mientras le observaba se percató de algo que le pellizcó las entrañas, recordándole una vez más que habría tantos matices de él que no conocería. Incluso los sencillos, como aquél. Porque nunca le había visto dormido. La suavidad de sus rasgos, la relajación en su rostro... jamás le había contemplado así ―. Me dijo que ayer había dormido.

Genma contempló unos segundos más a la chica antes de decidirse por intervenir en la relación que su hijo tenía con ella de un modo poco ortodoxo pero irremediablemente necesario.

―Akane ―ella se irguió, como si buscase valor para enfrentarse a él, y le miró con aquellos ojos brillantes de cervatillo asustado. Sabía que causaba ese tipo de impresión en las personas, así que no le dió especial importancia ―. Necesito hablar contigo. A solas ―ella buscó inconscientemente a su hijo con la mirada, como si esperase su permiso, lo que quería decir que de algún modo intuía de qué iban a hablar. Y eso la honraba ―. Ven, por favor.

Finalmente le siguió, siempre dos pasos por detrás. Cuando llegaron a su despacho él la dejó pasar primero, sorprendiéndola ante ese detalle tan impropio para un japonés. Ella dudó un instante y luego se introdujo en la sala, recorriendo el entorno con una mirada curiosa pero precavida. Casi como si estuviese evaluando la estancia y las formas de escapar. Genma estuvo a punto de esbozar una sonrisa. Había muchas cosas en la chica, tanto conscientes como inconscientes, que la hacían perfecta para su hijo y que le hacían entender por qué la había elegido.

―Siéntate, por favor ―dijo, señalando una de las dos sillas que había al otro lado de la enorme mesa mientras él abría el primer cajón y sacaba una carpeta que dejó caer sobre la tabla con toda la intención.

Y ahí estaba, otra de esas cosas. Ella no miró la carpeta, sólo lo observaba a él a pesar de que, en el fondo, sentía un respeto y una pizca de miedo por su presencia y una lógica curiosidad por el dossier.

Genma se movió hacia la delantera de la mesa y se sentó en la esquina, cruzando las manos en su regazo, en una postura que indicaba su superioridad pero al mismo tiempo la suavizaba con un deje desenfadado. Quería que se relajara un poco. La noche distaba mucho de ser una pizca agradable para ella.

Aquellos ojos grandes y rasgados de un color curioso que le recordó a la tostada arena de una playa, obtuvieron el valor para clavarse en los suyos, probablemente debido al denso silencio que él premeditadamente estaba prolongando.

Genma apreció que además de poseer unas cualidades extraordinarias era una auténtica belleza. Pero no el tipo de belleza arrebatadora que poseía Mei. La belleza de Akane era dulce, más refinada, más tímida, sútil, decididamente embaucadora. Pero tras su apariencia de jovencita dulce se vislumbraba la fuerza en sus ojos, la valentía y la lealtad en su mirada. Y supo que eso había sido lo que había hecho claudicar a Tiziano.

―El trabajo de mi hijo ―espetó con su tono neutral. Ella intentó no demostrar que le sorprendía el tema de conversación que acababa de iniciar. Realmente no hizo nada aparentemente, pero él era demasiado bueno en lo suyo y percibió un ligero movimiento en sus labios. Un pequeño espasmo que había terminado por contener pero que él detectó ―¿Hasta dónde sabes?

Su mirada se veló un instante con la duda. La idea había sido implantada y el impulso por seguirla al pie de la letra luchó por imponerse; no podía hablar de su trabajo con nadie. Genma esbozó una mueca que ocultaba una sonrisa. Esperó hasta que ella se decidió. Entonces percibió cómo endureció la mirada en sus preciosos ojos cuando contestó, valiente.

―Hasta donde él me ha querido contar.

Una respuesta sabia, que le ofrecía veladamente lo que él había requerido saber pero que protegía la privacidad de la pareja.

―¿Turquía? ―dijo, girándose para coger la carpeta.

