Capítulo 36: Pelea y Concilio.

Ella venía de la habitación de los niños con el teléfono en una de sus manos y lágrimas en sus ojos cuando al llegar a un cruce del pasillo se encontró con Legolas, entonces tan rápido como pudo se secó las lágrimas que rodaban por sus mejillas con el dorso de su mano para que el elfo no notara que había estado llorando.

-¿Te pasa algo Anië?-, preguntó él al ver su rostro tan pálido.

-No, nada-, respondió ella con un nudo en su garganta.

-¿Segura, no desconfío de tu palabra pero es que se te ve muy pálida, como si tu alma estuviera pasando por una gran turbación, ¿aún te atormenta el sueño que tuviste hoy?-, preguntó al notar un dejo de angustia en el tono de voz de su amada.

-No sé, no me había dado cuenta, tal vez inconscientemente me afecte más de lo que imagino-.

Él se acercó a ella y tomó una de sus manos, ella que llevaba su rostro cabizbajo lo levantó y le dedicó una tierna sonrisa. Legolas entonces se acercó a ella sin soltar su mano y la abrazó, Anië correspondió a ese abrazo y por un momento sintió que estando entre sus brazos podía olvidar todas las penas que su corazón ahora estaba soportando.

-¡Gracias Legolas, ¡no sabes como me reconfortan tus abrazos!-, susurró a su oído mientras seguía abrazándolo. Él la abrazó aún más fuerte entonces.

-No quiero interrumpir, pero la cena ya está lista y esperando en la mesa-, dijo la voz de Cleo tras ellos.

Ambos asintieron con sus rostros y dejaron de abrazarse.

-Cleo, Esteban llamó avisando que hoy se queda en la oficina trabajando y que por ende no viene a cenar-, dijo Anië mirando con algo de angustia a su amiga.

-¡Con razón y hasta hora no había llegado, le aviso a los niños y a los demás que está ya la cena y retiro su plato y cubiertos de la mesa-.

-Me parece lo mejor-, respondió la elfa mientras Cleo iba a avisar a los demás.

-¿Esteban no regresará hoy?-, preguntó Legolas algo extrañado por esa noticia.

-No, acaba de llamar para avisar que se quedará en la oficina trabajando y para saludar a los niños-.

-¿Es sólo eso o sucedió algo?-.

-¿Algo como qué, ¿qué podría haber sucedido?-, respondió ella haciéndose la desentendida.

-No sé, tú dímelo, ¡es tu esposo y padre de tus hijos!-, respondió el elfo con sarcasmo.

-¡Eso no hace falta que me lo recuerdes, ¿sabes, sé muy bien quién es Esteban, pero ¡gracias!-, le espetó ante su sarcasmo y empezó a dirigirse hacia el comedor.

-Lo siento, ¡no sé por qué reaccioné así!-, dijo él tomándola del brazo para detener su paso.

-¡Está bien, no te disculpes, después de todo lo que has dicho no debe ofenderme ya que es verdad. Mejor vayamos a cenar-, dijo ella mirando al suelo.

-Pero An...-, llego a decir hasta que ella lo interrumpió.

-Nada, por favor, no quiero hablar ahora, tal vez luego de la cena-, dijo ella mirándolo a los ojos y pidiéndole piedad con su mirada.

Legolas asintió con su cabeza y pudo sentir la pena tan grande que su amada reflejaba en su rostro, respetó su pedido y en silencio ambos caminaron hasta el comedor. Cuando llegaron a la sala donde se reunían para desayunar, almorzar, merendar o cenar todos juntos, ya el resto estaban sentados esperándolos, así que tomaron asiento y comenzaron a cenar.

La cena transcurrió en total silencio. Todos se sentían extrañados por la ausencia de Esteban pero ninguno, a excepción de los niños, Legolas y Cleo que ya sabían el porque, se atrevía a preguntar a Anië la causa.

Cuando terminaron de cenar Anië acompañó a los niños para que se acostasen a dormir mientras Cleo preparaba para todos un café. La elfa volvió al comedor y se sentó justo en el mismo instante en que su amiga regresaba de la cocina con una bandeja en la que traía siete pocillos de café recién hecho.

-Anië, mañana ni bien haya amanecido Elrond desea que nos reunamos en la biblioteca a modo de concilio-, dijo el mago mientras que el Señor Elfo tomaba su café.

-¿Pasa algo malo padrino, quiero decir ¿pasa o pasará algo peor de lo que ya viene ocurriendo?-, preguntó ella a Elrond que ahora ya había depositado el posillo sobre el plato.

-Verás, traigo noticias importantes de la Dama Blanca, noticias y información que debemos conocer todos pues de eso depende nuestra victoria o nuestro fracaso. Cuando me refiero a todos, también incluyo a Cleo y Nano-, aseveró el Señor Elfo.

-¡Nosotros!-, exclamaron casi preguntando al unísono Cleo y Nano.

-Sí, ustedes-, respondió.

-Bien, considerando lo temprano que será la reunión y la importancia de la misma sugiero que todos vayamos a descansar-, dijo Gandalf.

-Coincido contigo-, dijo Anië mientras ayudaba a Cleo a levantar las cosas que habían quedado en la mesa.

-Siendo así, yo me retiro para poder descansar-, dijo Gandalf levantándose de la silla.

-Y yo-, dijo Gimli.

-Yo, estimadas amigas no las ayudo con los trastes en la cocina pues la verdad hoy estoy más que agotado así que parto rumbo a mi camita para poder descansar, no soy muy de madrugar y mañana tendré que hacerlo-, dijo Nano encogiéndose de hombros.

Elrond se levantó y sin decir palabra alguna se fue a dormir también mientras que Legolas salió a dar una vuelta por los alrededores de la posada para verificar que todo estuviera en orden. Como todas las noches Cleo y Anië lavaron todos los cubiertos, platos y demás para dejar todo en listo para el día siguiente.

-¡Me voy ya para mi cama!- exclamó Cleo dejando escapar un bostezo.

-Yo creo mejor me tomaré un buen vaso de leche caliente con miel para poder dormir, pues dudo pueda hacerlo-, soltó Anië con un dejo de tristeza.

-¿Quieres me quede haciéndote compañía mientras tomas la leche?-, le preguntó en tono amable.

-No, ¡gracias amiga mía, pero tu cara pide a gritos que vayas a dormir, nuestro día no fue fácil e imagino que los que vendrán tampoco lo serán y por lo tanto cuanto más descansados estemos mejor. ¡No te preocupes que estaré bien!-, respondió dejando escapar una leve sonrisa.

-¡Está bien, como quieras. Aunque reconozco que mi cuerpo siente como si le hubieran dado una paliza-, dijo Cleo nuevamente bostezando y yéndose a dormir.

Anië quedó sola en la cocina, fue a la heladera y tomó la jarra de la leche, vertió lo suficiente para un vaso en un jarro metálico y lo puso al fuego de la hornilla, cuando la leche estuvo a punto la sirvió en el vaso y le agregó una buena cantidad de miel, se sentó en una de las banquetas y con la mirada perdida en el vaso se quedó pensando en todo lo que le había sucedido ese día. Tan perdida en sus pensamientos estaba que no notó la presencia de su amado Legolas tras ella que había vuelto de constatar que todo estuviera bien, pues con trasgos dando vueltas por doquier ya nada ni nadie estaba a salvo por esos días.

El se acercó tan despacio y silenciosamente que ella no advirtió su presencia hasta que él apoyó una de sus manos en su hombro izquierdo provocando que la elfa saltara del susto y casi derramara el vaso con la leche.

-¿Intentas matarme del susto?-, preguntó ella aún temblando.

-No sólo qué me extrañó que estuvieras levantada aún, ya es muy tarde-, respondió.

-Pues podría decir lo mismo de ti-, replicó ella.

-Verás, todas las noches me dedico a revisar que los alrededores estén tranquilos, imagino no queremos recibir sorpresas desagradables en la noche, ¡no sé si se entiende, expresó el elfo con algo de sarcasmo.

-¿Cómo tengo que tomar esta afirmación tuya, ¿cómo un reproche?-, dijo ella con algo de soberbia.