―Sí ―contestó ella y su voz vibró hacia el final. Temor.

―¿Qué te contó? ―y volvió a su pose original, solo que ésta vez la carpeta pesaba entre sus manos y ella por fin la observó un instante.

―Lo suficiente para entenderle.

Genma sintió el orgullo recorrerle el cuerpo. Su hijo se había equivocado una vez, pero había aprendido de su error. Tiziano siempre aprendía de sus errores y aprendía con un hambre voraz que no le permitían fallar de nuevo. Era brillante. Era brillante incluso para seleccionar a su pareja.

―Lo que ha pasado hoy... ―y moduló su voz de tal manera que ella percibiera que sabía lo que había sucedido en el dormitorio y que aquello no sólo estaba haciendo referencia a la huida, sino también a ese momento íntimo. Esta vez ella no hizo ningún gesto, ninguna mueca, nada. Lo que le indicaba que era consciente de que algo así había sucedido anteriormente y lo aceptaba con la entereza y la fuerza que la hacían excepcional ―... pasará más veces y quizá no siempre de la misma forma. ¿Estás segura de poder hacerle frente?

Ella se ofendió y no lo ocultó. No le contestó, pero le miró con una poderosa fiereza casi desafiante como si estuviese preguntándole "¿Puedes tú?". Casi sonrió por ese desliz inocente e ingenuo. Genma le tendió la carpeta y con la voz lineal pero levemente contraída, murmuró:

―Nunca le digas que te lo he enseñado.


Akane dudó en si coger la carpeta. Sentía que, como todo en aquella conversación, el hecho de coger o no la carpeta era una prueba más. La curiosidad... la necesidad de entender a Ranma la empujaban a aceptarla y observar lo que había allí dentro. Presentía que lo que contenía era algo relacionado con Turquía... Lo que él nunca le contó. O tal vez estaba sugestionada por que Genma lo había nombrado y lo que encontraría allí dentro nada tendría que ver.

Independientemente de eso, lo que sabía es que la estaba poniendo a prueba, pero estaba tan abrumada por todo lo que había sucedido con Ranma que no podía decidir qué era lo que el patriarca estaba esperando de ella. No podía decidir cuál era la respuesta correcta, si es que la había. Estaba tan desconcertada con él como lo estaba con su hijo. Y ése hombre la ponía tan nerviosa... Pero aún así, confusa e intranquila como estaba, de lo único de lo que era consciente es que no le convenía enemistarse con su suegro.

―Cógela ―su voz neutra, ahora un poco más fuerte con un deje exigente. Pero ella siguió sin moverse. Genma entendió sus reservas. Así que dejó la carpeta a su lado en la mesa y se levantó ―. Cuando termines, hagas lo que hagas, déjala en el segundo cajón.

Y salió del despacho. Dejándola sola.

Con la carpeta a su alcance.


Miró hacia la puerta y observó la silueta mientras se alejaba. Esperó unos segundos y no lo dudó. Cogió la carpeta y la dejó en su regazo, como si temiera que fueran a quitársela. Era más gruesa de lo que le había parecido en un primer instante y también mucho más pesada. Su vista quedó prendada en aquel tomo forrado de papel prensado que escondía...

La abrió de un tirón.

El papel que la recibió estaba garabateado con letra larga y dificil de leer. Y estaba en inglés. Le dió la vuelta a la hoja y más escritura. Otro folio y más escritura. Estuvo a punto de resoplar, angustiada. Nunca había odiado tanto no saber inglés como en ese momento. Volvió a coger el primer folio y observó el emblema que lo encabezaba en la parte superior izquierda. Parecía un emblema militar... farmacéutico... era un informe médico.

¿Era el informe médico de...?

Pasó la página. Más folios garabateados.

¡Dios! Había tantos. Había tantos papeles ¿Por qué había tantos?

Llegó a una página impresa y observó las palabras claramente mecanografiadas, esperanzada por encontrar algo que pudiese entender. "First Evaluation", "Dehydration", "Disorientation" "Hypersensitivity to: light, noises, contact", "Posttraumatic stress disorder", "(Brief) Psychotic disorder".

Akane contuvo la respiración y temió seguir pasando las páginas. Deshidratación, desorientación, hipersensibilidad a la luz, a los ruidos, al contacto. Trastorno de estrés postraumático. (Breve) Desorden psicótico.

Continuó observando los folios, extrayendo información con la respiración contenida. Los siguientes mostraban dibujos esquemáticos del esqueleto.

La mano izquierda, con todas las falanges marcadas en rojo y parte de la muñeca. La mano derecha, con tres dedos completamente coloreados y otros dos señalados en los nudillos.

Tren superior. El torso; mitad del esternón. Parte izquierda; tres costillas. Parte derecha; cinco costillas. Brazos; derecho: hombro, cúbito, radio. Izquierdo: hombro, clavícula.

Tren inferior. Piernas. Izquierda: fémur, rodilla. Derecha: tibia, peroné.

El cráneo. Acarició con dedos temblorosos aquél dibujo repleto de marcas del color de la sangre. Había cruces en algunas muelas. Una parte del hueso del maxilar inferior de la parte derecha coloreada. El hueso nasal. Parte del malar izquierdo.

Se le cortó la respiración.

Tenía entre sus manos la primera evaluación de Ranma. Los primeros informes médicos que definían sus lesiones tras... Sintió que se le cerraba la garganta en un espasmo involuntario y tremendamente doloroso.

Cuando Tiz le explicó que le habían capturado en Turquía, había dado a entender que le encarcelaron porque habían descubierto antecedentes (antecedentes que terminaron por desaparecer). Más tarde le sacaron y le extraditaron. Su captura interrumpió sus investigaciones y poder alcanzar el círculo de confianza del grupo en el que estaba infiltrado. Dijo que había sido su culpa que aquel trabajo se hubiera perdido. Pero no dió a entender nada más que una detención legal. Y ella le creyó o tal vez quiso creérle, sin pararse a pensar en nada más horrendo que los abusos propios de estar encarcelado.

Pero no había sido así. Ranma había sido un rehén. Un prisionero de guerra.

TORTURADO.

TORTURADO.

Akane miró hacia la puerta instintivamente, como si esperase encontrar a alguien allí, vigilándola ¿Por qué le había dado Genma esos informes? ¿Con qué intención? ¿Para que abandonara a su hijo? ¿Para que huyese de él? ¿Para que tuviera la excusa perfecta para poder dejarle sin sentirse culpable? ¿Como una advertencia? ¿Para asustarla? ¿O para que entendiera la gravedad del problema y supiera exactamente a qué se estaba enfrentando y poder encararlo y manejarlo? ¿Y cómo había conseguido Genma esos documentos?

Tragó con fuerza y respiró hondo.

No podía creerlo. No quería creerlo.

Volvió la vista a lo que tenía ante ella, los informes detallados en letra y en esquemas de las torturas a las que Ranma había sido sometido.

No... no podía ser verdad.

El dossier pesaba demasiado. Y temía con certeza absoluta lo que vendría a continuación. Las instantáneas que mostraban el interior y el exterior de las lesiones en toda su crudeza. Pero no quería creérlo.

Pasó la página y observó la impresión de una radiografía de la mano derecha. Los huesos astillados, rotos y separados, los nudillos casi fragmentados como pequeñas perlas diamantinas. Y cuando pasó la hoja... Akane cerró la carpeta de un movimiento brusco, contrajo todo su rostro, cerrando los ojos, apretando los labios y cubriéndoselos fuertemente con la mano tragándose un grito del horror más espantoso que jamás había atravesado su corazón.


Genma miró a su esposa en cuanto entró en el salón. Estaba en la misma posición en la que la había dejado cuando se marchó con Akane al despacho. Sentada en el suelo, al lado del sofá, observando a Tiziano. Desvalida, entristecida, pero extrañamente comprensiva y tranquila.