-No, no estoy reprochándote nada, sólo hago lo que debo hacer, ¡nada más!. Simplemente me pareció raro verte aquí aún despierta-.

-Pues por el tono de tu voz si parecía un reproche, además ya es la segunda vez en el día en que te diriges a mí en ese tono, y la verdad es que me duele que me hables de esa manera-.

-Mira Anië, la verdad es que en ningún momento tuve la intención de lastimarte con mis comentarios, tu sabes que a veces actúo así, es mi forma de ser-.

-No trates de justificarte, aún siendo tu forma de ser jamás desde que nos conocimos me habías tratado así, al menos nunca te oí hablarme en ese tono-.

Sin decir nada él se sentó en una de las banquetas junto a ella, apoyó los codos en la mesada, se tomó ambas manos dejando los pulgares libres para sostenerse con ellos el mentón y dejó escapar un suspiro a modo de mostrar su disgusto.

-¿Ves, ¡cuando actúas así es porque hay algo que te molesta, te conozco, sé que algo te causa disgusto!-.

-¿Me conoces, yo también te conozco y reconozco esa mirada que traes, sé que estás sufriendo por algo y no entiendo por qué no eres capaz de confiar en mí y contarme que es lo que impide que tus ojos brillen, y no me vengas con que es debido a los sucesos de los últimos días y nada más, ¡porque sé y sabes que no se trata de eso y nada más!-, le retrucó.

-La verdad es que estoy muy cansada y es tarde, mejor dejamos esta conversación para otro momento pues no estoy de ánimos para discutir contigo-, dijo ella luego de beber el último sorbo de leche y poniéndose de pie junto a la banqueta.

-¡Entonces estoy en lo cierto, ¿hay algo más verdad?-, le dijo bajándose de la banqueta y tomándola de uno de los brazos.

-Ahora no voy a hablar de eso y punto. La verdad es que la leche tibia con miel ya me está haciendo efecto y me quiero ir a dormir-, dijo ella tratando de soltarse y esquivándole la mirada.

-¡Anië, necesito saber que te sucede, ¡por favor!-.

-Y yo dije que ahora tengo ganas de irme a descansar, por favor suéltame y respeta mi silencio-, dijo a la vez que le lanzaba una mirada de no te atrevas a desafiarme.

-¿Es por él verdad, dime que no te ha hecho daño, júralo, porque si se atrevió a lastimarte de alguna manera se va a arrepentir-, dijo algo ofuscado.

-¡No, no me ha hecho daño, es un buen hombre, con sus errores como cualquiera pero tiene un noble corazón. Jamás entenderías por qué estoy así, ¡ya déjame en paz!- dijo rompiendo en llanto y logrando soltarse de la mano con la que Legolas la sujetaba.

La elfa no le dio tiempo a nada, así como se soltó de su mano y con lágrimas en sus ojos se fue tan veloz como pudo hacia su habitación, él la siguió pero ella logró ser más rápida, entonces entró, le cerró la puerta en la cara y alcanzó a ponerle llave. Él quedó tras la puerta totalmente apenado, no había sido su intención que ella se enfadara o se sintiera dolida por su actitud.

-Anië, sé que estás tras la puerta, ¡por favor ábreme!-, dijo él lo más dulcemente que pudo pero ella no le contestó.

Anië estaba con la espalda pegada a la puerta, tenía unas ganas enormes de abrirle y de echarse en sus brazos pero al mismo tiempo se sentía dolida por la forma en que la había tratado.

-Realmente lo siento, ¡créeme, sucede que verte mal y no saber por qué, y menos aún poder ayudarte me hace actuar de esa manera, sé qué no es excusa pero no sé que hacer para verte bien-, dijo totalmente apenado mientras ella se dejaba caer al piso al escuchar aquellas palabras.

Él la sintió dejarse caer tras la puerta y estando al otro lado se puso de rodillas, bien pegado a la madera y con el tono más bajo posible le dijo:

-Estuve mal, lo sé, si no quieres disculpame por eso realmente lo entiendo y lo aceptaré aunque me duela en lo más profundo de mi alma. Quiero que sepas que te amo, eso nunca cambiará, y también quiero que sepas que estaré siempre a tu lado para protegerte y para ayudarte en todo lo que necesites, para que te refugies en mis brazos si lo deseas y puedas, aunque sea por unos instantes, olvidarte de tanto dolor. No te olvides que siempre estaré a tu lado-, dijo al sentirla sollozar tras la puerta.