Carlo le hizo un gesto con la cabeza en forma de despedida. Después se acercó a Nicola, la besó en la mejilla ofreciéndole una sonrisa cariñosa y salió de la sala, con destino a reunirse con su mujer y sus hijos. Su hija y sus nietos.

Genma se sentó en su sillón. Se recostó, cruzó el tobillo derecho sobre su rodilla izquierda y observó la imagen que formaban su preciosa y maravillosa esposa y su excepcional hijo. Nicola movió los labios como si fuese a decir algo pero se detuvo. Tomó una profunda respiración, parpadeó con pesadez desviando la vista de Tiziano y después volvió a contemplar el rostro dormido de su hijo.

Pasaron los segundos. Absoluto silencio. Inmóviles como estatuas. Como si el tiempo se hubiese congelado para prolongarse eternamente. Entonces los brillantes ojos de Nicola se posaron en él con una pena profunda pero con esa fuerza desgarradora y fiera titilando en ellos.

―¿Se lo has enseñado?

―Le he dado la opción de verlo.

Su esposa respiró entrecortadamente, rememorando las horribles imágenes por las que él hubiera muerto si con eso hubiera evitado que alguna vez las contemplara. Imágenes por las que él hubiera dado su vida con tal de que los hechos jamás hubieran ocurrido y por tanto nunca hubieran sido tomadas.

Nicola se levantó, despacio. La bata de seda se espolvoreó a su alrededor como un halo líquido, brillante y seductor, camuflando las bellas curvas de su cuerpo de mujer. Su ondulado cabello castaño suelto caía por su espalda denso y esponjoso. Y se preguntó una vez más qué había hecho para merecer a esa mujer única, tan preciosa, vibrante y apasionada, esa mujer determinada y fuerte, eternamente comprensiva y sinceramente paciente. Su compañera.

Ella se acercó hasta él con pasos cortos y silenciosos, se sentó y acomodó en su regazo con la delicadeza de una ninfa y él la rodeó con sus brazos, amantísimo y protector. Ella se acurrucó contra su cuello y le acarició con su pequeña mano sobre el corazón, como siempre hacía, apreciando sus latidos, diciéndole sin palabras lo mucho que le amaba. Genma la besó en el cabello, apoyando la mejilla en la tersedad de sus filamentos castaños, perdiendo los dedos entre los hilos cobrizos. Y, en un comodamente incómodo silencio, los dos observaron a su hijo. Dormido. Tan plácido, tan tranquilo. En paz. A salvo.

Los segundos se prolongaron dando paso a los minutos. Nicola suspiró, le besó en el vértice de la mandíbula y se acurrucó mejor contra él, buscando mayor cercanía. Genma le acarició la espalda, subió por su hombro y deslizó la yema de sus dedos por la suave piel de su pómulo. La tomó de la barbilla y levantó su rostro hacia él. Y cuando sus miradas se entrelazaron, susurró con la ternura más apabullante:

Ti amo, amore mio.

Su esposa sonrió, sus pupilas se dilataron, su esmeraldas brillaron como si el sol las hubiese bañado con su luz dorada. Y contestó con la inmensa dulzura que siempre le dedicaba.

Ti amo, amore. Sempre.

Estaban a punto de besarse cuando Genma se tensó y sus ojos azules se desviaron hacia la puerta. Nicola se giró en el regazo de su esposo para observar a Akane parada en el umbral, mirando a Tiziano con ojo crítico. A pesar de la entereza que demostraba no había duda de que había visto los informes. Sin embargo, a ambos les sorprendió gratamente que no les dedicara ni un mínimo de atención. Ella simplemente caminó hacia el sofá, se arrodilló a su lado y le tomó la mano derecha entre las suyas, acariciándola y contemplándola desde una nueva perspectiva. Tras unos segundos colocó la mano masculina contra su rostro, como si él estuviera acunándolo con ternura y, en esa posición, se apoyó en el asiento, perdió la mirada, y murmuró un débil "Te quiero" antes de quedarse en completo silencio.