Ella se giró levemente, quedó mirando a la puerta y puso su mano derecha contra la madera, él del otro lado también alzó su mano y la puso contra la madera, las manos de ambos quedaron a la misma altura sólo separadas por aquella puerta. Luego los dos se pusieron de pie y cada uno se fue a descansar para enfrentar el concilio del día siguiente.

Anië aún dormía, escondida entre las sábanas y la frazada, calentita y muy placenteramente, como si fuera la última vez que pudiera lograr conciliar un sueño así, de pronto unos golpes a la puerta de su habitación la trajeron a la realidad.

-¡Sí, ¡quién es?-, preguntó con voz aún de dormida.

-Cleo, ¿puedo pasar?-.

-Aguarda un minuto que me levanto a abrirte, la puerta está cerrada con llave-, dijo en voz baja y levantándose y yendo hacia la puerta.

-¿Y por qué la cerraste con llave?-, preguntó Cleo mientras Anië abría la puerta.

-Pasa –dijo al abrir la puerta-, ahora te explico-, y volvió a cerrar la puerta pero ahora sin llave luego de que Cleo entrara.

Ambas se dirigieron hacia la cama y se sentaron, Cleo ya estaba vestida mientras que como Anië recién despertaba aún permanecía en pijama.

-Bien, ¿me dirás ahora por qué cerraste la puerta con llave?-.

-Verás..., anoche cuando me quedé tomando el vaso de leche tibia con miel...-, se detuvo y bajó la mirada.

-Sí, ¿qué sucedió?-.

-Legolas volvía de hacer su ronda de vigilancia para constatar que todo estuviera bien en los alrededores y me preguntó que hacía despierta tan tarde. Bueno, una cosa trajo la otra, me preguntó un par de cosas que no quise responder y terminamos discutiendo. ¡Por Eru, ¡es la primera vez que discutimos!. Me puse mal y me vine corriendo para acá, él vino tras de mi pero alcancé a cerrar la puerta y como no quería escucharlo cerré con llave-, dijo la elfa con los ojos que empezaban a llenársele de lágrimas.

-¡Ups!-, dijo Cleo alzando sus cejas.

-Luego se quedó tras la puerta un rato y me dijo unas cosas tan lindas que te juro me moría de ganas de abrir la puerta y abrazarlo lo más fuerte que pudiera...-, alcanzó a decir hasta que su amiga la interrumpió.

-¿Y por qué no lo hiciste?-.

-Tal vez por orgullo, me dolió la forma en que me trató, aunque reconozco que tenía sus razones, no justifico que me tratara así-.

-Y bueno, los enamorados son así-, dijo irónicamente Cleo y dedicó una pícara sonrisa a su amiga.

-¡No le veo la gracia!-.

-Yo tampoco, ¡la verdad es que no te entiendo, no amas a Esteban pero sufres por él, te mueres por estar en brazos de Legolas y terminas con él discutiendo, realmente resultaste complicada, en tu lugar iba corriendo a abrazarlo-.

-Pero resulta que somos diferentes y aunque me muera por dentro por ir corriendo a decirle que lo amo y que necesito me abrace bien fuerte, no lo haré, no hasta que me calme-.

-Bien, pero mientras tanto date prisa y vístete pues no te olvides que nos esperan en quince minutos en un concilio-.

-Creeme que no lo olvidé-, dijo y de un salto corrió a para asearse y cambiarse.

Una vez que ya estuvo lista, ambas se fueron a la cocina para tomar un poco de café antes de ir al Concilio que se llevaría a cabo en la biblioteca. Se prepararon el café lo más rápido que pudieron y lo tomaron casi a fondo blanco para no demorar, aún terminando de tragar el café corrieron a la biblioteca donde todos los demás ya las estaban esperando.

-¿Qué cara traes, ¿tuviste una mala noche?-, preguntó Nano a la elfa.

-Algo-, contestó mirando de reojo a Legolas.

-¿Por, ¡si se puede preguntar!-, dijo nuevamente el muchacho.

-Nada en especial, sólo no dormí bien, eso es todo-, respondió la elfa con un dejo de enfado y mirando a Nano con cara de ya no me preguntes más.

-Bueno, ya que todos los convocados a esta especie de Concilio ya están aquí, lo mejor es no perder tiempo e ir directamente a lo que nos concierne-, dijo muy altivo Elrond.

-Totalmente de acuerdo-, expresó Gandalf.

-Les voy a pedir que por favor presten total atención a lo que voy a decirles pues es muy delicado. En primer lugar pude confirmar que las criaturas que andan merodeando por las noches y atacando a la gente son trasgos, de alguna manera que aún no logramos descubrir a través de magia negra Saruman ha logrado crear nuevos tragos para que lo ayuden en sus viles planes, esto quiere decir que estamos como en antaño en la Tierra Media pero en la actualidad, lo cual se complica pues los hombres de hoy día creen que este tipo de cosas sólo pasan o existen en cuentos de hadas y duendecillos, lamentablemente no es así. En segunda instancia puedo decirles que las cosas se pondrán aún peor, pues de acá a algún tiempo el mundo entero se convertirá en tierra de nadie, los hombres se enfrentarán unos a otros por odio, ambición o poder, cegados por el rencor entre si y por los sentimientos más ruines que puede albergan el corazón de un hombre se destruirán unos a otros y ocasionarán grandes catástrofes en toda la tierra, pues la naturaleza al sentir el daño que le están haciendo se les volverá en contra; entonces todo lo que hasta hoy conocemos dejará de existir, incluso las Tierras Imperecederas. Al menos eso es lo que hemos alcanzado a ver con la Dama Blanca que podría suceder si no detenemos a Saruman-.

Todos permanecían en silencio, cabizbajos, la noticia que Elrond acababa de darles, aunque esperada tal vez, les traía tristeza pues Saruman conseguía cada vez más adeptos y se hacía más fuerte.

-No obstante –continuó luego de un breve silencio-, la Dama Blanca y el Concilio de Altos Elfos aún conservan las esperanzas de que lograremos detenerlo y debido a ello es que te envían esto mi querida Anië-, dijo a su ahijada a la vez que le entregaba un paquete envuelto en terciopelo rojo que estaba atado por una cinta dorada que tomó del escritorio que había en la biblioteca.

Cada uno de los presentes incluida Anië, con excepción de Elrond y Gandalf, permanecían en sus sillas expectantes ante el contenido de aquel paquete que su padrino había dejado sobre su falda. La elfa desató con delicadeza la cinta dorada y muy lentamente fue abriendo el envoltorio de terciopelo rojo, cuando terminó de abrirlo enorme fue la sorpresa para todos, pero aún más para ella al encontrar una espada con su correspondiente vaina.

-Tienes ante tus ojos a Silmendil, espada que fuera forjada especialmente para ti hija mía pues te hará falta y te será muy útil en los tiempos por venir. Podrás comprobar que la misma es liviana y su hoja tiene el poder de brillar cuando tengas trasgos cerca, en tal caso lanzará como una luz violácea-, dijo a la elfa poniendo ambas manos en sus hombros.

-Pero padrino, ¿qué hago yo con una espada en pleno siglo XXI?-.

-Verás, las cosas se pondrán tan mal y tan descabelladas que pese a estar en el siglo XXI, la batalla final se llevara a cabo como en los tiempos antiguos y habrá que luchar hasta el final a capa y espada-.

-Hay un pequeño detalle que nadie tuvo en cuenta, en mi vida he tenido una espada en mis manos, así que..., ¿cómo piensan que podré defenderme y defender a alguien si no sé siquiera como utilizarla correctamente sin lastimarme yo misma, no había otra arma más sencilla de usar?-

-Sucede que ellos tuvieron en cuenta que tu tienes un gran poder, que tu magia te será muy útil en batalla, pero además de la magia necesitarás de armas extras pues hasta la magia más poderosa puede ir declinando con el cansancio y tendrás momentos de baja energética en los que no podrás usar eso como arma y necesitarás de armas más contundentes-, explicó de pronto el mago.