Ranma abrió los ojos de golpe y los cerró rápidamente cuando la luz le cegó. Estaba tumbado en el sofá del salón y a juzgar por el modo en que incidían los rayos del sol debía ser por lo menos medio día. Se sentó y se frotó el cuello, encontrado la pequeña marca que había dejado el pinchazo del sedante que su padre le había inyectado. Debería haberlo previsto pero había estado tan aturullado que ni siquiera se imaginó que pudieran atreverse. Para dejarle fuera de circulación durante tantas horas le habrían inyectado, al menos, diez veces la dosis que debería haber tomado la noche anterior. Así que la preocupación que había sentido por los efectos que podían causarle un par de pastillas a su problema de adicción se habían quedado en nada. Porque ahora estaba directamente jodido y enganchado de nuevo.

Pero ese asunto era lo de menos.

Akane. Su Akane era lo que importaba. Así que fué en su busca.

Cuando salió al corredor escuchó las voces provenientes de la cocina, un barullo incomprensible pero de alguna forma coherente. Y entonces la escuchó reír y casi se le doblaron las rodillas. Qué sonido tan maravilloso. Sin darse cuenta prácticamente corrió hacia allí y cuando apareció en el quicio de la puerta se encontró con todos reunidos, tomando café, hablando como si no hubiese sucedido nada fuera de lo normal. Le incomodaba que hicieran eso, que trataran de obviar lo que había ocurrido. Pero entendía que necesitasen normalizar la situación especialmente con los niños delante. Y no solo por los pequeños, era lo que su familia creía que él necesitaba.

―¡Hombre, bello durmiente! ¡Ya era hora! ―exclamó Carlo, todo sonrisas, sacando algo del frigorífico.

Todos le miraron, menos su padre, que le daba la espalda en su asiento. Pero él solo tenía ojos para Akane quién le ofreció una sonrisa radiante y le miraba con los ojos brillantes y alegres aunque cansados. Y supo que había pasado toda la noche despierta. A su lado.

Buon giorno ―dijo ella con un rastro de la curva melódica japonesa.

―¿Quieres café? ―preguntó su madre, levantándose de la mesa con su habitual alegría mañanera.

Nerezza dió un grito y estiró los bracitos hacia él.

―¡Cógeme, cógeme!

Ranma miró a la niña, le dedicó una sonrisa sincera y una caricia en la cabecita.

―Espera un momento, cucciolo ―se acercó hacia su Dama mientras le decía a su madre ―. Sí, quiero café ―cuando llegó hasta Akane la tomó suavemente de la mano y le murmuró ―. Ven conmigo.

Cuando estuvieron en el corredor, fuera de miradas indiscretas, Ranma se detuvo y al girarse empezó a inspeccionarla. Deslizó a un lado el manto negro de su cabello en busca de la mordedura. Ahí estaba, un círculo casi perfecto, con los dientes marcados. Se atragantó.

―Ranma...

Bajó la parte superior del jerséy para comprobar si había dejado marcas en su nuca o en el cuello; no había nada. Pero lo que le preocupaba eran su cintura y sus caderas. Y el interior de su cuerpo. Porque había sido allí donde imprimió su fuerza para dominarla.

―Ranma...

Ansioso, deslizó las manos por sus deliciosas curvas y levantó la prenda, observando su cintura. Su piel, su suave piel del color del alabastro, tan fina, tan impoluta, tan perfecta... tenía parte sus dedos marcados en una terrible gama de rosados casi violaceos.

―Joder... ―masculló angustiado. Quería pegarse un tiro. Literalmente.

―Para ―espetó Akane.

Tenía que comprobar las caderas. Tenía que hacerlo. Con la boca seca, llevó las manos hacia la parte delantera del pantalón e intentó desabrocharlo pero Akane le dió un manotazo, sorprendiéndole, y se separó de él.

―Ranma, para. PARA ―dijo, cortante. Él levantó la vista y la miró como si le hubiese hablado en una lengua extraña y desconocida. Sus ojos azules rebosantes del arrepentimiento y la culpa más dolorosa. Akane acortó las distancias y puso las manos sobre su torso, tranquilizándole ―. Estoy bien. No te preocupes.

Tiz miró hacia abajo de nuevo, evidentemente sin creerla en absoluto. Llevó las manos hacia la cinturilla del pantalón y Akane pensó que intentaría desabrocharlo otra vez para comprobar las perfectas marcas de sus dedos en su piel. Sin embargo, lo que hizo fue posar su cálida mano izquierda sobre su vientre con ánimo protector y reparador, con una ternura deliciosa, con un cuidado y una suavidad ínfima, como si una mariposa la hubiese acariciado y como si tratara de calmar el incómodo palpitar del abusado interior de su cuerpo. Sus irises cobalto se clavaron en ella de nuevo y esbozaron todo el pesar del mundo.

―Deberías huir de mi ―murmuró con una pizca de miedo brillando en sus irises ―. Deberías dejarme, Akane.

―No pienso irme a ninguna parte. Te quiero como nunca he querido a nadie y como sé que jamás podré querer a otra persona―y desde esa noche, ese amor aún era más profundo, más inmenso. Porque él había pasado por el horror más despreciable del mundo y había luchado, superándolo, venciéndolo y no dejándose arrastrar ―. Necesitas que alguien te salve de ti mismo, amore ―dijo con una segura y calmante ternura―. Y yo soy esa persona.

Ranma cerró los ojos un instante y murmuró algo en italiano. Algo que sonó como un rezo, como una plegaria del más puro agradecimiento. La atrajo hacia él y la cobijó entre sus brazos recuperados, fuertes y salvajemente protectores. Sus cuerpos encajaban tan perfectamente que no le cupo duda de que habían sido creados para encontrarse y estar juntos.

―No me permitas hacerlo de nuevo ―rogó, con la voz ronca.

―Shshsh ―y murmuró imprimiendo la seductora sensualidad que había sentido―. Yo también participé ―y para reafirmarlo deslizó sus dedos sobre su espalda, donde se adivinaban las lineas de arañazos que ella le había provocado con oscuro placer ―. Y me gustó, Ranma. Mucho. Me gusta cuando te descontrolas y eres rudo...

―No me refiero a eso, Dama ―sus manos acunaron su precioso rostro. Era de suma importancia que lo entendiera ―. Podemos jugar todo lo salvaje que quieras siempre que te apetezca ―le acarició los pómulos con los pulgares borrando el rastro invisible de las bellas lágrimas que había derramado la noche anterior,y deslizó las yemas ásperas por sus labios jugosos ―. Pero no me permitas tocarte cuando estoy en ese estado. Nunca. Prométemelo.

Ése era su Tiz. Preocupado, tierno y cuidadoso con ella. Enfrentándose al problema, no huyendo de ello. No alejándose de ella.

Akane le sonrió y asintió porque entendía el mensaje implícito en sus palabras. Ranma la besó en el pelo y la apretó con más fuerza contra sí, como si temiese que ella se le escapara de entre los brazos, como si suplicase "No tengo perdón. No merezco tu perdón, ni te merezco pero, por favor, quédate conmigo. Te necesito". Y Akane también afianzó su agarre y dejó escapar un suspiro cargado de la comodidad más absoluta y del amor más sincero.

Se quedaron así unos segundos, meciéndose mutuamente, disfrutando del instante perfecto, gozando del silencio interrumpido por las alegres voces de la cocina. Hasta que Ranma susurró sobre su cabello:

―No puedo ser tan egoísta como para traer a mi mundo a una persona que no ha tenido posibilidad de elegir, Akane. No puedo.