-Además, no sólo te enviaron a Silmendil, también tienes aquí un par de dagas con sus correspondientes vainas también, y un muy bonito arco con su respectivo carcaj, con una buena reserva de flechas, todo el conjunto de armas destinado al mismo fin, tener una buena provisión de armas con las que luchar. Ellos confían en ti, tu también deberías hacerlo-, le dijo el Señor Elfo.

-Pues con el arco y las flechas me llevo bien, con las dagas también, pero con la espada no me fio-.

-Entonces deberás aprender a usarla bien, supongo Legolas no tendrá problema en darte unas cuantas clases, ¿verdad?-, dijo Gandalf mirando hacia el elfo.

Anië y Legolas se miraron en ese instante y al cruzar sus miradas ambos dirigieron de inmediato su vista al suelo, en el fondo de sus corazones aún estaban algo dolidos por lo sucedido en la noche.

-Por mi no hay inconveniente-, dijo de inmediato Legolas aún con su mirada fija en el suelo.

-¡Yo tampoco lo tengo!-, exclamó Anië levantando la mirada.

Ninguno podía creer lo que estaba viendo y oyendo, acaso era idea suya o Anië y Legolas estaban actuando algo odiosos entre sí.

-Me parece maravilloso porque sugiero que hoy mismo empiecen con las lecciones, cuanto antes estés preparada mejor-, dijo Elrond mirando seriamente a su ahijada.

-Entonces después del almuerzo comenzamos, si Anië está de acuerdo-, afirmó Legolas.

-¡Me parece bien!-, dijo ella.

-Ya con una de tantas cosas solucionadas, ahora iremos a otro punto muy importante en todo esto, más bien podría decir dos puntos muy importantes. Es decir, Cleo y Nano, hasta ahora vuestra ayuda ha sido fundamental, pues ustedes dos al igual que Anië son quienes conocen con mejor detalle los movimientos y cada cosa relacionada a esta era, es decir están más empapados de la modernidad que nosotros por una cuestión de distancias y de convivencia con ella. Bien, seguiremos necesitando de vuestro apoyo y vuestra guía, después de todo que el mundo tal y como lo conocemos siga existiendo depende de todos nosotros, de nuestra unión y fuerza como lo fuera antaño la comunidad-.

-¡Cuente con nosotros para lo que sea!-, dijeron casi al unísono Cleo y Nano.

-Bueno, dado que ya hemos puesto los puntos relevantes sobre la mesa y todos ya están enterados de las últimas novedades doy por concluido este concilio y todos podemos volver a nuestras tareas habituales-, dijo el Señor Elfo mirando a todos muy atento.

Todos fueron saliendo de la biblioteca y los últimos en irse fueron Anië y Legolas. Ella estaba por salir y él la tomó de uno de los brazos.

-Aguarda un momento –le dijo él con un dejo de seriedad-, tu y yo tenemos que hablar-.

-¿De qué, ¿de las clases, ¿creo que ya eso quedó claro, no?-, respondió ella fingiendo no entender a que se refería.

-¡Vamos Anië! -dijo mientras la jalaba hacia él y ella comenzaba a temblar-, sabes muy bien de que te estoy hablando, sabes que es por lo que sucedió anoche-.

-¡Ah, era eso!-, dijo como restándole importancia.

Él seguía sujetándola del brazo y ella no podía evitar perderse en aquella profunda mirada azul al mismo tiempo que deseaba salir huyendo, pero sus pies no se movían y no podía dejar de temblar.

-Sí, eso, ¿qué otra cosa sino?-, le respondió acercándose más a ella.

-Está bien, si quieres hablar te prometo que hablaremos, pero ahora no, por favor, podemos hablar mientras practico esgrima contigo, ¿te parece?-, dijo ella con voz temblorosa.

-De acuerdo, hablamos luego-, le dijo él al mismo tiempo que se acercaba a su rostro y le daba un dulce y tierno beso en la frente.