"Daría su vida por ti sin dudarlo ni un instante"

―Lo entiendo. Y no necesito explicaciones ―Akane se separó lo suficiente como para mirarle fijamente desde su posición sin perder ni un milímetro más de lo necesario el contacto con su cuerpo, para que él supiera que era determinante y que era, sobre todo, sincera ―. Te tengo a ti y eso es lo que más me importa.

Dama...

―Te tengo a ti y eso es lo único que me importa ―dijo con ímpetu y entonces citó los versos de Shakespeare que él mismo le había murmurado en el Ponte Vecchio, maquillándolas con una deliciosa doble lectura ―. Ámame tú, que lo demás me importa poco. Mejor que mi vida acabe por su odio que ver como se arrastra sin tu amor ―y finalizó susurrando sus propias palabras ―. Porque yo acabaría con el mundo, antes de que el mundo acabara con nosotros.

Y antes de que la hermosa sonrisa se terminara de formar en sus rasgos varoniles y alcanzara sus exóticos ojos azules, escucharon cómo se abría la puerta de entrada a la casa.

Aleiandro y Mei entraron en escena.


Autor: AnDrAiA (Andrea Moore) / Cap. Revisado: 01 de octubre de 2012 / Cap. Publicado: 16 de octubre de 2012 / Edición: FanFiction


¡Hola a todos!

Esta vez he sido bastante rápida en actualizar. Al menos para lo que es mi costumbre ^_^

He de deciros que esta parte ha sido muy, muy difícil de escribir. Especialmente difícil por ese comienzo tan duro, tan particular y tan cargado de emociones contradictorias. Una de mis mayores luchas con esta parte del Capítulo 13 ha sido precisamente ese momento, porque quería conseguir que se entendiese bien lo que sucede, que las emociones y los motivos quedasen plasmados lo mejor posible para que no hubiese lugar a mal interpretaciones. Ojalá lo haya conseguido porque ese instante dice mucho de Tiz y mucho de la relación que tienen entre ellos. Pero, si después de leer esta parte aún os quedan dudas, no temáis en preguntar :)

Gracias por vuestra paciencia, por vuestro apoyo, por leer la historia y especialmente a todos los que dedicáis vuestro tiempo para hacerme llegar vuestros comentarios: gabyhyatt, serena tsukino chiba, vanessamcgrego, sabrina 2998, BABY SONY, ignacio borda, MM14, coneja, Flor440, Neko-chan120, HADA, abby hibiki.2, Kikko (I'm very impressed! Are you really reading this story using Google Translator? OMG! I'd like to contact with u! If you read this, could you please give me an e.m.a.i.l where I could contact with you? Thanks!) noirpro, Arantza, chikselene, Ishy-24, evelyn, karla eves, allissha, cjs, akemi, ceres, Akanenadeshiko, elena 79. Y por supuesto ¡También a ti! :D

Millones de gracias a los que me seguís en Silver Sand y en f.a.c.e.b.o.o.k ¡Sois geniales chicas! ¡Gracias por vuestro continuo apoyo y vuestros ánimos! ¡Os sigo leyendo por allí! :D

¡Estaré esperando vuestros comentarios e impresiones con muchas ganas! Y creedme, si siempre tengo ganas de recibirlos, con este Capítulo 13 - Parte V (II) tengo aún muchas más. Espero que lo hayáis disfrutado. ^_^

Muchísimas gracias de nuevo. A todos.

AnDrAiA

El nombre de los personajes, así como la serie de Ranma 1/2 pertenecen única y exclusivamente a Rumiko Takahashi, Viz Comunication, Fuji Tv, Glénat y todos los respectivos editores que han adquirido derechos de publicación en los diversos países en los que fué editada dicha a obra. Tomo prestados los nombres sin ánimo de lucro, ni finalidad comercial, por lo que no estoy incumpliendo ninguna ley.

Así mismo, la historia original aquí narrada, tiene sus derechos reservados bajo mi autoría.

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